Blog de Willy Mckey

Sangre en Catia el #16J; por Willy McKey

No podría contarlo con adornos ni con giros literarios. La muerte asusta mucho y acaba de pasar. Después de votar en el punto de la Universidad Central de Venezuela me fui a Catia. Mi mamá me pidió que la acompañara a ejercer su derecho, así que llegué a su casa y nos fuimos caminando desde

Por Willy McKey | 16 de julio, 2017

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No podría contarlo con adornos ni con giros literarios. La muerte asusta mucho y acaba de pasar. Después de votar en el punto de la Universidad Central de Venezuela me fui a Catia. Mi mamá me pidió que la acompañara a ejercer su derecho, así que llegué a su casa y nos fuimos caminando desde ahí hasta la Av. Sucre. Al cruzar desde el Teatro Catia hacia la avenida, todo el paisaje estaba ocupado por una franja de los uniformes nuevos de la Policía Nacional Bolivariana, otra franja de luces azules y rojas por las cocteleras del CICPC levantando el tiempo récord y sin planimetrías lo que parecía un asesinato y, más allá, un hombre arengando desde un camión a algunas decenas de militantes con franjas rojas y mucha rabia. El número de policías superaba en tres a uno el número de militantes. “Si hubiésemos salido veinte minutos antes, nos agarra el tiroteo”, dice mi mamá. Es raro. ¿Por qué aquí y así?

En esta zona del oeste de Caracas había otros puntos soberanos, como el de Propatria o el de la Plaza El Cristo. Recuerdo la razón de mi mamá para querer votar aquí: “Yo iba a votar en la Plaza Brión, pero vi las fotos en Twitter y me dieron ganas de votar aquí en mi sitio”. Este punto había protagonizado las tomas aéreas en las redes sociales, sorprendiendo hasta al más entusiasta de los analistas opositores con esta reacción de la parroquia. Aquello puso en evidencia dos cosas. La primera viene desde las elecciones legislativas del 2015: Catia ha venido venciendo sus miedos políticos, cuando el voto popular convirtió a la joven Marialbert Barrios en su diputada, ganándole a nombres como el de Freddy Bernal o Ernesto Villegas. La segunda tiene que ver con los grupos políticos violentos: los dueños de las armas no iban a dejar que la merma de su poder quedara en evidencia, al menos no sin consecuencias. Y ahí estaban esas consecuencias, delante de nosotros.

Una señora con un marcado acento dominicano, metida en un abasto a medio cerrar, contaba por teléfono que había sido horrible. “Más de cincuenta motos echando plomo, Magaly, horrible. Esto daba susto”, decía. Nos pareció exagerado, pero apenas unos metros más adelante, durante la caminata apresurada, mi mamá estuvo a punto de pisar el pozo de sangre. Una unidad del CICPC que se iba parecía llevarlo a bordo. Ni siquiera habían podido poner las cintas del perímetro y ya se habían llevado el cuerpo. “Era una señora… una señora normal, marico”, dice un vendedor de agua a otro.

Con una oración puesta en la boca, atravesamos el puente, el destacamento de la PNB, el camión con la arenga y el extremo del Parque del Oeste que corresponde al Miguel Antonio Caro. Escuchamos decir que se habían llevado a un periodista. Anulé mi curiosidad. Nadie nos señaló. Pasamos desapercibidos. Por suerte, ella había dejado en casa su gorra tricolor y yo me había recogido el pelo, me había quitado los lentes y llevaba una franela estampada con el retrato de Luis Carlos Galán. Volvimos a tomar aire cuando entramos a la estación del Metro Gato Negro. Mi mamá decidió ir a votar a la UCV. En el camino me dice “Es muy jodido cómo intentan meternos miedo… aunque esto que vimos hace que parezca que ellos tienen más miedo que nosotros”. Al llegar a su casa, recibe una llamada de una de mis tías, la que vive en el bloque del 23 de Enero donde nos criamos:

“A quien mataron fue a Xiomara, Chela. Yo hablé con ella esta mañana. No puedo creer la vaina: le había ofrecido una mata y me dijo que no podía, porque iba para la iglesia a lo de la consulta. Y todo justo hoy, que es día de Nuestra Señora del Carmen, ¿no es arrecho?”.

Es arrecho. Mucho. Como el miedo. Como la rabia. Como la rabia que aparece cuando se pierde el miedo. Arrecho. Muy arrecho.

5 apuntes: ¿qué se vio en el ataque al Palacio Legislativo?; por Willy McKey

1. La “intrusión” oficial. Apenas unas horas antes, el Vicepresidente de la República estuvo delante del Acta de la Independencia, en el Salón Elíptico, un espacio del Palacio Legislativo que es regentado por el Poder Ejecutivo donde cada año un funcionario del Ministerio de Interior y Justicia debe abrir y cerrar el arca que contiene

Por Willy McKey | 6 de julio, 2017
Fotografía de Fernando Llano para AP

Fotografía de Fernando Llano para AP

1. La “intrusión” oficial. Apenas unas horas antes, el Vicepresidente de la República estuvo delante del Acta de la Independencia, en el Salón Elíptico, un espacio del Palacio Legislativo que es regentado por el Poder Ejecutivo donde cada año un funcionario del Ministerio de Interior y Justicia debe abrir y cerrar el arca que contiene el Acta.

La lectura del contexto puede conducir a ver que se trataba de las autoridades ejecutivas del gobierno llegando desde la intrusión al Capitolio. El posicionamiento de la propuesta constituyente en el top-of-mind político venezolano arroja de inmediato la impresión de que el partido de gobierno hacía presencia desde su ejercicio del Poder en un lugar ajeno, donde no pudieron ganar por los votos. No es así. Sin embargo, en los discursos, y en el hecho de hacer el acto completamente desconectado de las autoridades del Poder Legislativo, fue evidente el carácter intrusivo del evento.

El asunto es que todo esto tuvo lugar a unos metros del sitio donde, apenas unas horas después, la sangre de algunos diputados mancharía el piso del atrio y los jardines, después de la entrada violenta de grupos militantes del oficialismo al Palacio Legislativo, un lugar donde entrar y salir amerita que la Guardia Nacional Bolivariana encargada de custodiarlo lo permita.

2. La intrusión no-oficial. Mientras en el hemiciclo se llevaba adelante una sesión extraordinaria, con la historiadora Inés Quintero como oradora de honor, llegó hasta el Palacio Legislativo un grupo de simpatizantes del gobierno con la aparente intención de intimidar. Aparente hasta que la amenaza creció y las hordas traspasaron el patio interno del Palacio Legislativo.

El ataque pareció pasar desapercibido para la televisión abierta y la radio. La razón es que, mientras tenía lugar el inicio del referido asalto a la Asamblea Nacional, por todos los medios de comunicación abierta se transmitía un desfile militar que días antes tuvo su propia espiral noticiosa, cuando voceros de la oposición llegaron a decir que las autoridades militares estaban considerando su suspensión.

Durante la alocución de Nicolás Maduro en el marco del desfile, el mandatario señaló que ordenaría una investigación en torno al hecho, señalando que le resultaba sospechoso. La intención de desvincular desde la vocería oficial el ataque al Capitolio del desfile puede generar varias lecturas, pero hay dos ejes interpretativos claros: el primero es que, al suceder en simultáneo, el desfile se plantea como el evento controlado a cargo del Poder Ejecutivo y la sesión extraordinaria pasa a ser el evento en caos a cargo del liderazgo opositor; el segundo tiene que ver con el sujeto político y el sujeto que recuerda: desde 2002, cuando una cadena de radio y televisión ocupa los medios mientras hay un suceso de violencia política, existe el temor de que la intención detrás de la sincronía sea ocultar algo, en este caso una arremetida contra el patrimonio, y la agresión grave a varios trabajadores, periodistas y diputados.

3. La custodia. Unos días antes de este ataque salió un video que se hizo viral. Allí se veía al Coronel Lugo, encargado de la seguridad de la Palacio Legislativo, empujando al Presidente de la Asamblea Nacional y sacándolo de un área del edificio. Después de un intercambio de palabras, Lugo remataba que bajo su mando militar se resolvían los conflictos como a él le daba la gana.

Quizás sea necesario repetirlo: entrar y salir amerita que la Guardia Nacional Bolivariana encargada de la custodia lo permita. Varias fotografías que circularon por las redes muestran a diputados heridos en el suelo del patio del Palacio Legislativo, con atacantes a su alrededor posando para el registro fotoperiodístico, mientras hay uniformados contemplando la escena.

Sin embargo, en esas mismas fotos destaca otro elemento, algo que quizás habría pasado desapercibido, de no ser por la torpeza comunicacional del Ejecutivo.

4. El Ministerio 2.0 y la referencia calcada. A pesar del black-out informativo, las imágenes provistas por los medios digitales mostraron un nuevo elemento: buena parte de los atacantes parecía haberse esforzado para hacer resonar las referencias visuales del ataque a la Asamblea Nacional con las imágenes que se han visto durante casi cien días de protestas y la llamada “resistencia”, al menos a través de vestimenta e implementos.

Después de los ataques, este elemento se convirtió en el objeto comunicacional del Ministro de Comunicación e Información. A través de su cuenta personal (y mediante una estrategia de interpretación semiótica tan simple que despierta suspicacias) se dedicó a comparar el look de los atacantes del Palacio Legislativo con la apariencia de los manifestantes opositores, como quien ha calcado una referencia ajena y desea subrayarla.

Se pretende activar una maniobra orwelliana: tomar una estética, convertirla en argumento político y agitar la ya manida estrategia del contraste social: si son del este son libertadores, pero si son del oeste son colectivos armados, marcando que tal cosa es la lectura opositora aunque “luzcan iguales” o parezcan estar haciendo lo mismo. Sin embargo, la maniobra del calco referencial queda inconclusa cuando el elemento más noticioso de las manifestaciones opositoras permaneces ausente: la represión.

Mientras difunde el contraste estético y simple, el ministro deja de lado algo que quienes atacaron el edificio de la Asamblea Nacional mantenían en condición de secuestro a unas trescientas personas y esa circunstancia se mantuvo durante horas, sin despertar la reacción de ninguna fuerza de seguridad pública. Y, al no haber represión contra los atacantes, el intento de calcar las referencias de la resistencia opositora queda trunco.

Minutos después hubo un esfuerzo evidente por conseguir (y “comunicar”) testimonios de algunas víctimas, algunos atacantes que hubieran perdido en la pelea cuerpo a cuerpo. Pero fueron pocos y todos resultaban menores frente a la sangre y las heridas del bando opositor.

5. Sangre en el Capitolio. Si bien la violencia y las armas pueden generar un efecto intimidatorio en la política, cuando ese miedo no es acompañado desde el Poder con una batería de incentivos y soluciones, lo único que genera es un rechazo potencial, invisible, latente.

Quizás por eso la sangre que se vio en el Palacio Legislativo replantea el tablero político de una manera sutil, pero diferenciadora. Por ejemplo: una estrategia mal comunicada, como la del evento con intención plebiscitaria que la oposición plantea para el 16 de julio, puede empezar a despertar el interés de quienes empiecen a entenderlo como una acción de catarsis y capitalización política. Al mismo tiempo, toda la campaña oficialista que ha intentado vincular a la constituyente con la paz y el diálogo se viene abajo por la vinculación directa de hechos que el discurso oficial llevó adelante, desde su principal vocería ejecutiva.

Y en ocasiones la propaganda no es suficiente.

La propaganda, para ser efectiva, requiere de una alta credibilidad y de algún incentivo que haga que el miedo parezca un mal menor. Y el tren ejecutivo de Nicolás Maduro falló en cada una de esas direcciones. Incluso, siendo fríos y pragmáticos (a veces el análisis lo amerita), los diputados que resultaron agredidos con mayor gravedad hoy capitalizan un insumo político como la defensa del Parlamento, de las instituciones y, gracias al capital simbólico del efeméride, de la Independencia.

El Ejecutivo Nacional tuvo una triple oportunidad de capitalización política: el evento del Acta de la Independencia, el desfile militar y el ataque al Palacio Legislativo. El primero fue un intento legítimo, pero soberbio: al no ser capaces de llevarlo a cabo junto a autoridades legislativas (como fue durante años) pierden una oportunidad para “contagiar” la idea de su buena fe y su defensa del diálogo. El segundo fue un intento sectorizado, pero riesgoso: un desfile militar evoca la distancia del asunto civil y remite de inmediato a la idea de opresión vivida en las manifestaciones. El tercero fue un intento intimidatorio, pero acéfalo, donde perdieron la oportunidad de ejercer un liderazgo que calmara los ánimos y evitara que la oposición capitalizara políticamente la agresión. Así, lejos de demostrar disciplina política, el oficialismo estimuló una lectura de “pueblo rebasando a sus líderes” que en ocasiones también se lee en el terreno de la protesta opositora, argumentando cierta ignorancia y descontrol.

Buena fe, distancia, opresión e ignorancia. Es inevitable recordar una parte de esa Acta que muchos tuvieron delante y no pudieron leer. Y viene a cuento por esa singular virtud política con la cual Juan Germán Roscio cuidó la redacción de cada línea, tal como debe cuidarse todo lo que se escribe durante las transiciones:

“Los intrusos gobiernos que abrogaron la representación nacional aprovecharon pérfidamente las disposiciones que la buena fe, la distancia, la opresión y la ignorancia daban a los americanos contra la nueva dinastía que se introdujo en España por la fuerza. Y contra sus mismos principios, sostuvieron entre nosotros la ilusión a favor de Fernando, para devorarnos y vejarnos impunemente cuando más nos prometían la libertad, la igualdad y la fraternidad, en discursos pomposos y frases estudiadas, para encubrir el lazo de una representación amañada, inútil y degradante”

Este 5 de julio de 2017, 206 años después, una representación legítima de diputados electos por el voto universal y secreto de más de catorce millones de ciudadanos fue atacada de manera violenta por quienes intentan “encubrir el lazo de una representación amañada, inútil y degradante”, pues la constituyente propuesta por Nicolás Maduro no es sino eso: una representación amañada, inútil y degradante que decidió servir de excusa para un exceso que rebosó sus fuerzas y su credibilidad, manchándose de sangre ajena.

Y aunque el Acta de la Independencia parece recordarnos a menudo que hay manchas de sangre que no salen, también tiene el empeño de subrayar que hay gobiernos que sí. En especial aquellos que se benefician con la buena fe, la distancia, la opresión y la ignorancia.

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Disparan al pecho; por Willy McKey

Disparan al pecho como quien no quiere equivocarse. Bombas. Metras. Balas. Disparan al pecho como quien tiene miedo de descubrirse vacío el pecho propio. Como si ahí residiera toda la fuerza del otro, todo su impulso, toda su rabia. Disparan al pecho. La distancia de sentido que hay entre un héroe y un mártir es

Por Willy McKey | 19 de junio, 2017
Fotografía de Christian Veron para Reuters

Fotografía de Christian Veron para Reuters

Disparan al pecho como quien no quiere equivocarse.

Bombas. Metras. Balas.

Disparan al pecho como quien tiene miedo de descubrirse vacío el pecho propio. Como si ahí residiera toda la fuerza del otro, todo su impulso, toda su rabia.

Disparan al pecho.

La distancia de sentido que hay entre un héroe y un mártir es insalvable, enorme.

Aquí solemos obviar esa distancia a conveniencia del relato, de la épica. La profesora Michaelle Ascencio insistía en que tenemos un siglo diecinueve con demasiado filo.

Y ese filo puede hacer mucho daño.

Quizás fue ese filo lo que nos condujo a este extravío que es dejarnos caer en la lengua del otro, en las palabras de quien nos apunta, en sus maneras de nombrarnos. Por ejemplo: hemos cometido el exceso de darle a estos días de violencia un nombramiento en militar. Hablamos de patria. Hablamos de batallas. Hablamos de héroes.

Quizás es ese maldito filo lo que nos tiene aquí, doscientos años después, escondidos detrás de un espejismo que nos hace llamar héroes a quienes en realidad son nuestros mártires.

Tenemos más muertos que días de protesta, más enemigos que duelos posibles, más dolor que metas.

Y así no son las batallas.

Así son las masacres.

La frase es terrible.

Un disparo al pecho y diecisiete años.

Una oración que es capaz de resumir este largo descenso político hasta el martirio o la brevísima biografía de alguien que ha sido asesinado por la represión.

Breve. Simple. Feroz.

Diecisiete años y un disparo al pecho son demasiado.

Disparan al pecho, pero eso que quieren matar ya no está ahí.

Se ha mudado.

Toda la fuerza del otro, todo su impulso, toda su rabia.

Disparan al pecho como lo han hecho decenas de veces, con la complicidad de la cadena de mando, de los compañeros de la fuerza, de los funcionarios del Estado. Disparan al pecho y, mientras tanto, sus superiores apelan a la responsabilidad individual. Disparan al pecho mientras los dejan solos, haciéndose preguntas con el alarma todavía tibia en las manos.

¿Quién será el próximo mártir a quien le pondremos una medalla de héroe para aliviarnos el dolor y poder seguir?

¿Quién podrá llorar de una puta vez toda esta muerte que nos han atorado en el pecho durante semanas?

¿Quién podrá mantener su pecho a salvo cuando nos hayan vaciados a todos?

Gloria al bravo once (o “El fútbol que obliga a inventar palabras”); por Willy McKey

1 Hacer despertar a un país entero ya era una alegoría poderosa. El resto es un asunto de perspectiva. En nuestra biografía de espectadores, oímos sonar por primera vez el Himno Nacional de Venezuela en una final mundial de fútbol. No dejemos que se nos olvide ninguno de esos minutos. El tiro libre cobrado por

Por Willy McKey | 11 de junio, 2017

vinotinto

1

Hacer despertar a un país entero ya era una alegoría poderosa.

El resto es un asunto de perspectiva.

En nuestra biografía de espectadores, oímos sonar por primera vez el Himno Nacional de Venezuela en una final mundial de fútbol.

No dejemos que se nos olvide ninguno de esos minutos.

El tiro libre cobrado por Lucena durante el primer tiempo, después de dos paradadones de Wuílker Faríñez, pudo haber sido la jugada capaz de espabilar a quienes creían que seguían dormidos. Incluso a sus compañeros, sorprendidos por la audacia de ese tiro al arco que rozó la gloria. De ahí en adelante Herrera se mantuvo recuperando balones que transformaba en una nueva oportunidad para que Peñaranda demostrara la madurez alcanzada con esta nueva personalidad. La ubicuidad de Peña no consiguió el tiro al arco que merecía su visión de juego del primer tiempo y el peso parecía caer en los hombros del portero venezolano.

Y entonces llegó el gol de Inglaterra.

En el minuto 35, Calvert-Lewin supo del talento de Faríñez, quien no puede evitar que el rebote del balón lo llevara a los mismos pies que en un segundo chance sí atinaron al gol.

Y a los venezolanos el descontrol sabe tomarnos por asalto cuando el juego pierde balance: conocemos lo esquiva que puede ser la justicia.

Hernández y Velásquez recibieron un reclamo del incuestionable Faríñez, haciendo que la frustración no los sacara del único quicio urgente: la capacidad para entenderse, la vuelta al cauce y a las ganas de divertirse.

Es así como desde una recuperación de Herrera llega hasta Peñaranda una pelota que, en un tres contra tres, apresura un balonazo más cargado de esperanza que de tino. En el minuto 40, Faríñez volvió a demostrarnos que nunca habíamos tenido a una portero tan asertivo y ese nuevo paradón terminó en una jugada a balón parado en el minuto 41.

A Peñaranda le correspondió la soledad del tiro libre: buscando el palo del arquero, el peso de la jugada lo devuelve al campo y nos devuelve el aire.

Estuvo cerca.

El marcador los manda a los vestidores con el espíritu movido de lugar.

Los ingleses se van al descanso con la insatisfacción propia de la mínima diferencia.

Los venezolanos vuelven a los vestuarios preguntándose si el flinchy había sido un espejismo.

2

Cuando los seres humanos no sabemos nombrar algo que irrumpe en nuestra realidad, toca inventarse palabras que sirvan para poder sentirnos dueños de las cosas que tenemos en las manos.

El fútbol nunca nos había regalado algo así. El fútbol, ese deporte cuyos dioses nos han dado la espalda conviertiéndonos en los bichos raros de la región. El fútbol, esa madriguera llena de directivos que avergüenzan pero contrastan con esto que vivimos durante semanas.

El fútbol. El fútbol nunca nos había regalado algo así, pero ahora tenemos un relato hermoso que no necesita terminar en una victoria para tener sentido.

El fútbol.

Nuestro fútbol.

Este fútbol: el que flinchy.

3

Al campo salieron sin cambios. Ninguno de los equipos creyó necesario sacar del campo a alguno de los protagonistas.

Y un marcador de 0 a 1 no es ninguna verdad en el fútbol.

Quizás la variante más destacada era ver a Peña más por la izquierda y a Peñaranda convertido en una punta clásica. Después de una tarjeta amarilla a Velásquez, Soteldo empezó a calentar, poniendo en tensión la presencia de Córdoba durante el resto del partido. Después de una recuperación de Ferraresi, el inglés Tomori infligió una falta a Peñaranda que emparejó las amarillas y puso en evidencia que el muchacho los preocupaba. La Pantera intentaba solo y sin éxito por la derecha, hasta que Lucena metió un balón al área y un cabezazo equivocado de Tomori devolvió el alma al juego criollo.

Tres intentos ofensivos que terminaron en un remate desviado de Chacón. Fue su última jugada. Venezuela necesitaba más balones para Peñaranda y Solange, el 10 inglés, se empezaba a convertir en algo más preocupante que una amenaza. Y entonces Dudamel decide recordarle al mundo quién es el 10 vinotinto y Soteldo entra a cambio de Chacón. Córdoba se queda, aunque a los segundos falla después de un pase corto de Peñaranda en lo que fue la oportunidad más clara para Venezuela en lo que iba de juego.

La Vinotinto empieza a llegar. Soteldo genera situaciones. Son los mismos que jugaron contra los alemanes.

Un córner que llega hasta Herrera es detenido por Woodman, quien tiene que empezar a trabajar de más. Onomac chutó desde lejos y sin defensa que lo achicara, pero el palo bendijo todo el esfuerzo de Faríñez. Y le toca a Soteldo espantar el mal de su mitad del campo. La tarjeta amarilla para Dowell evidencia que a Inglaterra le cuesta parar a Venezuela y Tomori vuelve a tener problemas con el ímpetu inusual de Peñaranda, quien en dos ascensos por la izquierda lo reta. Ferraresi recupera un balón que llega hasta Soteldo. El 10 corre tanto que deja atrás a Peña y se encuentra solo ante la defensa inglesa. Apenas Peñaranda le sirve de apoyo, quien vuelve a apresurarse y falla hacia la pared de malla que devuelve el balón a Inglaterra en un saque de arco.

Se mantiene el marcador y uno podría jurar que está viendo crecer a estos muchachos ahí, encima de esa grama que sirve de escenario a sus angustias mientras el tiempo pasa.

Lucena y Soteldo recuperan balones que parecían imposibles.

Dos pérdidas de balón de Soteldo generan igual cantidad de peligros. El 10 vinotinto parece ausentarse y Dudamel empieza a experimentar en la banca, después de que Ferraresi y Solange tienen un choque que asoma algo de sangre en la cabeza del inglés que lo obliga al salir. Y entonces el DT venezolano decide quedarse sin la altura de Córdoba y hace que Sosa entre como segundo cambio.

Sosa, el héroe contra Uruguay, parece ser un escapulario: a los segundos de su entrada se pita un controversial penal a favor de Venezuela, en una falta contra Peñaranda. Pero el peso de los penales desarma hasta a los más experimentados: no hubo gol y Peñaranda no consigue empatar. Quiso hacer lo que funcionó contra Uruguay, pero Woodman lo detiene con un brazo apenas descolgado y el venezolano no puede recuperar el bote.

Nada rompe el marcador.

Es el fútbol.

Mientras tanto, los ingleses son diez. Solange no ha vuelto al campo e Inglaterra se cierra.

Venezuela es más, pero sin goles eso sabe a poco.

Se asoman los últimos minutos. Soteldo se extravía, aunque mantiene el toque. Peñaranda luce extraviado después del penal. Peña y Herrera pelean balones importantes. Todos los méritos son de los venezolanos, pero el gol los evita.

Cuando llega el balón parado para Lucena toman un segundo aire. Inglaterra insiste en cerrarse. Aún así le siguen llegando balones a Calvert-Lewin. Una falta sobre Sosa vuelve a poner el balón en tres cuartos de campo. No sólo llega Lucena: hasta Ferraresi está en la jugada.

Todos quieren un gol que la suerte no termina de sacarse el bolsillo.

Velásquez detiene avances ingleses en el área como si estuviera en su primer minuto. Peñaranda parece lesionado, pero sabe que le toca entenderse con Sosa. No lo logra. Y tras esa falla, Lucena detiene un avance que se vuelve un contragolpe que compromete a Woodman.

En ese tiro de esquina, hasta Faríñez sube al área. El cobro de Soteldo termina en los pies de un Faríñez que se equivoca, pero a quien nadie puede hacerle algún reproche. Vuelve al arco e intentan sorprenderlo un par de veces. El muchacho de Catia no se deja. Así que Woodman decide comer tiempo por su lado.

En los últimos segundos del tiempo reglamentario, Peñaranda sale con el peso de aquel penal encima y entra Hurtado. La frustración de Soteldo es evidente. Woodman sigue robando al reloj y el árbitro sólo suma dos minutos. Y Sosa vuelve a meter un balón hasta el córner.

Aquí no se rinde nadie.

Inglaterra está extenuada. Los venezolanos han dejado todo lo que tenían en el campo. Han hecho historia. Se termina el juego con la mínima diferencia.

Ganó Inglaterra.

No perdimos.

4

Que no se nos olvide ninguno de estos minutos.

Mientras en el país las calles se vuelven un lugar de sucesos y duelos, estos carajitos demuestran que podemos ser mucho más que el ruido.

Mientras los directivos y la historia de la Federación Venezolana de Fútbol sigue llena de manchas, estos carajitos demuestran que seguirán haciendo fútbol incluso a pesar de las vergüenzas.

Ver a una selección con una tradición como la inglesa haciéndole pasillo a La Vinotinto demuestra la dimensión de esto que vivimos: mientras Inglaterra gana una copa mundial y lo celebra, Venezuela gana algo que sólo sucede una vez en la historia del deporte: esto de hoy, esto sin nombre pero con alma, esto que flinchy.

Si usted sabe de fútbol, entonces estará de acuerdo en que sólo el título le queda a Inglaterra.

Todo el resto del fútbol es de Venezuela.

Son valientes y merecen la gloria de los héroes.

Hacer despertar a un país entero ya era una alegoría poderosa: el flinchy.

Gloria al bravo once.

El ministro Padrino López y el vocablo “atrocidad”; por Willy McKey

De todas las palabras que caben en el discurso de Vladimir Padrino López, “atrocidad” fue la que escogió para referirse a los hechos que han cometido varios guardias nacionales en la calle. Y “atrocidad” no es una palabra cualquiera. El adjetivo atroz, en sus orígenes, está vinculado con el luto. Es una palabra derivada de ater, el

Por Willy McKey | 6 de junio, 2017

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De todas las palabras que caben en el discurso de Vladimir Padrino López, “atrocidad” fue la que escogió para referirse a los hechos que han cometido varios guardias nacionales en la calle.

Y “atrocidad” no es una palabra cualquiera.

El adjetivo atroz, en sus orígenes, está vinculado con el luto. Es una palabra derivada de ater, el color negro y sin brillo de lo luctuoso que resultaba del humo negro de las quemas destructivas.

Atrocidad es una palabra que viene del humo, de ese humo que no deja ver.

Visto así, detrás de tanto humo, resulta lícito preguntarse qué mueve a un Ministro de la Defensa a decir “No quiero ver un guardia nacional más cometiendo una atrocidad en la calle”.

Aquí mismo, en Prodavinci, se han recogido testimonios vinculados con el ater, con el color del duelo. En uno de ellos un padre afirma que los destacamentos no han puesto a la orden de la investigación a los efectivos que asesinaron a su hijo. En otro, una mujer recuerda cómo aguantar el espanto de saber que a un ser querido le ha pasado una tanqueta por encima. En varios la muerte llega en forma de terror uniformado.

Hemos conocido el testimonio de quienes ya no necesitan de gas lacrimógeno para llorar, porque las fuerzas públicas los han obligado a vivir un funeral, uno de los ritos atroces que hemos padecido durante dos meses de represión.

Dos meses de atrocidades.

Y aquí de nuevo aparece el timing como un elemento fundamental durante las crisis políticas.

En las declaraciones del ministro Vladimir Padrino López hay una palabra mucho más pequeña que pone en evidencia la profunda deuda que implica decir “No quiero ver un guardia nacional más cometiendo una atrocidad en la calle”. Ese brevísimo adverbio: “más”.

¿Cuántas atrocidades tuvo que ver el ministro para no querer más?

Después de dos meses, utilizar la palabra “atrocidades” en el discurso oficial puede dar la impresión de que el ministro reacciona a los registros audiovisuales de efectivos robando.

¿Es eso lo único nuevo?

¿Es eso lo que despierta está advertencia?

Atroz es un adjetivo muy grave como para tomárselo a la ligera.

Según Padrino López, la conducta de un soldado venezolano debe estar dirigida a garantizar la paz, advirtiendo que quien “se aparte de la línea de Estado, de la preeminencia de los Derechos Humanos, el respeto de los Derechos Humanos” y que no se comporte “como un profesional”, debe “asumir su responsabilidad”.

Son dos meses de actuaciones, de videos, de denuncias y humo negro. Y desde hoy le resultan atroces.

¿Quién asume la responsabilidad de esas atrocidades cometidas hasta hoy?

¿Quién responde?

¿Quiénes son los responsables de las armas largas, de los casquillos de balas, de las lacrimógenas vencidas en la cabeza, en el rostro?

¿Algo comienza a cambiar, ministro?

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¿Cuáles son las implicaciones de las declaraciones de Padrino López?; por José Ignacio Hernández

La Fiscal Luisa Ortega y las lecciones de la familia Corleone; por Willy Mckey

Ver a la Fiscal General exigirle al Tribunal Supremo de Justicia una revisión de la sentencia donde afirman que Nicolás Maduro puede llevar adelante la elección de una asamblea constituyente, sin un referéndum aprobatorio previo, revive la alegoría que un par de días antes le escuchamos a Socorro Hernández, una de las rectoras del Consejo

Por Willy McKey | 1 de junio, 2017

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Ver a la Fiscal General exigirle al Tribunal Supremo de Justicia una revisión de la sentencia donde afirman que Nicolás Maduro puede llevar adelante la elección de una asamblea constituyente, sin un referéndum aprobatorio previo, revive la alegoría que un par de días antes le escuchamos a Socorro Hernández, una de las rectoras del Consejo Nacional Electoral, quien sostiene que los poderes públicos en Venezuela deberían estar funcionando como una familia.

Y algunos hijos parecen estar generando problemas.

Siendo textuales, la rectora dijo que:

“Sencillamente, en este momento, existe una figura de padre que es el Presidente de la República. Y existe una figura de madre que, muy probablemente, pudiéramos asociarla con una Sala Constitucional o con un Tribunal Supremo de Justicia. Y existen todos los hermanos que somos todos los Poderes que tenemos la responsabilidad en esa gran familia. Las decisiones que tomamos cualquiera de nosotros afectan a toda la gama de nietos, hermanos, tíos, sobrinos… absolutamente a toda la familia”

La intención retórica de una alegoría consiste en explicar algo difícil de concretar a través de situaciones o símbolos cotidianos, cercanos. La mayoría de las veces tiene una intención didáctica y suele pretender darle forma a una abstracción, a un concepto. Pues bien: Socorro Hernández y su flaco ejercicio alegórico durante una entrevista con el periodista Vladimir Villegas que ha despertado varios análisis suspicaces.

Sin embargo, analicemos esta alegoría desde una perspectiva distinta a la crítica inmediata. Es decir: abordemos esta alegoría desde un intento por comprender cuál es el universo representativo que intenta plantear Hernández: explicar la visión que tiene una rectora del CNE sobre la circunstancia actual que viven los poderes públicos en Venezuela, mediante su idea paternal y falocéntrica de la familia, donde el padre es quien manda.

Lo primero, lo obvio, es que la idea de ver al Presidente de la República como un padre de inmediato remite a una subordinación. Una subordinación que en una familia puede darse desde distintas regiones, yendo desde la obediencia y el afecto hasta la dependencia y las finanzas. Sin embargo, la singularidad está en que dentro de lo planteado por esta alegoría de la rectora Socorro Hernández aquello que es deseable en la familia falocéntrica se vuelve peligroso en la estructura del Poder.

La idea de unos hijos independientes no está delineada en la imagen retórica elegida por la rectora. ¿Por qué? Digamos que porque toda lectura de alegorías depende también del vínculo entre la retórica y el contexto. Y esta inusual descripción del Estado venezolano visto como una familia aparece en el imaginario de una rectora del CNE justo en medio de una escisión política que se ha evidenciado en la condena a la idea de una constituyente, algo que desde el discurso del Poder hoy es visto como una traición.

Una traición dentro de la familia.

Y cuando la Fiscal General le pide a la madre que revise sus sentencias, los otros hermanos (el CNE de Socorro Hernández incluido) sienten que una de las hijas ha ido contra la madre. Y es ahí cuando el aparato de propaganda se dedica a invisibilizar al traidor. Incluso, podrían emprender una estrategia capaz de obstaculizar y hacer hostil cualquier encuentro posible con la madre.

En el siglo XX, el imaginario cinematográfico occidental supo concentrar en los Corleone, la familia de la saga de Mario Puzo conocida como El Padrino, la máxima alegoría familiar del poder falocéntrico y sus traiciones. Aquello que parece ser una historia sobre mafias, en realidad es un viaje a través de las mutaciones que sufre el Poder cuando uno de los hijos debe ocupar el lugar (inabarcable) del padre. Es una historia de lo masculino en occidente y sus fragilidades. Es una historia sobre la familia convertida en una frágil guarida para protegerse de la crueldad del mundo.

La idea de los poderes públicos entendidos como hermanos, hijos de un mismo padre, y la traición de la hija-Fiscal recuerda una de las escenas memorables de la saga de Francis Ford Coppola, cuando Michael Corleone le dice a su hermano mayor Fredo “Eres un extraño: no eres mi amigo ni mi hermano. No quiero saber nada sobre ti. No quiero verte en los hoteles y menos en mi casa. Y si piensas en ir a ver a mamá, avisa un día antes para que yo no me aparezca por allí, ¿me comprendes?”

Una hija ha ido en contra de sus hermanos para pedirle a la madre que rectifique su complicidad con los caprichos del padre. ¿Ven? Enunciada así, sumando el imaginario Corleone, la alegoría de Socorro Hernández no parece ser tan descabellada.

En contraste, el CNE se convierte en una hija predilecta al obedecer el mandato de una constituyente son esperar ni alegoría TSJ ni consultar a la Fiscal: lo entiende como una orden del padre y logra cumplirla en dos meses, aunque ya haya dicho que hacer un referéndum revocatorio era casi imposible en nueve meses y que no había tiempo (ni dinero) para hacer unas elecciones regionales ordenadas por la Constitución, todo amparado en el silencio cómplice de la madre.

Siendo así, ¿entonces por qué ha incomodado tanto que, dentro de la familia, esa otra hija que es la Fiscal General de pronto no esté obedeciendo los deseos del padre, como ya había hecho en ocasiones anteriores?

Quizás la clave esté en otra frase célebre de Michael Corleone: “Estudiar Leyes es como una póliza de seguros”.

Algunos podrían entender que Socorro Hernández ve en la Asamblea Nacional a un hermano descarriado con el cual ya no vale la pena saldar las deudas pendientes, como los tres diputados de Amazonas, el referéndum revocatorio y el final del proceso de validaciones. Las elecciones de alcaldes y gobernadores son otra cosa: una suerte de capricho que se le cumplirá a la madre a destiempo, dándole una fecha que pone en evidencia que la prioridad es la constituyente. Es decir: el deseo del padre.

Ahora bien: una cosa es la Asamblea Nacional y otra muy distinta la oposición. Y aquí aparece una pregunta legítima: ¿dónde queda la oposición en este retrato de familia propuesto por Hernández como su visión de los poderes? En esta alegoría de la rectora, ¿debemos ver a la oposición como un hermano bastardo que, al ser hijo de otro padre, es tratado con desprecio por los herederos legítimos?

¿O es apenas “la otra familia”?

¿Es la oposición ese otro clan al cual podrían pasarse aquellos hermanos traidores?

¿Acaso la oposición, dentro del ejercicio retórico de Socorro Hernández, surge como la figura de un padrastro posible?

Si es así, al parecer a varios de los hermanos les hace ilusión la idea de que mamá le preste más atención a sus coqueteos. No tanto por unas ganas de cambiar de bando, sino para librarse de las consecuencias que tendrá la torpeza política que significa seguir adelante con el capricho de papá.

Y ahí es cuando la alegoría propuesta por Socorro Hernández resuena con una de las claves del imaginario del Poder y la familia logrado por Mario Puzo en El Padrino. Al parecer los políticos se comportan como los italianos: “piensan que el mundo es tan rudo que es necesario tener dos padres. Por eso todos tienen un padrino”.

En el fondo, esa necesidad puede interpretarse como la urgencia de tener algún poder al cual sentirse adherido.

En El Padrino, antes de que Luchessi sea asesinado, llega con la muerte un mensaje de Michael Corleone: “el Poder sólo agota a aquellos que no lo tienen”.

Y ahí aparece una clave que revela el peligro de la conveniente y demagógia alegoría de la familia elaborada por Socorro Hernández: la convocatoria a la constituyente hecha por el padre, consentida por la madre y secundada por esa hija predilecta que es CNE ha construido un escenario que parece estar servido para que una suerte de “amplia base” se concentre en la idea de defender la Constitución.

Y por eso lo que ha hecho la hija-Fiscal no ha sido justificar a la oposición ni manifestarle su apoyo, sino “defender la Constitución”.

Lo que el aparato propagandístico del partido de gobierno pretende reencuadrar como una traición fratricida, como una falta al padre y a la madre, no es otra cosa que uno de los poderes públicos manifestando su independencia.

Sumemos a eso que “defender la Constitución” también revela una posición segura, desde la cual pueden plantarse hoy cualquiera que milite en el lado oficialista sin correr con el costo político que trae consigo un radical salto-de-talanquera.

Y las grietas políticas que ha generado el liderazgo de Nicolás Maduro en lo que alguna vez fue el sólido bloque del chavismo han permitido este nuevo escenario político que deja ver lo que se nos había convertido en una rareza: una muestra de las dinámicas que puede generar la separación de poderes.

Alguien que ha decidido desoír aquel consejo de Vito Corleone : “Nunca digas lo que piensas a alguien que esté fuera de la familia”.

Y no hay que olvidar que la debacle de la familia Corleone llega justo cuando la política demuestra tener estrategias todavía más poderosas que las que había cultivado el crimen organizado y la fidelidad a las familias.

La buena noticia es que así han comenzado muchas transiciones en la historia universal del Poder: cuando una pequeña muestra de institucionalidad toma por asalto la agenda política.

Como aquí. Como justo ahora.

Un monstruo contra un violín; por Willy McKey

Hay imágenes poderosas que se quedan grabadas en el inconsciente colectivo para que podamos volver a ellas. Ver a un monstruo cerca de un violín, por ejemplo. En La novia de Frankestein, la película de 1935, cuando el monstruo sale del bosque oscuro lleno de la ira de quien ha sido maltratado sin entender el odio

Por Willy McKey | 24 de mayo, 2017
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Fotografía de Leo Álvarez

Hay imágenes poderosas que se quedan grabadas en el inconsciente colectivo para que podamos volver a ellas. Ver a un monstruo cerca de un violín, por ejemplo.

En La novia de Frankestein, la película de 1935, cuando el monstruo sale del bosque oscuro lleno de la ira de quien ha sido maltratado sin entender el odio ajeno, el sonido de un violín lo calma. Ese sonido está en la distancia, pero el monstruo consigue en esa música simple una guarida posible: la casa del hombre ciego que toca su instrumento. Al ser ciego, no se espanta cuando está cerca de la monstruosidad. Al contrario. Le da la bienvenida, lo invita a pasar. Y cuando se da cuenta de que será imposible entenderse en el mismo idioma, decide conducirlo a los territorios más simples de lo humano: el pan, el vino, la palabra y la celebración.

Uno de los seres más monstruosos imaginados por el ser humano está delante de un hombre indefenso y un violín basta para emparentarlo con lo humano. El instrumento despierta su curiosidad y luego lo acompaña hacia una humanidad posible: la celebración compartida entre un ciego y un monstruo que, antes de la música, eran extraños.

Una imagen poderosa. Tanto como para volver a ella. Hoy, por ejemplo.

¿Cómo no entender el arrebato de ese monstruo nuevo que, en medio de una de tantas protestas en Caracas, destroza el violín del muchacho que tocaba en las manifestaciones? ¿Cómo arriesgarse a que la música despierte en él o en algunos de sus compañeros alguna humanidad posible? ¿Cómo dejar que esa música sin letra, tan universal y conmovedora, vulnere el Frankestein sujetado por hilos que es toda represión?

El violín mártir es sintomático: el mismo día en que abalearon a estudiantes dentro de la UDO en Bolívar, el mismo día que la Fiscal General admitió que una de las bombas lacrimógenas de la Guardia Nacional mató a Juan Pernalete, el mismo día en que el TSJ le pasa factura a los alcaldes por la falta de disciplina política de ambos bandos, ese día un monstruo nuevo no sabe qué hacer cuando sintió el riesgo de que la música de un instrumento lo confrontara con su humanidad posible.

Si eso pasara (cuando eso pase) tendría que sentir mucha vergüenza al escuchar que fue él quien dejó ciegos a quienes pudieron darle pan, darle vino, darle algo distinto a un espejo capaz de reflejar sus costuras, sus terribles costuras de monstruo.

Sin embargo, antes de que esto pudiera ocurrir, el llanto del músico se hizo viral. Le ofrecieron una cantidad incontable de violines desde la trinchera virtual del 2.0. Mientras tanto, en algún cuartel hay un soldado que suma a su épica mínima haber vencido a un violín que ya tiene sustituto, una batalla difícil de contar con orgullo castrense.

Es raro el imaginario de la confrontación.

En la próxima manifestación habrá un muchacho tocando con un violín nuevo intentando que algo cambie. Algo. Así sea mínimo. También habrá un soldado transformado: ahora sabe que los violines resucitan.

Porque la música lo intentará de nuevo y él tendrá que oírla, así no le permitan caminar hasta esa casa donde los monstruos son transformados por lo humano.

#7M Cuando la música se manifestó contra la muerte; por Willy McKey

1 Magdalena Fernández. Tengan este nombre a mano. Es la mujer que va casi en el centro de un grupo de artistas plásticos y visuales que lleva la pancarta más llamativa de la concentración. Se acomoda un mechón que se ha vuelto blanco antes de tiempo y el rectángulo de tela cambia de altura. Uno

Por Willy McKey | 8 de mayo, 2017
Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

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Magdalena Fernández. Tengan este nombre a mano. Es la mujer que va casi en el centro de un grupo de artistas plásticos y visuales que lleva la pancarta más llamativa de la concentración. Se acomoda un mechón que se ha vuelto blanco antes de tiempo y el rectángulo de tela cambia de altura. Uno de sus compañeros señala a un rústico blanco sin identificación que forma parte del último grupo de automóviles que superan el semáforo que dirige el tráfico que sube desde Bello Campo hacia la Av. Francisco de Miranda. Quien lo conduce va más despacio que el resto. Logra quedarse rezagado y convierte aquellos versos de Blades en epígrafe: “No tiene marcas, pero to’s saben que es policía”. Termina de cruzar justo antes de que la concentración empiece a avanzar en dirección oeste, hora y media después de la convocatoria, como ya empieza a ser habitual.

Hoy Caracas se mueve en apoyo a los músicos. La cantidad de creadores, escritores, gente de tablas y artistas es enorme. Desde el primer paso la marcha empieza a sonar. Es un repudio desde el arte contra la violencia, contra la represión, contra la muerte.

Todos entienden que la represión ha sido la culpable del asesinato del joven Armando Cañizales, un violista perteneciente a eso que en Venezuela se conoce como “El Sistema”. El lamentable suceso ha adquirido una relevancia simbólica, sumándose al duelo por otro muchacho: Juan Pernalete. No es poco relevante lo que pasa en las calles: los asesinados ya son más de treinta.

Hay duelos resonantes: decir un nombre es decirlos todos. Y hoy se trata de sonar, pero sonar no siempre es un sinónimo del festejo.

Vinieron muchos músicos. Muchos. Las primeras melodías que son reconocidas por las voces colectivas revelan la naturaleza de esta avanzada: creadora y en contratiempo.

La gente canta.

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Salvo algunos efectivos de la policía municipal de Chacao y varios de Protección Civil, no hay ningún cordón de fuerzas públicas trazando alguna deriva. Un adolescente se acerca a una señora y le pide algo de dinero “para la resistencia”. El muchacho tiene una franela extra enrollada en su brazo izquierdo y los ojos rojos. Muy rojos. “Toma, ¡pero cuidado con una vaina! Miren que hoy la gente vino con sus niños”, le responde con doscientos bolívares en cuatro billetes de cincuenta. Él los cuenta y los transforma en un cilindro que va a parar en el bolsillo de un short de surfista, visiblemente dos tallas más grandes que la suya. Se le queda viendo a un niño que pasa en una bicicleta de plástico rígido y muchos colores por el otro lado de la avenida. Salta la baranda con doscientos bolívares más, pero su proeza atlética pasa desapercibida. El pequeño ciclista se ha convertido en el centro de todo: sonríe cuando le piden que pose para una foto, pero se concentra cuando le recuerdan que vea hacia adelante. Su vuelta al esfuerzo de pedalear aparece cuando ve que el carrito del heladero lo supera. Aquí cada quien decide contra quién compite.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

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Cuando el grupo que iba encabezando la marcha pasó frente a las obras en construcción que están antes de la Plaza El Indio, en Chacao, hubo una escena singular. Más bien una reacción distintiva y propia de la manifestación de este día: cuando pasó al trote el primero de esos improvisados batallones de jóvenes encapuchados no hubo alboroto, no recibieron esos aplausos cada vez menos habituales en sus avances por la autopista. Más adelante, cuando la marcha iba por el legendario edificio Galerías Miranda, el líder de los muchachos con el rostro cubierto ralentizó el paso, como quien espera una reacción que no llega. Incluso, el tercero de la fila empezó a hacer sonar su improvisado escudo, mientras el segundo aleteaba y veía alrededor, como cuando los jugadores de baloncesto buscan el apoyo en sus fanáticos. Nada. Ya a la altura del restaurante Don Corleone, la fila se vio forzada a desviarse de lo que hasta ayer era su carril exclusivo: el rápido.

Fernando, uno de los muchos cuatristas presentes en la manifestación, había concentrado a su alrededor a un grupo de personas que lo acompañaban en una versión coral y asfaltada de “La grey zuliana”. El grupo, entusiasmado con el canto, no se apartó ante la avanzada de la inflamable juventud. Se detuvieron, intercambiaron algunas palabras con esa gaita vieja pero terriblemente vigente como soundtrack y se fueron hacia la silenciosa acera, sentándose en el suelo justo delante de la santamaría de una piñatería.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

Es probable que la infantería tenga que verse forzada a tomarse el día libre: hoy no hay apetito para el humo.

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Aunque esta protesta pretenda un recorrido tan corto como el que lleva a la Plaza Alfredo Sadel, el recuerdo de la lacerante represión del 3 de mayo todavía escuece. Se siente la tensión al girar hacia El Rosal. Ahí fue donde se tendió la emboscada, pero un grupo de artistas se ha adelantado y desde hace rato hacen una suerte de pared de guardia en cada uno de los elevados que deben ser atravesados por debajo para poder llegar a Las Mercedes. “Quizás esto también haya que hacerlo en la marcha de mañana”, dice una de las muchachas del equipo del diputado Miguel Pizarro.

Una de las virtudes del arte es su capacidad para adelantarse.

Pizarro alguna vez formó parte de una agrupación de rock, “casi punk”. Es una parte pequeña en los recovecos simpáticos de su biografía, junto a toda su formación política. Un cuatrista se le acerca y le suelta los acordes de “Tin marín”, la canción que Alí Primera escribió a la memoria de unos músicos que fueron arrastrados por la corriente. El diputado se la sabe y, mientras la canta, le pasa el alcalde de Sucre, Carlos Ocariz por el lado derecho. Él y su equipo avanzan con más velocidad. “Tiene que cuadrar algo con el alcalde Blyde y ya está en la plaza”, dicen mientras el grueso del grupo pasa por debajo del elevado. En esa breve caverna, la gente aplaude, silba, suena. No es que canta ni que celebra: suena. El barullo podría parecer un alarido caribe, de esos que hombres y mujeres casi desnudos soltaban antes de una guerra o durante un duelo. “¡Esto debería ser una marcha en silencio, coño!”, reclama un muchacho que viste una franela son el escudo de su universidad. “Tranquilo, hermano, que la gente sabe que esto no es una fiesta… pero no le puedes pedir a todos estos artistas que no suenen: coño, es su idioma”. El diputado le pone la mano en el hombro al estudiante y, con apenas un gesto, le hace entender al muchacho del cuatro que la canción de Alí pueden terminarla más adelante.

Arriba, en el elevado, una pancarta enorme, negra con letras blancas, es soportada por gente de teatro. La tela dice #NoMásAsesinatosEnVenezuela. Andrés Schoelter, concejal del Municipio Sucre, se la señala a alguien de su equipo y una persona más vuelve a decir “Eso de tener gente ahí desde temprano puede ser útil para mañana”.

El arte y su capacidad para adelantarse.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

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Magdalena Fernández, habíamos dicho, sigue sujetando la pancarta en dirección a la Plaza Alfredo Sadel, junto a nombres como Isabel Cisneros, Lorena González, Oscar Lucién, Ricardo Benahim, Rosa Virginia Urdaneta. Sin embargo, Magdalena será la única que reconozca como suyas las dos esferas que se dejan ver a lo lejos y marcan el lugar de destino. Durante los últimos días de Henrique Capriles Radonski como Alcalde de Baruta, en 2008, se inauguró esa plaza con una obra de Magdalena Fernández como protagonista, una pieza con dimensiones monumentales, enorme y urbana, pero inconclusa. Cuando fue pensada para ese lugar, una hilera de inclinados mástiles metálicos iba a conformar una suerte de muro penetrable por los peatones, señalando el final de la plaza que iluminaban sus cromáticas esferas luminosas en lo alto. Alguien decidió conformarse con levantar los dos extremos de esa pared que ya no es. Y hoy, una vez más, Magdalena camina hacia su obra inacabada. Quizás sirva como una poderosa metáfora de esta lucha que los artistas manifiestan justo ahora: enorme, aunque inconclusa. Aun así, muy cerca, en uno de los escasos círculos de sombra que dan los árboles de la plaza, hay un hombre. Luce agotado. Lleva a su hija menor a caballo en los hombros y carga el estuche de la guitarra de su hijo mayor, quien acaba de devolvérsela e irse con el mandado de comprar un agua para su hermana. Cuando el padre decide bajarse a la niña de los hombros, la muchachita lo alerta “¡Mira, papá, una luna!” y señala la obra de Magdalena. “Una luna”, no “la luna”. “Sí, Diana. Una luna”. La niña se llama Diana. Otra luna.

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Rafa Pino y Edward Ramírez caminan encompichados. Los creadores de El Tuyero Ilustrado están terminando una gaita. Y eso los obliga a quedarse un poquito rezagados: necesitan escucharse. Aceleran el paso cada vez que se ven cerca del grupo de mujeres que lleva una pancarta donde se lee SOLIDARIDAD, el nombre del movimiento que hizo de Lech Wałęsa un referente global antipoder. Eso significa que van muy atrás y tampoco es que quieren perderse del grupo.

“¡Emergencia nacional / y es culpa de la derecha!” Aunque controlen las flechas/ y los arcos por igual./ OLP, CLAP y MERCAL / (para el control ciudadano)/ ¡Eso es pura paja, hermano,/ en esta crisis tan vil!/ Pero se aprueba un fusil/ para cada miliciano”

El fotógrafo Andrés Kerese se entusiasma con los coros. Terminan de repasar la gaita justo en la entrada de Las Mercedes, cuando se encuentran con Héctor Molina y un cuatro más. Muy cerca de ellos, el historiador Tomás Straka se percata de un mal chiste, una pésima alegoría: estacionado justo en la esquina que viene de la Av. Río de Janeiro, está un vehículo funerario que tiene las palabras “Sólo personal autorizado” rotuladas en el vidrio del copiloto. “La muerte como que de vez en cuando necesita autorización”, dice Straka desde sus casi dos metros de estatura con perspectiva histórica.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

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Detrás de la elevación que sirve de tarima, en una suerte de acalorado backstage, el alcalde Gerardo Blyde colabora con el orden. Ya Freddy Guevara había hablado y hasta cantó el arranque de “Venezuela”, esa canción que varios le atribuyen a Conny Méndez. María Teresa Chacín arrancó un aplauso parejito, pero todavía son muchos los artistas que desean subir, así sea a decir unas palabras o cantar algo. Pronunciarse. Aquiles Báez es quien dirige a los músicos que conforman la agrupación que suda y resiste el entusiasmado desorden: Miguel Siso, Eric Chacón, Héctor Hernández y Edward Ramírez. La productora Adriana Nunes, con la intención de coordinar los avances, apunta en un cuaderno quiénes son y en qué orden pasarán. Hay una consciencia política singular que se refleja en la seriedad de quienes se apretujan detrás de las cornetas, tanto que la animadora hace un chiste sobre el hecho de que Tomás Vivas decida quitarse la franela antes de cantar y no encuentra complicidad en ellos. Escalones más abajo, detrás del grupo de gente que se saca fotos con Henrique Capriles, el humorista José Rafael Briceño se sorprende con el chiste cuando lo escucha. Un mohín en su cara resume su opinión. De inmediato, durante los últimos versos del pasaje que ha decidido cantar el ahora descamisado Tomás, se incorpora el periodista Roland Carreño. “Bien variopinto esto, ¿no?” Muy cerca del lugar donde descansa el director de teatro Orlando Arocha, la cantautora Laura Guevara toma con su teléfono un registro que sumará a la manera en la que ha decidido documentar su participación en las acciones de calle. Termina el pasaje y Carreño aprovecha el aplauso para presentar a la maestra Lía Bermúdez, quien consigue un silencio atento para cada palabra. “¡Coño, Lía Bermúdez!”, se dice el papá de Diana a sí mismo. Bettsimar Díaz, la hija de Simón, prepara lo que quiere decir muy cerca de su sobrino, al tiempo que pregunta algo sobre su moto. A su lado, Williams Mora y un grupo de amigos cantan una fulía cortica pero con sustancia, mientras en la tarima Tabaire Díaz se acomoda para cantar. Ella decide recordar el duelo, subrayar que eso que nos convoca no debe decantar en un concierto más. Reconduce la corriente y, en las primeras de cambio, los animadores piden un minuto de aplausos para los caídos. Ahora canta Marina Bravo. Llega la rectora de la UCV. La tarde avanza. Uno por uno van tachándose los nombres en el cuaderno de Adriana. Gerardo Blyde entiende que todo está en sus rieles y camina en medio de la gente hacia una esquina privilegiada, cerca del Tolón. OneChot es quien levanta la cinta de seguridad para que el alcalde pase y luego se mantiene derechito y esperando su turno, al lado de los cuatristas y de Coquito. Betulio Medina rompe con una gaita a La Chinita y Laura Guevara se prepara para cantar una suya. Edward Ramírez y Rafa Pino cantan “El Aguacate” y pocas letras fueron tan apropiadas. Siguen sonando.

Variopinto esto, es verdad. Y eso es bueno.

Fotografías de Andrés Kerese

Fotografías de Andrés Kerese

Las sentidas palabras de los padres de Armando Cañizales fueron capaces de afinar cualquier emoción que quedara suelta. Y luego el “Alma Llanera” cantada al unísono como la melodía utilizada por las familias venezolanas cuando quieren que algo se termine, que cese, que pueda venir el silencio a quedarse un rato en nuestras cabezas, al menos el tiempo suficiente para reconocer que no es la rabia ni la venganza el paso que viene. Y, cuando eso pase, es seguro que habrá otra música, una que nos recuerde que la Justicia debe ser ciega, pero no sorda.

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La nostalgia del Defensor vs. Dos mujeres en el Líbano; por Willy McKey

Lejos de Caracas, a veinticuatro horas de la jornada con mayor represión, el Defensor del Pueblo recuerda delante de un auditorio cuando era diputado, cuando formaba parte de las comisiones de cultura, cuando no era gobierno. A menos de un día de que un joven fuera asesinado en Las Mercedes. A menos de un día

Por Willy McKey | 4 de mayo, 2017

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Lejos de Caracas, a veinticuatro horas de la jornada con mayor represión, el Defensor del Pueblo recuerda delante de un auditorio cuando era diputado, cuando formaba parte de las comisiones de cultura, cuando no era gobierno.

A menos de un día de que un joven fuera asesinado en Las Mercedes.

A menos de un día de que un blindado pasara dos veces por encima del cuerpo de Pedro Yammine.

Tarek William Saab lee las pausadas líneas de una remembranza bicameral que hoy podría parecer una evasión, un espejismo.

A menos de veinticuatro horas de que una protesta pacífica fuera atacada incluso por la retaguardia, impidiendo la retirada de los manifestantes, el Defensor del Pueblo se asoma desde un desierto por el cual insiste avanzar, sin defender a otro que no sea de los suyos, en Líbano.

Ésa es la escena.

Dos mujeres, una con la bandera de Venezuela invertida en señal de auxilio y la otra grabando la acción con su teléfono, intentan despertarlo del letargo discursivo con un grito: “¡Violencia!”

Más allá del lugar común del ciego que no quiere ver, nadie es tan difícil de despertar como aquel que está convencido de que no duerme.

Tarek William Saab se mantiene impávido, pero en la palabra se le nota que ha sido desgoznado, sacado de quicio. Calla unos segundos. Aguarda. Toma aire. Pretende seguir su discurso ahí, en la cuarta edición que tiene lugar en Líbano, mientras la mujer le pregunta dónde están los derechos de los venezolanos y grita que a su gente (a nosotros) nos están matando.

Y entonces lo hace: habla.

Deja que se lleven a esas mujeres que no se callan sin darse por enterado. Su única acción es el silencio. Hasta que decide retomar la idea. Dos mujeres con la bandera de su país son sacadas del auditorio y él no levanta la mano, no pregunta. Decide seguir el hilo del discurso. Mantiene el tempo. La cadencia recitativa.

Pero algo lo delata: las ideas ya no avanzan, se ha quedado en un loop que insiste en recordarle a los presentes que él habla de otros tiempos, que se concentren en la fecha que quiere recordar, no en el ahora.

Es una Sherezade sin razón, un cuentacuentos que teme que la audiencia se distraiga pensando en esta interrupción, en esas dos mujeres que gritan.

Vuelve a decir que era diputado. Vuelve a decir que era un sistema bicameral. Vuelve a decir que formaba parte de la comisión de cultura. Pero ahora todo esto suena como una excusa, como un extravío, como un intento desesperado de hacer ver que no siempre ha estado del lado del Poder, que alguna vez estuvo despierto. Antes. No hoy. No ahora. No con el grito de la mujer.

Su discurso no avanza en las ideas mientras se las llevan, pero mantiene la apariencia. Y la apariencia en un discurso público no es otra cosa que un ritmo, asunto de estilo.

¿Y para qué insistir en lo aparente así sea necesario repetirse? La naturaleza de la palabra apariencia indica que hay algo debajo que no vemos, algo escondido.

Durante años, la propaganda de la Revolución Bolivariana en el extranjero fue la mejor defensa ante los organismos multinacionales y las instituciones defensoras de los derechos civiles. Fue una de las formas más eficaces de invertir la renta petrolera. O al menos una de las que le dieron más rédito.

Sin embargo, la voracidad de la corrupción hoy ha vaciado las arcas y el gobierno venezolano sigue insistiendo en hacerle creer a su militancia que cuarenta dólares por barril es poca cosa.

La diplomacia petrolera ya no es una estrategia sustentable. Así que toca contar cuentos.

Lo que intenta el Defensor del Pueblo ahí, en la soledad de ese podio y enfrentando a una mujer que grita, es ignorarla, pero es imposible. Existen protocolos para este tipo de eventos y debe haber resultado visible para los presentes cuando los dos trabajadores que se llevaron a las mujeres hicieron su entrada.

Y es ahí cuando el Defensor del Pueblo deja que dos extraños se lleven a dos mujeres, quizás connacionales, que llevan la bandera del país que debería estar representando.

Ni una pregunta. Toma aire. Y sigue.

Las mujeres salen sin violencia. De fondo se oyen las mismas palabras que Tarek William Saab decía cuando el primer grito.

Que alguna vez fue diputado.

Que alguna vez hubo un Poder Legislativo bicameral.

Que estaba en las comisiones de cultura.

Se repite a sí mismo, buscando el riel, buscando el cuento que traía, el hechizo de Sherezade.

Afortunadamente para este análisis, la mujer que gritaba siguió grabando.

Si no lo hubiera hecho, habría sido imposible que se oyera a uno de los trabajadores decir “Venezuela” como si supiera a lo que se refiere la mujer cuando dice “My people is dying”.

Cuando ella lo nota, les reclama afectada: “¡Entonces díganlo!”. Y el único argumento que consigue el hombre para reconfortarla es “Somos mexicanos”.

Así: “Somos mexicanos”.

En plural y sin una chequera de petróleo que haga dudar de la legitimidad de la frase.

Ese “Somos mexicanos” es otro tipo de diplomacia: la del dolor, la del pueblo asediado por la violencia del Poder, la que aguarda justicia.

Un mexicano le dice “somos” a una mujer libanesa con la sangre puesta en Venezuela. Lo hace mientras el Defensor del Pueblo se repite como si no pasara nada, como si hoy nada doliera.

Y todo esto llega a nuestros teléfonos cuando todavía llevamos en el cuerpo la resaca de ver al presidente y al ministro de cultura bailar, mientras una manifestación pacífica era reprimida; mientras un blindado aplastaba a un joven e insistía en sus costillas, mientras un muchacho era asesinado en Las Mercedes.

Afuera, aunque el cuentacuentos se esfuerce en repetirse, alguien nos dice “somos” y no “soy”.

Y en esa viceversa es donde se diferencia la verdad de la apariencia: cuando el Poder dice “soy” no dice “somos”, pero cuando el dolor dice “somos” es porque hemos llegado demasiado lejos.

Y ya sonamos. Lejos. Doliendo.

La carta de Yibram Saab a su padre el Defensor: miedo y memoria; por Willy McKey

1 La carta del estudiante universitario Yibram Saab a su padre Tarek William Saab, titular de la Defensoría del Pueblo, no escapa de la distancia insalvable que obliga a escribir, a poner en un papel lo que quisiéramos decir de otra manera… pero no se puede. Cuando se escribe una carta, el remitente asume que

Por Willy McKey | 27 de abril, 2017

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La carta del estudiante universitario Yibram Saab a su padre Tarek William Saab, titular de la Defensoría del Pueblo, no escapa de la distancia insalvable que obliga a escribir, a poner en un papel lo que quisiéramos decir de otra manera… pero no se puede.

Cuando se escribe una carta, el remitente asume que lo que dirá trae implícita una distancia, algo que le impide estar presente frente al otro, mirar a los ojos al destinatario.

Y muchas veces la distancia que impide decir las cosas cara a cara no está determinada por los kilómetros, sino por cosas como el miedo y la memoria.

Toda carta es un abismo.

Toda carta es un sustituto de nosotros mismos intentando superar ese abismo.

2

Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, fue poeta. Como escritor debe tener la referencia de una de las cartas más importantes en la historia de la literatura del siglo XX. Se trata de una misiva que nunca llegó a su destino y que también fue escrita por un hijo varón: la Carta al padre, de Franz Kafka, un clásico para entender desde el arte de la palabra las relaciones masculinas en los complejos territorios de lo paterno-filial.

Esa carta empieza así:

“Querido padre: Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe qué contestar, en parte por ese miedo que me provocas, y en parte porque son demasiados los detalles que lo fundamentan, muchos más de los que podría expresar cuando hablo”

El miedo y la memoria también son distancias.

También separan.

¿Qué debe sentir un escritor al recibir una carta de su hijo que le recuerda la fiereza, la indignación de la carta de Kafka a su padre?

3

Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, fue militante. Sabe que un enemigo político es capaz de ridiculizar la honestidad de tus acciones. La determinación con la cual el joven Yibram le advierte a su padre (y a nosotros) que nadie lo está amenazando es relevante por una razón: evidencia su miedo a ser tergiversado. Y, acto seguido, Yibram afirma: “Hago esto motivado por los principios y valores que me enseñó mi papá. Cosa por la cual te agradezco”.

Esa última frase la dice viendo a la cámara, orgulloso: “Cosa por la cual te agradezco”.

Yibram reacciona desde su memoria individual, íntima. Se enorgullece de un aprendizaje instalado en la memoria, felizmente recordado.

No sólo sabe lo que dice: está seguro de que su papá también lo sabe.

Y tendrá que creerle.

¿Qué debe sentir un padre que sabe que adentro de su hijo hay tanto miedo?

4

Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, se especializó en Derechos Humanos. Como activista, sabe que cuando el Poder decide reprimir a través de las fuerzas de seguridad, todo cómplice corre el riesgo de terminar involucrado históricamente en crímenes que no prescriben. Por eso es tan importante cuando Yibram, estudiante de Derecho, le hace saber a su padre cuál es su posición ante la crueldad policial:

“Condeno la brutal represión por parte de los cuerpos de seguridad de la Nación, de la cual fui víctima el día de hoy como también lo fue Juan Pablo Pernalete, de veinte años de edad, estudiante universitario a quien le quitaron la vida debido al terrible e inhumano uso de los gases lacrimógenos, luego de que sufriera un impacto en el pecho. Ése pude haber sido yo”

Ese joven pudo haber sido él.

Eso dice.

En una línea, Yibram invita a su padre a dejar de lado su investidura de Defensor del Pueblo para asumir, de manera condicional, el dolor. Lo invita a que se atreva a imaginar su cuerpo impactado por una bomba de ésas que nadie debería recibir en su pecho, ni en su cráneo ni en su historia.

Yibram, el primogénito del Defensor, le recuerda a su padre que él pudo haber sido el muerto. Estaba en la misma masa que la Defensoría del Pueblo pretende invisibilizar. Estaba del lado de esos a quienes el discurso oficial ha decidido etiquetar como terroristas. Estaba ahí.

Yibram, el hijo del Defensor del Pueblo, pertenece a ese grupo de personas que todavía no ha podido llegar hasta la Defensoría del Pueblo, en un ejercicio legítimo de protesta.

¿Qué debe sentir un padre que sabe que hay policías reprimiendo a su hijo, impidiéndole llegar hasta su oficina?

5

Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, fue padre. Como cualquier otro padre, está orgulloso de su hijo mayor, del hombre que ha criado. Se lo ha hecho saber a propios y extraños: cree que su hijo es un hombre noble. Incluso alguna vez lo habrá dejado por escrito.

En las cartas que puede haber entre un padre y un hijo es inevitable que se nos escapen cosas a quienes somos ajenos a esa conversación entre dos.

Los miedos. Las distancias. Las expectativas.

En la carta que Yibram le lee a su padre Tarek hay un momento que quizás sea el más importante, aunque también sea el más oscuro para el análisis, porque es una frase que deja por fuera al resto de nosotros.

“Papá: en este momento tienes el poder de poner fin a la injusticia que ha hundido al país. Te pido como hijo, y en nombre de Venezuela, a la cual tú sirves, que reflexiones y hagas lo que tienes que hacer”

Este pedido se basa en algo que une al hijo con el padre. Algo secreto e íntimo. Una frase como “haz lo que tienes que hacer” no es una demanda, sino una orden que alguien imparte desde la confianza, desde el amor de quien sabe que el otro lo entenderá.

En la petición de Yibram no hay demandas.

No las necesita. No cuando el hijo tiene una sola expectativa, secreta para nosotros pero evidente para él y otra su padre: “que reflexiones y hagas lo que tienes que hacer”.

¿Qué debe sentir un padre cuando la única expectativa que tiene su hijo mayor sobre su comportamiento puede cambiar la historia del país que él mismo le ha negado?

6

Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, fue lector. Y todo lector corre el riesgo de tropezar alguna vez con una de esas citas mordaces que le atribuyen a Oscar Wilde. Por ejemplo: “De pequeños, los hijos quieren a sus padres; de mayores, los juzgan, rara vez los perdonan”.

En su video, Yibram se encarga de convertirse en la excepción del último tercio de la frase de Wilde: “Te entiendo. Sé que no es fácil. Pero es lo correcto”

¿Qué debe sentir un padre que sabe que su hijo protesta en su contra, pero todavía alberga la esperanza de que haga algo?

7

Toda carta es un sustituto de la voz.

La carta de Yibram no es un documento memorable, pero sí es un gesto de valentía, así como también de miedo y de distancia.

Conoce al destinatario como ninguno de los otros ciudadanos puede conocerlo. Por eso su reclamo puede llegar hasta instancias mucho más íntimas y eficaces que cualquier bomba molotov lanzada con la rabia inocente de un muchacho contra un blindado que lo acecha.

La carta de Yibram le ha demostrado a un país entero que es capaz de llevar adelante acciones nobles, como ésas que refería su papá cuando tuiteaba sobre él. La carta de Yibram puede hacernos creer que, al menos una vez, Tarek William Saab no nos mintió.

Horas antes de que Yibram hiciera público el video donde lee la carta a su padre Tarek William Saab, el Defensor del Pueblo le soltó una frase a la prensa que hoy se vuelve en su contra:

“Ir a la Defensoría a entregar una carta raya en calificativos que no voy a decir porque soy educado”

Y ahora, qué paradoja, es probable que el Defensor del Pueblo no consiga los adjetivos que antes le sobraban.

Además del peso de lo dicho, hoy el Tarek William Saab escritor, militante, activista, padre y lector deberá cargar con el peso de la sangre. No el peso de la sangre derramada: el peso impuesto por la sangre de sus venas, pues esa sangre ha decidido despertar y mostrar su reclamo de coherencia.

¿Qué debe sentir un padre que sabe que su hijo estaría dispuesto a perdonarlo sólo si hace lo correcto?

#SalimosDelGuaireLimpiosDeConciencia; por Willy McKey

En ocasiones, para no dejar que la emoción intoxique un texto, lo mejor es repasar los hechos uno por uno y en orden. Suele ser lo más conveniente para las ideas. Uno de los rumores que corrió la noche del 20 de abril de 2017 hablaba de unas supuestas luces antiaéreas ubicadas en Miraflores. No

Por Willy McKey | 21 de abril, 2017

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En ocasiones, para no dejar que la emoción intoxique un texto, lo mejor es repasar los hechos uno por uno y en orden.

Suele ser lo más conveniente para las ideas.

Uno de los rumores que corrió la noche del 20 de abril de 2017 hablaba de unas supuestas luces antiaéreas ubicadas en Miraflores. No era tal cosa. El efecto era generado por unos enormes reflectores ubicados en el centro de Caracas, como anuncio de que el gobierno iba a inaugurar en el Teatro Municipal un festival a como diera lugar.

El Teatro Municipal tiene una historia vinculada con el culto a la personalidad, como la mayoría de los edificios afrancesados que la capital le debe al dictador Antonio Guzmán Blanco. Sin embargo, en esa historia menor que tiene todo teatro caribeño, llama la atención que la obra con la cual se inauguró fue Il Trovatore, de Verdi. El tema sería aplaudido por Guzmán, ese claro ejemplo del autócrata ilustrado que supo disolver más de un alzamiento mientras estuvo en el Poder.

Il Trovatore es una ópera cuyo argumento se basa en una obra de teatro de Antonio García Gutiérrez y cuyo eje es un episodio de la historia de Fernando de Aragón que en catalán se conoce como “revolta del comte d’Urgell”: un levantamiento que fue sofocado rápidamente, cuando el Poder decidió impedir que las bases se comunicaran entre sí.

El festival se inauguraría en el Teatro Municipal. Sin importar que en algunas esquinas de esta misma ciudad hubiera gente asfixiada por bombas lacrimógenas. Sin importar la tensa calma de cada tarde en las zonas populares donde cuerpos de seguridad y paramilitares asustan con una violencia apadrinada. Sin importar que varias familias estuvieran arrancando sus novenarios.

Un conjunto de agrupaciones decidieron retirarse del festival y emitieron un comunicado. El gesto fue considerado suficiente por algunos, pero una acción del Ministerio del Poder Popular para la Cultura replanteó el escenario: durante la misma noche en la cual se reportaban sucesos violentos en la Av. Victoria, en El Valle, en el pueblo de Baruta, la cuenta oficial del ministerio decidió sumarle a cada mensaje el hashtag que etiquetaba como estiércol a los manifestantes opositores que se vieron forzados a cruzar el río Guaire escapando de la represión policial el pasado 19 de abril: #AlGuaireLoQueEsDelGuaire.

Una importante cantidad de creadores condenó el hecho de inmediato y denunció la acción ofensiva, denigrante. Era inconcebible que la cartera ministerial que debería velar por nuestra capacidad creadora, por nuestra identidad, por aquello que aún con las diferencias políticas debería convocarnos a todos, insistiera en una vergüenza iniciada por el partido de gobierno y retuiteada por el primer mandatario: referirse a un grupo de ciudadanos asustados como excremento, como mierda.

La acción del arte vivo aguardó. Y durante la inauguración de un festival que no se detuvo, como si en la ciudad no estuviera pasando nada, un grupo de artistas de los que se retiraron de la agenda cultural propuesta por el gobierno, se paró delante del Teatro Municipal, en la simple acción de desplegar una pancarta para responder a aquel hashtag macabro con otro: #SalimosDelGuaireLimpiosDeConciencia

El festival seguirá. Seguirá sin que el nuevo hashtag sea visto en la esquina de alguna pantalla de la televisión abierta, sin que la pancarta pueda contar con la enorme plataforma del sistema de medios públicos, sin que ningún ministerio lo incluya en su programación.

Aunque al final de su vida política Antonio Guzmán Blanco tuvo como oposición a una irrepetible generación de intelectuales y líderes estudiantiles, el único enemigo político que pudo sacarlo del Poder fue su salud. Varios dictadores han tenido una longeva biografía política, y la muerte de alguno que otro ha sido motivo para suspender eventos culturales. Incluso en otros países.

Y aquí es inevitable pensar que el Suena Caracas fue suspendido por la muerte de Fidel Castro, por usar el ejemplo más a mano.

Pero al parecer el asesinato de ciudadanos comunes, la violación de los derechos humanos de los manifestantes, e incluso los intentos de rebelión militar de conspiraciones denunciadas por el mismo gobierno, no parecen razones suficientes para frenar el ascenso del telón.

Y aquí es inevitable pensar en que durante la tragedia de Amuay, una de las frases de Hugo Chávez Frías fue aquel incómodo “Lamento lo sucedido, pero el show debe continuar. La vida debe continuar”.

Del lado oficial, mientras el grupo de artistas sostiene la pancarta con el nuevo hashtag dedicado al río pútrido de Caracas, la vocería oficial de la Alcaldía de Libertador se limita a responder desde la retórica.

Y es innegable que quedan bien parados: para eso es la retórica. La autoridad municipal aprovecha el lugar de enunciación de quienes en algún momento aprobaron la participación de estos grupos que ahora se retiran.

Y así aprovechan una fragmentación lógica.

Habrá quienes digan que las agrupaciones no debieron retirarse, sino aprovechar el espacio. Habrá quienes estimen que nunca debieron haberse postulado a un evento organizado desde el Poder. Habrá quienes crean que haberse postulado y retirarse luego fue lo correcto.

En ocasiones lo único que mantiene a un individuo en el Poder es la incapacidad que tienen las bases para comunicarse entre sí. Tal como sucede alrededor de la música y las voces en Il Trovatore de Verdi. Tal como sucede en la historia de los pueblos. Tal como sucede en la cultura.

Sin embargo, hay asuntos indefendibles, como un ministerio entero ofendiendo a los conciudadanos (y espectadores) de quienes siguen en la parrilla de programación del festival de teatro y de quienes decidieron retirarse.

No habrá quien celebre esa vergüenza.

Si algo debe celebrarse de esta acción viva es que el arte decidió ausentarse de los escenarios, porque al parecer sabe que debe seguir operando en la calle.

En contextos como el que vive Caracas este abril, las ideas demandan algo que va mucho más allá del cliché de que el artista deje de serlo con la excusa de ser ciudadano. La historia de la lucha política del arte está llena de ejemplos donde lo que hace el artista es crecer y atreverse a abrir las ventanas hacia aquello que Brecht llamaba “lo justo” y disponerlo para los ojos de todos.

En especial para los ojos del Poder.

Porque lo que ha salido del Guaire no volverá al Guaire.

Ya no.

Lo que ha salido del Guaire es mucho más que manifestantes empapados por la corriente podrida.

Lo que ha salido del Guaire es mucho más que un grupo de artistas empapados por la lluvia.

Lo que ha salido del Guaire tiene otra forma y otra temperatura.

Ya los creadores empiezan a asumir la responsabilidad de abrir las ventanas que nos permitirán avistarlo: tomar lo que ha salido del Guaire y hacerlo memorable.

Uno por uno. Y en orden.

¿Mierda?; por Willy McKey

0 Un grupo de personas se arriesga a atravesar la endeble estructura de servicios para salvarse del estiércol, pero no todos caben ahí. Ya hay algunos que lograron cruzar y ahora deben superar la pendiente y confrontar a los efectivos que están en la otra orilla. Un grupo pequeño, en la imagen parecen ser cinco, se

Por Willy McKey | 19 de abril, 2017

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Un grupo de personas se arriesga a atravesar la endeble estructura de servicios para salvarse del estiércol, pero no todos caben ahí. Ya hay algunos que lograron cruzar y ahora deben superar la pendiente y confrontar a los efectivos que están en la otra orilla. Un grupo pequeño, en la imagen parecen ser cinco, se sujetan de los hombros e intentan superar la corriente pútrida. Otro grupo más pequeño está a punto de cruzar, pero se sujetan de una sola mano. Varios de quienes ya cruzaron se han virado, miran hacia quienes vienen detrás de ellos. Del lado derecho de la imagen están quienes todavía no saben cuál es la manera correcta de entrar en ese río para salvarse.

El miedo sólo podrá transformarse en asco allá, en la otra orilla.

¿Cuán cruel debe ser la represión para que unos manifestantes conviertan las aguas del río podrido que atraviesa Caracas en la única guarida, el único resguardo? ¿Cuán feroz puede ser el ataque como para que quienes huyen de aquello prefieran hundirse en la mierda?

1

Carlos estuvo ahí. Él atravesó el río. Tuvo que hacerlo huyendo de la represión con bombas lacrimógenas con las cuales las fuerzas públicas impedían que la marcha avanzara hacia la Defensoría del Pueblo. Carlos cuenta que tuvo una sensación que nunca antes había tenido. Algo nuevo en el cuerpo. Tenía que salvarse y se lanzó al río. Se quitó la franela que llevaba para empaparla y la usó para aliviarse el ardor en los ojos, la nariz, el rostro. “Agradecí el agua podrida”. Luego caminó unos cien metros con la corriente llegándole hasta la cintura. Dice que mientras corría hacia el río vio ancianos que no sabían qué hacer. Gente indefensa, sin armas, que sólo quiere llegar una vez hasta la Defensoría del Pueblo como si la ciudad también fuera de ellos. El fondo del río es muy resbaloso. Y la corriente estimulada por todas las cloacas de la ciudad es fuerte. Muy fuerte. “Es mucha mierda”.

2

El Partido Socialista de Venezuela difundió un meme cruel, macabro. Utilizó la misma foto de los manifestantes espantados hasta el punto de atravesar el río Guaire y le colocó un texto encima: “A Dios lo que es de Dios. Al César lo que es del César. Al Guaire lo que es Guaire” [sic.]. Usaron un hashtag para corregir la falta: #AlGuaireLoQueEsDelGuaire.

Ver el mensaje podría movilizar a cualquiera a preguntarse si ése era el espíritu de la militancia o si esta acción dos punto cero debía tomarse como una línea del partido. En segundos, en lo que parece una broma pesada de los bots, el Poder convertía la ofensa en un anuncio oficial: la cuenta del presidente Nicolás Maduro hizo retuit automático del mensaje.

Existe una máxima del arte de la guerra que aconseja escoger muy bien a los enemigos, porque es posible terminar transformado en algo que se les parezca después de la última batalla. ¿Qué fuerza puede mover a un partido de gobierno hasta el extremo de tratar al contendor político como estiércol, como mierda?

3

Al Guaire lo que es del Guaire. En agosto de 2005, Hugo Chávez Frías invitó a quien todavía sigue siendo presidente de Nicaragua a bañarse en el río Guaire:

“El río Guaire será limpiado bajo mi gobierno y los caraqueños podrán navegar en él. […] Invito a todos a bañarnos en el río Guaire. […] Daniel Ortega, te invito a que nos bañemos en el Guaire el próximo año. La invitación es de la ministra [Jacqueline] Faría”.

Doce años después, el río Guaire sigue siendo un caudal de estiércol donde hacen vida indigentes, animales carroñeros y delincuentes. El dinero del presupuesto de la Nación y de entes como el Bando Interamericano de Desarrollo ha sido arrojado a las cloacas. Aun así, el partido de gobierno se atreve a confesar esta falta sólo por el brevísimo placer de ofender a sus contendientes políticos.

Así de escatológico.

Así de mierda.

4

Después de caer varias veces y sentir el agua alcanzándole la cara, Carlos consiguió unas cabillas enterradas en el falso lecho del río. Las usó como apoyo y así logró salir por el lado del Farmatodo. Ahí estaba la Guardia Nacional. Al salir, empapado y son el pecho descubierto, levantó las manos para que no le dispararan. Carlos dice que prefería entregarse antes que volver a cruzar el río. Los efectivos se rieron de él. Entre ellos se decían “Dispárale, vale. Dispárale”. Ahí pudo ver que estaba cerca del puente de servicios. Arrancó a correr y aún así seguía escuchando a los guardias. Cruzó el puente y escapó hacia la otra orilla.

Tiene la cabeza rota por culpa de un bombazo. No pudo ver de dónde vino la lata que lo golpeó.

¿Carlos cree que esto valió la pena? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo medir su experiencia con unas expectativas que jamás consideraron que tendría que hundirse en la mierda?

5

En diciembre de 2007, Hugo Chávez Frías decidió utilizar la forma vulgar de referirse al excremento y convertirlo en vocería oficial. Lo hizo recordando una mítica entrevista al político (y poeta) griego Panagulis:

“Oriana Fallaci [en Entrevistas con la historia] interroga a Alekos Panagulis, en un diálogo maravilloso. Él le dice: Mira, cuando te acerques a esos grandes símbolos donde está la historia reflejada… los grandes escudos de armas… tú te acercas en torno a los cuales hay leyendas y glorias de los hombres de la historia pasada… tú te podrás acercar a esos escudos de armas y podrás ver que hay como una herrumbre. El tiempo convirtió cosas, materias, en una herrumbre. Y eso tiene dos componentes: sangre y mierda

Aquella fue la primera vez que Hugo Chávez sufrió una derrota electoral. Nueve años después de esta alocución disruptiva, quienes en 2007 eran líderes estudiantiles llegaron a la Asamblea Nacional como diputados electos en la victoria electoral más reciente de la oposición.

Desde entonces no ha habido más elecciones.

“¡Eso es! ¡Mierda! Y aquí lo que hay es dignidad. Dejen quieto al que está quieto. Sepan administrar su victoria, pero ya la están llenando de mierda. Es una victoria de mierda”.

6

Una acción de calle nunca ha bastado para que un gobierno totalitario deje el Poder. Este tipo de acciones forman parte de lo que en la retórica política se conoce como “presión popular”. Y este tipo de acciones, por naturaleza, tiene objetivos concretos: demostrar capacidad para generar movilizaciones masivas, poner en evidencia los abusos de las fuerzas públicas y capitalizar el rédito simbólico de la acción para que los aliados naturales del Poder sientan que existe un nuevo equilibrio político.

¿Cómo puede medirse el éxito de una movilización como la del miércoles 19 de abril de 2017?

Haga el ejercicio de revisar los objetivos naturales de una acción como la convocada por la oposición. ¿Considera que, más allá del cerco mediático, la convocatoria fue exitosa y el liderazgo político acompañó a la militancia? ¿Considera que las acciones de las fuerzas públicas para impedir que la marcha llegara hasta la Defensoría del Pueblo fueron excesivas y desproporcionadas? ¿Considera que hubo nuevos elementos simbólicos involucrados, como presencia en territorios que antes no habían sido abordados por esta fuerza política? Finalmente pregúntese si esta acción puede motivar acciones similares capaces de las mismas conquistas, y usted podrá concluir si la acción tuvo éxito o no.

Ahora bien, notará que esta evaluación no tiene nada que ver con sus expectativas individuales ni con su experiencia singular de la acción de calle. Las expectativas individuales muy pocas veces están en completa sintonía con las conquistas colectivas. Y eso es bueno porque permite que los manifestantes siempre puedan exigir más al liderazgo y haya crecimiento político.

¿Y cómo saber si hay crecimiento político? También puede intentar medirlo mediante tres preguntas. ¿Siente que el colectivo ha aprendido algo? ¿Puede identificar elementos estratégicos nuevos que hayan sido exitosos? ¿Estaría dispuesto a acompañar una nueva acción convocada por las mismas fuerzas?

En efecto, una vez más la evaluación de una acción política no tiene nada que ver con sus expectativas previas a la marcha, sino con el análisis que haga después y con lo que pueda imaginar a partir del nuevo contexto político. Porque, aunque no es sencillo controlar nuestras expectativas, ésa es la única manera de prevenir el desgaste que genera la frustración.

Y, al menos para la oposición, repetir la receta de la frustración política en un clima político como el que ahora determina el rumbo político en Venezuela no sería sino eso: una mierda.

7

El mismo día en que su líder político hablaba de diálogo y paz, el partido se burlaba de la dignidad de unos manifestantes que sólo deseaban llegar a la oficina del Defensor del Pueblo, martirizados hasta el extremo literal de verse hundidos en excremento.

¿Qué significa que un pueblo esté dispuesto a atravesar el Guaire para seguir protestando, para manifestar su desacuerdo con el Poder, para salvarse?

¿Cómo leer que el liderazgo opositor, después de que parte de su militancia atravesara agua podrida, se atreva a convocarla para repetir el empeño de llegar a la Defensoría del Pueblo el día siguiente?

¿A qué puede tenerle miedo Carlos, después de haber cruzado el río dos veces para poder contarlo?

¿Qué habrá después?

¿Más mierda?

Quizás no la suficiente.

Al menos no tanta como ocultar que el partido de gobierno fue capaz de convertir el sufrimiento de un grupo de ciudadanos en un cruel juego de palabras, en un chiste escatológico, en una victoria de mierda.

Y eso no puede interpretarse sino como un estruendoso fracaso político, histórico.

¿Es esto el tiempo convirtiendo la revolución en herrumbre? ¿En sangre? ¿En lo mismo?

Nicolás Maduro, la memoria y los uniformes; por Willy McKey

¿A usted esta imagen no le recuerda nada reciente más allá del color caqui dominante? A algunos les puede resultar una escena mínima dentro de un recorrido accidentado, pero hoy hubo un quiebre político en eso que llaman “la narrativa” de Nicolás Maduro. Y tuvo lugar durante la celebración del aniversario de la Milicia Nacional

Por Willy McKey | 17 de abril, 2017
Fotografía de AVN

Fotografía de AVN

¿A usted esta imagen no le recuerda nada reciente más allá del color caqui dominante? A algunos les puede resultar una escena mínima dentro de un recorrido accidentado, pero hoy hubo un quiebre político en eso que llaman “la narrativa” de Nicolás Maduro. Y tuvo lugar durante la celebración del aniversario de la Milicia Nacional Bolivariana de Venezuela.

Es muy probable que el recuerdo que despierta la escena de la fotografía pasara desapercibida si los encargados de las comunicaciones hubieran dejado correr algunos días más. Quizás el asueto de Semana Santa nos hubiese reseteado la memoria, si no fuera por los monigotes de Judas adornados con huevos y vegetales estallados en Domingo de Resurrección. Pero eso no pasó. Hoy parece inevitable pensar en San Félix al ver en televisión a Nicolás Maduro a bordo de un vehículo descapotado y rodeado de gente que avanza a su alrededor.

Ésa es la reminiscencia. El mismo hombre. El mismo tipo de vehículo. El mismo afán mediático de verse acompañado. Todo en la escena es aparentemente igual. Sólo que ahora hay una variante evidente y (muy) controlada: la obediencia obligada por el uniforme.

El calco de la imagen, al menos en la escala comunicacional, puede dar la impresión de que se intenta sustituir un tumulto por otro: como si la imagen del hombre que no es vitoreado por el pueblo deba ser reemplazada por la del líder que, al menos, tiene una milicia.

Se pretende que el chascarrillo de hace unos días sea suplantado por la imagen del político fuerte.

Y aunque el Ministro de la Defensa en su intervención dejó saber que hay una Fuerza Armada Nacional que le jura “lealtad incondicional” al presidente Maduro (dejando a la Constitución para otras partes del discurso), hay que subrayar que en esta imagen no se habla del Ejército.

No son los soldados quienes lo acompañan.

No es la tropa la que llena los ojos del mandatario.

Es otra cosa lo que pretende el encuadre, el framing de este evento.

Los síntomas intentan comunicar que, haya pasado lo que haya pasado durante las últimas semanas en San Félix y en resto el país, hay un pueblo que parece no cuestionar a Nicolás Maduro.

Y da la casualidad de que ese pueblo es un pueblo uniformado, un pueblo en armas.

La suma de factores se agrava cuando el mandatario decide, en los espacios más obvios del discurso, que una frase como ésta sirva de remate:

“Si algún día ustedes ven noticias de que la traición y la ultraderecha han pretendido imponer alguna forma de Golpe de Estado, salgan como el 13 (de abril de 2002) a tomar el poder total de la República”

Las palabras de Nicolás Maduro convocan en la memoria un evento que todos los venezolanos recordamos por un saldo lamentable. Y lo hace justo 48 horas antes de que tenga lugar una manifestación nacional que exige el retorno del Estado de derecho, coordinada por líderes de una oposición política sobre la cual, hace apenas unas horas, difundió unos videos cuyos compromisos con la legalidad y la Constitución no corresponden al tenor del primer mandatario de una nación democrática.

Cuando Nicolás Maduro advierte que Diosdado Cabello y Darío Vivas convocarán a lo que definió como “la más gigantesca marea roja que nunca antes se haya visto en la historia”, su fin discursivo cumple los objetivos de trazar unas coordenadas temibles para cualquiera que recuerde lo que sucedió en 2002. Y además lo hace rodeado de una masa de milicianos que no existía entonces, dando la impresión de que ahora hay más herramientas a favor del Poder, más fuerza.

La fuerza es, hoy por hoy, el único argumento que tiene el Poder para distraer al sujeto político que lo emplaza a cumplir sus obligaciones. Trauma vs. Imaginación.

Todo este framing desplegado por el Poder en la guerra de los símbolos, obliga al liderazgo opositor a hacer algo que posiblemente nunca antes ha logrado con mucho éxito: tener un manejo transparente de las expectativas de la acción del 19 de abril, acompañar el entusiasmo de su militancia y sus simpatizantes y, sobre todo, empezar a imaginar unos espacios de gobernabilidad y hacerlos verosímiles.

El Poder se ha mostrado frágil y exhibe unas fuerzas que, al parecer, son el sustituto del músculo popular.

El Poder sabe que el sujeto político es subsidiario del sujeto que recuerda.

El Poder entiende que ese individuo político que somos no es otra cosa que lo que permite que nuestra memoria sea.

Y la única manera que tiene el sujeto político de emanciparse del yugo del sujeto que recuerda es poder imaginar otro escenario.

Sólo revirtiendo esa fuerza del recuerdo y ofreciéndole una opción de futuro más clara y potente se pueden vencer los miedos de la memoria.

Sólo así podrán convencer al militante de las fuerzas contrarias de que existe una mejor opción que salir a matarnos por un espejismo totalitario, tan decimonónico como esa noción del “poder total de la República”.

Cuando el miedo quiere usarse como un arma en la política, no se usan las amenazas, sino los recuerdos.

Quizás ha llegado el momento de que el liderazgo opositor ya no se limite a mantener la simple promesa de la Unidad y tenga que convertir la Gobernabilidad en el nuevo eje de su coalición.

Tal vez llegó la hora de mostrar sus ganas de ser gobierno y ponernos a imaginar que eso es posible.

Nicolás Maduro sale de escena en San Félix y aparece en Miraflores; por Willy McKey

Nicolás Maduro parece haber evitado pasar las tardes en Caracas. Es 11 de abril y están en San Félix, conmemorando el bicentenario de una batalla de la que se habla muy poco. Rangel Gómez, el gobernador del estado Bolívar, está a su derecha. El acto parece estar cerca de culminar y se da cuenta de

Por Willy McKey | 12 de abril, 2017
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Fotografía de AVN

Nicolás Maduro parece haber evitado pasar las tardes en Caracas. Es 11 de abril y están en San Félix, conmemorando el bicentenario de una batalla de la que se habla muy poco. Rangel Gómez, el gobernador del estado Bolívar, está a su derecha. El acto parece estar cerca de culminar y se da cuenta de algo. Algo raro. Se lo comenta a Cilia Flores. Más bien se lo señala. Así, con la boca, como se señala en el Caribe.

Nicolás Maduro se gira hacia su izquierda y ve algo. Su cuerpo reacciona desde la contención. El discurso se le apura y toma la decisión de terminarlo: “Para seguir avanzando… con ese pueblo” dice mientras señala hacia donde está eso que no vemos. Se apura un poco más y entrompa la retórica: “¡Que viva Chávez! ¡Que viva Bolívar! ¡Que viva Piar! Hasta la victoria siempre. Adelante, General”, mientras mira hacia donde nada sabemos.

El general le hace saber que ha entendido la orden y es ahí cuando se devela la escena: apenas empieza a moverse la tanqueta aparece aquello que nos era ocultado. La gente corre. Un despelote sirve de backing al armatoste que torpemente se desplaza en una reversa incómoda que era transmitida en cadena nacional. Y de pronto una cada vez más inusual toma abierta deja ver cómo las masas se han salido del redil.

Cuando empiezan a aparecer objetos al vuelo, lanzados hacia el presidente, los escoltas activan una especie de acción grotesca. Trepan por encima del capó. Superan el parabrisas. Uno parece darle un manotón sin alevosía, un intento fallido de protección. En el aire se adivinan formas de vegetales, huevos, cáscaras.

De inmediato cambian de toma. El perfil de una estatua resulta más sospechoso que nunca. La manera abrupta de terminar la transmisión confiesa alguna angustia y ese fragmento del video se vuelve viral en segundos.

A alguien se le ha salido de las manos una retirada transmitida por todos los canales de televisión abierta.

Muchos en las redes recuerdan lo que sucedió en Nueva Esparta hace ya unos meses. Incluso el Ministro de Comunicación e Información reacciona de la misma manera: muestra otro video, uno que más nadie tenía, donde el amor parece venir de todas partes. Llama la atención que ese video parece culminar justo antes de que los escoltas inicien esa curiosa coreografía protectora y todo luzca peligroso, desbocado.

Nicolás Maduro salió del desfile en San Félix mientras la gente arrojaba objetos en dirección al vehículo descapotado trepado por sus escoltas. La versión oficial dice que eran acólitos, pueblo entusiasmado, el ejercicio de aquello de amar amando. Sin embargo, el corte abrupto de la escena parece confesar un descontrol inusual, el temor de que el repudio pueda ser transmitido por la señal del Estado.

La lluvia de objetos contundentes simula el final de una mala función. Una mala y larga función. La política transformada en un teatrino del siglo XIX y el público convirtiendo su puntería en gesto crítico, repudio, abucheo.

Sin embargo, fue inevitable recordar aquel episodio cuando una mujer que supuestamente le arrojó un mango terminó consiguiendo un apartamento.

En una guerra comunicacional toda interpretación consigue cabida. Así sea descabellada. De modo que tiene sentido pensar que ahí, en San Félix, cada quien haya apuntado en el vegetal que tenía a mano su necesidad y salió a arrojarlo: algo de comida, algún medicamento, justicia para un muerto, un trabajito.

En medio de la escasez puede verse como un halago que alguien te arroje algo del poco alimento que tiene en casa. Decidir si el alimento debe ser una cena posible en proyectil es un dilema feroz.

Sin embargo, ninguna de las versiones del video revela tanto como algo que el propio Nicolás Maduro compartió al poco tiempo de haberse vuelto viral la lluvia de objetos. Se ha cambiado de ropa, como si el traje que llevaba en su salida de escena en San Félix no le perteneciera a él, sino a un personaje que ha dejado atrás. Tal como si el traje y la banda tricolor le pertenecieran sólo en la ficción, como si ya no fueran suyas, como si le molestaran al momento de volver a casa.

No comenta nada del suceso irregular. No lo define como amor desbordado. No lo condena como repudio violento. Calla. Como si aquello hubiera sucedido en otro día, en otra dimensión, en otro cuerpo. Cilia Flores, su copiloto, no dice ni una palabra. No asiente. No desmiente. Ningún escolta aparece trepado en el vidrio. Nadie sabe quién los graba, pero la iluminación confiesa una cámara profesional. Uno de los empleados reacciona como si no esperara que llegaran ahí, a esa hora. Abre la puerta y nos deja ver qué es lo que le espera al actor que interpreta a ese personaje que recibía vegetales aventados: una sala vacía, anacrónica, más grande que la reunión que ya nos hizo saber que tenía, esa reunión a la cual aparentemente sólo han llegado él y el desgaste del viaje.

Nicolás Maduro, el personaje, sale de escena en su huida de San Félix y aparece en Miraflores, sin sus escoltas y sin su vestuario, hablando solo. Hace que maneja. Ya habrá quien se encargue de reafirmarle que el pueblo sí lo quiere, que no ha sido más que un imponderable, otro impasse.

El asunto es que ha llegado a Caracas justo en la hora en la que todo ha pasado. Justo cuando al Poder le conviene el silencio. Justo a tiempo para no ver nada. Ni a nadie.

***

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Un helicóptero tripulado por gente capaz de arrojar bombas; por Willy McKey

En todo combate son importantes las reservas. Siempre. En el lenguaje bélico las reservas son importantes porque definen la posibilidad de renovar y prolongar el combate. El asunto es que en todos los conflictos armados son más quienes hablan el lenguaje civil, desarmado y sin uniforme de campaña. Y en esa lengua común tener reservas

Por Willy McKey | 10 de abril, 2017

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En todo combate son importantes las reservas. Siempre.

En el lenguaje bélico las reservas son importantes porque definen la posibilidad de renovar y prolongar el combate. El asunto es que en todos los conflictos armados son más quienes hablan el lenguaje civil, desarmado y sin uniforme de campaña. Y en esa lengua común tener reservas también significa tener discreción, circunspección, comedimiento.

El lunes 10 de abril de 2017, mientras un grupo de ciudadanos opositores al gobierno de Nicolás Maduro protestaba en las calles, la noticia que recorría los teléfonos decía que desde un helicóptero arrojaban bombas lacrimógenas contra los manifestantes.

Así. Sin reservas.

Durante años, cuando había acciones de calle en Venezuela los helicópteros servían para que algunos fotógrafos registraran el volumen de la gente que participaba en las acciones de calle. Cuando eso empezó a jugar en contra del Poder, los helicópteros pasaron a estar reservados para que los cuerpos de seguridad pudieran vigilar las acciones. Y así fue. Al menos hasta el lunes 10 de abril.

Al parecer en este día no fue suficiente el exceso en la represión que involucraba perdigones y bombas lacrimógenas. No bastaban la cantidad de lesiones y fracturas reportadas como producto del impactos de las latas de gas pimienta arrojadas contra los manifestantes. No bastaba la desmedida represalia que se ha puesto en evidencia en casi todas las pantallas, excepto en las televisoras públicas.

Un helicóptero tripulado por efectivos capaces de arrojar varias bombas lacrimógenas desde la altura de vuelo se convirtió en el punto más álgido del exceso de violencia empleado por las fuerzas públicas contra los manifestantes.

Sin ocultamientos. Sin necesidad de las cadenas de radio y televisión de 2002. Sin reservas.

Se presume que el espacio aéreo es controlado por el gobierno venezolano. Se presume que para cualquier autoridad debe ser muy sencillo averiguar cuál era ese helicóptero, quiénes lo tripulaban, quiénes son los responsables de este exceso. Se presume que un crimen como éste también involucraría a la cadena de mando responsable de la acción.

Sin embargo, el Defensor del Pueblo se limita a enumerar tuits y a bloquear a sus seguidores. El dos punto cero, una vez más, le sirve para condenar la violencia, rechazar las acciones, repudiar los excesos. Verbos pasivos. Apenas se limita a advertir que puede ser peligroso.

No se abre una averiguación. No hay una denuncia. Nada.

¿Qué sucederá de aquí en adelante cada vez que un helicóptero sobrevuele una manifestación?

¿Cómo sacudirse ese ruido y ese miedo?

Una bomba lacrimógena arrojada desde un helicóptero no puede revertirse con estrategias retóricas de un tribunal. Una bomba lacrimógena arrojada desde un helicóptero no es un impasse. Una bomba lacrimógena arrojada desde un helicóptero no puede recular.

Una bomba lacrimógena arrojada desde un helicóptero es un crimen.

Y el Defensor del Pueblo ha reconocido el suceso, pero sólo contribuye con que se prolongue el conflicto.

No detiene nada. No defiende a nadie. Nada.

Karl von Clausewitz explica que un cuerpo de ejército que sólo tiene por objeto prolongar el combate puede permanecer fuera del alcance del fuego, pero siempre sera una reserva táctica, nunca una reserva estratégica.

¿Cuál es la guerra que vivimos? ¿Cómo es que a alguien le resulta oportuna la idea de un helicóptero lanzando bombas contra ciudadanos desarmados? ¿Cuál es la excusa posible para este exceso?

También von Clausewitz explica que la causa política de una guerra influye enormemente en la manera en que esa guerra será dirigida. Es decir: cuando la guerra pertenece a la política, es inevitable que el conflicto adquiera el mismo carácter.

“Si la política es grande y poderosa, igualmente lo será la guerra”, ¿pero qué tipo de elementos aparecen cuando el carácter de la política es mediano, impotente? Pues un helicóptero tripulado por gente capaz de arrojar bombas, empeñados en recrudecer un conflicto, en prolongarlo.

Sin reservas.