Blog de Yohana Marra

“A veces hasta colocan un arma en la mano del muerto”; por Yohana Marra

Pablo volaba papagayo el día que lo mataron. Estaba en el techo de zinc cuando los uniformados entraron por el callejón. No se acercaron demasiado. Desde la distancia hicieron los dos disparos. Eran las 10:00 de la mañana del 11 de julio de 2017. Tenía 14 años. Un largo camino de escaleras lleva a la

Por Yohana Marra | 25 de agosto, 2017
Fotografía de Verónica Aponte

Fotografía de Verónica Aponte

Pablo volaba papagayo el día que lo mataron. Estaba en el techo de zinc cuando los uniformados entraron por el callejón. No se acercaron demasiado. Desde la distancia hicieron los dos disparos. Eran las 10:00 de la mañana del 11 de julio de 2017. Tenía 14 años.

Un largo camino de escaleras lleva a la casa de Pablo José Tovar Márquez en el barrio Los Mangos de El Cementerio. Otra estrecha vía de tierra conduce hasta una colina. Ahí está, por fin, la casa. Bajo el techo de zinc viven ocho personas en un pequeño espacio. Hay envases llenos de agua y ropa de bebé tendida en las puertas.

Los colchones se apoyan en galones de pintura. Al resto los colocan verticalmente durante el día para permitir el paso. Un televisor viejo, muy pequeño, reposa sobre un mueble artesanal cubierto con una tela de colores.

La casa se mantiene solo con el trabajo de Pablo Márquez, el padre. La habitan también dos de sus nietos. A diario sale a conducir un camión que recoge escombros.

–Yo estaba abajo jugando y vi cuando le dispararon –cuenta el hermano menor de Pablo, de 13 años–. Él bajó corriendo hasta la casa de mi otro hermano que es ahí mismito. En la puerta lo abracé. Botaba sangre por la boca.

Mientras lo abrazaba llegaron los efectivos y él, temeroso, les pidió que no lo mataran.

–¡Quítate que lo vamos a matar! –gritó uno de los policías.

–¡No lo maten! –les gritó.

De sostener a su hermano, su franela se llenó de sangre, al igual que el short y las sandalias.

–Dame la camisa –le ordenaron.

–Yo como no sé nada, me la quité y se la di. Pero ahí en la casa tengo el short y las cholas llenas de sangre. ¿Los quieres ver?

Pablo era un niño especial. En el barrio lo apodaban Catire. Se ganó el cariño de los vecinos porque ayudaba a cargar bombonas de gas y recogía las bolsas de basura por algo a cambio para chucherías.

Los vecinos creen que tenía retraso mental y algunos afirman que padecía de esquizofrenia. Sus papás no lo saben. Nunca lo llevaron al médico aunque admiten que tenía “un poquito de retraso”. Nunca recibió medicación.

Sus hermanos justifican la nula atención a su discapacidad por el exceso de trabajo de su padre: “Nunca tenía tiempo para llevarlo al hospital. Tampoco disponía de dinero suficiente”.

En ocasiones lo vieron hurgar en la basura, quizás buscando qué comer. Cuando no conseguía, pedía.

–Nosotros somos humildes, sí, pero eso no nos hace delincuentes –explica el padre del adolescente pesando cada palabra–. Tengo casi 60 años en el barrio y cualquier persona puede decir que somos muy trabajadores.

La única vez que lo llevaron a un dispensario tenía siete años, aproximadamente: cayó de una platabanda y quedó inconsciente.

–No fue al médico porque no contamos con los recursos –dice Yajaira, su mamá.

Pablo estudió hasta primer grado en un plantel del barrio Los Sin Techo. Repitió cinco veces. A los 10 años fue expulsado y sus padres no volvieron a inscribirlo. Le quedó mucho tiempo para jugar en el barrio con niños de seis y siete años, sus principales amigos.

Pablo no hablaba mucho. Y no porque fuese tímido: su condición no se lo permitía. Respondía ante preguntas específicas y en ocasiones lo hacía con gestos que sus hermanos no comprendían y definían como mal humor.

–Él no era normal, no hablaba bien, no sabía los números ni sabía escribir. Mi hermanito de 10 años es parecido a él: también ha repetido un poco de veces primer grado. Este año lo pasaron a segundo y no sé cómo –dice Carlos Márquez, uno de sus hermanos mayores.

De los hermanos, Carlos es el único que trabaja y vive con su esposa embarazada a escasos metros de la casa de su familia. Es ayudante en los camiones que distribuyen para Manicería San Jorge.

Pablo era el sexto de siete hijos. Ninguno ha terminado el bachillerato. Carlos, por ejemplo, cursó hasta quinto grado. Desconoce si sus hermanos mayores culminaron la primaria.

Como Pablo, la madre tampoco sabe leer ni escribir. El padre se defiende un poco más. Según los hijos, también sus progenitores tienen discapacidad intelectual. Les cuesta crear oraciones y conversar.

–No quiero que se escuche feo, porque va a sonar así. Pero… ¿cómo te digo? Mis suegros tienen discapacidades. Ellos no saben hablar muy bien, cuesta que la gente les entienda –dice una cuñada de Pablo.

Pablo había sido golpeado y amenazado en otros operativos, presuntamente por no querer confesarle a los uniformados donde se ocultaban los delincuentes.

–Ese muchacho no servía para garitero –cuenta una vecina–. No sabía expresarse bien. Era calladito por su condición especial.

Los “gariteros” anticipan a los miembros de las bandas la llegada de la policía. Se apostan en las azoteas de las viviendas buscando mejor visibilidad, o en las canchas o áreas comunes para distraer.

Fermín Mármol García, abogado criminalista, explica que generalmente los “gariteros” son niños o adolescentes, porque levantan menor sospecha ante los uniformados. Pasan horas en las platabandas y tienen horarios de guardia. También los usan para transportar droga.

Quienes viven en la parte alta de la Cota 905, que colinda con El Cementerio, conocen otra modalidad, además de las platabandas: juegan pelota con la intención de escuchar qué conversan ciertas personas, sobre todo las caras nuevas del barrio.

“En una ocasión vinieron unos periodistas, porque queríamos denunciar que la policía había matado a un niño, y otros muchachitos se pusieron a jugar cerca para oír si denunciábamos a algún delincuente”, detalló la vecina.

Al Catire lo querían mucho. Y en protesta por su muerte, los vecinos tomaron la avenida Nueva Granada. Las adyacencias del módulo de la Policía Nacional Bolivariana en La Bandera.

Para el sepelio hicieron una recolecta y el consejo comunal aportó una ayuda para cubrir los gastos fúnebres. La Alcaldía del municipio Libertador donó la urna y un vecino la fosa en el Cementerio General del Sur. La entrega del cadáver demoró porque Pablo no tenía cédula, requisito obligatorio en la medicatura forense.

A partir de entonces, han fallecido cuatro inocentes más del mismo modo. “Luego informan que fue un enfrentamiento”, explicó otra vecina que no quiso identificarse por miedo a represalias:

“Siempre preparan su show. Nos mandan a cerrar las ventanas, nos gritan y nos dicen que si nos asomamos nos van a matar. Luego hacen disparos al aire para que creamos que hay un enfrentamiento. A veces hasta colocan un arma en la mano del muerto para que queden rastros de pólvora y ellos no queden como culpables”.

Tras el ruego del hermano, los policías se llevaron arrastrado a Pablo. Sus padres no sabían en qué hospital estaba. Luego de una intensa búsqueda lo encontraron a las 5:00 de la tarde en el Pérez Carreño.

Carlos, su hermano mayor, introdujo la denuncia en Fiscalía. Quedaron en llamarlo, pero no lo hicieron. Tampoco dispone de tiempo para hacerle seguimiento. Debe trabajar mucho: se convertirá en padre en muy poco tiempo. Dejó todo en manos de la justicia divina.

Oficial caído; por Yohana Marra

Una voz anónima se escuchó a través del celular del cuadrante uno de la parroquia Santa Rosalía. La voz titubeó antes de denunciar a los azotes de su barrio. Tras respirar profundo habló con el policía. El informante dio las coordenadas exactas. Parte alta de El Cementerio, frontera con la Cota 905. Sin más, colgó.

Por Yohana Marra | 18 de abril, 2017
yohanamarra

Imagen referencial. Fotografía de Charles Mostoller

Una voz anónima se escuchó a través del celular del cuadrante uno de la parroquia Santa Rosalía. La voz titubeó antes de denunciar a los azotes de su barrio. Tras respirar profundo habló con el policía. El informante dio las coordenadas exactas. Parte alta de El Cementerio, frontera con la Cota 905.

Sin más, colgó.

–La gente que nos llama nunca se identifica –dice el policía que pide mantener a resguardo su identidad–.Tampoco se lo pedimos. Respetamos su anonimato para que puedan denunciar a los malandros. Los delincuentes tildan de “sapos” a los vecinos que nos informan y eso les puede costar la vida –asegura–. Por eso guardan silencio.

A las 10:30 p.m. del jueves 2 de marzo de 2017, efectivos de la Policía Nacional Bolivariana se enrumban barrio arriba solicitando apoyo al cuadrante cinco.

El barrio formaba parte de uno de los 79 municipios que originalmente fueron designados “zonas de paz”, la cuales nacieron en 2013 como parte del Movimiento por la Paz y la Vida, bajo la coordinación del ex viceministro José Vicente Rangel Ávalos. El objetivo era reinsertar a los delincuentes convirtiéndolos en ciudadanos productivos, vinculándolos a disciplinas tales como carpintería, agricultura, reparación de canchas, aceras, etc.

Los delincuentes entregarían las armas a cambio de recursos para las distintas actividades. Tras las negociaciones los líderes de las bandas consiguieron que las policías no entraran a esos corredores. Pero según el abogado criminalista Fermín Mármol García, las zonas de paz no solucionaron la inseguridad en el país, sino que por el contrario, fortalecieron a los delincuentes y generaron más impunidad.

Según nuestra fuente policial, en El Cementerio y la Cota 905 los antisociales poseen fusiles A15, AK47 o AK130, con cargadores modificados que contienen hasta 100 balas. En su arsenal también disponen de granadas fragmentarias y radios transmisores.

Con sus Pietro Beretta semiautomáticas, los policías entraron al territorio de “El Coqui” y “El Galvis”, quienes comandan a casi 300 personas, integrantes de distintas bandas.

–Son muchas banditas pero están unidas, sobre todo cuando incursionamos en su espacio –detalla el uniformado–. Todos tienen armas largas, automáticas. Disparan en ráfaga y las de nosotros se quedan cortas.

–Además son chamitos, gatillos alegres, los más peligrosos –asegura un policía más joven, que también pide resguardar su identidad.

Luego de conducir varios minutos por un camino empinado, estacionaron la patrulla doble cabina dejando tres motocicletas atravesadas en la vía. A los callejones no ingresan vehículos, de modo que debían continuar a pie. Las puertas estaban cerradas. En las estrechas calles solo se veían las camisas color beige con el chaleco antibalas debajo. Iban unos detrás de otros, en silencio, mirando a lado y lado.

El policía que lideraba al grupo hizo una seña y los efectivos se dividieron. Unos detuvieron a varios jóvenes que se toparon y les pidieron sus documentos. Los otros continuaron hacia el callejón Bucare, para resguardar al resto.

–Nosotros tenemos que entrar dispuestos a matar –afirma nuestra fuente–, pues ellos nos van a recibir a tiros. Eso es mentira que los vamos a meter presos y se van a quedar en la cárcel. ¿No ves cómo la ministra, la señora esta de Prisiones, otorga medidas y entonces ellos tienen permiso para salir y hacer de todo?

–Como el tal Wilmito ­–le acota su colega.

Ya estaban en el “área crítica”. Caminaron rápido por el angosto paso que empalmaba con el callejón. Ahí avistaron a los 58 –delincuentes, en sus códigos–. Eran 15 aproximadamente. Con edades comprendidas entre 14 y 18 años. Todos armados.

Es posible que estuvieran prevenidos. Las bandas tienen “gariteros” custodiando desde las platabandas de las viviendas, con dominio panorámico hacia la entrada del barrio. De esta forma controlan cuando ingresan “las brujas”.

El funcionario que iba a la cabeza hizo señas a los que caminaban a su espalda para que se pegaran a la pared.

–¡Quietos! –gritó el oficial jefe, Robert Rafael Paredes.

El grupo le disparó y él les respondió en defensa, pero estaba en desventaja ante el armamento de los delincuentes y fue herido.

–Normalmente, cuando nosotros les respondemos ellos detienen el tiroteo. Esta vez no.

Paredes recibió un disparo en la ingle. Hizo que se inclinara hacia adelante. Luego llegaron tres balas más: una en la pierna izquierda, otra en el costado derecho y la última cerca del cuello.

Una “femenina” –mujer policía en el argot– se acercó a su compañero herido para reanimarlo. El oficial agregado Rafael Junior Pedroza Sanmartín se abrió para repeler a los delincuentes, pero fue herido en una pierna.

–¡Me dieron! –gritó en medio del sonido ensordecedor de las balas.

–¡No, no te dieron! –respondió un compañero.

–Sí, me dieron. ¡Me dieron! –dijo viéndose la hemorragia que enseguida comenzó a hacer estragos.

Eran aproximadamente las 11:00 p.m.

Pese a los cuatro disparos, Paredes pudo caminar hasta la patrulla apoyado en el hombro de la uniformada. Más atrás iba Pedroza, a paso lento. El impacto de bala que afectó la arteria femoral, causó un sangrado masivo.

El tiempo era oro. Según la cirujana Patricia Barón, el herido debía ser ingresado de inmediato a un quirófano para reparar la arteria, de lo contrario perdería el miembro o moriría desangrado. Pedroza disponía de alrededor de 30 minutos para sobrevivir.

Paredes se desmayó en el trayecto a la Clínica Atias.

A través de la radio se escuchaban voces, alertas, códigos policiales. Avisaban que dos oficiales estaban heridos y necesitaban refuerzos.

–Tengo sed –dijo Pedroza.

Sus compañeros lo animaban para que aguantara. Poco faltaba para que entrase en un shock hipovolémico. Su corazón no tenía suficiente sangre para bombear.

“En estos casos, la volemia no da suficiente sangre para llevar a los órganos vitales como el cerebro, el corazón o el riñón –explica Patricia Barón–. No tener suficiente sangre genera hipoxia, con los consecuentes daños severos en el organismo”.

Los policías detuvieron el vehículo abruptamente a las afueras de la clínica, bajaron a ambos y los ingresaron a la sala de Emergencias.

Paredes murió de un paro respiratorio.

Según nuestra fuente, había oportunidad de salvar a Pedroza, pero en el momento no disponían del equipo médico necesario; tampoco de insumos. Eran más de las 12:00 a.m.

“En esos casos, hay que aplicar un torniquete con una presión muy alta e ingresarlo inmediatamente a quirófano –sostiene Barón–. Es poco el tiempo que se dispone para asistir a estos pacientes”.

Partieron a la Policlínica Cabisoguarnac de la Guardia Nacional Bolivariana, desde la avenida Roosevelt de Los Rosales hasta la avenida Guzmán Blanco de El Paraíso. El recorrido era de aproximadamente 3,4 kilómetros. Poco más de 10 minutos sin tráfico y a alta velocidad.

Su compañero cuenta que Pedroza se desvanecía, que comenzó a ver puntos negros y se quejaba de un pito en los oídos. Al llegar, la respuesta fue la misma: no hay equipo médico, tampoco insumos.

A 3,9 kilómetros se hallaba el Centro Médico Loira, en la avenida Loira de La Paz. Ahí sí había facultativos, pero Pedroza había perdido mucha sangre. Minutos después le dio un paro respiratorio y entró en coma.

Falleció.

A las 4:00 a.m. del viernes 3 de marzo María Gabriela Pedroza, hermana de Rafael Pedroza, recibió una llamada: el oficial agregado murió en un enfrentamiento durante un operativo. Le había dejado el desayuno en el microondas para que cuando llegara lo calentara y se lo comiera. Cada vez que su hermano salía a la calle oraba por él. Por eso gritaba mientras sus tías la sostenían.

–¡Dios, yo siempre te recé por mi hermanito! ¿Por qué te lo llevaste?

Ya no le importaba cuántas clínicas habían recorrido, el tiempo que se demoraron, si había o no médicos o insumos.

Nada se lo devolvería.

Aquella noche, los agentes Paredes y Pedroza se convertirían en los policías 24 y 25 que cayeran a manos del hampa –en menos de tres meses del año 2017– en el Área Metropolitana de Caracas. En los últimos cinco años, los delincuentes les han quitado la vida a 11.741 funcionarios policiales, militares y escoltas en el país, según la Fundación para el Debido Proceso de Venezuela (Fundepro).

De los 414 que murieron en 2016 a nivel nacional, 291 eran policías y 40 de ellos estaban en procedimientos. Hasta el 3 de abril, 32 días después de la muerte de Pedroza y Paredes, la cifra ha aumentado a 40 caídos en la Gran Caracas.

***

LEA TAMBIÉN:

Estudiante sobre moto policial: una instantánea; por Yohana Marra

Estudiante sobre moto policial: una instantánea; por Yohana Marra

El policía dio un frenazo. Su compañera iba tan distraída en la parte de atrás de la moto, que su rostro golpeó en la espalda de él. La apagó y se bajó. Caminó pocos metros hasta donde estaban varios estudiantes del Instituto Jerusalén, sentados en un banco al borde de la calle Muñoz. –¿Qué es

Por Yohana Marra | 24 de marzo, 2017
policia

Fotografía referencial

El policía dio un frenazo. Su compañera iba tan distraída en la parte de atrás de la moto, que su rostro golpeó en la espalda de él.

La apagó y se bajó. Caminó pocos metros hasta donde estaban varios estudiantes del Instituto Jerusalén, sentados en un banco al borde de la calle Muñoz.

–¿Qué es lo que es, chamo? ¿Tú no respetas? –dijo el funcionario de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) a gritos–. ¿Tú eres malandro? ¿Qué es lo qué?

El grupo de uniformados que viajaba con él lo dejó atrás sin darse cuenta. Alrededor de ocho manejaron desde el final de la avenida Bolívar hasta a la Baralt y cruzaron antes de Puente Llaguno. Era la mañana del miércoles 22 de marzo.

Tal cantidad de policías con equipos antimotín me llamó la atención. Me animé a seguirlos. Quizás había otra protesta por la expropiación de la panadería Mansion’s Bakery en la Baralt, así que le pedí al mototaxista que los siguiera.

–¿Qué es lo qué chamito? –repetía el PNB.

El grupo de adolescentes, todos vestidos con camisa beige, se quedó en silencio. El jovencito se puso de pie, mirando fijamente al uniformado que lo doblaba en estatura.

–Dame tu cédula –exigió.

El tono de voz del efectivo, un moreno alto y acuerpado, detuvo el paso de los transeúntes. Nadie intervino.

El policía volvió a su moto con la cédula del muchacho en la mano. El estudiante le dio la espalda y con las manos metidas en los bolsillos caminó hacia su grupo de amigos.

–¿Te dio la cédula? –le preguntó una compañera.

–No, la tiene ahí –dijo el muchacho y volteó a ver al uniformado, que seguía de pie al lado de su moto, mirándolo fijamente.

La “femenina” que se encontraba con el policía tenía un escudo antimotín en sus manos. No intervino.

–Es más, chico, ¿sabes qué? ¡Estás detenido! ¡Para que seas serio, vas detenido! –gritó mientras se acercaba a pasos largos al menor de edad.

El jovencito lo miró inmóvil y permaneció en silencio.

La gente observaba perpleja. Nadie intervino. La actitud del funcionario era tan prepotente que daba miedo terminar preso también.

Desde la esquina, otro policía caminó levantando su mano, como preguntando. Al inferir que algo sucedía aceleró el paso hasta donde estaban sus compañeros.

Este rebotado –señaló al estudiante–. Vamos a llevárnoslo detenido.

Pasó su pierna derecha por encima de la moto y se montó nuevamente. Con rudeza la encendió. El otro policía, sin preguntar el motivo, asintió y sentó al menor entre ambos.

Antes de que arrancara el vehículo, la amiga del detenido corrió hacia ellos.

–¿A dónde se lo llevan? ¿A dónde se lo llevan para decirle a su mamá? –preguntó desconcertada.

–No sé –dijo el policía.

Pero al cabo de unos segundos, añadió:

–Dile que para el Helicoide.

Y arrancó.

–Pero, ¿qué pasó? –le pregunté a la jovencita–. ¿Qué hizo?

–Nada. Cuando pasaron les dijo “brujas”.

Intenté seguirlos en el mototaxi para ver dónde lo llevarían. Pero una alcabala de la Guardia Nacional Bolivariana cerró el acceso a la avenida Fuerzas Armadas y solo pudo pasar la moto con el detenido.

Los perdí de vista.