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Perspectivas

Carlos Brandt, un hombre entre dos siglos

por Luis Fernando Castillo Herrera

02/01/2020

El transcurrir del siglo XX nos deja una constelación de venezolanos que marcaron decididamente aquella centuria. En ese notable grupo despuntan sin duda los miembros de la conocida Generación del 28, de allí emergerían dos presidentes de la República electos por voto directo, secreto y universal, todo ello sin contar los grandes aportes en áreas como el periodismo, la ciencia y la literatura, determinantes para la construcción y sostenimiento de la democracia. Al mismo tiempo, es significativo destacar la actuación de figuras icónicas que dada su longevidad presenciaron las transformaciones de un país rural a uno petrolero y más complejo; personalidades que desde sus posibilidades rescataron a través de sus obras espacios para el debate y la construcción ciudadana. Este quizás sea el caso de Carlos Brandt.

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Carlos Luis Brandt Tortolero nace en un pequeño poblado al occidente del estado Carabobo llamado Miranda, el 11 de octubre de 1875, en una Venezuela que ya había sido reclamada por el caudillo triunfante de la Revolución de Abril de 1870, Antonio Guzmán Blanco. Su nacimiento ocurre en un país que apenas se sacude las secuelas de la guerra civil y los desatinos del gobierno de Juan Crisóstomo Falcón y el breve regreso político de los Monagas. Crecerá en el seno de una familia con holgura económica, situación que le permitirá ciertas expansiones en el campo de las artes.

A los catorce años de edad, y junto con su primo Adolfo Brandt, edita un breve periódico de corte satírico bautizado El Torpedo. En 1890 cruza el océano Atlántico para proseguir su formación intelectual, específicamente en Alemania y Francia. En el viejo continente cursa estudios para mejora su técnica en el piano y el violín. La música no será una actividad ajena a la familia Brandt, recordemos que su hermano fue el excelso compositor Augusto Brandt.

Tiempo después de su regreso a Venezuela concluiría una de sus primeras obras: La belleza de la mujer. Estudio del cuerpo humano y su importancia con respecto a la ciencia, las artes y la filosofía, editada en 1905; en ella dirá: «el que desconoce la antropometría de la belleza no puede casi nunca juzgar con acierto el grado de belleza de una mujer». Aquel libro daría inicio a una serie de publicaciones que marcaban el carácter del autor; antes de 1913 saldrán a la luz El modernismo (1906), Die bibel kritisch dargelegt (1908) –que tendría su reimpresión en castellano en 1928–; luego aparece El vegetarismo (1909), mientras que Fundamento de la moral, impreso en Puerto Cabello, terminaría en el fondo del mar por temor a represalias políticas (sin embargo, ya en el exilio se reeditaría en 1918).

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Entrado el siglo XX los venezolanos presenciarían el ascenso al poder político de un grupo de andinos que capitalizaron la debilidad del general Ignacio Andrade, quien no pudo detener el avance de la Revolución Liberal Restauradora, comandada por Cipriano Castro, autoproclamado gobernante del país entre 1899 y 1908, antes de que en este último año Juan Vicente Gómez lo desplace.

Gómez permaneció veintisiete años como el mandamás de Venezuela. Su gobierno se caracterizó por una férrea administración donde el ejército cumplió un rol determinante al momento de someter y amedrentar a la oposición militar e intelectual que se atrevió a disentir. Una de las características más representativas de su régimen se encuentra en la capacidad que el gomecismo tuvo para silenciar o exiliar por lo menos a dos generaciones de venezolanos. Carlos Brandt, como otros tantos, comprobó el horror de las mazmorras gomeras y el ostracismo de veinte años.

A mediados de 1913, cuando expiraba la figura constitucional que avalaba el gobierno de Gómez, algunos hombres pensando en la necesidad de un sano proceso político que cerrara las puertas al continuismo, evaluarían la posibilidad de un candidato presidencial alternativo a cualquier propuesta oficialista. En el diario El Pregonero aparecerá la candidatura de Félix Montes, un abogado y colaborador de El Cojo Ilustrado, quien fue postulado para el período 1914-1919. Rápidamente, el régimen apuntará al periodista Rafael Arévalo González como el responsable de aquel acto calificado de insurreccional; la sede del periódico es allanada, mientras Arévalo González es detenido y confinado en La Rotunda hasta 1922. Por su parte, Félix Montes tomaría el camino del exilio.

Este episodio se halla estrechamente asociado con Carlos Brandt, quien sostenía vínculos con el diario y guardaba amistad con Arévalo González. El mismo Brandt habría publicado varios artículos en El Pregonero, situación que terminó implicándolo. En consecuencia, el 13 de julio de 1913, es detenido por las fuerzas gubernamentales. Estaría siete meses en prisión; tan sólo las buenas amistades que había abrazado le permitieron liberarse de los grilletes y la oscuridad del calabozo: el 13 de febrero de 1914 es puesto en libertad; no obstante, esa fecha representó el inicio de un largo ostracismo.

Su salida definitiva como exiliado se produce el 1 de abril de 1914. Rondará por Europa, específicamente Alemania, Holanda, Bélgica, Francia y España. La Gran Guerra iniciada aquel año lo obliga a regresar al conteniente americano. Se establece en Nueva York. Pasa veintidós años sin pisar suelo venezolano; sólo la muerte de Juan Vicente Gómez le dará las garantías suficientes para el retorno.

Durante su destierro publicaría una decena de libros. Al mismo tiempo redactó artículos para la prensa dominicana y mexicana. Por otra parte, y como convencido vegetariano, fundó en aquella ciudad la Vegetarian Society; incluso muchas de las obras realizadas entre 1914 y 1936 estuvieron asociadas al cuidado de la salud. Finalmente, Carlos Brandt volvería a suelo natal justo cuando el país parecía enrumbarse hacía un nuevo y mejor porvenir, luego de la desaparición física de Juan Vicente Gómez.

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La longevidad de nuestro personaje le permitió vivir veinticinco años del siglo XIX y sesenta y cuatro del siglo XX: un hombre de dos centurias. Su larga vida la dedicó al enriquecimiento intelectual, el cuidado de la salud y la disciplinada escritura. Es uno de los autores más fecundos de aquella generación; sin embargo, seguirle la pista a su obra es complejo: las bibliotecas venezolanas extrañan en sus estantes el nombre de Carlos Brandt, mientras la destellante figura de los héroes independentistas eclipsa la efigie de personajes civiles con esplendor propio como él. Quizás queda pendiente una evaluación más amplia o minuciosa de su obra, que nos aproxime y amplíe la visión de la construcción cultural de un país más allá de la pólvora y el caudillaje.


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