Crónica

Shanghái no es Shanghái sino Shanghái

Fotografía de Johannes Eisele para AFP

23/05/2018

Entonces una señora del público me pregunta qué estoy escribiendo ahora y yo le contesto que una novela que sucede en la segunda mitad del siglo xxi y que en mi mundo del futuro el poder es más bien chino y veo las sonrisas de placer de muchos de los que han venido esta tarde a la Biblioteca de Shanghái, y me molestan:

—Y no es un mundo donde quisiéramos vivir.
Les digo, sonriendo.

Yo soy alguien que sabe equivocarse.

Me equivoco: otra vez me equivoco. Olivia es chiquita, piel oliva, rasgos suaves. Olivia trabaja en la organización del Festival del Libro de Shanghái y se encarga de mí. En el almuerzo, para hacer conversación, le pregunto dónde nació y me nombra una ciudad mediana, sur de China. Le pregunto cuántos años tiene y me dice que treinta y tres, que nació en 1985. Le digo que entonces serán treinta y dos y me dice que no, que en el sur de China la edad empieza a contarse desde la concepción, no desde el nacimiento —o, también, que como tiene treinta y dos está en su trigesimotercer año de vida. Entonces le digo que no debe tener hermanos —en aquellos días la política del hijo único era tajante en China— y me dice que no, que sí, que tiene una, mayor, y me explica que cuando ella nació sus padres tuvieron que pagar una gran multa por quebrar esa ley. Entonces se me ocurre decirle que qué privilegio, que debió ser muy amada y me mira raro, con pregunta. Le digo que claro, que si no piensa que es un privilegio tener unos padres que la deseaban tanto que violaron la ley para tenerla y pagaron por tenerla y me mira más raro, casi triste —y recién entonces termino de entender: si sus padres se arriesgaron a un segundo parto fue porque querían un varón, un hombre que continuara el nombre, un sostén para sus años de retiro, y que ella no les trajo alegría sino la bruta decepción de saber que ya nunca tendrían ese hijo—. Me callo: tarde, tan avergonzado. Olivia también se calla, comemos en silencio.

Viajar es equivocarse, vivir
es equivocarse.
Saber es saber
que uno se ha equivocado. Quién supiera
ignorar, saber en serio.

Y lo falsa que se ve esa pagoda con techos voladizos en medio de docenas y docenas de edificios cuadrados, flacos, altos, sus veinte o treinta pisos de cemento y vidrio, tan actuales. Lo auténtico, decíamos: lo auténtico.

Porque muchas veces la tarea del turista —la tarea que el turista se atribuye para sentirse pleno— consiste en buscar, en nombre de la autenticidad, lo que hace tanto que no existe y que los locales reproducen, mal que bien, a veces, para él.

O sin pensar en él.

Ahora tienen: carteles impresos en láser, sombrillas de un dólar para pegar los carteles, ventiladores de mano para no morir en el intento, móviles donde mostrar las fotos de los hijos. Y podrían hacer esto mismo en las redes sociales —chinas, por supuesto— pero prefieren seguir viniendo a la plaza del Pueblo, pleno centro de Shanghái, como hace tantos años, para ver si le consiguen un marido a su hija, una mujer al hijo. Son cuadras y cuadras de personas en los senderos del parque, entre los árboles del parque, las sombrillas posadas en el suelo, un cartel pegado en cada una, ofreciendo a la nena o al nene, un padre o madre sentado detrás, el calor imposible. Me dicen que la costumbre de arreglar los matrimonios se mantiene, solo que ahora —en muchos casos— es la segunda opción: si los chicos, jóvenes todavía, se consiguen apaño por sí mismos, todo en orden. Pero si pasan los veinticinco y nada asoma, los padres empiezan a buscarles esa felicidad que solo provee el matrimonio. Y me dicen que así completan su trabajo de padres: que un padre o madre no están hechos mientras no hayan casado a sus retoños y que entonces sí pueden, por fin, esperar que su labor empiece a rendir frutos.

Lo cual es, por supuesto, auténtico, folclórico.

Y alrededor las calles rebosantes de personas, tan desbordadas de personas, tan excedidas de personas, y tanta policía. Me dicen, también, que solo en el metro de Shanghái hay treinta mil cámaras vigilantes que transmiten sus imágenes a una central con unos programas modernísimos de reconocimiento de caras y otros rasgos, donde manejan la seguridad. Me dicen que en Shanghái no hay problemas de seguridad. Y no me dicen que hay, también, más de mil chinos ejecutados cada año por delitos y crímenes diversos —asalto, asesinato, estafa, violación, drogas, corruptelas—.

Lo auténtico, decíamos, el error
de lo auténtico.
Todo es mucho, grande, rumoroso. En las calles de Shanghái hay estruendo, sudor, peligro de motitos que no paran; en las calles de Shanghái hay un flujo incesante. En las calles de Shanghái se oyen escupidas homéricas, bronquios combatiendo. China tiene, dice un estudio, trescientos cincuenta millones de fumadores, más que cualquier otro lugar del mundo. Por lo cual también se puede decir que tiene, según el mismo estudio, mil cien millones de no fumadores, más que cualquier otro lugar del mundo. Y así, muy a menudo así. Los números pueden ser pérfidos o bobos o incluso ambos, como tantas mujeres, como todos los hombres.

Llevo años viniendo a este país: vine, mi primera vez, hace más de veinticinco. Y cada vez tengo la sensación de que me gustaría venir a este país: llegar a este país, entrar a este país.
Siempre en la puerta, del otro lado de la puerta.

Busco, entonces, formas de lo local: la forma que tiene el viajero de equivocarse en serio. Digamos, un suponer: el arte de manejar la bicicleta con una sola mano para que la otra sostenga la sombrilla. La seguridad, sus mil ejecutados; la pagoda solitaria, la censura de internet, los ravioles de cangrejo y puerco con sopita, el desarrollo desatado, los plátanos que trajeron los franceses, los atascos brutales, los viejos en calzoncillo y musculosa. Pamplinas, paparruchas. Digo: ya he estado en China. Nunca, como ahora, vine a mirarla como quien trata de entender al nuevo amo —antes de que lo sea, claro, para que tenga interés, tenga sentido—.

Para que valga la pena equivocarse.

La periodista usa esos anteojos que se llamaban culo de botella cuando las que tenían culo eran las botellas y una risa hecha de dientes disparados, pero habla un inglés casi sutil y me pregunta con aplomo, con audacia. Entonces yo le contesto suelto y le digo algunas cosas, por ejemplo cuánto me incomoda en ciertas charlas tener que decir que el país que más ha reducido el hambre en las últimas décadas es China: que lo haya hecho un régimen que reúne lo peor de cada sistema, le digo, el autoritarismo de partido único del dizque socialismo con las injusticias del capitalismo más salvaje. Y le digo algunas cosas más y ella asiente con esos dientes desbocados y al final, solo para saber cómo es el paño, le digo «Bueno, pero estas cosas no las vas a publicar, ¿no?».

—Ah, ¿me está pidiendo que queden off the record ? Me dice ella, cortada, y yo trato de explicarle que no quería decirle eso, que yo me hago cargo de lo que digo, que lo que quería era entender cómo funcionan la censura y la autocensura en China, pero ya no hay caso: la barrera, la bruta desconfianza:
—¿Por qué? ¿Para qué quiere saberlo?

El sol de Shanghái es implacable.
(Y me resuena —la paladeo, saboreo—
la palabra implacable.
Hasta que me rechin
la palabra implacable) .

Entonces descubro de pronto lo más obvio: si me gusta el calor es porque trae olores. En el calor —húmedo, tropical— los olores se multiplican, se transportan. Vivimos en una civilización del frío, dominada por señores de ciudades frías, que nos imponen su asquito del olor. Ahora, más que nunca, vivimos bañados en olores que no son, olores falsos, posverdad del olor, olores defensivos.
Aquí, en solo veinte metros: arroz, cilantro, meo, cerdo frito, ajo, sudor, una planta que no reconozco y no consigo preguntar.

(Una planta que supongo sabiendo que me voy a equivocar.
¿El que sabe que se equivoca se equivoca menos?
¿El que sabe que se equivoca se equivoca más?).

Ahora los chinos empiezan a viajar, a conocer su mundo —tantos millones—. Muchos van a Europa —dicen Europa como los argentinos, como si existiera—. Para ellos Europa es una marca única y famosa y sus expertos en turismo —cuenta Evan Osnos en The New Yorker— aconsejan a los agentes que no la desperdicien hablando de marcas subsidiarias como Francia, España, Italia. Van y ven, poco y corriendo: constatan que son países desordenados que viven embarrados en un pasado ni siquiera tan guau y se preguntan satisfechos cómo va a progresar la economía de un lugar donde la gente tarda tanto en hacerse el desayuno y donde, además, salen a la calle a pedirle cosas al Gobierno y hacen huelgas.

La tentación, entonces, de sacar conclusiones generales: de equivocarse en serio.

Pero cualquier paseo muestra lo evidente: cuando la China se quede con el mundo lo hará con estructuras inventadas en los países ricos de Occidente a finales del siglo xix, principios del xx: el coche, el rascacielos, el traje, el fútbol, el partido, el avión, los antibióticos, el plástico, el semáforo, la relatividad, la radio, la radioactividad, la aspirina, el cine, la ametralladora, el papel higiénico, el teléfono, las zapatillas, el vacío.

Solo que todas esas cosas han conseguido deshacerse de su historia: ahora son de esas que parecen haber estado siempre, que parecen venir de todas partes y ninguna. Es lo que llaman la globalización, una manera de decir que el mundo entero se las ha apoderado. Que un metro —un suponer— ya no es una forma de transporte que apareció en París en 1900 sino un modelo universal; que un metro —otro suponer— ya no es una forma de medir el mundo que apareció en París en 1889 sino un modelo universal: que no transmiten cultura, ideología, que no marcan.

Para eso, también, sirven las marcas visibles de «lo occidental», esos objetos y negocios y conductas aspiracionales que muestran que los que las poseen o practican se acercan a esa fuente. Quedan bien, por supuesto, coolifican, pero también funcionan por oposición: al decir esto sí es de Occidente subrayan que el resto —el coche, el rascacielos, el partido— ya es de todos, que ya no es de nadie.

Flaqueza de la posesión: decir
esto es mío es decir
lo demás no lo es.

El café es el nuevo opio de los pueblos. A mediados del siglo xix el Imperio británico debió armar una guerra para obligar a los chinos a comprarle su opio y arruinarse con él. Ya las cosas no funcionan así. El café no precisó ninguna guerra, porque los mecanismos están más aceitados y porque es una droga más dura. No te enfrenta a tus fantasías; te provee la fantasía de que eres otro, uno de ellos.
Sucedió, faltaba más, primero en los Estados Unidos: de pronto fue cool parecer mediterráneo, soleado, casi sofisticado, uno que aprecia las cosas buenas de la vida, uno que ya no es como mamá y papá, terribles pelagatos. Y apreciar el café verdadero —no ese jugo de paraguas que tomaban— hacía el truco.
De allí, la moda se extendió. Ahora Shanghái —las partes nobles de Shanghái— rebosa de tienditas de café que prometen espressos con granos etíopes y capuccinos con salvadoreño y lattes con keniata orgánico; que tienen nombres siempre escritos en el otro idioma —ese que usa solo veintiocho dibujitos—; que sirven para que esos jóvenes urbanos modernos se sientan jóvenes y urbanos y modernos, diferentes.
Distantes de un pasado que les parece tan de otros.
(China, aquella China en que unos
cuantos quisieron inventar otro mundo
y fracasaron como perros).

Y entonces recuerdo tiempos en que viajar era cambiar de escena de un modo radical. Ahora la búsqueda del lugar radicalmente diferente es cada vez más difícil, más inútil. Quedan algunos, todavía, pero cada vez más escasos, más parecidos a todos los demás. El mundo se ha vuelto una versión berreta de Wisconsin, con un toque de Nueva York pintada por un nuevo muy rico y unos polvitos de costa californiana por si acaso. La globa, que le dicen.

Recuerdo tiempos
en que viajar era equivocarse diferente.

Shanghái, digamos: una ciudad que podría
estar en casi cualquier lugar del mundo o
en casi cualquier lugar del mundo dentro de
veinte años.
Son edificios para el «oh» o el «coño: oh, qué edificio tan grande», o, en mejor castellano, «coño, qué edificio».
Son intentos deportivos, no estéticos: hechos para ganar y para impresionar, no para placer a los sentidos o acomodar los cuerpos. Construidos como se construían las catedrales, pirámides, palacios: para el asombro, para el respeto, para erigir poder al erigirlos.

Pero ahí mismo, detrás de las fachadas, entre los edificios, en vías de desaparición pero porfiadas, esas pequeñas entradas que abren a un mundo de calles chiquititas, encerradas, casi ajenas al ruido del progreso, con sus tiendas pequeñas, sus viejos dormitando, sus gallinas incluso, con esas construcciones de dos o tres pisos levantadas en los treintas o cincuentas con lo mínimo, con piezas como cuchas, sin cocina ni baño, con esos baños colectivos en la esquina y su encargada, la señora aburrida que ahora, mediodía, espera a los clientes, y el olor. Liao Yiwu, cronista necesario, contaba de un cuidador de baños ya viejo que decía que su peor momento laboral fue la Revolución Cultural maoísta, porque entonces los guardias rojos ponían a los intelectuales aburguesados a cuidar los baños y que él entonces se quedaba sin trabajo y que encima esos hijos de puta a menudo se ahorcaban ahí mismo sobre una letrina, como una forma de decir mejor la muerte que esta vida y entonces él se preguntaba qué le querían decir sobre su propia vida, pasada en esos baños —y la pregunta suena extrañamente amplia, general—.

¿Equivocarse?
¿Qué significa equivocarse?

Lo que no entendí era por qué insistía en preguntarme si no estaba cansado: me pidió que firmara unos libros, no era tanto. Hasta que entró en su oficina y veo una montaña: son más de cuatrocientos, me dice mi editora, con esa mueca de vergüenza que ellos llaman sonrisa. Le digo que bueno, qué se le va a hacer, y ella me dice que no me preocupe, que no vamos a tardar tanto. Entonces sale y vuelve con otros cuatro empleados de la editorial y allí mismo arman la cadena: el primero le pasa libros uno por uno a la segunda que los abre en la página de firmar y los pone frente a mí, yo los firmo y los corro a un costado donde el tercero los va poniendo en pilas de diez para que el cuarto se las lleve a empaquetar. China, por fin, poco menos que auténtica.

Delicias de la cadena de montaje: no
pensar, mover algo del cuerpo, descansar
las ideas, repetir. La delicia mayor
es repetir .
Y cuando terminamos me levanto y les agradezco y les doy la mano uno por uno y me miran como si no correspondiera: como si, al hacerlo, me pusiera en un lugar que no es el mío. Hay culturas que se arman a partir de la idea de que uno debe salir de su lugar; hay culturas que no soportan que nadie salga de él.

Yo salgo, siempre
salgo.
Que es otro modo de decir
que me equivoco.

Y ahora el juego es venir aquí y tratar de entender algo porque China es el futuro, puede ser el futuro, ofrece un futuro. En un mundo que solo sabe pensarse como economía, China dice que, en términos económicos, el suyo es el modelo que funciona. Y puede haber otros que le crean o, incluso, puede decidir que le sirve imponerlo.
El juego de venir, equivocarse.

Hay complicaciones, todo tipo de complicaciones. Estamos acostumbrados a imaginar a los países poderosos como sociedades ricas. China no. En China todavía hay más de cien millones de personas que no comen suficiente y aquí mismo, en Shanghái, la pobreza amenaza. Aunque me cuentan que cada vez más mendigos tienen su código QR para aceptar limosnas con dinero electrónico. Eso sí que parece un futuro, la carcajada del futuro.

Entonces me explican que no vamos a tener tiempo para que traduzcan mis respuestas: que ya lo harán después y cuando pasen la entrevista por la tele pondrán unos subtítulos, pero que si queremos que el intérprete traduzca durante la grabación nos perdemos toda la mañana, así que ella —la periodista jovencita, junco, la piel una magnolia, la sonrisa un relámpago— va a preguntarme en chino, el intérprete va a traducirme sus preguntas, yo las voy a contestar en castellano y ella me va a mirar y sonreír y leer la siguiente pregunta de su lista aunque no haya entendido una palabra de lo que acabo de decirle. El periodismo como simulación ha tenido sus buenos momentos, pero no mucho mejores que este.
—¿Y cómo fue que tuvo la idea de escribir un libro sobre el hambre?
Ella —la junco relámpago magnolia— sonríe mucho mientras yo le hablo en castellano. Al final, cuando le pregunte, compungido, en inglés, si no se sintió rara, me mirará sin entender y me dirá que no, ¿por qué?
—Yo estaba haciendo mi trabajo.

Me dirá, y me dejará una de esas sonrisas que deben cotizar millones de yuanes en Alibaba: condescendiente, generosa. Como quien la regala.

Me equivoco: de nuevo
me equivoco.
Me tranquiliza: esto es, todavía,
un mundo otro.

Pero veo llegar a mil una ambulancia y pienso que si me muriera en un lugar —la China, por ejemplo— me moriría un poco menos. Me moriría como viví, el error sería bruto y palpable, alguien tendría que llevar mi cuerpo a alguna parte, mi vida muerto seguiría unos días.
Después pienso que si me muriera en Shanghái
sería un idiota.

La ambulancia sigue de largo
como todo.

***

Este texto fue publicado originalmente en The Clinic y reproducido en Prodavinci con su autorización.


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