La ciudad propia

por Juan Carlos Méndez Guédez

El Obelisco de Barquisimeto. Fotografía de Andrés Méndez | Flickr

18/08/2019

Al hablar de ciudades, Ítalo Calvino colocaba en boca de sus personajes una de las frases más hermosas que recuerdo: “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio”.

Curioso movimiento, ser la conciencia, la afectividad que crea el espacio para que las ciudades sean. Porque las ciudades no entran en uno si no se les abre las puertas, si no se las invita. Antes de ese instante, son apenas trozos de ventanas, fechas, nombres. 

Es la palabra cargada de memoria, deseo, historia íntima, la que configura un lugar dentro de nosotros.

No hace tanto, Edurne Portela y José Ovejero, al grabar un documental con varios autores, me dijeron que notaban en mi narrativa una cierta fijación por los lugares; un deseo de habitar en ellos, de poblarlos y de ser abrazado por sus historias. A partir de ese momento no he dejado de pensar en ese punto. Ya se sabe, el pensamiento llega tarde a donde hace rato llegaron las historias que imaginamos.

Mi infancia y mi adolescencia estuvieron marcadas por la tensión entre dos ciudades: Barquisimeto y Caracas. Por un lado la ciudad de la familia, de las casas con muchas voces, de los mangos verdes con sal, de las vacaciones. Por el otro, la ciudad cotidiana, el lugar de los estudios, los amigos, los atascos.

Esa tensión exhibió momentos diferentes. Quizá el primero: la sensación de haber sido expulsado de un paraíso personal. Barquisimeto era el lugar de los abrazos, los rostros familiares, las horas infinitas para el juego. Caracas era el sitio de las obligaciones, de la vida un poco solitaria en la que mi madre y yo sobrevivíamos, era el lugar de las tediosas horas de colegio (porque para un niño, las migraciones internas, el mercado laboral, las oportunidades infinitas de una mega-ciudad, sonaban como palabras sin sentido).

Pero esa dicotomía infantil fue mutando en la medida en que descubrí que necesitaba ambos lugares. Cuando pasaba mucho tiempo en Barquisimeto extrañaba el fragor de Caracas, sus avenidas inabarcables, sus cines, museos, teatros, librerías, sus olores feroces de mango y gasolina; cuando pasaba mucho tiempo en Caracas, extrañaba el zurear de las palomas en las tardes de Barquisimeto, el sol escurriéndose entre las carreras y calles; el sabor del suero en las mañanas.

Al principio, esa dicotomía fue dolorosa. La imposibilidad de estar en ambos lugares a la vez; la realidad de que permanecer en una ciudad era renunciar a la otra. Esa suerte de doble vida, porque yo, que ahora no tengo religión, en ese momento tenía dos; en Caracas era católico y acudía a misa; en Barquisimeto era marialioncero y viajaba a los ríos para los rituales en honor a la Reina. En Caracas me sumergía horas y horas en libros con ficciones de todo tipo; en Barquisimeto era el atento muchacho que escuchaba las historias de su Tío Floripe, ese fabulador que contaba cómo había escapado de unos tiburones en un río de El Tocuyo o cómo había colocado un cartucho de dinamita en la boca de un cocodrilo en Guarico. En Caracas tenía palabras aspiradas, rápidas, punzantes y caribeñas, propias del barrio popular en el que vivía; en Barquisimeto poseía un acento lánguido, marcaba el voseo en los verbos y al sorprenderme o cabrearme usaba las palabras rurales que escuchaba a los mayores.

Eran mundos que no se conectaban del todo pero que sí dejaban marcas. “Sié caraj, ya llegó el caraqueño echoncito, na guará”, me decían algunas veces; “Coño, vale, el guaro ya viene con sus güevonadas telúricas”, me decían en otras oportunidades. Siempre era yo el que estaba sin estar del todo o el que estando ya se iba.

La escritura me sirvió, entre muchas otras cosas, para resolver esa tensión. En ella era posible la conjunción, la mezcla, la yuxtaposición. En los párrafos de lo que iba imaginando los dos lugares eran posibles de manera simultánea. Mis ojos los contemplaban a ambos, los recorrían, los contaban. Cada ciudad era un texto incompleto que yo rellenaba con historias. Lo que desconocía de ambas ciudades, lo que me faltaba en ellas, yo lo vivía cada vez que iniciaba una narración. Era como habitar dentro de las posibilidades de esa novela de Nooteboom: La historia siguiente, en la que un hombre que se acuesta en Ámsterdam despierta en Lisboa. El espacio era sólo otra palabra más, un camino muy corto que los verbos lograban juntar de punta a punta.

Recuerdo que en un libro del español Juan Bonilla, un personaje construye su ciudad propia con trozos de los diversos lugares que le importan. Hice algo así en mi propia vida: yo caminaba por la Intercomunal del Valle, seguía un buen trecho por la carrera 17, giraba a la derecha y caminaba por la Avenida México, saltaba a la vereda 12 de El Obelisco, subía por la Avenida Zuloaga, atravesaba la Tierra de Nadie de la UCV, llegaba a la Vargas con 16, me detenía un rato en La Floresta, avanzaba por la calle Maury, y me comía unas fresas con crema frente al Monumento al sol naciente de Cruz Diez.

A esas dos ciudades, el tiempo sumó otras; pero el viaje continúa. En mi más reciente novela: La ola detenida, Caracas fue el escenario principal, pero mientras escribo estas palabras y corrijo los cuentos de un nuevo libro: La Diosa de agua, miro el soleado verano madrileño y mis palabras están recorriendo mundos inventados entre Barquisimeto, Cabudare, Guarico, Quíbor, El Tocuyo, Cubiro, Sorte. Historias atemporales, escenificaciones míticas. Ahora es María Lionza, la reina de los ríos y la montaña, quien sucede como una parte del espacio que no puedo ver y que sin embargo vivo. Mi infancia me cuida. Una de mis ciudades y sus cercanías no cesan de abrigarme, me protegen de las heridas con que van mordiendo los años. “Abrázame que el tiempo es malo y él nunca perdona”, dice ese gran juglar que fue Juan Gabriel. En su voz suceden mis dos ciudades, su memoria, el modo en que las reinvento; la silueta de esta nueva ciudad en la que ahora vivo. Suceden en su voz y en la torpeza con que tecleo palabras donde lo sagrado surge en esos lugares por los que alguna vez pasearon mis ojos. 

Por eso, al concluir este texto daré un nuevo paseo. Comenzaré por la calle Alcalá, giraré a la izquierda y subiré por la 16 para llegar al Parque Ayacucho, luego me sentaré un buen rato en el muro de una casa en la Avenida El Cortijo, y comenzaré a escribir: “Al hablar de ciudades, Ítalo Calvino colocaba en boca de sus personajes una de las frases más hermosas que recuerdo…”.


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