Perspectivas

Repensar a don Tulio

por Mariano Nava Contreras

15/06/2019

Pedro José Lara Peña, Víctor Giménez Landínez, Rafael Caldera y Edmundo Izarra, durante una visita al escritor merideño Tulio Febres Cordero. 1936. Autor desconocido

El pasado 31 de mayo se cumplieron 159 años del nacimiento de un merideño y un venezolano muy especial: Tulio Febres Cordero. La efeméride podrá ser propicia para traer de nuevo a la memoria los muchos méritos literarios de aquel a quien los habitantes de Mérida recordamos afectuosamente como el «Patriarca de las letras merideñas», pero la ocasión sería más útil si la tomásemos como excusa para hacer algunas reflexiones acerca de su lugar en la cultura de nuestro país.

Ciertamente el de don Tulio fue uno de los espíritus más curiosos e interesantes de todos los que se han dado en una ciudad donde no han faltado personajes curiosos e interesantes. De notable origen, su vida estuvo empero marcada por una adusta sobriedad, la que tan bien sabían llevar aquellos dignos venezolanos de antes. Pocos oficios, pocas disciplinas escaparon a su curiosidad, algunos de los cuales le ayudaron en algún momento a ganarse la vida. Fue zapatero, relojero, grabador, tipógrafo, encuadernador, calígrafo, dibujante, pintor, periodista, historiador y, por supuesto, escritor. Como tipógrafo se destacó en el desarrollo de la imagotipia y la foliografía, dedicándose a la reproducción en papel de las hojas de las plantas endémicas de las montañas andinas. Como encuadernador se dedicó a rescatar la memoria de la entonces ya centenaria Universidad, recopilando los papeles fundamentales de la vieja Casa de Estudios, organizándolos y encuadernándolos con sus propias manos (aún hoy es posible consultar en el Archivo Histórico de la ULA los añejos volúmenes preparados por él con mimo y enjundia). Como cronista y periodista se dio a la tarea de investigar y recoger multitud de sucesos, leyendas y curiosidades de los Andes venezolanos, que publicaba después en periódicos que él mismo imprimía.

Como todos los merideños con aspiraciones de cultura, el joven Tulio Antonio ingresó pronto a la Universidad de Los Andes, donde cursó latinidad y filosofía. Allí se graduó de bachiller, para después proseguir estudios de derecho, en los que tanto costó que se graduara. Simplemente no le daba la gana. Por fin, presionado por sus profesores, los terminó, llegando a doctorarse años varios después. Ello no fue empero cosa que empañara su impecable carrera académica. En la Universidad merideña don Tulio fue catedrático de Historia Universal por 32 años, Vicerrector interino y finalmente Rector honorario por decreto del Presidente Medina Angarita. Los investigadores de la ULA le debemos su entusiasta participación en la organización de la biblioteca, por orden del entonces Rector Pagés Monsant. Como escritor cultivó especialmente la prosa, pero también la poesía. Novelas como La hija del Cacique, Don Quijote en América o sus cuentos le merecieron importantes premios literarios dentro y fuera del país. Como cronista e historiador recogió en su Clave histórica de Mérida, en sus Décadas de historia merideña o en sus Mitos y tradiciones infinidad de materiales para la conservación de la memoria de los Andes venezolanos, fijándose especialmente en las creencias y la mentalidad de los pueblos indígenas, de las gentes sencillas. A él debemos también el primer recetario de cocina venezolana, La cocina criolla, o guía del ama de casa. Fue miembro de la Academia Nacional de la Historia, de la Academia Venezolana de la Lengua, de la Academia Latina de Artes, Ciencias y Bellas Letras de París, y fue Cronista Oficial del Estado Mérida.

Hay una frase preciosa en las sentidas palabras que Mariano Picón Salas le dedicó con motivo de su muerte. Dice que «Mérida y él habían sellado como un pacto de fidelidad poética». Pero dice más. Dice también que don Tulio «fue el merideño que siempre se quedó, por tantos otros que partimos». Rigurosamente cierto. Tulio Febres Cordero apenas si se movió de Mérida alguna vez en su vida, y eso por pocos días. Y esa medular condición espacial impone un signo definitivo a su obra. El hecho de que don Tulio nunca hubiera dejado estas altas montañas, quién puede negarlo, da a sus escritos el sello peculiar de esta ciudad que una vez fue de nieves perpetuas, la impregna sensiblemente de su color inigualable, pero también, y esto tampoco puede obviarse, la dota de una esencial venezolanidad que no debe soslayarse.

Más allá de las postales costumbristas y del turismo literario, don Tulio representa ese esfuerzo genuino por construir la cultura de un país. Esfuerzo que se forja desde la remota provincia de aquellos rudos tiempos decimonónicos, pero que aspira a proyectarse en nuestra realidad toda, en la comprensión global de lo que hemos sido y somos los venezolanos. Don Tulio es, pues, mucho más que una curiosidad provinciana, más que una mera figura folclórica, muchísimo más que un santón o un profeta de la merideñidad. Su curiosidad humanística se enmarca tempranamente en una línea de indagación y reflexión venezolanista que se prolonga y alcanza sus máximos exponentes en el ensayo de un Picón Salas, de un Uslar Pietri. Pienso que esa mirada folclórica y provinciana, esa falta de conexión con la gran cultura venezolana le ha hecho mucho daño a la figura de don Tulio, convirtiéndolo en una curiosidad pueblerina y extrañándolo de las grandes corrientes que han forjado la literatura de nuestro país.

Hoy, dudo mucho que la mayoría de los propios merideños hayan leído su obra. Su nombre tal vez les suene por una estrecha y sucia plazoleta que fue antes mercadillo de buhoneros y ahora sirve de parada de mototaxis, o quizás por una céntrica avenida, bastante fea y ruinosa, que una vez ostentó la incierta fama de ser teatro de las constantes refriegas entre policías y estudiantes. Pocos recordarán, me temo, al prometeico y entusiasta inventor, al polígrafo y grafómano contador de historias, al compilador de leyendas, al rescatista de memorias, al coleccionista de curiosidades, en fin, al protagonista innegable de esa formidable aventura compartida que fue y sigue siendo la construcción de la cultura venezolana.


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