Las maletas de la diáspora

por Pedro Plaza Salvati

01/12/2018

Estatua del actor húngaro Timar Jozsef cargando grandes maletas en su papel de Willy Loman en la obra Death of a Salesman de Arthur Miller. Escultura de Párkányi Raab Péter. Fotografía de Babak Fakhamzadeh | Flickr

Ahora es domingo. Toda la semana he dormido mal. Quiero pensar que se trata solo del proceso de adaptación al cambio de huso horario. Y debe ser así, me imagino. Me levanto alrededor de la una de la mañana, entonces sé que no voy a poder dormir de nuevo. Me quedo un buen rato acompañado de pensamientos trémulos, voy a la salita, me siento en la incómoda silla blanca de metal a la que le coloco un todavía innecesario abrigo de invierno como almohadilla, y me pongo a escribir o a tratar de descifrar la fórmula física que me permita conseguir un apartamento en Barcelona.

Estamos alojados en una habitación de un apartotel del Carrer de Laforja que, a un buen precio, conseguimos desde Costa Rica antes de partir. Nuestro cálculo era que nos tomaría, como mucho, una semana para encontrar un piso, como se le dice acá, en alquiler. Dimos, no obstante, un margen de contingencia: trece noches en total. La habitación cumplía su propósito. La cama, sin embargo, estaba pegada a una ventana que da hacia el patio interno y se sentía un estallido grave cada vez que se cerraba la puerta principal del edificio. Sobre mi cabeza caían los flecos de unas deterioradas cortinas que hacían juego con la suciedad de las paredes.

La página más útil para encontrar un apartamento se llama idealista, fundada en el 2000 por Jesús Encinar, un graduado de la Escuela de Negocios de Harvard, con el objetivo de ayudar a los españoles a encontrar casa, y que conecta con las compañías corredoras de bienes raíces. Nunca nos hubiéramos imaginado que un portal tan amigable nos llevaría a la cruda realidad inmobiliaria de Barcelona. Al principio mandaba de largo a los corredores cuando me decían las condiciones de los alquileres. Luego me di cuenta de que era una práctica común pedir, para mi asombro, dos y tres meses de depósito de garantía (se le llama fianza) en promedio, además de que el inquilino siempre es quien tiene que pagar la comisión, así la inmobiliaria esté al servicio del propietario. A los extranjeros se les hacía la tarea todavía más difícil y compleja y las exigencias podían ser superiores, de tres a cuatro meses de garantía.

Alberto, un corredor venezolano de WH, me dice que no importa lo que uno pueda tener en una cuenta bancaria: para alquilar hay que demostrar un ingreso fijo o estar en nómina. Las condiciones que piden los propietarios son casi iguales a las que se exigen para calificar a una hipoteca. A los precios inflados se le sumaba una suerte de anarquía en las condiciones requeridas. Existen, además, los llamados “desahucios invisibles”, que son producto del aumento desmesurado de la renta y, al vencimiento del contrato del alquiler, equivale a la no renovación automática.

Entre el traqueteo de la puerta y el desfase del huso horario pasé una noche entera de insomnio leyendo sobre el tema inmobiliario, navegando en la red, obsesionado por lo absurdo y despiadado del sistema. Un artículo de El País del 2 de septiembre titulaba “España vuelve a especular con la vivienda”. Entre el 2013 y 2018 el alza de alquileres en Barcelona ha sido del 47%. España es el país de la OCDE en el que sus ciudadanos tienen que destinar la mayor parte de sus ingresos para el pago de alquileres. En Catalunya esa cifra asciende a 51%. La ley 29/1994 sobre Arrendamientos Urbanos (LAU) es clara sobre la fianza, artículo 36, regula que será de un mes para los contratos de vivienda. ¿Por qué entonces todo el mundo pide lo que le da la gana? Me hubiera gustado que el manual de la Pompeu Fabra hablara de la burbuja inmobiliaria de alquileres en Barcelona.

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El día que nos vinimos a España murió Monserrat Caballé. Me enteré de la noticia en el avión, con un ejemplar de El País que logré succionar de primera clase, y que me entregaron como un acto de piedad nocturna trasatlántica. Cuando finalmente tomamos la decisión de saltar el charco, Ana colocó el video de Freddy Mercury, el gran Mercury, y de Montserrat Caballé, interpretando una pieza que es una oda a la ciudad. La canción “Barcelona” había resonado en mi cabeza hasta el momento de tomar el vuelo. No le quise decir a Ana lo de la muerte de Caballé en ese momento: mejor no pensar en simbolismos y premoniciones fatales en un vuelo de once horas sobre el Atlántico. Tal vez la señal no iba en una dirección fatalista de la vida misma sino inmobiliaria.

Aterrizamos y pensé en una de las frases de la canción: Now my dream is slowly coming true, idealizaba desde hacía rato lo que sería nuestra experiencia barcelonesa sin saber lo que me encontraría con el tema del alquiler. Recogimos el equipaje y tomamos un taxi con nuestras maletas de diáspora renovada en una nueva fase. El taxista al vernos nos dijo: “¿¡Os habéis echado de casa!?”

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Llegamos a España la semana del puente del 12 de octubre y entramos en un vacío de cuatro días. A las escabrosas condiciones para conseguir un apartamento se agregaba la lenta velocidad de las respuestas de los corredores, bien sea por correo o teléfono, como si todos tuvieran todos los clientes del mundo interesados. El viernes de cualquier semana vulgar y silvestre era imposible que un corredor mostrara un piso después de las tres de la tarde. Mucho peor con un puente. Durante el desfile del 12 de octubre miré en televisión cómo le gritaban a Pedro Sánchez, presidente de España: ¡Okupa! ¡Okupa! ¡Okupa! Al principio no entendía que se trataba de uno de los problemas que ha contribuido a la especulación inmobiliaria. La gente enardecida lo insultaba en alusión a la idea de que Sánchez, a raíz de su maniobra política, se convirtió en un “okupa” del Palacio de la Moncloa.

Ada Colau, la alcaldesa de lo que será mi ciudad durante un año, estuvo vinculada al movimiento okupa y en enero de 2016 visitó Maracaibo y Caracas para conocer el sistema de invasiones a viviendas incentivado por Nicolás Maduro y el finado Hugo Chávez, el padre de la criatura. Ada Colau ha sido promotora, por otro lado, de la plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), pero me dice una fuente, que prefirió el anonimato, que desde la Alcaldía no ha podido hacer nada contra la especulación inmobiliaria. ¡Lo certifico!, digo, lo de la especulación que existe. Tras la visita a Venezuela, la alcaldesa preparó un informe en el que afirmó que el modelo chavista “puede inspirar” acciones futuras en Europa.

La prensa de Barcelona, por otra parte, recoge la molestia de la comunidad venezolana cuando la Asamblea Nacional de Venezuela convocó al plebiscito el 16 de julio de 2017, como acto de desobediencia civil ante la ruptura del hilo constitucional. Según La Vanguardia y El Periódico, se versiona la idea de que la presión de la alcaldesa, a través del Ayuntamiento, habría impedido la instalación de las mesas en un centro cívico que había sido reservado con el pago de 900 euros para realizar la consulta. Los miles de venezolanos, impedidos de acceder al lugar pautado, se vieron obligados a votar en la calle, de manera improvisada, frente al Centre Cívic Pere Quart.

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María de Lourdes y Jesús, unos amigos venezolanos que tienen años de vivir en Barcelona, nos invitan a cenar a su casa. “Bienvenidos a la República Independiente de Mi Casa”, dice el tapete de entrada. María de Lourdes es hija de vasco y catalana. Cuando les dijimos que habíamos calculado que en una semana conseguiríamos piso se rieron a carcajadas en nuestras caras. Ana y yo habíamos estado dos años en Nueva York desde el 2010 al 2012, habíamos alquilado apartamentos en dos sitios distintos: uno en el Village y el otro en Hells’ Kitchen, ambos los encontramos con rapidez y en condiciones razonables, y eso que hablamos de una ciudad que se supone es una de las más rudas del mundo. Nueva York es Disneyland comparado con el lejano oeste inmobiliario de Barcelona.

La noche fue muy reveladora en muchos aspectos. Jesús y María de Lourdes son ambos PhD, con yo no sé cuántos títulos de posgrado. Nos hablan de los perroflautas, personas tipificadas de esa forma, por lo general desempleados y melenudos, los llamados okupas: gente que deambula buscando oportunidades, que aprovechan un descuido para meterse en una casa extraña, cambiar el cerrojo, pedir una pizza y apropiarse del sitio que costó el sudor de la frente a su dueño. Descubro una cuenta abandona en Twitter, Perroflauta Okupa (@Perroflauta_sol), una suerte de diario: “Después de toda la mañana en el parque con el Rata y su perro, ahora toca siesta en la casa okupa”. En la ciudad hay muchos edificios y complejos enteros tomados por los okupas y uno de ellos es motivo de visita con guía turística. Barcelona fue pionera de este movimiento de colectivos invasores que ha contagiado el resto de España y Europa.

Me entero de que desalojar a un okupa puede llevar hasta tres años y luego dejan el piso destruido, se llevan inclusive las pertenencias personales. Por ese motivo, la entrada del edificio de nuestros amigos estaba tan iluminada y con cámaras de seguridad. Según un artículo de El País, España y Portugal tienen la peor legislación en Europa en materia de desalojos en cuanto a las tomas ilegales de propiedades privadas o públicas. En Alemania y Francia se echa al invasor de 24 a 48 horas. En Holanda, Dinamarca y Suecia se procede de inmediato. En España se llega al punto de que algunos okupas en la práctica “subalquilan” los pisos tomados: Okupa alquila habitación a okupa. He oído, por cierto, de un servicio privado con ucranianos y españoles fornidos que se llama Desokupa.

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Durante trece días vimos opciones en Gracia, Exiample, el Mercado de San Antoni, el Born, el Gótico, Poblenou. Roberto Cisneros, un corredor salvadoreño de AB, tras varios intentos fijó la hora de visita a las 13h en Carrer dels Enamorats. El ático era bonito con una terraza que nos gustó mucho, se acercaba bastante a lo que buscábamos, con el “pequeño” detalle de que al lado construían un edifico. Nos dimos cuenta por un martilleo que hizo temblar la estructura. Vimos muchos apartamentos con entradas lúgubres y deterioradas, con porterías abandonados desde la recesión que estalló en España en el 2008, tan bien retratada por Antonio Muñoz Molina en Todo lo que era sólido.

Gastón, un corredor argentino de no recuerdo cuál agencia de tantas que llamamos, nos muestra un piso en Carrer de Villaroel que resultó tenebroso a pesar de que en las fotos parecía recién remodelado. Nos comenta que los propietarios exigen fianzas tan altas porque cuando un inquilino no quiere pagar puede llegar a tomar varios meses para desalojarlo legalmente. El 14 de junio de este año, Jordi, un hombre de 50 años, se lanzó al vacío desde la ventana de un piso 10 en Cornellà de Llobregat, un municipio de Barcelona, cuando se presentó una comisión judicial para desahuciarle por impago de alquiler. El 26 de noviembre, en el barrio Chamberí de Madrid, Alicia, una mujer de 65 años, ante la llegada de una comisión judicial que iba proceder a su desahucio por impago en el alquiler, se lanzó desde el quinto piso y murió al caer sobre el pavimento.

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Afuera está muy oscuro. Son las cinco de la mañana. Una hora de sacrilegio en la cultura española para estar despierto haciendo cualquier cosa. Estoy perturbado con el drama habitacional. ¿Drama o karma? En La Forja no había posibilidad de quedarnos. Por suerte, a través de un amigo, conseguimos una habitación en el Born. El día que llegamos a su piso, esa misma noche, el ascensor se dañó. Estuvo averiado hasta que nos fuimos, pese a una demagógica calcomanía colocada en la puerta que aseguraba que tomaría dos días la reparación.

Nuestra búsqueda insaciable continuaba. Hasta que Ana contacta a la empresa A., a la que llegó no por idealista sino pidiendo referencias. No podíamos creerlo cuando Cristina le informó que la comisión era 35% de un mes de alquiler y de que pedían mes y medio de fianza. Nos llevaron a un piso de un edificio que tenía una incómoda escalera externa para llegar en medio de una entrada destartalada del Carrer de Trafalgar, pero que nos gustó por dentro y, con esas condiciones, hombre: ¡a firmar!

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El ascensor del Born seguía dañado y tuvimos que bajar las maletas de la diáspora por la escalera, rodarlas varias calles en viajes sucesivos. Dada la cercanía no ameritaba tomar un taxi. Luego nos tocó subirlas por las estrechas escaleras de Trafalgar en medio de la lluvia. La primera noche, tras celebrar nuestro triunfo, ¡habíamos vencido los demonios inmobiliarios!, orgullosos de “haber burlado” al descarado sistema, cuando ya nos disponíamos a descansar, nos damos cuenta de lo fuerte que era el ruido y la vibración continua del metro hasta la una de la mañana.

Al día siguiente compré tapones de silicona y empecé a usar la opción de sonido de agua de manantial del celular para tratar de opacar, al menos, el ruido continuo del metro. El temblor ocasionado por el tren subterráneo, claro está, no tenía remedio. La calefacción, para colmo, no funcionaba y la temperatura había descendido unos diez grados. Me entero del tema de la “pobreza energética” en España. Solo en Barcelona hay unos 400.000 hogares que viven en temperaturas no aptas para el cuerpo humano, al no tener la gente cómo pagar ese servicio esencial. Ante el dilema de comida versus calefacción muchos no la encienden en el invierno. Desde la misteriosa puerta comunicante del cuarto contiguo, producto de haber divido en dos a un gran apartamento, se oía la música y los juegos de una chica que nos dijeron que ni se sentía. Encima de nosotros los pasos del vecino sonaban como bajos de una pieza de música electrónica en una fiesta rave.

El domingo 4 de noviembre, en medio del ruido constante de la calle Trafalgar, que se oye desde la sala y la cocina, me llega la melodía de una canción que proviene del Arc de Triomf. Abro la puerta del balcón y se expande una pieza musical que reconozco: Soy desierto, selva, nieve y volcán/Y al andar dejo una estela/El rumor del llano en una canción/Que me desvela. Me pongo una chaqueta, me acerco al lugar y me encuentro a un grupo venezolano interpretando canciones en una jornada dedicada a los derechos de los inmigrantes a una vivienda. ¡No lo podía creer! A lo largo de la explanada había puestos de ayuda al inmigrante y un toldo con charlas cada hora con respecto al tema inmobiliario. Había mucha gente enojada. El cierre del acto, al final del día, fue la lectura de una proclama: “Por el derecho a una vivienda digna y sin discriminaciones en Barcelona”.

Hasta que nos agotamos del ruido y el temblor del metro que eran como un azote al corazón, la falta de calefacción (que palearon con unos calentadores portátiles), el ruido de la chica del cuarto contiguo de puerta misteriosa tipo hotel, del vecino o vecina de arriba con su insufrible caminar pesado y que movía muebles a medianoche como una manía incurable, el ruido propio de la calle y, algo que no he mencionado: la habitación era tan oscura que parecía la caverna de Platón; nos obligaba a tener todas las luces encendidas, inclusive durante el día. Desesperado, dispuesto a romper las cadenas, y siguiendo un impulso libertador, me presenté en la agencia como Robert De Niro en la película Taxi Driver y les pedí un cambio: “¡No podemos vivir en ese piso!”, afirmé con aplomo. Cristina y Marc se portaron bastante bien, no sé si producto del impacto al ver mi aparición repentina como un espectro.

En A. lograron darnos una alternativa. Reemplazamos el contrato y firmamos dos: uno por breve plazo en Trafalgar hasta el 16 de diciembre, y el otro en Vía Laietana a partir 17 de diciembre. Se trata de un apartamento silencioso que da hacia el patio interno. La calefacción funciona y hay mucha luz natural. Hasta tiene un pequeño estudio para escribir. Hemos vivido en Barcelona una minidiáspora dentro de nuestra gran diáspora, como un nomadismo inesperado. Cuatro lugares de alojamiento en poco más de dos meses. Me dicen que la vía Laietana es el epicentro de las protestas independentistas. Eso me tiene sin cuidado. Del idealismo a la independencia hay un abismo.


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