Modern Love

Cómo aprendí de amor y resiliencia

por Kathleen Volk Miller

02/03/2018

Unos sonidos muy extraños comenzaron a oírse desde el porche delantero de la casa; era un grito animal, pero casi de otro mundo. Los niños corrieron a la cocina, asustados y gritando. Yo también quería hacerlo. Sin embargo, debía lidiar con lo que sea que fuera.

Me asomé y vi a nuestra gata, Echo, en el porche delantero con un cardenal en el hocico, que daba aletazos y chillaba, haciendo esfuerzos por liberarse. Lo primero que pensé fue en llamar a mi esposo… y después me di cuenta: no podía hacerlo. Había muerto hacía un mes.

Aún despertaba cada mañana sorprendida por esta nueva realidad.

Don supo que estaba enfermo en septiembre y murió en junio. Como profesora universitaria, no pude evitar darme cuenta de la cronología: la muerte en un año académico. No se suponía que él iba a morir por este cáncer. Dos días antes, aún me decía: “Es un obstáculo en el camino. Lo lograremos”.

Y yo les pasaba mis propias afirmaciones a los niños: “Estaremos en Poconos en agosto. Sí vamos a pescar este año”.

Quizá era negación o pensamientos mágicos, pero creía que era verdad.

Los niños eran demasiado pequeños como para visitarlo al final, en la sala de cuidados intensivos, así que nunca vieron el tubo en su garganta ni supieron que estaba en un coma inducido ni que su nivel de albúmina estaba por debajo de alguien que muere de hambre, una muestra de su estado de salud comprometido. A mí tampoco me habían dicho esa última parte, sino hasta que ya era demasiado tarde.

Todo lo que quería ahora era salvar a esa ave. Corrí a la cocina, tomé una escoba y corrí de regreso afuera, ignorando las preguntas de mis hijos acerca de qué era y qué iba a hacer.

Les dije que encendieran el televisor y se quedaran adentro. Después salí al porche y comencé a golpear a Echo, intentando que soltara al pájaro. Los niños tenían demasiado miedo como para asomarse por la ventana o salir a la puerta, pero pude escuchar que uno de ellos decía: “¿Qué está pasando?”.

La escoba no servía de nada. Le estaba pegando a Echo muy suavemente, pero tampoco quería hacerlo más fuerte. Las plumas estaban volando; incluso en ese momento no pude evitar pensar en lo hermosa que se veía la escena de plumas rojas flotantes y el brillo de las alas rojas del ave en contraste con el pelo negro de Echo. Me tomó varios golpes darme cuenta de que yo también estaba gritando como el cardenal, un sonido agudo: “¡Aiiiii!” con cada ataque.

Le había impuesto un género al ave y decía que era “ella”: un ser encantador y brutalizado. Jamás había visto un cardenal tan de cerca y me pareció increíble que ese color pudiera existir en la naturaleza y pudiera pertenecer a algo que vuela por el cielo.

Echo dejó caer al cardenal, pero volvió a tomarla; en los pocos segundos que el ave estuvo sobre el porche pude ver que estaba muy lastimada; abatida. El color rojo que estaba por todas partes solo era de sus plumas —no había sangre, pero la mía zumbaba en mis oídos—.

Don murió en cuestión de tres horas un domingo por la mañana. La septicemia se apoderó de él; sus órganos fallaron; su corazón fue lo último en rendirse. Mis padres me trajeron en auto a la casa y me acompañaron para ayudarme con los niños.

Quería tocarlos a los tres mientras pronunciaba las palabras y, cuando lo hice, el mayor dio un paso atrás sin poder creerlo. Después todos se levantaron y dijeron que no podía ser verdad… yo les había dicho que iríamos a pescar.

Su dolor y confusión era demasiado grande para entender que les había dicho lo que yo esperaba que fuera verdad. A los 13, 11 y 5 años, aún le daban absoluta credibilidad a todo lo que yo decía. Mis padres los arrullaron e intentaron tranquilizarlos, pero acepté sus acusaciones, su enojo, porque yo también creía que les había fallado y me sentía como una mentirosa. No lo había salvado para ellos.

Y ahora yo estaba inmóvil en el porche, con la escoba horizontal en mis manos cual rifle. No había nada que pudiera hacer, sino observar el fin del ave. Echo la dejaba caer y luego se le encimaba, una y otra vez.

El ave dejó de chillar y los niños salieron a la puerta de la entrada en grupo; sus tres cabezas estaban alineadas y cada uno encontró espacio suficiente para observar. No hablamos; vieron la escena y se alejaron, dejándome sola.

Después de todo, era mi trabajo como madre sola, como la “adulta” (lo cual siempre diré haciendo un ademán de comillas con los dedos); barrer las plumas y lidiar con las consecuencias. Eso es lo que había estado haciendo cada día durante semanas: lidiar con las consecuencias.

Pensé en el día del funeral de Don, el momento en que ocho de mis amigas, amistades que había hecho en distintos momentos de mis 40 años de vida, terminaron en ese mismo porche conmigo.

Hablamos y bebimos vino y conversamos sobre cómo varias desearíamos aún poder fumar. En un momento dado estaba parada en el último escalón, viendo hacia afuera, y pude sentir que esas mujeres estaban detrás de mí. Me quedé callada y solo escuché el sonido de su charla más que sus palabras, y pude sentir cómo me hacía más fuerte; mi columna se estaba llenando de acero líquido. Supe que podría seguir adelante.

Cuando nacieron mis hijos, otras personas querían estar en la sala de parto: mi hermana, mi cuñada, mi madre. Para mí, la experiencia de dar a luz era tan íntima como la concepción, y tomamos una decisión que nos pareció automática: desde luego que solo seríamos dos en la habitación.

Sin embargo, de ahora en adelante, las decisiones del hogar y de los hijos solo serían mías. No había sabido qué hacer con el cuerpo de Don. No habíamos hablado de lo que quería para su funeral debido a que, hasta las últimas horas, su pronóstico había sido muy bueno. Y ahora no sabía qué hacer con esta ave destruida.

Tomé la tapa de un bote de basura y barrí con ella las plumas y al pájaro. Al hacerlo, de nuevo me sorprendió su belleza. Sus ojos no estaban cerrados e hice una nota mental para buscar el dato: ¿las aves tienen párpados? Echo maulló en la puerta de la entrada para que la dejáramos entrar. La ignoré. Me imaginé a los niños adentro en una fila sobre el sillón, viendo algo en la televisión y esperando que les dijera que ya se había acabado y que todo estaba bien.

Puse la tapa en una mesa de jardín de mimbre y recogí las plumas que estaban en los muebles del porche. Algunas cayeron en el sofá de mimbre; otras, en los cojines decorativos de terciopelo. Puse cada pluma en el reverso de la tapa del bote de basura. Pensé en buscar una pala entre las herramientas de jardín de Don, las cuales ni siquiera había querido voltear a ver hasta entonces. La decisión de enterrar al cardenal ya parecía estar tomada. Había enterrado a Don; enterraría al ave.

Tres meses después, de regreso en el trabajo, recordaría esas plumas rojas. Los niños estaban en casa sin mí cuando la gata —¡siempre la gata!— entró con una herida en la cola, derramando sangre por todas partes mientras la movía.

Los niños la cargaron y la sacaron al porche, y después, al jardín, algo aún más inteligente. Valoraron la situación y nuestros suministros y le hicieron un vendaje con toallas de papel dobladas y con cinta adhesiva. Le pusieron Neosporin en la herida porque así lo había hecho yo con cada herida que tuvieron, sin importar lo que fuera. Poner esa crema antibiótica cada vez me hacía sentir como si tuviera un proceso establecido, un protocolo.

Cuando llegué a casa, todos me contaron la historia al mismo tiempo —interrumpiéndose entre sí y mostrándome la cola de Echo—: cómo le pusieron la venda y cómo sabían que una curita no habría funcionado debido al pelaje de la gata. Parecían estar muy orgullosos de que no habían sentido la necesidad de llamarme; habían manejado su propia emergencia con ingenio.

Después de besarlos y halagarlos, entré a la cocina para hacer la cena y lloré por mis valientes hijos.

Les digo a mis estudiantes que los momentos más grandes de la vida —los accidentes de autos, las graduaciones e incluso las muertes— podrían no ser la mejor inspiración para lo que quieran escribir. Les digo que los momentos más significativos ocurren en un martes cualquiera.

El día que sucedió lo del cardenal era martes, de hecho, y yo no había podido salvar al ave ni había podido salvar a mi esposo. Sin embargo, había limpiado el porche y protegí a mis hijos de la peor parte; eso fue lo mejor que pude hacer. Mis hijos habían aprendido una lección de resiliencia y eso es lo importante.

***

Este texto fue publicado originalmente en The New York Times en español


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