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Telón de fondo

Angostura: la primera república bolivariana

por Elías Pino Iturrieta

Fotogrtafía de Guillermo Ramos Flamerich | Wikimedia

15/07/2019

El Discurso de Angostura, pronunciado por Bolívar ante los diputados que convoca en 1819 para la reconstrucción de la república, es uno de los documentos más influyentes de la historia de Venezuela. No solo refleja un pensamiento capaz de resumir la orientación política que predomina en uno de los capítulos esenciales de la Independencia, sino también un entendimiento de la sociedad que permanece en el futuro. La idea de la sociedad y de la forma de gobernarla que contiene el documento pretende la oferta de una base sólida a un proyecto urgido de rectificación y llamado a perdurar, a la cual han acudido los políticos de la posteridad para sostener sus planes en la época que les ha tocado, o como referencia retórica. Es, por lo tanto, uno de los testimonios que mejor ha resistido el paso del tiempo, y al cual se puede acudir cuando la república del futuro pasa aprietos que pudieran relacionarse con sus contenidos, o que pudieran encontrar explicación en la propuesta que entonces hace el autor.

No debemos olvidar que hoy vivimos en la República Bolivariana de Venezuela, es decir, en una especie de creación confesional que tiene como base, según el texto constitucional, el pensamiento de Simón Bolívar. Que se trate de establecer un vínculo entre lo que pensó el héroe de 1819 con lo que pudo considerar un protagonista de nuestros días sobre lo que convenía a la colectividad, no parece exagerado. Trataremos de ver cómo pensó el héroe su república en 1819, en cuanto posibilidad de entender cómo la fabricó o destruyó después un soldado de la actualidad según lo que puedan relacionar o imaginar quienes lean y oigan esta ponencia ahora.  Tal vez descubramos una familiaridad que no es superficial, ni que se sugiere por capricho.

Sobre la solvencia de lo que Bolívar piensa en 1819 sobre la república conviene recordar que no la había observado con buenos ojos en la víspera. El Manifiesto que publica en Cartagena en 1812 pretende su desmantelamiento y es la antesala de su dictadura personal, después de proclamar la Guerra a Muerte. La Carta de Jamaica, escrita en 1815, es la reivindicación del gobierno administrado por los blancos criollos, según he tratado de mostrar en otro lugar. El documento de 1812 denuncia la existencia de ¨repúblicas aéreas¨ que se deben reformar con el auxilio del hierro y a través de una influencia personal. La correspondencia de 1815 es una reflexión que pretende cambiar el camino del rigor y del holocausto por la sabiduría de los ¨padres de familia¨, una diferencia con la propuesta anterior, pero una insistencia en torno al encuentro de un gobierno adecuado para los venezolanos en cuyo centro está presente la consideración del republicanismo. Lo que presenta en Angostura ante los diputados no es una improvisación, por consiguiente, sino la muestra de una evolución sobre las formas de gobierno para la nación en ciernes, un conjunto de planteamientos que ha elaborado en el último lustro y que considera maduros, es decir, susceptibles de presentación ante un congreso encargado de hacer la nueva Constitución de la República.

Un acercamiento a la reunión de Angostura debe considerar que es producto de una iniciativa personal, a través de la cual se pretende la liquidación de la decisión del individuo que la ha producido para dar paso a un sistema de frenos y contrapesos a través del cual se llegue a la meta todavía inaccesible de una democracia liberal e ilustrada por la que se ha derramado la sangre. Se está dando un paso en la construcción de domicilio consistente para la convivencia de nuevo cuño, en principio, pero las palabras iniciales del convocante pueden ponernos a cavilar si se analizan con cuidado. Veamos:

Señor. ¡Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando ha convocado la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta! Yo, pues, me cuento entre los seres más favorecidos de la Divina Providencia, ya que he tenido el honor de reunir a los representantes del pueblo de Venezuela en este augusto Congreso, fuente de la autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana y árbitro del destino de la nación.[1]

Y a continuación:

¡Legisladores! Yo deposito en vuestras manos el mando supremo de Venezuela. Vuestro es ahora el augusto deber de consagraros a la felicidad de la República; en vuestras manos está la balanza de nuestros destinos, la medida de nuestra gloria, ellas sellarán los decretos que fijen nuestra libertad. En este momento el Jefe Supremo de la República no es más que un simple ciudadano; y tal quiere quedar hasta la muerte. Serviré, sin embargo, en la carrera de las armas mientras haya enemigos en Venezuela.[2]

Dos cuestiones de importancia se advierten en el comienzo del Discurso, que es lo que se ha copiado. La vuelta a la república no se produce por una decisión colectiva, sino por la voluntad del Jefe Supremo. Es la más accesible de las vías para juntar una representación  de la sociedad debido a la situación de guerra, desde luego, pero no es un detalle que debe pasar inadvertido. Quizá piensen que desde ahora se está buscando la quinta pata del gato, especialmente porque el anfitrión afirma que lleva a cabo un acto público y solemne de despedida. Sin embargo, pese a que pueda suponerse que solo leemos la letra pequeña, en realidad el orador no se está despidiendo, o lo hace en términos retóricos. ¿No adelanta que continuará en el ejército mientras permanezca la contienda con los realistas? ¿Quién tiene entonces la sartén por el mango, los diputados, los letrados, los sacerdotes o el oficial de más alto rango? Estamos ante un curioso adiós debido a que, además, el supuesto peregrino quiere proponer una Constitución. Le pone demasiados escollos a la partida, o quiere que los oyentes los encuentren.

En especial porque, más adelante, hace en extenso párrafo el encomio de los hombres armados en cuya cabeza se encuentra.

Representaros la historia militar de Venezuela, sería recordaros la historia del heroísmo republicano entre los antiguos; sería deciros que Venezuela ha entrado en el gran cuadro de los sacrificios hechos sobre el altar de la libertad. Nada ha podido llenar los nobles pechos de nuestros generosos guerreros, sino los honores sublimes que se tributan a los bienhechores del género humano. No combatiendo por el poder, ni por la fortuna, ni aun por la gloria, sino tan solo por la libertad, títulos de libertadores de la República, son dignos galardones. Yo, pues, fundando una sociedad sagrada con estos ínclitos varones, he instituido el orden de los Liberadores de Venezuela. ¡Legisladores! A vosotros pertenecen las facultades de conocer los honores y decoraciones, vuestro es el deber de ejercer este acto augusto de la gratitud nacional.

Hombres que se han desprendido de todos los goces, de todos los bienes que antes poseían, como el producto de su virtud y talentosos hombres que han experimentado cuanto es cruel en una guerra honrosa, padeciendo las privaciones más dolorosas, y los tormentos más acerbos, hombres tan beneméritos de la patria, han debido llamar la atención del gobierno. En consecuencia he mandado recompensarlos con los bienes de la nación. Si he contraído para con el pueblo alguna especie de mérito, pido a sus representantes oigan mi súplica como el premio de mis débiles servicios. Que el Congreso ordene la distribución de los bienes nacionales, conforme a la ley que a nombre de la República he decretado a beneficio de los militares venezolanos.[3]

Habla de un género de individuos, cuya participación en la Independencia ha sido el producto de un cúmulo de virtudes que los hacen excepcionales. Pondera la existencia de un conjunto insólito de hombres de armas que jamás pensaron en el beneficio material, mucho menos en los provechos del botín o del saqueo, pero para quienes ordena los beneficios económicos que supuestamente no les interesan y que no deben quedar en hecho aislado. Salta a la vista el vínculo del orador con los militares, es decir, la posibilidad de mantenerse en la cumbre de la escena, pero no a solas sino mediante la elevación de los oficiales y de la tropa que consagren las instituciones, en este caso, los representantes del pueblo. De nuevo conviene recordar que se lleva a cabo la guerra contra el trono y que todavía debe pasar la sociedad de entonces por aprietos dependientes de pólvora y lanzas, pero también que la asociación, debido a que es promovida por el héroe calificado como Padre de la Patria, puede tener repercusiones en el porvenir.

Como también, en especial, la idea que se ha formado del pueblo para cuyo gobierno propone ahora el manual que se debe redactar en breve. Aunque tal idea se expresa en el conjunto más socorrido de sus afirmaciones, vamos a recordarla:

Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir, ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos de tan perniciosos maestros las lecciones que hemos recibido, y los ejemplos que hemos estudiado son los más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la superstición. La esclavitud es la hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia, de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad; la traición por el patriotismo; la venganza por la justicia. Semejante a un robusto ciego que, instigado por el sentimiento de sus fuerzas, marcha con la seguridad del hombre más perspicaz, y dando en todos los escollos no puede rectificar sus pasos. Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud; que el imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor; que las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes; que el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad. Así, legisladores, vuestra empresa es tanto más ímproba cuanto que tenéis que constituir a hombres pervertidos por las ilusiones del error, y por incentivos nocivos. ¨La libertad –dice Rousseau- es un alimento suculento, pero de difícil digestión¨. Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho antes que logren digerir el saludable nutritivo de la libertad. Entumidos sus miembros por las cadenas, debilitada su vista en las sombras de las mazmorras, y aniquilados por las pestilencias serviles, ¿serán capaces de marchar con pasos firmes hacia el augusto templo de la libertad? ¿Serán capaces de admirar de cerca sus espléndidos rayos y respirar sin opresión el éter puro que allí reina?[4]

Quiere hacer una república, pero no encuentra republicanos. Está empeñado en el logro de la felicidad del pueblo, pero el destinatario no sabe de qué se trata ni está, por lo tanto, dispuesto a participar en la obra. Solo hay un repertorio selecto de venezolanos, el que habla y quienes lo escuchan, en la vanguardia de la nave. También están los imprescindibles señores de la guerra, desde luego. Los demás son galeotes desafortunados. Bolívar declara la inhabilidad de la sociedad para la fundación de una república moderna y democrática en cuyo centro reine la libertad. Pero no plantea una incapacidad natural, sino histórica y, por lo tanto, superable. La incompetencia se debe a la dependencia de la cultura colonial y desaparecerá cuando se extirpen las raíces de la influencia del conquistador. Tal vez hubiera sentido la enormidad de su sentencia con solo mirarse en la tribuna y al contemplar a los diputados de Angostura, criaturas nacidas en el pasado que ahora condena y de cuyo seno salieron con luces de sobra para cortar un nexo fundamental, un cordón de siglos y de sensibilidades. Ahora, sin reflexionar sobre el origen de sus pericias,  los ve como extirpadores de una tradición nefasta si hacen lo que deben hacer para que los estómagos del común se adapten a la cocina de Rousseau.

Muchos historiadores se han detenido en la preocupación bolivariana de levantar un Ejecutivo fuerte y centralizado que evite la dislocación de la sociedad que da sus primeros pasos, y en las prevenciones que le provoca la posibilidad de que las pasiones de la multitud impidan la estabilidad de la república. De allí que hayan examinado sus designios de Angostura para la creación de un senado hereditario, dique capaz de impedir colisiones entre el pueblo y su gobierno, y para el establecimiento de un Poder Moral que se ocupe de meter a las masas en el sendero de la virtud.  Sin embargo,  la faena que pretende encargar a los detentadores de ese Poder Moral es tan meticulosa, pero también tan excesiva en el control de la vida de unos hombres considerados como educandos obligatorios, de una especie de cohorte de párvulos susceptibles de  invasión pedagógica sin fin, que conviene volver de nuevo a sus cometidos, esta vez con asombro. Así, por ejemplo:

)…) demos a nuestra República una cuarta potestad cuyo dominio sea la infancia y el corazón de los hombres, el espíritu público, las buenas costumbres y la moral republicana. Constituyamos este areópago para que vele sobre la educación de los niños, sobre la instrucción nacional; para que purifique lo que se haya corrompido en la República; que acuse la ingratitud, el egoísmo, la frialdad del amor a la patria, el ocio, la negligencia de los ciudadanos; que juzgue de los principios de corrupción, de los ejemplos perniciosos; debiendo corregir las costumbres con penas morales, como las leyes castigan los delitos con penas aflictivas, y no solamente lo que choca contra ellas, sino lo que las burla; no solamente lo que las ataca, sino lo que las debilita; no solamente lo que viola la Constitución, sino lo que viola el respeto público. La jurisdicción de este tribunal verdaderamente santo, deberá ser efectiva con respecto a la educación y a la instrucción, y de opinión solamente en las penas y castigos. Pero sus anales, o registros donde se consignan sus actas y deliberaciones; los principios morales y las acciones de los ciudadanos, serán los libros de la virtud y del vicio. Libros que consultará el pueblo para sus elecciones, los magistrados para sus resoluciones, y los jueces para sus juicios. Una institución semejante que más que parezca quimérica, es infinitamente realizable que otras que algunos legisladores antiguos y modernos han establecido con menos utilidad del género humano.[5]

Las posibilidades de clasificación que propone nos colocan ante un desafío anti republicano provocado por la desconfianza que el pueblo le produce, pero especialmente por el papel de tutor que se atribuye. Pretende la creación de una cátedra susceptible de hacer de los ciudadanos el material de un filtro manejado desde una única atalaya, de un juzgado de cualidades y torpezas que determinará el destino de los hombres en el parecer de una república incapaz de juzgarse por sí misma. No habla de un estrado finito, de una fiscalización que terminará su trabajo en un tiempo determinado, sino de una actividad permanente. Puestos ante un descomedimiento, frente a un exceso sin paliativos, los diputados de Angostura sugieren al proponente que le deje el proyecto al futuro, que ya habrá oportunidad de ponerlo en práctica, que es mejor ocuparse de negocios perentorios cuando el establecimiento por el cual luchan se encuentra todavía en pañales rodeado de enemigos, y así detienen el designio.

El republicanismo es ahora encarnado cabalmente por los representantes del pueblo, pese a que deben sus curules a la voluntad del Jefe Supremo que se despide sin ganas de partir y quien termina quedándose en el cargo hasta cuando una enfermedad terminal le aconseja lo contrario, once años más tarde.

Si era lo que buscaba de veras, para el cometido se sirvió del papel de las deliberaciones, de la compañía de los hombres de armas y de la presunción de enseñar al pueblo los principios de civilidad que no podía aprender por su cuenta. Si hablaba de buena fe y desde un convencimiento pleno, desde la seguridad de captar con solvencia los rasgos y los límites de su época, lo pone en aprietos la sociedad que en breve pudo construir una república hecha y derecha. O quizá no, si consideramos cómo han seguido muchas ideas y ciertas  estrategias del Discurso de Angostura los políticos del mañana, algunos hasta el extremo de rebautizar a la república con su nombre.

***

[1] Simón Bolívar, Discurso de Angostura. Documentos que hicieron historia, Caracas, Ediciones Presidencia de la República, Caracas, 1989, Tomo I, p. 210.

[2] Ibídem, p. 211-212.

[3] Ibídem, p. 237.

[4] Ibídem, p. 214-215.

[5] Ibídem, p. 233-234.


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