Perspectivas

Algunos vicios de la política latinoamericana; por Carlos Malamud

[Infolatam].- Es notorio que todo lo que rodea a la política atraviesa momentos difíciles en América Latina y el mundo en general. Esto afecta no sólo a los partidos políticos y sus dirigentes, sino también a las instituciones democráticas, como apuntan una y otra vez las encuestas que muestran sus bajos índices de aprobación y

Por Carlos Malamud | 16 de enero, 2017

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[Infolatam].- Es notorio que todo lo que rodea a la política atraviesa momentos difíciles en América Latina y el mundo en general. Esto afecta no sólo a los partidos políticos y sus dirigentes, sino también a las instituciones democráticas, como apuntan una y otra vez las encuestas que muestran sus bajos índices de aprobación y la falta de confianza popular.

Curiosamente, cuando se insiste en algunas cuestiones polémicas de la realidad latinoamericana siempre hay voluntarios dispuestos a responder con argumentos manidos del tipo: “cuidado, esto también ocurre en otros lados”, o “es verdad, estos roban, son corruptos o autoritarios, pero qué pasa en tal lugar o con tal persona”. Quienes así argumentan suelen ser partidarios de los criticados y los contraejemplos que ofrecen están en las antípodas políticas o ideológicas.

En estos casos, la comparación sólo sirve para reflejar cuestiones muy extendidas en el mundo globalizado, pero es estéril para profundizar en el caso analizado. Tampoco se puede olvidar la libertad del autor para escribir sobre lo que le venga en gana, sin responder a las presiones de lectores bienpensantes, ansiosos o con agendas ocultas (en realidad, muy visibles).

Esta Ventana se dedica a tres vicios políticos latinoamericanos. No son nuevos, pero por uno u otro motivo han sido informativamente relevantes en la última semana. Estos son: 1) la resistencia de las viejas glorias, especialmente presidentes, a retirarse de la primera línea, dificultando la renovación de la dirigencia y la regeneración partidaria, 2) la elección de outsiders para encabezar la gestión de sus países, provincias o ciudades, que terminan en un desastre total, dada su falta de competencia y 3) el ritornello de la reelección presidencial, con la consecuente modificación de las reglas de juego en mitad del partido en propio beneficio.

Las viejas glorias

En Chile, la Junta Nacional del Partido por la Democracia (PPD) acaba de elegir su precandidato para las elecciones presidenciales. Por una abrumadora mayoría (158 votos contra 13) eligió al ex presidente Ricardo Lagos (78 años) para competir por la candidatura de Nueva Mayoría. Por ese puesto también compite el ex secretario general de la OEA José Miguel Insulza (73), del Partido Socialista (PS). Pero, las encuestas consideran al senador y ex periodista Alejandro Guillier (63) como el candidato de centro izquierda mejor situado. Guillier señaló recientemente: “Hay un tono de ajuste de cuentas de la sociedad con sus dirigentes políticos”. En la coalición de centro derecha el también ex presidente Sebastián Piñera (67) tiene aspiraciones similares y, de momento, encabeza las encuestas.

En Costa Rica hay un caso similar pero diferente. El ex presidente Óscar Arias (76 años) descartó en septiembre pasado ser el candidato del Partido Liberación Nacional (PLN) en las elecciones de 2018. Desde entonces se ha mostrado muy beligerante para cerrar el paso a su enemigo y ex presidente José María Figueres (62). Para ello ha decidido apoyar a Antonio Álvarez Desanti (58) en una campaña de tono catastrofista. Y al igual que en 2005, cuando era precandidato para las elecciones del año siguiente, que finalmente ganó, señaló que si en 2018 el PLN no gana las elecciones terminaría desapareciendo.

La tendencia de los ex presidentes latinoamericanos a mantener su protagonismo se ha convertido en un serio problema que afecta la renovación de las elites políticas. El fenómeno se vincula al excesivo presidencialismo, al caudillismo y los liderazgos carismáticos y a la deriva reeleccionista de los últimos 15 años. La reelección permanente ha sido un paso más en esta dirección.

Los outsiders incompetentes

El presidente guatemalteco Jimmy Morales ha cumplido su primer año en el cargo. Mientras la población comparte un sentimiento de desánimo y frustración frente a todas las promesas incumplidas, el balance que de su mandato hacen analistas y periodistas es muy negativo. Morales, hasta entonces sólo un discreto cómico de televisión, ganó las elecciones tras el estrepitoso fracaso de Otto Pérez Molina y su Partido Patriota (PP), sumido en graves acusaciones de corrupción. El jefe de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) afirmó: “El PP fue una empresa criminal dedicada al expolio del Estado”.

Morales, que compitió con el lema “Ni corrupto ni ladrón” ya ha enfrentado casos de corrupción donde se han visto implicados familiares suyos. Pero, lo peor es la parálisis de su gobierno, que no ha impulsado ninguna reforma para acabar con la corrupción y con la ola de violencia existentes. José Elías recoge en El País el testimonio de un académico guatemalteco: “Morales ha sido incapaz de abrir un horizonte para enfrentar la problemática. No ha formulado una sola política pública, su aparato gubernamental está atrofiado y tampoco ha cumplido la promesa de luchar contra la corrupción y establecer la transparencia. Ha sido un presidente anodino”.

A vueltas con la reelección

En Honduras y Paraguay estaba prohibida la reelección presidencial y sus anteriores presidentes, Manuel Zelaya y Fernando Lugo, cesaron traumáticamente. En Honduras, la intervención militar contra Zelaya buscó impedir la modificación constitucional que habilitaría la reelección. Tras declarar la Suprema Corte en 2015 inaplicables los artículos de la Constitución que prohibían la reelección, hoy se asiste a un escenario impensable meses atrás, ya que en los próximos comicios se enfrentarán el actual presidente Juan Orlando Hernández (48 años) y Manuel Zelaya (64). En Paraguay, los partidarios del presidente Horacio Cartes impulsan la reforma constitucional por la reelección. De consumarse, asistiríamos a una situación similar a la hondureña, una lucha de Cartes (60 años) contra Lugo (65). Otra vez se trata de forzar la ley y las instituciones en beneficio del que manda.

La reelección no es buena ni mala, sólo es una norma constitucional más que debe ser respetada. Pero, cuando se crea necesario introducirla, lo correcto sería que sólo estuviera vigente a partir del siguiente mandato. De este modo, el impulsor de la medida quedaría al margen de sus réditos inmediatos. Por otra parte, y para limitar las pulsiones que repetidamente llevan a los ex presidentes a competir electoralmente una y otra vez, se podrían limitar los supuestos de la reelección. Por ejemplo, una sola vez allí donde se permite un nuevo período de forma inmediata, o reducir a uno o dos los mandatos que hay que estar fuera del poder para volver a presentarse. Si bien los políticos y los partidos son necesarios para fortalecer a las democracias latinoamericanas, también hay que exigirles unos estándares mínimos de seriedad y honradez.

El arte, la política y Gustavo Dudamel; por Fernando Mires

Sé que el artículo que voy a escribir no está orientado hacia un público especializado. Por eso no será fácil abordar el tema. Quiero escribir sobre las relaciones entre arte y política como consecuencias del vendaval de agresiones que ha desatado una parte de la oposición venezolana en contra del exitoso y joven director de

Por Fernando Mires | 6 de enero, 2017

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Sé que el artículo que voy a escribir no está orientado hacia un público especializado. Por eso no será fácil abordar el tema. Quiero escribir sobre las relaciones entre arte y política como consecuencias del vendaval de agresiones que ha desatado una parte de la oposición venezolana en contra del exitoso y joven director de orquesta Gustavo Dudamel.

Dudamel ha sido acusado por una parte de la oposición del “delito” de no haber roto con el chavismo ni haber tomado posiciones frente al régimen que impera en su país. La dificultad que asoma es que para abordar este tema es ineludible hacer un intento, por breve que sea, para cotejar la especificidad de lo artístico y de lo político. Lo intentaré.

1. Arte

Si voy a hablar de arte tengo que recurrir a quienes mejor han intentado entender el sentido de su ejercicio. Confrontado con el tema, los primeros nombres que llegan a mi mente son los de Nietzsche y Heidegger.

Según el Nietzsche de Así Habló Zaratustra y del Nacimiento de la Tragedia, el arte surge de la “voluntad de poder”. No obstante ese poder no tiene nada que ver con el poder ejercido sobre las personas y las cosas. Mucho menos con el poder político. Se trata de un poder extracorporal pero que, por paradoja, debe ser alcanzado con y a través del cuerpo. Un poder extrasensorial pero que a la vez debe ser conquistado con el uso limitado de nuestros sentidos. Un poder cuyo “sí mismo” está destinado a acceder a otra realidad  pero que a la vez usa como punto de partida la realidad que habitamos. En breve, se trata de un poder metafísico.

El arte lleva de por sí  una práctica metafísica o trascendental. Sin trascendencia, según Nietzsche, no hay arte. Esa es una de sus proposiciones centrales en Zaratustra.

En El Origen de la Tragedia, Nietzsche se distancia un tanto de la contradicción entre la esencia metafísica e inmanencia apariencial (sensorial) y propone un dualismo no antagónico entre lo dionisiaco y lo apolíneo. Lo dionisiaco corresponde al estado de embriaguez y éxtasis.

El arte, cualquiera sea su expresión, no puede prescindir del desvarío, afirma Nietzsche. Por esa razón el devenir del arte no transita por caminos rectos sino por laberintos. El artista presiente lo que busca, mas no lo sabe. Hacer arte supone confrontarse con un continuo perderse en sí mismo. El arte es tormentoso, es pasional y en sus orígenes, desenfrenado. Por eso Dioniso, dios de los placeres, a fin de no sucumbir aplastado por el peso de sus pasiones, necesita de Apolo, el dios del equilibrio, la perfección y la armonía. Pero para poner en orden a las pasiones, Apolo también necesita de ellas. Entre Dioniso y Apolo se establece entonces una relación de fraternidad e incluso de complicidad. De la comunicación entre ambos surgirá el arte. Sin uno o sin el otro, todo arte será un remedo del arte.

Heidegger, profundamente nitzscheano, continúa el pensamiento de Nietzsche, sobre todo en el primer tomo de su tratado sobre Nietzsche (son tres). Según Heidegger, el arte no termina en las cosas, no es cósico. Trabaja en y con las cosas pero en busca de una –este es concepto central en Heidegger- “apertura”.

La “apertura” se encuentra, según Heidegger, no fuera de alguna caverna como imaginó Platón, sino en las ocultas profundidades del Ser. En lo oculto, dijo Heidegger, vive la verdad. Arrojar luz hacia lo oculto es, en consecuencia, tarea principal del artista. Sin búsqueda de la verdad no hay arte -aquí Heidegger toma un camino distinto a Nietzsche, camino que transita precisamente en su libro Caminos del Bosque (Holzwege)-. El artista es un revelador de la verdad. El modelo del arte total, así como Nietzsche creyó encontrarlo en la música de Wagner, lo encontró Heidegger en la poesía de Hölderlin.

El arte según Heidegger se aproxima a la búsqueda de Dios pero convertido en La Verdad (Para Heidegger –legado socratiano- Verdad y Belleza son casi sinónimos). Solo a partir de la revelación de lo oculto comienza el proceso de la creación artística. (Re-creación, corregiría Ratzinger, pues el humano puede inventar o componer, nunca crear, atributo exclusivo de Dios).

El arte, al “desocultar” lo oculto, nos lleva a reconsiderar la existencia en el marco de otra historia, o lo que es igual, de otro tiempo distinto al de nuestra existencia. De tal modo, gracias al arte, salimos, al igual que Nietzsche, desde el más acá hacia el más allá, con la diferencia que, según Heidegger, ese más allá no esta fuera del más acá sino en los lugares más recónditos, quizás en el fondo mismo de nuestros corazones. La “apertura” para Heidegger es en cierto modo un regreso: un regreso hacia la esencia del Ser.

Y bien. Dejaremos en este punto esta síntesis acerca de la esencia del arte para dirigir la vista hacia ese otro espacio que nunca Nietzsche y Heidegger exploraron. Nos referimos al espacio de la política. Un espacio hacia el cual se atrevió a caminar, aunque muy sola, Hannah Arendt. A lo largo de ese camino podemos descubrir, guiados por Arendt, la enorme antítesis que existe entre el pensamiento artístico y el pensamiento político.

2. La Política

La antítesis entre ambos pensamientos explica a su vez la hipertensión que existe entre esos dos modos del ser, el del estar aquí y el del ser fuera de sí. La política, en efecto, no está situada en las profundidades del ser sino en su mera superficie. Sobre esa superficie se erigen las ciudades y en ellas debaten los ciudadanos sobre las cosas de este mundo. La política por lo mismo reside en el nivel de las apariencias, nunca en el de la trascendencia. Y mucho menos en el de las esencias. Una política no superficial no sería política. De la política no debemos esperar ninguna redención.

La política, a diferencias del arte, tiene lugar –afirma Arendt- bajo la luz de lo público (¿Qué es Política?). Su objetivo no es la búsqueda de la verdad sino, simplemente, de mínimas certidumbres. Para defender nuestras certidumbres, luchamos unos contra otros, pero al mismo tiempo establecemos compromisos. La política, luego, no es trascendente, sino radicalmente inmanente. Su práctica no se deja regir por las pasiones, ni por el amor, ni por el odio, sino que por una razón instrumental que nunca puede ni debe regir la actividad artística. Arte y política son en ese sentido excluyentes. Como el agua y el fuego, nunca podrán juntarse. Así se explica por qué casi no existen políticos dedicados al arte (a menos que consideremos como arte los mamarrachos que pintaba Chávez). A la inversa, cada vez que los artistas han intentado incursionar en política, los resultados, salvo raras excepciones, han sido catastróficos.

El arte actúa hacia lo desconocido. La política, en cambio, actúa sobre la base de lo existente. Sin acontecimientos no hay política. La política, en fin, no es actividad metafísica sino existencial. Todo proyecto encaminado a elaborar una política trascendental y metafísica, lleva, según Arendt, al totalitarismo (Los Orígenes del Totalitarismo) es decir, hacia el fin de la política. Tesis verificada durante los totalitarismos nazis y comunistas.

Con estos apuntes ya es suficiente entonces para percibir por qué los caminos del arte y la política están separados por campos minados. Esa es la razón, además, por la cual los artistas enfrentan una contradicción insalvable. Como habitantes de la ciudad, deben cumplir obligaciones ciudadanas y a veces asumir tareas políticas. Como artistas, están condenados a distanciarse de las cosas de este mundo.

Desde que hay política y arte, el dilema para todo artista ha sido: o poner la política al servicio de su arte o poner su arte al servicio de la política. Si elige la primera vía, será denostado por sus conciudadanos. Si elige la segunda, dejará de ser artista para convertirse en un mercenario al servicio de poderes circunstanciales. Por eso muchos artistas eligen un camino intermedio. Ese parece ser el elegido por el director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel.

3. Dudamel

Gustavo Dudamel decidió a muy temprana edad -siguiendo la línea de su maestro José Antonio Abreu, fundador del sistema nacional de Orquestas y Coros Juveniles- aceptar la colaboración del gobierno de turno como venía ocurriendo desde los años ochenta. El precio módico fue rendir respeto al gobierno sin poner la música bajo su servicio exclusivo.

Dudamel ha intentado, como miles de artistas en el mundo, un compromiso desde el reino de la música con el reino de este mundo. El problema es que esa solución intermedia no ha sido entendida por gran parte de la oposición política venezolana. Situación inédita en la historia de la música. Mientras más éxito alcanza Dudamel, más aversión despierta en sectores de la oposición. Los medios afines al chavismo tampoco lo glorifican. Seguramente esperan de él una toma firme de posiciones, loas al poder y juramentos de fidelidad a Maduro. Tampoco lo han logrado. Dudamel, simplemente, no quiere hablar sobre política. Decisión que contrasta con la de otros artistas latinoamericanos quienes pese a que intentaron opinar sobre política, jamás despertaron el odio concitado por Dudamel entre sus con-nacionales. Pensemos por ejemplo en dos muy grandes. Neruda y Borges.

Pablo Neruda nunca ocultó su militancia en el partido comunista. Pero su poesía era admirada más allá de su partido. Dos de sus mejores amigos no eran de izquierda. Hernán Díaz Arrieta (Alone) eximio y ultrareaccionario crítico literario de El Mercurio, nunca ahorró loas a Neruda. El escritor Jorge Edwards, al final de la vida de Neruda, fue confidente del gran poeta. Neruda, pese a ser comunista, iba mucho más allá de la dicotomía izquierda-derecha. Como Dudamel cuando dirige, Neruda, aún en su poesía política, estaba más allá de la política. Para mí Neruda –no pido a nadie que comparta mi opinión- era y es “la poesía”.

El caso de Jorge Luis Borges es aún más interesante. Siempre Borges presumió de anti-político. Pero pocos escritores han destilado más veneno político que Borges en contra del peronismo, del comunismo y del “progresismo”. Sin embargo, todas esas corrientes lo respetaron. Los escritores peronistas –son muchos- se declaran en su mayoría, devotos de Borges. Borges, para la intelectualidad argentina y gran parte de la latinoamericana, es el maestro. Si se quiere bromear un poco, Borges es el Maradona de los artistas e intelectuales de su nación (lo escribo con cierta sorna: Borges odiaba al fútbol)

Podríamos decir palabras similares de otros grandes como García Márquez (El “Gabo” es símbolo nacional) Octavio Paz e incluso Vargas Llosa cuya actividad política ha sido más que profusa. Los éxitos logrados en el exterior por esos escritores han sido celebrados por la inmensa mayoría de los habitantes de sus respectivos países quienes han sabido deponer diferencias cuando llega el momento de honrar a sus glorias nacionales. Eso lamentablemente no ha ocurrido en Venezuela con respecto a una de las figuras más representativas de la música contemporánea: Gustavo Dudamel.

En el campo de la música es difícil encontrar a alguien que haya elevado tan alto el nombre de su nación como Gustavo Dudamel. Ya sea en los Ángeles o en Gotenburg, en Chicago o en Stuttgart, en Nueva York o en Viena, ha ganado un reconocimiento internacional sin paralelo en la historia de la música latinoamericana. Hay directores de orquesta que ya lo comparan con Leonard Bernstein. Pocos han logrado sentir el espíritu de Mahler o de Brahms de un modo tan intenso. Verlo dirigir la cuarta de Brahms es un espectáculo. Dudamel no solo dirige, “vive” en Brahms.

Adonde vaya Dudamel será visto como embajador artístico, no de un gobierno, sino de una nación. Gracias a Dudamel muchos amantes de la música se han enterado de que Venezuela no solo produce petróleo, reinas de belleza y militares corruptos. Quieran o no, los venezolanos, no solo los chavistas, tienen una deuda con Gustavo Dudamel. Más grande será cuando llegue el momento de desagraviarlo frente a los indecibles insultos que le han propinado miembros de exaltadas fracciones de la oposición por el hecho de haber decidido, antes de su concierto de Nuevo Año en Viena, no dar opiniones políticas sobre su país.

Claudio Arrau, el genial pianista chileno, también tomó en su tiempo la decisión de Dudamel. Ni siquiera en los más feroces días de la dictadura militar quiso hablar sobre política. Todos, derecha e izquierda, si no lo entendimos, lo respetábamos. Y en sus giras íbamos a escucharlo no porque nos interesara su posición política sino porque llegó a ser el mejor especialista en piano de Beethoven y, además –hay que decirlo- porque era chileno, nacido en Chillán. Al igual que ayer Arrau, grandiosos pianistas rusos, algunos de ellos, emigrantes por razones políticas, viajan hoy por el mundo y ninguno opina sobre el régimen de Putin. Solo en Venezuela vilipendian a Dudamel porque no eleva su voz frente al régimen que azota al país.

Por cierto, hay también grandes músicos que como ciudadanos toman opciones políticas y en algunas ocasiones ponen sus talentos al servicio de una causa. La soprano Anna Netrebko -de quien se dice es la heredera de la Callas- y el magnífico director Valery Gergiev, no han vacilado en rendir homenaje al zar Putin en sus presentaciones. Muy bien, es su derecho, pero no es su obligación. Del mismo modo, la venezolana Gabriela Montero, pianista de reconocimiento internacional, ha llegado a componer piezas musicales a favor de una Venezuela democrática. Puede decirse lo mismo: es un derecho, pero no es una obligación. Y mientras alguien cumpla con las leyes y normas de un derecho universal que garantiza tanto la libertad de opinión como la libertad de no opinar, ni Montero ni Dudamel pueden ser objetados.

El autor de estas líneas comparte la opción política de Montero y a la vez acepta la opción de Dudamel. Pues compartir y aceptar son cosas diferentes. No hay ley moral o jurídica que obligue a los artistas a tomar o a no tomar decisiones políticas. Gracias a Dios. De ahí mi absoluta incomprensión frente a esos sectores afiebrados de la opinión pública venezolana que, al enjuiciar a Dudamel, se dejan regir por el lema totalitario: “o estás a favor o en contra de nosotros”. En nombre de su oposición al chavismo esos sectores han hecho suya la lógica del chavismo.

Evidentemente en Venezuela hay dos grandes conflictos. Por una parte, el de la oposición-gobierno. Por otra, el de una cultura democrática frente a otra muy antidemocrática. Esta última no solo reside en el chavismo. Atraviesa, además, de lado a lado, al conjunto de la oposición. Incluso, me atrevería a decir, una parte de la oposición, no sé cual es su magnitud, ha sido facistizada por el chavismo (si es que no lo estaba antes).

Haciendo una revisión a través de las redes sociales sorprende la magnitud e intensidad de las invectivas en contra de Dudamel. Dejemos de lado al hampa tuitera, esos criminales del teclado que proyectan sus complejos de inferioridad en contra de seres muy lejos de su nivel. Lo que sí asombra es que personas ponderadas hayan caído en el mismo frenesí anti-dudamelista. Razón de más para pensar que el problema no reside tanto en Dudamel sino en la propia oposición venezolana. En ese sentido parece ser evidente que Dudamel funge en estos momentos como chivo expiatorio frente a agresiones que no habían logrado encontrar un objeto concreto.

El deseo de agresión precede al objeto de agresión, dice una conocida tesis freudo-lacaniana. En efecto, Dudamel ha pasado a ser objeto de agresión de una tendencia política que no ha podido lograr sus objetivos de poder. Ya sea por una conducción errática, o por la imposibilidad de alcanzar un punto unitario, esa tendencia se encuentra muy frustrada. No habiendo podido derrotar al enemigo, impotente frente a un régimen armado hasta los dientes, ha terminado por desarrollar en su interior una serie de agresiones. Agresiones, que si no encuentran el objetivo, pueden transformarse en autoagresiones o ser invertidas en un objeto sustitutivo del enemigo (en este caso Dudamel). En las redes sociales, sus actores han optado por las dos vías a la vez. Por una parte se injurian de modo abominable entre sí. Por otra, descargan un increíble odio en alguien que ni siquiera es un político. Un profesional serio, un joven exitoso, un propietario de esa mercancía que no se vende en las farmacias: talento.

Por cierto, hay quienes hacen la separación entre el director Dudamel y el hombre Dudamel. Aducen que reconociendo el valor del primero, se pronuncian en contra del segundo aunque sin ahorrar epítetos (desde colaboracionista hasta hijo de perra). Desde un punto de vista formal esa es una posición correcta, pero desde el punto de vista político no lo es. Y no lo es por la sencilla razón de que Dudamel no es un político. Su mundo, como hombre y como artista, es musical.

Lo que más llama la atención es precisamente que la mayoría de los enemigos (¿políticos?) de Dudamel no polemizan con el director por el hecho de que este haya emitido una opinión sino por lo contrario: por el hecho de no haberla emitido. El manido argumento al que recurren es que, ante la situación que vive Venezuela, nadie puede ser neutral. Paradójicamente esa fue la misma posición que levantaron los nazis y los comunistas en sus respectivos países. En situación de guerra interna y externa -aducían- la neutralidad es colaboración. ¿No es la misma tónica empleada por Maduro cuando califica a toda la oposición como “enemigos de la patria?”.

Hannah Arendt, será preciso recordar, distinguía dos enemigas de la política: la despolitización y la sobrepolitización. La despolitización o apatía política lleva a la desintegración de una sociedad. La sobrepolitización, al convertir a todo en política, anula las diferencias entre lo político con lo no político (la intimidad, la religión, el arte) dándose así las condiciones para que aparezca la tentación totalitaria. Y bien, me parece que en estos momentos Venezuela vive un avanzado grado de sobrepolitización.

Afortunadamente he podido observar en las redes muchas posiciones razonables que no señalan a Dudamel como el enemigo número uno de la oposición, que llaman a centrar la acción frente a objetivos políticamente definidos (entre ellos la lucha por elecciones libres y soberanas), que reclaman una separación entre la política con los otros espacios de la vida ciudadana. En fin, opiniones que creen en una lucha democrática realizada por personas democráticas

Personas que creen en las diferencias, en la libertad de opinión y por lo mismo en la libertad de no opinar. Personas convencidas en que quienes cumplen con las leyes y con la moral normativa que de las leyes se deduce (l’esprit des lois según Montesquieu) no pueden ser juzgados ni condenados por nadie. Personas que no se dejan regir por una supuesta moral universal situada más allá de todo tiempo y lugar. Personas que creen que el debate político hay que llevarlo a cabo con políticos y no con cantantes, jugadores de fútbol y directores de orquesta. Personas, en fin, que han hecho suyo uno de los lemas más felices de Rosa Luxemburg: “La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa diferente”

Pienso que esas personas conforman la mayoría de la oposición venezolana. Quiero, además, creer que así es. Porque si no fuera así, seguir apoyando a esa oposición no valdría la pena.

Lo que sabemos (y no sabemos) sobre los nuevos Bonos Soberanos 2036; por Asdrubal Oliveros y Carlos M. Álvarez

El pasado 29 de diciembre, según información de la agencia internacional Bloomberg, el Ministerio de Finanzas emitió un bono soberano denominado en dólares por USD 5.000 millones. Sin embargo, esta emisión fue de carácter privado y con características particulares. Así, en este artículo queremos revisar los siete puntos más relevantes de esta nueva emisión y

Por Asdrúbal Oliveros y Carlos Miguel Álvarez | 5 de enero, 2017

Soluciones al problema de coordinacion en el sector publico por Ricardo Hausmann

El pasado 29 de diciembre, según información de la agencia internacional Bloomberg, el Ministerio de Finanzas emitió un bono soberano denominado en dólares por USD 5.000 millones. Sin embargo, esta emisión fue de carácter privado y con características particulares. Así, en este artículo queremos revisar los siete puntos más relevantes de esta nueva emisión y cuál sería su impacto en el flujo de divisas del país y en el nivel de importaciones.

1. ¿Cuáles son las características principales del bono?

Tal como mencionamos, este es un bono de carácter privado por 5.000 millones de dólares a cargo de la República, por lo que se considera un bono soberano cuyo vencimiento será en el año 2036 y con un cupón bianual de 6,5%. Lo que implica que esta pasa a ser la primera emisión soberana desde el 21 de octubre del 2011. Por otra parte, si consideramos a PDVSA, esta sería la primera emisión desde el 28 de octubre de 2014 cuando la petrolera igualmente realizó una emisión de carácter privado al Banco Central de Venezuela (BCV).

2. ¿Cómo fue emitido este bono?

Si bien no existen fuentes oficiales que reporten el detalle de esta emisión, lo que hemos podido investigar es que la emisión estuvo a cargo del banco chino Haitong International Securities. La emisión se hizo amparada bajo la Ley de Endeudamiento 2016 que fue aprobada por la Asamblea Nacional en 2015. Algunos analistas consideran este endeudamiento como ilegal por no haber sido aprobado por la actual Asamblea Nacional. No somos expertos legales por lo que este tema se lo dejamos a los expertos. Ahora, lo que sí sabemos es que dado el límite de la Ley de Endeudamiento 2016, la emisión se hizo a un tipo de cambio de 10,0 bolívares por dólar.

3. ¿Cuál es el objetivo de esta emisión?

El gobierno venezolano tiene enfrente dos grandes retos para el año 2017 si se quiere que la crisis económica y social no empeore: detener la tendencia en la caída de la producción de petróleo y evitar que las importaciones de bienes se contraigan por debajo de los niveles observados en 2016. Frente a esta situación, este bono será utilizado para reducir la deuda comercial del Estado principalmente con el sector petrolero —donde entran los contratistas y proveedores de PDVSA—, el sector farmacéutico y el sector alimentos. Por lo que el objetivo principal del nuevo bono es generar incentivos en los sectores correspondientes para superar esos grandes retos y con ello tener un año 2017 similar, en materia económica, al ya finalizado 2016.

4. ¿Qué ganan y qué pierden los sectores petroleros,
farmacéutico y alimentos?

Un punto negativo para estos sectores es que si bien algunas empresas lograran cobrar una deuda que en algunos casos supera los tres años de antigüedad, el monto efectivo que recibirían en divisas dependerá de la cotización del bono en los mercados internacionales. Al momento de escribir estas líneas el bono 2036 se cotiza en torno a los 35 puntos, por lo que por cada 100 dólares recibidos como pago de deuda si es vendido en este momento solo se recibirán en efectivo 35 dólares, lo que reflejaría una pérdida contable de 65 dólares. Por otro lado, un punto positivo es que los bonos permiten a los sectores adquirir divisas a un tipo de cambio implícito menor al cotizado en los mercados no oficiales. Adicionalmente, si el sector decide quedarse con los bonos hasta el vencimiento, gozaran de un ingreso en dólares por concepto de intereses durante 20 años y teóricamente podrán cobrar el valor total del bono en el largo plazo.

5. ¿Cómo se encuentra la deuda comercial con el sector privado?

Al cierre del tercer trimestre del 2016 (3T2016) la deuda comercial que mantenía el Estado con el sector privado ascendía a 33.229 millones de dólares. De los cuales, 11.326 millones de dólares corresponden a importaciones no liquidadas, 4.052 millones representan los dividendos aprobados pero no liquidados, 8.230 millones por concepto de rentas y servicios (incluida deuda con aerolíneas) y el restante 9.621 millones es la deuda con las empresas mixtas y el sector petrolero venezolano. Así, observamos como la deuda comercial se ha incrementado 26,4% desde el tercer trimestre de 2015 y 57,4% desde el tercer trimestre de 2014 cuando la misma alcanzaba 21.110 millones de dólares. Para entender un poco la magnitud de esta deuda, pensemos en que el total de importaciones de bienes durante todo el 2016 fueron de 20.064 millones de dólares, por lo que se puede afirmar que la deuda representa 1,65 veces el nivel total de importaciones durante un año donde fueron especialmente bajas

6. ¿Cómo afecta este bono a las cuentas externas del país?

Dado que el objetivo principal es reducir el nivel de deuda comercial, esta emisión no deber verse directamente como mayor liquidez de cara al año 2017 y que por lo tanto la brecha externa se cerraría. Por el contrario, el déficit de divisas se mantiene en el corto plazo, mientras que en el largo plazo, implica un compromiso de pago de 5.000 millones de dólares en el año 2036 y el pago de los intereses correspondientes durante los próximos 20 años. Una especie de trapito de agua caliente frente a un problema de fondo que no se resuelve sin corregir las grandes distorsiones que presenta la economía venezolana.

7. ¿Qué sabemos sobre la cláusula de default?

A diferencia de otros bonos soberanos, este papel no cuenta con cláusula de default relativa a la permanencia de Venezuela en el Fondo Monetario Internacional. De esta manera, podría decirse que es un papel con menos blindaje. Sin embargo, no se conocen otras características o detalles como por ejemplo, si contiene cláusulas de cross default o acceleration cross default. Pensaríamos que en esta oportunidad, la República no tendría incentivos para incluir cláusulas de este tipo.

8. ¿Tiene esta emisión otros efectos en la economía?

Depende. A ciencia cierta todavía no tenemos detalles sobre la liquidez que tendrá este bono en los mercados internacionales, es decir, si se podrá transar en mercados electrónicos como el de New York. Por ahora no ha sido inscrito en los mercados por lo que es considerado un instrumento poco líquido, o en otras palabras menos técnicas, no es fácil de comprar o vender. Tampoco sabemos cuál será la tasa a la cual será vendido a los sectores mencionados, lo que si sabemos en qué tanto la banca pública como el BCV pagaron 10 bolívares por dólares y que al ser vendidos a una tasa mayor se generaría una utilidad cambiaria con implicaciones monetarias que no son el objetivo de este artículo.

Moralidad, racionalidad y la cola de EPK; por Omar Zambrano

En víspera de Navidad el gobierno venezolano cargó de nuevo contra una compañía privada venezolana, una de notable éxito internacional y buena reputación: la cadena de tiendas especializadas en ropa infantil EPK. El aparato burocrático-policial intervino las operaciones de la cadena, obligándola a vender a precios ficticiamente bajos y produciéndole una pérdida irreparable. Para qué

Por Omar Zambrano | 5 de enero, 2017
Fotografía de Tal Cual

Fotografía de Tal Cual

En víspera de Navidad el gobierno venezolano cargó de nuevo contra una compañía privada venezolana, una de notable éxito internacional y buena reputación: la cadena de tiendas especializadas en ropa infantil EPK. El aparato burocrático-policial intervino las operaciones de la cadena, obligándola a vender a precios ficticiamente bajos y produciéndole una pérdida irreparable. Para qué quede muy clara mi posición: el hecho me parece abominable y merecedor de todo nuestro repudio. Es una dosis adicional de esta tóxica mezcla de incompetencia, maldad e ideología que han sido los gobiernos chavistas, que tiene a este país en la lona y a muchos ciudadanos comiendo de la basura.

El episodio de EPK encendió la indignación de nuestra reducida y maltrecha esfera de opinión pública nacional. La mayoría, para mi sorpresa, destiló una rabia que iba dirigida mucho más hacia la gente que se lanzó a la calle a sacar provecho de los efectos de la arbitraria medida, mientras muy pocos se enfocaban en quienes la tomaron. Aquel día llovieron monsergas del tipo “esa cola es expresión del fracaso moral” de este país, y cosas por el estilo.

Lo primero que habría que decir es que no tengo interés alguno en certificar la calidad moral de los que hicieron cola en EPK. Probablemente algunos de ellos son terribles personas. También hay que decir que hay una dimensión de su conducta que, en efecto, puede ser evaluada en el plano moral, como toda acción humana, pero creo que enfocarse en ese “juicio moral” enturbia la comprensión del fenómeno y nos lleva a un debate que, en mi opinión, es estéril e improductivo.

El episodio de EPK, notorio por lo visible y reciente, no es distinto a lo que tres lustros de controles de precios chavistas han infringido sobre el sector privado: forzar a un productor a vender su producción a niveles ridículamente bajos, es exactamente lo que ha venido haciendo el gobierno con otros rubros, desde lavaplatos hasta harina de maíz. Y en todos los casos el efecto es el mismo: una estructura de precios incompatibles con los costos de los productores da como resultado colas para comprar, desincentivos para producir, y oportunidades de arbitraje de precios.

En todos los casos se cumple la máxima económica: la gente, en general, responde a los incentivos que se le presentan. Si hemos de enfocarnos en un juicio moral sobre la cola de EPK, yo lo haría sobre la bancarrota moral que significa un gobierno que diseña los incentivos perversos que, para producir ganancias de bienestar de corto aliento sobre individuos, llevan a la quiebra al sector privado. Desde el punto de vista económico, lo que uno observa es la respuesta de la masa a un cambio —arbitrario, dictatorial, ilegal— a las condiciones del “mercado”. Cómo dice un economista amigo, uno podría darle connotaciones morales a la pendiente negativa de la curva de demanda, pero es inútil.

Tampoco es que es la primera vez que el gobierno chavista toma una medida económica que hace que ciudadanos tomen decisiones que, siendo racionales, pueden resultar moralmente cuestionables. La historia de los últimos 17 años está llena de nefastas políticas públicas, oportunidades arbitraje y ganancias individuales en detrimento de terceros. Ahorrémonos la moralina, comparemos por ejemplo las implicaciones de la cola de EPK versus la cola de traders que arbitraron con bonos soberanos denominados en USD pero pagaderos a la tasa de cambio oficial de 4,30.

Pudiera ser un poco injusto, eso sí, decir que hacer la cola de EPK es equivalente al provecho que saca el ciudadano promedio a las políticas de subsidios y controles generalizados, como los controles de precio de la gasolina o el control de cambios a través de Cadivi. Al fin y al cabo pudiera ser cierto que hay algo de inevitabilidad de la elección individual, por aquello de “yo no tengo forma de poner gasolina a otro precio” o “no hubo otra forma legal de comprar dólares”. Tal vez sea una cuestión de grados, pero la naturaleza es la misma.

Se dice también que en el caso de EPK la víctima es un empresario venezolano con nombre y apellido, lo cual es cierto. Lo anterior da para la reflexión sobre cuál es la víctima de las siniestras políticas de subsidio generalizado, pues no es otra que nuestros difusos, pero no menos importantes, intereses colectivos: las finanzas públicas, la provisión de servicios básicos, el equilibrio externo, el medio ambiente, la producción nacional, etc. No deja de ser descorazonador que los victimarios piensen que es menos malo si la víctima somos todos. Esas políticas las terminaron pagando los más vulnerables, los que hoy se enfrentan al abismo económico sin herramientas para enfrentarlo y sin un Estado que le provea una mínima red de salvación.

Decía que puede haber grados, pero que lo que si no se puede negar es que el mecanismo económico que opera en un caso u otro es de la misma naturaleza. Si la cola de EPK es la respuesta de “demanda” ante un precio forzadamente puesto a nivel ficticiamente bajo, también es lícito pensar que esa “demanda” por ese Iphone5 que se compró en 2013, por ese viajecito a Europa de 2012, o por esa universidad extranjera donde estudió su hijo, o la “demanda” por 52 tanques de gasolina que le pone a su camioneta al año, tal vez, solo tal vez, no hubiera sido la misma “demanda”, si el gobierno no forzara algunos precios a permanecer a un nivel también ficticiamente bajo. Piénselo.

Lo cierto es que en todos los casos, sean epkeros, cadiveros o traders, se trata de gente respondiendo de forma racional a incentivos perversos. En todos los casos una evaluación de la dimensión moral de esas conductas, sin ser incorrecta, me parece —repito— estéril e improductiva. Es un debate estéril porque no queda una implicación práctica, de ese fútil ejercicio de dividir a la gente entre buenas y malas no queda algo que nos ayude a navegar el futuro. Los estados, las instituciones, las reglas y las políticas existen, precisamente, para no tener que depender exclusivamente de la poco fiable “conciencia” de la gente. Creer que se puede obtener resultados económicos deseables, basados solamente en la “conciencia moral” de las personas, sin la estructura de incentivos adecuada, es exactamente el postulado socialista del “hombre nuevo”, una inútil y perversa formulación con inevitables resultados trágicos, como cualquier venezolano puede atestiguar.

Es un debate improductivo porque desvía atención de los verdaderos responsables: los que hacen las políticas, diseñan los incentivos e implementan estas criminales acciones: el gobierno chavista. El debate de los atributos morales de la cola de EPK diluye las culpas en una difusa colectividad, llevándonos a una suerte de determinismo cultural de lo “malo” que es el venezolano, ejercicio de verdadera holgazanería intelectual que es utilizado a diestra y siniestra como una especie de respuesta-comodín, pero que es una respuesta incorrecta y falsa para explicar lo que pasa en Venezuela (o en cualquier parte).

El punto central es que la gente es simplemente gente, y responde a incentivos. Saberlo nos permite liberarnos de esos prejuicios que, en estas horas oscuras, están a la orden del día y en boca de todos. No creo en el patrioterismo ni soy dado a las cursilerías celebratorias del hecho aleatorio de nacer sobre un territorio, no soy de los que cree que haya nada particularmente bueno, o chévere sobre el “ser venezolano”, pero tampoco creo que haya algo particularmente malo sobre serlo. Simplemente creo que no somos ni mejores ni peores que otras sociedades, las experiencias de países que progresan económica y socialmente son tan diversas que son en sí mismo prueba de que la “superioridad moral” no es un factor que explique el desarrollo. La gente es gente, en todas partes, y si cambian los incentivos, cambia el  comportamiento. En Suecia, Maicao o Santa Cruz de la Sierra.

Pensar de esta manera, por cierto, es lo único que nos permite aspirar a un país distinto, es lo único que nos permite guardar la esperanza de que si construimos un andamiaje distinto, obtendremos resultados distintos, en este territorio, con estos mismos ciudadanos.

Qué el 2017 nos sea un poco más leve a todos.

Elecciones en América Latina 2017; por Carlos Malamud

[Infolatam].–El año que comienza será intenso en citas electorales en América Latina. Habrá elecciones presidenciales en Ecuador, Chile y Honduras y podría celebrarse la segunda vuelta en Haití, dependiendo del dictamen del Consejo Electoral Provisional (CEP). El calendario incluye otras convocatorias: parlamentarias en Argentina o jurisidiccionales en Bolivia, sin olvidar las previstas en cuatro estados

Por Carlos Malamud | 3 de enero, 2017

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[Infolatam].–El año que comienza será intenso en citas electorales en América Latina. Habrá elecciones presidenciales en Ecuador, Chile y Honduras y podría celebrarse la segunda vuelta en Haití, dependiendo del dictamen del Consejo Electoral Provisional (CEP). El calendario incluye otras convocatorias: parlamentarias en Argentina o jurisidiccionales en Bolivia, sin olvidar las previstas en cuatro estados mexicanos. Su resultado afectará la evolución política de los países implicados e incluso algunos tendrán un notable impacto regional. Sin embargo, serán los comicios a celebrar en 2018 los que aporten evidencias definitivas sobre los cambios que están ocurriendo en el continente y confirmen si estamos en un nuevo ciclo político. El año próximo habrá seis elecciones presidenciales: Costa Rica, Paraguay, Colombia, México, Brasil y Venezuela.

En Haití continúa, al menos de momento, el culebrón electoral de un proceso complicado y tortuoso. En noviembre pasado, y tras cuatro aplazamientos, se celebró la primera vuelta de las elecciones presidenciales y legislativas. Según los cómputos provisionales se impuso Jovenel Moise, del Partido Haitiano Tet Kale, con el 55,67 % de los votos. El segundo fue Jude Celestin, de la Liga Alternativa por el Progreso y Emancipación Haitiana, con el 19,52%. De confirmarse estos resultados no sería necesaria la segunda vuelta, prevista para el 29 de enero, aunque la postergación de la proclamación de los resultados por el CEP ha renovado la incertidumbre.

El proyecto nacionalista de Rafael Correa se examina en Ecuador sin la presencia de su caudillo. Aludiendo motivos familiares Correa no encabezará las listas del Movimiento Alianza País  a las elecciones presidenciales y legislativas del 19 de febrero. Las dificultades económicas ecuatorianas, agravadas por el descenso del precio del petróleo, le aconsejaron eludir el riesgo de una derrota pública que no sólo acabaría con su carrera política sino también liquidaría su legado. La principal incertidumbre es si el partido gobernante revalidará su victoria encabezado por el ex vicepresidente Lenin Moreno.

Para evitar el balotaje, Moreno debería obtener más del 50% de los votos, algo actualmente improbable según las encuestas, o sumar más del 40% con una diferencia superior al 10% respecto al segundo candidato más votado. La ventaja del oficialismo es que se enfrenta a una oposición dividida en siete candidaturas, cuyos tres principales referentes son Guillermo Lasso (CREO), Cynthia Viteri (PSC) y Paco Moncayo (ANC). De momento las encuestas vaticinan un elevado número de indecisos, de 45 a 47%, y colocan en ventaja a Moreno (35,6% o 28,6% según las mediciones), mientras Lasso y Viteri se disputarían el segundo puesto y el eventual paso a la segunda vuelta, cuya realización podría ser amenazada por la fragmentación opositora. Coincidiendo con estas elecciones, Correa impuso la celebración de un referendo para prohibir a los cargos electos tener empresas o cuentas bancarias en paraísos fiscales.

El 4 de junio habrá elecciones a gobernador en los estados de México, Nayarit y Coahuila y municipales en Veracruz. De cara a las presidenciales de 2018 serán decisivos los comicios del estado de México, que permitirán medir el respaldo popular de los cuatro partidos en liza (PRI, PAN, PRD y Morena) y comenzar a descartar a algunos precandidatos que aún esperan encabezar las listas de sus partidos. Andrés Manuel López Obrador es un caso especial, pese a no tener competidores internos, ya que los resultados de junio permitirán calibrar sus verdaderas opciones.

Mauricio Macri se juega en las elecciones legislativas de octubre (se renueva la mitad del Congreso de los Diputados y un tercio del Senado) la segunda mitad de su mandato. El gobierno confía que se materialice la recuperación económica y que los buenos datos refuercen sus opciones electorales. Un mal resultado reforzaría a la oposición peronista y complicaría la gobernabilidad. De momento Macri se enfrenta a un peronismo dividido en tres grandes fracciones (la de Sergio Massa, el peronismo “ortodoxo” encabezado por algunos gobernadores provinciales y el kirchnerismo, acosado por la corrupción que afecta a Cristina Fernández). En agosto se celebrarán las PASO (elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias), un test importante para el resultado posterior.

El 19 de noviembre Chile elegirá al sucesor de Michelle Bachelet, tras designar a los candidatos en primarias a celebrarse en julio. Entonces sabremos si se mantienen las dos grandes coaliciones de centro izquierda y centro derecha y también la identidad de los aspirantes a ocupar el Palacio de la Moneda. Pese a que ya suenan algunos nombres (Sebastián Piñera por un lado, Ricardo Lagos y Alejandro Guiller por el otro), todavía es pronto para saber cómo quedarán las candidaturas en un ambiente de creciente desafección popular con la política y los políticos. A esto se suma el proceso de reconstitución que viven los principales partidos, acorde con las transformaciones que están ocurriendo en Chile.

El 26 de noviembre habrá elecciones en Honduras. Previamente, en marzo, aquellos partidos que tengan más de un precandidato celebrarán sus internas. Confirmado el fallo de la Corte Suprema que permite la reelección, un tema sumamente polémico en el pasado reciente, en noviembre podrán participar el actual mandatario Juan Orlando Hernández, del Partido Nacional, y el ex presidente Manuel Zelaya, destituido por el ejército en junio de 2009, al frente del partido Libertad y Refundación (Libre).

Finalmente Bolivia elegirá en noviembre a los integrantes de los tribunales Constitucional, Supremo de Justicia y Agroambiental y del Consejo de la Magistratura. Si bien estas elecciones tienen un alcance puramente jurisdiccional, permitirán conocer el apoyo con que cuenta Evo Morales tras haber decidido volver a intentar la reforma de la Constitución para aspirar a una nueva reelección en 2019.

América Latina afronta 2017 con citas electorales claves. Si bien todas se caracterizan por su componente nacional, sus resultados arrojarán más luz sobre el rumbo futuro de la región. La suerte de los proyectos populistas en Ecuador y Honduras o de la Nueva Mayoría en Chile podrán decirnos dónde estamos y, sobre todo, qué se vislumbra en el horizonte que ahora comienza a abrirse.

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Diputados rebeldes; por Roberto Casanova

I Si la gente que hace nuestro país peor no toma ni un día libre, ¿cómo podemos tomarlo nosotros? Con esta idea en mente (basada, por cierto, en una famosa frase de Bob Marley) pensemos en el siguiente escenario para los primeros días del año recién estrenado. El próximo 5 de enero los diputados demócratas

Por Roberto Casanova | 2 de enero, 2017
Sesión extraordinaria en la Asamblea Nacional. 23 de octubre de 2016. Fotografía de Andrés Kerese

Sesión extraordinaria en la Asamblea Nacional. 23 de octubre de 2016. Fotografía de Andrés Kerese

I

Si la gente que hace nuestro país peor no toma ni un día libre, ¿cómo podemos tomarlo nosotros? Con esta idea en mente (basada, por cierto, en una famosa frase de Bob Marley) pensemos en el siguiente escenario para los primeros días del año recién estrenado. El próximo 5 de enero los diputados demócratas designarán a las nuevas autoridades del Poder Legislativo. Los miembros de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) —cuyos nombres no debemos olvidar— mantendrán su posición: la Asamblea Nacional (AN) se halla incursa en un supuesto “desacato”. Luego, declararán aquella designación como un acto írrito, sin validez alguna. Desde su perspectiva la AN simplemente no tendrá autoridades: se habrá “autodisuelto”. El Poder Ejecutivo, responsable de esta tramoya, suscribirá inmediatamente esa tesis. Afirmará, además, que no podrá transferir recursos a la AN en lo sucesivo pues ésta no contaría siquiera con firmas autorizadas. Así, la AN dejaría de existir para los otros Poderes Públicos y la responsabilidad de este extravagante hecho, según el grupo que ha secuestrado al Estado, sería de la propia oposición democrática.

II

El escenario esbozado podría ser más insólito aún pues el régimen podría dar una “vuelta de tuerca” adicional en su estrategia de control total del poder. No hay que olvidar que el proyecto neocomunista, que con avances y retrocesos se viene imponiendo, nunca aceptará una institucionalidad que califica como liberal-burguesa. Ante la supuesta inexistencia de la AN el régimen tendría, tal vez, una oportunidad para avanzar en la creación de un “Congreso del Pueblo” (o “Asamblea Nacional del Poder Popular”, como se le llama en Cuba). Con base en este invento político, eventualmente reconocido por el TSJ, el Poder Ejecutivo enviaría los recursos destinados a la legítima AN a esa nueva instancia revolucionaria. Los diputados socialistas quizás migrarían también a ese cuerpo “legislativo”, abandonando la “autodisuelta” AN. Por inconcebible que parezca una jugada política como esta no debemos subestimar el hecho de que el ropaje democrático le queda ya estrecho a una camarilla que ambiciona perpetuarse en el poder.

III

Es probable que unos cuantos diputados opositores pensasen que su tarea, si bien en un contexto complejo, consistiría en cumplir con las funciones básicas de todo poder legislativo: representar la voluntad de quienes los eligieron, promulgar nuevas leyes y reformar o derogar leyes existentes, controlar las actuaciones del Poder Ejecutivo. Pero el carácter dictatorial del régimen no es cuento. Las leyes aprobadas por la AN son, como se sabe, sistemáticamente declaradas nulas por el TSJ y el control que la AN puede efectivamente ejercer sobre el Poder Ejecutivo es prácticamente inexistente. Pareciera, sin embargo, que cierta conducta inercial hubiese sido adoptada por muchos de nuestros diputados y no supiesen qué otra cosa hacer sino seguir aprobando leyes que no serán ejecutadas e interpelando a funcionarios que no se darán por enterados. Lo que sucede, en verdad, es que el acto de soberanía del pueblo que los eligió como sus representantes es continuamente violado por la dictadura socialista.

IV

De lo que se trata es, dicho en breve, que los diputados demócratas asuman, con determinación y con sentido de urgencia, la misión de representar a los ciudadanos. El desafío no es promover tal o cual conjunto de leyes sino de defender el derecho a legislar democráticamente. El asunto no es dejar de investigar y denunciar a funcionarios incompetentes y/o corruptos sino rescatar la función contralora de la AN. Los diputados demócratas deben desconocer a todos aquellos funcionarios, empezando por quienes integran la Sala Constitucional, que irrespetan la representación de la voluntad de la mayoría de los venezolanos. Pero, ¿cómo se logra eso? ¿Cómo ser diputados en tiempos de dictadura? Esta es la cuestión básica y ya no tenemos tiempo para dudar.

V

Si la dictadura impide a los diputados representar efectivamente la soberanía popular pues ellos, en legítimo cumplimiento de la Constitución, no tienen una opción distinta a la Rebelión Republicana (otro significado para la expresión “RR”). Cada diputado demócrata tiene que convertirse ya en un diputado rebelde. Debe centrar su esfuerzo político en ayudar a articular la protesta social en el Estado cuya población representa. En promover allí el debate sobre un proyecto alternativo de país. En hacer entender a los ciudadanos que las soluciones a los problemas que los agobian requieren que la soberanía popular, deseosa de cambio, sea respetada. Un diputado rebelde debe comprender, antes de que sea demasiado tarde, que encarna dicha soberanía. Debe recordar que se halla comprometido con los intereses generales de los venezolanos y no con los de un partido o facción. (Lo que menos necesitamos en este momento es que un diputado renuncie a su responsabilidad para convertirse en candidato a algún otro cargo de representación pública). Un diputado rebelde debe pasar más tiempo en el Estado en el que fue electo que en Caracas. Sus visitas a la capital deben dedicarse a coordinar su trabajo con el de los otros diputados y a promover el diálogo público en torno a una nueva estrategia de desarrollo para nuestro país. Un diputado rebelde debe ser, en definitiva, una figura clave en nuestra lucha por la libertad y la democracia. En el surgimiento y consolidación del Movimiento de Unidad Democrática.

Nosotros, por nuestra parte, los portadores de la soberanía popular, debemos saber quiénes son nuestros representantes en la AN. Entrar en contacto con ellos y apoyarles en la realización de la misión histórica que les ha correspondido cumplir.

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2016: Imágenes del fin de una era; por José Luis Rénique

“Esto —me dijo Ada con gesto grave— me ha chocado más que el 11 de septiembre”. Comparaba, por supuesto, el resultado electoral del 8 de noviembre último con el ataque a las torres gemelas del 2001 que pudo ver desde el departamento en que nos recibe el Día de Acción de Gracias. Desde que el

Por #Perspectivas | 30 de diciembre, 2016
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Fotografía de The New Yorker.

“Esto —me dijo Ada con gesto grave— me ha chocado más que el 11 de septiembre”. Comparaba, por supuesto, el resultado electoral del 8 de noviembre último con el ataque a las torres gemelas del 2001 que pudo ver desde el departamento en que nos recibe el Día de Acción de Gracias. Desde que el Presidente Lincoln la instaurara —en 1863, en plena guerra civil— como la gran celebración unificadora laica de esta nación surgida bajo la invocación de la libertad de cultos, ha operado el Thanksgiving en el imaginario estadounidense. Más que nunca se atenúa ese efecto hoy, al parecer, ante la polarización prevaleciente. Tanto así que, en los últimos días, un programa radial ha pedido a sus oyentes que propongan “conversation changers” que ayuden a eludir el tema político durante la tradicional cena familiar del tercer jueves del mes de noviembre. Pertinente sugerencia en nuestro caso ante la súbita adición a la lista de invitados de Raúl, un hermano “trumpista” de nuestra anfitriona recién llegado de Miami.

I

Entre vianda y vianda inicio mi primer diálogo con un votante “trumpista” de carne y hueso. Como muy positivo para su negocio de construcción ve el cambio de mando: lo que redunda —subraya— en la creación de empleos. ¿Racista Trump? Ni hablar: mera retórica para llamar la atención de la audiencia. ¿Y su política internacional? Imposible que no mejore —dice— con la infusión de temperamento y mentalidad ganadora que habrá de imprimirle. Única opción, en todo caso, frente a una continuidad demócrata como ruta segura hacia una “tercermundización” norteamericana, ve mi interlocutor.

Eventualmente, un recuerdo de infancia de los hermanos —de sus años de exilio español zafando de la Cuba castrista— sirve de excusa para ventilar la tensión subyacente. Lo deja claro Ada, con una firme sentencia, justo al momento del café: “no me llama la atención que te guste Trump si tanto admirabas a Franco”. Como sintetizando el momento, “hemos vivido en una torre de marfil” me dice Andrés —el esposo puertorriqueño de Ada— camino al ascensor. Como un barquito de juguete se ve, a través del ventanal del piso 43, el USS Intrepid, un portaaviones sobreviviente de Okinawa, instalado en la ribera neoyorquina del río Hudson, convertido en museo naval.

II

Visitamos al día siguiente una recién inaugurada exhibición sobre Cuba en uno de los museos de la ciudad. Como testimonio postrero del multilateralismo de la era Obama puede verse esta muestra. Coincidimos ahí con Rosemary y Ernesto, una pareja de docentes de la universidad donde estudia mi hija. Evocamos con él, un veterano del trabajo internacional del FMLN de los años 80, las masivas movilizaciones en Washington D.C. contra la intervención en Centroamérica, mientras recorremos una sala dedicada a la ciénaga de Zapata. ¿Ayuda la memoria de la era Reagan a imaginar cómo será la que recién se inicia? También él hablaba de recobrar la “grandeza” americana, enterrando para siempre el “síndrome de Vietnam” y la vergüenza de Watergate, desplegando una mezcla de cinismo y arrogancia que con el escándalo Iran-Contras alcanzaría su punto cimero. Como entonces, concluimos, una combinación de “coboyada” y “destino manifiesto” veremos desplegarse en los tiempos que vienen.

Más memorias me incitan las bien logradas escenas del bombardeo de Londres de la película Allied —con Brad Pitt y Marion Cotillard— que vemos la noche del viernes 25. Acaso mi interés por la historia, le comento a mi hija, se remonte a los relatos de aquel episodio que le escuché a inicios de los 60 en el Colegio San Andrés de Lima a un profesor británico que lo había sobrevivido. “¡Verdad que tu naciste siete años después del fin de la guerra! me responde ella. Vuelvo a mirar, desde la otra ribera del Hudson, al USS Intrepid. Suficientemente cerca esta vez como para distinguir, en su cubierta, la estructura que aloja a la nave espacial Enterprise desde el 2012. La ví entonces, desde la ventana de casa, sobrevolando Manhattan, adherida al lomo de un Boeing 747. Uno de esos momentos en que el mito de que esta isla de menos de 60 kilómetros cuadrados es el centro del mundo parece hacerse realidad. El centro de un mundo, vale decir, que es hechura de la llamada “centuria americana”.

III

En clave de vaticinio recuerdo la conversación de 30 horas antes al pasar al lado del edificio de Ada y Andrés al amanecer del sábado 26. Voy de retorno a casa tras despedir a mi esposa que va camino de La Habana a cubrir el funeral del líder cubano. Franco, Trump, Castro: ¿piezas diferenciadas de un mismo compás autoritario global? ¿Absolverá la historia, como pretendía, al legendario comandante de la Sierra Maestra? Entre el odio, la veneración y hasta lo mágico-religioso, sobrevienen los intentos de respuesta.

Que Washington dialogaría con La Habana “cuando los EEUU tuviesen un presidente negro y haya un Papa latinoamericano” había vaticinado Fidel en 1973, recuerda un diario español. Que, corroborando su talento para “leer los tiempos de la política mundial”, había elegido “el momento más oportuno para morir”, observa el historiador mexicano Enrique Krauze. El momento, vale decir, en que, “la llegada a la Casa Blanca de un populista de derecha, racista, adverso a los latinos y desdeñoso de su propia tradición constitucional, podría legitimar, retrospectivamente, a la Revolución Cubana asegurando el pase a la eternidad de su líder máximo”.[1] Desde La Habana, entretanto, su sentir del momento comparte una sencilla mujer cubana: “A pesar de mi dolor por la desaparición física de nuestro gran líder, padre, maestro, intelectual y guía —dice— mis esperanzas por mi patria libre son cada día mucho mayores”. Incluso en Lázaro —balsero, “palero” de Changó, anticastrista irreductible y mi eficiente peluquero por más de una década—, encuentro cierto aire de compunción: “yo, la verdad pensé que este hombre no iba a morir nunca”.

 IV

 Noviembre 9: Imposible dictar clases normales un día como hoy. Hasta en la clase de historia colonial, conversar sobre el resultado electoral me han pedido los estudiantes. Jamás he percibido abatimiento tal. Súbitamente, en este día, esta generación millenial de mayoritario origen migrante, representada por mis alumnos de una universidad pública, ha tenido que descubrir en qué país vive.

Meses atrás, a inicios de la campaña electoral, tuve que pedir compostura a un alumno que en plena clase sostuvo que había que ser muy estúpido para votar por Trump. En Lima, en agosto pasado, Jorge Millones me preguntó si representaba éste un verdadero movimiento de corte racista. Que se trataba —le respondí— de un demagogo histérico que muy difícilmente iba a lograr entrar al mainstream de la política estadounidense. Cómo explicar —como me decía un alumno— que el mapa electoral “haya quedado todito rojo” [el color de los republicanos] y con “algunos puntitos azules” [el color de los demócratas] en las dos costas del país, es la gran interrogante tres meses después. A la periferia parece haber sido arrojado el supuesto “centro del mundo” neoyorquino en que vivimos. Un viaje a la América profunda necesitamos ellos y yo.

 V

 Mucho he recordado en estos tiempos un texto aparecido 12 años atrás: ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad estadounidense (Barcelona: Paidós Ibérica, 2004).  En el marco de la globalización y ante una creciente inmigración, urgía su autor —el influyente politólogo Samuel P. Huntington— a rescatar lo esencial de la “americanidad”, no como el producto de una “nación de inmigrantes”, como querían los multiculturalistas, sino a partir del legado de los “colonos anglosajones y puritanos”, creadores del marco cultural e ideológico que “americanizó” a olas sucesivas de migrantes. Ahí —y no en los supuestos aportes de todos los “otros”— lo esencial de la nación fundada por Washington. Particularmente urgente dicha definición, ante una migración que, como la mexicana —por su volumen, su concentración geográfica y su historia— se vislumbraba como extraordinariamente dificil de asimilar.

La victoria de Obama, no obstante, pareció relegar al olvido ese tipo de posiciones. Como la vía segura hacia una efectiva integración multicultural aparecía, más bien, su “coalición arco iris” y su seductora “política de la esperanza” que, según un analista, “parecían poner una política igualitaria al centro de la agenda nacional”. [2]Aún así, ni sus victorias ni su carisma alcanzarían a contener el avance republicano a nivel no sólo del Congreso sino de gobernaturas y legislaturas estatales. Señal de un descontento rampante que la recesión alentaba y que dejaba fuera de juego a la “política identitaria” demócrata en beneficio del populismo del Tea Party.

Habría que recordar que ya desde 2010 diversos observadores hablaban de una “rebelión antielitista” en ciernes. [3] Dinámica de la cual el propio Obama, con su estilo profesoral forjado en las aulas de Columbia y Harvard, no alcanzaría a librarse. Una brecha —entre un Partido Demócrata de “profesionales urbanos” de gustos refinados y simpatías culturales “políticamente correctas” y una clase obrera predominantemente blanca, habitada por un sentimiento de creciente marginación— que en las primarias de 2016 Bernie Sanders buscaría conquistar. No a tiempo, sin embargo, para cerrarle el paso a su inesperado competidor “trumpista”.

Hacia los pueblos del “cinturón del óxido” (rust belt) se dirige la mirada de esta Norteamérica que intenta digerir el sismo del 8 de noviembre. Súbitamente, una cadena tras otra envía sus reporteros a recorrer los pueblos del noreste de la nación, ahí donde la globalización ha dejado tierra arrasada —laboral y moralmente—, es preciso enfatizar. De ahí salieron los votos que hicieron la diferencia. Impulsados por esos múltiples resentimientos que en el discurso “trumpista” encontraban —en la línea de la “americanidad” delineada por Huntington— una dimensión redentora. Ante la inminente demográfica redefinición “americana”, para comenzar que, súbitamente, recuperaba la “blancura” como un criterio de unidad: esa vasta “canasta de deplorables” —en palabras de Hillary Clinton— que desengañados con los liberales citadinos de gustos sofisticados y preferencias globalizantes, terminarían por sentirse más cerca de un multimillonario que come Kentucky Fried Chicken en su avión bañado en oro y que les ofrece un nostálgico viaje a un mundo libre de las ataduras de lo “políticamente correcto”, en que los hombres eran hombres y las mujeres sabían cuál era su lugar. [4]

 VI

 El tráfico intenso, el frío polar, la brevedad de los días, el Empire State iluminado de verde y rojo, el retorno a casa cargado de exámenes por corregir. Es lo normal en esta época del año en que la “gran manzana” se reviste de “centro del mundo” una vez más: el árbol navideño de Rockefeller Center y la fiesta de año nuevo de Times Square como espacios simbólicos de un imaginario orden mundial.  De esta engañosa “normalidad” me rescatan, sin embargo, las noticias que recibo a través de la radio. Que desde una pequeña ciudad balcánica (Velos, Macedonia, 45,000 habitantes), por ejemplo, un grupo de adolescentes maneja una especie de centro emisor de los infundios y bravatas difundidos por la campaña Trump. ¿Velos, capital mundial de la post-verdad?[5] Al Kremlin, de otro lado, apuntan las acusaciones, ¡que Trump llama ridículas! de la CIA de “hackeo” al Partido Democrático. Y las noticias de Alepo, para terminar; demostración de en qué medida una perversa yuxtaposición de lo peor de todos los siglos, terminaría siendo esta indescifrable globalización contemporánea. ¿No es acaso la situación siria —como se ha dicho— el clavo final para el ataúd del legado internacionalista de Barack Obama, ganador del premio Nobel de la Paz de 2000?

 VII

 Finales de diciembre. En medio del desconcierto, como una vanguardia juramentada, los multimillonarios sepultureros del último intento fallido de capitalismo con “rostro humano” alistan sus fuerzas para el combate. Fe y voluntad aparecen, del otro lado, como las claves para la acción. A Madrid 1936 recuerda la invocación de un editor del New Yorker: “No permitiremos que el fascismo sea nuestro futuro, pero esta es, de seguro, la manera en que el fascismo empieza”.[6] A la “esperanza radical” del filósofo Jonathan Lear (“un nuevo estado de ánimo diferente al pesimismo o al optimismo, que consiste en tener la capacidad de reinventar el sentido de nuestra existencia cada vez que sea necesario”) invoca, por su parte, el escritor Junot Díaz para una lucha que en la resistencia de los pueblos indígenas de nuestra América encuentra su parangón.[7] Y en un tono más definidamente militante, a “hacer el duelo, resistir y organizarse” convoca la revista The Nation; sin concederle al enemigo, por cierto, la posibilidad de “normalizarse”, de convertir su visión barbárica —aunque legitimada por el voto— en el nuevo standard moral. De las cenizas del “excepcionalismo americano” un “reawakening” o “nueva guerra santa” parece perfilarse en el horizonte. De sus avatares seremos testigos o protagonistas. Toda una era, no solamente un año, parece terminar este frío diciembre norteño.

[1] Enrique Krauze, “Fidel Castro: de aquí a la eternidad” en The New York Times Es, 12-9-2016.
[2] Víctor Silverman, “La América de Obama: ¿quién gobierna?” http://www.academia.edu/3710094/La_Era_de_Obama_versi%C3%B3n_breve_
[3] Peter Baker, “Elitism: The Charge Obama Can’t Shake” en The New York Times [Week in Review], 10-30-2010.
[4] Joan C. Williams, “What So many People Don’t Get About the U.S. Working Class” en Harvard Business Review, 11-10-2016
[5] NPR, “Fake News Expert On How False Stories Spread And Why People Believe Them,” 12-14-2016.
[6] David Remnick, “An American Tragedy” en The New Yorker, 11-9-2016.
[7] Junot Díaz, “Under President Trump, Radical Hope is Our Best Weapon” en The New Yorker, 11-21-2016.

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El sabor de las uvas; por Gerardo Guarache

Antes de que el calendario expirara, el abuelo se abstraía, soltaba el güisqui por un momento, acomodaba el vinilo sobre el tocadiscos y dejaba caer la aguja justo antes de unas campanadas y el primer verso, el mismo que había sonado el anterior diciembre, el que antecedió a ese, el otro y el otro. Madre:

Por Gerardo Guarache Ocque | 29 de diciembre, 2016
S/A. Andrés Eloy Blanco. © Fotografía de la Fundación de Fotografía Urbana.

S/A. Andrés Eloy Blanco. ©Imagen del Archivo de Fotografía Urbana

Antes de que el calendario expirara, el abuelo se abstraía, soltaba el güisqui por un momento, acomodaba el vinilo sobre el tocadiscos y dejaba caer la aguja justo antes de unas campanadas y el primer verso, el mismo que había sonado el anterior diciembre, el que antecedió a ese, el otro y el otro. Madre: esta noche se nos muere un año

El abuelo, El Pay para nosotros, Doctor Fernando Guarache Mello para el resto, insistía en exponernos a esas verdades, esos sentimientos, esa sabiduría de antaño. Los demás, los pequeños explotando cebollitas contra el piso y los mayores maraqueando el escocés con finos movimientos de muñeca, no comprendíamos absolutamente nada. Eran vainas de viejo, pensábamos.

La casa de la abuela, La May para nosotros, Señora Beatriz para el resto, suponía varias certezas, y más aún en estas fechas. En aquella quinta, al final de la avenida Andrés Bello de Cumaná y frente al mar que separa la ciudad de la península de Araya, segurísimo habría pernil, hallacas, pan de jamón, ponchecrema, todo el combo navideño. También, en contraste con los fuegos artificiales, sonaría la voz metálica de otro Andrés, que venía del pasado para recitarnos su propia obra.

Las palabras emanaban del estéreo, testarudas y secas. Todos querían gaita zuliana, parranda, guaracha; pero el poeta se empecinaba en recordarnos que las doce uvas no siempre saben igual. Contra gritos de Feliz Año, espaldarazos sonoros y choque de copas, continuaba sus estrofas, que penetraban una a una el alma taciturna del abuelo, El Pay, el Doctor Guarache. 

Y ahora, madre, que tan sólo tengo
las doce uvas de la Noche Vieja,
hoy que exprimo las uvas de los meses
sobre el recuerdo de la viña seca,

siento que toda la acidez del mundo

se está metiendo en ella,
porque tienen el ácido de lo que fue dulzura
las uvas de la ausencia.

Cuentan que el joven Andrés Eloy Blanco, abogado, político, congresista, diplomático, poeta, humorista, uno de los cumaneses más ilustres del siglo XX, estaba nostálgico en la Navidad de 1923. Soportando el invierno y la soledad en Madrid, donde se encontraba a raíz del premio de poesía que recibió por su Canto a España, escribió aquellas líneas, de las que brotan el amor por su madre y la pesadumbre por recibir el primero de enero lejos de casa, a miles de kilómetros de distancia.

Doctor Fernando Guarache Mello

Doctor Fernando Guarache Mello

¡Madre, cómo son ácidas / las uvas de la ausencia!, se conmovía Andrés Eloy desde España y desde los años 20 cuando nosotros en Suramérica acabábamos de estrenar la década de los 90. El poema sonaba lejano. Aquel mensaje no parecía dirigido a nosotros. ¿Cuál ausencia? ¡Si todos estábamos allí! Hasta ese momento, en este racimo de guaraches, de más de 20 individuos —luego la cifra aumentaría sustancialmente—, no había ningún ausente. Todos saboreábamos juntos unas “uvas más dulces que la miel de las abejas”.

Prosperidad, abundancia, felicidad. Esas tres palabritas se repetían, como siempre, como una tarjetica prediseñada. Y una vez que comenzaban doce nuevos meses, el abuelo, El Pay, el Doctor Guarache, obligaba a su admirado poeta a cederle la batuta a Billo Frómeta. Las uvas del tiempo que nos daba para masticar ya estaban ahí dentro para añejarse, para que las digiriéramos por muchos años, para que en cada etapa de nuestras vidas experimentáramos la evolución de su sabor.

El abril siguiente, del que ya se cumplieron 25 años, un infarto sorprendió al Doctor Guarache en su consultorio, y con él murieron el abuelo y El Pay. Nadie, por años que me resultaron larguísimos, se atrevió a despertar a Andrés Eloy para que nos recitara de nuevo en vísperas de Año Nuevo. Como buenos venezolanos, le rehuíamos a la nostalgia. Escapábamos del recuerdo en lugar de reconciliarnos con él.

Ahora estoy escribiendo esto desde Bogotá, siempre fría, lluviosa y distante, evocando voluntariamente al poeta, descubriendo una acidez en las uvas que había permanecido agazapada; pensando en Cumaná, en los míos; en las abuelas y abuelos, todos muertos pero presentes; y he comprendido con abrumadora exactitud cada palabra que escribió aquel joven brillante mirando a través de la ventana de otro continente el último día de 1923.

Y vino toda la acidez del mundo
a destilar sus doce gotas trémulas,
cuando cayeron sobre mi silencio
las doce uvas de la Noche Vieja.

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Dios es brasileño, Odebrecht también; por Carlos Malamud

[Infolatam].- Por si alguien tenía alguna duda de que Dios era brasileño, un reciente estudio de Datafolha lo confirma. Según esta encuesta, nueve de cada diez brasileños piensan que sus éxitos financieros se deben al Supremo Hacedor. Este porcentaje supera el 90% entre los religiosos y llega al 70% entre los no religiosos. Lo más

Por Carlos Malamud | 27 de diciembre, 2016
Fotografía de Paulo Whitaker para Reuters

Fotografía de Paulo Whitaker para Reuters

[Infolatam].- Por si alguien tenía alguna duda de que Dios era brasileño, un reciente estudio de Datafolha lo confirma. Según esta encuesta, nueve de cada diez brasileños piensan que sus éxitos financieros se deben al Supremo Hacedor. Este porcentaje supera el 90% entre los religiosos y llega al 70% entre los no religiosos. Lo más curioso es que también lo piensa un 23% de quienes se declaran ateos. La encuesta muestra igualmente el ascenso de las iglesias evangélicas, en sus variantes pentecostales y neopentecostales.

Pero si Dios es brasileño, Odebrecht también lo es. Durante años fue una de las principales empresas constructoras del país y uno de los mayores símbolos del nuevo Brasil, la potencia sudamericana que apostó por la apertura internacional. Era, pese a todo, una apertura sui generis. Mientras la diplomacia y las empresas brasileñas se aventuraban en la búsqueda de nuevos socios y la conquista de nuevos mercados, el camino inverso era imposible. Así se mantuvo inalterable el “costo Brasil” (el diferencial que hay que pagar para invertir en el país) y los mecanismos proteccionistas siguieron funcionando con su eficacia habitual.

Marcelo Odebrecht, ex CEO de la empresa, ha sido condenado en marzo pasado a 19 años de cárcel por participar en el caso Lava Jato, el macro escándalo de corrupción montado en torno a Petrobras. La semana pasada se supo que la empresa había pagado cerca de 788 millones de dólares en sobornos en 12 países de América Latina y África, incluidos 350 millones en Brasil. Los pagos se hicieron entre 2003 y 2016, coincidiendo con las presidencias de Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff.

En confesiones a un tribunal de Nueva York reconocen que el principal objetivo de estos desembolsos millonarios fue asegurarse una posición ventajosa en más de 100 proyectos en Angola, Argentina, Brasil, Colombia, República Dominicana, Ecuador, Guatemala, México, Mozambique, Panamá, Perú y Venezuela. Como compensación por sus acciones ilegales Odebrecht se comprometió a pagar unas multas superiores a 2.000 millones de dólares a Estados Unidos, Brasil y Suiza.

El Lava Jato, o Petrolão, ha sumido al país en una profunda crisis política y judicial, pero también ética y económica. Una de sus principales consecuencias fue la destitución de Rousseff, después del correspondiente juicio político. El PT ha respondido airadamente con un sencillo argumento: fue un golpe ilegítimo contra un gobierno legítimo, dado por un grupo de parlamentarios corruptos e impulsado por la prensa oligárquica, con el grupo Globo a la cabeza, y algunos partidos de la oposición que de otro modo jamás hubieran alcanzado el poder. Sin embargo, hay que considerar una doble circunstancia. Primero, que al frente de quienes querían la salida de Rousseff estaban sus aliados del PMDB, liderados por Michel Temer, parte del gobierno y no de la oposición. Segundo, que si en las filas del PMDB y de otros partidos opositores hay diputados y senadores corruptos, numerosos representantes del PT también afrontan los mismos cargos.

Uno de los motivos de la estrategia petista es preservar la imagen de Lula, que aspira a ser candidato presidencial en 2018. Si bien ha sido vinculado en varias oportunidades al Lava Jato e incluso a Marcelo Odebrecht, desde dentro del PT se lo considera inatacable. Pese a ello hay crecientes evidencias de que Lula intervino en diversos países para favorecer las actividades de Odebrecht, la empresa que habría pagado algunos de sus viajes a Angola y Portugal, entre otros destinos. Inclusive se apunta que Odebrecht habría mantenido abierta una cuenta bancaria gestionada por el ex ministro de Hacienda Antonio Palocci y a nombre de “Amigo”, el alias que encubriría a Lula y que serviría para financiar sus actividades tras su salida del gobierno.

En línea con la defensa del ex presidente que mantiene el PT, el Instituto Lula rebatió las acusaciones relacionadas con los sobornos de Odebrecht. De forma dura y aludiendo a la justicia de Nueva York apuntó: “Una mentira será siempre una mentira, ya sea en portugués o en inglés”, para luego aludir a la cadena Globo, su principal enemigo: “El reportaje de Globo [que emitió una extensa nota sobre el tema] repite las mismas falsas denuncias que vienen haciéndose contra Lula en los últimos dos años”.

En una entrevista reciente al Estado de São Paulo (Estadão), el presidente del PT Rui Falcão manifestó que su partido debe iniciar una investigación interna contra Palocci, el también ex ministro José Dirceu y otros altos cargos partidarios acusados por corrupción, que eventualmente podrían ser expulsados. Se da la circunstancia de que tanto Palocci como Dirceu fueron dirigentes de confianza de Lula y actualmente están encarcelados por corrupción.

Al mismo tiempo Rui Falcão ve posible que Lula sea el próximo presidente del PT y sigue creyendo en su inocencia. Preguntado si la relación de Lula con las empresas los comprometía señaló:

“La relación que tuvo [Lula] con las empresas es pública. Él las ayudó legítimamente para que pudiesen tener contratos en el exterior, generando empleos y divisas para Brasil. Dio conferencias para esas empresas, todas declaradas y comprobadas”.

El modelo desarrollista impulsado por el PT, que mezclaba las reivindicaciones populares con los intereses empresariales ha llevado a Brasil a la crisis actual, extendiendo la corrupción por todo el tejido político y económico nacional. Odebrecht contó en muchos de sus negocios, ahora sabemos que con un alto contenido ilegal, con el auxilio financiero del BNDES (Banco Nacional de Desenvolvimento Econômico e Social), uno de los pilares de la expansión brasileña en África y América Latina.

En los años del milagro, cuando todo era posible, Dios era brasileño y guiaba a Lula de manera firme por la senda del desarrollo. Hoy todo ha cambiado radicalmente y para peor. Mientras los responsables políticos, económicos y empresariales miran a otro lado, muy pocos se preguntan por los motivos de la crisis. Con mayor o menor responsabilidad directa de Lula en la corrupción, cada vez está más claro que su gestión permitió el desbarajuste actual. Le guste o no al PT, Odebrecht es tan brasileño como su Dios.

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Oposición reinventada; por Roberto Casanova

I La oposición debe ser reinventada. La Mesa de la Unidad Democrática es, por diseño, una instancia político-electoral y, como tal, ha tenido importantes logros. El más reciente fue la resonante victoria parlamentaria del 6D y lo ocurrido luego no debe desmerecerlo. A pesar de ello está claro que la MUD —como instancia político-electoral, insisto—

Por Roberto Casanova | 19 de diciembre, 2016
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Fotografía de Andrés Kerese

I

La oposición debe ser reinventada. La Mesa de la Unidad Democrática es, por diseño, una instancia político-electoral y, como tal, ha tenido importantes logros. El más reciente fue la resonante victoria parlamentaria del 6D y lo ocurrido luego no debe desmerecerlo. A pesar de ello está claro que la MUD —como instancia político-electoral, insisto no ha estado a la altura de otros dos desafíos: articular la protesta social y diseñar un plan de desarrollo nacional. La razón de este hecho es tan sencilla como contundente: la Mesa no ha logrado cumplir con ese cometido porque no puede hacerlo. La Mesa tiene una lógica determinante: dar forma y ejecutar acuerdos político-electorales. Nada más y nada menos. Sus decisiones en otros ámbitos están, inevitablemente, mediadas por cálculos partidistas. Y esto no es bueno ni malo: cada sistema tiene su razón de ser, su lógica. El problema surge cuando pretendemos que un sistema sirva a un propósito distinto al que lo define. Luego, los otros dos desafíos a los que me refiero han requerido y requieren otros esquemas y otros participantes.

II

La MUD debe dar paso al MUD. La Mesa debe convertirse en parte de un Movimiento de Unidad Democrática. No siempre evolucionar consiste en destruir para crear. En ocasiones evolucionar supone incluir para trascender. Nuestro reto como oposición (o, mejor dicho, como resistencia ante la dictadura) no es acabar con la Mesa sino diseñar otras instancias, otros sistemas funcionales que atiendan a procesos que la Mesa, dada su naturaleza, no puede liderar. La acción opositora debería contar pues con tres instancias, cada una con un ámbito de acción propio: 1) Procesos político-electorales (la Mesa), 2) Protesta social y, 3) Plan de desarrollo. Estas tres instancias conformarían el Movimiento de Unidad Democrática (MUD). La Mesa se trascendería a sí misma al incluirse en un sistema más complejo y con mayor capacidad para responder a nuestros principales desafíos colectivos. No ahondaré aquí en los cambios internos que la Mesa debería experimentar pues pienso, con toda honestidad, que quienes la integran lo saben bien. Me parece más pertinente ofrecer algunas ideas en relación con las otras dos instancias que, junto a la Mesa, constituirían al MUD.

III

El país está encendido. Al finalizar este año 2017 habrán ocurrido unas 6.000 protestas, de acuerdo a cifras del Observatorio Venezolano de la Conflictividad Social. Las razones directas de estas protestas son diversas: la inseguridad, la escasez, la vivienda, el empleo, el voto y, mientras escribo esto, la pérdida de dinero en billetes de 100 bolívares. La mayoría de la población entiende, sin embargo, según varios estudios de opinión pública, que la causa general de nuestras desgracias es la gestión de un régimen dictatorial, incapaz y corrupto. Pero ocurre que estas protestas no han logrado convertirse en manifestación masiva y sostenida frente al régimen. La Mesa no ha podido ni podrá lograr esa tarea. Sí podría hacerlo una instancia integrada por representantes de diversos sectores sociales. Hay aquí, debo anotar, un reto de creatividad que no hemos resuelto. Marchas y cacerolazos ya no surten efecto. Debemos inventar nuevas formas de movilización social. ¿Qué ocurriría si en Caracas, por ejemplo, surgiesen 7 grupos, de unos 10.000 ciudadanos cada uno, dedicados a protestar, a razón de uno por día, con respecto a los diferentes problemas colectivos y con consignas comunes? No daríamos ni un día de descanso a la dictadura. Esta sería, de hecho, la base para convocar, eventualmente, a paros activos por ciudad o en todo el país, paros que no se limiten a la convocatoria a quedarnos en nuestras casas.

(Comentario adicional: para evitar que la dinámica de la instancia de protesta social colida con la lógica de la Mesa, quienes lideren aquélla quizás deberían comprometerse a no participar, durante un tiempo razonable, en ninguna elección a cargos de representación pública. Lo mismo aplicaría a quienes lideren la instancia de diseño de un plan de desarrollo).

IV

La sociedad venezolana se viene pensando a sí misma. Existen diversos grupos de profesionales dedicados a diseñar, con visión de corto, mediano y largo plazo, propuestas de políticas públicas y de reforma institucional. Se ha realizado un excelente trabajo en esta materia. Esto no es algo reciente, para ser justos. Desde la propia Mesa, hace pocos años, se hizo un esfuerzo meritorio por presentar al país un plan de gobierno. Como era de esperar, esa iniciativa tuvo importancia secundaria para la Mesa. Los grupos que hoy se empeñan en pensar en nuestros problemas y en identificar las mejores soluciones yo mismo formo parte de un grupo así tienen el reto de integrar sus actividades. Esa articulación no debería consistir solo en la generación de un único producto, como un plan de gobierno. De lo que se trata es de crear un sistema que permita generar propuestas de forma permanente. Hablo pues de un proceso de planificación y no de un producto particular. Esto no supone, claro está, acuerdos totales con respecto a los diferentes temas pero sí con relación a un mínimo de principios y de postulados. Esto es lo que he llamado “centro” político, la “zona” de acuerdos mínimos en materia de políticas públicas y de cambios institucionales.

(Comentario adicional: un plan de desarrollo no es equivalente a una visión de país, aunque ésta suponga a aquél. Una visión es la narración que una sociedad hace de su pasado, de su presente y, sobre todo, de su futuro. Sin una visión inspiradora e incluyente difícilmente los venezolanos saldremos de este profundo bache histórico en el que hemos caído. Esta es una de las áreas en las que las tareas de expertos y políticos deberán conectarse: un discurso político que no se base en un plan de desarrollo es pura retórica y un plan de desarrollo que no se convierta en discurso político es vano ejercicio intelectual).

V

¿Cómo surgirán esas nuevas instancias? No desde la Mesa, desde luego. Aunque tampoco al margen de ella. Los ciudadanos organizados tienen aquí una misión histórica de primer orden. Por una parte, líderes sociales y políticos que hoy actúan en forma dispersa deben encontrarse para dar forma a un Frente Nacional de Protesta Social, coordinando sus esfuerzos a partir de ciertas reglas y definiciones estratégicas. De igual modo, diferentes grupos de profesionales deben crear los mecanismos para articular sus voluntades y diseñar un sistema una Comisión Ciudadana o algo así cuyo primer producto será un Plan Democrático de Desarrollo Nacional. Ni un grupo ni otro deben esperar que su impulso inicial provenga de la Mesa. Si eso ocurriese el riesgo de que la lógica político-electoral se imponga de nuevo sería muy alto. Una vez que emerjan las dos nuevas instancias, a partir del empuje creador de diversos actores sociales, diferentes a quienes integran la Mesa, todas las instancias podrán dar forma al MUD. Agrego que de los miembros de la Mesa deberíamos esperar, por una parte, sensatez política para no sentirse amenazados ante la emergencia de estos nuevos actores e instancias y, por la otra, grandeza de alma para asumirse como parte de una organización mayor.

VI

En esta suerte de división del trabajo ninguna instancia del MUD estará subordinada a otra. Cada instancia se ocupará de lo suyo, siendo coherente con la lógica que la define (siendo autorreferencial, para usar el término más técnico). Pero también cada instancia será consistente con las otras pues todas compartirán un mismo núcleo de valores, reglas y visión. Esto exigirá comunicaciones de calidad y, en especial, diálogo del verdadero: el que supone el mutuo reconocimiento como interlocutores y se orienta a encontrar lo válido para todos. Así, se promoverá la inteligencia colectiva y los logros de cada instancia potenciarán las actividades de las otras. Todas ellas coevolucionarán, logrando satisfacer las demandas de cambio de un entorno exigente. La oposición, en definitiva, se hará más compleja para enfrentar con éxito una realidad también más compleja. Demás está decir que el MUD prefigurará la manera en que deberá funcionar el futuro Gobierno Democrático de Unidad Nacional.

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El cambalache de 100; por Hernán Carrera

Aquí, sobre esta misma esquina, decenios atrás, medianoche oscura, me atrapó en circunstancia equis y porque sí un policía: tuvo en gana refrendar su prepotencia y dejarme encerrado hasta la tarde del día siguiente en un calabozo de la prefectura que estaba, mierdosa ella, una cuadra más allá. Delito: greñudo. Agravante: insolencia: resistencia a la

Por Hernán Carrera | 15 de diciembre, 2016
Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Giovanna Mascetti

Aquí, sobre esta misma esquina, decenios atrás, medianoche oscura, me atrapó en circunstancia equis y porque sí un policía: tuvo en gana refrendar su prepotencia y dejarme encerrado hasta la tarde del día siguiente en un calabozo de la prefectura que estaba, mierdosa ella, una cuadra más allá. Delito: greñudo. Agravante: insolencia: resistencia a la autoridá. Uno era greñúo y anarco y soliviantao y se las daba de arrecho y comunisto. Qué ingenuidades los veinte años, los diecialgo.

Aquí, sobre la calleja que hacia acullá se desprende, hará cosa de un año o dos, filmó Lorenzo Vigas una de las escenas duras de su muy dura Desde allá, León de Oro en Venecia, y se pregunta ahora uno, acá perdido, qué cosas pasan por las cabezas de Venecia, La Serenísima.

Aquí, último kiosco de esta esquina de San Martín, Parroquia San Juan, Caracas-Venezuela, hombros de la septentrional América, aquí, no hace sino pocos meses, semanas quizá, contaba yo, morral adentro y temeroso de atraco, los veinte billeticos para comprar mi ración diaria de nicotinas.

Que este país no cambia, dicen. Y míralos ahí, al costadito del semáforo, recostados del edificio, parados, sudados, sentados en el piso, en el filón de cualquier murito: míralos: doscientas personas, quizá el doble, todas las edades: niños de trompo y perinola y qué fastidio, viejos de bastón de cuatro patas y ACV, niñas grandes de muy buen ver, colegas de cirrosis, comerciantes, plomeros (ahí mismo está, míralo, lo conozco, Alexander, El Cuadrado), y pedigüeños, y negras finas, y despojos viriles o vitales: de todo. Y todos, todo el que por acá ronda, lo sabe, lo sabemos: en esos bolsillos flacos y en los abultados bolsos también, en los morralitos y morrales, en esa funda de almohada henchida como ubre de vaca robótica, no hay otra cosa que billete.

Billete, mano. Billetes de cien bolívares. La más alta denominación de la República. Esta, sip, Bolivariana y Revolucionaria: Venezuela Potencia. Al cambio de antier, el de la demencia pero demencia asentada y colectiva, verdadera, precio justo y sobre todo real: 0,026 dólares. Pero multiplíquese el cero coma cero por las doscientas fundas o siquiera bolsillos. Una operación malandra y relámpago, unos apenas ocho o diez o doce prepúberes enfucados de los que hay tanto por allá cerro enfrente, en El Guarataro, a dos cuadras, y sin sudor ni lágrima ni sangre podrían sacar de aquí, fácil, su par de milloncejos. Ufa, Vigas Lorenzo: te perdiste de madre posible escena.

Ellos, los malandrines, no creen en certámenes ni en góndolas: uno los sabe, los ve, pero los ve hoy pasar de largo, desdeñosos e impertérritos (¿o es interperrito que se dice?) como si ante un bonche de calleja en el que no hubiese mujer menor de treinta, cuando ya por estos lados se es, de fémina, madre ajada y se está por ser abuela.

Mañana viernes, en pocas horas porque cierran ya los bancos, por resolución presidencial, esos billetes no valdrán nada. Mañana, por resolución ante todo política (eso decía Chávez, ¿no?, que la política debe regir la economía, a despecho incluso de tanta bobera que habló aquel viejo de Tréveris), mañana el más pobre de los recogelatas que tenga hoy en mano tres billetes de cien y tome la precaución de invertir sabiamente dos de ellos en un marlboro, mañana viernes podrá sentirse magnate y encender con el tercero su cigarro.

Mañana viernes, dicen los anuncios oficiales, se le dará un golpe, o no, perdón, se le dará carajazo brutal a las mafias que atentan contra la moneda nacional: trecientos mil millones de bolívares, en billetes de cien, acumulados y empacaditos en galpones de Cúcuta y de Ginebra y Berlín para tan sólo joder a la Revolución, servirán apenas para encender la madre fogata de las nicotinas. ¿Cómo sería estar allí? Bueno, allá: si la cosa es imaginarse uno, fantasear, placentarse uno en las placentas del placer, pues a mí me gustaría fumarme todo esa humareda contemplando el Léman con una copa de Chasselas en mano, o mirando Brandemburgo y tarareando al Johann Sebastian al calor o friito de unas cervezas, mientras prorrumpen los revolucionarios paredones. Al carajo con Cúcuta, donde como mucho hay Piel Roja y mal-afamado ron viejo de Caldas.

Carajazo de trescientos mil millones. No está mal. Si la venganza es dulce, y sobre todo si hay marlboro rojo, o más si se puede soñar con un Romeo y Julieta, un Partagás, un Regalías del Cuño o Coño, o siquiera un ibérico Delicados, pues acéptese aún la cruel dulzura del Oporto, el fraude bancario ese que es el Libfraumilch.

Acá en la esquina de Albañales, entretanto, mientras saco con desparpajo y a la vista mi ruma de cien billetes de cien para engatusar al kiosquero amigo y llevarme de casi gratis, de casi humo, de mañana nada, cinco cajas de marlboro, se me malogran de pronto los sibaritismos todos cuando, joder, se me viene a la memoria el viejo de Tréveris. Sí, ese, aquel. El Carlitos. Marx, viejo pana del alma.

Un carajazo de trescientos mil millones. Nada mal, ok. Pero, cóñole, qué precio. Un país paralizado, un país desesperado por salir del efectivo que en ninguna parte se consigue. Un país idiota, esquizofrénico, que en una casilla bancaria y sólo después de horas de sudor y de zozobra y dolor de las espaldas y piernas del coño te recibe y valida tus misérrimos papelitos que dicen cien, y luego, cuando al fin suspiras, cuando vas al cajero automático del mismo banco y haces seis horas más de cola para sacar lo que te permita comprar misérrimo café, te da de nuevo… ¿qué te da? Billetes de cien.

¿Revolución? ¿Revocatorio? ¿Socialismo, neoliberalismo, PSUV, Vanguardia de qué fue que dijiste?

¿A quién interesa? Este, este no país sino bicho nuestro, esta jodida cosa que tenemos, es, joder, el reino del sarcasmo, de la ironía brutal, del carcajéate, pues.

Porque si no te ríes, lloras.

Y es muy pero muy jodido llorar así, sin Léman ni Brandemburgo ni Johann ni un coño. Sobre todo sin marlboro, sin nicotina. Sin eso que el Carlitos de Tréveris llamaba o pudo bien llamar tu opio legal. El que te salva.

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Surmenage; por Carmen Beatriz Fernández

Hace década y media, cuando la batalla contra el chavismo ya se vislumbraba como una larga marcha, un amigo querido que hoy es importante dirigente nacional, hizo una afirmación visionaria: “Al chavismo no lo sacará quien ataque más fuerte, ni el que grite más alto, lo sacará quien sople en el momento oportuno”. Tenía razón.

Por Carmen Beatriz Fernández | 15 de diciembre, 2016

arima de la oposición instalada en la Av. Libertador donde líderes opositores estuvieron presentes. ©Fotografía de Giovanna Mascetti. [01/09/2016]

La oposición venezolana en la Av. Libertador durante “La toma de Caracas”. 1 de septiembre de 2016. ©Fotografía de Giovanna Mascetti. Haga click en la imagen para la fotogalería completa

Hace década y media, cuando la batalla contra el chavismo ya se vislumbraba como una larga marcha, un amigo querido que hoy es importante dirigente nacional, hizo una afirmación visionaria: “Al chavismo no lo sacará quien ataque más fuerte, ni el que grite más alto, lo sacará quien sople en el momento oportuno”. Tenía razón. Lo que no atinó a predecir, y probablemente era imposible hacerlo entonces, era que cuando llegase el momento no habría quien soplase. Tras un sufrimiento prolongado, tras años de frustración, tras tantos altibajos emocionales, tras tantas guerras psicológicas, la oposición parece haberse quedado sin aliento para dar el soplido final.

Hace un año creíamos estar viviendo la última batalla: en Venezuela se produjo desde la victoria opositora del 6 de diciembre un choque de poderes muy claro, una confrontación institucional que cada uno de los actores en conflicto trató de trasladar la contienda al tablero en el que tenía mayores ventajas. La Unidad trató de trasladar el conflicto político a la calle y al parlamento, mientras que el oficialismo intentó llevarlo al seno del resto de las instituciones públicas, donde tiene casi total control.

Tras establecerse el pasado mes ese espacio de diálogo encabezado por El Vaticano se aceptó también, de forma implícita, trasladar el juego al tablero donde mejor jugaba el Gobierno. Fue muy desventajoso para la Unidad el “timing” de ese diálogo. Quizás estaba fuera del alcance de la MUD el encontrar un momento más oportuno, lo que sí estuvo dentro de las culpas de la Unidad fue el no encontrar las fórmulas para que el espacio del diálogo no funcionara como una desmovilización.

Creo que no había más remedio que sentarse al diálogo. La Unidad había estado pidiendo por El Vaticano como mediador, como también lo había demandado el Gobierno. No hubiera podido justificarse el no participar en esa convocatoria al encuentro. El problema fue que el SÍ de El Vaticano llegó en vísperas de lo que se había anunciado como una muy importante y culminante movilización popular y tras apartarse el Gobierno de manera flagrante y muy notoria del camino constitucional el día 20 de octubre con la suspensión del Referendo Revocatorio.

El pecado de la Unidad no fue sentarse al diálogo, sino paralizar las movilizaciones de calle. “Tanto diálogo como sea posible, tanta calle como sea necesaria” ha debido ser un mantra opositor, pero no se hizo así. En este juego suma-cero en el que se concibe la política venezolana, la ganancia de uno de los contendores implica la pérdida del otro y el Gobierno ha ganado el tiempo que quería, al tiempo de evidenciar las fisuras en el seno de la Unidad. Puede que hayan ayudado algunos manejos non sanctos por parte de actores opositores de dudosa reputación, como sugirió recientemente Henrique Capriles, pero la pregunta relevante es ¿por qué esos actores han tenido la capacidad, por delegación expresa, de terminar siendo articuladores del naufragio?

Venezuela no debería ser un juego suma-cero. Mucho peor que el hecho de que la Unidad haya perdido este round, es que lo haya perdido nuestro país, como un todo. Si este diálogo no sirvió para aminorar la tragedia sociopolítica que se cierne sobre Venezuela, entonces fracasó. Ese debe ser el principal baremo para juzgar al diálogo.La política hay que entenderla como la oportunidad de diseñar soluciones a los problemas sociales y económicos. No son dos planos diferenciados el político del socioeconómico, ni es aceptable que se diga que las soluciones políticas van a un ritmo mucho más lento que los apremios sociales.

Hace un año se entendió la victoria del 6 de diciembre como el inicio de la transición política. Y en buena medida parecía que se iba encaminado a ello. Se olvidaba sin embargo que las transiciones ni son automáticas ni se dan por decreto. Para que exista una transición política tiene que darse una triple coincidencia: 1. crisis o conmoción nacional, que la tenemos. 2. Fracturación del poder dominante, que existe en alto grado aunque intente disimularse y 3. necesaria unidad de las fuerzas opositoras, elemento donde la Unidad acusa fallas visibles.

“A veces hay que doblarse para no partirse”, dijo a inicios del período legislativo Henry Ramos Allup, y parecía estar dispuesto a hacer política en serio y no sólo política de reflectores. No fue así. Hacer política es lograr compromisos y acuerdos, algunos visibles pero otros, los más, invisibles al gran público espectador. Cuando la oposición decidió acatar la cuestionable decisión del Tribunal Supremo y volver al Parlamento con tres diputados escamoteados lo ideal hubiera sido lograr un acuerdo con tres diputados del oficialismo para construir una nueva mayoría de las 2/3 partes con tres diputados tránsfugas, y a partir de allí recomponer los poderes institucionales del país, TSJ incluido. Era el momento, estaba dada la oportunidad, es de suponer que había actores dispuestos a ser parte de la nueva mayoría. Y no se hizo. Debatiéndose sobre si era mejor tener 112 diputados en la calle o 109 en el hemiciclo, la oposición venezolana tuvo la madurez de sortear un primer choque de poderes y conducir el diálogo a su espacio institucional natural, pero no supieron, no pudieron o no quisieron horadar el bloque del adversario. Consideraciones semejantes pueden hacerse en relación al TSJ, las FAN, y todas y cada una de las instituciones públicas donde el oficialismo cree ser amplia mayoría.

La oposición recibirá el 2017 disminuida en el afecto público y bastante más desunida de lo que estuvo durante todo el 2016. El Gobierno logró convertir al Referendo Revocatorio en un eunuco, con costos mínimos, tal como ha apuntado mi colega Ángel Alvarez. Y lo que es quizás peor: la situación de hoy en el ánimo de la sociedad, y particularmente en el estado de ánimo opositor, es infinitamente peor que la que tenía hace exactamente un año tras la victoria de la Unidad en la elección parlamentaria.

Sin embargo el oficialismo no las tiene todas consigo. Tiene una crisis socioeconómica gigantesca estallándole en las manos y tiene todos los incentivos para que luego del 10 de enero se desaten las luchas intestinas en su seno. La sociedad venezolana ha entendido mayoritariamente que el cambio es necesario. La transición terminará ocurriendo de una u otra manera, bien por la deseable vía electoral, o por las malas. Pero hoy el estado de ánimo de parte importante de la sociedad es la desesperanza por la falta de atisbos de soluciones institucionales que permitan salir del atolladero. Un surmenage tremendo que acumula muchos años de estrés, más muchos meses de carencias básicas. El agotamiento físico sumado a la frustración que conduce a un desánimo paralizante.

El cambio es un anhelo, y un consenso nacional, pero para que se de el cambio no basta con estar viviendo una terrible e injustificable tragedia socio económica. Deben darse dos condiciones adicionales en simultáneo, repito:

1. Que se evidencia una división oficialista, que implique que una parte del chavismo, la más honesta, ayude a encontrar una solución institucional.

2. Que la Unidad sepa mantenerse unida pese a sus naturales diferencias. Unidad de propósito en el activismo y unidad perfecta en lo electoral (cuando haya finalmente un desenlace electoral). Ambas implican una madurez importante de quien aspire a verdaderamente dirigir el liderazgo opositor.

El cambio no llegará por un acuerdo en una mesa de diálogo, sencillamente porque la democratización de una sociedad nunca ha sido la concesión graciosa de un dictador. Si en Venezuela la clase política no interpreta correctamente el estado de ánimo de la sociedad, y más aún, si no lo ataja, le espera una crisis de representación terrible. Visualizar la ruta posible para una esperanza realista es no sólo posible, sino absolutamente necesario para salir de este surmenage que nos embarga.

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Las tres fobias de la ultraderecha europea; por Fernando Mires

He de confesar: tengo ciertos problemas con los conceptos extremadamente generalizadores. Sobre todo con los que buscan identificar lo líquido con lo sólido, lo efímero con lo eterno, lo grandioso con lo mínimo. Lo sé: estamos condenados a trabajar con conceptos. Conozco su utilidad académica. Pero también sé que en momentos determinados hay que saber

Por Fernando Mires | 13 de diciembre, 2016
Fotografía de Wolfgang Rattay para REUTERS

Fotografía de Wolfgang Rattay para REUTERS

He de confesar: tengo ciertos problemas con los conceptos extremadamente generalizadores. Sobre todo con los que buscan identificar lo líquido con lo sólido, lo efímero con lo eterno, lo grandioso con lo mínimo.

Lo sé: estamos condenados a trabajar con conceptos. Conozco su utilidad académica. Pero también sé que en momentos determinados hay que saber renunciar a ellos. Todos los conceptos son provisorios. Fue esa la razón por la cual en una ocasión me pronuncié en contra del sobredimensionado uso dado al concepto populismo. Prácticamente sirve para todo. Se puede ser de izquierda o derecha; reaccionario o revolucionario; fascista o socialista, y ser populista. ¿No es cómo demasiado?

Si quitáramos la palabra populista para designar a un movimiento o partido o cualquiera cosa subsumida bajo ese nombre, comprobaríamos que la palabra populista —como tantas otras— en vez de revelar, oculta. En el caso de los llamados movimientos populistas de la ultra derecha europea ese ocultamiento resulta evidente.

¿Qué es lo que tienen en común esos movimientos? Si hacemos una revisión comprobaremos algo innegable. Todos provienen de miedos y cultivan fobias. De modo que si los llamamos populistas, no hacemos más que ocultar su principal identidad: el carácter fóbico que los une.

Entonces llamémoslos como son: partidos fóbicos.

Entendemos el concepto de fobia en su más freudiana expresión. Las fobias son miedos trasladados a determinados objetos que sustituyen el objeto del miedo originario. Por ejemplo: el miedo al padre de la infancia puede ser trasladado en la fase adulta al miedo (fobia) al tipo de corbatas que usaba el padre.

El miedo hacia lo desconocido —el más común de los miedos— suele manifestarse en los niños como miedo a la oscuridad. En los adultos tiende a expresarse como miedo a la muerte pues no hay nada más desconocido que ese “después de la muerte”. Lo desconocido es, por lo mismo, lo que nos es extraño (lo Unheimlich, según Freud). Y lo que nos es extraño puede ser representado por lo extranjero.

Así se explicaría en parte por qué el miedo (odio, aversión, rechazo, fobia) hacia los extranjeros es —ha sido mil veces comprobado— mucho más fuerte en lugares en donde casi no hay extranjeros (aldeas, pueblos).

Freud lo explicaría así: precisamente donde no hay extranjeros, el extranjero es un extraño y como lo que viene después de la muerte nos es extraño, dejamos caer el peso de ese miedo sobre cualquier objeto que nos sea extraño, en este caso, el extranjero.

El extranjero puede actuar en consecuencias como símbolo corporal de lo desconocido, es decir, como representante de miedos ocultos. Más todavía si los partidos antiextranjeros emplean imágenes mortales cada vez que se refieren al fenómeno migratorio como por ejemplo alud, invasión, inundación y otros.

En las grandes ciudades europeas, en cambio, los extranjeros no son extraños. Forman parte del paisaje cotidiano y por la misma razón el miedo (odio, aversión, fobia) hacia ellos es menor que en las zonas rurales.

Son las mismas razones por las cuales los partidos xenófobos se manifiestan, además, de un modo homófobo. Siguiendo el ejemplo del patriarca de la homofobia internacional, Vladimir Putin —sus razzias en contra de los homosexuales son conocidas— los partidos racistas también se declaran en abierta rebelión en contra de la homosexualidad, masculina o femenina. “Xenofobia y homofobia, unidas, jamás serán vencidas” podría ser perfectamente el grito común de batalla.

La homofobia, así como su gemela, la xenofobia, también tiene orígenes en miedos recónditos, aunque su naturaleza es algo distinta. La homosexualidad produce, evidentemente, inseguridad en sectores sociales y culturales que han hecho de la virilidad y de la feminidad un mito. Más todavía si se toma en cuenta que la naturaleza humana es bisexual.

En cierto modo los heterosexuales hemos llegado a ser como somos mediante un trabajo de sistemática negación de una innata bisexualidad. El ideal social, religioso y cultural predominante ha apuntado en cambio a establecer una coincidencia exacta entre genitalidad y sexualidad. Sin embargo, en diferentes ocasiones, ese duro trabajo no ha logrado su objetivo. Suele suceder que un resto de bisexualidad no llega a ser plenamente domesticado, hecho que produce en muchos un sentimiento de culpa que puede incluso manifestarse en alteraciones mentales.

En cierto modo cada ser humano se encuentra en permanente lucha en contra de su sexualidad (contradicción básica ente el Yo y el Ello, según Freud). La fobia (aversión, rechazo, miedo) a los homosexuales es también un rechazo a ese ser extraño que habita en cada uno: “lo otro” dentro de nosotros. Objetivado, ese extraño puede ser un extranjero, pero también ese rol puede ser cumplido por una lesbiana o por un homosexual.

Odio a la ambivalencia llamó el sociólogo Zygmunt Bauman al proyecto de los totalitarismos modernos destinado a lograr la plena uniformidad de la sociedad y la cultura. Odio a la ambivalencia producido por seres ambivalentes que jamás han logrado un equilibrio interno entre su ser y su deber ser. Y representantes de esas  ambivalencias han llegado a ser los extranjeros y los homosexuales.

El extranjero contrarresta el ideal de la uniformidad. El extranjero es portador de idiomas, gustos, gestos y religiones desconocidas. El homosexual, a su vez, produce inseguridades entre los “normales”. Ambas “desviaciones” atentan en contra de los modelos predominantes de convivencia. Por eso, frente a las amenazas (internas y externas) los individuos recurren a la protección de instancias psíquicas represivas: un Sobre-Yo o un Sobre-Nosotros autoritario representado en ideologías, partidos y líderes.

La vida del hombre moderno ha sido la lucha por crear un orden monovalente destinado a fracasar. El ideal de familia perfecta con la mami, el papi, un auto, niños bien educados, auto, perro y gato, continúa siendo un ideal, pero no más que eso. Siempre algo escapa; siempre hay algo que no resulta.

Y bien, precisamente sobre la base del fracaso de los ideales sociales, culturales y familiares, laboran los partidos fóbicos prometiendo a sus electores un mundo sin extraños, un mundo donde todo sea igual a sí mismo, uno donde todos seamos del mismo color, de la misma religión y con un solo sexo, clara y genitalmente definido.

Xenofobia y homofobia son, además, las dos razones que han llevado a una tercera fobia. Se trata de la más política de las fobias de nuestro tiempo: el odio a la Europa liberal y cosmopolita heredada desde los tiempos de la Ilustración. Y, por supuesto, a sus valores.

No deja de ser sintomático que los partidos fóbicos se declaren  a sí mismos i-liberales. Defensores de una imaginaria tradición y de un supuesto orden nacional ven en la Europa moderna y liberal el origen de lo que ellos llaman la Europa decadente. Por eso intentan caracterizar a los defensores de esa Europa como cobardes, timoratos y —la última moda— “buenistas”.

Como los fascistas del siglo XX, los partidos fóbicos del siglo XXl protestan en contra de una Europa a la que acusan ser la cuna de la desintegración moral de sus naciones. La eurofobia, como se ve, no está muy alejada de la xeno y de la homofobia. Es, en cierto modo, su superstructura político-ideológica.

Ahora bien, sobre la base de la trinidad fóbica mencionada está naciendo —hay que decirlo con todas sus letras— un nuevo fascismo.

Sin embargo, la trilogía fóbica no es solo una característica del neofascismo europeo. Los sectores más radicales del Islam también rinden culto a la misma trinidad. Así se explica por qué los terroristas islámicos han terminado por convertirse en aliados objetivos de los partidos fóbicos europeos. En gran medida se retroalimentan. Dicen odiarse entre sí, pero se trata de un odio mimético, muy similar al que compartían en el siglo XX comunistas y fascistas, representantes ambos de ideales totalitarios.

Quizás cuando Putin y Erdogan celebraron su histórico encuentro, no fue ese un evento puramente político. Entre los dos autócratas existe una innegable empatía cultural. Que uno hable en nombre de la Iglesia ortodoxa rusa y el otro en nombre del Islam, es un asunto puramente formal. Lo cierto, lo objetivo, es que ambos gobernantes son xenófobos, homófobos y eurófobos. De ahí se explica que el entendimiento entre ambos haya sido espontáneo y perfecto.

Estás páginas, aunque redactadas con cierta prisa, intentan llevar a dos conclusiones. La primera dice que las luchas políticas suelen ser también culturales, hecho no siempre advertido por los actores y mucho menos por los analistas políticos. La segunda dice que, si queremos entender de verdad a los diversos movimientos sociales y políticos de nuestro tiempo, tenemos que pedir prestadas algunas herramientas a las disciplinas psicológicas.

Sin conocer el alma (ánima, lo que anima) de los nuevos actores políticos, nunca podremos entender su comportamiento. Es mi convencimiento. Frente a esa evidencia algunos docentes y ex docentes hemos insistido en que en los institutos de politología y sociología sean impartidos cursos obligatorios de psicología analítica. Pero hasta ahora nadie nos ha hecho caso.

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Mauricio Macri, entre el año que pasó y el año que le espera; por Carlos Malamud

[Infolatam].- Mauricio Macri ha cumplido su primer año como presidente argentino. Con este motivo encontramos numerosos balances sobre su gestión, sobre todo lo que hizo, dejó de hacer o no pudo hacer, en definitiva, sobre sus aciertos y sus errores. Estos análisis fueron acompañados de ciertas previsiones centradas en el carácter electoral de 2017 (en

Por Carlos Malamud | 13 de diciembre, 2016
Fotografía de Victor R. Caivano para AP

Fotografía de Victor R. Caivano para AP

[Infolatam].- Mauricio Macri ha cumplido su primer año como presidente argentino. Con este motivo encontramos numerosos balances sobre su gestión, sobre todo lo que hizo, dejó de hacer o no pudo hacer, en definitiva, sobre sus aciertos y sus errores. Estos análisis fueron acompañados de ciertas previsiones centradas en el carácter electoral de 2017 (en octubre hay elecciones parlamentarias) y en la posibilidad de que finalmente se concrete la anhelada recuperación económica.

En Argentina mencionan la “grieta” para aludir a la fractura política y social heredada del gobierno anterior. La misma grieta se observa en las evaluaciones mencionadas. Por un lado, el optimismo del presidente que por su gestión se consideró merecedor de un 8 sobre 10. Por el otro, los ataques kirchneristas como los de La Cámpora y otras agrupaciones afines. Cristina Fernández, en un acto en São Paulo junto a Dilma Rousseff, descalificó la gestión de su sucesor:

“Hace… un año terminaba nuestro gobierno. Ese 9 de diciembre la Argentina registraba un índice del 5,9% de desocupación, el más bajo de las últimas décadas”, ahora ya trepó a “casi dos dígitos,  el neoliberalismo necesita desocupación de dos dígitos para que la gente no pelee”.

Que el kirchnerismo y sus portavoces hagan una crítica frontal, generalmente con medias verdades o empleando sus estadísticas trucadas, como Fernández, no sorprende. Más preocupante es la crítica irresponsable de algunas figuras respetadas, como Roberto Lavagna, el primer ministro de Economía de Néstor Kirchner y hoy referente económico de Sergio Massa. Recientemente Lavagna atacó duramente al gobierno al comparar sus políticas económicas con las de la dictadura militar y el menemismo. Al relacionar a Macri con Videla, su postura se aproxima al kirchnerismo. Casualmente, o no, pocos días después se produjo la convergencia parlamentaria de kirchneristas y massistas en la derrota gubernamental por la reforma del impuesto a las ganancias.

En el medio está la sociedad argentina con una postura más equilibrada. Según el periódico kirchnerista Página 12 el porcentaje de aprobación de Macri es del 45%, con una merma de 13 puntos respecto a 2015. Por su parte, el oficialista La Nación, citando una encuesta de Poliarquía, le otorga al presidente una popularidad del 55% (71% cuando llegó al poder). En cualquier caso, las cifras son importantes, especialmente al compararlas con los países vecinos de América Latina.

Para evaluar el desempeño de Macri hay que tener en cuenta su condición de presidente no peronista, todo un reto en la Argentina posterior a 1955. Desde entonces sólo Carlos Menem, Kirchner y Fernández pudieron terminar sus mandatos (el primero y la última en dos oportunidades). No lo hicieron los radicales Arturo Frondizi, Arturo Illía, Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa. Macri tampoco es radical, pese a gobernar en una coalición en la cuál el radicalismo juega un papel importante.

Entonces, ¿cómo adscribir políticamente a Macri? ¿Es el peligroso neoliberal dispuesto a arrasar con todas las conquistas sociales existentes en el país, como apunta su predecesora? En realidad, es un político pragmático que pese a algunos errores en su gestión está sorprendiendo a propios y extraños por su capacidad de relacionarse con y enfrentar al peronismo. Si bien la pasada semana le regaló a la oposición una innecesaria victoria parlamentaria, su capacidad de lidiar con las tres corrientes en que está estructurado el peronismo (el kirchnerismo, el massismo y el peronismo auténtico), le ha permitido de momento mantener la unidad de sus filas y garantizarse una importante cuota de apoyo popular.

Tampoco deben olvidarse las expectativas existentes hace un año atrás. El kirchnerismo apostó buena parte de su capital político al naufragio económico del gobierno, que de haberse producido habría provocado el desborde popular y una rápida salida del poder. Si bien Macri debe lidiar con una alta inflación (2016 cerrará con una tasa cercana al 40%), el retroceso del PIB (en torno al 2%, aunque se espera un dato positivo del 3,2% en 2017) y un aumento de la pobreza (creció un 2% este año), su gestión económica ha tenido importantes logros. Entre ellos la negociación con los hold outs, la salida del cepo cambiario, la reducción de algunos subsidios superfluos, el ajuste tarifario (pese a ciertas dificultades) y la normalización de las estadísticas oficiales.

Políticamente se ha beneficiado de la rápida fragmentación del kirchnerismo, de la división peronista, de los apuros judiciales de Fernández y de la lucha contra la corrupción. Hasta ahora había sorteado con eficacia su minoría parlamentaria, negociando con los distintos bloques opositores y buscando consensos con los actores políticos, sociales y económicos. En las últimas semanas se ha multiplicado la protesta social impulsada con fines desestabilizadores por el kirchnerismo y algunos grupos trotskistas.

Pese a los temores y a las previsiones más aciagas el gobierno ha llegado bastante indemne al término de su primer año, lo que le permite afrontar con ciertas garantías las próximas elecciones aunque la incertidumbre sigue siendo grande. El desempeño económico será una de las claves a considerar para medir el resultado del oficialismo el año próximo. Pero no es el único factor. Hay otros importantes, como que el presidente y la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, la más importante del país, pertenecen a la misma coalición. De otro modo, el volumen de las protestas movilizada por caudillos locales y provinciales del peronismo, sería atronador y, probablemente, imparable.

Macri debe terminar su mandato. Sería importante para el futuro argentino que un presidente no peronista cumpla sus cuatro años en el cargo. La salud de la democracia así lo requiere. De ahí la imprudencia de algunos sectores opositores considerados serios al coquetear con la coyuntura para obtener réditos electorales inmediatos, aún a costa de comprometer la estabilidad nacional. Se dice que el poder galvaniza al peronismo con independencia de su origen. Por eso habrá que ver cómo se posicionan unos y otros de cara al próximo octubre.

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Testimonio de una actriz que fue a Cuba “antes de que Fidel muera”; por Prakriti Maduro

1 “Hay que ir a Cuba antes de que muera Fidel”, decía la gente, como si fuera imposible entender a Cuba como un destino turístico, algo más que el testimonio de una política fallida. “Pude venir justo en la raya”, pensaba ya en el avión de regreso a Venezuela. Era 2007. Aquel viaje no fue

Por Prakriti Maduro | 3 de diciembre, 2016
prakriti

Fotografía cortesía de Prakriti Maduro

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“Hay que ir a Cuba antes de que muera Fidel”, decía la gente, como si fuera imposible entender a Cuba como un destino turístico, algo más que el testimonio de una política fallida. “Pude venir justo en la raya”, pensaba ya en el avión de regreso a Venezuela. Era 2007.

Aquel viaje no fue para hacer turismo ideológico ni para explorar los resultados del socialismo cubano. Fui a filmar una película donde me correspondía interpretar a una cubana, de modo que la observación me resultaba natural e inevitable. Observar era parte de mi trabajo.

Empecé a entender las dinámicas del socialismo en Cuba desde el aeropuerto. En la correa giratoria donde se espera el equipaje vi desfilar maletas y cajas durante mucho tiempo hasta que, luego de una cantidad exagerada de carga si se comparada con la cantidad de pasajeros, salió la mía. Aquellos cubanos que habían tenido alguna oportunidad de viajar aprovechaban comprar afuera todo lo que les hacía falta. Casi todo. “En Venezuela no creo que lleguemos a eso”, pensé. Ahí me enteré de que había un nuevo permiso: se podían traer hasta dos reproductores de DVD por persona.

— ¿No trajiste DVD players?
— No… es que soy extranjera.
— ¡Igual! Hubieses aprovechado y los vendías…

2

El mismo día que llegué me invitaron a una fiesta en casa de una consagrada actriz de teatro. Gente animada. Conversaciones amenas. Buena música. Cuando solté el primer “Mucho gusto…”, se fue la luz. “¡Ay, otra vez!”, dijo más de uno. Era la tercera vez en esa noche. La luz iba y venía. Ya nadie buscaba explicaciones, sino linternas y velas que permanecían a tiro.

Al día siguiente, ya en el hotel, encendí el televisor. En la programación de los pocos canales transmitían programas de calidad bastante regular. Yo necesitaba practicar el acento, así que me quedé viendo un programa de entrevistas. Sin embargo, a los pocos segundos entró el noticiero: una noticia feliz sobre los logros de la revolución. Ante la propaganda, cambié el canal pero me conseguí la misma noticia. Y la misma en el canal siguiente. La misma noticia en todos. Todos los canales se habían encadenado a la hora del noticiero.

En ese instante sentí una presión en el pecho que al mes siguiente se convirtió en una grieta. A través de ese mismo noticiero encadenado vi las imágenes en vivo del cierre de RCTV.

3

“A este punto sí que no llegaremos en Venezuela”, me dije la primera vez que fui a hacer mercado. Estaba en el automercado mejor surtido de la zona y, aún así, resultaba alarmantemente vacío.

“Si quieres preparar un buen almuerzo, tienes que ir a cinco o seis comercios el mismo día”, me dijo la juez que se dedicaba a hacer los almuerzos para el catering de la película. Yo no quería hacer un buen almuerzo, sino tener alguito en la pequeña nevera del hotel.

En la zona de la charcutería había una vitrina con quesos. Y yo, práctica y además víctima de la dieta de los puntos, vi un paquete de esas láminas de queso americano separadas en porciones cuadraditas. Sólo quedaba un paquete y se lo pedí al charcutero con el nombre que le damos en Venezuela:

— Me da ese queso Facilista que tiene allí, por favor.
— ¿Queso qué?
— Ése… ése de ahí… —le dije, señalándolo.
– ¿Facilista? Oye, ¿y por qué lo llaman así?
— Porque es práctico: ya viene en lonjas y no se pegan.
— Ummm… aquí ese nombre no funcionaría. ¿“Facilista”? No nos creemos lo fácil… las cosas hay que trabajarlas.

Estaba serio. No pretendía ser chistoso. Traté de sonreírle para descubrir el sentido del humor que había en la frase. No funcionó.

 4

Cada vez que me trasladaban a la locación veía filas y filas de gente en diferentes esquinas. “¿Y esa gente?”, le preguntaba al licenciado en Administración y Contaduría que me habían asignado como taxista. “Eso es que llegó arroz o frijoles”, solía ser la respuesta. O algo como “Es que ahí se compra con Libreta de Racionamiento”. La libreta de racionamiento sí me resultaba más fácil de entender: me parecía un antepasado de las carpetas de CADIVI.

Casas, edificios y comercios desconchados, oxidados, en ruinas. Vehículos, maquinaria y ascensores parados por falta de repuestos.

El progreso estaba fuera de servicio hasta nuevo aviso.

“A eso no llegaremos en Venezuela”, era mi único mantra.

5

A principios del 2008 volví a Cuba. El viaje duraría una semana y era para filmar las escenas que habían quedado pendientes.

El 24 de febrero, bien temprano en la mañana, me trasladaba en algo que los cubanos llaman “almendrón”: un carro antiguo que suelen usar como taxis. Ahí escuché en la radio a un locutor leyendo una carta firmada por Fidel Castro que se había publicado en el periódico Granma ese mismo día: por su delicado estado de salud, Fidel Castro se retiraba como presidente, cediéndole el cargo a su hermano Raúl, quien hasta ese momento cumplía labores de vicepresidente.

Esperaba ser testigo de una Cuba alterada, movida por la algarabía o por el terror, pero alterada. Sin embargo, todo lucía como un día normal. La gente seguía en lo suyo, como lidiando con el miedo a alegrarse. “Es probable que todo siga igual”, me explicó un actor cubano que tenía inmensas ganas de estar equivocado. La antropóloga con posgrado en filología que trabajaba como asistente de vestuario en la película supo definir el ambiente como “una densa nata”.

Aquella “densa nata” se me volvió a aparecer casi cinco años después, el 8 de diciembre de 2012. Ese día escuché cómo en todos los canales de televisión abierta Hugo Chávez le pedía al pueblo que si a él le ocurría algo eligiera a Nicolás Maduro como presidente. Y pensé: “Si eso sucediera, es probable que todo siga igual… O peor”.

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