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Overlooked

Belkis Ayón, la artista cubana inspirada por Abakuá, una sociedad secreta para hombres

por Sandra E. García

12/04/2018

Este obituario forma parte de Overlooked, un proyecto de The New York Times que busca destacar las vidas de aquellas personas que dejaron marcas indelebles en la historia pero fueron desatendidas en nuestras páginas al fallecer.

Fotografía de Fowler Museum at UCLA

En 1993, la grabadora cubana Belkis Ayón, conocida por su estilo característico basado en el collage y una obra que refleja la religión afrocubana abakuá, fue invitada a exponer en la Bienal de Venecia, en Italia. Y estaba decidida a presentarse ahí, a pesar de los obstáculos en su país natal. Cuba atravesaba una depresión económica, era una época oscura e incierta, con una fuerte escasez de alimentos y de combustible.

Ella y su padre, sin otra manera de llegar al aeropuerto —que estaba a 32 kilómetros de su casa en La Habana—, se montaron en sus bicicletas y comenzaron a pedalear. Ayón se adelantó a su padre, quien llevaba las obras de la artista amarradas a la bicicleta; ella logró llegar al aeropuerto a tiempo de abordar, pero su padre no ni tampoco su obra (aunque esta al final sí logró hacer el viaje).

Para Ayón, quien nació el 23 de enero de 1967 en La Habana, el arte era su forma de comunicarse.

“Es la vía, la manera, la solución que encontré para decir lo que quería”, dijo en una entrevista para la revista Revolución y Cultura en febrero de 1999.

De pequeña, la abundante energía de Ayón dejaba exhausta a su madre. Cuando ella tenía 5 años, su madre la inscribió en un programa de arte en la biblioteca Máximo Gómez de La Habana. Ayón floreció y comenzó a entrar a competencias nacionales e internacionales, en las que ganó premios y reconocimientos. En 1976, su trabajo apareció en una competencia de pintura para niños en Hyvinkää, Finlandia.

Belkis fue la única niña en ganar un premio; segundo lugar, según dijo su hermana Katia en una entrevista en la capital cubana.

Su uso de la colografía, un método de impresión gráfica que implica la aplicación de materiales sobre una placa en lugar de tallar su superficie, llevó a la artista por todo el mundo. Sin embargo, aun cuando viajaba, “a Belkis le gustaba divertirse y salir con sus amigos de la escuela”, recordó su hermana. “Era suficientemente madura para poder hacer ambas cosas, y todos nos maravillábamos ante su habilidad”.

Katia continuó: “Le seguía gustando pasar tiempo con sus amigos en casa. Le gustaba cocinarles su plato favorito, espagueti con jamón y queso”.

A los 19 años, Ayón comenzó a estudiar en el Instituto Superior de Arte; cuando se graduó, se volvió parte del profesorado.

A los cubanos rara vez se les otorgaban permisos para viajar, pero Ayón pudo hacerlo gracias a su obra. Al volver, llevaba consigo materiales y revistas para sus estudiantes. Les obsequiaba cosas que no se podían encontrar fácilmente en Cuba, en una muestra de su calidez y generosidad.

Su arte era estoico, menos colorido —trabajaba casi exclusivamente en tonalidades de negro, blanco y gris—, pero no por ello menos impresionante. Su obra se centraba en abakuá, una fraternidad religiosa secreta.

Los personajes femeninos en la obra gráfica de Ayón no tienen boca, a fin de representar la ausencia de mujeres en la religión abakuá. A las mujeres no se les permite participar en esa sociedad, pero, para la artista, no dejaban de estar presentes. Dijo que su obsesión con abakuá fue producto de la curiosidad.

Para ella, el tema tenía “más que ver con la vida que con la religión”, según dijo en una entrevista en 1999. “Me interesa sobre todo el cuestionamiento de lo humano, ese sentimiento fugaz, lo espiritual”, agregó.

Fotografía de Niurka Barroso / AFP

Cristina Vives, curadora cubana y amiga de Ayón, conjuró “Nkame”, una retrospectiva de Ayón que actualmente se expone en el Museo Kemper en Kansas City, Misuri. Vives dijo que Ayón era “una maestra de la colografía”.

“Las texturas que logró eran de una variedad increíble; las sutilezas en la degradación de tintas en toda la gama de negros a grises; la limpieza de los espacios en blanco era exquisita”, comentó Vives.

Ayón creía que los ojos en sus obras eran la parte más cautivadora de sus piezas, algunas de las cuales son de tamaño mural. La blancura de los ojos crea un fuerte contraste con los negros y los grises que inundan su obra.

“En realidad, los ojos en mi obra son lo que impresiona a la gente, lo que les intriga, porque son ojos que te miran muy directamente”, mencionó Ayón en su entrevista de febrero de 1999 en Revolución y Cultura. “Entonces creo que no te puedes esconder, dondequiera que te muevas ellos están ahí siempre mirándote, están ahí haciéndote cómplice de lo que estás viendo”.

Según Vives, la obra de Ayón “trascendió la bidimensionalidad y la escala cuasidoméstica de la colografía tradicional, al crear una instalación tridimensional”.

El crítico de arte del Times, Holland Cotter, hizo una reseña de “NKame” en 2017 cuando se presentó en el El Museo del Barrio de Manhattan. Comentó que, durante un tiempo, los grabados de la artista se “insertaron en una categoría ‘latinoamericana’, que limitaba su alcance”. No obstante, agregó: “Si se trata de Ayón, lo mejor es ser cauteloso con la interpretación. No hay nada simple en su arte y la investigación respectiva apenas comienza”.

El gobierno cubano era receloso del arte religioso aunque, según su hermana, la obra gráfica de Ayón nunca fue blanco de ataques, y eso no cambió los sentimientos que Ayón profesaba hacia Cuba. “Se sentía muy orgullosa de ser cubana”, declaró Katia.

Vives resultó ser la salvadora de la presentación de Ayón en la Bienal. Cuando se enteró de que la obra de su amiga no había llegado a Italia, buscó quien la trasladara: encontró a una mujer italiana que iba a viajar de Cuba a Milán y se lo pidió. Dos días más tarde, Pa’ que me quieras por siempre, llegó a la Bienal. Esa pieza es parte de la exposición “Nkame”, y Vives se refiere a ella como la gema de la muestra.

Ayón se suicidó en su casa el 11 de septiembre de 1999, a los 32 años. Su familia y amigos desconocen el motivo. Equiparan su grandeza como artista con su vulnerabilidad.

Es posible que la vastedad de su obra pueda llenar algunos huecos.

“Son cosas que tengo dentro y que echo para afuera porque son cargas con las que no se puede vivir ni se pueden arrastrar”, dijo de su arte el año en que murió. “Quizás sea eso la obra. Al cabo de tantos años me doy cuenta del desasosiego”.

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