LiteraturaDiario de Milán

Tres novelas en la montaña

por Alejandro Oliveros

Los escritores Bernhard Schlink, Friedrich Ani y Patrick Modiano

16/12/2017

Megeve, viernes 8 de diciembre de 2017

Una libreta de direcciones

Me encanta recordar aquel comentario de John Updike, incluido en una reseña publicada hace muchos años en The New Yorker, donde decía, más o menos, que cuando se lee una novela de un autor alemán (incluía también a los austriacos y suizos) uno debe siempre esperar que, en cualquier momento, pasando la página, alguien lance un grito.

En El week-end, que estoy leyendo en su versión francesa, esto ocurre en la pagina 47. Su autor, Bernhard Schlink, conocido por la película El lector, una adaptación de su libro del mismo nombre, presenta a sus lectores a una joven dando voces en mitad de la noche, desnuda por añadidura. En la segunda narración alemana que me traje para terminarla en estos días de cumbres nevadas, El día sin nombre, de Friedrich Ani, en su versión italiana, el grito no se ha presentado, pero de seguro lo hará. No podríamos esperar menos de una historia que incluye seducciones, suicidios y, es lo que estoy averiguando, asesinatos.

La tercera de las novelas no es de un autor alemán, sino francés, Premio Nobel, por lo demás, el muy difundido Patrick Modiano. Aunque su ambiente no es diverso al de muchas novelas policiacas, como las de Simenon, y varios de sus personajes no son muy distintos, no es obvio que alguien aparezca gritando. Los personajes de las novelas francesas no gritan. No hay, o no recuerdo, un solo grito desgarrador en la larga novela de Proust. Sus protagonistas prefieren susurrar, así estén en el medio de escabrosos episodios de violencia sexual.

Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier (existe traducción al castellano) es el nombre del libro de Modiano, el cual, como casi todos los de su autor, se sitúa no en París, sino en un mapa de París. Sus personajes son expresión de la calle o barrio (quartier) donde habitan, cuyas direcciones son siempre consignadas. En esta historia todo comienza, precisamente, con la libreta de direcciones que el protagonista ha extraviado. Algo perfectamente banal pero que, para una criatura de Modiano, puede ser un asunto de vida o muerte. Todo se va a desarrollar a partir de la llamada del desconocido que la ha encontrado y quiere devolverla a su dueño. En el encuentro pactado para el día siguiente en un café nuestro personaje, un escritor en sus setenta, conoce a su benefactor y a su amiga, una de esas jóvenes acostumbradas a circular en la narrativa del autor, mitad Nadjas, mitad fantasmas y mitad ninfas. El breve intercambio podría ser el más convencional, como no fuera por el favor que, a cambio de la devolución, le pide el hombre que encontró el directorio.

Se trata de conocer la dirección (¡siempre las direcciones!) de un sujeto cuyo nombre y teléfono aparecen en la libreta. Pero la memoria, uno de los asuntos reiterados por Modiano, hace acto de presencia en la forma del olvido (“La memoria, que es el olvido”, escribió la gran Christa Wolf). El escritor no recuerda de quién se trata, no sabe dónde se encuentra ni qué hace; es un numero de siete cifras, de los que se dejaron de usar en París hace más de treinta años. Confundido uno y decepcionado el otro, ambos hombres se despiden sin intenciones de un nuevo encuentro. Así, hasta que veinticuatro horas más tarde, nuestro escritor recibe una llamada.

Se trata del mismo tipo para decirle que el nombre en cuestión aparece en la primera de sus novela, cómo es posible que lo haya olvidado. Este es el prometedor inicio de Pour que ne te perdes pas, publicada en 2014, poco días después de que su autor fuera distinguido con el Nobel. Con la pulcra sintaxis a la que nos tiene acostumbrados, clara, precisa, económica, aunque sin la musicalidad de contemporáneos como Duras, Modiano distribuye su narración en tres niveles cronológicos que llevan al lector hasta la lejana infancia del protagonista y su no menos distante adolescencia. Después de las primeras secciones, donde se introducen los personajes de una historia que promete grandes momentos de suspenso, de elaboradas pesquisas para dar con el olvidado individuo de la libreta de direcciones, Modiano parece recordar que él es uno de los máximos exponentes de la sesentista “Nouveau roman”, uno de cuyos atributos fue la admirable capacidad para hacerle las cosas difíciles al lector. Para oscurecer lo que ha podido, y debido, ser claro. Pero, como se sabe, la oscuridad fue uno de los criterios de una modernidad que Modiano se ha empeñado en prolongar hasta nuestros días. Y así, en su novela, el mismo narrador comienza a dudar de que lo que le ocurre, lo que ve, lo que dice y escucha, haya ocurrido en realidad: “Todo tenía la levedad de un sueño”; “Ciertos detalles de su vida, pero reflejados en un espejo deformante”; “Regreso a su escritorio después de un mal sueño”. “No, él no había perdido su libreta de direcciones. Ni Gilles Ottolini ni Josephine Grippay, que se hacía llamar Chantal, habían jamás existido”.

El protagonista, después de dejar atrás a los personajes con los que se encontró en las primeras páginas es llevado a través de un laborioso juego de asociaciones y disociaciones, al laberinto pasado de su infancia y juventud poblado por hombres y mujeres de borrosa existencia. Como siempre, Modiano nos invita al disfrute del “placer del texto”, más que al deleite del cuento. Al final, no podemos dejar de advertir un leve aroma a novela del siglo pasado; moderna, no contemporánea, como podría ser la del tal vez no tan dotado Michel Houellebecq. Uno termina con la sensación de que Modiano dejó escapar lo que ha podido ser una memorable novela, al estilo de Henry James o Graham Greene. Pero el “Nouveau roman” era así, mas nouveau (aunque ya no tanto) que roman.

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Megeve, sábado 9 de diciembre de 2017

Encuentro con el pasado

Bernhard Schlink es el autor de mi segunda “novela de montaña”. Schlink –como la mayoría de los periodistas, novelistas, directores de escena, teatro y cine, políticos y críticos de arte alemanes– es egresado en filosofía en una de las grandes universidades de su país. En su caso, la venerable Universidad de Friburgo. Además, nuestro autor hizo Derecho y es profesor de la Humboldt de Berlín. Con estas credenciales, fue nombrado juez de la corte constitucional de Renania del Norte-Westfalia, experiencia y conocimientos que le serían útiles la hora de escribir su Das Wochenende (El fin de semana, en la versión de Anagrama; Le week-end, en la francesa de Gallimard, que es la que me tocó leer).

El título se refiere a los tres días en los que se desarrolla la acción. Setenta y dos horas que compartieron un grupo de amigos representativos de los años sesenta en la Alemania de los “Años de plomo”, como se conoce el período de violencia que ensangrentó el país durante casi una década por las acciones terroristas y la represión policial no menos violenta. El grupo se ha reunido para dar la bienvenida a Jorg, recién liberado después de veintitrés años en prisión por la comisión de cuatro homicidios llevados a cabo en nombre de la santa guerra revolucionaria en contra del estado federal.

No son pocas las novelas, obras de teatro y películas que han tratado el asunto. En artes plásticas, no es fácil olvidar la serie de grandes lienzos en blanco y negro ejecutados por Gerhard Richter a partir de las fotos tomadas en la morgue a Ulrike Meinhof, así como la igualmente notable colección de retratos de Hans-Peter Feldmann de muchos de los protagonistas y víctimas de la aventura.

En una prosa elegante y ajustada, Schlink nos ofrece su desapasionada versión de los hechos. Con visible interés trata de entender las motivaciones de los que fueron sus contemporáneos, aquella juventud alemana, absurdamente malgastada, que se dejó llevar por los espejismos de una ideología delirante. Los hijos de la generación de “asesinos” que participaron en los desmanes nazis convertidos ahora también en criminales no menos homicidas. La cruel paradoja la expone el hijo de Jorg, abandonado por el padre y huérfano de una madre suicida, que asume el papel de gran acusador. El ambiente escogido por el autor no podía ser más adecuado o más alemán: la casa de campo de uno de los personajes, cuyo paisaje parece tomado de una pintura de Anselm Kiefer:

Los amaneceres aquí son silenciosos y melancólicos, lo mismo que
los mediodías y las noches, las tardes y las mañanas. Son melancólicos
no solo en invierno, sino en primavera y verano. Es la melancolía
del cielo y del campo vasto y vacío… La melancolía era algo de
singular importancia. Condicionaba el lugar y las personas más
que todo lo demás… La mayor parte del tiempo, Margaret adoraba
la melancolía. Incluso la creía con la capacidad de curar a las
personas.

La cual parece ser la opinión de Schlink. Después de tensas reuniones, reclamos, justificaciones, arrepentimientos, especialmente por parte de Jorg, el único que se unió a la banda terrorista Fracción del Ejército Rojo, el grupo de amigos, para el domingo en la tarde, al final del encuentro, aparece reconciliado y curado. Pocas culpas o resentimientos a pesar de las agresivas imputaciones del más joven. Una especie de ángel exterminador, cuya función aniquiladora es rápidamente absorbida por el grupete de amigos el cual, después de pasar por un período de rebeldía, terminaron integrados a la sociedad burguesa y represiva que en su juventud condenaron.

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Milán, martes 12 de diciembre de 2017

Un detective empático

Mi tercera novela la comencé a leer antes del viaje a la montaña. La dejé de lado ante la inesperada aparición de las otras dos y de vuelta a esta ciudad la he terminado bajo la mirada atenta de las mismas nevadas montañas que se distinguen a lo lejos. En Il giorno senza nome, que es su nombre, el grito al cual hace referencia John Updike no aparece hasta la página 152:

Apenas se dio cuenta de las palabras que había pronunciado, se llevó
las manos al rostro y lanzó un grito; la presión de las manos aumentaba
a medida que el grito se prolongaba creciendo en intensidad; la voz
se parecía al aullido distante de un animal en lo más tupido
del bosque, un lamento funesto detrás de los dedos, que, de repente,
se interrumpió, tal como había comenzado.

El del grito es Ludwig Winter, y el escenario es el Cementerio Oriental de Múnich. Razones no le faltaban a Ludwig para expresarse de esa manera. A sus pies, se encontraban las tumbas de Esther, su hija suicida a los diecisiete, y de Edith, su esposa, quien escogiera el mismo fin un año más tarde después de dejar un escueto mensaje a su marido: “Me voy, no quiero verte más”.

El autor de El día sin nombre, que es como se debería llamar la traducción al castellano (si es que algún día la realizan) es Friedrich Ani: alemán de padre sirio y egresado no en filosofía sino en dirección y escritura de guiones. Durante varios años cubrió la fuente judicial del Frankfurter Allgemeine Zeitung, hasta que decidió aprovechar la experiencia para escribir novelas policiales. Una decisión afortunada que lo ha llevado a ser distinguido en siete oportunidades, casi un monopolio, con el anhelado Krimi Preis, el reconocimiento anual a la mejor obra del género escrita en alemán. Su creación más difundida es la del detective Tabor Suden, protagonista de la mayoría de sus libros.

En El día sin nombre, Ani introduce por primera vez la figura del comisario Jakob Franck, un sabueso de factura clásica a lo Hammet, Chandler o Durrenmatt: jubilado, divorciado, solitario (su única y lamentable diversión es jugar póker con desconocidos por Internet), inclinado a la bebida, romántico frustrado y necrófilo convencido. Una tendencia que lo convirtió en el encargado, como un Hermes especular, de comunicar a los familiares la infausta nueva de la muerte de uno de sus miembros. En estas funciones lo presenta Ani cuando, a finales de un día cualquiera, llega a la casa de Ludwig para comunicarle a su esposa la muerte suicida de Esther. La narrativa adquiere proporciones de tragedia griega, como en Troyanas, por ejemplo. La madre, después de pronunciar la más desoladora y desesperada de las frases, “Dígame que no es verdad”, se aferra al comisario en un abrazo trágico que se prolongó por casi siete horas: “Habían transcurrido horas, tal vez cinco horas, cuando la mujer alzó la cara pronunciando la frase por segunda vez… Franck la mantuvo en sus brazos… El silencio más pesado de su carrera”.

El comisario retirado, Jakob Franck, había sido llamado de su incómoda jubilación por Ludwig, precisamente, quien, veinte años después de la muerte de su hija, estaba convencido de que no se trató de un suicidio, sino de un asesinato. Se dice que el criminal siempre regresa al lugar de los hechos, y es cierto; también lo es que, por más que se jubile, un policía nunca deja de ser policía. Franck no se niega a la petición de aquel hombre y enseguida reabre las investigaciones con su técnica habitual. Una metodología que parece basarse en la desconfianza de los datos inmediatos de la percepción. Los hechos son secundarios; la lupa de Holmes le parece tan inútil como los juguetes de los modernos CSI. Para él, como para Lacan, lo importante es el lenguaje, lo que le digan los involucrados. La idea es buscarlos, ir hasta donde se encuentren, oírlos largamente en un sitio de apariencia neutral o en sus domicilios. Su método socrático lo dispone a escuchar y dialogar durante horas y en repetidas ocasiones hasta empatizar con cada uno y pensar como ellos.

Al final, en la soledad de su estudio y acostado en el suelo, se dispone a armar el rompecabezas. Los fantasmas son la sola compañía de este policía jubilado quien, después de treinta años en el oficio, sigue creyendo que existen cosas peores que el ser humano, y que los crímenes son cometidos no por la supuesta maldad innata del hombre, sino como respuesta a una cantidad de circunstancias de las cuales no son siempre responsables. Su pasión, como dicen que dijo Sartre una vez, es comprender a los hombres. El ejercicio de esta suerte de terapia lo llevó a la solución de tantos casos en su larga carrera y lo acercó al conocimiento de circunstancias nada obvias. Como la que se presenta al final de El día sin nombre. Esto es que, en el caso de Esther Winter, aparte del suicido y el asesinato, había una tercera insospechada posibilidad. La metodología de Franck es una prolongación de la del comisario Barlach, de Dürrenmatt. Este último, hasta donde entiendo, es el más grande escritor de novelas policiales de la lengua alemana. De la adaptación al cine de la novela de Friedrich Ani se encargó, con la fortuna acostumbrada, Volker Schlöndorff.


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