Perspectivas

La última página de un diario

01/12/2018

Alfred Rosenberg

Desde niño me ha gustado que me cuenten el final de una buena película que aún no he visto. Más se gana que se pierde con esta práctica. Saber qué le va a pasar a Romeo y Julieta, en la versión de Franco Zeffirelli, nos ayuda a relamernos las líneas de Shakespeare, en vez de avanzar ansiosos bajo los impulsos del suspenso. El secreto de los verdaderos cinéfilos es ver la misma película dos veces, una como espectador y la siguiente como alguien que sueña con ser director de cine.

Este razonamiento de empezar por los finales, y desactivarlos, lo aplico también a los libros. Cuando conseguí El misterio de vivir, los diarios de Cesare Pavese entre 1935 y 1950, fui directo a la última página, escrita el 18 de agosto:

La cosa más secretamente temida sucede siempre.

Basta un poco de coraje.

Mientras el dolor es más determinado y preciso, más se debate el instinto de vida, y cae la idea del suicidio.

Parecía fácil de pensarse. Hasta las niñas lo han hecho.

Se necesita humildad, no orgullo.

Todo esto da asco.

No más palabras. Un gesto. No escribiré más.

Ya sabía que Pavese se había suicidado en un hotel de Turín la noche del 26 de agosto de 1950. Sus últimas líneas, escritas una semana antes, me ofrecieron un dramático punto de partida para recorrer, ahora partiendo del principio, la vida del hombre que una vez escribió:

La única alegría en el mundo es comenzar. Es hermoso vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante.

Otra justificación para mi pasión por anticipar los finales es ese natural cambio de perspectiva que suele darse al avecinarnos a los setenta años, y ya no hace falta esperar tanto para saber lo que hemos sido. Aristóteles proponía que para considerar a un hombre feliz había que esperar hasta después de su muerte; solo entonces podemos hablar de su ética, la cual, para el filósofo, tiene como propósito conducirnos a la felicidad.

Aristóteles debe haber escrito estas líneas cuando estaba en plena forma, sin la desesperación y el asco de Cesare Pavese, la fatalidad y el exilio de Stefan Zweig o la soledad y la decrepitud que Sandor Marai describe al finalizar su diario:

Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora.

¿El que estos tres escritores se hayan suicidado los convierte en seres infelices y, por lo tanto, desprovistos de ética? De ninguna manera. Aristóteles se refiere a la finalidad de una vida, no a los últimos días. El Pavese que nos habla de algo que “hasta las niñas han hecho”, no contradice su fe en que “vivir es siempre comenzar”. Al contrario, ambos momentos nos ofrecen el cuadro de una vida plena, donde quizás predominó la felicidad de crear. Stefan Zweig lo explica con desconcertante serenidad:

Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra.

Acabo de asomarme al libro Alfred Rosenberg, Diarios: 1934-1944. Rosenberg fue el ideólogo del nazismo que suplió la megalomanía de Hitler con teorías racistas aún más radicales, planes de exterminio y paroxismos religiosos. ¿Cómo no ir primero al final de una vida que supongo alejada de la felicidad y de la ética? La última entrada es del 3 de diciembre de 1944. Ya los jerarcas alemanes sabían que habían perdido la guerra; era cuestión de agregar unos cinco meses más de muerte y destrucción. A Rosenberg aún le quedan dos años de vida antes de ser juzgado y ahorcado en Núremberg, pero parece que no tuvo tiempo ni ganas de continuar con su diario.

El lunes, 3 de diciembre de 1944, nos cuenta que le acaban de construir una vivienda de emergencia. Está harto de vivir en hoteles y necesita una atmósfera hogareña. De su biblioteca solo quedan los libros chamuscados que ha podido rescatar en los escombros de su casa anterior. Ese lunes en la mañana ha escogido Cartas desde Muzot, de Rilke. Puede que haya leído este fragmento:

Qué mundo tan lejano y a la par estimulante. Nuestra tarea es imprimir en nuestra alma esta tierra provisional y perecedera de modo tan doloroso y apasionado que su esencia vuelva a surgir en nosotros ‘invisible’. Nosotros somos las abejas de lo invisible. Libamos incesantemente la miel de lo visible, para acumularlo en la gran colmena de oro de lo Invisible.

Esta poética y dorada sustitución de lo visible por lo invisible le vendría bien a un artífice de la destrucción que está presenciando la desaparición del mundo que pretendió construir.

En el castillo de Muzot, Rilke también escribió Las Elegías de Duino. Ya en la primera elegía Rosenberg también encontraría material para justificarse:

La belleza no es sino el nacimiento de lo terrible.

Todo ángel es terrible. Así, yo, ahora, sepulto, como oscuros sollozos, mi grito de socorro en mi pecho.

¿A quién podremos recurrir? Ni a los hombres ni a los ángeles.

¡Ay! Incluso las bestias, astutas, se percatan

de que es torpe, inseguro, nuestro paso.

Invirtiendo la ecuación sin mucho esfuerzo, Rosenberg podría pensar que el nacimiento de lo terrible es el camino a la belleza, y, en estas lides, era un experto. Emocionado nos cuenta las vicisitudes de Rilke, cómo evita hostilidades, cómo alaba a otro poeta en exceso, cuánto lo deslumbra Proust, hasta entrar de lleno en “páginas hermosas, humanamente hermosas, un debate espiritual con el ser humano”. Henchido con estas lecturas agrega de su propia cosecha:

Qué duros, a veces unilateralmente duros, tuvimos que ser nosotros para crear un tiempo nuevo en el que los poetas tal vez pudieran volver a crear, a escribirse cartas sobre arte, composiciones sobre el alma, removiendo todas las fronteras.

Está escribiendo quien fuera llamado el “diablo” del nazismo, promotor de “La Solución Final”, perseguidor implacable del “degenerado” arte moderno. Sus propuestas religiosas incluían sustituir en las iglesias la Biblia por el Mein Kampf y la cruz por la esvástica. Hitler lo nombró responsable político de los territorios ocupados en Europa Oriental, un escenario sometido a tanta maldad que Rosenberg pudo jactarse de ángel bueno frente a la radicalidad de Himmler.

Si tengo esta manía retrospectiva con las películas y los libros, imaginen con la historia, con nuestra historia. A veces sueño con una historia de Venezuela escrita dentro de unos cien años, y, lleno de aprensión, recorro las páginas buscando el tiempo que me tocó vivir, a ver si encuentro algo semejante a un final, sea el que sea. Me persigue esa frase dicha cuando apenas comenzaba este drama: “Esto no tiene solución sino desenlace”, a la que se ha añadido una adivinanza para enseñar a los niños el doble significado de algunas palabras: “Mientras más cerca más lejos, mientras más lejos más cerca”. La respuesta es la cerca de un potrero, y se ajusta a una situación en la que nos han ido cercando como animales que van al matadero. Mientras más razones hay para un final, más finales hay para estas mismas razones.

¿Sería mucho pedirle a los intelectuales del régimen que escriban un diario de sus vidas? Hasta donde sé, ningún presidente venezolano ha escrito sus memorias, el día a día de su presidencia. Maduro no creo que lo haga ni tengo muchas ganas de leerlas. A lo mejor algo dejó Chávez durante la ilimitada introspección que acompaña a una enfermedad terminal.

Mi curiosidad se centra en los únicos personajes con que alguna vez he conversado. José Vicente Rangel aún está tiempo de revelarnos lo que realmente siente y presiente. No importa si esas últimas páginas están llenas de justificaciones, reflexiones poéticas, señalamientos. Es suficiente con tener el crudo e íntimo testimonio de un hombre sobre su participación en un cataclismo que convirtió en invisible lo visible.

Seguramente más extenso y mejor escrito sería el de Jorge Rodríguez. Sabríamos qué libros lee para dejar de ver la realidad. Insisto en que no me importaría si no hay arrepentimientos y confesiones de culpa. Me interesa más estudiar, comprobar los mecanismos con que cuenta la mente para inventarse un alma paralela a la perversidad.

El reciente caso de Gorrín, robando a mansalva mientras intenta construirse la imagen de un humanista, es demasiado burdo. En la portada de su libro, El futuro es el Humanismo, le da la mano al Papa, ambas manos, y la multitud en la plaza de San Pedro parece observarlos respetuosamente. ¿Quién puede leer semejante payasada? ¿Qué puede aportarnos a la comprensión de las profundidades psicológicas de nuestro drama?

Jorge Rodríguez puede ofrecer mucho más escribiendo sus secretos y aportando al futuro el testimonio de cómo los hombres en el poder se inventan un mundo de ética y felicidad mientras hacen terriblemente infelices a sus compatriotas. Puede hasta exclamar: “¡Qué duros tuvimos que ser para crear un tiempo nuevo!”. No hace falta que la última página de su diario sea una meditación sobre el suicidio. Esta tarea ya se la dejó a Venezuela.


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