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Lecciones amargas de la reconstrucción de Ruanda [1]

por Miguel Ángel Santos

TEMAS PD
10/02/2018

Fotografía de MAS

I

El día que fui a Ntarama y Nyamata era, pura coincidencia, Domingo de Resurrección. La Toaureg negra giró a la izquierda al salir de la garita de Nyarutarama, una pequeña urbanización cerrada al norte de Kigali, apenas unas cuantas cuadras de edificios bajos y casas de una planta con jardín, cuidadosamente protegida por un muro que cubre el flanco oeste con la Avenida 9. Pasamos frente al centro comercial MTN y la vistosa terraza del Café Bourbon, antes de empezar a descender la cuesta que conecta con la Avenida 1 y tomar rumbo al sur por la RN15.

A todo lo largo de esta suerte de montaña rusa rodeada de verde que caracteriza a la capital de Ruanda, las calles y avenidas están impecables, con sus brocales pintados de blanco, y sus redomas de jardines, con el césped recién cortado y arreglos florales al centro. En la medida en que salimos de la ciudad se van quedando atrás los motorizados, todos con cascos y chalecos marrón claro, en ambos casos con sendos letreros verdes en donde resaltan las siglas de la placa en amarillo. Ya en la encrucijada de un semáforo que marca el inicio de la planicie, Jean-Claude, el chofer, hizo un pequeño gesto con el índice de la mano derecha, y con la misma mirada impasible de todos estos días y el tono de voz casi inaudible que caracteriza a los hablantes de kiñaruanda, me dijo: Burundi, near.

A diferencia de las montañas del norte, de tierra oscura y clima húmedo, en la llanura que separa Kigali de la frontera con Burundi predomina un calor seco y suelos áridos. Durante tres décadas de dominio hutu, una comunidad grande de tutsis fue gradualmente movilizada y confinada hacia esta región. Sólo así se puede explicar la desproporcionada congregación de tutsis en estas tierras tan poco fértiles.

Ntarama está a unos treinta kilómetros al sur de Kigali, unos cuarenta y cinco minutos por una carretera de dos carriles en buen estado. Al salir de la calzada de asfalto a la derecha, el camino se hace de tierra, y la camioneta levanta una polvareda que nos obliga a desacelerar. Para llegar allí no hará falta hacer preguntas, pues dos hilos de personas caminan a ambos lados de la vía con sus vestidos de domingo, marcando la ruta a la iglesia. Los hombres van de traje oscuro, lentes de sol y corbata. Las mujeres llevan combinaciones de colores vivos, fucsia, amarillo, rojo, verde, que hacen contraste con el lánguido paisaje. La procesión avanza en silencio, nadie canta ni conversa en voz alta, y predomina cierta expresión de dignidad. Quizás esta sea una manifestación más del agaciro, una combinación de respeto por sí mismo, autoestima y dignidad; rasgos del carácter que describe la identidad nacional de Ruanda por estos días.

Ya en la puerta, se nos acerca una señora en apariencia mayor. El color oscuro de la piel y el dolor hacen difícil precisar la edad, pero tiene el rostro surcado de arrugas y una expresión que parece haber cargado con todo el sufrimiento del mundo. Lleva una pequeña cesta, de donde extrae unas cintas grises que anuda en la muñeca derecha de los asistentes; dos palabras bordadas al centro en blanco: Never again.

Nada puede preparar al visitante sobrevenido para lidiar con lo que hay aquí adentro. Cuando las noticias sobre el genocidio de Ruanda empezaron a recorrer el país, un abril hace veinticuatro años, miles de tutsis de esta zona corrieron a refugiarse en las iglesias. Ntarama y Nyamata son apenas dos testimonios de uno de los aspectos más descorazonadores del genocidio de Ruanda: La colaboración de algunos representantes de la iglesia con los genocidas. La mayoría de los curas y obispos de entonces eran católicos franceses y belgas, simpatizantes de los hutus. El arzobispo de Ruanda, Vincent Nsengiyumba, había llegado a encabezar el Comité Central del Gobierno de Juvenal Habyarimana, y pronunciaba misa con el retrato del presidente en un medallón que le colgaba por fuera de la túnica. Una vez muerto Haryabimana, tras un accidente aéreo que marcaría el inicio del genocidio, muchos curas se mantuvieron fieles a los extremistas hutus que tomaron el poder, llegando inclusive a ofrecer refugio en las iglesias a miles de tutsis perseguidos, antes de notificar a las milicias de su paradero. Los tutsis de esta zona corrieron a los templos a refugiarse en Dios, pero se tropezaron con los curas.

En Ntarama, una iglesia pequeña de ladrillo, las milicias taladraron agujeros en las paredes e introdujeron granadas. El techo no ha sobrevivido, pero una estructura de aluminio sostenida por cuatro columnas protege al recinto de la intemperie. En la pared del fondo una vitrina que me llega a medio cuerpo y ocupa todo el ancho de la nave, contiene decenas de calaveras de todos los tamaños. En muchos casos es posible reconocer las fisuras, más que todo laterales, en los cráneos estrictamente alineados a lo largo de los tres estantes. Alguien ha dejado caer algunos flores y pétalos al azar sobre algunas de las que se encuentran en el nivel superior. Encima de la vitrina se abre una enorme tronera en el centro de la pared, a través de la cual se cuela un rayo grueso de luz de mediodía. Dentro de la iglesia, el suelo es de tierra roja, y varios bancos bajos han sido arreglados simétricamente a ambos lados de la única nave, hechos de largas tablas de madera apoyadas sobre bloques de cemento. En el altar descansan restos de las armas encontradas en la vecindad del lugar: seis machetes, cinco modelos distintos de cuchillos de cocina, dos palas, y un azadón.

Un pequeño edificio al lado de la iglesia, del que sólo se conserva la pared de adobe del fondo y se sostiene a través de un conjunto de precarias columnas, contiene dos montones a cada lado, derecha e izquierda, que casi tocan el techo. Son despojos de tejidos de ropa, vestidos, pantalones y camisas, zapatos, e inclusive algunos juguetes, platos y vasos rústicos. Son los restos de las cinco mil personas que se estima fueron aniquiladas aquí el 14 de abril de 1994.

En el lado opuesto de estas dos edificaciones, atravesando un camino de tierra demarcado en las parcelas de grama perfectamente mantenidas, se encuentra una vasta colección de tumbas subterráneas. El conjunto se observa desde una plataforma de cristal transparente que recubre el suelo, una suerte de ventana al horror. Allí dejan sus flores los familiares de las víctimas, antes de seguir el camino hasta la cima de una pequeña pradera. La iglesia hoy en día funciona como memorial, por lo que es allá arriba, al aire libre, en donde se celebran los servicios dominicales y las conmemoraciones.

Nyamata está a unos diez kilómetros de allí, a medio camino entre Ntarama y la frontera con Burundi. Aquí sí no había procesión ni señal que permitiera deducir su ubicación, por lo que debimos dar varias vueltas y preguntar otras tantas veces antes de dar con ella. El edificio de ladrillos rojos es bastante más sólido, de proporciones desiguales. La pared del altar es recta, y a partir de sus vértices surgen dos paredes laterales irregulares, que cierran en una especie de semicírculo atrás. Apenas entrar, a la izquierda, hay un número incontable de calaveras, colocadas una encima de la otra en una pirámide que supera los dos metros. Al fondo de la iglesia hay otra similar, con huesos de piernas y brazos. El altar está cubierto por un paño blanco, flanqueado por dos machetes entre los cuales todavía es posible distinguir restos de sangre. El rojo suele ser el color que mejor soporta la ruina, el óxido y el paso del tiempo.

De acuerdo con el Archivo del Genocidio de Ruanda en Kigali, entre el interior de la iglesia y los alrededores de Nyamata fueron hallados 42.000 cadáveres de tutsis. Sólo en la iglesia, se estima que fueron ejecutadas unas 10.000 personas, una cifra que atenta contra las propias dimensiones del edificio. No había nadie allí aquel domingo de resurrección. Una vez que salí y pude recobrar el aliento, descubrí por qué. A diferencia de Ntarama, enfrente de la antigua iglesia de Nyamata que hoy sirve de memorial, hay otra que se me antoja idéntica, un semicírculo con la pared del altar plana, del cual salen a manera de rayos las líneas de bancos concéntricos, que se hacen más largos a cada fila. Aquella mañana de domingo de resurrección estaba a reventar.

Me pregunto cómo pueden coexistir ambos lugares en esta misma explanada. Me intriga cómo se puede conjugar ese testimonio del abandono de Dios que es el memorial de Nyamata, con esa contagiosa expresión de fe que transmite el coro de niños en la nueva iglesia de Nyamata.

En el camino a Kigali se me ocurrió hacerle a Jean-Claude una pregunta que me había rondado la mente toda la mañana. En realidad, he tenido la misma curiosidad desde que aterricé en Kigali, pero su formulación envuelve palabras prohibidas aquí, palabras cuya sola pronunciación puede acarrear cárcel por el delito de “promover ideología genocida”. Pero tras una semana de viajar por los confines de este pequeño y denso país de África Central, esa complicidad entre desconocidos que es una de las virtudes que trae consigo el viajar, me permite aproximarme al asunto sin describir tantas hipérboles.

—¿Tú los puedes reconocer?

—¿Qué cosa?

—…Tutsis o hutus.

—Sí, claro. ¡Claro!

—Y toda esta gente que hemos visto esta mañana, en Ntarama y Nyamata…

No me dejó terminar.

—Son todos tutsis.

Durante las catorce semanas que transcurrieron entre el 7 de abril (cuando fue siniestrado el avión de Juvenal Habyarimana) y el 18 de julio de 1994 (fecha en que las fuerzas rebeldes de Paul Kagame tomaron el poder), se estima que fueron ejecutadas más de 750.000 personas, a razón de más de 8.000 por día. Si bien las milicias interahamwe (“los que atacan unidos”) fueron los principales perpetradores del genocidio, se estima que más de cien mil personas participaron directa o indirectamente en los crímenes.

En el camino a Kigali, pienso en esa trayectoria de uno a otro extremo que ha descrito Ruanda en algo más de dos décadas. Del caos del genocidio y la expresión más miserable que puede albergar el corazón humano, a la sensación de equilibrio, orden y convivencia – a ratos tensa, pero convivencia al fin – que predominan aquí por estos días.  Pienso en esa alquimia que ha conseguido darle la vuelta al país, y me pregunto cuáles serán los costos, qué han debido sacrificar los sobrevivientes para poder llegar aquí, y si es posible trascender desde este nuevo estadio a uno todavía más alto. No estoy sólo. Hay mucha gente, dentro y fuera de Ruanda, haciéndose esas mismas preguntas.

II

Paul Kagame. Fotografía de AFP

De cierta forma, Paul Kagame es el arquetipo del anti-héroe. Lleva unos lentes de cristales grandes, que le dan cierta apariencia de profesor de escuela. Mide algo más de un metro ochenta y es excepcionalmente flaco. Roméo Dallaire, jefe de la Misión de Naciones Unidas para la Asistencia de Ruanda (UNAMIR), escribe en sus memorias que Kagame “sobresalía en las reuniones desde la torre de vigilancia de su altura, con un aire estudioso y auto-controlado que no alcanzaba para disfrazar su mirada de halcón, a través de la cual proyectaba su completo dominio de la situación”.

Tuve la oportunidad de conversar con él en marzo del año pasado, tres semanas antes de mi viaje a Ruanda. En 2017 Kagame acudió por cuarta vez a la clase de Estrategia y Competitividad de Michael Porter y Laura Alfaro en Harvard Business School, donde se discute el caso de Ruanda. La sesión no tiene nada que ver con el genocidio en sí, sino con el asombroso proceso de crecimiento e innovación que ha tenido lugar en Ruanda en los veinticuatro años que han transcurrido desde entonces. En esa ocasión, aprovechamos para invitarlo a cruzar el río hasta la Escuela Kennedy de Gobierno, para conversar con él sobre los retos superados y los obstáculos que tiene por delante Ruanda en su camino al desarrollo.

La historia de Paul Kagame es bastante más interesante y controversial de lo que sugieren sus discursos, apenas con inflexiones en el tono de voz y siempre dentro de los confines infranqueables de un guion predeterminado. Sus padres venían de una familia tutsi relativamente acomodada que huyó de Ruanda durante una de las primeras oleadas de violencia genocida, en 1960. Kagame creció en un campo de refugiados en el suroeste de Uganda, en el distrito de Ankole.

En el campo de refugiados, ya desde pequeño, uno se empieza a hacer preguntas. ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué nos pasó esto? Mis padres me contaban historias, historias antiguas e historias recientes. Esas historias van conformando poco a poco la identidad nacional. Te das cuenta de que, aún en un campo de refugiados, sin documentos, sin estado, sin nada, tienes una historia, una cultura. Era un recordatorio constante. Para mí fue una fuerza motriz… Luego, más adelante, uno se empieza a preguntar qué se puede hacer… Empezamos a hablar entre amigos… nos empezamos a organizar…[1]

Para quienes ostentan una posición relativamente acomodada, verse obligado a abandonar su país en una edad intermedia es un proceso duro, que suele pulverizar todas las certezas y resquebrajar los cimientos que sostienen a individuos y familias. Quienes atraviesan por semejante trance con frecuencia se suelen alinear alrededor de dos narrativas muy distintas: víctimas y héroes. La familia de Paul Kagame no fue la excepción. Asteria, su madre, extrajo de sus reservas una fortaleza interna hasta entonces desconocida. Puso a un lado los recuerdos de su pasado privilegiado y la nostalgia por el paraíso perdido, y se abocó a trabajar la tierra, sudando codo a codo con los demás refugiados para mantener a sus familias bien alimentadas. Deogracias, familiar y otrora confidente del Rey Mutara III, dueño de vastas cantidades de ganado y parcelas de tierra en el norte de Ruanda, no fue tan resistente. El exilio se llevó consigo lo mejor de él, sumiéndolo en una profunda depresión que le traería una muerte prematura. Este suceso, ocurrido cuando Kagame apenas tenía quince años, acentuaría su desazón con el exilio.

En aquella época me sentía rebelde, sentía una especie de rabia contra todo, y contra nada en específico a la vez. Sentía una inclinación a rebelarme contra todo. Sentía la necesidad de superar algo que me ahogaba, pero no tenía claro qué era. En nuestra situación, todos los días ocurría algo que nos recordaba que no éramos de allí. No teníamos un lugar que pudiéramos llamar ´nuestro´. Nos invadía una profunda sensación de no-pertenencia.

No estaba solo. Las olas de violencia anti-tutsi ocurridas entre 1959 y 1964 habían resultado en oleadas sucesivas de desterrados. Muchos habían huido a países vecinos, tales como Uganda, Zaire, (desde 1997 rebautizada como República Democrática del Congo), Kenia, Burundi o Tanzania. Otros se habían abierto camino hacia Europa y América del Norte. La mayoría, y muy especialmente los jóvenes, jamás se hicieron a la idea del exilio perenne. Todo lo contrario. En el destierro, la sensación de extrañamiento se tradujo en un profundo compromiso y resolución, una convicción de que la historia les tenía reservada la tarea de recuperar la tierra que pocos recordaban, pero todos idealizaban.

La diáspora hizo una contribución enorme, específicamente de dos maneras. Durante los años de guerra, nuestra gente afuera proveyó los recursos financieros, el dinero que tanto necesitábamos para mantener la lucha. También hicieron mucho trabajo diplomático, explicándole a quien quisiera escucharlos en el mundo qué estábamos haciendo. Más adelante, muchos dejaron sus puestos de trabajo y regresaron a participar en el proceso de reconstrucción. Nos trajeron nuevas industrias, nuevas ideas, nuevas formas de hacer las cosas que habían aprendido en sus años en el exilio. No se puede dudar del enorme impacto que esto tuvo en la reconstrucción de Ruanda, porque el genocidio fue en buena parte una consecuencia de la cultura cerrada que prevalecía en el país, de mirarnos sólo a nosotros y creer que éramos el centro del mundo.

En esa misma época en que Kagame lidiaba guerras privadas consigo mismo, Fred Rwigyema, uno de sus mejores amigos de la infancia en Ankole, reapareció con una historia extraordinaria. Rwigyema había sido reclutado unos años atrás por efectivos de la guerrilla liderada por Yoweri Museveni, un rebelde ugandés resuelto a acabar con la bizarra tiranía de Idi Amin. Durante dos años había sido entrenado en una base secreta en Tanzania. Ahora los rebeldes, con el apoyo de un contingente de soldados de las fuerzas armadas de Tanzania, se preparaban para la invasión. El encuentro tuvo una profunda impresión en Kagame. Fred había abandonado el campo de refugiados pobre e indefenso, y había regresado como un soldado de élite ambicioso, dispuesto a cambiar el curso de la historia. Fue el primero de su generación en abrirse camino como soldado, una senda que a partir de entonces también transitarían Kagame y muchos otros.

La sabana y los bosques tropicales de Uganda fueron su hogar durante cinco años. Allí fue entrenado como guerrillero del Ejército Nacional de Liberación, bajo el liderazgo del propio Museveni. La filosofía del grupo dejaría una marca profunda en el propio Kagame, que luego se repetiría en el Frente Patriótico de Ruanda. La guerrilla debía prepararse para una guerra prolongada, en lugar de centrarse en tomar el poder a través de un golpe súbito. En ese contexto, la motivación del soldado, la convicción que deriva de la fe en una causa justa, es la piedra angular del compromiso sostenido. La naturaleza introspectiva y estratégica de Kagame lo llevó a destacarse en trabajos de reclutamiento e inteligencia. La violenta campaña en contra de los refugiados ruandeses iniciada en 1982 por Milton Obote, predecesor y sucesor de Idi Amin, le abriría la oportunidad de incorporar a la guerrilla a un número cada vez mayor de compatriotas. Así se fue creando una suerte de acuerdo tácito, impreciso pero firme, según el cual una vez que Museveni conquistara el poder en Uganda, una columna bien entrenada y alineada de guerrilleros ruandeses se escindiría para invadir su país. Para el momento en que el movimiento entró en Kampala, capital de Uganda, en enero de 1986, ya contaba con más de quince mil guerreros. No menos de quinientos eran ruandeses.

Desde finales de los setenta, la diáspora tutsi había empezado a organizarse alrededor de la Fundación para el Bienestar de los Refugiados de Ruanda. La institución, creada en 1979 con la intención de recolectar fondos para apoyar a los refugiados en el exilio, fue evolucionando en paralelo al progreso del brazo armado y eventualmente cambiaría su propósito y su nombre. A partir de 1981, pasó a llamarse Alianza para la Unidad Nacional de Rwanda (RANU), y su único propósito transmutó a unirse a la lucha que permitiera a los refugiados regresar a casa. Durante años, desde su creación hasta la conquista del poder en 1994, el financiamiento de la diáspora sería crucial para el desenvolvimiento de la operación militar.

Una vez conquistado el poder en Uganda, Rwigyema y Kagame fueron incorporados al primer gabinete de Museveni, como Jefe del Estado Mayor y Jefe de la Oficina de Inteligencia, respectivamente. Así, ambos tuvieron la oportunidad de construir y fortalecer el Frente Patriótico de Ruanda (FPR) en unas circunstancias excepcionales e irrepetibles: dentro de la estructura del ejército de otro país. Además de ellos dos, para 1990 también el Comandante de la Policía Militar, el Jefe de Servicios Médicos de Ejército, y varios comandantes de batallones, eran militantes del FPR. La importancia de los ruandeses dentro de la estructura de gobierno de Uganda generó muchos resentimientos y fue la fuente de múltiples reclamos y presiones a Museveni, incluyendo los que venían del propio presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana. En medio de las presiones internas, y las denuncias y rumores de que miembros del FPR habían ido sustrayendo equipos, vehículos de guerra y municiones del ejército de Uganda, Museveni bajó de rango a Rwigyema y Kagame. La movida no interrumpió el proceso de planificación y alistamiento para la invasión de Ruanda. Todo lo contrario. Por un lado, dio a los comandantes la oportunidad de dedicarle más tiempo a alistar los planes y batallones. Por el otro, el temor a dejar perder la oportunidad le imprimió al movimiento una urgencia que hasta entonces no tenía.

Una mujer sostiene una vela durante una vigilia por las víctivam del del genocidio en el estadio Amahoro en Kigali, Ruanda. 7 de abril de 2014. Fotografía de SIMON MAINA / AFP

Ya en vísperas de la invasión, a comienzos de 1990, Kagame empezó a escuchar reportes según los cuales Museveni lo enviaría a un “entrenamiento militar prolongado” en Nigeria. Al mismo tiempo, Fred Rwigyema supo que sería enviado a un curso de especialización en Fort Leavenworth, Kansas. Otros oficiales ruandeses dentro del ejército de Ruanda también serían trasladados. Ambos se entrevistaron con Museveni, y luego de una conversación difícil, acordaron que Rwigyema sería dado de baja del ejército, pero permanecería en Uganda, y Kagame sería enviado a Kansas. Allí estaba el primero de octubre de ese año, cuando dos mil soldados y ochocientos civiles cruzaron la frontera e irrumpieron en la ciudad fronteriza de Kagitumba. Una semana después, Kagame recibió una llamada en Fort Leavenworth. Fred Rwigyema había caído durante la invasión. El ejército rebelde estaba en desbandada. Necesitaban con urgencia a alguien que se hiciera cargo de las operaciones. Unos días después, tras esquivar a los operativos policiales en los aeropuertos de Londres, Bruselas, Addis, Nairobi, y Entebbe, atravesó la frontera y entró en Ruanda.

Todo era desorden y confusión. Nada estaba en su lugar. Había muertos por todas partes, en apenas unos días nuestras fuerzas habían disminuido significativamente. Uno de los pocos comandantes que habían sobrevivido, que había quedado a cargo tras la muerte de Fred, se echó a llorar apenas me vio. ´No queda nada, nada. Todos están muertos´.

Su primera movida en esas circunstancias fue reagrupar fuerzas y llevárselas hacia las montañas de Virunga, al sur de Zaire (hoy República Democrática del Congo). La prioridad era rescatar las tropas y recursos restantes, y darles tiempo para descansar y planificar. La reubicación del RPF en la selva creó la falsa impresión de que el movimiento había desaparecido. Nada más lejos de la realidad. Quienes lo acompañaron en esa época destacan la capacidad de Paul Kagame para el trabajo y su enorme fuerza de voluntad. Vivía en las mismas condiciones que sus soldados, compartía todas sus tribulaciones y privaciones. Durante esos meses, tuvo la oportunidad de desplegar todos los conocimientos adquiridos en la guerrilla de Uganda, pero también le imprimió al movimiento sus propios rasgos muy personales: Disciplina para el entrenamiento y la ejecución militar, entrenamiento, foco y paciencia.

La madrugada del 22 de enero de 1991, setecientos guerrilleros tutsis bajaron de la selva y entraron en Ruhengeri, una de las ciudades más grandes al noroeste de Ruanda. Tomaron a las fuerzas del gobierno por sorpresa. A mediodía, ya la ciudad se encontraba bajo el control de los rebeldes. Habían pasado diez meses desde la masacre de la primera invasión y el regreso de Kagame de Fort Leavenworth, más de diez años desde que se uniera a la guerrilla de Yoweri Museveni, y treinta y dos desde que sus padres huyeran de Ruanda con él a cuestas. Tenía por delante aún tres años duros de guerra civil, que desembocarían en el genocidio, y seis meses más para conquistar el poder. En esa encrucijada de Ruhengeri, que marcaría un antes y un después en la historia de Ruanda, Paul Kagame contaba con apenas treinta y cuatro años.

La operación de Ruhengeri tenía tres propósitos. Primero, demostrarle al mundo y al gobierno de Ruanda que no sólo estábamos vivos, sino que además teníamos la capacidad de realizar operaciones militares y superar al ejército de Ruanda. Segundo, capturar un depósito de armas que el gobierno mantenía allí, porque para ese entonces realmente teníamos muy pocas provisiones. Y tercero, liberar algunos prisioneros políticos, y efectivos de RPF que estaban presos allí desde la invasión. La toma de Ruhengeri cambió por completo la dinámica.

Los rasgos de carácter que Paul Kagame adquirió y desarrolló durante sus años en la selva de Virunga y luego en la guerra civil, para bien y para mal, son también los que distinguen su gestión presidencial. La disciplina férrea, el orden y la planificación, la precisión en la ejecución de la estrategia. La perseverancia y la paciencia. Nada de golpes súbitos, improvisaciones, ni entusiasmos repentinos. Las alianzas con los enemigos de mis enemigos. Son rasgos distinguibles en el liderazgo que ha sido capaz de producir esa alquimia prodigiosa que ha transformado Ruanda en apenas un cuarto de siglo. Ese mismo rodillo también amasó otras cualidades que hacen difícil la transición de Ruanda hacia la democracia. La percepción del adversario como amenaza existencial – que tiene sus raíces en los múltiples episodios de violencia étnica y su corona de espinas en el genocidio de 1994 – también prevalece en el terreno político. En este contexto, el opositor político no pretende resolver de una forma distinta los problemas de todos, sino que busca hacerse con el poder para luego acabar conmigo. Hay que ser implacable no sólo con los opositores, sino también – y acaso con mayor premura – con los propios disidentes. La inteligencia permanente, el estar al tanto en todo momento de dónde están o podrían estar y qué andan tramando, dentro y fuera del país. Atajar cualquier amenaza temprano, golpear por sorpresa y de forma certera, estar siempre alerta. Siempre.

***

[1] Todas las cursivas que aparecen en esta serie de tres ensayos corresponden a declaraciones verificadas del Presidente Paul Kagame, en esencia de cuatro fuentes primarias: 1) Mis notas de dos reuniones que sostuve con el Presidente en Cambridge, el 9 y 10 de Marzo de 2017; sus intervenciones el 10 de Marzo de 2017 en 2) la Escuela de Negocios de Harvard, y 3) la Escuela Kennedy de Gobierno de Harvard; y 4) Las transcripciones de las entrevistas que diera el Presidente a Stephen Kinzer a lo largo de seis meses en 2006, recogidas textualmente en el libro: A thousand hills: Rwanda’s rebirth and the man who dreamed it.


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