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El apetito de Pulgasari, una novela de Mario Acuña Santaniello

por Rubi Guerra

21/09/2019

Imagen de Roberto Echeto, que acompaña la edición de la novela El apetito de Pulgasari

En el panorama literario venezolano, son cada vez más frecuentes las novelas que tienen como tema o contexto el gobierno de Hugo Chávez o el de su sucesor, Nicolás Maduro. Es natural que eso ocurra, ya que el chavismo tiene veinte años en el poder y su impronta en las emociones, las pasiones y la imaginación de la población venezolana (y, por supuesto, en los escritores venezolanos) es inmensa. Como toda revolución, la bolivariana ha impuesto sus imágenes, su discurso omnipresente (para no entrar a hablar de lo que hace con sus fuerzas policiales y militares). Es una realidad de la que no se puede escapar.

Algunas de estas novelas, publicadas en los últimos cinco años son Los maletines, de Juan Carlos Méndez Guédez; Patria o muerte, de Alberto Barrera Tyszka; Los restos del Rey Zamuro, de Luis Aristimuño; y La hija de la española, de Karina Sainz Borgo. Desde distintas estrategias narrativas y distintos registros emocionales, que pueden ir desde la farsa sangrienta a la indignación más descarnada, estas novelas indagan en el fenómeno chavista, sus causas y sus consecuencias en el ámbito público y en el privado; en la sociedad y en el corazón de los habitantes de Venezuela.

En ese contexto aparece El apetito de Pulgasari, novela de Mario Acuña Santaniello, autor nacido en Cumaná en 1974, publicada por Editorial Planeta Venezolana en 2018.

El novelista Lenin Ramos regresa a Venezuela para el entierro de su padre, el historiador y profesor universitario José Ramón Ramos; entierro que será a la vez un homenaje oficial a su figura y obra, esencial en la construcción de la “moral revolucionaria” y en el “rescate” de los próceres de la patria. Amigo personal de Hugo Chávez, el profesor Ramos se convirtió en el historiador oficial del gobierno.

En el aeropuerto es recibido por la sargenta Yudelis Mora, encargada por el Ministerio de Cultura para facilitarle la estancia durante los días de su visita, y quien despertará en Lenin un ansia sexual que permanecía adormecida luego del abandono de su esposa.

La primera noche de su estadía, Lenin coincide con el profesor Puig, antiguo colega, compañero de luchas políticas y colaborador de José Ramón Ramos, con quien ha terminado distanciándose por el apoyo de este al gobierno chavista. El profesor Puig es quien introduce el misterio: Ramos debía autenticar unos documentos de Francisco de Miranda a los que se les concede especial importancia. Luego de su muerte, asesinado en una acción sin resolver atribuida al hampa común, los documentos desaparecen.

Lenin descubre que su padre mantenía una relación amorosa con una mujer a la que llamaba “Manuelita”, en referencia a la famosa amante de Simón Bolívar. Desde ese momento se empeña en conocer la identidad de esta mujer, el último amor de su padre, como una forma de restablecer un lazo afectivo y emocional con él, a pesar de la muerte, al tiempo que indaga sobre los posibles asesinos. Alrededor de estas premisas argumentales se construye la novela.

Entre la intriga policial y la política, con sabia intuición de novelista, Acuña Santaniello evita los recuentos históricos que podrían lastrar su obra de datos, de información, no irrelevante (porque nada en el proceso político venezolano parece serlo), pero sí excesivos para la arquitectura de la obra. Pero estos referentes históricos tampoco estén ausentes del todo: Simón Bolívar y Francisco de Miranda cruzan estas páginas brevemente. La historia de El apetito de Pulgasari evoluciona en un mundo ya conocido por los lectores, lo que no impide que algunas aristas de una sociedad ideologizada y fracturada se iluminen en su narración. Entre ellas, la presencia militar.

El militarismo, entendido como la presencia abusiva, ideológica y efectiva, de los militares en lo que debería ser una sociedad civil (en las primeras páginas, dice Puig refiriéndose al padre del protagonista: “Siempre estuvo en la línea dura. Era civil, pero tenía una extraña relación con los uniformes y las charreteras”) está expresado magníficamente en la imagen que da título a la novela: Pulgasari.

Pulgasari es una película norcoreana de 1985 dirigida por Shin Sang-ok en la que se narra la historia de un ser creado por un herrero encarcelado injustamente. Diminuto al comienzo, al alimentarse de metal crece hasta alcanzar el tamaño de un monstruo y lidera la guerra del pueblo contra sus opresores. En la versión de Acuña Santaniello, el monstruo no se detiene con la derrota de los antiguos amos, sino que exige cada vez más: “Al final Pulgasari arrasará todo a su paso, en una vorágine destructora (…) y obtiene el triunfo de la rebelión (…) Pero el gigante necesita comer y, al acabarse todo el metal existente, los campesinos se ven obligados a entregarle sus arados y herramientas, lo que les conduce a un empobrecimiento mayor que al que les sometía el cruel latifundista.”

Así el militarismo triunfante en Venezuela, que prometió acabar con las injusticias seculares cometidas contra el pueblo, solo para acabar forjando nuevas y perfeccionadas cadenas. Con su voraz apetito, la máquina militar consume petróleo, oro, coltán, gas, tierras, al mismo tiempo que conciencias, afectos, lealtades…

En estos últimos aspectos (las conciencias, los afectos y las lealtades) se centra El apetito de Pulgasari. Lenin Ramos es un hombre que se debate en medio de distintas formas de la pérdida; la amorosa provocada por el abandono de su esposa que, como una cicatriz, parece estar presente en todos los momentos su vida; la de la figura paterna, que ocurrió antes de la muerte física de José Ramón, con el distanciamiento de sus posiciones políticas; la del país, tomado por asalto por la clase militar, aunque a veces vista traje civil. Todas estas pérdidas son, en realidad, una sola; porque todas se viven simultáneamente conformando una intrincada red de deslealtades, omisiones, medias verdades, mentiras completas y conspiraciones. En ese sentido, la vida interior, intelectual, amorosa, sentimental y familiar de Lenin Ramos encuentra expresión en la desarticulada vida nacional. Los límites entre la vida privada y la vida pública se borran en situaciones de excepción. La ciudad ruinosa a la que arriba es una extensión de su propia vida. O al revés.

En su primera novela, Mario Acuña Santaniello construye una historia atractiva y poco convencional para tratarse de una novela de trasfondo político. El matiz policial (¿quién es “Manuelita”, ¿qué importancia tienen los documentos históricos?, ¿quién asesinó al profesor Ramos?) aporta agilidad y suspenso a la trama, que se desarrolla con los convenientes giros y pistas falsas (y verdaderas) para mantener cautivado al lector. Sus personajes no son una mera extensión del autor: tienen individualidad y atractivo. No es un mérito menor. De hecho, diría que es uno de los grandes logros de El apetito de Pulgasari. La “novela del chavismo”, ese subgénero todavía naciente, corre el riesgo de transformarse en periodismo levemente barnizado de ficción. No sucede eso con la presente obra, su registro es el de la ficción pura, esa otra forma de acercarse a la verdad.


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