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Lecciones amargas de la reconstrucción de Ruanda [y 2]

por Miguel Ángel Santos

TEMAS PD
15/02/2018

Esta es la segunda entrega y última entrega de la serie Lecciones amargas de Ruanda, de Miguel Ángel Santos. Si quiere leer la primera entrega, pulse aquí.

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Hace algunos años hubiese sido una utopía hablar de turismo en Ruanda. Hoy en día es uno los destinos más seguros de África, y cuenta además con un moderno aeropuerto en Kigali que se ha ido posicionando como un hub aéreo para todo el continente.  Aunque existe cierto turismo asociado al genocidio, las visitas a los museos, memoriales, iglesias, e inclusive los juicios de paz y reconciliación que se celebraron hasta hace algunos años, son apenas un complemento para la verdadera atracción: El Parque Nacional Vulcano. Allí, en las montañas de Virunga que sirvieron de refugio y cuartel a las tropas de Paul Kagame, viven más de mil doscientos gorilas salvajes. Muchas de las personas de mi generación llegamos a saber de la existencia de estos animales a través de la película Gorilas en la Niebla (1988). Sigourney Weaver interpreta a la conservacionista americana Diane Fossey, quien se tomó para sí la defensa de esta especie y libró durante años una obstinada batalla contra los cazadores furtivos de la zona, antes de morir asesinada en diciembre de 1985.

Cuando nosotros estábamos en la selva los veíamos poco. Avanzábamos en formación de columna, una única fila que atraviesa un único sendero. Esa alineación, más la densidad de la selva, restringía la visión de cada uno a no más de diez metros. Había tiroteos frecuentes, y probablemente eso los llevaba a ocultarse. Quizás ellos nos veían a nosotros, pero nosotros no los veíamos a ellos. Hoy en día es diferente. Los gorilas se han ido acostumbrando a la gente. Para mantener el equilibrio del hábitat hemos tenido que limitar el número de personas que pueden entrar a diario y poner reglas muy estrictas a los visitantes al parque. Aun así, se te van a acercar bastante, se te van a sentar al lado. Los gorilas no saben de reglas. [1]

Si hay algo que predomina hoy en día en Ruanda son las reglas. El día en que viajábamos rumbo a Virunga, la policía de tránsito nos detuvo poco antes del amanecer, apenas a diez kilómetros de Kigali. Traían consigo una libreta de multas y una pistola de velocidad que nos había retratado a noventa y cinco kilómetros por hora. El límite de la carretera era noventa. Hora y media después llegamos a Kinigi, una pequeña villa al pie de la montaña conectada por pequeños caminos de tierra oscura. Desde aquí sale un sendero de tierra hacia el noroeste que lleva a la cima del volcán Karisimbi. A medio camino, seis horas de ascenso bajo una lluvia pertinaz, está el campamento de Dianne Fossey y el cementerio en donde yace enterrada junto a decenas de gorilas.

Desde Kinigi, si se mira hacia el sur, se observa un enorme plató horizontal de niebla que se extiende más allá de la vista, el celaje interrumpido aquí y allá por los conos de cientos de cimas de montañas. La tierra de las mil colinas. Aquí congregan a los turistas que consignaron los 750 dólares por persona que cuesta el ingreso al parque, doce grupos (uno por cada tribu de gorilas) de ocho miembros. En una gran churuata con café, té y galletas al centro, se reúne a los visitantes una hora antes de la expedición para describirles con minuciosa precisión las instrucciones a seguir, los comportamientos permitidos y no permitidos. Cada grupo avanza en una suerte de columna, una fila que se abre camino por la selva a punta de machete, escoltado por cuatro militares armados y dos guardabosques.

La disciplina, el orden, la planificación, la precisión en la ejecución de la estrategia, todos rasgos que Paul Kagame adquirió y desarrolló durante sus largos años de guerrilla en la selva, se han trasladado a la administración pública. Circulan por ahí un sinnúmero de mitos y leyendas que ilustran la austeridad, foco y eficiencia del presidente. Entre las muchas de las que llegué a saber, me quedo con la única que fui capaz de confirmar. En 2004, luego de advertirle a los ministros en gabinete que no estaba de acuerdo con que sus despachos invirtieran en vehículos de lujo “de uso oficial”, organizó una redada policial en donde decomisó más de cien y los remató en una subasta privada.

Su lucha contra la corrupción ha dado sus frutos. En la última década, Transparencia Internacional consistentemente ha clasificado a Ruanda entre las cincuenta naciones menos corruptas del mundo. Junto con Botsuana, Ruanda es – de lejos – el país menos corrupto de África. Los indicadores de gobernanza del Banco Mundial, que resumen los reportes de trece organizaciones independientes, sitúan a Ruanda dentro del 20% de los países del mundo con mayores controles anti-corrupción. De acuerdo con Tony Blair, en ningún otro lugar la ayuda internacional se aprovecha de forma más eficiente y con mayor impacto sobre la pobreza que en Ruanda.

La corrupción es algo de lo que veníamos hablando desde que estábamos en la selva. Para mí está muy claro que la corrupción subyace a los males de África. En muchos lugares se ha convertido en una forma de vivir, por eso es tan difícil de cambiar. No es posible hacer una diferencia sin combatir la corrupción. Hay que buscar las cosas que generan impacto, de arriba hacia abajo. La corrupción no se puede corregir de abajo hacia arriba, tiene que ser de arriba hacia abajo.

Unos días después de regresar de Virunga, mientras descansaba en la orilla del Lago Kivu, se me ocurrió cruzar a pie la frontera que separa a Ruanda de la República Democrática del Congo. Allí, colindan dos ciudades de uno y otro, Gisenyi y Goma, respectivamente. La urbanización de ambas se confunde en un solo tejido urbano, apenas separadas por una alcabala que domina un enorme edificio de aduanas. Del lado del Congo, prevalecen las imágenes que pueblan el imaginario colectivo sobre muchos lugares en África y América Latina, un concierto caótico de cornetas, tráfico, polvo, niños descalzos corriendo detrás de un balón desinflado, y las playas del lago abarrotadas de gente, gritos, música y colores. Del lado de Ruanda, unos metros más allá, predomina el orden, grandes cadenas de hoteles intercaladas con playas públicas que funcionan bajo reglas muy estrictas, y resaltan las ofertas de servicios de motos de agua, balsas y paracaídas halados por lanchas, y demás deportes acuáticos. Es la misma gente, reunida dentro de un área geográfica relativamente pequeña, bajo dos sets de reglas diferentes. Los resultados no pueden ser más contrastantes.

A partir del genocidio, entre 1994 y 2016, la economía de Ruanda multiplicó su tamaño por once, creciendo en promedio 11,6% anual. En esos veintidós años, el ingreso por habitante pasó de 150 a 700 dólares. De acuerdo con el Banco Mundial, se espera que continúe creciendo entre 6% y 7% por los próximos cinco años.

Las diferencias entre la tasa de crecimiento anual de la economía del país y el per cápita son muy llamativas. En 1994, una mujer en Ruanda tenía en promedio seis hijos y medio. En esas condiciones es improbable alcanzar una mejora substancial y sostenida en las condiciones de vida. Desde 2007 el propio Kagame se ha puesto al frente del programa más ambicioso de control de la natalidad que se haya visto en África. Según sus directrices, todas las mujeres en edad de concebir que visitan los centros de asistencia médica reciben educación sobre métodos anticonceptivos. Se les ofrecen allí varias opciones distintas. En ese mismo rango de edades las escuelas empiezan a dictar educación sexual. El hecho de que Kagame haya sido el principal promotor del programa hace que sea virtualmente imposible oponérsele, incluyendo a la iglesia, demasiado comprometida por la evidencia de su participación en el genocidio como para intentar alguna reacción. Al cierre de 2016 Ruanda registró por primera vez en su historia una tasa de fertilidad promedio inferior a cuatro nacidos vivos por mujer. Aun así, al ritmo de fertilidad de estos últimos años, la población de este pequeño y denso país – no supera la superficie del estado Apure en Venezuela – podría alcanzar los 20 millones en 2030.

La esperanza de vida en Ruanda ha pasado de 28 años en 1994 a 67 años en 2016. Aún si se le compara con el promedio del país en los años previos al genocidio (35 años) la magnitud del salto es colosal. Los partos atendidos por médicos profesionales pasaron de promediar 26% en la década de los noventa a 91% en 2016. Aunque las estadísticas nacionales son más optimistas, según Naciones Unidas la pobreza ha disminuido de 51% a 39% en ese mismo período.

La mortalidad infantil se ha reducido 74%, pasando de 151 por cada 100.000 nacidos en 1994 a apenas 39 el año pasado. Eso equivale a salvar la vida de más de 590.000 niños en veintiséis años. Hoy en día 97% de los menores de edad en Ruanda han recibido un paquete de vacunación que los inmuniza contra diez enfermedades comunes en la región, incluyendo malaria, tuberculosis, sarampión, y las tres afecciones más graves y frecuentes asociadas a neumococos: neumonía, meningitis, y sepsis.

La economía se ha beneficiado también del remordimiento de la comunidad internacional por el genocidio. Desde 1994, Ruanda ha recibido ingentes cantidades de ayuda humanitaria, que todavía representan una fracción significativa de su balanza de pagos. Estados Unidos e Inglaterra se encuentran entre los principales donantes internacionales, acicateados por el lobby de sus principales sponsors, Bill Clinton y Tony Blair. En el año 2000, cuando el producto interno bruto era apenas de 1.730 millones de dólares, Ruanda recibió 321 millones (19% del tamaño de la economía) de asistencia internacional. Para 2016, cuando la economía ya alcanzaba los 8.830 millones de dólares, la ayuda externa totalizó 1.081 (13%). Aunque el país ha sido capaz de atraer cada más inversión, para el cierre del 2016 el total de inversión extranjera directa era equivalente a 50% de la ayuda externa.

Dentro del conjunto de inversionistas internacionales no podían faltar, como no faltan hoy en día en ningún país en desarrollo, los chinos.

Los chinos han venido a llenar el vacío que han dejado los bancos de desarrollo del mundo en África. Ellos están dispuestos a hacer cosas que otros no están dispuestos a hacer. También están en Ruanda, pero no como en otras partes. Aquí están bajo mis propios términos. Nosotros no aceptamos que traigan trabajadores chinos a hacer algo que los nuestros son capaces de hacer.

Fotografía de Miguel Ángel Santos

El problema es, precisamente, que todo en Ruanda ocurre en los términos de Paul Kagame. Con el paso de los años, en paralelo al aumento de su eficiencia para manejar la economía y la mejora substancial en las condiciones de vida, también se ha acentuado la represión política. No existen medios independientes en Ruanda, o existen hasta que deciden criticar al presidente. Según Reporteros sin Fronteras, en las últimas dos décadas ocho periodistas han sido asesinados o desaparecido, once han sido sentenciados a largas condenas en prisión, y otros treinta y tres han sido forzados a abandonar el país.

Las elecciones también se celebran en sus propios términos. En los tres procesos electorales de 2003, 2010, y 2017, obtuvo nada menos que 95%, 93% y 99% de los votos. Al igual que ocurre en muchos otros regímenes autoritarios, Kagame escoge cuidadosamente a sus oponentes. En 2017 Diane Rwigara, empresaria y activista de derechos humanos, fue inhabilitada para participar en las elecciones y enviada a prisión bajo cargos de “insurrección” y “falsificación de firmas”. Desde entonces, de acuerdo con su declaración ante la corte, ha permanecido con su madre en confinamiento solitario, sin comida suficiente, esposadas día y noche.

Para este último proceso electoral, en agosto del año pasado, fue necesario un cambio en la constitución – aprobado en referéndum por 95% de los votantes – que no sólo le permitió a Kagame ser electo presidente una tercera vez, sino además prevé su posible permanencia en el poder hasta 2034. Como él mismo ha reconocido, las elecciones son un formalismo. Amparado en la prohibición de organizaciones que promuevan la ideología del genocidio, el gobierno ha perseguido a sus eventuales rivales y tomado previsiones que hacen imposible la formación de una oposición que represente una verdadera alternativa de poder.

Kagame mantiene una estructura de inteligencia similar a la que mantenía en Uganda, cuando era un oficial de inteligencia del recién inaugurado régimen de Yoweri Museveni. Ese aparato extiende sus tentáculos mucho más allá de las fronteras de Ruanda. Para muchos, esa policía de inteligencia está detrás de varias de las desapariciones y asesinatos registrados en los últimos años, incluyendo el del coronel Patrick Karegeya. El antiguo Jefe de Inteligencia de Kagame había huido a Suráfrica en 2008, tras haber caído en desgracia con el presidente. En diciembre de 2013 apareció ahorcado en la habitación de un hotel boutique en Johannesburgo. Unos días después en Kigali, Kagame declaró no tener nada que ver con el asesinato de Karageya, pero agregó: “No puedes traicionar a tu país, y salirte con la tuya. Hay consecuencias para los traidores. A todo el que traicione a Ruanda le llegará su hora”. Al llegar a ese punto en el video el presidente hace una breve pausa. Levanta la cabeza y luego – más lentamente – la mano con el dedo índice extendido, interrumpe el discurso en kiñaruanda y con un tono de voz que hiela la sangre pronuncia suavemente en inglés: “It’s a matter of time”.

Sobre Kagame pesa también la posibilidad de ser juzgado por crímenes contra la humanidad en la Corte Penal Internacional. En 1996, dos años después de tomar el poder, inició una gira internacional para advertir que los genocidas de Ruanda se estaban organizando bajo la protección de los campos de refugiados en los países vecinos, en particular en el Congo. Entre otras cosas la Radio de las Mil Colinas, emisora instrumental en la coordinación y ejecución del genocidio, se había reinstalado en los campos de refugiados y reiniciado transmisiones.

Durante esos primeros años sabíamos que los genocidas planificaban el regreso a Ruanda, amparados y alimentados por la comunidad internacional en los campos de refugiados. Teníamos infiltrados allí. Según sus reportes, en esos “campos de refugiados” había radios, tanques, ametralladoras, baterías antiaéreas. Se lo dije al Departamento de Estado, también a las Naciones Unidas. Mi lenguaje fue muy claro, sin ninguna ambigüedad: Si la comunidad internacional no es capaz de encargarse de solucionar esto, nosotros nos vamos a encargar.

Y se encargó. Tras regresar de Washington con las manos vacías, Kagame empezó a planificar, realizando alianzas con grupos rebeldes en Zaire (hoy República Democrática del Congo) para lanzar una invasión. Las fuerzas armadas de Ruanda apoyarían de forma cubierta una rebelión para tumbar a Mobutu Sese Seko, e instalarían al líder rebelde Laurent Kabila en el poder. En el proceso, arrasarían con los campos de refugiados, y forzarían a los hutus y tutsis que se encontraban allí – y sobrevivieron a la operación – a regresar a su lugar de origen. En medio de la retirada, las milicias genocidas utilizaron escudos humanos, pero eso no detuvo a las fuerzas de Ruanda. De acuerdo con Human Rights Watch, “miles de refugiados, la mayoría jóvenes, enfermos, o débiles por alguna u otra razón fueron perseguidos y asesinados… Miles de refugiados civiles fueron rodeados y aislados del ayuda humanitaria, lo que condujo a miles de muertes por inanición, deshidratación o enfermedades”. Al finalizar la operación, más de medio millón de sobrevivientes ruandeses fueron forzados a emprender el camino de vuelta a casa con sus escasas posesiones a cuestas. Algunas semanas después, Tanzania anunció que cerraría sus campos de refugiados y coordinó con Kagame una operación similar. Durante la invasión, el gobierno de Ruanda se mantuvo fiel a la versión oficial. En Julio de 1997 Paul Kagame reconoció por primera vez su responsabilidad en la planificación, ejecución y liderazgo de la operación de invasión a los campos de refugiados.

Una semana en Ruanda me deja con un talego de sentimientos encontrados. Rara vez las cosas suelen tener un único matiz, pero aquí los contrastes entre la leyenda blanca y la negra de Paul Kagame llegan a límites difíciles de conciliar. A nivel internacional, ha resultado más cómodo para los observadores de Ruanda conformarse con los hechos que son consistentes con una visión lineal e inequívoca de lo que sucede aquí. Así, se ha producido una polarización que hace difícil la comprensión de lo que ha ocurrido en Ruanda en toda su extensión.

Entre quienes lo adversan, Kagame es apenas otro de tantos dictadores africanos, asiáticos o latinoamericanos, cuyo único fin es perpetuarse en el poder a costa de la miseria ajena, y todo el progreso del país es un espejismo, una leyenda creada a través de estadísticas manipuladas y distribuidas a través de la propaganda oficial. Quienes lo apoyan desestiman los múltiples reportes de violaciones a los derechos humanos y la ausencia de libertades políticas, atribuyéndolas a ataques infundados de países u organizaciones que contribuyeron activamente a proteger a los genocidas de Ruanda, o se mantuvieron incólumes mientras sucedía la carnicería que acabó con la vida de 750.000 personas en algo más de noventa días. La verdad se encuentra en algún lugar que es imposible visualizar desde el promontorio de los extremos.

Para mí, los derechos humanos abarcan muchas cosas. Tener gente en la pobreza más absoluta o muriéndose de hambre, como consecuencias de la colonización o de alguna otra situación, es también una violación a los derechos humanos. No se puede hablar de resolver los temas de derechos humanos, sin resolver el hambre y la pobreza. Pero la gente de Occidente no quiere oír hablar de esto, evitan cualquier discusión, están demasiado agobiados con el peso que una discusión aquí pondría sobre sus hombros.

Ruanda es uno de esos países que han despertado una enorme simpatía a nivel mundial y al que todo el mundo quiere que le vaya bien. Tras su prodigiosa recuperación económica y el restablecimiento del tejido sobre el cual se asienta la convivencia, muchos quisiéramos verlo trascender hacia una democracia funcional que no dependa de la omnipresencia de Paul Kagame.

El problema está en que, si bien Ruanda hoy es un producto de Paul Kagame, también es verdad que Paul Kagame es un producto de Ruanda. En medio de situaciones de caos y sufrimiento extremo las sociedades suelen buscar una figura autoritaria e investirla con poderes especiales a fin de que reestablezca el orden y ponga fin al dolor.

¿Qué nos depara el futuro? ¿Qué vamos a hacer? ¿Somos prisioneros de nuestro pasado, y ya está, nos quedamos así? Ya no podemos devolver el reloj, desgraciadamente. No podemos deshacer el dolor y el daño que nos han hecho. Pero sí tenemos el poder de determinar nuestro futuro y de asegurarnos que nada parecido a lo que nos ha ocurrido vuelva a suceder.

La democracia suele naufragar en los mares de la polarización. Cuando no se percibe al adversario político como alguien respetable que tiene prioridades políticas distintas o busca resolver los problemas de todos con otros remedios, sino como un enemigo que busca hacerse del poder para perseguirte y aniquilarte, no tiene sentido que quien controla el poder haga concesiones que lleven eventualmente a su desaparición política. Según Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, eso es precisamente lo que ha destruido a muchas de las democracias de Europa del Este y América Latina, y amenaza hoy en día la democracia de los Estados Unidos. La polarización creciente trae consigo una espiral de amenazas sucesivas que a su vez llevan a un nivel todavía mayor de radicalización, que conduce a una calle ciega de la cual es muy difícil salir. Una vez allí, la pérdida del poder equivale a la muerte. A veces a la muerte política, a veces a la muerte en el sentido literal. Paul Kagame no fue quien llevó a Ruanda a ese callejón sin salida, sino más bien es el producto de una heredad que hizo posible el surgimiento de su figura dentro de ese callejón. ¿En qué momento perder el poder deja de ser equivalente a la propia aniquilación? La respuesta no es fácil.

Cuando pregunté a los ruandeses de uno y otro lugar, desde los confines de Virunga, Gisenyi y Ruhengeri, hasta las planicies de Ntarama y Nyamata, si ellos creen que es posible que ocurra otro genocidio, la mayoría respondió, en silencio, con el mentón apuntando al suelo, los arcos de las cejas arriba y el tono de voz bajo que prevalece aquí y es apenas un susurro, de forma afirmativa. ¿Cuándo la amenaza del genocidio es un peligro real, del que es necesario protegerse a través de la represión de expresiones políticas distintas, y cuándo pasa a ser una excusa para perpetuarse en el poder?

Una vez que las democracias empiezan a transitar esa ruta, sólo una alianza entre los moderados de lado y lado puede permitir imponerse a los extremos, suspender el espiral polarizador, y rescatar las instituciones. Por eso los moderados suelen ser vistos como una amenaza por los extremistas de su propio bando, inclusive con un nivel de sospecha y alerta mayor al de los propios adversarios.

En mi último día en Kigali Jean-Claude – chofer y compañero de viaje – me vino a buscar un par de horas antes de lo necesario. “Quiero mostrarte algo”. Primero, fuimos a la antigua residencia de la Primer Ministro Agathe Uwilingiyima. Es una quinta amarilla con un amplio jardín al frente, cerca del Hotel Mil Colinas. Está resguardada por un alto muro que sólo interrumpe un portón eléctrico. La casa está cerrada y tiene unos guardias que custodian el flanco que comparte con la residencia del embajador de los Estados Unidos en Kigali. Todavía se distinguen los orificios de bala en las paredes, restos de la breve resistencia que opusieron sus escoltas cuando llegaron a buscarla las milicias. Sólo le dio tiempo de empujar a sus hijos pequeños a casa de los vecinos, antes de morir acribillada. Luego, ya cerca del aeropuerto, fuimos al antiguo palacio de gobierno del presidente Juvenal Habyarimana. Tras una breve conversación con la guardia que custodia el lugar y un par de llamadas telefónicas, nos abrieron la garita. Un enorme jardín perfectamente cuidado rodea la quinta de una sola planta. En el patio de atrás, que colinda con una sección de la pista de aterrizaje, todavía es posible ver restos del avión siniestrado en el que viajaba de vuelta a Ruanda tras una ronda de negociaciones con el presidente de Burundi. Ambos murieron la mañana del 7 de abril de 1994, el día en que se inauguraron esos noventa días de horror de los que Ruanda hoy todavía es presa y de los que busca huir en forma desesperada. Aquí, en estas dos residencias que hoy no alojan sino fantasmas, cayeron los últimos moderados de Ruanda. Con ellos, se cerró la posibilidad de una salida negociada que permitiera evitar la catástrofe. Los gorilas, independientemente de la tribu, no saben de reglas.

Miguel Ángel Santos

Gracias a Francis Gatare por todas sus atenciones y contactos en Kigali, y por las muchas horas que le ha dedicado en el transcurso de nuestra amistad a ayudarme a entender lo que ha sucedido en Ruanda.

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[1] Todas las cursivas que aparecen en esta serie de tres ensayos corresponden a declaraciones verificadas del Presidente Paul Kagame, en esencia de cuatro fuentes primarias: 1) Mis notas de dos reuniones que sostuve con el Presidente en Cambridge, el 9 y 10 de Marzo de 2017; sus intervenciones el 10 de Marzo de 2017 en 2) la Escuela de Negocios de Harvard, y 3) la Escuela Kennedy de Gobierno de Harvard; y 4) Las transcripciones de las entrevistas que diera el Presidente a Stephen Kinzer a lo largo de seis meses en 2006, recogidas textualmente en el libro: A thousand hills: Rwanda’s rebirth and the man who dreamed it.


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