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María Elena Ramos en la casa con-texto

por Faitha Nahmens Larrazábal

Retrato de María Elena Ramos. Fotografía de Gaby Oráa | RMTF

30/06/2019

Aquí escribe, aquí lee, aquí produce ideas y desmigaja el crepúsculo –el de las seis y el de nuestra mala hora– una intelectual de sesera finamente amoblada. Mudada desde hace 38 años a este enclave del sureste caraqueño, María Elena Ramos vive entre, por y para los libros, en una casa surtida dispendiosamente de nutrientes para sus neuronas.

La mesa del comedor siempre está servida para su buen provecho: ningún plato, solo libros (como arroz). La casa de la periodista, filósofa, escritora, docente, conferencista, curadora de arte y exdirectora de museos nacionales parece la prolongación de su inquieta cabeza.

Casa bien pensada la casa donde piensa, casa hoja en blanco donde la intelectual de la eterna bufanda en la garganta produce sesudos contenidos. La de María Elena Ramos es casa librería. Casa Alejandría. No cabe duda de que se da banquete zambulléndose a fondo en aquel mar de palabras. La miríada de libros cobijan las paredes y llenan las estanterías y bibliotecas de todas las estancias, salas y corredores. Están sobre consolas y sillas en montones piramidales. “Llegué a clasificarlos en fichas”. Algunos emergen del piso como columnas del ateneo cotidiano.

Fotografía de Gaby Oraa | RMTF

Vitales como el decir actualizado de la acuciosa lectora, sus libros, aun los incunables, exudan la frescura de menta del texto recién leído. “Estas pilas las puse en los peldaños de la escalera para que nuestro nieto al subirla no reparara en el vacío”.

Hacen guiños y parecen respirar cómodos los de ediciones recientes, los títulos extinguidos, los de tapa dura, los de ficción, los revisitados, los subrayados siempre a lápiz, los de arte, filosofía, historia, sociología, cine, los que no han llegado al país, los polémicos, “estos son de política”, con los de su autoría.

Abarrotada no es sin embargo una palabra precisa. Ni justa. En esta casa luminosa –cómo no serlo– vence la armonía. Acaso tenga que ver con que la dama que la habita junto a su esposo y colega Ricardo Martínez, estudió piano durante diez años. Y aunque se mudó definitivamente de teclado, piensa y escribe de El Ávila, la belleza, la libertad, Soto o la democracia, desde la música.

Su métrica despejaría la ruta a su pensamiento hasta condicionarlo. “No sabía cuánto me influenciaba hasta que escribí mi primer libro. Ahí había una estructura musical; por lo demás ha sido tópico recurrente de mis investigaciones, como lo ha sido el arte todo”.

Fotografía de Gaby Oraa | RMTF

La música está siempre en la escena y siempre a volumen acogedor. Bach, Beethoven o Mendelsohn, depende de si va a leer o a escribir. Mujer de sexto sentido, necesita que se filtren también los sonidos naturales. La lluvia. La brisa. Necesita oír los pájaros.

Embriagador es el verde que empaca la casa, que la sitia, que además es interactivo. Está en el jardín que se aflora espléndido, no más franquear la puerta del patio y en el afuera de la opulenta montaña de Baruta. Los tantos ventanales son la pantalla donde tiene lugar una película caraqueña en función continua que protagonizan guacamayas, guacharacas, colibríes, perezas, gatos, ardillas en una locación cundida de araguaneyes, flamboyanes, helechos y todo el verde rejuvenecido por los recientes chubascos. La también amante del cine –el Trasnocho es su patio trasero–, la casa es un espacio que late con los objetos que contiene, todos asomados al balcón de sus funciones.

Escenario que acompaña su concentración creativa: “Leo en todas partes pero me concentro en esta mesa”, la del comedor, “iluminada con la luz que ofrece esta lámpara” (la enciende) “a la que empaqué con estos papeles para concentrar más el resplandor. Ahora parece un origami resplandeciente”.

Escribe en el estudio acondicionado en la planta alta, tanto en la computadora como a mano. Tiene cuadernos de apuntes que dan cuenta tanto de la agenda reciente como de la trayectoria enjundiosa de una mujer que ha tenido citas con grandes pensadores como Jean-François Lyotard o Jean Baudrillard. Es amiga de intelectuales, escritores, artistas de medio mundo, Lerner, Borges, Richter, Caballero, Ugalde, Blackmore, Niño, Cruz-Diez, Soto, Pacheco, Pinardi, Palacios, Di Pasquali, que menciona y ve: hay huellas de ellos en su casa.

De las curadora de arte más lúcidas y prolijas del país –su trabajo se extiende a Estados Unidos y Francia, y ha tenido exposiciones en las bienales de Cuenca, Medellín, Sao Paulo y Venecia–, la expresidente del Museo de Bellas Artes de Caracas, miembro fundador de la Galería de Arte Nacional y del Museo de Arte Popular de Petare, integrante del equipo creador del Instituto de Educación Superior Armando Reverón, confiesa que, eso sí, nunca intentó pintar o dibujar.

Ama el arte con todas sus circunvalaciones cerebrales y quiere desentrañarlo o, a través de él, al creador. Lo ama desde la mirada que parece conectada por hilos invisibles con todos los objetos hermosos que constituyen la vida y su escenografía doméstica. Pinta un nieto. Diseña una nieta.

Hilos como cordones umbilicales que se retroalimentan, con la mirada inteligente con que mira el volumen de las obras completas de Borges, mira también la flor fotocopiada que Claudio Perna le dedicó; y la enorme bisagra de hierro, una antigüedad herrumbrosa y sugerente que sobresale en tiempos de ruptura en el tope de un mueble de madera rematado por un espejo donde se refleja un maniquí desnudo; y la loza pintada a mano y de puntas roídas, recuerdo del piso de una casona mantuana de la que no queda nada más; y la silla cuyo respaldar en forma de cono construyen tablones cada vez más cortos: la hizo un trabajador del Metro, empresa donde fue curadora de arte, conmoción urbana en cada esquina, y ahora es tren defectuoso. “Le dije al trabajador que era una silla hermosa y sin pensarlo dos veces me la regaló”. Sobre el asiento una pila de libros de Caracas, y sobre ellos, una muñeca.

Paradójicamente, o porque así es Maria Elena Ramos, la casa es sobria. Nada habla de exabruptos o percances. Dama de alma y gestos elegantes, es también mujer de temple que ha asumido riesgos con la palabra y con su hacer. Adalid del derecho al libre albedrío y a la autonomía de pensamiento, ha sido una tenaz defensora de los espacios museísticos, los naturales para la exhibición de la creación sin cortapisas. Lamenta que ahora estén reducidos a herméticos cotos donde se enmarcan consignas y conceptos añosos que cuestionan las bellas artes, y donde se desdeñan las exposiciones individuales y todo cuanto no exalte lo colectivo. La grey de carné.

Fotografía de Gaby Oraa | RMTF

Desde posiciones cimeras aupó exposiciones sesudas en espacios contiguos y rivales, la Galería de Arte Nacional y el Museo de Bellas Artes, este concebido como museo universal, reducido a latinoamericano, con una deuda espacial nunca resuelta, pese a ocupar por 30 años los espacios de la GAN; y aquella para el arte local, propio, que se ha quedado constreñido, “nació deficitario”. Puede dictar una cátedra, de hecho su libro La cultura bajo acoso registra este pasaje histórico con pormenores.

Caraqueña desde que llegó y vivió de Torre a Veroes, caraqueña de origen cubano, su obsesión es la verdad. Investigar hasta dar con ella, aproximársele lo más posible sin morir en el intento. Es la razón por la que estudió Comunicación Social en lugar de Letras. Por su vocación no sólo por la palabra sino por su pasión por indagar. Periodismo es la carrera que además de ofrecer los rudimentos para aprender a rastrear y descubrir las certezas, le daría la técnica para la entrevista, forma directa de investigación.

“Además exige que ejercites la escritura, que es lo que hago todo el tiempo”. Escribe libros, catálogos, artículos “y hasta las conferencias”. Optó por el área audiovisual, como especialización, “pero siempre he sentido que aprendo mucho más escribiendo un texto que haciendo un programa de televisión”, dice la egresada de la Universidad Católica Andrés Bello, quien ve muy poco la programación de la otrora llamada caja boba.

Desde la atalaya del periodismo, la crítica, la opinión, también un ejercicio creativo, aborda la creación. Forma de expresión e indagación –escribe sobre lo que indaga, además de que escribir es indagar– colabora para El Nacional y se estrena en la misma página donde era rey Zapata. Luego trabaja en la Oficina Central de Información (OCI) produciendo contenidos sobre artistas que son celebrados internacionalmente, los artistas y sus textos, Jacobo Borges da fe de ello. De allí llega directo a la Galería de Arte Nacional, donde se encumbra como gerente en el área de difusión y educación, hasta que dirige el Museo de Bellas Artes.

Fotografía de Gaby Oraa | RMTF

Por cierto, no dejó nunca la obsesión por lo medular, por ver la certidumbre de cuerpo entero. Cada vez más honda y rizomática la verdad, en paralelo se sumergió, maestría y doctorado mediante, en la filosofía. “Acepté dirigir museos e instituciones, pero no eran los cargos que apetecía, tenga o no cierto liderazgo, con lo que soñaba y sueño siempre es con investigar”. No cesa la curiosidad. Saber es una adicción seductora. Saber es un placer, dice desde su feminidad no feminista, no aviesamente. Está de acuerdo con todas las luchas y todas las victorias, las agradece, pero acaso por su talante tan consistente y tan sensible como reflexivo prefiera ordenar las piedras antes de lanzarlas.

Hacen guiños en cada rincón los juguetes de lata y las muñecas de papel enmarcadas de la cocina, sin romper la sutileza estética. Casa biográfica llena de pistas, de referentes, de recuerdos, la casa es un cuento, sí, uno de nunca acabar, en el que cada cosa remite a una evocación, una circunstancia, un episodio. “Si un día tuviera que desmontar esta casa, sería tan doloroso como difícil”. Es un decir. Aunque se sabe del peso de las palabras, y sin duda del de las suyas, no tiene plan B, como añade enseguida.

“Hay un texto de George Steiner (El lector infrecuente) en el que se refiere al acto de subrayar los libros y de hacer notas al pie y en los márgenes, como un primer indicio de la respuesta del lector hacia el texto”, le dice María Elena Ramos a la poeta Natasha Tiniacos en una conversación publicada por Backroom Caracas que comparte. “Steiner dice algo radical: que en cada acto de lectura completo nace el deseo de escribir un libro en respuesta; el intelectual es, sencillamente, un ser humano que cuando lee un libro tiene un lápiz en la mano”.

María Elena Ramos subraya lo dicho, lo suscribe. “Lo mejor que puedes dejar es lo que has aprendido, por intuición, por experiencia, por las lecturas”. Es una mujer que cree en las alianzas. No lleva la suya puesta pero asegura, con voz que se vuelve más dulce, que se puede ser feliz en el matrimonio, “tengo las dos versiones, la buena es posible”.


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