Blog de Yohana Marra

Oficial caído; por Yohana Marra

Una voz anónima se escuchó a través del celular del cuadrante uno de la parroquia Santa Rosalía. La voz titubeó antes de denunciar a los azotes de su barrio. Tras respirar profundo habló con el policía. El informante dio las coordenadas exactas. Parte alta de El Cementerio, frontera con la Cota 905. Sin más, colgó.

Por Yohana Marra | 18 de abril, 2017
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Imagen referencial. Fotografía de Charles Mostoller

Una voz anónima se escuchó a través del celular del cuadrante uno de la parroquia Santa Rosalía. La voz titubeó antes de denunciar a los azotes de su barrio. Tras respirar profundo habló con el policía. El informante dio las coordenadas exactas. Parte alta de El Cementerio, frontera con la Cota 905.

Sin más, colgó.

–La gente que nos llama nunca se identifica –dice el policía que pide mantener a resguardo su identidad–.Tampoco se lo pedimos. Respetamos su anonimato para que puedan denunciar a los malandros. Los delincuentes tildan de “sapos” a los vecinos que nos informan y eso les puede costar la vida –asegura–. Por eso guardan silencio.

A las 10:30 p.m. del jueves 2 de marzo de 2017, efectivos de la Policía Nacional Bolivariana se enrumban barrio arriba solicitando apoyo al cuadrante cinco.

El barrio formaba parte de uno de los 79 municipios que originalmente fueron designados “zonas de paz”, la cuales nacieron en 2013 como parte del Movimiento por la Paz y la Vida, bajo la coordinación del ex viceministro José Vicente Rangel Ávalos. El objetivo era reinsertar a los delincuentes convirtiéndolos en ciudadanos productivos, vinculándolos a disciplinas tales como carpintería, agricultura, reparación de canchas, aceras, etc.

Los delincuentes entregarían las armas a cambio de recursos para las distintas actividades. Tras las negociaciones los líderes de las bandas consiguieron que las policías no entraran a esos corredores. Pero según el abogado criminalista Fermín Mármol García, las zonas de paz no solucionaron la inseguridad en el país, sino que por el contrario, fortalecieron a los delincuentes y generaron más impunidad.

Según nuestra fuente policial, en El Cementerio y la Cota 905 los antisociales poseen fusiles A15, AK47 o AK130, con cargadores modificados que contienen hasta 100 balas. En su arsenal también disponen de granadas fragmentarias y radios transmisores.

Con sus Pietro Beretta semiautomáticas, los policías entraron al territorio de “El Coqui” y “El Galvis”, quienes comandan a casi 300 personas, integrantes de distintas bandas.

–Son muchas banditas pero están unidas, sobre todo cuando incursionamos en su espacio –detalla el uniformado–. Todos tienen armas largas, automáticas. Disparan en ráfaga y las de nosotros se quedan cortas.

–Además son chamitos, gatillos alegres, los más peligrosos –asegura un policía más joven, que también pide resguardar su identidad.

Luego de conducir varios minutos por un camino empinado, estacionaron la patrulla doble cabina dejando tres motocicletas atravesadas en la vía. A los callejones no ingresan vehículos, de modo que debían continuar a pie. Las puertas estaban cerradas. En las estrechas calles solo se veían las camisas color beige con el chaleco antibalas debajo. Iban unos detrás de otros, en silencio, mirando a lado y lado.

El policía que lideraba al grupo hizo una seña y los efectivos se dividieron. Unos detuvieron a varios jóvenes que se toparon y les pidieron sus documentos. Los otros continuaron hacia el callejón Bucare, para resguardar al resto.

–Nosotros tenemos que entrar dispuestos a matar –afirma nuestra fuente–, pues ellos nos van a recibir a tiros. Eso es mentira que los vamos a meter presos y se van a quedar en la cárcel. ¿No ves cómo la ministra, la señora esta de Prisiones, otorga medidas y entonces ellos tienen permiso para salir y hacer de todo?

–Como el tal Wilmito ­–le acota su colega.

Ya estaban en el “área crítica”. Caminaron rápido por el angosto paso que empalmaba con el callejón. Ahí avistaron a los 58 –delincuentes, en sus códigos–. Eran 15 aproximadamente. Con edades comprendidas entre 14 y 18 años. Todos armados.

Es posible que estuvieran prevenidos. Las bandas tienen “gariteros” custodiando desde las platabandas de las viviendas, con dominio panorámico hacia la entrada del barrio. De esta forma controlan cuando ingresan “las brujas”.

El funcionario que iba a la cabeza hizo señas a los que caminaban a su espalda para que se pegaran a la pared.

–¡Quietos! –gritó el oficial jefe, Robert Rafael Paredes.

El grupo le disparó y él les respondió en defensa, pero estaba en desventaja ante el armamento de los delincuentes y fue herido.

–Normalmente, cuando nosotros les respondemos ellos detienen el tiroteo. Esta vez no.

Paredes recibió un disparo en la ingle. Hizo que se inclinara hacia adelante. Luego llegaron tres balas más: una en la pierna izquierda, otra en el costado derecho y la última cerca del cuello.

Una “femenina” –mujer policía en el argot– se acercó a su compañero herido para reanimarlo. El oficial agregado Rafael Junior Pedroza Sanmartín se abrió para repeler a los delincuentes, pero fue herido en una pierna.

–¡Me dieron! –gritó en medio del sonido ensordecedor de las balas.

–¡No, no te dieron! –respondió un compañero.

–Sí, me dieron. ¡Me dieron! –dijo viéndose la hemorragia que enseguida comenzó a hacer estragos.

Eran aproximadamente las 11:00 p.m.

Pese a los cuatro disparos, Paredes pudo caminar hasta la patrulla apoyado en el hombro de la uniformada. Más atrás iba Pedroza, a paso lento. El impacto de bala que afectó la arteria femoral, causó un sangrado masivo.

El tiempo era oro. Según la cirujana Patricia Barón, el herido debía ser ingresado de inmediato a un quirófano para reparar la arteria, de lo contrario perdería el miembro o moriría desangrado. Pedroza disponía de alrededor de 30 minutos para sobrevivir.

Paredes se desmayó en el trayecto a la Clínica Atias.

A través de la radio se escuchaban voces, alertas, códigos policiales. Avisaban que dos oficiales estaban heridos y necesitaban refuerzos.

–Tengo sed –dijo Pedroza.

Sus compañeros lo animaban para que aguantara. Poco faltaba para que entrase en un shock hipovolémico. Su corazón no tenía suficiente sangre para bombear.

“En estos casos, la volemia no da suficiente sangre para llevar a los órganos vitales como el cerebro, el corazón o el riñón –explica Patricia Barón–. No tener suficiente sangre genera hipoxia, con los consecuentes daños severos en el organismo”.

Los policías detuvieron el vehículo abruptamente a las afueras de la clínica, bajaron a ambos y los ingresaron a la sala de Emergencias.

Paredes murió de un paro respiratorio.

Según nuestra fuente, había oportunidad de salvar a Pedroza, pero en el momento no disponían del equipo médico necesario; tampoco de insumos. Eran más de las 12:00 a.m.

“En esos casos, hay que aplicar un torniquete con una presión muy alta e ingresarlo inmediatamente a quirófano –sostiene Barón–. Es poco el tiempo que se dispone para asistir a estos pacientes”.

Partieron a la Policlínica Cabisoguarnac de la Guardia Nacional Bolivariana, desde la avenida Roosevelt de Los Rosales hasta la avenida Guzmán Blanco de El Paraíso. El recorrido era de aproximadamente 3,4 kilómetros. Poco más de 10 minutos sin tráfico y a alta velocidad.

Su compañero cuenta que Pedroza se desvanecía, que comenzó a ver puntos negros y se quejaba de un pito en los oídos. Al llegar, la respuesta fue la misma: no hay equipo médico, tampoco insumos.

A 3,9 kilómetros se hallaba el Centro Médico Loira, en la avenida Loira de La Paz. Ahí sí había facultativos, pero Pedroza había perdido mucha sangre. Minutos después le dio un paro respiratorio y entró en coma.

Falleció.

A las 4:00 a.m. del viernes 3 de marzo María Gabriela Pedroza, hermana de Rafael Pedroza, recibió una llamada: el oficial agregado murió en un enfrentamiento durante un operativo. Le había dejado el desayuno en el microondas para que cuando llegara lo calentara y se lo comiera. Cada vez que su hermano salía a la calle oraba por él. Por eso gritaba mientras sus tías la sostenían.

–¡Dios, yo siempre te recé por mi hermanito! ¿Por qué te lo llevaste?

Ya no le importaba cuántas clínicas habían recorrido, el tiempo que se demoraron, si había o no médicos o insumos.

Nada se lo devolvería.

Aquella noche, los agentes Paredes y Pedroza se convertirían en los policías 24 y 25 que cayeran a manos del hampa –en menos de tres meses del año 2017– en el Área Metropolitana de Caracas. En los últimos cinco años, los delincuentes les han quitado la vida a 11.741 funcionarios policiales, militares y escoltas en el país, según la Fundación para el Debido Proceso de Venezuela (Fundepro).

De los 414 que murieron en 2016 a nivel nacional, 291 eran policías y 40 de ellos estaban en procedimientos. Hasta el 3 de abril, 32 días después de la muerte de Pedroza y Paredes, la cifra ha aumentado a 40 caídos en la Gran Caracas.

***

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Por Yohana Marra | 24 de marzo, 2017
policia

Fotografía referencial

El policía dio un frenazo. Su compañera iba tan distraída en la parte de atrás de la moto, que su rostro golpeó en la espalda de él.

La apagó y se bajó. Caminó pocos metros hasta donde estaban varios estudiantes del Instituto Jerusalén, sentados en un banco al borde de la calle Muñoz.

–¿Qué es lo que es, chamo? ¿Tú no respetas? –dijo el funcionario de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) a gritos–. ¿Tú eres malandro? ¿Qué es lo qué?

El grupo de uniformados que viajaba con él lo dejó atrás sin darse cuenta. Alrededor de ocho manejaron desde el final de la avenida Bolívar hasta a la Baralt y cruzaron antes de Puente Llaguno. Era la mañana del miércoles 22 de marzo.

Tal cantidad de policías con equipos antimotín me llamó la atención. Me animé a seguirlos. Quizás había otra protesta por la expropiación de la panadería Mansion’s Bakery en la Baralt, así que le pedí al mototaxista que los siguiera.

–¿Qué es lo qué chamito? –repetía el PNB.

El grupo de adolescentes, todos vestidos con camisa beige, se quedó en silencio. El jovencito se puso de pie, mirando fijamente al uniformado que lo doblaba en estatura.

–Dame tu cédula –exigió.

El tono de voz del efectivo, un moreno alto y acuerpado, detuvo el paso de los transeúntes. Nadie intervino.

El policía volvió a su moto con la cédula del muchacho en la mano. El estudiante le dio la espalda y con las manos metidas en los bolsillos caminó hacia su grupo de amigos.

–¿Te dio la cédula? –le preguntó una compañera.

–No, la tiene ahí –dijo el muchacho y volteó a ver al uniformado, que seguía de pie al lado de su moto, mirándolo fijamente.

La “femenina” que se encontraba con el policía tenía un escudo antimotín en sus manos. No intervino.

–Es más, chico, ¿sabes qué? ¡Estás detenido! ¡Para que seas serio, vas detenido! –gritó mientras se acercaba a pasos largos al menor de edad.

El jovencito lo miró inmóvil y permaneció en silencio.

La gente observaba perpleja. Nadie intervino. La actitud del funcionario era tan prepotente que daba miedo terminar preso también.

Desde la esquina, otro policía caminó levantando su mano, como preguntando. Al inferir que algo sucedía aceleró el paso hasta donde estaban sus compañeros.

Este rebotado –señaló al estudiante–. Vamos a llevárnoslo detenido.

Pasó su pierna derecha por encima de la moto y se montó nuevamente. Con rudeza la encendió. El otro policía, sin preguntar el motivo, asintió y sentó al menor entre ambos.

Antes de que arrancara el vehículo, la amiga del detenido corrió hacia ellos.

–¿A dónde se lo llevan? ¿A dónde se lo llevan para decirle a su mamá? –preguntó desconcertada.

–No sé –dijo el policía.

Pero al cabo de unos segundos, añadió:

–Dile que para el Helicoide.

Y arrancó.

–Pero, ¿qué pasó? –le pregunté a la jovencita–. ¿Qué hizo?

–Nada. Cuando pasaron les dijo “brujas”.

Intenté seguirlos en el mototaxi para ver dónde lo llevarían. Pero una alcabala de la Guardia Nacional Bolivariana cerró el acceso a la avenida Fuerzas Armadas y solo pudo pasar la moto con el detenido.

Los perdí de vista.