#NadieSupo

No me cites; por Oscar Medina // #NadieSupo

Un chantaje, eso era. “Te publico la novela que estás escribiendo si me haces un libro de perfiles de las siete personas más poderosas del país en este momento”, le dijo el editor. Ella debió haberlo taladrado con esos ojos fieros que tiene. El problema era que se conocían demasiado, que la paga que le

Por Oscar Medina | 16 de septiembre, 2017

Fotografía de Roberto Astumi.

Un chantaje, eso era. “Te publico la novela que estás escribiendo si me haces un libro de perfiles de las siete personas más poderosas del país en este momento”, le dijo el editor. Ella debió haberlo taladrado con esos ojos fieros que tiene. El problema era que se conocían demasiado, que la paga que le ofrecían era buena de verdad y que, a fin de cuentas, ella quería lo que todo escritor inédito persigue: el respaldo de una editorial de renombre.

—Eres un hijo de puta

—Trato hecho entonces

—Al menos espero que publiques los dos al mismo tiempo

—Eso lo podemos discutir luego. Anda a trabajar.

Julio Meneses siempre supo que Romina Mendoza Chalbaud era la indicada para hacer ese libro. A los 25 años había sido la jefa de redacción de una gran revista de crónicas que rápidamente se convirtió en referencia en toda Latinoamérica. A los 28 ya colaboraba regularmente con publicaciones como El País Semanal y Paris Match y era toda una celebridad entre las estrellas de la crónica en español. La única, de hecho, nacida en Venezuela. Pero además estaban sus apellidos: una conjunción que le haría más fácil que a nadie el acceso a los personajes elegidos como protagonistas del libro al que Meneses apostaba para apuntalar las ventas en este país ávido de regodearse en las intimidades del poder.

Obsesiva como es, durante ocho meses Romina solo tuvo vida para dos cosas: el libro, durante el día; y su novela, en la que avanzaba poco a poco durante las noches.

Los personajes cedieron, sin mayores reparos, a su buena fama y a sus conexiones sociales. Animados por el ego de ser biografiados por la extraordinaria pluma de Romina, le abrieron las puertas de sus oficinas, de sus casas, de sus empresas, de sus camerinos y hasta llegaron a contarle cosas de las que después se arrepentirían. Todos, menos uno.

El banquero Luis Carlos Conde le atendió el teléfono una vez. Y para hacerle las cosas difíciles, le dijo que solo podría recibirla en su oficina de Nueva York. La editorial aceptó costear el viaje, pero la secretaria de Conde le informó acerca del súbito cambio de planes: en Panamá. No, en Madrid. No, en Caracas. Y los meses pasaron sin concretar una nueva fecha para la entrevista.

Durante ese tiempo, claro, Romina pulió una y otra vez los textos hasta sacarle el brillo que se ajustaba a la medida de su obsesión. Y también reunió una enorme cantidad de información sobre el banquero en conversaciones con quienes le conocieron desde sus primeras incursiones en el negocio financiero. Pero algo faltaba. El dossier de Conde estaba incompleto: era un expediente muy limpio.

Conde empezó como corredor de bolsa a principios de la década de los años ochenta. En aquel tiempo el mercado de valores despuntaba como una mina de oro en el corazón de Caracas y los jóvenes brokers no ocultaban la bonanza. Conde, de aspecto impecable, sobresalía en aquella casta de afortunados porque siempre parecía estar tres o cuatro pasos más allá. Algunas de las más grandes y espectaculares movidas del mercado accionario tuvieron su firma y su carrera dibujaba un perfil ascendente: fundó su propia casa de bolsa, asesoró al gobierno en grandes emisiones de papeles del Estado y fundó un banco pequeño que fue creciendo y absorbiendo a otras entidades menores hasta convertirse en la institución más grande y moderna del sistema bancario nacional: el Conde Bank de Venezuela.

Las indagaciones de Romina la pasearon a través de esa historia de éxitos concatenados. De sus negocios. De su matrimonio perfecto. De sus aficiones al polo, a la pesca deportiva. De su primera avioneta. De su segundo jet. De su filantropía. De su colección de arte africano. De su amistad con los Clinton. De sus fundaciones. De su tercer jet. Lo que tenía en sus manos era el relato de un triunfador para quien no parecía haber límites, ni frenos, ni retos imposibles. Pero le incomodaba esa trayectoria sin mácula, sin deslices personales, sin chismes sucios. Nadie recordaba nada particular que arrojara alguna pequeña sombra sobre la luminosa gesta de Conde.

Buen hijo, buen padre, buen esposo, buen ciudadano. Ni siquiera su madre, que accedió a conversar con ella brevemente, pudo rememorar alguna travesura de la niñez.

Por supuesto que Romina tenía ya material suficiente como para redactar el perfil de Luis Carlos Conde. De hecho, había adelantado bastante anticipando la presión de Meneses al aproximarse a la fecha límite de entrega. Y al otro lado del teléfono apareció el banquero.

—No sé cómo lograste eso, pero hay demasiada gente intercediendo para que te de esa entrevista. Falta nada más que me llame el Presidente…

—Solo hago mi trabajo lo mejor que puedo

—Claro, claro… Mañana a las 9:30. Supongo que sabes dónde es mi casa…

—Sí, gracias. A las 9:30…

—Pero con una condición: la entrevista es off the record. No podrás citarme. Ni una palabra

Lo pensó bien y decidió jugársela. Solo por precaución, para tener un respaldo. En su bolso metió un cuaderno Moleskine de tapa negra. En una hoja aparte, una lista de hechos, detalles y fechas que debía preguntar para contrastar con la información recolectada previamente. Su grabadora digital de uso regular y una muy pequeña, como de espía, que encendió y ocultó antes de entrar a la casa de Conde.

En la grabadora hay un solo track de dos horas y doce minutos. Le he dado play dos veces y he pasado cuatro horas y veinticuatro minutos escuchando ese sonido monótono, como de aire, que es la grabación de nada. En la primera página del cuaderno está escrito, con la letra de Romina, el nombre del entrevistado: Luis Carlos Conde. Las páginas están completas. Pero en blanco. Meneses recibió un mensaje de Romina a las 12:46: “Saliendo de la casa de Conde”. Yo recibí uno igual a las 12:47.

Han pasado dos días. “Conde me dijo que no podría citar ni una palabra, que esa entrevista no estaba sucediendo”, fue lo último que me contó Romina. Y no habló más. Veinte minutos después, seguía muda. En silencio, mirando al techo de la habitación. Sus padres me pidieron que me fuera. Meneses me pidió completar el borrador de la primera versión del perfil del banquero escrito por Romina. El libro ya está en imprenta. Han pasado dos semanas.

Romina sigue mirando al techo.

El peso de la santa; por Oscar Medina // #NadieSupo

Algo empezó a capturar mi atención y no era precisamente la historia. Aquel par de mujeres hablaban como recitando una lección aprendida a fuerza de repeticiones. Arrancaban con aquello y no había manera ni empeño que las detuviera hasta llegar al final. Fe, devoción, amor, gratitud, sorpresa: todo estaba ahí, en las modulaciones, en las

Por Oscar Medina | 9 de septiembre, 2017
Fotografía de Gabriel Méndez

Fotografía de Gabriel Méndez

Algo empezó a capturar mi atención y no era precisamente la historia. Aquel par de mujeres hablaban como recitando una lección aprendida a fuerza de repeticiones. Arrancaban con aquello y no había manera ni empeño que las detuviera hasta llegar al final. Fe, devoción, amor, gratitud, sorpresa: todo estaba ahí, en las modulaciones, en las inflexiones de sus voces. Nada faltaba. Y el misterio, claro, el gran misterio. Pero no era eso.

Lo curioso del asunto era que no se miraban entre ellas. Pero solo podías darte cuenta de ese detalle si lograbas zafarte del efecto cautivante de lo que contaban. Y no era fácil.

Marta Lucía fue la primera en hablar. Cabello corto, teñido con esos colores ya casi indescifrables que lucen las sesentonas, ni gorda ni flaca, de movimientos rápidos. Su voz es casi dulce cuando arranca el relato: ahí estaba su hija Consuelo, tres, cuatro días de fiebre, negada a hacerse examinar por un doctor, hasta que ya no tuvo fuerzas para ir al trabajo y ella misma la llevó al hospital.

Por supuesto que la trataron mejor que a nadie. Marta Lucía alertó a casi todos sus colegas médicos apenas al entrar a la emergencia del Madre Benigna. Algo le decía que ese estado casi desmayado de Consuelo no era cosa de una gripe normal.

Neumonía atípica termina siendo una fórmula para etiquetar uno de esos cuadros clínicos en los que no hay certezas y se apuesta todo al azar de un cóctel de antibióticos. ¿Cómo pudo ponerse así?, se preguntaban las compañeras de trabajo de Consuelo, la hija doctora que ahora languidecía en una cama de la unidad de cuidados intensivos. ¿Cómo, si vino estos últimos días a trabajar? ¿Cómo, cómo?

Un día pasó y nada. Ni leve signo de mejoría. Otro y menos. Todo lo contrario: Consuelo empeoraba. Las combinaciones de antibióticos no estaban resultando efectivas. Sus pulmones se llenaban de líquido. Tercer día, nada. Ahora sí todos los médicos del Madre Benigna estudiaban el caso. Buscaron ayuda. La sangre de Consuelo viajó en varios aviones, pero los laboratorios más modernos no arrojaron pistas seguras.

Algo estaba matando a la doctora Consuelo.

El tono de Marta Lucía pasó de la dulzura a la emoción desbordada, a la tristeza. Parecía estar reviviendo esos momentos. Al quinto día la sentaron, le sirvieron un té caliente y le dieron el pronóstico: esa iba a ser la última noche de Consuelo.

Y no lo fue, claro: Consuelo está sentada a su lado mientras lo cuenta. Y sonríe con algo parecido al desgano.

Marta Lucía salió aturdida. Buscaba el pasillo de salida del hospital, buscaba aire, buscaba algo. La enfermera Gómez la tomó del brazo. No hubo necesidad de explicar nada. Lloró. Gómez la sostuvo un rato, en silencio, hasta que se calmó. Fue ella quien le dijo que debía tener fe, que Dios es grande y todas esas cosas que se ensayan para reconfortar a quien ha perdido la esperanza. Y fue ella quien le sugirió que rezara, que le pidiera el milagro a la Madre Benigna. Poco a poco la condujo hasta la capilla del hospital.

La Madre Benigna había venido de Europa. De algún país frío de esos al norte del continente. Misionera, se asentó en esta tierra caliente y a su manera hizo mucho bien. Fundó una congregación de monjas dedicadas a trabajar con los más pobres, que eran y siguen siendo muchos. Y creó un rudimentario espacio para atender a los enfermos. Tras su muerte, ocurrida ochenta años atrás, se levantó el hospital que lleva su nombre: este mismo donde Consuelo se está muriendo y nadie sabe por qué.

Por una mudanza del cementerio un día abrieron la urna para trasladar los restos de la Madre Benigna. La sorpresa: su cuerpo, pasadas varias décadas, estaba intacto. Se generó, por supuesto, la ola emocionada: era una santa, se le atribuyeron milagros, enfermos que sanaron. Pero el tiempo pasaba y ya se sabe que el Vaticano se mueve a otro ritmo.

Mucho más no tuvo que decir Gómez. La vieja monja le entregó a Marta Lucía una reliquia: un minúsculo trozo del hábito de la Madre Benigna sellado entre dos papeles y la indicación de que debía iniciar cuanto antes el rezo de su novena milagrosa. Al llegar a este punto, la mujer sonríe –maneja la expectativa- y busca la mirada de la hija. Pero Consuelo clava los ojos en el piso.

Siguiendo instrucciones, puso la pequeña reliquia en el gorro de plástico que cubría la cabeza de la enferma y esa misma noche rezó por primera vez.  Casi no durmió esperando la llamada del hospital. En la mañana, la noticia era que Consuelo seguía igual. Aferrada a su nueva creencia, volvió a rezar. Y a esperar. Al día siguiente, una placa revelaba que el líquido que ahogaba los pulmones de Consuelo se había reducido considerablemente y sin explicación lógica. Esa noche rezó otra vez.

Cuarenta y ocho horas más tarde, su hija estaba despierta examinando ella misma la historia clínica de su caso.

Muchos atestiguaron el milagro. Ni los doctores más recalcitrantes atinaban a explicarse el cómo ni el por qué. Todo se documentó y la historia de Consuelo terminó por derrumbar el escepticismo de la burocracia religiosa en Roma.

Consuelo y Marta Lucía cargan con el honor –o el peso– de ser ellas mismas el testimonio en pie que llevó a la designación oficial: la Madre Benigna es una santa certificada.

Aquí interviene la hija: “Lo mío fue un milagro, no tengo la menor duda. Yo vi los papeles, yo evalué los exámenes, todas las pruebas que me hicieron. El tratamiento indicado era el correcto, era el mejor, pero yo no sanaba. La Madre Benigna me salvó”.  De su cartera saca el papelito, la reliquia. Da miedo tocarlo. “Agárralo”, dice: “No hay problema”. ¿Y cómo sabes que eso que está adentro es un pedazo del hábito de la monja? “Es que hay muchos así, eso lo venden en la capilla”. ¿Y cuántos trozos de esa tela puede haber? “Muchos, son muy pequeños”. ¿Como todos esos pedazos de la cruz de Cristo que circularon durante siglos? Esa pregunta ya no le hace gracia.

La entrevista termina. Marta Lucía y Consuelo se despiden y van saliendo del lugar. Pero antes de subir el primer escalón hay un breve momento de duda. Se detienen. La joven hace el amago de voltear como quien quiere dejar una última frase en el aire, completar algo que quedó inconcluso. La madre la mira con el rabillo del ojo y la toma del brazo. Un leve, levísimo, temblor en el cuerpo de Consuelo. Clava la mirada en el piso otra vez y ahora sí, se van.

Si estuviera frente a ellas habría visto de nuevo esa sonrisa ausente, desganada. Y un segundo –no más– de angustia en el rostro de la madre.

Podría jurarlo; por Oscar Medina // #NadieSupo

La oficina de Gilberto Franco es sobrecogedora. Es el efecto de esas fotografías en la pared. Todos están muertos. O desaparecidos. O las dos cosas. Es un lugar en el que reír es imposible. Un espacio colmado por la tristeza. Los ojos de papel parece que siguen los movimientos de Franco cada vez que se

Por Oscar Medina | 26 de agosto, 2017
Fotografía de Diego Vallenilla.

Fotografía de Diego Vallenilla.

La oficina de Gilberto Franco es sobrecogedora. Es el efecto de esas fotografías en la pared. Todos están muertos. O desaparecidos. O las dos cosas. Es un lugar en el que reír es imposible. Un espacio colmado por la tristeza.

Los ojos de papel parece que siguen los movimientos de Franco cada vez que se levanta para sacar carpetas del archivo. A esta señora la encontraron a la orilla de una carretera: la mataron a golpes, a pedradas, a palazos. Los padres de este muchacho recibieron un dedo como fe de vida. Les pidieron 500 millones, pero solo pudieron reunir 300. Los secuestradores se llevaron el dinero, pero ha pasado un año y no lo han soltado. Tampoco han vuelto a contactarlos. A este otro no lo ven desde hace dos. Un informante que anda huyendo de esa mafia asegura que lo arrojaron vivo a un pozo con un caimán. Que primero le cortaron las manos y se las lanzaron. Que luego le cortaron los pies. Y después lo tiraron. El tipo dice que el muchacho se negó a pagarles una plata. A esa jovencita, esa, la del pelo negro, se la llevaron con él. Fue mala suerte. Ese día le estaba dando la cola. Se les atravesaron dos camionetas. Se bajaron cinco tipos encapuchados con armas largas.

Gilberto Franco habla con voz quebrada. Siempre. Como si se le estuviera yendo. Tiene la mirada acuosa. Los ojos nadando en un pozo de lágrimas contenidas. Cuando comenzó en esto, lloraba con frecuencia. Ya no. Ahora recibe los casos, los compila, hace carpetas, escucha a los familiares de las víctimas, se molesta, declara en la radio, declara en los periódicos, lleva papeles a la Fiscalía, redacta cartas para el gobernador, para el presidente. Pero nada más puede hacer: tiene 70 años. Es un viejo solo luchando contra un poder que le supera.

Todo este horror sucede en el estado de los Chávez. Allí, hace tres años, Franco fundó el Comité por la Vida, una ONG sin más recursos que la voluntad de pedir justicia.

Franco genera una impresión extraña. Uno no logra atajar los rasgos de su rostro, de su fisonomía. Aparenta menos edad. Las manos le tiemblan un poco. La piel es oscura de sol. El detalle más llamativo son sus medias: de un color chillón que contrasta con su sobriedad. Habla encadenando una historia con otra, saltando entre páginas, aportando detalles de lo que le dijo tal o cual policía, de lo que han hecho los familiares, de lo que se dice en el lugar donde desapareció este que se llama Argimiro Méndez, al que vieron por última vez cuando lo metían a empujones en un carro muy grande.

Franco es un personaje borroso. De esos que miras pero no puedes enfocar bien. Parece que en cualquier momento, él mismo va a desaparecer quizás arrastrado por esas fuerzas a las que se empeña en molestar cada vez que tiene a un periodista en frente dispuesto a ventilar sus denuncias.

Hoy, en su oficina, como todos los días, le acompaña un escolta. La Corte Interamericana exigió protección para él y le han designado a un funcionario con toda la pinta de que jamás arriesgará su vida por este viejo héroe. El policía ni habla. Está en un rincón simulando que lee un grueso Larousse. De vez en cuando se asoma a la ventana pero sin mucha convicción. Y reanuda su búsqueda de palabras en el diccionario.

Hace cuarenta minutos que estoy aquí y ya me quiero ir. Franco me ha contado los detalles de una trama enrevesada en la que se cruzan directivos del sindicato de la construcción, jefes policiales, alcaldes y hasta el secretario de la gobernación. Una enorme red de chantajes y extorsión. Un gran negocio.

Le hago unas fotos junto a la pared. Otra vez lo miran los que no están. Le insisto en que me de las copias de algunos expedientes. Se demora añadiendo detalles. Me quiero ir. Invento una cita. Y finalmente Franco camina hacia la fotocopiadora, en un cuartico un poco más allá. No lo veo pero le escucho hablar. También se escucha el ruido de la máquina. Y de pronto el sonido de trueno metálico. Dos, tres veces. La ventana se rompe, caen vidrios. Me lanzo debajo del escritorio y desde ahí veo las últimas sacudidas del cuerpo del policía. Huele a sangre. Sobreviene el silencio. Largo silencio. Grito llamando a Franco. Silencio. Espero que en cualquier momento rompan la puerta. Pero los minutos pasan. Silencio. Cuando las piernas me responden, salgo y busco a Franco, pero no lo encuentro. Las copias están ahí, a un lado de la máquina. Engrapadas. Gilberto Franco no está. No hay puertas traseras, no hay más salidas. Franco ha desaparecido. Podría jurar que los ojos de la pared miran hacia otro lado que no es este.

Podría jurarlo, pero nadie me va a creer.  

Manuelita, la del llano; por Oscar Medina #NadieSupo

El patio es una alfombra de mangos. A nadie le interesa recogerlos, a nadie le interesa comerlos. Apesta a fruta podrida. De este sol, de este calor, nada se salva. Moscas enormes, verdes, zumbando. Sí, zumbando como abejas. Esta finca es como una vieja abandonada en un potrero. Piel resquebrajada, mugre, las señas del extravío.

Por Oscar Medina | 19 de agosto, 2017
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Fotografía de Luis Brito

El patio es una alfombra de mangos. A nadie le interesa recogerlos, a nadie le interesa comerlos. Apesta a fruta podrida. De este sol, de este calor, nada se salva. Moscas enormes, verdes, zumbando.

Sí, zumbando como abejas.

Esta finca es como una vieja abandonada en un potrero. Piel resquebrajada, mugre, las señas del extravío. También hay miedo. Y más que miedo, ausencia de heroísmo.

“Un día se fueron todos”, cuenta el veterinario. Patea un mango. Mira hacia los árboles. En realidad desvía la mirada. Evita que lea algo en sus ojos, que un gesto lo traicione. Está aquí para impresionar. Para contar una historia al reportero que ha venido desde Caracas buscando justamente eso: una historia para contar.

—Te voy a llevar donde Manuelita…

Ella no se llama Manuelita. Tampoco Manuela. Su nombre real es Josefina García y está claro que Josefina García puede ser cualquiera. Así no se hace fama. Su tono es recio. Muestra la desenvoltura de alguien que vivió largo tiempo en la ciudad y que ahora adopta las maneras del campesino pero haciendo gala de una elocuencia que no es propia del lugar. Por eso sobresalió desde el principio. Por eso habló y la escucharon. Por eso la siguieron.

Y por eso los convenció de que ella era Manuelita: “la reencarnación de la libertadora del Libertador”.

No hay que mirarla mucho para encontrar que no encaja en la idea que se tiene de la mujer que embrujó a Bolívar con su temple, su desfachatez y su desempeño en la cama y el chinchorro. No es esa la Manuelita que manda a preparar café para los recién llegados. Esta Manuelita quiere que le crean que en otra vida fue la ardorosa amante de quien hoy es presidente del país. Porque ese hombre, jura, alguna vez fue el otro: el blanco que empujó al ejército a la larga guerra que le dio la gloria y la inmortalidad. Es la fantasía de las reencarnaciones: la nueva historia del llano.

Ella está aquí también para liberar al pueblo. Para continuar la gesta en una escala menor. Su pelea es contra el terrateniente. Su misión es devolver al campesino lo que debió ser suyo: un pedazo de tierra para sembrar, una casa, un corral con animales. Ella habla y yo tomo notas. Ella habla y el grabador registra lo que dice. Gesticula para las fotos. Alza la voz para que estos campesinos que la siguen se vuelvan a convencer de que es la elegida por el destino para conducirles al logro de sus sueños.

Aquí hay al menos diez fincas invadidas. Es una secuencia de narraciones similares: amenazas, violencia, cosechas perdidas, ganado robado, bosques talados, tierra arrasada, gente que ve desaparecer su trabajo de tantos años y tanta inversión de dinero y esfuerzo. Un clásico de estos tiempos: la revolución, ya se sabe, alienta al monstruo. Pero la de Manuelita es otra historia. Es la suerte de encontrar a un ejemplar curioso en medio de tanta trágica uniformidad. Ella ha salvado el viaje.

Y sí, en la doble página del periódico hay fotos de restos de vacas que se descomponen al sol: allí mismo las mataron, allí trocearon sus carnes, allí dejaron algo para los zamuros. Fotos de campos quemados. De propietarios con miradas tristes. Pero ella destaca: ¿y esta loca de dónde salió? Es color, es política, es drama social, es fraude y superchería: la reencarnación de Manuelita Sáenz anda por estas tierras organizando la revuelta campesina.

En el texto está la confesión de una mentira necesaria. Al llegar al potrero que ocupan Manuelita y su gente la recepción no es muy amable. Tres o cuatro personas se acercan a ver quiénes son esos que bajan de la camioneta. Hay machetes. Miradas hostiles, curiosas. Y de pronto la voz de ella que interroga: ¿qué quieren, qué buscan, qué hacen aquí? En un segundo entiendo que no puedo decir la verdad, que no puedo decir que soy periodista de un diario enfrentado con la revolución. Somos, digo, estudiantes de la Universidad Central de Venezuela y queremos entender lo que está sucediendo con la recuperación de las tierras para el pueblo. Es una llave mágica: recuperación, no invasión. Manuelita sonríe. Hemos conectado con algo. Se relaja. Cuenta. Pide que nos traigan café.

Ese gesto de honestidad con el lector crea un vínculo: mentí para salir ileso y traerte esta historia. Los sacerdotes del periodismo y sus sacerdotisas plantean discusiones éticas que no pueden resolverse sin entrar en el terreno de los tonos grises. La historia de la Manuelita reencarnada en el llano logra ir más allá de la fugacidad del día, la comentan, genera reacciones, intrigas. Al día siguiente de su publicación converso sobre ella al aire con César Miguel Rondón y aprovecho para alimentar al mito con un audio de su voz: Manuelita habla en el programa radial más escuchado del país. Hay una segunda ola de lectores, de opinadores. Y pronto otros reporteros van tras su pista.

Valentina fue la primera. Y la pasó mal. Ahora el potrero parece un campamento de guerrilla en el que pudo ver al menos a veinte personas armadas: muchas de ellas apuntándole. Aterrada, preguntó por la señora Josefina García. Los hombres intercambiaron miradas en silencio: ¿quién? Hasta que uno recordó que así llamaban a la jefa antes de revelarse como Manuelita.

Que no le iba a dar declaraciones a nadie, fue lo primero que le dijo. Que la dejaba ir tranquila, sana y salva, solo por ser mujer. Pero que no volviera nunca más a preguntar por ella. Y que todo esto era mi culpa, fue lo último que escuchó antes de que sonaran disparos al aire.

Las noticias sobre Manuelita llegaban de tanto en tanto. Un periodista local creyó reconocer en ella a una maestra de escuela. Alguien más juraba que fue su compañero en la universidad. Al parecer su nombre ni siquiera era Josefina García. En todo caso, había dejado de serlo. Era Manuelita. Por más que lo intentaron, no volvió a dar entrevistas. Sus palabras circulaban de boca en boca por el llano. Solo a su gente le hablaba. Hubo quien las repitió ante periodistas y el discurso ganó audiencia, mientras ella avanzaba en sus acciones. En pocos meses todas las haciendas de la zona estuvieron ocupadas, invadidas a la fuerza. No hubo apoyo para los propietarios. Las autoridades, el gobierno, miraban a otra parte o celebraban las hazañas de los campesinos alzados.

A veces el veterinario me enviaba alguna foto: Manuelita pistola al cinto. Dando una arenga. Sembrando. Leyendo pasajes de la independencia a los niños. Conversando. Sus discursos, me contaba, eran cada vez más incendiarios. A veces deliraba y citaba párrafos de las cartas de la verdadera Manuela Sáenz. O usaba charreteras doradas durante paseos nocturnos en los que caminaba con actitud altiva pero ausente. Eran prolongadas andanzas en silencio y sus acompañantes comprendieron rápidamente que lo mejor era ir un par de pasos más atrás, dejarla abandonarse en sus pensamientos mientras ellos se ocupaban de lo importante: vigilar, cuidarla, atentos a lo que surgiera de la oscuridad de aquellos caminos.

Era un gran personaje Manuelita. La Manuelita de ese confín minúsculo del país que, sin embargo, lucía tan extenso.

Molestaba a muchos Manuelita. La Manuelita que se aferraba a su caracterización y a su amor desbocado hacia el comandante presidente, pero que no aceptaba las aproximaciones y halagos de los camaradas del partido que la buscaban para aprovechar el curioso efecto de su popularidad entre los más pobres.

La detestaban, por supuesto, aquellos a quienes despojó de sus propiedades. Y no lo ocultaban. La odiaban en silencio los políticos que a lo largo de estos años de proceso nunca lograron establecer una verdadera conexión con la gente como ella lo estaba haciendo. Era un circo, decían. Esta mujer era un circo. La despreciaban esos de uniforme, esos de cargos importantes, que aspiraban a convertirse en los nuevos dueños de las tierras.

Por seguridad debió abandonar el campamento del potrero y decidieron que la casa de aquella finca que se caía a pedazos, la que apestaba a fruta podrida, sería un buen refugio. El veterinario ya formaba parte de su círculo más cercano y apoyó la idea. Establecido el comando, resguardado el lugar y con un grupo de hombres y mujeres ocupando los espacios en los que antes se ubicaban los peones, la finca experimentó un lento renacer. Un desarrollo discreto, tan discreto como era la dirección que le imprimía el veterinario al asunto.

Claro que hubo atentados. Balas que pasaron cerca. Mensajes de advertencia. Algún herido. No esperaba esto Manuelita cuando se entregó a su personaje. Invocar al comandante era suficiente para ganar simpatías y espantar amenazas. Pero eso cambió: el amuleto perdió la magia. Manuelita tenía el poder de decidir si una finca privada pasaba o no a manos del colectivo que la seguía. También tenía el poder para inclinar una decisión electoral moviendo o no a su gente. Pero no había sabido entenderse con los jefes oficiales, tejer la red, incorporarse al esquema, negociar. Ahora su vida era un encierro. La paranoia. La constante sensación de estar en peligro. Se acabaron las caminatas nocturnas: solo taconeaba con sus botas en esa casa que recuperaba su esplendor. De una pared a la otra a medianoche. Manuelita no podía dormir bien. Ya no estaba tan a gusto en el papel. Sus órdenes eran contradictorias. Confusas. Solo el veterinario conseguía orientar sus palabras hacia decisiones coherentes y productivas. Especialmente eso: productivas. No hubo entonces finca más exitosa que esa. Y el progreso es algo que no puede disimularse.

La gesta de Manuelita se transformó en una especie de ministerio. Y el jefe del despacho era el veterinario. Los linderos de las fincas de antes desaparecieron y dieron paso a montones de cuadrículas, de pedazos repartidos entre tanta gente que siguiendo sus consejos comenzaba a conocer la prosperidad. Las banderas políticas eran trapos desteñidos que afeaban el nuevo paisaje de sembradíos y ganado, de tractores, de rústicos de estreno. Los jefes del partido, allá en la ciudad, recelaban. El comandante hizo alguna crítica pública. A la revolución no le gustaba aquello. Y el ánimo de Manuelita se quebró.

Fue entonces cuando recibí su llamada:

—Esto no era lo que yo quería. Voy a contar que tú me inventaste.

Fue entonces cuando el veterinario planteó una solución:

—Estamos perdiendo a la heroína. Para preservarla hay que convertirla en mártir.

Gato maldito; por Oscar Medina // #NadieSupo

Pabellón 4, sala B, cárcel de Tocuyito. He terminado una entrevista con demasiados silencios y evasivas. Respuestas incoherentes. Balbuceos. Burlas. He perdido el tiempo. Suena un golpe que parece metálico. Lejano. Se apagan las luces. Y esto es la boca oscura del infierno. ¿Por qué mierda estoy aquí? No hay razón alguna para ir a

Por Oscar Medina | 5 de agosto, 2017
Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Pabellón 4, sala B, cárcel de Tocuyito. He terminado una entrevista con demasiados silencios y evasivas. Respuestas incoherentes. Balbuceos. Burlas. He perdido el tiempo. Suena un golpe que parece metálico. Lejano. Se apagan las luces. Y esto es la boca oscura del infierno.

¿Por qué mierda estoy aquí?

No hay razón alguna para ir a Mariara. Es un nombre al que le pasas de largo por la autopista. Un pueblo al que imaginas caluroso y desangelado. Yo tuve que ir una vez a Mariara. Sé de lo que hablo. A menos de que seas del lugar, no tienes nada que hacer allí. Mejor dejarlo atrás. Siempre. Sigue recto por la autopista hasta llegar a tu destino.

La detective Valera no quiere ver lo que hacemos. La puerta de la casa es una lámina de zinc sujetada con alambres. Entramos. Hay restos de muebles chamuscados. Hollín en las paredes. Manchas negras. Si algo quedó, se lo habrán llevado, pero aquí el fuego debió acabar con todo. Lo que queremos ver está en el patio, allá atrás. Jorge hace unas cuantas fotos. No lo decimos, pero ninguno de los dos quiere moverse solo en este lugar.

Es un espacio estrecho, techado. Las paredes están cubiertas de baldosas que alguna vez fueron blancas. Si la miras de frente, la pared del fondo es como una ancha escalera con tres niveles a distinta altura. Imágenes de yeso ennegrecidas. Trozos por todas partes. Restos de cera de velas de diferentes colores. Era el altar de Juana arrasado por la furia.

Unos pocos pasos más y estamos sobre el patio trasero de la casa. Un jardín que no es jardín: tierra seca, monte, un árbol raquítico, basura y al fondo un muro de ladrillos desnudos que separa del galpón vecino. Detrás de ese muro se descubrió la evidencia. Un hueco en la pared. Trepamos para mirar del otro lado: un gran agujero. Allí encontraron los restos.

En esta oscuridad, paralizado por el miedo, recuerdo a la forense acercándome la caja: “Toma, aquí están”. Huesos, huesitos, es ridículo lo que uno piensa: parecen de pollo, parecen de perro. Pero esos son los que no se han logrado identificar y la doctora muestra un fémur y ahora sí, sabes que en esa caja de cartón hay partes de dos o tres personas.

Las otras cinco ya fueron identificadas y las osamentas están en bolsas con sus nombres: esperan que alguien las deposite nuevamente en la tierra, pero en otra muy lejos de la casa de Juana.

Que se sepa, José Leonardo mató al menos a cinco mujeres. A José Leonardo es a quien he estado tratando de entrevistar en esta cárcel. Ahora no lo veo, pero escucho su respiración. Siento que se mueve y voy retrocediendo con pasos cortos.

Las cinco mujeres habían ido una y otra vez a buscar consejo y consuelo en la casa de la bruja Juana. Tabacos, velas, ramazos, baños perfumados. Es fácil imaginar historias de abandonos, de amores frustrados, de dolor, de desesperación. Juana sabe. Juana te puede ayudar. Juana tiene el poder. Todo va a estar bien.

José Leonardo es un desquiciado, pero debe ser un tipo sagaz. Hay un brillo inteligente, malévolo, en su mirada. Las observó. Las estudió. Y una por una, a lo largo de años, fueron cayendo en sus manos. Alguna se le habrá entregado voluntariamente. A la mayoría las forzó. Las violó. Las debe haber golpeado. Acuchillado. Estrangulado. Las debe haber picado en pedazos. Las debe haber quemado. Y lo que quedó de ellas terminó enterrado aquí.

El terreno vecino lo compró un empresario para hacer un galpón. Al hombre le llamó la atención el extraño promontorio y al intentar aplanarlo aparecieron los huesos. Los investigadores fueron rápidos en identificar al principal sospechoso. José Leonardo fue más veloz. Una sobreviviente completó la historia. Se salvó de milagro: la violó, pero no alcanzó a matarla. Calló durante mucho tiempo, pero lo contó todo. José Leonardo ya estaba escondido en algún monte vecino. Cuatro veces se le escapó a la policía. Las balas no le alcanzaban. Desaparecía en la oscuridad. Se escurría por espacios imposibles. Dos detectives enviados desde Caracas tuvieron un accidente en la autopista: uno murió en el impacto. Los relatos corrían por el pueblo, magnificados, interpretados como evidencias del poder de Juana: ella lo mantenía a salvo. Un poder enorme: José Leonardo se convertía en gato, en perro. Así escapaba siempre.

El absurdo de su leyenda no cesó cuando lo capturaron y lo declararon culpable de cinco asesinatos. Pero a ese demonio no lo iba a detener una cárcel: se transformaba en animal y salía a merodear por los montes de Mariara.

El 11 de abril desapareció Rafael. Al día siguiente, jueves santo, su pequeño cuerpo de 8 años fue encontrado en un matorral. Abusado. Golpeado con saña. La piel quemada por el sol. Las fotografías del expediente duelen. ¿Había otro monstruo suelto en Mariara?

Los padres se convencieron: fue él. Se transformó en gato. Yo lo vi una vez en el techo de mi casa. Fue José Leonardo. En la madrugada del domingo de resurrección una turba roció gasolina en la casa de Juana: al mal había que combatirlo con fuego. El lunes lincharon a un indigente amigo de José Leonardo: él era quien le dejaba comida en el monte cuando andaba transfigurado en perro, en gato negro. El cadáver terminó quemado en una calle del pueblo.

Ella misma fue quien me contactó tras la publicación de una crónica sobre esta historia, la del “monstruo de Mariara”. Juana quería que se contara la versión de su hijo y logró –quién sabe cómo- que me dejaran hacerle una entrevista en Tocuyito.

Pabellón 4, sala B. El golpe metálico. La luz que se apaga en todo el penal. Ya no lo veo. Escucho su respiración que cambia de ritmo. Sostengo el bolígrafo como un cuchillo. Y justo cuando creo que se me viene encima, algo suave me roza el tobillo y al bajar la mirada tan solo durante un segundo o dos veo brillar un par de ojos felinos.