Perspectivas

Tres tipos de héroe

por Federico Vegas

Fotografía de Iñaki Zugasti | RMTF

28/01/2019

Todos alguna vez hemos querido ser un héroe, incluso un superhéroe. Durante mi infancia, el vuelo y la capa eran requisitos esenciales de la heroicidad y estaban íntimamente asociados, al punto que, con solo colocar una toalla playera sobre mis hombros, ya sentía que volaba. Superman no me seducía del todo. Volar le resultaba demasiado fácil y el héroe necesita su buena dosis de limitaciones humanas, pues no se trata de un Dios ni de un extraterrestre. Batman tenía la dosis perfecta entre lo imposible y lo posible, y, a la larga, creo que resultó el más cinematográfico. Décadas después, cuando supe que en Italia lo llaman L’uomo pipistrello, me ofendí como si estuvieran irrespetando los fundamentos de mi religión.

Ya en ese entonces había empezado a comprender que los héroes son invocados en medio de calamidades e incertidumbre. El diccionario, como advirtiendo sus malos augurios, tiene ubicado el término entre “hernia” y “herpes”. Lo cierto es que cada tanto, estos “más que hombres y menos que Dios”, parecen hacernos falta, o se aprovechan a mansalva de la falta que nos hacen. Carlyle escribió que la democracia surge de la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan y las dictaduras de la tragedia de encontrar uno. Ya lo advertía Scott Fitzgerald: “Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia”.

En una serie de ensayos recogidos en el libro; “The Enchafèd Flood”, el poeta W.H. Auden entra directamente a tratar el tema de la heroicidad. Comienza por dividir a los héroes en estéticos, religiosos y éticos. Vamos a partir de esta propuesta para asomarnos a los heroísmos que se ciernen sobre Venezuela.

El héroe estético es aquel a quien la naturaleza le ha entregado dotes excepcionales. Somos desiguales e inferiores al héroe estético no por falta de voluntad, sino porque carecemos de sus virtudes innatas.

Acerca de esta clase de heroísmo existe una trampa tendida desde hace siglos por un error de traducción. La célebre frase de Aristóteles: “El hombre es un animal político” nos ha llevado a valorar excesivamente algunas cualidades que a la larga nos resultan inútiles y contraproducentes. Según el historiador H.D.F. Kitto, Aristóteles proponía algo distinto. La traducción correcta sería: “El hombre es un animal que pertenece a la Polis”. Esta diferencia entre el “ser” y el “pertenecer” de las dos traducciones es determinante. El “creer ser” tiende a lo implícito y egocéntrico, el “saber pertenecer” al diálogo y a la generosidad.

Si el hombre es un animal político, quien tenga ciertas dotes excepcionales, tan ingénitas como el embestir de los toros o la agilidad de los monos, creerá ser el mejor de los políticos. Ortega describe la lucha de Sócrates para convencer a los atenienses de que una cosa es el técnico y otra la técnica, pues esta no es “un dote fijo y dado de una vez para siempre”. De igual manera, la política es una ciencia en la que todos podemos participar, aportar; no un podio para políticos incontinentes que se convierten en fetiches y terminan por predominar sobre la política misma.

La historia brinda ejemplos de héroes estruendosos e incesantes, y de épocas en que se les rinde culto idolatrando sus cualidades más gráficas. Esa energía incesante y el obstinado deseo de gobernar para siempre, que define y califica su heroicidad estética, suele terminar prevaleciendo sobre su realidad ética. Creen ser productos tan ideales que no tienen fecha de vencimiento.

Chávez fue un caso excepcional de héroe estético por su misma falta de límites y de fondo. Sus ambiciones eran titánicas, y los titanes viven siempre en el mañana. El presente los atormenta y lo cotidiano los aburre. Lo único importante son las hazañas, los grandes proyectos, la gloria, mantener una ilimitada ilusión de control y poder. El titanismo de Chávez estaba empeñado en aniquilar una raza y crear otra nueva, y en esta tarea tenía incluso una fase quijotesca, alternando la armadura de militar con la de civil y saliendo a arreglar entuertos, dejando a su paso toda clase de desastres. Lanza en ristre enfrentó a los gigantes y giró ensartado en la revolución de su propio molino para terminar tan maltrecho como la Venezuela que puso a girar hasta enloquecerla.

El héroe religioso se siente dueño de una verdad que pocos conocen y él debe imponer. Se trata de una verdad que no logra compartir, pues no es universal sino absoluta e indiscutible. Su heroísmo tampoco es transferible de un individuo a otro, pues no puede mermar, disminuir, cesar, repartirse. Por esta razón al héroe religioso se le dificulta relacionarse con los demás, formar hogar, hacer amigos, establecer nexos con algo distinto a sus adeptos incondicionales. Él no puede transmitir sus conocimientos, sólo su pasión a través de amenazas encendidas y promesas inalcanzables. Le cuesta poner los pies en la tierra pues sólo se encuentra a gusto en el cielo o en el infierno. Y aquí llegamos, según Auden, a la más triste de las trampas: el héroe religioso sólo puede encontrar la felicidad en su propia y enardecida entrega, en el amor hacia él mismo, lo que equivale a devorarse, a morir junto a su obra. La última conclusión del poeta es dura: “Es usualmente la miseria y no la felicidad su verdadera tentación”.

Maduro no heredó las cualidades estéticas de Chávez, solo el afán de imitarlas, pero si una verdad absoluta e inextinguible que debía mantener viva. Ser una víctima le apasiona, pues justifica sus fracasos. Frente a su verdad, la ética no existe y las mentiras son bienvenidas; mientras más disparatadas y repetidas más meritorias por el esfuerzo que requiere mantenerlas. Si al líder estético no le interesa el presente, al líder religioso no le interesa la realidad. Llega a distanciarse tanto de ella que se convierte en un sociópata, al no ser capaz de percibir el dolor de su pueblo, y luego en un psicópata al arremeter de una manera sangrienta contra las desesperadas e inevitables reacciones. ¿Suena exagerado? Lean la definición de psicópata y pregúntense a quién les recuerda: “Comportamiento con empatía y remordimientos reducidos, y un carácter desinhibido. Tienden a crear códigos propios de comportamiento, por lo cual solo sienten culpa al infringir sus propios reglamentos y no los códigos sociales comunes. Su personalidad puede calificarse como sádico narcisista o de un narcisismo maligno”.

Maduro exclama una y otra vez: “No me han dejado gobernar”, y es incapaz de escuchar las voces que gritan: “No nos ha dejado vivir”. Este tipo de héroe, tal como propone Auden, es el más pernicioso y fanático, pues inmolarse está en su naturaleza. La celebración de la llegada al país de un avión ruso capaz de portar misiles nucleares es una señal del final que vislumbra, quizás con orgullo. Cuando habla de lo imaginable y lo inimaginable, nos revela su escala de valores frente a una patria que prefiere aniquilada antes que sin él y su verdad.

La heroicidad ética, a diferencia de la estética, proviene de una desigualdad provisional en la relación de los individuos con la verdad universal. El héroe ético es aquel que en un momento dado llega a saber más que los demás, o accede a la posibilidad de ejercer lo que todos creen saber. Aquí no se trata de dotes innatas, sino de un remediable accidente de tiempo y oportunidad. Este tercer héroe no es necesariamente más sabio, más dedicado o capaz, sólo ocurre que las circunstancias le otorgan, o le exigen, una oportunidad, una tarea concreta. El héroe ético no es aquel que puede hacer lo que otros no pueden, sino alguien que sabe, en un momento dado, algo que los otros desconocen y quieren aprender, o quieren hacer y necesitan de un guía para lograrlo.

Entre nuestros actuales políticos ha sido difícil encontrar este tipo de líder. En el enfrentamiento entre un poder civil y un poder militar, dos poderes de naturaleza distinta, las victorias de la oposición terminaban en un estancamiento y una ficción o irrealidad paralela. Como consecuencia, los líderes opositores han sido tachados de blandos, traidores, divisionistas, miopes, vendidos, cuando el problema es que han estado jugando bajo unas reglas imposibles, inconducentes. Si el ocio es la madre de todos los vicios, imaginen el ocio de la inconducencia y la improductividad.

Las circunstancias han cambiado. Lamentablemente el conflicto se ha internacionalizado y el poder civil ha encontrado apoyo en la gran mayoría de los países del mundo. Existe una posible solución y ha aparecido un líder que está a la altura de las circunstancias. Juan Guaidó puede y debe ser un héroe ético, es decir, un servidor para una tarea y un tiempo específico. Su obra puede y debe caracterizarse por ser precisa, verificable, realizable y temporal. Debe incluso trasmitir que, una vez realizada su encomienda, su protagonismo será prescindible.

Cuando Hermógenes le pregunta a Sócrates qué son los héroes, Sócrates responde que la palabra se ha modificado muy poco, y demuestra que los héroes toman su origen del amor (eros). Luego añade que estos eran sabios y oradores. Dios le dé a Guaidó y a la nueva generación que se ha entregado a rescatar a Venezuela de la peor tragedia de su historia, la ética del amor y la sabiduría, y alejarlos de los heroísmos estéticos y religiosos que aún amenazan con llevarnos a la extinción.


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