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Perspectivas

José Rafael Pocaterra y el incidente con Juan Vicente Gómez en Nueva York

por Jesús Piñero

18/04/2019

Un día como hoy, pero hace 64 años murió José Rafael Pocaterra. Les presentamos un episodio ocurrido entre 1922 y 1923 que comprometió no sólo su irreverente labor, sino también las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y la Venezuela de Juan Vicente Gómez.

Fotografía cortesía de María y Olga Pocaterra | Biblioteca Nacional

Una mañana de agosto de 1922, José Rafael Pocaterra llamó a la puerta de la oficina de Jacinto López, otro exiliado de la dictadura gomecista, que para ese momento escribía en una revista dirigida por el cubano Orestes Ferrara, La Reforma Social. El despacho, ubicado entre la calle 42 y la Quinta Avenida, tenía vista de todo el tráfico que salía desde Broadway frente al Madison Square Park y continuaba por toda esta arteria vial. La colonia de venezolanos estaba desplegada en todo Manhattan y en los demás distritos adyacentes: Brooklyn, Queens, Bronx y Staten Island. El mismo Pocaterra seguía viviendo muy cerca de allí, en South Harlem, al norte del Central Park. En los días de verano, la ciudad hervía de gente; y al caer la noche, las luces de neón y los iluminados rascacielos llamaban la atención.

El lugar, lleno de libros, papeles y paquetes sin destapar fue lo primero que le interesó al valenciano, como hubiese ocurrido con cualquier otro escritor. En la mesa de trabajo descansaban pilas de cuartillas amarillas con correcciones y comentarios en una caligrafía sin tachas casi que, según su propio testimonio, “…se extiende firme y abierta, en líneas inalterables” [1]. Aquel encuentro no fue como tantos otros, por razones conspirativas contra la tiranía, sino más bien una reunión de trabajo: Pocaterra continuaría su vocación editorial empezada en La Lectura Semanal, que dejó inconclusa en Caracas a inicios de ese año, ante la persecución de los funcionarios gomecistas. La vergüenza de América, título con el que se difundían sus memorias escritas en La Rotunda, había alcanzado cierta popularidad entre la comunidad hispanoamericana y los editores querían difundirlas en la revista. El periodismo, sin duda alguna, era el oficio de los exiliados, que por falta de escuelas y de teoría, se formaban con la práctica y fundaban por doquier medios antigomecistas.

“Revista Mensual de Cuestiones Sociales, Económicas, Políticas, Parlamentarias, Estadísticas y de Higiene Pública” es la descripción que se puede observar debajo de la portada de los ejemplares, que hoy perduran en la Universidad de Minnesota y en la New York Public Library. La primera etapa de este medio de difusión había salido en Cuba hasta poco después del final de la Primera Guerra Mundial. La segunda etapa era impresa en Nueva York, a pesar de que sus oficinas siguieran en La Habana. Al tratarse de un periódico hispano, los temas más relevantes eran aquellos referidos a la situación latinoamericana y su repercusión en el mundo occidental. El valor de la suscripción era de 4 dólares y cada ejemplar costaba 34 centavos. López se desempeñaba como editor y cubría los principales sucesos de actualidad. La revista era la artillería de los exiliados venezolanos en Nueva York.

Aunque se desconoce la cantidad de dinero que Pocaterra ganaba publicando en La Reforma Social, el trabajo debió haber sido bien remunerado pues a partir de la reunión con Jacinto López se hizo recurrente ver su nombre en el sumario de cada número. En esta revista publicó hasta su regreso a Venezuela y le sirvió como plataforma para la difusión de la primera versión de Memorias de un venezolano de la decadencia. Tanto en este medio como en la edición cubana de El Heraldo, Pocaterra escribió destacadas interpretaciones de su tiempo que incluso terminaban escapándose del acontecer venezolano. Textos sobre Stalin, Mussolini y Lenin llenan las páginas del diario hispano publicado en Estados Unidos.

Así, ya para los años 1925 y 1926 se encuentra finalizando la publicación de sus memorias en la revista, escritos que el historiador y periodista Manuel Caballero no dudó en calificar como “…uno de los más grandes reportajes que periodista alguno haya escrito en este siglo, y en los otros…” [2], en el prólogo a las Cartas Hiperbóreas. La actividad periodística de Pocaterra pasa desapercibida sin la mención, cuando menos, de su paso por Nueva York y La Reforma Social. A pesar de que tenía experiencia con las letras y en la rutina diaria de un periódico, por sus mencionadas colaboraciones en Caín, El Universal y Pitorreos, fue esta revista hispánica la que le enseñó los atributos y valores del periodismo, sobre todo frente al convulso escenario internacional, que se encontraba en la antesala del crack de la bolsa de Nueva York, el ascenso totalitario y de la Segunda Guerra Mundial.

Times Square, Nueva York, 1917. Fotografía de William Davis Hassler | New-York Historical Society, Photographs of New York City and Beyond

Sin embargo, antes de todo aquello, hubo un episodio en particular que destaca de todo su periodismo norteamericano y que permite, además, apreciar el impacto de la contribución periodística de Pocaterra. Más problemas estaban por llegar: cuando el volumen xxiv, correspondiente al mes de septiembre de 1922 salió de la imprenta, el valenciano se vio envuelto en una controversia que involucró no sólo al medio de difusión, sino también a las autoridades del Departamento de Estado y, como era de suponerse, a la misión diplomática de Venezuela en los Estados Unidos, cuerpo que estaba presidido por el doctor Pedro Manuel Arcaya, como ministro plenipotenciario Gómez en Washington D. C.

El escándalo

Un artículo publicado por Pocaterra fue interpretado por Pedro Manuel Arcaya como sedicioso y sirvió de excusa para atacar a los rebeldes del destierro, tomando como apoyo al Departamento de Estado de los Estados Unidos. El texto que llevaba por título “Memorias de un Venezolano de la Decadencia (Fragmento para La Reforma Social)” tenía cinco páginas y en él se planteaba que la única salida para terminar con el gobierno venezolano, era el asesinato del general Juan Vicente Gómez. Arcaya estaba en obligación de responder, así lo aseguró tiempo después en sus propias memorias:

“Era mi deber, en resguardo de la dignidad de Venezuela, pues Gómez la representaba en la Comunidad de las Naciones, llamar la atención del Gobierno ante el cual estaba acreditado acerca de la circunstancia de que circulaba esa revista en el correo americano” [3].

La muerte de Gómez era un tema delicado en todos los rincones vinculados con la dictadura: se le había diagnosticado una enfermedad, razón por la que había designado a su hermano y a su hijo como vicepresidentes; además, se habían develado ya varias confabulaciones contra el régimen y todas señalaban a Estados Unidos como principal zona de actividades conspirativas. La renuncia del ministro plenipotenciario Santos Dominici y las crecientes presiones ejercidas por la comunidad de exiliados fueron la gota que derramó el vaso. La cacería de brujas empezó oficialmente tras estos sucesos y Arcaya se convirtió en el principal inquisidor de las presuntas revoluciones originadas en la América del Norte.

El escrito de Pocaterra causó notable impacto en la opinión pública, pues señalaba de forma directa a Juan Vicente Gómez como culpable y cabecilla de todo el sistema que tenía bajo sus pies, por lo que recomendaba que fuera asesinado, ni más ni menos, para acabar definitivamente con el problema. En su diagnóstico de la realidad venezolana resaltó el papel preponderante que adquiría el petróleo para el país, pero no en el sentido económico, sino más bien en el uso político, pues percibía la manera en que la dictadura se valía de ese recurso para la diplomacia y la política exterior. Así lo aclara en los primeros párrafos, donde describe a grandes rasgos la solidez del régimen y la incapacidad de la oposición para hacerle frente.

“De modo, pues, que la razón de existir el nepotismo [sic] Gómez es sencillamente el predominio de la fuerza bruta que él representa y a favor del cual, las clases dirigentes de Venezuela –con muy contadas excepciones– directa e indirectamente especulan. Menos perjuicio causan a las libertades públicas las doctrinas absurdas de… (su nombre es tal ignominia que no debe escribirse) y la propaganda mercenaria de los ganapanes de la diplomacia, del ejército y del periodismo que las concesiones de hidrocarburos. Una riqueza nacional, sí; pero a esta hora y bajo el mando de tales hombres, una fatalidad nacional” [4].

Juan Vicente Gómez. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Más adelante, prosigue describiendo la idiosincrasia del venezolano y su devenir desde el siglo xix hasta el momento en el que se halla escribiendo aquellas cuartillas. Destaca que la decadencia en la que está sumida la nación no sólo es responsabilidad del dirigente de turno, sino que son el resultado de la estructura sociocultural de sus pobladores, un argumento positivista vinculado al determinismo. Así, pues, realiza la primera sentencia que más tarde Arcaya denunciaría ante las autoridades del Departamento de Estado en Washington.

“Mientras tanto la esperanza, de tanto esperar, se torna en cólera y más tarde en desprecio… Pasarán las ‘series’ de redentores sin redención una tras otra. Una buena mañana matarán a Gómez, o se morirá; recogerá la herencia otro Gómez –quizá el torvo asesino del Táchira o el gordinflón idiota y malvado de Caracas– y regresaremos a la Patria… ¿A qué? Pues a lo mismo que estamos haciendo y presenciando: a entredevorarnos, a acusarnos, a debilitarnos en una perpetua estupidez anárquica… Al hecho Gómez, a la verdad Gómez no se debe responder con ilusiones; menos con mentiras”[5].

Pocaterra realiza una radiografía del sistema político imperante y llega a la conclusión de que la última esperanza de salir de la dictadura es la muerte del general Gómez. La historia le dará la razón, pero todavía faltan trece años para eso. Gómez vigila absolutamente todo, no hay guarnición que se levante a sus espaldas y él no lo sepa. Su control es total, por lo que más allá de las voluntades por salir de él, no existen garantías reales de un efugio fácil. El Benemérito está entretejido en la estructura sociopolítica, es el Estado, la máxima expresión del caudillismo del siglo xix. Gómez viene a representar el clímax del período histórico que le siguió al nacimiento de la república, por lo que considera que no existe fórmula para acabarlo; y el monopolio de la violencia es clave en la conservación del régimen tiránico.

“En Venezuela hay el deseo de ‘cambiar’ de sistema, pero en Venezuela no se consigue un fusil, ni un simple revólver ni un cartucho”, dice en una de las líneas del artículo, calificando este hecho como la verdadera razón por la que la oposición no ha logrado hacerse con el poder. Comenta, además, que las clases dirigentes en el país se encuentran sumidas en el servilismo, compradas con lucros, gozos y bienes materiales adquiridos groseramente. “Es menester, repito, responder al acto Gómez con otro acto” [6]. Presumimos que con esto último se refiere a la mismísima muerte. Arcaya y sus esbirros en la Legación de Venezuela en Washington D.C., también lo interpretaron de esa manera.

Y es que el argumento cobra todavía más fuerza cuando al finalizar el texto, Pocaterra lanza su última gran sentencia en forma de moraleja: “En este balance bochornoso, una línea roja, la que trace la sangre de ese bandolero y la de sus secuaces sería la única capaz de cerrar esta bancarrota de la dignidad venezolana. Estas soluciones son repugnantes, pero indispensables” [7]. No había vuelta atrás, su visión fatalista despertó la ira de los gomecistas en Estados Unidos: anunciaba la muerte del dictador como única solución a la crisis política y social que atravesaba Venezuela. No pudo recoger aquellas palabras, lo persiguieron en el resto de su estadía en Nueva York y armaron un escándalo que fue la comidilla de los exiliados, quienes lo respaldaron de forma incondicional con sus misivas y publicaciones.

La reacción

Cuando Pedro Manuel Arcaya leyó el artículo, inmediatamente denunció al autor y a su editor ante el fiscal adjunto de distrito en los Estados Unidos, Maxwell S. Mattuck, quien citó a los implicados a una serie de interrogatorios sobre sus actividades y publicaciones contra el gobierno venezolano. Pero Arcaya no perseguía una extradición, o eso explicó después en su testimonio. Su objetivo era la censura del medio, pues constituía una de las principales armas de los desterrados. Valiéndose de las estrechas relaciones entre ambas naciones, decidió acudir al Departamento de Estado, organismo que, unos meses después, se pronunciaría a través del fiscal de distrito quien los llamó a presentarse en el Manhattan Criminal Courthouse, edificio en el que labora el mencionado funcionario. El denunciante rememoraba los sucesos en sus memorias publicadas cuarenta años después:

“La reclamación no tiene por objeto que se encarcele al difamador, sino que mediante alguna demostración oficial, como la de mandar abrir una averiguación o prohibir la circulación por correo de los escritos objetados, se demuestre aprecio por el Gobierno amigo atacado y reprobación de que el hecho haya ocurrido en el territorio del Gobierno ante quien acude. En el caso concreto, el Fiscal a quien se pasó el asunto citó a López, quien prometió que no volvería a insertar en su revista publicaciones de ese género. Con eso me di por satisfecho porque había quedado logrado mi objeto, que era el apuntado” [8].

El suceso trascendió la prensa hispana y llenó algunos titulares de los principales diarios neoyorquinos, tal vez por la intención de Arcaya, hombre que empezaba a ganar influencia entre las más reconocidas agencias de información periodística. El periódico The New York Times se convirtió en la plataforma de denuncias y réplicas de los involucrados. Un artículo publicado a finales de 1922 reseñó lo acontecido, un día después del primer interrogatorio. El diario no perdió de vista a sus mencionados protagonistas: Pedro Manuel Arcaya, Jacinto López, Maxwell S. Mattuck y José Rafael Pocaterra. El fragmento hace una referencia literal del controversial escrito salido de la pluma del valenciano:

“Una queja de que la revista venezolana La Reforma Social difundía doctrinas injuriosas para su gobierno, presentada al Departamento de Estado por el ministro de Venezuela (Pedro Manuel Arcaya) y enviada aquí para su investigación, dio lugar ayer a una conversación entre el fiscal adjunto de los Estados Unidos Maxwell S. Mattuck y Jacinto López, el representante en Nueva York de la publicación. (…) El artículo en este número fue escrito por José Rafael Pocaterra. Es sobre la prevalencia del nepotismo en la operación del gobierno y que: ‘En Venezuela existe el deseo de cambiar los sistemas, pero en Venezuela no se puede tener ni un arma, ni siquiera un revólver o cartucho. Una ley relativa al porte de armas le ha dado a Gómez una ventaja envidiable; él tiene 6.000 secuaces armados. Casi todos los venezolanos son revolucionarios, enemigos del gobierno actual. En el altar sagrado de la libertad 3.000.000 de hombres le darían al malhechor oscuro’. El señor Mattuck dijo que interrogaría al señor Pocaterra antes de decidir qué acción tomaría” [9].

El impacto que este acontecimiento generó fue inaudito, sobre todo porque se pusieron en tela de juicio los principios filosóficos de los Estados Unidos y la Primera Enmienda a la Constitución federal, que garantiza la libertad de prensa. Este argumento no tardó en ser esgrimido por los exiliados, quienes, en un acto de patriotismo con los implicados, salieron en su defensa a través de un sinfín de artículos y denuncias públicas. El primero de ellos fue Carlos Benito Figueredo quien, en una carta fechada el 25 de marzo de 1923, se dirigió directamente a Pedro Manuel Arcaya y a la Legación de Venezuela en Washington D.C. Más allá de los saludos protocolares, su mensaje fue contundente.

“Con el espanto no de miedo, sino de asombro, que usted debe suponer, he leído por ahí que usted se ha dirigido al Departamento de Estado Norteamericano en son de protesta y en demanda de amparo, contra las publicaciones que en este país se hacen contra el actual despótico gobierno de Venezuela. (…) quiere usted que se amordace, por lo menos, a un periodista venezolano, que narra los actos de barbarie que comete en Venezuela la familia Gómez, y que de todo el mundo civilizado son sabidos con más o menos detalles. (…) Su protesta, señor, su denuncia, es un alarido de miedo. ¿Pero de miedo a quién? Como no sea a los mismos andinos, ¡de quienes se sabe con certeza que conspiran allá contra los Gómez, con crecientes posibilidades de sustituirlos en el poder!” [10].

También hace alusión a lo importante que resulta ser la libertad de prensa en los Estados Unidos y el significado moral y antidemocrático de una sentencia condenatoria contra los escritores y periodistas venezolanos, exiliados de la dictadura. Sobre esto, añade más adelante, referencias sobre el pasado antiimperialista de Arcaya, cuando escribió su escrito de catorce páginas titulado Imperialismo Norteamericano en el que enarbolaba un profundo rechazo a la Doctrina Monroe y la Guerra hispano-estadounidense, por lo que lo considera “…el menos llamado a hacer esas denuncias y a pedir esos amparos y protecciones, porque usted es el autor de libros en cuyas páginas se leen conceptos deprimentes e injuriosos contra los Estados Unidos” [11]. En efecto, cuando Arcaya asumió la vacante dejada por Santos Dominici, tuvo que cambiar el discurso antiestadounidense.

El historiador Luis Ugalde comenta que Arcaya volvió sobre el tema anglosajón con una posición distinta, justificándola con las cordiales relaciones que mantenía el país norteño con Venezuela. “En 1924 escribió el artículo titulado ‘El desagravio de Venezuela’, donde hace un recuento histórico para concluir que con Gómez y con Wilson las cosas han cambiado y no hay peligro’” [12]. Esta dicotomía en las opiniones de Arcaya sobre los Estados Unidos fue el flanco favorito de muchos exiliados que, en su artillería contra la cruzada del gomecismo, lo utilizaban para atacar a su representante ante el gobierno norteamericano y exponer su antiguo desprecio a las políticas y acciones del Pentágono.

Pastor Lara, antigomecista de cepa, también criticó la medida impuesta por el Departamento de Estado y el fiscal de distrito, a petición del ministro plenipotenciario, Pedro Manuel Arcaya. En una epístola enviada a José Rafael Pocaterra, le habla del significado de la censura, característica de los regímenes dictatoriales. “Ha sido sistemática en todas las tiranías la persecución del pensamiento escrito. Obstaculizar su expresión, acallarlo, anularlo, en suma, es interés creado de los regímenes despóticos” [13], puntualizó. Asimismo, cree que la palabra escrita es el arma más poderosa para estigmatizar al tirano y lo argumenta con las acciones pedidas a la Casa Blanca en relación a lo de Pocaterra y López, así como a la prohibición en España de una novela de Rufino Blanco Fombona.

Otro defensor de los acusados fue Inocencio Spinetti, quien el 6 de abril de ese mismo año pronunció su rechazo en una carta dirigida al editor de The New York Times.

“Para nosotros los proscritos venezolanos que disfrutamos de las buenas cosas que esta ubérrima tierra –entre las cuales se cuenta como una de las más agradables la diaria lectura de su muy excelente periódico– nada tan alentador para el triunfo inevitable de nuestra causa como la noticia impartida en su edición de ayer, por la cual nos enteramos de que nuestro Dictador Juan Vicente Gómez se propone ahogar toda oposición aquí con el procesos inicial de los señores Jacinto López y José Rafael Pocaterra por haber osado estos dos escritores venezolanos censurar en la revista La Reforma Social; con frases ardientes y metáforas altisonantes, las prácticas anticonstitucionales del referido Gómez” [14].

Pero la mayor denuncia la constituyó un documento firmado por ocho venezolanos, dirigido a Arcaya, en el que se pedía su renuncia y se le calificaba como “vocero de un déspota soberbio y despechado”. Leopoldo Baptista, Regulo L. Olivares y Francisco H. Rivero fueron algunos de los rubricantes. El ministro plenipotenciario no se demoró en responder y en su artículo “La situación política de Venezuela”, publicado en The Washington Post, el 2 de diciembre de 1923, dio su versión de lo que ocurría en el país. Otras figuras de la misión diplomática venezolana también expresaron sus animadversiones con los desterrados, entre ellos Francisco Gerardo Yánez, el encargado de negocios que sustituía a Luis Churión. El altercado se mantuvo abierto por unos cuantos años [15].

El asunto no pasó a mayores

A pesar de que hubo un intento de censura, La Reforma Social siguió circulando y las entregas de Memorias de un venezolano de la decadencia se mantuvieron intactas. Tal parece que más allá de los interrogatorios exigidos por el fiscal Mattuck, las instituciones norteamericanas no encontraron mayores argumentos para callar al medio. El suceso se convirtió en una victoria de los exiliados, quienes lo emplearon como bandera en sus continuos reclamos contra la dictadura. La libertad de expresión en el país norteamericano demostró ser lo suficientemente sólida y no determinada por los intereses de la diplomacia del petróleo, como lo aseguraban los antigomecistas. La Primera Enmienda fue la gran triunfadora de aquel litigio. Jacinto López se mantuvo en la edición neoyorquina y Orestes Ferrara en las oficinas cubanas. La colonia venezolana en la Gran Manzana se incrementaría notablemente en los siguientes años, sobre todo después de 1928.

José Rafael Pocaterra y Mercedes Conde Flores, su esposa. Fotografía cortesía de María y Olga Pocaterra | Biblioteca Nacional

Pero la historia de Pocaterra fue otra, quiso evitar otra situación similar y salió de Nueva York a finales de abril de 1923, en lo que sería su último exilio. Montreal, la ciudad más grande de la provincia canadiense de Quebec, le abrió las puertas a él y a su esposa, Mercedes Conde Flores de forma definitiva. No por eso dejó de participar en actividades conspirativas ni de escribir para los principales periódicos antigomecistas y de opinión política latinoamericana. Alejado de las controversias con el gobierno de los Estados Unidos y de su respaldo al dictador venezolano, empezó a contribuir con El Heraldo de Cuba. Venezuela no había sido olvidada, seguía presente en su memoria y, después de la intentona del Falke en 1929, no volvería a pisar su suelo hasta 1936, tras de la muerte de Gómez.

***

Referencias

[1] José Rafael Pocaterra, Memorias de un venezolano de la decadencia, p. 358.

[2] Manuel Caballero, “Pocaterra, septentrional e iracundo”, en: José Rafael Pocaterra, Cartas hiperbóreas, p. 10.

[3] Pedro Manuel Arcaya, Memorias del doctor Pedro Manuel Arcaya, p. 193.

[4] José Rafael Pocaterra, “Memorias de un venezolano de la decadencia (Fragmento para La Reforma Social)”, en: La Reforma Social, septiembre 1922, Nº 1, volumen xxiv, p. 320.

[5] Ibídem, pp. 321-322.

[6] Ídem.

[7] Ibídem, p. 324.

[8] Arcaya. Ob. cit., p. 193.

[9] Segmento de un artículo publicado por el New York Times a finales de 1922, citado en la edición de Memorias de un venezolano de la decadencia, de Biblioteca Ayacucho, p. 294.

[10] “Carta de Carlos Benito Figueredo desde Nueva York al doctor Pedro Manuel Arcaya, Ministro de Venezuela en Washington (25 de marzo de 1923)”, en: Archivo de José Rafael Pocaterra, p. 22.

[11] Ibídem, p. 23.

[12] Luis Ugalde, El gomecismo y la política panamericana de Estados Unidos, p. 90.

[13] “Comentario de Pastor Lara sobre los juicios que el gobierno de Juan Vicente Gómez ha decidido intentar contra Jacinto López y José Rafael Pocaterra en Estados Unidos y contra Rufino Blanco Fombona en España”, en: Archivo de José Rafael Pocaterra, p. 24.

[14] Ídem.

[15] Sobre esto se puede consultar el tomo 7 de la Colección Pensamiento Político Venezolano del Siglo xx, “Los pensadores positivistas y el gomecismo”, publicado por el Congreso de Venezuela en el año 1983.


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