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Poner gasolina en tiempos de turismo postpetrolero

por Ángel Alayón

Fotografía de Diario Frontera

28/12/2017

A las cuatro y treinta de la madrugada del 21 de diciembre recibí la llamada en mi cuarto del hotel. Me vestí sin encender las luces para no despertar a mi esposa y a mis dos hijos. Salí y toqué la puerta de la habitación donde se encontraba mi papá. Bajamos al estacionamiento del Eurobuilding Express de Barinas, encendimos los carros y nos estacionamos en la cola para poner gasolina. Éramos los números 29 y 30.

Nuestro destino era Escagüey en el páramo merideño, a 625 kilómetros de Caracas, donde pasaríamos navidades. Pero ya no teníamos combustible suficiente para recorrer los 128 kilómetros que nos faltaban. Apenas nos bajamos del carro, nos unimos a un grupo, conscientes de que la probabilidad de supervivencia del individuo aumenta si permanece junto a la manada. Todos tenían una historia. Se habló de precios de los alimentos, de la escasez de medicinas, del miedo a la guerrilla, de las causas de la crisis de la gasolina.

“El problema es que ya PDVSA no produce. Y eso que tenemos las mayores reservas de petróleo del mundo. Se robaron los reales”, dijo un taxista.

“La gasolina es importada y no hay real pa’ eso”, dijo otro compañero.

Nadie mencionó las sanciones como causa probable.

La gandola llegó a las 8:15 am. Descargó en cuarenta minutos. A las 9:30 a.m. salí de la estación con el tanque lleno y con la ropa oliendo a gasolina. Descansé un rato en la habitación. Salimos a las 11:00 a.m. hacia Escagüey.

Un amigo me escribe por whatsapp: “Saludos a Cheverito”. Le respondo: Je suis Cheverito.

Son las aventuras de hacer turismo postpetrolero.

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Ya en la posada, se hace evidente que hay dos clases de personas: las que tienen el tanque lleno y las que no. La gasolina es el eje de la socialización y de las angustias. A pesar de la incertidumbre energética, el paisaje andino y la amabilidad de los merideños se va imponiendo. Toca hacer ajustes mentales y emocionales: queremos que los niños disfruten de su primer viaje a los Andes.

La experiencia del teleférico de Mérida es grata. El personal es amable y profesional. Los turistas disfrutan del paseo. Los niños, como siempre, son los más entusiastas. Las vistas impresionan. La música en la cabina es una apuesta de bajo riesgo a favor de la nostalgia. En el restaurant ubicado en la estación de La Montaña se come bien. En algún sitio hay un mural que dice: “En el teleférico no se habla mal de Chávez”. Es la única instrucción que no se cumple de forma estricta.

En otra salida, visitamos Los Aleros, un parque temático que nos trasladó a un pueblo andino durante la dictadura de Gómez. Un viaje en el tiempo que puede entenderse como un énfasis innecesario en los tiempos que vivimos. La gente se disfraza de Gómez y se fotografía para llevarse el recuerdo. Una manera de mirarnos en el espejo y calmar al tirano que llevamos por dentro, espero. Un niño rompe el patrón y se disfraza de Rómulo Betancourt, un contrapeso simbólico ante la banalización del hombre fuerte.

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Tocaba reponer la gasolina y estacionar los carros hasta el regreso. Temíamos que el 24 y 25 la situación de la distribución de gasolina se agravara. El 22 en la mañana nos avisaron que ese día llegaría combustible a Mucuruba, a tres kilómetros de Escagüey. Vamos en la mañana, pero nos dicen que la gasolina llegará al final de la tarde.

Regresamos a las dos y treinta de la tarde y ya había carros estacionados en dirección a Mucuchíes. La vía es estrecha y pronto nadie puede pasar en ninguna dirección: “Se trancó el páramo”. Gente del pueblo informa que la cola debe hacerse en otra dirección, usando una calle lateral que llega hasta un campo de fútbol. Es un conocimiento cuasi-ancestral: “esto lo aprendimos durante el paro petrolero de 2002”. La fila comienza de nuevo en el lugar donde ellos indican. El páramo se destranca.

La gandola llegó desde El Vigía cinco horas después de nuestro arribo a Mucurubá. La estación de gasolina empezó a despachar gasolina a las ocho de la noche. Muchos vehículos se ponen a hacer cola justo en el lugar donde horas antes había sido desplazada. La gasolina tiene el efecto del azúcar en las hormigas. Hay, entonces, dos colas: la vieja y la nueva. El Páramo vuelve a trancarse.

Aparece un guardia nacional y ordena cerrar la bomba. La tensión crece. Había gente esperando por gasolina desde primeras horas de la mañana. “El pájaro”, “El mozo” y otros lugareños le explican al guardia que la cola no estaba en dirección hacia el páramo sino que recorría una entrada lateral del pueblo y que si se quitaba una guaya la cola podía crecer sin interrumpir el tráfico. El guardia escucha las razones de los lugareños, quienes cada vez son más y ya rodean al efectivo con la técnica de rueda de pescado. El guardia acepta verificar la cola original y quitar la guaya. Y como hubiese predicho Hayek, el conocimiento local se impuso sobre la orden centralizada del guardia.

Al momento de poner gasolina, el bombero me dice: “¿Sabe qué estamos cobrando algo más porque nos los pide la guardia?” No le hago caso y pago lo que pago en Caracas, lo que incluye una propina que es mayor al irrisorio precio de la gasolina. Salgo de la bomba a las doce de la noche. Luego me entero de que pusieron gasolina al menos hasta las cuatro de la madrugada. En pocos días, llevaba más de 14 horas en colas para poner combustible en el país con las mayores reservas de petróleo del mundo. La destrucción de una industria ocasiona que ahora paguemos la gasolina con el último de los recursos escasos, el tiempo.

El día de la salida de Escagüey, alguien me regala unos litros de gasolina. Sostengo el recipiente pequeño a una altura que permita operar a la ley de gravedad. Cuando la persona sopla la manguera para vaciarla de aire, se derrama algo del combustible y mis manos se mojan. Llenamos el tanque y estoy listo para salir rumbo a Caracas, pero el olor a gasolina es intenso. Me lavo las manos durante largo rato, pero el olor siguió allí. Recordé a Lady Macbeth intentando quitarse las manchas de sangre imaginarias. No pudo. Tampoco yo logré hacer desaparecer el astringente olor de la gasolina.


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