#EnPrimeraPersona

Bombas en el sótano del Lido; por María Silvia Espinoza #EnPrimeraPersona

Mi familia y yo nos levantamos temprano para asistir a la manifestación opositora “Somos millones”. Allí estuvimos hasta las 2:30 de la tarde. Hicimos un alto para comer algo. Justo  cuando volvíamos a la concentración, a la altura de El Rosal, un río de personas huía en estampida de la represión de la Guardia Nacional

Por María Silvia Espinoza | 21 de mayo, 2017
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Fotografía tomada por Leo Álvarez durante la manifestación opositora del 20 de mayo

Mi familia y yo nos levantamos temprano para asistir a la manifestación opositora “Somos millones”. Allí estuvimos hasta las 2:30 de la tarde. Hicimos un alto para comer algo. Justo  cuando volvíamos a la concentración, a la altura de El Rosal, un río de personas huía en estampida de la represión de la Guardia Nacional Bolivariana. Todo era gritos y humo blanco. Nosotros aún nos encontrábamos en el auto y no había paso para tomar alguna vía que nos sacara de la zona de peligro.

Decidimos entrar al centro comercial Lido y refugiarnos mientras la situación en El Rosal se calmaba. Cuando intentamos subir a la planta baja del centro comercial nos tuvimos que regresar casi corriendo, pues en las zonas aledañas al edificio se estaban dando enfrentamientos entre manifestantes y cuerpos de seguridad. La mejor idea parecía ser la de quedarnos en el sótano, lugar donde nos unimos a un grupo de siete manifestantes, entre ellos una madre junto a su hijo de aproximadamente siete años. Ellos también huían de las bombas.

La situación parecía tranquila, pues éramos pocos los que estábamos escondidos en el lugar. Se habían trancado los accesos al centro comercial. Un vigilante nos ofreció unas sillas y nos guió hasta un sitio donde había un pequeño ventilador. El calor era sofocante.

Cuando llevábamos media hora allá abajo, comenzamos a sentir, cada vez con más potencia, el efecto de las bombas. No era normal, tomando en cuenta el lugar donde nos hallábamos. Llegó un punto en que ninguno lograba ver nada. Solo podíamos refugiarnos en nuestras franelas. La sensación de incendio en los ojos y en la garganta era opresiva: ¡Los guardias habían lanzado las bombas hacia adentro del estacionamiento!

El niño de siete años lloraba aterrado. Era quien más nos preocupaba al ser el más vulnerable del grupo. Caminamos en varias direcciones para encontrar un lugar menos inundado por los gases, pero fue inútil. De pronto, ya no podíamos movernos del ardor y la asfixia. Los vigilantes nos confirmaron que efectivamente la Guardia Nacional “estaba arremetiendo contra el centro comercial”.

Del grupo de refugiados, nosotros éramos los únicos que teníamos el carro estacionado en el sótano. Mis padres, a pesar de estar muy afectados, corrieron a buscarlo. Se encontraba al otro extremo del estacionamiento. Mientras, el grupo de siete personas se retorcía. Yo apoyaba mi cabeza en el capó de un carro. Una de las muchachas nos roció una mezcla de agua con bicarbonato que había preparado en su casa. Sentimos alivio, pero el efecto de las bombas era superior.

Mis padres no llegaban y yo comenzaba a preocuparme. El dolor y el malestar se acentuaban. Eran momentos de incertidumbre. Empezaba a sentir que realmente podía asfixiarme en cuestión de minutos, pues al ser un estacionamiento no teníamos cerca una ventana o conducto alguno por el que entrase un poco de aire.

De repente sentí que un carro frenó cerca de nosotros. Eran mis padres. Nos gritaron que entráramos al carro. Y los ocho, que a duras penas podíamos abrir los ojos para situar la puerta, entramos uno por uno. No cabíamos tantas personas. Pero el miedo y la desesperación hicieron que el espacio no fuese un impedimento para protegernos del gas que había impregnado cada rincón del estacionamiento.

Lo importante era entrar rápido y cerrar la puerta, y así lo hicimos. El niño de 7 años había parado de llorar, estaba sentado en mis piernas y no articulaba palabra. Sentía su miedo. Luego de unos segundos recuperándonos, con la ayuda del aire acondicionado, pudimos volver a un estado soportable. Y ahí nos quedamos por casi dos horas. Diez personas en un carro, dando vueltas en círculos, y esperando una señal para salir.

“En Altagracia la cosa está fea”; por Yorman Guerrero #EnPrimeraPersona

Era domingo. El reloj rozaba las 9:00 de la noche, el momento ideal para cantar cumpleaños. Las calles de Altagracia de Orituco estaban desiertas. En este pueblo agricultor de poco más de 50 mil habitantes en el estado Guárico acortan las celebraciones para resguardarse en casa temprano. Por el día y la hora resuena en

Por Yorman Guerrero | 17 de mayo, 2017
Fotografía de Eleazar Camero

Fotografía de Eleazar Camero

Era domingo. El reloj rozaba las 9:00 de la noche, el momento ideal para cantar cumpleaños. Las calles de Altagracia de Orituco estaban desiertas. En este pueblo agricultor de poco más de 50 mil habitantes en el estado Guárico acortan las celebraciones para resguardarse en casa temprano. Por el día y la hora resuena en mi cabeza la advertencia de mamá: “En Altagracia la cosa está fea”. Prefiero pensar que exagera.

Viví en Altagracia hasta 2008. Me marché meses después de que cuatro hombres intentaron robar una entidad bancaria y secuestraron a más de 30 clientes durante 28 horas. Una historia inédita en un pueblo donde “todo el mundo se conoce”. Los delincuentes negociaron con las autoridades y huyeron en una ambulancia llevando consigo a algunos rehenes. Después de atravesar el Parque Nacional Guatopo se rindieron y liberaron a las víctimas. No hubo muertos.

Desde entonces visito Altagracia para reencontrarme con familiares y amigos. Aquella noche estaba con Roxana, Maru y Georgette, tres excompañeras del colegio. Fuimos a un cumpleaños. Brindamos, picamos la torta. Llegó el momento de irse. Cerca de las 9:10 de la noche, agradecimos a los anfitriones por sus atenciones en un porche donde se colaba aire húmedo. La dueña de la casa se despidió con una frase frecuente entre los venezolanos: “Se cuidan, avisen al llegar”.

A la misma hora hace cinco meses, delincuentes lanzaron granadas y dispararon contra una unidad móvil del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC). Tres detectives fueron heridos. Las autoridades encontraron una granada fragmentaria sin explotar. Dos días después el pueblo fue tomado por más de 300 oficiales de Poliguárico, Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y CICPC, quienes rastrearon la zona en busca de culpables. En Altagracia corre el rumor de que no detuvieron a los responsables del ataque.

Nos acomodamos seis en un carro de cinco puestos. Las luces del tablero titilaban.

—¿Hay que empujarlo para prenderlo? —preguntó Yajaira.

—Intenta prenderlo normal, mamá. Es una falla en la fusilera —respondió Roxana, habituada a las mañas de su auto.  

Yajaira arrancó. Roxana, Maru y Georgette iban sentadas atrás junto con la abuela de Roxana, la señora Gladys, una viejita de rostro sereno, de 83 años, que se mueve con un bastón. Por ser el más corpulento, yo iba de copiloto. Así recorrimos trece cuadras zigzagueantes. Siete minutos de calles con el asfalto hecho añicos. Poco más de kilómetro y medio de avenidas y aceras con alumbrado insuficiente. Las pocas personas que encontramos en el camino iban con prisa. “En Altagracia la cosa está fea”, recuerdo.

El año pasado los comerciantes cerraron sus negocios a mediados de julio para protestar por el asesinato del propietario de un concurrido puesto de perrocalientes durante un robo. Marcharon junto con agricultores y transportistas, víctimas recurrentes de las bandas armadas, hasta la sede de la Fiscalía en Altagracia para exigir seguridad. En 2016 el Ministerio Público contabilizó 516 asesinatos en Guárico y lo clasificó como el duodécimo estado con más crímenes en el país.

Bordeamos el hospital José Francisco Torrealba, un centro de salud tipo I de paredes mostaza y columnas blancas. Desde afuera el dispensario más grande del municipio José Tadeo Monagas luce descuidado: la tela de alfajol que delimita la infraestructura está maltrecha. El área más occidental del hospital que da hacia la calle Hurtado Ascanio carece de alumbrado eléctrico. Es una boca de lobo.

En el cruce donde convergen la Hurtado Ascanio y la calle Ayacucho, Yajaira giró a la derecha para entrar a Las Mayitas, una urbanización de clase media alta venida a menos y azotada por los atracos. Bajó la velocidad. Esquivó varias troneras hasta llegar a su casa. Georgette y Maru se bajaron del vehículo para estirar las piernas. Nos despedimos de Yajaira y la señora Gladys. Roxana tomó el volante. El plan era ir a cenar. Por el día y la hora sería una tarea difícil.

Ahora éramos cuatro en un vehículo de cinco pasajeros. Tomamos la misma ruta de vuelta con las mismas precauciones: Roxana bajó la velocidad, esquivó los huecos y nos preguntó qué queríamos comer. Blanco preferido por los asaltantes, todas las casas de ese sector de la calle Ayacucho están rodeadas por cercos eléctricos de alambres, un sistema de protección que se popularizó en Altagracia en los últimos años. No vimos niños jugando en la calzada, una escena común en el pueblo de mi infancia.

Llegamos nuevamente al cruce entre la Ayacucho y la Hurtado Ascanio, justo frente a la entrada oeste del hospital que está a oscuras. Distinguimos a tres hombres que trepaban con desespero el cerco maltratado del centro de salud. Uno de ellos vestía una chemise azul, otro un short playero. Al tercero no logré detallarlo en las sombras. Se veían desesperados por escapar.

Tanto a ellos como a nosotros nos sorprendió encontrar una camioneta blanca de la policía municipal estacionada frente al hospital. Era una Toyota Land Cruiser 76, tenía los faros apagados y la puerta trasera izquierda abierta. No avistamos a ningún pasajero uniformado.

—Mira a esos chamos saltando del hospital. ¡Qué locos, buscando mangos a esta hora! —dijo Roxana mientras se incorporaba al otro carril de la Hurtado Ascanio, instantes antes de que un funcionario apostado en la puerta trasera de la camioneta saliera de las sombras y desenfundara su arma de reglamento.

Dos hombres más aparecen en la escena y corren justo al lado de nuestro auto, en la misma dirección. Vi a cinco personas que huían por la Hurtado Ascanio cuando una chispa amarilla estalló en la oscuridad. Quedamos en medio de una persecución policial. Escuchamos seis tiros:

Uno. El policía disparó en nuestra dirección mientras los hombres corrían.

—¡¿Verga, qué es eso?! —dije.

Dos. Llevábamos los vidrios abajo. No se oyó ninguna voz de alto.

—¡Agáchate, es plomo! —gritó Maru desde el asiento trasero.

Tres. Roxana bajó la cabeza y se escondió detrás del volante. Yo hice lo mismo con la guantera. El auto seguía rodando.

—¡Coño, Roxana, acelera! ¡Están disparándonos! ¡Cruza rápido, coño! —gritó Georgette, quien se escondía en el asiento trasero junto con Maru.

Cuatro. El policía volvió a disparar. Pensé que Georgette y Maru estaban más expuestas a las balas porque iban sentadas atrás. Roxana trataba de acelerar.

—¡No puedo ver la carretera, mierda! ¡El carro no me responde! —alertó Roxana, quien trataba de sacar la palanca de la segunda velocidad.

Cinco. Levanté la cabeza. Vi a tres personas corriendo para reguardarse en una de las calles que desemboca en la Hurtado Ascanio. Maru hizo lo mismo, pero volteó hacia atrás. Roxana cruzó a la derecha.

—¡Roxana, dale chola, los tipos vienen detrás de nosotros! —gritó Maru en medio de un ataque de risas producto de los nervios.

Seis. La última bala tampoco nos dio. Fue un susto. No supimos por qué la policía disparó. Recordé de nuevo a mamá: “En Altagracia la cosa está fea”.

Recordé el caso de Luis Manuel Díaz, un dirigente regional de Acción Democrática que fue asesinado a balazos en noviembre de 2015. El crimen ocurrió durante una concentración de cierre de campaña de las elecciones parlamentarias de ese año. En el mitin se encontraban Lilian Tintori y la cantante de música llanera Rummy Olivo, candidata opositora para esos comicios. A partir de ese caso, la entidad figuró en el informe anual de la Fiscalía en el renglón de casos relevantes de homicidios.

El reloj del celular de Roxana marcaba las 9:27 de la noche. “Cuatro meses sin venir al pueblo y me pasa esto”, pensé.

Una llamada interrumpió la bulla dentro del vehículo. “Cállense, es mi mamá”, dijo Roxana mientras colocaba el teléfono en altavoz.

—Hija, cuidado, acaba de oírse un tiroteo por aquí cerca. Debió haber sido por el hospital. Cuídate, por favor —se escuchó del otro lado del teléfono.

—Sí, mamá. Estamos vivos de milagro.