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Ninfas del lago; por Milagros Socorro #UnaFotoUnTexto

En 1953, cuando fue inaugurado el Hotel del Lago, en Maracaibo, la ciudad estaba servida por muy pocos alojamientos comerciales; de hecho, el nuevo y lujoso edificio vino a desplazar al Hotel Victoria, modesto hostal del centro, con 34 habitaciones, que en su momento albergó a Pedro Vargas y a Alfredo Sadel, y al Hotel

Por Milagros Socorro | 26 de marzo, 2017
Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Imagen del Archivo Fotografía Urbana

En 1953, cuando fue inaugurado el Hotel del Lago, en Maracaibo, la ciudad estaba servida por muy pocos alojamientos comerciales; de hecho, el nuevo y lujoso edificio vino a desplazar al Hotel Victoria, modesto hostal del centro, con 34 habitaciones, que en su momento albergó a Pedro Vargas y a Alfredo Sadel, y al Hotel Granada, en la carretera Unión, donde se habían hospedado Carlos Gardel, días antes de volar a su última cita en Medellín, y Rómulo Gallegos, cuando fue al Zulia a hacer la investigación para escribir “Sobre la misma tierra”.

Eran hotelitos amables, pero ya se habían quedado pequeños para la demanda de la capital zuliana, finalmente cabeza de un polo petrolero. Y era la época del general Marcos Pérez Jiménez, quien se había propuesto desarrollar el turismo en Venezuela y adelantaba la construcción de hermosos hoteles en enclaves con tal posibilidad, como el Tamanaco, en Caracas; el Miranda, en Coro; el Tama, en San Cristóbal; el Cumanogoto, en Cumaná y en Maracaibo, uno que mirara al estuario por donde pasan con toda parsimonia los buques que cargan y descargan petróleo.

Fue así como el 14 de agosto de 1953, en terrenos de la compañía Constructora Moderna, en la avenida costanera El Milagro, propiedad de los hermanos Manuel y Samuel Belloso Nava, se inauguró el Hotel del Lago Inter-Continental, construido por iniciativa de la Cámara de Comercio de Maracaibo y de su fundador y primer presidente, Mario Belloso Villasmil.

No solo era el primer hotel cinco estrellas del occidente del país sino la primera edificación con aire acondicionado de Maracaibo. Naturalmente, su apertura fue un acontecimiento. El honor de cortar la cinta correspondió al empresario Mario Belloso, pionero del empresariado farmacéutico del Zulia, pasaría a la historia doblemente, por este relevante aporte a la región y por ser el esposo de la poeta Mercedes Bermúdez de Belloso. Monseñor Rincón Bonilla bendijo el lugar en presencia del gobernador del Zulia, coronel Néstor Prato y del presidente del Concejo Municipal, Jorge Villasmil Barrios, quienes esa noche compartieron con lo más granado de la sociedad zuliana.

El hotel iniciaba sus actividades con 129 habitaciones disponibles —de las 150 que contemplaba la construcción—, bajo la administración de una subsidiaria de Pan Am, la cadena hotelera Inter-Continental. Prueba de la demanda que había venido a satisfacer es que, tal como recuerda el Diccionario General del Zulia, “desde el primer momento tuvo un promedio muy alto de ocupación y en los primeros 12 meses hospedó 49.832 personas”.

Esa gran noche de la inauguración, se sirvió una cena en la terraza La Explanada. Y a medianoche comenzó, por fin, el espectáculo del que hablaba la ciudad con gran expectativa: un show acuático estelarizado por piezas de ballet interpretadas por sirena. No sabemos cómo lucían esas nereidas, pero probablemente eran muy parecidas a estas modelos de las fotografías de Eduardo S. Añez hijo, que atesora el Archivo Fotografía Urbana.

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Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Contundentes mestizas, repletas de curvas por todas partes. Orgullosas, por cierto, de ellas. No solo son prueba palmaria de la salud y de la regularidad de las menstruaciones, sino símbolo de la abundancia del Zulia. Son la encarnación vital, real, de las fantasías del pintor Centeno Vallenilla. En el año 53, ya el bikini había sido inventado por el ingeniero Louis Réard, quien propuso el explosivo bañador de dos piezas en 1946; y, de hecho, la actriz francesa Brigitte Bardot ya lo había usado, en las playas de Saint Tropez y Cannes, antes de aparecer luciendo uno en la película Y Dios creó a la mujer, en 1957. Pero estas mujeronas, muy probablemente empleadas de la industria petrolera, no son tan atrevidas. Para ellas es suficientemente audaz mostrar esa superproducción de muslos. Pero el ombligo es otra cosa. Había llegado la modernidad a las tierras que habían encandilado a Alonso de Ojeda hasta el punto de confundirlas con una Venecia, pero pequeña. Ahora había llegado la grandeza y había que hacerle honores sacando al sol las redondeces, pero eso sí, bien tapadas las verijas, que es como se les dice en el Zulia a las ingles.

Christiaan Barnard, el divo de la cirugía, en Caracas; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Nadie sabe quién es la reportera de la esquina inferior izquierda. Hasta ahora. No perdemos la esperanza de recibir información acerca de la identidad de esta joven profesional que sostiene un micrófono mientras la cámara capta su nuca y sus brazos desnudos. Es el domingo 12 de mayo de 1968, día de las madres en

Por Milagros Socorro | 19 de marzo, 2017
Christiaan Barnard rodeado de periodistas durante su visita a Caracas / Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Christiaan Barnard rodeado de periodistas durante su visita a Caracas / Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Nadie sabe quién es la reportera de la esquina inferior izquierda. Hasta ahora. No perdemos la esperanza de recibir información acerca de la identidad de esta joven profesional que sostiene un micrófono mientras la cámara capta su nuca y sus brazos desnudos.

Es el domingo 12 de mayo de 1968, día de las madres en Venezuela. Los periodistas rodean al cirujano sudafricano Christiaan Barnard, quien ha incluido a este país en su gira mundial. Tal como ocurre dondequiera que va, aquí la presencia del médico causa furor. Unos meses antes, el 3 de diciembre de 1967, había hecho el primer trasplante de corazón en seres humanos y el paciente había sobrevivido 18 días para luego morir por causas diferentes a la hazaña científica. Barnard no era el primero en intentarlo, pero sí en lograrlo.

La revista Bohemia le dedicó una portada multicolor que mostraba al juvenil cirujano con flux y corbata, saludando con la mano en alto y el cabello revuelto por el vente. Podría ser, perfectamente, un fotograma de Hollywood. Al pie de la imagen un título de franca rendición: “Barnard, el mago del corazón en Caracas”. La frase alude a la excepcional habilidad del cirujano, pero también a su agitada vida sentimental, que incluye escarceos con las estrellas más rutilantes del cine.

La prensa de la capital venezolana, a tono con la del mundo entero, lo aludía como

“la eminencia científica del siglo XX” y daba por hecho que el carismático médico era candidato seguro al Premio Nóbel de Medicina de aquel año, 1968. Esto no ocurrió, ni entonces ni nunca. Barnard no fue favorecido por el comité sueco, pero sí por Sofía Loren y Gina Lollobrígida, quienes posaron con él, así como el Papa Paulo VI, entre muchos otros famosos.

Maratón del sábado

Barnard, quien unos meses antes era un completo desconocido fuera de su país, donde ciertamente gozaba de gran reputación como cirujano, ahora es una celebridad de impacto planetario. A Maiquetía llegó el viernes 10 de mayo, a las 9 y media de la noche. Una comisión de la Academia Nacional de Medicina fue al aeropuerto a recibirlo. La agenda del día siguiente sería muy agitada. Muy temprano en la mañana del sábado fue recibido en sesión solemne por la Academia de Medicina. Posteriormente, participó una mesa redonda televisada, en la Academia Nacional de Medicina. El sudafricano fue presentado por el presidente de la institución, el doctor Marcel Granier, quien instaló la conversación del invitado con sus colegas venezolanos, los doctores Julián Morales Rocha, Elías Rodríguez Azpúrua, Alberto París, Carlos Gil Yépez, Carlos Travieso, David Morales, José María Cartaya, José Gabriel Sarmiento Núñez y César Rodríguez. También estuvieron el abogado René Lepervanche Parpacén y el sacerdote Pedro Pablo Barnola. También estuvieron presentes el ministro de Sanidad y Asistencia Social, doctor Armando Soto Rivera y el de Educación, J. M. Siso Martínez.

Más tarde, ese mismo día, sábado 11, el doctor Barnard tenía pautada la actividad estelar de su aventura venezolana: una conferencia en el auditórium del Hospital Universitario de Caracas para médicos, estudiantes, enfermeros y empleados. E incluso pacientes recluidos en ese centro de salud fueron a escuchar a Barnard, comparecencia que explica, por cierto, la popularidad del médico africano: su éxito en la cirugía cardiovascular había traído esperanza a los cardiópatas del mundo.

Dejemos que el doctor Gerardo Hernández Adrián nos cuente algo de lo que ocurrió el día de la conferencia en el Universitario, donde el huésped fue atendido por

las máximas autoridades y por al jefe de la Cátedra de Cirugía Cardiovascular, el doctor Rubén Jaén Centeno.

—Tras alabar la belleza de estudiantes y empleadas de la Universidad Central de Venezuela —rememora el doctor Hernández Adrián— y manifestar que le agradaría contar con el número telefónico de muchas de ellas, el afamado invitado dijo: “esta conferencia la he dado tantas veces que mi chauffer se la sabe de memoria y por eso, en algunas ciudades, he preferido sentarme en el auditórium y dejar que él la dicte por mí. Al terminar siempre surgen preguntas y cuando se las formulan él se limita a decir, señalándome: esa pregunta es tan tonta que hasta mi chauffer que está allí, con ustedes, puede responderla”.

“Como el doctor Jaén nunca tuvo ni ha tenido alma de vasallo”, sigue el doctor Hernández Adrián, “al escuchar estupefacto lo que calificó de una nueva estupidez, no pudo menos que levantarse de su asiento y abandonar el evento, debiendo sortear salidas bloqueadas y escaleras atestadas de gente que se apartaban sin demora permitiendo su paso, percibiendo el profundo desagrado que dejaba traslucir su rostro ante lo que consideró como una humillación y una burla hacia la Universidad que le abría sus puertas y hacia todos los asistentes a la conferencia”.

Pero el grueso de los asistentes no se sintió burlados ni mucho menos. Prueba de ello es que al terminar la charla en el auditórium del Hospital Universitario, que resultó pequeño para las masas deseosas de ver a Barnard, fue preciso un cordón policial que lo acompañara hasta su carro, adonde lo siguió mucha gente que le extendía papeles para que les firmara un autógrafo.

No fue el único momento que el rey de corazones tuvo guardia de seguridad. Todo el tiempo contó con guardaespaldas, en previsión de un eventual secuestro con fines publicitarios, práctica a la que por aquellos tiempos apelaba la guerrilla

En la tarde fue recibido en sesión solemne por el Ayuntamiento de Caracas, que lo había declarado Huésped Ilustre. El orador de orden fue el médico y edil, Héctor Vargas Acosta.

Este domingo no se guarda

Al día siguiente la faena empezó con una visita al entonces nuevo Hospital del Seguro Social en La Vuelta de El Pescozón, situado en la carretera de Caracas a Antímano. De ahí salieron en dirección a La Casona, donde Barnard fue recibido por el presidente de la república, Raúl Leoni. Fue a la salida de ese encuentro cuando fue tomada esta fotografía.

Con la ayuda del periodista Ángel Ciro Guerrero reconocemos a los presentes. De izquierda a derecha, con lentes de sol, Carlos Aguilera; del segundo no tenemos datos; el tercero, con expresión de encandilado, Carlos Croes; luego, micrófono en mano, Edgardo De Castro, entonces reportero estrella de Venevisión,; detrás de De Castro, podría ser Arístides Bastidas; Nicolás Rondón Nucete; del lado derecho de Barnard, con lentes, Gustavo Herrera llamado “el embajador” o “el negro Herrera”. Nos dice Rosana Ordoñez que este reportero “adquirió el sobrenombre de embajador, tras ser confundido en Miraflores con un diplomático africano”. La misma Ordóñez conjetura que “el buenmozo de lentes oscuros parece uno de los guardaespaldas de Barnard y el flaco altísimo pudiera ser un periodista de la embajada americana”.

—El doctor Barnard —escribió un periodista— no representa la edad que tiene: 44 años. Viste impecablemente y parece jovial, sonriente, feliz. Su cabello, siempre rebelde, le da un toque de descuidada elegancia a su personalidad subyugante, más acorde con la de un astro cinematográfico que con el eminente hombre de ciencia.

El lunes, pásese un momento por Miraflores

El lunes, su último día en Caracas, Barnard fue recibido en audiencia especial en Miraflores por el presidente Leoni, quien le impuso la banda de honor de la Orden Andrés Bello.

Al mediodía se le ofreció un almuerzo en el Hospital Militar de Artigas. Y en la noche voló a Europa, donde el catire Barnard continuaría con su febril vida de jet set.

Ya que hablamos de malaria; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Este trío parece estar saliendo de un desayuno en una agradable casa caraqueña, que el joven ubicado a la izquierda y a quien nos referiremos más adelante, dice ser “una quinta en el este de Caracas”, cuya identificación no precisa. Ellos están en la acera, pero detrás, en el porche de la casa hay algunas

Por Milagros Socorro | 12 de febrero, 2017
De izquierda a derecha: Arnoldo José Gabaldón Berti, María Teresa Berti Márquez y Arnoldo Gabaldón Carrillo. Imagen del Archivo de Fotografía Urbana

De izquierda a derecha: Arnoldo José Gabaldón Berti, María Teresa Berti Márquez y Arnoldo Gabaldón Carrillo. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Este trío parece estar saliendo de un desayuno en una agradable casa caraqueña, que el joven ubicado a la izquierda y a quien nos referiremos más adelante, dice ser “una quinta en el este de Caracas”, cuya identificación no precisa. Ellos están en la acera, pero detrás, en el porche de la casa hay algunas personas. La brillante luz nos indica que es pleno día y el atuendo de ella, que el compromiso no ha sido informal, pero tampoco algo que le exigiera más que ese camisero ceñido al cuerpo y recatadamente ceñido en la garganta.

—No estábamos posando —dice el joven de la corbata oscura—. Sino, más bien, esperando un automóvil para trasladarnos a otro sitio. Y creo que mi madre y yo estamos atentos a algún comentario hecho por papá.

Él cree que la imagen fue captada “aproximadamente en 1963”. Y nosotros conjeturamos que fue hecha por un fotógrafo de prensa, porque el señor de la derecha es Arnoldo Gabaldón Carrillo, entonces ministro de Sanidad y Asistencia Social del gobierno del presidente Rómulo Betancourt. Por la corbata negra del joven nos preguntamos si no habrían asistido al velorio de un pariente, —entonces todavía era común que los servicios fúnebres se hicieran en las casas—, o de una persona conocida, y que por eso había fotoperiodistas por allí. El tono luctuoso de la pajarita del ministro no nos orienta con respecto a la ocasión, puesto que era una prenda fija en su tenida habitual.

La muerte andante en los zapatos de los peones

Arnoldo Gabaldón Carrillo fue un venezolano insigne. Suma de todas las virtudes de un hombre de su tiempo. Intentaremos probar en las líneas sucesivas que no solo no hay exageración en esta afirmación sino que podríamos habernos quedado cortos.

Nació en Trujillo, en el estado del mismo nombre en los Andes venezolanos, el 1 de marzo de 1909. Era hijo único de Joaquín Ruperto Gabaldón Iragorry y Virginia Carrillo Márquez, a quienes suelen atribuir los biógrafos una férrea determinación de inculcarle al hijo profundos valores, así como disciplina y constancia, virtudes que el trujillano exhibió sin fatiga. Es posible que este criterio le viniera a la pareja por el hecho de ser ambos hijos de generales. Del general Joaquín Gabaldón Chuecos, él, y del general Juan Bautista Carrillo Guerra, ella. En el seno de un hogar cuyos cimientos provenían de linaje castrense nació, pues, Arnoldo Gabaldón Carrillo, quien además de intensa vocación de médico sanitarista tendría también un marcado interés por el estudio de tácticas militares.

Médico parasitólogo y entomólogo, especialista en salud pública, Gabaldón Carrillo hizo la primaria en el Colegio Federal de Trujillo, bajo la dirección del doctor Francisco Parra; pero antes había asistido a lo que antes se llamaba “una escuelita”, la de la maestra Etelvina Valera Hurtado. Antes de seguir al bachillerato, ya el pequeño Arnoldo Gabaldón había visto de cerca el azote que constituía una enfermedad endémica. Según ha escrito Héctor Augusto Maldonado Delgado, “en su natal Trujillo, desde niño vivió la cruel experiencia de la muerte silenciosa de niños, jóvenes y ancianos, que inmisericordemente sufrían de paludismo o malaria. Esta terrible enfermedad de cuya dolencia no escapó la otrora Venezuela rural […]

Don Antonio J. Carrillo Rodríguez, primo hermano del Dr. Gabaldón Carrillo, narraba la triste experiencia en Trujillo, y explicaba que en la hacienda paterna era común ver a la muerte andante en el cuerpo de los peones que al amanecer salían a las faenas del campo, para encontrar al anochecer, entre cuatro candiles, su propio velorio”. Y si en los Andes el cuadro era serio, en los Llanos era de terror. Ir a los Llanos venezolanos, se decía en la primera mitad del siglo XX,equivale a firmar el propio certificado de defunción.

Requetedoctor

Gabaldón Carrillo se graduó de pregrado en Filosofía en 1928; y en 1930 obtuvo el doctorado en Ciencias Médicas en la Universidad Central de Venezuela, donde tuvo como mentores a Jesús Rafael Rísquez y Enrique Tejera. Mientras era estudiante se desempeñaba como ayudante de Bacteriología y Parasitología en la Dirección Nacional de Caracas, de 1928 a 1930. En esa época nació su larga y estrecha amistad con Rómulo Betancourt y se tuvo lugar el presidio al que lo llevó la dictadura de Juan Vicente Gómez. Ya entonces era lector frecuente libros alusivos al arte de la guerra, la acción en el combate y la disciplina para ejecutarlo.

Sin tomarse siquiera unos meses para pavear (porque lo era, se había graduado jovencísimo), continuó sus estudios en el Instituto de Enfermedades Tropicales de Hamburgo y en 1931 obtuvo el título de Especialista. Luego pasó a la Universidad John Hopkins en Baltimore, Estados Unidos, con una beca de la Fundación Rockefeller, y en 1935 recibió el título de Doctor en Ciencias de Higiene con mención especial en Protozoología. En su etapa de posgrado contó con la guía del celebre biólogo, naturalista y filósofo alemán, Ernst von Haeckel.

En cuanto concluyó su formación regresó a Venezuela y se fajó. Pocos pueden jactarse de haberle prestado tantos servicios al país. En 1936,el ministro de Sanidad y Asistencia Social, Santos Dominici, lo designó director de Malariología, en el recién creado Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, (después División de Malariología), de la quesería jefe hasta 1950; y asesor de la Dirección General de Malariología y Saneamiento Ambiental hasta su jubilación, en 1973. A partir de este año fue nombrado asesor emérito del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, y director del Laboratorio para Estudios sobre Malaria, cargo ad honorem que ocupó hasta su muerte.

Entre 1959 y 1964 estuvo al frente del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, gestión que se caracterizó por una intensa actividad sanitaria y de saneamiento ambiental. Durante este período, Venezuela se convirtió en el primer país que organizó una campaña nacional contra la malaria, mediante la utilización de DDT; lo cual lo convirtió también en pionero en la erradicación de esa enfermedad en el área de mayor extensión de la zona tropical.

El paludismo encontró su némesis

Cuando se sintió preparado para hacerle frente al problemón sanitario de la Venezuela posgomecista, el doctor Gabaldón se remangó y se dispuso a usar sus estrategias militares contra la malaria y el ambiente mefítico que le servía de contexto idóneo. Dijo en una conferencia:”El capitán que no conoce a fondo el frente dominado por el enemigo, abocado está a una derrota, o por lo menos a no conseguir victoria alguna”.

La gesta del doctor Gabaldón contra el paludismo borda una historia de imaginación, heroísmo, compromiso y terquedad sin límites. Una historia de amor, podría decirse. Después de examinar decenas de miles de niños y más de medio millón de mosquitos con sus larvas, él y su equipo hicieron más de tres millones de visitas buscando enfermos. Se repartieron gratuitamente casi cinco millones de tratamientos con quinina con sus respectivas instrucciones. Esto lo hicieron con la ayuda de los empleados de telégrafos y correos, y los directivos y subalternos federales o estadales. Él, personalmente, viajó a todos los pueblos de Venezuela para comprobar in situ la gravedad del mal. Por todas partes lo vieron vestido de kaki y con botas de obrero.

—Podría decirse que a partir de la fundación de la Unidad Antimalárica, por el doctor Arnoldo Gabaldón Carrillo en 1936, —afirma Héctor Augusto Maldonado Delgado— surgió una gran esperanza para la erradicación de la Malaria pues formó con gran sacrificio un grupo muy representativo de venezolanos y venezolanas, de médicos, enfermeros, técnicos, pastilleros y oficinistas, preparándolos para la gran batalla contra la malaria.

“Lo primero que Gabaldón hizo fue aplicar un programa de saneamiento ambiental en todo el territorio nacional, empezando por la eliminación de criaderos de anofelinos, mediante obras de ingeniería sanitaria, rellenando los pozos de aguas estancadas y suelos pantanosos; haciendo drenajes y bombeando las aguas de ciénagas con petróleo, verde parís y piretro o pelitre; combatiendo las larvas y los adultos del mosquito Anopheles portador y vector del parásito protozoo Plasmodium Falciparum, el más numeroso de los parásitos del Aedes Aegypti, causante de más del 95% de los decesos; sembró en caños y lagunas peces larvófagos y plantas desecantes como barreras ecológicas. Se usó como medicamentos la quinina, la metoquina, la quimioterapia antimalárica y se difundió un programa sobre la Educación Sanitaria en todo el país”.

Un ejército civil

Mientras se desplegaba este programa inicial, el doctor Gabaldón escribía trabajos para revistas especializadas en varias lenguas y daba conferencias por todos lados. En 1943, fue a los Estados Unidos a dictar cursos sobre malaria a los médicos estadounidenses que irían al Pacífico. Y en la primavera de 1945, tal como contó Rafael Díaz Casanova en su columna en El Universal, “durante una conferencia panamericana de salud que se celebró en Washington, conoció al Dr. James Stevens quien pocos años más tarde sería ‘Dean’ de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard; este le refirió las maravillas del DDT. Así apareció el arma fundamental que utilizó Gabaldón en el exterminio de la malaria”.

La aparición del DDT marcó el inicio de la fase de erradicación de la malaria, mediante una campaña nacional de aplicación del insecticida sintético denominado Difenil Dicloro Tricloroetileno (DDT). Cuadrillas de trabajadores, formados en grupos de tres, se echaron a los caminos a esparcir DDT por campos y ciudades. Tres años más tarde, en enero de 1948, en la Universidad Central de Venezuela y con asistencia de seis ministros del gabinete del presidente Gallegos, recibió el homenaje del Ejecutivo nacional al declararse Maracay territorio libre de malaria. El área de erradicación del paludismo lograda por Gabaldón y su equipo fue de 305.414 kilómetros cuadrados, superada solo por la Unión Soviética y los Estados Unidos.

Para ello se necesitó, dice Héctor Augusto Maldonado Delgado, un verdadero ejército de hombres y mujeres que fueron capacitados por el doctorGabaldón en la difícil tarea de combatirtanto la enfermedad como la reproducción del vector.

“Era normal distinguir en cualquier parte del país a estos luchadores de la patria, su vestimenta los exponía: el casco, el uniforme verde aceituna, las botas negras, los guantes, las mascaras tapaboca y los asperjadores en sus espaldas hacían que las gentes sintieran un gran respeto y confianza al abrir las puertas de sus hogares para que ingresaran a cumplir su labor”.

—Solía vérseles —sigue Maldonado— en los campos del país, atravesando pueblos, sabanas y montañas con arreos de mula cuya carga eran pastillas de quinina, potes de creolina, el libro de historias de vida, el DDT, los asperjadores y la gran fortaleza con que hacían sus labores.Hacían muchas veces de enfermeros y hasta de parteros, ver el contenido de sus libros era leer nuevos nacimientos, la fundación de conucos y fincas cumpliendo de esta manera el papel sin quererlo de empadronadores del censo poblacional.

Ministros, los de antes

Para 1950, la tasa de mortalidad por malaria en Venezuela se había reducido a 9 por 100.000 habitantes. A los 10 años de iniciada, en 1955, la tasa bajó a 1 por 100.000 habitantes. A partir de entonces ocurre la gran explosión demográfica en Venezuela y se hacen patentes los logros, fueron reconocidos en todo el mundo.

No solo el paludismo tuvo en él un Cid Campeador criollo, también la gastroenteritis y la neumonía, causantes de elevada mortalidad infantil, se las vieron con él. Y salieron llorando. No es de extrañar, pues, que el doctor Gabaldón hubiera adquirido tanto prestigio que, en 1951, cuando asesinaron a Carlos Delgado Chalbaud, él fuera mencionado entre los candidatos a reemplazarlo en la Presidencia de la República.

Restaurada la democracia, el primer presidente de la era que entonces se abría para Venezuela, Rómulo Betancourt, lo nombró ministro de Sanidad y Asistencia Social, rol en el que desarrolló una gestión orientada a actividades médicas y de saneamiento ambiental en todo el país.“Nuestro objetivo en el campo de la salud pública”, anunció al aceptar el despacho,“es conseguir un aumento de seis meses en la esperanza de vida al nacer por cada año de trabajo”.Durante su gestión, el promedio de vida del venezolano fue elevado de 63 años en 1958 a 66 años en 1963.

El doctor Arnoldo Gabaldón  Carrillo falleció en Caracas, el 1 de septiembre de 1990. Tenía 81 años de edad.En cuanto dio la espalda y el país quedó librado al arbitrio de la ineptitud, la corrupción y el autoritarismo, la malaria regresó. Ni ella ni la dictadura estaban erradicadas.

La catira

La dama que está entre los dos hombres es María Teresa Berti Márquez, esposa del ministro Gabaldón. Le haremos una injusticia a esta mujer al hablar de ella solo en relación con los hombres de su familia; y peor, en alusión a su belleza. Ella había nacido en Boconó, el 22 de marzo de 1919, de manera que al momento de esta foto tendría unos 44 años. Su cabello, su cutis y su perfil son de una finura impresionante. Y es evidente que su figura no le produce ninguna inquietud, puesto que la ha enfundado en un vestido reservado a los vientres planos y los bustos recogidos, como de jovencita.

Es madre de cuatro. Se ha casado a los 18 años, en Boconó, con un amigo de su hermano Arturo Luis Berti, otro adalid de la brega contra la malaria en Venezuela.

María Teresa no llegó a ser Primera Dama, pero sí que tenía un Presidente entre sus mayores. Su madre era Virginia Márquez Carrasquero, hija de Martín Márquez Bustillo y sobrina de Victorino Márquez Bustillos, 29º presidente de Venezuela.

El muchachón

Finalmente, el joven a la izquierda es Arnoldo José Gabaldón Berti, nacido en Caracas, el mayor de cuatro hermanos, en 1938. Este día ronda los 25 años.

Va a ser el primer ministro del Ambiente de América Latina (entre 1976 y 1979) y Presidente del Consejo de Administración del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), durante su XIX período de sesiones, Nairobi, Kenia, 1997-1999.

Es individuo de número de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales (2007), fue rector de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, jefe de la delegación venezolana a la Cumbre Ambiental de Río 1992 y gerente general de la consultora ambiental Ecology&Environment de Venezuela.

Es consecuente colaborador de la causa de la resistencia venezolana contra la mayor plaga de nuestros tiempos, la llamada neodictadura.

Miriam Makeba en Caracas; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Satwugugasat ju bengasat si pata pat Satwugugasat ju bengasat si pata pat Satwugugasat ju bengasat si pata pat Satwugugasat ju bengasat si pata  Hihi ha mama, hi-a-masat si pata Hihi ha mama, hi-a-masat si pa A-hihi ha mama, hi-a-masat si pata pat A-hihi ha mama, hi-a-masat si pat  Las dos primeras cuartetas de Pata Pata.

Por Milagros Socorro | 5 de febrero, 2017
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Miriam Makeba durante una rueda de prensa en Venezuela. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

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Satwugugasat ju bengasat si pata pat
Satwugugasat ju bengasat si pata pat
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 Hihi ha mama, hi-a-masat si pata
Hihi ha mama, hi-a-masat si pa
A-hihi ha mama, hi-a-masat si pata pat
A-hihi ha mama, hi-a-masat si pat

 Las dos primeras cuartetas de Pata Pata.

Miriam Makeba fue una notable activista de derechos humanos nacida el 4 de marzo de 1932 en Johannesburgo, Suráfrica. Antes de cumplir los veinte años ya era una luchadora contra el racismo y el apartheid, y también cantante. Suráfrica es un país muy musical y sus ritmos son especialmente hermosos. En los años 50, Makeba empezó cantando con el grupo Manhattan Brothers y luego funda The Skylarks, fusión de jazz y música tradicional surafricana. Hasta aquí la carrera de Miriam Makeba era notable, incluso importante, pero en 1957 grabó una canción compuesta por su connacional Dorothy Masuka, que cambiaría su vida y marcaría la de varias generaciones. Se llamaba Pata pata.

Pata pata significa “Toca toca” en lengua xhosa, en la que fue escrita y grabada la canción. Sería lanzada en los Estados Unidos diez años después, en 1967, en un álbum que tenía el mismo título. Decir que fue un éxito planetario es quedarse cortos. Fue una auténtica locura. En Venezuela constituyó una fiebre. Fue una de esas pocas piezas que bailaban tanto los adultos como los adolescentes, e incluso los niños. En la radio la ponían cada media hora. Todavía, cuando la oímos es como evocar un recuerdo íntimo, una prueba de que sí hubo un pasado precioso, cuando Venezuela no era esta isla cultural, este estruendoso silencio donde solo suenan los lecos del dictador.

A pocos meses de entrar en circulación Pata pata y convertirse, como hemos dicho, en un hit mundial, la cantante visitó Venezuela. Miriam Makeba llegó a Caracas contratada para presentarse en el Salón Naiguatá del Hotel Tamanaco los días 1, 2 y 3 de febrero, (por Venezuela actuaría Pipo Rivas). Y también se presentó en Renny Presenta, el show estelar de televisión de la época,que se transmitía por Radio Caracas TV (canal 2), el domingo 4 de febrero, con la conducción de Renny Ottolina, también productor del espacio.

La imagen que ilustra esta nota, bien conservada en el Archivo Fotografía Urbana, fue tomada en la rueda de prensa que dio la famosa artista. Según ha escrito el periodista de espectáculos Aquilino José Mata, quien la recuerda como una mujer imponente y de avasallante personalidad, ella estuvo en la capital venezolana “de muy bajo perfil. No quiso conceder entrevistas y tuvo muy pocas apariciones públicas, fuera de las meramente artísticas”.

Pero la mamá de África, como era conocida, dio al menos una rueda de prensa. Aquí tenemos la prueba gráfica. El reportero que está a la derecha de la artista es Alfredo Schael, quien dice que la conferencia de prensa fue en el Hotel Tamanaco. Es lo que él recuerda, pero nadie se explica qué hace allí una niña en uniforme de colegio, aferrada a la baranda de una cuna de hierro como de hospital. ¿La escolar y la cuna estaban en el Tamanaco? ¿La rueda de prensa fue en un hospital de niños? ¿Por qué? Confiamos en que estas preguntas quedarán respondidas por los laboriosos lectores que con gran generosidad nos sacan de errores, corrigen imprecisiones y amplían la información.

Al preguntarle a Alfredo Schael quién tomó la fotografía, nos da una invalorable lección de historia del periodismo en Venezuela. Como no puede asegurar con certeza quién es el autor de la imagen, hace un recuento de quién ha podido hacerla. Schael puede establecer sin temor a equivocarse que en febrero de 1968, él trabajaba en El Universal, de manera que la foto fue hecha por un fotorreportero de ese diario. Nos cuenta Alfredo Schael que la plantilla de fotógrafos de El Universal era así: Julio Mesutti, Antonio Hueck Condado (Superman), Salvatore Veneziano y Rafael Mármol, en la fuente policial; Casto Noguera, en Deportes; Luis Bisbal, en el aeropuerto de Maiquetía.

“Mármol, Hueck, Noguera y Mesutti fallecieron. Veneziano sucumbió víctima de la explosión del tanque de combustible en Tacoa, que cubría para El Universal”.

Julio Mesutti, explica Schael, era sobrino del famoso Luis Noguera, quien trabajó en El Universal antes de incorporarse a la gerencia de relaciones públicas de la Shell de Venezuela como fotógrafo para las publicaciones internas. “Hijos de Luis Noguera se desempeñaron temporalmente en el departamento de fotografía de El Universal, donde Elí Saúl López Montaño fungía de ayudante para el revelado y copia además de atender el archivo fotográfico del periódico (originales y clisés)”.

Aunque Julio Messutti cubría sucesos, también formó pareja profesional con Schael por varios años para atender la fuente de cultura y eventos especiales. Por los años en que Miriam Makeba estuvo en Caracas, ellos dos componían una dupla informativa. “Casi seguro”, dice Alfredo Schael, “que Julio Mesutties el autor de la fotografía a Miriam Makeba en el Tamanaco”.

—Messutti se aficionó al canto. Interpretaba el repertorio de Carlos Gardel. Y lo hizo con éxito, tanto en Buenos Aires como en Caracas. Renny lo incluyó en alguna ocasión en su show televisivo. Era excelente fotógrafo. Poseía buenas cámaras, arte además de ingenio. Cubrió deportes, sección a cargo de Omar Lares y Álvaro Miranda. Cansado del diarismo y para justificar el deseo de retirarse, solía decir: “El ojo ya se me puso chiquitico de tanto cerrarlo para enfocar con el otro”. Poco a poco, los compromisos y fama como cantante, apartaron a Julio del reporterismo gráfico. Su primo, Luis Noguera hijo, a la par de extraordinario fotógrafo —como otros de sus hermanos—, figura entre quienes mejor han estudiado e informan sobre el arte lírico en Venezuela y la historia de la ópera en el Teatro Municipal de Caracas, saga que aborda en un hermoso libro.

Del resto de las personas que aparecen en la foto, Schael no tiene memoria. Ignora, por ejemplo, a quién pertenecen las piernas envueltas en medias de seda sobre las que se apoya una libreta de reportera; quién es el hombre con lentes que se asoma a la izquierda; y quién es el de cabello ondulado de la derecha. “Recuerdo muy bien su rostro, pero me es imposible atinar el nombre. Puede suponerse que actuaba como intérprete. Makeba requería de traductor para comunicarse en Caracas”.

No necesito intérprete, sin embargo, para poner en su lugar a los impertinentes que interrumpían constantemente su show para exigirle una complacencia. Tal como ha reseñado Aquilino José Mata:

“En La Boite protagonizó un pequeño percance, cuando un grupo de personas, mientras ella actuaba, le pedía a gritos incesantemente su célebre Pata Pata, a lo que ella, sin disimular su disgusto, paró el show y exclamó que lo haría en el momento en que estaba previsto y que no la cantaría bajo presión, pues su repertorio abarcaba mucho más. Los delirantes fans tuvieron que guardar silencio y esperar hasta poco antes de la conclusión del espectáculo, cuando finalmente la interpretó”.

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Caldera baila con la reina de la feria; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Qué rápido trabaja el olvido. Nadie sabe cuándo y dónde fue tomada esta imagen, guardada, por lo menos, en el Archivo Fotografía Urbana. Nadie recuerda cómo se llama la joven que baila con Rafael Caldera (no sabemos si entonces era presidente o estaba en campaña) y que por la banda que le cruza el pecho

Por Milagros Socorro | 29 de enero, 2017
Caldera baila con la reina de la feria. Imagen del Archivo de Fotografía Urbano

Imagen del Archivo de Fotografía Urbana

Qué rápido trabaja el olvido. Nadie sabe cuándo y dónde fue tomada esta imagen, guardada, por lo menos, en el Archivo Fotografía Urbana. Nadie recuerda cómo se llama la joven que baila con Rafael Caldera (no sabemos si entonces era presidente o estaba en campaña) y que por la banda que le cruza el pecho deducimos que es la reina de una feria o fiestas patronales. La audaz minifalda deja al descubierto unas piernas tan formidables como las que inspiraron los versos del poeta mexicano Francisco de Terrazas: “¡Ay basas de marfil, vivo edificio / obrado del artífice del cielo, / columnas de alabastro que en el suelo / nos dais del bien supremo claro indicio!”; sin embargo, pese a la desenfadada exhibición sabemos que es una muchacha tímida: casi desmayada reposa la mano que debería aferrar la espalda del compañero.

En cónclave de bailadores hemos determinado que es joropo lo que moviliza esos zapatos. Lustroso charol, los de él; luminoso blanco, los de ella (ah, lejanos tiempos del Griffin, cuánto decoro y pulcritud nos deparaba). Ambos de fiesta. Es, justamente, la albura del calzado de la reina, así como el flux que domina en la indumentaria de casi todos los hombres, lo que nos lleva a concluir que no es una ternera en una finca sino un almuerzo en el patio de una casa. Probablemente, en el llano y sí, con toda seguridad es joropo lo que los enlaza. Baile muy complicado, que entraña vueltas y zapateado, es evidente que exige la concentración de Caldera quien aprieta los labios y observa el piso de cemento pulido donde ha de trazarse el escobilleado.

–RC era un verdadero as bailando joropo —confirma su hijo menor, Andrés Caldera Pietri— y cuando lo hacía con nuestra madre se hacían ruedas para verlos bailar. Recuerdo que Yolanda Moreno, en una emisión del programa de televisión ‘Horangel y los doce del signo’, transmitido en tiempos de la campaña de 1983, certificó lo buen bailarín que era. Y destacaba también en el vals y el tango. En el libro de fotografías que hicimos con Todtmann Editores, para el centenario de su nacimiento, mi padre aparece en dos imágenes bailando con nuestra madre.

Andrés Caldera comentó también que había hecho consultas para determinar la posible fecha de la foto y que había recabado varias opiniones que la ubicaban en la campaña del 68. “Es muy probable, pero no descarto que sea en la del 63”.

Rafael Antonio Caldera Rodríguez nació en San Felipe, estado Yaracuy, el 24 de enero de 1916. Fue candidato a la Presidencia de Venezuela en seis ocasiones, de las que dos le depararon el triunfo: en el período 1969-1974, y del 1994 al 1999. La primera de esas candidaturas fue en 1947, un año después de la fundación del partido socialcristiano COPEI, iniciativa que se le acredita, en esa ocasión perdió ante el novelista Rómulo Gallegos, abanderado de Acción Democrática. Su segunda postulación fue en las elecciones de diciembre de 1958, cuando perdió ante Rómulo Betancourt. La tercera sería 1963, cuando resultó elegido Raúl Leoni. La cuarta, en 1968, le supuso el triunfo sobre Gonzalo Barrios y recibió el cargo el 11 de marzo de 1969. Al pasar los diez años que entonces reescribía la Constitución, regresó a la contienda en 1983, que fue el año del ascenso al poder de Jaime Lusinchi. Y en el 93 regresa por sus fueros para ganar nuevamente, esta vez al frente de Convergencia, mejor conocida como El Chiripero.

En esta fotografía tiene el cabello totalmente oscuro, pero la verdad es que siempre lo tuvo así. En 1963 tenía 47 años y en 1968, 52. Una pista para calcular el año en que transcurrió este día es el maquillaje de las mujeres cuyo rostro puede detallarse. Las tres tienen una línea blanca debajo de las cejas, que se extiende hasta completar un coqueto rabito. Ese trazo, pensado para destacar el arco superciliar, era la moda a finales de los 60 y hasta bien entrados los 70. Esto refuerza la idea de que el joropo con la reina habría tenido lugar en la campaña del 68.

De todos los convidados a la fiesta en el patio rodeado de cerca de malla ciclón, solo conocemos la identidad de uno —a excepción del presidente Caldera, naturalmente—. Se trata Jesús María Núñez, compadre y chófer por muchos años del yaracuyano, quien había sido preso y torturado por la Seguridad Nacional en la época de Pérez Jiménez. Acompañó a Caldera cuando se lo llevó la Seguridad Nacional, en agosto de 1957, para sacarlo de la contienda electoral, a la que iría como candidato unitario de la oposición en diciembre de ese año, que Pérez Jiménez convirtió en plebiscito. Núñez es el hombre moreno, de bigotes, camisa blanca y corbata, que está detrás, a la izquierda del jefe, a quien observa con una sonrisa afectuosa.

Cabe anotar que el hombre alto vestido de color claro (que está al lado de la reina) no es un fantasma de liquiliqui que ha empezado a rondar a Caldera. Si se fija uno bien, en realidad no es un liquiliqui. Es un traje de chaqueta con camisa. Podría ser el anfitrión, pero no sabemos. El olvido ha corrido más rápido que la necesidad de documentación.

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José Sardá: “Lo que importa es el momento que se retrata”; por Milagros Socorro

En marzo de 2016 fuimos a casa de José Sardá, Premio Nacional de Periodismo 1968, para grabar en video una entrevista que formaría parte de la serie “Maestros del Periodismo en Venezuela”, conjunto de documentos audiovisuales que aspira recoger la memoria del oficio a través de los testimonios de sus protagonistas. Lo encontramos agotado y

Por Milagros Socorro | 22 de enero, 2017
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José Sardá muestra la foto que tomó el día del terremoto de Caracas

En marzo de 2016 fuimos a casa de José Sardá, Premio Nacional de Periodismo 1968, para grabar en video una entrevista que formaría parte de la serie “Maestros del Periodismo en Venezuela”, conjunto de documentos audiovisuales que aspira recoger la memoria del oficio a través de los testimonios de sus protagonistas.

Lo encontramos agotado y decaído. Era evidente que hacía un esfuerzo no solo para responder el extenso cuestionario, sino para mostrarse animado. Lo hizo, sin embargo, con gran coherencia y lujo de detalles.

Nueve meses después, el sábado 7 de enero de 2017, falleció en el Hospital Domingo Luciani de Caracas. Le faltaba menos de un mes para cumplir 88 años, la mitad de los cuales transcurrieron en la redacción y los laboratorios de fotografía de El Nacional.

—Mi nombre es José de la Trinidad Sardá Pino. Nací en Higuerote, estado Miranda, el 18 de febrero de 1929. Mi padre, descendiente de una familia de origen catalán con varias generaciones en Cuba, trabajaba en el Ferrocarril de Barlovento, un pequeño tren que recolectaba cacao entre las haciendas más importantes de la región y lo llevaba al puerto de Carenero, cerca de Higuerote, para embarcarlo en los buques de la empresa ‘Los Krasus’, llamada así por sus dueños, de origen alemán. Papá era un elemento de confianza, lo mudaban de estación en estación cuando alguno salía de vacaciones. Además de ese empleo, tenía un bar en el pueblo de San José de Río Chico,como se llamaba antes. Era el bar principal, frente a la plaza. Tenía gallera, billares y dominó; y sus cinco hijos ayudábamos en la tarde cuando veníamos de la escuela, vendíamos helado de sorbetera. Papá tenía entonces muy buena posición. Era dueño también de una vaquera cerca del pueblo, que se llamaba La Horqueta, donde había vacas lecheras y hacían queso. Pero hubo una inundación y le mató muchas reses. Entonces decidió atender el insistente ruego de mi madre de que nos viniéramos a Caracas, cosa a la que él había estado reticente. Renunció al ferrocarril, vendió el bar y la vaquera, y nos vinimos a Caracas. Aquí nos hospedamos con una tía que tenía una buena casa.

Inicios

“Mi padre era muy emprendedor y laborioso. También era músico, tocaba tres instrumentos de cuerda, entre ellos el bandolín, y era compositor. No tenía escuela, no conocía ni una nota, pero era un bandolinista excepcional. Incluso llegó a tener un conjunto de guitarra, bandolín y cuatro, que tocaba en vivo, a mediodía, en la Radiodifusora Venezuela. En Caracas tuvo un par de negocios, pero como era hombre de provincia no se supo manejar y quebró. Entonces decidió regresar a Barlovento, donde tenía un hermano, masón como él, que tenía un comercio muy importante. Ese hermano lo ayudó y papá enseguida se levantó con una hacienda de cacao. Papá nos ayudó siempre, pero nos dejó claro que dependía de nosotros que echáramos pa’ lante. Comenzamos a trabajar de jóvenes. Yo empecé a ganarme la vida como repartidor de bicicleta, distribuía pan, leche y periódicos. También fui caddie de tenis del club La Florida, donde está ahora la iglesia de La Chiquinquirá, hasta que un día me dieron un pelotazo en un ojo”.

“Yo había estudiado hasta tercer grado, porque más no daban, en San José de Río Chico. Tuve que seguir en Río Chico, una población más importante, que queda a dos kilómetros de San José. Nos íbamos caminando, almorzábamos en un sitio donde vendían un sancochito, y nos veníamos caminando en la tarde. Así lo hicimos hasta que nos vinimos a Caracas, cuando yo tenía como 10 años; y aquí terminé la primaria en el colegio Panamá”.

“Era menor de edad cuando me inicié en la fotografía. Dos de mis primas se casaron con grandes fotógrafos de prensa. Elena, con el Gordo Pérez y su hermana Aura, con Luis Noguera. Este último, fotógrafo famoso de la época, me llevó a trabajar con él en un estudio de fotografía que tenía en Jesuitas, y después se mudó para Cruz Verde. Luego fui ayudante de Bernardo Dolande, fundador del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa. Era un viejo fotógrafo que necesitaba un ayudante en el diario El Tiempo, un vespertino que duró muy poco tiempo porque vino la Revolución de Octubre, que acabó con el general Medina, dueño de ese periódico. Paséa El Heraldo y allí empezó mi carrera como fotógrafo. Unos meses más tarde me fui a El Nacional a trabajar con el Gordo Pérez”.

El Nacional

“Entré a El Nacional en 1948. Estaría allí por 40 años, pero en dos etapas: la primera duró 23 años. Me fui para hacer otra cosa. Me hice vendedor de Success Motivation Institute, una empresa norteamericana que producía programas de 20 minutos para inducir conductas orientadas a la perseverancia y el trabajo duro. Mucha gente tiene talento e incluso disposición, pero confía en la suerte, en los contactos, más que en sus propia iniciativa. Esos cursos eran para esa gente. Y yo me entusiasmé mucho. Pero había hecho una buena carrera en El Nacional, y siempre me estaban llamando porque no encontraban quién hiciera la fotografía que yo hacía. Yo era un cazador de fotografías. Era muy creativo y era medio periodista: yo escuchaba las entrevistas del redactor y trataba de hacer una fotografía que guardara relación con lo que se estaba diciendo. Siempre estaba pendiente de hacer una fotografía diferente a la que había hecho el otro y veía la iluminación… como la veo ahora, por ejemplo, que viene de la calle. Hacía una fotografía periodística con cierto arte, digamos. Y ahí en eso estuve 23 años, hasta que me fui a Success Motivation. Tres años duró ese paréntesis. Regresé al periódico y estuve 17 años más, hasta 1991, cuando me retiré para trabajar la fotografía particular. Era jefe de Fotografía y los domingos hacía fotografía deportiva, pero lo que ganaba no me alcanzaba”.

“Me fui a hacer fotografías para eventos. Llegué a tener una clientela de 53 empresas, pero la fui perdiendo por la edad. Nadie quiere un fotógrafo de 80 años cuando puede tener uno de 30 tan bueno como aquel. Luego vino la fotografía digital y yo no la conocí, porque mientras estuve en El Nacional hice la fotografía tradicional, con laboratorio y esas cosas”.

“Yo pertenezco a una época, una buena época. Fui un fotógrafo de cierta fama. Tenía muchos admiradores en mi oficio, esa es la verdad. Y no me faltaba el trabajo. Ahora, en mi época mala,cuando todo es tan difícil, vivo de dos pensiones, una del Premio Nacional de Fotografía [que obtuvo en 1999], que es poca, y otra del Seguro Social que es poquísima. Mis ahorros se van agotando, por suerte tengola ayuda de mis hijos, que siempre han sido buenos hijos porque fueron bien criados”.

Maestros

“Ya he mencionado algunos de mis maestros, Bernardo Dolande, Luis Noguera… me falta nombrar a los hermanos Hueck Condado, Rafael y Antonio. Uno trabajaba en El Nacional y el otro, en El Universal. Fotógrafos muy buenos. Rafael Hueck Condado fue el primer fotógrafo deportivo que tuvo El Nacional y con el correr del tiempo fue profesor de la Escuela de Periodismo de la UCV.

Cuando se fue de El Nacional, me dieron a mí esa vacante para ver si daba la talla. Para asegurarme de que así sería, en un comienzo copiaba su estilo. Me enseñó que debía captar un gesto, un movimiento físico, una jugada, ya fuera de béisbol, de fútbol, de boxeo… Cuando me sentí seguro, empecé a hacer mi propia fotografía, la fotografía iluminada”.

Fotografía deportiva

“Luis Noguera me había enseñado un poco de iluminación. Pero la iluminación en deportes es natural, no con reflectores. Hay que saber colocarse de forma tal que la luz te dé lo que quieres, una fotografía con relieve. Muchas cosas aprendí yo de mi cuenta, por ejemplo, buscar siempre que la jugada tenga público detrás. En el fútbol hay un momento en que el sol te viene de la tribuna, sobre la que proyecta una sombra; si estás de contraluz y evitas que la luz te dañe la fotografía, consigues fotografías iluminadas mucho más llamativas. En la natación, para la foto de pecho, ellos tienen una parte que está iluminada y la otra no, si te colocas en la parte iluminada obtienes una especie de halo en el pelo y las manos, y logras que el agua tenga destellos. Siempre procuraba que se viera la cara del atleta. Y, sí, tenía que aprender las especificidades técnicas de los deportes para prever la jugada o el instante singular,la emoción del atleta, la frustración, todo. Pero hay fotografías del deporte más allá del terreno donde se practican. Es cuestión del criterio del fotógrafo, no es la jugada solamente. Quizá la jugada es lo más fácil, porque siempre se va a dar. Estás alerta, y disparas y consigues una buena foto. Fuera del terreno lo que se consigue es gracias a la mirada del fotógrafo”.

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José Sardá muestra una de sus fotografías deportivas

“Yo era inmune a la emoción del deporte. No sentía nada en lo absoluto con la jugada ni con nada, lo único que me interesaba era la fotografía. No sé si los demás perdían oportunidades por estar emocionados con el juego, a mí nunca me ocurrió.

El deporte más difícil de fotografiar es el boxeo. O era. Ahora no, ahora filman la pelea y recortan el golpe. Antes era dificilísimo captar un golpe por la velocidad de los boxeadores. Solo una vez hice la fotografía perfecta del golpe y un colega me la pidió para hacer una ampliación, cortó el negativo y encima lo perdió”.

“Yo hacía, además, hipismo. Retratar un caballo no es tan fácil como parece.Un preparador me enseñó unos trucos: hay que para ponerle delante un poquito de hierba para que levante la mirada y las orejas; y hay que asegurarse de que las piernas estén una delante de otra, que la cola esté descansada… En fin, he tenido mucha suerte de aprender de todo el mundo”.

hipodromo

José Sardá en el Hipódromo La Rinconada. Fotografía de la colección del Archivo Fotografía Urbana.

“Con el Gordo Pérez tengo una anécdota muy simpática. Cada vez que venía el Clásico Simón Bolívar, él se lo reservaba para hacerlo él. Se iba temprano, se sentaba en la tribuna con un teleobjetivo muy poderoso, retrataba el avance del caballo hasta que llegaba; y después hacía una tira gráfica y le ponía: ‘por los 400 metros, por los 800 metros, hasta la llegada’. Eso se hacía una vez al año y siempre gustaba, pero yo quería hacer otra cosa. Como yo cubría los traqueos para el suplemento hípico, me había percatado de una fotografía que podía hacerse en una pista pequeña que hay en la parte oeste del Hipódromo La Rinconada, que sirve de entrenamiento adicional. La cuestión es que se veían las tres tribunas, una detrás de la otra, en perspectiva. Si tomabas una fotografía desde ahí, de espalda a los caballos, obtendrías una monumental, porque tendrías el lleno de gente que iba ese día, más los caballos, más la partida. Hice esa fotografía desde ahí y el teleobjetivo era tan potente que no quedaba todo lo que yo quería, público y carrera en una sola foto. Afortunadamente, la luz de la tarde estaba pareja. Esperé la partida, daba tiempo a que se retirara el aparato de salida y se pudiera ver gran parte de los caballos, uno al lado del otro. Tomé esa primera parte, pasé la película y tomé la parte de arriba. Me fui al periódico, revelé, copié dos grandes fotos 8×10, silueteé la parte de la tribuna, la pegué perfectamente bien sin ningún truco. Simplemente, pegada una con otra. Y se la llevé a Abelardo Raidi. ‘Cónchale, vale, qué fotografía tan extraordinaria. Tiene que ir para primera página, toda la página’. Así la publicarían al día siguiente, toda la página. El Gordo Pérez llegó después a revelar, no sabía de la foto que yo había hecho y cuando la vio, dijo: ‘No vuelvo más al hipódromo’.

Los fotógrafos respetaron esa fotografía y nunca más la hicieron: las tres tribunas que parecían una sola, con la bola continental arriba y los caballos de frente”.

El terremoto de Caracas

“No solo hacía fotografías de deportes. El 29 de julio de 1967, a eso de las 8 de la noche, yo estaba en el bar de enfrente del periódico tomándome un trago cuando empezó a temblar la tierra y todo el mundo salió corriendo. Esperé unos segundos y al salir me dijeron me dijeron que del otro lado se había caído un aviso y estaba un señor en el piso. Di la vuelta y, efectivamente, había un tipo en el suelo, derribado por un aviso publicitario. Hice la foto y me fui al periódico, donde me mandaron a cubrir los destrozos de Los Palos Grandes. Al llegar allí, me puse a fotografiar un edificio reducido a escombros,apoyado en la varanda del edificio de enfrente, cuando vi que venía una pareja sosteniendo a una señora. Crucé la calle y me puse frente justo frente al edificio en ruinas y, cuando el grupo pasó cerca de mí, le metí un flash. Los tragos que me había tomado han debido darme arrestos que de ordinario no tenía. Por lo general, yo no actuaba con esa sangre fría. Esa misma noche, la Associated Press, que quedaba en el mismo edificio,vino a ver qué teníamos y el jefe de redacción les dio esa foto, que salió publicada en todas partes”.

Un mal con el que se nace

“Ya ves que en varias ocasiones he mencionado el alcohol. Fue el peor enemigo que tuve. Por más de 30 años no podía tomar una gota porque duraba 24 horas bebiendo. No podía parar. El alcoholismo es una enfermedad con la que se nace. Naturalmente, no todo el que bebe tiene peligro de ser alcohólico, pero quien nace con ese problema es como alérgico al alcohol. Una alergia que te produce un placer extraordinario. Desde que entra al estómago tu vida cambia y pierdes el sentido de responsabilidad. No quieres saber nada de familia, de trabajo, lo único que quieres es tomar, hablar zoquetadas con quien sea, hasta que te vence el sueño. Desafortunadamente, yo lo viví. Por eso sé que el único secreto es no tomar la primera copa. Hace 35 años que no pruebo una gota de licor y desde entonces mi vida fue completa.

Un sueño, una pesadilla y un mensaje

“Tengo un sueño recurrente. Estoy a punto de hacer una fotografía, pero hay algo que lo impide. Algo pasa, se va el momento, me falla la cámara, y yo no la puedo tomar”.

“Sí, hay algo que no me preguntaste y de lo que quiero hablar. De mi país. Nunca imaginé que Venezuela pudiera llegar a una situación tan difícil como la que está viviendo. No sabemos a dónde vamos a llegar, aunque sé por qué ha ocurrido… Venezuela se acostumbró a vivir del gobierno y del petróleoy un pueblo acostumbrado a eso tiene que pagar un precio muy alto. La vida tiene unas leyes que no fallan. Causa y efecto. Eso funciona en todo, en las cosas pequeñas y en las grandes. Ylo malo que uno haga, tarde o temprano tiene que pagarlo, así como por las cosas buenas vas a recibir un premio. Todo esfuerzo y sacrificio trae recompensa, toda negligencia un castigo, eso es así”.

“A los muchachos que están ahora tomando fotos les digo: los aparatos cambian, las cámaras pesan más, pesan menos, se hacen más pequeñas, da igual. Lo que importa es el momento que se retrata, las personas que retrates, las cosas que pasan. Lo que importa no es propiamente la fotografía en sí, porque esa técnica ya está perfeccionada de forma tal que cualquiera la puede manejar, sino captar lo que le importa a todo el mundo, lo que conmueve a todos. Y ser un poco periodista”.

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La bendición del mar en Puerto Cabello; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Esta imagen es una postal de tipo iluminada. José Alfredo Sabatino Pizzolante, autor del libro La palabra hecha paisaje–Puerto Cabello, 200 años en las tarjetas postales (Caracas, 2012), explica que fue editada por Meclin Jesurum, uno de los editores más importantes de la ciudad porteña, probablemente en 1920. —Meclin Jesurum, propietario del Museo y Botillería “El

Por Milagros Socorro | 11 de diciembre, 2016
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Imagen del Archivo de Fotografía Urbana.

Esta imagen es una postal de tipo iluminada. José Alfredo Sabatino Pizzolante, autor del libro La palabra hecha paisaje–Puerto Cabello, 200 años en las tarjetas postales (Caracas, 2012), explica que fue editada por Meclin Jesurum, uno de los editores más importantes de la ciudad porteña, probablemente en 1920.

Meclin Jesurum, propietario del Museo y Botillería “El Globo”,—escribe Sabatino Pizzolante en su libro—edita su serie Recuerdo de Venezuela, que no vacila en identificar como sellos de sellos de colección; de esta conocemos al menos 31 vistas diferentes produciendo más de 40 postales mayormente en blanco y negro, unas pocas iluminadas. El establecimiento de Jesurum incluso desplegaba un aviso externo en el que destacaban las palabras “Postales” y “Estampillas”, fácil de observar por cualquier visitante que recién desembarcaba, habida cuenta la proximidad de este comercio a los muelles. Ettedgui Hermanos saca al mercado su serie Saludo de Venezuela de la que se registra al menos diez vistas diferentes, mientras “La Favorita” editó una serie de ocho viñetas sobre edificios, los muelles y monumentos.

“Junto a los editores de tarjetas impresas, generalmente establecimientos comerciales, habría que contar a los particulares cómo Henrique Avril y A.M. Gómez editaron las suyas en las formas de postales de foto real”.

Abogado experto en derecho marítimo e historiador especializado en la peripecia de Puerto Cabello, José Alfredo Sabatino no precisa de cuándo data la tradición de bendecir el mar entre los porteños. Dice que nadie podría afirmarlo con exactitud,“aunque no sería descabellado atribuirla al establecimiento de la Compañía Guipuzcoana a comienzos del siglo XVIII. Quizás los primeros españoles a quienes correspondió dar forma urbana al puerto de Cabello, la trajeron remembrando las festividades de San Telmo de Zumaia, que desde antaño se celebran en la provincia de Guipúzcoa, donde el lunes siguiente de Pascua se lleva la imagen de aquel santo en procesión hasta la ermita situada al borde del acantilado que domina la playa de Itzurun, y desde allí se bendice el mar”.

—¿Cabe suponer que el origen del ritual podría estar relacionado con algún evento natural, eventualmente catastrófico?

—Efectivamente. Su origen podría estar asociado a un maremoto que azotara a nuestras costas; tal como ocurre con la bendición del mar que tiene lugar en La Carraca, Cádiz, luego de la tradicional misa de acción de gracias en recuerdo del maremoto de 1755, que milagrosamente no causó mayores estragos entre sus habitantes. Asimismo, en la población francesa de Etretat se conmemora la Bédédiction de la Mer, cuyo origen se remonta a tiempos medievales, cuando según la leyenda unos pescadores fueron atrapados en terrible tormenta que cesó cuando un monje se arrodilló y rezó para que se detuviera.

No deja de ser curioso, sin embargo, que el obispo Mariano Martí, cuya aguda pluma escrutara distintos poblados, incluido el nuestro, en las visitas pastorales de los años finiseculares del siglo XVIII, nada refiera sobre esta tradición en el puerto, lo que nos lleva a concluir que quizás sus inicios se remontan a la primera mitad del siguiente siglo. Se trata, en todo caso, de una festividad eminentemente religiosa, a veces inspirada en la bendición de las aguas que, de acuerdo al calendario católico, se celebra en la Epifanía.

—¿Desde cuándo, calcula usted, se viene realizando esta festividad?

Disponemos de crónicas periodísticas que permiten afirmar que esta tradición tiene poco más de siglo y medio entre nosotros. En El Vigilante (1863), leemos: “… para coronar las fiestas de la Semana Santa, nadie debe excusarse de concurrir a la procesión de mañana domingo en la madrugada, una de las fiestas más hermosas que pueden presenciarse, y a la cual da singular realce la hora, la carrera de la procesión, la bendición del puerto y fortaleza…”. Una década más tarde, El Eco Porteño señala: “Llegó por fin el Domingo de Resurrección, día en que según la costumbre la procesión recorrió el muelle, bendijo las aguas, los buques y el castillo…”. Y encontramos mayores detalles en una crónica de 1887, aparecida en El Diario Comercial: “La fiesta de ayer domingo, una de las más lucidas de los días Santos, debido en gran parte a la posición topográfica de este puerto que le presta mayor mérito, estuvo también concurridísima, no obstante que solo en la tarde del sábado vino a obtenerse el permiso para salir la procesión. La salva del Castillo Libertador que ostentaba sobre sus almenas formada toda la guarnición de la fortaleza, los buques empavesados, la bendición del puerto, Castillo, &., todo esto presta particular realce a esta fiesta”.

—¿Se bendice el puerto o el mar?

—Interesante observar que, durante el siglo XIX, la celebración no recibe el nombre de la bendición del mar, sino “del puerto” o “de las aguas”. No será sino a principios del siglo pasado cuando se comience a denominar “bendición del mar”, como lo testimonian algunas viejas postales que registran este evento. Lo anterior nos permite ensayar una explicación: Puerto Cabello nunca ha vivido de su mar, contrario a lo que ocurre con los pueblos de oriente que esperan a los peñeros y el pescado para su sustento. Por el contrario, los porteños siempre han vivido del puerto, a través de cuyos muelles llegan los buques y mercancías generadoras de su actividad económica. Eso explicaría por qué en sus inicios se bendecía el puerto y no el mar.

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Oscar Yanes y Dalí en Nueva York; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Hay un tercer hombre, de perfil en la imagen, cuya identidad desconocemos. Debe ser un amigo de Salvador Dalí, a quien observa con admiración. Sus ropas se parecen. Y casi de espaldas a nosotros está el periodista caraqueño Oscar Yanes. La foto fue tomada en Nueva York, en abril de 1956. No es la única

Por Milagros Socorro | 4 de diciembre, 2016
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Oscar Yanes junto a Dalí en Nueva York, en abril de 1956. Imagen del Archivo Fotografía Urbana.

Hay un tercer hombre, de perfil en la imagen, cuya identidad desconocemos. Debe ser un amigo de Salvador Dalí, a quien observa con admiración. Sus ropas se parecen. Y casi de espaldas a nosotros está el periodista caraqueño Oscar Yanes. La foto fue tomada en Nueva York, en abril de 1956. No es la única que se conserva de la ocasión. También es conocida otra, en la que el entrevistado y el reportero caminan por la calle. Ésta es superior. O, por lo menos, más teatral y, por tanto, más descriptiva de la personalidad del célebre surrealista catalán.

Dalí, nacido en Figueras, en mayo de 1904, tiene 52 años. Oscar Yanes, venido al mundo en abril de 1927, en el barrio El Guarataro, estaba cumpliendo 29 por esos días.

El artista -pintor, escultor, orfebre, escenógrafo y escritor-ha debido ver las ventajas del escenario, dadas las interesantes líneas que lo cruzan, configurando un espacio de grandes posibilidades plásticas. Y habrá dado un salto al banco que le sirvió de escaño para ofrecer su representación de “El caballero de la mano en el pecho”, una de las obras más conocidas de El Greco, pintada hacia 1578-1580.

Tal como en el famoso cuadro, el sujeto retratado mira de frente al espectador mientras esboza con la mano un gesto de juramento. Y mientras el modelo de El Greco porta una espada dorada, que mantiene pegada a su cintura, Dalí se cruza el pecho con su bastón. El efecto de honorable clasicismo es idéntico.

En la composición de El Greco, las diagonales trazadas por la línea del cabello se repiten en las del bigote. Para esta gráfica, Dalí aprovechó la inmensa curva esbozada por el tubo que divide en dos la foto para sacar de quicio el semicírculo de sus famosos mostachos.El tratamiento que Doménikos Thetokópoulos da a la luz y al emplazamiento está calculado para crear la ilusión de que el espectador es testigo del rito de la jura. En esta foto los testigos son el periodista y el acompañante. Oscar Yanes, por cierto, siempre bromista, da la impresión de estar tomando muy en serio el juramento perpetuo de un hidalgo español.

En muchas de las fotos de Dalí aparece con la mirada alucinada que correspondía con la perspectiva surrealista. Aquí la mirada es solemne, pero no desquiciada. Es evidente que conocía al dedillo la obra a la que rinde homenaje y que le tenía gran respeto. De hecho, es conocida su admiración por el renacimiento.

Podemos ir un poco más atrás en la cita que pudiera estar haciendo Dalí: es posible que su mano en el pecho esté bajo el influjo del precioso autorretrato de Durero, hecho en 1498, donde el virtuoso renacentista alemán se pinta como una especie de Cristo de cabellos dorados que llama la atención sobre su herida en el costado. También Durero nos mira con expresión grave y serena. En 1926, el maestro alemán Otto Dix hizo un “Autorretrato con caballete”, donde aparece con la mano en la misma posición de Durero. Es, pues, un gesto que impresiona y conmueve a los artistas plásticos. En todos los casos podrían estar reivindicando los enormes logros de los artistas literalmente diestros: por su corazón habla la mano derecha.

No era, ni de lejos, la primera temporada de Dalí en los Estados Unidos (como quizá sí lo era de Oscar Yanes cuyo ancho abrigo parece una chiva de algún pariente). El artista había llegado a la Gran Manzana en 1934, por diligencia del mítico marchante Julien Levy. La exposición que hizo entonces causógran revuelo en Nueva York. De inmediato, la pareja que componían el y su esposa Gala se convirtieron en la atracción de cuanto arrocito hacían en aquella ciudad. Especialmente célebre fue el baile de máscaras al que los Dalí fueron disfrazados de hijo de Lindbergh y su secuestrador, plagio que había ocurrido dos años antes, 1932. Fue tal la indignación que produjo la ocurrencia que tuvieron que ofrecer una disculpa pública.

Años más tarde, en 1940, el matrimonio huyó de la Segunda Guerra Mundial, que asolaba Europa y se instalaron en los Estados Unidos, donde vivieron ocho años. En 1949, ya con Franco en el poder, naturalmente, regresaron a España y se residenciaron en Cataluña. Ahí empezó la antipatía que muchos artistas y críticos tuvieron siempre por él. Claro que Dalí no se ahorró zalamerías con Franco; aunque no debe olvidarse el hecho de que nunca dejó de denunciar el asesinato de su amigo,el poeta Federico García Lorca por milicias nacionales.

En 1956, aunque no había cumplido los treinta años, ya Oscar Yanes era un periodista veterano. Tenía más de la mitad de su vida trotando detrás de la noticia y tecleando en una máquina de escribir: a los 14 años ya era reportero del naciente diario Últimas Noticias, del que fue jefe de redacción y director.

Dalí no sería la única personalidad mundialmente reconocida que entrevistaría. También tomó nota de las declaraciones que le dieron el premio Nobel de literatura John Steinbeck, el líder egipcio Gamal Abdel Nasser, los políticos norteamericanos Harry Truman, Robert Keneddy y Bill Clinton, el compositor y el director Igor Stravinski, entre otras celebridades.

También fue corresponsal de guerra de Vietnam. Era una época en la que Venezuela no estaba postrada en la miseria y la desesperanza, sino que vibraba con el mundo. Y algunos se cubrían de gloria.

Ramón J. Velásquez, ahora que es centenario; por Milagros Socorro

Esta imagen de Ramón José Velásquez Mujica, (San Juan de Colón, Táchira, 28 de noviembre de 1916 – Caracas, 24 de junio de 2014), es tan inusual que su propio hijo, José Rafael Velásquez Betancourt, quien aparece aquí en actitud de alborozado juego con su padre, no la había visto hasta que se la enviamos

Por Milagros Socorro | 27 de noviembre, 2016
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Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Esta imagen de Ramón José Velásquez Mujica, (San Juan de Colón, Táchira, 28 de noviembre de 1916 – Caracas, 24 de junio de 2014), es tan inusual que su propio hijo, José Rafael Velásquez Betancourt, quien aparece aquí en actitud de alborozado juego con su padre, no la había visto hasta que se la enviamos para recabar sus comentarios.

Debe haber sido tomada en 1962, por un fotógrafo del Palacio de Miraflores, en uno de cuyos pasillos tiene lugar la escena. Es un momento distendido. Probablemente, la esposa de Velásquez, Ligia Margarita Betancourt Goicoechea, habría salido esa mañana con su niño para llevarlo al odontólogo o al pediatra, y de regreso habrían pasado por la oficina de papá en un momento en que este hacía un alto en su comprometida agenda. O quizá era el cumpleaños del pequeño y lo llevarían a almorzar.

José Rafael Velásquez no recuerda ese día. Nació en octubre de 1955, de manera que debía tener siete años. Lo que sí tiene claro es que él y sus tres hermanos veían poco a su padre cuando eran niños. “Su trabajo era muy absorbente. Salía de la casa antes de las 6 de la mañana y regresaba muy tarde en la noche. Incluso, en muchas oportunidades pernoctaba en el Palacio, porque en esa época hubo muchas asonadas e inquietud en los cuarteles, y cuando no se estaba gestando algún golpe real, había fuertes rumores. Tenía que estar en vigilia permanente hasta que lograban sofocar los levantamientos”.

Rómulo Betancourt tomó posesión de la Presidencia en febrero de 1959. Y desde ese momento, Ramón Velásquez lo acompañó en la Secretaría General de la Presidencia, desde donde desplegó una admirable labor cultural e institucional. En manos de Velásquez, la naciente democracia se aprestó a crear, tal como ha consignado en su página web el Barcelona Centre for International Affairs, el Archivo Histórico del Palacio de Miraflores (sede oficial del Ejecutivo venezolano), el Boletín del mismo Archivo y una obra historiográfica y compilatoria monumental, el Pensamiento Político Venezolano del siglo XIX, enciclopedia de quince tomos. “Todo ello se vino a añadir a un bagaje personal como ensayista sobre historia política nacional”.

–A esa edad —sigue José Rafael Velásquez— uno percibía que su papá era una persona importante. Fuera de la casa había escoltas armados, vehículos oficiales… Eso no lo había en las casas de los amigos. En junio de 1960, cuando Betancourt sufrió un atentado, fui con mis padres a visitarlo. Aunque eso ocurrió antes que el día de esta foto, nunca he olvidado al presidente de la república con las manos vendadas.

El hijo dice que en la Secretaría de la Presidencia, Velásquez recibió miles de personas en audiencia. “Llevaba la cuenta de cuántas personas había recibido y cuáles eran sus requerimientos”. Según relata José Rafael Velásquez, el presidente Betancourt le advirtió a su amigo y colega escritor que no lo había llevado a ese cargo para que le escribiera los discursos. “Decía que a él no le había ido mal con su propio estilo”. Hombre de consensos, que siempre gozó del respeto de sus contemporáneos, Velásquez fue escogido para esa posición, y así se lo hizo saber Betancourt, para que le acercara a esa parte del país que no lo quería.

—Tú tienes amigos entre los militares, la iglesia, los sindicalistas, en los partidos. Atiéndelos a todos, incluso a quienes me odian. No quiero volver al exilio… —dice José Rafael Velásquez que su padre le contó.

Por cierto, Ramón J. Velásquez no es que estuviera sin trabajo. En las mismas elecciones en las que Betancourt se convirtió en jefe del Estado, el tachirense había sido elegido senador por su estado y diputado por Miranda. Pero Betancourt lo quería cerca, a pocas puertas de su propio despacho. “Lo que no perdonaría el país es el sectarismo, Ramón. Nosotros entramos al Salón de los Espejos, en el Palacio de Miraflores, y nos vimos multiplicados. Pero, en realidad, éramos cuatro gatos”. Este es un recuerdo que Ramón J. le confió a su hijo.

En 1963, unos meses antes de concluir el periodo de gobierno de Rómulo Betancourt, su valioso colaborador dejó la Secretaría de la Presidencia —que sería ocupada por Mariano Picón Salas— y se incorporó al Congreso Nacional. Defensor de la descentralización, quería estar en el parlamento para promover la creación de la Corporación de Desarrollo de Los Andes, Corpoandes, que comenzó a funcionar en diciembre de 1964.

Diez años después de que Ramón Velásquez abandonara esa oficina, en 1973, recibió el Premio Nacional de Literatura por su libro “La caída del liberalismo amarillo”. Y treinta años después de aquella fecha, quien fuera gran periodista e historiador, se convirtió en presidente interino, electo por el Congreso Nacional para el período 1993-1994. El 4 de junio de 1993, cuando Ramón Velásquez tenía 76 años y era senador independiente por AD, los diputados y senadores reunidos en sesión conjunta de las dos cámaras del Congreso pusieron en sus hombros la primera magistratura, hasta el 2 de febrero de 1994, cuando debía terminar del período presidencial de cinco años para el que Carlos Andrés Pérez había sido electo, en diciembre de 1988. Ese padre que en la imagen hace cosquillas a su muchachito había logrado preservar la línea constitucional, contra los vientos más bravos.

El hombre que está recostado en la pared es el entonces asistente de Ramón J. Velásquez, “el señor Ramones”, recuerda José Rafael. “Por mucho tiempo visitó nuestra casa porque mi papá era el padrino de su hija. Se hicieron, pues, compadres”. Y el otro, cuyo nombre desconocemos, es un escolta.

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Sergio Pitol fotografiado en Jalapa por Paolo Gasparini; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

El segundo día de la 36ª Feria Internacional del Libro de Oaxaca, Elena Poniatowska dio una rueda de prensa para conversar acerca de su recién publicado libro Las Indómitas (Editorial Seix Barral, México, 2016), del que aseguró que no será su última publicación, aunque, como recordó, en mayo del año que viene cumplirá 85 años. “Ya

Por Milagros Socorro | 20 de noviembre, 2016
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Sergio Pitol retratado por Paolo Gasparini. Archivo Fotografía Urbana.

El segundo día de la 36ª Feria Internacional del Libro de Oaxaca, Elena Poniatowska dio una rueda de prensa para conversar acerca de su recién publicado libro Las Indómitas (Editorial Seix Barral, México, 2016), del que aseguró que no será su última publicación, aunque, como recordó, en mayo del año que viene cumplirá 85 años. “Ya muchos compañeros de generación han muerto y algunos han fallecido en estos mismos días. Incluso, Sergio Pitol se ha puesto ya muy grave”.

Efectivamente, la noticia del ingreso al hospital del escritor Sergio Pitol, de 83 años, aparecía en toda la prensa mexicana y era comentada por los autores convocados en Oaxaca, sobre todo los de mayor edad, como la propia Poniatowska y Margo Glantz, también presentes en esa fiesta de los libros.

Los periódicos comentaban que Pitol, hospitalizado el 12 de noviembre en Xalapa, Veracruz, había tenido problemas de salud en los últimos años. “En mayo pasado, la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) develó una placa en su honor, pero no pudo asistir porque se encontraba delicado”. Pero la verdad es que el autor de El arte de la fuga ha presentado quebrantos y muy serios en buena parte de su vida; y el año pasado estuvo ingresado por una afasia progresiva que le ha afectado su capacidad del habla.

Un par de días más tarde los mismos diarios hablarían de una mejoría, pero la sensación generalizada es la que dio la Poniatowska sin medir demasiado sus palabras. “Pitol ya está muy grave…”.

Sé que fue un niño de mala salud porque lo he leído y porque él mismo me lo dijo en el año 2000, en Caracas, ciudad a la que fue invitado por la Fundación Atempo para dar conferencias y dictar un curso, el cual tomé

–Éramos una familia italiana, —me dijo Pitol— arruinada, golpeada fuertemente por la Revolución. Yo tenía una salud fatal, estaba siempre enfermo y por eso no podía asistir a la escuela. Aprendí a leer muy precozmente y fui un lector de tiempo completo. A los doce años leí La guerra y la paz y me cambió la vida. Mi hermano y yo éramos huérfanos (mi padre había muerto de una enfermedad en la columna; dos años después, cuando yo tenía siete, mi madre murió ahogada en un río y a los pocos días mi hermanita pequeña falleció también) así que vivíamos con mi abuela y estábamos casi siempre presentes cuando ella recibía a sus amistades. En estas charlas solo se hablaba del pasado. Mi infancia estuvo marcada por esta permanente evocación y a través de la literatura me zafé de este mundo que ya me resultaba opresivo.

A los 16 años, ya totalmente restablecido, se fue a la Ciudad de México para estudiar Derecho en la UNAM y en el camino encontró su vocación literaria. Sergio Pitol Demeneghi nació en Potero (un ingenio azucarero), Veracruz, el 18 de marzo de 1933. Ha tenido una brillante trayectoria intelectual como escritor, traductor y divulgador de la cultura. Fue miembro del Servicio Exterior desde 1960 y se desempeñó como agregado cultural de las embajadas mexicanas en Francia, Hungría, Polonia y la Unión Soviética, y embajador en Checoslovaquia. Además, residió en Roma, Pekín, Barcelona y España. Y, en suma, viajó por todo el mundo, como había soñado cuando era un niño que vagaba por paisajes imaginarios en su barco de sábanas.

Un día regresó a su país para quedarse. Y se residenció en Xalapa, capital del estado de Veracruz. Allí lo visitó Paolo Gasparini, en 2007, quien le tomó este retrato, que integra la colección del Archivo Fotografía Urbana.

Todo el universo de Sergio Pitol está contenido en la imagen. Sobre todo, su sonrisa encantadora y su capacidad de esparcir esa atmósfera de cariño que junta a la genialidad de su obra lo ha convertido en maestro de tantos escritores y lectores.

Que baile el dictador; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Claro que disfruta el baile, pero los ojos entrecerrados no deben atribuirse únicamente al placer sino sobre todo al fogonazo del flash. De hecho, podemos ver el destello reflejado en los lentes del general Pérez Jiménez, quien baila con señora que no es la suya en el Gran Salón Venezuela del Círculo Militar. No tenemos

Por Milagros Socorro | 13 de noviembre, 2016
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Fotografía del Archivo Fotografía Urbana

Claro que disfruta el baile, pero los ojos entrecerrados no deben atribuirse únicamente al placer sino sobre todo al fogonazo del flash. De hecho, podemos ver el destello reflejado en los lentes del general Pérez Jiménez, quien baila con señora que no es la suya en el Gran Salón Venezuela del Círculo Militar.

No tenemos el nombre del autor de la imagen ni la fecha en que fue realizada. Pero tiene que haber sido hecha entre el 2 de diciembre de 1953, cuando el propio Pérez Jiménez cortó la cinta para dejar inaugurado el complejo diseñado por Luis Malaussena, y enero de 1958, cuando el dictador huyó del país tras ser derrocado.

Debe ser una fiesta de Navidad o alguna fecha de mucha importancia, porque los dos están vestidos con gran elegancia. La señora lleva un traje muy bien cortado en satén bordado, con el cabello recogido en un peinado elaborado, pero sobrio; y las joyas también son delicadas y de buen gusto. Debe ser la esposa de un ministro o embajador. El traje de gala del general, visto desde nuestra perspectiva, luce ridículo por lo recargado, el exceso de flecos y adornos dorados lo hacen lucir como un antecedente del carnaval de Rio de Janeiro o de los emperadores africanos, y esas borlas como de cortinero versallesco, que evidentemente se menean con el movimiento. Es posible que la risita de ella obedezca en parte al júbilo de estar bailando con el caballero más importante de la fiesta y también por efecto de los azotes que los largos flecos deben atizarle. En fin, debe ser muy raro bailar con un hombre que lleva esa especie de refajo tembloroso. Debe ser como echar un pie con una hawaiana.

La sonrisa de él tiene varias lecturas, como todo en las fotografías. Hay quien ve un rictus siniestro, porque mientras Pérez Jiménez se desliza feliz por el entarimado del salón, los presos políticos pasan noches de horror en sus mazmorras y el país padece la falta de libertades, la censura y el miedo. Pero hay quienes ven en ese gesto la legítima satisfacción por los innegables logros del Nuevo Ideal Nacional, que trajo una prosperidad nunca antes experimentada por Venezuela y llenó el país –sobre todo, Caracas- de un buen número de importantes obras de infraestructura.

La paradoja detrás de esta sonrisa fue expresada por el escritor José Ignacio Cabrujas, opositor de aquel régimen en su momento, quien dijo en una entrevista: “Quienes nos oponíamos a Pérez Jiménez -por una cuestión visceral, porque éramos comunistas, porque nos perseguían– de alguna manera participábamos de ese mundo, ese era el mundo real. Lo que no nos gustaba era él, el régimen de dictadura, la falta de libertad, pero la época nos gustaba, la vivíamos intensamente, sentíamos que progresábamos, que no era mérito de Pérez Jiménez sino de las inmensas riquezas del país. Pensábamos que era de cajón que Pérez Jiménez hiciera lo que hacía, que no faltaba más, pero que alguien lo podía hacer mejor… A la larga descubrimos que no, que nadie lo hizo mejor, es casi blasfemo para mí mismo decirlo, pero es la verdad, o siento que es la verdad”.

Esta fotografía capta la contradicción señalada por Cabrujas. El dictador y su pareja están aislados, bailan solos, recortados sobre un fondo un oscuro donde pululan los conflictos. Pero se aseguró de que estuvieran los fotógrafos.

En el Caribe todo el mundo baila. Y qué. Es natural. Nos bailan desde chiquitos. Pero solo los dictadores obligan al país a contemplarlos mientras lo hacen. Como si al cooptar las leyes y apoderarse de los recursos de la Nación se convirtieran también en los reyes del mambo. Pérez Jiménez, quien se había graduado en la Academia Militar con las más altas calificaciones (un promedio que no ha sido superado) y encabezaba un gobierno que atraía a los inmigrantes por cientos de miles, bailaba al arrullo de grandes orquestas. No con discos. Ya eso vendrá con la era de la degradación, cuando habrá presos políticos y exiliados, censura, persecución y opresión, pero todo lo demás será exactamente lo contrario. Donde había inmigrantes, habrá estampida de emigración. Donde había construcción, se apilarán los escombros. En fin, todo al revés, con la excepción, naturalmente, de que el dictador sigue creyendo que se luce bailando.

Homenaje a José Agustín Catalá; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Es un día espléndido. El sol ha salido para todos. Alguien debe estarle diciendo a José Agustín Catalá algo así como qué le verán las mujeres, que suelen rodearlo, amapucharlo, entregarse a sus abrazos con júbilo y confianza, en la certeza de que están en las mejores manos. El aludido hace bueno el comentario reforzando

Por Milagros Socorro | 6 de noviembre, 2016
S/A. Alfredo Tarre Murzi, Isa Dobles, José Agustín Catalá, María Teresa Castillo, Abelardo Raidi, Jesús Paz Galarraga

S/A. Alfredo Tarre Murzi, Isa Dobles, José Agustín Catalá, María Teresa Castillo, Abelardo Raidi, Jesús Paz Galarraga. Fotografía del Archivo Fotografía Urbana

Es un día espléndido. El sol ha salido para todos. Alguien debe estarle diciendo a José Agustín Catalá algo así como qué le verán las mujeres, que suelen rodearlo, amapucharlo, entregarse a sus abrazos con júbilo y confianza, en la certeza de que están en las mejores manos. El aludido hace bueno el comentario reforzando el gesto acaparador con que retiene a dos mujeres extraordinarias, cariátides del siglo XX venezolano, Isa Dobles, la rubia, y María Teresa Castillo, la trigueña. No lo niega. Tampoco se las echa. Se ríe. Festeja la observación, que por lo demás es una gran verdad. Isa suelta la carcajada mirando al deslenguado y María Teresa cierra los ojos, coqueta, parece resguardarse en la dulce sombra que él proyecta. Los otros hombres admiten con simpatía lo que nadie podría negar. Todos miran hacia el origen de tanta sabiduría, con excepción del periodista Abelardo Raidi, quien parece disfrutar el momento sin perder de vista al reportero gráfico: alguien tiene que documentar el instante en que José Agustín recibe el homenaje del país en la forma de esta histórica trinidad que forma con Isa y María Teresa, mientras lo flanquean Alfredo Tarre Murzi, Ángel Paz Galarraga, el propio Raidi y otro hombre a quien no alcanzamos a divisar, pero que de seguro vendrá a completar el espectro político nacional, aquí reunido.

Es un gran día. José Agustín Catalá es un tipazo de novela. Hace un día delicioso, fresco y soleado. Los ilumina la incomparable luz de Caracas en febrero. Concretamente, el 11 de febrero de 1985. Se han reunido para hacer un homenaje a José Agustín Catalá por sus 70 años, los más nobles y plenos de servicio al país que algún venezolano haya podido vivir.

El fotógrafo, cuyo nombre desconocemos, los capta a la entrada de la sede de la agencia de festejos Quinta Mar, en la avenida Los Jabillos, La Florida. Sabe lo que hace. Con un clic expresa lo fundamental: todas las posiciones políticas tienen un vértice en José Agustín Catalá; y esta convivencia jovial viene a ser un patrimonio nacional, que tiene en la pluralidad y el respeto entre todos una especie de templo simbólico, de allí que el conjunto traza el dibujo triangular de un frontón neoclásico. Con todo y sus palitos en las manos, los congregados en la gráfica son las columnas que sostienen el frontispicio democrático.

No quisiera reducir la entidad de los presentes al partido o ideología a los que estaban adscritos. Basta mencionar lo que viene al caso: era diverso. Todos son políticos, todos escriben, todos están en el debate nacional, en la prensa, tienen posiciones nítidas y muchas veces polémicas.

El orador del evento fue Ramón J. Velásquez, quien había conocido a Catalá en 1944, cuando este fue a la redacción de El País, donde trabajaba el tachirense, buscando a Rómulo Betancourt, editorialista de ese diario, (además de concejal por San Agustín y fundador, tres años antes, de Acción Democrática). Más tarde compartirían prisión, predicamento que sella amistades con anclaje de perenne fraternidad.

En ocasión del homenaje a Catalá, al completar siete décadas (había nacido el 11 de febrero de 1915), Ramón Velásquez habló del sostenido propósito de aquel por “mantener viva la memoria de la lucha por la conquista de la libertad”.

–Esta noche —dijo Velásquez, cuando ya esa luz que vemos en la foto se había desvanecido— queremos recordar singularmente la tarea cumplida por Catalá en los años de la dictadura, que culminó con la edición del Libro Negro, lo cual le acarrearía la destrucción de su empresa y su larga prisión. Fue en esos días de las cárceles, cuando él inició la recopilación de los materiales históricos que integran hoy su excelente colección. No pensó en ningún momento José Agustín Catalá iniciar esta tarea recopiladora y este empeño editor como un vulgar cobro ni como una forma de retaliación

En el párrafo que cerró su intervención, Velásquez explicó que los amigos de Catalá habían querido reconocer en él al hombre que es modesto, “como deben ser los hombres de la democracia”; al hombre que tiene buena memoria, “como debemos tener los hombres de la democracia”; al hombre que entiende “que la democracia es una batalla que se libra todos los días más allá de las fronteras del país”.

José Agustín Catalá murió el 18 de diciembre de 2011, dos meses antes de cumplir 97 años. Al día siguiente apareció una nota escrita por Isa Dobles, donde intentaba resumir en un par de cuartillas lo que había sido una extraordinaria amistad. Tras apuntar convenientemente que él le llevaba 19 años, Isa incluyó retazos de sus charlas con él.

–En una de esas largas tenidas en las que hablábamos de todo, le pregunté: ¿Y el odio? ¿Qué lugar tiene en tu vida? ¿Cuando te torturaban, o mataban un compañero…?

Lo pensó segundos.

Movió la mano sobre el bastón y me contestó en voz baja: “Ninguno: Yo no sé cuándo me convencí de que odiar hace daño. Es un autocastigo”.

Cuando volvamos a reunirnos al sol de Caracas, los distintos igualados en una sonrisa, parte del mérito será de José Agustín Catalá, maestro de la memoria, del perdón y del valor patriótico del abrazo.

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Giraluna va al altar, por fin; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Curiosa fotografía de boda esta, en la que los novios parecen haber sido juntados por la intervención de un técnico de estudio. Ella se ve más que real que él, cuyos bordes lucen desdibujados. Ella mira al de la cámara y él a algo que no vemos, que tampoco parece ser algo específico. ¿Se pregunta

Por Milagros Socorro | 30 de octubre, 2016
Foto del matrimonio de Andrés Eloy Blanco y Lilina Iturbe

Matrimonio de Andrés Eloy Blanco y Lilina Iturbe. Esta fotografía pertenece al ArchivoFotografía Urbana

Curiosa fotografía de boda esta, en la que los novios parecen haber sido juntados por la intervención de un técnico de estudio. Ella se ve más que real que él, cuyos bordes lucen desdibujados. Ella mira al de la cámara y él a algo que no vemos, que tampoco parece ser algo específico. ¿Se pregunta qué vida va a darle a esa encantadora muchacha que ha decidido compartir su impredecible peripecia?

La novia tiene gesto de determinación. En menos de dos meses cumplirá 31 años. Ya todas sus primas y amigas están casadas, algunas ya tienen familia. Pero la expresión no es triunfal ni de alivio, ella jamás puso en duda que el matrimonio se realizaría. Quizá se reprocha una pizca haber supeditado la fecha a las andanzas políticas de él, que ya tiene 47 años, la edad en que su admirado Bolívar sucumbía en Santa Marta. Bueno, mejor disipar los pensamientos sombríos. Lo importante es que aquí están, saliendo de la iglesia, con velo y corona a dos aguas. Y el novio no puede estar más elegante. Venga, a celebrar. Mayor suerte no puede tener el hombre que ha puesto su firma en el documento que lo une a una mujer de su mismo mar, que estará a su lado en mil peripecias, incluida la última, de la que ella saldrá con el talante aplomado que le vemos en la foto, con la mirada franca, la barbilla orientada al porvenir y las emociones dobladitas entre los labios, contenidas y bien guardadas, como una pequeña baraja final.

Es el 17 de junio de 1944. Angelina “Lilina” Iturbe Castillo y Andrés Eloy Blanco Meaño acaban de casarse en la iglesia de San Juan, en Caracas. La iglesia ha estado colmada de amigos de todas las tendencias políticas, así como de artistas y poetas. La ceremonia ha puesto fin a un noviazgo de doce años, iniciado cinco años después de que la pareja se conociera, cosa que ocurrió en 1927, cuando ella tenía apenas 14 años. La propia Lilina le contó este evento inicial a Isa Dobles, quien la entrevistó en 1983, poco antes de la muerte de aquella. “Nos conocimos en el matrimonio de un pariente, en Valencia”, le dijo Lilina a Isa Dobles. “Y desde el comienzo comenzó a decir piropos ahí. Como yo era romántica, me interesó. Mi padre me lo presentó, porque él había estado cucarachoneando con una de mis primas. Yo tenía las pestañas inmensas… y se paró allí y me dijo: ‘Ah no, tú me gustas más que tu prima. Carita, Marisalá, présteme usted una pestaña, se me ha olvidado la caña y voy al río a pescar’”.

El recuerdo que guardaría Andrés Eloy de aquel primer encuentro, es tesoro compartido con la hispanidad. Lo consignó en el poema “Aparición de Giraluna”:

“Una boda al aire libre / de Valencia, por la tarde […] Y fue entonces: Una niña / y en dos trenzas los cabellos, / una luz en la mirada / que alumbraba hasta allá lejos; / ancho mirar, como plaza / para un noviazgo labriego; / las pestañas como juncos / junto a los ojos inmensos; / —¿cómo hará para cerrarlos? / ¡y qué grande será el sueño! […] Y escondida en los naranjos / encontré la nueva flor. / Encontré la giraluna, / la novia del girasol”

El padre de Lilina, a quien ella alude en la conversación con Isa Dobles, era el ingeniero Eneas Iturbe Bescanza, cuyo nombre aparece, junto al de su hermano Aquiles, en la historia de la ingeniería venezolana. Y su madre era hermana del padre de María Teresa Castillo, así que ellas crecieron como primas. Sería Miguel Otero Silva, esposo de María Teresa, quien llamaría a Andrés Eloy, para siempre, el Poeta de Venezuela.

Lilina había el 12 de agosto de 1913, en Carúpano; y como Andrés Eloy Blanco había venido al mundo 17 años antes, el 6 de agosto de 1896, en Cumaná, a esa cercanía se refiere él cuando escribe el poema “Caribe, del libro Giraluna, donde escribe:

“Como para decirlo de rodillas: / ¡Qué bien está que en nuestro mar me quieras! / ¡Qué bueno fue nacer en sus riberas! / ¡Qué bien sabrá morir en sus orillas! / Qué llano azul para sembrarle quillas / Qué historia de vigilias costaneras / ¡Qué mar de ayer, para inventar banderas / coloradas, azules y amarillas! / ¡Qué bien está decir que el mar es tuyo/ que el mar es mío y que en el mar te arrullo / con arrullo del mar de nuestra infancia!”

Se habían conocido en 1927, pero un año después Andrés Eloy Blanco fue hecho prisionero y confinado en el Barco de Piedra, el Castillo de San Felipe de Puerto Cabello, donde permanecería hasta 1932, cuando lo liberaron porque estaba muy enfermo. Ese mismo año comenzó el romance, que trascurriría al hilo de los sobresaltos de la historia de Venezuela de la primera mitad del siglo XX.

El galán milita, se cuenta entre los fundadores de Acción Democrática, legisla, escribe columnas de opinión, escribe libros de poesía, arengas a las multitudes con su formidable oratoria, sale corriendo del país cuando la mano viene mala. Y sus finanzas no se ven precisamente favorecidas por esta agenda. Un año antes de la boda, en 1943, al replicar, en una sesión de la Cámara de Diputados, a un colega de tolda contraria, que quiso descalificar sus habilidades de legislador por ser poeta, estableció que a su vocación de bardo sumaba sus conocimientos de abogado y sus dotes de tribuno. “Precisamente he tratado de juntar siempre mi cualidad de diputado con mi cualidad de poeta. Porque tengo del poeta un concepto nuevo; porque considero como la más alta de sus funciones la función social del poeta. Yo debo con todo afecto corresponder a la frase del diputado Manzo, quien en este caso no fue muy ‘manso’ conmigo que digamos, diciéndole que yo no soy un notable abogado. En mí lo único notable como abogado es la falta de clientela”. En fin lo dicho, Andrés Eloy era un buen partido, qué duda cabe, pero no por su economía.

Cuando Rómulo Gallegos llegó a la Presidencia de la República, nombró a Andrés Eloy su canciller. Estaría al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores desde el 15 de febrero de 1948 hasta el 24 de noviembre de 1948. Poco meses y tampoco era exactamente gozar de las mieles del poder. Luis Felipe Blanco Iturbe, hijo de la pareja, ha contado, según escribió José Félix Díaz Bermúdez, en su columna en El Universal, que recuerda “vívidamente las salidas de madrugada, embojotado en cobijas y en el asiento trasero de un carro grande y negro de la Cancillería, rumbo a la casa de algún primo, mientras mi madre se acogía a la de una hermana, porque los murmullos eran incesantes…”.

Finalmente, las murmuraciones se hicieron realidad, Rómulo Gallegos fue derrocado por un golpe militar. El canciller se encontraba al frente de la delegación venezolana que asistía a la Tercera Asamblea General de las Naciones Unidas, en París. Inmediatamente se exilió en México. Con Lilina y los dos hijos, se residenció en Cuernavaca. ¿Por qué allí? El escritor norteamericano Howard Fast lo explica, en su relato Cristo en Cuernavaca:

“Cuernavaca está lleno de desterrados de una y otra clase, así ha sido por muchos años: los republicanos españoles en destierro y, antes que ellos, los desterrados alemanes y, aún antes, los desterrados de toda América Latina; porque si uno tiene que si uno tiene que estar desterrado, ¿dónde mejor que en un pueblo encantador y tranquilo como Cuernavaca? [Allí van] muchas otras personas enfermas con el miedo y con el horror de lo que estaba sucediendo en la tierra en que nacieron”

Andrés Eloy no regresaría a Venezuela. No vivo. El 21 de mayo de 1955, cuando regresaban a Cuernavaca, tras haber asistido a un acto conmemorativo de la muerte de Alberto Carnevali , —quien había fallecido dos años antes, el 20 de mayo de 1953, en la Penitenciaría General de Venezuela, San Juan de Los Morros, estado Guárico—, tuvieron un malhadado choque de automóviles de saldo trágico. Él murió y Lilina resultó herida. Tres semana después, el 6 de junio, sus restos fueron trasladados a Caracas para su sepelio, vigilado de cerca por el régimen. Muerto todavía les parecía peligroso.

Lilina, la Giraluna de la literatura venezolana, murió el 25 de noviembre de 1983.

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Parece un recuerdo vago. De otro mundo. Otra era. El país antes de la glaciación de vinagre. Es un vagón del Metro de Caracas, visto por Ramón Grandal, en 1997. La foto, sacada del Archivo Fotografía Urbana, se titula “Carnaval”. No vemos disfraces en ella. Ni siquiera el niño, aunque… un momento… ¿es estampa de

Por Milagros Socorro | 16 de octubre, 2016
Carnaval, 1997. Por Ramón Grandal

Carnaval, 1997. Fotografía de Ramón Grandal

Parece un recuerdo vago. De otro mundo. Otra era. El país antes de la glaciación de vinagre. Es un vagón del Metro de Caracas, visto por Ramón Grandal, en 1997.

La foto, sacada del Archivo Fotografía Urbana, se titula “Carnaval”. No vemos disfraces en ella. Ni siquiera el niño, aunque… un momento… ¿es estampa de camuflaje la de su pantalón? Han pasado exactamente cinco años del intento de golpe de Hugo Chávez, en febrero de 1992, y desde entonces la indumentaria evocativa de los oficiales felones ingresó en el catálogo de los disfraces infantiles. El bongosero lleva un sombrero de paja. No es común a finales del siglo XX. Puede calificar para carnavalada.

El vagón no está atestado. La mujer sentada junto a los músicos sostiene el bolso, pero no lo abraza como a un sietemesino, como hacen ahora los pasajeros del subterráneo caraqueño con sus pertenencias. No parece especialmente interesada en la guataca, pero tampoco se ve aprensiva ni mucho menos aterrada. Nadie se ve desconfiado de quienes lo rodean. Nadie está esperando un atraco o uno de esos sermones lastimeros que terminan en ruego con navaja, limosna con amenaza más o menos velada. Y el tren luce limpiecito como un sol…

Es el pasado, qué duda cabe. Ese denostado pasado, cuando podían darse escenas como esta: desconocidos que coinciden en el reducido espacio de un vagón y no están tensos ni tampoco miran al fotógrafo como si fuera agente de alguna fuerza oscura. Un pasado cuando el piso del Metro tenía un linóleo impecable, las agarraderas del techo estaban completas e intactas, y los usuarios no tienen la faz de quien está perdiendo peso a todo vapor, ni de mejor que ni me hables porque estoy de a toque.

Debemos aprender a no idealizar el pasado, nos advierte Guillermo Ramos Flamerich en una reciente entrega del portal Politika UCAB. “La ‘edad de oro’ quizás nunca ocurrió, pero la nostalgia nos embarga al comparar lo que teníamos con este presente tan tenebroso”, dice el columnista.

El techo pulido nos interpela amargamente. Tanto como los zapatos del percusionista, sino de estreno en muy buen estado. Las camisas no están desvaídas (no han llevado más cuerdas que Betulio, como dicen en Maracaibo a cada rato en alusión al vestuario que la revolución reserva para los pobres y a la clase media, y perdonen la redundancia). Miramos los detalles como el hambriento asomado a la vitrina de una pastelería. Los brazos de esa morena, qué redondos, qué apretados, qué bien trufados de calorías. Y el cabello del ángel de la testosterona, que observa allá atrás sin perder detalle pero sin atreverse a mayores participaciones, tiene a su alcance tintes para el cabello que probablemente cambia cada semana. La fotografía tiene eso, pone la mirada lambucia. “La conmoción total que vive esta sufrida república da para todo”, apunta Guillermo Ramos Flamerich en el artículo ya citado.

El fotógrafo es el cubano Ramón Grandal, quien en 1993 se residenció en Venezuela después de haber desplegado una gran carrera no solo en su isla natal sino en América latina y buena parte de Europa, donde hizo exposiciones individuales y tomó parte en numerosas colectivas, dio conferencias y enseñó en universidades y otras instituciones. El trabajo de Grandal ha sido merecedor de importantes distinciones, entre los que destaca la Mención del Premio de Fotografía Latinoamericana Josune Dorronsoro, el Premio Único del Festival Internacional de la Luz en 2000 y el Premio de Fotografía de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Y está representado en muchos museos, entre los que se cuentan varios venezolanos. Además, sus imágenes han sido publicadas a lo largo de tres décadas en libros, revistas y periódicos de Europa, Estados Unidos y América Latina. En la actualidad vive en Miami.

Hay algo que llama la atención en el encuadre de Grandal. Las dos mujeres que flanquean la imagen. Son como cariátides llamadas a sostener ese templo, ¿o será templete?, sobre rieles. Una, la de la izquierda, mira al frente; y la otra, parece vigilar la improvisada fiesta que avanza bajo la tierra de Caracas. Las dos tienen los brazos flexionados, ¿en oración? ¿Cruzados sobre el pecho en actitud vigilante?

Qué vio Ramón Grandal un año antes de que Venezuela entregara todo eso que vemos en la foto al trapiche de la destrucción. O puede ser que más bien nos augure que, en aún en la desolación, Venezuela tiene siempre deidades rechonchas que velan por su recuperación.

Qué tristes, sucios y apiñados son los vagones el Metro de Caracas hoy. Y, lo peor, cuán fragmentada es la sociedad que en esta imagen parece unida por hilos invisibles y elásticos. Aún sin conocerse, ellos forman una comunidad. Son ciudadanos de un mismo país. ¿Estaremos idealizando?

Es 1997. En unos minutos estos personajes se exiliarán de la patria del blanco y negro y saldrán a la superficie de una ciudad que ignora con cuánta fuerza y crueldad va abatirse contra su nuca el garrote que está a punto de poner en manos de un gorila.

¿Sabes quién soy?; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Creo que estoy arreglada para una boda. Probablemente, soy la madrina o formo parte del cortejo. No recuerdo si el traje era así exactamente o fue iluminado cuando retocaron la fotografía. Me inclino a pensar que el vestido era completamente blanco… un momento… si hubiera sido blanco, la novia era yo. Pero no. No parece

Por Milagros Socorro | 9 de octubre, 2016
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Fotografía del Archivo Fotografía Urbana

Creo que estoy arreglada para una boda. Probablemente, soy la madrina o formo parte del cortejo. No recuerdo si el traje era así exactamente o fue iluminado cuando retocaron la fotografía. Me inclino a pensar que el vestido era completamente blanco… un momento… si hubiera sido blanco, la novia era yo. Pero no. No parece un traje de novia. Ha debido ser rosa claro o amarillo muy pálido. ¿Sería gris? Y que el fotógrafo o un ayudante atrevido manipuló la imagen para sacarle un color que no estaba en el original. En fin, me parece.

Ya sé que los ramilletes en las sienes me hacen parecer una ilustración del signo de Capricornio (en el zodiaco) o un adelanto provinciano de la Princesa Leia. Créanlo o no, fue mi invento. En esa época todavía me mortificaba lo pronunciado de mi mentón –mi prognatismo borbónico, como lo calificaba una de mis tías- y pensé que si me encaramaba par de promontorios florales haría contrapeso a esa barbilla adelantada, que por la época todavía me atormentaba. Ya no, naturalmente. Con los años uno se acostumbra a sus defectos (cosa que no ocurre con los de los demás). Las flores, que eran de tela, estaban cosidas a una peineta. Rodaron por distintas gavetas durante años, hasta que en alguna mudanza los boté. El vestido si desapareció del escaparate pronto, porque se lo di a una pariente pobre que desdeñó el tocado dejándolo olvidado en la mesa del patio, la que está bajo la mata de mango. En fin, creo. Todo esto no pasa de ser una especulación, porque no sé quién soy. Lo he olvidado.

He comparecido en este espacio periodístico con la esperanza de que alguien me reconozca. Quizá le diga algo mi hermoso cabello. Me sentía vanidosa por la forma en que se encrespaba en las puntas. Mis cejas, largas, pobladas y sedosas. Mi mirada, entonces límpida y vagamente melancólica. Mi nariz, fina y rematada en punta (la mala iluminación de la fotografía hace que proyecte una sombra cómica, como de zapatico). Mi boca tan negada a la sonrisa (ojalá que no al beso). Mi cuello, mi gran orgullo, de cisne y entonces tan terso. El talle, largo y fino. El busto pequeño, huidizo. Los brazos preciosos, firmes afilados, muy expresivos. Sí, un rasgo curioso. ¿Esperabas ver vello espeso en ellos, verdad? Mis primas observaban, envidiosas, mis lampiñas extremidades… tan distintas a las de ellas, ¿verdad, queridas primates? La muñeca no tan fina como yo hubiera querido, pero las manos eran un primor. Ni una mancha, ni una resequedad. Rebosan de juventud, de colágeno, de lanolina. Manos de señorita, de eso no hay duda.

La gargantilla era de mi madre. ¿O habría sido un regalo de mi padre o de mi padrastro al cumplir los 16? El relojito lo estaba estrenando. Y el anillo, ah, el anillo, creo que es de compromiso. Lo luzco con recato virginal.

El traje, de blonda en el escote, satén en el torso y tul en la amplia falda, bordado con lentejuelas y canutillos, me lo había hecho una costurera española que vivía en Catia. Tuvo que rehacerlo varias veces porque en el camino fui perdiendo peso. En la foto puede verse que el corpiño queda un poco holgado. “Estás muy jipata, hija, me decía mi abuela”. Lo que daría por recobrar esa cintura. Y esa fe en el mundo, que expresa la mirada. Nótese, por cierto, que los dibujos de la falda no siguen un patrón: son diferentes entre sí y creo que esbozan figuras ¿humanas?

Ignoro completamente mi identidad. Mi apellido, (por lo que mi nombre me dice poco). Las señas de mi familia. La gráfica ofrece una pista que puede serte valiosa. La dedicatoria: “Para ti, Guillermito de mi alma, complemento de mi felicidad. Tu Alicia. Caracas, 17 / 4 / 43”. Y el hecho de que fue tomada en el estudio Foto París.

Cuéntame lo que sepas de mí. Dime si aún vivo o si descanso eternamente en una colina que domine Caracas, como alguna vez deseé.

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También puede leer este texto  en la web del Archivo Fotografía Urbana