Blog de Valentina Oropeza

Carlos Ayala Corao: “El gobierno está haciendo su propio expediente de crímenes de lesa humanidad”

Disparos a las cabezas de manifestantes. Tanquetas militares que derriban portones de edificios residenciales. Detenciones violentas. Juicios a civiles en tribunales militares. Casi 120 muertos en cuatro meses de manifestaciones. Los abusos y malos tratos infringidos por guardias y policías a ciudadanos que protestan contra el gobierno de Nicolás Maduro pueden desencadenar juicios en tribunales

Por Valentina Oropeza | 31 de julio, 2017
Carlos Ayala Corao retratado por Andrés Kerese

Carlos Ayala Corao retratado por Andrés Kerese

Disparos a las cabezas de manifestantes. Tanquetas militares que derriban portones de edificios residenciales. Detenciones violentas. Juicios a civiles en tribunales militares. Casi 120 muertos en cuatro meses de manifestaciones. Los abusos y malos tratos infringidos por guardias y policías a ciudadanos que protestan contra el gobierno de Nicolás Maduro pueden desencadenar juicios en tribunales internacionales contra el Estado venezolano y sus funcionarios, advierte el abogado Carlos Ayala Corao.

Especialista en derecho público y derechos humanos, Ayala Corao supone que si la represión contra los opositores se intensifica tras la aprobación de la Asamblea Nacional Constituyente, el Estado podrá ser acusado de cometer crímenes de lesa humanidad al atacar sistemáticamente a un sector de la población civil.

¿Qué puede esperarse del Estado venezolano con respecto a la protección de los derechos humanos una vez que se instale la Asamblea Constituyente?

—Estamos viendo un patrón de aumento de la represión con el uso desproporcionado e ilegítimo de la fuerza. Me refiero a que una marcha o una manifestación no hay por qué reprimirla. Estamos llegando al extremo de que el derecho de manifestación pública y pacífica está siendo reprimido utilizando técnicas militares de ataque contra los manifestantes como si fueran una fuerza de ocupación extranjera. Están siendo perseguidos, detenidos. Se están utilizando tratos crueles, inhumanos, degradantes. En Venezuela ya hay un patrón sistemático de detenciones arbitrarias contra opositores. Lo que estoy viendo, ahora sí con más claridad, es que el gobierno se está haciendo día a día su propio expediente de crímenes de lesa humanidad. Conforme al Estatuto de Roma, el crimen de lesa humanidad es el ataque sistemático a un sector de la población civil y eso se está produciendo a través de detenciones arbitrarias, heridos y muertos. Por un lado creo que se está agravando claramente la situación de los derechos humanos. Por otro, ese empeoramiento en el patrón sistemático que estamos viendo está configurando los crímenes de lesa humanidad.

¿Cuál es el curso que pueden seguir esos expedientes sobre violaciones de derechos humanos en tribunales internacionales?

—Hay dos tipos de cursos. Primero, el de la justicia penal por la jurisdicción universal. Por ejemplo, en delitos como los tratos crueles, inhumanos y degradantes o la tortura, la Convención contra la Tortura establece que un solo delito de tortura es un delito internacional, no tiene que ser un patrón sistemático. Y los Estados están obligados a investigar y sancionar a los responsables. Pero si el Estado donde se cometió ese delito, en este caso Venezuela, no quiere o no puede perseguirlos efectivamente y sancionarlos, cualquier Estado parte tiene jurisdicción para hacerlo. El mejor ejemplo de eso lo vimos cuando el juez Baltasar Garzón solicitó la extradición del general Augusto Pinochet que estaba en Londres por la tortura a tres ciudadanos españoles. Hay países como España que han desarrollado esa justicia penal universal con base en los tratados internacionales. Lo que estamos diciendo es que terceros países que no sean Venezuela pueden ejercer, para casos individuales, esa jurisdicción. Y los juicios internacionales se abren sin que esté la persona presente. Luego está la Corte Penal Internacional, que es una jurisdicción penal con base en el Estatuto de Roma. Se aplica cuando hay un patrón sistemático de persecución de la sociedad.

—¿Y los casos se sostienen con testimonios y evidencias que sirven para demostrar que se cometieron las violaciones de derechos humanos?

—Lo más importante es documentar y denunciar porque esos juicios requieren de las pruebas más fehacientes posibles y los acusados tienen todas las garantías procesales: la presunción de inocencia y el debido proceso. Hay una metodología para tratar y documentar los casos de quienes han sido detenidos y tratados de manera inhumana en un documento que se llama los Principios de Estambul. Hay que recordar que la justicia penal se aplica a las personas. Y la justicia de derechos humanos es una responsabilidad internacional del Estado y eso debe traducirse en una responsabilidad personal. Pero esta justicia penal de la que estamos hablando es individual y tiene distintos niveles, tanto para quienes ordenan como para quienes ejecutan las órdenes. Existen las responsabilidades de comando.

Fotografía de Leo Álvarez

Fotografía de Leo Álvarez

—¿El enfrentamiento entre el Ministerio Público y el Poder Judicial complica la sustanciación de estas denuncias?

—Yo diría que al revés. La primera obligación es que los delitos sean juzgados en Venezuela. Pero si el Estado, ya sea porque el Ministerio Público, el Poder Judicial o el Ejecutivo no quieren o no pueden ejercer su jurisdicción nacional, entonces están ellos mismos disparando la jurisdicción internacional.

Tras la elección de la Constituyente, ¿le parece factible que existan espacios de negociación entre el gobierno y la oposición? ¿Qué sería necesario para destrabar las conversaciones entre las partes?

—La Constituyente ha sido vendida como un instrumento de venganza, a través del cual se va a destituir a la Fiscal, se va a quitar la inmunidad parlamentaria de los diputados y cerrar la Asamblea Nacional. Lo primero que tenemos que ver es frente a qué tipo de instrumento vamos a estar, quién va a controlar la Constituyente y cuáles son sus primeras decisiones. Ciertamente no fue diseñada como un instrumento de diálogo ni de paz. Por el carácter ilegítimo de su convocatoria, fue una especie de elección del PSUV, por y para el PSUV. Es una especie de congreso del PSUV. No es dentro de la Constituyente que pudiera pensarse en un diálogo y negociación efectiva, sino es precisamente con quienes terminen ejerciendo el liderazgo de esa Constituyente y del gobierno en definitiva, si es que el gobierno también controla la Constituyente, con el resto de la sociedad. Para llegar a una negociación de buena fe y seria hay que identificar quiénes son los actores políticos y cuáles son los objetivos. En la crisis en la que va a entrar Venezuela, las opciones son: o una espiral de violencia o entrar en una negociación para una transición. Allí es donde habría que identificar los actores, los contenidos y los cronogramas. Lo que va a seguir ocurriendo es que un sector importante de la sociedad venezolana seguirá aferrada a la Constitución de 1999 porque considera que este procedimiento para su derogación no es legítimo y que hay que regresar al respeto a las reglas de juego.

—¿Es posible que la misma Constituyente se convierta en una carta de negociación del gobierno?

—Puede ser una carta de negociación pero a estas alturas sería solo para comenzar. El objetivo es que se cumpla la Constitución, que se respete al Poder Legislativo electo, que se remueva al Consejo Nacional Electoral, que se hagan las elecciones, etc. Sí me parece que debe existir esa carta de negociación. La sola suspensión de la Constituyente era una medida para arrancar pero no un punto de llegada.

—Después del intento que hizo el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero de persuadir a Maduro para que suspendiera la Constituyente y luego de la facilitación del Vaticano para un diálogo el año pasado, ¿qué actores gozan de credibilidad frente a las partes para promover una negociación?

—Lo más importante es que cada sector, gobierno y oposición, se sienta representado por algunas instancias o personas intermediarias. Hay dos tipos de fórmulas. Una es como la de Contadora, donde hay un grupo de países amigos, unos escogidos por la oposición y otros por el gobierno. La fórmula de negociación hasta ahora ha sido tres expresidentes escogidos por el gobierno. Lo primero que habría que identificar son actores válidos para ambas partes, que sirvan a su vez para ser factor de intermediación. En esa fórmula se trabajaría la negociación pendular, que no significa que la oposición y el gobierno tengan que sentarse en la misma mesa, sino que ese grupo de países amigos podría sentarse con una parte y luego como un péndulo con la otra parte. La otra alternativa es incorporar al secretario general de Naciones Unidas. Pero Naciones Unidas no se mete si no tiene seguridades mínimas de que va a ser tomada en serio. Lo importante es que pueda haber espacios para el respeto por los derechos humanos, la lucha por el rescate de la democracia y nunca negarse a que pueda haber mecanismos que nos lleven a una transición diferente a la escalada de violencia.

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Los magistrados que cantaron el himno en la plaza Alfredo Sadel; por Valentina Oropeza

José Sabino Zamora se levantó de la silla con el pecho henchido cuando la diputada Sonia Medina pronunció su nombre por micrófono en el renglón de magistrado principal de la Sala de Casación Social. El viernes 21 de julio de 2017, la Asamblea Nacional venezolana designó 33 jueces en paralelo a los que ocupan las

Por Valentina Oropeza | 22 de julio, 2017
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Fotografía de Andrés Kerese

José Sabino Zamora se levantó de la silla con el pecho henchido cuando la diputada Sonia Medina pronunció su nombre por micrófono en el renglón de magistrado principal de la Sala de Casación Social. El viernes 21 de julio de 2017, la Asamblea Nacional venezolana designó 33 jueces en paralelo a los que ocupan las oficinas del Poder Judicial en el centro de Caracas, quienes han bloqueado todas las iniciativas parlamentarias desde que los partidos de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) asumieron las riendas del Poder Legislativo tras ganar los comicios del 6 de diciembre de 2015, la primera gran victoria electoral de la oposición venezolana en 16 años de gobiernos chavistas.

Un aluvión de cámaras registraron la expresión de orgullo de Sabino y sus colegas. El nombramiento se produjo un día después de que se cumpliera un paro nacional de 24 horas convocado por la oposición, una semana antes de que se elija una Asamblea Constituyente impulsada por el gobierno y al mismo tiempo que los magistrados de la Sala Constitucional amenazaban con juzgarlos por “usurpación de funciones” y “traición a la patria”, quizás en el banquillo de una corte militar.

Los periodistas que reportaban la sesión parlamentaria instalada en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes, al este de Caracas, se preguntaban si Sabino y sus compañeros temen que los persigan y los metan presos. “Yo no tengo miedo. De esta situación uno puede esperar cualquier cosa pero tengo la sensación de que va a haber democracia en este país”.

El bloque parlamentario de la oposición organizó la sesión en la calle vigorizado por una consulta popular que arrojó 7,6 millones de votos en contra de la Asamblea Constituyente, más sufragios de los que obtuvo Nicolás Maduro cuando fue electo presidente en 2013, después de la muerte de Hugo Chávez.

Un centenar de personas han fallecido en Venezuela durante más de 100 días de manifestaciones. Al despojar a la AN de sus atribuciones y transferirlas al Presidente a través de dos sentencias, el TSJ detonó protestas que reflejan el descontento fomentado por la escasez de comida y medicinas, la inflación más alta del mundo y uno de los peores índices de inseguridad ciudadana. La Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, admiradora de Chávez y timón del Ministerio Público durante una década, denunció la inconstitucionalidad de las decisiones tomadas por la máxima corte contra el Parlamento y se convirtió en la cabeza visible del chavismo disconforme con la gestión de Maduro. Sin el respaldo de los fiscales, policías y guardias nacionales recibieron la orden de entregar a los detenidos en revueltas a tribunales castrenses, aunque fuesen civiles.

Mientras los diputados opositores designaban su propio TSJ, el presidente de la Sala Constitucional de la máxima corte, Juan Mendoza Jover, declaraba “nulo” el acto de la Asamblea Nacional vestido con toga y rodeado por otros magistrados de esa instancia. Advirtió que el Legislativo incurre en “desacato”, una figura que utilizó el TSJ para desconocer todas las decisiones parlamentarias después de que la MUD restituyó a tres diputados de Amazonas, cuya elección fue denunciada como fraudulenta por el chavismo. Su desincorporación anuló la mayoría simple de la oposición y hasta el momento no se han celebrado nuevos comicios para renovar la representación de ese estado.

“Ante los actos declarados nulos, de evidente ánimo subversivo, la Sala declara que corresponde a las autoridades competentes, civiles y militares, ejecutar las acciones de coerción pertinentes a fin de mantener la paz y la seguridad nacional”.

A Sabino no le importan los detalles de esa declaración. Se preparó durante 22 años para este momento. Comenzó como suplente de Defensoría Pública, luego fue inspector nacional de tribunales, presidente del circuito penal de Anzoátegui, rector y juez de la corte de ese estado. También fue fiscal nacional electoral. Aunque lleva 11 años jubilado, a sus 59 está dispuesto a correr “los riesgos que hagan falta” para cumplir esta designación.

El diputado Carlos Berrizbeitia lideró la Comisión de Postulaciones Judiciales que escogió a los 33 magistrados entre 150 aspirantes. En el derecho de palabra que le asignaron para presentarlos, se burló de los “errores ortográficos” que se escapan en las sentencias dictadas por los magistrados que nombró Diosdado Cabello al final de su mandato como presidente de la AN en diciembre de 2015, un día antes de Navidad. Seis meses después, Henry Ramos Allup, al frente de la directiva del Legislativo, afirmaba que la decisión de Cabello era “írrita”, por lo que evaluarían a nuevos candidatos para reemplazar a los “magistrados exprés” que no cumplían con los requisitos previstos en las leyes para dirigir el TSJ.

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El diputado Carlos Berrizbeitia retratado por Andrés Kerese

Una barrera de metal circundaba el hemiciclo instalado en la plaza Alfredo Sadel con sillas de plástico vestidas de azul, bajo un toldo oscuro que preservaba a los parlamentarios, jueces y reporteros de los chubascos del día. 13 sillas dispuestas para diputados del Partido Socialista Unido de Venezuela quedaron vacías. Al otro lado de la reja, cerca de los simpatizantes opositores que acudieron al acto, María Alexandra esperaba ver la juramentación de su esposo Rafael Ortega Mata como magistrado suplente de la Sala de Casación Social.

El nombramiento es un “sueño hecho realidad” para la pareja y sus dos hijos de 17 y 14 años. Ataviada con un vestido beige y sandalias de tacón alto, María Alexandra se sintió satisfecha al comprobar que tantos años de estudio y docencia llevaron a su marido al TSJ, aunque no pueda instalarse en el despacho que supone le corresponde. No les preocupan las amenazas de la Sala Constitucional. Mientras Ortega caminaba hacia el espacio reservado entre los diputados para levantar la mano derecha y jurar que cumpliría con la tarea, divisó a María Alexandra entre un puño de espectadores y salió de la fila para besarla.

Un abogado constitucionalista que miraba la escena detrás de la barrera piensa que debe quemar los libros de Derecho de su biblioteca. Que sea el TSJ y no la Fiscalía quien impute a estos magistrados, a los manifestantes o a cualquier ciudadano por un delito y los lleve a tribunales militares pese a que son civiles le parece una condena a muerte para la Justicia.

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Fotografía de Reuters

El parlamentario Américo de Grazia, en cambio, se mostró más optimista. Simpatizantes del gobierno le dieron una paliza en los jardines del Palacio Legislativo el miércoles 5 de julio de 2017, durante la sesión conmemorativa de los 206 años de la independencia de Venezuela. Cinco diputados sufrieron lesiones en el asedio, que fue condenado por gobiernos y parlamentos del mundo. Le partieron 3 costillas, le hicieron una herida de 9 centímetros en la cabeza y le ocasionaron un edema cerebral. Después de la consulta del 16 de julio está convencido de que el país transita por una calle sin retorno para frenar la Constituyente.

Una vez que jueces, diputados y espontáneos cantaron el himno nacional de Venezuela y culminó la juramentación en la plaza Alfredo Sadel, los magistrados caminaron un par de cuadras hacia el Consejo Municipal de Baruta. Los conductores que intentaban salir del atasco en la avenida principal de Las Mercedes tocaron las bocinas de sus vehículos y aplaudieron a los hombres de saco y corbata. Antes de entrar a su primera reunión, fotógrafos de la prensa les pidieron agruparse para una foto de familia. Sonrieron pero se negaron a hablar. “Por ahora es mejor que guardemos silencio”.

40 segundos para frenar una Constituyente; por Valentina Oropeza

Caracas, domingo 16 de julio. Es un día soleado y caliente en plena temporada de lluvias. Lustany Franco viste un jean ajustado, lleva el cabello suelto hasta la cintura y empuña un altoparlante rojo y blanco con la mano derecha. “¡Pasen! ¡Sigan por aquí!”. Desde unas cornetas a máximo volumen, los cubanos de Gente de

Por Valentina Oropeza | 19 de julio, 2017
Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

Caracas, domingo 16 de julio. Es un día soleado y caliente en plena temporada de lluvias. Lustany Franco viste un jean ajustado, lleva el cabello suelto hasta la cintura y empuña un altoparlante rojo y blanco con la mano derecha. “¡Pasen! ¡Sigan por aquí!”. Desde unas cornetas a máximo volumen, los cubanos de Gente de Zona y el boricua Marc Anthony proclaman que se formó la gozadera en un estacionamiento abierto de la Universidad Central de Venezuela (UCV), donde la oposición instaló un punto de votación para preguntar a los electores si quieren o no una Asamblea Constituyente. La cosa está bien dura/ la cosa está divina. Con swing de salsa y reguetón, la fila avanza por la ruta que indica la universitaria de 25 años. Compañeros de logística sacuden las caderas mientras preguntan a los desconocidos si ya votaron.

Hay 50 mesas dispuestas bajo toldos blancos para sufragar en no más de 40 segundos, estiman los organizadores de la consulta. Sobran bolígrafos azules y negros para responder “Sí” o “No” a tres preguntas:

1. ¿Rechaza y desconoce la realización de una Constituyente propuesta por Nicolás Maduro sin la aprobación previa del pueblo de Venezuela?

2. ¿Demanda a la Fuerza Armada Nacional y a todo funcionario público obedecer y defender la Constitución del año 1999 y respaldar las decisiones de la Asamblea Nacional?

3. ¿Aprueba que se proceda a la renovación de los poderes públicos de acuerdo a lo establecido en la Constitución y a la realización de elecciones libres y transparentes, así como a la conformación de un gobierno de Unión Nacional para restituir el orden constitucional?

Mientras los votantes deciden, Franco vocea consignas inventadas por los jóvenes durante 110 días de disturbios en los que se armaron con capuchas, escudos, piedras y bombas molotov. Las vejaciones de policías y militares contra manifestantes están registradas en fotos y videos; cientos de civiles afrontan juicios en tribunales militares, “gran obstáculo” para las investigaciones penales del Ministerio Público, en palabras de la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz. Hasta este domingo en la mañana suman 92 muertos.

Los miembros de mesa están eufóricos. ¡A ver, a ver/ ¿quién lleva la batuta?/ el estudiante/ o el hijoeputa! Los electores ríen, se relajan, entregan la cédula, marcan su opción dentro de los círculos, depositan la papeleta en una caja de cartón y reciben un comprobante con su nombre y apellido escrito a mano. Para la oposición venezolana la consulta es un “acto de desobediencia civil” desvinculado de las competencias del Poder Electoral como organizador y árbitro del referéndum constituyente previsto para el 30 de julio. El entusiasmo contagia sentido de pertenencia. ¡Corran la voz/ no hay arroz/ no hay harina/ en Miraflores lo que hay es cocaína!

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

La UCV acoge el centro más grande de los 2030 “puntos soberanos” que la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) habilitó en todo el país para demostrar que la mayoría de los venezolanos rechaza la aprobación de una nueva Carta Magna que sustituirá la de 1999, impulsada por un Hugo Chávez recién investido en la Presidencia, quien convocó por decreto una consulta para garantizar el beneplácito popular a su iniciativa de campaña.

Mientras la inflación acumule dígitos, es inviable que Lustany Franco cumpla su plan de hacer familia y tener tres hijos. El Fondo Monetario Internacional calcula que este año cerrará en 720% y el próximo puede alcanzar 2000%. Por eso facilita la consulta en la UCV como representante de Acción Democrática, el partido socialdemócrata donde milita desde los 14 años. Para Chávez era el vientre donde se engendraron todas las perversiones que debía erradicar. Si el chavismo se mantiene en el poder y la situación empeora, la estudiante tendrá solo un hijo. Será adeco y le tocará inscribirse en el partido a los 9 años. “A ver si salimos de esto”.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

Opositora decidida sin afiliación partidista, Nancy Isea coordina la logística para instalar un centro de votación en el gimnasio José Joaquín Papá Carrillo, en la avenida Rómulo Gallegos de Sebucán, al noreste de Caracas. Tiene 66 años, es ama de casa y se levantó a las 4:00 de la mañana para garantizar la apertura del centro a las 7:00.

Los 150 voluntarios que administran la consulta en las 30 mesas del gimnasio Papá Carrillo se identifican como “históricos”: conocen cada fase del proceso electoral porque han sido testigos de la oposición en sufragios anteriores. Los voluntarios que facilitaron sus datos en marchas, bloqueos de vías y asambleas de vecinos desde que arrancaron las protestas hace casi cuatro meses se ocupan de orientar a los electores en las filas, repartir agua y galletas entre los miembros de mesa y desplazar a los discapacitados que no pueden subir o bajar escaleras. Muchos integran los “comités de rescate de la democracia”, ciudadanos preparados para ejecutar en la calle las instrucciones de los dirigentes de la MUD.

Al mediodía, los viejos llevan la delantera en el gimnasio Papá Carrillo: tres de las cinco mesas reservadas para electores de la tercera edad acumulan la mayor cantidad de votos según los registros almacenados en carpetas. Cuando un policía del municipio Sucre aparece con su cédula en mano para votar, la sala estalla en aplausos.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

La MUD invitó a observadores nacionales y extranjeros para que presenciaran la jornada. Uno de ellos es el expresidente boliviano Carlos Mesa, quien estuvo en las elecciones parlamentarias de 2015. Desde el Centro Cultural Chacao, teatro de operaciones de la dirigencia opositora, Mesa considera “sorprendente” que Maduro haya reconocido  la consulta opositora en cadena nacional el día anterior. Esperaba que la ignorara por completo:

“La oposición ha convocado una consulta interna de los partidos de la oposición con sus propios mecanismos, sin cuadernos electorales, sin auditoría previa y posterior. Cada partido político puede convocar sus consultas internas. Si quiere que sea legal tiene que convocarla con el Poder Electoral. Solo pido que lo hagan en paz”.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

La relación entre la Asamblea Nacional y los demás poderes públicos se rompió en enero de 2016, después que la oposición conquistó 7,7 millones de votos y se apoderó de 65,2% de los escaños frente a 5,6 millones de sufragios obtenidos por el chavismo, que le reportaron 32,9% de las curules. La MUD fue despojada de la mayoría calificada luego de que el poder comicial invalidó la elección de tres diputados de Amazonas acusados de fraude por el chavismo. Esas votaciones no se han repetido. El Tribunal Supremo de Justicia ha invalidado todas las decisiones legislativas durante año y medio y el Ejecutivo no solicita la aprobación del Legislativo para sus presupuestos ni convenios con inversionistas extranjeros. La Fiscal se enfrentó al Poder Judicial cuando denunció la ruptura del orden constitucional tras las sentencias contra la AN. Después de liderar las acciones penales durante una década, Ortega se volvió una “traidora” para Maduro desde que pidió desconocer la Constituyente. Sin confianza mutua, la Fiscal y la MUD se apoyan contra el adversario común.

Luisa Ortega aparece fugazmente este domingo. Abandona su despacho en el edificio principal del Ministerio Público y se asoma para saludar, abrazar niños y recibir elogios por confrontar a sus antiguos camaradas. No vota pero su esposo sí. Germán Ferrer es el único diputado de la bancada chavista que acude a recibirla al Hemiciclo cuando necesita un espaldarazo de la Asamblea Nacional.

Pasado el mediodía corre el rumor de que hay muertos en Catia, feudo tradicional del chavismo al oeste de Caracas, donde impera el temor a los ataques de civiles armados que defienden al gobierno a punta de pistola. Ninguno de los dirigentes opositores que deambulan por los pasillos del Centro Cultural Chacao tiene información precisa. Horas más tarde, la Fiscalía confirma que asesinaron a una enfermera de 61 años. Se llamaba Xiomara Scott. Cuatro mujeres más fueron heridas cuando “un grupo de motorizados armados dispararon” contra la larga fila de simpatizantes opositores que se disponían a votar en la avenida Sucre, cerca de la Iglesia del Carmen.

A 160 metros de distancia de donde murió Scott, en la misma acera, militantes del chavismo esperaban ver a Maduro probar las máquinas de votación en el Liceo Miguel Antonio Caro durante el simulacro de la Constituyente que convocó para este domingo. Solo aparecieron la primera dama Cilia Flores y la excanciller Delcy Rodríguez. El mandatario nunca llegó.

Maduro impulsa una Asamblea Nacional Constituyente compuesta por 540 miembros: 364 serán escogidos territorialmente, 168 de acuerdo a sectores definidos por el gobierno (campesinos y pescadores, empresarios, pensionados, estudiantes, trabajadores, discapacitados, comunas y consejos comunales) y 8 representantes indígenas, en un diseño que, según expertos electorales, garantiza la sobrerrepresentación del voto chavista.

A las 4:00 de la tarde, cuando la MUD llama a cerrar los centros que ya no tienen electores, la entrada del gimnasio Papá Carrillo se llena de opositores entusiastas que celebran como si el Consejo Nacional Electoral hubiese anunciado el triunfo de un candidato opositor a la Presidencia. Una mujer le dice a otra que con los votos del exterior seguro alcanzan los 11 millones, un salto a la estratósfera con respecto a los 7,7 millones de sufragios que obtuvieron en los últimos comicios.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

El parlamentario Miguel Pizarro entra al complejo deportivo contagiado de la alegría que recogió durante la jornada. Vio colas largas y sostenidas barrio adentro en Petare. En la barriada 5 de Julio amenazaron por megáfonos a los vecinos con retirarles la bolsa de comida que distribuye el gobierno a través de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción desde abril de 2016, para mitigar la escasez de alimentos. Ni se inmutaron, afirma Pizarro. Haber acompañado a su padre y hermanos a votar en el exterior, desde la cámara de su teléfono móvil, es lo que realmente conmueve hasta las lágrimas al diputado de brazos tatuados que se formó en las filas del movimiento estudiantil. “Lo de hoy no es un cheque en blanco. Es un compromiso de coherencia”.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

Los expresidentes Laura Chinchilla (Costa Rica), Andrés Pastrana (Colombia), Jorge Quiroga (Bolivia) y Miguel Rodríguez (Costa Rica) recorrieron centros todo el día y la experiencia les pareció “inédita”. Como antesala al anuncio de los resultados, previsto por los organizadores para las 8:00 de la noche, las figuras más pesadas de la observación internacional concluyen que los gobiernos de otros países no podrán ignorar la consulta.

Tres horas después, cerca de la medianoche, la rectora de la UCV, Cecilia García Arocha, confirma solemne que 7.186.170 electores participaron en la iniciativa con 95% de los sufragios escrutados. La diáspora venezolana aportó más de 600 mil. Otros cuatro rectores convalidan el escrutinio como garantes del referéndum, con el compromiso de destruir los votos para evitar represalias de las autoridades contra los participantes. Los canales privados Venevisión y Televen transmiten en vivo, para sorpresa de los opositores. Dejaron de cubrir noticias de la disidencia venezolana años atrás para mantener la cordialidad con el gobierno. La Asamblea Nacional difunde la alocución por el canal digital Capitolio TV. La directiva del Legislativo nunca tomó el control de ANTV, la estación oficial del Parlamento, porque el chavismo entregó la concesión a los trabajadores del Poder Legislativo cuando perdió la mayoría.

Sobre la tarima del Centro Cultural Chacao no cabe un dirigente más de la MUD. El presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, se ubica a la cabeza del pelotón, frente al micrófono, para ofrecer la interpretación política de la jornada: con una votación superior a los 7 millones de sufragios, Maduro está “revocado”. Faltan dos semanas para el referéndum y la consulta opositora inyecta combustible para avanzar hacia la “hora cero”: protestar en las calles y paralizar el país hasta que el gobierno reconozca que la mayoría rechaza la Constituyente. “Ojalá que el gobierno entienda eso. Nos toca a nosotros hacer que el gobierno entienda eso”.

Tres días antes de la consulta, el especialista en temas electorales Héctor Briceño pronosticó en su cuenta de Twitter que la oposición movilizaría 6,5 millones de personas el 16 de julio. En la madrugada del lunes 17 recibe un mensaje por Whatsapp: “¿Por qué no salen los chavistas descontentos?”. “En una elección sí salen. En una elección ese número no es más de 2/3 de lo que tienen, es decir, la oposición debe tener más de 9 millones de votos”. Predicción para la Constituyente del 30 de julio: 2 millones de votos.

Araña asada y gusanos fritos: una lección de cocina amazónica venezolana; por Valentina Oropeza

—¿A qué saben los gusanos? —Ya vas a ver. —¿Y la tarántula? —Se llama araña mona. —¿Está viva? “La Nena” Silva entorna los ojos y adereza la intriga en su cocina. Son las 4:00 de la tarde y una decena de estudiantes del Instituto Culinario de Investigación Amazonas (ICIA) están listos para iniciar la clase.

Por Valentina Oropeza | 15 de julio, 2017
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Fotografía de Rodrigo Picón

—¿A qué saben los gusanos?

—Ya vas a ver.

—¿Y la tarántula?

—Se llama araña mona.

¿Está viva?

“La Nena” Silva entorna los ojos y adereza la intriga en su cocina. Son las 4:00 de la tarde y una decena de estudiantes del Instituto Culinario de Investigación Amazonas (ICIA) están listos para iniciar la clase. Aprenderán a preparar araña mona, gusanos de palma de moriche y ensalada de mañoco, una harina de yuca gruesa que los indígenas del Amazonas venezolano comen con todo: la sirven como acompañante del pescado y la carne, la consumen sola cuando no hay proteínas y la mezclan con agua fría para preparar “yukuta”, la bebida refrescante de la selva.

Sobre un mesón gris de metal están dispuestos varios recipientes fabricados por aborígenes del estado Amazonas. Contienen casabe rallado y bachacos marinados en jugo de limón para conservarlos más tiempo. Boca arriba y amarrada por las patas, una araña negra con pelos yace sobre un plato. En otro hay un puño de gusanos gordos, marrones y tiesos. Los fogones están apagados y los cuchillos limpios. Uniformados con trajes blancos de chef y gorros negros que llevan impresas las iniciales del ICIA, los aprendices frotan sus manos ansiosos.

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Fotografía de Rodrigo Picón

La maestra saborea la expectación. De sus 71 años, “apenas” lleva 17 dedicada a la cocina. Nació en San Carlos de Río Negro, un pueblo de casi 3000 habitantes al suroeste de la Amazonía venezolana, al ras de la frontera con Colombia. Pero ahora estamos en Puerto Ayacucho, 43 kilómetros más al norte, donde la mayoría de los aborígenes que migraron de la selva se comunican en castellano. Como la Nena Silva pertenece a la etnia baré, identifica los ingredientes en su lengua e instruye a los alumnos en el vocabulario local, una herramienta útil para negociar con los indígenas, futuros proveedores de sus restaurantes. La araña mona en baré se llama “tagua”.

Las clases de cocina regional que imparten en el ICIA familiarizan a los estudiantes con el contexto del que extraen los insumos. Todos miran a “la profe” fijamente sin tomar notas. La araña es el alimento preferido de los piaroa; el gusano es el de los baré, los baniva y los kurripakos, mientras que las lombrices de tierra roja son especialidad de los yekuana y los yanomamis. 14 pueblos indígenas habitan el Amazonas venezolano, cada uno con sus tradiciones gastronómicas.

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Fotografía de Rodrigo Picón

Los insectos comestibles contienen grasas, proteínas, fibra, vitaminas y minerales, una alternativa para mitigar el hambre en poblaciones depauperadas, señala una investigación difundida en 2013 por la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. En vista de que el precio de la carne y el pescado tiende a incrementarse, el estudio apunta que los insectos pueden convertirse en “fuentes más baratas de proteínas”, que además son fáciles de criar dado que no se requiere propiedad sobre la tierra para producirlos, maquinarias costosas o grandes inversiones de capital.

El chef venezolano Nelson Méndez experimenta con alimentos e insectos de la Amazonía venezolana desde los 90, convencido de que la era del tomate terminó y el mundo está ávido de nuevos sabores. Haber nacido y crecido en Puerto Ayacucho facilitó su acceso a las comunidades indígenas y aprendió técnicas de alta cocina para procesar los nuevos ingredientes en Caracas, donde se formó en gastronomía francesa durante una década.

Años más tarde el chef español Ferrán Adriá, referente mundial en la innovación culinaria, pronosticó que el Amazonas cambiaría la gastronomía del futuro, impulsada por un movimiento de cocineros provenientes de Brasil, Perú, Colombia y Ecuador, que se han dedicado a explorar la selva para renovar sus despensas y recetas.

Méndez abrió el ICIA en marzo de 2016 con la ambición de que Venezuela explote los recursos culinarios de la Amazonía a la par de sus vecinos. Para graduarse este año de cocineros e integrar la primera promoción del instituto, 70% de la propuesta culinaria que los alumnos presentarán ante el jurado en agosto debe nutrirse de la cocina amazónica.

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Fotografía de Rodrigo Picón

Antes de preparar la araña mona, Silva comparte con los estudiantes una primera advertencia: arrancar el “rabito” donde almacena el veneno para evitar reacciones alérgicas al rozar sus pelos cuando la preparen. Mejor pedir al indígena que se ocupe de eso antes de que la araña llegue a la cocina. Silva no es alérgica, así que la manipula con soltura. Ni siquiera se pone los lentes que lleva colgados del cuello para ver mejor cuando arranca el rabo y suelta las patas. Toma al arácnido con la mano derecha y lo voltea para que todos lo vean. Lamenta que sea “la hija pequeña” de una araña adulta. No es sentimentalismo: si fuese más grande, habría más carne en el centro y las patas, aunque de todas formas es apta para cumplir con el ejercicio.

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Fotografía de Rodrigo Picón

Si estuviésemos en la selva, los indígenas asarían la araña en un fogón y la comeríamos con casabe, mañoco o catara (salsa picante hecha con cola de bachaco). Pero cuando hay blancos o “yaránabis” entre los comensales, Silva recomienda “chamuscar” la araña en el fogón para quemarle los pelos y luego sumergirla en agua hirviendo con un poco de sal durante cinco minutos para limpiar cualquier residuo de veneno.

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Fotografía de Rodrigo Picón

Todos están impacientes. Quieren ocuparse de la araña, pero aún quedan varias tareas por cubrir en la práctica: tostar los gusanos sin aceite porque botan su propia grasa, preparar una ensalada de mañoco que llevará cebolla solo si el cliente lo pide, y dorar los bachacos en una sartén caliente, con una pizca de aceite y otra de sal después de remover la tierra que esté impregnada todavía. Los bachacos se compran vivos, se sumergen en agua un rato y luego se cocinan. Mientras los aprendices encienden hornillas, pican ingredientes y se reparten labores, la instructora comenta que los viejos dan fe de las propiedades afrodisíacas de los bachacos. Ríen. En vista de que el mercado estaba cerrado, harán una excepción y trabajarán con bichos refrigerados.

A finales de junio, Nelson Méndez viajó a Belém do Pará, la entrada norte a la Amazonía brasileña, para debatir sobre plantas no convencionales con el chef brasileño Alex Atala y el peruano Pedro Miguel Schiaffino, íconos de la cocina amazónica y promotores de alianzas entre los gobiernos y las empresas de sus países para convertir la gastronomía amazónica en un negocio rentable y atractivo internacionalmente.

Corpulento y tatuado, Atala figura en la lista de las 100 personas más influyentes en el mundo, según el ranking de la revista Time. Su restaurante D.O.M, ubicado en Sao Paulo, ganó dos estrellas Michelin en 2015, ocupa el tercer lugar entre los mejores en América Latina y el décimo sexto en el mundo para la revista británica Restaurant.

Méndez admira que Atala haya logrado construir un puente entre las autoridades brasileñas y el sector privado para promocionar la gastronomía dentro de la venta cultural y turística de Brasil, una hazaña que le parece inalcanzable en Venezuela, donde el gobierno responsabiliza a los empresarios por la escasez de alimentos y el sector privado no tiene acceso a divisas para importar insumos bajo el control de cambio.

Con Schiaffino y el chef Gastón Acurio a la cabeza, los peruanos convirtieron la biodiversidad en una fortaleza al crear catálogos de productos en extinción y no convencionales y promover su siembra. Descubrieron que existen 1500 tipos de papas en la cuenca de la Amazonía peruana que nace en las cumbres de los Andes.  

En el caso de Venezuela, lo más apremiante es conectar al estado Amazonas con el resto del país, especialmente después de que la aerolínea estatal Conviasa limitó su oferta a dos vuelos por semana entre Caracas y Puerto Ayacucho, los lunes y viernes. Méndez sabe que otros cocineros, venezolanos y extranjeros, quieren visitar el instituto que inauguró hace año y medio, pero no puede asumir la logística para recibirlos.

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Fotografía de Rodrigo Picón

Los estudiantes venezolanos también afrontan dificultades para hacer carrera en gastronomía. Emilio Ablán tiene 23 años y le tomó amor a la cocina gracias a las tajadas al carbón que preparaba su mamá. Cuando decidió convertirse en chef, abandonó Barquisimeto, viajó 820 kilómetros y se instaló en Puerto Ayacucho para ingresar en el ICIA. Orientado por la Nena Silva, asumió la cocción de la araña con decisión: la tomó con una pinza, la “chamuscó” en el fuego, la sumergió en agua caliente cinco minutos y después la colocó sobre una cama de ensalada de mañoco, adornada con bachacos que distribuyó uno a uno en el plato.

En Amazonas no hay restaurantes donde Ablán pueda hacer pasantías, así que se mudará a Caracas. Otros compañeros probarán suerte en Valencia y Maracaibo. Mientras el ICIA no tenga un restaurante y solo trabaje por encargo, no ven otros lugares donde sea factible ejercer profesionalmente la cocina.

Cuando la mesa de degustación está servida, a la Nena Silva no hay “yaránabi” que se le escape:

—Ahora cuéntame, ¿a qué saben los bachacos?

—A cotufas quemadas.

¿Y los gusanos?

—Parecen chinchurria.

¿Y la araña mona?

—Sabe a carne de cangrejo. Divino.

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Fotografía de Rodrigo Picón

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El día que la oposición asomó la llegada de la hora cero; por Valentina Oropeza

Unos chateaban, otros dormían, algunos daban vueltas en busca de conocidos para charlar. Las mujeres sembraban sus carteras en las butacas rojas del teatro para garantizar puesto en medio de tanta gente, mientras los hombres pescaban sillas sin preguntar. La mañana del lunes 3 de julio de 2017 transcurrió entre calor y bullicio en el

Por Valentina Oropeza | 4 de julio, 2017
Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

Unos chateaban, otros dormían, algunos daban vueltas en busca de conocidos para charlar. Las mujeres sembraban sus carteras en las butacas rojas del teatro para garantizar puesto en medio de tanta gente, mientras los hombres pescaban sillas sin preguntar. La mañana del lunes 3 de julio de 2017 transcurrió entre calor y bullicio en el Centro Cultural Chacao, donde la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) presentó ante periodistas y simpatizantes un “acuerdo nacional” después de 93 días de manifestaciones contra el gobierno de Nicolás Maduro, en las que han muerto 90 personas.

Solo un milagro nos salva de la Constituyente.

De esto salimos antes. El país no aguanta 27 días más de protestas.

El 85% está en contra, pero al gobierno no le importa esa vaina.

El problema aquí son los militares. Hay que ver qué hará la MUD con los militares.

Esa mañana los diputados opositores recibieron en el Hemiciclo a la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, quien les pidió ratificar la designación de Rafael González Arias como Vicefiscal, pese al veto del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). “Yo creo que esta Asamblea está legitimada”. Aplausos en la bancada opositora. “Espero que mi presencia aquí sirva para acabar con los conflictos institucionales y para reconstruir el país”. Las curules del chavismo estaban desiertas. Solo Germán Ferrer, esposo de la Fiscal, asistió a la sesión.  

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

La oposición venezolana exige el reconocimiento político de los demás poderes públicos desde que ganó los comicios parlamentarios a finales de 2015. El Consejo Nacional Electoral validó la impugnación del chavismo a la elección de tres diputados disidentes y la MUD perdió la mayoría calificada. El Ejecutivo aprobó presupuestos y decretos de estado de excepción sin la anuencia de la Asamblea Nacional, como prevé la Constitución. El TSJ bloqueó todas las iniciativas parlamentarias durante más de un año y desconoció las competencias del Poder Legislativo a finales de marzo de 2017. Cuando Ortega alegó que la decisión rompía el orden constitucional, se cristalizó la primera fractura entre el Gobierno y el Ministerio Público. La convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente para el 30 de julio profundizó la grieta; ahora la Fiscal llama a desconocer la iniciativa al igual que la oposición y recusa magistrados. El TSJ le prohibió salir de Venezuela, congeló sus bienes y amenaza con llevarla a juicio.

El discurso de Ortega avivó las especulaciones en el Centro Cultural Chacao. ¿Algún chavista se tomaría la foto con la oposición? ¿Aparecerían Jorge Giordani, Ana Elisa Osorio o Héctor Navarro, exministros de Hugo Chávez y detractores de Maduro? ¿Será que Ortega se acerca? “Quién sabe”, aventuró un vocero de prensa de la MUD cuando buscaba puestos para un grupo de invitados.

Casi tres horas después de la convocatoria original, cerca del mediodía, Julio Borges apareció en la tarima de traje y corbata, rodeado por líderes políticos, representantes de gremios y organizaciones de la sociedad civil que suscribieron un documento titulado “¡Que sea el pueblo quien decida!”.

Los gobernadores Henrique Capriles y Henri Falcón, y los diputados Henry Ramos y Freddy Guevara ocuparon la primera fila. Más atrás estaban sentados los alcaldes Ramón Muchacho y David Smolansky; las dirigentes María Corina Machado y Lilian Tintori. Codo a codo figuraban líderes del movimiento estudiantil, rectores universitarios, activistas de derechos humanos, empresarios, periodistas, actores y actrices. Julio Coco, férreo crítico de las estrategias de la MUD, vistió chaqueta para la ocasión. El economista Felipe Pérez, ministro de Planificación de Chávez en 2002 y 2003, caminaba entre los invitados.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

Para contrarrestar la Constituyente, el presidente de la Asamblea Nacional llamó a consultar a los venezolanos el domingo 16 de julio sobre tres aspectos:

“Que sea el pueblo quien decida si rechaza o reconoce la constituyente. Que el pueblo decida el rol que demanda a los funcionarios y a la Fuerza Armada Nacional para restituir el orden constitucional. Que el pueblo decida si convoca y respalda la renovación de los poderes públicos, la conformación de un gobierno de unidad, la realización de elecciones transparentes y libres dentro de la Constitución”.

Sudando bajo los reflectores y flanqueado por una pantalla que mostraba el mapa de Venezuela, la bandera nacional y el eslogan “Unidos por la Constitución”, Borges definió la iniciativa como un proceso nacional de decisión soberana”. A partir de su resultado decidirán si activan “el levantamiento democrático” y la “hora cero” en todo el país.

Aunque el documento no precisa qué actividades contempla la “hora cero”, apunta que la disidencia se dirige hacia “la fase superior de la lucha”. El primer vicepresidente de la Asamblea Nacional, Freddy Guevara, adelantó que podrían escalar a una huelga general. Hasta el momento los opositores han protestado en concentraciones, marchas y bloqueo de vías.

En vista de que Maduro descartó preguntar a los electores si están de acuerdo con la Constituyente, como lo hizo Chávez antes de que se aprobara la Carta Magna de 1999, la coalición opositora invoca el artículo 71 de la Constitución que autoriza el referendo consultivo para resolver “materias de especial trascendencia nacional”.

Sin ahondar en detalles logísticos, los dirigentes de la MUD proponen que se haga una consulta manual y simbólica en iglesias, plazas y otros lugares públicos, al margen del Poder Electoral, amparados en el derecho de los ciudadanos a desconocer a las autoridades que atenten contra la vigencia de la Constitución, como indican los artículos 333 y 350.

Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

Borges aprovechó la ocasión para recordarle a la Fiscal que la oposición no olvida cuál ha sido su posición durante la década que lleva al frente de la acción penal en Venezuela:

“Después de tantos años de un ejercicio cómplice del poder, en estas últimas semanas los venezolanos hemos sido testigos de cuánto aporta la separación de poderes a la República y de cuánto aporta la separación de poderes a la libertad. Sin necesidad de sacrificar la dimensión ideológica, defender la Constitución es una urgencia que sólo resulta posible hacer desde la independencia”.

Culminado el discurso, Borges desechó la formalidad y celebró la llegada al escenario del profesor universitario y dirigente de Voluntad Popular Sergio Contreras, quien sudaba y llevaba un rosario con el tricolor nacional colgado del cuello. Acababa de salir de la cárcel militar de Ramo Verde, después de haber sido capturado en La Candelaria durante una revuelta. Estuvo detenido 53 días.

El día que la policía atacó a los socorristas de la UCV; por Valentina Oropeza

—Hola, ¿me escuchas? —Sí. —¿Cómo te llamas? —Pedro. —Hola Pedro, ¿qué te pasó? —Me atropelló una tanqueta. —Okey. Somos de Primeros Auxilios UCV. Soy médico y te estamos llevando a Salud Chacao para que te atiendan. —Tengo seguro, llévenme a una clínica. —Llegaremos en dos minutos. —Quítese la máscara antigás doctora, quiero verle la cara

Por Valentina Oropeza | 11 de mayo, 2017
Foto: Captura de pantalla YouTube

Foto captura

—Hola, ¿me escuchas?

—Sí.

—¿Cómo te llamas?

—Pedro.

—Hola Pedro, ¿qué te pasó?

—Me atropelló una tanqueta.

—Okey. Somos de Primeros Auxilios UCV. Soy médico y te estamos llevando a Salud Chacao para que te atiendan.

—Tengo seguro, llévenme a una clínica.

—Llegaremos en dos minutos.

—Quítese la máscara antigás doctora, quiero verle la cara a los médicos que me están salvando.

La doctora L descubrió la mitad de su rostro, lo justo para garantizar que estaba protegida y podía seguir atendiendo a Pedro. Se desplazaban a bordo de una camioneta pickup roja, doble cabina, sin techo, identificada con cruces verdes, habilitada por el grupo de Primeros Auxilios UCV para brindar asistencia prehospitalaria a los lesionados en las protestas contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro en Altamira, al este de Caracas, el miércoles 3 de mayo de 2017.

Pedro llegó desmayado a manos de la doctora L, pero a los 30 segundos recuperó la conciencia. Tenía taquicardia, tensión baja y estaba muy pálido. Cuando le dio la vuelta y le levantó la camisa, encontró un hematoma que le hizo presumir que sufría una hemorragia interna. Le inmovilizó el cuello con un collarín y dio la orden de salida. Había que “extraerlo” de inmediato de las revueltas.

La doctora L prefiere no revelar su identidad para evitar el bombardeo de mensajes por redes sociales. Asistió a Pedro junto con tres socorristas más: Alirio Perafán, un cruzrojista de 63 años con experiencia en seguridad industrial y buzo especializado en rescate, que lideraba el grupo ese día y conducía el vehículo; su hijo Ricardo Perafán, un universitario corpulento de 19 años; y la enfermera Silenay Cardier, una morena cándida de 21 años graduada en la Universidad Central de Venezuela.

Fotografía de Diego Vallenilla

Fotografía de Diego Vallenilla

Poco después de las cuatro de la tarde dejaron a Pedro en la sala de Emergencias de la Clínica El Ávila, en el municipio Chacao, y regresaron a toda prisa a la Plaza Altamira. En la hora siguiente asistieron a dos personas con quemaduras y a otra que se asfixió con los gases lacrimógenos. El cuarto paciente presentaba un traumatismo en el tobillo izquierdo, pero una estampida de manifestantes que corrió hacia el norte de la plaza cuando se intensificó la refriega los obligó a montar al muchacho en la camioneta, rodar hasta la avenida San Felipe y estacionarse frente a la Plaza Bélgica.

Mientras los manifestantes buscaban refugio en los edificios de la zona, los socorristas desalojaron al paciente de la camioneta para que se resguardara en una residencia adyacente por iniciativa de unos vecinos. Entonces apareció un grupo motorizado de la Policía Nacional Bolivariana (PNB). Vestidos con chalecos verdes, los agentes dieron señales fugaces de aprobación a los miembros de Primeros Auxilios UCV, quienes portaban cascos blancos con cruces verdes pintadas, banderas blancas con más cruces verdes impresas, e iban vestidos con uniformes médicos. Los socorristas se sintieron tranquilos.

Cinco minutos más tarde, mientras chequeaban los insumos disponibles en los botiquines, un segundo grupo de policías en moto los rodeó. Ricardo y Silenay se quedaron inmóviles en la parte trasera de la camioneta y levantaron las manos: él portando una bandera de cruz verde en la derecha; ella mostrando las palmas embutidas en unos guantes. La camioneta quedó rodeada por 16 motos, al menos 13 pertenecientes a la PNB, cada una con un conductor y un parrillero.

Alirio y la doctora L quedaron junto a la puerta del piloto. Para preservarse de los efectos de los gases lacrimógenos, policías y socorristas, portaban máscaras: “¿Quiénes son ustedes?”. “Nos los vamos a llevar”. “¿Quién es el dueño de la camioneta?”, alcanzó a escuchar la doctora L.  Apuntó a Alirio como representante del grupo y ofreció sacar su identificación del koala que rodeaba su cintura y la acreditaba como médico y voluntaria de Primeros Auxilios UCV.

Los policías no escucharon razones. A Alirio le arrancaron un radio transmisor que llevaba enganchado entre los botones de la camisa. Comenzaron a registrar la camioneta. Dos agentes intentaron romper con picahielos los neumáticos de la parte delantera y trasera del lado izquierdo del vehículo. Ricardo avanzó para respaldar a su padre pero dos policías en moto le bloquearon el paso. Al frenar, el parrillero lo golpeó en el pecho con la culata de un arma de perdigones y lo dejó sin aliento. Trató de soportar el impacto de pie. Temía que si caía al suelo, le pasarían la moto por encima o se lo llevarían detenido.

Silenay vio salir humo blanco debajo de la camioneta y retrocedió. No entendía por qué el vehículo se estaba quemando. Los policías habían lanzado dos bombas lacrimógenas debajo del auto. Como la puerta del piloto estaba abierta, lanzaron otras dos dentro de la camioneta que reventaron el parabrisas y quemaron el tablero. La enfermera pensó que debía resguardarse de la escalada para ayudar a sus compañeros si alguno resultaba herido. Desde los balcones los vecinos gritaban: ¡Hijos de puta, déjenlos!”.

Un hombre que circulaba en una moto y buscaba la asistencia de los cruz verde fue retenido por otros policías y estaba de pie, a dos metros de la doctora L. Aunque ella se había presentado como médico, uno de los policías volvió a preguntarle si lo era. Ella asintió y él la desafió: le dijo que atendiera al joven que estaba a su lado, justo antes de dispararle un perdigonazo en una pierna. La doctora L no vio la agresión de frente, la percibió con estupor de lado. Le gritaron que entregara el koala. Por la voz y la contextura supuso que era una mujer. La doctora intentó explicarle que debía desabrochar el bolso atrás. La agente no tuvo paciencia y jaló el koala tan fuerte que hizo caer a la doctora al piso, sobre sus rodillas. No le quitaron el koala.

Ricardo y Silenay no corrieron con la misma suerte. Dos parrilleros tomaron sus botiquines. El de Ricardo tenía collarín, tijeras para cortar pantalones, mango de bisturí, hojillas de bisturí, pinza mosquito y analgésicos. Todo lo había comprado él mismo. Silenay perdió gasas, agua oxigenada, vendas, un inmovilizador cervical y el dinero del día.

Los policías abordaron las motos y emprendieron la retirada. Silenay vio al último uniformado que quedaba de pie disparar una bomba que le pasó a menos de un metro a Alirio. Una vez que desaparecieron, Ricardo se sobrepuso al ahogo. Creía que la camioneta podía incendiarse. Salió corriendo, abrió la puerta del piloto y sacó la primera bomba con la mano descubierta. Cuando se disponía a retirar la segunda, encontró un guante de carnaza en el piso, lo tomó y expulsó el artefacto. La doctora L se distanció del vehículo, agobiada por el gas lacrimógeno que los envolvía. Ricardo cayó al piso; no podía aguantar más la respiración y le dolía la boca del estómago. Sus compañeros corrieron a asistirlo: “Cálmate, cálmate, respira normal”, le decían. Alirio se incorporó de inmediato para buscar transporte y llevarse a su hijo. Ricardo no recuerda cómo llegó a la clínica.

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Esta crónica se elaboró a partir de los testimonios de los cuatro socorristas que fueron atacados por un grupo de agentes de la Policía Nacional Bolivariana el miércoles 3 de mayo de 2017 en la Plaza Altamira, en Caracas.

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“Le pedí a los guardias que me mataran para que no me pegaran más”; por Valentina Oropeza

I “El lunes me levanté con ganas de manifestar. Quería saber qué se siente. Tengo veintidós años y era la primera vez que salía a protestar. Como en los días anteriores hubo tanto gas y plomo, me fui con dos amigos para no andar solo. Yo estaba parado cerca del puente y entonces no me

Por Valentina Oropeza | 14 de abril, 2017
Fotografía de Giovanna Mascetti. 8 de abril de 2017

Fotografía de Giovanna Mascetti. 8 de abril de 2017

I

“El lunes me levanté con ganas de manifestar. Quería saber qué se siente. Tengo veintidós años y era la primera vez que salía a protestar. Como en los días anteriores hubo tanto gas y plomo, me fui con dos amigos para no andar solo.

Yo estaba parado cerca del puente y entonces no me fijé bien que los policías y guardias estaban montándose en las motos y que las tenían prendidas para emboscarnos. Cuando vi que ya venían, salí corriendo pero lanzaron muchas bombas lacrimógenas, una me cayó casi en toda la cara y me asfixié, no pude correr más. Cuando agarré aire y pude correr, ya los tenía encima. Entonces uno de los guardias se bajó de la moto corriendo y me emboscó tipo jugador de rugby, me emboscó violento y pegué contra el escalón de un negocio que está ahí. La costilla la pegué del maldito escalón ese.

En el piso empezaron a darme coñazo pero salvaje. Lo que hice fue taparme la cabeza. Me dieron por la espalda, las costillas, los brazos, las piernas. Me dieron con el rolo ese por todos lados. Hasta con la peinilla y con el casco también me dieron por la cara. Me daban puñetazos, patadas y me golpearon con la culata del lanzabombas, me halaron el pelo durísimo, y uno de ellos intentó meterme el dedo por el trasero. Eran como veinte guardias y también había dos PNB (Policía Nacional Bolivariana). A mis panas no los vi más.

Entonces me llevaron para donde ellos se estaban refugiando y ahí me hicieron un poco de mierdas: me taparon la cara con una camisa, me echaron gas pimienta de cerquita en la cara y me amarraron. Una maldita guardia me quitó la cadena. Como yo no la quería soltar, la maldita me pellizcó con las uñas para arrancármela. Ella me amarró las manos hacia atrás con una trenza y me apretó burda ‘e feo. Mírame las marcas, sentía que me estaba cortando.

Lo más arrecho no fueron los coñazos sino el psicoterror. Mientras me pegaban me decían: ‘te vamos a matar, mamagüevo’, ‘te vamos a violar’, ‘vamos a acabar con tu familia, maldito’, ‘¿quién te manda a meterte en esto?’. Eso mismo pensé yo: ¿quién me manda a meterme en eso? Pero es que la vaina está muy jodida. El dinero no alcanza, no hay medicinas y la calle está llena de malandros. ¿Y encima no me vas a dejar protestar?

Ya cuando estaba sentado en el piso, ellos empezaron con una mamadera de gallo. Me decían: ‘párate’. Y cuando me paraba, me daban coñazos. Me decían: ‘siéntate’. Y vuélvete a parar. Así estaban a cada ratico. En lo que agarraron a otro chamo, que empezaron a ensañarse con él, los policías se agüevonearon y ahí fue cuando me paré y salté la defensa de la autopista y me lancé para el Guaire. Rodé por un barranco ahí burda ‘e feo y caí como de una pared de dos metros, que fue cuando me escoñeté las nalgas y la mano. Cuando me golpee con el piso, se me soltaron las manos. Salí corriendo por la orilla del Guaire pero cuando vi que venía un guardia detrás mío, crucé esa mierda y empecé a subir por un barranco que está ahí.

Te juro que ni pensé en que era agua de mierda. Estaba tan desesperado que fue lo único que se me ocurrió. No llegué a meter la cabeza pero sí tuve el agua hasta el cuello. Y la corriente es durísima. Entonces salí y cuando iba subiendo el barranco ya venían los malditos esos otra vez en las motos y me dispararon a quemarropa una bomba lacrimógena. Y me volvieron a agarrar.

Me batuquearon contra el piso y me empezaron a dar coñazos otra vez. Me montaron en la moto y como no me quería dejar, los bichos me arrastraron por el piso y me daban coñazo, no joda, a cada rato. Le pedí a los guardias que me mataran para que no me pegaran más, para que no me torturaran más.

Luego a otros chamos y a mí nos trasladaron en moto: un guardia iba manejando, yo iba en el medio y otro iba atrás. Los tumbé de la moto como tres veces. Tres veces me montaron, tres veces tumbé a los malditos esos. Pero tanto dieron que terminaron llevándome. Ahí fue cuando nos empezaron a ruletear. Primero nos llevaron para el puente que conecta el Recreo con Bello Monte y después para la PTJ (Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas) en Parque Carabobo. De allí nos llevaron a la Urdaneta (Fiscalía) y ahí les dijeron que no, que estábamos muy coñaciaos, que nos tenían que llevar al hospital para chequear que estuviéramos bien y que luego nos llevaran otra vez para allá.

En el hospital nos recibieron los doctores y los guardias se pusieron muy payasos y los médicos les dijeron que no nos iban a sacar más del hospital, que no nos iban a llevar presos. Ahí fue cuando llegó mi papá y empezó a lidiar con los tipos.

Los médicos no hallaban por dónde tocarme porque me dolía todo. Empezaron a quitarme la ropa y a revisarme las heridas. No sé cuánto tiempo pasó pero cuando ya estaba acostado, uno de los guardias volvió a entrar y dijo que tenía que llevarme a la Fiscalía para presentarme, que me prepararan, que me tenían que llevar.

Mi mamá luego me contó que la doctora que me atendió se le plantó al guardia y le dijo que no me podían sacar porque yo era un paciente. Me dijo que las enfermeras, otros médicos, todo el mundo se metió para que no nos sacaran del hospital. Si no, quién sabe qué hubiese pasado. Después los guardias regresaron e hicieron que mi papá firmara un papel que decía que yo estaba bien y que la guardia no me había hecho nada. No tenemos copia de ese papel, no sabemos qué pueden hacer, por eso no te puedo echar este cuento con nombre y apellido. Y habrá detalles que no puedes poner porque no sé si luego van a querer buscarnos para jodernos.

Al final no me presentaron ni en el CICPC ni en la Fiscalía. Dicen que nos querían imputar por terrorismo, que a todos los chamos que agarren en las marchas los van a condenar por terrorismo. Dicen que hay gente a la que le ponen régimen de presentación y a otra que le dan diez años de cárcel. No sé bien cómo es eso, lo que sí puedo decirte es una cosa: después de esto, ni de vaina vuelvo a salir a protestar”.

II

“Me enteré de que mi hijo estaba metido en este lío porque uno de sus amigos le tomó una foto cuando lo agarraron los guardias y la puso en Facebook. Yo salí en la mañana a trabajar y escuché cuando le dijo al papá que él quería salir a ‘guarimbear’ y el papá le dijo que se dejara de cosas, que se fuera a dormir o a jugar Play con sus amigos.

Resulta que mi muchacho salió a protestar y yo ni sabía. En la tarde, cuando llego del trabajo, una vecina me para en la puerta del edificio, me muestra el teléfono y me dice: ¿éste no es tu hijo? A mí se me iba a salir el corazón por la boca. Al principio tuve que verlo bien, no quise creerlo. Pero cuando vi que fue uno de sus amigos quien publicó la foto, entendí que mi muchacho estaba en problemas.

Su hermana tiene muchos contactos y empezó a buscar por aquí y por allá hasta que nos dijeron que estaba en el hospital. Le dieron golpes por todas partes. ¿Tú tienes idea de lo que nos ha costado a nosotros, a su papá y a mí, sacar adelante a ese muchacho? Para que vengan unos desgraciados a malograr lo que tu has visto crecer durante 22 años. ¿Por qué les pegan? ¿Quién les da derecho a esos tipos de pegarle a esos muchachos? ¿Qué clase de democracia es ésta en la que uno no puede protestar y quejarse? Además, nos hicieron firmar ese papel de que no le hicieron nada pero ni sabemos bien qué dice. Nos friegan la vida todos los días y ¿también tenemos que quedarnos callados? Esto ha sido una pesadilla.

Además de que le pegaron, entonces se devolvieron a buscarlo para llevárselo herido como está. ¿Para qué? ¿Qué iban a hacerle? Si no es porque la doctora que lo atendió se embragueta y se le enfrenta al guardia, se me pierde mi muchacho. Por eso fue bueno que sacaran la información por Facebook, de lo contrario lo perdemos y después no íbamos a tener a quién reclamarle.

Esta es la primera vez que él nos hace esto. Él es un muchacho muy tranquilo, uno de los pocos de su grupo que sirvió. La mayoría de los muchachitos que estudiaron con él en la escuela y el liceo se perdieron, se metieron a malandros o usan drogas. Mi muchacho no, mi muchacho sí salió adelante. ¿Tu sabes lo difícil que es tener un hijo varón tranquilo en esta época y que no se meta en problemas? A mi hijo lo salvaron los médicos y las enfermeras que no dejaron entrar a esos guardias.

En la noche lo bañé, estaba sucísimo por el agua del Guaire. ¿Tú te imaginas eso? Mi hijo metido en el Guaire. Ahora lo que me preocupa es buscarle los antibióticos para que no se le infecten esas heridas. Las doctoras me dijeron que lo limpiaron bien, pero ahora solo quiero que se quede en casa para cuidarlo”.

III

“Él tenía traumatismo toracoabdominal cerrado no complicado y un traumatismo craneoencefálico leve. El muchacho me comentó que tenía lesiones en el tórax y en el abdomen, en vista de que lo habían golpeado en múltiples oportunidades, lo habían pateado. Yo intenté preguntarle al guardia nacional cómo se llamaba el rolo que ellos utilizan. Él se negó a decirme el nombre pero sí me comentó que le dispararon a quemarropa en distintas oportunidades, es decir, le pegaron las bombas lacrimógenas ahí mismo. Él tenía una lesión que fue a quemarropa.

Él llegó con otros muchachos y cuando los recibimos, los guardias me dijeron: ‘no doctora, es simplemente para que ustedes los evalúen’. Cuando los vimos, inmediatamente buscamos la manera de contactar a los familiares para que se llegasen al hospital. Les comenté a los guardias que los muchachos se tenían que quedar hospitalizados. Ellos me dijeron que eso era imposible, que era nada más para evaluarlos, hacer un informe y que se los iban a llevar. Yo les dije que los muchachos tenían múltiples contusiones y que en ese caso, con pacientes con ese tipo de lesiones, los dejamos aproximadamente entre doce y veinticuatro horas, les hacemos estudios de rayos X, varios controles de hematología y posteriormente, si todo está bien, les damos de alta.

El guardia lo primero que me dijo fue que eso no se iba a poder hacer. Tuve que llamar al jefe de la guardia para comentarle esto y hablé también con el jefe de Anestesiología. Ahí fue cuando todo el hospital se dio cuenta de lo que estaba pasando y la actitud que tomaron los guardias fue bastante agresiva, ellos no querían que se les diese la atención médica, querían llevárselos así de todas formas. Se les explicó muchas veces que no podían abandonar el hospital en las condiciones en las que estaban y el argumento de ellos fue que pertenecían a una jurisdicción distinta, que los iban a llevar a un lugar cercano a su jurisdicción.

Se los iban a llevar a la fuerza pero el personal médico y el de enfermería se impuso y no se los llevaron. Simplemente nos paramos en la parte de afuera de la Emergencia. Eran cuatro guardias, de unos treinta o treinta cinco años, no eran jovencitos. Ellos estaban armados cuando llevaron a los muchachos, pero no utilizaron las armas en ningún momento. Lo que hicieron posiblemente fue llamar a sus superiores. Nos consultaron un poco y mi adjunto habló muy claro con ellos y les dijo que no se los iban a llevar. Todos los residentes se opusieron. Hablamos de hospitalizarlos por lo menos hasta que ellos se pudiesen retirar de la institución. Se alzó mucho la voz y había gente que no era ni médicos ni enfermeras, sino pacientes que estaban observando la situación y les preguntaban que si no tenían hijos o sobrinos. La respuesta de los guardias no fue buena, su actitud fue hostil.

No dijeron a dónde se los iban a llevar. No recuerdo cuánto tiempo tenían los muchachos con los guardias ya pero tengo entendido que sus familiares desconocían si ellos estaban bajo algún tipo de arresto. Nos comunicamos con las familias a escondidas de los guardias nacionales porque teníamos miedo de que se los llevaran de forma brusca. La actitud del guardia siempre fue: ‘mírelos rapidito que me los tengo que llevar’.

Ellos me pidieron un informe y yo me negué a firmar o a hacer cualquier informe médico. Les expliqué que solamente iba a firmar la historia médica. No estoy autorizada para firmar ningún tipo de informe. Claro, es verdad que existe la opción legal de que el médico sirva como perito, pero en este caso yo hice la historia para describir cómo pasaron los hechos.

Hemos recibido delincuentes que vienen con la policía, con el CICPC, y ellos permiten que se les haga toda la evaluación y se les ponga tratamiento. Pero en ningún momento la actitud es como esto, nunca había visto algo así. Esto nunca nos había pasado antes con heridos en manifestaciones.

Le pregunté a un guardia por qué los habían detenido y él me comentó que estaban siendo solicitados por terrorismo. Los muchachos estaban severamente golpeados y los guardias como si nada. Me dijeron: ‘es que ellos son unos terroristas, doctora’. Esa fue la palabra que él usó: terroristas”.

Médicos en fuga; por Valentina Oropeza

El Estado forma gratuitamente a profesionales que prefieren marcharse de Venezuela no solo para buscar una mejor vida sino para escapar de la frustración de ver a sus pacientes sufrir o morir

Por Valentina Oropeza | 22 de marzo, 2017
Cálculos gremiales indican que 16.000 doctores se han marchado de Venezuela en 15 años. Fotos Iñaki Zugasti

Cálculos gremiales indican que 16.000 doctores se han marchado de Venezuela en 15 años. (Foto Iñaki Zugasti/ Adaptación: Sandra Barrón)

Mario camina ensimismado por un pasillo del hospital público donde estudia Neurocirugía en Caracas. Suda tanto que se detiene a limpiar los cristales de sus lentes cuando una mujer lo aborda para pedirle un informe médico. Sin levantar la mirada, el residente de 28 años de edad la escucha disparar una retahíla de explicaciones hasta que se distrae. Son las cinco de la tarde y acaba de pasar cuatro horas en quirófano. Rebusca en un bolsillo de la bata blanca y encuentra el almuerzo: una galleta de chocolate. Luce cansado y afligido ese miércoles de octubre de 2016. Uno de sus pacientes murió el día anterior. Camina, saluda, opera, pero no deja de pensar en eso.

Tenía 63 años de edad y falleció después de sufrir un accidente cerebrovascular hemorrágico. “Le dio porque no consiguió la pastilla para la hipertensión arterial. Cuando empezó a sentirse mal, no tuvo dinero para pagar un médico privado así que esperó seis meses por una cita con el especialista en el hospital. No se controló y ese fue el resultado”.

El médico, que prefiere mantener su identidad anónima para evitar represalias de sus superiores, ha repasado el caso varias veces, de memoria y en voz alta, y siempre llega a la misma conclusión: “Esa muerte se podía evitar”. El enfermo estaba caquéxico –había perdido mucho peso y vitalidad– y Mario suponía que moriría pronto. A pesar de ello, le propuso a los familiares hacer exámenes de control y lo posible para prolongar su vida. Los parientes le pidieron que desistiera y le dijeron que les salía “más barato” que falleciera; ya no tenían para comer, menos aún para procesar otros estudios que debían hacer en laboratorios privados porque el del hospital carecía de reactivos.

Extenuado por las condiciones en las que vive y trabaja, Mario comenzó a tramitar sus documentos para emigrar de Venezuela aunque le faltan tres años para culminar el posgrado. Se encuentra frustrado porque la falta de insumos en el hospital le impide salvar a sus pacientes, a quienes prescribe medicinas que no se consiguen en el país; está cansado de cobrar un salario que no alcanza para sobrevivir dignamente; se siente amenazado por los ataques de delincuentes que vulneran la seguridad de los centros de salud y de grupos afines al gobierno que agreden a los médicos cuando denuncian la gestión oficial.

Si cumple sus planes se unirá al contingente de médicos venezolanos que se han marchado del país por las mismas razones. Desde 2002 hasta agosto de 2016, emigraron aproximadamente 16.000 profesionales de acuerdo con los cálculos de la Federación Médica Venezolana. Todos se formaron en universidades públicas gratuitamente, una posibilidad excepcional en América Latina, donde la mayoría de las instituciones que ofrecen la carrera son privadas y cobran matrículas elevadas. La sanidad pública venezolana, sin embargo, se queda sin especialistas a falta de incentivos y planes que permitan retener a los médicos.

La primera opción de Mario es Chile: allí puede convalidar de forma rápida el título profesional y recibir mejores ofertas de trabajo. La segunda, Colombia; la tercera, Panamá; y la cuarta, Ecuador.

En todos los destinos hay colegas venezolanos que facilitarán la integración al nuevo entorno si tiene que marcharse. Espera no sufrir en esos lugares la impotencia que sintió con el paciente que murió por el accidente cerebrovascular o con otro caso que califica como “una vergüenza”. Fue el de un hombre que sangró cinco veces mientras esperaba cupo quirúrgico para reparar un aneurisma. “Eso es una pelota que aparece en un vaso importante del cerebro y se inflama hasta que se rompe y queda sangrando”, explica. Como el hospital no tenía insumos para hacer arteriografías –radiografías de los vasos sanguíneos– no sabían dónde estaba la lesión. “La probabilidad de morir en un primer sangrado es de cincuenta por ciento. La segunda vez se incrementa a setenta por ciento. La tercera escala a noventa por ciento. El cuarto sangrado ya no está registrado en los libros. ¡Imagínate lo que aguantó!”.

El año pasado Mario confiaba en que se realizaría un referéndum revocatorio presidencial y que la situación comenzaría a cambiar. Pero una vez que el sistema judicial anuló la consulta, Mario aceleró sus planes de marcharse. La oposición ha denunciado que existe una crisis humanitaria – con 80 por ciento de escasez para productos médicos quirúrgicos en hospitales públicos-, pero el gobierno lo niega. El desabastecimiento se agravó desde que el petróleo, principal producto de exportación del país, se vende por debajo de 40 dólares por barril.

Los emigrados

Un sábado de mayo de 2009, en la madrugada, los acompañantes de un paciente que ingresó a la sala de urgencias del Hospital General de Lídice, al noroeste de Caracas, amenazaron con matar a doctores y enfermeros si no le salvaban la vida. La policía intervino, se desató una balacera, y diez efectivos fueron heridos. Días antes, un delincuente había ido a buscar a un médico para asesinarlo porque un “pana” murió mientras lo intubaban. Los residentes se fueron a huelga y el único que quedó en funciones fue el anestesiólogo e intensivista Moisés Peña.

El especialista estaba acostumbrado a trabajar en circunstancias críticas. Durante los dos años que cursó el posgrado de Terapia Intensiva no ganaba suficiente para pagar una habitación, así que vivió en el quinto piso del hospital, una práctica tolerada en algunos centros asistenciales pese a que no está oficialmente permitida. Su primer sueldo lo recibió diez meses después de iniciar los estudios, subsidiados por el Estado venezolano. Pero aquel tiroteo fue el detonante que lo llevó a tomar la decisión de mudarse a Chile.

Tras haber pasado meses lejos de su esposa y su hijo de seis años, espera reunirse con ellos pronto, con todos los documentos en regla para iniciar una nueva vida en familia. Devenga un sueldo de 3.500 dólares en un hospital de Viña del Mar, mientras sus colegas en Venezuela ganan entre 60 y 12 dólares, si se calcula a la tasa oficial más alta en el esquema cambiario o a la cotización en el mercado negro para inicios de 2017. “Nadie emigra por placer o por la pura experiencia, uno lo hace por necesidad. Me fui porque sentí que en Venezuela ya no podía vivir decentemente”, comenta Peña en videoconferencia durante un descanso de la guardia de domingo.

Oriundo de Maracaibo, una ciudad que vive a casi 30 grados centígrados todo el año, a Peña ya no le incomoda el invierno chileno ni la aprehensión que puede despertar por ser inmigrante a sus 45 años de edad.

“Piensan que les vamos a quitar los puestos de trabajo, pero si uno muestra educación y capacidad, te aceptan”. Sabe que su experiencia ayuda a cubrir la carencia de profesionales en el país suramericano, cuyo gobierno lanzó en octubre de 2015 la campaña “Chile necesita más médicos y especialistas: Incorpórate al Sistema Público de Salud”, y donde se requieren miles de dólares para graduarse como anestesiólogo o intensivista. Más aún obtener ambos títulos.

La migración masiva de médicos hacia países desarrollados es una tendencia global que compromete el recurso humano especializado de los países en desarrollo, advierte G. Richard Olds, presidente y director de la Universidad de Saint George en un artículo publicado en octubre por el portal del Foro Económico Mundial. Ubicado en Granada, una pequeña isla situada frente a Venezuela y que forma parte del Reino Unido, este centro de estudios alberga una de las escuelas de Medicina más reconocidas del Caribe.

En Venezuela se desconocen estadísticas oficiales sobre profesionales que hayan emigrado en los últimos años. Sin embargo, las promesas oficiales se anuncian en números redondos: en 2019 habrá 60 mil médicos integrales comunitarios, formados bajo un diseño curricular inspirado en el modelo sanitario cubano, focalizados en tratamientos preventivos y comprometidos con una “medicina humanista para el servicio social humano”, en palabras de Maduro.

Desde un pabellón de urgencias que opera sin aire acondicionado ni agua corriente cinco días a la semana, cuatro residentes comentan que cada médico que renuncia y emigra es una baja que no se reemplaza. Ello ha obligado a quienes se quedan a redoblar esfuerzos y replantear prioridades: los casos más graves primero. Los demás, cuando se pueda. Al menos dos de ellos están dispuestos a engavetar el estetoscopio para servir café en algún país donde puedan comprar un vehículo con sus ahorros o pasear a pie de noche, utopías cotidianas para quienes viven con una inflación de tres dígitos y casi 18 mil homicidios anuales según la Fiscalía.

Los médicos más experimentados temen que las especialidades en los hospitales públicos venezolanos queden desiertas con el paso del tiempo. “¿Quién me atenderá cuando me enferme?”, se pregunta desolado Daniel Sánchez, jefe del posgrado de Anestesia en el Hospital Vargas de Caracas, al ver que cada año se postulan menos médicos para especializarse.

Oncología Médica, Anatomía Patológica, Oftalmología, Cirugía Cardiovascular, Cirugía de Tórax o Dermatología son algunos de los posgrados que ya no tienen alumnos en el primero o segundo año, contaron residentes y jefes de servicios de cuatro hospitales públicos en Caracas.

El compromiso con los pacientes es la fuerza que aún motiva a muchos médicos a permanecer en el país

El compromiso con los pacientes es la fuerza que aún motiva a muchos médicos a permanecer en el país. (Foto Iñaki Zugasti)

Convencido de que si habla con nombre y apellido lo expulsan del posgrado, este estudiante de Traumatología de 28 años de edad no quiere emigrar pero tampoco ve mejor opción. El sueldo no le alcanza para pagar el alquiler, el mercado y “una entrada de cine al mes”. Con la primera quincena apenas cubre tres almuerzos en el cafetín del hospital. Con la segunda abastece la nevera para quince días. Su madre paga el arrendamiento, los servicios y de vez en cuando le completa la gasolina, que vale menos de un centavo de dólar por litro.

Aunque el Estado costeó sus seis años de pregrado en una universidad pública, uno de rural, dos de internado, uno de residencia asistencial y ahora los tres de posgrado, no existe ninguna obligación legal que lo comprometa a retribuir esta inversión. El dilema de irse o quedarse es estrictamente moral: ¿quién se quedará para atender a sus pacientes?, ¿qué pensarán cuando sepan que se ha ido?

Frente a otros colegas que confiesan estar en la misma situación, este residente lamenta soñar con marcharse de Venezuela. “Sé que no hubiese podido estudiar esta carrera en otro país porque cuesta miles de dólares, pero ¿sabes qué da impotencia? Que se te mueran cinco pacientes en los brazos porque no tienes recursos para atenderlos. Estoy a dos centavos de pedir en la calle”.

En 2016 su círculo de amistades se redujo a los colegas de faena diaria: una decena de excompañeros de clases se fueron a Chile, Brasil, Ecuador, México, Canadá, Estados Unidos, España y Australia, unos con especializaciones completas, otros apenas con el título de Medicina y sin haber cumplido la pasantía rural para ejercer legalmente en Venezuela.

Reconoce avergonzado que no tiene novia porque no podría “ni invitarle un helado”, y saca el teléfono móvil de la bata blanca para mostrar un chat que respalda su razonamiento: “Una de mis mejores amigas se acaba de ir y va a ganar 900 euros como camarera. Apenas necesita 350 para vivir.

“¿Cuándo voy a ganar eso si me quedo aquí?”. Aunque no dispone de guantes, yeso, gasas, antisépticos, alcohol e hilos de sutura, está decidido a culminar la especialidad en Traumatología. “Por lo menos tenemos vendas, con eso resolvemos”, dice justo antes de pedir que desalojen el área para ocuparse de un herido de bala que acaba de llegar.

A finales de noviembre, la detención del ginecólogo Gonzalo Müller prendió las alarmas del gremio. El jefe de Ginecología y Obstetricia del Hospital Los Magallanes de Catia, al oeste de Caracas, fue capturado por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional tras recibir 40 cajas de insumos entregados por Lilian Tintori, esposa del opositor preso Leopoldo López.

Aunque el especialista fue liberado tres días después sin cargos judiciales, sus colegas escarmentaron en cabeza ajena. Algunos reconocen que buscan donaciones para los centros asistenciales donde trabajan, pero ahora lo hacen a escondidas y en silencio.

Otra residente matiza que los robos, secuestros y homicidios, encabezan su lista de razones para marcharse. Apenas termine la especialización se mudará a Nueva Zelanda, donde no le exigen revalidar sus títulos y tendrá que ejercer en inglés. Ganará unos 200 mil dólares al año, según sus pesquisas preliminares. “Estoy cansada de recibir insultos, golpes y todas las vejaciones que te pueda decir un familiar llevado por la ira cuando no puedes atender al paciente porque no tienes insumos”.

“Al menos no te ha llegado nadie con una granada en el pantalón, como le pasó a los colegas del (hospital) Pérez Carreño”, ataja un médico que ya ha abierto tres gavetas de un estante en busca de gasas. Abatida, la doctora suspira: “No veo la hora de irme de Venezuela”.

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Esta historia pertenece al especial Relatos del Absurdo, organizada y editada por la ONG venezolana Instituto de Prensa y Sociedad y Connectas, una plataforma latinoamericana de periodismo colaborativo. Para ver todo el especial haga click acá.

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“No los quiero robar, pero necesito que cooperen”; por Valentina Oropeza

En plena hora pico encontré un asiento libre en la primera fila de un autobús que circula por la avenida Francisco de Miranda, en dirección hacia el este de Caracas. Desde fuera luce como un armatoste desalineado, a punto de desprenderse sobre las ruedas del costado izquierdo, al igual que los letreros del espejo frontal

Por Valentina Oropeza | 3 de marzo, 2017
Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

En plena hora pico encontré un asiento libre en la primera fila de un autobús que circula por la avenida Francisco de Miranda, en dirección hacia el este de Caracas. Desde fuera luce como un armatoste desalineado, a punto de desprenderse sobre las ruedas del costado izquierdo, al igual que los letreros del espejo frontal que anuncian las paradas. Por dentro es inusualmente espacioso, lo suficiente como para sentarse en el puesto que limita con el pasillo sin temor a que la cartera de alguien me tropiece el hombro izquierdo. Las sillas son amplias y mis caderas no invaden el espacio de la pasajera que va sentada a mi lado, una estudiante de bachillerato, de cara redonda y ojos rasgados, vestida con uniforme escolar y un delicado cintillo de colores que doblega su abundante cabellera negra.

Sin riesgo a ser interrumpida por roces indeseados, me sumerjo en la página 217 de la novela Ensayo sobre la lucidez, edición de Alfaguara 2004. José Saramago está a punto de contarme cómo reaccionó el Gobierno cuando se dio cuenta de que falló su última maniobra para acorralar a los electores que votaron en blanco durante los comicios, una rebelión pacífica que obliga al presidente y a sus ministros a emprender una carrera represiva por mantenerse en el poder:

“… probablemente casi todos estos hombres hubieran preferido que corriese alguna sangre, no hasta el punto de la masacre anunciada por el reportero de televisión, pero sí algo que hiriese la sensibilidad de los habitantes de fuera de la capital, algo de lo que se pudiera hablar en todo el país durante las próximas semanas, un argumento, un pretexto, una razón más para satanizar a los malditos sediciosos. Y también por eso se comprende que el ministro de defensa a la chita callando, le acabe de susurrar en el oído al colega de interior, Qué mierda vamos a hacer ahora”

Una voz estridente desgarra mi concentración y me obliga a abandonar las primeras oraciones de la página 218: “Buenos días mi gente, con mucha pena vengo a pedirles. No los quiero robar, pero necesito que cooperen”. Levanto la mirada para chequear rápidamente al vocero y descubro que sus piernas están muy cerca de mis rodillas. Es alto, moreno, delgado. Tiene una barba poblada y secuelas de acné mal curado en el rostro. Viste gorra y una camiseta blanca metida dentro del pantalón.

“De verdad que me da bulda ‘e pena pero tengo que pedirles plata para volver a mi casa en Coro porque acabo de salir de Yare y no tengo cómo devolverme”.

Nadie se inmuta, el autobús sigue rodando y una pasajera le pide al chofer que se detenga en la próxima parada, mientras el bamboleo la empuja contra el hombre que bloquea la salida del pasillo. Tengo la impresión de que el motor rugió tan fuerte cuando habló sobre la prisión, que ese detalle solo lo escuchamos quienes estábamos cerca del exconvicto.

Una semana antes, en la misma ruta de este autobús, un muchacho llamado Juan Manuel se identificó como artesano y recitó su número de cédula antes de pedir dinero para comprar medicinas a su hermano que padece leucemia. Para dar fe de sus habilidades manuales, exhibió orgulloso un bolso que elaboró con billetes de dos bolívares doblados en forma de triángulo, alegoría creativa a la devaluación de la moneda. En el Metro, hace tres días, vi a un hombre de cuarenta y tantos subirse la camisa para mostrar la cicatriz que le quedó después de que le extrajeron una bala de la espalda. Requiere una nueva cirugía y no puede pagarla. Unas estaciones más adelante, una anciana de cabello blanco y corto, con la piel seca y pegada a los huesos, deambulaba por los vagones clamando: “La abuela tiene hambre, hambre tiene la abuela. Ayúdala y Dios te ayudará”.

“Aquí está la carta de excarcelación con la copia de mi cédula por si no me creen, pa’l que quiera verla. De verdad verdad que no quiero hacerles daño, pero me tienen que ayudar”, insiste el hombre, esta vez tenso y con voz temblorosa, mientras sostiene con la mano derecha una hoja escrita a computadora con su documento de identidad impreso en una esquina. La izquierda se desplaza hacia sus lumbares, con los dedos dentro del pantalón.

A esa distancia el escrito es una mancha gris, una copia borrosa de letras muy pequeñas. Me siento tentada a pedirle el papel, corroborar su identidad y averiguar por qué estuvo preso, como si tuviera la potestad de desconocer su solicitud si descubro que miente. Luego pienso que hacerle preguntas lo alteraría más y agravaría la situación, aunque él pueda ofrecer un testimonio valioso sobre la vida en esa cárcel del estado Miranda. El movimiento de los demás pasajeros me disuade finalmente: un hombre despega la nalga derecha del asiento para sacar su cartera; una señora vacía su monedero lleno con billetes de cincuenta. La jovencita sentada a mi lado me aprieta la muñeca, volteo y me hace una seña para que cumpla con mi aporte. Ya no tiene los ojos rasgados, parecen más bien dos huevos fritos. Acaba de entregar lo que parece su mesada. Instintivamente meto la mano en el bolsillo y saco algunos billetes de dos, cinco y diez, que había apartado en la mañana para colaborar con quien me pidiera dinero en la calle. Temo que se moleste si la contribución le parece irrisoria, pero de inmediato concluyo que es peor abrir la cartera y mostrarle el teléfono móvil.

—Gracias mi reina bella, gracias mami, gracias varón…

—¡Pero de verdad, vete pa’ Coro! —grita nerviosa otra pasajera, mientras los que pueden se bajan con la cabeza gacha y a paso apresurado, una vez que se detiene el autobús.

—¡Claro mi doña, ahora sí! —responde sonriente el hombre mientras recorre el vehículo para recoger el dinero, puesto por puesto. Se despide agradecido con todos, especialmente con el chofer que le permitió abordar el colectivo.

Una vez que el hombre desaparece, estalla un revuelo de comentarios dentro del autobús:

—Nunca había visto que alguien pidiera dinero diciendo que acaba de salir de la cárcel —dice la señora que entregó los billetes de cincuenta.

—Ese cuento es más viejo que el hambre —replica un anciano que va sentado más atrás.

—Yo me asusté —suspira la bachiller.

—Ese coño ’e madre nos iba a robar —protesta un hombre que se acerca a la puerta de salida.

Tras detenerse en la siguiente parada, el conductor se voltea y rebate desafiante:

—En mi unidad nadie roba.