LiteraturaPoesía

El tiempo de un poema: cavilaciones sobre “Plantas de sombra”, de Santiago Rodas

por Alberto Sáez

12/01/2019

Fotografía de Atelier Ying | Flickr

«La poesía es una larga conversación con los muertos»
Santiago Rodas

 

Todo poema demora en hacerse poema. Como si de un reloj se tratara, marca su propio tiempo, que no es otro tiempo sino el que le es concedido por quien lo escribe y quien lo lee. Es en esa particular suma de temporalidades donde el poema forja su futuro y logra sostenerse o sucumbir en los años venideros.

El tiempo de quien lo escribe (el poeta, la voz lírica o como deseemos llamarlo) es su primera morada, donde una incertidumbre va tomando forma a través de las palabras y se hace lengua que, a diferencia del lenguaje, como dice María Fernanda Palacios, «es una palabra que tiene gusto, sabe a cuerpo». Es en esta estancia donde el poema se esfuerza por ser la imagen de aquello para lo que fue provisto. Buscar cumplir su destino.

El tiempo de quien lo lee es la segunda morada, donde crece y madura, donde es leído en un bucle infinito por el lector, que lo deshace y lo rehace como quien precisa descubrir el secreto que guarda ese mecanismo de relojería dentro de sí. El lector busca reconocerse en el texto, busca emocionarse con él y busca emocionar a otros, porque un poema es hecho para ser leído. En este momento donde la lengua se nos revela, como diría Alfredo Silva Estrada, «la palabra es transmutada y fluye hacia un nuevo orden o hacia un nuevo laberinto».

Esta larga disertación sobre lo que es o llega a ser un poema surge de la lectura de Planta de sombras, de Santiago Rodas (Angosta, 2018), poeta de la ciudad de Medellín, que en su ejercicio busca la palabra justa para cantar y contar lo cotidiano, sin formalidades ni ornamentos, sin bellezas puras.

El instante que cesa

Los poemas de Rodas son momentos suspendidos que hacen una vista de 360 grados. Lo que los rodea es aquello que los interroga: un árbol, una tienda, un parque, los punkeros y los metaleros batiéndose a duelo en plena calle. Se abstraen del mundo para ofrecernos la mirada de uno nuevo, uno más propio. En un extracto del poema “Este momento” nos da una pista de ello:

«Querer congelar a los niños que corren
en el Parque de los Deseos.
Que los chorros de agua en la fuente no se muevan más,
les he dicho.
Atajar a los transeúntes. Estatuas, exigirles.

Maniatar el tiempo,
dejarlo encerrado en el cuarto en el que
se guardan los objetos inútiles
que uno no se atreve a botar…»

Pero luego de que aquel mundo se disipa, llega el silencio y todo sigue su curso, dejando un amargo sabor en el pensamiento de que aquello no será, una vez visto bajo esa nueva óptica, igual. Él mismo lo versa:

«Andas por cada calle con la certeza
de que nada va a volver a ser igual,
que todo cambia a un ritmo que rebasa
tu comprensión,
que solo
es posible este momento
en el que vagas y dejas
que cada cosa que ves
ocupe gradualmente
su lugar».

Y aunque nada vuelve a ser la igual, la vida continúa, como si nada, su extraño curso que a veces nos ampara y otras veces nos damnifica, dejándonos siempre a nuestra suerte:

«Y la vida siguió, como siempre».

Una línea que me recuerda un maravilloso verso de Marina Tsietáieva («y seguirá la vida y el pan de cada día, / y volverá el olvido como siempre sucede») que nos muestra que todos tememos ante el desamparo del tiempo.

Fotografía de Angosta Editores (@AngostaEditores)

El poema también cuenta, pero ¿a quién?

La poesía canta, pero también cuenta, dijo alguna vez Octavio Paz, y en Santiago Rodas está la voluntad de contar a través de sus poemas aquello que ve, desde la tradición del poema que prosa, que narra la imagen poética más que cantarla.

Es decir esto y recordar que las dos obras fundamentales de Homero, la Ilíada y la Odisea, hermanas provenientes de la tradición oral de los aedos, tienen una marcada diferencia en su estructura, ya que la primera es un poema que canta «la cólera del pélida Aquileo» y la segunda cuenta «la historia del hombre de muchos senderos», haciendo de esta última un poema más cercano, íntimo y empático.

Pero el poeta, la voz lírica o como deseemos llamarlo, parece hablarle a alguien que no solo está frente al libro como un lector curtido en poesía, un académico o crítico especializado en la materia, sino a alguien que irrumpe los espacios dentro del poema: el Parque de los Deseos, el consumo de la 80, Envigado, las mangas que ya no existen, un lector que inventa poema a poema, su propia poética del espacio.

¿Cuantos poemas tienes que escribir para que pase algo?

Con el tiempo, los lectores de Rodas harán de sus poemas vigilantes y rigurosos, poemas sostenidos e inextinguibles que no dejarán de retratar las luces de su ciudad, el silencio y los momentos, seguirán haciendo preguntas que nos llevarán a otras preguntas, que mostrarán la realidad de personas que buscan mantenerse en pie a pesar de su dolor. Una poesía sin épica ni pretensiones de gloria.

Tengo la certeza de que no demorarán mucho en convertirse en aquellos que el tiempo quiera que sean, para que pase algo, para hacerse poemas, aunque eso poco importe, porque, a fin de cuentas «nada tiene sentido, / ni siquiera la poesía».


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