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Posan las damas de la Cruz Roja de Venezuela; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Hasta un suspiro habría podido dañar la fotografía. Deben haberles indicado que se quedaran muy quietas… y que miraran al lente (el solemne conjunto impone, es difícil que alguien se atreviera a pedirles que miraran al “pajarito”). Así que las señoras optaron por lo que suele hacerse en estos casos: buscaron la posición más cómoda,

Por Milagros Socorro | 18 de junio, 2017

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Archivo Fotografía Urbana

Hasta un suspiro habría podido dañar la fotografía. Deben haberles indicado que se quedaran muy quietas… y que miraran al lente (el solemne conjunto impone, es difícil que alguien se atreviera a pedirles que miraran al “pajarito”). Así que las señoras optaron por lo que suele hacerse en estos casos: buscaron la posición más cómoda, aferraron sus bolsos (no fueran a resbalarse en la tersa superficie de las sedas y los satenes) y se aseguraron de no mover un músculo hasta que el chasquido de la cámara les indicara que la fotografía había sido captada. Pero, como ocurre comúnmente en estas situaciones, las personas paralizadas mueven los ojos con más energía, el ambiente se somete a un examen exhaustivo.

El espectáculo de la cámara y el fotógrafo debe ser muy interesante para ellas. La prueba es que de las doce señoras convocadas para la sesión de fotografía, solo dos miran a un punto distinto. Una es la del extremo derecho, que parece observar divertida algo que ocurre en la habitación de al lado. Quizá hay movimiento de copas y un espumante para agasajar a las invitadas, que han venido expresamente a posar para esta imagen. Y la otra es la segunda, de izquierda a derecha, en la fila de las que están de pie. Esta da la impresión de haber descubierto, con alborozo, un sombrero más excéntrico que el propio. Distraída de la operación fotográfica, esta mujer ha cedido al privilegio de su emplazamiento: desde donde está puede seguir con detenimiento las circunvoluciones de la tela que adorna el tocado de la primera señora (en la fila de los asientos).

—Pero si parece un intestino grueso —debe estar pensando—. De dónde habrá sacado ese horror…

No podemos culparla. El accesorio, aparatoso y asimétrico, es anticlimático en el conjunto. Los demás sombreros son sobrios y observan dimensiones, digamos, humanas. Este, en cambio, además de parecer una encarnación del signo de capricornio, es extravagante. No nos sorprendería enterarnos de que fue sacado del vestuario de una compañía teatral.

Su portadora, sin embargo, lo lleva sin complejos. Más aún, se la ve muy orgullosa y, definitivamente, satisfecha de su toilette, del oro de su aderezo y de pertenecer al selecto Grupo de Damas de la Cruz Roja de Venezuela, quienes se han cansado de ser un comité decorativo y han decidido pasar a la acción. Van a recabar dinero para la organización y piensan lograrlo mediante la venta de una postal que llevará una foto de todas ellas. Esto es, van a dar la cara. La postal es una especie de bisabuela de los calendarios con fotos de señoras como atractivo y anzuelo comercial. Claro que no se han popularizado los almanaques picantes; y aunque así fuera, estas son señoras recatadas, movidas por el altruismo. En modo alguno, por la vanidad o el exhibicionismo.

La Sociedad Venezolana de la Cruz Roja se fundó en Caracas, el 30 de enero de 1895, después de que se creara en Suiza en 1864, por iniciativa del comerciante ginebrino Henry Dunant, quien organizó un operativo de auxilio, que consistió en organizar a la población e improvisar un hospital de campaña en una iglesia, para atender a los heridos de la Batalla de Solferino, (24 de junio de 1859). El espíritu que cimentó el nacimiento de la Cruz Roja fue la determinación de socorrer a las víctimas de la guerra sin discriminar según su bando. Es un ser humanos, ha sufrido los rigores de una batalla, debe ser ayudado. Punto.

En la página web de la Cruz Roja de Venezuela se establece que fue creada “como parte de los actos organizados con motivo de la Conmemoración del Centenario del Nacimiento del Mariscal Antonio José de Sucre, quien fue el héroe de la Independencia venezolana que más se preocupó por humanizar la guerra”.

Por la misma fuente nos enteramos de que Venezuela se sumó al acuerdo establecido en la Convención Internacional de Ginebra, reunida en 1864, —donde se acordaron medidas especiales para la atención de los heridos en guerra y la protección de los cuerpos de socorro—, por decreto del Congreso Nacional, del 21 de mayo de 1894 y por declaración del Ejecutivo Federal, fechada el 9 de junio de 1894.

Entre los fundadores de la Cruz Roja Venezolana figuran personalidades como Agustín Aveledo, Francisco Rísquez, Luis Espeluzín, Pablo Acosta Ortiz, Manuel Díaz Rodríguez, Luis Razetti y Rafael Villavicencio, entre otros. Su primer Presidente fue Sir VincentKennetBarrington, caballero inglés residenciado en Venezuela y gran promotor de la replicación de la Cruz Roja en este país, porque había trabajado con la casa matriz de Ginebra en varias guerras. Había venido a Venezuela como comisionado especial de Gran Bretaña para la construcción de puertos y redes ferrocarrileras.

La fotografía, cuyo autor y fecha desconocemos, debió ser tomada a comienzos del siglo XX. Esto se deduce por la ropa de las señoras. Quizá, alrededor de 1910.

Al pie de la postal reza esta incitación: “La CRUZ ROJA es la entidad más humanitaria del mundo. Asociarse a ella es deber de solidaridad humana, que dignifica. Hágase usted socio y exhorte el patriotismo de todos sus amigos. Para esto no se necesita sino tener buen corazón y un bolívar”.

La plaza Bolívar de Maracaibo; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

En 1981 se hicieron trabajos de restauración en el Palacio de Gobierno de Maracaibo, conocido como Palacio de las Águilas o de los Cóndores, que había sido inaugurado en 1868; y se descubrió que las aves que adornaban la fachada, —águilas, cóndores, allí les da igual—, resultaron no ser de bronce como siempre se había

Por Milagros Socorro | 11 de junio, 2017
Plaza Bolívar de Maracaibo fotografiada por Alciro Ferrebús Rincón

Plaza Bolívar de Maracaibo fotografiada por Alciro Ferrebús Rincón. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

En 1981 se hicieron trabajos de restauración en el Palacio de Gobierno de Maracaibo, conocido como Palacio de las Águilas o de los Cóndores, que había sido inaugurado en 1868; y se descubrió que las aves que adornaban la fachada, —águilas, cóndores, allí les da igual—, resultaron no ser de bronce como siempre se había creído con gran orgullo, sino de yeso.

Como suele ocurrir con la vanidad, quedó en evidencia que era infundada. Pero la creencia no era fruto de la mera infatuación. Había un motivo para pensar que los grandes pájaros eran de un metal de cierta nobleza: es lo que había afirmado el gobernante local gomecista, Vicencio Pérez Soto, en 1927, cuando remodeló el edificio y puso los cóndores en los extremos del barandal del tejado. La propaganda de la época difundió la especie según la cual los adornos alados eran de bronce. No sabemos si, además, fueron pagados a precio de tal, pese a ser de humilde yeso.

Ese es el edificio que tiene de fondo la estatua ecuestre del Libertador, en la plaza Bolívar de Maracaibo. Es como si la representación del héroe se hubiera emplazado así, de espaldas a la sede del Ejecutivo regional, hoy encabezado por el militar, Francisco Arias Cárdenas, como para no ver lo que allí ocurre.

Aquí lo vemos en una imagen del fotógrafo y cineasta Alciro Ferrebús Rincón, nacido en la capital zuliana el 22 de noviembre de 1899. Muy probablemente, la foto fue tomada a finales de los años 20, a propósito de la aludida remodelación.

Un personaje a tener en cuenta: Alciro Ferrebús Rincón

Tal como consigna el Diccionario General del Zulia, de Luis Guillermo Hernández y Jesús Ángel Parra, editado por el BOD, en noviembre de 1928, Alciro Ferrebús Rincóntenía en funcionamiento el “sistema cinematográfico publicitario”, con el que producía el Semanario Cinematográfico de Maracaibo, noticiario documental de la localidad.

—En 1929 –establece el Diccionario— se asoció con el poeta Manuel Felipe Rugeles, redactor de Excelsior, para formar la Empresa Ferrebús Rincón y Cía, cuya objetivo era filmar películas que tendrían el apoyo del general Gómez. Así, intentaron filmar dos películas: Venezuela, con escenas naturales del Zulia y los principales estados del país, y Propaganda científica, donde se promocionarían ciertos ramos de la actividad nacional.

No se sabe si esas películas fueron filmadas (podrían haber quedado atascadas en la censura gomecista, para la cual los contenidos nunca eran lo suficientemente halagadoras con el Benemérito); de lo que sí hay constancia es de que el 20 de septiembre de 1929 se estrenaron: Maracaibo bajo la administración gomecista y rehabilitadora (ya el título, que parece inspirado por Kim Il Sun, nos dice del tono)

y Por nuestra cordillera, que podrían ser de Ferrebús Rincón y Cía.

Ferrebús Rincón fue administrador del periódico Maracaibo, en abril de 1921; inspector de espectáculos públicos (en 1926); fotógrafo del Ejecutivo del Zulia (1936) e inspector de los molinos de viento instalados en la Guajira por el Ejecutivo Federal (1939). Y fue editor de la Guía de Turismo, que incluía los estados Zulia, Trujillo, Mérida y Táchira, publicada en Caracas sin fecha.

La fotografía que acompaña esta nota es suya. Fue un tomada en unos de esos ardientes mediodías de Maracaibo. El autor no habrá querido sombras ni presencia humana. Nada que nos distrajera de la figura triunfante de Bolívar con la cabeza levemente girada como buscando de dónde sopla esa brisa bendita que trae el rumor de un lago no lejano.

Los muchos nombres de un solar

Esa explanada no se construyó para Bolívar. En realidad, fue la plaza Mayor de Maracaibo desde su fundación, como exigían las leyes de Indias, como centro de todas las poblaciones creadas bajo su influjo, a cuyo alrededor se asentarían los edificios públicos del gobierno y del clero.

En algún momento se llamó de San Sebastián, patrono de Maracaibo. Y después de la independencia volvió a cambiar de nombre, cuando se puso en ese sitio una pirámide con los nombres de los participantes en la intentona revolucionaria de la Escuela de Cristo, con lo que adquirió la denominación de plaza de la Pirámide. Hasta que en 1867, el gobernador de entonces, Jorge Sutherland, mandó a demoler la pirámide. Como es tan común en el Zulia, no se le ocurrió mudarla o conservarla de alguna manera, simplemente ordenó que la destruyeran. Y en su lugar erigió una columna para una estatua del Libertador. Dicen los cronistas que la columna fue retirada porque quedó choreta.

Nos cuenta el imprescindible Diccionario General del Zulia que, en 1873, Venancio Pulgar encargó al artista Carmelo Fernández un parque de forma octogonal, con una glorieta al centro, un cercado ornamental y alumbrado (de 92 faroles en el interior y 14 en el exterior), además de cuatro estatuas de bronce para simbolizar la agricultura, el comercio, la industria y la navegación o marina. Sería la plaza de la Concordia, a semejanza de la parisina, y se inauguró el 6 de diciembre de ese mismo año, 1873. Sería el penúltimo nombre del lugar… hasta ahora… nunca se sabe.

En 1902, el escultor maturinés Eloy Palacios presentó a la Sociedad Gloria al Semi-Dios de América (así se llamaba, en efecto), una propuesta para esculpir una estatua ecuestre del Libertador, a ser financiada con donaciones del pueblo y grupos privados de la ciudad. La idea prosperó y el monumento se inauguró el 1 de enero de 1905, cuando la superficie adquirió el nombre de plaza Bolívar.

¿Estuvo Bolívar en lo que hoy es su plaza?

De seguro, el propio Simón Bolívar se paseó por el coso que hoy honra su gloria, puesto que estuvo en el Zulia en dos ocasiones.

La primera, nos recuerda el Diccionario General del Zulia: “En 1821, cuando  venía de triunfar en Carabobo y se dirigía a Cúcuta para prestar juramento de su cargo como presidente de la Gran Colombia ante el Congreso allí reunido. Llegó a Maracaibo casi en forma sorpresiva, en la madrugada del 30 de agosto de 1821, por la vía de Trujillo, pasó por Betijoque y entró al Lago por el Puerto de Moporo y se trasladó a esta ciudad en el bote de la goleta corsario Paquete”.

Se quedó en Maracaibo veinte días, —hasta el 18 de septiembre, cuando continuó su viaje a Cúcuta, vía San Carlos del Zulia—, en los que fue objeto de homenajes y atenciones sociales casi diarios. Como era su costumbre, hizo despachos de órdenes y envió numerosas cartas, afanosa diligencia que podemos consultar en el diario de trabajo del Libertador en Maracaibo, elaborado por Tulio Febres Cordero.

Pasarían cinco años para que Bolívar regresara a Maracaibo. Esta vez por tres días, del 16 al 19 de diciembre de 1826.“Entró”, precisa el Diccionario, “al Lago por la vía de San Carlos del Zulia y lo recorrió en el viaje inaugural del Esteamboat, primer barco de vapor de carga y pasajeros entre Maracaibo y los Puertos del Sur del Lago. […] A pesar de la breve estadía, hubo una cena en su honor, donde el poeta José Antonio Almarza improvisó un soneto, quizás el primer poema dedicado al Libertador. Así mismo, se organizó un baile para homenajearlo y Bolívar bailó la contradanza La Libertadora, del compositor zuliano Silverio Áñez, con Casimira Flores de Santana, esposa del general Juan N. Santana, comandante de la guarnición de la provincia de Maracaibo”.

El 19 de diciembre de 1926, salió de Maracaibo para no volver. En esta ocasión, como en la anterior, pasó por San Carlos del Zulia, donde pasó la noche en una casa que hacía esquina con la Plaza Mayor del pueblo. La vivienda fue demolida en 1995. Así. Sin más. Quedaron, quién sabe por qué, una puerta y dos ventanas, que hoy se conservan en el Ateneo Jesús María Semprún.

El Clínico y la Educación; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Las nubes prolongan la línea diagonal del soporte donde se apoya la mujer esculpida por Francisco Narváez. Es como si la naturaleza se mostrara solícita con esta contundente criatura de formas redondeadas y actitud confiada: puedes reclinarte con todo el peso de tus formidables masas, aquí hay un colchón de nimbos para recibirte y acunarte.

Por Milagros Socorro | 4 de junio, 2017
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Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Las nubes prolongan la línea diagonal del soporte donde se apoya la mujer esculpida por Francisco Narváez. Es como si la naturaleza se mostrara solícita con esta contundente criatura de formas redondeadas y actitud confiada: puedes reclinarte con todo el peso de tus formidables masas, aquí hay un colchón de nimbos para recibirte y acunarte.

Y bajo el banco de nubes, recortado contra este con toda nitidez, está el Hospital Universitario de Caracas (HUC), llamado también Hospital Clínico Universitario de Caracas, o simplemente El Clínico, ubicado en la Ciudad Universitaria de Caracas, parte de la Universidad Central de Venezuela.

La soberbia fotografía de autor desconocido —y tomada en fecha que también ignoramos—, basa su composición en la coincidencia entre la ciencia y el arte, un diálogo que marcó la aspiración de modernidad en Venezuela. El Clínico, desde su fundación, no fue solo una institución de salud pública, sino también pionero en la formación de médicos y paramédicos, en pre y posgrado. Y el edificio que lo alberga es, en sí mismo, una manifestación del arte arquitectónico y de la integración de las artes, puesto que su fachada fue decorada por el creador Mateo Manaure. El conjunto, hospital y escultura, es una síntesis de la idea que las élites venezolanas tenían del futuro del país: bienestar social, justicia y belleza… a lo que pronto se agregaría el plasma imprescindible de estos ideales: la libertad.

La escultura tiene nombre, “La Educación”. Fue realizada por Francisco Narváez, en 1950, y emplazada en la terraza del primer piso del Instituto de Medicina Experimental. Mide 191,5 x 195 x 75 cm 122 x 207 x 149 cm (base); y está hecha en piedra de Cumarebo, estado Falcón, uno de los materiales preferidos por el margariteño, quien también esculpió en esa piedra su obra “La ciencia”, que está en el Instituto Anatómico José Izquierdo.

El catálogo del patrimonio de la UCV clasifica “La Educación” como género Clásico y establece que su tamaño es: Extra-Grande.

El fotógrafo captó otra línea, que viene a cruzarse con la anotada al comienzo de esta nota. Es la que trazan los senos de la figura escultórica y los dos volúmenes arquitectónicos del edificio. Salientes redondeados que se repiten en perfecta armonía.

En 1943, el general Eleazar López Contreras, entonces Presidente de la República, ordenó el inicio de las obras que concluirían en el hospital de la foto. Para ello se nombró una comisión planificadora integrada por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva, autor del diseño, el ingeniero Guillermo Herrera, Armando Vargas y los asesores norteamericanos Frank Mc Ve y Thomas Penton. Doce años más tarde, en 1954, cuando el país estaba bajo una tiranía, la obra quedó concluida; y en 1956, fue inaugurada por el general Marcos Pérez Jiménez. Era —es— el centro nacional de referencia para la realización de operaciones delicadas y complejas y fue allí, de hecho, donde se hizo el segundo trasplante de órgano de Venezuela, de riñón desde un donante vivo, en septiembre de 1968, cuando teníamos una democracia representativa, muy asediada, por cierto, por grupos insurgentes que en esa década no le dieron respiro al gobierno elegido en las urnas de votación.

Según ha escrito el doctor Gidder Benítez Guerra, profesor de la UCV, en 1948, el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social dictó una resolución que creó la Comisión Preparatoria de la Administración del Hospital, integrada por un destacado grupo de médicos, con los doctores Fernando Rubén Coronil y Jorge Soto Rivera, como presidente y secretario respectivamente.

Concluida la construcción en 1954, —sigue Benítez Guerra— le correspondió al artista plástico Mateo Manaure, la tarea de vestir de colores el imponente edificio con una obra de arte, La Policromía, la cual diluyó la masa del Hospital y lo integró al esquema arquitectónico moderno de la Ciudad Universitaria de Caracas.

El 14 de mayo de 1956, el dictador compareció para cortar la cinta ante el edificio, que fue bendecido por el Arzobispo de Caracas, Monseñor Lucas Guillermo Castillo y su coadjutor, Monseñor Rafael Ignacio Arias Blanco, el guaireño que un año más tarde, el 1 de mayo abril de 1957, suscribió la Carta Pastoral en denuncia del régimen violador de derechos humanos.

El 16 de mayo de 1956, inició el Clínico sus actividades, con acto presidido por el Dr. Pedro Antonio Gutiérrez Alfaro, ministro de Sanidad y profesor en jefe de la cátedra de Clínica Obstétrica de la Facultad de Medicina de la UCV, quien designó al Dr. Miguel Yáber Pérez, médico del Servicio de Obstetricia, para invitar a una paciente de la Maternidad Concepción Palacios, que sería trasladada en ambulancia al flamante hospital. “Cumplida esta comisión”, recuerda Benítez Guerra, “el Dr. Miguel Yáber Pérez entregó la paciente, a las puertas del hospital, al Director del Instituto, el Dr. Jorge Soto Rivera, quien realizó la historia clínica a la señora Mercedes de Arráiz, de 26 años, natural de Río Chico, Miranda y residenciada en La Vega, Caracas, con embarazo a término, en trabajo de parto”, que fue atendido por el Dr. Pedro Antonio Gutiérrez Alfaro, ayudado por el Dr. Miguel Yáber Pérez. El examen médico del recién nacido quedó a cargo del Dr. Pastor Oropeza, jefe de la cátedra de Pediatría, asistido por los doctores Ernesto Figueroa y Guillermo Tovar.

Seis décadas después de la inauguración del Clínico,en 2017, la mitad del Hospital Universitario de Caracas se ha quedado a oscuras. Sin electricidad, como vastas zonas del país. El que fue orgullo del país funciona parcialmente, sumido en la penumbra. Más de la mitad de las instalaciones no puede funcionar. Y las cirugías electivas debieron ser suspendidas porque no hay gases anestésicos en los ocho quirófanos.

También quedó en el pasado la realización de trasplantes. A finales de mayo de 2017, el Ministerio de Salud de Venezuela anunció oficialmente lo que ya era un hecho prolongado, la suspensión del programa de trasplante renal por la “escasez” (en realidad, carencia total) de fármacos inmunosupresores. El pronunciamiento no ofrece solución para los pacientes necesitados de un órgano ni para quienes ya lo recibieron. Es pena de muerte. Una condena, como apuntó con desesperación la Sociedad Venezolana de Nefrología.

Un país en ruinas contempla con dolorida nostalgia su pasado reciente. Es mucho lo destruido. Mucho, lo que hemos perdido. Pero es muy sólida la convicción de que este esplendor sigue vivo en la conciencia nacional.

El Vencedor de los Tiranos; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

El Archivo Fotografía Urbana tiene una colección de imágenes de estatuas de Venezuela. Es una serie especialmente conmovedora e interesante, porque, como toda estatuaria, recoge lo que las generaciones han considerado digno de ser perpetuado en el recuerdo colectivo; y en el caso venezolano, esos hitos nos llevan siempre a esa mezcla de violencia y

Por Milagros Socorro | 28 de mayo, 2017
Fotografía del Archivo de Fotografía Urbana

Fotografía del Archivo de Fotografía Urbana

El Archivo Fotografía Urbana tiene una colección de imágenes de estatuas de Venezuela. Es una serie especialmente conmovedora e interesante, porque, como toda estatuaria, recoge lo que las generaciones han considerado digno de ser perpetuado en el recuerdo colectivo; y en el caso venezolano, esos hitos nos llevan siempre a esa mezcla de violencia y sueño, vileza y grandeza, que constituyen el cimiento de nuestra alma nacional.

Esta fotografía, tomada en 1911 por desconocido artista (no puede llamarse de otra manera al fotógrafo que captó al héroe del pasado medio difuso en una atmósfera de luz, mientras que las filas que lo flanquean van haciéndose más realistas en la medida en que se acercan al primer plano). Es como si el pasado, ese pasado de Venezuela, se hundiera en un resplandor que nos impide, paradójicamente, verlo con claridad. El fotógrafo despliega el recurso del seductor: te muestro apenas lo suficiente para que intuyas la palpitación de algo grandioso, pero lo envuelvo en un velo de luminosidad para entorpecer tu visión y acuciar tu curiosidad.

La figura que flota en un estanque de luz con medio cuerpo en posición vertical, como un eje anclado en la tierra, y la otra mitad lanzada hacia la brega, plena de movimiento, es José Félix Ribas, uno de esos varones que Venezuela da cada cierto tiempo.

José Félix Ribas nació en Caracas, el 19 de septiembre de 1775, justo a tiempo para verse arrebatado por los violentos hechos que marcarían su tiempo. Muchacho de clase alta, se hace militar y llegaría a ser General en Jefe del Ejército. Y por ahí, prócer de la Independencia.

Ocho años mayor que Bolívar, se casó con una tía de este, Josefa Palacios. Antes de cumplir los 30 años, Ribas había destacado en las batallas de Niquitao (estado Trujillo) y Los Horcones, (estado Lara), en 1813, pero todavía tenía por delante la refriega que lo pondría camino al bronce, la Batalla de La Victoria, Aragua, el 12 de febrero de 1814, donde puso a correr a los sanguinarios José Tomás Boves y Francisco Tomás Morales. Esa hazaña la logró con un ejército integrado por jóvenes universitarios. Los reunió en un descampado y, a falta de entrenamiento, galvanizó el corazón de su letrada tropa con una consigna que ya es legendaria (y que cada cierto tiempo actualiza su potencia y pertinencia): “No podemos optar entre vencer o morir, necesario es vencer”. Más nada. Con esa arenga, aquellos muchachos, cuyo horizonte hasta ese momento habían sido las aulas y las libretas de apuntes, se arrojaron al campo de batalla a conquistar su futuro y su derecho a vivir en libertad.

Después de ese triunfo, Simón Bolívar, quien tenía un curioso talento para colgar consignas sobre el nombre de la gente, lo llamó “El Vencedor de los Tiranos”. Y así lo recuerda la historia.

Muchos episodios viviría el corajudo Ribas después de La Victoria, cúspide de su preciosa vida. Hasta que mordió el polvo en Maturín, donde fue derrotado por su viejo enemigo Francisco Tomás Morales. Ribas trató de huir en compañía de un sobrino y un sirviente. Tenía la idea de replegarse, reagrupar fuerzas, y seguir la batalla en Barquisimeto. Pero al llegar al poblado de Jácome, cerca de Valle de la Pascua, Guárico, decidió detenerse un rato y mandar a su criado, Concepción González, a buscar provisiones. En vez de cumplir el encargo, González traicionó a su patrón y regresó al escondite en Jácome con quienes serían los verdugos del héroe de La Victoria. El sobrino y el propio González fueron asesinados ahí mismo. Y a Ribas lo llevaron a Tucupido, también Guárico, donde un tal teniente Barrojola ordenó su fusilamiento sin juicio ni dilación, el 31 de enero de 1815, en la Plaza Mayor de Tucupido.

El cuerpo del noble caraqueño, que en la estatua de la foto vemos ardiente de vigor juvenil y disposición victoriosa fue despedazado. Esas piernas, que recorrieron la geografía de Venezuela para aventar la semilla de la libertad, así como esos brazos que en la estatua convocan un futuro de paz y grandes metas, fueron colgados de árboles a la vera del el camino real de Guárico. Su cabeza, esa de la que parece brotar un raudal de luz, fue freída en aceite… Sí, eso hicieron los sicópatas del siglo XIX, exactamente como Hugo Chávez prometió, en las postrimerías del XX, que haría con otros venezolanos.

La cabeza de Ribas, arrasada por la humillación póstuma fue llevada a Caracas, el

el 14 de marzo de 1815, para ser exhibida por dos semanas en la Plaza Mayor durante dos semanas. El propósito era intimidar, pero como es sabido, nada lograron.

Apenas habían pasado cinco días de la batalla de La Victoria, cuando el Ayuntamiento de Caracas acordó “marcar con demostraciones sensibles para la presente y futuras generaciones la gratitud a que se había hecho acreedor aquel valiente guerrero José Félix Ribas, con ingeniosos medios de perpetuar la memoria del vencedor y del lugar del triunfo, destinado al parecer por la providencia para sepulcro de la tiranía”. Rápidamente, alguien habló de hacerle una estatua, pero Ribas, muy sobrio y bizarro, se negó. “Los mármoles y los bronces no pueden jamás satisfacer el alma de un republicano”, dijo… con claridad de la que carecen tantos tiranos.

De todas formas se le erigió. Es esta de la foto, que fue inaugurada el 13 de febrero de 1895, durante el gobierno del General Joaquín Crespo, ochenta años después de la horrible muerte del Vencedor de Tiranos.

La estatua fue hecha por escultor maturinés Eloy Palacios Cabello, el más importante escultor venezolano del siglo XIX, entonces de 42 años, quien es autor, también, de la estatua del Dr. Vargas, ubicada en el Hospital Vargas, la ecuestre del General Páez, que está en El Paraíso; la Ecuestre de Bolívar, en Maracaibo; y el Monumento de Carabobo, mejor conocido como “La India del Paraíso”.

El monumento tiene una historia singular. El escultor Palacios Cabellos empleó trabajó dos años en su hechura. La hizo en Caracas, pero la fundió en Alemania, donde había hecho sus estudios. Ya lista, la trajo por mar hasta La Guaira, pero el barco sufrió un percance y algunas de las alegorías que completaban la pieza fueron a dar al fondo del mar, donde deben estar, suspirando por el tipazo que rodeaban. Al llegar a La Guaira la pasaron al Gran Ferrocarril de Venezuela, que la trasladó hasta La Victoria, en cuya Plaza Mayor fue instalada. Desde entonces, el lugar se llama Plaza José Félix Ribas, un nombre que siempre nos recuerda cuán inmensa puede ser la gesta de los estudiantes cuando se disponen a liberar a Venezuela del tirano que nos oprime.

Felipe González de visita en Pacairigua; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

El cable de EFE, agencia española de noticias, fechado en Caracas, el 23 de mayo de 1976, reseña que el día anterior se había inaugurado, en la capital venezolana, el Congreso de la Internacional Socialista, “la conferencia de dirigentes socialistas y socialdemócratas de Europa y América, organizada por el partido venezolano Acción Democrática -perteneciente a

Por Milagros Socorro | 14 de mayo, 2017
Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Betancourt recibe a Felipe González en Pacairigüa / Imagen del Archivo Fotografía Urbana

El cable de EFE, agencia española de noticias, fechado en Caracas, el 23 de mayo de 1976, reseña que el día anterior se había inaugurado, en la capital venezolana, el Congreso de la Internacional Socialista, “la conferencia de dirigentes socialistas y socialdemócratas de Europa y América, organizada por el partido venezolano Acción Democrática -perteneciente a la Internacional Socialista- y que preside el doctor Gonzalo Barrios”.

El evento, pautado entre el 22 y el 25 de mayo, recibió el rótulo de “Reunión de Dirigentes Políticos de Europa y América en Pro de la Solidaridad Democrática Internacional”. Y asistían “por parte española”, como decía la nota de EFE, “Felipe González y Luis Yáñez, primer secretario y secretario de Relaciones Internacionales del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Raúl Morodo, (quien años más tarde, en tiempos de Chávez sería embajador en Venezuela y padre de Alejo Morodo, incurso en operaciones de corrupción con PDVSA, que le reportaron casi cuatro millones de dólares) y Eduardo Foucillas, secretario general y secretario de Relaciones Internacionales del Partido Socialista Popular (PSP)”.

Esta fotografía es de esos días. Rómulo Betancourt no era presidente de Venezuela; no desempeñaba, por tanto, el rol de anfitrión, ni era directivo de la Internacional Socialista, pero era una relevante figura de esa organización. De hecho, en el discurso de cierre, encargado a Víctor Raúl Haya de La Torre, este saludó primero al “señor Presidente Constitucional de Venezuela” y, de seguidas, al “señor Rómulo Betancourt”, así, sin más títulos. No era necesario. Para ese momento, el de Guatire había pasado a la historia como fundador de Acción Democrática, primer mandatario de Venezuela tras la tiranía de Pérez Jiménez, y líder continental. Tenía 68 años y una formidable experiencia política que el debutante Felipe González tomará como oráculo.

El veterano recibió al joven en su casa. “Esa”, dice el historiador Pedro Benítez, refiriéndose al lugar de la cita, “es la biblioteca de la quinta Pacairigua, residencia de los Betancourt, a la que hoy van, casi que en peregrinación, muchachos de 18 y 20 años, de todos los partidos de oposición y de todas las clases sociales. Los he observado entrar a ese espacio en respetuoso silencio. Y tengo la impresión de que el inmobiliario es exactamente el mismo”.

Se han reunido cuatro hombres y una mujer, Renée Hartman, la segunda esposa de Betancourt, médica y militante de AD. Al primer hombre, de izquierda a derecha, no hemos logrado identificarlo. Es posible que se trate de Raúl Morodo, de quien nos ocuparemos más adelante. Los otros dos invitados de los Betancourt son: Felipe González, entonces de 34 años; y, según asegura Alfredo Coronil Hartman, el otro es

el médico Luis Yáñez-Barnuevo García, mencionado por EFE. Debemos detenernos aquí para puntualizar que varias personalidades españolas muy vinculadas al PSOE y al propio González niegan que el de la barba veteada sea Yáñez-Barnuevo, pero Coronil Hartman, quien ha mantenido trato con él por años y hasta tiempos muy recientes, insiste en que sí es él. Uno de los españoles consultados basa su negativa no solo en la disparidad de rasgos, sino en el uso mismo de la barba, que a apenas cuatro meses de la muerte de Franco sería completamente inusual. “Absolutamente ningún funcionario o figura prominente de la política española de los tiempos de Francos hubiera ido con barba. Debe ser un portugués”, concluye. Esta perspectiva encuentra sustento en el hecho de que el propio Felipe González, si bien lleva el cabello bastante larga, va, sin embargo, muy bien afeitado y con saco, camisa blanca y corbata.

Para el historiador Luis Ricardo Dávila, “la fotografía ofrece claves difusas del ambiente político e intelectual del momento. La Europa próspera y muy desarrollada, con un firme y centenario asentamiento democrático, se acerca a una América Latina en vías de liberación económica y política. En Venezuela destella desde hace dos décadas el experimento democrático y civilista, todo lo contrario a lo que ocurría en el resto del continente. Bajo los auspicios del partido de gobierno, Acción Democrática, y del entonces presidente Carlos Andrés Pérez, asisten a la Reunión líderes latinoamericanos y europeos, todos socialistas democráticos. Felipe González, en tanto Secretario General del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), es invitado a la cita. Actor fundamental en el desmontaje del franquismo español, no lo pensará dos veces para aprovechar el viaje y visitar al ex-presidente venezolano, líder político y social latinoamericano y pilar fundamental de la institucionalidad democrática, Rómulo Betancourt”.

–El encuentro, -subraya Dávila- como no podría ser de otra manera, ocurre en Pacairigua. El ambiente: su biblioteca personal. Es bien sabido que pocos líderes políticos han tenido en nuestro país la pasión y formación intelectual que le caracterizó a lo largo de sus días. El telón de fondo no hace sino revelar aquella pasión. Los libros, aparte de los grabadores encendidos, serían testigos privilegiados de lo que en el ameno encuentro se conversó.

Luis Ricardo Dávila, Premio Nacional de Historia 2016, mira la fotografía desde el presente. “Allí está la obra abierta”, dice, “la conducción histórica de cada uno de los personajes de esta cita, para que cada lector gane o pierda como pueda la raíz y el rostro de la ideología y la práctica del socialismo democrático; pero ahí queda también invisible e inevitablemente inscrito el oleaje, la resaca, de los charlatanes y delirantes actuales que quieren descifrarlo todo con unos cuantos datos y la urdimbre exegética interminable de modelos obtusos y aparatos ideológicos represivos totalitarios; militarismo caudillista manchando los ideales de una sociedad que no busca otra cosa que la libertad y el progreso”.

–Pero digan lo que digan, -concluye Dávila- en el principio de la imagen fue la democracia con atuendos socialistas, fue Betancourt y González, fue Pérez y la solidaridad democrática internacional, fueron los partidos políticos pluralistas y democráticos, fue la libertad y más libertad, fueron las ideas y los conceptos civilistas más que las armas militaristas. ¿Qué les dirá la imagen a los que vienen? Porque no hay socialismo sin democracia, ni democracia sin libertad.

La imagen evidencia que Felipe González, figura carismática con indisimulada ambición de poder, escucha a Betancourt con interés y respeto. Pero no sería el único impresionado con el encuentro. El político quisqueyano José Francisco Peña Gómez, asistente también a la cumbre de la Internacional Socialista en Caracas, escribiría años después, en su libro de memorias ‘Dominicano, internacionalista y socialdemócrata’: “En aquella ocasión tuve la oportunidad de escuchar al ex presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, vaticinar que un joven líder que allí se encontraba, llamado Felipe González, sería el próximo gobernante de España”.

González sería, efectivamente, el tercer presidente del Gobierno de España, desde la reinstauración de la democracia, entre 1982 y 1996. Como gobernante y como líder de partido, el sevillano pondría en práctica un consejo que Rómulo Betancourt, impulsado por la amistad que había nacido entre ellos en esos días de mayo de 1976, le dio. El propio González ha referido en diversas oportunidades que Betancourt le había recomendado mantener las relaciones con los comunistas en el proceso de consolidar la transición del poder en España, pero al llegar al gobierno debía cuidarse muy bien de convocarlos a puestos claves, porque incluso los eurocomunistas mantenían dogmas anquilosados, convicciones ideológicas atrasadas y, en algunos casos, reñidas con la democracia. Además, naturalmente, que eran un incordio y hasta pueriles en todo lo atinente con las relaciones con los Estados Unidos. Felipe, como es sabido, se ha mantenido amarrado a este consejo.

En febrero de 1978, cuando Felipe González era secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), viajó nuevamente a Venezuela, para asistir a un homenaje a Rómulo Betancourt. De la coincidencia entre ambos hay fotos donde aparecen risueños y encantados.

En julio de 1979, volvió por aquí. Y fue entrevistado por Manuel Felipe Sierra, quien entonces era periodista de El Diario de Caracas, en el lugar donde se celebraba el evento que lo había traído a Venezuela. “Juntos caminamos hacia el jardín y en el trayecto nos encontramos con Rómulo Betancourt, quien abrazó a González con desbordante aprecio. González le explicó que había decidido conversar con el reportero del Diario de Caracas por breve tiempo, a pesar de que en España no se tenían noticias de él. Betancourt sonrío y le dijo: ‘¿Quién iba a creer? Caíste en manos de un periodista venezolano”.

−Usted –le planteó Manuel Felipe- ha venido varias veces al país invitado por Acción Democrática y se conocen sus vínculos personales con dirigentes adecos. ¿Hasta dónde llegan sus compromisos con ese partido? ¿Qué similitudes existen entre AD y el PSOE?

−Hay relaciones de amistad y personales con dirigentes de AD. Ahora, en relación a las similitudes ideológicas, el problema es muy claro. No se pueden establecer paralelos entre los partidos socialistas europeos y las fórmulas socialistas o socialdemócratas de América Latina. En Europa, los partidos tienen una definición de clase muy notoria y ella los hace asumir con mayor fuerza el planteamiento marxista, mientras que acá los partidos socialistas tuvieron una visión restringida del marxismo y se fundaron a partir de la afirmación de lo nacional sobre lo extranjero. Por eso son partidos con elementos tomados del populismo y el nacionalismo, y su base social es mucho más amplia, va más allá de la clase obrera. Ese hecho, en mi opinión, hace que sean realidades políticas y sociales distintas.

Las relaciones de amistad de Felipe González con políticos venezolanos no se restringen a los adecos. También ha cultivado fraternal trato con Teodoro Petkoff, al punto de que, en mayo de 2015, cuando este fue galardonado con el Premio Ortega y Gasset de Periodismo, fue González quien lo recibió en Madrid, porque sobre el director de Tal Cual pesaba una prohibición legal de salida del país, luego de que el entonces presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, demandó al diario por un artículo de opinión publicado en sus páginas y porque en ellas se reprodujo una nota publicada originalmente en el ABC de España con declaraciones de Leamsy Salazar, exescolta de Chávez y del mismo Cabello, a quien aludía como “capo del cártel ‘los soles'”.

Curiosamente, esta foto tiene un centro de donde irradia todo. Es el nicho, ubicado en la pared de fondo de la biblioteca, donde se encuentra un libro acomodado en un atril. Se trata de una primorosa reproducción facsimilar del ‘Comentario al Apocalipsis de San Juan (Commentarium in Apocalypsin)’, del Beato de Liébana, monje mozárabe del Monasterio de San Martín de Turieno –hoy Monasterio de Santo Toribio de Liébana-, en la comarca de Liébana, Cantabria, España, que vivió en el siglo 8. Es el regalo que Felipe González les entregó a los Betancourt al llegar a Pacairigua, unos minutos antes de que alguien cuya identidad desconocemos, le tomara esta foto.

 

Niños pescadores en Margarita; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

El tiempo hubo en que hablar de muchachos en Venezuela no producía esta punzada. De aquellos tiempos es esta fotografía del Gordo Pérez, captada en Margarita, en 1955. La imagen tiene tres planos claramente discernibles. El primero, de arriba abajo, es el cielo. Inmenso, buchón de luz, habitado por nubes que parecen haber atrapado los

Por Milagros Socorro | 7 de mayo, 2017
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Imagen del Archivo Fotografía Urbana

El tiempo hubo en que hablar de muchachos en Venezuela no producía esta punzada. De aquellos tiempos es esta fotografía del Gordo Pérez, captada en Margarita, en 1955.

La imagen tiene tres planos claramente discernibles. El primero, de arriba abajo, es el cielo. Inmenso, buchón de luz, habitado por nubes que parecen haber atrapado los rayos solares y se pasean contra un fondo oscurecido como un formidable farol, desplazándose, cambiando de formas, pero siempre monumentales y luminosas. El cielo ocupa la mitad de la imagen, pero la fuerza se concentra en la siguiente veta.

El segundo plano es el de los muchachitos tomados de la mano. Miran al fotógrafo con confianza, divertidos. El tramado del sombrero les pinta en la cara un sarampión de luz. La ropa, raída y de botones fugitivos, se les ha quedado pequeña (no hay duda de que son chivas, porque lucen muchísimo más viejas que sus actuales dueños). Son muchachos delgados, pero no famélicos. Seguramente, se alimentan bien y nadan por las mañanas, cuando el agua todavía conserva el calor del sol como se retiene en el pecho la tibieza del amante que ha abandonado el lecho. Van descalzos o mal calzados, quizá no quieren dañar los zapatos en la playa y los guardan para ir a la escuela o a la plaza. Los pantalones, que no rebasan las rodillas, están mal atados con un trozo de guaral. Dan la espalda a la embarcación donde salen a pescar con sus mayores o quizás ya los dejen salir un rato.

El tercer plano es la playa. La tierra que los muchachos han de recorrer. Es una tierra que no pide ni la sedosa sombra de los muchachos. Está para darles un lugar de donde ser, donde crecer, donde aprender la música y mirar el horizonte. No es una tierra que espera para absorber su sangre ni recibir su cuerpo abatido.

Esta semana… quizás no viene al caso… Esta semana han caído cuatro muchachos por la represión de la dictadura. Son tiempos en los que hablar de muchachos corta la palabra en la garganta.

El primer antichavista del mundo; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Con buen rango de certeza puede conjeturarse que esta foto, que Tito Caula hiciera de Carlos Rangel, en 1976, fue encargada para la promoción de su libro Del buen salvaje al buen revolucionario, que apareció ese año. Como tiene de fondo un sinfín, propio de estudios fotográficos, tendemos a pensar que fue tomada en el

Por Milagros Socorro | 30 de abril, 2017
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Carlos Rangel fotografiado por Tito Caula en 1976. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Con buen rango de certeza puede conjeturarse que esta foto, que Tito Caula hiciera de Carlos Rangel, en 1976, fue encargada para la promoción de su libro Del buen salvaje al buen revolucionario, que apareció ese año.

Como tiene de fondo un sinfín, propio de estudios fotográficos, tendemos a pensar que fue tomada en el local que tenía Caula en Altamira, este de Caracas. Lo que sí está claro es que Caula oprimió el obturador en el instante en que Carlos Rangel dejaba aflorar en su rostro una expresión de agudeza, inteligencia y penetración, mientras que el cuerpo daba cuenta de una personalidad retraída, como aterida y alerta ante el ataque. Es como si le hubieran dicho algo que no termina de creerse, en el instante en que la temperatura ha registrado un súbito bajón. Es improbable que hubiera ocurrido una y otra cosa. Lo que sí es seguro es que Tito Caula esperó a que emergiera la paradoja de este hombre de talento excepcional e insospechados abismos.

Atengámonos a lo que es visible. Destaca la albura del cabello, la camisa y el pañuelo. Tanto es así, que los almidonados puños proyectan sobre la corbata y las solapas un destello metálico que nos lleva a entrever un peplo de plata o algún tipo de armadura niquelada. La ceja izquierda levantada, las monturas de los lentes más anchas de lo habitual y la mirada clavada en la lente de Caula proclaman: sé lo que digo, intento mantener ampliada mi perspectiva de visión. No soy fácil ni me sobra paciencia…

La silla, sofisticada en su sencillez, estaba muy extendida en la Venezuela de la época. Por lo menos, en los ambientes donde se movía Carlos Rangel. Es una Silla Eames o Plastic Chair, diseñada por Charles y Ray Eames, para el concurso “Diseño de Muebles a Bajo Costo”, organizado por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en 1948. Hecha en fibra de vidrio, fue, de hecho, la primera silla de plástico que se fabricó a escala industrial. La que aparece en la foto, de carcasa blanca, es el modelo Eames DAL, con brazos y pata central. Es un mueble concebido para adaptarse al cuerpo y recibirlo con comodidad, pero el ocupante luce tenso, con los brazos cruzados y las manos ocultas (la derecha, incluso, remetida en la faltriquera), y las rodillas casi juntas (el pie izquierdo, fuera del cuadro, debe estar en punta). Espera el pistoletazo para arrancar.

Carlos Enrique Rangel Guevara nació en Caracas el 17 de septiembre de 1929. Periodista, escritor, intelectual, figura de la televisión y uno de los más notables difusores del liberalismo en América Latina. Era hijo de José Antonio Rangel Báez y Magdalena Guevara Hermoso. Por vía materna, su abuelo fue el general Lorenzo María Guevara Ron, presidente del estado Bolívar y uno de los defensores de Cipriano Castro en 1899; y la esposa de este, Magdalena Hermoso Salom, nació en Coro y sabemos que era de familia muy próspera porque se conserva al menos un retrato de ella. Por vía paterna, Carlos Rangel era nieto de Ana Teresa Báez Eliozondo ydel general y médico Carlos Rangel Garbiras. Detengámonos un momento en esta notable figura del siglo 19 y la primera década del 20.

El general Carlos Rangel Garbiras nació en San Cristóbal en 1854 y murió en Caracas, 1910. Era nieto del doctor y coronel de la Guerra de Independencia de Venezuela, José Antonio Rangel y Becerra, así como del médico zuliano Arístides Garbiras, presidente del Estado Táchira en dos oportunidades. Empezó a estudiar Medicina en la Universidad Central de Venezuela y terminó la carrera en París. En diversos periodos fue gobernador de Táchira, parlamentario y, sobre todo, conspirador. Según ha escrito el historiador José Alberto Olivar, el general Rangel Garbiras, a quien alude como “caudillo aristócrata”, es “un personaje desestimado y poco estudiado, pese a ser una de las primeras figuras en alcanzar un importante renombre nacional, capaz de disputar el predominio de los liberales en el poder desde 1864”.

Dice el historiador que cuando Rangel Garbiras volvió al Táchira, tras concluir sus estudios universitarios, “se dedica a ejercer el doble oficio de médico y periodista. Cabe destacar que su padre Carlos Rangel Pacheco estuvo ligado al periodismo, colaborando hasta sus últimos días en el Eco del Torbes, el Correo del Táchira, el Eco de Occidente, el Observador, entre otros. Fue además concejal y Presidente de la Legislatura tachirense. Por otro lado, su abuelo Arístides Garbiras fue un activo participante en la diatriba política local, en 1854 estuvo comprometido en una insurrección paecista en San Cristóbal contra el gobierno de José Gregorio Monagas”. Una vez trasladado a Caracas, Rangel Garbiras fundaría un órgano de difusión de ideas regionales conocido como El Eco Andino.

Enemigo de Cipriano Castro, se vería obligado a exiliarse en Barranquilla hasta la caída aquel, en diciembre de 1908. La Rehabilitación emprendida por Gómez alcanzó a todos aquellos que enfrentaron al Cabito; y Rangel Garbiras no fue la excepción.

“Haciendo uso de su pluma periodística Rangel se inserta con gran beneplácito en el nuevo orden de cosas, haciendo un llamado a la concordia en torno al general Gómez”, dice José Alberto Olivar. “El premio por su respaldo no se hace esperar por lo que al lado de otros connotados anticastristas, es designado miembro del Consejo de Gobierno que de acuerdo con la Constitución modificada en mayo de 1909 se aprestará a colaborar muy de cerca con el nuevo Presidente General Juan Vicente Gómez”. No le duró mucho la rehabilitación, puesto que murió el 23 de marzo de 1910, a los 56 años.

De ese linaje procede este hombre que vigila los movimientos de Tito Caula tras el lente. Faltaría mencionar que uno de sus parientes fue el sanguinario cauchero Tomás Funes, hijo natural del general Manuel Guevara.

Carlos Rangel Guevara cursó la primaria y el bachillerato en Caracas, pero los estudios universitarios los hizo en Estados Unidos y Europa. Recibió el título de Bachelor of Arts en el Bard College; el Certificat d´Etudes en La Sorbona de París y cursó un máster en la Universidad de Nueva York, donde en 1958 se desempeñó como profesor. Posteriormente, entre 1961 y 1963, dictó la cátedra de Periodismo de Opinión, en la Universidad Central de Venezuela.

Ya en 1960 había seguido la senda de varios de sus antepasados y se había iniciado en el periodismo. Durante una década ejerció la dirección de la revista Momento. Y en 1969 empezó su andadura por la televisión, en pareja con su compañera de vida, Sofía Imber, con “Buenos días”, que empezó en Venezolana de Televisión, y se extendió durante veinte años por otros canales, con distintos nombres, formatos e, incluso, combinación de conductores. Rangel alternó el trabajo en televisión con el columnismo en publicaciones venezolanas e internacionales,como los diarios locales El Nacional, El Universal, La Verdad y 2001; y medios extranjeros como Newsweek International, Wall Street Journal, Vuelta(de México),Politique Internationale (de Francia), Estado(de Sao Paulo) y Cambio 16, de España.

Antes de contraer matrimonio con Sofía Imber, con quien no tuvo descendencia, había estado casado con Barbara Barling, con quien tuvo cuatro hijos: Antonio Enrique, Carlos José, Magdalena Teresa, y Diana Cristina.

En 1976 apareció la edición francesa de Del buen salvaje al buen revolucionario, que se adelantó en unos meses a la versión en español de Monte Ávila Editores. Este libro, dicho con trazos ramplones, es un alegato contra el pobrecitismo según el cual todos los males de América Latina se deben a las maquinaciones de un imperio malvado que mantiene nuestro continente en el fracaso y el subdesarrollo. Estas ideas no solo fueron recogidas por Rangel en sus libros. También las divulgaba de manera sistemática en sus programas de televisión. Es por eso que el periodista cubano Carlos Alberto Montaner resumió la figura de Carlos Rangel como “El hombre al que no le hicieron caso los venezolanos”.

Carlos Rangel, escribió Montaner, intentó siempre “explicarles a los venezolanos el inmenso peligro que corría el país si escuchaba los cantos de sirena de los comunistas, la izquierda festiva o a esos populistas de diversas procedencias que en lugar de explicar que la riqueza se construye y acumula mediante el trabajo, la responsabilidad individual y el buen funcionamiento del estado de derecho, predicaban alguna suerte de evangelio ‘revolucionario’. Esa nefasta y rencorosa superstición que asegura que nuestros infortunios son invariablemente la consecuencia del comportamiento malvado de los otros: los yanquis, los ingleses, los empresarios, o hasta los judíos, porque el antisemitismo, desgraciadamente, sigue vivo en medio planeta, aunque ahora lo disfracen con la solidaridad propalestina”.

Es precisamente por esta aversión de Carlos Rangel al populismo y otras ideologías intervencionistas, así como su defensa a ultranza de los principios básicos de libertad, la democracia, el estado de Derecho y el libre comercio, que alguien, mirando en retrospectiva, dijo de él que había sido “el primer antichavista del mundo”.

Un ejemplo, esta cita de Rangel: “El campesino todavía tiene la actitud de un esclavo; aun espera que otros tomen decisiones por él, y reza sólo porque sus nuevos amos sean menos exigentes y mejor intencionados hacia él”. El calamitoso estado en que se encuentran los campesinos y obreros de Venezuela en 2017, tras el paso nefasto de un buen salvaje, que tenía todas las características deploradas por el autor, demuestra que su libro de 1976 era un análisis profético.

Carlos Rangel se suicidó una mañana, 12 años después de posar para esta foto, el 15 de enero de 1988. Tenía 58 años.

Sabana Grande vista una noche por Tito Caula; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Dos cosas solían fascinar, al provinciano que se trasladaba a Caracas cuando esta era la reina del Caribe, hace apenas un par de décadas, la elegancia de la gente en general y de las mujeres en especial. La otra era la velocidad de vértigo a la que se movía todo, en contraste con la lentitud

Por Milagros Socorro | 23 de abril, 2017
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Fotografía tomada por Tito Caula. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Dos cosas solían fascinar, al provinciano que se trasladaba a Caracas cuando esta era la reina del Caribe, hace apenas un par de décadas, la elegancia de la gente en general y de las mujeres en especial. La otra era la velocidad de vértigo a la que se movía todo, en contraste con la lentitud de la provincia.

Algo parecido ha debido ocurrirle a Tito Caula, autor de esta imagen, a pesar de que él no venía del interior de Venezuela sino de la vanidosa Buenos Aires. Pero no hay duda de que le impresionó la vitalidad de Caracas, entonces persuadida de que la vida era bella y que las cosas no podían sino ir a mejor. Para enfatizar la sensación de vértigo que le produjo Sabana Grande aquella noche, el artista recurrió a una exposición lenta, que desdibuja también a los transeúntes, excepto los cuatro a la derecha.

La foto es de 1970, anterior al chute de petrodólares provocado por la guerra del Yom Kippur, pero ya la capital llevaba décadas en creciente, casi inverosímil aceleración. Es corriente el testimonio de visitantes que, tras pocos años de ausencia, solo la reconocían por el Ávila, pues todo lo demás en la ciudad había sido arrasado, reinventado y dotado de nuevos discursos.

Caula capta con dolorosa precisión —según la contemplamos ahora— la vocación de metrópolis de Caracas, su aspiración de centro capaz de contener todo lo posible y anunciarlo con letras de neón, abrazándose a esa ilusión de progreso y tirando de todo el país hacia un futuro de novedades, mejoras y espectaculares transformaciones. El ojo se pasea por la imagen pescando vocablos extranjeros, pero se centra obligatoriamente en el anuncio de una cerveza que toma prestado el nombre de Caracas para presumir de que lo tiene todo, como la bella, amada y castigada ciudad.

Tras veinte años de molinillo socialista, apenas quedan vestigios de aquella urbe capaz de todo. Esas personas despreocupadas, esas mujeres que no aferran el bolso contra el pecho y esos hombres concentrados en la charla sin mirar por encima del hombro en espera del chacal, nos parecen personajes de una película. Algo extranjero, algo ficcional. Más excéntrico aún nos resuenan esos anuncios luminosos, ¡marcas de productos hechos en Venezuela, empresarios y trabajadores nacionales!

Vista a la luz de la calamitosa situación actual, la imagen de Caula es un recordatorio cruel de lo que nos dejamos quitar, de lo que arrojamos a la hoguera de la destrucción. Hay, sin embargo, algo auspicioso en el blanco brillante que se niega a ser tragado por la oscuridad nocturnal. Algo parecido a una esperanza. ¿Y si enderezáramos la ruta? ¿Y si algo de eso estuviera todavía allí, palpitando bajo las ruinas?

La foto de Tito Caula es subversiva, ¿lo habrá intuido? Nos entrega el pasado como un futuro deseable, que debemos fundar a toda costa y contra todo obstáculo. La foto nos recuerda que alguna vez el país fue concebido desde una “Óptica Moderna”… Dejémoslo hasta aquí. Para qué poner la herida en salmuera. Es como cuando vemos la fotografía juvenil donde deslumbra la belleza ya desvaída de una anciana leprosa. La diferencia es que la vieja horrible no puede volver a los días mozos de su esplendor, en cambio Caracas… Ah, bueno. En cambio, Caracas.

Viviremos para verlo.

Vestida de japonesa; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Esta imagen está registrada en la categoría Retratos del siglo XIX, del Archivo Fotografía Urbana, pero podría ser más reciente. Es posible que haya sido captada en alguna de las tres primeras décadas del siglo XX. Y no porque ya en el siglo XIX no hubiera manifestaciones populares de japonismo en occidente —o que no

Por Milagros Socorro | 9 de abril, 2017
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Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Esta imagen está registrada en la categoría Retratos del siglo XIX, del Archivo Fotografía Urbana, pero podría ser más reciente. Es posible que haya sido captada en alguna de las tres primeras décadas del siglo XX. Y no porque ya en el siglo XIX no hubiera manifestaciones populares de japonismo en occidente —o que no las hubiera en Venezuela—, es solo que hay un marcado aire de siglo XX en esta muchacha de abundante cabello y mirada falsamente lánguida. Es como si tuviera demasiadas vitaminas en ese cuerpo para haber vivido en el mismo siglo de la guerra de independencia y sus consecuentes hambrunas y epidemias.

No sabemos su nombre, pero nos consta que pertenece a una clase pudiente; de otra manera, no hubiera podido permitirse una foto de estudio, como evidentemente es esta. Se trata, digámoslo de una vez, de una imagen poco interesante. Hay una atmósfera como pesada, a todas luces simulado, amañado incluso. Ella no es tan etérea como pretende aparentar y, lo que es más anticlimático, no se encuentra en una casa de papel en Japón sino en un patio interior caraqueño. Una cosa debemos reconocerle a la modelo, cuyo nombre desconocemos: su esfuerzo en interpretar lo que ella entiende que es una geisha, esa imagen idealizada de la mujer japonesa, representante viviente del concepto del arte puro. Por eso, ante el fotógrafo, pone esa cara de desgano. No es la única en hacer esa interpretación de la esencia del arte japonés, ya el gran poeta español Juan Ramón Jiménez, al referirse a los grabados del pintor de estampas japonés, Utamaro, habló de “paisajes anémicos, de interiores descoloridos con las figuras aplastadas”.

Bueno, esto es lo más descolorido y aplastado que puede parecer una muchacha caraqueña de comienzos del siglo XX, una centuria que ella percibe llena de promesas y estímulos.

El traje y los accesorios de papel —sombrilla y abanico— han podido ser un regalo de algún pariente diplomático, gran viajero o coleccionista. Pero no obligatoriamente. Después de haber estado cerrado al comercio internacional y a la mirada del mundo por siglos, en 1852, por la mediación forzosa del oficial naval norteamericano Matthew Perry, Japón descorrió la cortina de hierro tras la cual relucían los crisantemos, florecían los cerezos y caminaban en puntillas las geishas. El japonismo se desparramó por la Europa finisecular. Los artistas occidentales corrieron a beber de las refinadas fuentes del imperio del sol naciente, y por su intermedio la imagen japonesa fue difundida en cuadros, objetos de diseño, muebles, telas y libros, así como en las publicaciones ilustradas y los anuncios de productos de casas comerciales. Es la época en que los avances en los sistemas de reproducción de imágenes y de transporte facilitan la difusión de los contenidos. Ya no hay que ir al museo, a las bibliotecas o a los gabinetes de los coleccionistas para ver las imágenes y la moda japonesas.

Es posible que esta muchacha haya estado en París, como la María Eugenia Alonso de “Ifigenia” (Teresa de la Parra, 1924) y allá se haya comprado esta exótica tenida. O que lo haya encargado a una costurera de Caracas, a partir de un cromo traído de Londres, donde en 1862 tuvo lugar la primera gran exposición de objetos artísticos japoneses, gracias a que Sir Rutherford Alcock exhibió su magnífica colección.

Por muchas vías ha podido llegarle la ocurrencia a esta muchacha. Abiertas las fronteras de Japón, el resto del mundo quedó maravillado por la llegada masiva de objetos por igual exóticos y delicados. Con los lirios, las mariposas y las libélulas llegaba toda una filosofía, una manera de ver el mundo. Los papeles enchumbados de tinta negra, la caligrafía trazada con pinceles gigantes mostraban otra manera de representar. Y cuando vinimos a ver, todos estábamos afinando la sensibilidad para reproducir los sentimientos en lugar de la imitación de la naturaleza.

En 1938 se establecieron las relaciones diplomáticas entre Venezuela y Japón. Diez años antes  había comenzado oficialmente la inmigración de aquel país al nuestro. De paso, en el siglo XX Japón era país de emigrantes, tendencia que se viró del todo en el presente centuria, mientras que Venezuela siguió la ruta contraria.

Bueno, niña, llegamos al fin de esta nota. Respira. Sonríe. Dale volumen a ese merengue caraqueño que suena en la radio. ¿Es El muñeco de la ciudad, acaso? Y dile a la esposa del fotógrafo que el trapo que viste matero es lo mejor de la composición.

¿Es santa o astronauta?; por Milagros Socorro

“He jurado no quitarme el collar de perlas No vaya a ser que me quede quieta cuando se abra el cielo”. Patricia Guzmán. Fragmento de un poema incluido en su libro Canto de oficio   “Es una espectadora anónima”, dice el fotógrafo Manuel Reverón, autor de la imagen que acompaña esta nota. La tomó el

Por Milagros Socorro | 2 de abril, 2017
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Fotografía de Manuel Reverón. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

“He jurado no quitarme el collar de perlas

No vaya a ser que me quede quieta cuando se abra el cielo”.

Patricia Guzmán. Fragmento de un poema incluido en su libro Canto de oficio

 

“Es una espectadora anónima”, dice el fotógrafo Manuel Reverón, autor de la imagen que acompaña esta nota. La tomó el pasado domingo 19 de marzo, cuando se inauguró la exposición “Tito Caula. El registro inagotable”, en la Sala Trasnocho Arte Contacto (TAC), del centro Trasnocho Cultural, en Caracas. La muestra, que reúne más de 70 fotografías realizadas durante las décadas del 60 y 70 por el artista nacido en Azul, Argentina, en 1926, y residenciado en Venezuela desde 1960 hasta su fallecimiento en 1978, se realizó con el auspicio del Archivo Fotografía Urbana y la Embajada de la República Argentina.

—Yo estaba allí—explica Manuel Reverón— haciendo el registro visual de la apertura de la muestra. Me movía entre los espectadores, escuchaba sus comentarios. Las imágenes de Caula constituyen un documento gráfico de Caracas, las avenidas, los monumentos, túneles, edificios, urbanizaciones, así como retratos de personalidades de las décadas de los 60 y los 70, y eventos multitudinarios; y también hay fotos publicitarias. Es un compendio del trabajo del incansable Caula.

Nacido en Caracas, en 1985, y formado como politólogo, Manuel Reverón no tardaría en percatarse del acento nostálgico que dominaba en los comentarios de los espectadores. “Todo lo que estaba allí fotografiado ocurrió antes de mi nacimiento. Yo no conocí esa Caracas ni a las personas retratadas. Mi generación no vio la Caracas de Tito Caula. Pero yo estaba allí haciendo fotos de una exposición de fotos llamada El registro inagotable. Yo veía gente que observaba un determinado registro y los percibía como parte de la foto. Ahora yo haría el registro de ellos mirando el registro original. Es un registro que no se agota… Y esa es, además, la Caracas de ahora: la gente. Ya no queda la espectacularidad la Caracas. Apenas si hay rastro de su aspiración de modernidad”.

—La ciudad de ahora —concluye Reverón— es la gente, porque la urbe es fea, oscura, peligrosa, depauperada… Lo que queda de Caracas es solo la gente. Y por eso, desde el principio, traté de enmarcar a la gente en las fotos. Hasta que lo conseguí.

La espectadora está mirando la conocida imagen de Caula, The big fish, que capta Plaza Venezuela. Y, como la foto es completamente redonda, la composición de la imagen de Caula de fondo con la dama del collar recortada contra aquella nos ofrece una suerte de santa que se ha volteado para completar su propia aureola.

Le muestro la foto de Reverón a mi hermano Marco Tulio Socorro, escritor y fotógrafo. Qué ves aquí, pregunto.

—Una mirada inocente sospecharía, de entrada, —me responde mi hermano, por escrito— que todo se reduce a meter esa rebelde cabeza en una aureola que a la vez funciona como máscara espacial. Yo, como todo ladrón, juzgo por mi condición, y sospecho que todo empezó por esas perlas que cortan, delimitan y resaltan la nuca femenina. De ahí, el ojo reparó en la simetría irresistible de los hombros y la frontera de tela, al sur, que deja desnuda la espalda suave, tostada, perfecta, exhibida con el candor del ciervo que deja entrever su vulnerable cuello. Buscó luego el fondo, y encontró la oportuna complicidad del contraplano: un círculo en un cuadrado, como el Hombre de Vitruvio, de Leonardo Da Vinci. El orden, la geometría, la exaltación y la conceptualización. Y clic, o más bien, zas, el secreto placer de la captura en silencio y soledad. Todo ha ocurrido en menos de un segundo. Sospecho también que debe haber hecho más disparos, y que la composición final nació en el laboratorio, reencuadrando, repensando, reviviendo. Pero todo empezó por esas perlas.

Vuelvo con Reverón y le pregunto cómo logró ese encuadre. “Llevaba mucho rato buscándolo. Pensé que me lo darían los trípticos de foto publicitarias de Caula, pero cuando la señora se puso frente a The big fish, supe que ya tenía mi foto”.

Reverón, entonces, se movió hasta tener el objetivo. Llegado el momento, se “agachó” (él mide 1,80, es más alto que la modelo) y tomó la foto.

—Mi hermano Marco Tulio Socorro dice que el fondo, de Caula, “funciona como máscara espacial”.

—Claro. En la película El planeta de los simios, cuatro astronautas llegan a un planeta desconocido, habitado por gorilas que hablan y manejan armas de fuego. Tras muchos conflictos con los simios, el astronauta sobreviviente emprende su viaje de regreso a la Tierra… solo para descubrir que nunca había salido de ella. El supuesto planeta desconocido era la Tierra en el año 3978. “Unos maniáticos la han destruido”, dice el astronauta, arrodillado en la playa lamentando este giro que jamás se esperó. Entonces alza la vista y ve la Estatua de la Libertad en ruinas. Para esa señora, contemplar la foto es hacer un viaje. Al pasado. Porque ella vive en un país postapocalíptico.

Pero, como bien dice la poeta Patricia Guzmán, hemos jurado no quitarnos las señas que nos mantienen en movimiento, precisamente en precisión de que se abra el cielo y quiera tragarnos.

Ninfas del lago; por Milagros Socorro #UnaFotoUnTexto

En 1953, cuando fue inaugurado el Hotel del Lago, en Maracaibo, la ciudad estaba servida por muy pocos alojamientos comerciales; de hecho, el nuevo y lujoso edificio vino a desplazar al Hotel Victoria, modesto hostal del centro, con 34 habitaciones, que en su momento albergó a Pedro Vargas y a Alfredo Sadel, y al Hotel

Por Milagros Socorro | 26 de marzo, 2017
Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Imagen del Archivo Fotografía Urbana

En 1953, cuando fue inaugurado el Hotel del Lago, en Maracaibo, la ciudad estaba servida por muy pocos alojamientos comerciales; de hecho, el nuevo y lujoso edificio vino a desplazar al Hotel Victoria, modesto hostal del centro, con 34 habitaciones, que en su momento albergó a Pedro Vargas y a Alfredo Sadel, y al Hotel Granada, en la carretera Unión, donde se habían hospedado Carlos Gardel, días antes de volar a su última cita en Medellín, y Rómulo Gallegos, cuando fue al Zulia a hacer la investigación para escribir “Sobre la misma tierra”.

Eran hotelitos amables, pero ya se habían quedado pequeños para la demanda de la capital zuliana, finalmente cabeza de un polo petrolero. Y era la época del general Marcos Pérez Jiménez, quien se había propuesto desarrollar el turismo en Venezuela y adelantaba la construcción de hermosos hoteles en enclaves con tal posibilidad, como el Tamanaco, en Caracas; el Miranda, en Coro; el Tama, en San Cristóbal; el Cumanogoto, en Cumaná y en Maracaibo, uno que mirara al estuario por donde pasan con toda parsimonia los buques que cargan y descargan petróleo.

Fue así como el 14 de agosto de 1953, en terrenos de la compañía Constructora Moderna, en la avenida costanera El Milagro, propiedad de los hermanos Manuel y Samuel Belloso Nava, se inauguró el Hotel del Lago Inter-Continental, construido por iniciativa de la Cámara de Comercio de Maracaibo y de su fundador y primer presidente, Mario Belloso Villasmil.

No solo era el primer hotel cinco estrellas del occidente del país sino la primera edificación con aire acondicionado de Maracaibo. Naturalmente, su apertura fue un acontecimiento. El honor de cortar la cinta correspondió al empresario Mario Belloso, pionero del empresariado farmacéutico del Zulia, pasaría a la historia doblemente, por este relevante aporte a la región y por ser el esposo de la poeta Mercedes Bermúdez de Belloso. Monseñor Rincón Bonilla bendijo el lugar en presencia del gobernador del Zulia, coronel Néstor Prato y del presidente del Concejo Municipal, Jorge Villasmil Barrios, quienes esa noche compartieron con lo más granado de la sociedad zuliana.

El hotel iniciaba sus actividades con 129 habitaciones disponibles —de las 150 que contemplaba la construcción—, bajo la administración de una subsidiaria de Pan Am, la cadena hotelera Inter-Continental. Prueba de la demanda que había venido a satisfacer es que, tal como recuerda el Diccionario General del Zulia, “desde el primer momento tuvo un promedio muy alto de ocupación y en los primeros 12 meses hospedó 49.832 personas”.

Esa gran noche de la inauguración, se sirvió una cena en la terraza La Explanada. Y a medianoche comenzó, por fin, el espectáculo del que hablaba la ciudad con gran expectativa: un show acuático estelarizado por piezas de ballet interpretadas por sirena. No sabemos cómo lucían esas nereidas, pero probablemente eran muy parecidas a estas modelos de las fotografías de Eduardo S. Añez hijo, que atesora el Archivo Fotografía Urbana.

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Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Contundentes mestizas, repletas de curvas por todas partes. Orgullosas, por cierto, de ellas. No solo son prueba palmaria de la salud y de la regularidad de las menstruaciones, sino símbolo de la abundancia del Zulia. Son la encarnación vital, real, de las fantasías del pintor Centeno Vallenilla. En el año 53, ya el bikini había sido inventado por el ingeniero Louis Réard, quien propuso el explosivo bañador de dos piezas en 1946; y, de hecho, la actriz francesa Brigitte Bardot ya lo había usado, en las playas de Saint Tropez y Cannes, antes de aparecer luciendo uno en la película Y Dios creó a la mujer, en 1957. Pero estas mujeronas, muy probablemente empleadas de la industria petrolera, no son tan atrevidas. Para ellas es suficientemente audaz mostrar esa superproducción de muslos. Pero el ombligo es otra cosa. Había llegado la modernidad a las tierras que habían encandilado a Alonso de Ojeda hasta el punto de confundirlas con una Venecia, pero pequeña. Ahora había llegado la grandeza y había que hacerle honores sacando al sol las redondeces, pero eso sí, bien tapadas las verijas, que es como se les dice en el Zulia a las ingles.

Christiaan Barnard, el divo de la cirugía, en Caracas; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Nadie sabe quién es la reportera de la esquina inferior izquierda. Hasta ahora. No perdemos la esperanza de recibir información acerca de la identidad de esta joven profesional que sostiene un micrófono mientras la cámara capta su nuca y sus brazos desnudos. Es el domingo 12 de mayo de 1968, día de las madres en

Por Milagros Socorro | 19 de marzo, 2017
Christiaan Barnard rodeado de periodistas durante su visita a Caracas / Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Christiaan Barnard rodeado de periodistas durante su visita a Caracas / Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Nadie sabe quién es la reportera de la esquina inferior izquierda. Hasta ahora. No perdemos la esperanza de recibir información acerca de la identidad de esta joven profesional que sostiene un micrófono mientras la cámara capta su nuca y sus brazos desnudos.

Es el domingo 12 de mayo de 1968, día de las madres en Venezuela. Los periodistas rodean al cirujano sudafricano Christiaan Barnard, quien ha incluido a este país en su gira mundial. Tal como ocurre dondequiera que va, aquí la presencia del médico causa furor. Unos meses antes, el 3 de diciembre de 1967, había hecho el primer trasplante de corazón en seres humanos y el paciente había sobrevivido 18 días para luego morir por causas diferentes a la hazaña científica. Barnard no era el primero en intentarlo, pero sí en lograrlo.

La revista Bohemia le dedicó una portada multicolor que mostraba al juvenil cirujano con flux y corbata, saludando con la mano en alto y el cabello revuelto por el vente. Podría ser, perfectamente, un fotograma de Hollywood. Al pie de la imagen un título de franca rendición: “Barnard, el mago del corazón en Caracas”. La frase alude a la excepcional habilidad del cirujano, pero también a su agitada vida sentimental, que incluye escarceos con las estrellas más rutilantes del cine.

La prensa de la capital venezolana, a tono con la del mundo entero, lo aludía como

“la eminencia científica del siglo XX” y daba por hecho que el carismático médico era candidato seguro al Premio Nóbel de Medicina de aquel año, 1968. Esto no ocurrió, ni entonces ni nunca. Barnard no fue favorecido por el comité sueco, pero sí por Sofía Loren y Gina Lollobrígida, quienes posaron con él, así como el Papa Paulo VI, entre muchos otros famosos.

Maratón del sábado

Barnard, quien unos meses antes era un completo desconocido fuera de su país, donde ciertamente gozaba de gran reputación como cirujano, ahora es una celebridad de impacto planetario. A Maiquetía llegó el viernes 10 de mayo, a las 9 y media de la noche. Una comisión de la Academia Nacional de Medicina fue al aeropuerto a recibirlo. La agenda del día siguiente sería muy agitada. Muy temprano en la mañana del sábado fue recibido en sesión solemne por la Academia de Medicina. Posteriormente, participó una mesa redonda televisada, en la Academia Nacional de Medicina. El sudafricano fue presentado por el presidente de la institución, el doctor Marcel Granier, quien instaló la conversación del invitado con sus colegas venezolanos, los doctores Julián Morales Rocha, Elías Rodríguez Azpúrua, Alberto París, Carlos Gil Yépez, Carlos Travieso, David Morales, José María Cartaya, José Gabriel Sarmiento Núñez y César Rodríguez. También estuvieron el abogado René Lepervanche Parpacén y el sacerdote Pedro Pablo Barnola. También estuvieron presentes el ministro de Sanidad y Asistencia Social, doctor Armando Soto Rivera y el de Educación, J. M. Siso Martínez.

Más tarde, ese mismo día, sábado 11, el doctor Barnard tenía pautada la actividad estelar de su aventura venezolana: una conferencia en el auditórium del Hospital Universitario de Caracas para médicos, estudiantes, enfermeros y empleados. E incluso pacientes recluidos en ese centro de salud fueron a escuchar a Barnard, comparecencia que explica, por cierto, la popularidad del médico africano: su éxito en la cirugía cardiovascular había traído esperanza a los cardiópatas del mundo.

Dejemos que el doctor Gerardo Hernández Adrián nos cuente algo de lo que ocurrió el día de la conferencia en el Universitario, donde el huésped fue atendido por

las máximas autoridades y por al jefe de la Cátedra de Cirugía Cardiovascular, el doctor Rubén Jaén Centeno.

—Tras alabar la belleza de estudiantes y empleadas de la Universidad Central de Venezuela —rememora el doctor Hernández Adrián— y manifestar que le agradaría contar con el número telefónico de muchas de ellas, el afamado invitado dijo: “esta conferencia la he dado tantas veces que mi chauffer se la sabe de memoria y por eso, en algunas ciudades, he preferido sentarme en el auditórium y dejar que él la dicte por mí. Al terminar siempre surgen preguntas y cuando se las formulan él se limita a decir, señalándome: esa pregunta es tan tonta que hasta mi chauffer que está allí, con ustedes, puede responderla”.

“Como el doctor Jaén nunca tuvo ni ha tenido alma de vasallo”, sigue el doctor Hernández Adrián, “al escuchar estupefacto lo que calificó de una nueva estupidez, no pudo menos que levantarse de su asiento y abandonar el evento, debiendo sortear salidas bloqueadas y escaleras atestadas de gente que se apartaban sin demora permitiendo su paso, percibiendo el profundo desagrado que dejaba traslucir su rostro ante lo que consideró como una humillación y una burla hacia la Universidad que le abría sus puertas y hacia todos los asistentes a la conferencia”.

Pero el grueso de los asistentes no se sintió burlados ni mucho menos. Prueba de ello es que al terminar la charla en el auditórium del Hospital Universitario, que resultó pequeño para las masas deseosas de ver a Barnard, fue preciso un cordón policial que lo acompañara hasta su carro, adonde lo siguió mucha gente que le extendía papeles para que les firmara un autógrafo.

No fue el único momento que el rey de corazones tuvo guardia de seguridad. Todo el tiempo contó con guardaespaldas, en previsión de un eventual secuestro con fines publicitarios, práctica a la que por aquellos tiempos apelaba la guerrilla

En la tarde fue recibido en sesión solemne por el Ayuntamiento de Caracas, que lo había declarado Huésped Ilustre. El orador de orden fue el médico y edil, Héctor Vargas Acosta.

Este domingo no se guarda

Al día siguiente la faena empezó con una visita al entonces nuevo Hospital del Seguro Social en La Vuelta de El Pescozón, situado en la carretera de Caracas a Antímano. De ahí salieron en dirección a La Casona, donde Barnard fue recibido por el presidente de la república, Raúl Leoni. Fue a la salida de ese encuentro cuando fue tomada esta fotografía.

Con la ayuda del periodista Ángel Ciro Guerrero reconocemos a los presentes. De izquierda a derecha, con lentes de sol, Carlos Aguilera; del segundo no tenemos datos; el tercero, con expresión de encandilado, Carlos Croes; luego, micrófono en mano, Edgardo De Castro, entonces reportero estrella de Venevisión,; detrás de De Castro, podría ser Arístides Bastidas; Nicolás Rondón Nucete; del lado derecho de Barnard, con lentes, Gustavo Herrera llamado “el embajador” o “el negro Herrera”. Nos dice Rosana Ordoñez que este reportero “adquirió el sobrenombre de embajador, tras ser confundido en Miraflores con un diplomático africano”. La misma Ordóñez conjetura que “el buenmozo de lentes oscuros parece uno de los guardaespaldas de Barnard y el flaco altísimo pudiera ser un periodista de la embajada americana”.

—El doctor Barnard —escribió un periodista— no representa la edad que tiene: 44 años. Viste impecablemente y parece jovial, sonriente, feliz. Su cabello, siempre rebelde, le da un toque de descuidada elegancia a su personalidad subyugante, más acorde con la de un astro cinematográfico que con el eminente hombre de ciencia.

El lunes, pásese un momento por Miraflores

El lunes, su último día en Caracas, Barnard fue recibido en audiencia especial en Miraflores por el presidente Leoni, quien le impuso la banda de honor de la Orden Andrés Bello.

Al mediodía se le ofreció un almuerzo en el Hospital Militar de Artigas. Y en la noche voló a Europa, donde el catire Barnard continuaría con su febril vida de jet set.

Ya que hablamos de malaria; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Este trío parece estar saliendo de un desayuno en una agradable casa caraqueña, que el joven ubicado a la izquierda y a quien nos referiremos más adelante, dice ser “una quinta en el este de Caracas”, cuya identificación no precisa. Ellos están en la acera, pero detrás, en el porche de la casa hay algunas

Por Milagros Socorro | 12 de febrero, 2017
De izquierda a derecha: Arnoldo José Gabaldón Berti, María Teresa Berti Márquez y Arnoldo Gabaldón Carrillo. Imagen del Archivo de Fotografía Urbana

De izquierda a derecha: Arnoldo José Gabaldón Berti, María Teresa Berti Márquez y Arnoldo Gabaldón Carrillo. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Este trío parece estar saliendo de un desayuno en una agradable casa caraqueña, que el joven ubicado a la izquierda y a quien nos referiremos más adelante, dice ser “una quinta en el este de Caracas”, cuya identificación no precisa. Ellos están en la acera, pero detrás, en el porche de la casa hay algunas personas. La brillante luz nos indica que es pleno día y el atuendo de ella, que el compromiso no ha sido informal, pero tampoco algo que le exigiera más que ese camisero ceñido al cuerpo y recatadamente ceñido en la garganta.

—No estábamos posando —dice el joven de la corbata oscura—. Sino, más bien, esperando un automóvil para trasladarnos a otro sitio. Y creo que mi madre y yo estamos atentos a algún comentario hecho por papá.

Él cree que la imagen fue captada “aproximadamente en 1963”. Y nosotros conjeturamos que fue hecha por un fotógrafo de prensa, porque el señor de la derecha es Arnoldo Gabaldón Carrillo, entonces ministro de Sanidad y Asistencia Social del gobierno del presidente Rómulo Betancourt. Por la corbata negra del joven nos preguntamos si no habrían asistido al velorio de un pariente, —entonces todavía era común que los servicios fúnebres se hicieran en las casas—, o de una persona conocida, y que por eso había fotoperiodistas por allí. El tono luctuoso de la pajarita del ministro no nos orienta con respecto a la ocasión, puesto que era una prenda fija en su tenida habitual.

La muerte andante en los zapatos de los peones

Arnoldo Gabaldón Carrillo fue un venezolano insigne. Suma de todas las virtudes de un hombre de su tiempo. Intentaremos probar en las líneas sucesivas que no solo no hay exageración en esta afirmación sino que podríamos habernos quedado cortos.

Nació en Trujillo, en el estado del mismo nombre en los Andes venezolanos, el 1 de marzo de 1909. Era hijo único de Joaquín Ruperto Gabaldón Iragorry y Virginia Carrillo Márquez, a quienes suelen atribuir los biógrafos una férrea determinación de inculcarle al hijo profundos valores, así como disciplina y constancia, virtudes que el trujillano exhibió sin fatiga. Es posible que este criterio le viniera a la pareja por el hecho de ser ambos hijos de generales. Del general Joaquín Gabaldón Chuecos, él, y del general Juan Bautista Carrillo Guerra, ella. En el seno de un hogar cuyos cimientos provenían de linaje castrense nació, pues, Arnoldo Gabaldón Carrillo, quien además de intensa vocación de médico sanitarista tendría también un marcado interés por el estudio de tácticas militares.

Médico parasitólogo y entomólogo, especialista en salud pública, Gabaldón Carrillo hizo la primaria en el Colegio Federal de Trujillo, bajo la dirección del doctor Francisco Parra; pero antes había asistido a lo que antes se llamaba “una escuelita”, la de la maestra Etelvina Valera Hurtado. Antes de seguir al bachillerato, ya el pequeño Arnoldo Gabaldón había visto de cerca el azote que constituía una enfermedad endémica. Según ha escrito Héctor Augusto Maldonado Delgado, “en su natal Trujillo, desde niño vivió la cruel experiencia de la muerte silenciosa de niños, jóvenes y ancianos, que inmisericordemente sufrían de paludismo o malaria. Esta terrible enfermedad de cuya dolencia no escapó la otrora Venezuela rural […]

Don Antonio J. Carrillo Rodríguez, primo hermano del Dr. Gabaldón Carrillo, narraba la triste experiencia en Trujillo, y explicaba que en la hacienda paterna era común ver a la muerte andante en el cuerpo de los peones que al amanecer salían a las faenas del campo, para encontrar al anochecer, entre cuatro candiles, su propio velorio”. Y si en los Andes el cuadro era serio, en los Llanos era de terror. Ir a los Llanos venezolanos, se decía en la primera mitad del siglo XX,equivale a firmar el propio certificado de defunción.

Requetedoctor

Gabaldón Carrillo se graduó de pregrado en Filosofía en 1928; y en 1930 obtuvo el doctorado en Ciencias Médicas en la Universidad Central de Venezuela, donde tuvo como mentores a Jesús Rafael Rísquez y Enrique Tejera. Mientras era estudiante se desempeñaba como ayudante de Bacteriología y Parasitología en la Dirección Nacional de Caracas, de 1928 a 1930. En esa época nació su larga y estrecha amistad con Rómulo Betancourt y se tuvo lugar el presidio al que lo llevó la dictadura de Juan Vicente Gómez. Ya entonces era lector frecuente libros alusivos al arte de la guerra, la acción en el combate y la disciplina para ejecutarlo.

Sin tomarse siquiera unos meses para pavear (porque lo era, se había graduado jovencísimo), continuó sus estudios en el Instituto de Enfermedades Tropicales de Hamburgo y en 1931 obtuvo el título de Especialista. Luego pasó a la Universidad John Hopkins en Baltimore, Estados Unidos, con una beca de la Fundación Rockefeller, y en 1935 recibió el título de Doctor en Ciencias de Higiene con mención especial en Protozoología. En su etapa de posgrado contó con la guía del celebre biólogo, naturalista y filósofo alemán, Ernst von Haeckel.

En cuanto concluyó su formación regresó a Venezuela y se fajó. Pocos pueden jactarse de haberle prestado tantos servicios al país. En 1936,el ministro de Sanidad y Asistencia Social, Santos Dominici, lo designó director de Malariología, en el recién creado Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, (después División de Malariología), de la quesería jefe hasta 1950; y asesor de la Dirección General de Malariología y Saneamiento Ambiental hasta su jubilación, en 1973. A partir de este año fue nombrado asesor emérito del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, y director del Laboratorio para Estudios sobre Malaria, cargo ad honorem que ocupó hasta su muerte.

Entre 1959 y 1964 estuvo al frente del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, gestión que se caracterizó por una intensa actividad sanitaria y de saneamiento ambiental. Durante este período, Venezuela se convirtió en el primer país que organizó una campaña nacional contra la malaria, mediante la utilización de DDT; lo cual lo convirtió también en pionero en la erradicación de esa enfermedad en el área de mayor extensión de la zona tropical.

El paludismo encontró su némesis

Cuando se sintió preparado para hacerle frente al problemón sanitario de la Venezuela posgomecista, el doctor Gabaldón se remangó y se dispuso a usar sus estrategias militares contra la malaria y el ambiente mefítico que le servía de contexto idóneo. Dijo en una conferencia:”El capitán que no conoce a fondo el frente dominado por el enemigo, abocado está a una derrota, o por lo menos a no conseguir victoria alguna”.

La gesta del doctor Gabaldón contra el paludismo borda una historia de imaginación, heroísmo, compromiso y terquedad sin límites. Una historia de amor, podría decirse. Después de examinar decenas de miles de niños y más de medio millón de mosquitos con sus larvas, él y su equipo hicieron más de tres millones de visitas buscando enfermos. Se repartieron gratuitamente casi cinco millones de tratamientos con quinina con sus respectivas instrucciones. Esto lo hicieron con la ayuda de los empleados de telégrafos y correos, y los directivos y subalternos federales o estadales. Él, personalmente, viajó a todos los pueblos de Venezuela para comprobar in situ la gravedad del mal. Por todas partes lo vieron vestido de kaki y con botas de obrero.

—Podría decirse que a partir de la fundación de la Unidad Antimalárica, por el doctor Arnoldo Gabaldón Carrillo en 1936, —afirma Héctor Augusto Maldonado Delgado— surgió una gran esperanza para la erradicación de la Malaria pues formó con gran sacrificio un grupo muy representativo de venezolanos y venezolanas, de médicos, enfermeros, técnicos, pastilleros y oficinistas, preparándolos para la gran batalla contra la malaria.

“Lo primero que Gabaldón hizo fue aplicar un programa de saneamiento ambiental en todo el territorio nacional, empezando por la eliminación de criaderos de anofelinos, mediante obras de ingeniería sanitaria, rellenando los pozos de aguas estancadas y suelos pantanosos; haciendo drenajes y bombeando las aguas de ciénagas con petróleo, verde parís y piretro o pelitre; combatiendo las larvas y los adultos del mosquito Anopheles portador y vector del parásito protozoo Plasmodium Falciparum, el más numeroso de los parásitos del Aedes Aegypti, causante de más del 95% de los decesos; sembró en caños y lagunas peces larvófagos y plantas desecantes como barreras ecológicas. Se usó como medicamentos la quinina, la metoquina, la quimioterapia antimalárica y se difundió un programa sobre la Educación Sanitaria en todo el país”.

Un ejército civil

Mientras se desplegaba este programa inicial, el doctor Gabaldón escribía trabajos para revistas especializadas en varias lenguas y daba conferencias por todos lados. En 1943, fue a los Estados Unidos a dictar cursos sobre malaria a los médicos estadounidenses que irían al Pacífico. Y en la primavera de 1945, tal como contó Rafael Díaz Casanova en su columna en El Universal, “durante una conferencia panamericana de salud que se celebró en Washington, conoció al Dr. James Stevens quien pocos años más tarde sería ‘Dean’ de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard; este le refirió las maravillas del DDT. Así apareció el arma fundamental que utilizó Gabaldón en el exterminio de la malaria”.

La aparición del DDT marcó el inicio de la fase de erradicación de la malaria, mediante una campaña nacional de aplicación del insecticida sintético denominado Difenil Dicloro Tricloroetileno (DDT). Cuadrillas de trabajadores, formados en grupos de tres, se echaron a los caminos a esparcir DDT por campos y ciudades. Tres años más tarde, en enero de 1948, en la Universidad Central de Venezuela y con asistencia de seis ministros del gabinete del presidente Gallegos, recibió el homenaje del Ejecutivo nacional al declararse Maracay territorio libre de malaria. El área de erradicación del paludismo lograda por Gabaldón y su equipo fue de 305.414 kilómetros cuadrados, superada solo por la Unión Soviética y los Estados Unidos.

Para ello se necesitó, dice Héctor Augusto Maldonado Delgado, un verdadero ejército de hombres y mujeres que fueron capacitados por el doctorGabaldón en la difícil tarea de combatirtanto la enfermedad como la reproducción del vector.

“Era normal distinguir en cualquier parte del país a estos luchadores de la patria, su vestimenta los exponía: el casco, el uniforme verde aceituna, las botas negras, los guantes, las mascaras tapaboca y los asperjadores en sus espaldas hacían que las gentes sintieran un gran respeto y confianza al abrir las puertas de sus hogares para que ingresaran a cumplir su labor”.

—Solía vérseles —sigue Maldonado— en los campos del país, atravesando pueblos, sabanas y montañas con arreos de mula cuya carga eran pastillas de quinina, potes de creolina, el libro de historias de vida, el DDT, los asperjadores y la gran fortaleza con que hacían sus labores.Hacían muchas veces de enfermeros y hasta de parteros, ver el contenido de sus libros era leer nuevos nacimientos, la fundación de conucos y fincas cumpliendo de esta manera el papel sin quererlo de empadronadores del censo poblacional.

Ministros, los de antes

Para 1950, la tasa de mortalidad por malaria en Venezuela se había reducido a 9 por 100.000 habitantes. A los 10 años de iniciada, en 1955, la tasa bajó a 1 por 100.000 habitantes. A partir de entonces ocurre la gran explosión demográfica en Venezuela y se hacen patentes los logros, fueron reconocidos en todo el mundo.

No solo el paludismo tuvo en él un Cid Campeador criollo, también la gastroenteritis y la neumonía, causantes de elevada mortalidad infantil, se las vieron con él. Y salieron llorando. No es de extrañar, pues, que el doctor Gabaldón hubiera adquirido tanto prestigio que, en 1951, cuando asesinaron a Carlos Delgado Chalbaud, él fuera mencionado entre los candidatos a reemplazarlo en la Presidencia de la República.

Restaurada la democracia, el primer presidente de la era que entonces se abría para Venezuela, Rómulo Betancourt, lo nombró ministro de Sanidad y Asistencia Social, rol en el que desarrolló una gestión orientada a actividades médicas y de saneamiento ambiental en todo el país.“Nuestro objetivo en el campo de la salud pública”, anunció al aceptar el despacho,“es conseguir un aumento de seis meses en la esperanza de vida al nacer por cada año de trabajo”.Durante su gestión, el promedio de vida del venezolano fue elevado de 63 años en 1958 a 66 años en 1963.

El doctor Arnoldo Gabaldón  Carrillo falleció en Caracas, el 1 de septiembre de 1990. Tenía 81 años de edad.En cuanto dio la espalda y el país quedó librado al arbitrio de la ineptitud, la corrupción y el autoritarismo, la malaria regresó. Ni ella ni la dictadura estaban erradicadas.

La catira

La dama que está entre los dos hombres es María Teresa Berti Márquez, esposa del ministro Gabaldón. Le haremos una injusticia a esta mujer al hablar de ella solo en relación con los hombres de su familia; y peor, en alusión a su belleza. Ella había nacido en Boconó, el 22 de marzo de 1919, de manera que al momento de esta foto tendría unos 44 años. Su cabello, su cutis y su perfil son de una finura impresionante. Y es evidente que su figura no le produce ninguna inquietud, puesto que la ha enfundado en un vestido reservado a los vientres planos y los bustos recogidos, como de jovencita.

Es madre de cuatro. Se ha casado a los 18 años, en Boconó, con un amigo de su hermano Arturo Luis Berti, otro adalid de la brega contra la malaria en Venezuela.

María Teresa no llegó a ser Primera Dama, pero sí que tenía un Presidente entre sus mayores. Su madre era Virginia Márquez Carrasquero, hija de Martín Márquez Bustillo y sobrina de Victorino Márquez Bustillos, 29º presidente de Venezuela.

El muchachón

Finalmente, el joven a la izquierda es Arnoldo José Gabaldón Berti, nacido en Caracas, el mayor de cuatro hermanos, en 1938. Este día ronda los 25 años.

Va a ser el primer ministro del Ambiente de América Latina (entre 1976 y 1979) y Presidente del Consejo de Administración del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), durante su XIX período de sesiones, Nairobi, Kenia, 1997-1999.

Es individuo de número de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales (2007), fue rector de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, jefe de la delegación venezolana a la Cumbre Ambiental de Río 1992 y gerente general de la consultora ambiental Ecology&Environment de Venezuela.

Es consecuente colaborador de la causa de la resistencia venezolana contra la mayor plaga de nuestros tiempos, la llamada neodictadura.

Miriam Makeba en Caracas; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Satwugugasat ju bengasat si pata pat Satwugugasat ju bengasat si pata pat Satwugugasat ju bengasat si pata pat Satwugugasat ju bengasat si pata  Hihi ha mama, hi-a-masat si pata Hihi ha mama, hi-a-masat si pa A-hihi ha mama, hi-a-masat si pata pat A-hihi ha mama, hi-a-masat si pat  Las dos primeras cuartetas de Pata Pata.

Por Milagros Socorro | 5 de febrero, 2017
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Miriam Makeba durante una rueda de prensa en Venezuela. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

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Satwugugasat ju bengasat si pata pat
Satwugugasat ju bengasat si pata pat
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 Hihi ha mama, hi-a-masat si pata
Hihi ha mama, hi-a-masat si pa
A-hihi ha mama, hi-a-masat si pata pat
A-hihi ha mama, hi-a-masat si pat

 Las dos primeras cuartetas de Pata Pata.

Miriam Makeba fue una notable activista de derechos humanos nacida el 4 de marzo de 1932 en Johannesburgo, Suráfrica. Antes de cumplir los veinte años ya era una luchadora contra el racismo y el apartheid, y también cantante. Suráfrica es un país muy musical y sus ritmos son especialmente hermosos. En los años 50, Makeba empezó cantando con el grupo Manhattan Brothers y luego funda The Skylarks, fusión de jazz y música tradicional surafricana. Hasta aquí la carrera de Miriam Makeba era notable, incluso importante, pero en 1957 grabó una canción compuesta por su connacional Dorothy Masuka, que cambiaría su vida y marcaría la de varias generaciones. Se llamaba Pata pata.

Pata pata significa “Toca toca” en lengua xhosa, en la que fue escrita y grabada la canción. Sería lanzada en los Estados Unidos diez años después, en 1967, en un álbum que tenía el mismo título. Decir que fue un éxito planetario es quedarse cortos. Fue una auténtica locura. En Venezuela constituyó una fiebre. Fue una de esas pocas piezas que bailaban tanto los adultos como los adolescentes, e incluso los niños. En la radio la ponían cada media hora. Todavía, cuando la oímos es como evocar un recuerdo íntimo, una prueba de que sí hubo un pasado precioso, cuando Venezuela no era esta isla cultural, este estruendoso silencio donde solo suenan los lecos del dictador.

A pocos meses de entrar en circulación Pata pata y convertirse, como hemos dicho, en un hit mundial, la cantante visitó Venezuela. Miriam Makeba llegó a Caracas contratada para presentarse en el Salón Naiguatá del Hotel Tamanaco los días 1, 2 y 3 de febrero, (por Venezuela actuaría Pipo Rivas). Y también se presentó en Renny Presenta, el show estelar de televisión de la época,que se transmitía por Radio Caracas TV (canal 2), el domingo 4 de febrero, con la conducción de Renny Ottolina, también productor del espacio.

La imagen que ilustra esta nota, bien conservada en el Archivo Fotografía Urbana, fue tomada en la rueda de prensa que dio la famosa artista. Según ha escrito el periodista de espectáculos Aquilino José Mata, quien la recuerda como una mujer imponente y de avasallante personalidad, ella estuvo en la capital venezolana “de muy bajo perfil. No quiso conceder entrevistas y tuvo muy pocas apariciones públicas, fuera de las meramente artísticas”.

Pero la mamá de África, como era conocida, dio al menos una rueda de prensa. Aquí tenemos la prueba gráfica. El reportero que está a la derecha de la artista es Alfredo Schael, quien dice que la conferencia de prensa fue en el Hotel Tamanaco. Es lo que él recuerda, pero nadie se explica qué hace allí una niña en uniforme de colegio, aferrada a la baranda de una cuna de hierro como de hospital. ¿La escolar y la cuna estaban en el Tamanaco? ¿La rueda de prensa fue en un hospital de niños? ¿Por qué? Confiamos en que estas preguntas quedarán respondidas por los laboriosos lectores que con gran generosidad nos sacan de errores, corrigen imprecisiones y amplían la información.

Al preguntarle a Alfredo Schael quién tomó la fotografía, nos da una invalorable lección de historia del periodismo en Venezuela. Como no puede asegurar con certeza quién es el autor de la imagen, hace un recuento de quién ha podido hacerla. Schael puede establecer sin temor a equivocarse que en febrero de 1968, él trabajaba en El Universal, de manera que la foto fue hecha por un fotorreportero de ese diario. Nos cuenta Alfredo Schael que la plantilla de fotógrafos de El Universal era así: Julio Mesutti, Antonio Hueck Condado (Superman), Salvatore Veneziano y Rafael Mármol, en la fuente policial; Casto Noguera, en Deportes; Luis Bisbal, en el aeropuerto de Maiquetía.

“Mármol, Hueck, Noguera y Mesutti fallecieron. Veneziano sucumbió víctima de la explosión del tanque de combustible en Tacoa, que cubría para El Universal”.

Julio Mesutti, explica Schael, era sobrino del famoso Luis Noguera, quien trabajó en El Universal antes de incorporarse a la gerencia de relaciones públicas de la Shell de Venezuela como fotógrafo para las publicaciones internas. “Hijos de Luis Noguera se desempeñaron temporalmente en el departamento de fotografía de El Universal, donde Elí Saúl López Montaño fungía de ayudante para el revelado y copia además de atender el archivo fotográfico del periódico (originales y clisés)”.

Aunque Julio Messutti cubría sucesos, también formó pareja profesional con Schael por varios años para atender la fuente de cultura y eventos especiales. Por los años en que Miriam Makeba estuvo en Caracas, ellos dos componían una dupla informativa. “Casi seguro”, dice Alfredo Schael, “que Julio Mesutties el autor de la fotografía a Miriam Makeba en el Tamanaco”.

—Messutti se aficionó al canto. Interpretaba el repertorio de Carlos Gardel. Y lo hizo con éxito, tanto en Buenos Aires como en Caracas. Renny lo incluyó en alguna ocasión en su show televisivo. Era excelente fotógrafo. Poseía buenas cámaras, arte además de ingenio. Cubrió deportes, sección a cargo de Omar Lares y Álvaro Miranda. Cansado del diarismo y para justificar el deseo de retirarse, solía decir: “El ojo ya se me puso chiquitico de tanto cerrarlo para enfocar con el otro”. Poco a poco, los compromisos y fama como cantante, apartaron a Julio del reporterismo gráfico. Su primo, Luis Noguera hijo, a la par de extraordinario fotógrafo —como otros de sus hermanos—, figura entre quienes mejor han estudiado e informan sobre el arte lírico en Venezuela y la historia de la ópera en el Teatro Municipal de Caracas, saga que aborda en un hermoso libro.

Del resto de las personas que aparecen en la foto, Schael no tiene memoria. Ignora, por ejemplo, a quién pertenecen las piernas envueltas en medias de seda sobre las que se apoya una libreta de reportera; quién es el hombre con lentes que se asoma a la izquierda; y quién es el de cabello ondulado de la derecha. “Recuerdo muy bien su rostro, pero me es imposible atinar el nombre. Puede suponerse que actuaba como intérprete. Makeba requería de traductor para comunicarse en Caracas”.

No necesito intérprete, sin embargo, para poner en su lugar a los impertinentes que interrumpían constantemente su show para exigirle una complacencia. Tal como ha reseñado Aquilino José Mata:

“En La Boite protagonizó un pequeño percance, cuando un grupo de personas, mientras ella actuaba, le pedía a gritos incesantemente su célebre Pata Pata, a lo que ella, sin disimular su disgusto, paró el show y exclamó que lo haría en el momento en que estaba previsto y que no la cantaría bajo presión, pues su repertorio abarcaba mucho más. Los delirantes fans tuvieron que guardar silencio y esperar hasta poco antes de la conclusión del espectáculo, cuando finalmente la interpretó”.

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Caldera baila con la reina de la feria; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Qué rápido trabaja el olvido. Nadie sabe cuándo y dónde fue tomada esta imagen, guardada, por lo menos, en el Archivo Fotografía Urbana. Nadie recuerda cómo se llama la joven que baila con Rafael Caldera (no sabemos si entonces era presidente o estaba en campaña) y que por la banda que le cruza el pecho

Por Milagros Socorro | 29 de enero, 2017
Caldera baila con la reina de la feria. Imagen del Archivo de Fotografía Urbano

Imagen del Archivo de Fotografía Urbana

Qué rápido trabaja el olvido. Nadie sabe cuándo y dónde fue tomada esta imagen, guardada, por lo menos, en el Archivo Fotografía Urbana. Nadie recuerda cómo se llama la joven que baila con Rafael Caldera (no sabemos si entonces era presidente o estaba en campaña) y que por la banda que le cruza el pecho deducimos que es la reina de una feria o fiestas patronales. La audaz minifalda deja al descubierto unas piernas tan formidables como las que inspiraron los versos del poeta mexicano Francisco de Terrazas: “¡Ay basas de marfil, vivo edificio / obrado del artífice del cielo, / columnas de alabastro que en el suelo / nos dais del bien supremo claro indicio!”; sin embargo, pese a la desenfadada exhibición sabemos que es una muchacha tímida: casi desmayada reposa la mano que debería aferrar la espalda del compañero.

En cónclave de bailadores hemos determinado que es joropo lo que moviliza esos zapatos. Lustroso charol, los de él; luminoso blanco, los de ella (ah, lejanos tiempos del Griffin, cuánto decoro y pulcritud nos deparaba). Ambos de fiesta. Es, justamente, la albura del calzado de la reina, así como el flux que domina en la indumentaria de casi todos los hombres, lo que nos lleva a concluir que no es una ternera en una finca sino un almuerzo en el patio de una casa. Probablemente, en el llano y sí, con toda seguridad es joropo lo que los enlaza. Baile muy complicado, que entraña vueltas y zapateado, es evidente que exige la concentración de Caldera quien aprieta los labios y observa el piso de cemento pulido donde ha de trazarse el escobilleado.

–RC era un verdadero as bailando joropo —confirma su hijo menor, Andrés Caldera Pietri— y cuando lo hacía con nuestra madre se hacían ruedas para verlos bailar. Recuerdo que Yolanda Moreno, en una emisión del programa de televisión ‘Horangel y los doce del signo’, transmitido en tiempos de la campaña de 1983, certificó lo buen bailarín que era. Y destacaba también en el vals y el tango. En el libro de fotografías que hicimos con Todtmann Editores, para el centenario de su nacimiento, mi padre aparece en dos imágenes bailando con nuestra madre.

Andrés Caldera comentó también que había hecho consultas para determinar la posible fecha de la foto y que había recabado varias opiniones que la ubicaban en la campaña del 68. “Es muy probable, pero no descarto que sea en la del 63”.

Rafael Antonio Caldera Rodríguez nació en San Felipe, estado Yaracuy, el 24 de enero de 1916. Fue candidato a la Presidencia de Venezuela en seis ocasiones, de las que dos le depararon el triunfo: en el período 1969-1974, y del 1994 al 1999. La primera de esas candidaturas fue en 1947, un año después de la fundación del partido socialcristiano COPEI, iniciativa que se le acredita, en esa ocasión perdió ante el novelista Rómulo Gallegos, abanderado de Acción Democrática. Su segunda postulación fue en las elecciones de diciembre de 1958, cuando perdió ante Rómulo Betancourt. La tercera sería 1963, cuando resultó elegido Raúl Leoni. La cuarta, en 1968, le supuso el triunfo sobre Gonzalo Barrios y recibió el cargo el 11 de marzo de 1969. Al pasar los diez años que entonces reescribía la Constitución, regresó a la contienda en 1983, que fue el año del ascenso al poder de Jaime Lusinchi. Y en el 93 regresa por sus fueros para ganar nuevamente, esta vez al frente de Convergencia, mejor conocida como El Chiripero.

En esta fotografía tiene el cabello totalmente oscuro, pero la verdad es que siempre lo tuvo así. En 1963 tenía 47 años y en 1968, 52. Una pista para calcular el año en que transcurrió este día es el maquillaje de las mujeres cuyo rostro puede detallarse. Las tres tienen una línea blanca debajo de las cejas, que se extiende hasta completar un coqueto rabito. Ese trazo, pensado para destacar el arco superciliar, era la moda a finales de los 60 y hasta bien entrados los 70. Esto refuerza la idea de que el joropo con la reina habría tenido lugar en la campaña del 68.

De todos los convidados a la fiesta en el patio rodeado de cerca de malla ciclón, solo conocemos la identidad de uno —a excepción del presidente Caldera, naturalmente—. Se trata Jesús María Núñez, compadre y chófer por muchos años del yaracuyano, quien había sido preso y torturado por la Seguridad Nacional en la época de Pérez Jiménez. Acompañó a Caldera cuando se lo llevó la Seguridad Nacional, en agosto de 1957, para sacarlo de la contienda electoral, a la que iría como candidato unitario de la oposición en diciembre de ese año, que Pérez Jiménez convirtió en plebiscito. Núñez es el hombre moreno, de bigotes, camisa blanca y corbata, que está detrás, a la izquierda del jefe, a quien observa con una sonrisa afectuosa.

Cabe anotar que el hombre alto vestido de color claro (que está al lado de la reina) no es un fantasma de liquiliqui que ha empezado a rondar a Caldera. Si se fija uno bien, en realidad no es un liquiliqui. Es un traje de chaqueta con camisa. Podría ser el anfitrión, pero no sabemos. El olvido ha corrido más rápido que la necesidad de documentación.

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