Literatura

Poemas póstumos de Hesnor Rivera y Harry Almela

por Monitor ProDaVinci

25/07/2019

Las familias de Hesnor Rivera y Harry Almela confiaron a fines del año pasado a la Fundación La Poeteca los últimos libros que los poetas dejaron concluidos y que hoy llegan a sus estudiosos y lectores en cuidadas ediciones que inauguran la colección Memorial. Los libros serán presentados el próximo martes 30 de julio a las 5 pm en La Poeteca.

Hesnor Rivera retratado por Mauricio González

«Gramática del alucinado», de Hesnor Rivera

Hesnor Rivera nació en Maracaibo en 1928 y falleció en la misma ciudad en octubre de 2000. «Gramática del alucinado», iniciado en 1996, es el último libro en el que trabajó el poeta. Él mismo llegó a mencionar su deseo de que fuese publicado junto a un CD con su voz. Cuando se creía esa obra extraviada, nunca concluida y hasta producto de la imaginación de sus lectores, apareció entre los archivos que en 2014 la familia del poeta entregó a Valmore Muñoz Arteaga y que ahora confían a Fundación La Poeteca junto a una selección de poemas también inéditos, escritos entre 1988 y 1999.

En la introducción a esta breve e iluminadora joya, el propio Hesnor Rivera propone la necesidad de que cada quien, sin miramientos académicos, «escriba todos los días su propia Gramática del alucinado, con fantásticos futuros pluscuamperfectos y mágicos presentes indefinidos».

El libro ofrece un poema que revela la poética de Rivera, textos de Muñoz Arteaga y recuerdos muy precisos de su hija, Celalba Rivera, quien resalta el doble propósito de esta edición: «por un lado, seguir difundiendo su obra; por el otro, y esto me gusta más aún, tratar el lenguaje poético y la imagen con los recursos estéticos que él nos puso a disposición una y otra vez en cada poema. Esa es la manera de no olvidarlo».

Valmore Muñoz Arteaga señala que la obra poética de Hesnor Rivera, fundamental integrante del Grupo Apocalipsis, es testimonio de lo que fue una travesía por la vida desde la poesía, porque lo suyo fue vivir poéticamente: «Su obra es la constatación de un imaginario que teje y desteje a Maracaibo, desaparecida por el sol de otros tiempos, para transformarla en una ciudad universal donde se pueden rumiar en secreto túneles hambrientos, naufragios de incendios melancólicos y las aguas de los desastres (…) En ‘Gramática del alucinado’ el lenguaje está fundamentado en el amor y sólo en el amor. El lenguaje respira desde dentro como si se tratara de un cuerpo fragmentado luego de haber hecho el amor y que, casi como artilugio mágico, comenzara a unificarse. Amor que no se dice, amor que se vive (…) La imprudencia del amor lo exhortó a apostar por una propuesta que renovara las letras zulianas. Esa propuesta fue la fundación del grupo Apocalipsis en 1955 (junto a los poetas César David Rincón, Ignacio de la Cruz, Atilio Storey Richardson, Miyó Vestrini, Néstor Leal, Laurencio Sánchez Palomares y Régulo Villegas, y los artistas visuales Francisco Paco Hung, Rafael Ulacio Sandoval y Homero Montes), cuyo nombre no sólo debe ser relacionado con un instante determinado dentro de la literatura zuliana, sino también como expresión de un momento muy intenso dentro de las letras venezolanas. Tan intenso que la literatura nacional no volvió a ser la misma, incluso tras su desaparición en 1958».

 

Para ser más humanos

La poesía siempre
es otra cosa.

Es la ventana –por lo menos
lo fue hasta hace poco–
que se derrama desde el frente
de mi casa hasta el lago.
Y enseguida deja de ser
las diez mil torres petroleras
y el brillo de los peces
que dan saltos mortales
cuando el viento casi inmóvil
sale de la alcoba donde el sol
duerme aún junto al alba.

La poesía sigue de largo
porque ya la poesía es otra cosa.

Por eso la belleza
–la del porvenir sobre todo–
será huella pasada. Será
eternamente pretérito
que se renueva libremente
sin pausas de este lado o del otro
de la superficie del tiempo
perdido entre las altas briznas
azules de sus propias lluvias.

La poesía baja ahora
de los árboles de oro
que alimentan las ruinas
y las humaredas muy vivas
del gran reino de antaño.
Pasa ahora por encima
de la transparencia del cielo
y se vuelve para alborotar
de nuevo con sus manos de duende
la cabellera de acertijos
de los milagros y la magia.

Vuela y entra de inmediato
por la misma ventana
que cae de espaldas.
La poesía deja de ser la casa
para ser la casa por eso.
Y desaparece y cobra
sin moverse la velocidad
perfumada del fuego
que destruye sus propias formas.
Y se bebe y sopla las palabras
previas al comienzo
de los resplandores inútiles.
La poesía siempre
es otra cosa.

Y es ordenada a cada paso
sin ton ni son por el azar
más íntimo y por tanto certero
–o por las circunstancias comunes
para que las imágenes
sean a todas horas libres–
sean en cualquier parte
la oscuridad y la duda
que nos apasionan hasta el vértigo
y nos hacen por pálpitos o a ciegas
cada vez más humanos.

La casa de Machiques

La soledad que nace ahora
–y por eso da vueltas
de animal pequeño
alrededor de mi sombra–
sabrá discernir
todas las cosas
relativas al tiempo
incluidos los cambios
de su piel y sus máscaras.

Desde ese alucinante dominio
puedo ver y palpar
y hasta oler los aromas
del cielo siempre rojo
pero bastante bajo
que remueve sin descanso
la atmósfera de la casa
de Dulvie –la adivina
más joven de las que fabrican
las flores y la miel del árbol
donde el sol come en la noche.

¿Es alguna montaña? preguntan
los suspicaces profesores
de las secas teorías
sobre el fin de este mundo
que ha logrado mantener intacto
el misterio de su bello desorden.

Ahora mismo Dulvie levanta
un puñado de agua
tomado de la cabellera
de un arroyo muy viejo
–perdió la transparencia
de tanto que lo han visto a fondo.
De ese modo la joven
adivina traza el curso
de los laberintos orgánicos.
De los cataclismos domésticos
y el amor y las puertas
y las paredes y el patio
desde donde la ciudad
echó a volar los pájaros.
Los caimanes de plumaje dorado.
Las piedras de mineral en llamas
aptas para construir volcanes.

Echó a volar los sonidos
de la madera con que se arman
navíos para que nazcan islas
alrededor de todos los océanos.

La casa de Dulvie
en Machiques tiene
naturalmente ventanas.
Allí las soledades nuevas
reclaman sus melenas solares
y entran al cuarto de los sueños
donde no hay más soledades.

Harry Almela retratado por Vasco Szinetar

«Los daños colaterales», de Harry Almela

Harry Almela nació en Caracas en 1953 y falleció en Mariara en 2017. El manuscrito de «Los daños colaterales» que se trabajó para esta edición es el que el propio autor enviara a un concurso en España pocas semanas antes de su adiós y que varios amigos y la familia tenían en su poder. El libro había llevado otros títulos y ocho poemas de una versión anterior (eliminados por el autor en  ésta), fueron publicados en el Papel Literario en julio de 2017. La edición de Fundación La Poeteca recoge esos poemas huérfanos en un meticuloso texto de Graciela Yáñez Vicentini, quién se pregunta a sabiendas de que no habrá respuestas: «Cómo y por qué llegamos de ‘Escorados’ a ‘Los daños colaterales’. Y qué se queda en el medio, qué se queda por fuera, qué se convierte accidentalmente en residuo no deseado de una poda circunstancial mas, quizás –cómo saberlo, a quién preguntarle– no literaria».

El libro ofrece otros lúcidos epílogos de Alberto Hernández y Antonio López Ortega e incluye el poema que da título a este libro y que forma parte del poemario  de Almela «Silva a las desventuras en la zona sórdida», publicado en 2011.

Así pues, como señala Alberto Hernández, con este libro, «el último que dejó para que se hiciera testamento, Harry cierra un ciclo, el de su ausencia física, y abre otro, el de su presencia espiritual, porque la poesía seguirá siendo el espíritu vivo de los poetas que dicen morir. Harry siempre estuvo muriendo, siempre delegó en el tiempo la angustia de ser la agonía del otro, la que le dolía y lo hizo sucumbir. Como todo daño colateral, nuestro autor fue una víctima propiciada desde el odio, desde el discurso del poder contra quien albergaba el deseo de verse en una calle y seguir siendo voz y presencia humana».

Antonio López Ortega, gracias a quien llegó el libro a Fundación La Poeteca, da cuenta del reclamo y el dolor del poeta ante nuestra incapacidad como venezolanos para labrarnos otro destino que no sea el de la caída: «Harry se resiente ante esa incapacidad, y sólo le quedan los versos para ensayar un canto coral, por no decir fúnebre. Que su deceso haya acaecido luego de esta escritura doliente, es un diseño que nos cuesta creer, pero Harry ha sido auténtico hasta el último de sus gestos. En ello no deja de ser admirable, aunque por ello lo hayamos perdido para siempre. Son estos versos los que lo recuperan para la gloria de la poesía venezolana».

la nave de los elegidos

de los arponeados en la nuca

de quienes creímos la fábula
de ser felices sin saberlo

ya embarcan los marinos burilados

los crédulos
los huérfanos de esquistos

los que no logramos defender
la fogata de la tribu

vamos los gesteros

contagiados del mal

diezmados por la cortadura

con arena puzolana
en los ojos

eufóricos

agradecidos del estigma

corderos flotando
en las sobras de su estiércol

rebaño crucificado
en un bote de cadillos

arrasados
bajo este guarapo azul
salado y asesino

sombracura

 

i

toda patria me hace sentir
tan miserable

golpean mi rostro
sus banderas obstinadas
sus cerros chamuscados
ya sin pastos

las alforjas que no tengo

y esta calina

ii

duélete en tu corazón
lo que has ganado

jamás la oveja salvará al pastor
de su fajina

 

iii

garabatear la presencia

o la ausencia

es un intento
de regresar al paraíso
en una frágil canoa

a sabiendas

de que tal cosa es imposible

confórmate con vivir
desde la palabra
no en la palabra

lo que no está escrito
aún espera

La presentación

El evento del próximo 30 de julio a las 5 p.m. será un necesario y pendiente homenaje. Sobre Hesnor Rivera hablará la periodistas Milagros Socorro, quien fuera su alumna, y Valmore Muñoz Arteaga intervendrá vía web. Para hablar de Harry Almela participarán Alberto Hernández y Graciela Yáñez Vicentini. Se leerán textos de los libros hasta ahora inéditos.

Los libros fueron diseñados y montados por Waleska Belisario, contaron con la asistencia editorial y corrección de Graciela Yáñez Vicentini y Franklin Hurtado, bajo la coordinación de Jacqueline Goldberg, gerente editorial de Fundación La Poeteca.

Los libros están ya en venta en librerías de Caracas y pronto lo estarán también en Maracaibo, Bogotá y Miami.

*

Señas de Fundación La Poeteca

Creada en 2017, Fundación La Poeteca es una institución sin fines de lucro que busca promover la lectura, escritura, estudio y reflexión de la poesía. Su anhelo es ser refugio y lugar para el silencio, donde la palabra poética pueda decir a cada quien lo que necesita. Cuenta con una sala de lectura con más de 5.000 ejemplares, todos de o sobre poesía local y mundial, y cuatro salones donde ha estado realizando gran cantidad de talleres, conferencias, homenajes, lecciones magistrales y recitales de poesía.

Dirección: Edificio Mene Grande II, piso 2. Avenida Francisco de Miranda, Los Palos Grandes.
Estacionamientos públicos: en el mismo edificio o al lado, en el Centro Plaza.
Estación de Metro cercana: Altamira.
Horario: Lunes a viernes de 9 am a 5 pm y sábados de 10 am a 4 pm.
Twitter: @Poeteca1
Instagram: @lapoeteca
Facebook: La Poeteca de Caracas
Página web: https://lapoeteca.com


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