Perspectivas

Zoológico Leslie Pantin: Dos generaciones protegiendo la fauna

Fotografía de Diego Torres Pantin

28/07/2020

Cuando Leslie Pantin llegó exhausto a su casa tras un viaje a Barinas, quedó boquiabierto al encontrar su jardín repleto de militares. Rápidamente, Ledia, su esposa, le informó lo que ocurría: al día siguiente, el 13 de marzo de 1980, el presidente Luis Herrera Campíns visitaría su hogar porque quería conocer el zoológico. Ella se había enterado unas horas antes. Les indicaron que no se preocuparan: una comitiva y una agencia de festejos se encargarían del aseo de la casa, así como de preparar la mesa para que el presidente almorzara con la familia.

A primera hora del 13 de marzo, un grupo de militares rodeó al zoológico. El jardín se llenó de guardaespaldas, fotógrafos, periodistas y demás personajes que acompañaban al mandatario. Después de que Luis Herrera ofreció su rueda de prensa y almorzó junto a la familia, se levantó para iniciar el recorrido. Leslie y Ledia fueron paseándolo a él y al séquito presidencial, así como a los representantes de los medios de comunicación por las instalaciones del zoológico. Poco antes de llegar al final, les advirtieron que debía caminar con cautela al acercarse al corral de ln, una danta macho que, al sentirse amenazada, solía colocarse en posición y orinar a las personas. Nadie hizo caso. El jefe del estado y sus acompañantes se aproximaron a la jaula sin ningún tipo de precaución y fueron rociados por el animal. Dado que apenas fueron mojados, todos rieron de lo ocurrido. De hecho, el presidente estampó su firma en el libro de visitas.

Una despedida, un nuevo comienzo

“La mudanza para Paya fue singular. Además de traernos las cajas con los regalos de matrimonio, veníamos con todos los animales que tenía Leslie en su casa de Caracas, para fundar su zoológico. Yo dirigía a los señores de la mudanza: ‘¡Cuidado, que esa caja tiene copas de cristal!’. Leslie, por su parte, decía: ‘¡Cuidado! ¡Ese cunaguaro muerde!’  Y así, alternando una cosa con la otra, comenzó la más grande aventura de mi vida”.

Con esas palabras, Ledia describe lo que significó para ella acompañar a su esposo en la construcción del Zoológico Leslie Pantin, especializado en flora y fauna venezolana, el cual empezó con la mudanza matrimonial en 1963. Hoy tiene monos, cunaguaros, chigüires, venados, paujíes, gavilanes, flamencos, caimanes, entre otras especies, a las que se suma una gran colección de plantas. Su matrimonio compaginó su vida doméstica con la conservación.

Leslie Pantin falleció de un infarto fulminante a sus 65 años en septiembre del 2006. Cuando su hijo Federico coordinaba las acciones para su sepelio, sonó el teléfono. Era Alexander Blanco, quien trabajaba en el proyecto de conservación del águila arpía de Imataca y había cursado pasantías en el zoológico cuando era estudiante de veterinaria. Fue un momento incómodo: llamaba para anunciar que finalmente podría cumplir su promesa, pues tenía un pichón que necesitaba ser criado en cautiverio después de ser decomisado a unos mineros.

–Sí, Alexander, mándalo. Mañana resolvemos después del velorio.

El velorio en el cementerio La Primavera fue masivo. Federico coordinó la llegada de la arpía: primero iría al Parque del Este, y a la semana siguiente, al zoológico. “Allí decidí asumir la dirección. Me pareció demasiada casualidad que justo el día que murió mi papá llegara un animal tan emblemático”.

Fotografía del archivo familiar Pantin

Orígenes y desarrollo del zoológico

Leslie Pantin (1939) y Ledia Contreras (1942) se conocieron durante su adolescencia en Caracas. Se establecieron en la finca Paya, en Turmero (Estado Aragua), la cual había heredado poco antes de graduarse y adonde trasladó todos los animales que tenía en su casa en Chacao. El proyecto nació como un sueño juvenil. Al principio, le abrían la puerta a todo el que quisiera ver a sus criaturas. Con el tiempo, empezaron a dar charlas y a hacer planes de conservación.

Aunque Ledia no tenía la formación científica de su marido, se convirtió en columna del proyecto: lo acompañó en sus travesías, crió animales y pasó años dando charlas de conservación ambiental. De forma autodidacta, alcanzó una maestría técnica en el cuidado de las plantas, lo que la llevó a convertirse en una participante destacada de la Sociedad de Bromelias de Venezuela.

El Instituto Latinoamericano de Museos y Parques, agrupa a los zoológicos y acuarios entre las instituciones ligadas al Patrimonio Natural, cuyas funciones son: “… conservar vivas, criar y exponer distintas especies de animales (…), tradicionalmente exóticos o salvajes y actualmente la fauna originaria del país o región”.

Esos ideales de conservación señalados por el ILIAM eran prioritarios para Leslie, por una motivación más vocacional que económica. Si se hubiese concentrado exclusivamente en su rol de veterinario de caballos de carreras habría tenido una economía más promisoria. Aún así, optó por pasar tardes enteras atendiendo a un jaguar enfermo; fines de semana dirigiéndose a hatos de diferentes puntos del país para buscar a una danta huérfana; invertir sus ahorros en alimento, jaulas y medicinas. Cuando faltaba dinero para la comida, cazaba iguanas para alimentar a los carnívoros. Irónicamente, todos en Turmero lo daban por millonario debido a su apellido.

Fotografía de Diego Torres Pantin

“La mayor fuente de inspiración y de información proviene de la comunicación personal con nuestra gente de campo y monte, pero sobre todo con la naturaleza, a la que hemos dedicado nuestras vidas, observando el más mínimo detalle, caminando prácticamente toda nuestra geografía”. Escribió en el prólogo de su libro “Genio y figura de la fauna venezolana”.

Con el pasar del tiempo, el zoológico fue ganando reconocimiento. El Nacional, El Universal, Venevisión, Televisión Española, National Geographic, entre otros medios, le dedicaron reportajes. Recibió visitas de distintas personalidades como Jeff Corwin, el famoso presentador de televisión estadounidense, quien grabó un programa ahí.

A finales de los años 80, Leslie sintió la necesidad de compartir su experiencia con el público venezolano. Sin mayor experticia en el área audiovisual, redactó una serie de micros documentales para luego encontrar a quienes los pudieran realizar. Contaban datos curiosos sobre la fauna venezolana, sin nombres científicos ni términos complicados. Con Suvicon, una productora de la época y gracias al patrocinio del extinto Banco del Orinoco, aparecieron en 1992 las primeras piezas escritas y narradas por él mismo. Las transmitió Venezolana de Televisión. Cada una tenía una duración de entre dos y tres minutos. Completó tres temporadas. Lastimosamente, ya no quedan copias disponibles. Después siguió escribiendo guiones de forma ocasional.

Pero Leslie no sólo escribió guiones. Su vocación científica lo llevó a producir diferentes textos especializados. Por su parte, Ledia hacía acuarelas, además de realizar suvenires para el zoológico, especialmente carteras y adornos sobre frutos secos o madera. Juntos realizaron un libro que fue publicado por la Fundación Polar: el ya mencionado “Genio y figura de la fauna venezolana”, escrito por él e ilustrado por ella.

Ledia también incursionó en la escritura. “Un zoológico en mi casa”, su primer libro, recoge las anécdotas que la familia vivió desde los orígenes del proyecto hasta el 2005: cuando a Leslie se le escaparon los báquiros en Chacao e interrumpieron una fiesta de la embajada soviética; la ocasión en que una danta arrolló a Mariana, la hija del medio; la oportunidad en que Consuelo, la hija menor, y su equipo de monjas atraparon a un caimán en Morrocoy. Diez años después, apareció “Un chigüire en mi cuarto”, libro en el que narraba vivencias cómicas ocurridas en su viudez. Ambos se publicaron en ediciones privadas y se distribuyeron entre la familia y amigos.

Al día siguiente del velorio de su esposo, Ledia reunió a sus nietos para decirles que debían honrar el legado de Leslie Pantin, lo cual no significaba continuar su profesión, sino respetar y cuidar de la naturaleza y de los animales. Finalmente, en diciembre del 2018, llegó la hora de su reencuentro. La familia esparció sus cenizas en su lugar preferido del zoológico: su jardín de bromelias y orquídeas.

Fotografía de Diego Torres Pantin

El renacimiento del zoológico

Tras una reunión con los hermanos, Federico Pantin (1966) y Tuenae Hernández (1965), su esposa, asumieron la continuidad del zoológico. Fue una elección natural: no sólo eran los únicos egresados de la escuela de Escuela de Veterinaria de la sede de Maracay de la UCV (donde se conocieron), sino que eran los únicos que vivían en Aragua. Aceptaron el encargo siendo conscientes del tamaño de su nueva responsabilidad: sabían que no sólo se trataba de mantener a los animales, sino de llevar a cabo toda la dinámica que requería el proyecto: una remodelación pendiente, programar exhibiciones nuevas y darle prioridad a los planes de conservación. Ambos escogieron ese desafío junto a la crianza de sus hijos. En consecuencia, se cerraron las instalaciones hasta que estuvieran totalmente listas.

Los planes de remodelación han sido trabajosos. La familia recuerda los traslados de los caimanes. Con el primero, Federico utilizó un mecate para sujetarle el hocico, mientras le suministraba un calmante. Entre todos lo subieron a la caja de la camioneta para llevarlo hasta su nuevo hogar. Para agrupar a los tres especímenes en un mismo espacio se construyó una “plaza” con muros divisorios. En cada zona quedó un estanque distinto. Tiempo después, se instalaron vigas metálicas en las paredes para que no se escaparan, como ocurrió la primera vez.

Las charlas educativas han sido una constante en el zoológico: Leslie y Ledia las impartían para colegios y particulares, haciendo hincapié en la relación de cada animal con su hábitat y en la importancia del respeto y cuidado de la naturaleza. Hoy, Federico y Tuenae ofrecen visitas guiadas previa cita a empresas que lo solicitan como opción recreativa, pues las instalaciones aún no han abierto formalmente. Y dentro de poco, a escuelas y universidades.

Sin descuidar el objetivo pedagógico, se enfocan en la conservación y reproducción de especies. El diseño de un trayecto es una actividad paisajística, museográfica, y debe nutrirse de todas las funciones de la institución.

–Las exhibiciones son espaciosas y reproducen el ambiente natural del animal con plantas de su entorno –refiere Federico–. Se procura darles la mayor calidad de vida posible. Se hace un plan de colección para saber qué especies deben estar. Las que están amenazadas son más importantes. Cada una cumple una función. La reproducción, la educación ambiental y la investigación, todo eso es conservación. Todos los datos aportados por los investigadores son indispensables para un zoológico del siglo XXI.

Fotografía de Diego Torres Pantin

Desde la época de Leslie y hasta la fecha, la policía suele llevar al zoológico animales decomisados. Como en Venezuela el tráfico de especies es común, llegan “mascotas extravagantes”. A veces, los mismos dueños son los donantes. Cuando esto ocurre, se estudia el caso para evaluar si la liberación es posible. Si el animal es muy amigable, tiene algún impedimento físico o si presenta indicios de alguna enfermedad contagiosa, no lo sueltan. El caso más emblemático es el de un puma que vivió año y medio tras superar su estado famélico. Lamentablemente murió cuando unos obreros introdujeron en su jaula un mecate de nylon que se tragó y le perforó el intestino.

Los programas de conservación son prioridad. Entre ellos, está el del galápago llanero, una especie de tortuga de la familia Podocnemididae: con un equipo  interinstitucional, incubaron artificialmente los huevos que las hembras pusieron en el zoológico para liberar las crías en el río Capanaparo cuando alcanzaron el tamaño adecuado. Es una regla inquebrantable: si se va a reintegrar el animal a la vida silvestre, tiene que ser en su hábitat específico.

Un zoológico pequeño requiere un esfuerzo grande. Federico y Tuenae se levantan temprano para buscar las frutas, alimentos concentrados y medicinas, para después darles las raciones y las recetas a Alberto y Rubén, cuidadores y jardineros. En paralelo, ellos se mantienen gracias a su compañía de distribución de productos para mascotas. Pero no se arrepienten de nada. Tuenae es muy clara al respecto:

–Cuando viajábamos fuera, visitábamos zoológicos y nos fijábamos en las instalaciones, la organización, el paisajismo. Le contábamos a Leslie y fantaseábamos con aplicar esas prácticas. Cuando Federico me dijo que quería seguir con la labor de su padre, yo le dije que si podíamos enfrentar el reto, pues sí. Ha sido difícil, pero hemos sabido resolver. Como para mí esto es algo cotidiano, a veces olvido que tengo una maravilla aquí, por eso los comentarios de los visitantes son tan importantes: me dan de energía para continuar.

Fotografía de Diego Torres Pantin

A principios del 2018, Federico Pantin atendió una llamada inesperada. Provita lo estaba contactando para iniciar un plan de conservación junto al Zoológico de Bararida y el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Querían encontrar una institución en Venezuela con las condiciones para ser receptáculo del proyecto. Llegó una comisión de Provita para evaluar la posibilidad de que se realizara en las instalaciones: quedaron encantados de ver la calidad del lugar en un país en crisis. Al leer los documentos, Federico y Tuenae se sorprendieron de que una asociación de renombre mundial estuviera participando: el Instituto Smithsoniano estaba interesado en el proyecto del cardenalito, un ave en peligro de extinción.

–Los primeros pájaros nos llegaron por decomiso o por donaciones de cuidadores – explica Federico–. Entre febrero y marzo empieza la época de reproducción. No existe experiencia de cría de esa especie con motivos de liberación. Por eso es un proyecto innovador. Tienen que ser criados bajo condiciones especiales: se les va a enseñar a comer exactamente las semillas que ellos van a conseguir en el monte. Las jaulas son espaciosas para que hagan sus nidos y puedan tener sus pichones. De nada nos sirve criarlos para que después no se reproduzcan.

El zoológico cobró un nuevo impulso. De repente, se llenó de personal. A mediados del 2019 terminaron de construir el centro de investigación, donde un equipo de biólogos y veterinarios estudiará el desarrollo del proyecto. El Smithsonian, así como Provita y el IVIC brindaron un apoyo con el que no se contaba. Trajeron un nuevo veterinario, el doctor Leonel Ovalle, quien se encarga del mantenimiento del centro y garantiza la salud de los animales.

Tras años de letargo, el renacimiento del Zoológico Leslie Pantin es una realidad. Su actividad de investigación, exposición y educación ahora se desarrolla con nueva fuerza. Hoy está más capacitado para cumplir con el sueño que Leslie Pantin labró en su libro: “Es nuestro deseo ferviente que esta obra sirva de estímulo para conservar lo que el Todopoderoso puso en nuestras manos”.


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