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Venezuela: antes del 19-A (siete tesis); por Fernando Mires

Todo indica que la manifestación convocada por la oposición venezolana para el día 19 de Abril (19-A) marcará un hito. Será sin duda la más grande demostración de masas ocurrida en toda la historia de Venezuela. A fin de ayudar a entender el carácter y sentido de esa manifestación, he redactado las siguiente siete tesis.

Por Fernando Mires | 16 de abril, 2017
Fotografía de Verónica Aponte / Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

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Todo indica que la manifestación convocada por la oposición venezolana para el día 19 de Abril (19-A) marcará un hito. Será sin duda la más grande demostración de masas ocurrida en toda la historia de Venezuela.

A fin de ayudar a entender el carácter y sentido de esa manifestación, he redactado las siguiente siete tesis.

1. Importante es remarcar que, en contra de lo que han supuesto algunos sectores no organizados de la oposición, dicha manifestación no obedece a un llamado insurreccional. Hasta el momento en ninguna convocatoria se lee, “a salir del gobierno”, o algo parecido. Que así pueda suceder como consecuencia de este u otro acontecimiento, nadie lo puede vaticinar. Venezuela atraviesa por una situación en la cual cada suceso puede revertir sobre otro, generándose así dinámicas imposibles de ser previstas.

2. Se puede afirmar, sin embargo, que nunca en toda la historia del chavismo y del madurismo las condiciones han sido tan desfavorables para el régimen. El aislamiento internacional de Maduro es casi total. En América Latina solo lo apoyan las dictaduras cubana y nicaragüense y el autoritarismo boliviano. El repudio de los gobiernos democráticos europeos es general. Ni siquiera las dictaduras militares del siglo XX lograron concitar tanto rechazo. En el plano interno es minoría absoluta. La situación económica es catastrófica y no hay visos de recuperación. A Maduro solo lo sigue una clientela cada vez más disminuida, una cúpula militar corrupta y grupos de ilegales para-militares. Por otro lado, la oposición nunca ha estado tan unida como en estos últimos días. Las fisuras producidas entre la ciudadanía y sus parlamentarios ya están cerradas. Las multitudes han perdido el miedo y enfrentan con manos y piedras a tropas armadas hasta los dientes. En fin, para decirlo en términos directos, la dictadura agoniza. Si esa agonía será breve o larga, es una pregunta que nadie puede responder.

3. La convocatoria del 19-A ha sido redactada como protesta en contra del golpe de estado al parlamento, golpe que culminó con la anulación de la AN por el TSJ. Pero como ha señalado la mayoría de quienes se ocupan de estudiar el caso venezolano, no fue ese un golpe repentino. La anulación de la Asamblea fue un golpe más en una cadena de golpes asestados a la Constitución, a la democracia y al pueblo. Tal vez, el más decisivo, el más evidente, el más grosero. Golpes precedentes fueron dados al revocatorio (constitucional y electoral) y a las elecciones regionales pautadas para el 2016 y 2017. La cadena golpista ha continuado en la reciente inhabilitación a Henrique Capriles. Esa es la razón por la cual la protesta en contra del golpe será, inevitablemente, una protesta en contra de toda la dictadura de Maduro. Pues la naturaleza de la dictadura es golpista. Detener el golpe –como reza la convocatoria al 19-A- significa detener a la dictadura. El golpismo es la dictadura. La dictadura es el golpismo.

4. El 19-A se encuadra dentro de la más estricta continuidad con la historia de la lucha antidictatorial. Esa lucha ha sido definida por sus cuatro puntos cardinales: pacífica, democrática, constitucional y electoral.

5. La convocación a elecciones fue, antes del golpe a la AN, la principal exigencia de la oposición. Pero después del golpe a la AN las exigencias pasaron a ser dos: elecciones y devolución de su soberanía a la AN. Lo último pasa por la inmediata destitución de los magistrados golpistas. A esas dos exigencias, y surgidas de la propia lucha, han sido agregadas otras dos: anulación de la inhabilitacioes y disolución inmediata de los grupos para-militares.

6. Las elecciones (regionales o generales), la reivindicación constitucional de la AN, el fin de las inhabilitaciones y la disolución de los para-militares, no son puntos separados entre sí. Constituyen un todo. Cada uno depende del otro. Cualquier intento del régimen por sacar del contexto a una o a algunas de esas cuatro exigencias, debería ser considerado como una simple coartada destinada a engañar y a dividir a la oposición.

7. El llamado a elecciones, a las cuales el régimen podría aceptar como una posibilidad de sobrevivencia, debe ser entendido como un llamado a la celebración de elecciones libres. Pero no puede haber elecciones libres con un parlamento secuestrado, con políticos ilegalmente inhabilitados, y con grupos armados disparando en contra de la ciudadanía.

Por muy repetida que sea, la frase no deja de ser cierta. El 19-A el pueblo venezolano tiene una cita con la historia.

Los derechos humanos en Argentina: entre la memoria y la manipulación; por Carlos Malamud

El 24 de marzo se cumplieron 41 años del golpe militar liderado por el general Jorge Videla, inicio de la más sangrienta dictadura que jamás conoció Argentina. Pese a que el país lleva más de 33 años en democracia, el recuerdo del pasado dictatorial, del número de desaparecidos e incluso de la necesidad de imponer

Por Carlos Malamud | 27 de marzo, 2017

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El 24 de marzo se cumplieron 41 años del golpe militar liderado por el general Jorge Videla, inicio de la más sangrienta dictadura que jamás conoció Argentina. Pese a que el país lleva más de 33 años en democracia, el recuerdo del pasado dictatorial, del número de desaparecidos e incluso de la necesidad de imponer la fecha del golpe como festivo aún sigue siendo objeto de polémica. En este contexto se habla del “Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia”.

Es interesante comparar la experiencia argentina con la de otros países suramericanos, como Chile, Uruguay o Brasil, que también sufrieron episodios dictatoriales con la misma orientación represiva, pero que hoy viven situaciones diferentes. En ninguno de ellos se interrumpe la jornada laboral y escolar en recuerdo de lo sucedido. En Chile, prácticamente a nadie se le ocurre decir que Sebastián Piñera era continuador de la dictadura militar o comparar su gestión con la de Pinochet. Y así se podrían seguir detallando diferencias entre la forma en que la sociedad argentina recuerda su pasado o quiere forzar una determinada interpretación del mismo con lo que ocurre en su entorno.

¿Por qué esa diferencia? En Brasil, Chile y Uruguay hubo, y en los dos últimos sigue habiendo, gobiernos de izquierda que no necesitaron inventar ningún relato para identificarse y ser identificados como tales. Tampoco se puede incluir a los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva, Dilma Rousseff, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet, Tabaré Vázquez o José Mujica en la categoría de populistas, más allá del discurso enarbolado por el PT y la presidente brasileña durante el impeachment.

En Argentina la situación fue diferente. Hasta su llegada al poder, los Kirchner no se habían caracterizado por sus vínculos con el socialismo, ni el vernáculo ni el internacional. Tampoco poseían una sensibilidad asociada a la izquierda política, ni siquiera a la izquierda peronista. Ahora bien, tras su triunfo electoral de 2003 Néstor Kirchner, que apenas superó el 22% de los votos, necesitó recomponer una base de poder que diera sustento y estabilidad a su gestión. Era algo fundamental tras la traumática salida de Fernando de la Rúa en 2001 y los coletazos de una recesión todavía vigente.

Pese a los 20 años transcurridos desde el restablecimiento de la democracia, la lucha contra la dictadura, los juicios contra los represores, el enaltecimiento de los desaparecidos y la causa de los derechos humanos se convirtieron en uno de los principales ejes del relato kirchnerista, ahora presentado en sintonía con la causa bolivariana. Fue tal el énfasis puesto en el empeño, que se acuñó el concepto de “setentismo”, evocador de la gesta heroica de los “muchachos”, los Montoneros, que querían construir la “patria socialista” por las armas.

El kirchnerismo no impulsó una política integral de derechos humanos que incluyera tanto las violaciones de la dictadura, como las actuales. En su lugar solo hubo manipulación del pasado para obtener un rédito político. Y en un claro gesto adanista se decidió hacer tabla rasa con la historia, negando cualquier actuación de los anteriores gobiernos democráticos, incluyendo el enjuiciamiento a las juntas militares impulsado por Alfonsín. En un discurso en 2004, en la ESMA (Escuela Superior de Mecánica de la Armada), uno de los más activos centros dictatoriales de tortura y desaparición, Kirchner pidió “perdón de parte del Estado por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia las atrocidades cometidas por los represores ilegales de la última dictadura militar”.

Si en el gobierno el kirchnerismo necesitó de los derechos humanos para proyectar un perfil progresista, en la oposición su necesidad es todavía mayor. Tras su derrota electoral en noviembre de 2015, en vez de reconocer el fracaso intentaron deslegitimar a Mauricio Macri, presentándolo como un presidente de extrema derecha, con vínculos con las corporaciones, el imperialismo y la dictadura militar. Cristina Fernández ni siquiera se dignó a participar en la ceremonia de traspaso de poder. Con el paso del tiempo, radicalizó su discurso y centró sus denuncias en la destrucción de todo lo construido por el matrimonio gobernante en los años anteriores.

La cercanía de las elecciones de medio término (octubre próximo) y el creciente número de causas judiciales contra la antigua cúpula gubernamental, incluyendo el vértice, propiciaron una nueva ofensiva desestabilizadora contra Macri. El despliegue piquetero, la huelga docente, la convocatoria de una huelga general por la CGT (Confederación General del Trabajo) para el 6 de abril o el 41 aniversario del golpe militar son algunos ejemplos.

Una cuestión interesante vinculada a 1976 es la discusión sobre el número de desaparecidos, cifrado en 30.000 personas. Sin embargo, todas las investigaciones oficiales y las de algunos expertos hablan de un número que rondaría los 9.000. En su intención de sacralizar la lucha popular “antidictatorial” se ha decretado herejía cuestionar siquiera los 30.000 y se intenta proclamar una ley que fije la obligatoriedad de ese número y denominar “dictadura cívico-militar” al anterior régimen.

El clímax se alcanzó en el acto del pasado 24, cuando los organismos de derechos humanos convocantes, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo entre otros, recordaron la lucha de las principales organizaciones guerrilleras que actuaron en la década de 1970, como Montoneros, FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) o FAL (Fuerzas Armadas de Liberación). El acto comenzó con un documento que llamaba a luchar contra el gobierno: “Vamos a seguir denunciando el avasallamiento de derechos por parte del gobierno antipopular de Mauricio Macri“.

Previamente, Hebe Bonafini, con un discurso cada vez más escatológico, afirmó: “Basta de ser democráticos para ser buenitos. Yo me cago en los buenos, no soy buena. Es verdad que soy una fanática, fanática de la política, de la lealtad. Soy fanática del legado de Néstor y de Cristina“. Con esta estrategia de polarización por medio, en el kirchnerismo se ha instalado la idea de que todo vale, comenzando por el plano discursivo, aunque sin agotar sus andanadas en él. Si se quiere un fin abrupto del actual gobierno hay que apostar por la desestabilización, aunque ésta aporte mayor sufrimiento para los sectores populares. Y si para ello es necesario presentar puras reivindicaciones políticas como si fueran la defensa a ultranza de los derechos humanos, también se hace.

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Cuando los caminos de Falkland/Malvinas y el Brexit se cruzan…; por Carlos Malamud

[Infolatam]. La noticia saltó con una espectacularidad inusitada, al punto que hasta el Financial Times terminó recogiéndola. Un empresario argentino, multimillonario para más señas, quiere comprar un importante paquete accionarial de la mayor empresa de las Islas Malvinas, el Falkland Islands Holding Group (FIH). El FIH no es una empresa cualquiera, con diversos frentes comerciales, ya

Por Carlos Malamud | 20 de marzo, 2017
Fotografía de Ken Griffiths

Fotografía de Ken Griffiths

[Infolatam]. La noticia saltó con una espectacularidad inusitada, al punto que hasta el Financial Times terminó recogiéndola. Un empresario argentino, multimillonario para más señas, quiere comprar un importante paquete accionarial de la mayor empresa de las Islas Malvinas, el Falkland Islands Holding Group (FIH). El FIH no es una empresa cualquiera, con diversos frentes comerciales, ya que simultáneamente posee una cantidad no desdeñable de tierras en el archipiélago austral (hay quien dice que es el mayor propietario de tierras de Malvinas). Por eso, y con independencia del éxito que pueda o no tener la oferta de Eduardo Elsztein, será interesante ver la reacción de las autoridades británicas en esta nueva coyuntura marcada por el deseo de Theresa May de comenzar a negociar a la brevedad el Brexit con la Unión Europea.

Precisamente, en torno al Brexit se articularon dos ideas fuerza. La primera que el Reino Unido recuperaría plenamente su soberanía una vez consumada su ruptura con Europa. La segunda, derivada de la anterior, que en el nuevo mundo ideal los británicos establecerían una maravillosa relación económica con todas las naciones, presidida por una apertura comercial prácticamente ilimitada. Las primeras reacciones ante la oferta de un ciudadano argentino, empresario para más señas, que no de la Argentina como país, fueron algo contradictorias con las premisas más arriba explicitadas.

Elsztein posee una gran cantidad de centros comerciales, edificios de oficinas y de importantes empresas agrícolas y a través de una sociedad participada, el Dolphin Fund, establecido en Uruguay, envío una carta al FIH para interesarse por las acciones en poder de la familia Rowland. Según fuentes periodísticas habría ofrecido cerca de 37 millones de libras esterlinas, unos 48 millones de dólares, por un paquete accionarial que le permitiría tener un mayor control del FIH. Se da la circunstancia de que Elsztein, a través de una de sus empresas, ya es dueño del 2,34%  de las acciones del FIH.

Si no fuera por el diferendo que opone a la Argentina con el Reino Unido en torno a la soberanía de las Islas Malvinas/Falkland la discusión sería bastante absurda. Que un empresario quiera adquirir nuevas empresas forma parte de la realidad económica cotidiana en buena parte del mundo. En Reino Unido el acceso de los extranjeros a la propiedad inmobiliaria es prácticamente ilimitado. En Argentina, es considerable la extensión de la Patagonia en manos de ciudadanos o empresas no nacionales.

Como se mencionó, la oferta de Elsztein provocó importantes reacciones. Para comenzar, fuentes diplomáticas británicas señalaron que “Por tratarse de un asunto entre dos compañías, el Foreign Office no puede emitir opinión alguna”. Se da la circunstancia de que esta semana llega a Buenos Aires Greg Hands, ministro de Estado de Comercio e Inversión, quien con toda seguridad no sólo “mantendrá una serie de encuentros con los ministros [argentinos],… con quienes analizará diversas medidas para incrementar la inversión y el comercio bilaterales”, sino también abordará las implicaciones del tema.

Por su parte Edmund Rowland, presidente ejecutivo del FIH, ha dicho que no quiere que Dolphin Fund tenga más acciones en su empresa. El Evening Standard, el primer periódico en publicar la noticia, dijo que éste sería un test de importancia para el gobierno de May, que debería decidir si quiere que “empresas extranjeras” se conviertan en propietarias en las islas. Y aquí emergen argumentos del “interés nacional” o de la “seguridad nacional”. Barry Elsby, presidente de la Asamblea Legislativa de Falkland, dijo que “como en cualquier país” verán si esta oferta atenta o no “contra los intereses nacionales”, o como apuntan otras fuentes si el gobierno se vería obligado a actuar en caso de considerar que la intención de Elsztein afecta la “seguridad nacional”.

Es cierto, como sostiene el ex secretario de Comercio Vince Cable que “Los motivos por los que el gobierno puede intervenir en interés público son muy limitados… Pero si se trata de una cuestión de seguridad nacional y algunos argentinos están tratando de tomar las islas por la puerta de atrás, habría que pensar que podría ser un muy buen caso para intervenir”. En esta línea también se manifestó el gobierno isleño, muy preocupado ante esta amenaza potencial, en el comunicado que hizo público y que entre otras cosas dice: “El gobierno sigue monitoreando de cerca la situación de la posible oferta del fondo Dolphin. Cualquier cambio de propiedad propuesto que afecte a los activos mantenidos en las Islas Falkland será examinado para verificar su cumplimiento con la ley de las Islas Falkland”.

Si por un lado la oferta de Elsztein supone un abordaje radicalmente distinto e impensable a lo actuado hasta ahora por Argentina y algunos argentinos, más propensos a las bravatas y amenazas que a formular propuestas constructivas, por el otro las respuestas británicas asombran por el elevado nivel de proteccionismo manifestado. El recurso al interés o a la seguridad nacionales muestran la sorpresa con que pilló el tema a las autoridades del Reino Unido, pero también el escaso recorrido librecambista sobre el que sostuvo en su día la campaña del Brexit. De seguir por este camino el gobierno británico no sólo lo tendrá mal con la Unión Europea, también sufrirá con algunos teóricos socios, potencialmente llamados a compensar las fuertes pérdidas que sufrirán los británicos como consecuencia de su abandono de Europa.

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Confrontación y diálogo; por Fernando Mires

Confrontación y diálogo: dos modos de hacer política a los que suele considerarse excluyentes olvidándose que el uno no se puede constituir sin el otro. Confrontación y diálogo son, en efecto, dos dimensiones de la política. Lo importante es que no existan separadas. La confrontación sin posibilidad de diálogo conduce a callejones sin salida, cuando

Por Fernando Mires | 18 de marzo, 2017

©Fotografía de Andrés Kerese [01/09/2016] / Haga click en la imagen para ver la galería completa

©Fotografía de Andrés Kerese [01/09/2016] / Haga click en la imagen para ver la galería completa

Confrontación y diálogo: dos modos de hacer política a los que suele considerarse excluyentes olvidándose que el uno no se puede constituir sin el otro.

Confrontación y diálogo son, en efecto, dos dimensiones de la política. Lo importante es que no existan separadas. La confrontación sin posibilidad de diálogo conduce a callejones sin salida, cuando no al imperio de la violencia. El diálogo sin confrontación lleva a la disolución de la política como sustitución de la guerra pues sin peligro confrontacional la política carece de sentido. Un diálogo sin confrontación puede ser incluso más peligroso que una confrontación sin diálogo pues al ser abandonada la confrontación desaparece la política (la política es confrontación) y así quedan todos los caminos abiertos para la violencia.

Llamémoslos enemigos en sentido clásico, o adversarios en sentido más civilizado, o simplemente contrarios u opuestos, lo cierto es que sin antagonismos en los campos de confrontación y diálogo, la política estaría de más.

La oposición de los contrarios, vale decir, el reconocimiento de la existencia de antagonismos es la base de toda lógica política. O aún más claro: el diálogo, para que sea político, debe ser el resultado de una confrontación real o potencial. Primero la confrontación (o su inminencia). Después el diálogo. Nunca al revés.

La confrontación, no el diálogo, ocupa el lugar preeminente o sobredeterninante -si empleamos un término psicoanalítico- en la política. Un diálogo sin confrontación solo se da en las relaciones amistosas. Pero la política fue inventada para relacionar a los enemigos y no a los amigos. Por lo mismo, el diálogo no puede sustituir a la confrontación. Incluso el diálogo, en política, ha de ser confrontacional. De otra manera no es político.

Siendo entonces la confrontación y no el diálogo la variable fundamental, la tarea principal de la política es localizar y conocer exactamente al enemigo. Solo frente a un enemigo delimitado, personificado en nombres y apellidos, y nunca ideológico, adquiere la política su razón de ser.

Entre dos fuerzas políticas enemigas las confrontaciones pueden ser dirimidas a través del diálogo. Pero para eso es necesario que las confrontaciones o su inminencia, existan previamente.

¿Qué sucede en cambio cuando una fuerza política debe enfrentar a una fuerza no política o precariamente política? En este caso no puede haber diálogo. Pero tampoco puede haber solo confrontación, pues ella nos aleja de la política y nos lleva a la guerra. La tarea de la fuerza política, bajo esas condiciones, es forzar la politización (re-constitucionalización) del enemigo. Para que eso ocurra, hay que demostrar frente a ese enemigo una disposición a avanzar más allá de la política, aunque siempre en defensa de la constitucionalidad de la política. Eso implica por una parte, la decisión de llevar la confrontación hasta sus últimas consecuencias. Por otra, acosar al adversario con las fuerzas que se tienen y no con las que se quisiera tener.

En las confrontaciones internacionales, muchos gobiernos no políticos han debido politizar sus relaciones con el adversario cuando este dispone de una superioridad militar abrumadora y de la decisión de imponerla por medios no políticos si eso fuera necesario. Como es sabido, hasta las armas atómicas han sido convertidas en medios políticos disuasivos y como tales, bajo determinadas condiciones, han jugado, aunque parezca paradoja, un rol pacificador.

En las confrontaciones nacionales sucede, en cambio, lo contrario: las armas suelen sucumbir frente a la superioridad numérica y constitucional de las fuerzas políticas y de sus alianzas internacionales. Un diálogo, vale decir una negociación, solo puede ocurrir en esos casos cuando las fuerzas políticas han dirimido fuerzas con las no políticas, o por lo menos, cuando han mostrado la decisión de enfrentarlas hasta las últimas consecuencias. Para poner un ejemplo: el diálogo de la oposición chilena con la dictadura fue posible no solo cuando esta fue derrotada en un plebiscito sino cuando el pueblo apareció en las calles para defender y celebrar ese triunfo. Otro ejemplo: el diálogo gobierno- FARC solo fue posible en Colombia después que las FARC fueran militarmente derrotadas. Entre Uribe y Santos, visto objetivamente, hay más continuidad que ruptura. Durante Uribe, Santos fue incluso más confrontacional que Uribe.

Cada momento tiene su política. Cada política tiene su momento. Equivocar el momento suele ser en política, fatal.

Un diálogo sin confrontación, o sin posibilidad de confrontación, no lleva a ningún lugar. Y es evidente: sin confrontación (o sin posibilidad de confrontación) no hay nada que negociar.

La expresión más política (civilizada), es decir, no violenta, de una confrontación son las elecciones. Las elecciones son a la política lo que las batallas a la guerra.

Si un adversario en el poder no admite elecciones no puede, en consecuencias, haber diálogo hasta que ese adversario sea obligado a someterse al veredicto popular. Los diálogos en política han sido, son y serán siempre, eventos post-electorales. Esa es la razón por la cual todos los movimientos democráticos de la modernidad han opuesto frente a las dictaduras y autocracias la lucha por elecciones libres y secretas.

Elecciones es la palabra que separa -en términos definitivos y absolutos, vale decir, sin relativizaciones ni apelaciones jurídicas- a una dictadura de una democracia. No hay otra palabra.

Cuando a favor de una fuerza política se encuentra la mayoría nacional, la hegemonía cultural, la constitución, y la disposición de luchar por la vía electoral hasta las últimas consecuencias, la fuerza bruta del enemigo tendrá que ceder. Todos los ejemplos históricos lo confirman. Después vendrán los momentos del diálogo.
Entonces: elecciones first.

La contrarrevolución anti-parlamentaria y anti-soviética de Vladimir Ilich Lenin; por Fernando Mires

Hace algunos días vi el documental francés  “Lenin, la otra historia de la revolución rusa”. Lo vi sin grandes expectativas. A estas alturas pensaba que más no se podía indagar sobre la revolución rusa de 1917. Y sin embargo, el film dirigido por Cédric Tourbe me pareció en algunos de sus pasajes, novedoso. El documental

Por Fernando Mires | 5 de marzo, 2017

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Hace algunos días vi el documental francés  “Lenin, la otra historia de la revolución rusa”. Lo vi sin grandes expectativas. A estas alturas pensaba que más no se podía indagar sobre la revolución rusa de 1917. Y sin embargo, el film dirigido por Cédric Tourbe me pareció en algunos de sus pasajes, novedoso.

El documental confirma, por cierto, lo que ya se sabía: Lenin era un político por naturaleza, capaz de captar con extrema rapidez el curso de los procesos históricos. La documentación reunida por el historiador Marc Ferro y por el experto en crisis políticas Michel Dobry, demuestra que las teorías de Lenin variaban, sí, incluso se contradecían unas a otras cuando el curso que tomaban los acontecimientos así lo determinaba.

Lenin tenía ese extraño don de saber tomar el pulso a la historia y reaccionar en el momento preciso, no dejar escapar la oportunidad cuando esta se presentaba, e incluso adulterar sin escrúpulos las teorías de Marx si eso le parecía necesario para realizar su obsesión: la toma del poder.

No voy a relatar el film. Me detendré solo a precisar un momento que sí logró impresionarme. Ocurrió cuando apareció en la pantalla un mapa de Rusia marcado por una cantidad numerosísima de puntos rojos. Esos puntos eran los sóviets, consejos de obreros, campesinos y soldados, surgidos por primera vez durante la revolución fallida de 1905 y reactivados el año 1917 antes de la caída de Nicolás ll.

Ese mapa ilustra mejor que cualquier texto de historia la realidad que comenzaba a vivir Rusia a partir de la caída del Zar y durante el gobierno provisional dirigido por Alexander Kérenski en representación de la Duma (parlamento). Por un lado, el poder constitucional de Kérenski y la Duma. Por otro, el de los puntos rojos, el de los sóviets. Una situación de “doble poder”, así la denominó Leo Trotski.

Mirando ese mapa se entiende perfectamente la atracción que ejercían los sóviets no solo entre los bolcheviques, sino también entre quienes hasta ese momento habían sido sus compañeros de ruta: los mencheviques y los socialistas revolucionarios.

Frente a esa dualidad de poderes, Lenin evaluó dos opciones: o apoyar a Kérenski, tal como lo hizo durante el intento de golpe de estado del coronel Kornilov (agosto) y así, junto a los mencheviques y liberales asegurar la continuidad de un gobierno republicano y parlamentario, o apoyar el poder de los sóviets. El sagaz Lenin resolvió rápidamente el dilema; su consigna central fue legendaria: “todo el poder a los sóviets”. Desde Petrogrado, convertida por Trotski en comando central de los sóviets, la consigna se convirtió en orden.

Con la consigna “todo el poder a los sóviets” había nacido –eso no podía saberlo Lenin- una doctrina: la del poder que prescinde de las instituciones del estado moderno, es decir, la del poder que rompe con la división de los poderes del Estado propuesta por Montesquieu para que los mandatarios no se transformaran en monarcas absolutos. Pues “todo el poder a los sóviets” significa en texto claro: ningún poder al Parlamento. La revolución de Lenin fue así, y desde el comienzo, una contrarrevolución antiparlamentaria.

La revolución de Lenin no fue anti-zarista como la que llevó al poder a Kérenski en representación del Parlamento (febrero) sino, en primer lugar —y sobre todo— antiparlamentaria. Y si se tiene en cuenta que no puede haber democracia sin parlamento, fue también, desde sus primeros momentos, antidemocrática. Por esa misma razón tampoco fue, la de octubre, la revolución de los sóviets.

Quienes entraron al Palacio de Invierno (entraron, no asaltaron; en el film eso queda muy claro) no fueron los sóviets pues todos sus diputados estaban abocados en esos momentos en la preparación del Segundo Congreso de los Sóviets que debería tener lugar el 25 de octubre de 1917.

Quiénes entraron al Palacio de Invierno eran miembros de una multitud desorganizada (¿turbas?). Entre ellos, soldados desertores de un ejército descompuesto quienes recibieron el pomposo nombre “post-factum” de Comité Militar Revolucionario. Ellos solo accedieron a la residencia al darse cuenta de que esta había sido abandonada por sus ocupantes.

Lenin no dejó escapar el momento. Ordenó a los bolcheviques que se pusieran delante de “las masas” e inmediatamente comenzó a repartir ministerios entre sus amigos más leales. No sin razón Rosa Luxemburg calificaría a la “revolución de octubre” como el resultado de “un simple golpe de estado”.  El film constata, además, que mientras era preparado el “asalto” al Palacio de Invierno, los teatros, la ópera, los restaurantes, seguían funcionando como si nada hubiera sucedido. Quizás solo Lenin sabía que en ese instante estaba cambiando el curso de la historia universal.

Efectivamente: el partido había sustituido desde el primer momento a los sóviets. Y a la cabeza de ese partido estaba Lenin. En octubre de 1917 fue establecida  una relación directa entre el líder del partido en representación de un comité central puesto a su servicio, y las masas no soviéticas organizadas desde el partido.

La república soviética, en consecuencias, no solo fue antiparlamentaria y no-soviética. Fue, además, anti-soviética.

El Congreso de los Sóviets tuvo lugar efectivamente el 25-10, con nueve horas de retraso. Precisamente en el congreso que iba a definir la estrategia a seguir para que los sóviets accedieran al poder, Trotski -no Lenin- anunció que el poder ya había sido tomado por los sóviets pero sin los sóviets. Como escribió Máximo Gorki, el 7 de diciembre de 1917: “Los bolcheviques se han colocado en el Congreso de los Sóviets tomando el poder por sí mismos, no por los sóviets. […] Esto es una república oligárquica, la república de algunos comisarios del pueblo”.

Los socialistas revolucionarios y los mencheviques abandonaron en acto de protesta la sala del Congreso cediendo la mayoría a los bolcheviques en alianza con algunos miembros del Partido Socialista Revolucionario. Gravísimo error. En nombre de la Unión de Repúblicas Soviéticas fue erigida la dictadura de un partido. Lenin y Trotski fueron sus iniciadores. Stalin la construyó a sangre y fuego.

Muchos años después, Putin, sin recurrir a ningún partido, pero asociado a la Iglesia ortodoxa del zarismo, ha restaurado lentamente la república antiparlamentaria. Desde esa perspectiva, Lenin- Stalin- Putin, cada uno en su tiempo, han sido los líderes de la contrarrevolución antiparlamentaria, antidemocrática y antisoviética nacida originariamente en nombre de los concejos de obreros, campesinos y soldados.

La por Lenin llamada democracia directa según la cual no debe existir ningún tipo de mediación institucional entre las organizaciones de base y el líder supremo, ha pasado a ser, después de Lenin, la utopía de casi todas las dictaduras del mundo. Quizás esa es la razón que explica por qué la figura de Lenin no solo ha fascinado a los “revolucionarios” de izquierda, sino también a los de las más extremas derechas.

Mussolini, como es sabido, fue un admirador de Lenin. Del mismo modo no pocos nazis se sintieron atraídos por el dictador ruso (existía incluso al interior del NSDAP una fracción llamada “bolcheviques-nazis”) del mismo modo como los neo-fascistas europeos de nuestro tiempo no ocultan su admiración por el nuevo Vladimir: me refiero a Putin.

Seguramente el muy inteligente Carl Schmitt, quien fuera jurista de Hitler y cuyas teorías anti-parlamentarias siguen siendo patrimonio del pensamiento teórico de las ultraderechas y del neo-fascismo, se habría sentido hoy fascinado por la figura de Putin del mismo modo como lo estuvo por la de Lenin. En efecto, los dos Vladimires, Lenin y Putin, son las representaciones más genuinas del antiparlamentarismo moderno. Tanto el uno como el otro convirtieron al parlamento en una institución puesta al servicio de la autocracia en el poder.

El parlamento era para Lenin lo mismo que después fue para Hitler y Schmitt: un estorbo para el ejercicio directo del poder, un obstáculo para el diálogo libidinoso entre el gran líder y el pueblo, un elemento dilatorio destinado a torpedear la “soberanía decisionista” (Schmitt) del principio del líder (Führerprinzip). Fue por eso que Schmitt asumió como suya la caricaturización que hiciera el ultrarreaccionario filósofo español Donoso Cortés (Discurso sobre la Dictadura) cuando llamó a los parlamentarios “clase discutidora”.

En su libro El Estado y la Revolución, escrito en vísperas de la toma bolchevique del poder, Lenin, como si hubiera leído a Donoso Cortés, llamó al Parlamento “jaula de cotorras”. Textual: “ La salida del parlamentarismo no está, como es natural, en abolir las instituciones representativas y la elegibilidad, sino en transformar dichas instituciones de jaulas de cotorras en corporaciones de trabajo”.

La destrucción de la democracia pasa efectivamente por la des-parlamentarización del Estado. Por esas mismas razones, la lucha por la democracia en los países dominados por dictaduras ha sido, es y será, la lucha por la instauración y/o recuperación del parlamento en su triple función:

Órgano de diálogo y deliberación entre representantes del pueblo libremente elegidos

Órgano legislativo de la nación jurídica y políticamente constituida

Contra-poder frente a las tentaciones omnipotentes del ejecutivo.

Sin esas tres atribuciones parlamentarias la democracia es una imposibilidad. La democracia directa  -sueño o pesadilla soviética- nunca ha existido. La democracia ha de ser indirecta y delegativa o no ser. La soberanía de un pueblo ha de expresarse en el voto de cada ciudadano a solas con su conciencia, frente a una hoja de papel en donde hay nombres que elegir. Nunca entre individuos escondidos en una multitud, aplaudiendo a las locuras del líder de ocasión.

Sin parlamento el gobierno se convierte en Estado. Es por eso que todos los que se han planteado como tarea histórica la destrucción del Estado, han comenzado por destruir al Parlamento.

No deja por eso de producir miedo el hecho de que un alto representante del gobierno de los EE. UU, nada menos que el ideólogo de Donald Trump, Steve Bennon, no solo ha declarado su admiración por los dos Vladimires rusos, sino, además, propuso como tarea histórica “la destrucción del Estado”. Un tipo de esa escuela no tiene nada que hacer en un gobierno elegido por el pueblo. Aunque ese gobierno sea el de Donald Trump, los EE. UU son la nación de Thomas Jefferson y Abraham Lincoln. A esa tradición no pertenece Lenin.

Lenin sustituyó al parlamento por los sóviets, a los sóviets por el partido y al partido por su secretario general. Pese a que el documental “Lenin, la otra historia de la revolución rusa” busca exaltar a la figura carismática de Lenin, si uno lo ve con ojos críticos, no puede ocultar la durísima verdad: Stalin vivía dentro de Lenin del mismo modo como Putin vivía dentro de Stalin.

El documental muestra claramente como la revolución de octubre no fue más que un golpe de estado ejecutado por una pandilla de audaces activistas, seguidores de un talentoso, hábil e ilustrado dictador que imaginaba hablar en nombre del pueblo y que, por lo mismo, no necesitaba de ese pueblo.

Afortunadamente esa historia no ha terminado. Lenin no ha podido derrotar a Montesquieu. Después de Lenin, muchas revoluciones han surgido para reivindicar el derecho de los pueblos a elegir a sus propios representantes. La  lucha de nuestros tiempos ya no es anti-parlamentaria como fue en los días de Lenin y Trotski, sino todo lo contrario: ella tiene lugar en contra de gobiernos que, como el de Lenin, han usurpado el lugar del parlamento y, con ello, el del Estado.

Justamente después de, y quizás gracias a la, experiencia de la revolución rusa, hay un consenso político entre los demócratas: sin parlamento elegido de acuerdo a los principios del sufragio universal, no hay democracia. La lucha por el parlamento es por lo mismo la lucha por el voto, es decir,  la lucha por la democracia. Esa lucha logró su máxima victoria con las revoluciones que llevaron al derrocamiento de las dictaduras comunistas post-leninistas europeas (1989-1990) .

Hoy, un siglo después de la contra-revolución de Lenin, tiene lugar un segundo capítulo: la lucha electoral en contra de los movimientos y partidos neo-fascistas dirigidos desde la Rusia de Putin. Seguramente habrá nuevas derrotas, pero también algunas victorias. En América Latina al menos, el socialismo del siglo XXl, tan anti-parlamentario y tan autocrático como fue el del siglo XX, ya se encuentra en franca retirada.

La lucha continúa.

Las complicadas negociaciones UE – Mercosur; por Carlos Malamud

[Infolatam].- Un tema recurrente durante la exitosa visita de Estado del presidente argentino Mauricio Macri a España fue instalar la idea, junto a la necesidad de relanzar la inversión extranjera, de cuán importante sería cerrar en breve las negociaciones en torno a un Tratado de Asociación entre la Unión Europea (UE) y Mercosur. Si bien

Por Carlos Malamud | 27 de febrero, 2017

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[Infolatam].- Un tema recurrente durante la exitosa visita de Estado del presidente argentino Mauricio Macri a España fue instalar la idea, junto a la necesidad de relanzar la inversión extranjera, de cuán importante sería cerrar en breve las negociaciones en torno a un Tratado de Asociación entre la Unión Europea (UE) y Mercosur. Si bien Macri hablaba desde la perspectiva argentina y sudamericana, un éxito en la negociación sería igualmente beneficioso para una UE doblemente amenazada por los efectos negativos del Brexit y la oleada proteccionista desatada tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

El abandono por Estados Unidos del TPP (Trans Pacific Partnership) y la virtual parálisis del TTIP (Trans Atlantic Trade and Investment Partnership) son sólo parte de una ofensiva proteccionista de mayor alcance, que incluye la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA en sus siglas inglesas). A nadie se le escapa cuán perjudicial es esta deriva para Europa, que ha hecho de su apertura al mundo, de su vinculación con las cadenas globales de valor y de su relación con la globalización y la sociedad del conocimiento una de sus principales señas de identidad. Desde esta perspectiva si bien es cierto que la firma del CETA (Comprehensive Economic and Trade Agreement) con Canadá es una excelente noticia, es algo insuficiente para Europa, que debe plantearse en este momento objetivos más ambiciosos.

De ahí la importancia de cerrar un acuerdo con Mercosur en el menor tiempo posible, aunque sin perder la perspectiva histórica ni los obstáculos que hasta ahora han impedido un final feliz. Las interminables negociaciones para la firma del Tratado de Asociación son lo más parecido a una comedia de enredos, donde algunos protagonistas cambian con el paso del tiempo. En diciembre de 1995 se firmó un Acuerdo de Asociación Interregional, que sentaba las bases de lo que debía ser una estrecha y fructífera colaboración. De ahí la insistencia en el carácter transitorio del Acuerdo y la necesidad de comenzar a negociar cuanto antes con metas más sustanciosas.

En 1999 se acordó comenzar la negociación, iniciada formalmente en julio de 2001, tras haberse definido el año anterior su calendario y contenido. Sin embargo, ésta fue interrumpida en 2004, ya con Lula da Silva y Néstor Kirchner al frente de Brasil y Argentina, en medio de un debate cacofónico sobre el proteccionismo agrario y la PAC (Política Agraria Común) por un lado y el proteccionismo de manufacturas y servicios por el otro. Recién en 2010, durante la Cumbre ALCUE (América Latina, Caribe, Unión Europea) celebrada en Madrid se decidió destrabar la parálisis existente, aunque hubo que esperar a 2016 para recomenzar las negociaciones formales. La salida de Cristina Fernández y de Dilma Rousseff ha facilitado las cosas.

Más allá de las dificultades existentes, hoy existe una ventana de oportunidad para concluir este largo viaje de forma adecuada y satisfactoria. Esto no implica que los problemas hayan desaparecido, como muestran la pervivencia de presiones agrícolas en Francia, Polonia e Irlanda. En este sentido, el Brexit es más un obstáculo que un estímulo, dado el tradicional respaldo británico al libre comercio.

Para el Mercosur la firma del Tratado es vital, y más ante las dificultades económicas de Argentina y Brasil. Las declaraciones recientes de Macri y Michel Temer buscan profundizar este camino. Si bien, en el caso de una conclusión positiva, habría que esperar largos años para que sus efectos comerciales se dejen sentir, sí habría una potente señal a los mercados e inversores respecto a la fiabilidad del Mercosur. También sería un gran estímulo en el proceso de convergencia entre Mercosur y la Alianza del Pacífico, un proyecto relanzado tras el cambio de gobierno en Argentina.

Para la UE también sería importante reforzar sus lazos y alianzas con los países occidentales, y sin duda América Latina es parte de Occidente. Tras el triunfo electoral de Trump y el repicar de su mensaje proteccionista se comenzó a mirar en dirección a América Latina para ver las consecuencias que allí tendría su llegada al poder. Una de las primeras conclusiones fue que sería una gran oportunidad para China, que podría reemplazar incluso a Estados Unidos si estos decidían retroceder en su propio hemisferio y recluirse tras el muro que intentan construir.

A fines de noviembre de 2016, durante la última gira del presidente Xi Jinping por Chile, Perú y Ecuador, el New York Times título uno de sus artículos: “Mientras Estados Unidos construye muros en América Latina, China levanta puentes”. Esta ecuación excluye a la UE, que es, sin embargo un gran inversor regional, mucho mayor que China, y un importante socio comercial de todos sus países. Es más, en el conjunto de las exportaciones latinoamericanas Europa compra más productos manufacturados y semimanufacturados que China, más centrada en las materias primas. Por eso, se trata de un tren que la UE no debería dejar pasar.

En diciembre de 2017 se celebrará en Buenos Aires la próxima Cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Se trata de una excelente oportunidad para que la UE y Mercosur anuncien buenas noticias sobre el Tratado de Asociación. Lo ideal sería poder cerrar para esa fecha la negociación, aunque permanecieran pendientes obstáculos importantes. Las ventajas para los países del Mercosur y para la UE de contar con una herramienta semejante son considerables. Es de esperar, que los gobiernos europeos, frente a un momento tan trascendental como el que estamos viviendo, faciliten la firma del Tratado con Mercosur y actualicen el ya existente con México.

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Ecuador y su segunda vuelta, las espadas siguen en alto; por Carlos Malamud

[Infolatam].-  No pudo ser. Lenin Moreno, el candidato de la oficialista Alianza PAIS (Patria Altiva i Soberana) fue incapaz de ganar en la primera vuelta, tal como le hubiera gustado a su mentor Rafael Correa. Pese a contar con un buen número de apoyos extranjeros, el respaldo de los votantes ecuatorianos fue insuficiente para superar

Por Carlos Malamud | 23 de febrero, 2017
De izquierda a derecha: Rafael Correa y Lenin Moreno

De izquierda a derecha: Guillermo Lasso, Rafael Correa y Lenin Moreno

[Infolatam].-  No pudo ser. Lenin Moreno, el candidato de la oficialista Alianza PAIS (Patria Altiva i Soberana) fue incapaz de ganar en la primera vuelta, tal como le hubiera gustado a su mentor Rafael Correa. Pese a contar con un buen número de apoyos extranjeros, el respaldo de los votantes ecuatorianos fue insuficiente para superar el listón del 40% que exige la ley para evitar el desenlace por “muerte súbita”. De acuerdo con el 98,5% de las actas escrutadas, Moreno alcanzó el 39,33% de los votos, frente al 28,19% de Guillermo Lasso, de CREO-SUMA (Creando Oportunidades – Sociedad Unida Más Acción).

La preocupación del entorno bolivariano frente a unos resultados analizados como adversos es evidente. La pérdida de Ecuador sería vivida como un claro mensaje de fin de ciclo, por más que las realidades nacionales de los restantes países del ALBA sean muy diferentes. La derrota electoral del kirchnerismo en Argentina y la destitución vía juicio político de Dilma Rousseff en Brasil han realzado el creciente aislamiento regional de los “hijos de Chávez” y su preocupación por los resultados electorales ecuatorianos. De ahí el más que voluntarista (y apresurado) mensaje de Evo Morales la noche electoral vía twitter: “Celebramos el triunfo en primera vuelta del Hermano ‪@Lenin [Moreno]. Una victoria más de los pueblos revolucionarios de la ‪#PatriaGrande“.

El resultado de la primera vuelta dejó claras las motivaciones de Rafael Correa para no presentarse a una nueva reelección, a la que hubiera podido acudir si hubiera tenido la voluntad política de hacerlo. Pero, dicho en lenguaje criollo, “no le dio el cuero”. Lenin Moreno, o cualquier otro candidato oficialista, puede no conquistar la presidencia en la primera vuelta, ganar en la segunda y gobernar con total legitimidad. No es el caso de Correa, envuelto en una gran altivez y en el soberbio y altisonante discurso de la “revolución ciudadana”. El carisma de Moreno es incomparablemente menor que el de Correa. Pero eso no le garantizaba al hasta ahora presidente un porcentaje de votos mayor al insuficiente 39,33% cosechado por su partido.

Tras un raudo despegue inicial del escrutinio, llegó un momento en la noche electoral que el recuento se frenó, que el portal del Consejo Nacional Electoral (CNE) comenzó a tener problemas y que los partidos y los ciudadanos se lanzaron a manifestar su temor frente a una supuesta manipulación en el recuento de votos. Dentro del oficialismo había un sector impaciente por ganar en primera vuelta y dar por cerrado el proceso en ese mismo instante. De ese modo se reforzaría la mayoría absoluta obtenida en el Parlamento con el control del Palacio de Carondelet, sede de la presidencia ecuatoriana.

La falta de imparcialidad de los mecanismos de control, comenzando por el CNE, alimentaba las sospechas de fraude y manipulación, unas sospechas que se intensificaban con el paso del tiempo y la falta de resultados definitivos. Esta situación y la amenaza de movilizaciones callejeras llevaron a los militares a pronunciarse por la limpieza del proceso y a los responsables del CNE a pedir calma. Pese a eso, y herido en su orgullo, Correa fue rotundo al sostener que en caso de fraude el perjudicado era Alianza PAIS y no la oposición, más allá de la omnipresencia del oficialismo en ciertas instituciones claves del estado. De todos modos, en uno de sus tuits, Correa apuntó: “existe una mano chueca… infiltrada” en el CNE.

Despejada finalmente la incógnita de que habrá una segunda vuelta, Ecuador se prepara para la batalla definitiva del próximo 2 de abril. Como en otros escenarios distintos asistiremos a una elección muy diferente a la previamente celebrada. Simón Pachano ha recordado que en los balotajes de 1984, 1996 y 2006 no ganó el vencedor de la primera vuelta. Por eso habrá que ver cómo se recomponen las alianzas, cómo se manifiestan los respaldos de los partidos minoritarios a uno u otro candidato y cómo se movilizan los ciudadanos en favor de las distintas opciones.

Cynthia Viteri, la candidata social cristiana que obtuvo el 16,22% de los votos ya mostró su apoyo a Lasso, al igual que Jaime Nebot el alcalde de Guayaquil. Mauricio Rodas, el alcalde de Quito, se manifestó en la misma dirección. Por su parte Paco Moncayo, el candidato de la izquierda no correista y del movimiento indígena Pachakutik ha dicho que no iba a apoyar a ninguno de los dos candidatos en la segunda vuelta, lo que es un pequeño revés para Moreno.

Quedan poco más de cinco semanas para conocer el desenlace, pero la gobernabilidad en Ecuador será más complicada que en los pasados gobiernos de Rafael Correa. Las debilidades económicas se prolongarán en el tiempo y el encargado de gestionar Ecuador deberá hacer grandes equilibrios para cuadrar las cuentas públicas y ganar el favor de sus ciudadanos. Por si todo esto fuera poco, en el caso de una eventual victoria de Lasso, éste tendrá que gobernar con un Parlamento adverso.

De cualquier modo no está nada claro que la apuesta de Correa, de retornar victorioso en rescate de un país quebrado, funcione. Más allá de su voluntad manifiesta de iniciar un retiro académico europeo intentará mantener una presencia cuasi permanente ante la opinión pública marcando la agenda política ecuatoriana. Pero eso puede ser un arma de doble filo para una población que en un porcentaje elevado ha quedado saturada de tanta revolución, aunque ésta solo sea ciudadana y no bolivariana o plurinacional.

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La visita de Mauricio Macri a España; por Carlos Malamud

[Infolatam] El 21 de febrero llegará a Madrid el presidente argentino Mauricio Macri para comenzar una visita de Estado a España. Una visita cargada de significado. En primer lugar, se trata del primer viaje de un mandatario argentino desde 2009, cuando Cristina Fernández aterrizó en la capital española en una estadía que no dejó demasiados

Por Carlos Malamud | 20 de febrero, 2017
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Mariano Rajoy y Mauricio Macri reunidos durante la Cumbre del G20 en la ciudad china de Hangzhou en septiembre de 2016. Fotografía de la Casa Rosada.

[Infolatam] El 21 de febrero llegará a Madrid el presidente argentino Mauricio Macri para comenzar una visita de Estado a España. Una visita cargada de significado. En primer lugar, se trata del primer viaje de un mandatario argentino desde 2009, cuando Cristina Fernández aterrizó en la capital española en una estadía que no dejó demasiados buenos recuerdos. En segundo lugar, por las grandes expectativas que ha despertado el triunfo electoral de Mauricio Macri en España en particular y en el mundo democrático en general. Y finalmente, por la necesidad argentina de relanzar la corriente inversora que durante años impactó fuertemente en la relación bilateral.

Ya en 2009 la agenda hispano-argentina era complicada, y el proteccionismo y el estatismo creciente de los gobiernos kirchneristas no había hecho más que complicar una relación convertida en aquellos años en algo bastante traumático. Si bien la renacionalización de YPF, en abril de 2012, marcó el punto de máximo deterioro, la sintonía de los gobiernos kirchneristas tanto con José Luis Rodríguez Zapatero como con Mariano Rajoy siempre fue muy difícil, pese a los esfuerzos de la diplomacia española por mantener los nexos bilaterales dentro de unos cauces de cierta normalidad. El acercamiento de Fernández al eje bolivariano azuzó aún más las contradicciones existentes.

Ya en la primera visita a Madrid de Néstor Kirchner, al poco de alcanzar el poder, se pudo intuir que las cosas no iban a ser nada fáciles. En aquella ocasión Kirchner se entrevistó en la sede de la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) con la cúpula de las principales empresas presentes en Argentina. En aquel caluroso julio de 2003, José María Cuevas, por entonces presidente de la organización empresarial, tras la reunión con el mandatario argentino soltó aquel famoso “nos puso a parir”, para constatar el maltrato sufrido durante la misma por los empresarios españoles. Sin embargo, y pese a las grandes dificultades económicas, especialmente tras el fin de la convertibilidad en 2001, y políticas, las principales empresas españolas apostaron por mantener sus posiciones inversoras en el país.

El triunfo de Mauricio Macri, que puso fin a los 12 largos años de gobiernos kirchneristas, fue visto por el gobierno de Mariano Rajoy como la gran oportunidad para recomponer la relación bilateral. De ahí el interés en que se materializara cuanto antes esta visita de Estado, algo que debió posponerse durante más de un año por la situación de interinidad que vivía la política española. Sin embargo, no es casual que ésta sea la primera visita de esta naturaleza que recibe el segundo gobierno de Rajoy. En este sentido, uno de los temas que estarán sobre la mesa es el cierre de las negociaciones entre la Unión Europea (UE) y Mercosur, algo que España siempre apoyó, incluso en los momentos en que Argentina era uno de sus principales detractores. Recuérdese que fue en la Cumbre ALC-UE (América Latina, Caribe y Unión Europea), celebrada en mayo de 2010 en Madrid, cuando se decidió relanzar unas negociaciones que habían estado aletargadas durante demasiado tiempo.

El principal objetivo del gobierno Mauricio Macri con su visita, más allá de su impulso a la normalización de la relación bilateral, es económico. La economía argentina atraviesa una fase de cierta atonía y desde las más altas instancias del poder político se apuesta por un importante relanzamiento que recupere la senda del crecimiento. La cuestión alcanza una importancia mayor a la vista de las elecciones parlamentarias del próximo octubre, que serán decisivas para el futuro del experimento macrista y para contemplar la posibilidad de que un presidente no peronista elegido democráticamente por el voto popular puede completar su mandato por primera vez en la historia.

De ahí que la comitiva presidencial esté acompañada por más de 200 empresarios argentinos, buena prueba del interés que el tema suscita a ambos lados del Atlántico. La recuperación de un umbral aceptable de seguridad jurídica es una buena señal para los inversionistas españoles, aunque muchos de ellos esperan que el horizonte político termine de despejarse. De todas formas todo hace indicar que un importante flujo inversor se canalizará hacia Argentina, aunque sin alcanzar, de momento, los elevados niveles conocidos en la década de 1990, cuando el país fue la meca de la inversión española y España el primer inversor extranjero en Argentina.

La buena sintonía personal entre Macri y Rajoy facilitará las cosas. De todos modos las sólidas bases de la relación en sus distintos niveles (político, social, cultural y científico y también económico y empresarial) son el mejor respaldo para que los lazos hispano-argentinos se sostengan más allá de complicaciones coyunturales. No en vano en Argentina vive una nutrida colonia de españoles y en España ocurre algo similar con los argentinos aquí residentes. Las imágenes cruzadas son fuertes y positivas lo que implica, como parece que ocurrirá, que las mínimas desavenencias existentes, encontrarán fácil y rápidamente cauces de diálogo institucionales para su resolución.

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Crimen y economía en América Latina; por Carlos Malamud

[Infolatam]. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) acaba de hacer público su Informe Los costos del crimen y de la violencia: nueva evidencia y hallazgos en América Latina y el Caribe , que pone de relieve las graves repercusiones económicas que el delito tiene para el crecimiento regional. No es un tema novedoso. El propio Banco

Por Carlos Malamud | 6 de febrero, 2017
Fotografía de Reuters

Fotografía de Reuters

[Infolatam]. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) acaba de hacer público su Informe Los costos del crimen y de la violencia: nueva evidencia y hallazgos en América Latina y el Caribe , que pone de relieve las graves repercusiones económicas que el delito tiene para el crecimiento regional. No es un tema novedoso. El propio Banco se ocupó del mismo previamente, al igual que CAF–Banco de Desarrollo de América Latina, que en 2014 publicó el documento: Por una América Latina más segura: Una nueva perspectiva para prevenir y controlar el delito.

El interés de los organismos multilaterales en la cuestión refleja la preocupación política y social existente. Según el Latinobarómetro 2016, en 10 de los 18 países estudiados (Chile, Colombia, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Perú, República Dominicana y Uruguay) la delincuencia es su principal problema. La desocupación preocupa más en Costa Rica, Nicaragua y Paraguay; la economía en Argentina y Ecuador; la corrupción en Bolivia; la salud en Brasil y el desabastecimiento en Venezuela. El temor frente al delito es compatible con esa percepción: el 88% de los encuestados se sintió atemorizado por la violencia (el 14% ocasionalmente, el 29% algunas veces y el 43% casi todo el tiempo).

No en vano América Latina es la región más violenta del planeta: concentra el 33% de los homicidios mundiales, pese a contar con solo el 9% de la población global. Por eso el BID apunta en su Informe: “El crimen en América Latina y el Caribe es costoso y genera múltiples distorsiones para todos los agentes de la economía”. De hecho, el delito en sus diversas variantes supone un coste anual promedio del 3,55% del PIB, o 261.000 millones de dólares, una suma similar a la que los países latinoamericanos y caribeños gastan cada año en la construcción de infraestructuras. El promedio regional del 3,55% esconde grandes diferencias nacionales, que van del 6% de Honduras y El Salvador hasta el 2% de México.

El estudio se hizo en 17 países de América Latina y el Caribe. De los latinoamericanos faltan: Bolivia, Cuba, Haití, Panamá, República Dominicana y Venezuela. Según Laura Jaitman, la coordinadora del Informe, Venezuela no fue incluida pese a ser uno de los países más violentos del mundo, dada la falta de información oficial sobre el gasto público en seguridad. Caso de contarse con los datos venezolanos es muy probable que se incrementaría el costo promedio de crimen para América Latina.

Resulta interesante ver cómo la prensa latinoamericana recoge la noticia de la publicación. Prácticamente toda ella subraya las consecuencias para su país, o su posición en los rankings generales, en lugar de abordar la cuestión como un problema de ámbito regional que requiere soluciones que vayan más allá de las fronteras. No es así. El crimen y la violencia se viven en primera persona, como temas estrictamente nacionales que solo pueden abordarse desde una perspectiva nacional. Aquí, como en tantos otros ámbitos, la integración y el discurso de la “patria grande” quedan en pura retórica.

El Informe contempla costes de distinto tipo: públicos, privados y sociales. El gasto público incluye las partidas presupuestarias que financian el sistema judicial penal, los servicios policiales y las cárceles. Desde esta perspectiva, una pregunta que el Informe intenta responder es en qué medida las políticas públicas contienen o reducen la delincuencia y el impacto del delito, ya que la debilidad estatal repercute negativamente sobre los logros esperados. Tampoco se puede olvidar la escasa recaudación fiscal en buena parte de la región, que también atenta contra la disponibiliad de recursos en la lucha contra el crimen.

La debilidad del estado lleva a ciudadanos y empresas a aumentar su gasto en seguridad, tanto para protegerse como para prevenir posibles delitos. Mientras las empresas reducen su inversión y pierden productividad, los particulares destinan recursos que merman su capacidad de ahorro o el gasto en otras actividades y necesidades, disminuyendo su calidad de vida. Aquí también aparece el componente social, que mide los costes de la victimización y la pérdida de la calidad de vida por homicidios y otros delitos violentos, así como los ingresos no generados por los reclusos hacinados en las cárceles.

Nueve de cada 10 víctimas de los homicidios son varones de entre 15 y 30 años. Esto equivale a decir que la violencia delictiva se ceba en el grupo demográfico de mayor productividad laboral. El estudio de la población reclusa depara resultados similares. En este caso concreto la cuestión gira en torno a la utilidad de las cárceles como centros de reinserción o para mantener apartados del delito a los presos más peligrosos o reincidentes. A tenor de lo que ocurre en las prisiones de Brasil y otros países latinoamericanos la respuesta es bastante descorazonadora.

El Informe también se ocupa de la violencia contra la mujer, del crimen organizado y de la ciber delincuencia. En relación a esto último se observa la escasa preparación de las distintas administraciones para enfrentar un fenómeno cada vez más peligroso. De todos modos, el principal obstáculo no son los recursos disponibles, ya que América Latina gasta mucho en el combate contra el crimen, aunque la generalización de la violencia, muy por encima del promedio mundial, hace que los resultados sean escasos. El problema de fondo gira en torno a la concepción del estado, a la forma en que se conciben los bienes públicos y su apropiación por los particulares y a la solidez institucional, comenzando por la justicia.

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Malas noticias desde Francia, mejores desde Alemania; por Fernando Mires

Lo que es bueno para unos no lo es para otros. Mientras una fracción de los socialistas franceses (PSF), la vencedora en la segunda vuelta, la izquierda-izquierda del ex ministro Benoit Hamon vive su momento de euforia, el partido comienza a disgregarse. Los comicios presidenciales dejarán a los socialistas en los sótanos más profundos de

Por Fernando Mires | 2 de febrero, 2017
Marine Le Pen (izq.) y Martin Schultz (der.)

Marine Le Pen (izq.) y Martin Schultz (der.)

Lo que es bueno para unos no lo es para otros. Mientras una fracción de los socialistas franceses (PSF), la vencedora en la segunda vuelta, la izquierda-izquierda del ex ministro Benoit Hamon vive su momento de euforia, el partido comienza a disgregarse. Los comicios presidenciales dejarán a los socialistas en los sótanos más profundos de toda su historia. Cuando más, en el quinto lugar, aseguran las encuestas.

Hamon y los suyos opinan como si el triunfo de su fracción política fuera el acontecimiento histórico que salvará a Francia de todos sus problemas. Pero todos saben que ese dudoso éxito solo se explica porque precisamente Hamon obvió esos problemas. Toda la campaña de Hamon fue sostenida sobre la promesa de un demagógico “salario mínimo universal”.

Nadie puede vaticinar si el socialismo francés está llegando a su fin. Pero los síntomas se acumulan. No solo porque el grado de desaprobación con el cual se despide el gobierno Hollande es enorme (¡80%!), ni porque se encuentra dividido en fracciones irreconciliables, sino porque con la derrota de Manuel Valls ha perdido su centralidad política. Ese mínimo que se necesita para conectar con el resto de los partidos que defienden la sociedad liberal, de la cual los socialistas llegaron a ser uno de sus pilares.

El propósito de Hamon para arrastrar al PSF hacia una alianza con la izquierda excéntrica comandada por Jean-Luc Mélenchon, hace recordar a los esfuerzos de Pedro Sánchez en España cuando intentó unir al PSOE con el Podemos de Pablo Iglesias. Infortunado proyecto que casi termina con la existencia del PSOE.

En otras palabras, con Hamon a la cabeza, el PSF se alejará del eje democrático liberal. Los socialistas de Valls, advirtiendo el peligro, no tendrán más alternativa que apoyar al ex disidente de Hollande, Emmanuel Macron, hoy situado en la centro-izquierda. Gran parte de los partidarios de Valls ha anunciado que no harán campaña electoral a favor de Hamon.

Desde aquí a Abril, cuando tengan lugar las elecciones presidenciales, pueden pasar muchas cosas. Pero lo que ha pasado hasta ahora, no trae consigo buenos augurios.

Si todo sucede de acuerdo a probabilidades, en Francia, como ya es casi costumbre, se resolverá la elección a través de una asociación a última hora de las fuerzas democráticas alrededor de los conservadores representados esta vez por François Fillon. Pero para que esa alianza tenga lugar se requiere un mínimo de convergencia entre las partes.

Un PSF dirigido por Hamon, en plena fuga hacia la izquierda, hará muy difícil la formación de un sólido frente antilepenista. Todo lo contrario: polarizará al país y aumentará la abstención. Justo lo que conviene a Le Pen.

Como si fueran pocos los problemas, Fillon, en lugar de abrirse hacia el centro ha derechizado más su posición en los momentos en que, junto a su esposa, se ve envuelto en un feo caso de corrupción. Corrupción normal en la política, pero cuando afecta a alguien como Fillon, un predicador moralista, suele ser letal. Hoy Fillon aparece más débil que en los días en los cuales logró derrotar a Alain Juppé. En fin, en Francia parece que todos se hubieran puesto de acuerdo para trabajar a favor del FN.

Podemos imaginar la sonrisa dibujada en el rostro de Marine Le Pen. Si las elecciones tuvieran lugar mañana, el resultado sería desastroso para la franja democrática. Solo cabe esperar que en el tiempo que resta aparezcan algunas luces. Después del Brexit, en medio del auge trumpista, un triunfo de Marine Le Pen sería fatal para la democracia liberal europea.

En Alemania en cambio ha sucedido algo positivo a favor de las fuerzas democráticas. Angela Merkel, muy sola en su lucha contra Alternativa para Alemania (AfD) y del apoyo que esta recibe desde Rusia y los EE. UU., ha recibido un regalo inesperado. El regalo se llama Martin Schulz, ex futbolista, ex alcalde de la pequeña ciudad de Würselen, ex alcohólico y ex Presidente del Parlamento Europeo.

Schulz desplazó a Sigmar Gabriel de la presidencia del SPD y por añadidura de su candidatura al puesto de canciller en una coalición “de izquierda” formada por el SPD, Los Verdes y Die Linke (La Izquierda). Por cierto, la línea de Schulz no se diferencia de la de Gabriel, y como suelen ser los socialistas, Schulz también es populista y demagogo. Pero el cambio personal es importante.

Schulz, no solo por ser nuevo en la escena política alemana, genera más simpatía que Gabriel entre las bases socialistas. En un breve lapso logró aumentar en un 3% la aprobación del SPD. Incluso socialistas retirados del partido han vuelto al redil. En cierto sentido Schulz ha repolitizado al socialismo alemán. Y, aunque parezca paradoja, eso es bueno para Merkel. ¿Por qué? Por tres razones.

La primera razón es que, con una dirección renovada, el elan del SPD hará disminuir la abstención general. Y allí donde la abstención es alta, crecen los radicales de ultra-derecha. Siempre ha sido así.

AfD, no hay que olvidarlo, es un partido que no solo alienta la xenofobia sino, además, dirige sus dardos en contra de la política europeísta de Merkel.

El SPD crecerá, pero no lo suficiente como para cuestionar la hegemonía de Merkel. Un SPD algo más fuerte arrebatará, además, votos a la Linke y a los Verdes pues estos dos últimos solo crecen a expensa de los socialistas. Luego, hay que contar con que Merkel gobernará nuevamente sobre la base de una gran coalición formada por CDU/CSU y SPD. Los primeros algo disminuidos y los segundos algo más fuertes. Esa es la segunda razón que favorece a Merkel.

Angela Merkel tiene más problemas en su propio reducto que con el SPD. Hay fracciones de la CSU cuyas políticas están más cerca de AfD que de Merkel. Exigen una reducción radical del número de extranjeros, alientan a las deportaciones y están muy cerca del eje antiUE que se fortalecerá si cristaliza la alianza Trump/Putin. Los socialistas de Schulz, en cambio, sin ser antiputinistas, ya están movilizados en contra de Trump.

Como si hubiera querido despejar dudas, Merkel, después de que el presidente de la CSU, Horst Seehoffer, exigiera levantar las sanciones a Putin, se entrevistó con el presidente de Ucrania, Petro Poroshenko. Uno de los temas: la eventual entrada de Ucrania a la EU. El día anterior Merkel se había expresado duramente en contra de las deportaciones que lleva a cabo Trump en USA. Eso se llama, pasar a la ofensiva.

Merkel se ha dado cuenta que no las tiene fácil. Con o sin el triunfo de Marine Le Pen, en 2017 comienza la batalla por Europa. Sabe también que el enemigo declarado de “los europeos antieuropeos” es la UE. Y esa es la tercera razón por la cual el éxito de Martin Schulz le viene como anillo al dedo.

A diferencias de Gabriel (lamentablemente, futuro Ministro del Exterior) Schulz es un europeísta declarado. Su vida política la debe a la UE. En cierto modo es el representante simbólico de la UE en Alemania. Sobre ese tema puede entenderse mejor con Merkel que con la gente de su partido. Lo mismo sucede con Merkel. En consecuencias, si el diablo no se mete en el medio, la alianza Merkel/Schulz ya está programada. Ojalá sea así. Merkel no puede dar la batalla sola. Para oponerse a un poderoso frente externo necesita de un sólido frente interno. Y lo que no da la CDU/CSU puede prestarlo el SPD.

En suma: mientras la debacle del PSF arrastra consigo a toda la política democrática francesa, la recuperación del SPD puede significar lo contrario: el fortalecimiento de las huestes que tanto necesita Angela Merkel en su lucha contra los enemigos de “la sociedad abierta”, tanto dentro como fuera de Alemania.

PS- Recientes encuestas francesas (01.01. 2017) muestran que repentinamente Macron (centro-izquierda) está a la par e incluso supera a Fillon y que en una segunda vuelta Macron superaría a Marine Le Pen. Así como Obama poco antes de despedirse dijo, “si yo fuera alemán votaría por Angela Merkel”, podría haber dicho también: “Si yo fuera francés votaría por Emmanuel Macron”. Un eje Merkel-Macron sería lo mejor que podría pasar en Europa. Pero falta tiempo y los electores —sobre todo los franceses— suelen ser muy veleidosos.

La sociedad abierta y sus nuevos enemigos; por Fernando Mires

No va a desaparecer la democracia en los EE. UU. Para eso sería necesario demoler siglos de historia, instituciones y estilos de vida. Pero sí puede verse alterada. De esa alteración las nefastas consecuencias para el resto del mundo serían evidentes. La posible alteración de la democracia norteamericana tiene un nombre: Donald Trump. Casi todos

Por Fernando Mires | 19 de enero, 2017
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De izquierda a derecha: Donald Trum, Víctor Orban y Vladimir Putin

No va a desaparecer la democracia en los EE. UU. Para eso sería necesario demoler siglos de historia, instituciones y estilos de vida. Pero sí puede verse alterada. De esa alteración las nefastas consecuencias para el resto del mundo serían evidentes.

La posible alteración de la democracia norteamericana tiene un nombre: Donald Trump.

Casi todos pensábamos que sus exabruptos eran simulaciones. Pero ganó y siguió siendo el mismo. No era táctica. Los nuevos ministros lo confirman. Millonarios radicales, radicales millonarios y, sobre todo, predicadores del odio.

Odio a los que piensan diferente, a la clase política, al establishment. Odio que surge del resentimiento más profundo. Odio hacia arriba y hacia abajo. Odio que como todo odio viene del miedo. De ese miedo inherente a la especie humana, únicos animales que sabemos de la muerte. Odio dirigido hacia todo lo que parezca distinto, sea el color de la piel, la diversidad sexual, la nacionalidad. Y antes que nada, odio a esos pobres mexicanos convertidos por la demagogia “trumpista” en gente sucia, ladrones, traficantes, violadores, en fin, todo lo que sirva para depositar odio.

Ya existe un enemigo interno. Solo falta localizar al externo.

El enemigo externo es variable. Puede ser un día el Islam, otro día China, la “decadente” Europa, la globalización o todo a la vez. Lo importante es que ese enemigo exista. Y si no, deberá ser inventado.

La política es el medio que usamos para derrotar a nuestros enemigos sin recurrir a la guerra pero sin prescindir de la lógica de la guerra. Tesis central de Carl Schmitt. Pero el enemigo de Trump no es el enemigo político de Schmitt. Según el jurista alemán, el enemigo real se combate, pero no se odia. Trump, en cambio, predica odio.

Los judíos durante la Alemania nazi también fueron inventados como objeto del odio: un pueblo sin nación en contra de un pueblo alemán con nación. Los sin nación intentan apoderarse de “nuestra nación”, decía el credo hitleriano. Así como los rusos amenazan desde fuera, los judíos amenazan desde dentro, era uno de los lemas de Goebbels. Su objetivo es la desintegración interna de la nación. Son parásitos que carcomen los intestinos de Alemania. El Holocausto, de acuerdo a la perversión nazi, fue presentado como una operación quirúrgica. Afortunadamente los mexicanos de Trump tienen una nación. Los muros y alambradas no serán construidos dentro, sino entre dos países.

El problema Trump no sería tan grave si estuviera recluido en los límites de su país. Al fin y al cabo los EE. UU. se han dado el lujo de tener muy malos presidentes y ninguno ha podido lesionar las raíces del constitucionalismo. El problema es que Trump irrumpe en un mundo marcado por una ofensiva mundial en contra de la democracia. Como dijo sin rodeos el Pesidente de Alemania, Joachim Gauck, en su último discurso: “La democracia liberal está siendo bombardeada”.

El asalto a la democracia perpetrado ayer por estalinistas y nazis chocó con la nación norteamericana. Todavía los europeos no logran reconocer su enorme deuda. Si no fuera por USA, Europa habría capitulado frente al nazismo o frente al comunismo o frente a ambos. Europa, la Europa de hoy, es el resultado de una decisión norteamericana. Hoy esa decisión ya no será posible. Por lo menos no, mientras gobierne Trump.

Si Trump logra consumar su proyecto aislacionista en nombre de la lucha en contra de la globalización, vale decir, si logra separar geopolíticamente a USA de Europa, Europa quedará librada a sus enemigos. Esos enemigos son principalmente tres: el terrorismo islamista, la expansión geopolítica de la Rusia de Putin y el surgimiento de movimientos políticos neo-fascistas.

Se trata, para decirlo con las palabras de Karl Popper, de los enemigos de la “sociedad abierta”, vale decir, de los partidarios de la “sociedad cerrada”, ideal que parece ya formar parte del patrimonio ideológico de Trump.

Sin embargo, los enemigos de la sociedad abierta ya no son los del pasado. Son nuevos enemigos. Ellos obligan —citando al teólogo y politólogo alemán Johann Hinrich Claussen— a “deletrear” nuevamente el concepto de “enemigo”. “Un enemigo se diferencia de un adversario”, escribe Claussen. Y agrega:

“El adversario se mueve en el mismo marco, pertenece al mismo sistema, comparte convencimientos básicos. Él es un competidor con quien se intenta disputar, antes que nada, con buenos argumentos. Naturalmente, siempre se desea derrotar al adversario. Pero si eso no es posible, debemos aprender a aceptar sus victorias o a negociar con él algún compromiso”

El adversario, de acuerdo a Claussen, es el enemigo político y equivale en cierta medida con el ya clásico concepto de enemistad política defendido por Carl Schmitt (Der Begriff des Politischen). También es equivalente con el concepto de “enemigo de la sociedad abierta” acuñado por Popper.

El enemigo de la sociedad abierta, según Popper, no es un enemigo personal. El enemigo popperiano a diferencias del enemigo schmittiano es más bien un sistema de conceptos e ideas cuyos antecedentes históricos provienen, según el filósofo, de la antigua Atenas. El punto de partida creyó encontrarlo Popper (erradamente, dicen con razón sus contradictores) en la figura de Platón. Ese enemigo tiene un nombre. Fue el, por Popper llamado, “historicismo”.

Por historicismo entendía Popper una concepción de la historia sometida a leyes, leyes que más allá de toda contingencia están orientadas hacia un fin predeterminado. De más está decir que Popper apuntaba en contra de la concepción hegeliana-marxista de la historia.

Hegel y Marx, siguiendo las premisas de Popper, fueron exponentes de un platonismo ideológico adaptado a la era moderna. Con el objetivo de alcanzar la realización de la idea absoluta que debería culminar en la sociedad perfecta, los historicistas defendían la supresión de las libertades básicas de la “sociedad abierta”. Los seres humanos, de acuerdo a esa concepción, no podían ser sino medios destinados a usarse en el proyecto que debería conducir a la realización de la historia. El totalitarismo ha sido siempre teleológico.

El historicismo es el enemigo intelectual de la sociedad liberal a la que Popper llama “sociedad abierta” en contraposición a las “sociedades cerradas” o no libres. No deja de ser sintomático observar que hoy, el autoritario presidente de Hungría, Víctor Orban —como si hubiera querido confirmar la tesis central de Popper— ha acuñado el concepto de sociedad i-liberal como alternativa en contra de esa Europa, según él, decadente, incapaz de defender los valores heredados de la cristiandad medieval.

Probablemente analizando los discursos de neoenemigos como Orban, llegó Claussen a una importante conclusión. Quienes durante el siglo XX postulaban la supresión de “la sociedad abierta” no lo hacían guiados por el odio sino por convencimientos ideológicos o filosóficos. En cambio los actuales enemigos odian a la “sociedad abierta” y por cierto a sus defensores. Vale la pena citar otra vez a Claussen:

“El enemigo (de hoy) debe ser diferenciado de un adversario. Él nos odia a nosotros y nuestra cultura política, no comparte nuestras concepciones básicas (…….) Por eso su arma no son los argumentos sino la violencia: la violencia comunicativa, psíquica y corporal. También por eso hay que luchar en contra de él de manera distinta que contra un adversario. Él no debe obtener la más mínima parte del poder, su victoria debe ser impedida bajo cualquiera condición. No debe haber ninguna tregua. No se puede aceptar ningún apaciguamiento (apeasement). No se debe retroceder frente él. Hay que resistirlo (…) Solo un error no podemos cometer: no debemos odiar al enemigo y responder a su odio con otro odio” (Traducción, FM)

Un enemigo que odia y no piensa no es un enemigo discursivo. Los enemigos de la sociedad abierta son hoy enemigos antipolíticos. Esa es la gran novedad que trajo el siglo XXl. Los nuevos enemigos de la democracia no poseen una visión de futuro, no recurren a las ciencias ni a las ideologías para fundamentar su poder. Simplemente odian. Su lucha comienza y termina en un odio desatado frente al occidente político.

Los terroristas del Islam —la expresión más radical del odio— no escriben manifiestos ni dan a conocer una doctrina. Solo matan. Los grupos, sectas y partidos que constituyen el neofascismo (nombre verdadero de lo que los sociólogos galantes denominan “populismo”) tampoco siguen a grandes doctrinas. Su política solo reconoce a tres fobias: xenofobia, homofobia y eurofobia. ¿Cómo polemizar con fobias? Frente a esas nuevas fuerzas políticas los partidos democráticos no logran encontrar el idioma adecuado. Su impotencia política frente a ellos es manifiesta.

Las nuevas autocracias expandidas a lo largo del mundo, crecientes en Europa, tampoco están dotadas con una alta racionalidad política. Más allá de las diferencias ideológicas, las principales —la de Hungría, la de Turquía y la de Rusia— persiguen objetivos precisos. En lo interno, sustituir el sistema de partidos por el principio del gran líder (Führerprinzip).

A diferencia de las democracias occidentales en las cuales el gobernante es el representante de un partido o coalición de partidos, en las neoautocracias los partidos representan a la persona del gran líder. Esa tendencia ya ha cruzado el Atlántico. No, no me refiero a Bolivia, Nicaragua o Venezuela. Me refiero a la USA de Donald Trump.

El verdadero partido de Trump no es el republicano: su partido es el trumpismo. La sede formal del gobierno será la Casa Blanca. Pero la sede real es la Torre Trump. ¿Quién iba a pensarlo? El Führerpinzip ha sido implantado en donde menos podía pensarse. Trump está mucho más cerca de Orban, Putin y Erdoğan que de todos los presidentes habidos en la historia de los EE.UU.. La innegable empatía que comparten entre sí esos “hombres fuertes” es correlativa al odio que sienten por la “sociedad abierta”.

Los ataques destemplados de Trump a Merkel, su proyecto de demoler la OTAN, las visitas que realiza Marine le Pen a la Torre Trump, el hecho de que hoy Trump junto a Putin se han transformado en íconos de movimientos neofascistas, son signos evidentes de que está teniendo lugar algo mucho más fuerte e intenso que la simple revisión de tratados comerciales. Se trata de una agresión a los fundamentos de la sociedad liberal, a la sociedad abierta de Popper, en breve: a la democracia occidental. Frente a esa ofensiva, Europa luce indefensa, ingenua, incluso complaciente. En cierto modo está pagando los costos de no haberse alineado a tiempo en torno a las proposiciones de Obama.

Como si hubiera previsto el peligro, Barack Obama no se cansó de repetir que Europa debía abandonar el rol de continente protegido por USA. Obama insistió, además que, tanto por cercanía geográfica y vínculos políticos con el Medio Oriente, los países europeos debían asumir un rol activo en la guerra en contra del ISIS. Solo Francia y Alemania cumplieron con mínimas obligaciones. La mayoría de los gobiernos europeos no fue leal a Obama. El vacío dejado por Occidente no tardaría en ser aprovechado por Putin, hoy convertido en fuerza orientadora de las tiranías de Siria e Irán. Si llega a realizarse una alianza Putin-Trump, será quizás derrotado el ISIS. Pero el precio será la desintegración política de Europa. ¿Nos aproximamos hacia el fin del Occidente profetizado por Joschka Fischer?

Faltan cinco para las doce pero aún no es medianoche. Todavía hay tiempo para que la Europa democrática reaccione y salte sobre sus sombras. Puede ser incluso que la misma situación de indefensión en la que hoy se encuentra obligue a las fuerzas democráticas a buscar alternativas para sobrevivir. Pero para que eso suceda se requiere del abandono de algunas creencias que, si alguna vez tuvieron validez, hoy ya no pueden ser sustentadas.

La primera creencia dice que sociedad liberal resuelve por sí sola sus problemas. El laissez faire proveniente de la economía del siglo XlX no puede ser trasladado a la política del siglo XXl. Europa no podrá ser defendida si sus principales actores no reconocen que, para que la democracia se mantenga hay que asumir una militancia. Una militancia democrática más allá de los partidos y por supuesto, del eje regulativo izquierda-derecha. Ese es precisamente la segunda creencia que debe ser abandonada. El eje izquierda-derecha ya no designa la contradicción fundamental de la sociedad abierta.

Cuando emergen enemigos, no de determinadas políticas sino de la política en general, los que han sido adversarios no tienen más alternativa que unirse en contra del enemigo principal. Ocurrió durante el período de ascenso del fascismo. Ocurrió en la política mancomunada que mantuvieron la mayoría de los gobiernos europeos frente a las pretensiones expansivas de la ex URSS. Hoy se requiere, y quizás más que ayer, de la unidad de todos los demócratas. Estamos hablando antes que nada de la unidad de las tres grandes tradiciones de la política europea: la liberal, la socialdemócrata y la conservadora. Si estas tres corrientes históricas, pese a ser adversarias, no logran vincularse frente a los enemigos comunes, estos continuarán su camino.

La tercera creencia que hay que abandonar es por lo tanto la de una Europa sin enemigos. Entender de una vez por todas que la guerra declarada por ISIS no se expresa solo en actos terroristas aislados sino en la aparición de una cosmovisión que hace de la lucha en contra de occidente su razón de ser. Esa cosmovisión no está representada solo por el ISIS. Sus tentáculos envuelven a gobiernos con los cuales Europa ha mantenido hasta ahora excelentes relaciones comerciales, entre ellos Arabia Saudita y los principados petroleros que la siguen.

Europa debe entender al fin que Putin continuará su política de expansión territorial si es que no surge una alternativa que lo detenga. La UE y los gobiernos europeos lo dejaron invadir Ucrania oponiendo en contra ridículas sanciones comerciales que ni siquiera se cumplen. Hay que mantener contactos diplomáticos con Putin, es inevitable, pero también hay que mostrarle los dientes. Si no es así el próximo paso después de Ucrania serán los países bálticos. ¿Lo dejará Europa avanzar? Eso pasa por la decisión de crear una línea de defensa continental, con los EE. UU., ojalá. Pero en caso de que se cumpla la maldad trumpista destinada a destruir a la OTAN, Europa debe aprender, de una vez por todas, a defenderse sin la ayuda de USA. La tecnología la tiene. Solo falta la voluntad política.

Los partidos neofascistas han de ser enfrentados en todos los terrenos pero nunca como comensales de salón. Frente a su avance deberán ser creadas grandes coaliciones, aunque sea al precio de deponer principios e identidades. En Francia, lo más seguro es que las elecciones de abril obligarán a una segunda vuelta en la cual la mermada izquierda deberá volver a apoyar a las fuerzas conservadoras en contra de la posibilidad lepenista. De nada servirá a la izquierda francesa decir que Le Pen y Fillon son lo mismo. Puede que entre ambos existan concordancias, pero no son lo mismo. Se pueden tener políticas similares, pero no es lo mismo cuando son ejecutadas por conservadores tradicionalistas que por fascistas.

Más allá de las demandas sociales o políticas, lo que está en juego en Europa es la vigencia de valores universales forjados desde el período de la Ilustración. En las palabras de Joschka Fischer: “Ese Occidente tal como hasta ahora lo conocemos”. Eso lo sabe, y lo ha dicho con palabras muy claras, Angela Merkel, destinada a convertirse en el blanco de los más feroces ataques de los enemigos de la Europa moderna pero también, y quizás por lo mismo, en la principal líder de la democracia liberal, esa sociedad abierta que no puede ni debe ser entregada jamás a sus enemigos. Quizás esa es la razón por la cual Donald Trump, siguiendo la línea trazada por Putin, ha atacado —nótese: después de haber ganado las elecciones— con ferocidad a la canciller alemana.

Las luchas electorales que tendrán lugar durante 2017 en Europa decidirán el destino definitivo del occidente político. O se hunde bajo sus ruinas o se levanta sobre las ruinas. Después de Trump no hay caminos intermedios.

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La guerra a la alegría; por Fernando Mires

Con ese humor siniestro del cual nunca he podido desligarme dije: “este es un lugar ideal para que los islamistas cometan uno de sus atentados”. “No digas esas cosas”, me respondió algo enojada mi esposa. Después de todo estábamos pasando un buen rato. Habíamos ido de compras y antes de regresar a casa dimos un

Por Fernando Mires | 27 de diciembre, 2016
Mercado navideño de Oldenburg / Fotografía de Corradox

Mercado navideño de Oldenburg. Fotografía de Corradox bajo Wikimedia Commons

Con ese humor siniestro del cual nunca he podido desligarme dije: “este es un lugar ideal para que los islamistas cometan uno de sus atentados”. “No digas esas cosas”, me respondió algo enojada mi esposa. Después de todo estábamos pasando un buen rato.

Habíamos ido de compras y antes de regresar a casa dimos un paseo por el Weihnachtsmarkt de la ciudad de Oldenburg. Siempre me ha gustado el mercado de Navidad. La forma, el lugar, el ambiente. El oscuro diciembre es plenamente iluminado bajo el cobijo de una catedral y en los pueblos más pequeños de una simple parroquia. Hay mucha historia antigua metida ahí.

Desde el siglo XV los campesinos elegían las vísperas de Navidad para mercadear. Allí concurren los habitantes de la ciudad con sus familias. Los niños felices a sus lugares de juego. Las infaltables ruedas giratorias, las calesitas iluminadas. Me sorprendió esta vez ver a niños turcos montados en los caballos de yeso, acompañados de sus madres, todas con pañuelo en la cabeza. Son de otra religión, pero agradecían el regalo que les daba la ciudad donde viven.

En los mercados de Navidad la gente cambia el gesto duro y severo que generalmente les acompaña y te saludan con una ancha sonrisa, aún sin conocerte. Desde las fábricas y oficinas concurren los grupos y ríen a coro, cerveza en mano o probando el vino caliente que tan bien viene en medio del frío. El Weihnachtsmarkt es definitivamente un lugar de alegría socialmente compartida. De alegría, entiéndase, no de felicidad. La felicidad es otra cosa.

La horrible noticia esperaba en la televisión de nuestra casa. En uno de los tantos mercados navideños de Berlín un camión había masacrado a los concurrentes. Hasta ahora, 15 muertos. Muchísimos heridos. Recordé entonces mi inoportuna frase cuando me referí al mercado de Navidad como un lugar ideal para un atentado islamista. ¿Por qué la dije? ¿Pensamiento pre-monitorio? En ningún caso. Yo no creo en esas cosas.

La frase fue el resultado de una inevitable asociación. Mientras probábamos unos diminutos y deliciosos panqueques holandeses se me vino a la cabeza un pasaje de un libro que escribí poco después del 11-S norteamericano titulado “El Islamismo”. En ese libro hay un capítulo dedicado a analizar a la personalidad de los asesinos que cometieron el 11.S. Ahí me di cuenta de que en cada acto criminal que ejecutan los terroristas islámicos, atacan al Occidente, pero no al Occidente externo, sino a ese Occidente interno que desean pero al mismo tiempo reprimen y niegan. La destrucción de los símbolos occidentales puede ser así vista como la proyección de la muerte de sus deseos prohibidos, entre otros, del deseo de la alegría. No es casualidad que los lugares elegidos por los terroristas islámicos para matar sean por lo general lugares de diversión: una discoteque, un supermercado, un hotel de veraneo. O un simple mercado navideño.

¿Cómo explicar ese deseo de matar a la alegría? No intentaré hacerlo en estas breves líneas. Aunque no puedo dejar de recordar una explicación que una vez dio el papa Benedicto XVl. Con su reconocida precisión, dijo: “hay patologías de la política y hay patologías de la religión”.

Bajo las primeras Ratzinger se refería a las ideologías cuando en nombre de la razón se apoderan de las mentes de muchas personas, las programan y las inducen a cometer o ser parte de horrendos crímenes como el Holocausto y el Gulag. Bajo las segundas se refería a los crímenes cometidos en nombre de Dios.

Benedicto no hablaba solo del Islam. Ni tampoco solo del pasado de la Iglesia Católica (Las Cruzadas, las ”quemas de brujas”, la Inquisición y otras gracias). También en el pasado reciente un Franco y un Pinochet hicieron erigir capillas en sus propias casas donde junto a sus muy devotas esposas rezaban, se confesaban y comulgaban todos las domingos para dar ordenes de matar en nombre de Dios durante el resto de los días de la semana.

Hoy estamos nuevamente en presencia de una profunda patología de la religión. Es la patología de los islamistas, la predican los maestros fundamentalistas y la llevan a la práctica con profesionalidad y maldad sus discípulos. Dentro y en nombre del Islam ha nacido —ya casi nadie lo puede negar— una cultura de la muerte. Su expresión más organizada es el ISIS.

El hecho de que los lugares escogidos sean lugares de diversión si bien forma parte de la guerra declarada por los ejércitos del ISIS al mundo occidental, debe ser entendido de acuerdo a categorías que van más allá de la lucha militar. Los ejecutores, en efecto, no asesinan a policías o a soldados, sino a gente común, incluyendo a creyentes del Islam.

¿Cómo piensa un terrorista islamista? Con un poco de esfuerzo, tratemos de imaginar. Puede que se digan a sí mismos. ¿Qué derecho tienen esos infieles para pasarlo bien? ¿Por qué si nuestros territorios son invadidos y bombardeados hemos de respetar sus diversiones? Sí, nos gustaría divertirnos también; ir a una discoteca y reír y bailar, o a un mercado a conversar con nuestros amigos. Pero eso está prohibido a nosotros. Solo debemos hacer lo que nuestros grandes maestros nos indican: apagar el deseo de ser libres que nos acosa y matar a los demás. La alegría de ellos ofende nuestro eterno duelo.

En cada ser humano, lo sabemos bien desde Freud, anidan dos pulsiones: la de la vida y la de la muerte. En algunos la pulsión de la vida logra imponerse por sobre la de la muerte. En otros casos, no. Muchos, viviendo profundas depresiones, han aprendido a convivir con su propia muerte. Pero otros realizan la muerte a través de homicidios o simplemente de suicidios. En el caso de los terroristas no es raro que ejecuten los dos procedimientos. Primero matan y después se matan. La religión, concebida como una práctica destinada a elevar el espíritu hacia Dios se convierte en las manos de los terroristas en un ceremonial de la muerte.

Los mecanismos que llevan a la patología de la política no son muy diferentes. Suele suceder que así como las religiones son convertidas en ideologías, las ideologías son usadas como religiones. Y ambas patologías, las religiosas y las ideológicas, conviven en la Europa moderna.

Paralelamente a los terroristas religiosos cobran fuerza los grupos, partidos y hasta gobiernos neofascistas. Podría decirse que entre los asesinos religiosos y los asesinos ideológicos existe una relación inconsciente, o si se prefiere, una suerte de pacto no firmado.

Después de los crímenes en el mercado de Navidad en Berlín están programadas las acciones que ejecutarán los neofascistas. Ya aparecen dibujos de Angela Merkel con las manos ensangrentadas. Muy pronto los albergues para refugiados comenzarán a ser incendiados. Matones con cabezas rapadas se aprestan a golpear en las calles a los primeros jóvenes musulmanes que se les aparezcan en el camino.

Son días de pre Navidad. Yo nunca habría querido escribir estas líneas. Pero así son los tiempos que vivimos.

Son malos los tiempos que vivimos.

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Venezuela hacia el 2017; por Fernando Mires

A comienzos de 2016 la oposición venezolana vivía todavía el optimismo del extraordinario triunfo electoral de la MUD (sí, de la MUD) del 6-D. A fines de 2016, esa misma oposición despide el año, desorientada frente a dos aparentes derrotas. Aparentes, repetimos. La primera, la del Referendo Revocatorio 2016, no fue una derrota en el

Por Fernando Mires | 16 de diciembre, 2016
Fotografía de Andrés Kerese / Haga click en la imagen para ver la galería completa

Fotografía de Andrés Kerese. Haga click en la imagen para ver la galería completa

A comienzos de 2016 la oposición venezolana vivía todavía el optimismo del extraordinario triunfo electoral de la MUD (sí, de la MUD) del 6-D. A fines de 2016, esa misma oposición despide el año, desorientada frente a dos aparentes derrotas. Aparentes, repetimos.

La primera, la del Referendo Revocatorio 2016, no fue una derrota en el exacto sentido del término. La del fracasado diálogo lo fue solo en parte. Pero lo fue también para el gobierno. En el peor de los casos, una derrota compartida.

El Referendo Revocatorio 2016 fue la demostración genuina de como un pueblo puede llegar a organizarse políticamente alrededor de sus líderes cuando los objetivos a cumplir son claros y precisos.

La liquidación del Referendo Revocatorio 2016 distó de ser una victoria del régimen. Al destruir esa posibilidad, el régimen se puso a sí mismo fuera de la ley. Hecho que no tardaría en expresarse internacionalmente.

La repulsa internacional que hoy revienta en la cara de Maduro es consecuencia de su proceder frente al Referendo Revocatorio 2016. Las enormes movilizaciones de masa que surgieron después de la ruptura constitucional con respecto al Referendo Revocatorio 2016, mostraron como la oposición —con sus dos grandes “tomas”, la de Caracas y la de Venezuela— estaba en condiciones de apoderarse de las calles, otrora espacios del chavismo. La petición de auxilio al Papa, hecha a última hora por Maduro, rechazada antes por el mismo mandatario, fue para el chavismo solo una momentánea tabla de salvación.

Cármen Beatriz Fernández ha escrito de modo inteligente que el gran error de la MUD no fue haber aceptado ese diálogo. En verdad, bajo las condiciones imperantes no podía sino aceptarlo. El gran error fue frenar las movilizaciones cuando estas habían llegado a su punto más alto. Con ello la MUD contravino uno de las normas básicas de la política: la de no frenar jamás a los movimientos de masa cuando estos se encuentran en su fase de ascenso. Más todavía cuando no se dispone de ninguna otra fuerza de presión frente a un régimen de notorias características militares.

Pero hubo quizás otro error. No haber sentado con meridiana claridad los principios del diálogo. Esos principios eran (y son) tres:

1. Liberación inmediata de todos (léase, todos) los presos políticos.

2. Elaboración de un cronograma electoral para los años 2016 y 2017.

3. Devolución de las atribuciones que corresponden a la AN y reintegración del TSJ a las tareas que le corresponden dentro del ámbito legal.

Cuando después de una semana los miembros dialogantes del Ejecutivo dieron claras muestras de no estar dispuestos a cumplir ninguno de esos tres principios, la MUD debió haber declarado el diálogo por finiquitado.

Lamentablemente dentro de la MUD logró imponerse una tendencia cuyo propósito era continuar el diálogo por un tiempo indefinido. Que dentro de esa tendencia hay grupos y personas cuya práctica bordea la colaboración con el régimen, ya parece ser una evidencia.

La MUD, después del fracasado diálogo, deberá deshacerse o por lo menos neutralizar a los gestores internos del colaboracionismo so pena de perder una credibilidad que durante el transcurso del diálogo alcanzó un alto grado de deterioro. Esa, en lugar de una autocrítica verbal, puede ser la primera condición para retomar el camino y poner en práctica la tarea que Trino Márquez ha denominado muy bien como “la reconexión”. Una reconexión no imposible. No lo es si se toma en cuenta que los tres principios nombrados están lejos de haber sido cumplidos.

Fue justamente la ausencia total de voluntad para hacer cumplir esos tres principios la razón por la cual el régimen decidió patear la mesa servida por El Vaticano. Esos principios, así ha quedado demostrado, son, para emplear una expresión gramsciana, “las ideas-fuerzas” de la oposición. Por lo mismo, aunque el Referendo Revocatorio ya no aparezca en la agenda, los principios que le dieron sentido, razón y vida, continúan vigentes.

El régimen ha bloqueado a dos salidas posibles. La del diálogo y la del revocatorio. La del diálogo no es tan preocupante, toda vez que tarde o temprano deberá haber diálogo, aunque en condiciones de tiempo y lugar muy diferentes a las que llevaron al fracasado diálogo de Diciembre.

La destrucción del Referendo Revocatorio sí fue gravísima. Y lo fue no por lo que el Referendo Revocatorio significaba en sí. Lo fue porque el Referendo Revocatorio 2016 llevaba a la política a su forma natural: nos referimos a la forma electoral. La destrucción del Referendo Revocatorio 2016 amenaza —esta es la gravedad del problema— romper con la continuidad electoral de la vida política venezolana.

Con el fin del Referendo Revocatorio 2016 no desapareció una opción plebiscitaria. Desapareció una opción electoral. Ese es el punto. Punto que lleva a la deducción de que todo el sistema electoral venezolano se encuentra, en sus propios cimientos, amenazado. En otras palabras, hay claros indicios de que el sistema electoralista institucionalizado por Chávez podría estar llegando a su fin. Vale la pena insistir sobre este tema pues de una manera u otra marcará el curso de los acontecimientos que tendrán lugar durante el año 2017.

¿Por qué destruyó Maduro al Referendo Revocatorio 2016? La respuesta obvia es: porque estaba destinado a perderlo. Si hubiera habido una mínima posibilidad de derrotar a la oposición en el Referendo Revocatorio como lo hizo Chávez en el 2004, nunca Maduro habría rehuido al Referendo Revocatorio. De este modo fue confirmada una tesis que hasta la destrucción del Referendo Revocatorio 2016 no había podido ser probada: El régimen aceptará las contiendas electorales solo cuando esté seguro de ganarlas. Si, en cambio, existe la posibilidad de perderlas, lisa y llanamente las suprimirá.

De hecho, el hostigamiento a la AN muestra como el régimen está dispuesto a desconocer la voluntad popular cuando esta no le favorece. Incluso sus personeros creen sentirse amparados por una ideología. Se trata de una ideología transmitida por Fidel a Chávez y por Chávez a Maduro. Es la ideología de la revolución cubana.

Lo han dicho muy claro Jaua y Cabello: el poder no se negocia. De acuerdo a esa premisa, las elecciones son solo expresión de la “ideología burguesa”. Por lo tanto, realizar y concurrir a elecciones no es para ellos actuar de acuerdo a normas ciudadanas. Solo se trata de apropiarse de un instrumento de dominación de “la burguesía” para ponerlo al servicio de “la revolución”. Pobres de espíritu e incapaces de elaborar cualquiera idea abstracta, están convencidos de que les asiste la razón de la historia y de que ellos serán los encargados  —sepa el cuervo por qué— de realizarla. Son sin duda maleantes en el poder. Pero son maleantes con ideología. Eso los hace más peligrosos.

Aquellos miembros de la oposición que seguramente pensaron en deshacerse del Referendo Revocatorio 2016 para abrir el camino a futuras elecciones en las cuales según todas las encuestas Maduro no podía sino perder, no entendieron el nudo del problema. No entendieron por ejemplo que el Referendo Revocatorio 2016 era también una elección y que si permitían cerrar el camino electoral trazado por el Referendo Revocatorio 2016, sería sentado un precedente para que en el futuro próximo fueran cerradas todas las vías electorales que condujeran a una derrota aplastante del régimen (es decir, a todas las elecciones por venir). Pues perder el poder, ya sea en una elección revocatoria, ya sea en elecciones regionales y municipales, contradice el meollo ideológico del castro-chavismo.

“El poder cuando se tiene no se entrega” era un dogma de la ideología revolucionaria de las izquierdas anti-democráticas de América Latina.  Fue la razón por la cual el régimen no solo destruyó al Referendo Revocatorio, sino también a la posibilidad de que las elecciones del año 2016 tuvieran lugar. Para decirlo en clave de síntesis: Maduro a diferencia de Chávez no es populista porque no tiene pueblo pero tampoco es electoralista porque no tiene detrás de sí a ninguna mayoría electoral.

Todo indica entonces que una de las tareas centrales para la oposición será, no la lucha electoral, sino la lucha por las elecciones. Ojo: son dos cosas diferentes.

La lucha electoral es el medio del cual se sirven los sistemas democráticos para asegurar sus formas de reproducción política. Por eso todos los partidos en democracia son electoralistas. En regímenes no democráticos, autocráticos y dictatoriales, la lucha antes de ser electoral, debe ser por las elecciones.

Elecciones libres y periódicas fue el lema central de los movimientos democráticos que pusieron fin a las dictaduras comunistas del siglo XX. Todo indica entonces que ese puede llegar a ser también uno de los lemas centrales de la oposición venezolana durante el difícil año 2017.

El hecho objetivo es que el proyecto de poder de Maduro ya no pasa por la vía electoral. Cualquiera desviación de esa vía por parte de la oposición solo podría, en consecuencias, favorecer al régimen. Es precisamente lo que quiere Maduro: Gobernar sin elecciones, imponer el peso de las armas por sobre la Constitución, prohibir a los partidos y organizaciones políticas en nombre de un poder popular que nadie sabe dónde está. En fin, castrismo puro. Y Maduro, así como los suyos, son castristas. Radical y perversamente castristas.

¿Destituir a Maduro? Desde un punto de vista emocional y simbólico — y la política es emocional y simbólica— es perfectamente entendible que sectores de la oposición manejen esa posibilidad. Eso no puede, sin embargo, hacer olvidar que Maduro no es Maduro. Maduro es solo el rostro —si se quiere el más desagradable— de un orden político-militar.

No hay que olvidar: No estamos frente a un régimen de corte personalista como ha habido tantos en la historia latinoamericana. Maduro no es un caudillo insustituible (ni siquiera Fidel Castro lo fue). La oposición está enfrentada no solo a un dictador sino a todo un sistema  de dominación política y militar. Esa es la tragedia venezolana. Con Maduro o sin Maduro, el sistema continúa.

Pero la oposición, representada en la MUD, no está sola. Ni dentro ni fuera del país. Los mejores intelectuales, los más calificados profesionales y la gran mayoría del pueblo, son de oposición. Esa oposición sigue siendo mayoría en un país azotado por la más profunda crisis económica que es posible imaginar. Crisis que esa mayoría identifica con Maduro y su régimen.

La AN es el órgano constitucional deliberante del pueblo mayoritario y de los partidos de la MUD. Unidos todos en la acción frente a objetivos comunes claramente trazados (como fue, por ejemplo el Referendo Revocatorio 2016) tienen amplias posibilidades de impedir que en Venezuela el castrismo, disfrazado de madurismo, logre echar nuevas raíces.

Chávez y Fidel están muertos. El madurismo se irá con ellos. Pero dejarán detrás de sí a sus amenazas, a sus metralletas y, no por último, a la maldad que ellos sembraron. Duros serán los caminos del 2017.

Deseo a mis queridos lectores y a los no tan queridos también, que los próximos días de Navidad se conviertan en una breve pausa en donde prime el pensamiento y la reflexión.

Con ustedes: Fernando Mires.

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Ciber-ataque; por Fernando Mires

Tengo la impresión de que el domingo 27 de noviembre fui atacado por Vladimir. Y en mi propia casa. No, no estoy paranoiando. Voy a explicar el porqué. Ese día por la tarde, habiendo puesto punto final a un artículo, me disponía a enviarlo al periódico. Mas, la internet no funcionó. Hice lo imposible. Leí

Por Fernando Mires | 1 de diciembre, 2016
Fotografía de Getty Images / AFP

Sala de servidores. Fotografía de Getty Images / AFP

Tengo la impresión de que el domingo 27 de noviembre fui atacado por Vladimir. Y en mi propia casa. No, no estoy paranoiando. Voy a explicar el porqué.

Ese día por la tarde, habiendo puesto punto final a un artículo, me disponía a enviarlo al periódico. Mas, la internet no funcionó. Hice lo imposible. Leí las instrucciones tres veces. Enchufé, desenchufé, lancé trescientas maldiciones al aire y para no arrojar el computador por la ventana, decidí esperar hasta el día siguiente.

Llamé entonces a un amigo para comentar los partidos de fútbol del día anterior. Pero el teléfono tampoco funcionó. Encendí a la televisión, cualquiera cosa que me distrajera. Solo se veían rayas de cebras. Debo confesar: por un momento me sentí perdido. De pronto yo estaba desconectado del mundo.

Decidí al fin volver a los antiguos tiempos y hojear un libro de papel, el primero que encontré. Ni aunque lo hubiera solicitado: John Updike: Hacia el fin del tiempo. Narra la vida de unos personajes en EE.UU. después de que el país fuera destruido por una bomba atómica.

Al día siguiente mi esposa me despertó muy temprano con la noticia: 900.000 usuarios de Telekom —de la cual soy antiguo cliente— habían sido afectados por un hacker. Uno de esos usuarios era yo. La noticia agregaba que los técnicos de la Telekom y los del gobierno estaban trabajando juntos para restablecer el orden y averiguar el origen del ciber-ataque.

El día Martes 29 el noticiero del mediodía reveló que el ciber-ataque había sido perpetrado desde Moscú. No voy a extenderme en detalles -la verdad, de cosas digitales no tengo la más santa idea-. Pero la noticia fue dada por el BSI (Departamento de Seguridad y Técnicas de Información en Alemania) es decir, poseía un status oficial. El BSI acusó directamente al gobierno de Putin de intervenir en las redes digitales europeas. Precisamente el día anterior, A. Merkel había leído un comunicado señalando que su gobierno estaba dispuesto a enfrentar ataques cibernéticos de origen externo (ella, tan prudente, no nombró a Rusia).

La noticia no me extrañó. Desde Moscú proviene la mayoría de los hacker que asolan Europa. No se trata de simples sospechas. Naturalmente el gobierno ruso niega dichas acusaciones y estas —como ocurrió en el caso de la intervención cibernética en las elecciones norteamericanas— no podrán ser probadas. Imposible que lo sean. Las empresas cibernéticas rusas —es lo que he podido averiguar— no son organizaciones gubernamentales. En el hecho se trata de ONGs que prestan servicios especiales al gobierno. En otras palabras, mafias organizadas. Putin, en lugar de intervenirlas, ha logrado centralizarlas en torno a un núcleo al que solo muy pocos tienen acceso, sistema que ha hecho extensivo a diversas ramas de la economía y de la política. Así como a Iván el terrible lo llamaron el Zar de toda las Rusias, en Rusia el humor público denomina a Putin como el Presidente de todas las mafias.

La noticia del ataque ruso no fue, sin embargo, reiterada en los medios. Pero tampoco hubo desmentido. Eso no es nuevo. Según mi experiencia con los medios —de esto entiendo algo más que de nomenclaturas digitales— los gobiernos recurren a este procedimiento a guisa de advertencia, dando a conocer que están informados de hechos sobre los cuales por razones políticas o diplomáticas no desean insistir.

El ciber-ataque a los usuarios de Telekom no fue un incidente sin importancia. Para algunos entendidos se trata de un ensayo general. Para otros, de un plan fracasado destinado a sistematizar diversas redes en un solo paquete y lograr así tener acceso a caudales de informaciones.

En cualquier caso el gobierno ruso ha comprendido muy bien la importancia de las agresiones cibernéticas. A través de ellas pueden llegar a controlar infraestructuras completas como los sistemas de salud, educación y, por supuesto, a los partidos, al personal gubernamental y no por último, al militar; ni hablar de las transacciones bursátiles.

Así como nuestros antepasados dependían del fuego (el primer mono que descubrió el fuego se hizo hombre y con ello hizo de la hembra una mujer) hoy dependemos del control de los medios digitales de comunicación. A través de la comunicación digital la sociedad se piensa a sí misma. Pero si es alterado el sistema cibernético, deja de hacerlo.

La sociedad es comunicación, enseñó Jürgen Habermas, antes de que aparecieran las redes digitales. Para hacer una analogía, un ataque cibernético es a lo social un equivalente a un infarto cerebral en lo individual pues los mecanismos digitales son transmisores que nos comunican con el resto del mundo. Y bien, ese día Domingo, casi un millón de seres humanos fuimos desconectados de este mundo por decisión de un gobierno, según el BSI.

Los tiempos han cambiado. Antes, para desconectarnos del mundo era necesario hacer volar puentes y destruir caminos. Hoy basta una artera programación cibernética y un gobierno inescrupuloso para que eso sea posible.

Imagino, es lo más probable, que entre esos 900.000 usuarios de Telekom había más de uno con problemas de salud. Un paro cardíaco por ejemplo. Alguien que intentó llamar al servicio de urgencia justo cuando los teléfonos enmudecían. No es broma. Ese señor o esa señora deben estar muertos.

Estoy convencido de que si estalla una futura guerra mundial (ojalá el diablo no me escuche), esta será predominantemente cibernética. Si es así, no tengo ningún motivo para envidiar a las futuras generaciones. Yo también podría haber muerto ese día. Vladimir me atacó. Y nada menos que en mi propia casa.

El odio a los intelectuales; por Fernando Mires

Los artículos de opinión tienden a retroalimentarse. Bastó que alguien escribiera que el triunfo de Trump representa una rebelión en contra de las elites progresistas (del establisment dicen otros) para que cientos de articulistas repitieran lo mismo. Pocos repararon en el hecho de que Trump también viene de las elites. No todos los norteamericanos tienen tantos

Por Fernando Mires | 22 de noviembre, 2016
Fotograma de El Proceso, 1962. Orson Wells

Fotograma de El Proceso (1962), de Orson Wells

Los artículos de opinión tienden a retroalimentarse. Bastó que alguien escribiera que el triunfo de Trump representa una rebelión en contra de las elites progresistas (del establisment dicen otros) para que cientos de articulistas repitieran lo mismo. Pocos repararon en el hecho de que Trump también viene de las elites.

No todos los norteamericanos tienen tantos billones en su cuenta como Trump. Si es cierto que Trump emerge en contra de determinadas elites, se trataría entonces de una contradicción inter-elitesca. Quizás ahí está el nudo del problema. Las elites económicas se levantaron a través de Trump en contra de otras elites, las intelectuales (y sus representaciones feministas, anti-racistas e igualitarias).

Para nadie es un misterio que la enorme mayoría de los representantes del arte y del pensamiento se pronunciaron públicamente en contra de Trump y a favor de Clinton. Menos misterioso resulta el hecho de que el discurso predominante de Trump hubiera sido abiertamente anti-intelectual. El mismo se ufana con orgullo de no ser un intelectual. Es un sentimiento compartido. Los intelectuales detestan a Trump. El conflicto está programado.

Anti-intelectuales son también muchos seguidores de Trump. Trump ejerce un liderazgo sobre un odio atávico a los intelectuales. Odio que se encuentra en estado latente en todos los ordenes sociales del planeta. Odio que de pronto irrumpe haciéndose presente con inimaginada furia sobre la superficie de la política.

Nada nuevo bajo el sol. Desde que en la bella Atenas los notables de la ciudad no dejaran a Sócrates otra alternativa que no fuera el suicidio, el odio a los intelectuales ha sido más importante de lo que se piensa en la historia universal. No solo la lucha de clases como intentaron enseñar los marxistas, ha movilizado a grandes multitudes. El poder tiene muchas caras. La económica es solo una. Más importante que la lucha económica parece ser en los EE.UU. de hoy, la lucha cultural. Un choque de culturas en una sola nación.

Existe el poder político, el poder religioso y, por cierto, el poder representado por los propietarios del saber. Y así como los propietarios del poder económico han sido odiados por los pobres del dinero, los propietarios del poder cultural, los intelectuales, han sido odiados por los pobres de espíritu. Odio que no es vertical ni horizontal sino transversal. Odio que une a pobres y ricos cuando es dirigido en contra de los que saben y piensan. Odio que incluso se expresa en la vida cotidiana.

Los intelectuales que por casualidad han compartido reuniones sociales con los dueños del dinero, han sentido ese odio en su propia piel. A la inversa, cuando un representante de la vida económica cae en una reunión de intelectuales, suele sentirse discriminado por esos personajes raros que hablan un lenguaje críptico, comentan autores desconocidos, ven películas extrañas, escuchan música sin ritmo.

Sucede también al interior de muchas familias. Ha habido empresarios que habiendo tenido un hijo intelectual lo han sufrido como si sus esposas hubieran parido a un anormal o —en el idioma de ellos— a un marica. Hay ejemplos que han hecho historia. Dos nombres muy dispares vienen de pronto a mi mente. Uno es el de Franz Kafka. El otro, el de Mario Vargas Llosa.

El padre de Franz, Herman Kafka, llegó a ser un gran empresario. Hombre de fuerte personalidad, autoritario, orgulloso de sí. Franz se sentía a su lado como una persona indigna e insignificante. Pese a que hacía lo imposible para que el padre aceptara sus debilidades físicas, su timidez innata, su carácter distraído, Herman solo deseaba que Franz fuera un empresario exitoso. La Carta a mi Padre escrita por Franz Kafka es un documento desgarrador. Debería ser leída por todos los psicoanalistas del mundo.

El joven Franz escribía a escondidas, casi como avergonzado, sintiéndose como un “insecto” (así se autodescribe en La Metamorfosis). Incluso pidió a su amigo íntimo, Max Brod, que después de que él, Franz, muriera, quemara sus escritos. Afortunadamente Brod no lo hizo. Fue quizás la no-acción más importante de Brod. Sus escritos, en verdad, no son gran cosa.

La grave psicosis que desató en Franz la omnipotencia anti-intelectual del viejo Kafka fue en cierto modo causante de la enigmática literatura que nos legó el joven Kafka. Relación edípica fallida que sobredetermina a El Castillo (a lo no accesible) y a El Proceso (a la culpa de ser). Así como sus breves cuentos, testimonios de una vida lastimada, pero sublime como pocas.

El padre de Vargas Llosa, Eliécer, al igual que el de Franz Kafka, era un anti-intelectual por excelencia. La relación entre el joven intelectual y su padre —cuenta Vargas Llosa— fue tortuosa. Si no hubiera sido por el cobijo de la madre, la niñez y juventud de Mario habrían sido un infierno.

Don Eliécer envió a su hijo de 14 años a la Escuela Militar Leoncio Prado, en el Callao. “Para que se hiciera hombre”. Esa experiencia fue un suplicio para Vargas Llosa. Pero también fue su lugar de resistencia. Para defenderse de la estupidez cuartelaria, Mario comenzó a leer y a escribir como loco. Tuvo la suerte de tener entre sus profesores a un poeta surrealista, César Moro, quien aparte de impartir clases de francés, fue su primer guía literario. Su primera gran novela La Ciudad y los Perros, en donde describe la brutalidad de la educación militar, fue también una venganza del joven Vargas Llosa en contra de la dictadura anti-intelectual ejercida por su padre.

A diferencias de Franz Kafka, Vargas Llosa dio la batalla edípica. Más aún, logró derrotar a su padre en su propia salsa. El Premio Nobel se convertiría en ese millonario que nunca llegó a ser don Eliécer. Incluso, hoy, con más de 80 años de edad, Mario Vargas Llosa es un personaje de la “sociedad del espectáculo” a la que una vez tan duramente criticara.

Como ha ocurrido con muchas personas, para derrotar el imago (Jung) del padre interno, Vargas Llosa tuvo que asumir parte del Sobre-Yo de ese mismo padre. Eso no lo pudo hacer Kafka. Sin embargo, ambos escritores, tan diferentes entre sí, han demostrado a través de sus respectivas biografías que el odio hacia los intelectuales no solo es social y cultural. Es, además, intrasocial, intracultural, intrafamiliar. A veces lo mamamos.

Por cierto, no siempre el odio hacia los intelectuales se expresa en forma directa. Durante un tiempo ese odio logró ocultarse en diversos países bajo formas políticas. La más conocida fue la tradicional dicotomía izquierda-derecha.

Recordando años juveniles puedo testimoniar que mis primeras experiencias políticas en la izquierda las hice no porque me interesara la política sino porque me sentía atraído por la cultura que en esos tiempos monopolizaba la izquierda, particularmente el partido comunista. La derecha, en Chile como en otros países, era radicalmente anti-intelectual (todavía, aunque no tanto, sigue siéndolo). Los intelectuales de derecha podían contarse con los dedos de las manos. Los de izquierda, en cambio, sumaban millares. Ser intelectual y ser de izquierda era casi una obligación.

En cierto modo nosotros, jóvenes chilenos con aspiraciones literarias, seguíamos la tradición comenzada por los jacobinos franceses, continuada después por las izquierdas europeas y por los bolcheviques rusos. Estos últimos eran intelectuales organizados en un partido. Trotski, Lenin, Bujarin, entre otros. En ese punto ellos mantenían la tradición intelectual de la socialdemocracia alemana, donde nombres de grandes pensadores como Kautsky, Rosa Luxemburg, Bernstein y varios más, contrastan con la miseria intelectual que hoy exhiben los actuales partidos socialdemócratas.

El fin del monopolio ejercido por las izquierdas sobre los intelectuales fue resultado de un largo proceso. Hay, no obstante, un año clave: 1968. La invasión soviética a Praga. Desde ese momento comenzó una éxodo planetario. Algunos intelectuales giraron a la derecha. Pero la mayoría, redescubriendo a la democracia, asumió una postura liberal, en cierta medida solidaria con el anticomunismo radical mantenido por los intelectuales al interior de los países de la órbita soviética.

El papel jugado por los intelectuales en las revoluciones democráticas del Este europeo fue notable. En Polonia el historiador Adam Mischnik, el sociólogo Joseph Kuron y el escritor cristiano Tadeus Mazowiecki, orientaron los pasos de Solidarnosc mientras el cine de Andre Wajda denunciaba de modo implacable a la dictadura. En Alemania del Este la voz de Wolf Biermann recitaba y cantaba a la libertad en el mejor estilo de su maestro, Bertold Brecht. Los húngaros reivindicaban a sus escritores proscritos, antes que nadie a Sandor Marai. Y en Checoeslovaquia, el excelente dramaturgo y poeta Vaclav Havel se convirtió en uno de los más brillantes presidentes de Europa.

En América Latina el proceso fue más lento. Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Jorge Edwards y sobre todo, los poetas cubanos Herberto Padilla .y Reinaldo Arenas, el novelista Guillermo Cabrera Infante, y muchos otros, dieron vuelta sus espaldas a una revolución cubana convertida en vulgar dictadura militar. Los que siguen a la dictadura de Maduro en Venezuela son poquísimos. La gran mayoría engrosa las filas de la oposición.

Volviendo hacia atrás, observamos, sin embargo, una relación asimétrica. Mientras en los países comunistas los intelectuales eran víctimas de dictaduras, sus colegas de la izquierda occidental apoyaron durante mucho tiempo a esas mismas dictaduras. Casos llamativos fueron el escritor Günter Gras y el filósofo Jürgen Habermas. Ellos, que protestaban en contra de todas las injusticias del mundo, no fueron capaces de levantar sus voces en contra de una —la de Honecker— apoderada de una parte de la propia nación.

Stalin, siguiendo el ejemplo de Hitler, usó a los intelectuales solo cuando favorecían sus objetivos. De otro modo iban a parar a las cárceles. La pasión de Solzhenitsyn en los hielos de Siberia será siempre un símbolo de esa terrible historia. Stalin, aún más que Hitler, fue el primer dictador del anti-intelectualismo militante. En cierto modo el georgiano ejerció su venganza en contra de sus ex compañeros bolcheviques a quienes con deleite fue asesinando. Uno después del otro.

Así como Hitler mantenía como perro faldero al creativo arquitecto Alfred Speer o convertía al genio cinematográfico de Leni Riefenstahl.en un cine cortesano, Stalin se servía de compositores como Shostakóvich y del grandioso cine de Eisenstein. Pero, diferencias más o menos, ambos sistemas eran, en el fondo, profundamente anti-intelectuales. La brutal ofensiva nazi en contra de esa joya de la pintura universal que es el expresionismo alemán y la imposición del “realismo socialista” en el arte y la literatura rusa, son signos del odio parido profesado por las dictaduras a los artistas e intelectuales.

Y, sin embargo, a pesar de toda la furia anti-intelectual de los totalitarismos del siglo XX, gran parte del intelectualismo occidental capituló frente a ambos. Que los dos más grandes filósofos del siglo XX, Heidegger y Sartre, hayan sido ocasionales sirvientes del poder totalitario, nazi y comunista respectivamente, es un hecho que siempre deberá llamar a reflexión. El deseo de adorar a un gran padre no solo aparece dentro de las familias. También aparece en las naciones. Nombres como Hannah Arendt, Raymond Aron o Albert Camus, fueron solo honorables excepciones a la regla.

En la gran familia americana, tal como ocurrió al interior de las familias Kafka y Vargas Llosa, comienzan hoy a alinearse los frentes que separan a los valores representados por un presidente millonario y los de los intelectuales. ¿Quién vencerá esta vez? ¿La materia o el espíritu? En las historias de familias (de pronto me acordé del pobre Rimbaud) como en las de naciones, tenemos ejemplos en ambas direcciones.

En los EE.UU. está todavía por verse: ahí sabremos si la numerosa clase intelectual estadoudinense elevará sus valores liberales y libertarios hacia el plano político o claudicará frente a la arrogancia del poder, del exitismo y del dinero. Del resultado de ese conflicto dependerá no solo la suerte de los EE.UU.