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Cómo Libia y el fantasma de Muamar Gadafi amenazan la prometida cumbre entre Donald Trump y Kim Jong Un

por Carlos Chirinos Vásquez

27/05/2018

En 2003, el entonces poderoso líder libio Muamar Gadafi, presionado por la comunidad internacional, aceptó deponer su programa de armas de destrucción masiva a cambio del fin de las sanciones de Naciones Unidas y de EEUU que tenían paralizada la economía de su país. Ocho años después, el líder libio fue asesinado en medio de una rebelión popular que acabó con su gobierno de 42 años.

Por eso, parece haber sido mala idea haber puesto como “modelo” de desarme el caso libio al hablar del proceso que se abría con Corea del Norte para el desmantelamiento de su programa nuclear como hizo primero el asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, John Bolton, y luego el vicepresidente, Mike Pence.

No gustó al gobierno de Kim Yong Un que se sugiriera –o amenazara, como lo percibieron en Pyongyang– que el ‘amado’ Kim podía seguir la suerte de otro conductor de masas también supuestamente amado por su pueblo, como se suponía que lo era Gadafi, hasta que dejó de contar con esa gracia.

La comparación desató la indignación norcoreana, que en boca de la vicecanciller, Choe Son Hui, fustigó la “estupidez” e “ignorancia” de Pence, a quien llamó un “tonto político”. Y esos calificativos fueron los que presentó Trump en la curiosa carta con la que este jueves canceló el encuentro con Kim.

Aunque han resurgido nuevas conversaciones para rescatar la reunión.

Las expresiones de buena voluntad que se habían establecido entre Washington y Pyongyang en las últimas semanas se fueron reemplazando con una retórica cada vez más agresiva de parte y parte, aunque aún sin llegar a los excesos de tiempos recientes cuando competían por mostrar quién tenía el botón nuclear más grande.

Pero fueron las referencias al “modelo libio” las que terminaron por desbaratar el plan de la cumbre y de paso, dejaron en claro que la agenda y la finalidad del encuentro no estaba del todo bien definido, como habían advertido quienes decían que era apresurado y hasta inconveniente tener una reunión de ese nivel sin que se hubiera definido bien qué se iba a lograr.

Libia vs Corea del Norte

Hay algunas similitudes entre la Corea del Norte que gobierna Kim y la Libia de Gadafi: ambos son países férreamente controlados por un líder providencial que, al menos en la propaganda oficial, son amados por su pueblo, que lo siguen como a un padre.

En el angustiante video que muestra los minutos finales de Gadafi, tras ser capturado por un grupo de rebeldes, él les recuerda que es su “padre” como último argumento para tratar de salvar su vida. Fue inútil.

Además, Corea del Norte y Libia han sido parias internacionales que han desafiado el orden mundial, saliéndose a veces incluso de los cauces de las grandes corrientes ideológicas en las que están inscritos: el panarabismo en el caso libio y el comunismo en el norcoreano.

Y por tanto ambas naciones vivieron la presión de sanciones internacionales que han dañado sus economías.

Pero existen enormes diferencias políticas, culturales e históricas que hacen difícil establecer paralelos y mucho menos extrapolar una experiencia para pronosticar lo que puede o no pasar con otra.

Kim no es Gadafi

Ni Kim es Gadafi, ni Libia es Corea del Norte, ni el mundo y sus equilibrios es el mismo que en 2001, cuando Washington se embarcó en la llamada “guerra contra el terrorismo” para castigar a los responsables de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington.

Cierto que en 2003 algunos pensaron que el “modelo libio” serviría para desmontar arsenales en otros estados díscolos, como Siria o Irán, pero ahora las condiciones han variado enormemente.

En Libia, Gadafi depuso su programa de armas de destrucción masiva para acabar con varias décadas de aislamiento que habían dañado la economía del país petrolero y que lo habían convertido a él en una estrafalaria figura irrelevante para la política mundial.

El levantamiento de las sanciones empezó en 1999 con el reconocimiento de la responsabilidad de Trípoli en el atentado contra el avión de la desaparecida aerolínea estadounidense Pan American que cayó al estallar una bomba a bordo sobre la localidad escocesa de Lockerbie, causando la muerte de 270 personas. Dos agentes libios fueron hallados culpables del acto por una corte escocesa instalada en La Haya.

Luego, en 2003, tras el derrocamiento de Saddam Hussein en Irak, una invasión que se produjo con el argumento de anular las nunca halladas armas de destrucción masiva, el gobierno de Gadafi ofreció indemnizar con 10 millones de dólares a cada familia de los fallecidos y, sorpresivamente, desmantelar su programa nuclear.

De pronto, Libia se vio bienvenida de vuelta en la comunidad internacional y muchas empresas empezaron a regresar con sus inversiones a los campos de producción en la nación magrebí. Una transacción en la que todos parecían quedar como ganadores.

Ocho años después estalló la rebelión popular en Egipto y Túnez. Libia se contagió y Gadafi perdió el poder y la vida a manos de los insurgentes apoyados por la comunidad internacional.

El peso de la dinastía

Pyongyang no está tan sola como Trípoli. Quizá tenga pocos aliados, pero cuenta con el sobrio respaldo de uno muy poderoso, China, que crecientemente contrarresta la influencia de EEUU en Asia.

Kim Jong Un es parte de una dinastía establecida por su abuelo Kim Il Sun, quien fue seguido por su padre Kim Jong Il, y que controla el poder en Corea del Norte desde la creación del país con la división de la península a fines de la Segunda Guerra Mundial (1939-45).

Pero la mayor diferencia radica en el nivel del programa nuclear norcoreano. Pese al acercamiento libio a técnicos paquistaníes en el desarrollo de su plan militar, los expertos afirman que Gadafi no estuvo cerca de disponer un arma nuclear.

En cambio, Corea del Norte es considerado por muchos como un poder nuclear ‘no oficial’, que además tiene -en teoría- la capacidad de colocar sus bombas en misiles balísticos intercontinentales que pueden alcanzar territorio continental estadounidense.

Libia renunció a esa posibilidad en 2003, y eso facilitó que ni Washington ni sus aliados de la OTAN intervinieran con operaciones aéreas para impedir al ejército de Gadafi atacar bastiones rebeldes. Un arsenal nuclear libio, por pequeño que fuera, con seguridad habría disuadido semejante acción.

Algunos consideran que la transacción que permitió a Gadafi el reconocimiento internacional al final le dejó expuesto un talón de Aquiles que le impidió defender su régimen de esa alianza rebelde con fuerzas internacionales. Seguramente en Pyongyang tienen presente ese pasaje de la historia.

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Este texto fue publicado originalmente en Univision Noticias.


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