Telón de fondo

Boceto de Gaitán

por Elías Pino Iturrieta

15/04/2019

Uno de los casos que da notoriedad a Gaitán sucede cuando es estudiante y ensaya unas reflexiones relacionadas con la muerte de una hermosa mujer del pueblo, llamada Ñapa, quien es asesinada por un tumulto debido a que se le acusaba de robar a los maridos de sus amigas. Es linchada por una multitud que después destroza su cadáver todavía caliente. El joven habla entonces de la existencia de ánimos descontrolados que podían conducir a crisis de repercusión social, de situaciones de revuelta que no podían atribuirse a responsabilidades individuales sino a una especie de electrificación que movía a las masas. Cuando es asesinado en Bogotá, el 9 de abril de 1948, el enardecimiento de las multitudes sobre el cual teorizó en la juventud se concreta en uno de los fenómenos de mayor trascendencia en la historia del siglo XX colombiano. Como ahora se cumplen setenta años del suceso, haremos un esbozo de la vida del hombre cuyo asesinato provoca la conmoción.

Un boceto de la vida de Jorge Eliécer Gaitán debe detenerse en su sólida formación intelectual. Abogado de la Escuela Nacional de Derecho, hace con honores un posgrado de Derecho Penal en la Real Universidad de Roma. Pero no solo cumple en términos de excelencia su compromiso con los nuevos estudios. Enrico Ferri, su maestro y catedrático famoso en la época, afirma que ha sido su pupilo más brillante en materia jurídico-penal; y su tesis no solo merece los honores de la publicación en lengua italiana. Obtiene el Premio Ferri, muy notorio entonces, que es lo más parecido a una consagración académica en horas tempranas. Cuando regresa a Colombia, los lauros facilitan su acceso a posiciones políticas de relevancia y a funciones en la alta burocracia, que se convierten en la base de un liderazgo cuya profundidad va a ser excepcional. Asciende hasta envidiables posiciones en los empleos públicos, que lo señalan como uno de las figuras más significativas de la élite de su tiempo: Presidente de la Cámara de Representantes, Catedrático de la Universidad Nacional durante décadas, Alcalde de Bogotá, representante personal del presidente Olaya Herrera ante el conflicto sucedido con el Perú, Ministro de Educación en el gobierno del presidente Eduardo Santos, por ejemplo. No hay una figura del Partido Liberal, al cual es afiliado desde le época estudiantil, que le pueda hacer sombra.

Sin desvincularse de la cúpula, da pasos que le conceden singularidad, es decir, deja de comportase como una ejemplar criatura de la estirpe política que pontifica desde el siglo XIX. Empieza el camino a partir de 1928, cuando se convierte en adalid de la justicia reclamada por la masacre de trabajadores bananeros que entonces conmueve a la sociedad. Cede su sueldo a las viudas y a los huérfanos de los obreros asesinados, los representa sin cobrar honorarios, logra indemnizaciones para los sobrevivientes y lucha por garantizar el derecho de huelga, a través de polémicas debido a las cuales se gana en título de “Tribuno del pueblo”. Los historiadores han demostrado que exageró en sus alegatos, que abultó las estadísticas de defunciones y no fue equitativo en la adjudicación de las responsabilidades que incumbían a las fuerzas del orden en el control de los disturbios, pero es la cabeza de una causa capaz de provocar serias reflexiones en torno a la desatendida justicia social, es decir, sobre un asunto subestimado por los partidos políticos.

Sus palabras de entonces nos ponen ante otro de los elementos que le permiten convertirse en un indiscutible protagonista de proyección nacional. Leamos, ya que no podemos oír:

Dolorosamente sabemos que en este país el gobierno tiene para los colombianos la metralla homicida y una temblorosa rodilla en tierra para los extranjeros. Hoy, mañana, pasado, esa multitud que sufre el suplicio, que lo sufre en silencio, sabrá despertarse y para ese día, Oh bellacos! será el crujir de dientes.

Fragmentos como este, expuestos sin fatiga en las plazas públicas, provocan desde entonces la adhesión de los auditorios colmados por la gente sencilla que desea escucharlo y ovacionarlo. Gaitán estrena una retórica capaz de transformarse en el imán de la época, en puente formidable para su vínculo con las clases humildes que comienzan a sentirlo como un redentor. Una serie de conferencias que ofrece en 1940 en el Teatro Municipal de Bogotá es acontecimiento multitudinario, solo superado por las intervenciones que realiza en las giras por las provincias. Después de una torrentosa alocución en la plaza de toros de la capital, la multitud lo lleva en hombros por las avenidas principales hasta las puertas del palacio presidencial. “No soy un hombre, soy un pueblo”, se atreve a afirmar al sentir cómo los colombianos más desposeídos enloquecen frente a sus memorables arengas. Los interesados en el estudio de la demagogia y en el nacimiento del populismo latinoamericano pueden encontrar en los discursos un material invalorable, pero con aconsejables cautelas. ¿Por qué? Debido a que también lleva a cabo estudios concienzudos sobre el latifundio, sobre la nacionalización de la banca y sobre la creación de corporaciones de crédito en los cuales estuvo presente su faceta académica. Entre los análisis que realiza destaca el que lo lleva a establecer la existencia de dos tipos de realidades o de entendimientos de la vida en Colombia, el “país político” y el “país nacional”, categorías que gozarán de fortuna en el trabajo de analistas posteriores, no solo en su país sino también en el vecindario continental.

El 1933, la peculiaridad de sus métodos lo lleva a fundar un partido bajo su control, la Unión Izquierdista Radical, que pretende una reforma del sistema electoral. Decide no participar en elecciones porque busca, según afirma en pomposos manifiestos, fines superiores que no dependen de las campañas habituales para la pesca de votantes. La agrupación termina en desbandada, para que el líder retorne a la casa en la cual se formó desde la época estudiantil. Pero no puede unir a los militantes, muchos de los cuales prefieren la jefatura y la candidatura de Gabriel Turbay. En las elecciones presidenciales de 1946 gana el líder de los conservadores, Mariano Ospina Pérez, para que Gaitán se eleve a la cima de la popularidad como “Jefe Único del Partido Liberal”. Elabora el “Plan Gaitán”, cuyo propósito es la reforma estructural de la sociedad, y realiza convocatorias masivas con el objeto de denunciar la violencia desatada por los conservadores en el poder, una situación que fomenta una atmósfera cruenta que desemboca en la muerte y en la vejación de millares de ciudadanos. Matanzas despiadadas como las sucedidas entonces en los departamentos de Boyacá, Nariño, Santander, Cundinamarca y Valle, señalan la existencia de una sociedad movida por odios recíprocos, pero especialmente escindida por las férreas conductas de los controladores de la autoridad. El pavoroso deslinde hace que llegue a la cúspide del prestigio el tenaz individuo que encarna a la oposición y habla por ella. Entre las acciones que dirige entonces destacan la manifestación organizada en la Plaza de Bolívar de Bogotá, en la cual desfila el pueblo en silencio con banderas negras; y un acto en el cementerio de Manizales en el cual pronuncia uno de sus discursos de mayor profundidad, “La oración por los humildes”, que centenares de seguidores recitan después de memoria en sus asambleas. Palabras como estas:

Verdad que los hombres de ánima helada os arrancaron de nuestro lado, de nuestras luchas; pero solo consiguieron multiplicaros en el íntimo de nuestros recuerdos y de nuestro afecto… Compañeros de lucha, al pie de vuestras tumbas juramos vengaros, restableciendo con la victoria del pueblo los fueros de la paz y de la justicia de Colombia. Os habéis ido físicamente, pero qué tremendamente vivos estáis entre nosotros.

Así como atrae simpatías masivas, el tribuno es objeto de feroces ataques que lo presentan como responsable de la decadencia de la sociedad y como enemigo de las tradiciones esenciales de Colombia. De la parte panfletaria de sus discursos se extrae material que lo exhibe como un incendiario que debe desaparecer en una operación urgente de profilaxis.

El 9 de abril de 1948, Jorge Eliécer Gaitán es asesinado por un oscuro individuo. El centro de la capital se vuelve hoguera gigantesca. El pueblo se echa a las calles para vengar a su líder. Arrasa con importantes edificaciones oficiales, abre las puertas de las cárceles para que los presos se unan al desenfreno, asalta establecimientos comerciales y domicilios particulares: el Bogotazo. Quizá la víctima pudo imaginar la reacción cuando se multiplicaba el rencor de sus enemigos, cuando sentía que lo podían esperar con un zarpazo, porque algo parecido vislumbra en su juventud cuando una turba destroza a Ñapa porque robaba a los maridos de sus amigas. ¿No quería él hacer algo parecido con los asuntos que los miembros de los partidos tradicionales consideraban como propiedad exclusiva? Como llega a la osadía de asegurar que el pueblo y él son una misma cosa, tal vez pueda igualmente calcular que, ante su ausencia, en localidades medianas y pequeñas la gente sencilla convocaría cabildos abiertos, designaría nuevas autoridades surgidas de la soberanía de la calle y ordenaría la recolección de pertrechos para oponerse al ejército, como en efecto sucede durante unos días. En breve retorna el orden antiguo que él apenas incomoda con el fuelle de sus palabras.


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