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Su nombre artístico es María Luisa Sandoval; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Por qué alguien pensó que “María Luisa Sandoval” tenía más glamur o mayor sonoridad que “Luisa Amelia León Garrido”, eso no lo sabemos. El caso es que la actriz María Luisa Sandoval, quien desplegó una exitosa carrera en el cine, el teatro y la televisión venezolanos desde finales de los años 40 hasta principios de

Por Milagros Socorro | 24 de septiembre, 2017
Archivo de Fotografía Urbana

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Por qué alguien pensó que “María Luisa Sandoval” tenía más glamur o mayor sonoridad que “Luisa Amelia León Garrido”, eso no lo sabemos. El caso es que la actriz María Luisa Sandoval, quien desplegó una exitosa carrera en el cine, el teatro y la televisión venezolanos desde finales de los años 40 hasta principios de los 70, nació en Los Teques, el 18 de octubre de 1929, y la inscribieron en el registro civil como Luisa Amelia León  Garrido, hija del comerciante Luis León Díaz, nacido en Los Teques, y Josefina Garrido Sandoval de León.

El apellido escogido para su nombre profesional era, pues, el segundo de su madre, y parte del primero de su abuela, Josefa Sandoval Y La Mar de Garrido, quien terminó de criar a la niña tras la prematura muerte de la madre, fallecida a los 50 años. Josefa Sandoval Y La Mar había nacido en Valencia, donde transcurrió toda su vida, incluida su vida de casada con Miguel Garrido, un hombre de a caballo (literalmente) y pistola al cinto, prepotente, mujeriego y desconsiderado. Cuando murió, Josefa se puso de negro, pero cuando nadie la veía, musitaba: Gracias a Dios. La bisabuela de María Luisa, por cierto, se llamaba Fronilde Sandoval, de manera que disponía de una variada gama de nombres para escoger.

En esta primera entrega ofrecemos una fotografía de Luisa Amelia cuando era una bebé, vivía en Caracas y temperaba en Los Teques. Nadie podía imaginar que se convertiría en una actriz famosa, puesto que ninguno de sus familiares se dedicaba al teatro u oficio parecido. Ella misma tampoco soñaba con ser una estrella y si llegó a serlo fue porque el azar fue llevándola a ese destino y porque su aspecto era verdaderamente espléndido, como puede observarse en las otras imágenes, correspondientes a los años 50, época en la que se desarrolló casi toda la trayectoria artística de María Luisa Sandoval, de la que ofreceremos detalles en próximas entregas.

 

Archivo de Fotografía Urbana

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Regreso a clases; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

La memoria no existe. En su lugar están los libros, los edificios y monumentos, las pinturas y grabados, los mapas y planos, las películas y fotografías. Pero, pese a las mil evidencias de que la memoria es una quimera, siempre creemos que retendremos tal o cual momento, dato o emoción. No es así. Nada se

Por Milagros Socorro | 17 de septiembre, 2017
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Fotografía Archivo Fotografía Urbana

La memoria no existe. En su lugar están los libros, los edificios y monumentos, las pinturas y grabados, los mapas y planos, las películas y fotografías. Pero, pese a las mil evidencias de que la memoria es una quimera, siempre creemos que retendremos tal o cual momento, dato o emoción. No es así. Nada se salva del olvido, que solo se arredra ante la piedra tallada y los documentos bien pergeñados y conservados. Pese a esto, decíamos, que es una gran verdad imposible de rebatir, muy pocos se toman el trabajo de fechar una fotografía y apuntar el nombre de su autor. Y entonces tenemos que adivinar cuándo fue captada la imagen, en qué lugar y cuál es la situación.

En el caso de esta pieza, parte del acervo del Archivo Fotografía Urbana, el hecho parece estar claro. Tal como ocurrirá este lunes 18 de septiembre en todo el país, se reinician las clases. Se colige el evento por la prolijidad de los uniformes en cuyas telas no se ha cebado el desgarro de los juegos bruscos, los nudillos vengativos de una lavandera armada con jabón de Castilla, ni el desvaimiento que a la larga acusa hasta el dril más fuerte al ser sometido a largas tardes de sábado bajo el sol. Y está claro que es un primer día de clases no solo porque los zapatos están enteros y la elásticas de las medias mantienen su determinación y no han caído desmayadas con tanto trasiego de bateas, sino porque el ruedo de las faldas y pantalones están donde deben estar. Sus dueños no han echado el estirón que cada año deja sus uniformes “zancones”, “brincapozos”, “te van a picar los pollitos”, “vas a recoger pepinos”, en fin, muy cortos.

Debe ser un día soleados en los primeros años 60. Esto se deduce por los cables de la luz en las alturas (el cableado de la energía eléctrica fue puesto bajo tierra como quien esconde bajo la cama las huellas recientes de un mal paso, a mediados del siglo XX, en las grandes ciudades de Venezuela). Ya las niñas se han incorporado masivamente a la educación. Y desde hace tiempo. A las claras se ve la falta de tensión entre los géneros, la familiaridad con que comparten la acera breve y la reunión tras largas vacaciones.

Los bultos de cartón, que hablan del celo de unas familias de modesto pasar, pero empeñadas en que el muchachito llegue a ser alguien en la vida. No los podrán equipar con maletines de cuero, pero cada septiembre les reponen el baratón, que todos los viernes es aseado con un trapito húmedo y sacudido boca abajo para despojarlo de basurita de sacapunta, envolturas de caramelo y quién sabe si un insecto que murió feliz, lamiéndose las antenas impregnadas de Savoy.

Esta escena puede haber tenido lugar en Maracaibo, donde hay un antiguo Colegio Sam Onofre. Pero la verdad es que muchas poblaciones de la hispanidad tienen planteles con el nombre del excéntrico anacoreta que dejó los dorados salones de la corte abisinia para echarse a un erial a hablar solo (en realidad, con el diablo, que venía a tentarlo a cada rato). De manera que también podría haber estado en el centro de Caracas o en Los Andes (la acera es inclinada). Es un colegio privado (si fuera público no aclararía que está “inscrito en el Ministerio de Educación”); y, con toda seguridad, su sede no dice desde afuera lo amplia que es. Estos niños van a ingresar, muy probablemente, a un zaguán donde los espera una sombra dulce que habrá de abrirse a un ancho patio a cuyo alrededor se alinean las puertas de las aulas.

La foto transcurre en una atmósfera apacible y auspiciosa. Ningún mal asedia a estos niños. Por el contrario. Son venezolanos. Tienen petróleo, tienen democracia, tendrán acceso al crédito, tienen padres y abuelos inmigrantes, que han encontrado un lugar de donde no querrán irse. ¿Qué puede salir mal?

José Ratto-Ciarlo y Lorenzo Batallán, maestros del periodismo cultural; por Milagros Socorro

—La foto registra a dos recias figuras del periodismo cultural venezolano —identifica Nabor Zambrano, a su vez descollante figura del género en Venezuela—. Dos hombres de flux, formales en el vestir y en la noticia, asumida con la nobleza de profesión-vida. Son José Ratto Ciarlo y Lorenzo Batallán. Cuando Nabor Zambrano llegó a El Nacional,

Por Milagros Socorro | 10 de septiembre, 2017
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José Ratto Ciarlo y Lorenzo Batallán. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

—La foto registra a dos recias figuras del periodismo cultural venezolano —identifica Nabor Zambrano, a su vez descollante figura del género en Venezuela—. Dos hombres de flux, formales en el vestir y en la noticia, asumida con la nobleza de profesión-vida. Son José Ratto Ciarlo y Lorenzo Batallán.

Cuando Nabor Zambrano llegó a El Nacional, “en San Cristóbal, a finales de los años 60”, Ratto Ciarlo era referencia; “y Lorenzo Batallán junto a Miyó Vestrini, marcaban el paso del acontecer cultural del país”.

“El mapa cultural del país era pequeño”, explica Zambrano, “una sola Orquesta Sinfónica, la OSV; un solo Museo, el de Bellas Artes (el de Ciencias, con data del siglo XIX, se veía disminuido); una compañía de ballet folclórico, Danzas Nacionalistas de Yolanda Moreno, en medio del estoico esfuerzo de la Nena Coronil, Sonia Sanoja, Grishka Holguín y las Hermanas Contreras por abrirle camino a la danza moderna; una editorial, Monte Ávila, que exhibía orgullo de marca en el diseño de John Lange; un cine de escasos logros, apartando el premio de Cannes a Araya y la resiliencia de la Cinemateca Nacional; un teatro igualmente heroico, con el Ateneo de Caracas y el Nuevo Grupo”.

–Lorenzo Batallán y Miyó Vestrini, —sigue Nabor Zambrano— y más tarde Teresa Alvarenga, daban cuenta exhaustiva de ese país arbitrario, pujante, iconoclasta, donde los debates estéticos se confundían con el avatar político-ideológico que respiraba aires perezjimenistas y aireaba simpatías fidelistas: Tabla Redonda, Techo de la Ballena, Sardio, las revistas Zona Franca E imagen, destilaron el licor de una democracia incipiente que no terminaba de macerarse en el odre de las pasiones. Y ahí estaban Batallán, Vestrini y Alvarenga acompañando la aventura cultural en todos los órdenes: el homenaje a la tradición, el apoyo a las nuevas generaciones, el júbilo del reconocimiento a las artes o las luchas por presupuestos dignos para la cultura. La ONJ, los festivales internacionales de teatro, el Museo de Arte Contemporáneo, el Teatro Teresa Carreño, el Museo Jesús Soto, el Museo de los Niños, la nueva sede del MBA, y más tarde de la GAN, asomaban en el horizonte con paso firme aunque con pocas partidas en el erario y la impaciencia del medio, que Batallán, Vestrini y Alvarenga, y luego quienes les sucedimos fustigaban a página completa.

A finales de 1976, cuando ya Nabor Zambrano estaba en la redacción en Caracas, Lorenzo Batallán y Miyó Vestrini se fueron del periódico; y en su lugar llegaron Mara Comerlatti y Eduardo Delpetri a las páginas de Arte. En una reestructuración, Delpretti fue a Información Genérica y a Nabor lo pasaron de Farándula a Artes, entonces bajo la jefatura del escritor Alfredo Armas Alfonzo.

Batallán se fue a estrenar la Dirección de Cine del recién creado Ministerio de Información y Turismo. Luego se iría a RCTV como Gerente de Prensa. “ Y tal debió ser su poder de convencimiento”, dice Zambrano, “que logró que el rígido canal 2 abriera un espacio cultural: Clásicos Dominicales con la presentación de Isabel Palacios; luego se fue de asesor de la Fundación Mozarteum con el mismo proyecto cultural, hasta que, hastiado de que Clásicos Dominicales fuera transmitido los lunes en la madrugada, hizo acopio de su saber y experticia y se dedicó en profundidad al silencioso mundo del sonido”.

Este dato es confirmado por la también periodista Mariahé Pabón, quien recuerda a Lorenzo Batallán como un periodista multifacético, que “podía escribir de cualquier tema, pero lo que más le gustaba era la música”. La observadora Mariahé apunta que “como algunos españoles, Batallán era un poco pretencioso y, a la vez, con un gran sentido del humor. Discreto y misterioso en sus costumbres, siempre vivió en el centro de Caracas, muy cerca de El Nacional. Fue un gran maestro como periodista de cultura y como jefe, muy exigente. Poco amigo de la vida social, siempre lo veía en conciertos musicales. Lo quise mucho, porque disfrutaba de su conversación y de sus sabias lecciones. Me atrevería a decir que he conocido a pocos periodistas tan bien ‘redactados’ como él”.

Médico, cineasta, ¡periodista!

Francisco Diego Lorenzo Batallán -quien luce flux oscuro en esta imagen, parte del fondo del Archivo Fotografía Urbana-, nació en Santiago de Compostela, España, el 28 de octubre de 1925. En la entrevista que concedió, a los 88 años, para la serie de premios nacionales de Venezuela, contó que su interés por la lectura le venía desde su primera infancia. “Leía todo lo que caía en mis manos, incluidos trozos de periódico que recogía del suelo y que leía delante de mi madre para que ella viera lo inteligente que era”. A los 20 años ya había leído la Odisea y la Divina Comedia. A los 25 ya tenía leído el teatro clásico.

—Tengo la adicción de la información —dijo en esa entrevista, que está disponible en internet—. No quiero ser un sabelotodo, pero quiero aprender lo más posible, porque si lo que aprendo sirve para que yo lo comunique sin pretensiones y sin exhibicionismos a terceros, eso me daría mucha satisfacción. Soy de los pocos españoles que ha leído El Quijote dos veces”.

Tan acendrado era su hábito de andar con un libro o revista bajo el brazo que sus amigos españoles lo llamaban El sobaco ilustrado. Cuando emigró a Venezuela era médico y ya traía leídas las novelas de Rómulo Gallegos. Al llegar a este país se hizo cineasta. El historiador del cine venezolano, Pablo Gamba, lo incluye en el grupo de “cineastas autores” de 1950-1965, donde también están José Ángel Hurtado y Román Chalbaud. “Martín y Batallán”, precisa Pablo Gamba, “trabajaron en Chimichimito con Abigaíl Rojas. Rodaron también Los zamuros (1962), un corto que se exhibió junto con el largometraje La paga (1962), realizado en Venezuela por el cineasta colombiano Ciro Durán”.

En 1957, Batallán ya estaba nacionalizado venezolano. Y ya era periodista. Antes de desempeñarse como jefe de la página de Arte de El Nacional, había pasado por “periódicos de rápida aparición y rápida desaparición”, donde empezó su carrera en el periodismo. Fue fundador de la revista Momento, en 1958,  en la época en que la dirigía un hombre de mucho carácter, el zuliano Carlos Ramírez McGregror, que llegó a ser embajador de Venezuela en la Santa Sede”. En Momento, Batallán hacía la crónica cinematográfica, además de reportajes periodísticos. “Un día, en una reunión social, Miguel Otero Silva me llamó aparte y me dijo que quería me que fuera a trabajar a la página de Arte de El Nacional. Entré como ayudante de Ratto-Ciarlo, gran periodista a quien mucho le debe la cultura de este país”.

 Los recuerdos de Teresa

—Ver a Lorenzo después de tantos años me ha dado palpitación —dice la periodista Teresa Alvarenga al recibir esta foto—, sobre la cual le pedimos comentarios.

Mi primer contacto con mi futuro jefe, con Lorenzo Batallán, -evoca Alvarenga, ella misma una gran figura del periodismo cultural venezolano- fue un baño de agua fría. Era el año 1973. Ya habíamos conversado por teléfono. Yo era reportera en la revista Imagen y él quería que me fuera a El Nacional en reemplazo de Miyó Vestrini. El día fijado para la entrevista con el doctor Uslar, director de El Nacional, hubo un tiroteo en la plaza de El Silencio y no asistí. Al día siguiente, Lorenzo me recibió con un regaño: un periodista es como un médico, en medio de la balacera, tienes que llegar, es tu compromiso. La lección fue definitiva.

–Mis años en El Nacional, —sigue Teresa Alvarenga—, fueron de puro aprendizaje. Las primeras notas que me encargó, le parecieron “una mierda”. Y me las rompió en mi cara. Mi reacción fue de sorpresa y silencio. Ni modo, a sentarme y repetir la redacción. Los compañeros de otras secciones me habían advertido de que no sería fácil trabajar con él. A Miyó Vestrini le había lanzado un frasco de tinta, cuando ella le respondió de cierta manera que no le agradó. Lorenzo era un hombre muy culto, pero muy explosivo.

Ya ella lo había lo conocido en las aulas de la Central, donde Batallán enseñaba Apreciación Cinematográfica. “Cada día, como a las 9 de la mañana, llegábamos a nuestra oficina. Comentábamos las noticias que tenían gancho y decidíamos con cuál abrir la página de Arte, que entonces tenía miles de lectores. De pronto, recibía una llamada y me decía: abrimos con otro asunto…”. Alvarenga recuerda las tensiones que se desataban cuando fallecía alguna celebridad de la cultura, “se producía el robo de una obra de arte, cambiaban un funcionario del área o avisaban a última hora quién había ganado el Nobel o cualquier otro premio importante. Era la locura. Lorenzo se ponía un poco histérico. él escribía una parte y yo otra. Y todo tenía que cuadrar”.

Batallan saldría de la página de Arte para irse a Venevisión, donde haría un programa cultural como director y productor, así que Teresa cambió de jefe. En 1978, Miyó Vestrini, quien había sido reportera con Batallan anteriormente y había renunciado, fue nombrada jefe de la Página. Teresa se quedó dos años más. “Miyó tenía un olfato periodístico fuera de lo común… pero también un carácter muy fuerte y contradictorio”. Por suerte, la promovieron a coordinadora del Cuerpo “E”, bajo la dirección de Luis Alberto Crespo. Y luego siguió otros caminos, pero siguió enviando sus notas de crítica de danza la página de Arte por dos décadas.

Teresa vuelve a contemplar la foto y agrega: “Batallán y Ratto-Ciarlo eran muy amigos. Ratto visitaba de vez en cuando la oficina y conversaban de lo habido y por haber. Era un hombre jovial, amable, sereno. Por mucho tiempo siguió siendo columnista del periódico”.

Lorenzo Batallán murió en Caracas, el 24 de diciembre de 1914.

 Un humanista completo

América Ratto-Ciarlo, hija del periodista, no está del todo conforme con esta foto. “Tiene la pajarita un poco volteada. Mi papá solía ser muy cuidadoso con su pajarita”.

Al parecer, la gráfica fue captada un día en que José Ratto-Ciarlo recibió una de las muchas condecoraciones que distinguieron su deslumbrante carrera.

De paso, no se llamaba exactamente José. Único hijo de genoveses provenientes de la provincia de Savona, Giuseppe Stefano Antonio Ratto-Ciarlo nació el 18 de noviembre de 1904, en Lima, Perú, donde hizo sus primeros estudios. Luego seguiría estudios superiores en Humanidades: Latín, Griego, Literatura universal, y Arte, en Génova (de 1914 a 1923) hizo. “Durante esta estadía en Génova”, precisa América en su blog, “realizó sus primeros contactos con el periodismo en la imprenta Tipografía operaria de Corsi e Ciarlo, de su abuelo materno Stefano Ciarlo, quien publicaba el diario Il Vero”.

En 1928, regresa a Lima para revalidar sus estudios e inscribirse en la Universidad de San Marcos. Militó en la Confederación del Trabajo del Perú, donde compartió con Juan Carlos Mariátegui, en cuya revista Amauta colaboró José. “Por esta época, dirigió el periódico semanal Vanguardia y tanto él como un grupo de universitarios fueron encarcelados por el dictador Sánchez Cerro en 1931. En vez de mandarlo preso a la Isla de San Lorenzo, fue expulsado del país. Es así como en 1931, con 27 años de edad, llega al puerto de La Guaira”.

En 1936 se hizo venezolano. En esos años estaba radicado en Maracaibo, donde Ratto-Ciarlo era profesor de Latín y Griego, en el Liceo Sucre; e integró el grupo de intelectuales del Zulia que editaba la revista Espesor.

Tras la muerte de Gómez, Ratto-Ciarlo se muda a Caracas donde empieza a trabajar en El Demócrata. En 1937 fue secretario de Cultura de la recién fundada Asociación Nacional de Empleados (ANDE). Trabajó en la redacción del periódico Crítica -dirigido por Eloy Chalbaud Cardona; y luego, cuando el periódico se transformó en El Tiempo, en la época Medina Angarita (1941 – 1945), bajo las sucesivas direcciones de Manuel Felipe Rugeles, Mariano Picón Salas y luego Ramón Díaz Sánchez, era redactor político y sindical.

Cuando se funda el Partido Democrático Venezolano (PDV), Uslar Pietri lo encarga de la administración del semanario En Marcha, órgano oficial de esa organización. Y, cuando cae el gobierno de Medina (1945), los primeros en ir presos son Ramón Díaz Sánchez, Alirio Ugarte Pelayo y José Ratto-Ciarlo, quienes dan con sus huesos en la Cárcel Modelo por trabajar en el diario oficialista. Tras unos meses de presidio, lo confinan a Valera, donde se habían establecidos sus padres, venidos del Perú. Desde los Andes, escribe y envía sus reportajes a Antonio Arráiz, director de El Nacional, bajo los seudónimos de Peregrino Pérez y/o Tito Rojas Lacero.

Ratto-Ciarlo integró la primera cohorte de periodistas graduados en la “Promoción Leoncio Martínez” de la UCV, en 1950. Como ha escrito Eduardo Orozco, la Escuela de Periodismo de la Central había comenzado sus actividades bajo la dirección del antiguo linotipista, luego sociólogo, Miguel Acosta Saignes, quien luego comentaría:

 “Ese primer curso era brillante. Yo lo recuerdo como uno de los mejores cursos que he tenido en la Universidad: José Ratto Ciarlo, Josefina Juliac, María Teresa Castillo de Otero Silva, Ana Luisa Llovera, Miguel Otero Silva, Trinita Casado y Oscar Guaramato”.

De 1947 a 1967, Ratto-Ciarlo trabajó en El Nacional, donde publicó su columna de crítica cultural Arabescos. Cuando se retiró era jefe de la página de Arte. De allí se iría a Últimas Noticias cuyo Suplemento Cultural fundó y donde estaría de 1968 a 1974.

—Paralelamente a su labor periodística , —recuerda América—, Ratto-Ciarlo hizo trabajo sindical y gremialista. Ocupó la Secretaría de la Asociación Venezolana de Periodistas, hoy Colegio Nacional de Periodistas. Fue miembro fundador de la Asociación Venezolana de Escritores; fundador de la Asociación Venezolana de Conciertos, con Rahzes Hernández López e Israel Peña. Conjuntamente con el crítico francés Ami Courvoisier, funda el Círculo de Cronistas Cinematográficos de Caracas. También ejerció labores en la Dirección de Información y Relaciones Públicas del CONAC.

José Ratto-Ciarlo publicó numerosos libros sobre periodismo, historia y arte. Entre los que se cuentan: César: contribución al estudio de una dictadura (1941) La utopía del reino de Dios (1955) Historia caraqueña del periodismo venezolano (1967) y La libertad de prensa en Venezuela (1972). Destaca en su bibliografía su importante obra sobre el pintor Carlos Otero (1978).

Al momento de su fallecimiento, en 1997, cuando tenía 93 años, trabajaba con el historiador Federico Brito Figueroa en la revisión de escritos históricos.

Los nombres de estos dos periodistas, orgullo del gremio, aparecen juntos en muchas revisiones. Por ejemplo, figuran en el pequeño grupo (apenas ocho personas) galardonado con Premio Nacional de Periodismo Cultural de Venezuela, entregado a comunicadores sociales y promotores culturales entre 1990 y el 2000. Ratto-Ciarlo fue el primero en recibirlo, en 1990, compartido con Nelson Luis Martínez; y Lorenzo Batallán lo obtuvo en 1992. Coincidieron también en el exclusivo elenco de los miembros del Capítulo Venezuela de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA), creado en 1972.

Cada vez que en Venezuela escribimos una nota sobre cultural hacemos homenaje secreto a estos dos maestras que la fortuna trajo a Venezuela para hacerlo un país mejor.

Aquí se habla de ciencia; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Arístides Bastidas La libreta anuncia la situación. Un doctor (la bata blanca lo indica) se apoya en una diapositiva para hacer gráfica su explicación, mientras un tercero observa. No sabemos quién tomó la foto, pero sabemos quiénes son los tres hombres, de qué pueden estar hablando y cuándo pudo ser captada la imagen. La gran

Por Milagros Socorro | 3 de septiembre, 2017
Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Arístides Bastidas

La libreta anuncia la situación. Un doctor (la bata blanca lo indica) se apoya en una diapositiva para hacer gráfica su explicación, mientras un tercero observa. No sabemos quién tomó la foto, pero sabemos quiénes son los tres hombres, de qué pueden estar hablando y cuándo pudo ser captada la imagen. La gran pista la ofrece esa libreta de reportero indicadora de que esta situación no es de aula sino de prensa.

El primero, de izquierda a derecha, es el periodista Arístides Bastidas. La foto fue hecha por el reportero gráfico que lo acompañó a hacer la entrevista. Arístides Bastidas nació en San Pablo, población del estado Yaracuy, el 12 de marzo de 1924. A los 12 años, en 1936, se mudó con su familia a Caracas. Aunque tenía gran avidez de aprender y era alumno regular del liceo Fermín Toro, no pasó del primer año de bachillerato. Las estrecheces económicas de la familia marcaron ese límite. Tendría que aprender como autodidacta. Y es, por cierto, lo que hizo.

En 1945, tras desempeñarse como vendedor de empanadas, entre otros oficios, ingresó a Últimas Noticias como reportero policial y político, y se inició también como sindicalista y gremialista. Cuatro años después, en 1949, cuando pasó a El Nacional, se convertiría en pionero del periodismo científico moderno en Venezuela. Arístides bastidas escribió más de veinte libros y llegó a ser una figura tan importante y respetada en el ámbito de la divulgación de la ciencia que, aunque no cursó ni un día de estudios superiores, la Universidad Central de Venezuela lo honró con el nombramiento de profesor honoris causa de la Facultad de Humanidades. No sería ni de lejos la única institución en reconocer los méritos de Bastidas cuya

contribución al desarrollo del periodismo científico fue reconocida con el premio Kalinga (París, 1982), otorgado por la Unesco.

Y pocos días antes de su muerte, acaecida el 23 septiembre de 1992, fue distinguido  por la Universidad de Florencia con el “Premio Capire para un Futuro Creativo”, reservado a quienes hacen aportes excepcionales a la educación para la creatividad.

Arístides Bastidas fue un hombre excepcional por muchas cosas. Naturalmente, destacó por su sensibilidad frente a la naturaleza y al hecho científico. “La ciencia y la tecnología”, decía, “tienen la misma procedencia que la poesía y el arte”. Y está en la historia del periodismo venezolano por la nitidez y gracia de su prosa, así como por su compromiso con asuntos nacionales cuya fundamental relevancia supo ver y defender, como la defensa del medio ambiente y la vigencia imperturbable de la agricultura. Pero también estaba fuera de grupo por la heroica circunstancia que le impusieron sus diversas enfermedades y el estoicismo con que las vivió y superó.

Este hombre singular -escribió Hugo Álvarez Pifano- padeció de artritis, sufrió soriasis, diabetes, glaucoma, parálisis y muchas enfermedades más que solo conocen sus médicos. Al final de su vida perdió casi por completo la vista.

Ese deterioro lo llevó a agudizar sus facultades hasta el punto de que, cuando las múltiples limitaciones le impidieron tomar apuntes, como lo vemos hacer en esta imagen, se entrenó para tomar notas mentales. Pero nunca dejó de trabajar.

“En su silla de ruedas, –lo describe José Pulido, en ‘Periodistas en su tinta’, de Petruvska Simne– con las manos convertidas en dos puños que ya no podían abrirse para teclear la máquina. El periódico le buscaba pasantes que aprendían con él, al mismo tiempo que transcribían las notas que Arístides dictaba. A veces hacía una entrevista, sin anotar nada y sin grabador. Y luego le dictaba al pasante o a la pasante de turno y la entrevista aparecía íntegra, frase a frase, sin que el entrevistad dijera lo que no había dicho. La memoria de Arístides bastidas era tan portentosa que tenía su guía telefónica personal en la mente: recordaba los teléfonos de todos sus amigos y colegas”.

Una de esas pasantes fue la periodista Mara Comerlati, quien asegura que esta foto debió ser tomada alrededor de 1965.

“En 1975, cuando llegué a El Nacional ya él estaba incapacitado, a causa de un accidente de tránsito en el que se partió las piernas; y, debido a las altas dosis de cortisona que tomaba para combatir la artritis y la psoriasis, nunca se le consolidaron las fracturas. El medicamento también le afectó la vista y quedó ciego. En la foto no tiene las placas de psoriasis que le cubrían el cuero cabelludo y le afectaban también el rostro y las manos. Aquí estaba bastante joven y plenamente activo”.

Para glosar el perfil de este gran periodista, recordemos la descripción que de él hiciera el escritos José Santos Urriola: “…bajito, regordete, asertivo y ruidoso, moreno de pelo lacio y de rasgos menudos –la sonrisa potente y pesados los anteojos oscuros–, yaracuyano y comunista: Arístides Bastidas. Quienes lo conocían afirmaban que llegaría a ser una notable figura del periodismo. Algunos le pronosticaban una brillante carrera política. Todos reconocían el talento y la probidad de su empaque de breve obispo rojo. Pero nadie podía adivinar entonces que en Arístides Bastidas se darían, en una sola pieza –que me perdonen los gentlemen de la contención literaria–, el sabio, el héroe y el santo, sobre una silla de ruedas”.

Murió en Caracas, el 23 de septiembre de 1992.

Marcel Roche

En la mitad de la foto, como deidad tutelar que encabeza una trinidad, está Marcel Roche Dugand, uno de los hombres más fascinantes del siglo XX venezolano. Científico, médico, fundador y gerente de instituciones científicas, escritor, director de coros, conductor de televisión en programas de divulgación científica… no sigamos. Marcel Roche era lo que se llama un humanista, pero limitémonos a los talentos y cargos que lo pusieron este día en esta imagen.

Marcel Roche nació en Caracas, el 15 de agosto de 1920. Por la información recopilada por Yajaira Freites, del Departamento de Estudio de la Ciencia, IVIC, sabemos que fue el hijo mayor del urbanista Luis Roche, cuyos ascendientes habían venido a Venezuela a mediados del siglo XIX, y de la francesa Beatrice Dugand. Tras vivir los primeros años de infancia en Caracas, a los 9 años es enviado con sus abuelos paternos a Francia, donde ingresa al College Sainte Croix de Neuilly, donde había estudiado su padre.

Decidido a estudiar Medicina en París, en 1938, los aires de guerra lo llevan a dirigirse más bien a Filadelfía, Estados Unidos, donde obtiene un título, en 1942, en Biología y Química. Luego va a la Escuela de Medicina de la Universidad de Johns Hopkins (Baltimore, Maryland), donde se gradúa de médico en 1946. En los cinco años siguientes permanece en los Estados Unidos y se forma como investigador en varias universidades. En Harvard, donde estuvo entre 1948 y 1949, formó parte de equipos de investigación en las áreas de endocrinología, diabetología y nutrición.

En 1951 regresa a Venezuela e inmediatamente empieza a trabajar en el consultorio del doctor  Francisco De Venanzi, quien también lo integra a la Cátedra de Fisiopatología de la Universidad Central de Venezuela (UCV), y al ejercicio de la medicina en el Hospital Vargas.

Entre 1952 y 1958, fundó y condujo el Instituto de Investigaciones Médicas, Fundación Luis Roche, donde investigaba sobre anquilostomiasis, bocio endémico y diabetes.

Roche fue director del Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales (IVNIC), que dio origen al Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), que dirigió durante diez años. El IVIC tendría una estructura más amplia que su antecesor, puesto abarcaba desde las ciencias básicas (matemáticas, física, química y biología) hasta medicina y ciencias sociales (antropología, arqueología y sociología e historia de la ciencia). En el grupo fundador se contaron, además de marcel Roche, los médicos Luis Carbonell, , Miguel Layrisse, María Luisa Gallango, Tulio Arends y Carlos Martínez Torres (el tercero en esta gráfica), entre otros. Roche fue también, entre sus muchas y notables iniciativas, fundador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT).

Murió en Miami, el 3 de mayo de 2003. No sin haberse hecho acreedor, en 1987, del premio Kalinga que cinco años antes le había entregado la Unesco a Arístides Bastidas.

Carlos Martínez Torres

Muy sobrio, con camisa blanca, corbata, pisacorbata y un flux varias tallas más grande, observa la escena el científico Carlos Martínez Torres.

El doctor Carlos Martínez se había iniciado –explica la doctora Gioconda San Blas, presidenta de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales de Venezuela– en la Fundación Luis Roche trabajando con Marcel Roche y Miguel Layrisse en hematología.

“Cuando se fundó el IVIC, los tres pasaron a formar parte de su plantel de investigación. Martínez Torres quedó trabajando con Layrisse, (porque Roche se había encargado de la dirección del IVIC) con quien estudió las relaciones entre hierro y anemias. Con esos datos y otros más, Layrisse y Roche propusieron al gobierno nacional suplementar la harina de maíz con hierro y otros suplementos, lo cual fue aprobado en los años 80. Esa sencilla acción de política pública en salud hizo posible una reducción notable en las anemias que azotaban a la población venezolana. Hoy, la Harina Pan sigue manteniendo los suplementos de hierro, vitamina A y tiamina ordenados en aquel decreto de los 80, como puede leerse en la información nutricional del empaque de la Harina Pan”.

Es posible, pues, que la fotografía recoja el instante en que Marcel Roche apela a un recurso pedagógico para exponerle al periodista pormenores del estudio del  

Anquilostomo, para lo cual diseñaron un aparato que permitía la observación y filmación del gusano que expolia la sangre de los pacientes. En el marco de este trabajo produjeron el documental “In vitro Studies of Ancylostoma caninum”, que en 1961 obtuvo la medalla de oro en la primera reseña de películas de documentación científica médico sanitaria del Centro Cultural Cinematográfico Italiano (Pavia).

Quién sabe si Arístides Bastidas fue a entrevistar a Marcel Roche y a Carlos Martínez Torres a propósito de este premio internacional a la película cuyo protagonista era el gusano causante de anemias en el medio rural venezolano. En este caso, la foto dataría de 1961 o 62.

No tenemos la fecha del fallecimiento del doctor Carlos Martínez Torres, lo que sí pudimos comprobar es que su nombre aparece citado en numerosas ocasiones en contenidos científicos sobre hematología en inglés. Quizá es otro gran venezolano olvidado por nosotros y recordado con respeto en otras latitudes.

Emoción; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

A los ojos de hoy, año 2017, cuando en Venezuela se han hecho cotidianas las muertes de niños por desnutrición o causas asociadas a esta dolorosa carencia, este niño se ve un poco sucio, da la impresión de que tiene más horas en la calle de lo que corresponde a una criatura de su edad,

Por Milagros Socorro | 27 de agosto, 2017
Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Imagen del Archivo Fotografía Urbana

A los ojos de hoy, año 2017, cuando en Venezuela se han hecho cotidianas las muertes de niños por desnutrición o causas asociadas a esta dolorosa carencia, este niño se ve un poco sucio, da la impresión de que tiene más horas en la calle de lo que corresponde a una criatura de su edad, unos 4 años, pero no está abandonado ni mucho menos. El perfil de la mejilla, el brazo y el cuerpecito dibujado en la ropa –hombros y cadera-, son todos muestra de buena complexión, alguien debe estar a cargo. Pero la mejor evidencia de que este niño tiene buena alimentación y los cuidados de algún adulto es la curiosidad, su capacidad de observación y deseo de aprender. Aún no sabe leer, pero le han llamado la atención las fotos del improvisado reclamo publicitario.

El fotógrafo, cuya identidad ignoramos, quiso retener el instante en que un chiquillo en edad pre-escolar demoraba su ascenso de un escalón callejero para contemplar la imagen de un escuadrón de uniformados a caballo, de unos hombres en actitud determinada o de un galán que besa las sienes de una mujer pálida y rendida. Es la foto dentro de la foto. Para el autor de esta gráfica -y para nosotros- es evidente que el muchachito puede saber que allí se anuncia una película, pero es completamente ajeno al hecho de que en ella aparece Gary Cooper, para el momento una de las más grandes estrellas del cine norteamericano.

La cinta que el cine Tropical presentó un lunes, a las 7 y media, que aquí se anuncia como “Los siete jinetes de la victoria”, es Northwest Mounted Policie (La policía montada del Canadá), dirigida por Cecil B. DeMille, en 1940, para el estudio Paramount Pictures, que tuvo en ella su película más taquillera de 1941, cuando fue estrenada. Era el primer film en tecnicolor de DeMille para la Paramount. Pero, claro, habrán pasado unos años para que la película llegara a este cine Tropical, que creemos que es el de Maiquetía, aunque también había salas con ese nombre otras ciudades de Venezuela, como en Punto Fijo y San Felipe, Yaracuy.

Esta que vemos, propiedad del Archivo Fotografía Urbana, debe ser una de varias imágenes en serie. Muy probablemente, el autor tomó otras, pero copió aquella en la que el niño se ha movido lo suficiente para dejar ver la palabra “Emoción”, que el publicista anotó, ya al final, sin riesgo a equivocarse.

La gráfica es parte de la Corototeca, fondo creado, en 1931, por el periodista, historiador y cronista de Caracas, Caremis (acróstico de Carlos Eduardo Misle). En esa variopinta colección reunida a lo largo de siete décadas por Caremis (Caracas 14 de marzo de 1924 – l6 de febrero de 2004) había muchas fotografías, incluidas las de importantes figuras, como Federico Lessman y Luis F. Toro (Torito), quienes documentaron retratan la Caracas del finales del XIX y principios del siglo XX; pero también revistas y recortes de prensa, postales, barajitas, tarjetas de vista, libros raros, películas, almanaques y objetos de muy diversa naturaleza. Era una memorabilia orientada por el sentimiento más que por cualquier cálculo.

Caremis debe haber quedado prendado por esta estampa de un niño de pantalones tiznados que mira a lo alto en busca de acción, éxito y emoción.

La noche que se derrumbó el edificio Mijagual en Caracas; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Cuando Gino Carrer Artico se sentó a cenar aquella noche tuvo que disimular su molestia porque, aunque venía con mucha hambre, tendría que posponer su comida porque no había pan en casa. Apenada por su descuido, Dora, la empleada doméstica de los Carrer, se secó las manos apresuradamente y cogió las llaves para correr a

Por Milagros Socorro | 20 de agosto, 2017
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Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Cuando Gino Carrer Artico se sentó a cenar aquella noche tuvo que disimular su molestia porque, aunque venía con mucha hambre, tendría que posponer su comida porque no había pan en casa.

Apenada por su descuido, Dora, la empleada doméstica de los Carrer, se secó las manos apresuradamente y cogió las llaves para correr a la panadería. Sería cosa de minutos, puesto que la panadería estaba a pocos pasos. Gino permaneció en la mesa y, para no empezar su condumio sin pan, trató de interesarse en lo que su familia miraba por televisión.

Gino Carrer había emigrado a Venezuela poco después de concluida la segunda guerra mundial. Venía de Salgareda, provincia de Treviso, en la región del Véneto, al norte de Italia. En este país encontró trabajo como obrero especializado en la construcción de carreteras. Y nunca estaba desempleado. Podía recorrer con su dedo casi todo el mapa de Venezuela, por dondequiera había estado trazando líneas de asfalto. Aquí se había casado con Dora —sí, patrona y asistenta eran tocayas—, una diligente muchacha de Curiepe, de quien la separaban 18 años de diferencia. Dora de Carrer, que en la actualidad vive con su hija mayor en Barcelona, España, se desempeñaba como ejecutiva de la empresa alemana Zander, importadora de materiales para la industria textil, con tal talento y responsabilidad que estuvo en la organización por 35 años.

Esta noche no va a sentarse a cenar con su marido. Es posible que hubiera perdido esta costumbre, porque Gino pasaba mucho tiempo en el interior haciendo tajos en el paisaje para poner carreteras. Con una oreja atiende el asunto de la falta de pan para acompañar la pasta del musiú y con la otra sigue las incidencias del concurso de Miss Universo, que se transmite en diferido, pero nadie conoce el resultado por una cuestión de diferencia horaria. La prensa ha divulgado que la representante de Venezuela, Mariela Pérez Branger, está dando guerra. De hecho, quedaría de primera finalista.

Rose Marie Carrer es la menor de los tres hijos de Gino y Dora. Esa noche de julio de 1967 está a seis meses de cumplir los 7 años. Sería mucho pedir que se estuviera quieta y se interesara en un certamen de belleza. Lo mismo ocurre con su hermano, apenas un año mayor. De manera que no están sentados ante la televisión en el momento en que los ganchos de ropa empiezan a tintinear en el clóset. Con risitas y sin mayor inquietud, los niños juegan por un instante a que su apartamento rentado en el primer piso edificio Humboldt, en Altamira, este de Caracas, famoso porque en sus bajos está la auto-escuela Rossini, hay fantasmas.

El edificio Mijagual antes del terremoto de 1967

El edificio Mijagual antes del terremoto de 1967

Acaban de pasarse una larga temporada en el pueblo de su padre. En Salgareda murieron tantos en las dos conflagraciones mundiales que el lugar está plagado de espectros, así que los niños Carrer debieron habituarse a esas presencias juguetonas. Un año entero estuvieron con la abuela. Por esa época, sus padres estaban construyendo una casa en El Cafetal, al sureste de la capital venezolana; y, como suele suceder en estos casos, los gastos excedieron con mucho el presupuesto inicial, así que los Carrer se encontraron en aprietos económicos. Como había que trabajar muy duramente, lo mejor era mandar a los dos niños más pequeños al pueblo paterno –que resultaba estar en otro continente-, pero el viaje había concluido y ya los niños estaban de regreso, aunque con la cabeza llena de fábulas del Véneto.

Los aparecidos movían las perchas en el clóset, para diversión de los chiquillos Carrer, cuando la hermana mayor de Rose Marie soltó un grito aterrador. Al momento se oyó una especie de interminable trueno y todo empezó a moverse. Eran las 8 de la noche.

—La sala del apartamento del Humboldt —recuerda Rose Marie desde su casa en Long Island, Nueva York— tenía una lámpara de cristal con esos bombillos que parecen velitas, que colgaba del techo con una cadena. De pronto empezó a pendular con tal fuerza que chocaba con el techo y venía a batirse contra la pared. El televisor, que mi madre había estado mirando hasta hacía un segundo, quedó desenchufado al echar a correr sobre la mesita con ruedas donde lo teníamos, de manera que iba de un extremo a otro del apartamento, se daba contra la pared de la cocina y retomaba su carrera con gran afán.

“Mi padre nos agarró para sacarnos del apartamento”, sigue Rose Marie. “Pero al tratar de salir, el movimiento que había hecho presa al edificio nos devolvía hacia atrás. Al tercer intento, logramos salir. Al llegar a la escalera, encontramos mucha gente, que ya había bajado de los otros pisos. Era difícil ingresar a la escalera por el gentío que venía, corriendo y gritando. Los gritos eran desgarradores. A empujones, como pudimos, llegamos a la calle. Por la acera corría agua, porque el tanque del edificio se había roto. Los vecinos gritaban que era el fin del mundo porque al torrente de agua se sumaba la grieta que se había abierto en plena calle. Una nube de polvo blanco, denso y abrasivo, se extendía por todas partes. No podías ver a un metro de distancia. Pero había que hacer un esfuerzo, porque del cielo llovían lozas de mármol, que se desprendían de los balcones”.

Era imposible caminar sin tropezar con algún obstáculo o topar con alguien que vagaba sin rumbo. Como pudieron, los Carrer cruzaron la avenida para ir hacia la plaza Francia, un descampado que lucía inofensivo. Al llegar allí se abrazaron y, sin soltarse, miraron alrededor. Veían gente cubierta de polvo gris, fantasmas horrorizados de los que solo los ojos despedían chispas de vida. Algunos deambulaban sin saber qué estaba pasando. En ese momento, exactamente, la otra Dora regresó de la panadería. En la entrada del Humboldt se detuvo a preguntar por los Carrer, pero nadie estaba para dar informes de condominio. Optó, pues, por salir de aquel infierno e irse al barrio donde vivía su familia, que esa noche oyó un relato espeluznante mientras disfrutaba del delicioso pan del este de Caracas.

Un par de meses después, cuando se atrevió a regresar, narró que acababan de entregarle la tibia busaquita llena de pan, cuando la mitad posterior del edificio San José, donde estaba la panadería, se vino abajo y solo quedó la fachada. El resto se desplomó, como un acordeón, un piso después del otro.

—Todo estaba muy oscuro —recuerda Rose Marie Carrer—. Costaba ver algo. Mi mamá, habituada a tomar decisiones, resolvió que nos iríamos para la casa de su comadre Hilda Toro (la mamá de la cantante Nancy Toro), en una urbanización cerca de Los Chorros. Concluyó que las casas eran más seguras que los edificios. Y logró parar un taxi. Ha debido ser el único taxi que andaba por allí. El taxista estaba en la luna. Creía que habían dado un golpe de Estado. No entendía por qué había tanta gente a la calle. Creo que nos recogió más por recabar información que por hacer su trabajo. Pero no tuvimos que decirle nada. Vino a comprender lo que pasaba cuando entró a la zona de Altamira y Los Palos Grandes…

El taxi avanzaba a paso de funeral. Lo era. Comenzaron a subir por la avenida Luis Roche. En el edificio Neverí o, mejor, en el lugar donde hasta hacía unos minutos se había levantado el Neverí vieron una montaña de escombros de la que emanaba un inmenso velo de polvo.

“Cuando llegamos a la esquina donde hoy está Miga’s, el Palace Corvin, ese segundo edificio a la izquierda, se estaba terminando de caer cuando nosotros pasábamos frente a él. Después sabríamos que se había derrumbado el bloque Este (las escaleras y el bloque Oeste no se cayeron), pero en ese momento nos pareció que ahí no había quedado piedra sobre piedra. Se veía el movimiento de masas de concreto que en su caída levantaban como olas de polvo”.

Mucho rato después, cuando consiguieron transitar unas pocas cuadras, llegaron al edificio Mijagual, “que parecía que se lo había tragado la guerra. Solo se veía la terraza, que estaba a ras de la tierra. Era impresionante”.

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El edificio Mijagual después del terremoto de 1967. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Lo que Rose Marie Carrer y su familia vieron esa noche, del 29 de julio de 1967, cuando un evento sísmico de magnitud 6,6s, y 35 segundos de duración, originado por el sistema de fallas de San Sebastián, causó destrozos en el municipio Chacao, es lo que los fotógrafos de prensa captarían al día siguiente. Las dos imágenes del edificio Mijagual reducido a ruinas, que acompañan esta nota, son parte del fondo perteneciente al Archivo Fotografía Urbana, fueron publicadas en la prensa de esos días.

La historia ha recogido el hecho de que en el Mijagual, que tenía 10 pisos y estaba en la cuarta avenida de Los Palos Grandes, (donde ahora se levanta el Anpagra, muy cerca de Parque Cristal), se celebraba una fiesta. Solo dos personas sobrevivieron.

Los Carrer volvieron a casa unos días después de la aciaga noche que cruzaron una ciudad puntuada de camposantos. “Mi mamá tenía terror de regresar. Por todas partes se hablaba de posibles réplicas del terremoto”, dice Rose Marie.

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Rose Marie Carrer

El edificio sobrevivió bastante bien. Había grietas entre la planta baja y el primero piso, pero aparte de eso había soportó bien el remezón. Al entrar en el apartamento encontraron un gran desorden. Lo que no habían regado los fantasmas lo habían esparcido ellos, en su huida presurosa del primer piso del Humboldt, vecino del San José y el Neverí. El televisor había terminado por caer de la mesita. Y la comida de Gino, que se había rodado de su puesto, estaba muy quieta en el borde de la mesa, “ya cubierta por ese musgo que tiene como pelitos”. Era la vida. La vida terca de vuelta en Caracas.

Una historia de hijas cautivas; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

El miércoles 3 de agosto de 2017, la Fiscal General de la República Luisa Ortega Díaz dijo, en entrevista el programa Conclusiones de CNN, que hace unos meses, cuando ella estaba de viaje en Brasil, su hija y su nieto fueron secuestrados. La Fiscal no estaba en Brasil de paseo. Se encontraba, según dijo, invitada

Por Milagros Socorro | 13 de agosto, 2017
Archivo de Fotografía Urbana

Archivo de Fotografía Urbana

El miércoles 3 de agosto de 2017, la Fiscal General de la República Luisa Ortega Díaz dijo, en entrevista el programa Conclusiones de CNN, que hace unos meses, cuando ella estaba de viaje en Brasil, su hija y su nieto fueron secuestrados.

La Fiscal no estaba en Brasil de paseo. Se encontraba, según dijo, invitada por el fiscal general de ese país para participar de una reunión con 19 colegas de la región, donde intercambiarían información acerca de la intrincada trama de corrupción de Odebrecht, en la que están involucrados varios funcionarios del gobierno de Nicolás Maduro. Y entonces, el jueves 16 de febrero, la llamaron de urgencia. Dos miembros de su familia habían sido raptados por delincuentes… y ella tuvo que regresar a Venezuela para atender la situación.

—Mi hija estuvo dos días secuestrada -precisó la fiscal- y mi nieto, tres.

En realidad, la joven plagiada no es exactamente su hija. Por lo menos, no su hija biológica. María Ferrer es hija del diputado Germán Ferrer, esposo de la fiscal Ortega Díaz.

No era la primera vez que el nombre de Germán Ferrer aparecía en una historia de hijas cautivas.

“Tenemos a sus hijas”

En la mañana del 19 de noviembre de 1969, unos tipos fingieron estar varados en la carretera para detener el automóvil donde venían dos de las hijas del animador de televisión Renny Ottolina, la mayor celebridad de Venezuela. Las adolescentes iban camino al colegio conducida por su chofer.

Los captores se llevaron las muchachitas y dejaron libre al conductor, con una nota donde se establecía el monto del rescate, el procedimiento para pagarlo y una advertencia: “cuidado con alertar a la policía”. Pero el locutor de la voz de oro no acató esta instrucción. O la policía se enteró por distinta vía, porque el hecho es que pasadas unas horas del secuestro, Ottolina recibía a la prensa en su casa. Específicamente, ante la puerta de entrada de su residencia en San Román, Caracas. Es como si hubiera estado esperando que las chicas aparecieran de un momento a otro y quisiera entrar a la casa para poder ver desde lejos el carro que las trajera.

Esta fotografía (de autor desconocido, pero de seguro un reportero gráfico) recoge el momento en que los periodistas de Sucesos abordan al famoso Ottolina, una cara fija en las páginas de Espectáculos y Farándula. Más tarde lo sería también de la sección de Política, pero ese es otro cuento… El primero a la izquierda es Carlos Aguilera, periodista de televisión. Luego está un Renny excepcionalmente informal, vestido de cualquier manera y sin peinar, una traza nada común en un hombre siempre muy cuidadoso de su aspecto y atuendo. Con la mirada perdida, pero súbitamente aguzada, como si acabaran de preguntarle por un eventual enemigo y se le hubiera ocurrido algún nombre. A la izquierda de Renny está Victor Manuel Reinoso, periodista chileno responsable de la fuente de Tribunales del diario El Nacional. Y en el extremo derecho está José ‘Pepe’ Rojas, de El Universal. La pequeña que aparece entre Reinoso y Pepe Rojas es la hija menor del animador, Rena Ottolina, quien se apoya con la mano en el hombro de Reinoso, como para ver las notas que este garrapatea en su libreta.  

Excepto la de no revelar el secuestro, Renny siguió las instrucciones de los secuestradores y sus hijas fueron devueltas esa misma noche. Después de que él dejó el dinero en el lugar que le indicaron por teléfono.

Era un recodo de la carretera a Guarenas. Esta precisión se la debemos a la actriz venezolana Marisela Berti, quien nos contó que unos meses más tarde, ya en 1970, el propio Renny le mostró el lugar donde fue a dejar el dinero, que según declararía luego, fueron Bs. 400 mil de la época, en billetes de cien sin marcar. “Renny me llevó al sitio donde entregó el dinero”, evocó Marisela Berti. “Me contó que había ido solo. Era en la carretera de Guarenas, en un paraje rodeado de montañas. Si lo hubieran matado ahí, no lo habrían encontrado en días. Su relato era escalofriante. Fue muy valiente, pero qué no hace un padre por sus hijas”.

Ni una picada de mosquito

Cinco semanas después del secuestro, Renny Ottolina fue invitado al programa matutino de televisión “Buenos días”, conducido por Sofía Imber y Carlos Rangel. Era el 27 de enero de 1970, y todavía no se sabían quiénes habían plagiado a las menores.

Ottolina admitió que en la PTJ (Policía Técnica Judicial), o por lo menos dos detectives de la Brigada de Otros Delitos, pensaban que él mismo había organizado el secuestro de sus hijas.

“Todavía a estas alturas insisten en que fui yo”, dijo el animador. “Y no quieren reconocer su error inicial. Por eso, no ha habido ni siquiera reconstrucción de los hechos. Se basan en que el rescate fue muy rápido, 12 horas; en que a las muchachas no les pasó nada; y en que no estaban picadas de mosquitos, mientras el comisario González fue al sitio y salió todo rasguñado. Pero resulta que al hijo de Jacobo Taurel lo devolvieron en cinco horas, sano y salvo, y que, mientras mis hijas estuvieron en un solo sitio, el comisario González caminó por todo el cerro durante varias horas. En fin, es grotesco”.

Según los maliciosos, la motivación de Ottolina era obtener publicidad. “¡Seguramente, para que la gente me conozca!”, respondía él con justificado sarcasmo. También deslizaron que, con un falso secuestro, él resolvería una supuesta crujida financiera. “No sé cuál será el razonamiento según el cual estaría sacando medio millón de un bolsillo para metérmelo en el otro”, les dijo a Carlos y a Sofía. “Han llegado hasta a investigar mis cuentas bancarias. En mi experiencia, esta policía o, por lo menos, la Brigada de Otros Delitos, es más una amenaza para un ciudadano honesto que una garantía”.

Cuando le preguntaron si había recibido intentos de intimidación, fue igualmente categórico: “Tengo años recibiendo amenazas de elementos extremistas, sobre todo de la Universidad. Por eso no pude evitar hacer una relación entre eso y el secuestro. Además, el hombre que recibió el rescate me dijo: ‘De esto, solo Bs. 5 mil son para mí, el resto va a las guerrillas’”.

En algún momento se supo que los secuestradores de las hijas de Renny Ottolina eran integrantes de un grupo guerrillero urbano formado en Cuba, con disidentes de las FALN, llamado Punto Cero, por ser ese el nombre del campo de entrenamiento en la isla.

El plagio fue llevado a cabo por los hermanos Federico y Ramón Bottini Marín, quienes, casualmente, habían sido vecinos de la abuela de Marisela Berti, en Casalta; Ramón Álvarez y Germán Ferrer, quien con el correr de los años sería diputado por el PSUV y esposo de la Fiscal General Luisa Ortega Díaz.

Lauro llega al siglo; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Dónde están. Quizá si me quedo inmóvil, casi sin respirar, los voy a oír. Como que hay un ruido por este lado… Esta foto de Alfredo Cortina capta al maestro Antonio Lauro (ya entonces lo era) a los 21 años, en 1936. La imagen tiene la estética de la época, profundamente influida por el cine,

Por Milagros Socorro | 6 de agosto, 2017
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Antonio Lauro retratado por Alfredo Cortina. Archivo Fotografía Urbana

Dónde están. Quizá si me quedo inmóvil, casi sin respirar, los voy a oír. Como que hay un ruido por este lado…

Esta foto de Alfredo Cortina capta al maestro Antonio Lauro (ya entonces lo era) a los 21 años, en 1936. La imagen tiene la estética de la época, profundamente influida por el cine, lo mismo que la moda en el vestir y en el peinado del joven. El sujeto fotografiado nos muestra un lado luminoso y uno en sombra, que es la manera como el cine mudo representaba los conflictos internos del personaje. La mano iluminada sostiene un objeto metálico (podría ser un yesquero); en cualquier caso, la mano luce firme, muy aplomada en su capacidad de asir sus objetivos y motivaciones. Mientras que en la mano borroneada por la tiniebla destella un cigarrillo, amenazante de tan blanco, como un hueso en el submundo. Un ojo se ve traslúcido, como un pequeño globo de agua donde ha quedado atrapada una gota de luz. Y el otro parece proyectar la oscuridad, que sale de la pupila como aliento de chimenea. En los ojos del joven vemos el combate que se libra en su alma. Una ceja apenas esbozada, como un leve rastro de lápiz, y la otra remarcada, una raya de tizne.

La amplia frente, lisa y redonda, como un planeta donde se ha puesto la tarde. Los labios finos y muy juntos. La barbilla hendida. Las orejas un poco despegadas del cráneo. La nariz muy recta y elegante cubierta por una fina piel tirante sobre el cartílago, que refleja las luces del fotógrafo.

No por nada, la instantánea incluye un aparato de radio detrás del joven.

El fotógrafo Alfredo Cortina (Venezuela, 1903-1988), que para el momento tiene 33 años, fue pionero de la radiodifusión y la televisión, además de escritor de radionovelas y actor. De hecho, para el momento en que fotografía a Antonio Lauro apenas han pasado tres años de la difusión de su dramaturgia radial “El misterio de los ojos escarlata”, que paralizaba al país para congregarse junto a uno de esos aparatos a escucharla. Visto por Cortina, el veinteañero Lauro es el protagonista romántico de un drama sin solución.

Vista la foto este jueves 3 de agosto de 2017, cuando el país celebra el centenario de su más importante compositor para guitarra (de hecho, es uno de los más notables del mundo), tenemos la fantasía de que el genio espera oír las fanfarrias de las celebraciones. El país entero debería estar agolpado en las salas de concierto para disfrutar esos valses con nombre de mujer. Los medios de comunicación deberían tener comprometida su programación con espacios destinados a la divulgación de esta extraordinaria obra, que ha cautivado a los guitarristas y las audiencias más exigentes del planeta. Las escuelas deberían estar flotando en una nube de música y los parques y plazas, repletos de tarimas para presentar a los jóvenes guitarristas venezolanos.

“¿Dónde están?”, pareciera preguntarse. “¿Por qué no los oigo?”.

Antonio Lauro nació en Ciudad Bolívar, el 3 de agosto de 1917, en el hogar de una pareja de inmigrantes italianos.Su padre falleció cuando el pequeño tenía 5 años; y cuatro años después, cuando tenía 9, inició sus estudios musicales, en la Academia de Música y Declamación (hoy Escuela Superior de Música José Ángel Lamas), en Caracas, donde fue discípulo de Vicente Emilio Sojo, Juan Bautista Plaza, Salvador Llamozas y Raúl Borges, quien fue su maestro de guitarra clásica entre 1930 y 1940.

Huérfano desde tan pequeño, tenía que trabajar para pagarse sus estudios de música, así que se desempeñaba como guitarrista acompañante en los programas de la emisora de radio Broadcasting Caracas (actual Radio Caracas Radio). Allí han debido conocerse estos dos extraordinarios seres.

Ya en 1947, Lauro compone una de sus primeras obras de importancia, el poema sinfónico con solistas y coro Cantaclaro, inspirado en la novela de Rómulo Gallegos. Y un año después, en 1948, a raíz del golpe de Estado que derroca a Gallegos, el de Ciudad Bolívar es hecho preso. Al salir de la prisión se fue del país y regresó en 1958, a la caída de Pérez Jiménez e inicio de la democracia en Venezuela.

No dejaría de componer a lo largo de su vida, con tal brillo que el célebre guitarrista John Williams lo llamó “el Strauss de la guitarra”.

Antonio Lauro falleció en Caracas, el 18 de abril de 1986. En la actualidad, es muy normal ver su nombre en los programas de mano de las grandes y pequeñas salas del mundo, donde se toca y aplauden sus piezas.

En algún momento, aunque sea a deshora, Venezuela deberá celebrar el centenario de Antonio Lauro con algo más que estas pequeñas notas que logramos deslizar en la prensa de nuestro torturado país.

José Ignacio Cabrujas en el rol de Ángel Luque; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Este lunes 17 de julio, un día después de la consulta popular destinada a constituir un hito en la historia reciente de Venezuela, es la fecha del cumpleaños de José Ignacio Cabrujas, nacido en Caracas en 1937. Hubiera arribado a los 80 años. En el Archivo Fotografía Urbana se conserva esta imagen, captada por Leo Matiz, fotógrafo

Por Milagros Socorro | 30 de julio, 2017
Fotografía del Archivo Fotografía Urbana

Archivo Fotografía Urbana

Este lunes 17 de julio, un día después de la consulta popular destinada a constituir un hito en la historia reciente de Venezuela, es la fecha del cumpleaños de José Ignacio Cabrujas, nacido en Caracas en 1937. Hubiera arribado a los 80 años.

En el Archivo Fotografía Urbana se conserva esta imagen, captada por Leo Matiz, fotógrafo colombiano que integró el equipo de rodaje de la película Crónica de un subversivo latinoamericano, dirigida por el cineasta mexicano-venezolano Mauricio Walerstein, en 1975. El personaje abatido y golpeado es el pintor español Ángel Luque, interpretado por José Ignacio Cabrujas en el mencionado film.

Crónica de un subversivo latinoamericano narra un hecho real: el secuestro, el viernes 9 de octubre de 1964, del teniente coronel Michael Smolen de la fuerza aérea estadounidense. Smolen tenía entonces dos años en Caracas, donde se desempeñaba como segundo jefe de la Misión Aérea Norteamericana. El rapto del oficial norteamericano fue perpetrado por un comando guerrillero de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), con el propósito de tener un rehén que pudieran canjear por el guerrillero vietnamita Nguyễn Văn Trỗi. Este fue apresado en mayo de 1964 por las fuerzas sudvietnamitas al ser sorprendido minando un puente en Công Lý, cerca de Saigón, por donde pasaría el entonces secretario de Defensa de los Estados Unidos, Robert McNamara, y el embajador Henry Cabot Lodge.

En la trama de Mauricio Walerstein, quien escribió el guion con la colaboración de Luis Correa y el propio Cabrujas, Michael Smolen es interpretado por el actor mexicano Claudio Brook. El personaje se llama Robert Ernest Whitney. Igual que el original, vivía en Caracas con su esposa y sus dos hijos. Corren los años 60. En mayo de 1962 nacen las FALN, organización guerrillera creada por el Partido Comunista de Venezuela (PCV) como brazo armado del Frente de Liberación Nacional. Servía de marco para grupos rebeldes que habían empezado a operar con el objetivo de derrocar al gobierno de Rómulo Betancourt, que había sido legítimamente constituido tras las elecciones de 1959.

El antecedente inmediato de esta formalización de la insurgencia violenta era la política de apoyo de Fidel Castro a los movimientos armados de Latinoamérica y, por ese camino, la propuesta de Argimiro Gabaldón, secretario general del PCV, expuesta en el III Congreso de esta organización en 1960. Gabaldón planteaba acudir a la lucha armada como mecanismo de combate inspirado en la revolución cubana.

Una vez creadas las FALN era preciso dar un golpe publicitario. Y entonces detienen en las antípodas al militante del Vietcong. En la película vemos una reproducción bastante fidedigna de lo que ocurrió en la realidad. Una vez secuestrado el oficial estadounidense, lo llevan al estudio del pintor cordobés Ángel Luque, en el apartamento 3-A del edificio Araucaria, en la calle Negrín de Sabana Grande. El plan era llevarlo allí para luego cambiarlo de sitio de reclusión, pero entre las centenares de detenciones hechas por las autoridades se produjeron rápidas delaciones y en pocos días se cerró el cerco alrededor de los secuestradores.

En los zapatos de Ángel Luque

El reparto de la película incluía, además del mencionado Claudio Brook, un elenco venezolano integrado por Miguel Ángel Landa, Rafael Briceño, Pedro Luna, Orlando Urdaneta, Eva Mondolfi, Pedro Laya, Perla Vonasheck, Oscar Mendoza, María Eugenia Domínguez, Lucio Bueno y Asdrúbal Meléndez. El escritor José Ignacio Cabrujas, quien se había iniciado como actor en el Teatro Universitario de la UCV y trabajó pocas veces en otras cintas y en el teatro, tenía un pequeño papel.

La foto de José Ignacio, precisa el cineasta Antonio Llerandi, autor del documental Cabrujas en el país del disimulo, corresponde al momento de la película en el que Ángel Luque fue puesto preso y torturado.

Asustado al ver la movilización de la policía tras la pista de Smolen, el pintor Luque rogó que sacaran al cautivo de su estudio, donde había permanecido más de lo pactado. El lunes 12 de octubre, en la noche, los guerrilleros le pusieron una venda en los ojos a Smolen, lo metieron en un carro y lo soltaron en la calle Los Samanes de La Florida. Allí lo encontró la policía. Al día siguiente era martes 13. Mal augurio para los secuestradores.

Al llegar a la puerta del 3-A, en el edificio Araucaria, los uniformados prefirieron no tocar al timbre. Directamente dedicaron una ráfaga de ametralladora. Empujaron el colador resultante y ahí estaba Ángel Luque y su esposa, Tatiana Fokina. Minutos después llevaron a Smolen para que reconociera el escenario de su cautiverio. El norteamericano hizo un inventario detallado de todo. Hasta el cepillo de dientes que le habían dado sus captores estaba allí, todavía húmedo. Los dueños de la casa salieron esposados con destino a la sede de la Digepol.

Pintor, escultor y grabador, Ángel Luque nació el 20 de octubre de 1927, en Córdoba, España. Cuando llegó a Venezuela en 1955 ya había participado en importantes exposiciones colectivas en su país. También gozaba en su España natal del interés de la crítica así como de los organizadores de salones, que lo incluyeron en las listas de invitados. Incluso formó parte del grupo El Techo de la Ballena (1961-1964).

En 1962, dos años antes de la chapuza de Smolen, Luque expuso en la galería El Muro con Luisa Richter y un año más tarde con Luisa Palacios y Humberto Jaimes Sánchez. En esos dos años hizo escenografías para el grupo de teatro del Instituto Venezolano-Italiano de Cultura (Caracas). Distaba mucho de ser un marginal de las artes o un tipo sin lugar en la sociedad. En octubre del 64 ingresó a la prisión, donde permanecería por tres años, y en 1967, cuando salió de la cárcel, se fue de Venezuela. A partir de 1968 se instaló en París y comenzó a trabajar como ayudante de Jesús Soto.

La Galería de Arte Nacional tiene una importante selección de su obra, principalmente pinturas y grabados en aguafuerte y agua de azúcar. Luque murió en París, a los 87 años, en abril de 2014. Ese año, una galería madrileña organizó una muestra de su trabajo y la prensa lo aludió como “referente de la abstracción geométrica”.

Esta foto de Leo Matiz nos muestra a Cabrujas interpretando a Ángel Luque en aquella hora amarga.

El actor Orlando Urdaneta, miembro del elenco, dice:

“Ese Cabrujas de Crónica de un subversivo latinoamericano era para mí un Cabrujas mortal, humano. Era un señor que trabajaba en Radio Caracas y daba clases en la UCV. Lo había visto estrenar La Revolución, de Isaac Chocrón, en 1971 junto a Rafael Briceño. Buen actor. Muy buen actor. En la película era el dueño del apartamento que servía de concha para retener al coronel Smolen y fue la primera vez que reparé en la palabra ‘textura’ en referencia a una obra de arte. Mientras escondían una de sus obras en otro cuarto, para dejar el ambiente limpio de referencias, decía el pintor, interpretado por José Ignacio, una línea que seguramente era suya porque era coguionista del film: ‘Según los críticos, este cuadro tiene mucha textura… Ten cuidado, no me le jodas la textura…'”.

“Pasaron los años y creció nuestra amistad”, sigue Urdaneta. “Cuando lo tuve a mi lado, tiempo después, viéndolo estudiar su propio texto para hacer de cura en la película Profundo, de Antonio Llerandi, basada en la obra teatral del mismo nombre de Cabrujas era inconmensurable. Lo veía reírse de esas letanías escritas por él mientras decía: ‘Qué vaina tan loca’. Y volvía a reír. Me jugaba con él. Nos cocinaba en su casa, a Tania Sarabia y a mí, para proponernos una obra que no había escrito aún y probablemente nunca escribiría. Pero cocinando, rascándose la cabeza, sacándose los lentes como si los hubiera tenido enterrados en la cara por años… Nunca más lo pude ver con otros ojos… Era el genio. Él te hablaba y se reía contigo, pero tú lo sabías genio. Me parecía que descendía para tratarnos, a los mortales, porque le divertíamos”.

Su presencia era ahora la presencia de la historia cultural de Venezuela. Las letras de su siglo. La esencia del teatro latinoamericano. El mejor registro del ser venezolano. El gran Acto Cultural que ha sido y es la venezolanidad.

Inscripciones en el muro

En la pared de la cárcel sobre la que se recorta el personaje están escritas unas letras, que parecen talladas con la uña. Consultamos a Luis Manuel Esculpi, conocedor de la historia de la izquierda venezolana, para que nos ayudara a interpretar los jeroglíficos:

“En una parte distingo ‘Dto Livia Gouverner’. Se refiere al Destacamento Livia Gouverner de la FALN, que secuestró a Smolen. Esa película fue filmada en los tiempos del nacimiento del MAS. Mauricio Walerstein, el director, era amigo y en vez de contratar extras para una manifestación que aparece en la película, convocó a militantes de la Juventud del partido. Y el dinero destinado al pago de los extras ingresó a las finanzas del MAS. Por eso, varios de los miembros de la Juventud del momento aparecemos en el film”.

Antonio Llerandi completa el cuento:

“Desde que Mauricio llegó a Venezuela fue muy amigo de Teodoro Petkof, que a su vez era muy cercano a José Ignacio Cabrujas. El efecto inmediato del secuestro de Smolen fue el desmantelamiento del aparato militar de la subversión, sobre todo en Caracas. El primero en caer preso era un aventurero que participaba de la lucha armada, delató a todos y fueron cayendo uno a uno. Por eso puede afirmarse que el secuestro de Smolen fue el comienzo del fin de la lucha armada en Venezuela, donde solo subsistieron algunos focos rurales. El otro evento parecido, que ocurrió muchos años después, fue el secuestro de Niehous. Pero su objetivo era netamente económico. Nada que ver con el de Smolen, cuyo fin era político”.

Tres días después de la liberación de Smolen en Caracas, el 15 de octubre de 1964, un pelotón ejecutó a Nguyễn Văn Trỗi.

José Ignacio Cabrujas murió también en octubre, el 21, en 1995, en Porlamar.

Y Michael Smolen falleció en su casa del condado de Maricopa, estado de Arizona, el 13 de abril de 1987.

Una concentración popular en apoyo a la Constitución; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

La gestión presidencial de Rómulo Betancourt (1959 / 1964) estuvo asediada por conjuras y levantamientos militares que venían de la izquierda así como de remanentes del perezjimenismo. Fue, ciertamente, un gobierno acosado por conspiraciones de muchos frentes, incluidas fuerzas extranjeras, como la dictadura de Trujillo, en República Dominicana, y el recién llegado al poder, Fidel

Por Milagros Socorro | 16 de julio, 2017
Concentración popular en apoyo al gobierno de Rómulo Betancourt, en El Silencio, Caracas, ca. 1960 | Autor desconocido

Concentración popular en apoyo al gobierno de Rómulo Betancourt, en El Silencio, Caracas, ca. 1960 | Autor desconocido

La gestión presidencial de Rómulo Betancourt (1959 / 1964) estuvo asediada por conjuras y levantamientos militares que venían de la izquierda así como de remanentes del perezjimenismo. Fue, ciertamente, un gobierno acosado por conspiraciones de muchos frentes, incluidas fuerzas extranjeras, como la dictadura de Trujillo, en República Dominicana, y el recién llegado al poder, Fidel Castro, quien desde el primer momento le tuvo el ojo puesto a Venezuela.

Esta concentración ha podido ser de cualquier año del quinquenio de Betancourt, pero vamos a tomar por buena la anotación inscrita en el reverso de la imagen.  El 24 de junio de 1960, el presidente Betancourt se salvó por los pelos del atentado perpetrado por la guerrilla de las FALN (Fuerzas Armadas de Liberación Nacional). De hecho, resultó muerto el jefe de la casa Militar, coronel Ramón Armas Pérez y destrozado el vehículo presidencial. Muy pronto se demostró que detrás del crimen estaba el régimen de Trujillo.

Pero El Chivo distaba mucho de ser el único enemigo del nuevo gobierno, emanado en forma legítima de las urnas electorales. En septiembre de 1959, a meses de iniciado el Gobierno, se registró una sublevación militar y fueron detenidos algunos oficiales.

El 3 de enero de 1960, la Dirección Nacional de Información emite un comunicado para tranquilizar a la opinión pública por ciertos actos terroristas cometidos en Caracas.

El 7 de ese mes se produce en todo el país un paro general simbólico de quince minutos en repudio a esos y en apoyo al gobierno. El 8, el Congreso Nacional aprueba un acuerdo donde condenaba los actos de terrorismo y pide al Ejecutivo que tome medidas para preservar la paz ciudadana. El 20, el Ministerio de la Defensa confirma la existencia de un movimiento subversivo y la detención de militares y civiles. Es decir, las acusaciones no eran al aire y sin presos, sino inculpaciones muy concretas.

Y el 13 de febrero de 1960, cuatro meses antes del atentado, el presidente Rómulo Betancourt pronuncia un discurso, en El Silencio, en el primer aniversario del Gobierno constitucional: “Mis palabras serán dirigidas a la nación […] porque como Jefe de Estado no pertenezco a una sola parcialidad política sino a todos los venezolanos de todas las tiendas políticas y a quienes no militan en ningún partido [ …] Quiero hacer aquí un llamado al trabajo, al trabajo creador. Que pongamos de lado el manguareo y la frivolidad, y el nuevorriquismo derrochador […] Quiero hacer un llamado al pueblo de Venezuela para que adopte una actitud de comprensión y de acogida hacia el emigrante laborioso porque de los tahúres se está encargando la Dirección de Extranjería”.

Estas personas pueden haberse congregado, pues, ese día de febrero. Pero no debe descartarse que haya sido en fecha posterior, dadas las agresiones que durante todo su ejercicio sufrió ese Gobierno.

La multitud se concentra en un punto, pero no alcanzamos a ver al orador o al foco que atrae la atención de la multitud. El fotógrafo se ha ubicado en lo alto, quizá desde el segundo piso de otro edificio, a espaldas de la congregación. Es como si quisiera representar el liderazgo colectivo. Quien mira, lo hace desde la retaguardia, es el pueblo quien va adelante. Un pueblo, por cierto, plural. Vemos que entre la muchedumbre, de notable mayoría masculina, hay pancartas de Acción Democrática y de su rival, una de ellas dice: Copei apoya la constitucionalidad. Es, pues, una inmensa manifestación en apoyo a la Constitución. Quizá este respaldo fue el que permitió que Betancourt terminara el periodo y que el país viviera cuatro décadas de democracia.

La luminosa Josefina Jordán; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

En nuestra anterior entrega contamos la historia del Grupo Máscaras, fundado en 1952 por César Rengifo y Humberto Orsini, entre cuyos miembros se encontraba la escritora y cineasta Josefina Jordán. Al ver su rostro en la fotografía que acompañaba nuestra nota anterior, quise dedicarle una en exclusiva. Los mensajes que recibí de sus amigos fortalecieron

Por Milagros Socorro | 9 de julio, 2017
Imagen del Archivo de Fotografía Urbano

Imagen del Archivo Fotografía Urbana

En nuestra anterior entrega contamos la historia del Grupo Máscaras, fundado en 1952 por César Rengifo y Humberto Orsini, entre cuyos miembros se encontraba la escritora y cineasta Josefina Jordán. Al ver su rostro en la fotografía que acompañaba nuestra nota anterior, quise dedicarle una en exclusiva. Los mensajes que recibí de sus amigos fortalecieron esa iniciativa. Tenía en mis archivos un material de ella que no había publicado, así que juzgué llegado el momento.

Hace un par de años le escribí a Josefina Jordán para pedirle que contestara una encuesta que había elaborado a manera de juego. Se trataba del cuestionario “El cine según…”, que he estado enviando a mis amigos para sondear sus ideas sobre el cine, básicamente, sobre los actores de cine. Es un divertimento, destinado a publicarse en mi página web. No es asunto de un medio de comunicación ni nadie me paga por eso.

He reunido varias decenas. Josefina Jordán debía estar ahí, así que en junio de 2015 se lo envié, con la carta que suelo acompañar para explicar el asunto. Un mes después recibí respuesta de ella. Se disculpaba por no haberlo hecho antes y adjuntaba a su comunicación un video titulado “ZonaCineCCS”, en el que ella no estaba incluida. Lo sé, porque ella misma lo mencionaba: “Te reenvío esto para que veas que no estoy en esa lista. Por lo que se puede deducir que mi pequeña obra cinematográfica no tiene importancia suficiente para figurar allí”.

–En realidad, -agregaba- el trabajo más importante que realicé en el campo del cine no fue como documentalista, sino como gremialista. Y mis conocimientos de películas, directores del cine universal, etc., se han visto muy reducidos desde que vivo en este edificio, pues sus ascensores están constantemente dañados y mi artritis reumatoidea me impide bajar y subir 9 pisos por las escaleras. Llevo 2 semanas sin bajar ni subir. Te digo esto porque no pude seguir contestando tu cuestionario sobre cine, ya que demandaba demasiado esfuerzo y trabajo. Hace unos meses sufrí un ACV, que aunque fue leve, sí dejó secuelas, como fallos de memoria, fatiga excesiva, pesimismo y hasta miedo, lo cual me resulta muy doloroso, pues la alegría, el optimismo, mi energía vital, mi independencia tanto de pensamiento como de acción, han sido siempre cualidades que he ejercido y cultivado. Por ello, Milagros, no seguí contestando tus preguntas y creo que mejor no publiques nada sobre mí, en el aspecto cinematográfico. En cambio, sobre mi pequeño trabajo literario y actividades gremialistas, sí podrías hacerlo. Excúsame la demora en contestarte, pero las dificultades que se me han presentado últimamente en un edificio donde constantemente los ascensores están dañados, han sido tantas, que necesariamente me han obligado a intentar atenderlas y hacer de ellas mi actividad ineludible.

Insistí con suavidad y le expliqué que podía tomarse el tiempo que necesitara. No quería que ella estuviera ausente en mi serie de “El cine según…”. Entonces, hizo algo muy curioso, que en el momento no supe cómo usar. Me envió el texto de sus respuestas a otra entrevista, que alguien más le había hecho; y puso en mayúsculas unas observaciones destinadas a mí. A continuación pondré fragmentos de aquel texto que me hizo llegar Josefina Jordán

“Milagros: para comenzar, te reenvío esta entrevista que me hizo hace como dos años una chica venezolana cuyo nombre no recuerdo. Trata solo de la actividad cinematográfica, aunque no incluye la actividad realizada con Joris Ivens. Salu2. J.J.”.

–Mi primera relación fue con la fotografía -escribió Josefina para responder a la interrogante sobre su primera relación con el cine-, porque mi amiga Betty Aldama, en Punto Fijo, tenía una camarita y nos encantaba estar tomando fotos. Con el cine fue cuando yo tenía 18 o 19 años, que me vine a Caracas y entré al grupo Teatral Máscaras. Ahí conocí al joven portugués, Antonio Fernández, que tenía una camarita de cajón. Me iba con él al parque Los Caobos y hacíamos pequeñas filmaciones. En Caracas me gradué de locutora y trabajé como tal, porque el día del examen conocí a un señor que trabajaba en Corpa, donde me escogieron como Miss Pepsi. Hice solo 2 programas. Renuncié, porque dicho señor quería algo más que una relación profesional conmigo. Años más tarde, cuando conocí a Jacobo Borges, también en el Grupo Máscaras, a él le gustaba mucho el cine. Nos hicimos novios. Y cuando nos casamos, decidimos que en lugar de comprar muebles, compraríamos una cámara de cine. Como en la Televisa de aquellos tiempos había conocido al Gordo Pérez, él me mando a Micrón, para que me hicieran el mismo descuento que a él.

Aprender fotografía con un manual

“Compramos una Bolex Paillar H 16 reflex, con un fotómetro medio majunche. Aprendí a manejar esa cámara leyendo un libro que se llama Manual del Cineasta Amateur; y Carlos Cruz Diez, un día que lo encontramos en la playa, me enseñó a manejar el fotómetro. El mismo Gordo Pérez me recomendó que comprara unos rollitos vírgenes, que eran solo positivos y que los fuera a revelar en Tiuna Films, donde me cobraban Bs. 10 por cada rollito revelado. Como no teníamos proyector, íbamos a la casa de Aníbal Nazoa y allí las veíamos. Por cierto, Aquiles se quejaba de que yo no terminaba bien las panorámicas, que las dejaba inconclusas. También le disgustó cuando me dio el monólogo de Doña Rosita la Soltera para que me lo aprendiera, cosa que hice, pero de ahí a actuarlo en la escalera de la casa, con toda la familia Nazoa presente, era otro cantar. Nunca lo hice. Temía arrancar solo carcajadas a esta inteligente familia. Por cierto, que en esa Televisa me hizo una prueba como actriz, el profesor Alberto Castillo Arráez, quien dirigía y actuaba en los casos del Inspector Nick. Me dejó sola leyendo dos capítulos. Cuando regresó, los leímos entre ambos, quedando asombrado de mi buena memoria, con lo cual quedé contratada para actuar en uno de ellos en el rol de una lady inglesa, lo cual me ganó la enemistad de algunas actrices famosas en esa época”.

“Los capítulos duraban 15 minutos. Iban directos al aire. Y cada caso tenía 5 capítulos, que se transmitían de lunes a viernes. Después protagonicé la primera telenovela de Ligia Lezama, junto a Pedro Marthan y otra cuyo nombre no recuerdo. En el Máscaras conocí a un chico del que me enamoré. Como insinuara que hiciéramos el amor y tuviésemos un hijo, busqué trabajo en el interior y, gracias un técnico que trabajaba en Televisa, Carlos Arreaza, fui designada Directora Artística y locutora de Radio Monagas. Allí trabajé un año, pero después de las elecciones de 1958, me fui a vivir en un pueblo llamado Caja de Agua, cerca de Punto Fijo, con mi madre”.

Corre, que te deja el avión a Cuba

–Primero, -sigue Josefina Jordán- fui algo así como periodista del cine, porque filmaba marchas, manifestaciones, etcétera. Mis amigos del PCV hasta paraban las marchas cuando me veían filmando desde un puente, y solo después que yo hacía varias tomas era que continuaban las marchas. Por cierto, un día filmaba yo desde la azotea de Pedro León Zapata, en El Silencio. De pronto, la cosa se puso violenta y Zapata me tiró al suelo. Me salvó la vida, porque la bala pasó casi rozándome hasta incrustarse en la pared. Jacobo Borges y yo, sin estar casados, viajamos a Cuba, porque Fidel había enviado dos aviones en Maiquetía para quienes quisieran viajar allá para el 1ro. de mayo de 1958, de gratis. Pasamos por la casa del PCV y allí nos lo avisaron. Fuimos corriendo a casa a buscar ropa y por el camino le avisábamos a quienes encontrábamos. Así fue como también viajaron Teodoro Petkoff, Darío Lancini, el poeta Acosta Bello y otros, que lo hicieron hasta sin llevarse ropa. Presenciamos el primer 1ro. de mayo desde las gradas de la plaza Revolución. Allí también estaban Siqueiros, Allende y otros revolucionarios de América Latina. Alguien, con mi camarita, filmó todo eso. Así pueden vernos a algunos venezolanos cerca de esos famosos. Las copias existen en la Fundación Cinemateca Nacional.

Cuando la chica cuyo nombre nunca supe le preguntó a Josefina Jordán, “por qué hace sus películas”, ella precisó:

“Hacía, porque ya no las hago. Me dedico a escribir novelas y cuentos, y me he convertido en investigadora histórica por afición, habiendo viajado cerca de 20 veces al Archivo Nacional de Indias, en Sevilla”.

Josefina Jordán falleció el miércoles 22 de julio de 2015. Nunca contestó a mi cuestionario. Quizá no insistí lo suficiente. Fue un error.

Grupo Máscaras, teatro militante; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

¿Salta a la vista que son actores o, por lo menos, gente de teatro? El hombre caracterizado, –de no sabemos qué– da una pista, ciertamente. Son los miembros del Grupo Máscaras, fundado en 1952 por César Rengifo y Humberto Orsini. Para establecer su identidad, apelamos a la colaboración –por suerte, entusiasta– de Leonardo Azparren, historiador

Por Milagros Socorro | 2 de julio, 2017
Imagen del Archivo de Fotografía Urbano

Imagen del Archivo de Fotografía Urbano

¿Salta a la vista que son actores o, por lo menos, gente de teatro? El hombre caracterizado, –de no sabemos qué– da una pista, ciertamente. Son los miembros del Grupo Máscaras, fundado en 1952 por César Rengifo y Humberto Orsini.

Para establecer su identidad, apelamos a la colaboración –por suerte, entusiasta– de Leonardo Azparren, historiador del teatro en Venezuela; el profesional del teatro Ibrahím Guerra; la archivista, investigadora, editora, Maribel Espinoza; así como de Hely Orsini y Flérida Rengifo, hijas de los fundadores de Máscaras.

Según Azparren, la imagen debió ser captada a finales de los años 50. “Casi seguro, antes de 1958, porque Carlos Denis se fue a Barquisimeto en abril de 1958 como director del Grupo Teatral Lara, creado por el gobernador de la época”.

–El Grupo Máscaras –sigue Azparren– estaba formado, en su mayoría, por ex alumnos del mexicano Jesús Gómez Obregón, quien en 1947 creó una escuela de capacitación teatral por invitación de Luis Beltrán Prieto Figueroa, ministro de Educación de Rómulo Gallegos. Gómez Obregón introdujo a Stanislavski entre nosotros. La de Gómez Obregón fue la primera escuela de teatro moderna que hubo en Venezuela. Estuvo casado con la bellísima actriz mexicana, Miroslava. Terminó su vida como funcionario de la Colgate-Palmolive mexicana.

Aparecen en la gráfica, de izquierda a derecha, de pie:

1. Felipe Rivas. Dice Leonardo Azparren: “Carlos Denis lo llevó a Barquisimeto hacia 1960 para trabajar en títeres. Después, en 1964, Daniel Izquierdo (sexto en la foto), quien dirigía la Escuela de Teatro de la Dirección de Cultura de la UCV, lo llamó para que diera clases de títeres; y más tarde formó el grupo de títeres que hoy lleva su nombre.

2. Humberto Orsini. Dramaturgo, director de teatro y docente. Nació en Santa Cruz de Orinoco, estado Anzoátegui. De 1969 a 1975 fue corresponsal de prensa en Europa, con residencia en Berlín y Moscú, trabajo que compartía con sus investigaciones sobre el teatro. Premio Nacional de Teatro 1995, vive en Caracas.

“Militante del PCV toda su vida”, dice Azparren, “siempre lo he considerado un apóstol de sus creencias. Honesto y sin ambiciones más allá del teatro. Es uno de los introductores de Bertolt Brecht entre nosotros, junto con Nicolás Curiel. Trabajó mucho tiempo en el área internacional con el Instituto Internacional del Teatro de la UNESCO”.

3. María García, actriz. Destacó en la interpretación de roles en las obras de César Rengifo.

4. Fernando Villamizar, actor. Trabajó en varias ciudades del interior, una de ellas Barquisimeto.

5. Eduardo Fernández.

6. Daniel Izquierdo, quien cumplió larga actividad en el Pedagógico de Caracas hasta su muerte.

7. Con camisa blanca y cuello cerrado, no identificado.

Segunda línea.

8. Inclinado, solo vemos su cabeza, no identificado.

9. Maquillado y con vestuario, hacia la derecha, Francisco Gil Vargas. “Reconocido”, apunta Ibrahím Guerra, “por sus personajes chejovianos y mantuanos”.

10. El último de pie, a la derecha, es Augusto González “Gonzalote”.

Sentados o reclinados:

11. María Escalona, excelente actriz.

12. Reyna Calanche, también actriz.

13. César Rengifo (1915-1980). Artista plástico y dramaturgo. Nació en Caracas. Se le reconoce como introductor en Venezuela del teatro moderno, que va a irrumpir a la caída de la dictadura de Pérez Jiménez. Tras formarse en la Academia de Bellas Artes de Caracas, se fue a Santiago de Chile, entre 1930-1935, para estudiar Pedagogía de artes plásticas; y luego, a México, donde estudiaría las técnicas del muralismo en la Academia de San Carlos, entre 1937 y 38. De regreso a Venezuela, en 1939, hizo su primera exposición individual, en el Museo de bellas Artes. Fue director de Cultura de la Universidad de los Andes (ULA). En 1954 recibió el Premio Nacional de Pintura. En 1959 fundó la Escuela de Artes Plásticas de la ULA. Según Lucina Mc Namara, el Grupo Máscaras era “una célula teatral revolucionaria”. En 1955, hizo el mural “El mito de Amalivaca”, en la Plaza Diego Ibarra, Caracas. Como dramaturgo fue autor de 40 piezas. En 1980 recibió el Premio Nacional de Teatro y en 1989 la Universidad de los Andes publicó sus Obras Completas en ocho tomos.

14. Josefina Jordán, escritora y activista cultural hasta su muerte hace pocos años, principalmente en el cine. Fue esposa de Jacobo Borges.

15. Carlos Denis, actor y director. Dirigió “Soga de niebla” de César Rengifo, primera obra venezolana que se presentó después del 23 de enero de 1958. Se fue a Barquisimeto en abril de ese año para desempeñarse como director fundador del Grupo Teatral Lara, donde, por cierto, se inició Leonardo Azparren. En Máscaras protagonizó algunas obras importantes, como “Espectros” de HenrikIbsen. Murió en Barquisimeto.

16. Joven sonreída, con cabello largo, ubicada en el centro, Silvia Mendoza.

17. Joven en la esquina inferior derecha, con corbata de listas contrastantes, Alejandro Tovar.

–Deben estar en pleno ensayo para el montaje de alguna obra de Chejov –conjetura Flérida Rengifo–. Gil Vargas está vestido de ruso. El grupo viajaba por el país montando su repertorio en ciudades grandes y pequeñas. Era una manera de hacer política, burlando así, a la dictadura. Fue un grupo politizado en su mayoría, con sacrificios personales ligados a su militancia.

Leonardo Azparren apunta que el Grupo Máscaras funcionó en un local que quedaba entre Torres y Beroes. “Creo que era de una asociación de mujeres. Allí tuvieron, incluso, una pequeña sala donde presentaban sus obras”.

–Efectivamente –apoya Flérida Rengifo–, el lugar para los ensayos era un apartamento en el centro de Caracas, seguramente el local de la Unión Nacional de Mujeres, pues papá tuvo una fuerte amistad con su directora, Carmen Clemente Travieso, quien les dejaba usar ese espacio.

“Alejandro Tovar y Daniel Izquierdo se fueron a Chile a estudiar Teatro. Al regreso, Izquierdo dirigió por mucho tiempo el grupo del Pedagógico. Orsini, en Alemania, se formó en Bretch y creció en el campo teatral. Se casó con Malú del Carmen, también fundadora del Máscaras. Había diferencias entre ellos, como ocurre en todo grupo, pero por encima de todo privó el espíritu de cuerpo: era gente que amaba el teatro”, dice Flérida Rengifo.

El Grupo Máscaras se constituyó en 1952. Un año después, en 1953, pusieron en escena su primera pieza, Manuelote, escrita por César Rengifo, que cuenta la historia de un esclavo. La agrupación se disolvió en 1960.

Nicola Rocco mira el Distribuidor El Ciempiés; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Los grandes distribuidores viales de Caracas fueron previstos en la época de Pérez Jiménez, una dictadura militar en toda regla, pero tenían en su naturaleza el germen de la democracia: la elección individual: por dónde voy, hacia dónde me dirijo, cuál es la salida que considero pertinente o correcta. Esa multiplicidad de opciones, esa diversidad

Por Milagros Socorro | 25 de junio, 2017
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Distribuidor El Ciempiés fotografiado por Nicola Rocco. Archivo Fotografía Urbana.

Los grandes distribuidores viales de Caracas fueron previstos en la época de Pérez Jiménez, una dictadura militar en toda regla, pero tenían en su naturaleza el germen de la democracia: la elección individual: por dónde voy, hacia dónde me dirijo, cuál es la salida que considero pertinente o correcta.

Esa multiplicidad de opciones, esa diversidad que da ocasión al azar, está en los cimientos de la democracia y de la vida moderna. Completamente a contravía del camino único trazado por una voluntad autoritaria y rural.

La mirada del fotógrafo venezolano Nicola Rocco sobre el Distribuidor El Ciempiés, en esta imagen captada en 2005, nos entrega una vista de Caracas donde se observa el Guaire, río que divide a la capital venezolana entre norte y sur; un río de aguas mansas —más bien, amansadas, derrotadas—, de un color turbio y muy poco atractivo, como un café con leche que se hubiera enfriado mientras unos amantes perdían el tiempo en peleas. Es el toque triste, el recordatorio de una deuda pendiente, en una estampa urbana de alegre y ágil discurrir. Desde el helicóptero donde Rocco fotografía su ciudad no se perciben sus aprensiones. Es 2005, lo peor está por venir. Muchos lo saben y se han desgañitado en advertencias. Pero todavía faltan algunos años para que el rumboso espejismo del barril de petróleo carísimo se disuelva en una mueca de hambre, y la avenida Francisco Fajardo vea disolverse ese alegre movimiento en una mancha de sangre. Sangre de liceísta.

Esta foto de El Ciempiés tiene algo de magia: es como si un nigromante hubiera logrado ver en el fondo de nuestra mente, de nuestras fantasías y deseos, de nuestras ínfulas; y hubiera descubierto que esto es lo que pensamos de nosotros mismos: esto es lo que somos. Nuestra alma tiene el dibujo de estas cintas de hormigón armado, dibujadas en el espacio con tanta gracia, este alarde del ingenio, estos brazos de gitana contoneándose en el aire, recorridos por diligentes automóviles en cuyo interior viaja gente que sabe a dónde se dirige y debe hacerlo a toda prisa, porque en el mismo momento están pasando cosas en Nueva York y en Tokio, cosas que nos afectan y en las que estos automovilistas pueden influir.

El Ciempiés es un dispositivo distribuidor de tránsito, en su mayor extensión, una estructura elevada, que conecta la autopista de Prados del Este con la Francisco Fajardo, la más importante de Caracas, puesto que es la única vía arterial que conecta el este con el oeste. Fue concluido en diciembre de 1970 e inaugurado en 1972, en tiempos de la Presidencia de Rafael Caldera, para articular una red de vías y comunidades relativamente aisladas, que entonces quedaron adscritas a un sistema y continuo de funcionamiento.

La gráfica que acompaña esta nota demuestra que este y otros distribuidores representan cabalmente no solo que creemos ser sino lo que estamos seguros de que seremos en el futuro. Algo que funciona bien y con celeridad. Algo que permite realizar nuestros proyectos en el espacio, en el tiempo, en el territorio de los sueños.

En la publicación Informes de la Construcción Vol. 25, nº 246, de diciembre de 1972, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, leemos que “lo reducido del sitio y las vías de distinto orden que convergen en el área, planteó delicados problemas de ingeniería” en la construcción del Ciempiés.

En una ciudad como Caracas, —dice Informes de la Construcción— con limitada disponibilidad de áreas planas, altos costos de la tierra y volúmenes viales de gran magnitud, desarrollar un distribuidor de enlaces directos constituye un problema complejo desde el punto de vista urbanístico y vial. La previsión del impacto del Distribuidor en el área, la interrupción de los servicios públicos durante la construcción, la ejecución, las expropiaciones, y muchos otros factores, entran en juego antes de que una obra de esta magnitud sea una realidad.

Por la misma fuente constatamos que “todos los proyectos efectuados para la realización del Distribuidor fueron ejecutados por profesionales venezolanos”.Pues, claro. A quién le sorprende. Era lo más natural. Y volverá a serlo: esta foto lo demuestra.

“Su estructura se desarrolla sobre 22 pilas monocolumnas, 5 bicolumnas y 2 tricolumnas, todas ellas de atrevidas líneas arquitectónicas; además, posee 5 estribos para los tramos sobre tierra, con una longitud total de 1.276,93 m. […] Especial atención despiertan las pilas monocolumnas, ya que por primera vez en el mundo se construyen elementos estructurales de este tipo, con volados laterales de 13,20 m”

Esta monumental obra de la democracia costó Bs. 25.744.471,87. Es el equivalente al precio actual, ¿de una arepa rellena? ¿O del paquete de Harina P.A.N. adquirido en contubernios con el bachaquero? Pero no nos detengamos en los detalles. Lo fundamental es que si nos elevamos un poco del piso donde estamos aplastados (con la bota de un esbirro encima) y miramos la ciudad desde el helicóptero donde va Nicola Rocco veremos con claridad una muchacha que dobla una pierna de hormigón para salir a zancadas rumbo a su destino.

Posan las damas de la Cruz Roja de Venezuela; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Hasta un suspiro habría podido dañar la fotografía. Deben haberles indicado que se quedaran muy quietas… y que miraran al lente (el solemne conjunto impone, es difícil que alguien se atreviera a pedirles que miraran al “pajarito”). Así que las señoras optaron por lo que suele hacerse en estos casos: buscaron la posición más cómoda,

Por Milagros Socorro | 18 de junio, 2017

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Archivo Fotografía Urbana

Hasta un suspiro habría podido dañar la fotografía. Deben haberles indicado que se quedaran muy quietas… y que miraran al lente (el solemne conjunto impone, es difícil que alguien se atreviera a pedirles que miraran al “pajarito”). Así que las señoras optaron por lo que suele hacerse en estos casos: buscaron la posición más cómoda, aferraron sus bolsos (no fueran a resbalarse en la tersa superficie de las sedas y los satenes) y se aseguraron de no mover un músculo hasta que el chasquido de la cámara les indicara que la fotografía había sido captada. Pero, como ocurre comúnmente en estas situaciones, las personas paralizadas mueven los ojos con más energía, el ambiente se somete a un examen exhaustivo.

El espectáculo de la cámara y el fotógrafo debe ser muy interesante para ellas. La prueba es que de las doce señoras convocadas para la sesión de fotografía, solo dos miran a un punto distinto. Una es la del extremo derecho, que parece observar divertida algo que ocurre en la habitación de al lado. Quizá hay movimiento de copas y un espumante para agasajar a las invitadas, que han venido expresamente a posar para esta imagen. Y la otra es la segunda, de izquierda a derecha, en la fila de las que están de pie. Esta da la impresión de haber descubierto, con alborozo, un sombrero más excéntrico que el propio. Distraída de la operación fotográfica, esta mujer ha cedido al privilegio de su emplazamiento: desde donde está puede seguir con detenimiento las circunvoluciones de la tela que adorna el tocado de la primera señora (en la fila de los asientos).

—Pero si parece un intestino grueso —debe estar pensando—. De dónde habrá sacado ese horror…

No podemos culparla. El accesorio, aparatoso y asimétrico, es anticlimático en el conjunto. Los demás sombreros son sobrios y observan dimensiones, digamos, humanas. Este, en cambio, además de parecer una encarnación del signo de capricornio, es extravagante. No nos sorprendería enterarnos de que fue sacado del vestuario de una compañía teatral.

Su portadora, sin embargo, lo lleva sin complejos. Más aún, se la ve muy orgullosa y, definitivamente, satisfecha de su toilette, del oro de su aderezo y de pertenecer al selecto Grupo de Damas de la Cruz Roja de Venezuela, quienes se han cansado de ser un comité decorativo y han decidido pasar a la acción. Van a recabar dinero para la organización y piensan lograrlo mediante la venta de una postal que llevará una foto de todas ellas. Esto es, van a dar la cara. La postal es una especie de bisabuela de los calendarios con fotos de señoras como atractivo y anzuelo comercial. Claro que no se han popularizado los almanaques picantes; y aunque así fuera, estas son señoras recatadas, movidas por el altruismo. En modo alguno, por la vanidad o el exhibicionismo.

La Sociedad Venezolana de la Cruz Roja se fundó en Caracas, el 30 de enero de 1895, después de que se creara en Suiza en 1864, por iniciativa del comerciante ginebrino Henry Dunant, quien organizó un operativo de auxilio, que consistió en organizar a la población e improvisar un hospital de campaña en una iglesia, para atender a los heridos de la Batalla de Solferino, (24 de junio de 1859). El espíritu que cimentó el nacimiento de la Cruz Roja fue la determinación de socorrer a las víctimas de la guerra sin discriminar según su bando. Es un ser humanos, ha sufrido los rigores de una batalla, debe ser ayudado. Punto.

En la página web de la Cruz Roja de Venezuela se establece que fue creada “como parte de los actos organizados con motivo de la Conmemoración del Centenario del Nacimiento del Mariscal Antonio José de Sucre, quien fue el héroe de la Independencia venezolana que más se preocupó por humanizar la guerra”.

Por la misma fuente nos enteramos de que Venezuela se sumó al acuerdo establecido en la Convención Internacional de Ginebra, reunida en 1864, —donde se acordaron medidas especiales para la atención de los heridos en guerra y la protección de los cuerpos de socorro—, por decreto del Congreso Nacional, del 21 de mayo de 1894 y por declaración del Ejecutivo Federal, fechada el 9 de junio de 1894.

Entre los fundadores de la Cruz Roja Venezolana figuran personalidades como Agustín Aveledo, Francisco Rísquez, Luis Espeluzín, Pablo Acosta Ortiz, Manuel Díaz Rodríguez, Luis Razetti y Rafael Villavicencio, entre otros. Su primer Presidente fue Sir VincentKennetBarrington, caballero inglés residenciado en Venezuela y gran promotor de la replicación de la Cruz Roja en este país, porque había trabajado con la casa matriz de Ginebra en varias guerras. Había venido a Venezuela como comisionado especial de Gran Bretaña para la construcción de puertos y redes ferrocarrileras.

La fotografía, cuyo autor y fecha desconocemos, debió ser tomada a comienzos del siglo XX. Esto se deduce por la ropa de las señoras. Quizá, alrededor de 1910.

Al pie de la postal reza esta incitación: “La CRUZ ROJA es la entidad más humanitaria del mundo. Asociarse a ella es deber de solidaridad humana, que dignifica. Hágase usted socio y exhorte el patriotismo de todos sus amigos. Para esto no se necesita sino tener buen corazón y un bolívar”.

La plaza Bolívar de Maracaibo; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

En 1981 se hicieron trabajos de restauración en el Palacio de Gobierno de Maracaibo, conocido como Palacio de las Águilas o de los Cóndores, que había sido inaugurado en 1868; y se descubrió que las aves que adornaban la fachada, —águilas, cóndores, allí les da igual—, resultaron no ser de bronce como siempre se había

Por Milagros Socorro | 11 de junio, 2017
Plaza Bolívar de Maracaibo fotografiada por Alciro Ferrebús Rincón

Plaza Bolívar de Maracaibo fotografiada por Alciro Ferrebús Rincón. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

En 1981 se hicieron trabajos de restauración en el Palacio de Gobierno de Maracaibo, conocido como Palacio de las Águilas o de los Cóndores, que había sido inaugurado en 1868; y se descubrió que las aves que adornaban la fachada, —águilas, cóndores, allí les da igual—, resultaron no ser de bronce como siempre se había creído con gran orgullo, sino de yeso.

Como suele ocurrir con la vanidad, quedó en evidencia que era infundada. Pero la creencia no era fruto de la mera infatuación. Había un motivo para pensar que los grandes pájaros eran de un metal de cierta nobleza: es lo que había afirmado el gobernante local gomecista, Vicencio Pérez Soto, en 1927, cuando remodeló el edificio y puso los cóndores en los extremos del barandal del tejado. La propaganda de la época difundió la especie según la cual los adornos alados eran de bronce. No sabemos si, además, fueron pagados a precio de tal, pese a ser de humilde yeso.

Ese es el edificio que tiene de fondo la estatua ecuestre del Libertador, en la plaza Bolívar de Maracaibo. Es como si la representación del héroe se hubiera emplazado así, de espaldas a la sede del Ejecutivo regional, hoy encabezado por el militar, Francisco Arias Cárdenas, como para no ver lo que allí ocurre.

Aquí lo vemos en una imagen del fotógrafo y cineasta Alciro Ferrebús Rincón, nacido en la capital zuliana el 22 de noviembre de 1899. Muy probablemente, la foto fue tomada a finales de los años 20, a propósito de la aludida remodelación.

Un personaje a tener en cuenta: Alciro Ferrebús Rincón

Tal como consigna el Diccionario General del Zulia, de Luis Guillermo Hernández y Jesús Ángel Parra, editado por el BOD, en noviembre de 1928, Alciro Ferrebús Rincóntenía en funcionamiento el “sistema cinematográfico publicitario”, con el que producía el Semanario Cinematográfico de Maracaibo, noticiario documental de la localidad.

—En 1929 –establece el Diccionario— se asoció con el poeta Manuel Felipe Rugeles, redactor de Excelsior, para formar la Empresa Ferrebús Rincón y Cía, cuya objetivo era filmar películas que tendrían el apoyo del general Gómez. Así, intentaron filmar dos películas: Venezuela, con escenas naturales del Zulia y los principales estados del país, y Propaganda científica, donde se promocionarían ciertos ramos de la actividad nacional.

No se sabe si esas películas fueron filmadas (podrían haber quedado atascadas en la censura gomecista, para la cual los contenidos nunca eran lo suficientemente halagadoras con el Benemérito); de lo que sí hay constancia es de que el 20 de septiembre de 1929 se estrenaron: Maracaibo bajo la administración gomecista y rehabilitadora (ya el título, que parece inspirado por Kim Il Sun, nos dice del tono)

y Por nuestra cordillera, que podrían ser de Ferrebús Rincón y Cía.

Ferrebús Rincón fue administrador del periódico Maracaibo, en abril de 1921; inspector de espectáculos públicos (en 1926); fotógrafo del Ejecutivo del Zulia (1936) e inspector de los molinos de viento instalados en la Guajira por el Ejecutivo Federal (1939). Y fue editor de la Guía de Turismo, que incluía los estados Zulia, Trujillo, Mérida y Táchira, publicada en Caracas sin fecha.

La fotografía que acompaña esta nota es suya. Fue un tomada en unos de esos ardientes mediodías de Maracaibo. El autor no habrá querido sombras ni presencia humana. Nada que nos distrajera de la figura triunfante de Bolívar con la cabeza levemente girada como buscando de dónde sopla esa brisa bendita que trae el rumor de un lago no lejano.

Los muchos nombres de un solar

Esa explanada no se construyó para Bolívar. En realidad, fue la plaza Mayor de Maracaibo desde su fundación, como exigían las leyes de Indias, como centro de todas las poblaciones creadas bajo su influjo, a cuyo alrededor se asentarían los edificios públicos del gobierno y del clero.

En algún momento se llamó de San Sebastián, patrono de Maracaibo. Y después de la independencia volvió a cambiar de nombre, cuando se puso en ese sitio una pirámide con los nombres de los participantes en la intentona revolucionaria de la Escuela de Cristo, con lo que adquirió la denominación de plaza de la Pirámide. Hasta que en 1867, el gobernador de entonces, Jorge Sutherland, mandó a demoler la pirámide. Como es tan común en el Zulia, no se le ocurrió mudarla o conservarla de alguna manera, simplemente ordenó que la destruyeran. Y en su lugar erigió una columna para una estatua del Libertador. Dicen los cronistas que la columna fue retirada porque quedó choreta.

Nos cuenta el imprescindible Diccionario General del Zulia que, en 1873, Venancio Pulgar encargó al artista Carmelo Fernández un parque de forma octogonal, con una glorieta al centro, un cercado ornamental y alumbrado (de 92 faroles en el interior y 14 en el exterior), además de cuatro estatuas de bronce para simbolizar la agricultura, el comercio, la industria y la navegación o marina. Sería la plaza de la Concordia, a semejanza de la parisina, y se inauguró el 6 de diciembre de ese mismo año, 1873. Sería el penúltimo nombre del lugar… hasta ahora… nunca se sabe.

En 1902, el escultor maturinés Eloy Palacios presentó a la Sociedad Gloria al Semi-Dios de América (así se llamaba, en efecto), una propuesta para esculpir una estatua ecuestre del Libertador, a ser financiada con donaciones del pueblo y grupos privados de la ciudad. La idea prosperó y el monumento se inauguró el 1 de enero de 1905, cuando la superficie adquirió el nombre de plaza Bolívar.

¿Estuvo Bolívar en lo que hoy es su plaza?

De seguro, el propio Simón Bolívar se paseó por el coso que hoy honra su gloria, puesto que estuvo en el Zulia en dos ocasiones.

La primera, nos recuerda el Diccionario General del Zulia: “En 1821, cuando  venía de triunfar en Carabobo y se dirigía a Cúcuta para prestar juramento de su cargo como presidente de la Gran Colombia ante el Congreso allí reunido. Llegó a Maracaibo casi en forma sorpresiva, en la madrugada del 30 de agosto de 1821, por la vía de Trujillo, pasó por Betijoque y entró al Lago por el Puerto de Moporo y se trasladó a esta ciudad en el bote de la goleta corsario Paquete”.

Se quedó en Maracaibo veinte días, —hasta el 18 de septiembre, cuando continuó su viaje a Cúcuta, vía San Carlos del Zulia—, en los que fue objeto de homenajes y atenciones sociales casi diarios. Como era su costumbre, hizo despachos de órdenes y envió numerosas cartas, afanosa diligencia que podemos consultar en el diario de trabajo del Libertador en Maracaibo, elaborado por Tulio Febres Cordero.

Pasarían cinco años para que Bolívar regresara a Maracaibo. Esta vez por tres días, del 16 al 19 de diciembre de 1826.“Entró”, precisa el Diccionario, “al Lago por la vía de San Carlos del Zulia y lo recorrió en el viaje inaugural del Esteamboat, primer barco de vapor de carga y pasajeros entre Maracaibo y los Puertos del Sur del Lago. […] A pesar de la breve estadía, hubo una cena en su honor, donde el poeta José Antonio Almarza improvisó un soneto, quizás el primer poema dedicado al Libertador. Así mismo, se organizó un baile para homenajearlo y Bolívar bailó la contradanza La Libertadora, del compositor zuliano Silverio Áñez, con Casimira Flores de Santana, esposa del general Juan N. Santana, comandante de la guarnición de la provincia de Maracaibo”.

El 19 de diciembre de 1926, salió de Maracaibo para no volver. En esta ocasión, como en la anterior, pasó por San Carlos del Zulia, donde pasó la noche en una casa que hacía esquina con la Plaza Mayor del pueblo. La vivienda fue demolida en 1995. Así. Sin más. Quedaron, quién sabe por qué, una puerta y dos ventanas, que hoy se conservan en el Ateneo Jesús María Semprún.