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Perspectivas

El andamiaje emocional de la reconstrucción

por Gerver Torres

Fotografía de Juan Barreto | AFP

23/03/2019

Tantos años de destrucción generalizada y sistemática colocan las necesidades de la reconstrucción material del país, casi que, de forma automática, en un primer plano. Sea la estabilización macroeconómica, la recuperación de la producción petrolera, el restablecimiento de servicios básicos como el agua y la electricidad, la activación de empresas y activos paralizados, todo ese mundo de máquinas, hierros, cabillas, cables, que van asociados a ello, se convierten en los sinónimos más inmediatos de lo que está por venir. La reconstrucción del país emerge en el imaginario colectivo como una gran actividad de construcción. Uno puede imaginar un gran aviso en todas nuestras fronteras con la frase “Nación en reconstrucción”, acompañando el dibujo de obreros con cascos, recogiendo escombros, moviendo carretillas de arena y levantando paredes.

Esa urgencia y premura de la reconstrucción física no puede hacernos olvidar el software de la reconstrucción; ese tejido de sentimientos y emociones que necesitaremos para recorrer el camino, tal vez largo, que nos separa hoy de donde queremos llegar. De seguro, el solo anuncio, la pura noticia simple y llana de que el régimen que oprime hoy a Venezuela ha terminado, generará un inmenso alivio y despertará en casi todos nosotros intensos sentimientos de alegría y bienestar que nos servirán como gran empujón inicial para comenzar la reconstrucción. Añoramos la llegada de ese momento que cada día parece más cercano.

Pero ese estado inicial de éxtasis colectivo, de entusiasmo, disposición al compromiso y a soportar dificultades, tenemos que saberlo mantener e inclusive incrementar. Esa será la tarea, al mismo tiempo más importante y exigente, que tendrá sobre sus hombros el liderazgo del país, principalmente el liderazgo político. No será la respuesta técnica a tal o cual carencia o problema material de los muchos que nos agobian, por serios que éstos sean. Esas soluciones existen y ese es el campo de los expertos en decenas de especialidades. Esos expertos nacionales y extranjeros están allí, atentos y listos, al llamado de la reconstrucción.

Son más bien las claves emocionales de la reconstrucción, ese software detrás del andamiaje de políticas y medidas económicas y sociales, de grúas y maquinarias que ocuparán el territorio, lo que deberá estar bajo la conducción de nuestro liderazgo, en el panel central de sus preocupaciones y motivaciones. Es la conciencia de que en la etapa que viene, la más simple de las operaciones, sea reparar una calle o recuperar una unidad de transporte público, podrá estar cargada de mucha emocionalidad y simbolismos de profundo significado, que podemos utilizar a cada instante como impulso para seguir adelante. Es en esas dimensiones subjetivas de la experiencia que estaremos viviendo donde podremos encontrar cada día de la reconstrucción el alimento y la energía para los días subsiguientes.

Tal vez la primera clave de esa emocionalidad se refiera a la conceptualización misma de la reconstrucción. Haremos bien si asumimos la enorme calamidad que hemos padecido como una gran oportunidad para narrarnos de nuevo, para dibujarnos como lo mejor que podemos y queremos ser, como un ejercicio para estirar al máximo nuestras capacidades de resiliencia, inclusividad, emprendimiento, solidaridad. También de optimismo, buen humor y alegría. De todos estos insumos necesitaremos tanto como de los recursos financieros y técnicos, de las grúas y las cabillas, para lograr la reconstrucción.

Otra clave puede estar en la conceptualización de nuestra reconstrucción como una tarea que trascenderá a los venezolanos. Si el régimen nos colocó en las primeras páginas de los principales diarios del mundo entero, con las dramáticas imágenes y detalles de una de las debacles sociales de mayor magnitud en tiempos modernos, en esas mismas páginas, debemos quedarnos, pero para mostrar ahora una de las épicas de reconstrucción nacional más profundas y atrayentes de todos los tiempos. Una reconstrucción que convoque y cautive no solo a millones de aquellos venezolanos que un día decidieron abandonar el país por la falta de oportunidades y esperanza, sino también, y con la misma fuerza, a legiones de hombres y mujeres de muchas otras partes del mundo que podrían sentirse fuertemente compelidos a participar de esa extraordinaria experiencia del siglo XXI que puede ser la reconstrucción de Venezuela.

Hagamos de la reconstrucción una empresa que trascienda la ayuda humanitaria de gobiernos extranjeros y agencias internacionales para convertirla, más bien, en un gran evento civilizatorio de la humanidad en este siglo XXI. Hagamos que la idea de participar en la reconstrucción de Venezuela desate la imaginación y la inteligencia de millones de jóvenes, profesionales, jubilados del mundo entero que se sientan tocados, atraídos por la tarea de rearmar en mejores términos que nunca aquella tierra que Cristóbal Colón llamó tierra de gracia, Alejandro Humboldt describió con pasión para sus contemporáneos europeos y Simón Bolívar liberó. Hagamos que la reconstrucción de Venezuela sea uno de los puntos luminosos de la humanidad en el presente siglo.

De la narrativa y la emocionalidad de la reconstrucción podemos derivar infinita energía para realizarla. No la descuidemos.


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