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Leoni defiende la soberanía de Venezuela frente a Cuba en la OEA

por Milagros Socorro

12/05/2019

Raúl Leoni en la OEA, 1967. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

La foto. Obra de un profesional, un fotoperiodista, el autor de esta imagen ha usado un teleobjetivo con enfoque manual para conseguir, en un sitio muy concurrido, exactamente lo que quiere.

La acción es verbal. El suceso es lo que dice el entonces presidente de Venezuela, Raúl Leoni, el único que habla. Detrás, a su derecha, está su canciller, Ignacio Iribarren Borges, con lentes de pasta negra, barbilla prominente y una expresión que podría ser compungida o de ira llevada adentro (al final explicamos por qué).

A izquierda y derecha, en los márgenes, hay sendos hombres con lentes oscuros, algo extraño en un interior, que nos lleva a pensar en contrainteligencia, seguridad, espionaje, sobre todo por el del margen derecho, Braulio Jatar Dotti, de bigotes, atento a una reacción o actitud fuera del plano.

Los tres planos. El uso del teleobjetivo se evidencia en esos tres planos horizontales, de dimensiones equivalentes. En un espacio reducido, donde la acción, como apuntamos antes, es un acto de habla –y muy formal–, es lógico que se use el teleobjetivo para que la cámara pueda moverse, dado que el fotógrafo no puede hacerlo sin entorpecer el desarrollo de los hechos.

El plano superior está sumido en una sombra densa. No interesan quiénes están allí. Nos basta con percibir el destello de una cámara fotográfica, cierta movilidad distinta a la quietud del plano central. Son los muchachos de la prensa.

Impacta la claridad del fotógrafo en cuanto a las prioridades del contenido informativo, y la destreza técnica con que consigue poner el «punctum», es decir, el titular de la noticia, en un hombre que está tan sentado y estático como los demás.

Leoni es el que sale más nítido. Una rara imagen en la que se le ve sin lentes. La sabia composición hace el resto, no solo por la centralidad del protagonista. Las figuras borrosas de abajo, a la izquierda y a la derecha, nos recuerdan que esto ocurre en un anillo, en un espacio circular, un ruedo al que el autor se asoma estando de pie, lo mismo que el fotógrafo que aparece en el tercio superior, al centro, y que está obteniendo en el mismo momento el contraplano de la imagen. De seguro hay también una foto en la que se ve a Leoni desde atrás y frente a él el otro borde del ruedo y, detrás, nuestro fotógrafo de pie, el rostro oculto tras la cámara, concentrado, tenso, extrayendo del conjunto lo que le interesa.

El plano central, con el presidente y el rótulo de «Venezuela» en un espacio despejado, en blanco, del escritorio, por así decirlo, individualiza la idea de la nación venezolana en el contexto hemisférico. El fotógrafo se las arregló para ofrecer ese territorio despejado que corresponde a Venezuela en el conjunto americano y hay una frontera (una línea vertical), a la derecha (al este), que separa Venezuela de Trinidad, tal como ocurre en el mapa y en la realidad.

La respuesta de Venezuela, si la foto no miente, es serena y firme. El asunto es grave, lo corrobora el mohín de agravio del canciller y la sombra de indignación que tensa el mentón del José Antonio Mayobre, ministro venezolano de Minas de Minas e Hidrocarburos. Lo que está diciendo Leoni alude a cierta delegación situada a la derecha, fuera de cuadro, porque vemos varias miradas que escrutan en esa dirección…

Las manos del secretario general hacia su pecho, junto con su expresión atenta y grave, parece que dijeran: esto me compete, me doy por aludido y enterado.

El plano inferior comienza con el espacio vacío del centro, imprescindible para que haya un foso circular en torno al cual se dispone un foro de diálogo donde las posiciones enfrentadas están obligadas a encontrarse en un centro espacial y metafórico. Y ya hacia el borde de la foto, las figuras están desenfocadas. Es como si el interlocutor de Leoni, de Venezuela, se desdibujara –se desentendiera– mientras el país denuncia, en el foro continental, la agresión de la que ha sido objeto por parte de Cuba. Es como si los alegatos de las autoridades democráticas se perdieran en una bruma de desinterés. Leoni les habla a figuras difusas, fantasmas que podrían atravesarse con la mano si se las quisiera zarandear para que escuchen.

El momento. El presidente Raúl Leoni, acompañado de una pequeña y muy distinguida comitiva, comparece ante la Organización de Estados Americanos (OEA) a la que había solicitado una reunión para presentar una denuncia formal por la agresión perpetrada por la dictadura de Fidel Castro, quien personalmente había enviado dos embarcaciones para hacer una incursión clandestina en Venezuela. Es lo que se conoce como la invasión de Machurucuto.

El 8 de mayo de 1967, doce guerrilleros –ocho venezolanos y cuatro cubanos– entrenados en la isla antillana desembarcaron secretamente en las playas de Machurucuto, al este del estado Miranda, en dos balsas. Venían con la misión de entrenar insurgentes de las FALN-PRV en los Andes. Uno de ellos, cubano, murió ahogado nada más llegar a costa venezolana. Avisados por vecinos, el 10 de mayo efectivos del Ejército de Venezuela y la Guardia Nacional se dieron a la persecución de los irregulares y el 11 de mayo ya había ocho abatidos, dos cubanos capturados y, uno, el venezolano Fernando Soto Rojas, fugado.

El 18 de mayo, el Congreso de la República condenó la afrenta y acordó establecer un bloqueo comercial con el gobierno cubano. Esta era la respuesta del Poder Legislativo a la infiltración de espías comunistas adiestrados por Cuba para desestabilizar el gobierno de Raúl Leoni, surgido de elecciones democráticas.

«En muy tempranas horas de la mañana del viernes 12 de mayo de 1967 –escribió Demetrio Boersner–, me llamó con urgencia el canciller venezolano, doctor Ignacio Iribarren Borges, y me pidió acudir a su despacho con la mayor prisa. Yo era, en esa época, su asesor político personal y además disfrutaba de la confianza del presidente Leoni».

“El lunes 15 de mayo, acompañé al canciller a una reunión en la que participaron, además del presidente Raúl Leoni, los señores Leandro Mora, Iribarren Borges, Gonzalo Barrios, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Jóvito Villalba, Jaime Lusinchi, Manuel Mantilla, Pedro París Montesinos, Raúl Nass, David Morales Bello, general Ramón F. Gómez, general Márquez Añez y otros. Todos los participantes –incluidos los doctores Jóvito Villalba y Luis Beltrán Prieto– estuvieron acordes en denunciar a Cuba ante la comunidad internacional, por intervención o agresión militar contra Venezuela. En cambio hubo matices con respecto a la forma de proceder y el alcance de nuestra denuncia. Al final se acordó por consenso: solicitar una reunión de consulta de la OEA sobre la base de los artículos 39 y 40 de su Carta, absteniéndonos de invocar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. Igualmente se decidió hacer llegar la denuncia, a título informativo, a las Naciones Unidas”.

–La OEA envió a Venezuela una comisión investigadora que durante los días 24 y 25 de junio realizó inspecciones imprevistas, y recibió de mis manos un informe y planteamiento general que redacté a su solicitud. Ese documento sirvió de base para que una reunión de cancilleres de la OEA, posteriormente, condenara la injerencia cubana en Venezuela –recordó Demetrio Boersner.

Una semana más tarde, el 22 de mayo de 1967, el presidente Leoni recibió una comunicación firmada por el Cardenal Humberto Quintero, donde este y la jerarquía eclesiástica en pleno sentaba posición frente a Machurucuto, aludido por el príncipe de la iglesia como “graves violaciones de la soberanía nacional”.

 –Seguros de responder a los sentimientos de nuestro pueblo e impulsados únicamente por el patriotismo, que es también virtud cristiana –decían los obispos–, nos dirigimos a usted para expresarle que reprobamos esa injuria perpetrada contra nuestra Patria por un régimen dictatorial forastero, empeñado en turbar el orden, y consiguientemente, la paz de la República.

“Estimamos que en estas delicadas circunstancias, el gobierno presidido por usted procede con acierto y cordura al apelar a las medidas señaladas por el derecho internacional, nacido de solemnes convenios, para repeler estos atentados, y abrigamos la esperanza de que esas medidas, logren un eficaz y satisfactorio resultado”.

“Pidiendo a Dios que ilumine y sostenga a usted en su labor de salvaguardar el honor de la Patria y de mantener la paz, lo saludamos atentamente”.

Ahí estaban, pues, en Washington, el presidente Leoni y sus colaboradores cumpliendo el mandato del país, puesto que la reacción de la iglesia no fue distinta a la del resto de los sectores del país.

La comitiva. Además del canciller Iribarren Borges, en el grupo que acompañó a Leoni a la OEA hemos identificado al cumanés José Antonio Mayobre, ministro de Minas e Hidrocarburos (de enero de 1967 a marzo de 1969), economista, diplomático, fundador del Partido Comunista de Venezuela. Graduado en la UCV, con posgrado en la London School of Economics, para este momento es ministro de Minas y presidente de la Conferencia de la Organización de Países Exportadores de Petróleo; y ya había sido embajador de Venezuela en los estados Unidos, representante de Venezuela ante la OEA, director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional y secretario ejecutivo de la CEPAL entre 1963 y 1966. Era, pues, hombre toreado en las alfombras de muchos organismos multilaterales.

Detrás, hacia el borde derecho de la foto, está el coriano Braulio Jatar Dotti, entonces senador. Y, entre Iribarren y Mayobre, casi tapada, vemos a la escritora y diplomática Lucila Palacios, quien en 1981 se convertiría en la primera mujer en ser incorporada como Miembro de Número de la Academia Venezolana de la Lengua.

Esta foto es parte de una serie que incluye una panorámica del hemiciclo completo. Es un bosque tupido de fluxes. Poquísimas mujeres. Casi ninguna. Pero la delegación de Venezuela llevaba una. Y, además, era escritora.

Raúl Leoni en la OEA, 1967. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

El canciller. Ignacio Iribarren Borges fue ministro de Relaciones Exteriores de Leoni durante todo el periodo presidencial de este (1964-1969). Escritor, abogado, diplomático, político de altos merecimientos. En este momento tiene 54 años (nació en 1913) y ya había sido secretario de la Junta de Gobierno encabezada por Edgar Sanabria, en 1959.

Unos meses antes de este día en la OEA, el doctor Julio Iribarren Borges, hermano de Ignacio, había sido secuestrado, torturado y asesinado.

En la noche del primero de marzo de 1967, el médico Julio Iribarren, quien acababa de dejar la presidencia del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales, y su esposa salieron en pantuflas a comprar algo, probablemente en la farmacia. Como era la norma en la época, no tenían chofer ni escolta. Son interceptados por secuestradores adscritos a las FALN (Fuerzas Armadas de Liberación Nacional), con antecedentes por homicidios y robo de vehículos. Los encañonan. Sacan a Iribarren y se lo llevan. La última vez que su esposa lo vio con vida fue cuando los guerrilleros lo llevaban a empujones para meterlo en el carro que lo llevaría al martirio.

El 4 de marzo, el cadáver de Julio Iribarren Borges fue encontrado cerca de Pipe. Tenía un tiro en la cabeza y evidentes trazas de tormentos. Además de una brutal golpiza, le habían arrancado las uñas, le habían clavado agujas y quemado en distintas partes del cuerpo.

El 6 de marzo, en declaraciones al diario Granma de La Habana, el guerrillero Elías Manuitt Camero admitió la autoría de las FALN sobre el asesinato de Iribarren. “Nuestro movimiento decidió aplicar la justicia revolucionaria sobre Julio Iribarren Borges, alto personero del gobierno, cómplice del engaño, de los desafueros contra el pueblo”, escribió Manuitt.

El delito de Julio Iribarren Borges, según sus verdugos, era ser funcionario del gobierno de Leoni. Por eso lo condenaron al suplicio y el paredón, tras un “juicio” a empellones y a medianoche

Sus asesinos se jactaron de estos actos en La Habana, sede del régimen que en mayo mandó sus efectivos a Machurucuto. El hombre que traga grueso, detrás de Leoni, es el hermano de la víctima.

Y, entonces, qué pasó. La comunidad internacional se mostró muy preocupada. Pero nada impidió que las embestidas de Cuba persistieran. El gobierno de Venezuela rompió relaciones con el de la isla y no las retomó hasta 1974.


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