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Arturo Plascencia protesta en cueros

por Milagros Socorro

Fotografía del Archivo de Fotografía Urbana

13/05/2018

Como tantos, este desnudo está hecho especialmente para la cámara fotográfica. Una persona puede correr sin ropa un buen trecho bajo el sol del mediodía en Caracas, pero no ir muy lejos sin zapatos sobre el asfalto de la Cota Mil. Mucho menos, sosteniendo una lata de película y aferrando con frágil presión la ropa que acaba de quitarse. No ha debido ser, pues, ninguna gran caminata. Fue, seguro, un fugaz performance para la opinión pública. Y eso fue lo que pensó la policía…

Según la página de Facebook, “Hoy en la Historia del Pop Rock Venezolano”, fue el

13 de marzo de 1974 cuando el cineasta Arturo Plascencia se convirtió “en el Primer Nudista venezolano, al correr desnudo a lo largo de la Cota Mil con el rollo de película en la mano”. Era su manera de protestar ante la negativa de los exhibidores de cine a poner en pantalla su película “Huyendo del sismo” (1971), la tercera película de Plascencia. Las dos anteriores habían sido “Twist y crimen” (1963) y “Más allá del sexo” (1967).

En su “Breve historia del cine venezolano”, Jacobo Brender dedica un par de páginas a la figura de Plascencia. Dice que los años transcurridos entre la segunda y la tercera película, fueron “de frustración, de intentos abortados y empresas destinadas al fracaso”. El historiador afirma que el cineasta había obtenido cierto éxito de taquilla con “Twist y crimen”, filme estrenado antes en el interior –específicamente, en el Teatro Rex de Carúpano- que en Caracas, donde tuvo que bregar mucho para encontrar exhibidor.

Sin andarse por las ramas, Brender dice que la película gustó porque mostraba

“sin escrúpulos los vicios de ciertos jóvenes, strip-tease, bailes frenéticos, homosexualismo, influencia del alcohol, conducta anormal y excesos eróticos”. Hay que añadir que el cartel estaba encabezado ni más ni menos que por Lila Morillo, debutante con ese trabajo en el cine. Y que el tema musical más relevante de la película fue “Tú sabes”, el gran hit de Estelita del Llano.

Pese a la satisfactoria recaudación de su primera película, Plascencia tardó cuatro años en realizar la siguiente, “Más allá del sexo” (1967), según Brender, film experimental, hecho con presupuesto limitado, que se quedó sin estrenar. Fue entonces cuando Plascencia decidió emprender una caminata por todo el país para recoger firmas en favor de una ley de protección para el cine nacional escrita por él. Cuenta la leyenda que llegó a recoger 20 mil firmas. Ese mismo año (1967), como producto de numerosos debates y tres Encuentros Nacionales de Cine, con la participación de cineastas, investigadores, productores y técnicos, se había redactado un “Primer Proyecto de Ley de Cine” (1967). Ninguno de los dos textos llegó al Congreso Nacional para su discusión.

Cuatro años después de hacer su segunda película, termina la tercera y última película, la también experimental, “Huyendo del sismo”, (1971), que tampoco va a interesar a los exhibidores.

Busca la cámara, un carajo se va a desnudar en la vía

La investigación para hacer el relato de estas fotografías comienza con frecuencia desde cero. Muchas veces no tenemos idea, o muy somera, de quiénes son esas personas y cuáles son las tensiones que el instante capta. A veces, como en este caso, tenemos un nombre y un oficio, pero muy poco más. El primer paso, entonces, es distribuir la fotografía entre quienes pudieran aportar claves para construir una historia. En ningún caso, por cierto, pretendemos una monografía o un documento de acento académico. Se trata de hacer un cuento y consignar la mayor cantidad de datos posible para anotarle un tanto al olvido, ese adversario formidable.

Al principio de la investigación, le enviamos la gráfica al periodista de espectáculos Aquilino José Mata, quien rápidamente contestó: “El cineasta (de pocas y muy malas películas) Arturo Plascencia, era muy dado a este tipo de manifestaciones y de denuncias sensacionalistas que siempre encontraban eco en la Cadena Capriles, pues tenía amigos periodistas allí”.

No andaba desencaminado, al menos en lo relativo al origen de la imagen. La fotografía fue tomada por Franklin Virgüez. Sí, el conocido actor Franklin Virgüez, quien el año 74 trabajaba como reportero gráfico de la cadena Capriles.

–Yo acababa de salir del Eneal, estado Lara, donde funcionaba un extraordinario centro del Instituto Venezolano del Niño (IVN), que había sido inaugurado por el

presidente Raúl Leoni para dar albergue, educación y herramientas de trabajo a menores de pocos recursos. Llegué allí porque mi familia no tenía cómo pagarme una educación. Era un instituto extraordinario.

En esa institución, ubicada muy cerca de la población larense de Duaca, Virgüez iba a estar hasta los 16 años, cuando completó el sexto grado. Pero en el camino no solo había terminado la primaria sino que había aprendido barbería, a sembrar, a cosechar… y a manejar una cámara fotográfico. Sería el comienzo de todo para él. Por eso lamenta que aquel albergue ya no exista. El IVN dio paso al INAM. “Y se fue degradando, desprestigiando. Se convirtió en un correccional”.

Virgüez había salido de allí antes de que el lugar se desdibujara hasta la degradación, como él dice. Se fue a Caracas, donde vivía su madre, en la calle real de Monte Piedad. Por la zona vivía también el pelotero Domingo Carrasquel, -sobrino de Alejandro ‘El Patón’ Carrasquel y hermano de Alfonso Carrasquel, Carrasquelito, el legendario pastoreño short stop de los Medias Blancas de Chicago-, quien lo vio jugando un fin de semana y lo remitió al campo MOP, zona 10 del 23 de enero, dirigido por Elio Hernández, a quien el joven Virgüez tras unos meses de entrenamiento le manifestó que necesitaba trabajo.

Elio Hernández le dijo que fuera a la Cadena Capriles, donde estaban a punto de poner en circulación un periódico deportivo llamado Extra para hacerle competencia a Meridiano, del Bloque De Armas. Y necesitaban personal. La dirección de Extra, recuerda Virgüez, estaba a cargo de Gustavo Aguirre, que también era secretario general de CNP.

–Me fui a la Cadena –dice Virgüez- y me dieron el cargo de office boy en el turno de la noche. Me encargaba de bajar el material al taller, así como comprar café y comida a los periodistas. Me hice amigos de muchos de ellos: Julio Camino Peñalver, recién egresado de la Escuela de Periodismo, las hermanas Valenciano, María José y María Cristina, Alfredo Carrasco o Julio Tomás Liendo, fotógrafo de la redacción de Extra.

“Por esas cosas de la vida”, le tocó hacer mandados a Miguel Ángel Capriles Ayala, editor de la Cadena. Y en cuanto tuvo oportunidad de hablar con el jefazo, el audaz office boy le comentó que tenía ciertos conocimientos de fotografía…

“Miguel Ángel Capriles me dijo: ‘mira, carajito, háblate con Julio Tomás Liendo para que te dé chance de trabajar con él en el Laboratorio. Dile que te mando yo, que cualquier vaina me llamen a mí. Échale bolas’”.

En las noches trasladaba maquetas y en las tardes ayudaba a secar las fotos, colgándolas con una pinza para que escurrieran. Por cierto, entre los vecinos de cubeta se contaba un fotógrafo de la revista Élite, el célebre Héctor Rondón, autor de la imagen del Porteñazo en la que un cura sostiene a un soldado agonizante. Demás decir que el jovenzuelo se hizo amigazo del Premio Pullitzer. Con el ejemplo y las generosas lecciones de Liendo y Rondón, el novato no tardó en aprender el oficio, de manera que a los siete meses de haber comenzado como office boy nocturno ya era –también- reportero gráfico diurno. La duplicidad de funciones le valió el remoquete de “ofitógrafo”, que le colgó el periodista zuliano Oswaldo Hernández. Todavía no había entrado a la Escuela de Comunicación Social de la UCV, pero eso venía.

Cuando eventualmente cerraron Extra, Virgüez pasó a la plantilla de fotógrafos de El Mundo. “Hacía todas las fuentes. Incluso Sociales, con el periodista Osmel Sousa, un cubanito flaquito recién llegado a Caracas, y con Ramón Darío Castillo. Una de las fuentes mas fastidiosas, por cierto”. Lo realmente enojoso era que no lo dejaban cubrir deportes, su fuente anhelada. “Solo me dejaban cubrir los traqueos en el hipódromo; y eso, porque era a las 4 de la mañana y nadie quería ir”.

En esas estaba cuando recibió la llamada del conocido periodista Jesús Bustindui, quien había cubierto Hipódromo y ahora era una de las firmas más destacadas en Farándula. “Yo estaba en el laboratorio cuando Bustindui me llamó”, recuerda Virgüez. ‘Coge la cámara y ven, que hay un carajo que se va a desnudar en la Cota Mil’, me dijo.

Esta que vemos es una de las más de 20 fotografías que Franklin Virgüez le tomó a Arturo Plascencia. La gráfica se publicó en primera página y el tiraje fue inmenso. Pero a la policía no le hizo gracia…

Locademia de cineastas

Si para ese momento Plascencia tenía fama de excéntrico, su figuración ‘echando bendiciones’ por la Cota Mil lo terminó de convertir en “un personaje conflictivo y provocador dentro del cine nacional”, en palabras del crítico de Rodolfo Izaguirre, quien valora los constantes desafíos de Plascencia, “mediante los cuales trató de promover, apoyar y defender al cine nacional, a su manera, con un empecinamiento pocas veces visto en nuestra cinematografía”.

Izaguirre evoca otra manifestación de Plascencia, quien había nacido en las islas canarias en fecha que no hemos logrado precisar. “Para protestar por el tratamiento indiferente que, por parte de las autoridades culturales recibía la escuela que montó en Sabana Grande”, escribió Izaguirre, “sostuvo una huelga de hambre a las puertas del Celarg, el Centro de Estudios Literarios Rómulo Gallegos, cuando Luis Pastori era su director. Todos lo vimos, tendido sobre una colchoneta rodeado de pancartas de su propia elaboración. En abierta alusión a Luis Pastori, una de ellas decía: ‘¡No sueñe tanto, poeta!’.

De esa escuela, creada por Arturo Plascencia y Mauricio Odremán, hay muy poca memoria. Casi parece ausente de archivos y bibliotecas. Pero hay alguien que la recuerda. Un alumno. El escritor Jesús Nieves Montero, entonces un adolescente, cuyo padre decidió que “tras el curso de dirección de telenovelas, los sábados en el Ateneo con Ibrahim Guerra”, el hijo debía seguir explorando en el área audiovisual. “Y así dio con una recién abierta escuela de cine, que tenía algo que llamaban un ‘curso integral’ de cine y televisión con Mauricio Odremán, Arturo Plasencia y Leopoldo Regnault como principales docentes”.

–Era 1992 –establece Jesús Nieves Montero-. El material de apoyo entregado en un primer momento consistía en dos guías. Una firmada por Mauricio Odremán, donde se repetía página a página que había que tener mucho cuidado con la frase “en vivo y directo vía satélite”, sobre todo en transmisiones deportivas, porque la señal no siempre llegaba vía satélite y era una imprecisión. El resto era un tratamiento cinematográfico de un thriller policial y erótico de Arturo Plascencia, que lo hizo preguntarme mi edad para saber si lo podía leer. Fue la primera vez que noté su amaneramiento para hablar, gestos exagerados como en un intento de educación y modales pasados de moda.

Según dice Nieves Montero, ni Odremán ni Plascencia hablaban de sus logros ni credenciales para estar a cargo de esa escuela. “Y, realmente, dado su pobre desempeño como docentes, hubiera sido útil. Al menos, Mauricio Odremán, con su chaqueta de cuero como las que usaban los DISIP lo intentaba, pero saltaba de las imágenes del satélite a la recomendación de no levantar peso para tener bien el pulso y manejar la cámara. Plascencia se paraba cerca de unas cámaras muy viejas, que se suponía serían parte de nuestras prácticas en un futuro que nunca llegó; y luego se movía hacia la ventana que daba hacia la avenida Francisco de Miranda”.

Nieves Montero recuerda que el maestro aludió en alguna ocasión a su película

“Más allá del sexo” y de la imposibilidad de estrenarla. Antes de embalarse con la anécdota, Plascencia le volvió a preguntar la edad. “Aseguraba que las dos hojas con el tratamiento que nos había entregado tenían su respectivo guión y que pensaba filmar con algunos de nosotros como equipo técnico. Pero siempre regresaba a la ventana con sus ojos claros y su bigote se puntas largas. Parecía desconectado. De hecho, sobre el asunto de los pagos, que preocupaba a Odremán y lo repetía en cada encuentro, Plascencia se distanciaba totalmente, como para dejar ver que él nada tenía que ver con eso”.

Al ser interrogado sobre los aportes del plantel docente, Jesús Nieves Montero dice que Regnault solo apareció, con cara de resaca, una o dos de las seis clases que debía dar. “Al comentar esto con mi madre, ella me dijo que había leído en alguna columna de chismes que Regnault se había alcoholizado, de manera que otra de las motivaciones era ir, reportar la ausencia de Regnault y que mamá dijera: ‘Debe ser que recayó’”.

En una de las últimas clases, Plascencia quiso que los estudiantes escribieran unas escenas para leerlas en voz alta, “pero como todo lo que hacía en la escuela, lo abandonó después de 15 minutos (antes, eso sí, de que Odremán convirtiera el ejercicio en un discurso sobre la razón de usar cámaras tan viejas)”.

A las dos semanas, Jesús Nieves dejó de asistir. “Nunca supe del destino de la escuela; y no se me quitaría el mal sabor de boca hasta 1998, cuando tomé un curso de guión con Frank Baíz Quevedo. Hubiera preferido que Plascencia nos hablara de su recorrido en su lucha por la ley de cine, pienso ahora”.

Pasábamos por ahí y lo tropezamos

Si Plascencia hubiera ocupado su cátedra con la relación de sus luchas gremiales, es posible que hubiera informado de que, tras la publicación de esta foto, los reporteros Jesús Bustindui y Franklin Virgüez fueron citados a la PTJ de San Bernardino. Los uniformados estaban convencidos de que el desnudo y todo aquello había sido un performance montado en complicidad entre Plascencia y los periodistas de la Cadena Capriles.

–Los policías nos preguntaban si esas fotos eran preparadas –dice Virgüez-. Buistindui me hizo una seña para que yo permaneciera en silencio. Él era quien hablaba. Lo negaba todo. Insistía en que nosotros veníamos del canal 8, pasamos por ahí y vimos ese tipo desnudo. Mientras estábamos declarando, se presentó Gustavo Aguirre, como representante del CNP, acompañado por el abogado del Colegio, y por José Trujillo, del Sindicato de los Reporteros Gráficos. Por cierto, Plascencia logró su objetivo: proyectaron su película en una sala en Chacao.

Efectivamente, tres años después de terminada, el 24 de marzo de 1974, once días después de tomarse esta fotografía, se haría una única función en el Cine Teatro Chacaíto, en Caracas. La publicidad la presentaba como “El film venezolano que conmovió al mundo”; e informaba de que el argumento era de Maurice Odremán, y la música de las bandas ‘Cazadores de Cabezas’ y ‘Gas Light’. La entrada costaba Bs. 5 (era una época en la que a la moneda no le raspaban tres ceros cada cierto tiempo).

Franklin Virgüez trabajó como fotógrafo en El Mundo hasta que Carlos Andrés Pérez llegó a la Presidencia por primera vez (1974) y Fernando Camino Peñalver fue nombrado jefe de RRPP del IVSS. Entonces lo contrató para crear el Departamento de Fotografía en esa entidad, encargo que el futuro actor cumplió en colaboración con Omar Mecia. Ya estaba estudiando teatro en la Juana Sujo. “En la noche me iba al Teatro de la UCV con mi maestro Luis Márquez Páez y hacía teatro en la universidad. En eso estuve durante tres años, hasta que Delia Fiallo me dio la oportunidad de trabajar en la telenovela Rafaela en Venevisión”.

–La libretista Delia Fiallo –dice Virgüez- había venido a Caracas desde Miami para documentarse en el hospital Pérez Carreño, que en ese momento era extraordinario; y la periodista Betsai Sosa Suárez, del IVSS, le comentó que su fotógrafo era actor de la universidad. Delia, en agradecimiento al IVSS, me invitó a trabajar en su telenovela. Era un papelito sin nombre. A mi personaje lo llamaban Doctor número uno, pero a las tres semanas ya le puso nombre Doctor Guillermo.

Lo mató el hampa

No habría más títulos en la filmografía de Arturo Plascencia después de esa película con la que corre en cueros. Pero sí escribiría un libro que, según Rodolfo Izaguierre,

nunca publicó, “en el que recogía sus personalísimas teorías sobre el arte del cine. Una de ellas, tal vez la más resaltante, aseguraba que el montaje no era necesario”. El propio Izaguirre asegura haberlo visto una vez, en los 60, “repartiendo por el boulevard de Sabana Grande un folleto explicativo de una nueva oferta religiosa llamada Luzpan”.

En esos años, Plascencia fue socio, o algo así, en una pizzería en Las Mercedes, decorada con ambiente cinematográfico. Era su fantasía recurrente. Las sillas, no podía faltar, eran de lona, de esas que supuestamente usan los grandes directores del mundo. En el espaldar podían verse los nombres más rutilantes de la gran industria… incluido el de Arturo Plascencia.

–Fue –dice Izaguirre- un hombre que amó al cine y creyó en él. Fue tanta la pasión que puso en defenderlo que cruzó los límites e hizo de la extravagancia un arma de combate. ¡Se convirtió en un guerrero!

Al presentador de “La cinemateca del aire” tendremos que apelar también para hablar de la muerte de Arturo Plascencia, de la que se supo por una mínima nota publicada en el diario La Voz de Guarenas, así como por la mención incluida en la página web del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Prensa, del cual era agremiado: “El periodista Arturo Plascencia, otra víctima del hampa desatada”, fechada el día 19-09-2004.

Por esos días, Izaguirre escribió: “Murió el cineasta Arturo Plascencia y apenas una breve reseña de su muerte fue publicada en algún diario local de Barlovento, región en la que residía ocupado, al parecer, en asuntos inmobiliarios. De acuerdo con el texto escueto de aquellos despachos, fue una muerte violenta, criminal, que seguramente jamás será aclarada. Ningún otro medio de comunicación publicó o trasmitió la noticia de esa muerte”.

Sus amigos (o lo pocos que aceptaron hablar de él), en cambio, no se enteraron del hecho infausto donde Plascencia perdió la vida. “No lo sé”, responden de manera cortante. Ni uno solo denuncia la brutal injusticia. Tampoco guardan mayores recuerdos de lo que pasó con él después de que la daba en correr por una autopista con las nalgas al aire. Solo una amiga creyó recordar que un día, hace casi dos décadas Plascencia había reunido a un grupo para trabajar por la candidatura de Hugo Chávez. “Casi no me acuerdo de nada… excepto, sí, ahora me viene a la mente, que entre los asistentes estaba el actor Daniel Alvarado. Firmamos un manifiesto… creo… No recuerdo más”.


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