Perspectivas

El Día Mundial de la Lengua Griega

20/02/2021

Manuscrito de la Odisea, s. XV. Biblioteca Británica.

Mi lengua me la dieron griega,
la casa pobre en las arenas de Homero…

Odyseas Elytis

Desde 2017, el 9 de febrero se celebra el Día Mundial de la Lengua Griega, cuando se recuerda al poeta nacional de la Grecia moderna, Dionisios Solomós, autor del Himno a la libertad, el himno nacional griego. La iniciativa partió de la Federación de las Comunidades Griegas en Italia y hoy está consolidada como una forma de honrar la enorme deuda que guarda la civilización con la lengua griega.

Ya lo sabemos, la lengua es el instrumento con el que un pueblo expresa su visión del mundo y de la vida. En ese sentido, es la forma esencial con que se transmite su cultura. La lengua griega, con sus necesarias variantes, se ha hablado ininterrumpidamente durante más de cuarenta siglos y se ha escrito con los mismos signos desde hace veintiocho. Junto con el chino es la lengua más antigua de las que aún se hablan, y con un registro histórico de 3.400 años, es la cuarta más antigua de la que se conservan vestigios escritos, después de las lenguas chinas, egipcias y la hitita (que se habló en la Anatolia central, hoy Turquía).

La lengua griega es una muestra (y el argumento irrebatible) de que las grandes creaciones culturales son producto de un mestizaje que inexorablemente va avanzando a través de los siglos. Su historia se puede remontar hasta el año 5.000 a.C., cuando las primeras tribus indoeuropeas comenzaron a migrar, en sucesivas oleadas, desde las estepas del centro de Rusia, en la cuenca del Volga, hacia Europa, Asia y el Mediterráneo. Sin embargo, no se puede hablar de una lengua griega propiamente sino hasta que estos nómadas del norte entraron en contacto con los pueblos aborígenes prehelénicos que ya estaban asentados en el ámbito del Egeo y lo que hoy es la Grecia continental y el Peloponeso. Desde entonces se inicia un indetenible proceso de mestizaje y maduración; pero también de diferenciación de este protogriego o griego común en sus cinco grandes grupos dialectales: el eólico, el dórico, el jónico-ático, el arcadio-chipriota y el noroccidental. Presa de contradictorias tensiones, la lengua se diferenciaba geográficamente a la vez que se consolidaba en tanto que vehículo de una cultura vigorosa.

Durante este período arcaico, dos fueron los factores esenciales de este proceso de consolidación. Por una parte, la adaptación del alfabeto fenicio en el siglo VIII a.C., primeramente en Jonia y el Asia Menor (con la consecuente introducción de la escritura), y por la otra el consecuente surgimiento de una tradición literaria que comienza a ser fijada por escrito. Así, la escritura fijó a la vez que dinamizó las palabras. Las consecuencias de este proceso van a ser definitivas para el desarrollo de la lengua, a la vez que dramáticas para la cultura, al menos para el tipo de cultura oral imperante hasta entonces. Los dialectos literarios se convertirán en lenguas internacionales para consumo de las élites en todo el ámbito helénico, así como para la creación de una incipiente identidad nacional: el llamado dialecto homérico, el eólico de la lírica monódica, el dórico para la lírica coral, el jónico y después el ático para la prosa y la poesía dramática. De esta época provienen, pues, las primeras grandes creaciones propiamente literarias: los poemas homéricos, los poemas de Hesíodo, la poesía lírica. Es la época del surgimiento y desarrollo de los primeros géneros, tal y como después fueron fijados por la teoría literaria.

Paralelamente, el creciente comercio con regiones del Mediterráneo oriental, así como con Egipto en el sur y el Mar Negro (el viejo Ponto) en el norte, determina el enriquecimiento de la lengua al contacto con otras, introduciendo nuevas palabras y formas gramaticales. A la vez, como atestiguan las fuentes, se va incrementando el acceso a la lectura. Otro factor será la incorporación del saber científico a la tradición literaria, con la consecuente forja de neologismos: así la poesía dramática, la prosa histórica, la oratoria, pero sobre todo los diálogos filosóficos y los textos médicos, como el Corpus Hipocrático, impulsaron la creación de nuevas palabras y metatérminos. Es la época de la hegemonía cultural, militar y económica ateniense, cuando se impone el dialecto ático a la sombra de un sistema tolerante -el democrático- que atrae a poetas, pensadores, científicos e intelectuales de todo el mundo helénico. Son los siglos V y IV a.C., el llamado período clásico, el tiempo de Atenas.

Con las invasiones macedónicas la antigua polis colapsa, y en su lugar surge un proyecto ecuménico adelantado por Alejandro, que sin embargo pronto hace aguas. De él quedan los grandes reinos helenísticos y un mundo multipolar, mestizo (más aún) y multicultural, una “primera globalización”, como dicen algunos historiadores, encabezada por la Alejandría de los Ptolomeos. La lengua de ese mundo helenístico (que se extiende desde Sicilia hasta Palestina y Macedonia, y desde el s. III a.C. hasta el surgimiento del Roma), no será otra que el griego. Pero, ¿qué tipo de griego?, ¿acaso es el mismo el de las comedias de Menandro y las Cartas de San Pablo que el de Tucídides y Platón? Sin duda no. Es éste un griego simple, hablado por las clases menos cultas, es verdad, alejado de la tradicional pronunciación ática y con una gramática mucho más sencilla; pero también una lengua más directa y ágil. Sin duda también debió ser más rica en giros y términos dialectales esta lengua que se habló a lo largo de todo el Mediterráneo oriental, la llamada “lengua común”, el griego koiné.

Quizás la pereza nos lleva a pensar que con el surgimiento de Roma el griego dejó de hablarse y escribirse, y nos resistimos a la idea de un imperio bilingüe como en efecto fue el Imperio Romano. No solo en las provincias orientales la gente siguió comunicándose en griego, sino que éste devino la lengua culta de las élites romanas, en su mayor parte también bilingües. Filósofos e historiadores romanos como Epicteto y Diodoro escribieron sus obras en griego, y hasta un emperador, Marco Aurelio, escribió en griego sus Meditaciones. Y cuando Roma se parta en dos, a la muerte de Teodosio, la lengua del Imperio de Oriente, que después será el Imperio Bizantino, no será otra que el griego. Este griego, el griego bizantino, al evolucionar fonética y gramaticalmente, se convirtió en el llamado griego medieval, que es la base del actual griego moderno, que es la lengua materna de quince millones de hablantes. Hay, pues, un hilo ininterrumpido que viene desde Homero hasta nuestros días.

Francisco Rodríguez Adrados, en su Historia de la lengua griega, asegura que, de muchas maneras, también nosotros seguimos hablando griego. Más allá del conocido argumento de que todos los días, en nuestra vida cotidiana, los hispanohablantes usamos una cantidad indeterminada de palabras y compuestos derivados de la lengua griega (teléfono, semáforo, música, atleta, en fin…); más allá del no menos significativo testimonio de los miles de helenismos que tiene el español, esta celebración nos remite a una herencia de arte y de ciencia, de literatura y pensamiento, en fin, de civilización. Una herencia de palabras y de ideas, pero sobre todo de unos ideales de libertad, tolerancia y democracia que, mal que bien, compartimos con el mundo civilizado. Por eso, en cierta forma, el Día Mundial de la Lengua Griega es también una celebración de todos nosotros.


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