EntrevistaAlberto Manguel

“Desconfío de las etiquetas: autorizan una manera muy perezosa de pensar”

por Alberto Manguel

Fotografía de la Biblioteca Nacional argentina

TEMAS PD
01/11/2017

Como los grandes escritores que han modelado la literatura latinoamericana, Alberto Manguel es un hombre de muchos países. Las travesías de Sarmiento por Chile y las de Cortázar por Francia, podrían compararse con las del entrevistado en Canadá, entre otros países donde ha impartido clases y ha hecho más plural el objeto de sus estudios: leer.

Puede que un cosmopolitismo excesivo lo haya alejado de cierto público lector en Sudamérica –después de todo, la mayoría de sus escritos son en inglés–, pero el hecho de que textos como A Reader on Reading Curiosity hayan sido publicados por Yale, lo colocan en un estadio distinto diferente al de pensadores leídos por muchos en español, pero estancados en sus ideas.

Si tuviésemos que mencionar una figura del canon argentino afín al personaje, definitivamente sería Borges. De adolescente, Manguel se desenvolvía como lector del autor de Ficciones. Desde julio del año pasado, es director de la Biblioteca Nacional de Argentina, como lo fue su tutor. Pero, aunque parezcan llenar un rol similar, la falsa modestia de Borges desaparece en contraste con las humildes opiniones de su sucesor. Luego de tantos años transitando por el globo, sus intuiciones en y sobre el continente hacen buen ruido, aunque sea blanco.

En A History of Reading, hace un recuento de la facultad lectora del hombre que atraviesa la lectura de la imagen en la Edad Media, la popularización del formato libro e incluso toca el comic book. Con la cantidad de memes y emoticones que abundan en las redes sociales, ¿qué cambios importantes destaca en la forma de leer del hombre contemporáneo?

Todo es signo, o al menos, todo lo interpretamos como signo. Algunos son ready-made, como los paisajes o las constelaciones; otros los diseñamos, como las letras del alfabeto fenicio o los emoticones. Pero los cambios de sistema epistemológico o vocabulario, no afectan mayormente el modo en el que recibimos e interpretamos esos signos. La fisiología de la lectura es mayormente la misma que hace tres milenios, salvo que nuestro cerebro carga con racimos de neuronas especializadas en los nuevos sistemas. Para nuestro cerebro, leer ideogramas chinos o emoticones es lo mismo; solo el conjunto de signos cambia.

En contraste con la dirección de Horacio González de la Biblioteca Nacional de Argentina, una dirección con un talante ideológico sumamente marcado, ¿qué lecciones podría ofrecer para la gestión cultural? Es más, ¿cree que la gestión cultural necesita una posición política para que sea efectiva?

Toda actividad humana es política, pero no necesita ser sectaria. La Biblioteca Nacional, por ejemplo, hace muestras sobre múltiples temas pero trata de no juzgarlos. Nuestras próximas exposiciones, una sobre la Revolución Rusa y su influencia sobre las ideas políticas y estéticas argentinas, y otra sobre el Che lector, mostrarán todo tipo de documento sobre estos temas, sin tomar parte por ningún partido. Una biblioteca, ha dicho Richard Ovenden, debe ser “un lugar de evidencia”.

Fotografía de la Biblioteca Nacional argentina

Tras años de experiencia como profesor en lugares tan disímiles como México y Berlín, ¿qué reflexiones ha sustraído en son de la educación en América? ¿Cómo evitamos que la educación se convierta en adoctrinamiento?

No tenemos que generalizar. Los sistemas educativos de Colombia, por ejemplo, son distintos de los de Argentina, y de Estados Unidos y de Canadá. Pero si tuviera que dar una opinión sobre el conjunto, diría que nos hemos alejado del concepto de educación como la libertad de imaginar. Tendemos a transformar escuelas y universidades en sitios de adiestramiento, no en lugares de exploración, como debieran ser.

Borges fue irónico. Su humor juega con los sentidos contrarios, con el espejo invertido. No puedo adivinar qué le hubiera divertido (o aterrado) de nuestro mundo actual

En On Being Jewish, hace una reflexión sobre la identidad judía a la luz de un libro de Alain Finkielkraut. Al final toma distancia de la conclusión de Finkielkraut, pues la idea de que el judaísmo se sustenta en la memoria, en honrar las víctimas del Holocausto, se le hace lejana, pues su familia no sufrió los embates de la Segunda guerra Mundial. En la misma línea, ¿qué apuntes tiene sobre la identidad latinoamericana a la luz de una tesis cosmopolita pero antidemocrática, como la de Rodó, y de una poscolonial pero rencorosa, como la de Fernández Retamar?

Desconfío de las etiquetas: autorizan una manera muy perezosa de pensar. Decir “latinoamericano” es resumir veinte países en una suerte de caricatura. Como toda identidad, si aceptamos el término “latinoamericano,” ésta se forma a partir de un reconocimiento interior y un reflejo de la mirada externa. Y por lo general es la mirada externa la que prima y acaba de imponerse. Es decir, es una identidad formada primordialmente por prejuicios hacia el “otro.”

Si hubo algo que definió tanto la figura como la obra de Borges, fue su vocación satírica. Abundan citas suyas que ponen en entredicho ciertas concepciones políticas, así como cuentos que juegan con falsas referencias y experiencias. ¿Qué temas de la contemporaneidad cree que hubiese tomado el maestro para su diversión?

Yo diría que, más que satírico, Borges fue irónico. Su humor juega con los sentidos contrarios, con el espejo invertido. No puedo adivinar qué le hubiera divertido (o aterrado) de nuestro mundo actual, pero sospecho que no hubiese juzgado que somos ahora más necios o infames que en el pasado. Recuerdo que empezó una conferencia sobre Platón con estas palabras: “Platón, quien como todos hombre vivió en tiempos atroces…”


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