#NoHemosEntendidoNada

¿Dónde están las mujeres de la gastronomía latinoamericana?; por Diego Salazar

LIMA — La jefa de cocina del mejor restaurante de América Latina es mujer. No solo es la jefa de cocina: es copropietaria del restaurante. Pía León lleva seis años al mando del equipo de cocineros de Central, un restaurante en la capital de Perú, que ocupa el primer lugar en la lista de los

Por Diego Salazar | 12 de agosto, 2017
Pía León, jefa de cocina de Central, el restaurante peruano que ocupa el primer puesto de los 50 Mejores Restaurantes de América Latina desde 2014. Credit Cortesía Central Restaurante

Pía León, jefa de cocina de Central, el restaurante peruano que ocupa el primer puesto de los 50 Mejores Restaurantes de América Latina desde 2014. Crédito: Cortesía Central Restaurante

the-new-york-times

LIMA — La jefa de cocina del mejor restaurante de América Latina es mujer. No solo es la jefa de cocina: es copropietaria del restaurante.

Pía León lleva seis años al mando del equipo de cocineros de Central, un restaurante en la capital de Perú, que ocupa el primer lugar en la lista de los 50 Mejores Restaurantes de América Latina desde 2014 y el quinto puesto en la lista los 50 Mejores Restaurantes del Mundo. Todos los premios que ha recibido el restaurante, el más reconocido de la región hoy, llegaron cuando León ya llevaba las riendas de la cocina.

Sin embargo, cuando en los medios se habla de Central, pareciera que se trata del esfuerzo y los logros de un solo hombre: el esposo de León, chef y copropietario del restaurante, Virgilio Martínez. En la cobertura del mundo gastronómico es habitual que la prensa y el público centren su atención en la figura principal y dejen de lado a los integrantes de su equipo, casi siempre tan importantes como el chef que acapara el rol protagónico.

Ocurre que también es habitual que esas figuras atraigan mayor atención cuando son hombres. Un botón de muestra: de los veintidós cocineros a los que la exitosa serie de Netflix Chef’s Table ha dedicado un episodio, solo seis son mujeres.

Según una entrevista que le hice a León en 2012, cuando llegó a pedir trabajo a Central, el que ahora es su esposo le dijo, medio en broma, medio en serio, que no le gustaba trabajar con mujeres. Martínez, entonces una estrella creciente en la cocina peruana que había regresado a Perú para abrir su primer restaurante tras años de carrera en el extranjero, le dijo a León que no estaba seguro de contratarla porque dudaba de que pudiera aguantar el ritmo de la cocina.

La actitud de Virgilio Martínez, hoy casado con esa cocinera a la que casi no contrató, es otra. En un artículo publicado en el sitio Eater.com en julio de este año, el chef se hacía cargo de la falta de reconocimiento hacia su jefa de cocina y se quejaba: “Pía es quien dirige la cocina de Central, no recibe el crédito que merece y es ella quien está siempre en la cocina haciendo el trabajo duro”.

Luego de leer ese artículo decidí hablar con Pía León y preguntarle si opinaba lo mismo. León es una mujer decidida, consciente del éxito que ha alcanzado en su carrera, a la que no le gusta demasiado ser el centro de atención pero que entiende que el trabajo implica sentarse a conversar con la prensa y que, en general, opina que en la cocina no hay diferencias entre hombres y mujeres. Se trata, me ha dicho más de una vez, de cuán duro estés dispuesto a trabajar, sin importar el género.

Sin embargo, cuando le pregunté si había sentido que su trabajo no es reconocido de la misma forma por el hecho de ser mujer, me dijo: “A mí no me afecta de manera personal, no le doy importancia, pero sí es habitual que cuando alguien me presenta, ya sea en el restaurante o en algún evento gastronómico, diga ‘la esposa de Virgilio’ y no ‘la jefa de cocina de Central’”.

Algo similar me contó la chef colombiana Leonor Espinosa, propietaria del restaurante Leo en Bogotá (número 16 en 50 Mejores Restaurantes de América Latina) y recientemente galardonada con el Basque Culinary World Prize, que distingue cocineros responsables de “iniciativas transformadoras”. Cuando le pregunté a Espinosa si ella se había sentido discriminada durante su carrera, me dijo: “Me ha ocurrido en distintos ámbitos, pero donde lo he notado más es cuando he asistido como invitada a escuelas de cocina junto con colegas varones. Ellos son tratados como ‘chef’ y  yo como ‘señora’”.

Al igual que ocurre en otros gremios tradicionalmente monopolizados por hombres, el mundo de la cocina profesional ha empezado a tener una discusión cada vez más seria sobre el papel de las mujeres en el negocio.

En 2010 tuve una conversación al respecto con Ruth Reichl, antigua crítica de restaurantes de The New York Times, exeditora de Gourmet Magazine (hasta su desaparición en 2009) y una de las periodistas gastronómicas más respetadas del mundo. Reichl me contó que en 1979 había publicado un artículo en la revista New West sobre las chefs y su ascenso en el mundo gastronómico. “Todos estábamos convencidos de que el tiempo de las chefs estaba llegando y que todo iba a cambiar. Y ahora, más de veinticinco años después, una vuelve la mirada atrás y es sorprendente ver cuán poco ha cambiado en realidad”, me dijo. Luego se explayó acerca de lo tremendamente demandante y físicamente agotador que es este trabajo, y lo poco que se gana si no se pertenece al uno por ciento que se encuentra en la cima.

La cocinera Carolina Bazán, chef y propietaria del restaurante Ambrosía en Santiago de Chile, me dio una respuesta casi idéntica: “Este es un rubro y un trabajo muy sacrificado, duro y con horarios no compatibles con la vida familiar, por lo que hay que escoger y, lógicamente, muchas mujeres escogen la vida familiar y buscan un trabajo con horario compatible”. Bazán, al igual que ocurre con Pía León y Virgilio Martínez —y muchos otros en la industria—, ha trasladado la vida familiar a su restaurante. Su pareja, Rosario Onetto, es la sommelier de Ambrosía.

Más de siete años después de mi primera conversación con Ruth Reichl, decidí contactarla de nuevo para preguntarle si su mirada sobre el tema había cambiado. La periodista me dijo que sí, que hay un factor que entonces no veía y que hoy le parece fundamental. “He entendido que detrás de cada chef exitoso de verdad hay un exitoso hombre o mujer de negocios que invierte no solo su dinero sino también su talento y esfuerzo para que ese cocinero alcance el éxito”, me dijo.

Ningún chef, insistió Reichl, había logrado sobresalir sin una figura así. “Y ocurre que, todavía, muy pocas de esas personas invierten de la misma manera en las chefs. Mientras esos hombres o mujeres de negocios no decidan invertir en serio en mujeres, los hombres continuarán dominando la industria”, añadió.

Kamilla Seidler, la chef del restaurante Gustu en La Paz, Bolivia, ha sido elegida la mejor chef de América Latina. Credit Cortesía Gustu

Kamilla Seidler, la chef del restaurante Gustu en La Paz, Bolivia, ha sido elegida la mejor chef de América Latina. Crédito: Cortesía Gustu

Otra cocinera que trabaja en Latinoamérica, la danesa Kamila Seidler, al mando del restaurante boliviano Gustu (número 14 de los 50 Mejores Restaurantes de América Latina), ofreció una explicación similar cuando le pregunté por qué creía que la presencia femenina entre los chefs más reconocidos era menor. Seidler me dijo: “Yo no me despierto en la mañana pensando que soy mujer sino que puedo y debo hacer mi trabajo, y me preparo el café. Pero si te fijas, el mundo de las finanzas también está dominado por hombres. Entonces, esos inversionistas, que son hombres, y son los que ponen el dinero, confían más en poner un negocio con un hombre al frente, en lugar de una mujer. Por ignorancia, claro”.

¿’Mujeres chef’ o solo chefs?

En esta discusión acerca del lugar de las mujeres en la industria gastronómica, existen posiciones y correctivos distintos.

La organización The World’s 50 Best Restaurants, por ejemplo, incluyó entre los premios que otorga año a año uno llamado Best Female Chef, que se otorga a la mejor cocinera del mundo según la votación de los panelistas miembros del jurado. En sus cuatro años de vida, el premio ha recibido diversas críticas.

Anthony Bourdain, el famoso escritor y presentador de televisión, preguntó en Twitter: “¿Por qué —en este momento de la historia— necesitamos una mención especial a la Mejor Mujer Chef? ¿Como si fueran una curiosidad?”. La periodista Marian Bull se burló del premio en un artículo para GQ llamándolo “una ridícula curita en el intento de solucionar un problema mucho más grande”.

William Drew, editor general de los 50 Mejores Restaurantes del Mundo, escribió en enero de 2017 un artículo en la web de los premios haciéndose cargo de estas críticas. En resumen, Drew señalaba que mientras siguiéramos viviendo en un mundo machista, era necesario poner el reflector sobre los logros de las mujeres, aun a riesgo de separarlas de sus colegas hombres.

“Un día esperamos que la existencia de Best Female Chef Award se haga obsoleta. Como están las cosas en la actualidad, ese escenario se vislumbra todavía lejano. Trabajemos colectivamente para cambiar eso y celebremos la brillantez de estas chefs en el proceso”, terminaba Drew.

La crítica de restaurantes del diario El Comercio de Perú, Paola Miglio, tiene una perspectiva parecida. Miglio lleva más de una década escribiendo sobre cocina en diversos medios, luchando de manera resuelta tanto en prensa como en redes sociales por combatir el machismo en la industria, y desde julio de este año es responsable de la única sección de crítica gastronómica que sobrevive en los diarios del país que muchos llaman la capital gastronómica de América Latina.

Cuando le pregunté a Miglio qué opinaba de los premios que hacían distinción entre los chefs y las mujeres chef, me respondió: “No deberían existir, pero ahora, en este contexto, es todavía necesario que existan para visibilizar el trabajo de las mujeres”.

Por supuesto, esa mirada de Drew y Miglio no es compartida ni por todas las periodistas ni todas las chefs. De hecho, como me recordó Helen Hollyman, editora de Munchies —el sitio de VICE dedicado a temas gastronómicos— la cocinera francesa Dominique Crenn ha popularizado el lema “We’re not ‘female chefs’, just chefs” (No somos ‘mujeres chef’, solo chefs), a pesar de haber ganado el premio en 2016.

Hollyman es una periodista experimentada, que ha trabajado como cocinera en restaurantes y dirige con talento Munchies. Le pregunté si pensaba que la cobertura sobre mujeres en prensa gastronómica es todavía machista. Su respuesta empezó conciliadora. “Creo que debemos ser cuidadosos cuando generalizamos sobre la ‘prensa gastronómica’. Hay medios que están haciendo un trabajo arduo por resaltar el trabajo de mujeres estupendas en esta industria”, me dijo.

Centrada en el mercado estadounidense, la editora habló de medios como Cherry Bombe, Eater, así como los artículos de John Edge para la revista Oxford American. Luego añadió: “¿Me preguntas si creo que la prensa en general sigue siendo machista? Bueno, ¿has leído algo acerca de la celulitis en el trasero de George Clooney? Yo tampoco”.

‘Es que no hay mujeres’

En abril de 2016, la Asociación Peruana de Gastronomía, la institución que organiza Mistura, el festival gastronómico más importante de América Latina, inauguró la primera edición de su Congreso Internacional de Gastronomía. Para el evento trajeron ponentes de todas partes del mundo. Había únicamente dos mujeres entre los expositores, además de una moderadora. Tres mujeres de un total de 33 panelistas en ocho mesas a lo largo de dos días.

Varias periodistas, entre ellas Paola Miglio, interpelaron directamente a la asociación, que en un primer momento no supo responder. Para la segunda edición, al año siguiente, ya habían aprendido la lección. La imagen del evento, en un video distribuido por redes sociales, fue Malena Martínez, gerenta de Central y jefa de Mater Iniciativa, el laboratorio de investigación del restaurante.

La mayoría de veces cuando esto ocurre, me explica la comunicadora venezolana Sasha Correa del Basque Culinary Center, responde a dos excusas: “No tenemos problema con las mujeres, pero es que no hay mujeres” o “Hay mujeres pero objetivamente no son tan buenas como los hombres que tenemos pensados, o no manejan tan bien el tema o el escenario o la prensa como ellos”.

La respuesta de Correa, que ha organizado congresos, páneles y conferencias gastronómicas en Latinoamérica y Europa, es siempre la misma: “¿Y si hubiera mujeres y el problema es que no las conoces o no sabes que existen?”.

Correa me dice que no ha habido escenario ni tema en “el que no haya podido desmontar la tesis del no hay”. Lo que pasa, en su experiencia, es que si uno se guía únicamente por lo que aparece en las portadas de las revistas o la televisión, en efecto, parece que las mujeres en la gastronomía son invisibles.

Es hora de que los medios, que en su mayoría parecen no aburrirse de repetir el cliché de la cocina como territorio de machos que Anthony Bourdain retrató en su clásico libro Kitchen Confidential en 2000, hace ya 17 años, tomen nota.

 ***

¿Para qué hacemos todo esto?; por Diego Salazar

Ganzeer es un artista originario de Giza, Egipto, que alcanzó cierta fama en 2011 cuando algunas de sus imágenes se convirtieron en símbolos de la revolución que nació en la plaza de Tahrir y que concluyó con la renuncia y posterior condena a cadena perpetua de Hosni Mubarak, presidente y dictador egipcio durante 20 años.

Por Diego Salazar | 8 de agosto, 2017

Ganzeer es un artista originario de Giza, Egipto, que alcanzó cierta fama en 2011 cuando algunas de sus imágenes se convirtieron en símbolos de la revolución que nació en la plaza de Tahrir y que concluyó con la renuncia y posterior condena a cadena perpetua de Hosni Mubarak, presidente y dictador egipcio durante 20 años.

En uno de sus trabajos más conocidos un tanque apunta a un niño en una bicicleta. El niño lleva sobre la cabeza una bandeja de metal donde, en lugar de piezas de pan, se encuentra toda la ciudad de El Cairo. En Egipto es habitual ver a jóvenes repartidores de pan recorriendo la ciudad en bicicleta con la bandeja llena de hogazas sobre la cabeza. El pan es tan importante en la vida egipcia que la palabra árabe que se utiliza para referirse a él significa –valga la redundancia– vida: aish. Así que no es difícil imaginar por qué la imagen de Ganzeer tocó tanto a la gente y autoridades egipcias.

Tank vs. biker, Ganzeer.

Tank vs. biker, Ganzeer

En mayo de 2014, un presentador lo acusó en un programa de televisión de ser miembro de los Hermanos Musulmanes, organización que había sido declarada como grupo terrorista por el gobierno meses antes. El presentador hizo público su nombre, mostró su fotografía y exigió al gobierno que tomara medidas. Dos días después, Ganzeer huyó de Egipto con dirección a Estados Unidos.

El 12 de diciembre de 2016, Foreign Policy eligió a Ganzeer como uno de los 100 Leading Global Thinkers del año. Ese mismo día, The Nib –un site de periodismo, historias de no ficción y comentario político en formato cómic– publicó una historieta suya titulada Miopía selectiva: Cuando nadie desea la verdad.

Ahí relata un episodio ocurrido poco después de la caída de Mubarak, cuando el Ejército egipcio se había hecho con el poder. Ganzeer y otros artistas están pintando un mural basado en una fotografía donde se ve a dos militares sujetando a un manifestante. Pero unos transeúntes se les enfrentan y los agreden. Uno de ellos, iracundo, le dice a Ganzeer: “¿Cómo te atreves a insultar así a nuestro Ejército?” A lo que el artista replica: “Está basado en una foto. Esto ocurrió en Alejandría. ¡No estamos inventando nada! ¡Todo lo que estamos haciendo es mostrarles la verdad! ¿Por qué quieres seguir ciego ante la verdad?”. El hombre le responde: “Queremos permanecer ciegos, ¿entiendes? ¡No queremos saber! ¡No tienes ningún derecho a forzarnos a ver nada! ¡No queremos saberlo, maldita sea! Si no te gusta, entonces lárgate. ¡Lárgate del puto país!”.

Selected Myopia, Ganzeer. The Nib.

Selected Myopia, de Ganzeer. The Nib.

Unas viñetas después, otro hombre se acerca a Ganzeer y le pregunta: “¿Para quién están haciendo esto?” Y el artista responde: “Para ellos”. En ese momento, su interlocutor le dice: “Bueno, pero ellos no lo quieren”, y le muestra que hay un grupo de gente borrando el mural.

Selected Myopia, Ganzeer. The Nib.

Selected Myopia, de Ganzeer. The Nib.

La historia prosigue con una serie de viñetas que desvelan un juego metaficcional, gracias al cual descubrimos que el Ganzeer que se encontraba dibujando el mural es un Ganzeer recordado por otro Ganzeer meses después mientras conversa por teléfono con uno de los amigos con que había vivido la agresión de esos transeúntes que le echaban en cara que preferían vivir en la ignorancia. En la conversación, Ganzeer le dice a su amigo: “Para serte sincero… me siento un poco deprimido. No sé bien para qué hacemos todo esto”.

Selected Myopia, Ganzeer. The Nib.

Selected Myopia, Ganzeer. The Nib.

Ahí y en las viñetas siguientes descubrimos otro nuevo giro metaficcional: el Ganzeer que mantenía la conversación por teléfono y recordaba lo ocurrido en las calles de El Cairo, en realidad no es sino un dibujo, protagonista de un cómic sobre el que está trabajando Ganzeer cuatro años después, en la actualidad, instalado en su nueva residencia de Los Ángeles. Lejos de su país, como le había dicho el tipo con que se enfrentó en la calle: “Si no te gusta, entonces lárgate. ¡Lárgate del puto país!”.

Selected Myopia, Ganzeer. The Nib.

Selected Myopia, de Ganzeer. The Nib.

Unos días después de leer el cómic de Ganzeer, me topé con un artículo de la periodista española Delia Rodríguez publicado en eldiario.es. Delia Rodríguez es una de las periodistas hispanoamericanas más brillantes que conozco. Hasta hace unos meses dirigía Verne, el minisite de El País que intenta hacer periodismo inteligente acerca de lo que ocurre en Internet, ir más allá de robar un video de YouTube, hacer listas de memes o producir media docena de “noticias” de Pokémon Go al día. De ahí, Rodríguez ha pasado a ser subdirectora de audiencias de Univision, la cadena latina de noticias en Estados Unidos.

En su artículo Rodríguez apunta varias ideas pertinentes sobre la crisis que afrontan los medios y los cambios que Internet ha traído a la relación entre periodistas y lectores. Contrario al lloriqueo, la falsa modestia o el deslinde de responsabilidades que suele caracterizar este tipo de ensayos, el de Rodríguez es duro y justo, y da en el clavo en más de una ocasión.

Internet, nos dice al comienzo, “ha sacado lo peor de los medios, convertidos hoy en una industria contaminante que lanza vertidos a la sociedad, solo que en lugar de adulterar el agua potable lo hace con las ideas que respiramos”.

Cuando se refiere a nosotros mismos, los periodistas, no es menos severa. En esa carrera loca por el click, nos estamos dejando la credibilidad, nos dice. La poca o mucha que podíamos haber alcanzado. Porque “todo tiene un autor, un culpable que ha encargado el tema, unas manos que lo han ejecutado aunque no lo firmen. Si copias, si mientes, si manipulas, si escribes basura siempre hay alguien que se va a dar cuenta, porque estamos en Internet y todos somos expertos en algo”.

La gente no es tonta, aunque los periodistas, embebidos en nuestra absurda superioridad moral, tendemos a despreciar a nuestra audiencia, mientras seguimos alimentándola de basura. Ante ese panorama Rodríguez sentencia: “La realidad es que la relación medio-lector está casi rota”. Y difícilmente podremos culpar a los lectores por la ruptura.

Rodríguez habla de medios españoles, pero será difícil que algún periodista, editor o dueño de medio en cualquier país de habla hispana no vea al suyo identificado en esta descripción:

“Los digitales permiten los banners engañosos. La parte final de las noticias está llena de links de pago que dirigen a los visitantes a contenidos vergonzosos que el medio hace como que no ve, pero que jamás aprobaría si fueran un contenido propio. Los lectores instalan programas que bloquean la publicidad, los medios plantean bloquear a los que los bloquean. Las páginas tardan tanto en cargarse, contienen tanta basura, tanta publicidad pesada, tanto código inútil, tantos añadidos, que Facebook y Google han inventado formatos más livianos”.

Son, precisamente, Facebook y Google quienes se han adueñado de la distribución de noticias, “y ninguno de los dos se ha hecho grande dándole lo que deseaban a los medios, sino pensando en sus usuarios”. Y lo que quieren esos usuarios, si uno se guía por los trending topics, las listas de noticias más vistas y la conversación en redes sociales, la gran mayoría de las veces son videos graciosos, señoritas con poca ropa o escándalos de famosos. Los medios han corrido a atender la demanda, soñando con que así atraerán tráfico suficiente para vender banners. El problema es que el mismo público que busca esos contenidos castiga a los medios que antes lo proveían de noticias por ofrecerlos. Es difícil culparlos, el esfuerzo por producir contenido ligero o viral en la mayoría de medios resulta tan atractivo y natural (o nativo, si prefieren) como ese cincuentón que cambia la corbata por una camiseta de Metallica y suelta unas cuantas palabrotas para acercarse a los amigos de su hijo.

Como dice Rodríguez, “el nuevo mundo es cruel, un violento caldo de cultivo en el que todas las ideas del mundo compiten entre sí por nuestra atención, dejando a las más débiles y menos adaptadas por el camino”. Las respuestas a qué hacer con los medios de comunicación y cómo recuperar la relación con los lectores, no son respuestas sencillas, ni mucho menos, y nadie parece haber dado con ellas todavía.

Yo me siento buena parte del día como Ganzeer, vapuleado por los internautas y preguntándome ¿para qué hacemos todo esto? Quizá, para encontrar una respuesta, podríamos empezar por cambiar esa última pregunta y preguntarnos, sinceramente, ¿para quién?

***

Texto publicado en No hemos entendido nada, un blog de Diego Salazar (@disalch).

***

LEA TAMBIÉN:

La incisiva y demoledora paciencia de Ryan Lizza; por Diego Salazar

La incisiva y demoledora paciencia de Ryan Lizza; por Diego Salazar

La noche del miércoles 26 de julio, el periodista Ryan Lizza, corresponsal en Washington D.C. de la revista The New Yorker, recibió una sorpresiva llamada. Al otro lado del celular se encontraba Anthony Scaramucci. Como todos los que siguen la política norteamericana y los cada vez más abundantes y frecuentes escándalos de la presidencia Trump sabrán, el

Por Diego Salazar | 6 de agosto, 2017
Fotografía de Pablo Martínez Monsivai para AP

Fotografía de Pablo Martínez Monsivais para AP

La noche del miércoles 26 de julio, el periodista Ryan Lizza, corresponsal en Washington D.C. de la revista The New Yorkerrecibió una sorpresiva llamada. Al otro lado del celular se encontraba Anthony Scaramucci.

Como todos los que siguen la política norteamericana y los cada vez más abundantes y frecuentes escándalos de la presidencia Trump sabrán, el señor Scaramucci fue durante un brevísimo periodo —del 21 de julio al 31 de julio— el Director de Comunicaciones de la Casa Blanca.

Scaramucci, conocido en el mundillo financiero de Wall Street como ‘‘Mooch’’, es famoso entre la élite norteamericana por su estilo ampuloso, el cabello engominado, sus caros trajes a medida y los apretados nudos de sus corbatas. Como si cada detalle de su look y cada gesto fuera un homenaje a Gordon Gekko, el operador de bolsa que Michael Douglas interpretó en Wall Street y personificó los excesos del yuppismo de los años 80.

Imagen con que The New Yorker ilustró el artículo de Ryan Lizza. Haga clic en la imagen para ir al texto

Imagen con que The New Yorker ilustró el artículo de Ryan Lizza. Haga clic en la imagen para ir al texto

Unas horas antes de la ahora famosa llamada, el reportero de The New Yorker había tuiteado que, según dos fuentes con conocimiento del hecho, el presidente Trump estaba cenando con Scaramucci, un exejecutivo de Fox News y Sean Hannity, presentador estrella del canal favorito de los conservadores norteamericanos.

A Mooch el tuit no le hizo ninguna gracia.

Así relata Lizza el inicio de la conversación con Scaramucci:

“¿Quién te filtró eso?”, me preguntó. Le dije que no podía darle esa información. Me respondió amenazando con despedir a todo el personal de comunicaciones de la Casa Blanca. “Lo que voy a hacer es, voy a eliminar a todos en el equipo de comunicaciones y empezar de cero”, dijo. Me reí, pensando si en realidad creía que una amenaza como esa iba a convencer a un periodista de revelar su fuente. Continuó presionándome y quejándose del equipo de gente que había heredado en su nuevo puesto. “Le he pedido a estos chicos que no filtren nada y no pueden comportarse”, dijo. “Tú eres un patriota, esta es una catástrofe seria para el país americano. Así que te estoy pidiendo como patriota americano me digas quién te filtró la información”.

A partir de ahí, el tono del monólogo de Mooch siguió subiendo, o cayendo, depende de cómo lo mire uno. Esta es solo una selección de las citas que Ryan Lizza obtuvo, cortesía de Scaramucci:

“Yo no soy Steve Bannon [el todopoderoso asesor del Presidente Trump], no estoy intentando chuparme mi propio pene. No estoy intentando construir mi propia marca a costa de la puta fortaleza del Presidente. Yo estoy aquí para servir al país”

“Lo que quiero hacer es matar a los putos filtradores, y quiero recuperar y poner la agenda del Presidente en marcha para así poder tener éxito por el pueblo americano”

“Ok, Mooch llegó hace una semana. Voy a limpiar todo esto muy rápidamente, ¿ok? Porque ya pillé a estos tipos. Tengo huellas digitales, a través del FBI y el puto Departamento de Justicia, de todo lo que han hecho”

“Voy a despedir a todos. Ya despedí a uno el otro día. Mañana despediré a tres o cuatro más. Voy a averiguar quién te filtró eso. A Reince Priebus —por si quieres filtrar algo— se le pedirá que renuncie muy pronto”

“Reince es un puto esquizofrénico paranoide, un paranoico”

“Sí, déjame ir, porque tengo que empezar a tuitear alguna mierda que vuelva loco a este tipo [en alusión a Priebus]”

En efecto, luego de colgar el teléfono con Lizza, Scaramucci lanzó un tuit acusando a su rival en la Casa Blanca, Reince Priebus, de filtrar su declaración financiera y amenazándolo con llevarlo ante el FBI y el Departamento de Justicia:

“A la luz de la filtración de mi declaración financiera, lo que constituye un delito. Me contactaré con el FBI y el Departamento de Justicia #swamp @Reince45”

“A la luz de la filtración de mi declaración financiera, lo que constituye un delito. Me contactaré con el FBI y el Departamento de Justicia #swamp @Reince45”

Un par de horas después, Mooch borró el tuit y publicó otro en el que señalaba que se le había malinterpretado. No estaba acusando y amenazando a Priebus, sino haciendo saber a los responsables de las filtraciones que todos los altos oficiales de la Casa Blanca estaban colaborando para acabar con ellas:

Ambos tuits se hicieron virales y se convirtieron en la comidilla de los periodistas políticos americanos, que pasaron buena parte de la noche discutiendo en Twitter y en televisión lo dicho por el Director de Comunicaciones de la Casa Blanca. Todos, menos uno.

Lo único que Lizza dijo esa noche sobre el escándalo desatado por Mooch en Twitter que podía indicar que tenía más información que la disponible para el resto de sus colegas fue esto:

“Por si hay alguna ambigüedad en el tuit de Scaramucci, puedo confirmar que este quiere que el FBI investigue a Reince for la filtración”

Nada más.

A la mañana siguiente, Lizza apareció en CNN, donde es colaborador habitual, para comentar el Twitter drama de Scaramucci. Mientras hablaba el reportero de The New Yorker, Mooch volvió a hacer gala de su incontinencia telefónica y llamó al programa. Así lo cuenta Lizza:

“Mientras hablaba sobre Scaramucci, llamó al programa e hizo alusión a nuestra conversación y cambió su historia sobre Priebus. En lugar de decir que estaba intentando exponer a Priebus como responsable de las filtraciones, dijo que la razón por la que lo mencionó en el tuit que luego borró fue porque quería trabajar junto a Priebus para descubrir a los filtradores”

A las 7:47 am, el reportero anunció en Twitter que publicaría una nota en newyorker.com acerca de lo ocurrido en las últimas 12 horas:

La nota con la que empecé este post no se publicó hasta poco antes de las 4:00 pm. Fue recién entonces que todos pudimos enterarnos de la encendida conversación que el periodista había mantenido con Anthony Scaramucci, Director de Comunicaciones de la Casa Blanca, la noche anterior.

O sea, casi 24 horas después. Fue recién ahí que todos pudimos leer las “floridas” declaraciones de Scaramucci, que cuatro días después le costarían el puesto.

¿Qué es lo que hizo que Lizza aguardara casi un día para revelar la bomba que tenía entre manos?

Hay dos líneas en su texto que nos dan una idea. Luego de la cita sobre Steve Bannon, recordemos, aquella en la que Mooch habla de autofelación, Lizza escribe, entre paréntesis: “Bannon declined to comment”. (Bannon rehusó comentar)

Un par de párrafos antes, luego de reproducir la diatriba de Scaramucci acerca de su némesis Reince Priebus, el reportero de The New Yorker escribe, de nuevo entre paréntesis: “Priebus did not respond to a request for comment”. (Priebus no respondió a una solicitud de réplica)

En estos tiempos de redes sociales y ciclo noticioso minuto a minuto, cualquier otro periodista habría tuiteado de inmediato para aprovechar la exclusiva. O, en el mejor de los casos, hubiera tardado unos cuantos minutos en escribir un artículo a toda prisa para publicarlo cuanto antes.

Sobre todo si tiene entre manos unas declaraciones así de explosivas de boca de un oficial del rango del Director de Comunicaciones de la Casa Blanca. Por si tienen alguna duda aún de la magnitud del on-the-record que consiguió Ryan Lizza, echen un vistazo a este tuit de David Grann, uno de los periodistas más respetados de The New Yorker:

“Ryan Lizza ha obtenido mejores citas en esa sola historia que las que yo he conseguido en toda una vida como reportero”, dijo Grann.

Pero Lizza decidió respetar el proceso. Hizo lo que un reportero debe hacer, aun cuando nos hayamos acostumbrado a que casi nadie lo haga. Llamó a las personas mencionadas y les pidió una réplica. Se sentó, escribió, editó, hizo las llamadas, esperó y casi un día después publicó.

El periodismo, por mucho que les pese a tantos, no se hace en vivo y en directo. El periodismo, hoy muchos olvidan, requiere cuando menos de una pausa para procesar la información y realizar las comprobaciones necesarias.

La paciencia y pulcritud de Lizza (y sus editores) no solo produjo un artículo memorable, sino que tuvo premio para The New Yorker. La nota ha sido un éxito gigantesco para la web de la revista. Aquí unos datos que menciona un artículo del site Recode, facilitados por la oficina de PR de The New Yorker:

1. El artículo de Ryan Lizza generó 4,4 millones de visitantes únicos, lo que la convierte en la nota más leída de la web en lo que va de año.

2. Produjo también 1,7 millones de entradas en las distintas plataformas de redes sociales, y un tráfico de 100 mil visitantes simultáneos durante las primeras horas de su publicación en NewYorker.com.

3. Aún más importante para la revista, cuyo modelo de negocio depende de los suscriptores, el artículo ha atraído nuevos abonados. Aun cuando la publicación no especificará cuántos nuevos suscriptores ha generado el artículo, sí señala que “han visto un incremento de 92% en el promedio diario de nuevas suscripciones de julio”.

Además, como explicaba al inicio, el artículo le costó a Scaramucci el puesto.

Esto último puede, lastimosamente, contribuir a perpetuar un antiguo malentedido del oficio periodístico. Como he dicho ya en alguna ocasión, un error habitual de los periodistas es pensar que su trabajo es poner o quitar presidentes. Ese error nace —o al menos ha sido cimentado— con una pésima lectura e interpretación de ese mito fundacional que es Todos los hombres del presidente.

3

Para muchos periodistas —créanme, he discutido sobre este asunto hasta el hartazgo— la lección de esa película es que nuestro oficio tiene el poder, qué digo poder, el deber de tumbarse hombres poderosos. Ese, parecen creer, es nuestro trabajo y a lo que debemos dedicar la mayoría de nuestros esfuerzos. Y, por supuesto, no es así. Hay una diferencia importante entre entender el oficio periodístico como el de un contralor del poder y entenderlo como el de un justiciero. Entre otras, la diferencia que implica respetar el proceso y la ética del oficio o no hacerlo.

Bob Woodward y Carl Bernstein

Bob Woodward y Carl Bernstein

Es una pena que cuando los periodistas ven Todos los hombres del presidente (o leen el libro) lo que les quede es ese relato épico de “oh, dos periodistas se tumbaron al presidente”, en lugar de fijarse en el complejo y tedioso proceso de investigación, verificación y edición que muestra la película. Y eso que la película tiene un mérito enorme a la hora de mostrarlo sin aburrir al espectador. Pocas películas son capaces de eso. Otra de las pocas que lo ha logrado fue Spotlight.

Parece que ningún periodista recuerda que Dustin Hoffman (Carl Bernstein) se pasa parte de la película reescribiendo lo que tipea Robert Redford (Bob Woodward), ni que Jason Robards (Ben Bradlee) no deja de repetirle a ambos que lo que tienen es insuficiente y deben seguir investigando.

Está bien que para la gente de a pie la leyenda de Watergate sea sobre cómo el Washington Post y Woodward y Bernstein se tumbaron a Nixon, pero para nosotros la lección debería ser otra.

Ojalá que la lección que saquemos del episodio entre Ryan Lizza y Anthony Scaramucci sea, esta vez, la correcta.

ACTUALIZACIÓN

El 3 de agosto, una semana después de publicar el artículo en el que Ryan Lizza relata su conversación con Anthony Scaramucci, The New Yorker posteó un episodio de su podcast Radio Hour, en el que, además de publicar por primera vez fragmentos del audio de la famosa llamada telefónica, Lizza discute lo ocurrido junto al editor de The New YorkerDavid Remnick. Pueden escucharlo aquí.

La mayor parte del diálogo con Remnick es un análisis sobre lo terriblemente disfuncional que es la Casa Blanca en manos del Presidente Donald Trump. Pero en la charla Lizza también explica de forma breve qué hizo una vez colgó el teléfono con Scaramucci, así como una parte del proceso de confección de su artículo. Habla además de lo que significa un “off the record“. Es una delicia, en serio:

“Descargué el audio de mi grabadora, le puse al archivo en mi computadora el nombre ‘Entrevista demente con Scaramucci’, y después comencé a pensar seriamente cuál era el valor noticioso aquí. Si había algunas reglas básicas acordadas. Cuando uno tiene una conversación así con el Director de Comunicaciones de la Casa Blanca, se acuerdan unas reglas. Pero no hubo ningún acuerdo. El ‘off the record‘ y el ‘esto es información de contexto, no me puedes citar directamente’ (background) son negociaciones entre la fuente y el periodista. Tiene que haber una oferta, ‘hey, quiero hablar contigo pero debe ser off the record, ¿te parece bien?’, y el periodista debe estar de acuerdo. Eso no ocurrió aquí. Y se lo dije, al día siguiente cuando lo llamé para decirle que íbamos a publicar esto, le dije ‘tú hablas en representación de la institución más poderosa del mundo, estas conversaciones se presume que son on the record, y has dicho cosas extremadamente relevantes desde el punto de vista noticioso’”

Me voy a quedar con este fragmento, que explica con un poder de síntesis estupendo cuándo aplica y cuándo no el muchas veces malentendido off the record:

El ‘off the record’ y el ‘esto es información de contexto, no me puedes citar directamente’ (background) son negociaciones entre la fuente y el periodista.

P.D.: Intenté comunicarme con Lizza para preguntarle por qué había aguardado casi un día para publicar su exclusiva y para consultarle por el proceso de escritura, verificación y edición de su artículo. Lastimosamente no obtuve respuesta.

P.D. 2: En realidad, como he intentado explicar en este artículo, todo lo que uno puede aprender está ya en la nota del 27 de julio, disponible para todo aquel que quiera leer con atención.

***

Texto publicado en No hemos entendido nada, un blog de Diego Salazar (@disalch).