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Una concentración popular en apoyo a la Constitución; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

La gestión presidencial de Rómulo Betancourt (1959 / 1964) estuvo asediada por conjuras y levantamientos militares que venían de la izquierda así como de remanentes del perezjimenismo. Fue, ciertamente, un gobierno acosado por conspiraciones de muchos frentes, incluidas fuerzas extranjeras, como la dictadura de Trujillo, en República Dominicana, y el recién llegado al poder, Fidel

Por Milagros Socorro | 16 de julio, 2017
Concentración popular en apoyo al gobierno de Rómulo Betancourt, en El Silencio, Caracas, ca. 1960 | Autor desconocido

Concentración popular en apoyo al gobierno de Rómulo Betancourt, en El Silencio, Caracas, ca. 1960 | Autor desconocido

La gestión presidencial de Rómulo Betancourt (1959 / 1964) estuvo asediada por conjuras y levantamientos militares que venían de la izquierda así como de remanentes del perezjimenismo. Fue, ciertamente, un gobierno acosado por conspiraciones de muchos frentes, incluidas fuerzas extranjeras, como la dictadura de Trujillo, en República Dominicana, y el recién llegado al poder, Fidel Castro, quien desde el primer momento le tuvo el ojo puesto a Venezuela.

Esta concentración ha podido ser de cualquier año del quinquenio de Betancourt, pero vamos a tomar por buena la anotación inscrita en el reverso de la imagen.  El 24 de junio de 1960, el presidente Betancourt se salvó por los pelos del atentado perpetrado por la guerrilla de las FALN (Fuerzas Armadas de Liberación Nacional). De hecho, resultó muerto el jefe de la casa Militar, coronel Ramón Armas Pérez y destrozado el vehículo presidencial. Muy pronto se demostró que detrás del crimen estaba el régimen de Trujillo.

Pero El Chivo distaba mucho de ser el único enemigo del nuevo gobierno, emanado en forma legítima de las urnas electorales. En septiembre de 1959, a meses de iniciado el Gobierno, se registró una sublevación militar y fueron detenidos algunos oficiales.

El 3 de enero de 1960, la Dirección Nacional de Información emite un comunicado para tranquilizar a la opinión pública por ciertos actos terroristas cometidos en Caracas.

El 7 de ese mes se produce en todo el país un paro general simbólico de quince minutos en repudio a esos y en apoyo al gobierno. El 8, el Congreso Nacional aprueba un acuerdo donde condenaba los actos de terrorismo y pide al Ejecutivo que tome medidas para preservar la paz ciudadana. El 20, el Ministerio de la Defensa confirma la existencia de un movimiento subversivo y la detención de militares y civiles. Es decir, las acusaciones no eran al aire y sin presos, sino inculpaciones muy concretas.

Y el 13 de febrero de 1960, cuatro meses antes del atentado, el presidente Rómulo Betancourt pronuncia un discurso, en El Silencio, en el primer aniversario del Gobierno constitucional: “Mis palabras serán dirigidas a la nación […] porque como Jefe de Estado no pertenezco a una sola parcialidad política sino a todos los venezolanos de todas las tiendas políticas y a quienes no militan en ningún partido [ …] Quiero hacer aquí un llamado al trabajo, al trabajo creador. Que pongamos de lado el manguareo y la frivolidad, y el nuevorriquismo derrochador […] Quiero hacer un llamado al pueblo de Venezuela para que adopte una actitud de comprensión y de acogida hacia el emigrante laborioso porque de los tahúres se está encargando la Dirección de Extranjería”.

Estas personas pueden haberse congregado, pues, ese día de febrero. Pero no debe descartarse que haya sido en fecha posterior, dadas las agresiones que durante todo su ejercicio sufrió ese Gobierno.

La multitud se concentra en un punto, pero no alcanzamos a ver al orador o al foco que atrae la atención de la multitud. El fotógrafo se ha ubicado en lo alto, quizá desde el segundo piso de otro edificio, a espaldas de la congregación. Es como si quisiera representar el liderazgo colectivo. Quien mira, lo hace desde la retaguardia, es el pueblo quien va adelante. Un pueblo, por cierto, plural. Vemos que entre la muchedumbre, de notable mayoría masculina, hay pancartas de Acción Democrática y de su rival, una de ellas dice: Copei apoya la constitucionalidad. Es, pues, una inmensa manifestación en apoyo a la Constitución. Quizá este respaldo fue el que permitió que Betancourt terminara el periodo y que el país viviera cuatro décadas de democracia.

La luminosa Josefina Jordán; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

En nuestra anterior entrega contamos la historia del Grupo Máscaras, fundado en 1952 por César Rengifo y Humberto Orsini, entre cuyos miembros se encontraba la escritora y cineasta Josefina Jordán. Al ver su rostro en la fotografía que acompañaba nuestra nota anterior, quise dedicarle una en exclusiva. Los mensajes que recibí de sus amigos fortalecieron

Por Milagros Socorro | 9 de julio, 2017
Imagen del Archivo de Fotografía Urbano

Imagen del Archivo Fotografía Urbana

En nuestra anterior entrega contamos la historia del Grupo Máscaras, fundado en 1952 por César Rengifo y Humberto Orsini, entre cuyos miembros se encontraba la escritora y cineasta Josefina Jordán. Al ver su rostro en la fotografía que acompañaba nuestra nota anterior, quise dedicarle una en exclusiva. Los mensajes que recibí de sus amigos fortalecieron esa iniciativa. Tenía en mis archivos un material de ella que no había publicado, así que juzgué llegado el momento.

Hace un par de años le escribí a Josefina Jordán para pedirle que contestara una encuesta que había elaborado a manera de juego. Se trataba del cuestionario “El cine según…”, que he estado enviando a mis amigos para sondear sus ideas sobre el cine, básicamente, sobre los actores de cine. Es un divertimento, destinado a publicarse en mi página web. No es asunto de un medio de comunicación ni nadie me paga por eso.

He reunido varias decenas. Josefina Jordán debía estar ahí, así que en junio de 2015 se lo envié, con la carta que suelo acompañar para explicar el asunto. Un mes después recibí respuesta de ella. Se disculpaba por no haberlo hecho antes y adjuntaba a su comunicación un video titulado “ZonaCineCCS”, en el que ella no estaba incluida. Lo sé, porque ella misma lo mencionaba: “Te reenvío esto para que veas que no estoy en esa lista. Por lo que se puede deducir que mi pequeña obra cinematográfica no tiene importancia suficiente para figurar allí”.

–En realidad, -agregaba- el trabajo más importante que realicé en el campo del cine no fue como documentalista, sino como gremialista. Y mis conocimientos de películas, directores del cine universal, etc., se han visto muy reducidos desde que vivo en este edificio, pues sus ascensores están constantemente dañados y mi artritis reumatoidea me impide bajar y subir 9 pisos por las escaleras. Llevo 2 semanas sin bajar ni subir. Te digo esto porque no pude seguir contestando tu cuestionario sobre cine, ya que demandaba demasiado esfuerzo y trabajo. Hace unos meses sufrí un ACV, que aunque fue leve, sí dejó secuelas, como fallos de memoria, fatiga excesiva, pesimismo y hasta miedo, lo cual me resulta muy doloroso, pues la alegría, el optimismo, mi energía vital, mi independencia tanto de pensamiento como de acción, han sido siempre cualidades que he ejercido y cultivado. Por ello, Milagros, no seguí contestando tus preguntas y creo que mejor no publiques nada sobre mí, en el aspecto cinematográfico. En cambio, sobre mi pequeño trabajo literario y actividades gremialistas, sí podrías hacerlo. Excúsame la demora en contestarte, pero las dificultades que se me han presentado últimamente en un edificio donde constantemente los ascensores están dañados, han sido tantas, que necesariamente me han obligado a intentar atenderlas y hacer de ellas mi actividad ineludible.

Insistí con suavidad y le expliqué que podía tomarse el tiempo que necesitara. No quería que ella estuviera ausente en mi serie de “El cine según…”. Entonces, hizo algo muy curioso, que en el momento no supe cómo usar. Me envió el texto de sus respuestas a otra entrevista, que alguien más le había hecho; y puso en mayúsculas unas observaciones destinadas a mí. A continuación pondré fragmentos de aquel texto que me hizo llegar Josefina Jordán

“Milagros: para comenzar, te reenvío esta entrevista que me hizo hace como dos años una chica venezolana cuyo nombre no recuerdo. Trata solo de la actividad cinematográfica, aunque no incluye la actividad realizada con Joris Ivens. Salu2. J.J.”.

–Mi primera relación fue con la fotografía -escribió Josefina para responder a la interrogante sobre su primera relación con el cine-, porque mi amiga Betty Aldama, en Punto Fijo, tenía una camarita y nos encantaba estar tomando fotos. Con el cine fue cuando yo tenía 18 o 19 años, que me vine a Caracas y entré al grupo Teatral Máscaras. Ahí conocí al joven portugués, Antonio Fernández, que tenía una camarita de cajón. Me iba con él al parque Los Caobos y hacíamos pequeñas filmaciones. En Caracas me gradué de locutora y trabajé como tal, porque el día del examen conocí a un señor que trabajaba en Corpa, donde me escogieron como Miss Pepsi. Hice solo 2 programas. Renuncié, porque dicho señor quería algo más que una relación profesional conmigo. Años más tarde, cuando conocí a Jacobo Borges, también en el Grupo Máscaras, a él le gustaba mucho el cine. Nos hicimos novios. Y cuando nos casamos, decidimos que en lugar de comprar muebles, compraríamos una cámara de cine. Como en la Televisa de aquellos tiempos había conocido al Gordo Pérez, él me mando a Micrón, para que me hicieran el mismo descuento que a él.

Aprender fotografía con un manual

“Compramos una Bolex Paillar H 16 reflex, con un fotómetro medio majunche. Aprendí a manejar esa cámara leyendo un libro que se llama Manual del Cineasta Amateur; y Carlos Cruz Diez, un día que lo encontramos en la playa, me enseñó a manejar el fotómetro. El mismo Gordo Pérez me recomendó que comprara unos rollitos vírgenes, que eran solo positivos y que los fuera a revelar en Tiuna Films, donde me cobraban Bs. 10 por cada rollito revelado. Como no teníamos proyector, íbamos a la casa de Aníbal Nazoa y allí las veíamos. Por cierto, Aquiles se quejaba de que yo no terminaba bien las panorámicas, que las dejaba inconclusas. También le disgustó cuando me dio el monólogo de Doña Rosita la Soltera para que me lo aprendiera, cosa que hice, pero de ahí a actuarlo en la escalera de la casa, con toda la familia Nazoa presente, era otro cantar. Nunca lo hice. Temía arrancar solo carcajadas a esta inteligente familia. Por cierto, que en esa Televisa me hizo una prueba como actriz, el profesor Alberto Castillo Arráez, quien dirigía y actuaba en los casos del Inspector Nick. Me dejó sola leyendo dos capítulos. Cuando regresó, los leímos entre ambos, quedando asombrado de mi buena memoria, con lo cual quedé contratada para actuar en uno de ellos en el rol de una lady inglesa, lo cual me ganó la enemistad de algunas actrices famosas en esa época”.

“Los capítulos duraban 15 minutos. Iban directos al aire. Y cada caso tenía 5 capítulos, que se transmitían de lunes a viernes. Después protagonicé la primera telenovela de Ligia Lezama, junto a Pedro Marthan y otra cuyo nombre no recuerdo. En el Máscaras conocí a un chico del que me enamoré. Como insinuara que hiciéramos el amor y tuviésemos un hijo, busqué trabajo en el interior y, gracias un técnico que trabajaba en Televisa, Carlos Arreaza, fui designada Directora Artística y locutora de Radio Monagas. Allí trabajé un año, pero después de las elecciones de 1958, me fui a vivir en un pueblo llamado Caja de Agua, cerca de Punto Fijo, con mi madre”.

Corre, que te deja el avión a Cuba

–Primero, -sigue Josefina Jordán- fui algo así como periodista del cine, porque filmaba marchas, manifestaciones, etcétera. Mis amigos del PCV hasta paraban las marchas cuando me veían filmando desde un puente, y solo después que yo hacía varias tomas era que continuaban las marchas. Por cierto, un día filmaba yo desde la azotea de Pedro León Zapata, en El Silencio. De pronto, la cosa se puso violenta y Zapata me tiró al suelo. Me salvó la vida, porque la bala pasó casi rozándome hasta incrustarse en la pared. Jacobo Borges y yo, sin estar casados, viajamos a Cuba, porque Fidel había enviado dos aviones en Maiquetía para quienes quisieran viajar allá para el 1ro. de mayo de 1958, de gratis. Pasamos por la casa del PCV y allí nos lo avisaron. Fuimos corriendo a casa a buscar ropa y por el camino le avisábamos a quienes encontrábamos. Así fue como también viajaron Teodoro Petkoff, Darío Lancini, el poeta Acosta Bello y otros, que lo hicieron hasta sin llevarse ropa. Presenciamos el primer 1ro. de mayo desde las gradas de la plaza Revolución. Allí también estaban Siqueiros, Allende y otros revolucionarios de América Latina. Alguien, con mi camarita, filmó todo eso. Así pueden vernos a algunos venezolanos cerca de esos famosos. Las copias existen en la Fundación Cinemateca Nacional.

Cuando la chica cuyo nombre nunca supe le preguntó a Josefina Jordán, “por qué hace sus películas”, ella precisó:

“Hacía, porque ya no las hago. Me dedico a escribir novelas y cuentos, y me he convertido en investigadora histórica por afición, habiendo viajado cerca de 20 veces al Archivo Nacional de Indias, en Sevilla”.

Josefina Jordán falleció el miércoles 22 de julio de 2015. Nunca contestó a mi cuestionario. Quizá no insistí lo suficiente. Fue un error.

Grupo Máscaras, teatro militante; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

¿Salta a la vista que son actores o, por lo menos, gente de teatro? El hombre caracterizado, –de no sabemos qué– da una pista, ciertamente. Son los miembros del Grupo Máscaras, fundado en 1952 por César Rengifo y Humberto Orsini. Para establecer su identidad, apelamos a la colaboración –por suerte, entusiasta– de Leonardo Azparren, historiador

Por Milagros Socorro | 2 de julio, 2017
Imagen del Archivo de Fotografía Urbano

Imagen del Archivo de Fotografía Urbano

¿Salta a la vista que son actores o, por lo menos, gente de teatro? El hombre caracterizado, –de no sabemos qué– da una pista, ciertamente. Son los miembros del Grupo Máscaras, fundado en 1952 por César Rengifo y Humberto Orsini.

Para establecer su identidad, apelamos a la colaboración –por suerte, entusiasta– de Leonardo Azparren, historiador del teatro en Venezuela; el profesional del teatro Ibrahím Guerra; la archivista, investigadora, editora, Maribel Espinoza; así como de Hely Orsini y Flérida Rengifo, hijas de los fundadores de Máscaras.

Según Azparren, la imagen debió ser captada a finales de los años 50. “Casi seguro, antes de 1958, porque Carlos Denis se fue a Barquisimeto en abril de 1958 como director del Grupo Teatral Lara, creado por el gobernador de la época”.

–El Grupo Máscaras –sigue Azparren– estaba formado, en su mayoría, por ex alumnos del mexicano Jesús Gómez Obregón, quien en 1947 creó una escuela de capacitación teatral por invitación de Luis Beltrán Prieto Figueroa, ministro de Educación de Rómulo Gallegos. Gómez Obregón introdujo a Stanislavski entre nosotros. La de Gómez Obregón fue la primera escuela de teatro moderna que hubo en Venezuela. Estuvo casado con la bellísima actriz mexicana, Miroslava. Terminó su vida como funcionario de la Colgate-Palmolive mexicana.

Aparecen en la gráfica, de izquierda a derecha, de pie:

1. Felipe Rivas. Dice Leonardo Azparren: “Carlos Denis lo llevó a Barquisimeto hacia 1960 para trabajar en títeres. Después, en 1964, Daniel Izquierdo (sexto en la foto), quien dirigía la Escuela de Teatro de la Dirección de Cultura de la UCV, lo llamó para que diera clases de títeres; y más tarde formó el grupo de títeres que hoy lleva su nombre.

2. Humberto Orsini. Dramaturgo, director de teatro y docente. Nació en Santa Cruz de Orinoco, estado Anzoátegui. De 1969 a 1975 fue corresponsal de prensa en Europa, con residencia en Berlín y Moscú, trabajo que compartía con sus investigaciones sobre el teatro. Premio Nacional de Teatro 1995, vive en Caracas.

“Militante del PCV toda su vida”, dice Azparren, “siempre lo he considerado un apóstol de sus creencias. Honesto y sin ambiciones más allá del teatro. Es uno de los introductores de Bertolt Brecht entre nosotros, junto con Nicolás Curiel. Trabajó mucho tiempo en el área internacional con el Instituto Internacional del Teatro de la UNESCO”.

3. María García, actriz. Destacó en la interpretación de roles en las obras de César Rengifo.

4. Fernando Villamizar, actor. Trabajó en varias ciudades del interior, una de ellas Barquisimeto.

5. Eduardo Fernández.

6. Daniel Izquierdo, quien cumplió larga actividad en el Pedagógico de Caracas hasta su muerte.

7. Con camisa blanca y cuello cerrado, no identificado.

Segunda línea.

8. Inclinado, solo vemos su cabeza, no identificado.

9. Maquillado y con vestuario, hacia la derecha, Francisco Gil Vargas. “Reconocido”, apunta Ibrahím Guerra, “por sus personajes chejovianos y mantuanos”.

10. El último de pie, a la derecha, es Augusto González “Gonzalote”.

Sentados o reclinados:

11. María Escalona, excelente actriz.

12. Reyna Calanche, también actriz.

13. César Rengifo (1915-1980). Artista plástico y dramaturgo. Nació en Caracas. Se le reconoce como introductor en Venezuela del teatro moderno, que va a irrumpir a la caída de la dictadura de Pérez Jiménez. Tras formarse en la Academia de Bellas Artes de Caracas, se fue a Santiago de Chile, entre 1930-1935, para estudiar Pedagogía de artes plásticas; y luego, a México, donde estudiaría las técnicas del muralismo en la Academia de San Carlos, entre 1937 y 38. De regreso a Venezuela, en 1939, hizo su primera exposición individual, en el Museo de bellas Artes. Fue director de Cultura de la Universidad de los Andes (ULA). En 1954 recibió el Premio Nacional de Pintura. En 1959 fundó la Escuela de Artes Plásticas de la ULA. Según Lucina Mc Namara, el Grupo Máscaras era “una célula teatral revolucionaria”. En 1955, hizo el mural “El mito de Amalivaca”, en la Plaza Diego Ibarra, Caracas. Como dramaturgo fue autor de 40 piezas. En 1980 recibió el Premio Nacional de Teatro y en 1989 la Universidad de los Andes publicó sus Obras Completas en ocho tomos.

14. Josefina Jordán, escritora y activista cultural hasta su muerte hace pocos años, principalmente en el cine. Fue esposa de Jacobo Borges.

15. Carlos Denis, actor y director. Dirigió “Soga de niebla” de César Rengifo, primera obra venezolana que se presentó después del 23 de enero de 1958. Se fue a Barquisimeto en abril de ese año para desempeñarse como director fundador del Grupo Teatral Lara, donde, por cierto, se inició Leonardo Azparren. En Máscaras protagonizó algunas obras importantes, como “Espectros” de HenrikIbsen. Murió en Barquisimeto.

16. Joven sonreída, con cabello largo, ubicada en el centro, Silvia Mendoza.

17. Joven en la esquina inferior derecha, con corbata de listas contrastantes, Alejandro Tovar.

–Deben estar en pleno ensayo para el montaje de alguna obra de Chejov –conjetura Flérida Rengifo–. Gil Vargas está vestido de ruso. El grupo viajaba por el país montando su repertorio en ciudades grandes y pequeñas. Era una manera de hacer política, burlando así, a la dictadura. Fue un grupo politizado en su mayoría, con sacrificios personales ligados a su militancia.

Leonardo Azparren apunta que el Grupo Máscaras funcionó en un local que quedaba entre Torres y Beroes. “Creo que era de una asociación de mujeres. Allí tuvieron, incluso, una pequeña sala donde presentaban sus obras”.

–Efectivamente –apoya Flérida Rengifo–, el lugar para los ensayos era un apartamento en el centro de Caracas, seguramente el local de la Unión Nacional de Mujeres, pues papá tuvo una fuerte amistad con su directora, Carmen Clemente Travieso, quien les dejaba usar ese espacio.

“Alejandro Tovar y Daniel Izquierdo se fueron a Chile a estudiar Teatro. Al regreso, Izquierdo dirigió por mucho tiempo el grupo del Pedagógico. Orsini, en Alemania, se formó en Bretch y creció en el campo teatral. Se casó con Malú del Carmen, también fundadora del Máscaras. Había diferencias entre ellos, como ocurre en todo grupo, pero por encima de todo privó el espíritu de cuerpo: era gente que amaba el teatro”, dice Flérida Rengifo.

El Grupo Máscaras se constituyó en 1952. Un año después, en 1953, pusieron en escena su primera pieza, Manuelote, escrita por César Rengifo, que cuenta la historia de un esclavo. La agrupación se disolvió en 1960.

Nicola Rocco mira el Distribuidor El Ciempiés; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Los grandes distribuidores viales de Caracas fueron previstos en la época de Pérez Jiménez, una dictadura militar en toda regla, pero tenían en su naturaleza el germen de la democracia: la elección individual: por dónde voy, hacia dónde me dirijo, cuál es la salida que considero pertinente o correcta. Esa multiplicidad de opciones, esa diversidad

Por Milagros Socorro | 25 de junio, 2017
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Distribuidor El Ciempiés fotografiado por Nicola Rocco. Archivo Fotografía Urbana.

Los grandes distribuidores viales de Caracas fueron previstos en la época de Pérez Jiménez, una dictadura militar en toda regla, pero tenían en su naturaleza el germen de la democracia: la elección individual: por dónde voy, hacia dónde me dirijo, cuál es la salida que considero pertinente o correcta.

Esa multiplicidad de opciones, esa diversidad que da ocasión al azar, está en los cimientos de la democracia y de la vida moderna. Completamente a contravía del camino único trazado por una voluntad autoritaria y rural.

La mirada del fotógrafo venezolano Nicola Rocco sobre el Distribuidor El Ciempiés, en esta imagen captada en 2005, nos entrega una vista de Caracas donde se observa el Guaire, río que divide a la capital venezolana entre norte y sur; un río de aguas mansas —más bien, amansadas, derrotadas—, de un color turbio y muy poco atractivo, como un café con leche que se hubiera enfriado mientras unos amantes perdían el tiempo en peleas. Es el toque triste, el recordatorio de una deuda pendiente, en una estampa urbana de alegre y ágil discurrir. Desde el helicóptero donde Rocco fotografía su ciudad no se perciben sus aprensiones. Es 2005, lo peor está por venir. Muchos lo saben y se han desgañitado en advertencias. Pero todavía faltan algunos años para que el rumboso espejismo del barril de petróleo carísimo se disuelva en una mueca de hambre, y la avenida Francisco Fajardo vea disolverse ese alegre movimiento en una mancha de sangre. Sangre de liceísta.

Esta foto de El Ciempiés tiene algo de magia: es como si un nigromante hubiera logrado ver en el fondo de nuestra mente, de nuestras fantasías y deseos, de nuestras ínfulas; y hubiera descubierto que esto es lo que pensamos de nosotros mismos: esto es lo que somos. Nuestra alma tiene el dibujo de estas cintas de hormigón armado, dibujadas en el espacio con tanta gracia, este alarde del ingenio, estos brazos de gitana contoneándose en el aire, recorridos por diligentes automóviles en cuyo interior viaja gente que sabe a dónde se dirige y debe hacerlo a toda prisa, porque en el mismo momento están pasando cosas en Nueva York y en Tokio, cosas que nos afectan y en las que estos automovilistas pueden influir.

El Ciempiés es un dispositivo distribuidor de tránsito, en su mayor extensión, una estructura elevada, que conecta la autopista de Prados del Este con la Francisco Fajardo, la más importante de Caracas, puesto que es la única vía arterial que conecta el este con el oeste. Fue concluido en diciembre de 1970 e inaugurado en 1972, en tiempos de la Presidencia de Rafael Caldera, para articular una red de vías y comunidades relativamente aisladas, que entonces quedaron adscritas a un sistema y continuo de funcionamiento.

La gráfica que acompaña esta nota demuestra que este y otros distribuidores representan cabalmente no solo que creemos ser sino lo que estamos seguros de que seremos en el futuro. Algo que funciona bien y con celeridad. Algo que permite realizar nuestros proyectos en el espacio, en el tiempo, en el territorio de los sueños.

En la publicación Informes de la Construcción Vol. 25, nº 246, de diciembre de 1972, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, leemos que “lo reducido del sitio y las vías de distinto orden que convergen en el área, planteó delicados problemas de ingeniería” en la construcción del Ciempiés.

En una ciudad como Caracas, —dice Informes de la Construcción— con limitada disponibilidad de áreas planas, altos costos de la tierra y volúmenes viales de gran magnitud, desarrollar un distribuidor de enlaces directos constituye un problema complejo desde el punto de vista urbanístico y vial. La previsión del impacto del Distribuidor en el área, la interrupción de los servicios públicos durante la construcción, la ejecución, las expropiaciones, y muchos otros factores, entran en juego antes de que una obra de esta magnitud sea una realidad.

Por la misma fuente constatamos que “todos los proyectos efectuados para la realización del Distribuidor fueron ejecutados por profesionales venezolanos”.Pues, claro. A quién le sorprende. Era lo más natural. Y volverá a serlo: esta foto lo demuestra.

“Su estructura se desarrolla sobre 22 pilas monocolumnas, 5 bicolumnas y 2 tricolumnas, todas ellas de atrevidas líneas arquitectónicas; además, posee 5 estribos para los tramos sobre tierra, con una longitud total de 1.276,93 m. […] Especial atención despiertan las pilas monocolumnas, ya que por primera vez en el mundo se construyen elementos estructurales de este tipo, con volados laterales de 13,20 m”

Esta monumental obra de la democracia costó Bs. 25.744.471,87. Es el equivalente al precio actual, ¿de una arepa rellena? ¿O del paquete de Harina P.A.N. adquirido en contubernios con el bachaquero? Pero no nos detengamos en los detalles. Lo fundamental es que si nos elevamos un poco del piso donde estamos aplastados (con la bota de un esbirro encima) y miramos la ciudad desde el helicóptero donde va Nicola Rocco veremos con claridad una muchacha que dobla una pierna de hormigón para salir a zancadas rumbo a su destino.

Posan las damas de la Cruz Roja de Venezuela; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Hasta un suspiro habría podido dañar la fotografía. Deben haberles indicado que se quedaran muy quietas… y que miraran al lente (el solemne conjunto impone, es difícil que alguien se atreviera a pedirles que miraran al “pajarito”). Así que las señoras optaron por lo que suele hacerse en estos casos: buscaron la posición más cómoda,

Por Milagros Socorro | 18 de junio, 2017

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Archivo Fotografía Urbana

Hasta un suspiro habría podido dañar la fotografía. Deben haberles indicado que se quedaran muy quietas… y que miraran al lente (el solemne conjunto impone, es difícil que alguien se atreviera a pedirles que miraran al “pajarito”). Así que las señoras optaron por lo que suele hacerse en estos casos: buscaron la posición más cómoda, aferraron sus bolsos (no fueran a resbalarse en la tersa superficie de las sedas y los satenes) y se aseguraron de no mover un músculo hasta que el chasquido de la cámara les indicara que la fotografía había sido captada. Pero, como ocurre comúnmente en estas situaciones, las personas paralizadas mueven los ojos con más energía, el ambiente se somete a un examen exhaustivo.

El espectáculo de la cámara y el fotógrafo debe ser muy interesante para ellas. La prueba es que de las doce señoras convocadas para la sesión de fotografía, solo dos miran a un punto distinto. Una es la del extremo derecho, que parece observar divertida algo que ocurre en la habitación de al lado. Quizá hay movimiento de copas y un espumante para agasajar a las invitadas, que han venido expresamente a posar para esta imagen. Y la otra es la segunda, de izquierda a derecha, en la fila de las que están de pie. Esta da la impresión de haber descubierto, con alborozo, un sombrero más excéntrico que el propio. Distraída de la operación fotográfica, esta mujer ha cedido al privilegio de su emplazamiento: desde donde está puede seguir con detenimiento las circunvoluciones de la tela que adorna el tocado de la primera señora (en la fila de los asientos).

—Pero si parece un intestino grueso —debe estar pensando—. De dónde habrá sacado ese horror…

No podemos culparla. El accesorio, aparatoso y asimétrico, es anticlimático en el conjunto. Los demás sombreros son sobrios y observan dimensiones, digamos, humanas. Este, en cambio, además de parecer una encarnación del signo de capricornio, es extravagante. No nos sorprendería enterarnos de que fue sacado del vestuario de una compañía teatral.

Su portadora, sin embargo, lo lleva sin complejos. Más aún, se la ve muy orgullosa y, definitivamente, satisfecha de su toilette, del oro de su aderezo y de pertenecer al selecto Grupo de Damas de la Cruz Roja de Venezuela, quienes se han cansado de ser un comité decorativo y han decidido pasar a la acción. Van a recabar dinero para la organización y piensan lograrlo mediante la venta de una postal que llevará una foto de todas ellas. Esto es, van a dar la cara. La postal es una especie de bisabuela de los calendarios con fotos de señoras como atractivo y anzuelo comercial. Claro que no se han popularizado los almanaques picantes; y aunque así fuera, estas son señoras recatadas, movidas por el altruismo. En modo alguno, por la vanidad o el exhibicionismo.

La Sociedad Venezolana de la Cruz Roja se fundó en Caracas, el 30 de enero de 1895, después de que se creara en Suiza en 1864, por iniciativa del comerciante ginebrino Henry Dunant, quien organizó un operativo de auxilio, que consistió en organizar a la población e improvisar un hospital de campaña en una iglesia, para atender a los heridos de la Batalla de Solferino, (24 de junio de 1859). El espíritu que cimentó el nacimiento de la Cruz Roja fue la determinación de socorrer a las víctimas de la guerra sin discriminar según su bando. Es un ser humanos, ha sufrido los rigores de una batalla, debe ser ayudado. Punto.

En la página web de la Cruz Roja de Venezuela se establece que fue creada “como parte de los actos organizados con motivo de la Conmemoración del Centenario del Nacimiento del Mariscal Antonio José de Sucre, quien fue el héroe de la Independencia venezolana que más se preocupó por humanizar la guerra”.

Por la misma fuente nos enteramos de que Venezuela se sumó al acuerdo establecido en la Convención Internacional de Ginebra, reunida en 1864, —donde se acordaron medidas especiales para la atención de los heridos en guerra y la protección de los cuerpos de socorro—, por decreto del Congreso Nacional, del 21 de mayo de 1894 y por declaración del Ejecutivo Federal, fechada el 9 de junio de 1894.

Entre los fundadores de la Cruz Roja Venezolana figuran personalidades como Agustín Aveledo, Francisco Rísquez, Luis Espeluzín, Pablo Acosta Ortiz, Manuel Díaz Rodríguez, Luis Razetti y Rafael Villavicencio, entre otros. Su primer Presidente fue Sir VincentKennetBarrington, caballero inglés residenciado en Venezuela y gran promotor de la replicación de la Cruz Roja en este país, porque había trabajado con la casa matriz de Ginebra en varias guerras. Había venido a Venezuela como comisionado especial de Gran Bretaña para la construcción de puertos y redes ferrocarrileras.

La fotografía, cuyo autor y fecha desconocemos, debió ser tomada a comienzos del siglo XX. Esto se deduce por la ropa de las señoras. Quizá, alrededor de 1910.

Al pie de la postal reza esta incitación: “La CRUZ ROJA es la entidad más humanitaria del mundo. Asociarse a ella es deber de solidaridad humana, que dignifica. Hágase usted socio y exhorte el patriotismo de todos sus amigos. Para esto no se necesita sino tener buen corazón y un bolívar”.

La plaza Bolívar de Maracaibo; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

En 1981 se hicieron trabajos de restauración en el Palacio de Gobierno de Maracaibo, conocido como Palacio de las Águilas o de los Cóndores, que había sido inaugurado en 1868; y se descubrió que las aves que adornaban la fachada, —águilas, cóndores, allí les da igual—, resultaron no ser de bronce como siempre se había

Por Milagros Socorro | 11 de junio, 2017
Plaza Bolívar de Maracaibo fotografiada por Alciro Ferrebús Rincón

Plaza Bolívar de Maracaibo fotografiada por Alciro Ferrebús Rincón. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

En 1981 se hicieron trabajos de restauración en el Palacio de Gobierno de Maracaibo, conocido como Palacio de las Águilas o de los Cóndores, que había sido inaugurado en 1868; y se descubrió que las aves que adornaban la fachada, —águilas, cóndores, allí les da igual—, resultaron no ser de bronce como siempre se había creído con gran orgullo, sino de yeso.

Como suele ocurrir con la vanidad, quedó en evidencia que era infundada. Pero la creencia no era fruto de la mera infatuación. Había un motivo para pensar que los grandes pájaros eran de un metal de cierta nobleza: es lo que había afirmado el gobernante local gomecista, Vicencio Pérez Soto, en 1927, cuando remodeló el edificio y puso los cóndores en los extremos del barandal del tejado. La propaganda de la época difundió la especie según la cual los adornos alados eran de bronce. No sabemos si, además, fueron pagados a precio de tal, pese a ser de humilde yeso.

Ese es el edificio que tiene de fondo la estatua ecuestre del Libertador, en la plaza Bolívar de Maracaibo. Es como si la representación del héroe se hubiera emplazado así, de espaldas a la sede del Ejecutivo regional, hoy encabezado por el militar, Francisco Arias Cárdenas, como para no ver lo que allí ocurre.

Aquí lo vemos en una imagen del fotógrafo y cineasta Alciro Ferrebús Rincón, nacido en la capital zuliana el 22 de noviembre de 1899. Muy probablemente, la foto fue tomada a finales de los años 20, a propósito de la aludida remodelación.

Un personaje a tener en cuenta: Alciro Ferrebús Rincón

Tal como consigna el Diccionario General del Zulia, de Luis Guillermo Hernández y Jesús Ángel Parra, editado por el BOD, en noviembre de 1928, Alciro Ferrebús Rincóntenía en funcionamiento el “sistema cinematográfico publicitario”, con el que producía el Semanario Cinematográfico de Maracaibo, noticiario documental de la localidad.

—En 1929 –establece el Diccionario— se asoció con el poeta Manuel Felipe Rugeles, redactor de Excelsior, para formar la Empresa Ferrebús Rincón y Cía, cuya objetivo era filmar películas que tendrían el apoyo del general Gómez. Así, intentaron filmar dos películas: Venezuela, con escenas naturales del Zulia y los principales estados del país, y Propaganda científica, donde se promocionarían ciertos ramos de la actividad nacional.

No se sabe si esas películas fueron filmadas (podrían haber quedado atascadas en la censura gomecista, para la cual los contenidos nunca eran lo suficientemente halagadoras con el Benemérito); de lo que sí hay constancia es de que el 20 de septiembre de 1929 se estrenaron: Maracaibo bajo la administración gomecista y rehabilitadora (ya el título, que parece inspirado por Kim Il Sun, nos dice del tono)

y Por nuestra cordillera, que podrían ser de Ferrebús Rincón y Cía.

Ferrebús Rincón fue administrador del periódico Maracaibo, en abril de 1921; inspector de espectáculos públicos (en 1926); fotógrafo del Ejecutivo del Zulia (1936) e inspector de los molinos de viento instalados en la Guajira por el Ejecutivo Federal (1939). Y fue editor de la Guía de Turismo, que incluía los estados Zulia, Trujillo, Mérida y Táchira, publicada en Caracas sin fecha.

La fotografía que acompaña esta nota es suya. Fue un tomada en unos de esos ardientes mediodías de Maracaibo. El autor no habrá querido sombras ni presencia humana. Nada que nos distrajera de la figura triunfante de Bolívar con la cabeza levemente girada como buscando de dónde sopla esa brisa bendita que trae el rumor de un lago no lejano.

Los muchos nombres de un solar

Esa explanada no se construyó para Bolívar. En realidad, fue la plaza Mayor de Maracaibo desde su fundación, como exigían las leyes de Indias, como centro de todas las poblaciones creadas bajo su influjo, a cuyo alrededor se asentarían los edificios públicos del gobierno y del clero.

En algún momento se llamó de San Sebastián, patrono de Maracaibo. Y después de la independencia volvió a cambiar de nombre, cuando se puso en ese sitio una pirámide con los nombres de los participantes en la intentona revolucionaria de la Escuela de Cristo, con lo que adquirió la denominación de plaza de la Pirámide. Hasta que en 1867, el gobernador de entonces, Jorge Sutherland, mandó a demoler la pirámide. Como es tan común en el Zulia, no se le ocurrió mudarla o conservarla de alguna manera, simplemente ordenó que la destruyeran. Y en su lugar erigió una columna para una estatua del Libertador. Dicen los cronistas que la columna fue retirada porque quedó choreta.

Nos cuenta el imprescindible Diccionario General del Zulia que, en 1873, Venancio Pulgar encargó al artista Carmelo Fernández un parque de forma octogonal, con una glorieta al centro, un cercado ornamental y alumbrado (de 92 faroles en el interior y 14 en el exterior), además de cuatro estatuas de bronce para simbolizar la agricultura, el comercio, la industria y la navegación o marina. Sería la plaza de la Concordia, a semejanza de la parisina, y se inauguró el 6 de diciembre de ese mismo año, 1873. Sería el penúltimo nombre del lugar… hasta ahora… nunca se sabe.

En 1902, el escultor maturinés Eloy Palacios presentó a la Sociedad Gloria al Semi-Dios de América (así se llamaba, en efecto), una propuesta para esculpir una estatua ecuestre del Libertador, a ser financiada con donaciones del pueblo y grupos privados de la ciudad. La idea prosperó y el monumento se inauguró el 1 de enero de 1905, cuando la superficie adquirió el nombre de plaza Bolívar.

¿Estuvo Bolívar en lo que hoy es su plaza?

De seguro, el propio Simón Bolívar se paseó por el coso que hoy honra su gloria, puesto que estuvo en el Zulia en dos ocasiones.

La primera, nos recuerda el Diccionario General del Zulia: “En 1821, cuando  venía de triunfar en Carabobo y se dirigía a Cúcuta para prestar juramento de su cargo como presidente de la Gran Colombia ante el Congreso allí reunido. Llegó a Maracaibo casi en forma sorpresiva, en la madrugada del 30 de agosto de 1821, por la vía de Trujillo, pasó por Betijoque y entró al Lago por el Puerto de Moporo y se trasladó a esta ciudad en el bote de la goleta corsario Paquete”.

Se quedó en Maracaibo veinte días, —hasta el 18 de septiembre, cuando continuó su viaje a Cúcuta, vía San Carlos del Zulia—, en los que fue objeto de homenajes y atenciones sociales casi diarios. Como era su costumbre, hizo despachos de órdenes y envió numerosas cartas, afanosa diligencia que podemos consultar en el diario de trabajo del Libertador en Maracaibo, elaborado por Tulio Febres Cordero.

Pasarían cinco años para que Bolívar regresara a Maracaibo. Esta vez por tres días, del 16 al 19 de diciembre de 1826.“Entró”, precisa el Diccionario, “al Lago por la vía de San Carlos del Zulia y lo recorrió en el viaje inaugural del Esteamboat, primer barco de vapor de carga y pasajeros entre Maracaibo y los Puertos del Sur del Lago. […] A pesar de la breve estadía, hubo una cena en su honor, donde el poeta José Antonio Almarza improvisó un soneto, quizás el primer poema dedicado al Libertador. Así mismo, se organizó un baile para homenajearlo y Bolívar bailó la contradanza La Libertadora, del compositor zuliano Silverio Áñez, con Casimira Flores de Santana, esposa del general Juan N. Santana, comandante de la guarnición de la provincia de Maracaibo”.

El 19 de diciembre de 1926, salió de Maracaibo para no volver. En esta ocasión, como en la anterior, pasó por San Carlos del Zulia, donde pasó la noche en una casa que hacía esquina con la Plaza Mayor del pueblo. La vivienda fue demolida en 1995. Así. Sin más. Quedaron, quién sabe por qué, una puerta y dos ventanas, que hoy se conservan en el Ateneo Jesús María Semprún.

El Clínico y la Educación; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Las nubes prolongan la línea diagonal del soporte donde se apoya la mujer esculpida por Francisco Narváez. Es como si la naturaleza se mostrara solícita con esta contundente criatura de formas redondeadas y actitud confiada: puedes reclinarte con todo el peso de tus formidables masas, aquí hay un colchón de nimbos para recibirte y acunarte.

Por Milagros Socorro | 4 de junio, 2017
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Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Las nubes prolongan la línea diagonal del soporte donde se apoya la mujer esculpida por Francisco Narváez. Es como si la naturaleza se mostrara solícita con esta contundente criatura de formas redondeadas y actitud confiada: puedes reclinarte con todo el peso de tus formidables masas, aquí hay un colchón de nimbos para recibirte y acunarte.

Y bajo el banco de nubes, recortado contra este con toda nitidez, está el Hospital Universitario de Caracas (HUC), llamado también Hospital Clínico Universitario de Caracas, o simplemente El Clínico, ubicado en la Ciudad Universitaria de Caracas, parte de la Universidad Central de Venezuela.

La soberbia fotografía de autor desconocido —y tomada en fecha que también ignoramos—, basa su composición en la coincidencia entre la ciencia y el arte, un diálogo que marcó la aspiración de modernidad en Venezuela. El Clínico, desde su fundación, no fue solo una institución de salud pública, sino también pionero en la formación de médicos y paramédicos, en pre y posgrado. Y el edificio que lo alberga es, en sí mismo, una manifestación del arte arquitectónico y de la integración de las artes, puesto que su fachada fue decorada por el creador Mateo Manaure. El conjunto, hospital y escultura, es una síntesis de la idea que las élites venezolanas tenían del futuro del país: bienestar social, justicia y belleza… a lo que pronto se agregaría el plasma imprescindible de estos ideales: la libertad.

La escultura tiene nombre, “La Educación”. Fue realizada por Francisco Narváez, en 1950, y emplazada en la terraza del primer piso del Instituto de Medicina Experimental. Mide 191,5 x 195 x 75 cm 122 x 207 x 149 cm (base); y está hecha en piedra de Cumarebo, estado Falcón, uno de los materiales preferidos por el margariteño, quien también esculpió en esa piedra su obra “La ciencia”, que está en el Instituto Anatómico José Izquierdo.

El catálogo del patrimonio de la UCV clasifica “La Educación” como género Clásico y establece que su tamaño es: Extra-Grande.

El fotógrafo captó otra línea, que viene a cruzarse con la anotada al comienzo de esta nota. Es la que trazan los senos de la figura escultórica y los dos volúmenes arquitectónicos del edificio. Salientes redondeados que se repiten en perfecta armonía.

En 1943, el general Eleazar López Contreras, entonces Presidente de la República, ordenó el inicio de las obras que concluirían en el hospital de la foto. Para ello se nombró una comisión planificadora integrada por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva, autor del diseño, el ingeniero Guillermo Herrera, Armando Vargas y los asesores norteamericanos Frank Mc Ve y Thomas Penton. Doce años más tarde, en 1954, cuando el país estaba bajo una tiranía, la obra quedó concluida; y en 1956, fue inaugurada por el general Marcos Pérez Jiménez. Era —es— el centro nacional de referencia para la realización de operaciones delicadas y complejas y fue allí, de hecho, donde se hizo el segundo trasplante de órgano de Venezuela, de riñón desde un donante vivo, en septiembre de 1968, cuando teníamos una democracia representativa, muy asediada, por cierto, por grupos insurgentes que en esa década no le dieron respiro al gobierno elegido en las urnas de votación.

Según ha escrito el doctor Gidder Benítez Guerra, profesor de la UCV, en 1948, el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social dictó una resolución que creó la Comisión Preparatoria de la Administración del Hospital, integrada por un destacado grupo de médicos, con los doctores Fernando Rubén Coronil y Jorge Soto Rivera, como presidente y secretario respectivamente.

Concluida la construcción en 1954, —sigue Benítez Guerra— le correspondió al artista plástico Mateo Manaure, la tarea de vestir de colores el imponente edificio con una obra de arte, La Policromía, la cual diluyó la masa del Hospital y lo integró al esquema arquitectónico moderno de la Ciudad Universitaria de Caracas.

El 14 de mayo de 1956, el dictador compareció para cortar la cinta ante el edificio, que fue bendecido por el Arzobispo de Caracas, Monseñor Lucas Guillermo Castillo y su coadjutor, Monseñor Rafael Ignacio Arias Blanco, el guaireño que un año más tarde, el 1 de mayo abril de 1957, suscribió la Carta Pastoral en denuncia del régimen violador de derechos humanos.

El 16 de mayo de 1956, inició el Clínico sus actividades, con acto presidido por el Dr. Pedro Antonio Gutiérrez Alfaro, ministro de Sanidad y profesor en jefe de la cátedra de Clínica Obstétrica de la Facultad de Medicina de la UCV, quien designó al Dr. Miguel Yáber Pérez, médico del Servicio de Obstetricia, para invitar a una paciente de la Maternidad Concepción Palacios, que sería trasladada en ambulancia al flamante hospital. “Cumplida esta comisión”, recuerda Benítez Guerra, “el Dr. Miguel Yáber Pérez entregó la paciente, a las puertas del hospital, al Director del Instituto, el Dr. Jorge Soto Rivera, quien realizó la historia clínica a la señora Mercedes de Arráiz, de 26 años, natural de Río Chico, Miranda y residenciada en La Vega, Caracas, con embarazo a término, en trabajo de parto”, que fue atendido por el Dr. Pedro Antonio Gutiérrez Alfaro, ayudado por el Dr. Miguel Yáber Pérez. El examen médico del recién nacido quedó a cargo del Dr. Pastor Oropeza, jefe de la cátedra de Pediatría, asistido por los doctores Ernesto Figueroa y Guillermo Tovar.

Seis décadas después de la inauguración del Clínico,en 2017, la mitad del Hospital Universitario de Caracas se ha quedado a oscuras. Sin electricidad, como vastas zonas del país. El que fue orgullo del país funciona parcialmente, sumido en la penumbra. Más de la mitad de las instalaciones no puede funcionar. Y las cirugías electivas debieron ser suspendidas porque no hay gases anestésicos en los ocho quirófanos.

También quedó en el pasado la realización de trasplantes. A finales de mayo de 2017, el Ministerio de Salud de Venezuela anunció oficialmente lo que ya era un hecho prolongado, la suspensión del programa de trasplante renal por la “escasez” (en realidad, carencia total) de fármacos inmunosupresores. El pronunciamiento no ofrece solución para los pacientes necesitados de un órgano ni para quienes ya lo recibieron. Es pena de muerte. Una condena, como apuntó con desesperación la Sociedad Venezolana de Nefrología.

Un país en ruinas contempla con dolorida nostalgia su pasado reciente. Es mucho lo destruido. Mucho, lo que hemos perdido. Pero es muy sólida la convicción de que este esplendor sigue vivo en la conciencia nacional.

El Vencedor de los Tiranos; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

El Archivo Fotografía Urbana tiene una colección de imágenes de estatuas de Venezuela. Es una serie especialmente conmovedora e interesante, porque, como toda estatuaria, recoge lo que las generaciones han considerado digno de ser perpetuado en el recuerdo colectivo; y en el caso venezolano, esos hitos nos llevan siempre a esa mezcla de violencia y

Por Milagros Socorro | 28 de mayo, 2017
Fotografía del Archivo de Fotografía Urbana

Fotografía del Archivo de Fotografía Urbana

El Archivo Fotografía Urbana tiene una colección de imágenes de estatuas de Venezuela. Es una serie especialmente conmovedora e interesante, porque, como toda estatuaria, recoge lo que las generaciones han considerado digno de ser perpetuado en el recuerdo colectivo; y en el caso venezolano, esos hitos nos llevan siempre a esa mezcla de violencia y sueño, vileza y grandeza, que constituyen el cimiento de nuestra alma nacional.

Esta fotografía, tomada en 1911 por desconocido artista (no puede llamarse de otra manera al fotógrafo que captó al héroe del pasado medio difuso en una atmósfera de luz, mientras que las filas que lo flanquean van haciéndose más realistas en la medida en que se acercan al primer plano). Es como si el pasado, ese pasado de Venezuela, se hundiera en un resplandor que nos impide, paradójicamente, verlo con claridad. El fotógrafo despliega el recurso del seductor: te muestro apenas lo suficiente para que intuyas la palpitación de algo grandioso, pero lo envuelvo en un velo de luminosidad para entorpecer tu visión y acuciar tu curiosidad.

La figura que flota en un estanque de luz con medio cuerpo en posición vertical, como un eje anclado en la tierra, y la otra mitad lanzada hacia la brega, plena de movimiento, es José Félix Ribas, uno de esos varones que Venezuela da cada cierto tiempo.

José Félix Ribas nació en Caracas, el 19 de septiembre de 1775, justo a tiempo para verse arrebatado por los violentos hechos que marcarían su tiempo. Muchacho de clase alta, se hace militar y llegaría a ser General en Jefe del Ejército. Y por ahí, prócer de la Independencia.

Ocho años mayor que Bolívar, se casó con una tía de este, Josefa Palacios. Antes de cumplir los 30 años, Ribas había destacado en las batallas de Niquitao (estado Trujillo) y Los Horcones, (estado Lara), en 1813, pero todavía tenía por delante la refriega que lo pondría camino al bronce, la Batalla de La Victoria, Aragua, el 12 de febrero de 1814, donde puso a correr a los sanguinarios José Tomás Boves y Francisco Tomás Morales. Esa hazaña la logró con un ejército integrado por jóvenes universitarios. Los reunió en un descampado y, a falta de entrenamiento, galvanizó el corazón de su letrada tropa con una consigna que ya es legendaria (y que cada cierto tiempo actualiza su potencia y pertinencia): “No podemos optar entre vencer o morir, necesario es vencer”. Más nada. Con esa arenga, aquellos muchachos, cuyo horizonte hasta ese momento habían sido las aulas y las libretas de apuntes, se arrojaron al campo de batalla a conquistar su futuro y su derecho a vivir en libertad.

Después de ese triunfo, Simón Bolívar, quien tenía un curioso talento para colgar consignas sobre el nombre de la gente, lo llamó “El Vencedor de los Tiranos”. Y así lo recuerda la historia.

Muchos episodios viviría el corajudo Ribas después de La Victoria, cúspide de su preciosa vida. Hasta que mordió el polvo en Maturín, donde fue derrotado por su viejo enemigo Francisco Tomás Morales. Ribas trató de huir en compañía de un sobrino y un sirviente. Tenía la idea de replegarse, reagrupar fuerzas, y seguir la batalla en Barquisimeto. Pero al llegar al poblado de Jácome, cerca de Valle de la Pascua, Guárico, decidió detenerse un rato y mandar a su criado, Concepción González, a buscar provisiones. En vez de cumplir el encargo, González traicionó a su patrón y regresó al escondite en Jácome con quienes serían los verdugos del héroe de La Victoria. El sobrino y el propio González fueron asesinados ahí mismo. Y a Ribas lo llevaron a Tucupido, también Guárico, donde un tal teniente Barrojola ordenó su fusilamiento sin juicio ni dilación, el 31 de enero de 1815, en la Plaza Mayor de Tucupido.

El cuerpo del noble caraqueño, que en la estatua de la foto vemos ardiente de vigor juvenil y disposición victoriosa fue despedazado. Esas piernas, que recorrieron la geografía de Venezuela para aventar la semilla de la libertad, así como esos brazos que en la estatua convocan un futuro de paz y grandes metas, fueron colgados de árboles a la vera del el camino real de Guárico. Su cabeza, esa de la que parece brotar un raudal de luz, fue freída en aceite… Sí, eso hicieron los sicópatas del siglo XIX, exactamente como Hugo Chávez prometió, en las postrimerías del XX, que haría con otros venezolanos.

La cabeza de Ribas, arrasada por la humillación póstuma fue llevada a Caracas, el

el 14 de marzo de 1815, para ser exhibida por dos semanas en la Plaza Mayor durante dos semanas. El propósito era intimidar, pero como es sabido, nada lograron.

Apenas habían pasado cinco días de la batalla de La Victoria, cuando el Ayuntamiento de Caracas acordó “marcar con demostraciones sensibles para la presente y futuras generaciones la gratitud a que se había hecho acreedor aquel valiente guerrero José Félix Ribas, con ingeniosos medios de perpetuar la memoria del vencedor y del lugar del triunfo, destinado al parecer por la providencia para sepulcro de la tiranía”. Rápidamente, alguien habló de hacerle una estatua, pero Ribas, muy sobrio y bizarro, se negó. “Los mármoles y los bronces no pueden jamás satisfacer el alma de un republicano”, dijo… con claridad de la que carecen tantos tiranos.

De todas formas se le erigió. Es esta de la foto, que fue inaugurada el 13 de febrero de 1895, durante el gobierno del General Joaquín Crespo, ochenta años después de la horrible muerte del Vencedor de Tiranos.

La estatua fue hecha por escultor maturinés Eloy Palacios Cabello, el más importante escultor venezolano del siglo XIX, entonces de 42 años, quien es autor, también, de la estatua del Dr. Vargas, ubicada en el Hospital Vargas, la ecuestre del General Páez, que está en El Paraíso; la Ecuestre de Bolívar, en Maracaibo; y el Monumento de Carabobo, mejor conocido como “La India del Paraíso”.

El monumento tiene una historia singular. El escultor Palacios Cabellos empleó trabajó dos años en su hechura. La hizo en Caracas, pero la fundió en Alemania, donde había hecho sus estudios. Ya lista, la trajo por mar hasta La Guaira, pero el barco sufrió un percance y algunas de las alegorías que completaban la pieza fueron a dar al fondo del mar, donde deben estar, suspirando por el tipazo que rodeaban. Al llegar a La Guaira la pasaron al Gran Ferrocarril de Venezuela, que la trasladó hasta La Victoria, en cuya Plaza Mayor fue instalada. Desde entonces, el lugar se llama Plaza José Félix Ribas, un nombre que siempre nos recuerda cuán inmensa puede ser la gesta de los estudiantes cuando se disponen a liberar a Venezuela del tirano que nos oprime.

Felipe González de visita en Pacairigua; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

El cable de EFE, agencia española de noticias, fechado en Caracas, el 23 de mayo de 1976, reseña que el día anterior se había inaugurado, en la capital venezolana, el Congreso de la Internacional Socialista, “la conferencia de dirigentes socialistas y socialdemócratas de Europa y América, organizada por el partido venezolano Acción Democrática -perteneciente a

Por Milagros Socorro | 14 de mayo, 2017
Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Betancourt recibe a Felipe González en Pacairigüa / Imagen del Archivo Fotografía Urbana

El cable de EFE, agencia española de noticias, fechado en Caracas, el 23 de mayo de 1976, reseña que el día anterior se había inaugurado, en la capital venezolana, el Congreso de la Internacional Socialista, “la conferencia de dirigentes socialistas y socialdemócratas de Europa y América, organizada por el partido venezolano Acción Democrática -perteneciente a la Internacional Socialista- y que preside el doctor Gonzalo Barrios”.

El evento, pautado entre el 22 y el 25 de mayo, recibió el rótulo de “Reunión de Dirigentes Políticos de Europa y América en Pro de la Solidaridad Democrática Internacional”. Y asistían “por parte española”, como decía la nota de EFE, “Felipe González y Luis Yáñez, primer secretario y secretario de Relaciones Internacionales del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Raúl Morodo, (quien años más tarde, en tiempos de Chávez sería embajador en Venezuela y padre de Alejo Morodo, incurso en operaciones de corrupción con PDVSA, que le reportaron casi cuatro millones de dólares) y Eduardo Foucillas, secretario general y secretario de Relaciones Internacionales del Partido Socialista Popular (PSP)”.

Esta fotografía es de esos días. Rómulo Betancourt no era presidente de Venezuela; no desempeñaba, por tanto, el rol de anfitrión, ni era directivo de la Internacional Socialista, pero era una relevante figura de esa organización. De hecho, en el discurso de cierre, encargado a Víctor Raúl Haya de La Torre, este saludó primero al “señor Presidente Constitucional de Venezuela” y, de seguidas, al “señor Rómulo Betancourt”, así, sin más títulos. No era necesario. Para ese momento, el de Guatire había pasado a la historia como fundador de Acción Democrática, primer mandatario de Venezuela tras la tiranía de Pérez Jiménez, y líder continental. Tenía 68 años y una formidable experiencia política que el debutante Felipe González tomará como oráculo.

El veterano recibió al joven en su casa. “Esa”, dice el historiador Pedro Benítez, refiriéndose al lugar de la cita, “es la biblioteca de la quinta Pacairigua, residencia de los Betancourt, a la que hoy van, casi que en peregrinación, muchachos de 18 y 20 años, de todos los partidos de oposición y de todas las clases sociales. Los he observado entrar a ese espacio en respetuoso silencio. Y tengo la impresión de que el inmobiliario es exactamente el mismo”.

Se han reunido cuatro hombres y una mujer, Renée Hartman, la segunda esposa de Betancourt, médica y militante de AD. Al primer hombre, de izquierda a derecha, no hemos logrado identificarlo. Es posible que se trate de Raúl Morodo, de quien nos ocuparemos más adelante. Los otros dos invitados de los Betancourt son: Felipe González, entonces de 34 años; y, según asegura Alfredo Coronil Hartman, el otro es

el médico Luis Yáñez-Barnuevo García, mencionado por EFE. Debemos detenernos aquí para puntualizar que varias personalidades españolas muy vinculadas al PSOE y al propio González niegan que el de la barba veteada sea Yáñez-Barnuevo, pero Coronil Hartman, quien ha mantenido trato con él por años y hasta tiempos muy recientes, insiste en que sí es él. Uno de los españoles consultados basa su negativa no solo en la disparidad de rasgos, sino en el uso mismo de la barba, que a apenas cuatro meses de la muerte de Franco sería completamente inusual. “Absolutamente ningún funcionario o figura prominente de la política española de los tiempos de Francos hubiera ido con barba. Debe ser un portugués”, concluye. Esta perspectiva encuentra sustento en el hecho de que el propio Felipe González, si bien lleva el cabello bastante larga, va, sin embargo, muy bien afeitado y con saco, camisa blanca y corbata.

Para el historiador Luis Ricardo Dávila, “la fotografía ofrece claves difusas del ambiente político e intelectual del momento. La Europa próspera y muy desarrollada, con un firme y centenario asentamiento democrático, se acerca a una América Latina en vías de liberación económica y política. En Venezuela destella desde hace dos décadas el experimento democrático y civilista, todo lo contrario a lo que ocurría en el resto del continente. Bajo los auspicios del partido de gobierno, Acción Democrática, y del entonces presidente Carlos Andrés Pérez, asisten a la Reunión líderes latinoamericanos y europeos, todos socialistas democráticos. Felipe González, en tanto Secretario General del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), es invitado a la cita. Actor fundamental en el desmontaje del franquismo español, no lo pensará dos veces para aprovechar el viaje y visitar al ex-presidente venezolano, líder político y social latinoamericano y pilar fundamental de la institucionalidad democrática, Rómulo Betancourt”.

–El encuentro, -subraya Dávila- como no podría ser de otra manera, ocurre en Pacairigua. El ambiente: su biblioteca personal. Es bien sabido que pocos líderes políticos han tenido en nuestro país la pasión y formación intelectual que le caracterizó a lo largo de sus días. El telón de fondo no hace sino revelar aquella pasión. Los libros, aparte de los grabadores encendidos, serían testigos privilegiados de lo que en el ameno encuentro se conversó.

Luis Ricardo Dávila, Premio Nacional de Historia 2016, mira la fotografía desde el presente. “Allí está la obra abierta”, dice, “la conducción histórica de cada uno de los personajes de esta cita, para que cada lector gane o pierda como pueda la raíz y el rostro de la ideología y la práctica del socialismo democrático; pero ahí queda también invisible e inevitablemente inscrito el oleaje, la resaca, de los charlatanes y delirantes actuales que quieren descifrarlo todo con unos cuantos datos y la urdimbre exegética interminable de modelos obtusos y aparatos ideológicos represivos totalitarios; militarismo caudillista manchando los ideales de una sociedad que no busca otra cosa que la libertad y el progreso”.

–Pero digan lo que digan, -concluye Dávila- en el principio de la imagen fue la democracia con atuendos socialistas, fue Betancourt y González, fue Pérez y la solidaridad democrática internacional, fueron los partidos políticos pluralistas y democráticos, fue la libertad y más libertad, fueron las ideas y los conceptos civilistas más que las armas militaristas. ¿Qué les dirá la imagen a los que vienen? Porque no hay socialismo sin democracia, ni democracia sin libertad.

La imagen evidencia que Felipe González, figura carismática con indisimulada ambición de poder, escucha a Betancourt con interés y respeto. Pero no sería el único impresionado con el encuentro. El político quisqueyano José Francisco Peña Gómez, asistente también a la cumbre de la Internacional Socialista en Caracas, escribiría años después, en su libro de memorias ‘Dominicano, internacionalista y socialdemócrata’: “En aquella ocasión tuve la oportunidad de escuchar al ex presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, vaticinar que un joven líder que allí se encontraba, llamado Felipe González, sería el próximo gobernante de España”.

González sería, efectivamente, el tercer presidente del Gobierno de España, desde la reinstauración de la democracia, entre 1982 y 1996. Como gobernante y como líder de partido, el sevillano pondría en práctica un consejo que Rómulo Betancourt, impulsado por la amistad que había nacido entre ellos en esos días de mayo de 1976, le dio. El propio González ha referido en diversas oportunidades que Betancourt le había recomendado mantener las relaciones con los comunistas en el proceso de consolidar la transición del poder en España, pero al llegar al gobierno debía cuidarse muy bien de convocarlos a puestos claves, porque incluso los eurocomunistas mantenían dogmas anquilosados, convicciones ideológicas atrasadas y, en algunos casos, reñidas con la democracia. Además, naturalmente, que eran un incordio y hasta pueriles en todo lo atinente con las relaciones con los Estados Unidos. Felipe, como es sabido, se ha mantenido amarrado a este consejo.

En febrero de 1978, cuando Felipe González era secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), viajó nuevamente a Venezuela, para asistir a un homenaje a Rómulo Betancourt. De la coincidencia entre ambos hay fotos donde aparecen risueños y encantados.

En julio de 1979, volvió por aquí. Y fue entrevistado por Manuel Felipe Sierra, quien entonces era periodista de El Diario de Caracas, en el lugar donde se celebraba el evento que lo había traído a Venezuela. “Juntos caminamos hacia el jardín y en el trayecto nos encontramos con Rómulo Betancourt, quien abrazó a González con desbordante aprecio. González le explicó que había decidido conversar con el reportero del Diario de Caracas por breve tiempo, a pesar de que en España no se tenían noticias de él. Betancourt sonrío y le dijo: ‘¿Quién iba a creer? Caíste en manos de un periodista venezolano”.

−Usted –le planteó Manuel Felipe- ha venido varias veces al país invitado por Acción Democrática y se conocen sus vínculos personales con dirigentes adecos. ¿Hasta dónde llegan sus compromisos con ese partido? ¿Qué similitudes existen entre AD y el PSOE?

−Hay relaciones de amistad y personales con dirigentes de AD. Ahora, en relación a las similitudes ideológicas, el problema es muy claro. No se pueden establecer paralelos entre los partidos socialistas europeos y las fórmulas socialistas o socialdemócratas de América Latina. En Europa, los partidos tienen una definición de clase muy notoria y ella los hace asumir con mayor fuerza el planteamiento marxista, mientras que acá los partidos socialistas tuvieron una visión restringida del marxismo y se fundaron a partir de la afirmación de lo nacional sobre lo extranjero. Por eso son partidos con elementos tomados del populismo y el nacionalismo, y su base social es mucho más amplia, va más allá de la clase obrera. Ese hecho, en mi opinión, hace que sean realidades políticas y sociales distintas.

Las relaciones de amistad de Felipe González con políticos venezolanos no se restringen a los adecos. También ha cultivado fraternal trato con Teodoro Petkoff, al punto de que, en mayo de 2015, cuando este fue galardonado con el Premio Ortega y Gasset de Periodismo, fue González quien lo recibió en Madrid, porque sobre el director de Tal Cual pesaba una prohibición legal de salida del país, luego de que el entonces presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, demandó al diario por un artículo de opinión publicado en sus páginas y porque en ellas se reprodujo una nota publicada originalmente en el ABC de España con declaraciones de Leamsy Salazar, exescolta de Chávez y del mismo Cabello, a quien aludía como “capo del cártel ‘los soles'”.

Curiosamente, esta foto tiene un centro de donde irradia todo. Es el nicho, ubicado en la pared de fondo de la biblioteca, donde se encuentra un libro acomodado en un atril. Se trata de una primorosa reproducción facsimilar del ‘Comentario al Apocalipsis de San Juan (Commentarium in Apocalypsin)’, del Beato de Liébana, monje mozárabe del Monasterio de San Martín de Turieno –hoy Monasterio de Santo Toribio de Liébana-, en la comarca de Liébana, Cantabria, España, que vivió en el siglo 8. Es el regalo que Felipe González les entregó a los Betancourt al llegar a Pacairigua, unos minutos antes de que alguien cuya identidad desconocemos, le tomara esta foto.

 

Niños pescadores en Margarita; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

El tiempo hubo en que hablar de muchachos en Venezuela no producía esta punzada. De aquellos tiempos es esta fotografía del Gordo Pérez, captada en Margarita, en 1955. La imagen tiene tres planos claramente discernibles. El primero, de arriba abajo, es el cielo. Inmenso, buchón de luz, habitado por nubes que parecen haber atrapado los

Por Milagros Socorro | 7 de mayo, 2017
ninos-de-margarita

Imagen del Archivo Fotografía Urbana

El tiempo hubo en que hablar de muchachos en Venezuela no producía esta punzada. De aquellos tiempos es esta fotografía del Gordo Pérez, captada en Margarita, en 1955.

La imagen tiene tres planos claramente discernibles. El primero, de arriba abajo, es el cielo. Inmenso, buchón de luz, habitado por nubes que parecen haber atrapado los rayos solares y se pasean contra un fondo oscurecido como un formidable farol, desplazándose, cambiando de formas, pero siempre monumentales y luminosas. El cielo ocupa la mitad de la imagen, pero la fuerza se concentra en la siguiente veta.

El segundo plano es el de los muchachitos tomados de la mano. Miran al fotógrafo con confianza, divertidos. El tramado del sombrero les pinta en la cara un sarampión de luz. La ropa, raída y de botones fugitivos, se les ha quedado pequeña (no hay duda de que son chivas, porque lucen muchísimo más viejas que sus actuales dueños). Son muchachos delgados, pero no famélicos. Seguramente, se alimentan bien y nadan por las mañanas, cuando el agua todavía conserva el calor del sol como se retiene en el pecho la tibieza del amante que ha abandonado el lecho. Van descalzos o mal calzados, quizá no quieren dañar los zapatos en la playa y los guardan para ir a la escuela o a la plaza. Los pantalones, que no rebasan las rodillas, están mal atados con un trozo de guaral. Dan la espalda a la embarcación donde salen a pescar con sus mayores o quizás ya los dejen salir un rato.

El tercer plano es la playa. La tierra que los muchachos han de recorrer. Es una tierra que no pide ni la sedosa sombra de los muchachos. Está para darles un lugar de donde ser, donde crecer, donde aprender la música y mirar el horizonte. No es una tierra que espera para absorber su sangre ni recibir su cuerpo abatido.

Esta semana… quizás no viene al caso… Esta semana han caído cuatro muchachos por la represión de la dictadura. Son tiempos en los que hablar de muchachos corta la palabra en la garganta.

El primer antichavista del mundo; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Con buen rango de certeza puede conjeturarse que esta foto, que Tito Caula hiciera de Carlos Rangel, en 1976, fue encargada para la promoción de su libro Del buen salvaje al buen revolucionario, que apareció ese año. Como tiene de fondo un sinfín, propio de estudios fotográficos, tendemos a pensar que fue tomada en el

Por Milagros Socorro | 30 de abril, 2017
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Carlos Rangel fotografiado por Tito Caula en 1976. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Con buen rango de certeza puede conjeturarse que esta foto, que Tito Caula hiciera de Carlos Rangel, en 1976, fue encargada para la promoción de su libro Del buen salvaje al buen revolucionario, que apareció ese año.

Como tiene de fondo un sinfín, propio de estudios fotográficos, tendemos a pensar que fue tomada en el local que tenía Caula en Altamira, este de Caracas. Lo que sí está claro es que Caula oprimió el obturador en el instante en que Carlos Rangel dejaba aflorar en su rostro una expresión de agudeza, inteligencia y penetración, mientras que el cuerpo daba cuenta de una personalidad retraída, como aterida y alerta ante el ataque. Es como si le hubieran dicho algo que no termina de creerse, en el instante en que la temperatura ha registrado un súbito bajón. Es improbable que hubiera ocurrido una y otra cosa. Lo que sí es seguro es que Tito Caula esperó a que emergiera la paradoja de este hombre de talento excepcional e insospechados abismos.

Atengámonos a lo que es visible. Destaca la albura del cabello, la camisa y el pañuelo. Tanto es así, que los almidonados puños proyectan sobre la corbata y las solapas un destello metálico que nos lleva a entrever un peplo de plata o algún tipo de armadura niquelada. La ceja izquierda levantada, las monturas de los lentes más anchas de lo habitual y la mirada clavada en la lente de Caula proclaman: sé lo que digo, intento mantener ampliada mi perspectiva de visión. No soy fácil ni me sobra paciencia…

La silla, sofisticada en su sencillez, estaba muy extendida en la Venezuela de la época. Por lo menos, en los ambientes donde se movía Carlos Rangel. Es una Silla Eames o Plastic Chair, diseñada por Charles y Ray Eames, para el concurso “Diseño de Muebles a Bajo Costo”, organizado por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en 1948. Hecha en fibra de vidrio, fue, de hecho, la primera silla de plástico que se fabricó a escala industrial. La que aparece en la foto, de carcasa blanca, es el modelo Eames DAL, con brazos y pata central. Es un mueble concebido para adaptarse al cuerpo y recibirlo con comodidad, pero el ocupante luce tenso, con los brazos cruzados y las manos ocultas (la derecha, incluso, remetida en la faltriquera), y las rodillas casi juntas (el pie izquierdo, fuera del cuadro, debe estar en punta). Espera el pistoletazo para arrancar.

Carlos Enrique Rangel Guevara nació en Caracas el 17 de septiembre de 1929. Periodista, escritor, intelectual, figura de la televisión y uno de los más notables difusores del liberalismo en América Latina. Era hijo de José Antonio Rangel Báez y Magdalena Guevara Hermoso. Por vía materna, su abuelo fue el general Lorenzo María Guevara Ron, presidente del estado Bolívar y uno de los defensores de Cipriano Castro en 1899; y la esposa de este, Magdalena Hermoso Salom, nació en Coro y sabemos que era de familia muy próspera porque se conserva al menos un retrato de ella. Por vía paterna, Carlos Rangel era nieto de Ana Teresa Báez Eliozondo ydel general y médico Carlos Rangel Garbiras. Detengámonos un momento en esta notable figura del siglo 19 y la primera década del 20.

El general Carlos Rangel Garbiras nació en San Cristóbal en 1854 y murió en Caracas, 1910. Era nieto del doctor y coronel de la Guerra de Independencia de Venezuela, José Antonio Rangel y Becerra, así como del médico zuliano Arístides Garbiras, presidente del Estado Táchira en dos oportunidades. Empezó a estudiar Medicina en la Universidad Central de Venezuela y terminó la carrera en París. En diversos periodos fue gobernador de Táchira, parlamentario y, sobre todo, conspirador. Según ha escrito el historiador José Alberto Olivar, el general Rangel Garbiras, a quien alude como “caudillo aristócrata”, es “un personaje desestimado y poco estudiado, pese a ser una de las primeras figuras en alcanzar un importante renombre nacional, capaz de disputar el predominio de los liberales en el poder desde 1864”.

Dice el historiador que cuando Rangel Garbiras volvió al Táchira, tras concluir sus estudios universitarios, “se dedica a ejercer el doble oficio de médico y periodista. Cabe destacar que su padre Carlos Rangel Pacheco estuvo ligado al periodismo, colaborando hasta sus últimos días en el Eco del Torbes, el Correo del Táchira, el Eco de Occidente, el Observador, entre otros. Fue además concejal y Presidente de la Legislatura tachirense. Por otro lado, su abuelo Arístides Garbiras fue un activo participante en la diatriba política local, en 1854 estuvo comprometido en una insurrección paecista en San Cristóbal contra el gobierno de José Gregorio Monagas”. Una vez trasladado a Caracas, Rangel Garbiras fundaría un órgano de difusión de ideas regionales conocido como El Eco Andino.

Enemigo de Cipriano Castro, se vería obligado a exiliarse en Barranquilla hasta la caída aquel, en diciembre de 1908. La Rehabilitación emprendida por Gómez alcanzó a todos aquellos que enfrentaron al Cabito; y Rangel Garbiras no fue la excepción.

“Haciendo uso de su pluma periodística Rangel se inserta con gran beneplácito en el nuevo orden de cosas, haciendo un llamado a la concordia en torno al general Gómez”, dice José Alberto Olivar. “El premio por su respaldo no se hace esperar por lo que al lado de otros connotados anticastristas, es designado miembro del Consejo de Gobierno que de acuerdo con la Constitución modificada en mayo de 1909 se aprestará a colaborar muy de cerca con el nuevo Presidente General Juan Vicente Gómez”. No le duró mucho la rehabilitación, puesto que murió el 23 de marzo de 1910, a los 56 años.

De ese linaje procede este hombre que vigila los movimientos de Tito Caula tras el lente. Faltaría mencionar que uno de sus parientes fue el sanguinario cauchero Tomás Funes, hijo natural del general Manuel Guevara.

Carlos Rangel Guevara cursó la primaria y el bachillerato en Caracas, pero los estudios universitarios los hizo en Estados Unidos y Europa. Recibió el título de Bachelor of Arts en el Bard College; el Certificat d´Etudes en La Sorbona de París y cursó un máster en la Universidad de Nueva York, donde en 1958 se desempeñó como profesor. Posteriormente, entre 1961 y 1963, dictó la cátedra de Periodismo de Opinión, en la Universidad Central de Venezuela.

Ya en 1960 había seguido la senda de varios de sus antepasados y se había iniciado en el periodismo. Durante una década ejerció la dirección de la revista Momento. Y en 1969 empezó su andadura por la televisión, en pareja con su compañera de vida, Sofía Imber, con “Buenos días”, que empezó en Venezolana de Televisión, y se extendió durante veinte años por otros canales, con distintos nombres, formatos e, incluso, combinación de conductores. Rangel alternó el trabajo en televisión con el columnismo en publicaciones venezolanas e internacionales,como los diarios locales El Nacional, El Universal, La Verdad y 2001; y medios extranjeros como Newsweek International, Wall Street Journal, Vuelta(de México),Politique Internationale (de Francia), Estado(de Sao Paulo) y Cambio 16, de España.

Antes de contraer matrimonio con Sofía Imber, con quien no tuvo descendencia, había estado casado con Barbara Barling, con quien tuvo cuatro hijos: Antonio Enrique, Carlos José, Magdalena Teresa, y Diana Cristina.

En 1976 apareció la edición francesa de Del buen salvaje al buen revolucionario, que se adelantó en unos meses a la versión en español de Monte Ávila Editores. Este libro, dicho con trazos ramplones, es un alegato contra el pobrecitismo según el cual todos los males de América Latina se deben a las maquinaciones de un imperio malvado que mantiene nuestro continente en el fracaso y el subdesarrollo. Estas ideas no solo fueron recogidas por Rangel en sus libros. También las divulgaba de manera sistemática en sus programas de televisión. Es por eso que el periodista cubano Carlos Alberto Montaner resumió la figura de Carlos Rangel como “El hombre al que no le hicieron caso los venezolanos”.

Carlos Rangel, escribió Montaner, intentó siempre “explicarles a los venezolanos el inmenso peligro que corría el país si escuchaba los cantos de sirena de los comunistas, la izquierda festiva o a esos populistas de diversas procedencias que en lugar de explicar que la riqueza se construye y acumula mediante el trabajo, la responsabilidad individual y el buen funcionamiento del estado de derecho, predicaban alguna suerte de evangelio ‘revolucionario’. Esa nefasta y rencorosa superstición que asegura que nuestros infortunios son invariablemente la consecuencia del comportamiento malvado de los otros: los yanquis, los ingleses, los empresarios, o hasta los judíos, porque el antisemitismo, desgraciadamente, sigue vivo en medio planeta, aunque ahora lo disfracen con la solidaridad propalestina”.

Es precisamente por esta aversión de Carlos Rangel al populismo y otras ideologías intervencionistas, así como su defensa a ultranza de los principios básicos de libertad, la democracia, el estado de Derecho y el libre comercio, que alguien, mirando en retrospectiva, dijo de él que había sido “el primer antichavista del mundo”.

Un ejemplo, esta cita de Rangel: “El campesino todavía tiene la actitud de un esclavo; aun espera que otros tomen decisiones por él, y reza sólo porque sus nuevos amos sean menos exigentes y mejor intencionados hacia él”. El calamitoso estado en que se encuentran los campesinos y obreros de Venezuela en 2017, tras el paso nefasto de un buen salvaje, que tenía todas las características deploradas por el autor, demuestra que su libro de 1976 era un análisis profético.

Carlos Rangel se suicidó una mañana, 12 años después de posar para esta foto, el 15 de enero de 1988. Tenía 58 años.

Sabana Grande vista una noche por Tito Caula; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Dos cosas solían fascinar, al provinciano que se trasladaba a Caracas cuando esta era la reina del Caribe, hace apenas un par de décadas, la elegancia de la gente en general y de las mujeres en especial. La otra era la velocidad de vértigo a la que se movía todo, en contraste con la lentitud

Por Milagros Socorro | 23 de abril, 2017
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Fotografía tomada por Tito Caula. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Dos cosas solían fascinar, al provinciano que se trasladaba a Caracas cuando esta era la reina del Caribe, hace apenas un par de décadas, la elegancia de la gente en general y de las mujeres en especial. La otra era la velocidad de vértigo a la que se movía todo, en contraste con la lentitud de la provincia.

Algo parecido ha debido ocurrirle a Tito Caula, autor de esta imagen, a pesar de que él no venía del interior de Venezuela sino de la vanidosa Buenos Aires. Pero no hay duda de que le impresionó la vitalidad de Caracas, entonces persuadida de que la vida era bella y que las cosas no podían sino ir a mejor. Para enfatizar la sensación de vértigo que le produjo Sabana Grande aquella noche, el artista recurrió a una exposición lenta, que desdibuja también a los transeúntes, excepto los cuatro a la derecha.

La foto es de 1970, anterior al chute de petrodólares provocado por la guerra del Yom Kippur, pero ya la capital llevaba décadas en creciente, casi inverosímil aceleración. Es corriente el testimonio de visitantes que, tras pocos años de ausencia, solo la reconocían por el Ávila, pues todo lo demás en la ciudad había sido arrasado, reinventado y dotado de nuevos discursos.

Caula capta con dolorosa precisión —según la contemplamos ahora— la vocación de metrópolis de Caracas, su aspiración de centro capaz de contener todo lo posible y anunciarlo con letras de neón, abrazándose a esa ilusión de progreso y tirando de todo el país hacia un futuro de novedades, mejoras y espectaculares transformaciones. El ojo se pasea por la imagen pescando vocablos extranjeros, pero se centra obligatoriamente en el anuncio de una cerveza que toma prestado el nombre de Caracas para presumir de que lo tiene todo, como la bella, amada y castigada ciudad.

Tras veinte años de molinillo socialista, apenas quedan vestigios de aquella urbe capaz de todo. Esas personas despreocupadas, esas mujeres que no aferran el bolso contra el pecho y esos hombres concentrados en la charla sin mirar por encima del hombro en espera del chacal, nos parecen personajes de una película. Algo extranjero, algo ficcional. Más excéntrico aún nos resuenan esos anuncios luminosos, ¡marcas de productos hechos en Venezuela, empresarios y trabajadores nacionales!

Vista a la luz de la calamitosa situación actual, la imagen de Caula es un recordatorio cruel de lo que nos dejamos quitar, de lo que arrojamos a la hoguera de la destrucción. Hay, sin embargo, algo auspicioso en el blanco brillante que se niega a ser tragado por la oscuridad nocturnal. Algo parecido a una esperanza. ¿Y si enderezáramos la ruta? ¿Y si algo de eso estuviera todavía allí, palpitando bajo las ruinas?

La foto de Tito Caula es subversiva, ¿lo habrá intuido? Nos entrega el pasado como un futuro deseable, que debemos fundar a toda costa y contra todo obstáculo. La foto nos recuerda que alguna vez el país fue concebido desde una “Óptica Moderna”… Dejémoslo hasta aquí. Para qué poner la herida en salmuera. Es como cuando vemos la fotografía juvenil donde deslumbra la belleza ya desvaída de una anciana leprosa. La diferencia es que la vieja horrible no puede volver a los días mozos de su esplendor, en cambio Caracas… Ah, bueno. En cambio, Caracas.

Viviremos para verlo.

Vestida de japonesa; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Esta imagen está registrada en la categoría Retratos del siglo XIX, del Archivo Fotografía Urbana, pero podría ser más reciente. Es posible que haya sido captada en alguna de las tres primeras décadas del siglo XX. Y no porque ya en el siglo XIX no hubiera manifestaciones populares de japonismo en occidente —o que no

Por Milagros Socorro | 9 de abril, 2017
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Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Esta imagen está registrada en la categoría Retratos del siglo XIX, del Archivo Fotografía Urbana, pero podría ser más reciente. Es posible que haya sido captada en alguna de las tres primeras décadas del siglo XX. Y no porque ya en el siglo XIX no hubiera manifestaciones populares de japonismo en occidente —o que no las hubiera en Venezuela—, es solo que hay un marcado aire de siglo XX en esta muchacha de abundante cabello y mirada falsamente lánguida. Es como si tuviera demasiadas vitaminas en ese cuerpo para haber vivido en el mismo siglo de la guerra de independencia y sus consecuentes hambrunas y epidemias.

No sabemos su nombre, pero nos consta que pertenece a una clase pudiente; de otra manera, no hubiera podido permitirse una foto de estudio, como evidentemente es esta. Se trata, digámoslo de una vez, de una imagen poco interesante. Hay una atmósfera como pesada, a todas luces simulado, amañado incluso. Ella no es tan etérea como pretende aparentar y, lo que es más anticlimático, no se encuentra en una casa de papel en Japón sino en un patio interior caraqueño. Una cosa debemos reconocerle a la modelo, cuyo nombre desconocemos: su esfuerzo en interpretar lo que ella entiende que es una geisha, esa imagen idealizada de la mujer japonesa, representante viviente del concepto del arte puro. Por eso, ante el fotógrafo, pone esa cara de desgano. No es la única en hacer esa interpretación de la esencia del arte japonés, ya el gran poeta español Juan Ramón Jiménez, al referirse a los grabados del pintor de estampas japonés, Utamaro, habló de “paisajes anémicos, de interiores descoloridos con las figuras aplastadas”.

Bueno, esto es lo más descolorido y aplastado que puede parecer una muchacha caraqueña de comienzos del siglo XX, una centuria que ella percibe llena de promesas y estímulos.

El traje y los accesorios de papel —sombrilla y abanico— han podido ser un regalo de algún pariente diplomático, gran viajero o coleccionista. Pero no obligatoriamente. Después de haber estado cerrado al comercio internacional y a la mirada del mundo por siglos, en 1852, por la mediación forzosa del oficial naval norteamericano Matthew Perry, Japón descorrió la cortina de hierro tras la cual relucían los crisantemos, florecían los cerezos y caminaban en puntillas las geishas. El japonismo se desparramó por la Europa finisecular. Los artistas occidentales corrieron a beber de las refinadas fuentes del imperio del sol naciente, y por su intermedio la imagen japonesa fue difundida en cuadros, objetos de diseño, muebles, telas y libros, así como en las publicaciones ilustradas y los anuncios de productos de casas comerciales. Es la época en que los avances en los sistemas de reproducción de imágenes y de transporte facilitan la difusión de los contenidos. Ya no hay que ir al museo, a las bibliotecas o a los gabinetes de los coleccionistas para ver las imágenes y la moda japonesas.

Es posible que esta muchacha haya estado en París, como la María Eugenia Alonso de “Ifigenia” (Teresa de la Parra, 1924) y allá se haya comprado esta exótica tenida. O que lo haya encargado a una costurera de Caracas, a partir de un cromo traído de Londres, donde en 1862 tuvo lugar la primera gran exposición de objetos artísticos japoneses, gracias a que Sir Rutherford Alcock exhibió su magnífica colección.

Por muchas vías ha podido llegarle la ocurrencia a esta muchacha. Abiertas las fronteras de Japón, el resto del mundo quedó maravillado por la llegada masiva de objetos por igual exóticos y delicados. Con los lirios, las mariposas y las libélulas llegaba toda una filosofía, una manera de ver el mundo. Los papeles enchumbados de tinta negra, la caligrafía trazada con pinceles gigantes mostraban otra manera de representar. Y cuando vinimos a ver, todos estábamos afinando la sensibilidad para reproducir los sentimientos en lugar de la imitación de la naturaleza.

En 1938 se establecieron las relaciones diplomáticas entre Venezuela y Japón. Diez años antes  había comenzado oficialmente la inmigración de aquel país al nuestro. De paso, en el siglo XX Japón era país de emigrantes, tendencia que se viró del todo en el presente centuria, mientras que Venezuela siguió la ruta contraria.

Bueno, niña, llegamos al fin de esta nota. Respira. Sonríe. Dale volumen a ese merengue caraqueño que suena en la radio. ¿Es El muñeco de la ciudad, acaso? Y dile a la esposa del fotógrafo que el trapo que viste matero es lo mejor de la composición.

¿Es santa o astronauta?; por Milagros Socorro

“He jurado no quitarme el collar de perlas No vaya a ser que me quede quieta cuando se abra el cielo”. Patricia Guzmán. Fragmento de un poema incluido en su libro Canto de oficio   “Es una espectadora anónima”, dice el fotógrafo Manuel Reverón, autor de la imagen que acompaña esta nota. La tomó el

Por Milagros Socorro | 2 de abril, 2017
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Fotografía de Manuel Reverón. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

“He jurado no quitarme el collar de perlas

No vaya a ser que me quede quieta cuando se abra el cielo”.

Patricia Guzmán. Fragmento de un poema incluido en su libro Canto de oficio

 

“Es una espectadora anónima”, dice el fotógrafo Manuel Reverón, autor de la imagen que acompaña esta nota. La tomó el pasado domingo 19 de marzo, cuando se inauguró la exposición “Tito Caula. El registro inagotable”, en la Sala Trasnocho Arte Contacto (TAC), del centro Trasnocho Cultural, en Caracas. La muestra, que reúne más de 70 fotografías realizadas durante las décadas del 60 y 70 por el artista nacido en Azul, Argentina, en 1926, y residenciado en Venezuela desde 1960 hasta su fallecimiento en 1978, se realizó con el auspicio del Archivo Fotografía Urbana y la Embajada de la República Argentina.

—Yo estaba allí—explica Manuel Reverón— haciendo el registro visual de la apertura de la muestra. Me movía entre los espectadores, escuchaba sus comentarios. Las imágenes de Caula constituyen un documento gráfico de Caracas, las avenidas, los monumentos, túneles, edificios, urbanizaciones, así como retratos de personalidades de las décadas de los 60 y los 70, y eventos multitudinarios; y también hay fotos publicitarias. Es un compendio del trabajo del incansable Caula.

Nacido en Caracas, en 1985, y formado como politólogo, Manuel Reverón no tardaría en percatarse del acento nostálgico que dominaba en los comentarios de los espectadores. “Todo lo que estaba allí fotografiado ocurrió antes de mi nacimiento. Yo no conocí esa Caracas ni a las personas retratadas. Mi generación no vio la Caracas de Tito Caula. Pero yo estaba allí haciendo fotos de una exposición de fotos llamada El registro inagotable. Yo veía gente que observaba un determinado registro y los percibía como parte de la foto. Ahora yo haría el registro de ellos mirando el registro original. Es un registro que no se agota… Y esa es, además, la Caracas de ahora: la gente. Ya no queda la espectacularidad la Caracas. Apenas si hay rastro de su aspiración de modernidad”.

—La ciudad de ahora —concluye Reverón— es la gente, porque la urbe es fea, oscura, peligrosa, depauperada… Lo que queda de Caracas es solo la gente. Y por eso, desde el principio, traté de enmarcar a la gente en las fotos. Hasta que lo conseguí.

La espectadora está mirando la conocida imagen de Caula, The big fish, que capta Plaza Venezuela. Y, como la foto es completamente redonda, la composición de la imagen de Caula de fondo con la dama del collar recortada contra aquella nos ofrece una suerte de santa que se ha volteado para completar su propia aureola.

Le muestro la foto de Reverón a mi hermano Marco Tulio Socorro, escritor y fotógrafo. Qué ves aquí, pregunto.

—Una mirada inocente sospecharía, de entrada, —me responde mi hermano, por escrito— que todo se reduce a meter esa rebelde cabeza en una aureola que a la vez funciona como máscara espacial. Yo, como todo ladrón, juzgo por mi condición, y sospecho que todo empezó por esas perlas que cortan, delimitan y resaltan la nuca femenina. De ahí, el ojo reparó en la simetría irresistible de los hombros y la frontera de tela, al sur, que deja desnuda la espalda suave, tostada, perfecta, exhibida con el candor del ciervo que deja entrever su vulnerable cuello. Buscó luego el fondo, y encontró la oportuna complicidad del contraplano: un círculo en un cuadrado, como el Hombre de Vitruvio, de Leonardo Da Vinci. El orden, la geometría, la exaltación y la conceptualización. Y clic, o más bien, zas, el secreto placer de la captura en silencio y soledad. Todo ha ocurrido en menos de un segundo. Sospecho también que debe haber hecho más disparos, y que la composición final nació en el laboratorio, reencuadrando, repensando, reviviendo. Pero todo empezó por esas perlas.

Vuelvo con Reverón y le pregunto cómo logró ese encuadre. “Llevaba mucho rato buscándolo. Pensé que me lo darían los trípticos de foto publicitarias de Caula, pero cuando la señora se puso frente a The big fish, supe que ya tenía mi foto”.

Reverón, entonces, se movió hasta tener el objetivo. Llegado el momento, se “agachó” (él mide 1,80, es más alto que la modelo) y tomó la foto.

—Mi hermano Marco Tulio Socorro dice que el fondo, de Caula, “funciona como máscara espacial”.

—Claro. En la película El planeta de los simios, cuatro astronautas llegan a un planeta desconocido, habitado por gorilas que hablan y manejan armas de fuego. Tras muchos conflictos con los simios, el astronauta sobreviviente emprende su viaje de regreso a la Tierra… solo para descubrir que nunca había salido de ella. El supuesto planeta desconocido era la Tierra en el año 3978. “Unos maniáticos la han destruido”, dice el astronauta, arrodillado en la playa lamentando este giro que jamás se esperó. Entonces alza la vista y ve la Estatua de la Libertad en ruinas. Para esa señora, contemplar la foto es hacer un viaje. Al pasado. Porque ella vive en un país postapocalíptico.

Pero, como bien dice la poeta Patricia Guzmán, hemos jurado no quitarnos las señas que nos mantienen en movimiento, precisamente en precisión de que se abra el cielo y quiera tragarnos.

Ninfas del lago; por Milagros Socorro #UnaFotoUnTexto

En 1953, cuando fue inaugurado el Hotel del Lago, en Maracaibo, la ciudad estaba servida por muy pocos alojamientos comerciales; de hecho, el nuevo y lujoso edificio vino a desplazar al Hotel Victoria, modesto hostal del centro, con 34 habitaciones, que en su momento albergó a Pedro Vargas y a Alfredo Sadel, y al Hotel

Por Milagros Socorro | 26 de marzo, 2017
Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Imagen del Archivo Fotografía Urbana

En 1953, cuando fue inaugurado el Hotel del Lago, en Maracaibo, la ciudad estaba servida por muy pocos alojamientos comerciales; de hecho, el nuevo y lujoso edificio vino a desplazar al Hotel Victoria, modesto hostal del centro, con 34 habitaciones, que en su momento albergó a Pedro Vargas y a Alfredo Sadel, y al Hotel Granada, en la carretera Unión, donde se habían hospedado Carlos Gardel, días antes de volar a su última cita en Medellín, y Rómulo Gallegos, cuando fue al Zulia a hacer la investigación para escribir “Sobre la misma tierra”.

Eran hotelitos amables, pero ya se habían quedado pequeños para la demanda de la capital zuliana, finalmente cabeza de un polo petrolero. Y era la época del general Marcos Pérez Jiménez, quien se había propuesto desarrollar el turismo en Venezuela y adelantaba la construcción de hermosos hoteles en enclaves con tal posibilidad, como el Tamanaco, en Caracas; el Miranda, en Coro; el Tama, en San Cristóbal; el Cumanogoto, en Cumaná y en Maracaibo, uno que mirara al estuario por donde pasan con toda parsimonia los buques que cargan y descargan petróleo.

Fue así como el 14 de agosto de 1953, en terrenos de la compañía Constructora Moderna, en la avenida costanera El Milagro, propiedad de los hermanos Manuel y Samuel Belloso Nava, se inauguró el Hotel del Lago Inter-Continental, construido por iniciativa de la Cámara de Comercio de Maracaibo y de su fundador y primer presidente, Mario Belloso Villasmil.

No solo era el primer hotel cinco estrellas del occidente del país sino la primera edificación con aire acondicionado de Maracaibo. Naturalmente, su apertura fue un acontecimiento. El honor de cortar la cinta correspondió al empresario Mario Belloso, pionero del empresariado farmacéutico del Zulia, pasaría a la historia doblemente, por este relevante aporte a la región y por ser el esposo de la poeta Mercedes Bermúdez de Belloso. Monseñor Rincón Bonilla bendijo el lugar en presencia del gobernador del Zulia, coronel Néstor Prato y del presidente del Concejo Municipal, Jorge Villasmil Barrios, quienes esa noche compartieron con lo más granado de la sociedad zuliana.

El hotel iniciaba sus actividades con 129 habitaciones disponibles —de las 150 que contemplaba la construcción—, bajo la administración de una subsidiaria de Pan Am, la cadena hotelera Inter-Continental. Prueba de la demanda que había venido a satisfacer es que, tal como recuerda el Diccionario General del Zulia, “desde el primer momento tuvo un promedio muy alto de ocupación y en los primeros 12 meses hospedó 49.832 personas”.

Esa gran noche de la inauguración, se sirvió una cena en la terraza La Explanada. Y a medianoche comenzó, por fin, el espectáculo del que hablaba la ciudad con gran expectativa: un show acuático estelarizado por piezas de ballet interpretadas por sirena. No sabemos cómo lucían esas nereidas, pero probablemente eran muy parecidas a estas modelos de las fotografías de Eduardo S. Añez hijo, que atesora el Archivo Fotografía Urbana.

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Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Contundentes mestizas, repletas de curvas por todas partes. Orgullosas, por cierto, de ellas. No solo son prueba palmaria de la salud y de la regularidad de las menstruaciones, sino símbolo de la abundancia del Zulia. Son la encarnación vital, real, de las fantasías del pintor Centeno Vallenilla. En el año 53, ya el bikini había sido inventado por el ingeniero Louis Réard, quien propuso el explosivo bañador de dos piezas en 1946; y, de hecho, la actriz francesa Brigitte Bardot ya lo había usado, en las playas de Saint Tropez y Cannes, antes de aparecer luciendo uno en la película Y Dios creó a la mujer, en 1957. Pero estas mujeronas, muy probablemente empleadas de la industria petrolera, no son tan atrevidas. Para ellas es suficientemente audaz mostrar esa superproducción de muslos. Pero el ombligo es otra cosa. Había llegado la modernidad a las tierras que habían encandilado a Alonso de Ojeda hasta el punto de confundirlas con una Venecia, pero pequeña. Ahora había llegado la grandeza y había que hacerle honores sacando al sol las redondeces, pero eso sí, bien tapadas las verijas, que es como se les dice en el Zulia a las ingles.