Caracas puertas adentro

Samambaya, el arte de ser parnaso

Fotografía de Margarita Boulton | RMTF

20/04/2023

Balcón desde el cual María Teresa Boulton —“la de los ojos más bellos de la tierra”, como la describiría un fotógrafo colega suyo— rastrea con obsesión a Caracas, Samambaya es una casa viva y memoriosa, escenario de amores, episodios impensables y sueños que transparentan el discurso de su diseño.

Desnuda, sin cortinas ni persianas, a través de una secuencia ininterrumpida de ventanales, se entrega al bosque inminente que la abraza. Las paredes parecen rendidas al roce de los enormes bambúes y moriches que con sus ramas y hojas inquietas, según la fuerza de los vientos, las rozan y erizan el friso. El cedro es un íncubo. Se incrusta posesivo a un costado, penetra la argamasa. Isla en medio del verdor, esta pieza de arquitectura modernista representa el casorio perfecto entre el artificio y la naturaleza.

Cuando la picota arrasa la memoria de media ciudad y piezas icónicas son destruidas para alzar sobre sus restos edificios de medio pelo, la familia Boulton, doliente de Samambaya, o mejor aún, sus más devotos amadores, la valoran y preservan para que siga siendo joya y tesoro, pero apostando a un uso diferente.

Hacerla bien patrimonial y turístico, espacio sustentable, equivale a mantenerla a salvo. Villa de 800 metros de construcción —“¿Quién querría vivir en un espacio tan grande?”— se ha defendido históricamente de manera gatopardiana. Obra que confunde el adentro y el afuera, ha cambiado muchas veces de piel. Con vocación de perennidad muta para conservar su esencia. Ahora, una vez más, la casona que ha sido plató de tanto, vuelve a reinventarse para mantenerse oronda, blanca y radiante.

Ubicada en la zona cimera que luego de parcelada se convertiría en la urbanización Los Guayabitos, Samambaya, de casa de hacienda se convertiría en la casa de campo de Andrés Boulton y Thereza Figueira, luego de que la adquieren para vacacionar con sus hijos, Roger, María Teresa, Andrés y William Henry. Desde Villa Castelania, en El Paraíso, van a temperar a los extramuros de Caracas, tan paradisíacos. Comienza su historia como casa cuando María Teresa se casa con el arquitecto Yves Denis Zaldumbide en 1957: sus padres se la dan como regalo de bodas.

Fotografía de Margarita Boulton | RMTF

Devenida en residencia, las modificaciones que diseña Yves Denis Zaldumbide la convertirán en referente arquitectónico y constructivo. “Mi padre hizo de Samambaya una villa magnífica. Le otorgó el talante estilístico que detenta”, afirma el hijo y colega, Gonzalo Denis Boulton. Los hijos nacen y crecen correteando en las colinas. Se crían en sus caprichosos límites y en sus taludes infinitos, Gonzalo junto a sus hermanos Roland, activista político; Francisco, actor, dramaturgo y productor teatral; y Javier, a cargo de los negocios de la familia.

De casa de vacaciones pasará a castillo urbano. Habrá cotidianidad y asombro en la cumbre rodeada —o sitiada— por los curiosos vecinos de colas y plumas. Tantos, como tipos de orejas o picos aún se pueden ver. La agenda existencial sucederá entre monos, pájaros cantores, picures, mariposas gigantes e iguanas: una impertérrita recibe en la entrada como otrora sapos y culebras recibirían a los miembros de todas las élites atraídas por la idea de imaginarse en el parnaso. En el cielo está.

Fotografía de Margarita Boulton | RMTF

“Para hacerla más funcional, no menos hermosa, mi padre transformó la bella casa donde vivía la belleza, y la belleza era mi madre, en una suerte de laboratorio de creatividad: el techo abovedado sería una ocurrencia que le daría carácter. Se habían visto techos así, hasta entonces solo en tiendas de automóviles, y la madera de todos sus acabados, pasamanerías y remates le añadirán calidez”, pasa revista Gonzalo. “Nosotros también participamos de la ocurrencia: las cerámicas usadas en los baños son las de la empresa de la familia y mantienen todavía el diseño añadido: están intervenidas por nosotros, los hijos”, dice sonriendo.

Mención aparte el verde. Yves Denis quiso darle mayor protagonismo. Ya para entonces los colegas de trazos modernistas consideraban importantísimo respetar el entorno, así ocurrió cuando se urbanizó el Country Club de Caracas. Samambaya llevaría al paroxismo la tendencia. Haría alianza con la exuberante vegetación devenida perspectiva. He aquí a otra casa verde, con otras razones a la de Vargas Llosa.

Fotografía de Margarita Boulton | RMTF

Otros cambios permitieron disfrutar más todavía de la naturaleza: la habitación principal fue movida al garaje, cosa de dormir junto a los árboles y despertar con los pájaros revoloteando, los que se colaban por las ventanas. Ahora es el cubo hecho galería donde pudo verse, por ejemplo, la muestra Caracas inmortal, de Ricardo Benaím y otras tantas exposiciones organizadas por la casa galería, casa agencia de festejos, casa ideal para desfiles de moda.

“El techo de este espacio es un espejo del techo del resto de la casa. Juntos hacen una uve: dos líneas en ascenso que parecen las alas de un aeroplano”, agrega el sobrino de Henry Boulton, expresidente de Avensa. En el vértice de ambos techos convergen las aguas de lluvia que luego caen sobre unas piedras de cuarzo que han estado allí siempre, quién sabe si antes del diluvio. “Estoy seguro de que este fluir sobre las piedras lava energías y proporciona esa sensación fresca y vital que se siente en Samambaya, la convierten en oasis”, añade Gonzalo.

En Samambaya tendrán lugar encuentros trascendentes y celebraciones que serían carne del menú cotidiano de los periódicos. Visitada por jefes de estado, banqueros, líderes, empresarios, diplomáticos, intelectuales, artistas —el filósofo Juan David García Bacca, el escultor Francisco Narváez, los arquitectos Donald Hatch y Carlos Raúl Villanueva, un habitué, o el escritor e intelectual Arturo Uslar Pietri, tío directo— fue tomada por el fasto y el boato cuando los Denis Boulton viajaban fuera del país y la ocupaba de nuevo, y ya no solo de manera parcial, la dueña original, doña Thereza Figuiera, que fue quien la bautizó Samambaya, helecho en portugués.

Fotografía de Margarita Boulton | RMTF

Hija de diplomáticos brasileños y casada en segundas nupcias con el príncipe Nicholas von Hozenzollern de Rumania, se instalaría sin ambages, con pompa y ceremonia en su antigua casa de campo. Espacio de desniveles lúdicos que se caminan bailando, Samambaya acogería entonces a personas de títulos nobiliarios y de procedencias remotas. Sus paredes rebotarían conversaciones en variadas lenguas y serían los salones marco de encuentros, relaciones y genuflexiones. Cuando María Teresa Boulton regresa, no lo pensará dos veces y prescinde del oropel: “Mamá es una artista, una mujer sensible y de talante sencillo”, como dice Gonzalo Denis. Queda sí a buen resguardo, como evidencia y legado de aquellos años brillantes, la vajilla de bordes dorados e inscripciones reales. Piezas aristocráticas que son parte de la sucesión. Hace tiempo que aquellas bandejas, escudillas, platos y platillos, según los tipos de emboques, desocuparon las vitrinas.

Fotografía de Margarita Boulton | RMTF

Samambaya también fue un colegio que cortó los salones espaciosos con tabiquería y devastó sus jardines. Y asimismo, residencia durante un año del expresidente Carlos Andrés Pérez, antes de su primer gobierno. Buscada como espacio ideal para celebración de bodas —allí se casó Elsy Manzano Oquendo, la reina del Cuatricentenario de Caracas—, ahora Samambaya vuelve a ser objeto de una nueva intervención, “pero mínima”. Está en boceto una posada exclusiva y ecológica, explica Gonzalo, tercero de la saga y sobrino de Alfredo Boulton, custodio apasionado de la memoria de Bolívar. Gonzalo es, a la vez que creador de la idea del nuevo uso, defensor de la obra arquitectónica de su padre. “La intervención será un desarrollo que se realizará con pinzas sobre el talud; así se respetará al máximo la naturaleza, desde la más absoluta reverencia por la belleza. En Samambaya no se modificará el diseño, salvo en lo imprescindible”, añade. “Pero la idea es pertinente y puede resultar: no hay ningún hospedaje ni remotamente parecido en Baruta o El Hatillo”.

Gonzalo tiene entre ceja y ceja preservar Samambaya, como todos los Boulton; además de connotaciones afectivas y del eminente valor artístico de la casa, por su historia y anecdotario, la casona calza los atributos de un bien patrimonial. Podría además convertirse en espacio turístico singular, con la promesa de que el placer estético incluye perfume a chocolate. Sus terrenos incuban el fruto del cacao. Se calcula que en unos tres o cuatro años podría ser un referente productivo, pese a la temperatura de uno o dos grados por debajo de lo indicado. El producto que sale de la tierra ya es delicia, no promesa. Crecen en sus faldas retoños de la marca familiar anclada en Río Caribe, y que asocia a los Boulton con María Fernanda Di Giacobbe, vecina. Proyecto edénico, un riachuelo cerca, las siembras, el bosque a la mano, Samambaya, oxigenante, toma aire. Hablando de darse un respiro, están disponibles dos habitaciones para alquilar; el plan es que en algún momento estén disponibles hasta 35. El frío, se sabe, es catalizador del romance.

Fotografía de Margarita Boulton | RMTF

Casa en la que predominan fotos y óleos con El Ávila —motivo caraqueño que jamás es redundancia y la diáspora ha convertido en imagen irrenunciable en extramuros—, se siente el eco de mucha vida, vida de película protagonizada por damas ataviadas con vestidos suscritos por sabios de la moda: aún se escucha el bisbiseo de los armadores.

Espacio para encuentros, conversiones secretas selladas con brindis de las cosechas perfectas, flotan en el aire las señas de una minuta de elegancia. Oasis donde lo que nunca ha cambiado es la piscina, una de las primeras albercas caraqueñas de tal espectacularidad, se añade esa concentración de aguas templadas a la lista de atractivos a la casona que evoca una Caracas ida y otra en veremos. Referencial galería de diversas exposiciones de arte, también es imán de tenidas gastronómicas de tronío. En sus fogones, chefs como Tomás Fernández, Helena Ibarra y María Fernanda Di Giacobbe han diseñado menús temáticos en cenas dispuestas como celebraciones. Concierto de fondo, además es Samambaya caja de música.

Fotografía de Margarita Boulton | RMTF

La nieta de María Teresa, Janis Denis, cantante lírica, de voz acogedora, profunda —también innovadora y a punto de lanzar un disco que por su nivel de audacia y propuesta vocal no tiene parangón en materia de géneros y letras—, ha cantado allí arias que parecen haberse estacionado en las celosías. Sí, la villa tiene con qué en todos los tiempos. Es un ya creativo con muchas posibilidades y ufanas pistas para la evocación. Bien patrimonial del municipio Baruta —estatus que le concedió el alcalde Gerardo Blyde en 2013—, mientras llegan los cambios previstos es recomendable leer Arte en la mesa, editado por Polar. Así como echar un vistazo a las fotos del comedor y a la rutilante cubertería y postinudas vajillas. Son las alhajas de Samambaya.


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