Telón de fondo

Cipriano Castro y el establecimiento de la paz en Venezuela

por Elías Pino Iturrieta

01/07/2019

The Library of Congress | Flickr

Con la Revolución Liberal Restauradora, que triunfa por el familiar camino de la guerra civil cuando concluye el siglo XIX, se inicia un ciclo de reformas de orientación política que sirve como puente para uno de los anhelos de la sociedad desde sus inicios como Estado nacional: la centralización del poder. Cipriano Castro, líder del movimiento victorioso, comienza un ejercicio de autoridad personal como el pretendido por Guzmán Blanco en su momento. Logra una imposición cruenta gracias a la cual puede extender su dominio más allá de los cenáculos de Caracas, hasta el punto de estrenar una hegemonía que solo habitaba los sueños de los caudillos del pasado.

No es una criatura novedosa del todo en relación con sus rivales, sino apenas una figura con la potencia capaz de derrumbar un anacrónico castillo de naipes que no podía soportar la carga de unos vientos realmente vigorosos. Debe el ascenso de su estrella a la decadencia de la estrella de sus rivales, a quienes las batallas del pasado reciente han convertido en un conjunto de alicaídos caporales. Apenas pueden concertarse entre sí y agrupar unas tropas renuentes debido al desengaño de tres décadas que les han ofrecido infelicidad en lugar de sosiego y de ganancias materiales.

Castro debe incluir en el inventario de su ascenso la situación de la comarca en la que destacó como dirigente pueblerino. Los Andes venezolanos no participan cabalmente en la devastación del pasado. Protegidos por sus cordilleras y por la carencia de caminos, apenas sufren la visita de las tropas federales. Prósperos como consecuencia de una tradición agrícola que generalmente se libra de la depredación, sus hacendados hacen una rutina de paz social y bonanza material que los hace distintos en relación con los propietarios y los tratantes del resto del país. De las haciendas de café que venden sus productos a comerciantes alemanes sin preocuparse por los accidentes de la política y sin buscar el derrotero embrolloso de los puertos nacionales, nace un estamento de dueños acaudalados a quienes solo falta una mayor participación en las grandes decisiones que han tomado otros sin consultarles durante casi un siglo.

Además, han ahorrado lo suficiente como para pensar en horizontes nuevos, y han formado a sus hijos en los colegios colombianos de Pamplona y Bogotá. Allí los muchachos se aficionan a una retórica llamativa y a unas ideas cocinadas en el mismo amasijo liberal, que parecen y suenan diversas. Cuando Castro los llama para una «invasión» de Venezuela, en octubre de 1899, le ofrecen una lealtad que parecía borrada de la faz de la república y una coherencia susceptible de burlar las alianzas precarias que a duras penas sostienen a Ignacio Andrade, presidente de turno.

Entre 1899 y1905, ya establecido en el poder, Castro bate a los caudillos en los campos de batalla. De esas escaramuzas merece memoria la «Revolución Libertadora», por el enjambre de caudillos que forma su Estado mayor y por la participación de capital estadounidense en su preparación. Lo más granado de los paladines campestres integra la vanguardia bajo la dirección de Manuel Antonio Matos, gerente revestido de señor de la guerra debido a que su banco y sus socios son humillados en la víspera por don Cipriano, cuando acarician la peregrina idea de negarle un empréstito. Unos días de prisión les hacen cambiar la negativa por puntual ayuda, pero salen a conspirar siguiendo la inspiración de don Manuel Antonio. La conspiración lleva al caballero hasta la oficina de Rockefeller, quien también tiene cuentas pendientes con el gallo montañés

Castro ha influido en los tribunales para que una compañía subsidiaria de General Asphalt pierda una concesión de asfalto y betún en el lago de Guanoco. En consecuencia, ha llegado la hora de una reunión con los humillados del país para librarse del engorroso advenedizo. Una respetable suma de dólares que sirve para adquirir un navío de guerra y para ganarse la adhesión de los socios alemanes del Gran Ferrocarril de Venezuela y de los gerentes franceses del Cable Interoceánico, quienes se conjuran complacidos ante lo que parece una amena excusión hacia la casa de gobierno, pone en marcha un maquinaria capaz de acabar con el régimen: caudillos, tropas de las regiones, prestigio, dinero, armamento y un rencor que florece en los rincones de Venezuela y llega hasta los despachos de un capitán de industria en New York.

La «Revolución Libertadora» fracasa en términos rotundos. Los recursos estadounidenses, el apoyo del ferrocarril y del cable no son suficientes para detener las contradicciones de los hombres de presa con el cambista que tiene la pretensión de dirigirlos. El talento de Castro como conductor de tropas, la fidelidad de sus andinos y la eficaz asistencia de uno de sus lugartenientes a quien el futuro depara envidiables posiciones, Jun Vicente Gómez, fabrican un parapeto imbatible gracias al cual, seguramente sin proponérselo de veras, alcanzan una meta fundamental para el desarrollo del país: el reino de la paz.

Vencidos los «libertadores» por don Cipriano, no ocurre jamás en adelante ningún encuentro entre facciones armadas. Por consiguiente, la convivencia encuentra rumbos distintos para su evolución, aunque no sean tan hospitalarios los lugares en los cuales desemboca como se puede esperar en el imperio de un sosiego  después de la escabechina secular de las guerras civiles. De allí la trascendencia del triunfo sobre el movimiento de Matos, un suceso tan relevante que permite anunciar el desarrollo de fenómenos inéditos en Venezuela. Viene una anhelada paz romana, o más bien la paz andina nunca vista.


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