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Cuando los “sin poder” rescatan el poder; por Wolfgang Gil Lugo

“La libertad sólo reside en los estados en los que el pueblo tiene el poder supremo” Marco Tulio Cicerón En su libro filosófico, El poder de los sin poder (1978), Vaclav Havel, el líder de la revolución democrática que acabó con el comunismo en Checoeslovaquia, describe cómo los totalitarismos, por medio de la violencia y

Por Wolfgang Gil Lugo | 14 de julio, 2017

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“La libertad sólo reside en los estados en los que el pueblo tiene el poder supremo”
Marco Tulio Cicerón

En su libro filosófico, El poder de los sin poder (1978), Vaclav Havel, el líder de la revolución democrática que acabó con el comunismo en Checoeslovaquia, describe cómo los totalitarismos, por medio de la violencia y la ideología, reducen a la población a un estado mental de sometimiento extremo en el que los individuos pierden el poder para dirigir sus propias vidas. Son reducidos a la obediencia a los gobernantes y convertidos en repetidores de consignas.

No obstante, en algunos, el deseo de libertad, como el magma de los volcanes, comienza a buscar por dónde salir a la superficie. Es la experiencia del personaje Neo, protagonista de la saga Matrix, quien vive un proceso de despertar de la hipnosis ideológica.

Desde su posición de culto al Estado, para Hegel “el pueblo es aquella parte del Estado que no sabe lo que quiere”. Al igual que Platón, considera que solo los gobernantes iluminados están en capacidad de captar lo universal a partir de lo cual se debe regir la sociedad en su conjunto. Pero la historia ha mostrado, una y otra vez, que muchas veces los gobernantes no poseen la claridad moral para dirigir el barco de la nación. Afortunadamente, se han materializado casos donde ha sido el pueblo el que ha debido corregir el rumbo de la política, y las sociedades han tenido la oportunidad de sacarse de encima las dictaduras de forma no violenta.

No hay una receta para ello. Muchas veces las condiciones se dan, pero los pueblos no siempre están listos para aprovechar la oportunidad. Se necesita una especial percepción de la situación que se está viviendo. En pocas ocasiones, las sociedades tienen la fortuna de hacer lo indicado en el momento apropiado.

Dice el viejo adagio que a la oportunidad la pintan calva. El proverbio hace referencia a la diosa grecorromana Ocasión, que se representa como una mujer hermosa de larga cabellera por delante, que le cubre el rostro, pero se descubre calva por detrás. Esta diosa representaba las buenas ocasiones perdidas, ya que si pasaba, lo haría rápidamente y no se la podría asir siquiera por los cabellos, ausentes en la nuca.

En algunos momentos históricos, esa capacidad del pueblo, para aprovechar la ocasión de indicar el camino correcto, se ha manifestado en forma de plebiscito.

Antecedentes del plebiscito

Según la etimología, el plebiscito consiste en consultar a la plebe. La voz plebiscito tiene su origen en el término latino plebiscitum. En la antigua Roma, significaba la llamada o convocatoria al pueblo llano –diferente de la fracción patricia–.

El plebiscito es una de las formas emblemáticas de la democracia directa. Ha sido utilizado por las sociedades como arma contra el autoritarismo de ciertos gobiernos, pero también ha sido utilizado por gobiernos autoritarios para perpetuarse en el poder.

La acepción número 2 del término “plebiscito” en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (on line) define este vocablo como “Consulta que los poderes públicos someten al voto popular directo para que apruebe o rechace una determinada propuesta sobre una cuestión política o legal”.

Un grupo de tratadistas otorga idéntico significado a los términos “plebiscito” y “referéndum”. Otro grupo prefiere asignar plebiscito a las consultas sobre temas de política, mientras que el referéndum estaría restringido a la discusión sobre leyes específicas.

Nos gusta concebir la Grecia clásica como la cuna de la Democracia. Hay un consenso entre los historiadores al considerar que allí nació ese particular sistema de gobierno. Hay que aclarar que la democracia griega no corresponde con el ideal que existe en el imaginario popular. Aquella primera forma de régimen democrático sufría del grave inconveniente de que un importante sector social, integrado por los esclavos, las mujeres y los forasteros, quedaba al margen de los procesos de decisión política.

También existían algunas instituciones de democracia directa que, hoy en día, tacharíamos de poco humanitarias. Una de estas era el Ostracismo. El término procede del griego “ostrakon”, que literalmente significa “teja”. Los griegos empleaban este material para escribir y se encontraba fácilmente esparcido por el suelo. En dichos trozos se escribía con un punzón el nombre de un político al que se quería condenar, por considerarlo un peligro para la comunidad.

Una vez al año, todos los ciudadanos se reunían en el ágora y escribían en estas tejas el nombre del censurado. El castigo consistía en ser condenado al destierro durante diez años. Tras la votación, el convicto tenía diez días para preparar su partida y despedirse de sus seres queridos. Sus bienes eran respetados, sus propiedades seguían siendo suyas, pero debía abandonar la ciudad durante una década.

En Roma, los plebiscitos adquirieron relieve progresivamente. En un primer momento, solo tenían validez sobre temas del pueblo llano. En su origen designaba a los jefes plebeyos, votaba normas de su interés. En un segundo momento, se extendieron a asuntos de interés general y adquieren fuerza de ley, sin obligar a los patricios. En un tercer momento (289 a. C.), se hace obligatorio a todos los ciudadanos, incluyendo los nobles.

Pueblos contra dictaduras

En la contemporaneidad, el plebiscito se ha ido cargando de una nueva dinámica. No se reduce a la expresión de la opinión popular. Su significado se ha hecho mucho más trascendente. Se ha convertido en una importante bisagra histórica. No solo es el cierre de una era, sino que además es el comienzo de una nueva. El plebiscito es capaz de crear otra situación política que responde a la voluntad popular de la que emergió.

1

Chile: “No” a Pinochet

En 1988, el dictador Augusto Pinochet autorizó organizar un plebiscito para legitimar su permanencia a la cabeza del gobierno. Estaba seguro de su triunfo y tenía dos buenas razones. La economía iba bien, y además, en 1980, había arrasado en una consulta similar. Pero los tiempos habían cambiado y el general no contó con tres hechos que marcaron una nueva realidad electoral.

En primer lugar, la comunidad internacional vigiló de cerca el proceso y el gobierno se vio obligado a respetar las reglas electorales. Luego, la oposición promovió con éxito el registro de miles de cédulas de ciudadanos que nunca habían votado. Posteriormente, la campaña por el “No” convocó a todo el abanico político chileno, lo que le permitió a sus promotores dejar claro que rechazar a Pinochet no significaba regresar al socialismo.

A estos tres hechos hay que agregar la campaña publicitaria que, con humor y sencillez, persuadió a los chilenos de pasar la página de la dictadura. Dicha campaña publicitaria es el tema de la película No (1988), de Pablo Larraín.

2

Uruguay: el “No” a la dictadura uruguaya

La dictadura cívico-militar uruguaya se prolongó desde 1973 a 1984. Durante esos años, al igual que en Chile, cientos de personas fueron “desaparecidas” y el país se vio sumido en una vorágine de violaciones de derechos humanos. En el plebiscito de 1980 la mayoría de los uruguayos —un 57,20% de los votantes— dijo “No” al proyecto de reforma constitucional que pretendía legitimar al régimen. Ese voto desencadenó el proceso de apertura democrática que llevó a la celebración de elecciones libres en 1984 y culminó con la llegada a la presidencia, en marzo de 1985, de Julio María Sanguinetti.

3

Sudáfrica: el “No” al apartheid

En 1992, el presidente de Sudáfrica, Frederik de Klerk, convocó a un plebiscito en el que básicamente les preguntaba a tres millones de blancos sudafricanos si querían acabar con los 44 años de apartheid, vale decir, el sistema en el que 48 millones de negros eran ciudadanos de segunda en su propio país. El sector blanco de la población tuvo el coraje moral de renunciar a su posición privilegiada, a pesar de las amenazas que se cernían sobre su futuro.

Sin la consulta no habría sido posible una transición pacífica y el fin del ‘‘apartheid’’ habría sido mucho más largo y tortuoso. A partir de allí, las elecciones llevan a Mandela a la presidencia del país. El plebiscito creó las condiciones políticas que Mandela supo aprovechar para superar los odios y rencores, y así lograr la reconciliación nacional.

Dictadura, sociedad y arrepentimiento

Podemos inferir que una sociedad que aspira a dejar atrás una dictadura, debe cumplir con otro requisito, además del sentido de oportunidad que le brinda la coyuntura política. La conciencia colectiva debe haber alcanzado el nivel de metanoia (del griego μετάνοια, cambio de la mente), permitiendo emerger una forma de mentalidad que remplace la anterior, reconocer cuales fueron sus errores y estar en disposición de superarlos.

En la psicología analítica de Carl Gustav Jung, metanoia denota un proceso de reforma de la psique como un medio de autocuración de un conflicto insoportable a través de su desestructuración y posterior renacimiento en una forma más adaptativa. Jung creía que los episodios psicóticos en particular podrían entenderse como crisis existenciales que a veces eran intentos de autorreparación. Algo parecido es lo que sucede en países que atraviesan un gran conflicto político y social, en donde la solución solo es posible si los bandos involucrados alcanzan una perspectiva más amplia y elevada que permita el entendimiento para resolver la contradicción.

El termino griego metanoia, en los evangelios, se traduce como arrepentimiento. Hay que aclarar que el significado originario de arrepentimiento cristiano no se reduce al remordimiento por un pecado cometido, sino en la aspiración a una vida moral más elevada. Como decía Albert Schweitzer: el arrepentimiento consiste “en una renovación moral en vista de la realización futura de un estado de universal perfección moral” (El secreto histórico de la vida de Jesús, pp. 51).

Volvamos a Havel y su descripción de los ciudadanos ‘‘sin poder’’. El autor nos explica que los oprimidos comienzan a sentir la pulsión de libertad hasta que logran sacar de sus mentes los grilletes ideológicos. Ese desarrollo culmina en la rescate de la dirección de su propia vida. Se puede afirmar que es un proceso de metanoia, una transformación que comienza con la libertad interior para poder crear un mundo más libre. Como el mismo Havel afirma:

“Si el mundo ha de cambiar para mejor, debe empezar con un cambio en la conciencia humana”.

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Por Wolfgang Gil Lugo | 2 de julio, 2017

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“La libertad y la democracia son sueños a los que nunca renuncias” Aung San Suu Kyi

Una marcha de ciudadanos humildes camina por los senderos de un país empobrecido. Los manifestantes son pacifistas que exigen democracia para su país ante la opresión de una dictadura militar. Un piquete de soldados les cierra el paso y les apunta con sus fusiles. De la multitud se desprende su líder, una mujer menuda, esgrimiendo una sonrisa bondadosa y una serenidad imperturbable. Lleva una orquídea en el cabello. Camina hacia los fusiles. Los soldados no se atreven a accionar los gatillos. La mujer logra atravesar la formación de soldados, quienes se sienten sobrecogidos por la majestad de su estatura moral.

La libertad no se reduce a hacer lo que queremos. El sentido más sublime de libertad es hacer lo que debemos. La lucha por la democracia es una de las cosas que da más sentido a la existencia. Luchar por la democracia no es solo un derecho, también es un deber, un deber que produce una satisfacción intrínseca. Como decía Carlos Fuentes: “No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres”.

Birmania, conocida hoy como Myanmar, ha tenido una historia de altibajos. Durante mil años fue un imperio. En 1886, cayó bajo el yugo del colonialismo británico, hasta que, en 1947, Aung San, quien es reconocido como el padre de la patria, negoció la independencia con los británicos. Ese mismo año fue asesinado por un grupo antagonista de militares. De 1948 a 1962, el país se convirtió en una república democrática, hasta el golpe de Estado que instauró la junta militar que gobernó por cincuenta y tres años.

La historia de Aung San Suu Kyi, la hija del prócer birmano Aung San, constituye una las gestas más inspiradoras de finales del siglo pasado y lo que va de este. Está inscrita en el registro de la no-violencia. Su historia es apasionante y ejemplar. La película The Lady (2011) del maestro francés Luc Besson relata la vida de la activista más importante de Birmania.

La dama de la orquídea

La primera secuencia de la película que cuenta la saga de la luchadora pacifista arranca con el asesinato del líder Aung San. De seguidas salta en el tiempo al año 1988, momento en que Aung San Suu Kyi (Michelle Yeoh) regresa a visitar a su madre enferma. Así sabemos que vive en Londres, está casada con el historiador inglés Michael Aris (David Thewlis) y tiene dos hijos.

Cuando Suu Kyi pone el pie en Birmania su vida cambia radicalmente. Su visita coincide con una serie de revueltas populares que piden la salida del gobierno de facto impuesto por los militares, y ella, sin buscarlo, se convierte en el emblema de la rebelión por ser hija del mártir nacional, cuya memoria es venerada en todo el territorio.

El film narra, por un lado, la historia política que la dama protagoniza a lo largo de años de privaciones, intimidaciones y castigos por parte de la autoridad ―que prefiere dejarla con vida antes de hacer de ella otro mártir como su padre―. Vive, durante quince años, en arresto domiciliario.

Cuando en 1991 Suu Kyi gana el premio Nobel de la paz, tiene que escuchar la ceremonia a través de la radio, encerrada en su casa. Por otra parte está la trágica historia familiar, pues uno de los métodos de intimidación de las autoridades birmanas consiste en mantenerla alejada de su esposo e hijos, esperando quebrar su espíritu, con el fin de que regrese a Londres y se olvide de su país natal.

Por otro lado está la historia romántica. Besson muestra el amor calmado y respetuoso que existe entre ella y su esposo, el doctor Michael Aris, un académico inglés especialista en budismo, solidario con las posiciones de su esposa, aunque ello represente que la dictadura los separe.

Este biopic es una excepción en la filmografía de Besson, quien nos tiene acostumbrados a electrizantes thrillers, como El Profesional (1994) y Nikita (1991), e imaginativas aventuras de ciencia ficción, como El Quinto Elemento (1997) y Lucy (2014). Hay que reconocer que en su filmografía existe un lejano precedente: Besson ha explorado el drama histórico en su sugestiva Juana de Arco (1999), en la cual explora los límites entre la fe y la locura.

En The Lady, Besson muestra madurez moral. Más allá del personaje histórico, la esencia es la lucha por la justicia en el mundo real, donde los seres humanos muestran su valentía y su libertad interior frente a la adversidad. En el film, su estilo dramático es muy sobrio. Las fuertes emociones que tienen lugar se manejan de forma sutil y contenida. Es como que todo girase sobre la fuerza que se obtiene por medio del autocontrol. Por otro lado, los crímenes de la dictadura son expuestos sin alardes, sin truculencia.

La película, en general, es un gran homenaje al liderazgo genuino que se construye a través de valentía, determinación y sacrificio personal, reafirmando la convicción de que los medios pacíficos de resistencia son una poderosa fuerza contra el abuso, la opresión y la injusticia.

Más allá de la película

Las elecciones generales de Myanmar se celebraron el 8 de noviembre de 2015. Fueron las primeras elecciones abiertamente disputadas en ese país desde 1990. Los resultados dieron a la Liga Nacional para la Democracia, el partido de Suu Kyi, una mayoría absoluta de escaños en ambas cámaras del parlamento, lo que permitió asegurar que la presidencia. Lamentablemente, los militares arreglaron previamente la constitución para negar la presidencia impidiendo ejercer el cargo de presidente a quien tuviera hijos extranjeros. Una restricción diseñada a la medida para cerrarle al paso a Suu Kyi a la primera magistratura.

El 15 de marzo de 2016 el nuevo parlamento eligió a Htin Kyaw como el primer presidente no militar del país desde el golpe de 1962. El 6 de abril de 2016, Suu Kyi asumió el recién creado papel de Consejera del Estado, rol similar al de un primer ministro.

Si bien su liderazgo continúa consolidado, durante los últimos años ha perdido arrastre por no defender la causa de la minoría musulmana rohingya, compuesta por cerca de un millón de personas, quienes no cuentan con el derecho a voto por no ser considerados ciudadanos.

A la Liga Nacional para la Democracia le ha costado mucho gobernar, por tres razones. La primera, que una cuarta parte del parlamento está reservada a los militares, lo cual obliga a obtener una mayoría aplastante para poder dirigir al país. Segundo, los militares se han reservado el veto sobre cualquier intento de cambio a la actual constitución. La misma carta magna impone que el presidente no sea elegido por votación popular sino por los parlamentarios. En tercer lugar, los militares se han reservado así mismo, el nombramiento de los más importantes cargos ministeriales.

La política de la compasión

Para comprender la actitud de Suu Ky ante la vida y la política, hay que esclarecer el concepto clave de su pensamiento: la compasión activa o metta, termino de origen Pāli (Mettā), que se traduce como “simpatía,” “benevolencia,” “amistad,” “buena voluntad,” “amor,” o “interés activo por los demás”.

La compasión activa es una de las principales virtudes (paramitas) para purificar el karma. El mettā bhāvanā (cultivo del mettā) es una forma de meditación budista muy popular. Para Suu Kyi, la metta interviene cuando los seres humanos “intentamos alcanzar la iluminación y utilizar la sabiduría adquirida para servir a los demás, con el fin de que también ellos puedan ser liberados del sufrimiento. No todos podemos ser budas, pero siento la capacidad de hacer todo lo que puedo para alcanzar un cierto grado de iluminación y emplearlo en aliviar el sufrimiento de los demás”.

Dicho de otro modo, se trata de una aproximación a la figura del bodisatva, que en el camino hacia la iluminación se detiene para entregarse por entero al ejercicio de la compasión. Una vez asumida esa responsabilidad, sostenerla se coloca por encima de todo dolor y de todo sentimiento privado.

En julio de 1989, Suu Kyi se declaró en huelga de hambre. Lo hizo no como protesta por su condición de prisionera, sino para conseguir la liberación de sus jóvenes correligionarios detenidos y torturados.

El campo de aplicación de metta debe extenderse a nuestros enemigos. En el caso de Suu Kyi, la compasión no se limita a sus seguidores o al conjunto del pueblo de Birmania, sino que comprende a los miembros de la Junta Militar, a quienes ofrece una reconciliación basada en el pleno restablecimiento de la democracia. “Nunca aprendí a odiar a mis carceleros”, explica Suu Kyi. Más bien opta sin reservas por la no violencia para ella y su partido.

Para ella, la compasión no es solo un camino para rescatar la democracia; también impregna su concepción misma del Estado. El problema de la Birmania actual radica en la división. Está marcada por la separación total entre los privilegiados y los no privilegiados. Entre el ejército y el pueblo. La solución es una democracia donde los derechos del individuo sean respetados y se cumplan las condiciones que en el pensamiento budista hacen del gobernante un ejecutor del contrato social que salva a la sociedad del caos, dentro del respeto a la ley.

Pero la clave del proceso para llegar a ese fin es “la fuerza interior, la firmeza espiritual que procede de la convicción de que tu acción es justa, aun cuando no obtengas un beneficio concreto inmediato”.

En la paz está la fuerza

Durante todo este tiempo, Suu Kyi ha mostrado una clara conciencia del poder criminal de los dictadores birmanos, quienes han sometido a su pueblo a homicidios, torturas y toda clase de tratamientos inhumanos. A pesar de ello, en el curso de la lucha por la libertad, nunca cayó en las provocaciones e intimidaciones de la junta militar. Muy por el contrario, se mantuvo dueña de sí misma para demostrar que la no violencia no es cobardía sino valentía adornada de gracia y paz.

En el contexto de la búsqueda de la libertad de todos los pueblos oprimidos, el enfoque espiritual de Suu Kyi trasciende las fronteras geográficas y toca el valor fundamental de la humanidad donde la violencia no tiene lugar. Como en el caso de Mahatma Gandhi, Nelson Mandela y Martin Luther King, Jr., Suu Kyi sirve como ejemplo a quienes luchan en paz en todo el mundo.

La forma no tradicional de hacer política de Suu Kyi pavimentó el camino de la liberación para el pueblo birmano. La suya es la gesta del liderazgo basado en principios. Los principios son sutiles, como los de esta dama sabia y delicada, pero pueden exhibir un poder muy superior al de la violencia y la brutalidad. Es muy significativo que ante los fusiles de los soldados ella solo oponga una sonrisa y una orquídea.

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