Crónica

Zahira González: Un soporte para cada realidad

Latitudes. Zahira González. Fotografía: Diego Torres Pantin

25/11/2022

La infancia de Zahira transcurrió entre Caracas y Lechería, Anzoátegui. Durante sus caminatas cotidianas, casi a diario, veía como el paisaje de las playas se tornaba naranja al momento de despedir el sol. Siempre dibujaba el atardecer. Cierto día, escuchó el rumor de que un buque petrolero había sufrido un derrame. Aun así, salió a dar un paseo. Al meter sus pies en el agua, una sensación aceitosa recorrió su cuerpo. Sacó su pierna y comprobó que estaba cubierta de un líquido negro.

Cuando Zahira inició su etapa de formatos experimentales, su experiencia con el derrame petrolero reapareció con fuerza en su memoria. Si bien es imposible pintar encima del oro negro, existe un objeto que lo simboliza: el envase de aceite de motor. Tuvo que dirigirse a varias estaciones de servicio y caucheras para pedir a los empleados el material sobrante.

—¿Y para qué los quiere?

—Es que voy a hacer una obra de arte con estos potes.

La primera vez, el empleado se carcajeó. En las siguientes, las reacciones también fueron de extrañamiento, pero nunca le dijeron que no. Llegaba hasta su apartamento hasta con seis envases en una bolsa. Los lavaba con querosene, —una labor tediosa—, para después proceder con el acto creativo. Pintaba peces muertos, gaviotas y pingüinos convalecientes. Todos los protagonistas de su proyecto eran animales empetrolados. La serie se llamó Patuque. Forma parte de una línea de trabajo llamada que ella denomina splash.

Retrato de Zahira González. Foto: Diego Torres Pantin

De la capoeira a la plástica

De adolescente, Zahira se dedicó a patinar por las zonas aledañas a Santa Mónica, su zona de residencia. Gracias a sus patines, conoció a indigentes que se ocultaban en los rincones de Caracas. Asistió a eventos de música poco comercial, donde conoció a malabaristas callejeros, punketos, grafiteros. Personas de diferentes subculturas. En esos entornos era común encontrar sujetos con ideologías críticas de los sistemas de poder. Ahí nació su interés por las realidades sociales.

En su adolescencia, Zahira se había interesado por una práctica cultural creada en Brasil por los esclavos. Consiste en ir realizando movimientos corporales a partir de las piernas; una expresión dancística y de contacto: la Capoeira. Tenía 15 años cuando empezó a asistir a las clases en la UCV. Debido a su hiperactividad, no le fue difícil adaptarse al ritmo. Se movía de aquí para allá liberando adrenalina. El grupo se convirtió en una segunda familia.

Junto a su grupo, Zahira buscó bibliografía sobre la Capaoira. Aprendió que, en sus orígenes, la práctica fue ideada como una medida de liberación por parte de los esclavos, para disfrutar de los escasos ratos de ocio. También fue utilizada para defenderse de los abusos de los amos. Decidieron buscar expresiones culturales similares en territorio venezolano, que tuvieran una raíz afro, con involucramiento del cuerpo en expresiones rituales.

Organizaron un viaje a Chuao para compartir con los Diablos Danzantes. Dentro de Caracas se encontraron con los cultores de las fiestas de San Juan Bautista de Curiepe, donde entrevistaron a tocadores del tambor culo e´puya y a los bailarines. En ambas ocasiones preguntaron por las experiencias, opiniones y emociones de los practicantes. Aprendieron de las danzas de ambas manifestaciones, de sus movimientos corporales, de sus historias. También hicieron contacto con otras expresiones afrovenezolanas. El interés de Zahira por los temas ligados a realidades sociales se potenció.

Pero el aprendizaje más intenso lo recibió como profesora. Uno de sus compañeros de la Capoeira estudiaba Derecho, y su investigación de grado era sobre los centros penitenciarios. Gracias a él, se coordinó un nuevo proyecto: Zahira y sus amigos darían clases en dos prisiones, una en Caracas y otra en Yare. Se estableció que únicamente recibirían instrucción los buena conducta.

Al llegar a la prisión La Planta, ubicada en El Paraíso, Zahira y sus amigos fueron escoltados por dos policías. Era como una especie de ciudad pequeña. Los reclusos con los que ella tuvo contacto mostraron buenos modales y jamás le faltaron el respeto ni a ella ni a los demás. Las clases se dieron sin mayores dificultades. Algunos afirmaban estar allí injustamente, mientras que otros evitaban hablar de sus transgresiones. En Yare la experiencia fue bastante similar; no obstante, el ambiente era mucho más denso: todos eran reos de otro calibre.

Como persona inquieta, de niña adquirió la costumbre de llenar sus cuadernos de dibujos. Cuando cursaba Comunicación Social en la UCV, un amigo suyo —que estudiaba Artes en la Armando Reverón—, al ver sus dibujos, la instó a inscribirse en su casa de estudios. Ella siguió el consejo sin mayor pretensión. Logró ingresar.

En un principio llevó ambas carreras en paralelo. Después dejó Comunicación Social. Entre las materias, desarrolló un estilo caracterizado por el uso de la iconografía para enriquecer su discurso. Su pintura ha buscado retratar realidades desde un enfoque crítico, utilizando la ironía como motor creativo y exponiendo contradicciones. Tras graduarse, Zahira comenzó una carrera como pintora.

Una obra de la serie Yacimientos. Foto: Diego Torres Pantin

La pintura de Zahira, producto de sus experiencias en el mundo de la Capoeira, tiene un trasfondo social considerable. En ella abundan los fondos de colores movidos, los personajes de actitud contemplativa, las alegorías y las referencias al mundo actual. Se vincula con temas temporales y atemporales. Desde su etapa universitaria, ha participado en gran cantidad de exposiciones colectivas.

La obra de Zahira González podrá ser política, pero no busca apoyar o despotricar a un bando en específico, sino centrar su visión en los problemas a nivel macro. Si trabaja con el tema de los derrames petroleros, no está buscando criticar específicamente a las autoridades venezolanas —aunque sea una negligencia frecuente—, sino a todas las compañías y gobiernos en el mundo que permiten que eso ocurra. Es por eso que, al abordar el problema, ha pintado tanto gaviotas como pingüinos, aves que se encuentran en el territorio nacional, y otras que se ubican a gran distancia de nuestra geografía.

Cierto día, en el año 2010, Zahira González y un amigo suyo se dirigieron hasta la plaza Andrés Eloy Blanco, ubicada en el centro de Caracas, a fin de realizar un mural. La pared tenía ya una representación de iconografía nacionalista junto al rostro de Hugo Chávez. Los artistas fueron removiendo las caras de los próceres y del expresidente. Mientras trabajaban, llegó la noche. El lugar se llenó de jugadores de dominó, personas que se congregaban a conversar y uno que otro bebedor.

—¿Y ustedes qué están haciendo? —les reclamó un hombre.

—Vamos a montar otro mural. Tenemos permiso de la alcaldía —dijo Zahira.

Explicó con detalle lo que iban a hacer. En medio de la conversación, aclaró que, desde su visión personal, no era saludable el culto a la personalidad, ni de próceres ni de figuras políticas. Tras la discusión, los artistas se fueron.

Al día siguiente, Zahira y su amigo llegaron a la plaza temprano. Al llegar, notaron que la pared estaba cubierta de manchas de pintura blanca. Durante la noche, alguien había vandalizado la obra. Debieron restaurar las partes saboteadas.

En septiembre de 2013, la vida de Zahira cambió por completo: nació Gael, su hijo. En un abrir y cerrar de ojos, la crisis había comenzado. Era 2014 y ella se encontró a sí misma haciendo filas kilométricas para conseguir leche, pañales y otros productos.

La crisis venezolana se manifestó en otras áreas, además de la económica y la alimenticia. Zahira, al igual que muchas otras personas del sector artístico, enfrentó dificultades para abastecerse con pinturas y materiales. Conseguir pigmentos, lienzos, caballetes y demás ítems se convirtió en un lujo. Eso fue lo que la condujo a utilizar materiales no convencionales.

Los primeros años de Gael transcurrieron entre Caracas y Lechería. Durante las colas, lo único que Zahira podía hacer era conversar. La ventaja era que le permitía escuchar historias. Anotaba todo lo que oía. Recuerda a un hombre cuyo empleo como guardia de seguridad le resultaba insuficiente para alimentar a sus tres hijos. La conversación empezó a las tres de la madrugada. Al llegar las ocho de la mañana, él tomó sus cosas y se fue a trabajar, a pesar de que le faltaba poco para entrar al mercado.

En esa época, debido a la inflación, ya las monedas no eran utilizadas para transacciones comerciales. No tenían ningún valor, pero Zahira descubrió que en realidad aún les quedaba uno: el simbólico.

Recordando a ese hombre que sacrificó sus horas en la cola para cumplir con su responsabilidad, y a muchos otros venezolanos que conoció, empezó a utilizar monedas para ir retratando diferentes personajes: el muchacho que participa en las protestas, el militar que dispara, el joven que sale a trotar, el músico ambulante, la bailarina, la sanjuanera, la madre que pasea a su bebé, etc. Cada pieza traía consigo una historia de resistencia en medio de un ambiente decadente, donde lo material y lo económico actuaban como antagonistas del esfuerzo individual.

Dos obras de la serie Monedero. Fotografía: Diego Torres Pantin

Entre caminatas, Zahira se percató de que los espacios arquitectónicos de Caracas enfrentaban abandono. Donde quiera que fuera, siempre notaba escombros. Las calles lucían sucias, con agujeros, y los desconchados en estructuras con mosaicos se hicieron comunes.

Guzmán Blanco, quien gobernó Venezuela dictatorialmente en la segunda mitad del siglo XIX en tres períodos, era un gran admirador de la cultura francesa. Durante su gestión, el Estado venezolano apoyó las artes. Muchos pintores —Arturo Michelena, Cristóbal Rojas, Martín Tovar y Tovar, y un largo etcétera— obtuvieron becas para estudiar en París. En esa época, la iconografía nacionalista dominaba la escena cultural. Se producían cuadros donde los próceres de la independencia eran idealizados. Se buscaba dar una imagen grandilocuente y épica del país.

Zahira pasaba largos ratos viendo cada escombro que encontraba. La primera vez que tomó una pieza, fue en Los Símbolos. La gente la observaba. Sin importarle que la tomaran por loca, la llevó en brazos. Caminó con ese peso durante varias cuadras hasta llegar a su apartamento.

Lavó el trozo de edificio. Después buscó en Google imágenes de pinturas del período neoclásico. Ilustró un detalle de un cuadro de Cristobal Rojas. Continuó haciendo lo mismo con diferentes escenas y personajes. Tan solo hacía falta caminar un poco para encontrar más piezas: Caracas se asemejaba más a Chichen Itza que a Bogotá. Esos rostros perfectos del período quedaron enmarcados e incompletos dentro de los destellos del patrimonio. Solo recreó detalles. “Yacimientos” fue el nombre que le dio a esa serie. A través del imaginario patriótico, buscó resaltar la ironía del discurso nacionalista que los sucesivos gobiernos habían adoptado.

Durante la época de las protestas del 2017, un par de veces, Zahira llegó a ver pequeñas nubes de gas lacrimógeno sobrevolando la UCV. El olor irritable penetraba su apartamento. En su cabeza, había una idea que tenía tiempo gestándose. Una relacionada con la ola de violencia que vivía el país. Las manifestaciones la volvieron a despertar.

En su bicicleta, se dirigió hasta la UCV después de la protesta. Fue buscando perdigones y restos de bombas lacrimógenas. Tomó todo el material que encontró. A un amigo suyo que trabajaba como escolta, le pidió que le diera todas las balas usadas que pudiera. La facilidad con la que se podían conseguir era otro síntoma de la enfermedad del país.

Esta vez, Zahira pintó imágenes de niños. Una niña en un columpio y un amigo que la empuja, cada uno en una bala distinta, y más infantes que bailan y juegan, que disfrutan su niñez. Quería mostrar el contraste entre la inocencia y la violencia. En 2020, durante los primeros meses de la pandemia, cuando las calles de Caracas quedaron vacías, llevó sus balas a diferentes lugares. Fotografiaba el resultado para dejar constancia de esa intervención.

Obras de la serie De tin balín. Fotografía: Diego Torres Pantin

El arte es para todos

En el 2019, Zahira recibió una llamada: un comandante del CICPC quería que le hiciera unas ilustraciones para llevar a una ponencia. Fue algo inesperado, pero no veía motivo para no asistir. Estaba escéptica. ¿Por qué un comandante de un organismo armado querría hacerle un encargo?

Tuvo que esperar dos horas para ser atendida. El comandante le habló en tono antipático, aunque eso a ella no le importó. Cuando le pidió ver su portafolio, ella sacó su teléfono y le enseñó su cuenta de Instagram. Él se quedó en actitud contemplativa. No decía nada. De repente, observó una imagen: Latitudes, una pintura en la que aparecía un policía sentado mientras observa el icónico cuadro Miranda en la carraca. El significado de la obra de Michelena, que muestra a un protagonista de nuestra historia en su estancia en prisión, se había traspasado a la actualidad. El oficial que aparece en la obra, a quien no se le ve el rostro, también es prisionero.

—¿Usted podría pintar una versión de esta obra, pero con un agente del CICPC?

El comandante quedó hipnotizado por la imagen. La observó atentamente, por un largo período de tiempo. Esa obra tenía algo que trascendía el contexto. Incluso a él, un uniformado venezolano, lo más ajeno al arte, también le conmovía.


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