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Actualidad

El misterio navideño del amor paternal

por David Rompf

Luis Acosta | AFP

23/12/2018

Hace unos años mi padre hizo los arreglos para enviarme por correo un pan de frutos secos o fruitcake. Yo tenía un trabajo de buena paga y hasta mi propio departamento en Manhattan, pero él temía que mi alacena y refrigerador estuvieran completamente vacíos. Me había mudado poco tiempo antes desde California, donde mis padres aún vivían en el mismo hogar suburbano desde hace cincuenta años en el que crecí.

Él quería que yo probara una marca particular del pan de fruta. Era hecho en Texas y famoso entre a quienes les gusta el bizcocho navideño o, por lo menos, famoso entre la gente que quiere regalarles esos panqués a quienes creen que les gustan.

“Me recuerda al que hacía mi madre”, me dijo mi papá por teléfono. “Ella lograba que quedara muy jugoso, con muchas pasas”.

Ya después me enteré que la versión hecha por mi abuela, que yo nunca probé directamente, seguro era una torta con ingredientes al estilo de la Gran Depresión: hecha sin leche, azúcar, manteca o huevos, que eran escasos en la infancia de mi padre.

Él nació en 1932 y creció en Michigan durante la Gran Depresión. La mayoría de las navidades recibía dos regalos: calcetas hechas a mano y un costal pequeño de naranjas.

“Mi madre tejía las calcetas”, dijo. “Y las naranjas sabían a gloria”.

Para él, enviar el bizcocho era su manera de cuidarme desde lejos en una época en la que, para él, en cualquier momento habría un desplome económico de nuevo. Aunque yo ya fuera de mediana edad, seguía siendo su hijo.

“Debería llegar la primera semana de diciembre”, dijo. “En cuanto te llegue me dices qué te pareció”.

Yo iba a viajar a California para pasar la Navidad, como lo hacía todos los años, y sí anhelaba recibir su regalo y probar los sabores de su infancia.

La primera semana de diciembre llegó y se fue… sin pan de frutos secos. Supuse que se debía a la saturación del correo por las fiestas o a la cantidad de órdenes que habían llegado a la empresa texana.

Ya sabía que en California iba a haber mucha comida disponible; además de las galletas que hornea mi madre, junto con caramelos y otros dulces, mi padre siempre nos daba a mi hermana y a mí una bolsa de alimentos varios que llamaba, pues, “la bolsa de alimentos”. Las sacaba de algún escondite en la casa después de que se abrían todos los demás regalos.

Una vez anoté todos los contenidos de mi bolsa de alimentos, porque quería recordar los detalles para contárselos a mis amigos y para que yo también tuviera un registro, en caso de que un día no recibiera la famosa bolsa de alimentos en Navidad.

El año en la que registré la bolsa, esta tenía nueces mixtas, una caja de galletas de trigo, una barra de chocolate belga, una tira de carne de pavo, unos veinte gramos de pistache cosechado en California, unas bolsas de té y objetos varios, como un dispensador de dulces llamado “Oh Deer Super Dooper Reindeer Pooper Jellybean”.

En ese momento yo tenía 44 años y mi padre tenía 72.

No había coherencia en su selección para las bolsas, aunque sin duda compartían cierta temática de similitud con los bizcochos navideños: un poco de esto y aquello que en conjunto dan un resultado curioso.

Las bolsas casi siempre estaban tan repletas que era necesario guardarlas en una caja y enviarlas por correo a mi casa. Un año junté algunos de los contenidos más saludables —sardinas, papas y duraznos deshidratados— para dejarlos en una iglesia local como donativo cuando iba de camino al aeropuerto.

El fruitcake es un concepto controversial: la gente lo ama o lo odia. Hay muchos debates sobre si realmente clasifica como postre, torta o pastel. De ciertas maneras, el carácter de mi padre era como ese pan de frutos: juguetón, con una cierta locura de nueces mezcladas con un centro dulce. Cuando éramos niños e íbamos al centro comercial, a él le encantaba probarse todos los perfumes para mujer (todos).

Esto pasaba antes de que fuera común encontrarse a vendedores de colonias para hombre. Y cuando ya abundaban en los aparadores entonces él quedaba repleto de fragancias exóticas pansexuales. De camino a casa mi mamá siempre se quejaba: “¡Apestas! ¿Ahora qué te pusiste?”.

Cuando trabajaba como cortador de carne en los supermercados, sus colegas lo llamaban Charlie el Loco porque gustaba de hacer bromas pesadas, entre ellas engañar a alguien con que lo había encerrado en el congelador para carnes. También le encantaba darles sugerencias e instrucciones a los clientes del supermercado que no sabían cómo asar cordero o hacer el relleno. Y cuando regresaba de sus largos turnos en el trabajo dejaba barras de dulces debajo de nuestras almohadas por si nos despertábamos durante la noche con hambre.

Mi padre pensaba que todas las personas siempre tenían hambre y necesitaban comer incluso cuando no era así. Una vez estuvo tres meses hospitalizado —por una fuerte infección que contrajo después de una intervención del corazón— y durante nuestra visita se la pasó preguntándonos si habíamos comido y recordándonos que la cafetería del hospital iba a cerrar pronto.

“Por lo menos vayan por café”, nos decía. “No se preocupen por mí”.

Para él un pan navideño era el regalo perfecto para las fiestas. La mezcla culinaria de frutos era una extravagancia que también era sumamente práctica: el bizcocho te dejaba el estómago lleno y además duraba mucho tiempo en la alacena.

Para el día antes de mi vuelo a California aún no había llegado en pan de frutos enviado por mi padre. Cuando él llamó para desearme un buen vuelo, me preguntó si ya lo tenía.

“Todavía no”, le dije. “Seguro está atorado en medio de todo el correo navideño”.

“Quizá llegue hoy”, dijo, preocupado de que se perdiera su regalo.

Lo primero que me preguntó cuando llegué a su casa fue si había recibido el bizcocho.

“No, pero estoy seguro de que estará ahí cuando regrese a casa”.

En cuanto pronuncié las palabras me sentí algo culpable: para ellos mi referencia a esa casa era sensible: porque esta era mi casa, ¿o no? ¿No estaba justamente en ese momento en casa, con mis padres ahí preguntándome si tenía hambre después del vuelo? ¿Acaso no Nueva York y mi estancia ahí eran una aventura para la cual solamente no tenía aún un boleto de regreso?

Sabía que en algún lugar de la sala de estar, con el árbol de Navidad que cubría decenas de regalos envueltos en papel brillante, y que en la habitación de invitados estaba también escondida la bolsa de alimentos de mi padre, debajo de toallas.

Él seguía confiado en que el bizcocho iba a llegar para Año Nuevo, cuando estuviera de regreso en Manhattan y en el barullo de Times Square.

Pero pasaron enero y febrero y después marzo sin señales del pan de frutos. Mi padre sin falla preguntaba al respecto y nunca se me ocurrió mentirle para decirle que sí, que había llegado, que gracias y que estaba delicioso. En cambio, le respondía: “Esta en órbita por el planeta y en algún momento aterrizará”.

“¡Buen chiste!”, decía él.

Mantenía su buen humor y de vez en cuando le gustaba preguntarme dónde creía que estaba el pan de frutos en viaje perpetuo.

“Está desviado por Plutón”. Eso también lo hizo reír.

“¿Quieres que te pida otro, en caso de que nunca llegue este?”, preguntó.

“No te preocupes, pa”, respondí. “Esperaré a este. Tendrá un mejor sabor después de su gira por el cosmos”.

Fue a principios de diciembre pasado, casi un año después de que mi padre murió por problemas cardiacos, que el portero de mi edificio me llamó.

“Tienes un paquete”, avisó.

Bajé para recoger la caja, que tenía una etiqueta de FedEx con dirección de remitente en Texas.

De camino al elevador para regresar a mi apartamento sostuve la caja con ambas manos. Era pequeña, pero se sentía pesada, como si los contenidos fueran indestructibles. Sacudí el paquete pero no hubo ruido de que algo se moviera dentro. Abrí la caja con cuidado, con un cuchillo para pan, y ahí estaba: la caja metálica con el bizcocho navideño como el que hace años había enviado mi padre.

Levanté la tapa y abrí el sello de plástico. El bizcocho tenía cerezas confitadas, nuez pecana caramelizada y algunos pedazos de piña pintados de verde esmeralda. Corté un pedazo y lo serví en un plato. Me hice un té, como lo habrían hecho mi padre y mi madre.

Me senté y comencé a comer lentamente; la verdad, es la única manera en la que uno puede digerir el bizcocho navideño. Estaba tan jugoso como lo prometió mi papá y no era excesivamente dulce.

Me terminé hasta la última migaja mientras me preguntaba: ¿qué habrá sido del que envió hace tanto tiempo mi padre? ¿Seguía revoloteando por los cielos? ¿Estará sobrevolando uno de los anillos de Saturno?

Y entonces: ¿cómo es que este sí había llegado?

Lo pedí yo mismo, claro está. Después de la muerte de mi padre me quería aferrar a cada memoria sobre él, a aquel olor de varias colonias que era parte de su ser. Este trozo con ingredientes conocidos y misteriosos personificaba su deseo para que disfrutara de algo dulce y para que nunca pasara hambre.

***

Este texto fue publicado originalmente en The New York Times en español.


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