Blog de Willy Mckey

#7M Cuando la música se manifestó contra la muerte; por Willy McKey

1 Magdalena Fernández. Tengan este nombre a mano. Es la mujer que va casi en el centro de un grupo de artistas plásticos y visuales que lleva la pancarta más llamativa de la concentración. Se acomoda un mechón que se ha vuelto blanco antes de tiempo y el rectángulo de tela cambia de altura. Uno

Por Willy McKey | 8 de mayo, 2017
Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

1

Magdalena Fernández. Tengan este nombre a mano. Es la mujer que va casi en el centro de un grupo de artistas plásticos y visuales que lleva la pancarta más llamativa de la concentración. Se acomoda un mechón que se ha vuelto blanco antes de tiempo y el rectángulo de tela cambia de altura. Uno de sus compañeros señala a un rústico blanco sin identificación que forma parte del último grupo de automóviles que superan el semáforo que dirige el tráfico que sube desde Bello Campo hacia la Av. Francisco de Miranda. Quien lo conduce va más despacio que el resto. Logra quedarse rezagado y convierte aquellos versos de Blades en epígrafe: “No tiene marcas, pero to’s saben que es policía”. Termina de cruzar justo antes de que la concentración empiece a avanzar en dirección oeste, hora y media después de la convocatoria, como ya empieza a ser habitual.

Hoy Caracas se mueve en apoyo a los músicos. La cantidad de creadores, escritores, gente de tablas y artistas es enorme. Desde el primer paso la marcha empieza a sonar. Es un repudio desde el arte contra la violencia, contra la represión, contra la muerte.

Todos entienden que la represión ha sido la culpable del asesinato del joven Armando Cañizales, un violista perteneciente a eso que en Venezuela se conoce como “El Sistema”. El lamentable suceso ha adquirido una relevancia simbólica, sumándose al duelo por otro muchacho: Juan Pernalete. No es poco relevante lo que pasa en las calles: los asesinados ya son más de treinta.

Hay duelos resonantes: decir un nombre es decirlos todos. Y hoy se trata de sonar, pero sonar no siempre es un sinónimo del festejo.

Vinieron muchos músicos. Muchos. Las primeras melodías que son reconocidas por las voces colectivas revelan la naturaleza de esta avanzada: creadora y en contratiempo.

La gente canta.

2

Salvo algunos efectivos de la policía municipal de Chacao y varios de Protección Civil, no hay ningún cordón de fuerzas públicas trazando alguna deriva. Un adolescente se acerca a una señora y le pide algo de dinero “para la resistencia”. El muchacho tiene una franela extra enrollada en su brazo izquierdo y los ojos rojos. Muy rojos. “Toma, ¡pero cuidado con una vaina! Miren que hoy la gente vino con sus niños”, le responde con doscientos bolívares en cuatro billetes de cincuenta. Él los cuenta y los transforma en un cilindro que va a parar en el bolsillo de un short de surfista, visiblemente dos tallas más grandes que la suya. Se le queda viendo a un niño que pasa en una bicicleta de plástico rígido y muchos colores por el otro lado de la avenida. Salta la baranda con doscientos bolívares más, pero su proeza atlética pasa desapercibida. El pequeño ciclista se ha convertido en el centro de todo: sonríe cuando le piden que pose para una foto, pero se concentra cuando le recuerdan que vea hacia adelante. Su vuelta al esfuerzo de pedalear aparece cuando ve que el carrito del heladero lo supera. Aquí cada quien decide contra quién compite.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

3

Cuando el grupo que iba encabezando la marcha pasó frente a las obras en construcción que están antes de la Plaza El Indio, en Chacao, hubo una escena singular. Más bien una reacción distintiva y propia de la manifestación de este día: cuando pasó al trote el primero de esos improvisados batallones de jóvenes encapuchados no hubo alboroto, no recibieron esos aplausos cada vez menos habituales en sus avances por la autopista. Más adelante, cuando la marcha iba por el legendario edificio Galerías Miranda, el líder de los muchachos con el rostro cubierto ralentizó el paso, como quien espera una reacción que no llega. Incluso, el tercero de la fila empezó a hacer sonar su improvisado escudo, mientras el segundo aleteaba y veía alrededor, como cuando los jugadores de baloncesto buscan el apoyo en sus fanáticos. Nada. Ya a la altura del restaurante Don Corleone, la fila se vio forzada a desviarse de lo que hasta ayer era su carril exclusivo: el rápido.

Fernando, uno de los muchos cuatristas presentes en la manifestación, había concentrado a su alrededor a un grupo de personas que lo acompañaban en una versión coral y asfaltada de “La grey zuliana”. El grupo, entusiasmado con el canto, no se apartó ante la avanzada de la inflamable juventud. Se detuvieron, intercambiaron algunas palabras con esa gaita vieja pero terriblemente vigente como soundtrack y se fueron hacia la silenciosa acera, sentándose en el suelo justo delante de la santamaría de una piñatería.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

Es probable que la infantería tenga que verse forzada a tomarse el día libre: hoy no hay apetito para el humo.

4

Aunque esta protesta pretenda un recorrido tan corto como el que lleva a la Plaza Alfredo Sadel, el recuerdo de la lacerante represión del 3 de mayo todavía escuece. Se siente la tensión al girar hacia El Rosal. Ahí fue donde se tendió la emboscada, pero un grupo de artistas se ha adelantado y desde hace rato hacen una suerte de pared de guardia en cada uno de los elevados que deben ser atravesados por debajo para poder llegar a Las Mercedes. “Quizás esto también haya que hacerlo en la marcha de mañana”, dice una de las muchachas del equipo del diputado Miguel Pizarro.

Una de las virtudes del arte es su capacidad para adelantarse.

Pizarro alguna vez formó parte de una agrupación de rock, “casi punk”. Es una parte pequeña en los recovecos simpáticos de su biografía, junto a toda su formación política. Un cuatrista se le acerca y le suelta los acordes de “Tin marín”, la canción que Alí Primera escribió a la memoria de unos músicos que fueron arrastrados por la corriente. El diputado se la sabe y, mientras la canta, le pasa el alcalde de Sucre, Carlos Ocariz por el lado derecho. Él y su equipo avanzan con más velocidad. “Tiene que cuadrar algo con el alcalde Blyde y ya está en la plaza”, dicen mientras el grueso del grupo pasa por debajo del elevado. En esa breve caverna, la gente aplaude, silba, suena. No es que canta ni que celebra: suena. El barullo podría parecer un alarido caribe, de esos que hombres y mujeres casi desnudos soltaban antes de una guerra o durante un duelo. “¡Esto debería ser una marcha en silencio, coño!”, reclama un muchacho que viste una franela son el escudo de su universidad. “Tranquilo, hermano, que la gente sabe que esto no es una fiesta… pero no le puedes pedir a todos estos artistas que no suenen: coño, es su idioma”. El diputado le pone la mano en el hombro al estudiante y, con apenas un gesto, le hace entender al muchacho del cuatro que la canción de Alí pueden terminarla más adelante.

Arriba, en el elevado, una pancarta enorme, negra con letras blancas, es soportada por gente de teatro. La tela dice #NoMásAsesinatosEnVenezuela. Andrés Schoelter, concejal del Municipio Sucre, se la señala a alguien de su equipo y una persona más vuelve a decir “Eso de tener gente ahí desde temprano puede ser útil para mañana”.

El arte y su capacidad para adelantarse.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

5

Magdalena Fernández, habíamos dicho, sigue sujetando la pancarta en dirección a la Plaza Alfredo Sadel, junto a nombres como Isabel Cisneros, Lorena González, Oscar Lucién, Ricardo Benahim, Rosa Virginia Urdaneta. Sin embargo, Magdalena será la única que reconozca como suyas las dos esferas que se dejan ver a lo lejos y marcan el lugar de destino. Durante los últimos días de Henrique Capriles Radonski como Alcalde de Baruta, en 2008, se inauguró esa plaza con una obra de Magdalena Fernández como protagonista, una pieza con dimensiones monumentales, enorme y urbana, pero inconclusa. Cuando fue pensada para ese lugar, una hilera de inclinados mástiles metálicos iba a conformar una suerte de muro penetrable por los peatones, señalando el final de la plaza que iluminaban sus cromáticas esferas luminosas en lo alto. Alguien decidió conformarse con levantar los dos extremos de esa pared que ya no es. Y hoy, una vez más, Magdalena camina hacia su obra inacabada. Quizás sirva como una poderosa metáfora de esta lucha que los artistas manifiestan justo ahora: enorme, aunque inconclusa. Aun así, muy cerca, en uno de los escasos círculos de sombra que dan los árboles de la plaza, hay un hombre. Luce agotado. Lleva a su hija menor a caballo en los hombros y carga el estuche de la guitarra de su hijo mayor, quien acaba de devolvérsela e irse con el mandado de comprar un agua para su hermana. Cuando el padre decide bajarse a la niña de los hombros, la muchachita lo alerta “¡Mira, papá, una luna!” y señala la obra de Magdalena. “Una luna”, no “la luna”. “Sí, Diana. Una luna”. La niña se llama Diana. Otra luna.

6

Rafa Pino y Edward Ramírez caminan encompichados. Los creadores de El Tuyero Ilustrado están terminando una gaita. Y eso los obliga a quedarse un poquito rezagados: necesitan escucharse. Aceleran el paso cada vez que se ven cerca del grupo de mujeres que lleva una pancarta donde se lee SOLIDARIDAD, el nombre del movimiento que hizo de Lech Wałęsa un referente global antipoder. Eso significa que van muy atrás y tampoco es que quieren perderse del grupo.

“¡Emergencia nacional / y es culpa de la derecha!” Aunque controlen las flechas/ y los arcos por igual./ OLP, CLAP y MERCAL / (para el control ciudadano)/ ¡Eso es pura paja, hermano,/ en esta crisis tan vil!/ Pero se aprueba un fusil/ para cada miliciano”

El fotógrafo Andrés Kerese se entusiasma con los coros. Terminan de repasar la gaita justo en la entrada de Las Mercedes, cuando se encuentran con Héctor Molina y un cuatro más. Muy cerca de ellos, el historiador Tomás Straka se percata de un mal chiste, una pésima alegoría: estacionado justo en la esquina que viene de la Av. Río de Janeiro, está un vehículo funerario que tiene las palabras “Sólo personal autorizado” rotuladas en el vidrio del copiloto. “La muerte como que de vez en cuando necesita autorización”, dice Straka desde sus casi dos metros de estatura con perspectiva histórica.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

7

Detrás de la elevación que sirve de tarima, en una suerte de acalorado backstage, el alcalde Gerardo Blyde colabora con el orden. Ya Freddy Guevara había hablado y hasta cantó el arranque de “Venezuela”, esa canción que varios le atribuyen a Conny Méndez. María Teresa Chacín arrancó un aplauso parejito, pero todavía son muchos los artistas que desean subir, así sea a decir unas palabras o cantar algo. Pronunciarse. Aquiles Báez es quien dirige a los músicos que conforman la agrupación que suda y resiste el entusiasmado desorden: Miguel Siso, Eric Chacón, Héctor Hernández y Edward Ramírez. La productora Adriana Nunes, con la intención de coordinar los avances, apunta en un cuaderno quiénes son y en qué orden pasarán. Hay una consciencia política singular que se refleja en la seriedad de quienes se apretujan detrás de las cornetas, tanto que la animadora hace un chiste sobre el hecho de que Tomás Vivas decida quitarse la franela antes de cantar y no encuentra complicidad en ellos. Escalones más abajo, detrás del grupo de gente que se saca fotos con Henrique Capriles, el humorista José Rafael Briceño se sorprende con el chiste cuando lo escucha. Un mohín en su cara resume su opinión. De inmediato, durante los últimos versos del pasaje que ha decidido cantar el ahora descamisado Tomás, se incorpora el periodista Roland Carreño. “Bien variopinto esto, ¿no?” Muy cerca del lugar donde descansa el director de teatro Orlando Arocha, la cantautora Laura Guevara toma con su teléfono un registro que sumará a la manera en la que ha decidido documentar su participación en las acciones de calle. Termina el pasaje y Carreño aprovecha el aplauso para presentar a la maestra Lía Bermúdez, quien consigue un silencio atento para cada palabra. “¡Coño, Lía Bermúdez!”, se dice el papá de Diana a sí mismo. Bettsimar Díaz, la hija de Simón, prepara lo que quiere decir muy cerca de su sobrino, al tiempo que pregunta algo sobre su moto. A su lado, Williams Mora y un grupo de amigos cantan una fulía cortica pero con sustancia, mientras en la tarima Tabaire Díaz se acomoda para cantar. Ella decide recordar el duelo, subrayar que eso que nos convoca no debe decantar en un concierto más. Reconduce la corriente y, en las primeras de cambio, los animadores piden un minuto de aplausos para los caídos. Ahora canta Marina Bravo. Llega la rectora de la UCV. La tarde avanza. Uno por uno van tachándose los nombres en el cuaderno de Adriana. Gerardo Blyde entiende que todo está en sus rieles y camina en medio de la gente hacia una esquina privilegiada, cerca del Tolón. OneChot es quien levanta la cinta de seguridad para que el alcalde pase y luego se mantiene derechito y esperando su turno, al lado de los cuatristas y de Coquito. Betulio Medina rompe con una gaita a La Chinita y Laura Guevara se prepara para cantar una suya. Edward Ramírez y Rafa Pino cantan “El Aguacate” y pocas letras fueron tan apropiadas. Siguen sonando.

Variopinto esto, es verdad. Y eso es bueno.

Fotografías de Andrés Kerese

Fotografías de Andrés Kerese

Las sentidas palabras de los padres de Armando Cañizales fueron capaces de afinar cualquier emoción que quedara suelta. Y luego el “Alma Llanera” cantada al unísono como la melodía utilizada por las familias venezolanas cuando quieren que algo se termine, que cese, que pueda venir el silencio a quedarse un rato en nuestras cabezas, al menos el tiempo suficiente para reconocer que no es la rabia ni la venganza el paso que viene. Y, cuando eso pase, es seguro que habrá otra música, una que nos recuerde que la Justicia debe ser ciega, pero no sorda.

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

La nostalgia del Defensor vs. Dos mujeres en el Líbano; por Willy McKey

Lejos de Caracas, a veinticuatro horas de la jornada con mayor represión, el Defensor del Pueblo recuerda delante de un auditorio cuando era diputado, cuando formaba parte de las comisiones de cultura, cuando no era gobierno. A menos de un día de que un joven fuera asesinado en Las Mercedes. A menos de un día

Por Willy McKey | 4 de mayo, 2017

c_aharnw0ay5y8z

Lejos de Caracas, a veinticuatro horas de la jornada con mayor represión, el Defensor del Pueblo recuerda delante de un auditorio cuando era diputado, cuando formaba parte de las comisiones de cultura, cuando no era gobierno.

A menos de un día de que un joven fuera asesinado en Las Mercedes.

A menos de un día de que un blindado pasara dos veces por encima del cuerpo de Pedro Yammine.

Tarek William Saab lee las pausadas líneas de una remembranza bicameral que hoy podría parecer una evasión, un espejismo.

A menos de veinticuatro horas de que una protesta pacífica fuera atacada incluso por la retaguardia, impidiendo la retirada de los manifestantes, el Defensor del Pueblo se asoma desde un desierto por el cual insiste avanzar, sin defender a otro que no sea de los suyos, en Líbano.

Ésa es la escena.

Dos mujeres, una con la bandera de Venezuela invertida en señal de auxilio y la otra grabando la acción con su teléfono, intentan despertarlo del letargo discursivo con un grito: “¡Violencia!”

Más allá del lugar común del ciego que no quiere ver, nadie es tan difícil de despertar como aquel que está convencido de que no duerme.

Tarek William Saab se mantiene impávido, pero en la palabra se le nota que ha sido desgoznado, sacado de quicio. Calla unos segundos. Aguarda. Toma aire. Pretende seguir su discurso ahí, en la cuarta edición que tiene lugar en Líbano, mientras la mujer le pregunta dónde están los derechos de los venezolanos y grita que a su gente (a nosotros) nos están matando.

Y entonces lo hace: habla.

Deja que se lleven a esas mujeres que no se callan sin darse por enterado. Su única acción es el silencio. Hasta que decide retomar la idea. Dos mujeres con la bandera de su país son sacadas del auditorio y él no levanta la mano, no pregunta. Decide seguir el hilo del discurso. Mantiene el tempo. La cadencia recitativa.

Pero algo lo delata: las ideas ya no avanzan, se ha quedado en un loop que insiste en recordarle a los presentes que él habla de otros tiempos, que se concentren en la fecha que quiere recordar, no en el ahora.

Es una Sherezade sin razón, un cuentacuentos que teme que la audiencia se distraiga pensando en esta interrupción, en esas dos mujeres que gritan.

Vuelve a decir que era diputado. Vuelve a decir que era un sistema bicameral. Vuelve a decir que formaba parte de la comisión de cultura. Pero ahora todo esto suena como una excusa, como un extravío, como un intento desesperado de hacer ver que no siempre ha estado del lado del Poder, que alguna vez estuvo despierto. Antes. No hoy. No ahora. No con el grito de la mujer.

Su discurso no avanza en las ideas mientras se las llevan, pero mantiene la apariencia. Y la apariencia en un discurso público no es otra cosa que un ritmo, asunto de estilo.

¿Y para qué insistir en lo aparente así sea necesario repetirse? La naturaleza de la palabra apariencia indica que hay algo debajo que no vemos, algo escondido.

Durante años, la propaganda de la Revolución Bolivariana en el extranjero fue la mejor defensa ante los organismos multinacionales y las instituciones defensoras de los derechos civiles. Fue una de las formas más eficaces de invertir la renta petrolera. O al menos una de las que le dieron más rédito.

Sin embargo, la voracidad de la corrupción hoy ha vaciado las arcas y el gobierno venezolano sigue insistiendo en hacerle creer a su militancia que cuarenta dólares por barril es poca cosa.

La diplomacia petrolera ya no es una estrategia sustentable. Así que toca contar cuentos.

Lo que intenta el Defensor del Pueblo ahí, en la soledad de ese podio y enfrentando a una mujer que grita, es ignorarla, pero es imposible. Existen protocolos para este tipo de eventos y debe haber resultado visible para los presentes cuando los dos trabajadores que se llevaron a las mujeres hicieron su entrada.

Y es ahí cuando el Defensor del Pueblo deja que dos extraños se lleven a dos mujeres, quizás connacionales, que llevan la bandera del país que debería estar representando.

Ni una pregunta. Toma aire. Y sigue.

Las mujeres salen sin violencia. De fondo se oyen las mismas palabras que Tarek William Saab decía cuando el primer grito.

Que alguna vez fue diputado.

Que alguna vez hubo un Poder Legislativo bicameral.

Que estaba en las comisiones de cultura.

Se repite a sí mismo, buscando el riel, buscando el cuento que traía, el hechizo de Sherezade.

Afortunadamente para este análisis, la mujer que gritaba siguió grabando.

Si no lo hubiera hecho, habría sido imposible que se oyera a uno de los trabajadores decir “Venezuela” como si supiera a lo que se refiere la mujer cuando dice “My people is dying”.

Cuando ella lo nota, les reclama afectada: “¡Entonces díganlo!”. Y el único argumento que consigue el hombre para reconfortarla es “Somos mexicanos”.

Así: “Somos mexicanos”.

En plural y sin una chequera de petróleo que haga dudar de la legitimidad de la frase.

Ese “Somos mexicanos” es otro tipo de diplomacia: la del dolor, la del pueblo asediado por la violencia del Poder, la que aguarda justicia.

Un mexicano le dice “somos” a una mujer libanesa con la sangre puesta en Venezuela. Lo hace mientras el Defensor del Pueblo se repite como si no pasara nada, como si hoy nada doliera.

Y todo esto llega a nuestros teléfonos cuando todavía llevamos en el cuerpo la resaca de ver al presidente y al ministro de cultura bailar, mientras una manifestación pacífica era reprimida; mientras un blindado aplastaba a un joven e insistía en sus costillas, mientras un muchacho era asesinado en Las Mercedes.

Afuera, aunque el cuentacuentos se esfuerce en repetirse, alguien nos dice “somos” y no “soy”.

Y en esa viceversa es donde se diferencia la verdad de la apariencia: cuando el Poder dice “soy” no dice “somos”, pero cuando el dolor dice “somos” es porque hemos llegado demasiado lejos.

Y ya sonamos. Lejos. Doliendo.

La carta de Yibram Saab a su padre el Defensor: miedo y memoria; por Willy McKey

1 La carta del estudiante universitario Yibram Saab a su padre Tarek William Saab, titular de la Defensoría del Pueblo, no escapa de la distancia insalvable que obliga a escribir, a poner en un papel lo que quisiéramos decir de otra manera… pero no se puede. Cuando se escribe una carta, el remitente asume que

Por Willy McKey | 27 de abril, 2017

yibram-640

1

La carta del estudiante universitario Yibram Saab a su padre Tarek William Saab, titular de la Defensoría del Pueblo, no escapa de la distancia insalvable que obliga a escribir, a poner en un papel lo que quisiéramos decir de otra manera… pero no se puede.

Cuando se escribe una carta, el remitente asume que lo que dirá trae implícita una distancia, algo que le impide estar presente frente al otro, mirar a los ojos al destinatario.

Y muchas veces la distancia que impide decir las cosas cara a cara no está determinada por los kilómetros, sino por cosas como el miedo y la memoria.

Toda carta es un abismo.

Toda carta es un sustituto de nosotros mismos intentando superar ese abismo.

2

Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, fue poeta. Como escritor debe tener la referencia de una de las cartas más importantes en la historia de la literatura del siglo XX. Se trata de una misiva que nunca llegó a su destino y que también fue escrita por un hijo varón: la Carta al padre, de Franz Kafka, un clásico para entender desde el arte de la palabra las relaciones masculinas en los complejos territorios de lo paterno-filial.

Esa carta empieza así:

“Querido padre: Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe qué contestar, en parte por ese miedo que me provocas, y en parte porque son demasiados los detalles que lo fundamentan, muchos más de los que podría expresar cuando hablo”

El miedo y la memoria también son distancias.

También separan.

¿Qué debe sentir un escritor al recibir una carta de su hijo que le recuerda la fiereza, la indignación de la carta de Kafka a su padre?

3

Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, fue militante. Sabe que un enemigo político es capaz de ridiculizar la honestidad de tus acciones. La determinación con la cual el joven Yibram le advierte a su padre (y a nosotros) que nadie lo está amenazando es relevante por una razón: evidencia su miedo a ser tergiversado. Y, acto seguido, Yibram afirma: “Hago esto motivado por los principios y valores que me enseñó mi papá. Cosa por la cual te agradezco”.

Esa última frase la dice viendo a la cámara, orgulloso: “Cosa por la cual te agradezco”.

Yibram reacciona desde su memoria individual, íntima. Se enorgullece de un aprendizaje instalado en la memoria, felizmente recordado.

No sólo sabe lo que dice: está seguro de que su papá también lo sabe.

Y tendrá que creerle.

¿Qué debe sentir un padre que sabe que adentro de su hijo hay tanto miedo?

4

Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, se especializó en Derechos Humanos. Como activista, sabe que cuando el Poder decide reprimir a través de las fuerzas de seguridad, todo cómplice corre el riesgo de terminar involucrado históricamente en crímenes que no prescriben. Por eso es tan importante cuando Yibram, estudiante de Derecho, le hace saber a su padre cuál es su posición ante la crueldad policial:

“Condeno la brutal represión por parte de los cuerpos de seguridad de la Nación, de la cual fui víctima el día de hoy como también lo fue Juan Pablo Pernalete, de veinte años de edad, estudiante universitario a quien le quitaron la vida debido al terrible e inhumano uso de los gases lacrimógenos, luego de que sufriera un impacto en el pecho. Ése pude haber sido yo”

Ese joven pudo haber sido él.

Eso dice.

En una línea, Yibram invita a su padre a dejar de lado su investidura de Defensor del Pueblo para asumir, de manera condicional, el dolor. Lo invita a que se atreva a imaginar su cuerpo impactado por una bomba de ésas que nadie debería recibir en su pecho, ni en su cráneo ni en su historia.

Yibram, el primogénito del Defensor, le recuerda a su padre que él pudo haber sido el muerto. Estaba en la misma masa que la Defensoría del Pueblo pretende invisibilizar. Estaba del lado de esos a quienes el discurso oficial ha decidido etiquetar como terroristas. Estaba ahí.

Yibram, el hijo del Defensor del Pueblo, pertenece a ese grupo de personas que todavía no ha podido llegar hasta la Defensoría del Pueblo, en un ejercicio legítimo de protesta.

¿Qué debe sentir un padre que sabe que hay policías reprimiendo a su hijo, impidiéndole llegar hasta su oficina?

5

Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, fue padre. Como cualquier otro padre, está orgulloso de su hijo mayor, del hombre que ha criado. Se lo ha hecho saber a propios y extraños: cree que su hijo es un hombre noble. Incluso alguna vez lo habrá dejado por escrito.

En las cartas que puede haber entre un padre y un hijo es inevitable que se nos escapen cosas a quienes somos ajenos a esa conversación entre dos.

Los miedos. Las distancias. Las expectativas.

En la carta que Yibram le lee a su padre Tarek hay un momento que quizás sea el más importante, aunque también sea el más oscuro para el análisis, porque es una frase que deja por fuera al resto de nosotros.

“Papá: en este momento tienes el poder de poner fin a la injusticia que ha hundido al país. Te pido como hijo, y en nombre de Venezuela, a la cual tú sirves, que reflexiones y hagas lo que tienes que hacer”

Este pedido se basa en algo que une al hijo con el padre. Algo secreto e íntimo. Una frase como “haz lo que tienes que hacer” no es una demanda, sino una orden que alguien imparte desde la confianza, desde el amor de quien sabe que el otro lo entenderá.

En la petición de Yibram no hay demandas.

No las necesita. No cuando el hijo tiene una sola expectativa, secreta para nosotros pero evidente para él y otra su padre: “que reflexiones y hagas lo que tienes que hacer”.

¿Qué debe sentir un padre cuando la única expectativa que tiene su hijo mayor sobre su comportamiento puede cambiar la historia del país que él mismo le ha negado?

6

Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, fue lector. Y todo lector corre el riesgo de tropezar alguna vez con una de esas citas mordaces que le atribuyen a Oscar Wilde. Por ejemplo: “De pequeños, los hijos quieren a sus padres; de mayores, los juzgan, rara vez los perdonan”.

En su video, Yibram se encarga de convertirse en la excepción del último tercio de la frase de Wilde: “Te entiendo. Sé que no es fácil. Pero es lo correcto”

¿Qué debe sentir un padre que sabe que su hijo protesta en su contra, pero todavía alberga la esperanza de que haga algo?

7

Toda carta es un sustituto de la voz.

La carta de Yibram no es un documento memorable, pero sí es un gesto de valentía, así como también de miedo y de distancia.

Conoce al destinatario como ninguno de los otros ciudadanos puede conocerlo. Por eso su reclamo puede llegar hasta instancias mucho más íntimas y eficaces que cualquier bomba molotov lanzada con la rabia inocente de un muchacho contra un blindado que lo acecha.

La carta de Yibram le ha demostrado a un país entero que es capaz de llevar adelante acciones nobles, como ésas que refería su papá cuando tuiteaba sobre él. La carta de Yibram puede hacernos creer que, al menos una vez, Tarek William Saab no nos mintió.

Horas antes de que Yibram hiciera público el video donde lee la carta a su padre Tarek William Saab, el Defensor del Pueblo le soltó una frase a la prensa que hoy se vuelve en su contra:

“Ir a la Defensoría a entregar una carta raya en calificativos que no voy a decir porque soy educado”

Y ahora, qué paradoja, es probable que el Defensor del Pueblo no consiga los adjetivos que antes le sobraban.

Además del peso de lo dicho, hoy el Tarek William Saab escritor, militante, activista, padre y lector deberá cargar con el peso de la sangre. No el peso de la sangre derramada: el peso impuesto por la sangre de sus venas, pues esa sangre ha decidido despertar y mostrar su reclamo de coherencia.

¿Qué debe sentir un padre que sabe que su hijo estaría dispuesto a perdonarlo sólo si hace lo correcto?

#SalimosDelGuaireLimpiosDeConciencia; por Willy McKey

En ocasiones, para no dejar que la emoción intoxique un texto, lo mejor es repasar los hechos uno por uno y en orden. Suele ser lo más conveniente para las ideas. Uno de los rumores que corrió la noche del 20 de abril de 2017 hablaba de unas supuestas luces antiaéreas ubicadas en Miraflores. No

Por Willy McKey | 21 de abril, 2017

salimos-del-guaire_640416

En ocasiones, para no dejar que la emoción intoxique un texto, lo mejor es repasar los hechos uno por uno y en orden.

Suele ser lo más conveniente para las ideas.

Uno de los rumores que corrió la noche del 20 de abril de 2017 hablaba de unas supuestas luces antiaéreas ubicadas en Miraflores. No era tal cosa. El efecto era generado por unos enormes reflectores ubicados en el centro de Caracas, como anuncio de que el gobierno iba a inaugurar en el Teatro Municipal un festival a como diera lugar.

El Teatro Municipal tiene una historia vinculada con el culto a la personalidad, como la mayoría de los edificios afrancesados que la capital le debe al dictador Antonio Guzmán Blanco. Sin embargo, en esa historia menor que tiene todo teatro caribeño, llama la atención que la obra con la cual se inauguró fue Il Trovatore, de Verdi. El tema sería aplaudido por Guzmán, ese claro ejemplo del autócrata ilustrado que supo disolver más de un alzamiento mientras estuvo en el Poder.

Il Trovatore es una ópera cuyo argumento se basa en una obra de teatro de Antonio García Gutiérrez y cuyo eje es un episodio de la historia de Fernando de Aragón que en catalán se conoce como “revolta del comte d’Urgell”: un levantamiento que fue sofocado rápidamente, cuando el Poder decidió impedir que las bases se comunicaran entre sí.

El festival se inauguraría en el Teatro Municipal. Sin importar que en algunas esquinas de esta misma ciudad hubiera gente asfixiada por bombas lacrimógenas. Sin importar la tensa calma de cada tarde en las zonas populares donde cuerpos de seguridad y paramilitares asustan con una violencia apadrinada. Sin importar que varias familias estuvieran arrancando sus novenarios.

Un conjunto de agrupaciones decidieron retirarse del festival y emitieron un comunicado. El gesto fue considerado suficiente por algunos, pero una acción del Ministerio del Poder Popular para la Cultura replanteó el escenario: durante la misma noche en la cual se reportaban sucesos violentos en la Av. Victoria, en El Valle, en el pueblo de Baruta, la cuenta oficial del ministerio decidió sumarle a cada mensaje el hashtag que etiquetaba como estiércol a los manifestantes opositores que se vieron forzados a cruzar el río Guaire escapando de la represión policial el pasado 19 de abril: #AlGuaireLoQueEsDelGuaire.

Una importante cantidad de creadores condenó el hecho de inmediato y denunció la acción ofensiva, denigrante. Era inconcebible que la cartera ministerial que debería velar por nuestra capacidad creadora, por nuestra identidad, por aquello que aún con las diferencias políticas debería convocarnos a todos, insistiera en una vergüenza iniciada por el partido de gobierno y retuiteada por el primer mandatario: referirse a un grupo de ciudadanos asustados como excremento, como mierda.

La acción del arte vivo aguardó. Y durante la inauguración de un festival que no se detuvo, como si en la ciudad no estuviera pasando nada, un grupo de artistas de los que se retiraron de la agenda cultural propuesta por el gobierno, se paró delante del Teatro Municipal, en la simple acción de desplegar una pancarta para responder a aquel hashtag macabro con otro: #SalimosDelGuaireLimpiosDeConciencia

El festival seguirá. Seguirá sin que el nuevo hashtag sea visto en la esquina de alguna pantalla de la televisión abierta, sin que la pancarta pueda contar con la enorme plataforma del sistema de medios públicos, sin que ningún ministerio lo incluya en su programación.

Aunque al final de su vida política Antonio Guzmán Blanco tuvo como oposición a una irrepetible generación de intelectuales y líderes estudiantiles, el único enemigo político que pudo sacarlo del Poder fue su salud. Varios dictadores han tenido una longeva biografía política, y la muerte de alguno que otro ha sido motivo para suspender eventos culturales. Incluso en otros países.

Y aquí es inevitable pensar que el Suena Caracas fue suspendido por la muerte de Fidel Castro, por usar el ejemplo más a mano.

Pero al parecer el asesinato de ciudadanos comunes, la violación de los derechos humanos de los manifestantes, e incluso los intentos de rebelión militar de conspiraciones denunciadas por el mismo gobierno, no parecen razones suficientes para frenar el ascenso del telón.

Y aquí es inevitable pensar en que durante la tragedia de Amuay, una de las frases de Hugo Chávez Frías fue aquel incómodo “Lamento lo sucedido, pero el show debe continuar. La vida debe continuar”.

Del lado oficial, mientras el grupo de artistas sostiene la pancarta con el nuevo hashtag dedicado al río pútrido de Caracas, la vocería oficial de la Alcaldía de Libertador se limita a responder desde la retórica.

Y es innegable que quedan bien parados: para eso es la retórica. La autoridad municipal aprovecha el lugar de enunciación de quienes en algún momento aprobaron la participación de estos grupos que ahora se retiran.

Y así aprovechan una fragmentación lógica.

Habrá quienes digan que las agrupaciones no debieron retirarse, sino aprovechar el espacio. Habrá quienes estimen que nunca debieron haberse postulado a un evento organizado desde el Poder. Habrá quienes crean que haberse postulado y retirarse luego fue lo correcto.

En ocasiones lo único que mantiene a un individuo en el Poder es la incapacidad que tienen las bases para comunicarse entre sí. Tal como sucede alrededor de la música y las voces en Il Trovatore de Verdi. Tal como sucede en la historia de los pueblos. Tal como sucede en la cultura.

Sin embargo, hay asuntos indefendibles, como un ministerio entero ofendiendo a los conciudadanos (y espectadores) de quienes siguen en la parrilla de programación del festival de teatro y de quienes decidieron retirarse.

No habrá quien celebre esa vergüenza.

Si algo debe celebrarse de esta acción viva es que el arte decidió ausentarse de los escenarios, porque al parecer sabe que debe seguir operando en la calle.

En contextos como el que vive Caracas este abril, las ideas demandan algo que va mucho más allá del cliché de que el artista deje de serlo con la excusa de ser ciudadano. La historia de la lucha política del arte está llena de ejemplos donde lo que hace el artista es crecer y atreverse a abrir las ventanas hacia aquello que Brecht llamaba “lo justo” y disponerlo para los ojos de todos.

En especial para los ojos del Poder.

Porque lo que ha salido del Guaire no volverá al Guaire.

Ya no.

Lo que ha salido del Guaire es mucho más que manifestantes empapados por la corriente podrida.

Lo que ha salido del Guaire es mucho más que un grupo de artistas empapados por la lluvia.

Lo que ha salido del Guaire tiene otra forma y otra temperatura.

Ya los creadores empiezan a asumir la responsabilidad de abrir las ventanas que nos permitirán avistarlo: tomar lo que ha salido del Guaire y hacerlo memorable.

Uno por uno. Y en orden.

¿Mierda?; por Willy McKey

0 Un grupo de personas se arriesga a atravesar la endeble estructura de servicios para salvarse del estiércol, pero no todos caben ahí. Ya hay algunos que lograron cruzar y ahora deben superar la pendiente y confrontar a los efectivos que están en la otra orilla. Un grupo pequeño, en la imagen parecen ser cinco, se

Por Willy McKey | 19 de abril, 2017

blog_willy_mckey_mierda_640a

0

Un grupo de personas se arriesga a atravesar la endeble estructura de servicios para salvarse del estiércol, pero no todos caben ahí. Ya hay algunos que lograron cruzar y ahora deben superar la pendiente y confrontar a los efectivos que están en la otra orilla. Un grupo pequeño, en la imagen parecen ser cinco, se sujetan de los hombros e intentan superar la corriente pútrida. Otro grupo más pequeño está a punto de cruzar, pero se sujetan de una sola mano. Varios de quienes ya cruzaron se han virado, miran hacia quienes vienen detrás de ellos. Del lado derecho de la imagen están quienes todavía no saben cuál es la manera correcta de entrar en ese río para salvarse.

El miedo sólo podrá transformarse en asco allá, en la otra orilla.

¿Cuán cruel debe ser la represión para que unos manifestantes conviertan las aguas del río podrido que atraviesa Caracas en la única guarida, el único resguardo? ¿Cuán feroz puede ser el ataque como para que quienes huyen de aquello prefieran hundirse en la mierda?

1

Carlos estuvo ahí. Él atravesó el río. Tuvo que hacerlo huyendo de la represión con bombas lacrimógenas con las cuales las fuerzas públicas impedían que la marcha avanzara hacia la Defensoría del Pueblo. Carlos cuenta que tuvo una sensación que nunca antes había tenido. Algo nuevo en el cuerpo. Tenía que salvarse y se lanzó al río. Se quitó la franela que llevaba para empaparla y la usó para aliviarse el ardor en los ojos, la nariz, el rostro. “Agradecí el agua podrida”. Luego caminó unos cien metros con la corriente llegándole hasta la cintura. Dice que mientras corría hacia el río vio ancianos que no sabían qué hacer. Gente indefensa, sin armas, que sólo quiere llegar una vez hasta la Defensoría del Pueblo como si la ciudad también fuera de ellos. El fondo del río es muy resbaloso. Y la corriente estimulada por todas las cloacas de la ciudad es fuerte. Muy fuerte. “Es mucha mierda”.

2

El Partido Socialista de Venezuela difundió un meme cruel, macabro. Utilizó la misma foto de los manifestantes espantados hasta el punto de atravesar el río Guaire y le colocó un texto encima: “A Dios lo que es de Dios. Al César lo que es del César. Al Guaire lo que es Guaire” [sic.]. Usaron un hashtag para corregir la falta: #AlGuaireLoQueEsDelGuaire.

Ver el mensaje podría movilizar a cualquiera a preguntarse si ése era el espíritu de la militancia o si esta acción dos punto cero debía tomarse como una línea del partido. En segundos, en lo que parece una broma pesada de los bots, el Poder convertía la ofensa en un anuncio oficial: la cuenta del presidente Nicolás Maduro hizo retuit automático del mensaje.

Existe una máxima del arte de la guerra que aconseja escoger muy bien a los enemigos, porque es posible terminar transformado en algo que se les parezca después de la última batalla. ¿Qué fuerza puede mover a un partido de gobierno hasta el extremo de tratar al contendor político como estiércol, como mierda?

3

Al Guaire lo que es del Guaire. En agosto de 2005, Hugo Chávez Frías invitó a quien todavía sigue siendo presidente de Nicaragua a bañarse en el río Guaire:

“El río Guaire será limpiado bajo mi gobierno y los caraqueños podrán navegar en él. […] Invito a todos a bañarnos en el río Guaire. […] Daniel Ortega, te invito a que nos bañemos en el Guaire el próximo año. La invitación es de la ministra [Jacqueline] Faría”.

Doce años después, el río Guaire sigue siendo un caudal de estiércol donde hacen vida indigentes, animales carroñeros y delincuentes. El dinero del presupuesto de la Nación y de entes como el Bando Interamericano de Desarrollo ha sido arrojado a las cloacas. Aun así, el partido de gobierno se atreve a confesar esta falta sólo por el brevísimo placer de ofender a sus contendientes políticos.

Así de escatológico.

Así de mierda.

4

Después de caer varias veces y sentir el agua alcanzándole la cara, Carlos consiguió unas cabillas enterradas en el falso lecho del río. Las usó como apoyo y así logró salir por el lado del Farmatodo. Ahí estaba la Guardia Nacional. Al salir, empapado y son el pecho descubierto, levantó las manos para que no le dispararan. Carlos dice que prefería entregarse antes que volver a cruzar el río. Los efectivos se rieron de él. Entre ellos se decían “Dispárale, vale. Dispárale”. Ahí pudo ver que estaba cerca del puente de servicios. Arrancó a correr y aún así seguía escuchando a los guardias. Cruzó el puente y escapó hacia la otra orilla.

Tiene la cabeza rota por culpa de un bombazo. No pudo ver de dónde vino la lata que lo golpeó.

¿Carlos cree que esto valió la pena? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo medir su experiencia con unas expectativas que jamás consideraron que tendría que hundirse en la mierda?

5

En diciembre de 2007, Hugo Chávez Frías decidió utilizar la forma vulgar de referirse al excremento y convertirlo en vocería oficial. Lo hizo recordando una mítica entrevista al político (y poeta) griego Panagulis:

“Oriana Fallaci [en Entrevistas con la historia] interroga a Alekos Panagulis, en un diálogo maravilloso. Él le dice: Mira, cuando te acerques a esos grandes símbolos donde está la historia reflejada… los grandes escudos de armas… tú te acercas en torno a los cuales hay leyendas y glorias de los hombres de la historia pasada… tú te podrás acercar a esos escudos de armas y podrás ver que hay como una herrumbre. El tiempo convirtió cosas, materias, en una herrumbre. Y eso tiene dos componentes: sangre y mierda

Aquella fue la primera vez que Hugo Chávez sufrió una derrota electoral. Nueve años después de esta alocución disruptiva, quienes en 2007 eran líderes estudiantiles llegaron a la Asamblea Nacional como diputados electos en la victoria electoral más reciente de la oposición.

Desde entonces no ha habido más elecciones.

“¡Eso es! ¡Mierda! Y aquí lo que hay es dignidad. Dejen quieto al que está quieto. Sepan administrar su victoria, pero ya la están llenando de mierda. Es una victoria de mierda”.

6

Una acción de calle nunca ha bastado para que un gobierno totalitario deje el Poder. Este tipo de acciones forman parte de lo que en la retórica política se conoce como “presión popular”. Y este tipo de acciones, por naturaleza, tiene objetivos concretos: demostrar capacidad para generar movilizaciones masivas, poner en evidencia los abusos de las fuerzas públicas y capitalizar el rédito simbólico de la acción para que los aliados naturales del Poder sientan que existe un nuevo equilibrio político.

¿Cómo puede medirse el éxito de una movilización como la del miércoles 19 de abril de 2017?

Haga el ejercicio de revisar los objetivos naturales de una acción como la convocada por la oposición. ¿Considera que, más allá del cerco mediático, la convocatoria fue exitosa y el liderazgo político acompañó a la militancia? ¿Considera que las acciones de las fuerzas públicas para impedir que la marcha llegara hasta la Defensoría del Pueblo fueron excesivas y desproporcionadas? ¿Considera que hubo nuevos elementos simbólicos involucrados, como presencia en territorios que antes no habían sido abordados por esta fuerza política? Finalmente pregúntese si esta acción puede motivar acciones similares capaces de las mismas conquistas, y usted podrá concluir si la acción tuvo éxito o no.

Ahora bien, notará que esta evaluación no tiene nada que ver con sus expectativas individuales ni con su experiencia singular de la acción de calle. Las expectativas individuales muy pocas veces están en completa sintonía con las conquistas colectivas. Y eso es bueno porque permite que los manifestantes siempre puedan exigir más al liderazgo y haya crecimiento político.

¿Y cómo saber si hay crecimiento político? También puede intentar medirlo mediante tres preguntas. ¿Siente que el colectivo ha aprendido algo? ¿Puede identificar elementos estratégicos nuevos que hayan sido exitosos? ¿Estaría dispuesto a acompañar una nueva acción convocada por las mismas fuerzas?

En efecto, una vez más la evaluación de una acción política no tiene nada que ver con sus expectativas previas a la marcha, sino con el análisis que haga después y con lo que pueda imaginar a partir del nuevo contexto político. Porque, aunque no es sencillo controlar nuestras expectativas, ésa es la única manera de prevenir el desgaste que genera la frustración.

Y, al menos para la oposición, repetir la receta de la frustración política en un clima político como el que ahora determina el rumbo político en Venezuela no sería sino eso: una mierda.

7

El mismo día en que su líder político hablaba de diálogo y paz, el partido se burlaba de la dignidad de unos manifestantes que sólo deseaban llegar a la oficina del Defensor del Pueblo, martirizados hasta el extremo literal de verse hundidos en excremento.

¿Qué significa que un pueblo esté dispuesto a atravesar el Guaire para seguir protestando, para manifestar su desacuerdo con el Poder, para salvarse?

¿Cómo leer que el liderazgo opositor, después de que parte de su militancia atravesara agua podrida, se atreva a convocarla para repetir el empeño de llegar a la Defensoría del Pueblo el día siguiente?

¿A qué puede tenerle miedo Carlos, después de haber cruzado el río dos veces para poder contarlo?

¿Qué habrá después?

¿Más mierda?

Quizás no la suficiente.

Al menos no tanta como ocultar que el partido de gobierno fue capaz de convertir el sufrimiento de un grupo de ciudadanos en un cruel juego de palabras, en un chiste escatológico, en una victoria de mierda.

Y eso no puede interpretarse sino como un estruendoso fracaso político, histórico.

¿Es esto el tiempo convirtiendo la revolución en herrumbre? ¿En sangre? ¿En lo mismo?

Nicolás Maduro, la memoria y los uniformes; por Willy McKey

¿A usted esta imagen no le recuerda nada reciente más allá del color caqui dominante? A algunos les puede resultar una escena mínima dentro de un recorrido accidentado, pero hoy hubo un quiebre político en eso que llaman “la narrativa” de Nicolás Maduro. Y tuvo lugar durante la celebración del aniversario de la Milicia Nacional

Por Willy McKey | 17 de abril, 2017
Fotografía de AVN

Fotografía de AVN

¿A usted esta imagen no le recuerda nada reciente más allá del color caqui dominante? A algunos les puede resultar una escena mínima dentro de un recorrido accidentado, pero hoy hubo un quiebre político en eso que llaman “la narrativa” de Nicolás Maduro. Y tuvo lugar durante la celebración del aniversario de la Milicia Nacional Bolivariana de Venezuela.

Es muy probable que el recuerdo que despierta la escena de la fotografía pasara desapercibida si los encargados de las comunicaciones hubieran dejado correr algunos días más. Quizás el asueto de Semana Santa nos hubiese reseteado la memoria, si no fuera por los monigotes de Judas adornados con huevos y vegetales estallados en Domingo de Resurrección. Pero eso no pasó. Hoy parece inevitable pensar en San Félix al ver en televisión a Nicolás Maduro a bordo de un vehículo descapotado y rodeado de gente que avanza a su alrededor.

Ésa es la reminiscencia. El mismo hombre. El mismo tipo de vehículo. El mismo afán mediático de verse acompañado. Todo en la escena es aparentemente igual. Sólo que ahora hay una variante evidente y (muy) controlada: la obediencia obligada por el uniforme.

El calco de la imagen, al menos en la escala comunicacional, puede dar la impresión de que se intenta sustituir un tumulto por otro: como si la imagen del hombre que no es vitoreado por el pueblo deba ser reemplazada por la del líder que, al menos, tiene una milicia.

Se pretende que el chascarrillo de hace unos días sea suplantado por la imagen del político fuerte.

Y aunque el Ministro de la Defensa en su intervención dejó saber que hay una Fuerza Armada Nacional que le jura “lealtad incondicional” al presidente Maduro (dejando a la Constitución para otras partes del discurso), hay que subrayar que en esta imagen no se habla del Ejército.

No son los soldados quienes lo acompañan.

No es la tropa la que llena los ojos del mandatario.

Es otra cosa lo que pretende el encuadre, el framing de este evento.

Los síntomas intentan comunicar que, haya pasado lo que haya pasado durante las últimas semanas en San Félix y en resto el país, hay un pueblo que parece no cuestionar a Nicolás Maduro.

Y da la casualidad de que ese pueblo es un pueblo uniformado, un pueblo en armas.

La suma de factores se agrava cuando el mandatario decide, en los espacios más obvios del discurso, que una frase como ésta sirva de remate:

“Si algún día ustedes ven noticias de que la traición y la ultraderecha han pretendido imponer alguna forma de Golpe de Estado, salgan como el 13 (de abril de 2002) a tomar el poder total de la República”

Las palabras de Nicolás Maduro convocan en la memoria un evento que todos los venezolanos recordamos por un saldo lamentable. Y lo hace justo 48 horas antes de que tenga lugar una manifestación nacional que exige el retorno del Estado de derecho, coordinada por líderes de una oposición política sobre la cual, hace apenas unas horas, difundió unos videos cuyos compromisos con la legalidad y la Constitución no corresponden al tenor del primer mandatario de una nación democrática.

Cuando Nicolás Maduro advierte que Diosdado Cabello y Darío Vivas convocarán a lo que definió como “la más gigantesca marea roja que nunca antes se haya visto en la historia”, su fin discursivo cumple los objetivos de trazar unas coordenadas temibles para cualquiera que recuerde lo que sucedió en 2002. Y además lo hace rodeado de una masa de milicianos que no existía entonces, dando la impresión de que ahora hay más herramientas a favor del Poder, más fuerza.

La fuerza es, hoy por hoy, el único argumento que tiene el Poder para distraer al sujeto político que lo emplaza a cumplir sus obligaciones. Trauma vs. Imaginación.

Todo este framing desplegado por el Poder en la guerra de los símbolos, obliga al liderazgo opositor a hacer algo que posiblemente nunca antes ha logrado con mucho éxito: tener un manejo transparente de las expectativas de la acción del 19 de abril, acompañar el entusiasmo de su militancia y sus simpatizantes y, sobre todo, empezar a imaginar unos espacios de gobernabilidad y hacerlos verosímiles.

El Poder se ha mostrado frágil y exhibe unas fuerzas que, al parecer, son el sustituto del músculo popular.

El Poder sabe que el sujeto político es subsidiario del sujeto que recuerda.

El Poder entiende que ese individuo político que somos no es otra cosa que lo que permite que nuestra memoria sea.

Y la única manera que tiene el sujeto político de emanciparse del yugo del sujeto que recuerda es poder imaginar otro escenario.

Sólo revirtiendo esa fuerza del recuerdo y ofreciéndole una opción de futuro más clara y potente se pueden vencer los miedos de la memoria.

Sólo así podrán convencer al militante de las fuerzas contrarias de que existe una mejor opción que salir a matarnos por un espejismo totalitario, tan decimonónico como esa noción del “poder total de la República”.

Cuando el miedo quiere usarse como un arma en la política, no se usan las amenazas, sino los recuerdos.

Quizás ha llegado el momento de que el liderazgo opositor ya no se limite a mantener la simple promesa de la Unidad y tenga que convertir la Gobernabilidad en el nuevo eje de su coalición.

Tal vez llegó la hora de mostrar sus ganas de ser gobierno y ponernos a imaginar que eso es posible.

Nicolás Maduro sale de escena en San Félix y aparece en Miraflores; por Willy McKey

Nicolás Maduro parece haber evitado pasar las tardes en Caracas. Es 11 de abril y están en San Félix, conmemorando el bicentenario de una batalla de la que se habla muy poco. Rangel Gómez, el gobernador del estado Bolívar, está a su derecha. El acto parece estar cerca de culminar y se da cuenta de

Por Willy McKey | 12 de abril, 2017
002_fs_1924_1491947392

Fotografía de AVN

Nicolás Maduro parece haber evitado pasar las tardes en Caracas. Es 11 de abril y están en San Félix, conmemorando el bicentenario de una batalla de la que se habla muy poco. Rangel Gómez, el gobernador del estado Bolívar, está a su derecha. El acto parece estar cerca de culminar y se da cuenta de algo. Algo raro. Se lo comenta a Cilia Flores. Más bien se lo señala. Así, con la boca, como se señala en el Caribe.

Nicolás Maduro se gira hacia su izquierda y ve algo. Su cuerpo reacciona desde la contención. El discurso se le apura y toma la decisión de terminarlo: “Para seguir avanzando… con ese pueblo” dice mientras señala hacia donde está eso que no vemos. Se apura un poco más y entrompa la retórica: “¡Que viva Chávez! ¡Que viva Bolívar! ¡Que viva Piar! Hasta la victoria siempre. Adelante, General”, mientras mira hacia donde nada sabemos.

El general le hace saber que ha entendido la orden y es ahí cuando se devela la escena: apenas empieza a moverse la tanqueta aparece aquello que nos era ocultado. La gente corre. Un despelote sirve de backing al armatoste que torpemente se desplaza en una reversa incómoda que era transmitida en cadena nacional. Y de pronto una cada vez más inusual toma abierta deja ver cómo las masas se han salido del redil.

Cuando empiezan a aparecer objetos al vuelo, lanzados hacia el presidente, los escoltas activan una especie de acción grotesca. Trepan por encima del capó. Superan el parabrisas. Uno parece darle un manotón sin alevosía, un intento fallido de protección. En el aire se adivinan formas de vegetales, huevos, cáscaras.

De inmediato cambian de toma. El perfil de una estatua resulta más sospechoso que nunca. La manera abrupta de terminar la transmisión confiesa alguna angustia y ese fragmento del video se vuelve viral en segundos.

A alguien se le ha salido de las manos una retirada transmitida por todos los canales de televisión abierta.

Muchos en las redes recuerdan lo que sucedió en Nueva Esparta hace ya unos meses. Incluso el Ministro de Comunicación e Información reacciona de la misma manera: muestra otro video, uno que más nadie tenía, donde el amor parece venir de todas partes. Llama la atención que ese video parece culminar justo antes de que los escoltas inicien esa curiosa coreografía protectora y todo luzca peligroso, desbocado.

Nicolás Maduro salió del desfile en San Félix mientras la gente arrojaba objetos en dirección al vehículo descapotado trepado por sus escoltas. La versión oficial dice que eran acólitos, pueblo entusiasmado, el ejercicio de aquello de amar amando. Sin embargo, el corte abrupto de la escena parece confesar un descontrol inusual, el temor de que el repudio pueda ser transmitido por la señal del Estado.

La lluvia de objetos contundentes simula el final de una mala función. Una mala y larga función. La política transformada en un teatrino del siglo XIX y el público convirtiendo su puntería en gesto crítico, repudio, abucheo.

Sin embargo, fue inevitable recordar aquel episodio cuando una mujer que supuestamente le arrojó un mango terminó consiguiendo un apartamento.

En una guerra comunicacional toda interpretación consigue cabida. Así sea descabellada. De modo que tiene sentido pensar que ahí, en San Félix, cada quien haya apuntado en el vegetal que tenía a mano su necesidad y salió a arrojarlo: algo de comida, algún medicamento, justicia para un muerto, un trabajito.

En medio de la escasez puede verse como un halago que alguien te arroje algo del poco alimento que tiene en casa. Decidir si el alimento debe ser una cena posible en proyectil es un dilema feroz.

Sin embargo, ninguna de las versiones del video revela tanto como algo que el propio Nicolás Maduro compartió al poco tiempo de haberse vuelto viral la lluvia de objetos. Se ha cambiado de ropa, como si el traje que llevaba en su salida de escena en San Félix no le perteneciera a él, sino a un personaje que ha dejado atrás. Tal como si el traje y la banda tricolor le pertenecieran sólo en la ficción, como si ya no fueran suyas, como si le molestaran al momento de volver a casa.

No comenta nada del suceso irregular. No lo define como amor desbordado. No lo condena como repudio violento. Calla. Como si aquello hubiera sucedido en otro día, en otra dimensión, en otro cuerpo. Cilia Flores, su copiloto, no dice ni una palabra. No asiente. No desmiente. Ningún escolta aparece trepado en el vidrio. Nadie sabe quién los graba, pero la iluminación confiesa una cámara profesional. Uno de los empleados reacciona como si no esperara que llegaran ahí, a esa hora. Abre la puerta y nos deja ver qué es lo que le espera al actor que interpreta a ese personaje que recibía vegetales aventados: una sala vacía, anacrónica, más grande que la reunión que ya nos hizo saber que tenía, esa reunión a la cual aparentemente sólo han llegado él y el desgaste del viaje.

Nicolás Maduro, el personaje, sale de escena en su huida de San Félix y aparece en Miraflores, sin sus escoltas y sin su vestuario, hablando solo. Hace que maneja. Ya habrá quien se encargue de reafirmarle que el pueblo sí lo quiere, que no ha sido más que un imponderable, otro impasse.

El asunto es que ha llegado a Caracas justo en la hora en la que todo ha pasado. Justo cuando al Poder le conviene el silencio. Justo a tiempo para no ver nada. Ni a nadie.

***

LEA TAMBIÉN:

blog_mckey_helicoptero_bombas_lacrimogenas_496

Un helicóptero tripulado por gente capaz de arrojar bombas; por Willy McKey

En todo combate son importantes las reservas. Siempre. En el lenguaje bélico las reservas son importantes porque definen la posibilidad de renovar y prolongar el combate. El asunto es que en todos los conflictos armados son más quienes hablan el lenguaje civil, desarmado y sin uniforme de campaña. Y en esa lengua común tener reservas

Por Willy McKey | 10 de abril, 2017

blog_mckey_helicoptero_bombas_lacrimogenas_640416

En todo combate son importantes las reservas. Siempre.

En el lenguaje bélico las reservas son importantes porque definen la posibilidad de renovar y prolongar el combate. El asunto es que en todos los conflictos armados son más quienes hablan el lenguaje civil, desarmado y sin uniforme de campaña. Y en esa lengua común tener reservas también significa tener discreción, circunspección, comedimiento.

El lunes 10 de abril de 2017, mientras un grupo de ciudadanos opositores al gobierno de Nicolás Maduro protestaba en las calles, la noticia que recorría los teléfonos decía que desde un helicóptero arrojaban bombas lacrimógenas contra los manifestantes.

Así. Sin reservas.

Durante años, cuando había acciones de calle en Venezuela los helicópteros servían para que algunos fotógrafos registraran el volumen de la gente que participaba en las acciones de calle. Cuando eso empezó a jugar en contra del Poder, los helicópteros pasaron a estar reservados para que los cuerpos de seguridad pudieran vigilar las acciones. Y así fue. Al menos hasta el lunes 10 de abril.

Al parecer en este día no fue suficiente el exceso en la represión que involucraba perdigones y bombas lacrimógenas. No bastaban la cantidad de lesiones y fracturas reportadas como producto del impactos de las latas de gas pimienta arrojadas contra los manifestantes. No bastaba la desmedida represalia que se ha puesto en evidencia en casi todas las pantallas, excepto en las televisoras públicas.

Un helicóptero tripulado por efectivos capaces de arrojar varias bombas lacrimógenas desde la altura de vuelo se convirtió en el punto más álgido del exceso de violencia empleado por las fuerzas públicas contra los manifestantes.

Sin ocultamientos. Sin necesidad de las cadenas de radio y televisión de 2002. Sin reservas.

Se presume que el espacio aéreo es controlado por el gobierno venezolano. Se presume que para cualquier autoridad debe ser muy sencillo averiguar cuál era ese helicóptero, quiénes lo tripulaban, quiénes son los responsables de este exceso. Se presume que un crimen como éste también involucraría a la cadena de mando responsable de la acción.

Sin embargo, el Defensor del Pueblo se limita a enumerar tuits y a bloquear a sus seguidores. El dos punto cero, una vez más, le sirve para condenar la violencia, rechazar las acciones, repudiar los excesos. Verbos pasivos. Apenas se limita a advertir que puede ser peligroso.

No se abre una averiguación. No hay una denuncia. Nada.

¿Qué sucederá de aquí en adelante cada vez que un helicóptero sobrevuele una manifestación?

¿Cómo sacudirse ese ruido y ese miedo?

Una bomba lacrimógena arrojada desde un helicóptero no puede revertirse con estrategias retóricas de un tribunal. Una bomba lacrimógena arrojada desde un helicóptero no es un impasse. Una bomba lacrimógena arrojada desde un helicóptero no puede recular.

Una bomba lacrimógena arrojada desde un helicóptero es un crimen.

Y el Defensor del Pueblo ha reconocido el suceso, pero sólo contribuye con que se prolongue el conflicto.

No detiene nada. No defiende a nadie. Nada.

Karl von Clausewitz explica que un cuerpo de ejército que sólo tiene por objeto prolongar el combate puede permanecer fuera del alcance del fuego, pero siempre sera una reserva táctica, nunca una reserva estratégica.

¿Cuál es la guerra que vivimos? ¿Cómo es que a alguien le resulta oportuna la idea de un helicóptero lanzando bombas contra ciudadanos desarmados? ¿Cuál es la excusa posible para este exceso?

También von Clausewitz explica que la causa política de una guerra influye enormemente en la manera en que esa guerra será dirigida. Es decir: cuando la guerra pertenece a la política, es inevitable que el conflicto adquiera el mismo carácter.

“Si la política es grande y poderosa, igualmente lo será la guerra”, ¿pero qué tipo de elementos aparecen cuando el carácter de la política es mediano, impotente? Pues un helicóptero tripulado por gente capaz de arrojar bombas, empeñados en recrudecer un conflicto, en prolongarlo.

Sin reservas.

Heridos de bala (o “Creerse de izquierdas y allanar universidades”); por Willy McKey

1 Cuando la rectora de la Universidad de Carabobo pudo denunciar que la Guardia Nacional Bolivariana había violado la autonomía universitaria, ya más de una centena de efectivos tenía rato reprimiendo y disparando dentro del campus. Al final de la tarde se sabía que había estudiantes heridos, aparentemente por perdigones. Antes de las nueve de

Por Willy McKey | 6 de abril, 2017

consejo-universitario-640

1

Cuando la rectora de la Universidad de Carabobo pudo denunciar que la Guardia Nacional Bolivariana había violado la autonomía universitaria, ya más de una centena de efectivos tenía rato reprimiendo y disparando dentro del campus.

Al final de la tarde se sabía que había estudiantes heridos, aparentemente por perdigones.

Antes de las nueve de la noche se confirmó que había heridos de bala.

Heridos de bala mientras protestaban.

Heridos de bala puertas adentro de su universidad.

Heridos de bala.

2

Durante décadas, la autonomía universitaria fue de los argumentos más poderosos del pensamiento izquierdista en Venezuela, principalmente porque esa autonomía universitaria que protegió a los estudiantes que protestaron durante las décadas de los ochenta y los noventa fue uno de los primeros logros de la democracia venezolana.

Tras la caída de la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, un grupo de legisladores trabajó en una Ley de Universidades que entró en vigencia a finales de 1958. Desde entonces la autonomía aseguraba que los profesores y el estudiantado pudieran relacionarse con el conocimiento en un ambiente de tolerancia entre todas las corrientes de pensamiento.

El poder se vio tentado en más de una oportunidad a violentar la autonomía con excusas políticas. Desde el gobierno de Rómulo Betancourt hubo persecuciones a liderazgos estudiantiles vinculados con el comunismo, el socialismo y las ideas de izquierda.

La tensión entre la policía política y el liderazgo de izquierda llegó a su punto más sensible durante el mandato de Rafael Caldera. En octubre de 1970 se ordenó el allanamiento militar de la Universidad Central de Venezuela, violando la autonomía universitaria y ocasionando el cierre de la casa de estudios más grande del país.

3

En abril de 2017, durante el gobierno de Nicolás Maduro, la Universidad de Carabobo fue allanada por fuerzas de la Guardia Nacional, violando la autonomía universitaria. La misma autonomía universitaria que, durante sus años de liderazgo estudiantil, le sirvió de escapulario a muchos de las actuales figuras del gobierno en ejercicio.

4

Tanto en 1970 en la UCV como en 2017 en la Universidad de Carabobo, quienes allanaron la autonomía universitaria fueron los cuerpos de seguridad del Estado, los silenciadores de protestas, los uniformados, los mismos. Tanto en 1970 en la UCV como en 2017 en la Universidad de Carabobo, las víctimas durante el allanamiento de la autonomía universitaria fueron los estudiantes universitarios, el derecho a disentir, los mismos.

La violencia de Estado es feroz. Siempre. Incluso cuando no tiene que ver con las armas.

5

Durante los últimos quince años el gobierno nacional ha asfixiado presupuestariamente a las universidades autónomas. Los sueldos de hambre que tienen los profesores universitarios, el estado en que se encuentran las infraestructuras y la incapacidad para llevar adelante investigaciones de alto nivel se han convertido en apaciguadores del espíritu universitario.

Aún así hay profesores llevando adelante la comprometida tarea de la formación. Aún así hay liderazgo estudiantil cohesionando las fuerzas que provee la simple idea de formarse en libertad y creer en las ideas. Porque este desencuentro que tiene la Revolución Bolivariana con las universidades y su autonomía no sólo es un desencuentro con la academia: también es un divorcio del pensamiento, de las ideas, de la inteligencia.

Pero al parecer la asfixia presupuestaria no fue suficiente.

6

Las fuerzas públicas hirieron a estudiantes y allanaron la autonomía de la Universidad de Carabobo, yendo contra todas las ideas que muchos de los voceros del gobierno alguna vez usaron como argumento a la hora de autodefinirse de izquierdas. Porque la lista de nombres posibles dentro del organigrama del gobierno es amplia: ministros, diputados, gobernadores, alcaldes, jerarcas, directores de organismos y hasta periodistas simpatizantes del partido de gobierno que alguna vez pertenecieron a la Juventud Comunista, fueron paladines de la Liga Socialista o, simplemente, simpatizaban con sus causas siendo estudiantes de la UCV, de la ULA, de la UC, de LUZ, y ampararon su activismo político en la autonomía universitaria.

¿Aquellos líderes estudiantiles de los ochenta y los noventa saben que hoy están del mismo lado que los agresores, los efectivos armados, los cómplices del poder? ¿Hasta dónde pueden llevar esta pelea contra la juventud, la libertad, la inteligencia?

7

Debe ser un doloroso ejercicio político para cualquiera descubrir que se ha convertido en aquello que alguna vez combatió.

¿Cómo ponerse en la boca una vez más nombres como el de Livia Gouverneur, cuando se tienen heridos de bala en la Universidad de Carabobo?

¿Cómo insistir en el espejismo de creerse de izquierdas, mientras allanan universidades?

LEA TAMBIÉN:

Sobre la violación de la autonomía universitaria; por José Ignacio Hernández

La violencia traspuesta contra Fréderick Pinto y Lalo Guinand; por Willy McKey

Un músico veinteañero y un arquitecto de ochenta años: hasta ellos pueden parecer un peligro para el Poder cuando ha perdido la mesura. Fréderick Pinto ni siquiera estaba protestando. Iba a su ensayo: toca el corno en una orquesta municipal. En el video de su detención que, en medio de la impotencia dos punto cero,

Por Willy McKey | 5 de abril, 2017

frederick-pinto-y-moto640

Un músico veinteañero y un arquitecto de ochenta años: hasta ellos pueden parecer un peligro para el Poder cuando ha perdido la mesura.

Fréderick Pinto ni siquiera estaba protestando. Iba a su ensayo: toca el corno en una orquesta municipal. En el video de su detención que, en medio de la impotencia dos punto cero, se viralizó, Fréderick le grita a los policías “¡Soy músico, vale!”, mientras media docena de agentes lo cerca y lo golpean, incluso por la espalda.

Cuando se lo llevan detenido, lo obligan a dejar atrás su instrumento. El estuche se evidencia maltratado, golpeado, pero su forma es inconfundible: su corno, un instrumento musical cuyo origen está en la cacería, hace que los efectivos parezcan una jauría salvaje, rabiosa, amenazada por un sonido posible que no entenderían.

Eduardo “Lalo” Guinand tiene ochenta años de edad. Es arquitecto. A lo mejor eso lo convierte en peligroso. No su aguante ni su protesta civil, pacífica, sino ser arquitecto. No pueden engatusarlo con promesas de infraestructura. No lo tienen secuestrado mediante una pensión de hambre. Al contrario. Ha estado generando empleo, haciendo trabajo social e imaginando espacios para ser habitados por otros.

“La arquitectura es el testigo menos sobornable de la historia”, decía Octavio Paz. Y al parecer desde el Poder han decidido ir contra cualquiera que pueda dar testimonio del desastre.

frederik-pinto-instrumento640byn

Los cornistas forman parte de los músicos de la orquesta que deben tocar una quinta más baja de lo que dicen las partituras. Es algo que en la música se conoce como “transposición” y requiere una particular concentración para no engañar a los sentidos. No es un verbo sencillo transponer. Conjugarlo tiene sus problema, porque significa poner más allá, llevar las cosas hasta un lugar distinto al que debe ocupar en el mundo. En ocasiones para esconderlas.

Ver las imágenes de Eduardo con un ojo morado o a Fréderick siendo agredido en cayapa por policías entrenados para combatir a delincuentes indigna desde el territorio de lo más básico, de lo primitivo.

Y eso toma nuestro ánimo y lo lleva más allá.

Nos transpone.

Se trata de un joven artista y de un viejo de la tribu heridos en su fragilidad por una fuerza incapaz de la piedad, del respeto. Se trata de la fuerza del Estado llevada más allá, hasta un lugar distinto al que debe ocupar en el mundo.

Se trata del Poder decidido a transponer la violencia.

Han arrestado y golpeado a un músico. Han golpeado en la cara a un arquitecto de ochenta años. Dos hombres cuyas vocaciones tienen el hermoso poder convocante de imaginar sonidos y espacios para los demás.

¿Está tan traspuesto el Poder, tan fuera de lugar, que a unos efectivos armados pueden parecerles peligrosos un joven y su corno francés, un abuelo y su fe en la protesta como una vía para ejercer sus derechos?

Si es así, es imposible pretender que todo quede igual. Porque transponer es cambiar al orden de las cosas. Y de ahí en adelante ya nada puede ser igual.

Algo ha cambiado.

Algo grande.

Nos han traspuesto.

Juan Requesens y las otras heridas; por Willy McKey

Es lunes y el diputado Juan Requesens es herido en la frente, justo delante de la Defensoría del Pueblo. Una herida real, profunda. Sangra desde lo que el boxeo nos enseñó a llamar el arco superciliar izquierdo. Sangra desde el lugar que intuitivamente señalamos con el índice cuando le pedimos a alguien que piense. Sangra

Por Willy McKey | 3 de abril, 2017
Fotografía de Carlos García Rawlins para Reuters

Fotografía de Carlos García Rawlins para Reuters

Es lunes y el diputado Juan Requesens es herido en la frente, justo delante de la Defensoría del Pueblo. Una herida real, profunda. Sangra desde lo que el boxeo nos enseñó a llamar el arco superciliar izquierdo. Sangra desde el lugar que intuitivamente señalamos con el índice cuando le pedimos a alguien que piense. Sangra y lo atiende José Manuel Olivares, un compañero del hemiciclo.


Era sábado y el diputado José Guerra cae inconsciente tras las acciones represivas a las protestas del sábado. Pierde el sentido, cae. Queda en ese estado del cuerpo que impide pensar. Cae y queda vulnerable, en medio de la masa. Cae y no puede reaccionar desde la inteligencia. Cae y lo auxilia María Beatriz Martínez, una compañera del hemiliclo. 

La imagen es feroz: es el poder agrediendo la capacidad de pensar, anulando cualquier posibilidad de las ideas, obligando a la incosciencia. 

La historia de la violencia nos ha enseñado a colocar el miedo a esa altura. El revólver puesto en la sien. La soga alrededor del cuello. La cabeza reposando en el quicio de la guillotina. Los terminales que van del cráneo a la silla eléctrica. Ahí, en el lugar donde la historia del poder ha colocado los laureles, las coronas y cachuchas militares, también reside la muerte más consciente y todas sus amenazas.

Y hoy es ahí hacia donde apuntan los portadores de la violencia.

Ambos diputados fueron agredidos durante acciones en las cuales estaban representando a un poder adquirido por el voto popular, directo, universal. El discurso oficial ha insistido en que los diputados de la oposición forman parte de una idea de la democracia representativa que el Poder desprecia. De ser así, entonces la pérdida del sentido del diputado Guerra y la herida del diputado Requesens también debe tener lugar en nosotros, en nuestras cabezas. Dudo que haya quien prefiera la versión participativa y protagónica, donde cada quien debe poner su frente y su sangre.

Un diputado joven que viene del movimiento estudiantil y ha crecido en la polarización política es un síntoma del fracaso del Poder, pero cuando sangra al ser agredido delante de la Defensoría del Pueblo es una imagen más poderosa que una lucha de curules. 

Un economista que decide abandonar su vida académica para convertirse en el diputado que argumenta contra las políticas públicas que han generado la inflación y la pobreza es un síntoma del fracaso del Poder, pero cuando cae inconsciente mientras defiende los derechos civiles de sus electores en una imagen más poderosa que la ilusión de una guerra económica.

Las agresiones no sólo tienen lugar como acontecimiento físico: cada herida compone una coordenada simbólica. 

No se trata tan sólo de estos dos diputados. La cantidad de presos de conciencia que hay, un profesor jubilado llevado a juicio militar, periodistas violentados por temor a que difundan noticias que saltan a la vista, familias a las que le niegan el acceso a unas cajas de comida por su manera de pensar. Todas son heridas causadas por el miedo que le tiene el Poder a lo que ocurre en las otras cabezas, ésas dónde después de años no han conseguido lugar los trombos del miedo, el chantaje, la amenaza.

Como si se les hubieran agotado las propias, han decidido ir contra las ideas ajenas porque cada idea nueva es un sistema que se activa para poner en evidencia la ineficacia, su ineficacia.

Y siempre que el Poder se esfuerza en darle a las ideas, es porque esas ideas han empezado a ser peligrosas. 

Las coordenadas de la agresión contra Requesens suman un elemento ineludible: esto sucedió justo delante de la Defensoría del Pueblo, uno de los cargos políticos de la actual estructura de poder que, aunque no son electos por el pueblo, forman parte de la versión autodefinida como protagónica. Sin embargo, como si fuera una instancia virtual, la respuesta del Defensor del Pueblo fueron apenas unos argumentos al vuelo, publicados como una enumeración virtual en sus redes sociales, sin siquiera poner el nombre y el apellido del diputado agredido ahí, a unos metros de su despacho. 

La idea de lo protagónico haría previsible su presencia en el lugar de revuelo. Aparecer. Al menos levantar la mano y ponerse, por una vez, del lado del otro, de la sangre ajena. Estar defendiendo al Pueblo y volver a explicarle al ciudadano sus buenas intenciones, a unos metros de su escritorio. 

Pero no.

No estuvo. No está.

Mientras tanto, Adán Chávez, ministro de Cultura, convoca una marcha oficialista para el mismo día de la concentración convocada por la oposición mucho antes. El recorrido propuesto es paradójico: irán desde la Defensoría del Pueblo hasta la esquina de San Francisco, frente a la Asamblea Nacional. Es decir: desde el lugar donde fue agredido el diputado Requesens hasta el lugar al cual fue llevado por el voto de una parte del pueblo que hoy no tuvo defensor.

Ha de ser terrible ver las agresiones que tienen lugar en Paraguay y sentirse calcados en el ejercicio propio de la violencia.

Deben ser ese tipo de cosas las que hacen que el Poder tenga la cabeza puesta en otra parte.

Niños que matan; por Willy McKey

Alguna vez nos prometieron que en Venezuela no habría más niños en condición de calle. Hoy tenemos niños que matan. El saldo es feroz. Dos menores de edad, uno de 10 años y una de 15, asesinaron a dos sargentos del Ejército. No es una conjetura. No es una versión de los hechos. Según el

Por Willy McKey | 21 de marzo, 2017
willy

Fotografía de Mari Matouk

Alguna vez nos prometieron que en Venezuela no habría más niños en condición de calle. Hoy tenemos niños que matan.

El saldo es feroz.

Dos menores de edad, uno de 10 años y una de 15, asesinaron a dos sargentos del Ejército. No es una conjetura. No es una versión de los hechos. Según el informe policial fueron aprehendidos en flagrancia: un niño y una quinceañera mataron a puñaladas a dos soldados, aparentemente entrenados para todas las guerras excepto para ésta.

La imagen de dos soldados apuñalados por dos niños en situación de calle (o dos “hijos de la Patria”, como pidió el Poder que nos refiriéramos a este grupo vulnerable) es el síntoma extremo de la violencia como hábitat único.

Sucedió en el municipio Libertador, ese cantón de paz donde la autoridad ha prohibido manifestar con el fin de evitar la violencia. Sucedió en Sabana Grande, la zona cuyo eje es un bulevar que fue intervenido por el Poder con la finalidad de hacerlo habitable y seguro. Sucedió de madrugada: niños con armas blancas atravesando soldados, como en una pesadilla de Dickens.

Mientras hay grupos armados de las fuerzas públicas que intervienen en las comunidades con máscaras de calaveras, fingiendo ser la Muerte, dos niños se colocan por encima de su disfraz, por encima de su simulacro, por encima de su farsa.

¿A quién podrán asustar cuando, en mitad de la madrugada caraqueña, dos soldados del Ejército son asesinados por niños que no necesitan máscara alguna para acabar con sus vidas?

Alguna vez nos prometieron que en Venezuela no habría más niños en condición de calle. Alguna vez nos dijeron que si después de un año seguíamos viendo a menores de edad mendigando, sin techo y expuestos a lo más cruel de los hombres, el presidente se cambiaría el nombre. Alguna vez habría resultado imposible imaginar a los Hijos de la Patria convertidos en un enemigo letal de ese mismo Ejército donde hizo carrera aquel que prometió cambiarse el nombre y no lo hizo.

Los niños de la calle, por decreto, pasaron a ser los Hijos de la Patria.

¿Volverán hoy a cambiarles el nombre?

¿Cómo se explica uno el futuro cuando la violencia del presente nos ha puesto delante a niños que matan?

¿Dónde se pone uno este miedo?

Quizás el presidente Hugo Chávez Frías no se cambió el nombre, pero lo cierto es que todos hemos ido perdiendo nuestra capacidad para nombrar. Porque, ¿cómo podríamos llamarnos a nosotros mismos después de saber que tenemos niños que matan?

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

A propósito de la muerte de Sofía Ímber; por Willy McKey

  a Diego Arroyo Podría parecer agendada. La noticia de la muerte de Sofía Ímber consiguió espacio un lunes, un día que insiste en empezar una semana mientras la mayoría de los museos cierran. Podría parecer meditada. La noticia de la muerte de Sofía Ímber no puso a correr a ningún periodista cultural en su

Por Willy McKey | 20 de febrero, 2017
sofia-imber-1

 

a Diego Arroyo

Podría parecer agendada. La noticia de la muerte de Sofía Ímber consiguió espacio un lunes, un día que insiste en empezar una semana mientras la mayoría de los museos cierran. Podría parecer meditada. La noticia de la muerte de Sofía Ímber no puso a correr a ningún periodista cultural en su guardia de domingo, pero les exigió que llegaran temprano a las redacciones la primera mañana de trabajo. Podría parecer prevista.

El funeral de Sofía Ímber será en días laborales y no festivos.

Su obra no tiene la corporeidad que tiene cualquier retrospectiva de los artistas que puso cerca de nuestros ojos. La única manera de articularla en una sala de museos sería la construcción de un diorama, absurdo como todos los dioramas, donde las escenas más privadas de un museo terminaran haciéndose visibles: compras, negociaciones, regateos, conquistas, uso del poder.

Y nunca hubo un posible texto de sala para ese imposible parque temático sino hasta que el periodista Diego Arroyo Gil publicó en forma de libro esa larga conversación, dónde ambos hurgaron a drede en su memoria.

Ahí, en su conversación con Diego, se pone en evidencia que las singularidades de un personaje como Sofía Ímber reside en lo caleidoscópico, en sus múltiples aristas. Y todos esos recovecos no suelen aparecer durante el duelo. Por ejemplo: llegar a la vida de Sofía Ímber desde la Literatura obliga a verla al menos unos instantes como la villana biográfica en la ficha de Guillermo Meneses, pero llegar desde el periodismo la perfila como una entrevistadora punzante con una audiencia que la vio enviudar al aire y seguir preguntando sin piedad. Y si el camino elegido es el que viene desde el territorio incómodo del arte contemporáneo, se mostrará como una institucionalizadora de cánones que contentaba a quienes entraban e incomodaba a quienes no.

Sin embargo, cuando repaso en mi memoria singular y puedo ir del “¡Buenos días con Sofía!” a ver cuadros de Picasso en el MACSI, saltar de la Suite Vollard a las entrevistas de medianoche en el canal 4, #LaSeñoraÍmber, me reconozco como espectador de uno de esos caleidoscopios biográficos que no sólo están determinados por la experiencia personal sino también por quienes han mediado nuestra aproximación a esa figura.

Quizás por eso prefiero llevar el duelo de hoy desde un área de acceso a la figura de Sofía Ímber que me resulta todavía más fascinante: lo mediado, lo popular.

Quienes pertenecemos a generaciones que vivieron aquellas coordenadas temporales donde la televisión abierta conseguía instaurar voces autorizadas que conectaban sin miedo el rating con la cultura, hoy contamos con una ventaja. Ahí, en esos espacios sinceros y honestos llenos de tías que veían televisión, madres que llevaban a sus hijos a los museos los domingos y señores que saben citar de memoria fechas y autores, Sofía Ímber resume la idea de una mujer de éxito, inteligente y orgullosa de sus piernas, capaz de triunfar por mérito propio y sin la muleta masculina que intoxicó tantas biografías femeninas de los sesenta y los setenta.

La impresión de que el pragmatismo es visto con recelo en el mundo cultural tiene mucho que ver con el apasionado ejercicio vocacional de los creadores. La sangre fría y la capacidad de conseguir en acciones prácticas beneficios duraderos puede parecer mezquino y desalmado cuando se está tan cerca de los artistas. Sin embargo, el pragmatismo es un talento incuestionable en la carrera de Sofía Ímber como hacedora cultural, como productora, como gestora y como curadora acusiosa de importantes espacios de la historia contemporánea del arte venezolano.

Hago esta salvedad porque muchos de quienes hoy lamentan honestamente la muerte de Sofía Ímber jamás la conocieron. Hago esta salvedad porque el duelo de esas personas es posible porque apenas fueron testigos de unas dinámicas que hoy nos resultan ajenas, como la televisión abierta o la vida en torno a la agenda de los museos independientes. Hago esta salvedad porque, en medio de esta orfandad de figuras culturales en el black-mirror, a Sofía Ímber no le hizo falta ser simpática para convertirse en referencial. Fue pragmática. Y en el Caribe su pragmatismo ruso resultó, además de exótico, necesario.

El funeral de Sofía Ímber no pondrá a correr a las autoridades del gobierno nacional para hacerle los honores necesarios. No pasó con Simón Díaz hace tres años. No pasará con ella. En su memoria de brevedad anecdótica, la burocracia la registrará como aquella funcionaria cultural que fue despedida de su puesto de trabajo en vivo y directo por el líder amadísimo.

Por eso es que en los novenarios habrá que tener cuidado con la nostalgia. No creo que este duelo se trate de extrañar un país que fuimos, sino de preguntarnos por qué nos cuesta tanto aprender de nuestra memoria para alcanzar a ser el país que podríamos. Así de condicional. Así de espejismo. Y cada vez con menos gente a bordo.

Ya habrá momentos para lo justo. Por ahora sólo podemos desear paz a sus restos y honesta curaduría a nuestro duelo. Así es como esta mañana laboral en duelo podría parecer agendada, podría parecer meditada, podría parecer prevista.

Aunque en vida molestara a tantos, a la señora Ímber no le gustaba molestar. Y hoy es lunes, un día que insiste en empezar una semana mientras la mayoría de los museos cierran.

Toca descansar.

♦♦♦
LEA TAMBIÉN:
3-lecciones

Maduro vs. Dulbi (o “El fracaso de la burocracia un domingo por la tarde”); por Willy McKey

Dulbi Tabarquino tiene 16 años. Todavía no ha tenido oportunidad de votar. No parece una agente infiltrada por alguna estrategia opositora, sino una adolescente que estudia en Guarenas y que podría graduarse de bachiller este año. Forma parte de los invitados a esta emisión del programa dominical que ocupa los fines de semana del presidente.

Por Willy McKey | 8 de febrero, 2017
Fotografía de VTV

Fotografía de VTV

Dulbi Tabarquino tiene 16 años. Todavía no ha tenido oportunidad de votar. No parece una agente infiltrada por alguna estrategia opositora, sino una adolescente que estudia en Guarenas y que podría graduarse de bachiller este año. Forma parte de los invitados a esta emisión del programa dominical que ocupa los fines de semana del presidente. Está nerviosa. Se nota porque comienza diciendo “Buenos días” cuando ya ha pasado el tiempo en su silla como para tener que decir “Buenas tardes”. El presidente hace una pequeña broma. Se esfuerza por mostrarse jovial, cercano. Dentro de la retórica de las últimas dos décadas, es lo que debe intentar parecer un presidente. Sin embargo, Dulbi Tabarquino no puede parecer sino ella misma: una adolescente que estudia en el Liceo Benito Canónico.

Debió prevenir que algo se le pondría en contra cuando la jovencita dijo que su asignatura preferida era Matemáticas. Alguien que sabe sacar cuentas también sabe despejar incógnitas y consigue la manera de resolver problemas. Una vez más no lo vio venir: a su orden de “Pásenle un micrófono a Dulbi”, Nicolás Maduro empezó una batalla de la cual no podría salvarlo ningún escapulario retórico.

—Presidente, el [liceo] Bénito Canónico necesita mucha ayuda de usted y del gobierno bolivariano y revolucionario de Venezuela, ya que tenemos problemas con la infraestructura, nos han robado muchas veces, ahorita no tenemos portón…

El presidente intenta interrumpirla. Alza la voz. Su micrófono está apagado y la única voz que se oye en directo es la de la joven Tabarquino. Es necesario interrumpir la denuncia, pero no se oye lo que dice el presidente, al menos hasta que el micrófono recoge el audio de ambiente y se escucha la pregunta interruptora: “¿Dónde queda ese liceo?”.

Y toda pregunta que no se hace por una duda legítima siempre puede volverse en contra cuando la respuesta es poderosa:

—Aquí abajito… aquí abajito.

La respuesta pone en evidencia la candidez de Dulbi. Será imposible adjudicar esto a una maniobra de imperio o la politización de una tragedia. Era una niña aprovechando la oportunidad de hablar con el hombre que hoy representa a ese Estado que no los escucha ni los acompaña. Su respuesta “Aquí abajito” puso en evidencia que quienes han desplegado todo el aparataje comunicacional que hizo posible emitir una transmisión en vivo desde Guarenas no conocen los problemas de la comunidad, no saben dónde están parados.

Y a veces en la política ése es el único requisito: saber dónde estás parado.

Los aplausos de los presentes intentan distraer la denuncia, convertirse en un salvavidas y disolverla en el ruido. No lo logran. Menos cuando el hambre hace su aparición en la voz de Dulbi:

—También necesitamos nuestro comedor, porque tenemos cuatrocientos cincuenta estudiantes que no tenemos ni desayuno ni almuerzo en el liceo.

La dinámica que ha llevado esta conversación se transforma en un balde de culpa que está a punto de volcarse encima de él. De nuevo se nota en el presidente la urgencia por interrumpir. Y una vez más prefiere el riesgoso recurso de la pregunta hueca:

—¿Pero por qué no lo tienen?

De pronto, a través del canal del Estado, acabamos de ver que el Presidente de la República le devuelve una pregunta a una adolescente, como si la denuncia le pasara por encima. Sin embargo, esa falla grave en el sistema público educativo que testimonia el fracaso del modelo a apenas unas calles de ahí está a punto de mutar (nuevamente) en respuesta poderosa:

—Porque nos suspendieron el sistema hace como dos años. Nos suspendieron el sistema del comedor.

La tercera pregunta hueca (es decir: que espera una reacción específica y no proviene de una duda legítima) ya resulta en una estrategia retórica que pretende sacudirse la culpa, hasta el extremo de hacerle creer a la víctima que es culpable de su desdicha:

—¿Y ustedes qué han hecho?

—Hemos hecho las solicitudes, pero no hemos tenido respuesta.

—No se pueden quedar en la solicitud. Ustedes se tienen que movilizar. Ir a la calle. Que se sienta su palabra, ¿me entiendes? Y conquistar su derecho…

Movilizarse. Ir a la calle. Conquistar su derecho. Eso dijo.

El Presidente de la República acaba de decirle a una niña que seguir los canales regulares es inútil. Acaba de decirle que su gran error fue no poner en evidencia, mediante alguna manifestación en la calle, las fallas del gobierno que él preside. Acaba de reconocer el fracaso de la burocracia revolucionaria un domingo por la tarde.

Luego intenta reparar su extravío hablando de autogestión, de conucos, de espejismos. No sabe reaccionar cuando una nueva respuesta confirma que Dulbi y sus compañeros ya hicieron su tarea. Que son ellos quienes han fallado. Que aquí ya todos han hecho lo que les tocaba, menos ellos, menos los suyos. Sin embargo, hubo una pregunta hueca más:

—¿Qué le hace falta a la infraestructura, además de pintura?

—La azotea se está cayendo. Una parte del techo tiene un hueco y se está cayendo.

—Eso es una tarea para el viceministro Carlos Vieira. Váyase en este mismo momento con los estudiantes y con la directora de la unidad educativa y me traen un informe ahorita mismo, ya, antes de terminar el programa.

Ante lo inútil del mandato, por lo menos que parezca que alguien manda. Nicolás Maduro intenta arrancar un nuevo simulacro: que parezca que algo pasa, para que no pase nada. Asigna una tarea. Escoge al indicado. Pretende. Intenta. Parece. Y ahí fue cuando Dulbi Tabarquino hirió de muerte al espejismo de la eficacia revolucionaria.

—Ya entregamos el informe donde decimos lo que necesitamos en el liceo. También necesitamos luces, necesitamos pupitres porque a veces somos muchos los estudiantes y no tenemos suficientes pupitres. Necesitamos el comedor, de verdad, porque eso nos ayuda. Ya muchos estudiantes se nos han desmayado en el liceo. ¡La seguridad! Que es muy importante que no sólo ayuda al Benito Canónico sino a las personas de Rosa Mística, a la comunidad y a los diferentes liceos que están cercanos también…

Ella sabe dónde está parada. Y no iba a desaprovecharlo.

Dulbi Tabarquino no trataba de ridiculizar al Gobierno. En sus palabras es evidente que cree que podrían hacer algo. Ha hecho todo esto para darles una oportunidad. Otra oportunidad. Sin embargo, con apenas esta última intervención y antes de que le retiraran el micrófono, ha logrado resumir cada uno de los fracasos del modelo que le quedan cerca de su vida.

Y entonces la confesión final del fracaso:

—Yo lo que lamento de esto es que haya tenido que venir para acá para yo saber esa verdad.

¿Cuál es la verdad que desconocía Nicolás Maduro, el principal vocero de la revolución, de todas cuantas le hizo saber Dulbi? ¿No sabía que hay niños desmayándose de hambre en los planteles? Pues ahora será imposible esconderlo y ya llegó hasta su plató televisivo. ¿No sabía que desde hace dos años un liceo en Guarenas no tenía comedor? Debe haber algunos otros, de modo que lo que sigue a enterarse es sencillo: se busca al responsable y se le exige que ponga el cargo a la orden. ¿No sabía que la matrícula escolar es un número por encima del inventario de pupitres? Pues que preste más atención: Dulbi le dijo que eso pasa sólo a veces. Es probable que esos días en que los pupitres sí alcanzan es porque sus compañeros están en colas por comida. ¿No sabía que el país entero está oscuro apenas el sol se va? ¿Desde cuándo no sale de su círculo privadísimo de informes y reportes aparentemente llenos de vacíos?

Hay que tener cuidado con estas preguntas, porque también podríamos estar ante un calco retórico. Hugo Chávez Frías, su antecesor, logró durante mucho tiempo evadir la culpa y lanzarla río abajo, donde viceministros y directores se encargan de esconder los fracasos de las políticas.

Sin embargo, en ese último lamento presidencial hay una falacia evidente: no tenía que llegar hasta esa niña de Guarenas para “saber esa verdad”. Tenía que haber gobernado para evitar que una catástrofe se convirtiera en la única verdad alrededor de Dulbi Tabarquino, una niña de 16 años que nunca ha votado en ninguna de las elecciones que forman parte de su biografía, pero que empieza a tener razones para movilizarse, ir a la calle, conquistar sus derechos. En fin: seguir el consejo que le dio el presidente un domingo en la tarde, cuando reconoció el fracaso de todo, de tanto.

Un análisis del discurso de Julio Borges como nuevo Presidente de la AN; por Willy McKey

El jueves 5 de enero la Asamblea Nacional de Venezuela instaló el período de sesiones correspondiente al año 2017, justo el día después de que Nicolás Maduro anunciara un cambio en su gabinete ministerial que sacó de sus curules a algunos diputados electos en la elección del 6 de diciembre de 2015, la más importante

Por Willy McKey | 5 de enero, 2017
Fotografía de la Asamblea Nacional

Fotografía de la Asamblea Nacional

El jueves 5 de enero la Asamblea Nacional de Venezuela instaló el período de sesiones correspondiente al año 2017, justo el día después de que Nicolás Maduro anunciara un cambio en su gabinete ministerial que sacó de sus curules a algunos diputados electos en la elección del 6 de diciembre de 2015, la más importante derrota electoral del oficialismo en 18 años.

Con Henry Ramos Allup como director del debate y la diputada Marialbert Barrios como Secretaria Accidental, Julio Borges fue electo por los diputados de su bancada como nuevo Presidente de la Asamblea Nacional. Asume este cargo en un contexto cuya característica principal es el conflicto entre el Poder Legislativo y el Poder Judicial, incluyendo el hecho de que hasta los diputados que representan al oficialismo considera que se encuentran en desacato, según una sentencia emanada por la Sala Constitucional.

Fue relevante que justo antes de que Borges empezara su discurso, el Ejecutivo Nacional lanzó una cadena de radio y televisión que impidió que la instalación del nuevo período de sesiones se transmitiera en señal abierta.

¿Qué fue lo que dijo Julio Borges en su discurso? ¿Por qué lo dijo? ¿Cuál podría ser el elemento diferenciador de su gestión? ¿Qué cosas dejó por fuera? Aquí una aproximación a esas preguntas, apenas a minutos de transmitido el discurso.

1. ¿Qué fue lo que dijo?

Si bien una buena parte del mensaje tuvo como destinatario a Nicolás Maduro y otra se enfocó en hablarle al sector militar como pocas veces lo había atrevido un líder opositor, después de revisar las reacciones inmediatas que ahora se ponen en evidencia gracias a las redes sociales, el momento del discurso que se convirtió en epicentro de las palabras de Julio Borges fue cuando dijo que:

“La Asamblea Nacional abre las puertas para que en Venezuela haya elecciones generales en todos los niveles y ramas del Poder Público. Gobernadores, alcaldes, Presidente de la República y, ¿por qué no?, la Asamblea Nacional. ¡Que sea el pueblo el que decida!”

Es importante subrayar ese compromiso expuesto en el discurso de Borges porque opera desde un lugar que había sido ocupado durante mucho tiempo por el oficialismo: la certeza de tener el voto popular a su favor. Y por eso Borges les recuerda que éste será un año electoral. Es evidente, en especial para su militancia, que los años de gobierno de Nicolás Maduro han desteñido aquel argumento del Chávez invicto capaz de generar condiciones para ir a elecciones cada vez que quería, incluido un referendo revocatorio solicitado por la oposición de 2004.

La reactivación del proceso del juicio por responsabilidad política a Nicolás Maduro y fijar la reivindicación de la pelea legislativa saboteada por el TSJ que dieron los diputados durante 2016 fueron marcas de respeto a la continuidad de los proyectos, pero aquí la mayoría de los cartuchos estaba puesta en otra cosa. Hablar desde una Asamblea Nacional electa hace un año, a pesar de lo sucedido con los tres diputados de Amazonas, le permite a Borges evidenciar el severo riesgo que significaría para el PSUV someterse a cualquier versión de los procesos electorales por venir.

De modo que la propuesta de unas elecciones generales (en las cuales la oposición estaría dispuesta incluso a repetir las elecciones legislativas) sería la principal candidata para titulares y resúmenes. Eso en caso de que no sea el tema militar lo que se imponga en la agenda de los analistas, antes por morbo que por su peso semántico en el discurso.

2. ¿Cómo lo dijo?

Fue importante el peso que tuvieron los referentes históricos en el discurso de Borges, sobre todo porque fueron el pivote que le permitió abordar temas espinosos a partir de elementos retóricos interesantes.

Quizás el ejemplo más claro estuvo en recordar las transformaciones agenciadas por militares históricos como Juan Crisóstomo Falcón después de la Guerra Federal o Eleazar López Contreras tras la muerte del dictador Juan Vicente Gómez. Luego de dar estos dos ejemplos, parecía una falla no mencionar a Wolfgang Larrazábal. Sin embargo, el momento en el cual se refirió a los sucesos de 1958 y el fin de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez tuvo una nueva carga narrativa. Casi se podría decir que sorpresiva.

La audiencia política venezolana está acostumbrada a que los hechos recordados se limiten al 23 de Enero y a todo el imaginario fundacional de la democracia. Y aquí la variable: antes que la revuelta popular de 1958 —y quizás para aprovechar el número redondo, a sesenta años del hecho—, Borges prefirió recordar el plebiscito de 1957 que Marco Pérez Jiménez manipuló:

“Cuentan que ya no se trataba de tendencias políticas. Era un país entero, incluyendo a los militares honestos, decidido a recuperar el derecho a elegir su futuro”

Al revivir ese episodio histórico, pero desde una nueva percepción narrativa, cualquier espectador atento podría traducir el escenario al presente de la Mesa de la Unidad Democrática, a su eficacia electoral y a las dificultades que siempre aparecen a la hora de la articulación política.

En un giro retórico, apoyando sus argumentos en la historia contemporánea y los días que siguieron a aquel fraude, el discurso de Julio Borges planteó el escenario de 1957 como un mapa posible del territorio político del presente, posicionando una idea importante para que juegue a su favor: explicar que no fue ni la revuelta popular ni la rebelión militar lo que conquistó la democracia, sino la unión de fuerzas civiles y políticas de distintas tendencias que llevaron a cabo unas elecciones presidenciales. Y esta idea calza a la perfección con el eje político del discurso, porque le afirma a quien lo escucha que ya en otras oportunidades de nuestra historia común ha sido necesario rescatar el derecho a elegir y que aquellas metas (y las transiciones) se han podido conquistar mediante el accionar político.

3. ¿A quién se lo dijo?

El discurso apelativo tiene una fuerza que resulta muy eficaz cuando se administra con sensatez. Una de las marcas más claras de este discurso fue la singularización del destinatario de cada una de las críticas dirigidas al gobierno: Nicolás Maduro.

Y la temperatura que adquirieron estos momentos apelativos fue sintomática.

Haber comparado sus años de gobierno con una maldición fue una idea poderosa que pasó desapercibida para los presentes, pero calza a la perfección con la percepción que tienen los ciudadanos de la caída en la calidad de vida durante estos tres años. No debemos olvidar que justo el día anterior el propio Nicolás Maduro se había referido a Julio Borges —también con intención apelativa—, adelantándose a algunos de los anuncios posibles con la pretensión (ya antes lograda) de posicionar una versión oficialista de aquello que Borges pudiera anunciar:

“Dicen que tienen la intención de nombrar a mi otro amigo, Julio Andrés Borges, presidente de la Asamblea Nacional. […] Julio Borges se comprometió de palabra conmigo a acatar al Tribunal Supremo de Justicia y, en segundo lugar, a participar en todas las iniciativas de diálogo. […] Mañana habrá un debate interesante en el hemiciclo de la Asamblea Nacional. […] Por el camino que van, van rumbo a la autodisolución y a la convocatoria a nuevas elecciones. No lo propongo yo: sólo es una realidad”

Con este ejercicio retórico, Nicolás Maduro intenta que una propuesta que ya había resonado en la aparentemente extinta Mesa de Diálogo parezca producto de un análisis emitido desde sus filas. Esto con la intención de vulnerar la posible (y ahora confirmada) propuesta de unas elecciones generales. Por lo tanto, después de este discurso de instalación, es responsabilidad de la bancada opositora posicionar el proceso como un rescate del derecho a elegir pues el oficialismo ya ha empezado a sembrar en la opinión pública la idea de una autodisolución.

bot_monitor_10_frases_julio_borges_64060-1

Sin embargo, hay otra razón estratégica para que Nicolás Maduro sea un destinatario singular de cada acusación: al estar a punto de iniciar un proceso de juicio de responsabilidad política en su contra, esta fórmula permite capitalizar parte del descontento y las decepciones que haya dentro de la propia militancia del PSUV e incluso conectar (aunque solapadamente) con el posible antimadurismo que haya dentro de la misma bancada oficialista.

El otro destinatario destacado en el discurso de Borges fue el sector militar. Pero en este caso la pregunta no es a quién se dirigía sino por qué hacerlo así y ahora.

4. ¿Por qué lo dijo?

En la historia democrática latinoamericana existe una máxima: los militares son los garantes de la soberanía y la Constitución, pero esa soberanía y esa Constitución están amparadas en el voto popular. De modo que, en un discurso que pretende recuperar la confianza del pueblo en el derecho a elegir y la posibilidad de recuperarlo durante este año electoral, apelar a los militares era un ítem inevitable.

Y para eso también prefirió la fórmula retórica apelativa y las referencias históricas utilizadas como pivotes argumentativos, pues la verosimilitud que hay en los hechos que cuenta la historia oficial pocas veces tienen baches en la credibilidad discursiva.

Al referir la historia militar venezolana, el discurso explora un amplio espectro que va desde los años de la Independencia hasta la misma fundación del chavismo. Y de alguna manera pretende colar, antes que en los cuarteles, en una estructura de poder donde los militares hoy ocupan muchos espacios decisivos.

Además, decir en la Asamblea Nacional que “permanecer en actitud complaciente frente a la tiranía es negar su historia y su razón de ser” el mensaje también funciona como una suerte de escapulario contra posibles ataques que pudieran tildar de colaboracionista a las nuevas autoridades de la Cámara, después de la alocución de Nicolás Maduro que ya ha sido citada, advirtiendo cualquier ataque posible que se llevara adelante durante la cadena de radio y televisión que impidió ver y oír el discurso por señal abierta, y a 24 horas después de reordenar su gabinete ejecutivo.

5. ¿Qué fue lo que no se dijo?

Este discurso inaugural fue más cauteloso que el anterior, al menos en cuanto a las expectativas que puede generar una Asamblea Nacional que asume un nuevo período de sesiones en un contexto político como éste.

En conocimiento de que buena parte del electorado que los votó en 2015 sigue decepcionado por la frustración de las vías del Referendo Revocatorio y la Mesa de Diálogo, el objetivo de devolver la fe en el voto puede explicar que esas dificultades estructurales que enfrentó la Mesa de la Unidad Democrática durante 2016 no hayan sido abordadas durante el discurso.

Tampoco se hizo referencia durante el discurso al actual estatus de los tres diputados de Amazonas ni al proceso de ratificación en el cargo de las rectoras del CNE que hizo el Tribunal Supremo de Justicia, saltando el proceso constitucional que dicta que esos cargos sean nombrados desde el Poder Legislativo.

6. ¿Por qué no se dijo?

Si se hace un repaso de los cargos ejercidos por representantes del partido Primero Justicia durante las últimas dos décadas, la Presidencia de la Asamblea Nacional es el puesto más importante que ha ocupado alguno de sus militantes.

Al suceder a un representante de un partido como Acción Democrática, quizás el ejercicio de los detalles del contexto pierden relevancia ante la necesidad de demostrar, con un mismo discurso, que se dará a la continuidad a las iniciativas de la alternativa democrática, pero con un redireccionamiento producto del contexto.

Mantener centrado el discurso en articular la reactivación del juicio de responsabilidad política contra Nicolás Maduro con una estrategia que conduzca hacia unas elecciones generales requería una argumentación que permitiera ver unas posibilidades de cambio del gobierno nacional distintas, sin correr con el costo político de la frustración que todavía se mantiene latente y que puede resultar un lastre durante un año que ya tiene determinado un calendario electoral.

Ésta también puede ser la razón para que no se haya hecho referencia a que el Ejecutivo Nacional tomó la decisión de lanzar una cadena de radio y televisión durante el discurso. Sin embargo, esta decisión sin duda enloda todavía más la reputación de Nicolás Maduro y la pretendida defensa del manejo de los espacios de expresión por parte del gobierno.

7. ¿Qué queda por ver?

De acuerdo con las expectativas generadas por el discurso de instalación de Julio Borges, este año legislativo tendrá un impulso en rescatar el derecho a elegir, enmarcado dentro de una lucha política y social a partir de los proyectos de leyes heredados de la gestión anterior, que aparentemente serán retomados, a pesar de los obstáculos que ha puesto el TSJ.

Sin embargo, hay un factor que puede resultar relevante en 2017: la propuesta de sesionar en los espacios donde “la gente está sufriendo”. Este nuevo lugar de enunciación de la legislatura propuesto durante este discurso comprometería la posibilidad de defender un modelo político cuyo fracaso se refleja, precisamente, en esos espacios donde ahora pretenden ir a sesionar.

Si Borges logra que éste sea el elemento diferenciador de su gestión, frente al escenario de conflicto entre poderes que caracterizó al 2016, y aprovecha el despliegue operativo de su partido y lo enriquece con la coalición unitaria, el ejercicio parlamentario en hospitales, mercados, escuelas, cárceles, fábricas y comunidades vulnerables resultaría muy útil para poner en evidencia la incapacidad del Ejecutivo Nacional. Y, sobre todo, confrontaría a los diputados del PSUV con una realidad distinta a la expuesta en sus discursos, una estrategia contundente en el caso de que se consiga ir a elecciones.

♦♦♦

linea-de-tiempo