Telón de fondo

El desprecio del pueblo en los inicios de la república

por Elías Pino Iturrieta

20/05/2019

Fotografía de la Fundación Bigott

En los documentos fundacionales de la república, a partir de 1830, se hace la apología del pueblo y se propone un sistema que proteja a sus miembros partiendo de una legalidad de inspiración liberal. Los miembros de la sociedad se dividen todavía en libres y en esclavos, y los derechos de ciudadanía dependen de la propiedad que se tenga o del sueldo que se devengue, pero no se descalifica a los miembros libres de la sociedad por el hecho de pertenecer a los estratos inferiores de la sociedad, por ser pobres o por su falta de pupitre. Se limitan sus derechos políticos según los frenos que el liberalismo de entonces establece para participar en la administración del bien común, sin que pueda hablarse de exclusiones llevadas a extremos aberrantes por una oligarquía.

A través del trabajo y de la educación, el pueblo desposeído podía incorporarse a la república. No se propone una minusvalía perenne, como la que existió en el período colonial. Hay una dependencia importante, desde luego, existe un escalafón en cuya cima no caben todos, pero que se puede superar a través del esfuerzo personal y del cultivo intelectual. Son los caminos para la adquisición de riquezas y de las aptitudes requeridas para el ejercicio de la ciudadanía. Es así en términos formales, como en la generalidad de las naciones de América Latina nacidas de las guerras de Independencia y en las colectividades del extranjero tomadas como modelo. Sin embargo, aunque en los papeles del gobierno o en los grandes ensayos políticos prevalece el cuidado de no ofender a los desposeídos, de no descalificarlos por características que puedan definirlos o apartarlos, en cierto tipo de literatura desaparecen los miramientos y se les trata en términos despectivos.

Tal fenómeno cobra cuerpo cuando el pueblo, convocado por el Partido Liberal y apasionado por su líder, decide participar en manifestaciones que jamás habían ocurrido y que la gente de orden siente como una amenaza. Estamos en 1840 y en los años que le siguen, cuando la bandería amarilla, con Antonio Leocadio Guzmán a la cabeza, reclama la compañía de los pardos para salir del paecismo por vía electoral.  La invitación tiene respuestas clamorosas:  se forman clubes de activistas en las barriadas de Caracas y en zonas humildes de numerosas poblaciones, se multiplican las aglomeraciones populares, los dependientes callados hasta la fecha toman la calle con las insignias de la oposición y con la efigie del líder. Debido a los plomos convincentes del Partido Liberal, sucede la politización de las masas.

¿Cuál es la reacción de los políticos conservadores? Comencemos por Pedro José de Rojas, quien escribe lo siguiente en El Manzanares de Cumaná:

Pero, poco a poco, Alberto. Me hablas de la ley del 10 de abril, de la crisis… de movimientos, de oligarquía, de elecciones, de bochinches… ¿y quién ha podido Alberto, ponerte tan picotero? ¿De cuando acá tan bachiller? Tú que has sido siempre un buen marido, un pobre diablo, un agricultor honrado, ¿cómo así tan metamorfoseado ahora y lleno de ideas anárquicas?

Salta a la vista la burla del godo, la descalificación de un entrometido, pero también la pregunta sobre el culpable de un cambio de conducta que le parece descabellado.

Pero Juan Vicente González no se anda por las ramas a la hora de referirse a la misma intromisión. Al observar al pueblo junto a una figura que llama la atención, descalifica la yunta en términos despectivos. Llega a decir, por ejemplo, en un texto de 1846 dedicado a Guzmán:

Otros enlaces vinieron también a escandalizarnos: notamos con sorpresa que aquellos hombres cuyo trato evitábamos con ahínco en nuestras relaciones eran tus compañeros, y nos espantó, sobre todo, ver personas sin instrucción y sin urbanidad, representar a tu lado un papel importante.

Le parece abominable la ocurrencia, pues agrega a continuación:

El apoyo del pueblo útil es que lo tenga un buen partido; pero que el pueblo con sus mil cabezas hable, dicte y gobierne, que venga a pesar en la balanza con su ignorancia y sus pasiones, que se sobreponga a la inteligencia y se le adiestre en calumniar, en insultar a las autoridades y a los particulares, en sacudir el freno de las leyes, éste es un crimen en el partido que lo tolera siquiera.

También José Marías de Rojas, futuro marqués, muestra su repugnancia por la clientela plebeya. En su Bosquejo histórico de Venezuela deja brotar la irritación por el hecho de que el retrato del dirigente liberal ¨se hallaba en todas las cocinas de Caracas, alumbrado por cocineras durante la noche, y en el forro de los sombreros de los menestrales y gañanes¨.

Las reacciones de los conservadores llegan al colmo ante los sucesos del 9 de febrero de 1844, cuando una muchedumbre penetra en la sala del tribunal que juzga al líder por un supuesto delito de prensa. El pueblo presiona al juez para que no declare la culpabilidad del acusado y después lo lleva en triunfo por el centro de Caracas. Afirma entonces José María de Rojas que han paseado al delincuente ¨como Marat después de vindicarse en la Convención, en hombros de la plebe¨. Para Páez, el resultado del ¨amotinamiento¨ no puede ser más lamentable. Afirma en su Autobiografía:

¡Aciago 9 de febrero! Habíase iniciado en Venezuela la era de los desórdenes, del derecho del populacho armado a derrocar las leyes e ingerirse en las deliberaciones del poder judicial, habíase, en fin, dado el primer escándalo precursor de tantos otros que han convertido nuestra pobre patria e teatro de luchas fratricidas.

Quizá Páez no solo recuerde el grave suceso del pueblo enfrentado ante un magistrado, sino también escenas como una de 1846 que critica Juan Vicente González. El temible panfletario describe así el recibimiento de Guzmán en San Pedro de los Altos:

El 27 de octubre a las once de la noche, una partida de hombres compuesta parte de individuos de la capital que vinieron con Catilina, y parte de este mismo pueblo, le pasearon con guitarritas, llegaron a las puertas de algunos vecinos pacíficos a cantar versos obscenos e inmorales, a prodigarles insultos mezclados con palabras groseras o impuras, sin tener consideración a sus personas, esposas e hijas, concluyendo la escena de inmoralidad e insolencias con desafíos a algunos vecinos y mueras a otros, como el venerable señor cura.

Para completar, González identifica a los ¨espalderos y aduladores¨ del candidato. Son: Pata de Palo, Mano Blanca, Judas, el Mudo, Traga Herencia, Pedro Lechuguita y Filigrana. Es decir, pardos libres, artesanos y menestrales de quienes se burla al singularizarlos mediante   apodos difíciles de relacionar con las trayectorias que entonces se consideran honorables. El menosprecio es evidente.

La hez de la sociedad está alzada, concluye González en otro artículo. Junto a los cabecillas de la organización de oposición hay un tipo humano específico, un elemento fácilmente identificable por su penumbrosa calidad, que atenta contra el orden. Ese tipo es, más o menos, así:

… célebre por algún vicio, amigo de tumultos y revueltas, aspirador y ambicioso, mal hijo, mal esposo, ladrón, infame, tahúr y vago.

Si no hace falta mayor rebuscamiento, solo conviene afirmar que los sucesos del momento terminan con la proscripción del Partido Liberal y con la condena a muerte del intrépido Antonio Leocadio, que no se ejecuta. Vista desde una perspectiva más amplia, la historia obliga a pensar en las dificultades de las masas para incorporarse a la vida política, o para ocupar cargos directivos en la sociedad. Una dificultad que no se observa en los decretos del Ejecutivo, ni en los debates de los congresos, ni en los ensayos que en la época se escriben sobre el destino de Venezuela, sino en la grosera descalificación de la gente sencilla que está presente en situaciones de pugnacidad como la que se ha descrito ahora.


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