Literatura

Un escritor en la peste

por Luis Yslas Prado

Albert Camus

25/11/2017

A Guillermo Sucre

Ignoraba que se podía soñar con personajes literarios. Pero todas las noches se aprende algo. Ayer soñé con Joseph Grand de La peste de Albert Camus.

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Aunque no lograba distinguir su rostro debido a que su cuerpo se inclinaba sobre un escritorio y la habitación estaba en penumbras, sabía, con esa convicción irracional de quien sueña, que era él. Grand emitía una especie de gorjeo apenas perceptible. Llevaba un sobretodo que le quedaba grande y estaba sentado sobre una caja. Bajo la luz de una lámpara, su mano derecha escribía una frase que luego su mano izquierda tachaba. En eso estuvo un buen rato. La derecha trazaba lo que la izquierda deshacía. Una y otra vez. Cuando quise acercarme más, se volteó y me miró, pero su cara estaba completamente rayada, como un cuaderno escolar al que no le caben más palabras. Pronunció algo que no entendí y eso fue todo. Al despertar decidí escribir estas líneas.

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Escribir sobre un personaje que no puede escribir es un riesgo. La escritura se contagia pronto de ese virus y empieza a dar vueltas sobre sí misma hasta enredarse en un nudo de silencio.

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Pero escribir siempre es un riesgo que el silencio no resuelve. Escritor, pensaba Thomas Mann, es el que escribe con dificultad. Grand es el escritor llevado a sus últimas consecuencias.

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En la novela de Camus, Joseph Grand es un bondadoso empleado del ayuntamiento de Orán, que durante toda la historia se enfrasca en una lucha con sus propias palabras. Una lucha no menos decisiva que la que libra el resto de la ciudad contra la peste, aunque más modesta y acaso incomprensible en medio del encierro y la mortandad. En los ratos que le roba a sus ocupaciones burocráticas y filantrópicas, Grand ha empezado a trazar la primera frase de lo que parece ser una historia imaginaria. Una novela, tal vez. Sin embargo, no puede darle el remate final a esa oración, dotarla del ritmo deseado que lo conduzca a las líneas siguientes. Una sola frase ocupa sus días y sus noches. No puede avanzar más. Pero tampoco retroceder. Insiste, cambia un adjetivo, aplasta un sustantivo, pule, altera, tacha, afina, talla, busca la palabra justa, la forma perfecta. Pero es inútil. No puede echar a andar la escritura. Su narración ha quedado interrumpida, cautiva, en un balbuceante inicio que no deja de corregir con la obsesiva disciplina del desesperado.

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Ahora entiendo que soñé un resumen de Grand. Supongo que los personajes son como fantasmas que se resisten a esa muerte por olvido a la que a veces los condenamos. De ser así, Grand es una aparición cuya imagen ha terminado por imponerse también en mi vigilia. Supongo que algo quiere decirme, y supongo también, sin mucha seguridad, que escribo para averiguarlo, o al menos para traerlo simplemente a la memoria, sin mayores interpretaciones. Demasiadas suposiciones como para abrigar certezas.

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A diferencia de los protagonistas de la novela –el doctor Rieux, el periodista Rambert, el solitario Tarrou–, Grand es un ser de perfil a quien Camus describe con simpática compasión: “Alto, flaco, flotaba en sus trajes que escogía siempre demasiado grandes, haciéndose la ilusión de que así le durarían más. Conservaba todavía la mayor parte de los dientes de la encía inferior, pero, en cambio había perdido todos los superiores. Su sonrisa, que le levantaba el labio de arriba, hacía enseñar una boca llena de sombra. Si se añade a este retrato un modo de andar de seminarista, un arte especial de rozar los muros y de deslizarse por entre las puertas, un olor a sótano y a humo, con todos los modales distintivos de la insignificancia, se reconocerá que solo se le podía imaginar delante de una mesa de escritorio, aplicado a revisar las tarifas de las casas de baños de la ciudad, o a reunir para algún joven escribiente los elementos de una información concerniente a la nueva ley sobre la recolección de las basuras caseras”.

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Imposible no advertir en Grand la herencia del Bartleby de Melville, de los escribientes de Kafka, de las sombras imaginarias de Walser, en fin, de todos los artistas para quienes la obra y la vida –como en la frase de Beckett– son un pretexto para fracasar mejor. La vida de Grand, su escritura, se reduce a esa movediza y fallida primera frase –el grado cero de su existencia–, modificada en numerosos fragmentos reunidos en una carpeta que guarda en su habitación, como un íntimo secreto que comparte solo con algunos conocidos.

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“En una hermosa mañana del mes de mayo, una elegante amazona recorría, en una soberbia jaca alazana, las avenidas floridas del Bosque de Bolonia”. Este es el primero de los varios inicios que Grand lee en la novela, advirtiendo que se trata solo de un borrador: “Esto no es más que una aproximación –afirma–. Cuando haya llegado a transcribir el cuadro que tengo en la imaginación, cuando mi frase tenga el movimiento mismo de este paseo al trote, un, dos, tres, un, dos, tres, entonces el resto será más fácil y sobre todo la ilusión será tal desde el principio que hará posible que digan: Hay que quitarse el sombrero”.

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Páginas más adelante, la imagen reaparece ligeramente retocada por su autor: “En una hermosa mañana de mayo, una esbelta amazona, montada en una soberbia jaca alazana, recorría las avenidas floridas del Bosque de Bolonia”. Pero Grand aún no está convencido. Ni se da por vencido. Continúa corrigiendo, en esa convulsa reescritura que no hace sino fijarlo en el mismo lugar, como si su amazona no cabalgara sobre un bosque, sino que diera vueltas y vueltas en un carrusel que no conduce a ningún lado. “En una hermosa mañana de mayo, una esbelta amazona, montada en una suntuosa jaca alazana recorría las avenidas llenas de flores del Bosque de Bolonia”. Poco antes del final de la novela, Grand cae gravemente enfermo. Agonizando en su habitación, aún tendrá fuerzas para revelar una versión más de su frase: “En una hermosa mañana de mayo, una esbelta amazona, montada en una suntuosa jaca alazana, recorría entre flores las avenidas del Bosque…”. Ante la inminencia del fin, Grand le pide al doctor Rieux que le pase las hojas de su manuscrito. “El doctor las hojeó y vio que todas aquellas páginas no contenían más que la misma frase indefinidamente copiada, retocada, enriquecida o empobrecida. Sin cesar, el mes de mayo, la amazona y las avenidas del Bosque se confrontaban y se disponían de maneras diversas. Pero al final de la última página una mano atenta había escrito con tinta que aún estaba fresca: ‘Mi muy querida Jeanne, hoy es Navidad…’ Debajo, con esmerada caligrafía, figuraba la última versión de la frase”. En un gesto deliberadamente kafkiano, Grand le dice a Rieux que queme todo eso. “El doctor dudó, pero Grand repitió la orden con un acento tan terrible y tal sufrimiento en la voz que Rieux echó los papeles en el fuego ya casi apagado. La habitación se iluminó rápidamente y una breve llamarada la caldeó un momento. Cuando el doctor fue hacia el enfermo, este se había vuelto del otro lado y su cara tocaba casi la pared”.

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Sin embargo, a la mañana siguiente, Grand amanece recobrado. Para su sorpresa y la de sus compañeros, la muerte parece haberle dado un salvoconducto. Un tiempo de prórroga. Su recuperación anuncia el final de la peste. Se abren las fronteras de la ciudad y la novela empieza a cerrarse. Fiel a sí mismo, Grand ha decidido recomenzar su historia. Sospecho que aún sigue batallando en la primera línea, lanzado hacia ese infinito inmóvil en el que su frase es un taller de escritura donde el alumno y el profesor son la misma persona. Imagino su figura encorvada, fija en el tiempo como un signo de metafísica resistencia. Y también de empecinada tristeza. Como un garabato de la angustia de escribir.

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Lo más difícil para un mal escritor no es escribir mejor sino dejar de escribir. ¿Pero es Grand un mal escritor o algo se nos escapa de su enigmática tarea? En otras páginas Camus escribió que un hombre rebelde es un hombre que dice que no. Cada vez que Grand se sienta a escribir es un rebelde que le dice no a la literatura. O a cierta idea de la literatura de la que su escritura, sin que él mismo lo sepa y lo desee, prefiere mantenerse al margen. Incontaminada. Grand es el escritor del silencio o de la evasión que el silencio procura. O tal vez sea uno de esos casos en que la escritura se rebela contra su creador, desmaterializándose en cada intento de avance, como una forma de evitar desarrollos y desenlaces, aspirando a mantenerse en un estado de perpetuo nacimiento con el que se pretende burlar, temporalmente, a la muerte. ¿Es Grand el escritor de la agonía? Lo cierto es que es el escritor de la peste; un sobreviviente.

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Camus construyó un personaje con grandes densidades de sombra y lateralidad. Un ser hecho de lado, fuera de foco. La luz que emana Grand siempre es pálida, a punto de apagarse. Por eso resulta inútil, y hasta irrespetuoso, pretender arrojar claridades en el corazón de su misterio. Me temo que solo puedo enumerar conjeturas rotas y contradictorias que recorran también el bosque de Bolonia sin afán de llegar a ninguna exactitud. Grand es un mediocre cuya escritura es la arena movediza donde se hunde en vez de avanzar. Pero también es un héroe. Si se quiere un héroe de la fragilidad. Pero un héroe, al fin y al cabo: alguien que no renuncia a luchar, a pesar de sus miedos, con todos sus miedos a cuestas. Su empecinamiento lo convierte en una suerte de místico al que sus compañeros respetan. Su vida cabizbaja es la parodia de Bartlebly y de Kafka. Y como toda parodia, un sentido tributo. Grand es la encarnación del silencio que se subleva en todo escritor, el humorista cuya ironía posterga el encuentro con la muerte, el modesto protagonista de un libro en el que se hace pasar por personaje secundario, el microcuentista atrapado en una novela, el corrector que se cree escritor, el romántico para quien la literatura es el puente que conduce al ser amado, el artista enamorado del vacío que su escritura traiciona. Grand es un tonto y un sabio en proporciones intercambiables. Un luchador o un loco según el lugar y el tiempo de las interpretaciones. Y es, sobre todo, un hombre que, en medio de un mundo que se deshace, no renuncia a la modesta tarea de encender la luz todas las noches y emprender, aunque sea por unas horas, la búsqueda de la belleza.

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Si Grand se me vuelve a presentar en sueños, me quitaré el sombrero, y no volveré a interrumpirlo.


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