Literatura

Alejandro Rossi. 8 de agosto de 2017; por Adolfo Castañón

Los libros tienen su suerte: cada uno dibuja una geografía. Su mapa puede llegar a confundirse con un espejo. La historia es un arma de dos o tres filos, ya sea de las letras o de las ideas, el oficio de la memoria crítica puede ser entendido como un telescopio o como un espejo retrovisor,

Por Adolfo Castañón | 18 de octubre, 2017
Alejandro Rossi fotografiado por Vasco Szinetar

Alejandro Rossi fotografiado por Vasco Szinetar

Los libros tienen su suerte: cada uno dibuja una geografía. Su mapa puede llegar a confundirse con un espejo. La historia es un arma de dos o tres filos, ya sea de las letras o de las ideas, el oficio de la memoria crítica puede ser entendido como un telescopio o como un espejo retrovisor, una máquina de rayos X o una sonda endoscópica para intentar armar o desarmar el qué y el cómo de los quiénes de la historia. Estos trazos vienen al margen de la (re) lectura de las obras y escritos de Alejandro Rossi (1932-2009), ese transfronterizo premonitorio de nuestra época, ciudadano a la par enigmático y cristalino de Venezuela, Italia, Argentina, México, filósofo, escritor, conversador, maestro, editor y universitario cuyas armazones y juegos verbales dejaron en la ciudad literaria un rastro perdurable y fosforescente. Alejandro Rossi hubiese cumplido este año 85 años. El punto de mayor relieve es sí, al leer a Alejandro Rossi, el lector se asoma a la casa de la nostalgia, o más bien entrevé el presente de otro modo y vislumbra los pasos de lo que viene envuelto en las líneas del futuro. Alejandro Rossi escribió pocos pero decisivos libros. En uno de ellos, La fábula de las regiones, reunió algunas narraciones que, sin decirlo directamente, hablan de esa parte de la Gran Colombia que se conoce como Venezuela. Venezuela, esa candente ascua de la historia y de la geografía del Caribe en la que vienen a replicarse siglos después los oleajes y torbellinos de la historia más remota, por ejemplo, del Mediterráneo. La fábula de las regiones habla de guerras y guerreros, mártires y matones, señores y maestros, aprendices y maestritas, patriarcas y soldados, aventureros, selvas, historiadores, plantaciones, ríos, sublevaciones. Los cuentos de Rossi abrevan en las aguas manantiales de la literatura y la historia hispanoamericana. Digo aguas pues parte de la memoria que reelabora Alejandro Rossi le fue transmitida oralmente por su familia. Alejandro Rossi Guerrero —recordémoslo— descendía del general y caudillo venezolano José Antonio Páez, el legendario General Páez, el lancero, el aliado y luego adversario de Simón Bolívar en las guerras de independencia. Quizá la inteligente y seductora “Che Che”, la madre de Alex, el narrador de la novela Edén haya sido la transmisora de esas herencias insurgentes que hermanaban a Rossi, por cierto, con el poeta y crítico Guillermo Sucre, con el poeta José Antonio Ramos Sucre y con el mismo mariscal Antonio José de Sucre (que al parecer descendía de la Casa de Austria). Esa conexión genética con el pasado profundo de América significaría muy poco si Alejandro Rossi no la hubiese elegido como una clave personal, si no se la hubiese apropiado ávidamente, si no la hubiese vivido para tomarse a sí mismo y a sus circunstancias el pulso. Este vínculo con la historia patria le permitió a Alejandro Rossi por añadidura entablar un diálogo con ciertos cuentos y poemas de Jorge Luis Borges, en México con Octavio Paz y sus ensayos y poemas. Esto, sin embargo, no explica del todo la forma en que se resuelven en la obra de Alejandro Rossi las cantidades hechizadas de la geografía y de la historia americana. Algunos de los personajes de La fábula de las regiones parecen ser maestros de historia, salidos, no de una universidad, sino de una suerte de colegio áulico de historiadores donde van desgranando sus lecciones. Saben, tal vez, que, si bien las revoluciones viven de hacer procesos y ejecutar sentencias, no es sencillo procesar a las revoluciones mismas ni, mucho menos, por así decirlo, atraer a su causa a un improbable tribunal de la historia. El lector no sabe si el narrador le está hablando del pasado o más bien prefigura un soterrado porvenir.

II

Estas reflexiones cobran cierta actualidad por, al menos, tres razones: el 22 de septiembre de este año 2017 Rossi estaría cumpliendo 85 años, como para festejar su aniversario acaba de salir, traducido al inglés por Janice Goveas, El cielo de Sotero, Sotero’s Heaven, publicado por la revista virtual Diálogos Intercultural Services, administrada por Martin Boyd, asentada en Toronto desde 2006 y dedicada a la traducción y difusión de la literatura hispanoamericana en el mundo. La traducción de Goveas al inglés subraya la pertinencia de la escritura literaria decantada por Alejandro Rossi en la saga de La fábula de las regiones. Cuando fue publicada esta obra parecía ser un armazón de espejismos y fantasmagorías incómodas sobre la geografía y la historia americana y, en particular, venezolana. A medida que ha pasado el tiempo, como lo refrenda el hecho de que Venezuela se encuentre en caída libre en su proceso político, el universo narrativo concebido por Rossi va cobrando una estremecedora actualidad. Para muestra gustosa del lector elijo un párrafo inicial de esa traducción:

His name could not have been more common. Good enough for a boy from the slums – though the cities were now all abandoned shacks – that had sprung up between puddles and police sirens. Remigio Maldonado, a nobody, as they would later refer to him. Many years have gone by, but time has not been his friend. If anything, it has erased his life story and reduced him to that one devastating moment when he elbowed his way through the screaming crowd at Santa Clara de las Flores and, with his eyes wide open, fired a burst of six bullets at Don Gregorio Sotero, whose scrawny body jumped and twisted as if it had been hit by an electric shock.

III

Una de las lecciones que se desprenden del ejercicio narrativo de Alejandro Rossi en estos textos es la indisociable relación que sostienen la geografía y la historia, el tiempo y el lugar, el clima y la geografía humana. La afortunada traducción al inglés de este texto de Alejandro Rossi nos lleva a releer de otra forma El cielo de Sotero.

El cielo de Sotero narra la historia de un magnicidio en esas regiones imaginarias recreadas por la fábula. Historia paralela de un asesino y su víctima. Gregorio Sotero, el patriarca generoso y carismático es ultimado por un joven ignorante reclutado por los enemigos del patriarca. El castigo que se le impone al asesino es sutil. Sin que él lo sepa bien a bien aprenderá a amar al hombre que asesinó a través de una pedagogía que lo conduce en las largas horas de la cárcel y de la lectura obligada a comprender y a amar esas regiones, esos territorios que no llegan a ser un país por los cuales viviría y se sacrificaría Sotero. El asunto del magnicidio y de la reeducación, re adaptación sui generis del asesino, sirve de pretexto al narrador para armar la geografía imaginaria y emblemática y, en consecuencia, la historia y leyenda de un territorio que podría ubicarse en cualquier lugar del mundo americano. En El cielo de Sotero y en los demás cuentos de las sagas de las regiones, Rossi elevó una suerte de mirador crítico y analítico para adentrarse en la historia hispanoamericana, pero no en la historia del pasado sino quizá en la del presente y la del futuro inmediato que estaba tocando ya a las puertas en el desplome de la democracia venezolana y en el ascenso del Teniente Coronel Hugo Rafael Chávez Frías, probablemente lector de un breve título que quizá podría haber salido de las páginas de Rossi: El oráculo del guerrero de Lucas Estrella.

Hombre de poder, ecce homo soberano de sus tierras feraces, Sotero se presenta como una versión positiva, una réplica y contraparte luminosa de la figura otoñal y tétrica del dictador latinoamericano, tal y como ha sido caracterizada, hasta el prototipo esperpéntico por la novela del dictador latinoamericano en las obras de Arturo Uslar Pietri, Augusto Roa Bastos, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Esta diferencia sensible rebela algo más profundo; la idea que puede tener Alejandro Rossi de la figura y función del poder y sus rostros en América. Desde luego esta idea no deja de tener cierta ambigüedad.

El cielo de Sotero no es una lectura anacrónica o nostálgica de la historia hispanoamericana. Ante todo es literatura, excelente literatura. Además, funciona como un lente de aumento o uno de esos espejos negros cuyo filtro oscuro permitiera contemplar los eclipses y zozobras de la política latinoamericana, como a través de una cámara lenta capaz de captar los episodios y las coyunturas de la política regional. Detrás de El cielo de Sotero hay ciertamente una armazón de lecciones de historia universal y americana, un andamiaje erudito que lo mismo abreva en la historia de las independencias hispanoamericanas que en la historia de la política y diplomacia internacionales del siglo XX. Rossi, lector ávido de filosofía y literatura, lo era también de historia política y de psicología y aun de psicoanálisis (sabía que las cantidades de lo psicológico no podían ser escindidas o separadas de las cuentas generales de la historia y sus motivos). A la familia de Alejandro Rossi le había tocado vivir, no sé si tangencialmente, la Segunda Guerra Mundial. A una mente tan porosa y creativa como la de Alejandro no se le podían escapar esos reojos. De alguna manera, los territorios imaginarios creados por Alejandro Rossi no son ajenos a esos destellos de lo universal. Si en la biblioteca de Gregorio Sotero se encontraba la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano (1776-1789), de Edward Gibbon, el historiador británico del siglo XVIII, no se puede olvidar que en la de Rossi estaban los libros de Borges y de Bioy pero también Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial (1961), de A.J.P. Taylor. El escritor cargaba debajo de su gabardina los cartuchos de esas lecturas donde las grandes e ingenuas ideas sobre la historia eran filtradas por los indómitos hechos.

IV

La rueda de la fortuna de la vida y de los libros me llevó a armar Algunas tardes con Alejandro Rossi (El Colegio de México, 2010) donde se cosechan conversaciones, ensayos y apuntes debidamente aderezados por una bibliografía directa e indirecta del autor —en la que se incluyen las traducciones a otros idiomas como el inglés, el francés, el alemán y el italiano de textos de Rossi— y a la cual habrá que añadir la traducción arriba comentada de Janice Goveas Sotero’s Heaven, publicado por la revista virtual Diálogos Intercultural Services en 2017.

El libro funcionó como un imán que me llevó a visitar una vez más a Caracas y Venezuela. Algunas tardes con Alejandro Rossi fue presentado en la Librería El Buscón de Caracas en Venezuela, gracias a la invitación de Katyna Henríquez Consalvi en 2011. Katyna era una amiga común, hija de Rigoberto Henríquez (fallecido en 2016), opositor a la dictadura de Pérez Jiménez, que había estado en la cárcel y luego fue embajador; y por parte de su madre, sobrina de Simón Alberto Consalvi, el escritor, defensor de la democracia, político y diplomático venezolano que llevaba en la sangre –se lo pregunté– la del Cardenal italiano Ercole Consalvi (1757-1824) que participó en el Congreso de Viena entre 1814 y 1815. La noche de la presentación estuvimos hablando con gustosa calma con Simón Alberto (1927-2013), quien había sido uno de los amigos más cercanos de Alejandro. Hablamos del clima y del tiempo, de la meteorología, de las grandes lluvias y calores, del cambio climático, real y político, que se avecinaba y que amenazaba la estabilidad de las ciudades y naciones hispanoamericanas. Simón Alberto llevaba un fino saco de gamuza color café, de vez en cuando se tocaba el bigote bien recortado como para afinar la atención. Tenía una mirada acostumbrada a medir anchos horizontes en el llano o en el mar y un destello chispeante en sus ojos pautaba su conversación de hombre más bien parco. Poco más tarde, llegó Félix Rossi, el hermano de Alejandro, que es personaje de la novela Edén (2006), y la algarabía compuesta por la banda de hermosas y elegantes primas y sobrinas de Alejandro. Recuerdo con nitidez y gratitud ese momento…

No he dicho que una de las cosas que debo a Alejandro es la sensibilidad hacia la cultura hispanoamericana, y en particular hacia la venezolana. Gracias a Rossi, descubrí continentes enteros: Mariano Picón Salas, José Balza, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, Juan Nuño, Guillermo Sucre, el pintor Armando Reverón, Simón Alberto Consalvi, y desde luego, Rómulo Gallegos, Rufino Blanco Fombona, al general Antonio José de Páez, su antepasado y, no podía faltar, a Simón Bolívar; a muchos mexicanos los descubrí o redescubrí gracias a él, como Luis Villoro, Emilio Uranga, Fernando Salmerón, José Luis Martínez, Ricardo Garibay, Jorge López Páez, para no hablar de los centroamericanos e hispanoamericanos como Ernesto Mejía Sánchez, José Luis González, Augusto Monterroso —que ya había sido mi maestro—, y al colombiano Álvaro Mutis, que tantas afinidades tiene con Alejandro. También a los maestros españoles, empezando por José Gaos. Debo a Rossi haber leído o releído a autores como Borges, en primer lugar, a Rubén Darío y, en otros ámbitos, a Edward Gibbon, Giovanni Pascoli, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, la Antología Griega.

Un lujo. Lujo sobre lujo. Gracias a la invitación de Javier Garciadiego, entonces presidente del El Colegio de México, me puse a armar Algunas tardes con Alejandro Rossi, alentado por Olbeth, su dorada compañera y esposa para recordar el primer aniversario de su fallecimiento. Fui muchas veces a Caracas movido por causas editoriales del Fondo de Cultura Económica, ahí conocí en su espacio a muchos amigos de Alejandro. En México conocí a Katyna Henríquez, la hija de don Rigoberto, quien representaba a Monteávila Editores en México, y luego fundaría su librería El Buscón, donde convive el pasado y el presente, el anteayer y el pasado mañana. Librería prodigiosa por su capacidad de resistencia y por la decisión que ha llevado a su directora a perseverar en la felicidad de la tarea. Así, invitado por ella, fui a presentar Algunas tardes con Alejandro Rossi. Volví a tratar ahí a su hermano Félix, conocí a otros familiares y volví a encontrar a otros amigos. Viendo en el espejo retrovisor de la memoria aquellos momentos en que se presentó el libro en Caracas, me pongo a pensar en qué significan las personas, los libros, los lugares y cómo se entreveran unos con otros y se entretejen a nuestro alrededor para irradiar, como vitrales en una iglesia, una luz peculiar que va cambiando con las horas. Esa luz impregna para mí la feliz memoria de este libro que encierra tantos momentos felices porque compartidos, felices porque otros podrán compartir las letras fulgurantes del inasible pero exacto Alejandro Rossi. Rossi tenía un imán. Por eso se escriben estas líneas; por eso se alojan en aquel libro; por eso las estás leyendo tú.

***

Notas:

1)“Venezuela en caída libre”, Nexos, septiembre 2017.

2)Lucas Estrella, El oráculo del guerrero, Santiago de Chile, Cuatro vientos, 1995.

3) Olbeth Hansberg es autora del libro La diversidad de las emociones (México: FCE, 1996).

Las hilanderas: miradas y pintura; por Marina Gasparini Lagrange

Nada es solamente lo que es. Siri Hurdtvest Pocos meses antes de morir, John Berger dijo haber soñado el secreto de la mirada. Esa revelación la hizo en un documental donde el brillo de sus ojos transparentaba una curiosidad pronta a descubrir lo que había permanecido oculto para otros. Seguía con atención sus gestos y

Por Prodavinci | 14 de octubre, 2017
Las hilanderas. 1657. Diego de Velázquez

Las hilanderas. 1657. Diego de Velázquez

Nada es solamente lo que es.
Siri Hurdtvest

Pocos meses antes de morir, John Berger dijo haber soñado el secreto de la mirada. Esa revelación la hizo en un documental donde el brillo de sus ojos transparentaba una curiosidad pronta a descubrir lo que había permanecido oculto para otros. Seguía con atención sus gestos y escuchaba sus palabras con la expectación que acompaña a la revelación esperada. A sus espaldas unas amplias ventanas dejaban entrar el verdor de los árboles al estudio de su casa donde se llevaba a cabo la grabación. Con pausa y degustando cada palabra pronunciada dijo que el secreto estaba en entrar en lo que se veía. Entrar en lo que se veía, esa afirmación para mí fue insuficiente, quería escuchar más; entonces sonrió y miró a la cámara como si desease vernos a cada uno de nosotros fijamente a los ojos. Las palabras que entonces escuchamos expresaron la decepción del extravío. No hubo ninguna revelación, al menos no la esperada. Al despertar de su sueño, Berger contó haber olvidado lo develado en el sueño. El secreto fue un vislumbre soñado ajeno a la vigilia. El escritor supo en su sueño cómo entrar en las cosas que se miran, pero una vez abiertos los ojos, ese conocimiento lo abandonó. La pérdida de ese secreto, sin embargo, no logró llevarse consigo la intuición del misterio que porta la mirada, tampoco desvaneció la necesidad de franquear umbrales internos que hacen del ver la experiencia personal de una visión.

El secreto de la mirada está en un olvido. Hilos sueltos con los cuales se intenta tejer y tramar la memoria que quedó atrás en el sueño; trazos, huellas de algo que para tomar forma requieren de un tiempo que no es el de nuestra voluntad. El misterio de la mirada es quizá la visión que ilumina sin separarse de la penumbra de la que procede. Recordé la anécdota del documental sobre Berger una mañana en que subía las escaleras de entrada al Museo del Prado. Y es que desde hace días permanezco de pie ante “Las hilanderas o la Fábula de Aracné” (1655-1660) de Velázquez.

Cruzo el umbral entre las salas mirando en Las hilanderas. Entro caminando directamente hacia ellas. A mi izquierda están el “Marte” (1638) y el “Mercurio y Argos” (1659) de Velázquez y a la derecha “El rapto de Europa” (1629) que Rubens copió de Tiziano. La muchacha raptada es el motivo del tapiz que Aracne tejió en la contienda propuesta a la diosa Atenea. En el fondo de la obra de Velázquez sobresale un largo y ondulante trazo rosado: es el pañuelo que Europa aferra; el viento y la velocidad con que huye el dios metamorfoseado en toro amenazan con hacerlo volar.

Veo en Las hilanderas y comienzan las interrogantes. La pregunta es vía hacia una mirada involucrada. Se buscan respuestas allí donde la imaginación, además de ser exploración interna, acompaña, escruta, relaciona y dialoga desde la amplitud de las perspectivas personales y de la tradición artística. Poner en relación y dialogar son modos que se entrelazan a través de la clásica metáfora del hilar y el tejer. Es tejiendo, entrecruzando, equivocando el hilo y la puntada, es dejando hilos sueltos, tal como los vamos dejando en la vida, que la pintura dialoga desde y con su silencio. El arte nace de la vida y la representa. Nos ofrece una visión transformada del vivir que estrecha la complejidad de las formas, las ideas, las reflexiones y las analogías. El arte es la trascendencia que conoce el secreto de la mirada y su misterio.

En la sala donde están Las hilanderas no hay dónde sentarse. Miro el cuadro con los desplazamientos a que me obliga la necesidad de moverme. Veo desde un ángulo, desde otro, me acerco, doy vueltas por la sala contigua para entrar de nuevo donde ellas permanecen sentadas a la altura de mis ojos.

El suelo donde trabajan las cinco mujeres del primer plano de la obra tiene una inclinación que viene a nuestro encuentro, de hecho, el piso sobre el que estoy pareciera ser el mismo de ellas. Así Velázquez nos invita a entrar en la obra, nos incluye en la representación que tiene ensimismadas a las tejedoras en su quehacer. Ellas hilan y deshilvanan sin percatarse de nuestra presencia. La invitación a entrar en el cuadro requiere de nosotros un mínimo esfuerzo: allí están las piernas desnudas de las hilanderas que el maestro tomó de dos ignudi de la Sixtina de Miguel Ángel y, en el centro, entre los pies de ambas, un ovillo, un gato y, agachada, la muchacha sin rostro que atrapa nuestra atención.

Detalle de Las hilanderas:  la muchacha inclinada

Detalle de Las hilanderas: la muchacha inclinada

A la izquierda del cuadro vemos a Atenea en sus vestes de vieja que escucha lo que le dice una joven mientras descorre una pesada cortina de color púrpura; le presta atención ladeando la cabeza hacia ella sin abandonar el hilado. La rueca no se detiene. Vemos las líneas de su movimiento sostenido, son trazos borrosos, rápidos, circulares, representación fugaz e inaprensible de un tiempo que transcurre sin dilatarse. Al otro lado del cuadro, sentada de espaldas con el cuerpo girado en tres cuartos hacia nosotros, Aracne está concentrada en su labor. Su camisa blanca es el golpe de luz en la penumbra del primer plano. Aracne en su resplandor es la elegida. Velázquez le ofrece la luminosidad de su pincel. Junto a ella, como en pendant con la esquina opuesta, se inclina una muchacha de cabellera rubia que ciñe una cesta de mimbre con telas dentro. En el centro, el ovillo, el gato y la muchacha inclinada de rostro borrado. Solitaria en medio de tantas otras, ni habla ni forma pareja con nadie; concentrada en su hacer, permanece absorta mientras sostiene algo en su mano izquierda. Ella es umbral, pintura, rostro sin rasgos, brazo caído que termina en una mancha de color. Su posición es central. ¿Será ella el centro? ¿El centro de quién? ¿De qué?

A sus espaldas, bien dibujados sobresalen dos escalones por los que se arriba a un escenario donde cinco mujeres están en pie ante el “Rapto de Europa” tejido por Aracne. Las figuras, igual que las del primer plano, están en parejas: Atenea y una acompañante a la izquierda, a la derecha dos damas de la corte y Aracne al centro en el momento en que recibirá la condena por haber sobrepasado con su habilidad para el tejido a la misma diosa de la Sabiduría. La escena se desarrolla en torno al tapiz; todas escuchan atentas las palabras de la hija de Zeus, su veredicto. Sólo una de ellas gira la cabeza hacia nosotros buscándonos con una mirada que nos incluye en una obra en la que reconocemos los distintos umbrales por los que Velázquez nos ha hecho transitar. Algunos los vemos en el cuadro, otros son momentos de un tránsito interno en la visión y la escucha de Las hilanderas. Dirijo de nuevo la mirada al tejido con que Aracne aspira demostrarle a su oponente la superioridad y excelencia de su hacer.

En sus Metamorfosis Ovidio nos cuenta la historia de la joven tejedora y la diosa Palas Atenea. La belleza de los tejidos de Aracne estaba en labios de todos, incluso las ninfas abandonaban sus aguas y sembradíos para contemplar el arte de la muchacha ensoberbecida. Aracne se atrevió a negar las enseñanzas de la diosa del tejido y desafiante con tan divina maestra, no tardó en decir: “¡Que compita conmigo! Nada hay que yo pueda rechazar una vez vencida”. A continuación hizo su entrada en el pequeño pueblo de Hipepas Atenea vestida de vieja y una vez allí intentó, sin éxito, hacer razonar a la joven. ¿Por qué no viene Atenea en persona?, pregunta Aracne, ¿Por qué evita esta contienda? En ese momento Palas se mostró en toda su divinidad y Aracne sintió como el rubor que se apoderó de ella la dejó en silencio. Ovidio no da cuenta de ninguna otra palabra intercambiada entre ellas; a partir de ese momento ambas se entregan a la tarea de tejer el tapiz de la disputa.

En su tejido Palas honra a los dioses celestiales, mientras Aracne teje el engaño de Júpiter para hacer suya a la bella Europa. Ni Palas ni la Envidia pudieron ultrajar la obra de la vanidosa tejedora. No hubo necesidad de decir nada; los golpes de la divina Palas sobre la muchacha expresaron el reconocimiento. La desventurada, narra Ovidio, no soportó la afrenta y ató a su cuello un hilo del cual colgarse. Al verla suspendida la diosa corta la hebra pero la venganza guía su mano al dejar caer sobre la infeliz hierbas preparadas por Hécate. Y así fue como sus cabellos se desvanecieron, su cabeza se volvió pequeñísima y su cuerpo fueron ocho patas y un vientre del que salía un hilo que la araña Aracne nunca dejará de tejer.

En Las hilanderas o la fábula de Aracne Velázquez representa el momento en el que, con el tapiz de Aracne como fondo, Atenea levanta el brazo mientras la tejedora deja caer el suyo con un gesto que conjuga incredulidad y resignación. En sus posturas Velázquez parece poner en ellas palabras que no leemos en Ovidio. El movimiento de los dos brazos de las mujeres permite al pintor resaltar un espacio que, como ventana abierta, da paso a un horizonte creado por y para la pintura; es un espacio reducido donde el pintor hace visible una naturaleza que deja el mar en nuestros ojos. Entre los brazos de Atenea y Aracne intuyo el presentimiento de algo que no sé nombrar pero ante lo que no puedo dejar de sentir el llamado de una trascendencia.

El tapiz es la imagen de un legado. ¿Cómo no ver en ese tejido las formas de un homenaje a Tiziano, también a Rubens? En Las hilanderas Velázquez da nuevas ‘puntadas’ a su visión del arte y la pintura. ¿Acaso no son Las Meninas, de un par de años antes, una reflexión sobre la mirada, el artista, el arte y el espectador que somos? El pintor de Felipe IV celebró en Las hilanderas la herencia y la tradición que Aracne no supo reconocer, al tiempo que también dejó en nosotros incertidumbres, hilos sueltos para tejer miradas y palabras que dieran cuenta de un tramado que se nos impone.

Un rayo de luz atraviesa el fondo de la obra. Viene de lo alto y cae en diagonal. Sigo con la mirada su recorrido. Su resplandor atraviesa el tapiz, ilumina el piso, reverbera en el grosor del muro que es umbral entre las dos escenas y su brillo ilumina la camisa blanca de Aracne mientras hila en el primer plano del cuadro. Este haz de luz me recuerda el de la Anunciación. Fue Mircea Eliade quien dijo que cuando algo “sagrado” se manifiesta (hierofanía) al mismo tiempo algo “se oculta”, se hace críptico. A María de Nazareth, la escogida para ser la madre del hijo divino, se le presenta el árcangel Gabriel para transmitirle el mensaje sagrado. A partir del siglo XIV la iconografía de la Anunciación ha privilegiado la luz que desciende de los cielos, el libro que tiene María en manos, una jarra transparente con agua y un lirio alzándose en su pureza.

En el arte bizantino María fue sorprendida por el ángel mientras hilaba con el huso en manos. Leonardo da Vinci no olvida esa iconografía de la virgen y en su Anunciación Gabriel encuentra a la virgen tejiendo. Algunos pintores han transformado el huso y la rueca en la cesta con las agujas para el tejido que descansa cerca de María. Los evangelios gnósticos nos cuentan que a ella le tocó hilar el púrpura y escarlata de las cortinas del Templo y cómo no hacer notar que es el rojo el color predominante en Las hilanderas del pintor del Rey.

Algunas obras del temprano Renacimiento italiano han dado imagen a las palabras bienaventuradas del ángel dentro de la luz procreadora, icono de lo divino y del misterio. Recuerdo la Anunciación de Fra Angelico en el Museo del Prado. Busco información sobre la llegada de la obra a España: en 1611 Mario Farnesio la compra para el duque de Lerma, valido de Felipe III, quien al recibirlo la dona a la iglesia del convento de los dominicos en Valladolid. ¿Vió Velázquez la tabla del Beato de Fiésole? No es improbable que así haya sucedido.

Cuando me percato del rayo de luz dentro del cuadro, poco después me encuentro pensando obsesivamente: ¿cuál es el mensaje que Velázquez nos quiere trasmitir? ¿cómo entender ese resplandor divino en una obra de motivo mitológico? Todo lo que me pasa por la cabeza no hace más que profundizar en un misterio que ni siquiera me es dado rozar. Con la Anunciación, lo sabemos, Jesús inicia su vida como hombre en una madre humana; es una escena donde lo divino se entrega a lo humano, lo privilegia y de esta manera, la trascendencia y lo invisible se materializan en luz que sabemos proveniente de un orden distinto al nuestro.

Velázquez deja entrar el rayo oblicuo en el fondo de su obra: lo divino se adentra en el espacio donde la contienda del arte del tejido se ha llevado a cabo. En el mito, la diosa pagana condena a la joven tejedora, pero en su pintura Velázquez pareciera dar otro fallo. Desde el primer momento nos percatamos de que es Aracne la tocada por la luz y es también su obra la que vemos expuesta en el fondo del cuadro del pintor. Ella, y no Palas Atenea, es la escogida por Velázquez para dar luz a la mirada trascendente.

En sus viajes a Italia Velázquez seguramente tuvo conocimiento de las teorías de Marsilio Ficino sobre el arte y la inspiración. El florentino, separándose de la imagen medieval que consideraba a Dios como artífice –Deus artifex– sostenía que la condición de divinidad la ganaba el artista con la inspiración creadora que daba vida a la obra. La idea del artista de genio y del artista divino ganó aceptación entre muchos pintores. Él era un intermediario, habitante del umbral donde lo divino y lo humano se rozan en una penumbra. Quizá esas sombras, como las del primer plano de Las hilanderas, son imagen de la creación en su proceso de ser obra. Escribo esta última frase y miro en una reproducción del cuadro a la muchacha inclinada de rostro borrado que, en la penumbra, ocupa el centro del primer plano. Quien fue maestro en la pintura del retrato, en Las hilanderas, que es una de sus últimas obras, omite definiciones en el rostro de la figura central. El rostro sin rasgos que no es portador de una identidad es imagen en abstracción del Hombre con mayúscula del que hablaba Cesare Pavese. Rostro que es pintura; trazos que recuerdan las manchas de óleo y color del último Tiziano.

Tengo la mirada fija en la muchacha inclinada. Las sombras del primer plano se reúnen en ella. Qué hace en ese lugar es pregunta que no me abandona. Cuando las demás mujeres tejen o ponen en acto la representación de la contienda, ella está como ausente a todo ese acontecer. No pareciera recoger ovillos ni hilar la lana; mientras con una mano ella remueve algo en el tazón del gato, con la otra sostiene algo parecido a una tablilla que no termina de agarrar sino que tiene apoyada sobre la muñeca en un gesto que lleva a meditar sobre el cuidado que se tiene con aquello que sabemos aún no podemos tocar sin dejar las líneas de nuestras huellas.

La mujer en el centro es pintura, mancha, color. Ella es bisagra, umbral, penumbra necesaria de la obra que llevará en sí su propia luz. ¿Cómo no sentir la relevancia de su ubicación dentro del cuadro como expresión de tránsito entre la cotidianidad del primer plano y el arte como mito que se representa a sus espaldas? La mujer en posición central que atrapa nuestra mirada y se crece en su soledad es legado mudo de Velázquez. Ella es rojo, ocre, algo de negro y un blanco tocado por el gris de las sombras. Ella reúne, mezcla, conjuga los tonos en los que nuestra mirada se detiene y quizá logra ver algo. Ella no es hilandera pero es quien traza los hilos, los trama, los teje y hace posible el rayo sagrado de luz.

Las figuras mitológicas de Velázquez son imágenes no idealizadas, retratos donde el hombre es gesto, forma y color. Él toma el mito de la mano y lo coloca en el día a día del vivir. La realidad se le revela así con la trascendencia de la mirada, la poesía, la metáfora y las metamorfosis. Para Velázquez, afirmó Charles de Tolnay, lo divino brilla repentinamente en medio de la vulgaridad de nuestro mundo. Lo divino no es un resplandor de otro mundo; es el vislumbre con que el arte de la pintura ilumina el nuestro. Es la intuición con que lo percibimos. Es luz transformadora.  Mirada y misterio que, aunque se escondan, están presentes.

“Enemigo: una palabra que sangra por todas sus letras”; por Antonio López Ortega // #CadenasDeGira

I Se hace reiterativo mencionar la relación de Canarias con Venezuela: es como el aire que se respira. Salen a relucir los antepasados, los parientes, los familiares que aún quedan y pasan trabajo. En las conversaciones se mezclan sentimientos dispares, como nostalgia, admiración, rabia, agradecimiento. Aquel pasado, dice uno, produjo esta riqueza, pero nada de

Por Antonio López Ortega | 7 de octubre, 2017

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I

Se hace reiterativo mencionar la relación de Canarias con Venezuela: es como el aire que se respira. Salen a relucir los antepasados, los parientes, los familiares que aún quedan y pasan trabajo. En las conversaciones se mezclan sentimientos dispares, como nostalgia, admiración, rabia, agradecimiento. Aquel pasado, dice uno, produjo esta riqueza, pero nada de esto podemos transferir como un mínimo gesto de agradecimiento. El habla es llana, dulce; escuchamos los mismos diminutivos. Estamos en el medio del Atlántico, dice otro, y vemos de igual manera hacia la península y hacia Suramérica. Tierra de abuelos, pero también de padres; tierra de adelantados que primero se fueron a Cuba y luego, a mediados de siglo, a Venezuela. Háblame de la tierra fértil de Yaracuy, dime si el hotel de Carirubana sigue siendo el mismo, tuve mi primer consultorio en El Tigre. ¿De qué pasado habla esta gente cuando los manuales escolares reinventan la memoria? Ese apego no se va; más bien se vuelve presente vivo.

La llegada de Rafael Cadenas, para muchos una presencia conocida, no hace sino exacerbar ese sentimiento de terredad. Ahora no se trata del país, sino de su voz mayor, como algunos dicen. ¿Merecemos este regalo –escucho a alguien que habla detrás de mí– en medio de tanta ruina? A la rueda de prensa del lunes 25, en el Círculo de Bellas Artes, va toda la prensa local. Cadenas mide las palabras, las sopesa, porque los periodistas también quieren saber del país, pero sus respuestas, cómo decirlo, no son complacientes. Cadenas prefiere apoyarse en pensadores de otros tiempos o latitudes para dejar ver sus opiniones –¿o deberíamos decir su dolor? A su llegada a Santa Cruz de Tenerife, mientras el taxi derivaba por una rambla, el maestro me decía: “Me asombra la limpieza. Me asombra la urbanidad”.

Como primera respuesta a un periodista incisivo, Cadenas recurre a un pensamiento de Karl Kraus: “Dos plagas suceden al Nazismo: La Bomba y el Totalitarismo”. Y agrega el maestro: “En tiempos de Guerra Fría, el animal humano se refugiaba en la Paz por miedo a la Bomba, pero ahora es el Totalitarismo lo que se reproduce con más frecuencia”. En otro momento, cuando alguien pregunta por el estado de la polarización, Cadenas sólo alcanza a recordar un verso extraviado en uno de sus libros: “Enemigo: una palabra que sangra por todas sus letras”.

Pero hay espacio, por supuesto, para su poesía, como también para su biografía, que siempre elude por insustancial. Ante la insistencia de otro periodista, el poeta de 87 años responde con palabras de Salvador Pániker: “Soy un anciano averiado”. Y sigue: “Siempre escribo poesía, aunque en estos últimos tiempos he escrito menos. Tengo muchas carpetas que debo revisar. Siempre he cometido el error de no ponerle fecha a lo que escribo. Y eso me lleva a esperar mucho para publicar. Horacio decía que hay que esperar nueve años para publicar”. El poeta de pronto se recoge, guarda silencio, y comienza a hurgar en su memoria. Se reanima con estas palabras: “La lectura me llevó a convertirme en poeta. Yo, a los dieciséis años, leía mucha poesía romántica. Luego pude acceder a la poesía moderna, gracias a Salvador Garmendia. Salvador era un lector extraordinario. Ambos nos sentábamos a leer a Rubén Darío en la Plaza de Altagracia, de Barquisimeto. Salvador también recitaba pasajes completos del Quijote; es más, a veces hasta los escenificaba. Asumía un personaje y discurría como tal. Siempre me ha sorprendido que a la gente le guste lo que escribo. Es algo que no termino de entender. Tengo escritos muchos poemas en prosa”.

Frente a otra pregunta, el poeta cambia el tono y discurre: “El primer compromiso de un poeta es con la lengua. Y aparte, en lo personal, yo siento un compromiso con la democracia. En el mundo actual, hay una reaparición del totalitarismo que es muy preocupante. En estos días, leí que habían inaugurado un busto de Stalin en Rusia. También en Alemania hay un rebrote del Nazismo. ¿Cómo se puede entender esto? En tiempos de ‘Tabla Redonda’ apoyábamos a la Revolución cubana, pero poco a poco nos fuimos desilusionando. No conviene avenirse con los héroes, porque siempre se convierten en tiranos. Estoy en desacuerdo con los nacionalismos; Einstein decía que eran ‘el sarampión de la humanidad’”.

Cecilia Domínguez, Rafael Cadenas y Ernesto Suárez

Cecilia Domínguez, Rafael Cadenas y Ernesto Suárez

II

La primera intervención pública, prevista para la noche del 25 de septiembre, será en el auditorio de Cajasiete, una sala moderna, cálida, perfectamente iluminada y con dominio de la madera en techo, paredes y escenario. Abre el acto el poeta canario Ernesto Suárez, muy cercano a Venezuela y a los poetas venezolanos. Poemas suyos, por cierto, se han incluido en la primera edición de la revista Sarcófago. Sus palabras son breves, precisas: por un lado, resalta la gravitación de la obra de Cadenas en la poesía canaria; por el otro, lo reconoce como el máximo referente de la poesía venezolana. Ernesto presenta ahora a la poeta Cecilia Domínguez, quien dialogará con Cadenas a lo largo de la velada. Cecilia, recientemente galardonada con el Premio Canarias de Poesía, ha preparado un cuestionario muy preciso, que le ha entregado al maestro horas antes para que pueda sopesar sus respuestas. Cecilia no oculta su emoción y le recuerda al público que la última visita del poeta a Tenerife fue en 1997, “hace veinte años”, y que luego, en 2007, ella lo pudo visitar en Caracas. “Así que vamos de diez en diez”, dice riendo y el público la secunda.

Cecilia comienza a leer el cuestionario y el poeta a contestar. Y pregunta: “¿A qué edad comenzaste a escribir?” Sobreviene uno de esos silencios sin término a los que Cadenas nos tiene acostumbrados. El poeta piensa, mira hacia arriba, se pasa la mano por la cabeza. Y dice: “Comencé a escribir a los catorce años, e incluso publiqué una especie de plaquette. Yo leía a los poetas románticos venezolanos: Pérez Bonalde, Lazo Martí. Mucho tiempo después descubrí el romanticismo alemán, que es el que más me interesa. Ya para entonces vivía en una especie de exilio interior”. Cadenas se queda callado, y Cecilia aprovecha para intercalar otra pregunta: “¿Nos puedes hablar de la secuencia de tus libros?”. Nuevamente el poeta paladea la respuesta, la va pescando, tejiendo en el aire: “Cuadernos del destierro tuvo que ver con un estado de depresión, que en aquellas épocas eran recurrentes. Luego pasé a un lenguaje más depurado, más cercano al habla, que es el que se hace presente en Falsas maniobras. Luego pasé once años sin publicar, hasta que aparece Intemperie, que también refleja un estado de depresión. Siento que con Memorial voy saliendo de ese estado de pesimismo de otros tiempos. Mi poesía cambia a partir de ese libro. Es bueno aclarar que los problemas, los obstáculos, los estados depresivos, no hay que verlos como cosas extrañas; sencillamente tienen que ver con la vida que llevamos, aunque yo todavía no sepa qué es vivir. Para mí, en todo caso, sólo se puede vivir en el presente, darnos cuenta de que estamos en el presente. Santa Teresa advertía lo siguiente en torno a las personas: ‘No están enteros en lo que hacen’. Y a su vez Mandelshtam, el gran poeta víctima de Stalin, afirmaba: ‘El aquí y el ahora son regalos que jamás deben menospreciarse’.”

Ahora el poeta se retrae, repiensa, y la tragedia de Mandelshtam lo lleva a otro rincón. “Cada revolución es un retroceso. Jaspers decía que toda revolución produce ‘una conmoción moral y política’. Frente a eso, hay que cuidar la democracia, sistema que permite la circulación de las ideas, incluso de aquellas que la pueden destruir. La democracia asegura la libertad, la diversidad. Unamuno advertía lo siguiente: ‘Me da lástima un pueblo unánime’. Y la uniformidad comienza por el empobrecimiento de la lengua. Ezra Pound recordaba: ‘Si la lengua se corrompe, la sociedad se va a pique’. Y luego Georges Orwell, el autor de 1984, decía: ‘El actual cuadro político se debe a la pobreza del lenguaje’.”

Cecilia cierra su cuestionario con una pregunta sobre la poesía venezolana actual. Al respecto, Cadenas responde: “Es tan abundante, que no la conozco toda. Los jóvenes publican mucho. Me parece que los talleres de escritura han hecho mucho bien: ayudan a acortar el largo camino del aprendizaje”.

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III

La noche del 26 de septiembre, en el Círculo de Bellas Artes, es la más esperada. Se anuncia el recital a las ocho de la noche y, cuando el poeta aparece, ya no hay sillas disponibles. Los que llegan sobre la hora se apelmazan al fondo o hacia los costados. Varios fotógrafos de prensa, otros de ocasión, y algunas cámaras de video se instalan buscando los mejores ángulos. Para evitar una larga escalera de caracol, Cadenas sube por un ascensor hasta la sala. Se abre la puerta y el poeta Ernesto Suárez lo recibe para acompañarlo hasta el presidio. Esos diez metros de recorrido pausado hacen estallar un aplauso unánime: el público lo hace de pie, reconociendo al poeta. Cadenas no entiende por qué tanto alborozo, pero de todas maneras se detiene y agradece. La noche será de una voz única, la suya, atentamente escuchada por todos. Lee poemas de Sobre abierto, de En torno a Basho, de Contestaciones, y luego se vuelve a poemas de libros anteriores. Queda vibrando en el aire un brevísimo poema, casi pincelada en el aire: “No se aparta/ de un zapato de gamuza/ la gota en celo”. La lectura es apenas interrumpida por uno que otro comentario. De Nietzche recuerda esta frase: “El Yo es una ilusión gramatical”. De Goethe rescata una frase que apunta a una poética: “Hay que ir hacia lo objetivo”

El silencio no lo quiebra ni una mosca, mientras la noche se hace más oscura. El público apenas asiente o se maravilla con cada verso: a veces se le escapa el sentido, pero se queda con la belleza; a veces cae en una hondonada, pero luego se recupera con una revelación. Al final, a manera de despedida, el poeta recuerda una secuencia del Anticristo de Nietzche: la estampa en la que se le pide al camello conjugar un verbo y dice: Yo debo; luego al león y dice: Yo quiero; y luego al niño y no dice nada, pues se queda maravillado ante cualquier cosa que vea, como si sus ojos inauguraran el mundo. Algo de niño tiene en la mirada el poeta que pronuncia la última palabra de su recital.

Lea el primer capítulo de “El discreto enemigo”, un libro de Rubi Guerra

Compartimos con los lectores de Prodavinci el primer capítulo de El discreto enemigo, una novela del narrador venezolano Rubi Guerra. Esta novela cuenta la historia de un periodista que viaja a la costa oriental venezolana con la intención de escribir un artículo que promueva el turismo de la zona. Lo que parece un sencillo recorrido por las calles y playas abandonadas se transforma en un thriller policial cuya trama de delitos, enigmas y fracasos son escritas con una prosa rigurosa y poética. La presentación de El discreto enemigo será el domingo 25 de septiembre de 2016, a las 3pm, en la Librería Kalathos del Centro de Arte Los Galpones (Los Chorros) y contará con la presencia de los editores de Madera Fina, la escritora venezolana Ana Teresa Torres y por supuesto el autor del libro.

Por Prodavinci | 21 de septiembre, 2016

rubi guerra

UNO

Línea quebrada del horizonte. Fuego líquido del aire, plateado espejo de agua en la franja negra de la carretera. Acompañado por esas imágenes me interné en la península, el brazo de tierra entre mar abierto y el mar interior del golfo. En la pura luz y en la soledad había casas de barro rodeadas de cercas de cactus. Casas que flotaban en el sol, paredes con tintes desvanecidos en la ondulación del aire caliente hasta el marrón primitivo.

El ventilador giró sobre su eje con parsimonia y arrojó contra mi cuerpo desnudo otra bocanada de aire caliente. Alargué el brazo derecho y con la palma toqué la pared más cercana a la cama. El calor se trasladó a la mano; quedó allí, latiendo. Me levanté, di dos pasos y abrí la puerta del baño. Allí estaba protegido del sol. Introduje la cabeza en el gran barril metálico colocado en el centro del espacio reservado para la ducha −conservaba un residuo de olor a combustible (gasolina o kerosene)−, aguardé unos segundos, cuando ya no me quedaba aire en los pulmones, la saqué, lo que me permitió dejar a un lado la extraordinaria lasitud que sentía y que me había mantenido en la cama sin poder dormir, incapacitado también para levantarme. Luego procedí a bañarme, arrojando sobre mi cabeza el agua que extraía con un recipiente de peltre (algo grasoso, pero no quise pensar en eso) que la previsión de Wilhelm había hecho colocar a mi disposición.

Portada El discreto enemigo

−Pueblo miserable −dije en voz alta mientras me vestía. Antes de estar listo, las gotas de sudor sobre mi piel comenzaron a mezclarse con las de agua que aún no se secaban. Cuando terminaba de amarrarme los zapatos, llamaron a la puerta, dos golpes lentos, espaciados, nada perentorios. Abrí y me encontré frente a la cara sonriente de Wilhelm. Me sorprendí otra vez de su fealdad.

−El señor Sánchez mandó a alguien a recogerlo −dijo con acento extranjero.

−Bien. Ya estoy listo.

Caminamos hacia lo que, haciendo una gran concesión de lenguaje, se podría llamar “la recepción”. Aproveché para mirar de reojo al dueño de la pensión. Su fealdad me fascinaba. Su rostro parecía armado por volúmenes no integrados, como si formaran parte de varias personas: un pómulo más alto que el otro, los arcos superciliares prominentes guardaban poca relación con los ojos pequeños, rasgados y azules, aunque de alguna manera armonizaban con la boca grande y de labios finos incongruentemente colocada en una barbilla puntiaguda, casi infantil. La piel tensa, como si la hubieran estirado sobre los huesos, y de un color cobrizo explicable por los años pasados en estas tierras. Sus largos cabellos grises iban recogidos en una cola de caballo. Calificaba como personaje interesante de este pueblo, aunque tendría que mitigar su fealdad. Como fuese, Wilhelm se comportaba con una amabilidad extrema.

En el vestíbulo, entre muebles de madera y flores de plástico, me esperaba el capataz de Sánchez.

Las pocas horas que llevaba en La Laguna me convencieron de que sería muy difícil sacar algo provechoso de todo esto. Estaba allí para escribir un artículo para una revista, Viajes y turismo, y tendría que conseguirlo aunque debiera inventarme el pueblo, sus habitantes y dos o tres manifestaciones folclóricas pintorescas. Hasta ahora la situación no era muy alentadora. Llegué en la mañana, casi al mediodía, luego de perderme en las carreteras más áridas que había recorrido en mi vida, acercándome y alejándome de costas solitarias, desérticas, en las que se encontraban increíbles acumulaciones de basura y todo tipo de desechos −blanquecinos troncos retorcidos, enramadas de algas secas, envoltorios plásticos de comida rápida, piezas metálicas soldadas por el sol y el salitre, muñecas destrozadas, osamentas animales−; todo lo que la naturaleza y el hombre pueden crear y depositar en una playa se extendía por kilómetros y más kilómetros. La carretera desaparecía por trechos, insidiosamente oculta por la arena, para reaparecer centenares de metros más allá orillando pueblos aplastados por la luz. Vagué en ese limbo, tragando arena, durante varias horas sin encontrar la ruta correcta hasta que un cartel improvisado y casi invisible me mostró el camino.

Llegué al fin y me encontré con este pueblo que parecía abandonado. Nadie en las calles. Detuve mi jeep cerca de una pared desnuda con una pequeña franja de sombra proporcionada por un alero de tejas. Descendí y apoyé un pie contra el muro. De alguna parte distante llegaba música con palabras que no podía identificar. Entre dos casas se veía el mar, primero una línea marrón que supuse la playa y luego el agua azul y verde.

Detrás de una esquina apareció una muchacha con una carga de leña en la cabeza. Caminaba muy erguida: pantalones cortos azules, franela amarilla, rostro negro, delgado, agradable. Sus senos firmes y redondos, de pezones diminutos, se marcaban bajo la tela mojada de sudor. La miré porque no había otra cosa que hacer, y porque era agradable hacerlo. Mientras se acercaba lentamente abrí la cantimplora que tenía en la mano izquierda y di un largo trago. El líquido tibio corrió por mi garganta dejándome un regusto metálico en la boca. La muchacha se detuvo a mi lado.

−Señor, ¿me da agua?

Tomó el recipiente con avidez, luego de dejar la leña a sus pies. La observé con más detenimiento: era realmente bonita y bien formada, a pesar de no tener más de quince años. El agua le corría por la barbilla y el cuello. Secó su boca con el dorso de la mano.

−¿No hay nadie en este pueblo? ¿Dónde están todos?

−Durmiendo. O jugando.

Esta conversación no me conducía a ninguna parte. Decidí cambiar de tema:

−¿Conoces a Dimas Sánchez?

−Sí, todo el mundo lo conoce. Es el jefe de este pueblo.

Ser “jefe de un pueblo” me sonó bastante bien, un poco enigmático, un poco medieval, pero definitivamente atractivo. Yo nunca fui jefe de nada, ni siquiera en mis dos matrimonios terminados por mis ex mujeres cuando les pareció oportuno, cosa en la que tuvieron razón, por supuesto.

Los negros brazos de la muchacha se cubrieron de gotas de sudor. Se escuchó el ladrido de un perro, tan lejano que acentuó la soledad que ya comenzaba a resentir.

La muchacha me miró con curiosidad, como miran los niños a los extraños. Le devolví la mirada con fastidio. Pensé que de La Laguna no podría sacar ni dos cuartillas, y necesitaba cuando menos quince para armar un artículo decente. Considerando que mis gastos se habían reducido al umbral de subsistencia, lo que me pagaran podía alcanzarme para sobrevivir mes y medio. Pero, y allí estaba el problema, el pueblo que me habían vendido como una joya turística no aparecía por ninguna parte, como si un ladrón lo hubiera cambiado en la noche por estas miserables casas de bloque sin pintar, techos de zinc y ausencia de árboles. Y, para colmo, nadie a la vista como no fuera esta muchacha que insistía en mirarme con la fijeza de sus ojos oblicuos, levemente animales.

−Dimas Sánchez es mi padrino −dijo la muchacha cuando ya creía que no agregaría nada más.

−Qué bien −dije sin entusiasmo; suponía que el hombre más poderoso del pueblo sería padrino de todo el mundo−. ¿Y dónde vive? Tengo que hablar con él.

−Por allá, a la salida del pueblo.

El gesto era vago, pero de significado preciso: “por allá” atravesaba la larga calle y se internaba en los bajos montes pelados arrasados de sol.

En ese momento llegó hasta nosotros el ruido del motor de un vehículo. Apareció de repente detrás de una casa y se estacionó cerca del mío. Era una camioneta blanca, una Bronco lujosa y nueva. La muchacha recogió apresurada su carga de leña y se despidió. Antes de que se marchara, descendió un hombre de la camioneta y dijo:

−María, salúdame a tu abuela.

La muchacha movió la cabeza, tal vez asintiendo, tal vez no.

El hombre me miró con una expresión de fastidio en la cara que podía ser reflejo de la mía.

−Es mi ahijada −dijo.

Agregó:

−Usted debe ser Medina. Lo esperaba más temprano, creí que ya no vendría.

♦♦♦

La nueva edición de El discreto enemigo, publicada por la editorial Madera Fina, es una versión revisada y corregida de la novela que fue publicada por primera vez en 2001. Dentro de sus obras destacan El avatar (1986), El mar invisible (1990), Partir (1998), El fondo de mares silenciosos (2002), Un sueño comentado (2004) y La forma del amor y otros cuentos (Premio del IV Concurso de Narrativa Salvador Garmendia, 2010). También es autor de La tarea del testigo (Premio del Concurso de Novela Corta Rufino Blanco Fombona, 2007).

Rubi Guerra nació en San Tomé (1958), estado Anzoátegui, y se desempeña como editor, profesor, periodista y promotor cultural. También es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y es asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná.

Juan Liscano: entre el claror y la edad oscura; por Ramón Ordaz

Pasado el centenario de su nacimiento, no se merece Juan Liscano [Caracas, 1915-2001] el olvido al cual fue confinada su obra y su memoria. Los gestores, cultores, operadores, promotores, funcionarios y un sinnúmero de oficiantes de la cultura nacional pecan de egoísmo o de ignorancia, de amnesia o de la más brutal e imperdonable mala

Por Material cedido a Prodavinci | 8 de agosto, 2016

Pasado el centenario de su nacimiento, no se merece Juan Liscano [Caracas, 1915-2001] el olvido al cual fue confinada su obra y su memoria.

Los gestores, cultores, operadores, promotores, funcionarios y un sinnúmero de oficiantes de la cultura nacional pecan de egoísmo o de ignorancia, de amnesia o de la más brutal e imperdonable mala fe, respecto a ese pasado inmediato nuestro del cual todos somos deudores.

Murió Ramón Sánchez Palomares, el Viejo Lobo, y El Reino, Paisano y Adiós Escuque empezaron a invadir nuestro sueño de nuevo en estas Alegres provincias, porque es así, porque su poesía nos pertenece más allá del patio ideológico donde alambiquen unos y otros. A lo largo y ancho del país se ordenaron merecidos homenajes al poeta que recibió de manos de Carlos Andrés Pérez el Premio Nacional de Literatura en 1975. Entonces era la época del reflujo político de una izquierda que prendió luminarias en la década del sesenta y que, al promediar la siguiente, había apagado sus luces y se había acomodado en el sancta sanctórum de los gobiernos de turno.

En 2006, nuestro último año en Mérida, lo visité en su pent-house, donde se atrincheraba para apartarse del mundo. Después de tomarle unas fotos, le pregunté: “En este proceso, poeta, ante las exigencias del socialismo del siglo XXI, ¿cuál es nuestro papel?” Sin inmutarse, sereno y cordial, fue tajante en su respuesta: “Nuestra tarea es seguir haciendo lo que hemos hecho toda la vida: escribir. Escribir, ésa es nuestra misión”. Incuestionable posición que, seguramente, tiene otros matices según sea el grado de compromiso que adquiera el escritor con las fuerzas políticas en el poder.

No queda exento el poeta, sin embargo, de ciertas recusaciones de parte de quienes veían en su actitud una acomodaticia visión de las circunstancias, la indiferencia ante un país que empezaba a fracturarse. Hecho que pesa, sin lugar a dudas, sobre una cohorte de poetas que claudicaron ante el protagonismo y el cargo público, quienes prefirieron las “bonanzas” del poder, las canonjías, las embajadas, el premio soñado, las ediciones y reediciones de sus obras y los viajes de rigor.

Cualquiera de nosotros, seguramente, acomete versos, pero no todo el mundo es fiel a la palabra que profiere, al sentido oculto, nunca revelado, de una encomienda que pasa por el sacrificio, por el hecho de no rendirse ante los malabarismos del líder circunstancial, porque esa palabra no nos pertenece y la del poeta constituye el traspaso del fuego a generaciones futuras.

No es un dogma, cuidado. Es una absolución, una liberación en su sentido más pleno; porque tiene conciencia también de lo que fríamente sentenciaba Nietzsche en Crepúsculo de los ídolos: “Se paga caro el llegar al poder: el poder vuelve estúpidos a los hombres”, para luego añadir que “la política devora toda seriedad para las cosas verdaderamente espirituales”.

Toda esta referencia al poeta Ramón Palomares viene a colación porque ninguna inocencia hay detrás de la palabra: tanto la que se profiere como la que se silencia, ambas dicen, se vuelven discurso en el ágora.

La contrafigura de esas sumisiones ante el poder fue otro poeta nacido en la segunda década del siglo XX, quien sin provenir de las clases populares, militó siempre en las causas de la cultura en su dimensión universal, ofició en la literatura y, sumariamente, en la poesía, sin dejarse avasallar por los círculos de poder.

Sin la presencia de Juan Liscano la historia literaria de Venezuela quedaría trunca. Nuestra poesía debe a su pluma de crítico y ensayista la proyección y trascendencia que hoy la acredita. La mayoría de quienes actualmente están al frente de las instituciones culturales del Estado, y se alinearon con el ejercicio del gobierno, recibieron o buscaron la palabra consagratoria de Liscano para posicionar sus obras en el panorama de nuestra literatura.

La lista es larga y no vale la pena empañar nuestro homenaje a Juan Liscano citándolos aquí, ya que priva en ellos cierto hedonismo revolucionario, cierta conciencia del ahora o nunca de una “gloria” sobrevenida por circunstancias irrepetibles que jamás obtendrían como fruto de la propia obra. Ante la obsesión y embriaguez de los áulicos, cualquier otra palabra es vana, porque la pequeñez de su origen de clase ahora puede abrazarse a muchas otras pequeñeces en las alturas del poder.

¿Cómo hablar de grandeza en esos ámbitos? Eso lo sabía muy bien Juan Liscano: viniendo de la aristocracia del dinero, optó más bien por labrarse un camino propio en lo que llamó Alí Lameda “el corazón de Venezuela”, en las apartadas y anónimas culturas populares de nuestro país, donde acudió para proyectarlas en su justo valor y visibilizarlas en su autonomía étnica, cuando nuestro país era todavía imagen de lo que expresó Rómulo Gallegos en novelas como Doña Bárbara, Canaima y Cantaclaro.

La Venezuela interiorana será motivo de investigación del joven Liscano cuando regresa, después de haber realizado estudios en Europa. Pionero de los estudios folclóricos en nuestro país, sus investigaciones en este campo marcaron un rumbo inédito después de la segunda mitad del siglo XX en esta materia. Sin necesidad de remover archivos, hay que poner de bulto la trascendental Fiesta de la Tradición realizada en el Nuevo Circo de Caracas, a propósito de la toma de posesión como Presidente de la República del escritor Rómulo Gallegos, en 1948.

El promotor, artífice y arquitecto de esa histórica e inolvidable jornada fue el poeta Juan Liscano. Y entre los asistentes a este evento estuvieron el poeta norteamericano Archibald McLeish, el intelectual y crítico cubano Juan Marinello, el académico y poeta español José Bergamín, el antropólogo cubano Fernando Ortiz, el escritor colombiano Germán Arciniegas, entre otras figuras.

El poeta, periodista y novelista Antonio Arráiz registró para El Nacional el acontecimiento, de cuyo testimonio el siguiente párrafo es más que elocuente:

“Yo me complazco en recoger este síntoma optimista; y me felicito de que el éxito alcanzado por el festival folklórico se deba, en primer término, a uno de los amigos que más estimo, a ese Juan Liscano que, desde hace años, internándose en el corazón de la Patria, con sus libretas de apuntes, sus aparatos de grabar discos, su devoción y su vitalidad, en medio de la indiferencia de muchos, la incomprensión de casi todos y el aliento cariñoso de unos pocos, venía ahondando lentamente en esos veneros del arte popular que el martes saltaron a la luz pública en el Nuevo Circo” (1)

Ese día el poeta Juan Liscano descorrió el velo de una Venezuela desconocida hasta entonces. Subía por primera vez al escenario nacional lo más granado de la cultura popular de las distintas regiones del país. Otra Venezuela, marginal hasta ese momento, ahora claror y fundamento de la nacionalidad, hizo presencia con sus distintas expresiones, gracias a la desinteresada pasión y vocación de Juan Liscano. Tan solo por este inocultable hecho, su obra es digna de un reconocimiento nacional. En solitario, el poeta estaba haciendo patria, estaba mostrándole al mundo nuestro originario y auténtico acervo cultural.

La proyección y legitimidad que hoy acredita a nuestros cultores populares es obra también de Juan Liscano. Desconocer su labor en este sentido es un acto mezquino que desdice mucho de la Venezuela populista de hoy. Pero donde Liscano ejerció con notoriedad su magisterio, edecán por encima de muchos, fue en la misión literaria que asumió, ya como poeta, ya como crítico, ya como promotor, ya como ensayista.

Fue, antes que nada, un poeta en el sentido cabal y universal del término. Con palabras de Rubén Darío, pudo haber dicho “Como hombre, he vivido en lo cotidiano; como poeta no he claudicado nunca, pues siempre he tendido a la eternidad”. En ese norte se movió siempre; en sus últimos años la obsesión poética lo enrumbó por derroteros difíciles, como buscando absolución en los parajes desolados de la existencia, donde tal vez ya no esté el hombre, pero sí la esencia fundacional de la vida manifestándose en lo simplemente material, ante “Un mundo donde calló el verbo/ inútilmente hablador” (2), perdida su palabra en una otredad diaspórica, en la que ya no importan nombres y cosas, porque “En vano hubo huellas/ muchedumbres/ devastaciones/ en vano ardieron los hornos/ fueron transformados los metales/ reinventados los vuelos/ domesticadas las aguas/ amaestrado el fuego/ En vano/ en vano/ Ahora un árbol caminante/ está fundando nuevas estirpes/ con la espuma”. (3)

Esa iluminación a la que consagra su pasión de poeta, esa faceta clave de su vida la sintetiza el crítico Oscar Rodríguez Ortiz, uno de los más puntuales estudiosos de su obra: “El resultado fue distinto: descubrió al “pueblo”, se encontró poeta. Lo ha relatado varias veces: en un arrebato semejante a una crisis personal o a una conversión, rompió con su clase, la ciudad, su novia, para que se revelara en el medio campesino lo que estaba buscando” (4). Buscó, encontró y trascendió muchos de sus objetivos. Cantó nuestras primeras cosmogonías, su verbo poético exaltó nuestros mitos de origen, nuestra gesta patriótica tuvo en él el esmerado puntillismo, el incómodo bajorrelieve de una historia llena de reveses; nuestra odisea del petróleo alcanzó consagración literaria con su poema “Esto ya fue una vez”; el erotismo en nuestra poesía tiene en Cármenes uno de sus libros fundamentales. Ya hemos anotado los que fueron sus últimos derroteros temáticos, entre los que cabe mencionar también Domicilios (1986) y Resurgencias (1988-1991), libros en los que el sujeto lírico indaga en sus antepasados, en los rincones del patio familiar que hizo posible esa presencia suya en el campo de la poesía, colmados de confesiones, tal vez, innecesarias. Juan Liscano se distinguió como un intelectual  polémico al no dejarse arrastrar por la ola de las circunstancias de las distintas épocas que le tocó vivir. Cuando tuvo que ceder y convivir entre uno y otro conflicto, lo hizo sin que ello rebajara un ápice la dignidad y estatura de su condición de hombre de la cultura, dicho unamunianamente. Pero en su historia poética hay un libro capitular, una obra que señala un rumbo, un punto de quiebre en nuestra historia literaria y cultural, un poemario que hoy nos resulta profético, anunciador de una Venezuela que empollaba una tragedia, un lapsus dramático en su referencia política. Esa aventura venezolana de la década del sesenta que empezaba a cerrarse, próxima a un fin de capítulo, no escapó al registro poético de Juan Liscano. Una década turbia, compleja, rica en expresiones de las más diversas cataduras artísticas, floreciente de sueños y utopías, de improvisados asaltos e inocencias en un mismo vagón, de pasiones desbocadas por el relámpago de un sueño, de insólitas y evanescentes concreciones de una generación alucinada por los estupefacientes, de un paraíso virtual condenado a caer de bruces ante la generación sucedánea. Es así, quiérase o no, la realidad ha sepultado buena parte de esos mitos del pasado, sin que podamos desconocer que muchos de ellos se han metamorfoseado para coexistir en un presente de incertidumbres. En su firmamento se divisaban experiencias y hechos que conferían el sello de identidad de esa década singular.

Época de atentados y asonadas militares en nuestros cuarteles, de movimientos guerrilleros en las montañas, mientras que en nuestras ciudades se activaba el mito de la revolución; década en la que mueren dos íconos del arte, Marilyn Monroe y Edith Piaf; son asesinados los hermanos John y Roberto Kennedy; asimismo, en Memphis, Estados Unidos, el Premio Nobel de la Paz, Martin Luther King, y en Bolivia Ernesto Ché Guevara, son víctimas de las hostilidades de su tiempo; los viajes al espacio interestelar comienzan a dar resultados: el Apolo 11 desciende sobre el suelo lunar; los irracionales bombardeos en Vietnam erosionan la imagen y la política internacional de Norteamérica; China y la URSS se distancian; la banda de Los Beatles seduce a la juventud del mundo; un militar de tendencia socialista, el general Juan Velasco Alvarado, asume el poder en Perú después de derrocar al Presidente Belaúnde Terry; al final de la década arrecian las luchas estudiantiles en nuestro país, inspiradas en parte por la gesta universitaria del Mayo francés del 68 y por los estudiantes de la Universidad de Berkeley. Década crítica; década bisagra; de inflexión para dar paso al desencanto de la siguiente, a un largo receso respecto a las agitaciones de la anterior. Nos referimos a Edad oscura (1969) (5), poemario síntesis y expresión de una época que aparcaba en su viaje final en los terrenos del desasosiego y de lo incierto.

Después de tantas refriegas, quedaba el trasnocho sin casa adonde ir, un cielo fosco que empañaba los horizontes; la nada cotidiana marcando la pauta de todo extravío en una vaharada de desalientos suspendidos en el espacio-tiempo, vertidos en un monólogo insípido, sin norte, entronizado en la náusea sartreana, ese camino de espejismos y alucinaciones que consumía el diario vivir de Antoine Roquentin. Liscano dirá en “Experiencia borgeana y el horror por la historia”: “La terrible e inmanente existencia del mundo natural no necesita de nosotros ni de las obras de la cultura para ser, nacer y morir, reproducirse, transformarse, trascenderse” (6). Siempre fue coherente con sus fundamentos teóricos, con los juicios que suscribía producto de sus indagaciones. Se inicia Edad oscura con el poema “En el vestíbulo”, singular introducción en el laberinto de un país que buscaba salir de este. Desencantado, confundido, en la antesala del tiempo en contra, fijará su desconcierto en los versos finales: solo y perdido de antemano el hombre,/ el hombre del zaguán,/ frente a todas las entradas libres,/ frente a todas las salidas vivas (7).  La soledad por delante y un universo de posibilidades como una tirada de dados. El poema siguiente, el que da título al libro, “Edad oscura”, deja evidencia de la devastación de una época que remaba hacia la cruel repetición:

Época de milicianos, de militantes, de militares,
de partidos, de quebrados, de parciales.
Respiramos un aire de exilios y de desastres.
Navegamos hacia latitudes favorables a los ciclones.
Cada amanecer lleva en sí el anuncio de una ejecución.
(8)

Versos más adelante aparecerá la angustia sartreana como viñeta que identifica a una generación que agotaba todas las formas de existencia, enredada y cautiva en un menestrón de teorías e ideas que la llevarían, como a todas las anteriores, a un callejón sin salida. Angustia como polvo del tiempo./ Angustia de no poder ser hombre./ Angustia de negarnos cotidianamente./ (9), sentenciará como anáfora del sinsentido que ayer como hoy lo mina todo. Insinúa el poeta un viaje en la búsqueda de la completud de la pareja, de un punto de unión y liberación en su recorrido por los más contrastantes espacios. Canta la otredad de las cosas, del acontecer ante el otro: “escóndete en mi huella/ mientras yo me escondo en tu ausencia” (10), porque lo recurrente es una constante disolución del mundo exterior. En “Homicidio” un verso patentiza la tragedia: “Hay quienes matan disparando con el índice extendido” (11),  para más adelante concluir: “Un día cambiarán el dedo por el gatillo” (12). Simulación y desamparo siguen su marcha en las páginas de Edad oscura. El puro acontecer del tiempo empieza a imponer sus “leyes”. “El fondo de la experiencia de la “náusea” –advierte Claude Edmonde Magny- es la revelación brusca de que las cosas pueden ser cualquier cosa, que no son esencias estables, permanentes, inmutables, como lo creemos; la aparente estabilidad que ofrecen a nuestra mirada es ilusoria y puede desvanecerse de un momento a otro; en verdad, si no cambian, esto se debe a su pereza, o a la nuestra” (13). Es este el plano inhóspito en el que transcurre el tiempo del sujeto lírico de Edad oscura, porque la cosificación avanza en todos los sentidos, más terrorífica si pensamos en la cosificación política del presente. Esta inquietud será el pathos reincidente en su obra posterior. Concurren en esta obra de Liscano temas y obsesiones que nunca abandonará en su cosmovisión de poeta. Si algo queda claro en su poesía es que carece de optimismo, que en el horizonte, próximo o lejano, la vida fracasa, no por la muerte, sino por la sordidez del tiempo que lentamente engulle todo, por el deterioro que enmascaran las utopías, pero que al final el silencio y la nada son invencibles. En tiempos de carestía y miserias generadas por el hombre utópico, no solo padece hambre este, sino también aquellos seres cercanos y domésticos como los animales. El poema “Los perros” es la síntesis de esta simbiosis indiferenciada:

Los perros ladran en la noche
celebran su ritual funerario
son los hocicos babeantes de la noche
la dentadura hambrienta de las tinieblas
los ojos del terror primitivo
los cancerberos con escamas resoplando fuego frío
las hienas que salen de los sótanos
donde se pudren alimentos y se amontonan detritus
son enormes ratas hidrófobas
ladrando en la sombra que las engendra
bestias del hambre y de la sarna
que rondan con su fúnebre aullido
con su peste desvelada con su cadáver andante
la presencia y el presente que somos.
(14)

Perros y hombres confundidos en su hambre, abatido por la “edad oscura” el poeta se afana en resarcirse, busca el claror, esa soledad de dos que no deja de ser soledad por más que invente el amor; única opción después de todo, aunque al final del túnel lo espere otro fracaso, porque para vivir necesario es hacerle fintas a la Existencia, y optar, aunque sea transitoriamente, por la decisión del doctor O’Connor de El bosque de la noche: “Colgó su paraguas del borde del bar. ‘Pensar da náuseas’, dijo al barman. El barman asintió”. Esa figura en la barra, en nuestro caso el caballero poeta Juan Liscano, escribe en la semioscuridad reinante los últimos versos de su poema “Sobre hombres y cosas”:

Escondo en ti mi llama
me enguarimbo toco el árbol mágico
contra los que me persiguen.
En un mundo de cosas sublevadas
vengo a recogerme en ti para librarme
vengo a brindarme a ti como una guarida
vengo para que nos cubramos el uno al otro
y nos quedemos así un rato
en soledad feliz
libres y desposeídos
en medio del fragor y de la tormenta
de la lluvia negra
desnudos y confiados
en una cosa nueva pero semejante a sí misma.
(15)       

[NOTAS]
(1) El Nacional, Caracas, viernes 20 de febrero de 1948
(2) Juan Liscano. Fundaciones. Caracas: Monte Ávila Editores, 1981,  p.23
(3) Ídem, pp. 73-74
(4) Oscar Rodríguez Ortiz. “Descripción de combates” (Prólogo). Juan Liscano. Fundaciones, vencimientos y contiendas. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1991.
(5) Juan Liscano. Edad oscura. Caracas: Ediciones Zona Franca, 1969
(6) “Experiencia borgeana y horror por la historia”. Fundaciones, vencimientos y contiendas, p. 201
(7) “En el vestíbulo”. Edad oscura,  p. 13
(8) “Edad oscura”.  Ídem,  p. 17
(9)  Ídem,  p. 18
(10) “Cacería”. Idem, p. 47
(11) “Homicidio”. ,  p. 57
(12) Ibíd,  p. 58
(13) Claude Edmonde Magny. “Sartre o la duplicidad del ser: Ascesis y mitomanía”. Ensayo sobre los límites de la literatura. Caracas: Monte Ávila Editores, 1971, p. 92-93
(14)  Juan Liscano. “Los perros”. Edad Oscura, p. 107
(15) “Sobre hombres y cosas”. Ibíd, pp. 81-82

La importancia de la literatura en el derecho; por Ramón Escovar León

Los antiguos, que habían comprendido casí todo, sabían que puede existir poesía en el acto de legislar; no casualmente muchos mitos expresan que los poetas también fueron los primeros legisladores. Claudio Magris La literatura constituye un valioso apoyo en la interpretación de los asuntos jurídicos complejos. Esto se advierte de la lectura de obras tanto

Por Ramón Escovar León | 28 de julio, 2016
Fotograma de El proceso. Orseon Welles, 1962

Fotograma de El proceso (1962)

Los antiguos, que habían comprendido casí todo, sabían que
puede existir poesía en el acto de legislar; no casualmente
muchos mitos expresan que los poetas también fueron
los primeros legisladores
.

Claudio Magris

La literatura constituye un valioso apoyo en la interpretación de los asuntos jurídicos complejos. Esto se advierte de la lectura de obras tanto de la literatura universal como nacional, de las cuales es posible extraer elementos jurídicos para reflexionar sobre la relación que hay entre ellos. De manera que en la enseñanza del Derecho se pueden utilizar novelas, cuentos, crónicas, poemas, teatro y ensayos literarios para ampliar la visión sobre los casos de estudio. Por ejemplo, de El mercader de Venecia, de Shakespeare, se pueden extraer elementos que permitan estudiar los temas de la interpretación de los contratos y de la confrontación entre la interpretación literal de la ley y la búsqueda de la justicia; de El proceso de Kafka, aquellos que permitan estudiar los enredos que ocasionan las visiones formalistas y burocráticas de lo jurídico; de Doña Bárbara, de nuestro Rómulo Gallegos, se puede estudiar el asunto de los linderos que se conecta con temas como los juicios de deslinde y la acción reivindicatoria. La lista es interminable, pero –por ahora- basta con lo señalado. En todo caso, y como puede notarse, hay una conexión entre literatura y ley más estrecha de lo que parece a primera vista.

La relación entre Literatura y Derecho se ha visto, en la doctrina nacional y extranjera, desde tres perspectivas: el Derecho como literatura, la literatura en el Derecho y el Derecho en la literatura. Esta manera de abordar el tema ha sido tratada, entre muchos, por James Boyd White, Richard Posner, Ronald Dworkin, François Ost, Claudio Magris, Pedro Talabera y, en Venezuela, por la profesora Cosimina Pellegrino, quien inició estos estudios en el postgrado de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Central de Venezuela. De notable importancia en esta materia son las reflexiones de Martha Nussbaun plasmadas en su obra Justicia poética, en la cual destaca que la imaginación de los jueces y juristas se puede desarrollar por medio de la literatura, y que esta puede estimular la agilidad mental del abogado.

Ahora bien, estas tres maneras de ver la relación entre Literatura y Derecho consiste resumidamente en lo siguiente: el derecho “como” literatura sugiere una interpretación literaria de la ciencia jurídica. Y es en el ámbito académico norteamericano donde ha tenido su mayor desarrollo. La literatura “en el Derecho” se refiere, como enseña Pedro Talavera, a “la presencia de una importante dimensión narrativa, incluso mitológica, en lo jurídico, que viene propiciada por la trascendencia que ha adquirido en el Derecho los principios (a través de la Constitución) y la jurisprudencia creadora (a través de la interpretación)”, y es en Europa donde ha tenido su impulso. Y, finalmente, el Derecho “en la literatura” se refiere a las obras literarias con sustrato jurídico, como ocurre con el Quijote, donde se encuentran numerosos ejemplos de violaciones a la justicia que el “Caballero de la Triste Figura” se ocupa de enmendar.

Lo que planteo aquí está relacionado, más bien, con la tercera postura que funciona como un espejo que refleja temas jurídicos en la literatura y, por eso, permite reflexionar sobre cómo puede la literatura contribuir a ampliar la imaginación y los criterios de interpretación de jueces y abogados. No obstante, es oportuno destacar que las diferencias entre la literatura y el Derecho son sustanciales. En primer lugar, el discurso jurídico es formalista, dogmático y se fundamenta en hechos concretos, lo que no deja mayor espacio para la imaginación. El discurso literario, por el contrario, se ampara en la imaginación y la creatividad. En segundo lugar, el mundo jurídico se basa en las conductas concretas de las personas a quienes se les atribuyen derechos y deberes. En cambio, la literatura cultiva la ambigüedad de sus personajes. Así ocurre en Papá Goriot, el protagonista de Balzac, puede ser un débil ante las ambiciones de sus hijas, o, más bien, un padre generoso y desprendido, según el punto de vista desde el que se mire.

Existen numerosos trabajos literarios que han utilizado nociones jurídicas. Walter Benjamin, por ejemplo, reflexiona sobre la violencia como fuente del Derecho en su ensayo titulado Sobre los orígenes de la violencia, que no vaciló en calificar de seminal.  También lo hace Sófocles en Antígona; Dostoievski en Los hermanos Karamazov, además de la señalada mención a Cervantes y su Quijote, donde uno de los temas fundamentales es la justicia y la libertad; esto solo por nombrar algunos de los casos más representativos de la literatura universal.

Mención particular merece para los venezolanos la citada obra de Kafka,  El proceso, obra que recoge literariamente lo que ocurre en los tribunales, mientras narra la historia de Joseph K. Lo que sucede en la novela es paradójico y hasta inverosímil, porque en el juicio seguido al personaje principal se invierte la carga de la prueba y también la presunción de inocencia. Joseph K es culpable porque sí y todo su caso se desarrolla al amparo de estos enredos incomprensibles. En los sistemas de Derecho, bien sea del Derecho común o del Derecho civil, toda persona se considera inocente salvo que se pruebe lo contrario. Sin embargo, en esta obra de Kafka, la situación es al revés. Además, no puede haber un delito si no está previsto en la ley (nullum crimen, nulla poena sine legge), pero esto tampoco funciona para Joseph K. Ante tal situación, el personaje no ve otra opción que apelar a influencias y a procedimientos reñidos con lo jurídico. El asunto no se resuelve, entonces, con la recta interpretación de la norma jurídica. Algo así ocurre en las sociedades donde impera la arbitrariedad y el abuso de poder.

En el sistema judicial, K no encuentra otra cosa que una burocracia pesada, corrompida, y el proceso se convierte en el primer obstáculo para la realización de la justicia. En verdad, podemos leer la novela de Kafka como una metáfora del rostro sombrío, contradictorio y absurdo de la justicia. Y estas enseñanzas son las que permiten a los venezolanos entender los juicios que se siguen a los presos políticos de la era chavista: procesos sin pruebas y cargados de formalismos que sirven para perseguir y restringir derechos. Siendo así el asunto, los juicios seguidos a la juez María Lourdes Afiuni y a Leopoldo López permiten evocar a Kafka como evidencia que en los sistemas arbitrarios la ficción literaria se puede convertir en realidad.

Sobre la base de lo señalado, es posible concluir que estudiar asuntos jurídicos a partir de casos tomados de la literatura puede fortalecer la imaginación y la creatividad para mejorar la interpretación y comprensión del Derecho y la búsqueda de la justicia.  Por eso es conveniente que los estudios de Literatura y Derecho se deben incluir en los cursos de pregrado de nuestras Facultades de Derecho para ampliar y mejorar la capacidad argumentativa y expresiva de los abogados.

Día 4. Decir la palabra ‘gracias’; por Antonio López Ortega // #RafaelCadenasEnGranada

Este post es el cuarto de la serie #RafaelCadenasEnGranada, escrita por Antonio López Ortega sobre la visita del poeta venezolano Rafael Cadenas a la ciudad de Granada, en España, como ganador del XII Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca. Si desea leer la entrega correspondiente al Día 1, haga click acá. Si desea leer la entrega correspondiente al día 2 haga click acá y, para leer la entrega correspondiente al Día 3, haga click acá.

Por Antonio López Ortega | 24 de mayo, 2016
Día 4. Decir la palabra gracias; por Antonio López Ortega #RafaelCadenasEnGranada 640

El alcalde de Granada, Francisco Cuenca, y Rafael Cadenas, quien sostiene el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca. Fotografía de Nela Ochoa.

I

Un diario granadino comenta que el poeta Cadenas no ha asistido al acto con traje de etiqueta, pero quien firma la nota obviamente desconoce muchas cosas. Y para comenzar la propia poesía del maestro, que ha jugado siempre al  desprendimiento, al despojamiento.

Volvemos al Centro Federico García Lorca, que es donde se hará la premiación. En la pantalla de fondo domina el color rojo, con un dibujo superpuesto de García Lorca, pero también el entablado del escenario lleva una alfombra roja. Toda la escena proyecta una elegancia austera. Un ramo de flores hace las veces de mascarón de proa de la única mesa larga, donde hay tres puestos bien dispuestos, y hacia el extremo izquierdo hay un podio, que también exhibe otro ramo de flores en la base. En la mesa se terminarán sentando el Alcalde de Granada, un miembro del Cabildo y un representante de la Junta de Andalucía.

Un moderador con pajarita llama a Cadenas, quien sube al escenario por una escalerilla central. Segundos antes se ha anunciado que es el ganador del Premio Internacional de Poesía García Lorca 2015, y el público sigue aplaudiendo mientras el poeta sube por los escalones. Se dirige directamente al podio, porque así se lo señala el moderador, pero ha dudado antes, porque le parecía propicio saludar a las autoridades del presidio. Cuando finalmente llega al podio y se vuelve para ver al público cara a cara, se da cuenta de que el público todavía aplaude, algunos incluso de pie, y guarda silencio con una sonrisa leve.

II

Cadenas saca del bulto unos papeles y los ordena. Alza los ojos hacia el público que ahora enmudece y emite estas primeras palabras: “Este premio es un inmenso honor del que no he podido recuperarme. No se me malentienda: es que me ha conmovido sobremanera. Debo decir gracias. Una vez más tengo que usar esta palabra incansable”.

Ya el enunciado marca el tono de su discurso: pausado, meditativo, humilde. Luego se extiende:

“El premio significa mucho para mí, para los poetas venezolanos y para mi país, que está sufriendo más de lo soportable a causa de una crisis total de la que es responsable el actual régimen. Pero no voy adentrarme en esto, por lo demás muy sabido aquí. Ya habrá otra ocasión para hacerlo. Hoy es la poesía la que nos convoca con toda la gravitación, la sencillez y la generosidad de Granada”

Justo un enunciado para contextualizar un premio que se da en una semana apremiante y dolorosa, llena de malas noticias.

Quizás por deferencia con el público, Cadenas comienza a rememorar su lecturas españolas de cuando tenía catorce o quince años: Cervantes, León Felipe, Antonio Machado, Juan Ramón Giménez y, por supuesto, Federico García Lorca y sus compañeros de generación, sobre todo Rafael Alberti y Pedro Salinas, y un poco después Jorge Guillén y Luis Cernuda. “Ellos han sido mi base, también para la prosa. Luego la vida me llevaría a dar clases de poesía española durante 37 años en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela”.

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Rafael Cadenas lee su discurso ante las autoridades y asistentes a la ceremonia de entrega del Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca. Fotografía de Nela Ochoa.

Rafael Cadenas amplía esa relación de décadas:

“La primera vez que leí poemas en la Residencia de Estudiantes de Madrid, hace muchos años, sentí que estaba en un lugar entrañable. Después he regresado y he tenido el mismo sentimiento, que no puedo llamar sino de reverencia, porque alojó a esos poetas y presentó a muchas otras personalidades de la cultura, tanto de España como de otros países. De la generación del 27 refulge Federico García Lorca, por haber remozado las formas tradicionales del poema, profundizándolas, por la hondura trágica de su voz, por ser un mártir de la libertad. Pero él es más vasto que su imagen usual”.

El tiempo se vuelve poroso; el silencio, espectral. Un poeta, frente a un micrófono que parece un acento del aire, embelesa a la audiencia con su única voz. Nadie tose, nadie respira. Es un ambiente de contención, de admiración. La lengua envuelve todo el sentido, las palabras parecen peces vivos que flotan. Por un momento las desgracias han quedado fuera, para que el sentido de humanidad crezca, para que la vida muestre lo mejor de sí cuando la concordia gana los ánimos.

Las últimas palabras del maestro tocan aspectos esenciales:

“En realidad, no sabemos lo que es la poesía, pero la reconocemos cuando aparece, sea en el vivir, sea como escritura. Por eso se desliza en todos los terrenos y en todos los géneros. A veces, paradójicamente, no está en el poema. Hay épocas en las que la prosa dice más que la poesía, porque ésta que es un milagro no aparece. Oigamos una estrofa de San Juan de la Cruz cuando interroga a las criaturas: ‘Y todos cuantos vagan/ de ti me van mil cosas refiriendo/ Y todos más me llagan/y déjame muriendo/ un no sé qué que quedan balbuciendo’.”

III

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Rafael Cadenas, con el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca. Fotografía de Nela Ochoa.

El poeta concluye y se produce el mismo efecto del comienzo: el público se pone de pie y no para de aplaudir. Granada se rinde ante la poesía del maestro y, por extensión, ante la poesía venezolana de los últimos tiempos, una de las mejores del continente verbal, aunque en muchos casos se desconozca. Cadenas es uno de nuestros grandes embajadores, pero no el único. Detrás de él, o a su lado, están Montejo, Sánchez Peláez, Gerbasi, Enriqueta Arvelo, Ramos Sucre, por sólo hablar de los que ya se han ido. Llegar a este momento tiene un hálito de construcción, de suma, que todos hemos hecho posible. Es el país que expone su imaginario, que exalta el paisaje, que describe nuestras formas de amar, pero también nuestros ritos de despedida cuando le decimos adiós a los muertos.

El contraste es evidente y es el que salta a la luz para el espectador más desprevenido. Por un lado, el aire de las alturas, la conquista del espacio verbal, la excelencia llevada al extremo; por el otro, el destino de podredumbre, nuestras miserias históricas, las taras que nos congelan los tiempos que ya deberían ser los nuestros. Un poco de poesía, entendida como el baño que necesitan las almas, se hace necesario para el otro país que muere de manera inmisericorde. Que las palabras celebratorias atraviesen el océano como una transfusión, que la poesía no sea sólo la de las páginas que nos encierran en mundos imaginarios sino también la de la vida más terrenal que alimentas sonrisa, genera caricias o nos hace ser cada día más humanos y conscientes del valor de la libertad.

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Día 2. La noche de Luis García Montero; por Antonio López Ortega #RafaelCadenasEnGranada botón

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Día 3: La hora del degüello; por Antonio López Ortega // #RafaelCadenasEnGranada

Este post es el tercero de la serie #RafaelCadenasEnGranada, escrita por Antonio López Ortega sobre la visita del poeta venezolano Rafael Cadenas a la ciudad de Granada, en España, como ganador del XII Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca. Si desea leer la entrega correspondiente al Día 1, haga click acá. Si desea leer la entrega correspondiente al día 2 haga click acá. Para leer la entrega correspondiente al Día 4, acá.

Por Antonio López Ortega | 21 de mayo, 2016

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I

Hacia fin de tarde se anuncian dos importantes recitales, de cinco poetas cada uno. Algunos nombres ya son conocidos; todos los ponentes están en la medianía de edad. A estas alturas, el Festival se muda de la Universidad de Granada al imponente Centro Federico García Lorca, notable mole arquitectónica que se eleva con su modernidad de quiebres en plena Plaza de la Romanilla. Es la primera vez que el Festival se muda a la sede que le corresponde, y por la que ha tenido que esperar varios años.

Gordon McNeer. Fotografía de Nela Ochoa

Gordon McNeer. Fotografía de Nela Ochoa

En la primera mesa lee el poeta español Manuel Gahete. Un primer texto rememora la muerte de un amigo: “ojalá me halle pleno y vivo con tu dolor”; un segundo se atreve a hablar de la patria: “merecieran mis ojos tu desprecio”; un tercero habla del amor y cierra con esta frase: “soy otro desde que me miré con tu mirada”.

Gordon McNeer es un poeta norteamericano con mucha presencia en España, y casi bilingüe. Comienza leyendo un poema dedicado a una serie de muertos reconocidos: Keruoak, Plath, Hendrix, Cobain, etc. Lo titula “Los hijos de Bob Dylan” y discurre sobre el peso de la muerte en la creación. Luego dedica un segundo poema al narrador salvadoreño Jorge Galán, quien pronto publicará en España una novela cuyo referente es el asesinato de los seis sacerdotes jesuitas. Después de describir el episodio, el poema termina con esta imagen: “Sólo la luna sospechaba la verdad”.

II

En ciertos quiebres, todavía asoma el cuello esa poesía lastimosa latinoamericana que apela por la comprensión o el consuelo. Pueden ser justas las causas, por supuesto, pero al final el poema se evapora por la propias causas a las que se refiere. No importa si la poesía es buena o mala (generalmente mala), porque el oyente se queda con el dolor. La “note exotique” de la que hablaba Valery Larvaud a comienzos del siglo XX sigue alimentando al público europeo.

Antonio Riccardi. Fotografía de Nela Ochoa

Antonio Riccardi. Fotografía de Nela Ochoa

Lo importante, lo clave, como recordaba Guillermo Sucre en La máscara, la transparencia, no es tanto inventariar el ser como hablar de la invención del ser. Pero ese salto no todos lo dan.

III

La segunda mesa se inicia con el poeta italiano Antonio Riccardi, un notable escritor por su hondura, precisión y armazón conceptual. Se diría una poesía de la contención, en la que el sentimiento no aflora sino que se reproduce como un eco en el oyente o lector. Un primer poema gira en torno a una imagen penetrante: una mosca atrapada en una masa de ámbar. Luego lee un segundo de un personaje que siempre quiere estar detrás de los árboles; la extrañeza que provoca ese aprensión no desaparece ni siquiera en el último, sino que queda revoloteando. Hay un tercero que se centra en los hábitos de una nadadora de gorro rojo, que quedándose fuera del agua “hace crecer su origen de sirena”.

Al concluir Riccardi, le sigue su coetáneo Conrado Benigni, un poeta muy conceptual, diríase riguroso, con poemas que son más juegos de ideas y menos imágenes o sentimientos.

Corrado Benigni. Fotografía de Nela Ochoa

Corrado Benigni. Fotografía de Nela Ochoa

Una extrañeza ha sido el poeta iraquí residente de España Abdel Hadi Sadum, que lee sus poemas en lengua original y luego en español, con traducciones propias. Un poema sobre peces muertos se hace al final una pregunta ingeniosa: “¿En qué piensan los peces si no pueden narrar?”

El español Pedro Larrea discurre por registros variados, con algunos poemas más llamativos que otros. Cierra un poema amoroso con esta asertiva afirmación: “Nadie escucha sangre propia en pulso ajeno”.

La mesa cierra con el antropólogo cultural, poeta y traductor norteamericano Renato Rosaldo, que se mueve con humor e inteligencia entre poemas que refieren elementos de la cultura popular, la vida en las urbes y otras asociaciones impensables. Títulos como “Rezo a la mujer araña” o “Santa mosca” ya dan cuenta de sus exploraciones.

IV

Abdel Hadi Sadum. Fotograía de Nela Ochoa

Abdel Hadi Sadum. Fotograía de Nela Ochoa

La noche concluye con un recital unipersonal del poeta mexicano Marco Antonio Campos, cuya pausada lectura es casi hipnótica. Nos lleva del amor por México a un recuerdo de Montreal, o de una vieja imagen de los padres a un parque forestal de Chile. Poco importan las maneras o los temas al lado del sugerente lenguaje, de la finura expresiva, de la hondura de lo que se evoca. De pronto se pregunta al cierre de un poema: “¿Cómo saber si lo vivido fue?”, o salta de un estadio a otro para afirmar: “Oigo el canto de un mirlo a la hora del degüello”.

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Día 2. La noche de Luis García Montero; por Antonio López Ortega // #RafaelCadenasEnGranada

Este post es el segundo de la serie #RafaelCadenasEnGranada, escrita por Antonio López Ortega sobre la visita del poeta venezolano Rafael Cadenas a la ciudad de Granada, en España, como ganador del XII Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca. Si desea leer la entrega correspondiente al Día 1, haga click acá. Para leer la entrega correspondiente al Día 3, haga click acá, y para el Día 4, acá.

Por Antonio López Ortega | 19 de mayo, 2016
Día 2. La noche de Luis García Montero; por Antonio López Ortega #RafaelCadenasEnGranada 640

Remedios Sánchez, directora académica del Festival Internacional de Poesía de Granada; y los poetas Luis García Montero y Fernando Valverde. Fotografía de Nela Ochoa.

I

Todos esperan a Miguel Ríos, esa voz única del rock español, muy cercano a la poesía para quien conozca las letras de sus canciones. Compartirá mesa con el poeta Luis García Montero, uno de los homenajeados del Festival. Son amigos, diríase contertulios, desde hace muchos años. Así que la mesa promete en anécdotas y confidencias. Pasan algunos minutos y Remedios Sánchez, directora académica del Festival, debe anunciar que Miguel no podrá llegar. Una urgencia de última hora lo ha retenido en Madrid. En su ausencia, sube al escenario el joven poeta Fernando Valverde, codirector, quien comienza a conversar con García Montero.

Fernando Valverde

Luis Valverde, quien sustituyó a Miguel Ríos en el escenario del Festival Internacional de Poesía de Granada. Fotografía de Nela Ochoa.

La camaradería de muchos años les permite ir al grano, pues lo que fue en sus inicios una relación entre profesor y alumno se ha convertido hoy en una muy otra entre amigos. Valverde recuerda a aquel profesor que daba clases a las 3 de la tarde, una hora impublicable para los hábitos andaluces. Y sin embargo, recuerda, el salón se le llenaba y los discípulos terminaban sentados en el suelo: era una atracción desde entonces. Dice luego Valverde: “Ha sido un privilegio ser su alumno. Y aún más su lector. A mí me marcó mucho Habitaciones separadas”.

Una pregunta sobre la relación del homenajeado con el gran Rafael Alberti, le permite a García Montero ordenar sus ideas. Y más o menos dice:

“La poesía es un compromiso cívico. Y la poesía es también un género hospitalario. Granada, por lo demás, es una ciudad marcada por la poesía. Pensemos en los muros escritos con poemas de la Alhambra, en la poesía arábigo-andaluza, en Boscán, en la poética de Garcilaso, en Luis Rosales, y por supuesto en García Lorca”.

Y luego agrega:

“Granada queda en silencio con la muerte de García Lorca. Tuvimos que esperar mucho tiempo para volver a recuperar la poesía. Yo me inicié con las lecturas de Blas de Otero, Rubén Darío, Borges. Y siempre he intentado ser leal al lector que fui”.

Pasan varios minutos antes de que García Montero vuelva a la pregunta de los inicios:

“El Alberti que yo conocí es el que regresa a España en los 80, fecha que coincide con la publicación de mi primer libro. Lo seguí de cerca y nos hicimos muy amigos. Fue un gran maestro, una gran compañía, y de sus múltiples enseñanzas preservo al menos dos: la primera, respeta siempre a los jóvenes; la segunda, nunca seas sectario”.

Una segunda gran cercanía tiene que ver con el poeta Ángel González, representante de la Generación de los 50. Rememora García Montero:

“Fue un heredero de la poesía civil de Machado. Entendía la poesía como una tradición, y al poeta como un ciudadano. Su generación tenía una conciencia cívica del realismo. Para ellos, había que devolverle la poesía a la gente. O dicho de otra manera: la poesía debe ser habitada por el lector”.

Antes de despedirse, García Montero lee unos tres poemas. Lo voy escuchando atentamente y tengo tiempo de anotar unas pocas frases: “La poesía levanta la mano para parar el tiempo”. “El dogmatismo es la prisa de las ideas”. “Mover recuerdos en un cajón vacío”.

II

Me quedo pensado en ese concepto de la poesía cívica y se lo comento a Cadenas. Rafael medita unos segundos y me hace una reflexión que no olvido: “Nuestros poetas jóvenes son mejores de los que aquí vemos, más hondos y más conocedores, pero los de acá tienen a su favor algo que nosotros hemos perdido: la conexión con la gente”.

III

Día 2. La noche de Luis García Montero; por Antonio López Ortega #RafaelCadenasEnGranada 640B

Luis García Montero, en compañía del poeta Rafael Guillén. Fotografía de Nela Ochoa.

Para el inicio de la tarde se anuncia la presentación de una antología de poetas granadinos. Pero en verdad no es una antología, sino más bien un muestrario, una guía de nombres. Desfilan por el escenario jóvenes y no tan jóvenes; mujeres y hombres. Dentro del paisaje variopinto, con más de cuarenta poetas que suben al escenario uno tras otro, es difícil deslindar la buena poesía de la mala.

IV

La noche se reserva para el estreno del documental “Aunque tú no lo sepas”, que narra la vida y obra de Luis García Montero. Con un guión estupendamente escrito, una fotografía traslúcida y un montaje de un pulso narrativo inmejorable, el público asiste conmovido a una pieza que merecerían tantos buenos poetas. Granada celebra a su gran poeta de estos tiempos y, con él, a toda una tradición que se remonta hasta tiempos inmemoriales. Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Miguel Ríos, Benjamín Prado, Chus Visor y muchos otros dan cuenta de los años de amistad, cercanía, celebración y dolor. Vidas cruzadas o entrecruzadas, que dependen las unas de las otras, nos muestran que no hay tejido más poderoso que el del amor o el de la afinidad entre semejantes.

Con una pieza tan memorable como esta, ya García Montero podría morir tranquilo.

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Día 4. Decir la palabra gracias; por Antonio López Ortega #RafaelCadenasEnGranada 640X60

Día 1. Entrando en materia; por Antonio López Ortega // #RafaelCadenasEnGranada

El poeta venezolano Rafael Cadenas, ganador del XII Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca en el año 2015, se encuentra en Granada, España, para recibir este premio. Con motivo de esto, llevamos a los lectores de Prodavinci la serie #RafaelCadenasEnGranada que registra cómo está siendo el día a día del maestro Rafael Cadenas durante este reconocimiento, a través de la cobertura de Antonio López Ortega. Si desea leer la entrega correspondiente al día 2 haga click acá. Para leer la entrega correspondiente al Día 3, haga click acá, y para el Día 4, acá.

Por Antonio López Ortega | 18 de mayo, 2016
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El poeta Rafael Cadenas con el Alcalde de Granada y la Presidenta de la Diputación. Fotografía de Nela Ochoa.

I

El acto de apertura del Festival Internacional de Poesía de Granada es de una sencillez admirable. Habla uno de los codirectores del Festival, el joven poeta Fernando Valverde, y la directora académica, la ensayista Remedios Sánchez. Estamos en el auditorio de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada. Los ponentes excusan al Decano de la Facultad, que ha debido saludar a la delegación internacional, pero una urgencia administrativa lo reclama. La sala se llena de estudiantes, en su gran mayoría mujeres, porque una de sus asignaturas será reseñar aspectos del evento: poemas que les gustaron, los mejores poetas traducidos, lecturas que los puedan impresionar, etc.

En sus palabras iniciales, Valverde reivindica “la importancia del asombro” como motor de la poesía. Enfatiza aún más y afirma que el Festival es una “forma de resistencia contra la apatía”. Hace trece años, junto a su colega Daniel Rodríguez Moya, el Festival era un garabato de tinta en una servilleta; hoy es una plataforma de proyección que reúne a toda la institucionalidad política y cultural de la región. No bajan de veinte las instituciones públicas y privadas que financian el Festival.

II

La afluencia de estudiantes en el horario matutino justifica que la programación matutina se dedique a talleres. Y el primero en intervenir es el poeta mexicano Mario Bojórquez. Recita de memoria a Jaime Sabines, recuerda a Octavio Paz, cuenta una anécdota de José Emilio Pacheco. Su retentiva es admirable; su memoria, apabullante. Es un gran pedagogo, sin proponérselo. A los estudiantes les habla de alejandrinos, de rimas, de sonoridades. Salta de una lengua a otra; de un país a otro. Y sobre todo, se detiene en el lenguaje. Dice, por ejemplo, que “la musicalidad de la poesía es el vehículo de la lengua”. Afirma que el español se enriquece, y también pronostica que el portugués y el español volverán a ser una sola lengua. Como cierre, propone una condición única para la poesía: la musicalidad. Los estudiantes lo aplauden.

III

Las actividades de la mañana han durado, como mucho, dos horas. Y la próxima cita se fija para las seis de la tarde. Estamos en Andalucía: los organizadores dan tiempo para que los invitados almuercen, conversen e, incluso se recuesten. Todas las maneras con pausas que parecen sabias. Una o dos furgonetas nos llevan o nos traen por todos los vericuetos de la ciudad. En una plaza, la imagen de Colón; en otra, la de Isabel la Católica. Asombra reconocer que los árboles que dominan la escena urbana son naranjos: están en las veredas, en las ramblas, en materos gigantes. Dejan caer sus frutos por doquier; algunos van rodando por las calles, dependiendo de la inclinación.

IV

El primer recital de la tarde anuncia a seis poetas en la Huerta de San Vicente, que antes perteneció a la familia de García Lorca. Pero minutos antes del inicio, el Alcalde de Granada junto a otras tres autoridades regionales dirigen unas palabras de bienvenida en ese espacio abierto y a la vez boscoso.

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Antonio López Ortega junto a Rafael Cadenas frente a la casa de Federico García Lorca. Fotografía de Nela Ochoa.

Al voleo, puedo atajar en el aire de los altoparlantes frases como: “Que la poesía sirva de diálogo”, o “Debemos tender puentes”; o “Acercar la poesía a la gente de la calle”; o “Los poetas hablan un solo idioma”; o “La poesía es el testimonio más fiel del tiempo”.

Cada uno de los voceros institucionales, antes de cederle la palabra al siguiente, saluda al poeta Rafael Cadenas, sentado en primera fila. Repiten una frase que, con variantes, dice: “Nos honra tener en Granada al maestro venezolano Rafael Cadenas, Premio García Lorca de 2015”. El público se pone de pie y secunda el saludo con aplausos.

Finalmente se sientan los seis poetas del recital pautado. Lee la norteamericana Loren McClung un poema sutil, que rememora la visión de un cuadro de Van Gogh. Le sigue el poeta Bojórquez, que esta vez recita poemas de su propia cosecha; habla de “la pizca de odio que todos guardamos” y el público asiente. Con voz ronca lee de seguidas el rumano Dinu Flamu; el público se deleita con la imagen recurrente de una piedra que reposa en el lecho de un río. La sesión la cierra el español Juan José Vélez con un poema llamado “Poética”, de donde se puede entresacar un verso que dice: “Callados en la derrota, los olvidados, los parias, se ayuntan”.

V

Hacia las siete de la noche, se espera con ansias la intervención del poeta norteamericano de origen cubano Richard Blanco, quien desde la segunda investidura de Obama, cuando le encargaron el poema “One today”, no ha cesado de crecer en reconocimiento. Serio, sobrio, excelente lector, con una pizca de teatralidad, embelesa a la gente.

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Rafael Cadenas y el poeta estadounidense Richard Blanco [segundo de derecha a izquierda] y algunas autoridades del Festival Internacional de Poesía de Granada. Fotografía de Nela Ochoa

Dedica un poema a una familia de exilados que ve por televisión un concurso de belleza, otro al recuerdo de un hotel de infancia, otro a parientes lejanos que vivieron entre España, Cuba y Estados Unidos. Y se pregunta: ¿estos ojos que tengo habrían sido los mismos si mis bisabuelos no hubieran hecho lo que hicieron, no hubieran viajado a los países o casado con las mujeres que finalmente fueron?

Al concluir su lectura, Blanco se sienta en un rincón a firmar ejemplares y los agota.

VI

El cierre de la noche se le reserva a otro poeta norteamericano: Yusef  Komunyakaa, quien toma su nombre de su abuelo trinitario, polizón que se oculta en un carguero para llegar a Estados Unidos. El cruce de temas en su poesía es explosivo: recuerdos de infancia, racismo en su Luisiana natal, su estancia en la guerra de Viet-Nam como miembro de tropa. “Soy la dimensión en la que mi cuerpo arde”, recita con tono pausado, grave, que viene de las profundidades. En su poesía es asombroso descubrir momentos de extrema belleza que surgen en medio de las circunstancias. Recordando los días de batalla en los que pudo morir a cada instante, es capaz de admitir que “la música me ayudó a escuchar” a los enemigos del Viet-cong.

VII

Cuando la programación del día cesa y el público se dispersa, el director de la Huerta invita a Rafael Cadenas y a algunos otros poetas a hacer un breve recorrido por la casa que fue de García Lorca. La planta baja trae los recuerdos familiares, pero el primer piso, y sobre todo su cuarto, nos ofrece una atmósfera más íntima, por no decir extraña. Ahí está su cama, allí su escritorio, y un poco más allá el balcón por el que se asomaba para ver lo que antes eran sembradíos y arboledas lejanas. Hay fotos de todos los visitantes que han pasado: Rafael Alberti, Patti Smith, Lou Reed, Vila Matas y tantos otros. Pocos hablan ante la presencia de un portento. Sólo son minutos antes de bajar y salir al patio donde comienza a anochecer.

Antes de despedirse, el director le comenta a Cadenas que existe un rito en la casa cada vez que hay actividades: se abre la puerta del balcón para que Federico pueda asomarse y disfrutar de la poesía que se lee o recita. “Es una manera de tenerlo más presente”, dice a modo de conclusión cuando ya la noche nos convierte en siluetas.

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Día 4. Decir la palabra gracias; por Antonio López Ortega #RafaelCadenasEnGranada 640X60

La mano junto al muro; por Guillermo Meneses

La noche porteña se desgarró en relámpagos, en fogonazos. Voces de miedo y de pasión alzaron su llama hacia las estrellas. Un chillido (¡«naciste hoy!») tembló en el aire caliente mientras la mano de la mujer se sostuvo sobre el muro. Ascendía el escándalo sobre el cielo del trópico cuando el hombre dijo (o pensó):

Por Prodavinci | 25 de abril, 2016

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La noche porteña se desgarró en relámpagos, en fogonazos. Voces de miedo y de pasión alzaron su llama hacia las estrellas. Un chillido (¡«naciste hoy!») tembló en el aire caliente mientras la mano de la mujer se sostuvo sobre el muro. Ascendía el escándalo sobre el cielo del trópico cuando el hombre dijo (o pensó): «Hay aquí un camino de historias enrollado sobre sí mismo como una serpiente que se muerde la cola. Falta saber si fueron tres los marineros. Tal vez soy yo el que parecía un verde lagarto; pero ¿cómo hay dos gorras en el espejo del cuarto de Bull Shit?… La vida de ella podría pescarse en ese espejo… O su muerte…».

La mano de la mujer se apoyaba en la vieja pared; su mano de uñas pintadas descansaba sobre la piedra carcomida: una mano pequeña, ancha, vulgar, en contacto con el frío muro robusto, enorme, viejo de siglos, fabricado en épocas antiguas para que resistiese el roce del tiempo y, sin embargo, ya destrozado, roto en su vejez. Por mirar el muro, el hombre pensó (o dijo): «Hay en esta pared un camino de historias que se enrolla sobre sí mismo, como la serpiente que se muerde la cola».

El hombre hablaba muchas cosas. Antes -cuando entraron en el cuarto, cuando encontró en el espejo los blancos redondeles que eran las gorras de los marineros- murmuró: «En ese espejo se podía pescar tu vida. O tu muerte».

Hablaba mucho el hombre. Decía su palabra ante el espejo, ante la pared, ante el maduro cielo nocturno, como si alguien pudiese entenderlo. (Acaso el único que lo entendió en el momento oportuno fue el pequeño individuo del sombrerito ladeado, el que intervino en la historia de los marineros, el que podía ser considerado -a un tiempo mismo- como detective o como marinero).

Cuando miraba la pared, el hombre hizo serias explicaciones. Dijo: «Trajeron estas piedras hasta aquí desde el mar; las apretaron en argamasa duradera; ahora, los elementos minerales que forman el muro van regresando en lento desmoronamiento hacia sus formas primitivas: un camino de historias que se enrolla sobre sí mismo y hace círculo como una serpiente que se muerde la cola». Hablaba mucho el hombre. Dijo: «Hay en esa pared enfermedad de lo que pierde cohesión: lepra de los ladrillos, de la cal, de la arena. Reciedumbre corroída por la angustia de lo que va siendo».

La mano de la mujer se apoyaba sobre el muro. Sus dedos, extendidos sobre las rugosidades de la piedra, sintieron la fría dureza de la pared. Las uñas tamborilearon en movimiento que decía «aquí, aquí». O, tal vez, «adiós, adiós, adiós».

El hombre respondió (con palabras o con pensamientos): «La piedra y tu mano forman el equilibrio entre lo deleznable y lo duradero, entre la apresurada fuga de los instantes y el lento desaparecer de lo que pretende resistir el paso del tiempo».

El hombre dijo: «Una mano es, apenas, más firme que una flor; apenas menos efímera que los pétalos; semejante también a una mariposa. Si una mariposa detuviera su aletear en un segundo de descanso sobre la rugosa pared, sus patas podrían moverse en gesto semejante al de tu mano, diciendo «aquí, aquí», o, acaso, «adiós, adiós, adiós».

El hombre dijo: «Lo que podría separar una cosa de otra en el mundo del tiempo sería, apenas una delgada lámina de humana intención, matiz que el hombre inventa; porque, al fin, lo que ha de morir es todo uno y sólo se diferencia de lo eterno».

Eso dijo el hombre. Y añadió: «Entre tu mano y esa piedra está sujeta la historia del barrio: el camino de historias enrollado sobre sí mismo como una serpiente que se muerde la cola. Aquí está la lenta decadencia del muro y de la vida que el muro limitaba. Tu mano dice qué sucede cuando un castillo frente al mar cambia su destino y se hace casa de mercaderes; cuando, entre las paredes de una fortaleza defensiva, se confunde el metal de las armas con el de las monedas».

Rio el hombre: «¿Sabés qué sucede?… Se cae, simplemente, en el comercio porteño por excelencia: se llega al tráfico de los coitos». Cerró su risa y concluyó severo: «Pero tú nada tienes que ver con esto; porque cuando tú llegaste, ya estaba hecha la serie de las transmutaciones. El castillo defensivo ya había pasado por casa de mercaderes y era ya lupanar».

Cierto. Cuando ella llegó, el comercio de los labios, de las sonrisas, de los vientres, de las caderas, de las vaginas, tenía ya sentido tradicional. Se nombraba al barrio como el centro comercial de los coitos en el puerto. Cuando ella llegó ya esto era -entre las gruesas paredes de lo que fue fortaleza- el inmenso panal formado por mínimas celdas fabricadas para la actividad sexual y el tiempo estaba también dividido en partículas de activos minutos. (-Tú ahora. Ya. Adiós. Tú ahora. Ya. Adiós. Tú ahora. Ya. Adiós) y las monedas tenían sentido de reloj. Como las espaldas, cuyo sitio habían tomado dentro de los muros del antiguo castillo, podían cortar la vida, el deseo, el amor. (Se dice a eso amor, ¿no es cierto?).

Pero cuando ella llegó ya existía esto. No tenía por qué conocer el camino de historias que, al decir del hombre, se podía leer en la pared. No tenía por qué saber cómo se había formado el muro con orgullosa intención defensiva de castillo frente al mar, para terminar en centro comercial del coito luego de haber sido casa de mercaderes. Cuando ella llegó ya existían los calabozos del panal, limitados por tabiques de cartón.

Inició su lucha a rastras, decidida y aprovechadora, segura de ir recogiendo las migajas que abandona alguien, ansiosa de monedas. Con las uñas -esas mismas uñas gruesas y mordisqueadas que descansaban ahora sobre la rugosa pared- arrancaba monedas: monedas que valían un pedazo de tiempo y se guardaban como quien guarda la vida. Angustiosamente aprovechadora, ella. El gesto de morderse las uñas, sólo angustia: nada más que la inquieta carcoma, la lluvia menuda de angustia, dentro de su vida.

Ahora, su mano se apoyaba sobre el muro. Una mano chata, gruesa, con los groseros pétalos roídos de las uñas sobre la piedra antigua, hecha de historias desmoronadas, piedra en regreso a su rota insignificancia, por haber perdido la intención de castillo en mediocre empresa de mercaderes.

Ella nada sabía. Durante muchos años vivió dentro de aquel monstruo que fue fortaleza, almacén, prostíbulo. Ella nada sabía. El barrio estaba clavado en su peso sobre las aristas del cerro, absurdamente amodorrado bajo el sol. Oscuro, pesado, herido por el tiempo. Bajo el sol, bajo el aliento brillante del mar, un monstruo el barrio. Un monstruo viejo y arrugado, con duras arrugas que eran costras, residuos, sucio, oscura miel producida por el agua y la luz, por las mil lenguas de fuego del aire en roce continuo sobre aquel camino de historias que se enrolla en sí mismo -igual que una serpiente- y dice cómo el castillo sobre el mar se convirtió en barrio de coitos y cómo la mano de una mujer angustiada puede caer sobre el muro (lo mismo que una flor o una mariposa) y decir en su movimiento «aquí, aquí», o «adiós, adiós, adiós».

Ella nada sabía. Cuando llegó ya existía el presente y lo anterior sólo podía estar en las palabras de un hombre que mirase la pared y decidiese hablar. Ya existía esto. Y ella estuvo en esto. Los hombres jadeaban un poco; echaban dentro de ella su inmundicia. (O su amor). Ella tomaba las monedas: la medida del tiempo. Encerraba en la gaveta de su mesa de noche un pedazo de vida. O de amor. (Porque a eso se llama amor). Dormía. Despertaba sucia de todos los sucios del mundo, impregnada de sucia miel como el barrio monstruo bajo el viento del mar. Su cabeza sonaba dolorosamente y ella podía escuchar dentro de sí misma el torpe deslizarse de una frase tenaz. «Te quiero más que a mi vida». (¿Cuándo? ¿quién?). Uno. Ella piensa que tenía bigotes, que hablaba español como extranjero, que era moreno. «Te quiero más que a mi vida». ¿Quién podría distinguir en los recuerdos? Un hombre era risa, deseo, gesto, brillo del diente y de la saliva, arabesco del pelo sobre la frente. Luego era una sombra entre muchas. Una sombra en el oscuro túnel cruzado por fogonazos que era la existencia. Una sombra en la negra trampa cruzada por fogonazos, por estallidos relampagueantes, por cohetes y estrellas de encendido color, por las luces del cabaret, por una frase encontrada de improviso: «Te quiero más que a mi vida».

Pero todo era brillo inútil, como la historia enrollada sobre sí misma y ella nada sabía de la piedra ni de las historias ni de las luces que rompían la sombra del túnel.

Sólo cuando habló con aquel hombre, cuando lo escuchó hablar la noche del encuentro con los tres marineros (si es que fueron tres los marineros) supo algo de aquello. Ella estaba pegada a su túnel como los moluscos que viven pegados a las rocas de la costa. Ella estaba en el túnel, recibiendo lo que llegaba hasta su calabozo: un envión, una ola sucia de espuma, una palabra, un estallido fulgurante de luces o de estrellas.

Dentro del túnel, moviéndose entre las sombras de la existencia, fabricó muchas veces la pantomima sin palabras de la moza que invita al marinero: la sonrisa sobre el hombro, la falda alzada lentamente hasta el muslo y mirar cómo se forma el roce entre los dedos del marino.

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Así llegó aquel a quien llamaban Dutch. El que ancló en el túnel para mucho tiempo. Dutch. Amarrado al túnel por las borracheras. La llamaba Bull Shit. Seguramente aquello era una grosería en el idioma de Dutch. (¿Qué importa?). Cuando él decía Bull Shit en un grupo de rubios marinos extranjeros, todos reían. (¿Qué importa?). Ella metía su risa en la risa de todos. (¿Qué importa, pues?, ¿qué importa?). Bien podía Dutch querer burlarse de ella. Nada importaba porque él también estaba hundido en el túnel, amarrado a las entrañas del monstruo que dormía junto al mar. Él cambiaba de oficio; fue marino, chofer, oficinista. (O era que todos -choferes, oficinistas o marinos- la llamaban Bull Shit y ella llamaba a todos Dutch). Y si él cambiaba de oficio, ella cambiaba de casa dentro del barrio. Todo era igual. Alrededor de todos, junto a todos, sobre todos -llamáranse Dutch, Bull Shit o Juan de Dios- estaba el barrio, el monstruo rezumante de zumos sombríos bajo la luz, bajo el viento, bajo el brillo del sol y del mar.

Daba igual que Dutch fuera oficinista o chofer. Daba igual que Bull Shit viviese en uno u otro calabozo. Sólo que, desde algunos cuartos, podía mirarse el mundo azul -alto, lejano- del agua y del aire. En esos cuartos los hombres suspiraban; muchos querían quedarse como Dutch; decían: «¡qué bello es esto!».

La noche del encuentro con los tres marinos (si es que fueron tres los marineros) apareció el que decía discursos. Era un hombre raro. (Aunque en verdad, ella afirmaría que todos son raros). Le habló con cariño. Como amigo. Como novio, podría decirse. Llegó a declarar, con mucha seriedad, que deseaba casarse con ella: «Contraer nupcias, legalizar el amor, contratar matrimonio». Ella rio igual que cuando Dutch le decía Bull Shit. Él persistió; dijo: «Te llevaría a mi casa; te presentaría a mis amigos. Entrarías al salón, muy lujosa, muy digna; las señoras te saludarían alargando sus manos enjoyadas; algunos de los hombres insinuarían una reverencia; nadie sabría que tú estás borracha de ron barato y de miseria; pretenderían sorprender en ti cierta forma rara de elegancia; pretenderían que eres distinguida y extraña; tú te reirías de todos como ríes ahora; de repente, soltarías una redonda palabra obscena. ¿Sería maravilloso?».

La miró despacio, como si observase un cuadro antiguo. La mujer apoyaba sobre el muro su gruesa mano chata de mordisqueadas uñas. Él continuó: «Te llevaría a la casa de un amigo que colecciona vitrales, porcelanas, pinturas, estatuillas, lindos objetos antiguos, de la época en la que estas piedras fueron unidas con argamasa duradera para formar la pared del castillo frente al mar. Él te examinaría como si observase un cuadro antiguo; diría, probablemente, que pareces una virgen flamenca. Y es cierto, ¿sabes? Son casi iguales la castidad y la prostitución. Tú eres, en cierto modo, una virgen: una virgen nacida entre las manos de un fraile atormentado por teóricas visiones de ascética lubricidad. ¡Una virgen flamenca! Si yo te llevara a la casa de ese amigo, él diría que eres igual a una virgen flamenca, pero… Pero nada de eso es posible, porque el amigo que colecciona antigüedades soy yo y hemos peleado hace unos días por una mujer que vive aquí contigo… y que eres tú».

Un hombre raro. Todos raros. Uno se sintió enamorado. («Te quiero más que a mi vida»). Uno la odió: aquél a quien ella no recordaba la mañana siguiente. («¿Tú?, ¿tú estuviste conmigo anoche?». «¿No recuerdas?», dijo él). Había temblor de rabia en su pregunta; como si estuviese esperando un cambio de monedas y mirase sus manos vacías. Los hombres son raros. Una mujer no puede conocer a un hombre. Y menos, cuando el hombre se ha desnudado y se ha puesto a hacer coito sobre ella: cuando se ha puesto a jadear, a chillar, a gritar sus pensamientos. Algunos gritan «¡madre!». Otros recuerdan nombres de mujeres a las que -dicen ellos- quieren mucho. Como si desearan que la madre o las otras mujeres estuviesen presentes en su coito. Jadean, gritan, chillan, quieren que ella -la que soporta su peso- los acompañe en sus angustias y se desnude en su desnudez. Luego sonríen cariñosos: «¿No recuerdas?».

Todos raros. Ella nunca recuerda nada. Está metida en la sombra del túnel, en las entrañas del monstruo, como un molusco pegado a la roca donde, de vez en cuando, llega la resaca: la sucia resaca del mar, el fogonazo de una palabra, el centelleo de las luces del cabaret o de las estrellas. Ella está aquí, unida al monstruo sin recuerdos. Lejos, el mar. Puede mirarlo en el tembloroso espejo de su cuarto donde, ahora, están dos gorras de marineros. (Pero ¿es que no eran tres los marineros?). Hasta parece hermoso el mar a veces. Cargado de sol y viento. Aunque aquí dentro poco se sepa de ello. Gotas de sucia miel lo han carcomido todo; han intervenido en la historia del muro sobre el cual tamborilean los dedos de la mujer («aquí, aquí» o «adiós, adiós, adiós»); han hecho la historia de los elementos minerales que regresan hacia sus formas primitivas, después de haber perdido su destino de fortaleza frente al mar, han escrito la historia que se enrolla sobre sí misma y forma círculo como la serpiente que se muerde la cola.

Ella nunca recuerda nada. Nada sabe. Aquí llegó. Había un perro en sus juegos de niña. Juntos, el perro y ella ladraban su hambre por las noches, cuando llegaban en las bocanadas del aire caliente las músicas y las risas y las maldiciones. Ella, desde niña, en aquello oscuro, decidida a arrancar las monedas. Ella, en la entraña del monstruo: en la oscura entraña, oscura aunque fuera hubiese viento de sol y de sal. Ella, mojada por sucias resacas, junto al perro. Como, después, junto a los otros grandes perros que ladraban sobre ella su angustia y los nombres de sus sueños. De todos modos, podía asomarse alguna vez a la ventana o al espejo y mirar el mar o las gorras de los marineros. (Dos gorras; tal vez tres los marineros).

Porque casi es posible afirmar que fueron tres los marineros: el que parecía un verde lagarto, el del ladeado sombrerito, el del cigarrillo azulenco. Si es que un marinero puede dejar olvidada su gorra en el barco y comprarse un sombrero en los almacenes del puerto, fueron tres los marineros; si no, hay que pensar en otras teorías. Lo cierto es que fue el otro quien tenía entre los dedos el cigarrillo. (O el puñal).

Ella miraba todo, como desde el fondo del espejo del cielo. Acaso como desde el fondo del espejo de su cuarto, tembloroso como el aletear de una mariposa, como el golpetear de sus dedos sobre la rugosa pared. Si le hubieran preguntado qué pasaba, hubiera callado o, en el mejor de los casos, hubiera respondido con cualquier frase recogida en el lenguaje de las borracheras y de los encuentros de burdel. Hubiera dicho: «¡madre!» o «te quiero más que a mi vida» o, simplemente, «me llamaba Bull Shit». Quien la escuchase reiría pero, si intentaba comprender, enseriaría el semblante, ya que aquellas expresiones podían significar algo muy grave en el odio de los hambrientos animales que viven en la entraña del monstruo, en el habla de las gentes que ponen su mano sobre el muro de lo que fue castillo y mueven sus dedos para tamborilear «aquí, aquí», o «adiós, adiós, adiós».

Lo que le sucedió la noche del encuentro con los tres marineros (digamos que fueron tres los marineros) la conmovió, la hundió en las luces de un espejo relumbrante. Verdad es que ella siempre tuvo un espejo en su cuarto: un espejo tembloroso de vida como una mariposa, movido por la vibración de las sirenas de los barcos o por los pasos de alguien que se acercaba a la cama. En aquel espejo se reflejaban, a veces, el mar o el cielo o la lámpara cubierta con papeles de colores -como un globo de carnaval- o los zapatos del que se bahía echado a dormir su cansancio en el camastro revuelto. Se movía el espejo, tembloroso de vida como la angustiada mano de una mujer que tamborilea sobre el muro, porque colgaba de una larga cuerda enredada a un clavo que, a su vez, estaba hundido en la madera del pilar que sostenía el techo. Así, el espejo temblaba por los movimientos del cuarto, por el paso del aire, por todo.

Desde mucho tiempo antes, la mujer vivía allí, en aquel cuarto donde los hombres suspiraban al amanecer: «¡Qué bello es esto!» y contaban cuentos de la madre y de otras mujeres a las que -decían ellos- habían querido mucho. Cuando el hombre que decía discursos estaba allí, también estaban los marineros; al menos, el espejo recogía la imagen de dos gorras de marineros, tiradas entre las sábanas, junto al pequeño fonógrafo. (Dos gorras de marineros). La mujer que apoyaba la mano sobre el muro podía mirar los círculos blancos de las gorras en el espejo de su cuarto. Dos círculos: dos gorras. (Lo que podría hacer pensar que fueron dos los marineros, aunque también es posible que otro marino desembarcase sin gorra y se comprase un sombrero en los almacenes del puerto). En el espejo había dos gorras y por ello, acaso, el que hablaba tantas cosas extraordinarias dijo: «En ese espejo se podría pescar tu vida».

A través del espejo se podría llegar, al menos, hasta el encuentro con los dos marineros. (Digamos que fueron dos; que no había uno más del que se dijera que dejó su gorra en el barco y compró un sombrero en los almacenes del puerto). A través del espejo se puede hacer camino hasta el encuentro con los dos marineros, igual que en la piedra donde se apoya el tamborileo de los dedos de la mujer puede leerse la historia de lo que cambió su destino de castillo por empresas de comercio y de lupanar.

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Ella estaba en el cabaret cuando los marineros se le acercaron. Uno era moreno, pálido el otro. Había en ellos (¿junto a ellos?) una sombra verde y, a veces, uno de los dos (o, acaso, otra persona) parecía un muñeco de fuego. Una mano de dulzura sombría -morena, con el dorso azulenco- le ofreció el cigarrillo, el blanco cigarrillo encendido en su brasa: «¿Quieres?». Ella miró la candela cercana a sus labios, la sintió, caliente, junto a su sonrisa. (La brasa del cigarrillo o la boca del marinero). Ya desde antes (una hora; tal vez la vida entera) había caído entre neblinas. El humo del cigarrillo una nube más, una nube que atravesó la mano entre cuyos dedos venía el tubito blanco. Ella lo tomó. Puede recordar su propia mano, con la ancha sortija semejante a un aro de novia. Junto a la sortija estaban la brasa del cigarrillo y la boca del hombre: la saliva en la sonrisa; al lado del que sonreía, el otro la silueta rojiza y, también, el que parecía un verde lagarto. No tenía gorra sino sombrerito de fieltro ladeado. (Casi cierto que eran tres, aunque luego se dijera que fueron dos los marineros y esa tercera persona un detective, lo que resultaba posible, ya que los detectives, como lo sabe todo el mundo, usan sombrero ladeado, con el ala sobre los ojos).

La cosa comenzó en el cabaret. Ella -la mujer de la mano sobre el muro- vivía en el piso alto. Sobre el salón de baile estaba el cuarto del tembloroso espejo donde se podía mirar el mar o las gorras de los marineros o la vida de la mujer. Treinta mujeres arriba, en treinta calabozos del gran panal; pero sólo desde el cuarto de ella podía mirarse el lejano azul, como también sólo ella tenía el lujo del fonógrafo, a pesar de lo cual era nada más que una de las treinta mujeres que vivían en los treinta cuartuchos de piso alto, lo mismo que, en el cabaret, era una más entre las muchas que bebían cerveza, anís o ron. Una más, aunque sólo ella tenía su ancha sortija, semejante a un aro de novia.

De pronto, las luces del cabaret comenzaron a moverse: caminos azules, puntos amarillos, ruedas azules y la sonrisa de los marineros, la saliva y el humo del cigarrillo entre los labios. Ella sorbió las azules nubes también; pero ya antes había comenzado la danza de las luces en el cabaret. Caminos rojos, verdes, ruedas amarillas, puntos de fuego que repetían la brasa del cigarrillo. Ella reía. Podía oír su propia risa caída de su boca. Las luces daban vueltas, la risa también se desgranaba como las cuentas de un collar encendido y junto con las luces y la risa, se movían las gentes muy despacio, entre círculos de sombra y de misterio. Los hombres -cada uno- con la sonrisa clavada entre los labios: la silueta rojiza igual que el que semejaba un verde lagarto y el del sombrero ladeado. (El que produjo la duda sobre si fueron tres los marineros). Ella cabeceaba un ademán de danza y sentía cómo su cabeza rozaba luces y risas cuando se encontró frente a un espejo: el tembloroso espejo de su cuarto en cuyo azogue nadaban las dos gorras marineras. Todo ello sucedió como si hubiese ascendido hacia la muerte. Por eso, una vez chilló: «¡naciste hoy!» y el hombre dijo: «En ese espejo se podría pescar tu vida».

Pero, eso fue después. Ciertamente, los marineros se acercaron: una mano, una boca, la sombra verde y el rojizo resplandor. Aquel a quien llamaban Dutch había estado esa noche o, tal vez, otra noche parecida a ésta. (Una noche como tantas de las noches nacidas en el túnel, en la entraña del monstruo, en un instante de la gran oscuridad cruzada por fogonazos que era la vida allí). Estaba Dutch. O, acaso, no. No; ciertamente, no. Era el de los discursos, el paciente hablador, quien estaba presente. La mujer alzó su mano en un gesto de danza; sus uñas abrieron cinco pétalos rojos a la luz de las bombillas. Se levantó; sintió en su cuerpo cómo ella toda tendía a estirarse. Miró (en el espejo de sí misma o en el espejo tembloroso de su cuarto) su cabeza deslizada en ascensión entre las bombillas del cabaret y entre las luces del alto cielo sereno. Se movió -lenta y brillante- sobre bombillas, estrellas, espejos. La voz, la sonrisa, el cigarrillo de los marineros eran palabras, gestos, señales que indicaban el pecho del hombre. (Su cartera o su corazón). Como si atravesara rampas de misterio los pasos de ella la llevaban hacia el que descansaba sobre la mesa del cabaret. Apartó espejos, luces, estrellas; atravesó nubes de humo. Estaba acompañada por los tres marineros (eran tres, entonces): el que parecía un verde lagarto, el del rojizo resplandor y la sombra azulenca en las manos, el del pequeño sombrero ladeado sobre la sien izquierda. Cuando llegó a la mesa, rozó el pecho del hombre que dormía. «Bull Shit», dijo él. «¡Ah! ¡Eres Dutch!». «¿Dutch? ¿Dutch? Sacas de tu sombra una palabra y piensas que es un hombre. No, no soy Dutch; tampoco soy el que te dijo te quiero más que a mi vida ni el que te habló de otras mujeres a quienes quiere mucho. Soy otro corazón y otra moneda». Las voces de los dos (¿o tres?) marineros ordenaron: «Sube con él».

Ante el espejo se miraron. Ella diría que no pisó la escalera, que no caminó frente al bar, que caminaron -todos- las rampas del misterio y atravesaron las puertas que hay siempre entre los espejos. Por los caminos del misterio, por los caminos que unen un espejo a otro espejo, llegaron (o estaban allí antes) y se miraron desde la puerta del espejo. (Ellos y sus sombras: la mujer, los marineros y el que, antes, dormía sobre la mesa del cabaret mostrando a todos su corazón). El del pequeño sombrero ladeado no estaba en el espejo. El otro, el que dormía cuando estaban abajo, habló; al mirar las gorras de los marineros, dijo a la mujer: «En ese espejo se podía pescar tu vida». (Igual pudo decir, «tu muerte»).

La mujer estaba fuera del cuarto, apoyada la gruesa mano de roídas uñas sobre la rugosa piedra del muro. A través de la puerta veía las gorras de los marineros en el cristal del espejo. El hombre había echado a andar el fonógrafo, del cual salía la dulce canción. Los marineros se acercaban. Suspendida sobre el negro disco, la aguja brillante afilaba la música: aquella melodía donde nadaban palabras, semejantes a las palabras de Dutch cuando Dutch decía algo más que Bull Shit, semejantes a gorras suspendidas en el reflejo de un vidrio azogado.

El hombre escuchaba tendido hacia el fonógrafo. Hacia él avanzaba uno de los marinos; el que antes había ofrecido el cigarrillo de azulados humos. La mujer miraba la mano del marinero, nerviosa, activa, cargada de deseo. (Si una moneda es la medida del amor, puede alguien desear una moneda como se desea un corazón). Ella lo entendía así: «El gesto de quien toca una moneda puede ser semejante a la frase te quiero más que mi vida; acaso, ambos, espejos de una misma tontería o de una misma angustia». La mano -deseosa, inquieta, activa- se dirigía al sitio de la cartera o del corazón. El hombre volvió la cabeza, miró cara a cara al marinero. El que tenía en sí un resplandor de brasa rio con risa hueca como repiqueteo de tambor, como el movimiento de los dedos de la mujer sobre el antiguo muro. El hombre volvió a inclinarse sobre la melodía del fonógrafo. La risa del otro caía sobre el ritmo de la música y el hombre se bañaba en la música y en la risa.

El gesto del marinero amenazó de nuevo cuando la mujer llamó la atención del que escuchaba la música. Quieta -su mano sobre el muro- lo siseó. Él fue hasta ella; se quedó mirándola, como un conocedor que mira un cuadro antiguo; fue entonces cuando habló: «Hay en esta pared un camino de historias que se muerde la cola. Trajeron estas piedras desde el mar, las apretaron en argamasa duradera para fabricar el muro de un castillo defensivo; ahora, los elementos que formaban la pared van regresando hacia sus formas primitivas: reciedumbre corroída por la angustia de un destino falseado».

La mujer lo miraba desde el espejo del cielo, alta entre las estrellas su cabeza. Antes de que ello fuera cierto, la mujer miraba cómo entre los dedos del marinero brillaba el cigarrillo: un cigarrillo de metal, envenenado con venenos de luna, brillante de muerte. Los dedos de ella (y sí que resultaba extraordinario que dos manos estuviesen unidas a elementos minerales y significaran a un tiempo mismo, aunque de manera distinta, el lento desmoronamiento de lo que fue hecho para que resistiese el paso del tiempo), los dedos de ella repiquetearon sobre el muro. «No, no, no».

Fue entonces cuando él propuso matrimonio, cuando la comparó a una virgen flamenca, cuando dijo: «Te llevaré a la casa de un amigo que colecciona antigüedades; él diría que eres igual a una virgen flamenca; pero no es posible, porque ese amigo soy yo y hemos peleado por una mujer que vive en esta casa y que… eres tú».

El gesto del marinero con el envenenado metal del cigarrillo -o del puñal- era tan lento como si estuviese hecho de humo. Lento, alzaba su llama, su cigarrillo, su puñal, el enlunado humo encendido de la muerte. Ella movía los dedos sobre el muro; tamborileaba palabras: «no, no, cuidado, aquí, aquí, adiós, adiós, adiós». El hombre dijo: «Te quiero más que a mi vida. Pareces una virgen flamenca. Bull Shit».

Ya el marinero bajaba su llama. Ella lo vio. Gritó. La noche se cortó de relámpagos, de fogonazos. (Tiros o estrellas). El del sombrero ladeado lanzaba chispazos con su revólver. Alguien saltó hacia la noche. Hubo gritos. Una mujer corrió hasta la que se apoyaba en el muro; chilló: «¡Naciste hoy!». El hombre repetía: «Bull Shit, virgen, te quiero».

La mano de ella resbaló a lo largo del muro; su cuerpo se desprendió; sus dedos rozaron las antiguas piedras hasta caer en el pozo de su sangre; allí, junto al muro, en la sangre que comenzaba a enfriarse, dijeron una vez más sus dedos: «Aquí, aquí, cuidado, no, no, adiós, adiós, adiós». Un inútil tamborileo que desfallecía sobre las palabras del hombre: «Te quiero más que a mi vida, Bull Shit, virgen». El del sombrero ladeado afirmó: «Está muerta».

Más tarde el de los discursos comentaba: «Ésta es una historia que se enrolla sobre sí misma como una serpiente que se muerde la cola. Falta saber si fueron dos los marineros». El del sombrerito se opuso: «Hay dos gorras en la cama de Bull Shit». «En el espejo», rectificó el de los discursos; «la vida de ella puede pescarse en ese espejo. O su muerte».

Voces de miedo y de pasión alzaban su llama hacia las estrellas. La mano de la mujer estaba quieta junto al muro, sobre el pozo de su sangre.

#Literatura // Balada de un rockero (o Conversación oída en el metro); por Antonio López Ortega

Yo primero le dije al pana Lucho que hablara con Efraín, el bajista de Cigüeñas Azules. Efraín vive en Las Minas y allí ha ayudado mucho a la comunidad, montando conciertos pro-fondos. Parece que terminó preguntándole a una chama del Consejo Comunal Número 4, llamada Mildred, que es muy pilas organizando verbenas y haciendo colectas.

Por Antonio López Ortega | 26 de marzo, 2016
Fans wait for the free outdoor concert by the Rolling Stones at Ciudad Deportiva de la Habana sports complex in Havana, March 25, 2016. REUTERS/Alexandre Meneghini

Los fanáticos esperan el concierto gratuito de los Rolling Stones en el complejo Ciudad Deportiva de La Habana, Cuba. 25 de marzo de 2016 / Fotografía de Alexandre Meneghini / REUTERS

Yo primero le dije al pana Lucho que hablara con Efraín, el bajista de Cigüeñas Azules. Efraín vive en Las Minas y allí ha ayudado mucho a la comunidad, montando conciertos pro-fondos. Parece que terminó preguntándole a una chama del Consejo Comunal Número 4, llamada Mildred, que es muy pilas organizando verbenas y haciendo colectas. Pero Mildred no supo qué decirle. Me dice Lucho que la chama miró a Efraín de arriba abajo y al final, con cansancio, le soltó algo como que preguntara en el Ministerio de la Juventud, o en Industrias Culturales, o en la oficina de la Felicidad Perpetua. Efraín se cruzó de brazos, pero me dice Lucho que no tiró la toalla. Al día siguiente, el carajo se fue al Ministerio de la Juventud. Lo atendió un subsecretario, más joven que él, y soltó su rollo. Pero al ver la cara del chamo, con el ceño fruncido, fue perdiendo el impulso. Palabras como concierto, entrada libre, Stones, gira, Cuba, le hicieron pensar al subsecretario que el asunto era de Industrias Culturales, y que se fuera al piso 16 de las Torres de El Silencio, donde lo atenderían.

No he vuelto a hablar con Lucho, pero de pronto Efraín se aparece con buenas noticias. Él es testarudo y consigue lo suyo. Pero fíjate, yo creo que lo que nos puede ayudar es que el Presi fue rockero. Tengo un video de 1983, del grupo Enigma, cuando se presentaba en el show de Richard Herd y hacían bailar a la gente. Allí lo puedes ver con el mismo bigotico, pero con un pocotón de años menos. Era bajista y era cantante. Una canción de Enigma, “La carrera del viajero”, no estaba mal. Y ahora la tengo muy presente porque, precisamente, lo que nos hace falta ahora es echar una carrera y lograr que los viajeros lleguen a Venezuela. Con un viajecito a Cuba, creo yo, este asunto se resuelve.

Yo le he dicho a Lucho que vuelva a hablar con Efraín para que cuando lo reciban en Industrias Culturales diga más o menos lo siguiente: los Stones están de gira por Latinoamérica y van a tocar en México, Bogotá, Santiago y Buenos Aires. Pero para colmo anuncian un concierto de remate en La Habana y además gratis. ¿Cómo es eso de que Caracas queda fuera del circuito? ¡Es una humillación, no? ¿No se puede recurrir a la hermandad cubano-venezolana? En este reciente viaje del Presi a La Habana, esto se ha debido hablar con Raúl. De La Habana a Caracas son apenas dos horas, ¿verdad?, y Raúl ha podido prestar el avión de Cubana que siempre le presta al Presi para sus giras. Yo estoy seguro de que Mick Jagger y los suyos se hubieran montado felices, porque además me dicen que es un avión muy cómodo, que tiene poltronas y minibar. Total, ¿Venezuela y Cuba no son hoy la misma tierra? Bastaba con decirle a los Stones que les iban a pautar una segunda actuación en, pongamos, Santa Clara. Ellos hubieran llegado a Caracas como quien llega a Santiago de Cuba. ¡Si hasta el gancho de decirles que visitarían la sede original de Buena Vista Social Club hubiera servido! ¿Jagger no quería reunirse con músicos cubanos? Bueno, allí hubiera encontrado la crema y nata.

Aquí, en provincia, hubiéramos hecho las cosas bien. Yo me imaginaba una tarima a todo trapo, con backing digital, con luces de todo tipo, con sonido apocalíptico que inundara todo el valle. A Industrias Culturales habría que decirle que el Poliedro se queda chiquito, también La Rinconada, también el Universitario. Podemos hablar entonces con los militares y decirles que nos presten toda la explanada de Los Próceres, para que el último de los asistentes se encarame en el techo de la Escuela Militar con binoculares. ¿Tú te imaginas a Keith Richards punteando sus estridencias entre las estatuas de Brión y, digamos, el mariscal Sucre? Hubiera sido la gloria, hubiera sido la muerte en vida.

A estas alturas, puedo entender que ya sea tarde, o que los satánicos ya tengan su gira muy apuntalada como para permitirse desviaciones. Pero entonces es allí cuándo me digo: ¿qué pasa con la solidaridad cubano-venezolana? Si no podemos traer a los Stones a Caracas, ¿por qué no saltar nosotros a La Habana? ¿Acaso no existe Misión Milagro? Yo pienso que podríamos copiar ese formato. Un avión de Cubana, por ejemplo, mete doscientos pasajeros. Así que diez vuelos diarios ya son dos mil espectadores. Si hubiéramos reservado el puente aéreo durante los diez días previos al concierto, la provincia venezolana habría podido estar representada en La Habana con veinte mil espectadores. Hubiera sido un triunfo, una fiesta de la hermandad.

Pero yo le digo a Lucho que no parece haber voluntad, que ni siquiera el Presi honra su pasado rockero. ¿Dónde están las carreras y dónde los viajeros? Pues en ninguna parte. Nos quedaremos estancados en provincia, viendo a los Stones a la distancia. Esto no es justo, pienso. Esto no es lo que merecemos. Yo me pongo a netear, por ejemplo, lo que le pagamos a los médicos cubanos de Barrio Adentro (Efraín me dice, por cierto, que en Las Minas ya ninguno abre) versus los ciento cincuenta mil barriles de petróleo que los cubanos reciben a diario y sospecho que alguna platica debe sobrar a nuestro favor. Pero ni siquiera por ese saldo podemos ver a los satánicos. Todo el mundo va ahora a Cuba: Richard Gere, Naomi Campbell, Obama, los Stones. Son el centro del mundo, son la atracción. Pero yo me digo que parte de esa fama nos la deben a nosotros, porque después de la muerte del subsidio ruso salimos a auxiliarlos, como buenos hermanos que somos. Pienso que la fraternidad debería retomarse al más alto nivel. Pienso que el Presi debería preguntarle a Raúl cómo hacemos para que Obama nos visite, o cómo hacemos para que Keith Richards nos electrocute bajo la mirada obesa del general Brión.

Lea el primer capítulo de “The Night”, el nuevo libro de Rodrigo Blanco Calderón

Compartimos con los lectores de Prodavinci un capítulo de The Night, la nueva novela del narrador venezolano Rodrigo Blanco Calderón. The Night ya ha sido publicada en España por Alfaguara y se espera que la edición para Venezuela esté en circulación para el segundo trimestre de 2016. Este extracto ha sido cedido gentilmente por su autor.

Por Prodavinci | 28 de febrero, 2016

 Apagones

Al principio fue un largo, inesperado, apagón de cinco horas. Caracas parecía un hormiguero destapado. Más allá de las citas canceladas, los cheques sin cobrar, la comida descompuesta y el colapso del metro, Miguel Ardiles recuerda ese día con una ternura casi paternal: la ciudad sintió el estupor de ser cueva y laberinto.

The Night portadaEn los meses siguientes, a medida que los apagones se repetían, los habitantes fueron dibujando sus primeros bisontes, marcando con piedras los recodos familiares del recinto. Luego el Gobierno anunció el plan de racionamiento de energía. Los voceros de la oposición no tardaron en recordar la situación de Cuba en los años noventa y cómo el plan de cortes eléctricos que implementaron durante el periodo especial era idéntico al que se iba a aplicar en Venezuela.

El anuncio se hizo a la medianoche del miércoles 13 de enero de 2010.

Dos días después, Miguel Ardiles se encontraba en el Chef Woo con Matías Rye. Como todos los viernes en la noche, después de ver al último paciente, se iba a los chinos de Los Palos Grandes a esperarlo. Matías Rye dictaba talleres de escritura creativa en un instituto de la zona. Estaba por empezar su más ambicioso proyecto, The Night: una novela policial que involucionaría hacia el género gótico. El título lo había tomado prestado de una canción de Morphine y buscaba trasladar los matices de esta banda a su escritura: entrar en el horror como quien poco a poco se adormece y le da la espalda a la vida.

Rye declaraba la muerte del policial clásico.

—Desde “Los crímenes de la calle Morgue”, de 1841, hasta “La muerte y la brújula”, de 1942, se completa el ciclo. Con ese cuento, Borges clausura el género. Lönnrot es un detective que lee novelas y relatos policiales. Un imbécil que muere por confundir la realidad con la literatura. Es el Quijote del relato policial.

La única alternativa, según él, era el realismo gótico.

—En este país, escribir novelas policiales es un acto inverosímil, condenado al fracaso –agregaba–. ¿Cuántos casos de los que tú ves todos los días se resuelven, Miguel? ¿Quién puede creer que la policía de esta ciudad alguna vez va a encarcelar a un criminal?

  Rye pareció recordar algo.

—¿Cuándo te llevan al Monstruo? —había bajado la voz.
—No sé aún. El presidente llamó personalmente a la Medicatura Forense para informarse sobre el caso. Sabes que Camejo Salas es su amigo.
—¿El presidente llamó a Johnny Campos?
—Ajá. No creo que sirva de nada mi informe, sea cual sea el resultado.
—Campos es una rata.
—Dicen que el asunto del tráfico de órganos llegó a oídos del presidente. Sólo con eso, lo tiene amarrado.
—La mierda.
—Total.

Las luces parpadearon y el restaurante quedó a oscuras. Hubo una ola de gritos y de carcajadas y luego, atenuadas por el apagón, las conversaciones se fueron reanudando en un tono menor, de intriga. Uno de los mesoneros cerró la reja del local, mientras Marcos, el dueño, armado con una pequeña linterna, sacaba la cuenta de todas las mesas. En pocos minutos, el Chef Woo quedó casi vacío, su cuadro denso sólo tachonado por los cigarrillos de los últimos clientes, los habituales, los de confianza.

—¿Y no estás emocionado? —dijo Rye.
—¿Por qué?
—Yo estaría cagado en tu lugar.
—Esto del Monstruo de Los Palos Grandes no es nuevo ni es lo peor que está pasando.
—El tipo la secuestró, la violó y la torturó durante cuatro meses. Le arrancó el labio superior y parte de una oreja a punta de golpes. ¿Te parece poco?
—La historia de Lila Hernández es terrible, eso lo sabemos todos. Pero lo que ha llamado en verdad la atención es que el engendro sea hijo de Camejo Salas. ¿En qué cabeza cabe que el hijo de un Premio Nacional de Literatura haga eso? ¿Cómo un poeta, reconocido además, pudo crear eso?
—Ese carajo me dio clases a mí en el postgrado.
—Sobre lo otro, te pongo un ejemplo. Una mañana un tipo ve pasar a dos muchachas por la acera de su bloque. Las ve, le gustan y lo decide. Con la pistola, las encañona, las lleva a su apartamento. Ninguna pasa de quince años. Encierra a una en un cuarto, mientras a la otra la viola en la sala. La que está en el cuarto escucha los gritos. Pasa un tiempo, media hora, una hora, dos horas, no puede saberlo. Al no escuchar nada, ella aprovecha para intentar escapar forzando la puerta. Lo logra y qué encuentra en la sala: el torso de su amiga. El tipo la picó, la violó, la mató. Ha salido un momento para botar los brazos, la cabeza y las piernas. La que sobrevive entra en pánico, grita desaforada por la ventana y los vecinos la rescatan.
—¿Ese es el de Casalta?
—San Martín.
—¿Y ya la viste?
—Sí.
—¿Y?
—Desquiciada.
—A lo mejor ni llegas a ver al tipo.
—Es lo más probable.
—Por lo menos.
—Sí, Matías, pero luego qué. Al carajo lo atrapan y seguro en la cárcel lo revientan. Y luego qué.
—¿Qué más quieres?
—Ese es el problema. No sé qué hace uno después, porque siempre queda algo. De cada crimen que sucede, algo queda flotando y eso se acumula y eso tiene que hacer daño.
—¿Qué hora es?

Observaron a su alrededor y se dieron cuenta de que eran los únicos clientes en el restaurante. Sólo quedaban los mesoneros, acodados en la barra, fumando. La lumbre de sus cigarrillos apenas delineaba las ranuras de los ojos. Cuando ellos se levantaron, los cuatro chinos interrumpieron su conversación y los intuyeron en la oscuridad, con absoluta fijeza, por un segundo. Matías se acercó con el dinero hasta la caja, mientras Miguel esperaba a que uno de los mesoneros abriera la reja.

Ya en la acera, Miguel se sintió tranquilo. Durante aquel segundo lo había invadido un insólito terror. Se vio de pronto, a sí mismo y a Matías tasajeados por aquellos empleados que los atendían cada vez que se reunían en el Chef Woo.

La calle estaba oscura y desierta. Sólo hacia el final, en el cruce con la avenida, parecía haber actividad. Miguel quiso apurar el paso hacia el Centro Plaza, donde tenía estacionado el carro, pero Matías estaba en su elemento.

—El atraso tiene su belleza. Y no me refiero al realismo mágico. García Márquez y compañía creen haberla visto, pero no vieron nada. El realismo mágico le puso colorete, alas y vestidos a la miseria. El realismo gótico va por otro lado: encuentra la verdad y la belleza desnudando, escarbando —dijo Matías.

Un bulto se movía entre las bolsas de basura que asediaban un poste de luz.

—¿Ves? —agregó.

El indigente marcó el paso de los dos hombres con una breve mirada de ceniza y siguió en su faena.

—¿Eso te parece bello? —dijo Miguel.
—Por supuesto.
—Me quedo con García Márquez.
—¿Cuál es el mejor cuento de los que ha premiado El Nacional?

Matías Rye concursaba todos los años y siempre perdía. Con el tiempo había ido desarrollando un conocimiento exhaustivo y rencoroso sobre la historia del premio. Muchas veces citaba cuentos y autores que lo habían ganado como una metáfora de lo justa o injusta que podía ser la vida.

—“La mano junto al muro”, supongo.
—No. El éxito de ese cuento fue haber aparecido en el momento oportuno.  Meneses tiene el extraño mérito de ser el fundador de un género inútil: el policial lírico. El único cuento que vale la pena de ese concurso es “Boquerón”. Humberto Mata fue el primero entre nosotros en entender que el policial era un género con más pasado que futuro.
—No lo he leído.
—Léelo, y después de que lo leas, cada vez que te encuentres un indigente te imaginarás que vive en las riberas del Guaire y que cada mañana despierta rodeado de garzas. Y esa imagen tiene belleza.
—Si tú lo dices.
—Y ahora dime, ¿cuál es el peor cuento que ha premiado El Nacional?
—El de Algimiro Triana.
—Eso lo dices por lo del caso de Arlindo Falcão. Algimiro es un despreciable, pero ese no es el peor cuento. El título del que yo digo es impronunciable. No lo recuerdo nunca, pero es de Pedro Álamo. Fue en 1982, y ha sido la edición más polémica de la historia del premio. Es un cuento incomprensible, de principio a fin. Yo siempre lo vi como el texto de un loco, pero hubo más de un crítico que quiso ver ahí una obra maestra. Creo que por fin voy a comprobar mi hipótesis.
—¿Cuál hipótesis?
—Tú me vas a ayudar. Tengo a Pedro Álamo como alumno en el taller de escritura.
—¿Qué tengo que ver yo con eso?
—Hemos llegado a ser casi amigos. Le di el número de tu consultorio privado. ¿Puedes abrir un hueco en tu agenda para el lunes? Álamo está sufriendo ataques de pánico.

Lea el primer capítulo de ‘Y recuerda que te espero’, el nuevo libro de Juan Carlos Méndez Guédez

La nueva novela de Juan Carlos Méndez Guédez editado por la Editorial Madera Fina, Y recuerda que te espero, se presentará el sábado 10 de octubre de 2015 a las 3 de la tarde en la Librería Kalathos del Centro de artes Los Galpones. A continuación, compartimos con los lectores de Prodavinci el prólogo y

Por Prodavinci | 8 de octubre, 2015

La nueva novela de Juan Carlos Méndez Guédez editado por la Editorial Madera Fina, Y recuerda que te espero, se presentará el sábado 10 de octubre de 2015 a las 3 de la tarde en la Librería Kalathos del Centro de artes Los Galpones. A continuación, compartimos con los lectores de Prodavinci el prólogo y primer capítulo del libro, cedidos amablemente por la editorial.

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♦♦♦

Prólogo prescindible como todos los prólogos,

por Juan Carlos Méndez Guédez

Escribí este libro a partir de las notas sueltas que me envió Fermín Bolívar Coronado. Venían en una rara mezcla de español, búlgaro, italiano e inglés, por lo que tuve que adivinar muchas de sus páginas, usar traductores de Internet y solicitar la ayuda indispensable de Liliana Tabakova, Gianfranco Zicarelli y Julio Miguel Vivas, a quienes agradezco sus desvelos y apoyo.

Pese a todo, nunca he perdido la perplejidad de pensar que allí donde no alcanzó mi destreza lingüística, llegué a contaminar estas páginas con trozos de imaginación propia. A eso contribuyó que Bolívar Coronado escogiese para su viaje geografías que me son cercanas y también el hecho de que, como él mismo admitió, mientras permanecía en aquella tibia bañera, es posible que no estuviese contando tan sólo su propio desplazamiento sino historias que yo le fui relatando a lo largo de nuestros ocasionales encuentros. “Hay momentos en que viajé en el recuerdo de lo que alguna vez me contaste y no en mí mismo. Los recuerdos son de todos y de nadie; y cuando nos movemos, viajamos dos veces, en el propio momento y en las palabras que lo nombran”.

Espero haber cumplido con corrección su encargo; espero que como él ha deseado, éste sea por momentos un libro feliz, un libro sobre su viaje dentro de la calidez de una bañera.

♦♦♦

Dragi bañera

 

Y estoy recordando un cuento de Cristina Fernández Cubas y un fragmento del diario de Vila-Matas. Pero lo sé. No debería pensar en libros ahora mismo.

Tengo enfrente una periodista.

Tengo enfrente una periodista desnuda.

Tengo enfrente una periodista desnuda que está entrando a la bañera justo en el mismo momento que yo y que me dice con voz suave:

– ¿No deberías irte a conocer la ciudad?

Y sí. Tiene razón.

Tienes razón, Arantxa.

Es un día soleado y afuera está Panamá. A estas horas debería estar caminando, sacando fotografías, mirando el mar o intuyendo la larga sombra de los rascacielos que rasgan nubes solitarias y turgentes. Pero después de cinco horas frenéticas sólo puedo permanecer en esta bañera donde te miro, donde reposo con felicidad cansada.

Viniste esta mañana sin ser Arantxa. Viniste como una aburrida periodista que debía cubrir la aparición del libro que promociono. Traías tus preguntas en una libreta de tapas amarillas y fuiste copiando mis respuestas con gesto concentrado, distante. Dos o tres veces alzaste las cejas cuando te aclaré que yo era el asesor de comunicaciones de la editorial; conocía bien el diccionario sobre los mejores bares del mundo, pero lo cierto es que yo no había estado en muchos de ellos.

– ¿Y por qué no vinieron los autores?– dijiste con impaciencia.

– Están muy viejos y han conocido tantos bares que ya no pueden hacer viajes largos.

Volviste a resoplar.

– Seguro el bar de este hotel no entrará nunca en el diccionario –murmuraste–. ¿Has probado la cuba libre o el dry martini? Son un espanto.

– Hace cinco años que no bebo– te respondí, sorprendido por mi abrupta sinceridad–. Ya bebí todo lo que iba a beber. Así que puedo hablarte sólo del agua y el agua de aquí está muy bien.

Sonreíste: turbada, confusa. Incluso alargaste tu mano y me tocaste el brazo unos instantes. Un largo silencio pasó entre nosotros. Tus dedos apresaron un mechón de cabellos. Miraste al frente.

– Me encanta el agua. Todo lo que tiene que ver con agua me gusta– susurraste.

Las siguientes preguntas que hiciste fueron amables. Intenté corresponder hablando con pausa, apuntando las dos o tres ideas básicas que podían servir para tu trabajo. Me pareció que ambos intentábamos salir de ese momento turbador cuando dos extraños comparten frases de una intimidad inesperada; ese tipo de frases que producen el mismo efecto que abrir por accidente una puerta y contemplar la desnudez de una persona con quien apenas acabas de cruzar unas palabras.

Me dijiste que debías realizar las fotos para la entrevista. Posé incómodo en los jardines del hotel. Intenté sonrisas entre árboles espesos mientras al fondo refulgía la piscina. Luego respiraste hondo.

– Hay demasiada luz. Además me gustaría hacerte una foto con la maleta. Es un libro sobre gente que viaja y conoce bares inolvidables. Vendría bien una foto con la maleta.

– Mi maleta es fea, grande y aparatosa.

– Necesitarás una maleta grande para llevar todo lo que necesitas con tantos aeropuertos– comentaste mientras desistías de una foto que intentaste tomar encaramada sobre un banco de madera.

– No ocurre de ese modo. Es una maleta grande que se va vaciando para ir dejando cosas, para irlas olvidando. Todo lo olvido. Así que mi maleta cada vez pesa menos porque en cada sitio voy perdiendo ropa, libros, zapatos, cuadernos.

Te quedaste mirándome unos segundos. Luego giraste el rostro hacia la piscina y el resplandor llenó tu rostro de líneas doradas.

– Es raro –susurraste–. Creo que me gustas… y no eres guapo, y tampoco eres simpático.

Ahora estamos en la bañera. Frente a frente. Te miro llena de vigor, con la piel erizada y siento que esta es la primera distancia que la realidad nos va imponiendo. Yo parezco flotar en el agua, tú pareces habitar dentro de ella. Nuestros cuerpos que han coincidido de todos los modos posibles en las últimas cinco horas, en este instante parecen separarse. Eres la solidez de una voz y un cuerpo; yo soy como una emanación, como una presencia gaseosa.

Por unos segundos siento que soy tan feliz que podría evaporarme y con mi mano tomo con dulzura tu pie y me adhiero a su forma.

– Quizás deberías conocer un poco la ciudad –me insistes–. A lo mejor te gustaría ver el Teatro Nacional. Creo que lo iluminan a estas horas.

Apoyo mi rostro en tu pie mojado. Acaricio tus dedos, el borde de las uñas.

–Y tú deberías estar escribiendo mi entrevista– murmuro.

Sonríes.

– Mañana vendrá Carla, mi compañera de redacción y te hará otra. No voy a publicar la mía.

Cierro los ojos. Beso tu pie y luego comienzo a frotarme con él las mejillas.

– Me parece perfecto. Y ahora me parece bien seguir aquí. No quiero conocer nada más. El año pasado ya hice un viaje; el viaje que deseaba hace tiempo.

– Pero te moverás todo el tiempo por muchos lugares.

– Tú lo has dicho. Me muevo entre aviones, aeropuertos, taxis. Lo vengo haciendo desde que era niño. Pero te hablo de mi verdadero viaje. Uno que yo decidí, que no tenía ningún fin concreto, que no tenía ninguna utilidad, que no era inmenso como esos viajes que contaba Manu Leguineche o Leigh Fermor. Mi viaje.

– ¿Y a dónde fuiste?

– A Barquisimeto y a Madrid.

– ¿Y por qué esos lugares?

– Por dos fotografías. Tenía dos fotografías en esas ciudades estando yo muy pequeño, tan pequeño que no podía recordar nada de ellas. Y son las únicas fotos que mis padres me hicieron cuando niño.

– ¿No tienes fotos de cuando eras pequeño?

– Mis padres eran gente ocupada. Se odiaban profundamente y se siguen odiando; también viajaban mucho y además yo soy el menor de cuatro hermanos. Cuando nací no hubo tiempo ni ganas para fotos. Sólo quedaron esas dos. Y quise volver a ellas.

Tomo tu pie con las dos manos, Arantxa, lo acerco, lo alejo. Muerdo tu talón con suavidad.

– Pensar que los pies pueden llevarnos tan lejos, ¿verdad?– murmuras y luego entre risas arrojas agua sobre mi rostro.

“Vayamos por partes”, dijo el Destripador; por Fedosy Santaella

A continuación reproducimos para los lectores de Prodavinci el prólogo, escrito de Fedosy Santaella, de la nueva novela de Norberto José Olivar, El fantasma de la Caballero. Para leer el primer capítulo de este libro, que también ha sido gentilmente cedido por la editorial, haga click acá. Hacer historia, hacer narración En El fantasma de

Por Fedosy Santaella | 26 de julio, 2015

A continuación reproducimos para los lectores de Prodavinci el prólogo, escrito de Fedosy Santaella, de la nueva novela de Norberto José Olivar, El fantasma de la Caballero. Para leer el primer capítulo de este libro, que también ha sido gentilmente cedido por la editorial, haga click acá.

Vayamos por partes, dijo el Destripador; por Fedosy Santaella  640

Norberto José Olivar

Hacer historia, hacer narración

En El fantasma de la Caballero, el doctor Luis Guillermo Hernández le recrimina a Ernesto, nuestro héroe narrador, que él, en torno a los hechos históricos, es capaz de publicar cualquier disparate que se le ocurra, porque tiende a hacer especulaciones muy atrevidas sin poder demostrarlo, sin documentos. Ernesto, ni corto ni perezoso, le responde: «Si de algo estoy seguro es de que la mayoría de los documentos mienten, dígame si son políticos o judiciales. Estamos construyendo nuestra historia guiados por papeles infectados y no por el sentido común. Mire, si usted quiere encontrar la verdad, pues no tiene más remedio que la especulación. La intuición. Quien piense que puede demostrar un hecho histórico está fregado de la cabeza».

Yo no soy historiador ni pretendo serlo. Tampoco me voy a poner a hablar de la relación entre la realidad y lo verdadero, etc. Pero sí te puedo decir que me encantan las

historias, y creo que en las historias, en las narraciones hay cierta verdad. O no sé si verdad, pero sí reflejo, imagen, mundo. En alguna parte leí que no era seguro que la guerra de Troya se hubiese llevado a cabo, o para ser más específicos, esa guerra de Troya de la Ilíada donde estuvieron Agamenón, Aquiles, Patroclo y el desafortunado Héctor. Para Homero, si acaso Homero existió (y esto tampoco importa mucho para este texto), pudo haber bastado la presencia de unas ruinas, y un cartelito que dijera: «Aquí estuvieron los aqueos», para comenzar a escribir una historia. ¡Vamos, claro, el cartelito no estuvo! Pero sí estuvieron las leyendas, y con base en esas leyendas se escribió la gran epopeya que todos conocemos como la Ilíada. ¿Que allí no hay historia? Pues siempre ha sido una gran fuente de estudio para historiadores y lingüistas, de eso no cabe duda.

Lo mismo que digo acá, aplica para el Cantar de mio Cid o para El Cantar de Roldán, gestas épicas española y francesa respectivamente, inspiradas en leyendas de guerras, héroes, muertes, derrotas y victorias. Aunque nosotros las leamos como parte de un pasado muy lejano, ya para el momento en que estas historias se conformaron, los hechos que relataban hacían referencia a otros tiempos ya remotos. Estas historias, con todo, son importantes para conocer el pasado histórico de estos pueblos, aunque se sepa que allí hay mucho de invención, de literatura.

Pensemos ahora en los cronistas de Indias. Esos serios caballeros estaban escribiendo historias sobre el descubrimiento casi de manera inmediata, y aun así, como señala Arturo Uslar Pietri, leer a los cronistas y las cartas de relación de los conquistadores es asistir a una comedia de equívocos y errores. Earle Herrera, en «La magia de la crónica» señala que los cronistas veían frutas, árboles, animales y fenómenos naturales que nunca habían visto, pero les ponían el nombre de lo más parecido que conocían en Europa. Seguían viendo el mundo con ojos viejos, y en muchos casos repetían mitos y fábulas que ya venían de sus tierras. Hombres sin cabeza o que dormían bajo el agua, animales fantásticos, amazonas, sirenas, ciudades perdidas, todo eso está allí, en sus crónicas, producto de una imaginación que no tenía el rigor de la historia como una disciplina académica que sencillamente no existía.

Aquellos hombres escribían sobre lo que veían y sobre lo que creían que estaban viendo, o sobre lo que les decían otros que habían visto. Se equivocaban, sí, pero contaban grandiosas historias llenas de imaginación que hoy día nos atrapan.

Borges y lo interesante

Jorge Luis Borges en «La muerte y la brújula», nos presenta un asesinato. El rabino Yarmolinsky ha sido asesinado en una habitación del Hôtel Du Nord, y allí hacen acto de presencia Treviranus y Erik Lönnrot. El comisario, luego de ver la escena del crimen, concluye que no hay nada más que decir: ha habido una equivocación, el asesino de Yarmolinsky buscaba en realidad los zafiros del Tetrarca de Galilea, que dormía en la habitación de enfrente. Al notar que se había equivocado de habitación, no le quedó más remedio que asesinar a Yarmolinsky. A todo esto, Lönnrot replica: «Posible, pero no interesante». De modo que, tras la búsqueda de hipótesis interesantes,

Lönnrot termina perdiéndose en los laberintos de una conspiración esotérica. Al final Treviranus tendrá razón: se trataba de una equivocación. Pero ¿quién quiere esa constatación barata de la realidad? El lector, por lo menos el lector de ficción, prefiere algo más, algo que le cuente verdades de otra manera. Y he aquí una de esas verdades:

la ficción contiene a la realidad, y en esa realidad hay otras formas de decir verdad. ¿Cuál es la verdad en el hombre sin cabeza con ojos en el pecho en las Crónicas de Indias? Pues que el hombre nunca deja de ver el mundo desde su interior. Que lo que llevamos dentro, lo que anhelamos, lo que soñamos, lo que previamente conocemos, modifica nuestra visión del mundo. Lo mismo nos dice el cuento de Borges: preferimos otras versiones de la realidad, porque nunca estamos conformes con ella, porque la realidad es demasiado simple o demasiado brutal.

Akutagawa y los fragmentos

La realidad es también fragmentaria. No podemos tenerla nunca por completo. Sin embargo, vivimos con una cierta nostalgia por la totalidad, porque es como si creyéramos que en la totalidad está la verdad. Es lógico, ¿no? Juntamos las partes y obtenemos una visión mayor de las cosas. Esto, por cierto, es lo que hace un detective en su investigación criminal: junta las huellas, las pistas, los rastros, los testimonios, los datos para lograr tener un panorama mayor que le lleve a esclarecer el caso.

El gran escritor japonés Ryunosuke Akutagawa escribió en 1921 el cuento «En el bosque». El cuento gira en torno a un crimen. Un funcionario que viajaba con su mujer ha muerto asesinado en plena espesura. Por supuesto, hay una investigación. Solo que Akutagawa hace algo magistral: elimina la figura del investigador, y deja al lector ese papel. ¿Cómo lo hace? Pues presentando de manera directa las declaraciones de las distintas personas involucradas en lo sucedido. Declaraciones, vale decir, que son contradictorias, que no calzan, que parecieran no ir a ningún lado. Es lógico: pregúntale a un hombre y a una mujer que hace poco fueron pareja por qué se separaron. Cada uno tendrá una visión distinta de lo que fue su amor y de las causas de su separación. Akutagawa sabe que cada quien tiene su visión de la realidad, y lo usa con gran genio en este cuento. Nos ofrece un hecho fragmentado, y el lector debe ir armando su propio mecano.

El autor de El fantasma de la Caballero, a la manera de Akutagawa, nos presenta variados testimonios, en el presente y el pasado (tan difusos los primeros como los segundos), y el lector, junto al narrador, va también armando el caso. Cada voz, que es un fragmento, va conformado un estadio mayor, una totalidad, que finalmente puede que lleve a la verdad, en este caso, a la clarificación del asesinato de la señorita Josefa.

El Destripador invita y se despide

Y bien, hemos llegado al final. Hemos ido por partes, no muchas, porque tampoco la idea es extendernos demasiado.

Espero que te queden muchas cosas de esta lectura. Quizás puedas seguirle el rastro a las pistas que he dejado. Quizás te puedas ir tras Homero y su Troya, quién sabe si tras el Cid campeador y Roldán, o tras los cronistas de Indias (hasta el mismo Cristóbal Colón nos sirve), o tras el cuento de Borges del que hablamos o tras el de Akutagawa. Te invito incluso a que te pases por Internet y busques la teoría que dice que el tristemente célebre Jack el Destripador era masón.

Te invito a que te des una vuelta por allí, te invito a que investiguemos, a que juntemos fragmentos, a que imaginemos lo que pudo sucederle a Josefa Caballero. Imaginar es lo que nos queda. Esa, por lo menos, es mi intuición.

Muchas gracias, manda a decir el Destripador.