Blog de Roberto Mata

“Estoy llorando seco”; por Roberto Mata

“Sentí un tumulto en la calle frente a la ventana de mi cuarto. Estaba descansando porque había estado de guardia. Me asomé y gritaron: ‘¡Muévete Héctor, muévete! El Gordo está muy mal!’. Eran como setenta personas, gente llorando. Se habían enterado por el grupo de Whatsapp de la comida: a El Gordo le habían dado

Por Roberto Mata | 19 de mayo, 2017
Héctor Lugo retratado por Roberto Mata

Héctor Lugo retratado por Roberto Mata

“Sentí un tumulto en la calle frente a la ventana de mi cuarto. Estaba descansando porque había estado de guardia. Me asomé y gritaron: ‘¡Muévete Héctor, muévete! El Gordo está muy mal!’. Eran como setenta personas, gente llorando. Se habían enterado por el grupo de Whatsapp de la comida: a El Gordo le habían dado un tiro. No me dejaron manejar mi propio carro para ir a la clínica, entonces entendí que era algo grave, muy grave.

Ese día llegué de la guardia a las dos de la tarde y Hecder (20) estaba en mi cuarto, en la computadora y chateando. A las tres lo llamaron los amigos.

—Bendición, papá. Ya vengo.

—¿Para dónde vas tú? Eso está feo en la calle.

—No te preocupes, papá. Voy aquí mismo y vengo.

A mí no me deja dormir lo que vi en el video, los muchachos tratando de rescatarlo mientras estaba herido en el piso porque ya le habían disparado a la cabeza. La GNB reprime más la marcha y les lanza bombas, cerca de su cuerpo casi muerto. Entonces aparece un guardia y le dispara a quemarropa en el abdomen, eso es lo que de verdad no me deja dormir.

Cuando llegué a la clínica, me asomé por una rendija mientras lo estaban entubando y lo vi muy mal. Tuvo pérdida de masa encefálica, me dijeron los especialistas que lo atendieron: ‘le vamos a ser sinceros doctor porque usted es médico y no podemos mentirle: su hijo del uno al diez, tiene posibilidad tres de vivir’. Pasó la noche en trauma shock, nos dejaron estar con él, salíamos solo de a raticos.

A las nueve de la mañana del cinco de mayo, estaba dando declaraciones cuando me interrumpieron: ‘Señor Héctor, señor Héctor, venga urgente’. A Hecder le había dado un paro. Falleció. No terminé de declarar. El dolor era muy fuerte. Yo tenía dos hijos, ahora me queda solo una de veinticinco que estudia Psicología y Hecder se convirtió en el número treinta y seis de los que han matado durante las protestas.

Necesito que se haga justicia.

Yo siempre escucho en los canales oficiales de televisión que ‘sean de donde sean los muertos, los casos serán investigados y los culpables puestos a la orden del Ministerio Público para que sean juzgados’. Entonces, a mí me extraña que eso no haya pasado con el asesinato de mi hijo. El fiscal, que estuvo en el sitio y recogió todas las evidencias, me dice que el componente de la GNB que actuó ese día no se ha puesto a derecho.

Me pregunto si el guardia que le disparó a la cabeza fue el mismo que luego lo vino a rematar, o si fueron dos distintos. Eran solo treinta funcionarios los que actuaron ese día. Nombre y apellido, eso es lo que yo quiero. Confío en que, cuando se sepan quiénes fueron los asesinos y los juzguen, los otros guardias se darán cuenta de que lo están haciendo mal y disminuya la ofensiva contra la población.

Lo cuidaba mucho y le pedía que no fuera a marchar, porque sabía que había mucha violencia. Pero se fue sin decirme. De haber sabido que estaba en la marcha, voy, lo busco y lo saco a punta de correa. Quería estudiar Ingeniería Civil o Criminología. Se estaba preparando para ser admitido en cualquiera de las dos. Se levantaba temprano, hacía pesas todos los días, trotaba y después me ayudaba con una casa que estoy construyendo. Así como le gustaba comprar ropa, la regalaba: era normal que ayudara a los amigos que no tenían ropa para ir a una fiesta.

Primera vez en la vida que voy a un psicólogo. Tengo sentimiento de culpa. No tuve suficiente autoridad para no dejarlo ir ni me fui con él. Yo sí sabía que en la calle la vaina estaba fea. Tenía que ponerme firme. Tenía un mal presentimiento, pero él tenía su convicción. He llorado tanto que ya no tengo ni lágrimas. Me estoy reventando por dentro. Si tuviera lágrimas me podría desahogar, pero estoy llorando seco.

Mi esposa y mis hijas son cristianas y eso les da fortaleza, pero yo me encierro en el cuarto a recordarlo. El psicólogo me dice que debo adaptarme, que la muerte de mi hijo no la repara nadie, que no me puedo echar a morir porque es injusto con los que están vivos y que le pida a Dios que llegue la justicia. Sé que voy a estar más tranquilo si condenan a los culpables… por lo menos un poco.

Compartíamos mi cuarto. Yo trabajo por guardias nocturnas y prefiero el aire acondicionado, pero mi esposa sufre de frío. Él y yo dormíamos juntos. Su cuarto era solo para guardar peroles.

La alcaldía de San Diego asumió todos los gastos de la clínica y, como soy jubilado de CORPOELEC, el seguro cubrió la funeraria y el entierro. Aunque soy empleado activo del Ministerio del Poder Popular para la Salud, no tengo seguro.

Yo estudié y saqué mi profesión durante el chavismo. Fui chavista, pero en el momento en que enterraron a mi hijo enterré al chavismo. Ahora me ven como a un traidor, pero como no es a ellos a quienes le mataron un hijo. El oficialismo no se ha acercado porque lo mataron en una manifestación de la oposición. No han sido ni diplomáticos. ¿Qué esperanza puedo tener si la misma gente en la que yo creía, me mató un hijo? Una parte de mi familia es chavista y estábamos divididos, ahora estamos unidos todos en el luto. Yo necesito que el presidente lea esto.

A mí me va a hacer falta mi hijo”.

***

Héctor Lugo, (50) Técnico en Química, Técnico en Plantas Termoeléctricas, Médico Integral Comunitario, Médico General Integral en el CDI sector 7, Los Guayos, Edo.Carabobo. Padre de Hecder Lugo Pérez.

***

LEA TAMBIÉN:

portada-te-duele-mucho-el-pecho

mama_pedro-es-aquien-arrollo-robertomata

2

“¿Te duele mucho el pecho?”; por Roberto Mata

I “Mis hijos (26) y (21) viven afuera. Sintieron que no tenían opciones aquí. Yo marcho y protesto para que ellos quieran regresar, no solo de visita. He participado en las manifestaciones desde que empezaron en abril. No he faltado a ninguna. Esa es mi contribución y sé que suma. Hice click con el movimiento

Por Roberto Mata | 15 de mayo, 2017
Nelson Dudier retratado por Roberto Mata

Nelson Dudier retratado por Roberto Mata

I

“Mis hijos (26) y (21) viven afuera. Sintieron que no tenían opciones aquí. Yo marcho y protesto para que ellos quieran regresar, no solo de visita. He participado en las manifestaciones desde que empezaron en abril. No he faltado a ninguna. Esa es mi contribución y sé que suma. Hice click con el movimiento estudiantil, especialmente con los de la UCV @creoenlaucv y eso me motivó mucho. Muchachos que podrían ser hijos míos. Los acompaño, les tomo fotos y aunque nos separamos cuando empieza el bululú, al final de la tarde siempre les mando las imágenes del día. Me cuidan, me tratan con cariño y me tutean, aunque no todos. Creo que algunos quizás me ven como un papá.

El 3 de mayo fue igual. Nos reunimos en la plaza Altamira y de allí fuimos al distribuidor de Altamira, líderes adelante, movimiento estudiantil detrás. Bajamos a la autopista, seguimos hacia El Rosal donde empezó la guerra de bombas y yo como siempre para atrás, corriendo. Misión cumplida. Había hecho presencia, labor de bulto.

Retirándome, junto a muchas otras personas, desde el aeropuerto de La Carlota (Base Aérea General Francisco de Miranda) nos empezaron a disparar bombas y tuve que correr hacia Altamira. En el puente del distribuidor, muy cansado, vi cómo llegó un contingente motorizado de la Guardia Nacional Bolivariana disparando lacrimógenas por el Liceo Gustavo Herrera. Estaba en el medio de una emboscada. Corrí de nuevo. Decidí meterme a la urbanización La Floresta, tapándome la cara, tosiendo, llorando, ahogado. Todos huimos de la cada vez más agresiva represión.

Estas bombas que están lanzando ahora me trancan el pecho, me dan un ardor, pensé, es como un fuego. Las anteriores daban picazón: estas duelen. Frente a la Clínica La Floresta dudé en entrar. ‘Esto se me quita cuando esté lejos de las bombas y respire mejor’, pensé. Seguí caminando, sudando, muy cansado. Cien bolívares pagué a una camionetica que iba a Petare para que me dejara en Parque Cristal, donde estaba mi carro. Ya no podía caminar ni esas dos cuadras. Conecté mi celular ya sin pila y de inmediato, un mensaje desde Buenos Aires. Mi hija Andrea.

¿Cómo estás, papá? ¿Ya saliste de la marcha? ¿Estás bien?

Bien.

En el código padre e hija, ella entendió. Algo pasaba. Ante la sospecha, activó toda la red familiar.

¿Te duele mucho el pecho? ¿Tragaste muchas bombas lacrimógenas o es otra cosa?

Después de esa pregunta se cayó Whatsapp a nivel mundial y no le pude responder a mi esposa lo que sentía.

Manejando a mi casa comenzó a dolerme el brazo, me costaba conseguir una posición para ponerlo sin dolor. Sudaba y trataba de hacer ejercicios de respiración. Había tráfico.

II

Nelson Dudier retratado por Roberto Mata

Nelson Dudier retratado por Roberto Mata

Usted tiene un infarto en desarrollo. Aquí no lo podemos atender. Vaya a una clínica con servicio de cardiología.

Me fui con mi hermano y el diagnóstico de infarto a otra clínica. El día antes de morir, a mi suegra le dolía el brazo, a mí también. Estaba asustado. ¿Cuánto tiempo me queda?, fue mi pensamiento durante todo el camino. El ardor que sentía en el pecho y el brazo era un infarto. El no saberlo me ayudó a sobrevivir. Cuando me enteré, me angustié mucho. Solo quería llegar a que me atendieran. He podido caer en la autopista, pensé. Un viejo que se muere huyendo de la guardia y la gente le pasa por encima. ¿Cuánto tiempo les hubiera tomado saber quién era? ¿Cómo contactar a mi familia?.

Cateterismo, stent y dos días hospitalizado. Frustración e indicación de un reposo inteligente. Tengo que averiguar bien qué significa eso cuando vaya a la consulta.

Tengo sentimientos encontrados, porque mis hijos nos enamoran para que nos vayamos. Queremos estar con ellos, pero el arraigo país es muy fuerte. De solo pensarlo duele”.

Nelson Dudier, 52, educador, miembro activo de Fundación Una Mano Amiga. @FundacionUMA

***

LEA TAMBIÉN:

mama_pedro-es-aquien-arrollo-robertomata

2

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

“Mamá, Pedro es a quien arrolló dos veces la tanqueta”; por Roberto Mata

“A las 4 y 45 p.m llamaron de la Clínica El Ávila. –¿Usted es familiar de Pedro Yammine? –Sí, la mamá. –Pedro está herido acá en la clínica. Necesitamos que un representante venga. –¿Cómo está mi hijo? –Necesitamos que venga Pedro había estado en la casa media hora antes para buscar agua. Yo le pedí

Por Roberto Mata | 9 de mayo, 2017
María Auxiliadora Escobar de Yammine retratada por Roberto Mata

María Auxiliadora Escobar de Yammine retratada por Roberto Mata ©

“A las 4 y 45 p.m llamaron de la Clínica El Ávila.

–¿Usted es familiar de Pedro Yammine?

–Sí, la mamá.

–Pedro está herido acá en la clínica. Necesitamos que un representante venga.

–¿Cómo está mi hijo?

–Necesitamos que venga

Pedro había estado en la casa media hora antes para buscar agua. Yo le pedí que subiera, que se quedara, pero me dijo que tenía que seguir. La protesta había sido reprimida y desplazada de la autopista Francisco Fajardo hasta Altamira y se fue. Era 3 de mayo. Vivimos a tres cuadras de la Torre Británica, en Bello Campo. Demasiadas bombas, demasiados disparos, demasiado gas, demasiado todo.

Esa mañana desayunó su menú favorito: huevos, arepa y jugo. Se lo hago yo. Él cocina pero no perdona que no le haga el desayuno.

Salió a la una de la tarde a protestar, como ha hecho en casi todas las marchas. Es fotógrafo, pero nunca hace fotos de las manifestaciones, sólo hace fotos para enaltecer la belleza del país. Acaba de hacer un curso de fotografía submarina para mostrar los corales de Venezuela, eso me dice siempre.

Colgué el teléfono. Temblaba. No conseguía las llaves. No encontraba cómo ir.

Un vecino me llevó. Nos tomó hora y media recorrer dos kilómetros. A Pedro lo llevaron en moto dos hermanos. Tenía siete costillas fracturadas, ambos omóplatos, aire en su cuerpo, fuera de los pulmones y varias cortadas y raspones. Llegó consciente. La enfermera le preguntó qué había almorzado. El respondió: gases lacrimógenos.

Tiene 22 años, no es bachiller aunque quiere serlo, es ambidiestro, se hace llamar Pedreishon solo para burlarse de mí. Vive para la fotografía. Es muy querido por sus amigos. Protege a todos. Sufre de un déficit de atención importante y es miope, muy miope. Entonces yo le he dicho:

–¿Y si en medio de la protesta qué pasa si se te caen los lentes? ¿Qué vas a hacer, Pedro?

–Yo defiendo los lentes con mi vida, mamá.

Esa noche, más tarde, mi hija me contó:

–Mamá, Pedro es a quien arrolló dos veces la tanqueta. Lo reconocí en el video.

No sabía qué era lo que le había pasado, yo creía que lo había atropellado una moto.

No he visto el vídeo, mi esposo tampoco. No podemos.

María Auxiliadora Escobar de Yammine retratada por Roberto Mata

María Auxiliadora Escobar de Yammine retratada por Roberto Mata ©

Mi hijo estuvo anestesiado durante dos días. No se movía, tenía los ojos cerrados, estaba hinchado, respiraba conectado a una máquina, y yo le dije: ‘Levántate, fotógrafo, la fotografía te espera’. Lo hice así, sin llorar, porque sé que no le gusta que llore. Él movió los labios, me oyó. Entonces tuve esperanzas de que se salvara.

El médico que lo recibió, compañero de buceo de Pedro por casualidad, cree en la ciencia pero acepta el milagro. Porque los pulmones de Pedro son un milagro. Sobrevivió la noche del 3 de mayo. Esa es la única explicación.

Me dicen que la tanqueta se lo llevó por delante estando de espaldas, la primera vez. No sé qué pasó después.

Pedro es una víctima pero yo no tengo espacio para el rencor. Solo quiero a mi Pedro alegre de nuevo conmigo.

Pedro es y no es Pedro. Su nombre original es Michel. Pedro y su hermana son adoptados. Los tuve en el 96, pero Michel nació en 1994. Los hijos no sólo se tienen de sangre, también se tienen de corazón y son igual de hijos. Los míos los tuve de corazón.

En el Instituto Nacional de Asistencia al Menor (INAM), salió del grupo de niños, me agarró la mano y dijo: ‘esta es mi mamá’. No tuve chance de escogerlo, él me escogió a mí. Vino acompañado de su hermana de seis meses. Soy una mamá vieja, estudié educación bilingüe en Boston, allí conocí a mi esposo que es venezolano, porque soy de Barranquilla. No tengo acento, los costeños no tenemos acento.

Pedro Michel Yammine retratado por Roberto Mata

Pedro Michel Yammine retratado por Roberto Mata ©

Pedro repitió muchas veces lo que tanto le había pedido Pedro Yammine, su padre, si le llegaba a pasar algo: Pedro Michel Yammine, Clínica El Ávila, Seguros Qualitas, la cédula, el teléfono de casa, los celulares. En la clínica no nos han hablado de costos a la familia Yammine y los médicos tratantes desde el primer momento decidieron no pasar honorarios por atenderlo. El apoyo ha sido total, incluida la Alcaldía de Chacao.

Está en terapia intensiva. Ya no está entubado pero tiene un drenaje en el pulmón izquierdo. Respira por sí mismo pero no sé cuándo me lo entreguen. No tenemos habitación asignada y yo me debo ir a dormir a casa cada noche, cuando lo que quiero es estar con él. Soy la que le da la comida y come, tiene mucho apetito. Nos espera año y medio de rehabilitación, me han dicho.

A la clínica entró con los lentes rotos y apretados con la mano derecha. Cuando finalmente perdió la consciencia, sus lentes se extraviaron y hasta hoy vio borroso. La madre de un compañero del colegio le mandó a hacer unos lentes nuevos”.

María Auxiliadora Escobar de Yammine, 66, egresada de Filología e Idiomas de la Universidad del Atlántico [Barranquilla, Colombia], máster en Educación Bilingüe de la Universidad de Boston [Boston, EUA] y madre de Pedro Michel Yammine.

***

La fotografía de Pedro Yammine fue autorizado por él y su madre.

***

LEA TAMBIÉN:

portada-valentina-f

“¿Es normal que no sienta las piernas?”; por Roberto Mata

“Fui con mi novia y mis suegros a la marcha del 19 de abril. Estábamos en la autopista Francisco Fajardo, a 300 metros de la primera fila de la manifestación. Los gases no llegaban hasta nosotros. De repente, todo el mundo comenzó a devolverse. La represión de la Guardia Nacional Bolivariana nos alcanzó y comenzó

Por Roberto Mata | 7 de mayo, 2017
Andrés Guinand retratado por Roberto Mata

Andrés Guinand retratado por Roberto Mata

“Fui con mi novia y mis suegros a la marcha del 19 de abril. Estábamos en la autopista Francisco Fajardo, a 300 metros de la primera fila de la manifestación. Los gases no llegaban hasta nosotros.

De repente, todo el mundo comenzó a devolverse. La represión de la Guardia Nacional Bolivariana nos alcanzó y comenzó el pandemonio. Mi novia y yo nos lanzamos desde una altura de dos metros y medio, al terreno entre El Guaire y la autopista y nos separamos de mis suegros. Allí nos dispararon gases lacrimógenos por detrás y por delante. Quedamos atrapados junto a otras personas, algunas sin poder respirar, tiradas en el piso. La mejor opción, sin duda, fue cruzar El Guaire. Ya otros con el agua a la cintura lo estaban haciendo. Del otro lado todo lucía más tranquilo.

El Guaire no huele a nada. El agua se siente como un río cualquiera, aunque hay basura en el fondo. El miedo era a una cabilla o algo que me pudiera clavar. Llegamos a la otra orilla y mi novia se cayó un par de veces tratando de salir, por lo empinado del terraplén. Vi como una persona se quitó los zapatos y logró subir en medias. Los siete que estábamos allí hicimos lo mismo e intentamos subir.

Sentí un golpe, un pitido me dejó sordo por unos segundos y me caí hacia el terraplén. ¡Me dieron!, logré gritar. Me dispararon una bomba lacrimógena cilíndrica en la cabeza. Rebotó en la espalda de mi novia y cayó al agua. No hubo gas.

Mi novia y William, desconocido hasta ese momento y de quién no sé nada aún, me sentaron y me sostuvieron porque me estaba deslizando hacia el río. Me pidieron que me parara. ‘¡Párate que vamos a sacarte de aquí!’. Me di cuenta de que lograba mover las piernas dentro del agua, pero sin sentirlas. No las podía coordinar. Imposible pararme.

Fotografía cortesía de David Dittmar / PTP Documental

Fotografía cortesía de David Dittmar / PTP Documental

Mientras Wilbany y Darwin, paramédicos de Vías Rápidas, me vendaban la cabeza, colocaban el collarín, me montaban en la camilla y entre muchas personas de la marcha halaban la cuerda a la cuenta de tres, la GNB volvió a atacarnos con lacrimógenas, dos veces más. Por suerte cayeron en el terraplén y de allí fueron pateadas al agua por los paramédicos.

—¿Es normal que no sienta las piernas?
—Te voy a ser sincero: no es normal que no sientas las piernas.

Me subieron a la avenida Río de Janeiro en Bello Monte y de allí me llevaron en ambulancia a un centro de salud privado.

‘La bomba penetró, tienes fractura de cráneo, te aplasta el cerebro y te vamos a operar’

Con un taladro me hicieron unos huecos en el cráneo, los unieron, y me quitaron y descartaron ese pedazo de cráneo del tamaño de una pelota de golf. El riesgo de una infección por haber cruzado el Guaire era la mayor preocupación de los médicos.

En seis meses, cuando el cerebro esté completamente desinflamado, me harán una tomografía e imprimirán en un material especial la forma del pedazo faltante y me operarán para volverla a colocar.

Mientras me falte parte del cráneo, no puedo recibir ningún golpe.

Me duele la cabeza todo el tiempo. Es una punzada permanente. Ando mareado y no puedo hacer actividades que me exijan concentración. Si me pongo a leer, llega un momento que debo cerrar los ojos y recuperarme por veinte minutos. La pierna izquierda tiene una sensibilidad media y mi cerebro está inflamado. Estoy lento.

Yo no quiero meter a todos los guardias en el mismo saco, quiero creer que uno disparó y que otro le dijo: ‘a ese le diste en la cabeza, casi lo matas en el Guaire, ten más cuidado’.

Me queda la duda de para qué se dispara una bomba a una gente huyendo en el río, donde el gas no hace efecto.

¿Qué buscaban?

Yo no puedo marchar, pero a pesar de que unos días antes mi tío abuelo (80) también recibió una bomba en la cabeza, toda mi familia lo sigue haciendo, ahora con casco”.

Andrés Guinand, 28, arquitecto.

Andrés Guinand retratado por Roberto Mata

Andrés Guinand retratado por Roberto Mata

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

“¡Quiero a la prensa fuera en cinco minutos!”; por Roberto Mata

“Dispárale al de suéter blanco”, dijo el superior de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), por el parlante desde la tanqueta en la autopista Francisco Fajardo. Reinaldo vio a los camarógrafos y fotógrafos que estaban cubriendo la represión, y notó que él era el único de suéter blanco. A la una y media de la tarde,

Por Roberto Mata | 4 de mayo, 2017
retratado por Roberto Mata

Reinaldo Riobueno retratado por Roberto Mata

“Dispárale al de suéter blanco”, dijo el superior de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), por el parlante desde la tanqueta en la autopista Francisco Fajardo.

Reinaldo vio a los camarógrafos y fotógrafos que estaban cubriendo la represión, y notó que él era el único de suéter blanco. A la una y media de la tarde, quince minutos después y a no más de veinte metros, cumplieron la orden. Le dispararon.

Esta es la cuarta bomba que ha recibido Reinaldo, pero la que logró fracturarle la pierna mientras hacía su trabajo: fotografiar.

Sus padres se sentían más seguros desde que Reinaldo Riobueno, 24, estudiante de Ingeniería en Telecomunicaciones de la Universidad Católica Andrés Bello, dejó de protestar (2014), estudió y se convirtió en fotógrafo de Unión Radio, con chaleco, casco y credencial.

Pero el 3 de mayo, la GNB arremetió directamente contra los medios.

“¡Quiero a la prensa fuera en cinco minutos!”, se escuchó.

Dos fotógrafos se quedaron con él para cuidarlo. Sentado sobre una piedra y con un dolor insoportable, trataba de llamar por teléfono para ser rescatado. Se quitaron las máscaras y la GNB les volvió a disparar.

Con la pierna fracturada lo obligaron a caminar. Logró negociar, una moto lo recogió y lo llevó a Salud Chacao. Minutos después llegó un par de colegas, con impactos similares en las piernas.

Reinaldo no lloró por la fractura de la tibia; sin embargo, la frustración era otro tema. Está dispuesto a salir de nuevo a la calle, pero lo van a operar. Le colocarán una placa de titanio y deberá guardar reposo por diez semanas.

Por ahora, tiene un yeso. A su hermanito de 8 años le dice que es un disfraz de momia.

Mami, ¿le puedes decir al señor que se vaya?; por Roberto Mata

—Mami, ¿le puedes decir al señor que se vaya? Esa fue la primera frase que te escuché, tenías poco más de dos años y me fui. Te hice caso, todavía lo hago, aún más hoy en día. Aunque no me haya ido del todo. Así empezamos tú y yo. Así quiero terminar, haciéndote caso. Ahora

Por Roberto Mata | 15 de diciembre, 2016
Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

—Mami, ¿le puedes decir al señor que se vaya?

Esa fue la primera frase que te escuché, tenías poco más de dos años y me fui. Te hice caso, todavía lo hago, aún más hoy en día. Aunque no me haya ido del todo.

Así empezamos tú y yo. Así quiero terminar, haciéndote caso.

Ahora te vas tú y no sé qué hacer.

Es la vida la que dijo que vas a otro país, a otra cultura, a otro todo y me reclamo: ¿lo hice bien? ¿Te espanté? Quizás no te di ese sentir venezolano tan malversado en ocasiones, pero fundamental para mí.

Y me pregunto por lo que dejé de enseñarte, si es que acaso tuve algo que transmitir, y estoy seguro de que en el balance recibí más de lo que te di.

Oigo Gorillaz porque tú y tu hermano me enseñaron a hacerlo. Entiendo que la ciencia es algo importante porque tú lo consideras. Acepto la ponderación desde que te conozco. Aprendí a escuchar con paciencia tu hablar pausado porque me bajaste las revoluciones. Acepté tu pelo largo como un único acto de rebeldía.

Hace poco la vida se me puso chiquita y, ante todo un círculo de amistades imperecederas, sólo fui a ti.

Estoy empezando un raro proceso, quizás prematuro, de querer poner en tus manos no sentimientos, pero sí decisiones, y lo hago desde el egoísmo puro y genuino. No me avergüenzo. Y te consulto y te pregunto todo porque creo en ti.

No te escribo acerca del éxito que te deseo porque es inútil, eso está garantizado: eres un tipo superior y tengo testigos. Solo te pido perdón por lo que no hice bien en estos 16 años

Hoy cumples 18 años y te pido renovar el contrato.

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

El viaje de Marco Coello; por Roberto Mata

1 Armando Coello no tenía un Plan B, solo tenía fe. Sin pasaje ni destino confirmado, Armando y Marco Coello bajaron al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar el 3 de septiembre de 2015. Eran las diez de la mañana y el tráfico, todavía de temporada de vacaciones escolares, era ligero. Los 51 kilómetros de recorrido desde

Por Roberto Mata | 14 de mayo, 2016
Marco Coello retratado por Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Marco Coello retratado por Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

1

Armando Coello no tenía un Plan B, solo tenía fe.

Sin pasaje ni destino confirmado, Armando y Marco Coello bajaron al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar el 3 de septiembre de 2015. Eran las diez de la mañana y el tráfico, todavía de temporada de vacaciones escolares, era ligero. Los 51 kilómetros de recorrido desde la casa en el sureste de Caracas hasta el principal aeropuerto de Venezuela eran el inicio de un Plan B inexistente.

Marco, de 19 años, estuvo detenido 165 días en PoliChacao por los delitos de incendio, daños materiales, instigación a delinquir y agavillamiento. Se le acusó de quemar unas patrullas del CICPC el 12 de febrero de 2014 durante una marcha convocada por centros de estudiantes de varias universidades, los partidos Voluntad Popular, Alianza Bravo Pueblo y otros dirigentes de oposición para plantear una salida a la crisis económica y de inseguridad en el país.

Compartió calabozo con seis Policías Nacionales, un CICPC, cuatro PoliChacao y cinco compañeros de causa: Luis Felipe Boada, Nelson Gil Palma, Ángel González, Demian Martín y Christian Holdack. Los compañeros de causa en dos literas, dos por colchón. Todos compartiendo un baño.

Muy cerca del aeropuerto llegó al celular de Armando un mensaje a través de la plataforma Wickr que se borró de inmediato y que indicaba una pre-reservación a Miami y un localizador en American Airlines. Ya tenían un destino.

Al bajar del carro y despedir al amigo de la familia que los había acompañado, asumieron un viaje familiar. Padre e hijo que se toman unos días, forran maletas, usan chaquetas de viaje, llevan cámara fotográfica, sonríen y cumplen unas vacaciones siempre postergadas: Orlando, con Disney incluido.

Esa mañana Armando despertó a su hijo Marco y le pidió hacer una maleta:

— ¿A dónde vamos, papá?

— No sé a dónde. A enconcharnos, lo que sea, pero no podemos quedarnos acá.

Dorys Morillo de Coello, madre de Marco y esposa de Armando, aún dormía. Su trabajo como uno de los abogados de la causa contra Marco la hizo llegar tarde a casa la noche anterior, exhausta. No la despertaron. Marco se fue de su casa sin decirle nada a su mamá, sin despedirse.

El día anterior un amigo de la familia les pidió un número telefónico que no estuviera intervenido para poder darles una información importante. Armando recibió la llamada en uno de los cuatro teléfonos públicos de la Plaza Bolívar de El Hatillo en Caracas. El mensaje fue sencillo: Marco, quien no tenía prohibición de salida del país, tampoco tenía alerta en los aeropuertos internacionales. Sin embargo, era muy difícil conseguir pasajes pagados en bolívares para poder abandonar el país. Aún así viajar era el único chance para no ser condenado, creían.

El martes 1 de septiembre, dos días antes, el rumor en el Tribunal Supremo de Justicia era que condenarían y quedarían privados de libertad, en la última audiencia, al dirigente político Leopoldo López y  a otro. Ese otro era Marco Coello.

A los 19 años y ante una posible condena por diez, Marco decidió no presentarse y su padre lo apoyó.

Antes de llegar al mostrador de American Airlines, Armando desarmó su celular. Marco lo había dejado en casa. Durante el trayecto no había recibido ni hecho llamada alguna.

— ¿Cuál es el motivo de su viaje? —preguntó el despachador de la aerolínea.

Armando respondió que durante muchos años había tenido el sueño de llevar a su hijo a Disney, en Orlando. Había llegado el momento.

El despachador le hizo una broma a Marco de que se tomara una foto con Mickey y se la mandara, a lo que éste respondió que prefería, en todo caso, que fuera con Minnie.

Las risas duraron poco porque el pasaporte de Marco no estaba asociado a ningún localizador.

— Chamo, como que no vas a ver a Mickey.

Ambos pidieron que lo volviera a pasar.

Segundo intento.

Segunda negación.

Al tercer intento apareció el localizador asociado al pasaporte.

Los boletos de ida y vuelta a Miami tenían fecha del 3 al 15 de septiembre, unas vacaciones por un poco menos de dos semanas. Comprados en Panamá por una sobrina de Armando y por un costo de 860 dólares cada uno. No tenían reservación de hotel, ni carro alquilado ni tarjeta de crédito para usar fuera del país. Tampoco efectivo. Armando solo tenía un dólar doblado en cuatro, que nunca sacaba de su cartera.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Armando definió algunas estrategias que debían cumplir para pasar inmigración. Marco debía estar leyendo en todo momento y así mantener el rostro hacia abajo la mayor parte del tiempo. Siempre dar la espalda a las cámaras de seguridad, esperar que se acumularan pasajeros y, durante el chequeo manual, acercarse mucho al guardia para que no le pudiera ver bien la cara. Distraer a los guardias y funcionarios con chistes y buscar conversación era la misión de Armando, al punto que dejó que se le cayesen los pantalones al quitarse la correa durante los rayos equis.

Un funcionario llamó aparte a Marco.

Un yesquero, guardado por error en el morral, hizo que el funcionario a cargo del detector de metales le pidiese que lo abriera. El funcionario retuvo el yesquero y Marco respiró de nuevo.

Una caja de cigarrillos diarios era la consecuencia de la ansiedad durante todo el proceso judicial en su contra.

El siguiente paso fue hacer la cola para ser atendidos por el funcionario del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería, a quien debían presentar los pasaportes. Aunque no estuviese en una lista ni en el sistema, el rostro de Marco era de dominio público y de muy fácil reconocimiento.

[2]

— Si quieres me matas pero yo no voy a firmar algo que no hice.

El 12 de febrero de 2014, Marco y Armando salieron en transporte público desde su casa en El Hatillo. Armando se quedó en La Boyera para hacer una diligencia bancaria y Marco continuó hacia Plaza Venezuela, donde se encontraría con un amigo y la madre para asistir a una concentración convocada por la oposición y los dirigentes políticos María Corina Machado, Leopoldo López y el alcalde metropolitano Antonio Ledezma.

Días antes, y en el marco de una serie de protestas en los estados Táchira, Mérida, Trujillo, Carabobo, Zulia y Lara, el alcalde había invitado a la ciudadanía durante una concentración en Chacaíto:

“El próximo 12 de febrero todos podemos movilizarnos por Venezuela. Será el día de la familia al lado de la juventud. Todos unidos, trabajadores, estudiantes, profesionales, educadores, familia del barrio y la urbanización, podemos demostrar que todos tenemos los mismos sueños y que para hacerlos realidad es momento de poner al servicio de nuestro país la dignidad y nuestro valor cívico. Es hora de movilizarnos por nuestra Patria y su mejor destino, si no lo hacemos seremos responsables de la pérdida de nuestra Democracia y su bien preciado: la libertad”

Hoy el alcalde Antonio Ledezma se encuentra detenido. Desde el día 19 de febrero de 2015, bajo la acusación de los delitos de conspiración y asociación para delinquir. Podría recibir una sentencia de hasta 16 años de cárcel. El coordinador del partido Voluntad Popular, Leopoldo López, se entregó el 18 de febrero de 2014 y fue sentenciado el 10 de septiembre de 2015. Debe cumplir una condena de 13 años y nueve meses. Los cargos son instigación pública, daños a la propiedad en grado de determinador, incendio en grado determinador y asociación para delinquir.

Plaza Venezuela estaba repleta y la indicación era desplazarse a la Fiscalía General de la República, en Parque Carabobo, para consignar un documento que exigía la liberación de cuatro estudiantes que habían sido detenidos en la región andina de San Cristóbal, en el estado Táchira, y enviados al norte del país, a Coro, en el estado Falcón, a 488 kilómetros.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Marco tenía 18 años en ese momento, estudiaba primer año del Diversificado en Humanidades. No tenía visa estadounidense y aún no se había inscrito en el Registro Electoral. Estaba por primera vez en esa zona de la ciudad, cuando comenzó un enfrentamiento después de la entrega del documento, entre estudiantes y la policía.

En la confusión de las detonaciones, las piedras y la gente corriendo en todos sentidos, se separó del amigo y de la madre. Quedó solo, sin saber hacia dónde correr, y una bomba de gas lacrimógeno le golpeó en la cadera. Perdió el equilibrio y cayó aturdido.

Un hombre sin identificación y vestido de civil lo apuntó y le dijo: “Pégate ahí y quédate quieto”. Marco creyó que era un robo y lo golpeó para huir. Otro hombre también lo apuntaba. Entonces pensó que era un secuestro. Fue encañonado y golpeado hasta que, ya rodeado por varios, el golpe de un extintor de incendios en su espalda lo hizo perder la consciencia.

Minutos después estaba en el edificio del CICPC, en la brigada de antiterrorismo. Acostado en el piso y esposado, boca abajo, fue golpeado con pistolas y pateado, amenazado para que no levantara el rostro, para que no viera quién lo golpeaba. No era el único. Habían hecho una selección y los estaban agrupando de esa manera.

Lo llevaron aparte y le exigieron firmar una declaración donde confesaba la supuesta responsabilidad de los hechos del día, los destrozos al edificio de la Fiscalía General de la República, la quema de unas patrullas del CICPC y el pago que recibía de parte de Leopoldo López. Marco se negó. Le dijeron el nombre de su padre, madre, hermana, trabajos, direcciones y que de no firmar les podría pasar algo a ellos. “Yo no voy a firmar. Yo no hice eso y nadie me está pagando”. Un funcionario le puso una pistola en la cabeza y la cargó, pero otro apartó el arma y dijo: “No lo mates aquí. Hay cámaras. Si quieres lo llevas afuera y lo quiebras”.

Lo envolvieron en una colchoneta de goma espuma, lo golpearon repetidas veces con un palo de golf y un bate de béisbol. Lo rociaron con gasolina y amenazaron quemarlo vivo con un yesquero. Le aplicaron choques eléctricos con un teaser. Él se negó a aceptar algo que no había hecho.

— Este chamo no va a firmar. Métanlo preso y lo mandan a tribunales… —dijo uno de los funcionarios al escuchar que Marco pedía que lo mataran de una vez.

Esa noche, ya entrada la madrugada del jueves 13 de febrero, liberaron a varios de los detenidos. A los dieciséis que quedaron los metieron esposados en un autobús. Ninguno de ellos se conocía, aunque a todos eran acusados de lo mismo: la quema de las patrullas. Los llevaron de la sede del CICPC en Parque Carabobo a la Brigada de Acciones Especiales, el BAE, en Puente Hierro. Allí los funcionarios del CICPC llegaron a quitarles lo que tenían. A Marco sólo le quedaban los pantalones. Lo dejaron en ropa interior y zapatos.

“¡Estudiantes, los vamos a matar!” fue el recibimiento de los presos en los calabozos del BAE. A las nueve de la mañana una antropómetra del Ministerio Público llegó a tomarle noventa y ocho medidas a cada uno de los dieciséis detenidos para compararlas con las referencias de las fotos. Tamaño de las uñas. Distancia de ojo a ojo. De ceja a ceja. Medida de la pupila. Medidas de todo el cuerpo. Los pusieron a hacer posiciones específicas.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Al día siguiente, Marco y los otros quince detenidos fueron trasladados a los calabozos de los tribunales en el Palacio de Justicia. Él tuvo que ir con pantalón y camisa prestados, sin identificación. Les tomaron huellas dactilares y les ofrecieron defensa pública. Esa noche, gracias a los contactos con una trasnacional que tiene relaciones comerciales con el Estado venezolano, la abogado Dorys Morillo de Coello supo dónde se encontraba el detenido Marco Coello, su hijo. La pudo ver sólo por diez minutos para explicar lo que había sucedido. Marco vio a su mamá y lloró. Dorys actuó como abogado: sin lágrimas. Él se dejó abrazar por ella. Las esposas no permitieron más.

A las siete de la noche, fueron llevados sin esposas a la sala de presentación. A la medianoche liberaron a diez de los detenidos y seis quedaron privados de libertad con los cargos de incendio, daños materiales, instigación a delinquir y agavillamiento. El centro de reclusión sería PoliChacao.

Era 14 de febrero, día de los enamorados. Ya habían pasado dos días. El domingo 16 en la tarde, Marco y Armando se vieron. Fue la primera vez que Marco vio llorar a su padre. Armando lo quiso abrazar, pero Marco le pidió que no lo hiciera: no soportaba el dolor después de las torturas.

3

Un mes después de recibir el beneficio de libertad con régimen de presentación, en julio de 2014, Marco solicitó la visa a la Embajada de los Estados Unidos de América en Venezuela y se la aprobaron. Ahora, en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, le tocaba otro tipo de prueba: comprobar con el SAIME que en realidad no existía una alerta sobre él ni prohibición de salida del país.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

La funcionaria que recibió sus pasaportes lo hizo de forma educada y afable. No hubo contratiempo alguno. Sin embargo, al salir de la zona del SAIME estaban unos funcionarios de chalecos rojos acompañados por Guardias Nacionales. Estaban allí por alguna personalidad del gobierno. No era por ellos. Ni los miraron, aunque tuvieron que pasar por el frente.

No podían usar tarjeta de crédito ni pasar las de débito por un punto comercial. Tenían un capital de 15.000 bolívares en billetes de 10. Comieron en la esquina de un Subway y de espaldas a la sala. Armando tuvo que contar 300  billetes para pagar Bs. 3.000 de un sándwich.

La puerta 28 fue la asignada, el vuelo el 914, el grupo 4 y los asientos 19D y 19E. Decidieron esperar en la puerta 20 después de evaluar la dirección de todas las cámaras para no quedar expuestos. Tomaron refrescos con sabor a uva.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Nadie sabía dónde estaban. No había ningún tipo de comunicación. Sólo tocaba esperar y pasar desapercibidos.

De pronto Armando oyó en la distancia que repetían con insistencia su nombre. La voz se fue aproximando. Era una mujer que había sido alumna de él y novia de su hijo mayor. “¿Qué hace por acá? ¿Para dónde va?”, le preguntó. Y Armando le respondió al oído que le guardara el secreto: le dijo que estaba en plan de fuga. “¡Señor Armando, usted sí es rochelero!”, le dijo y se alejó con mirada pícara.

Llamaron a abordar al grupo 4 y Marco se sentó en la ventana. Cuando el avión empezó a avanzar en la pista se persignaron. Al despegar, Armando y Marco lloraron.

[4]

Durante los 165 días de reclusión en PoliChacao, Marco aprendió a convivir bajo una serie de códigos y protegerse de los otros privados de libertad así como de las chiripas que pueden penetrar en los oídos durante la noche.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Su vocabulario se redefinió con palabras claves para comunicarse con los otros reclusos. La chola es “la plástica”. El agua es “la vital”. El huevo es “el yensi”. El jugo es “el néctar”. El cigarrillo es “el chimbombo”. La almohada es “la recostadora”. La cabeza es “la pensadora”. La ropa interior es “el báquiro”. Y la celda es “el Buggy”. Una mirada equivocada, un gesto fuera de lugar o usar un vocabulario distinto implica “manchar la rutina” o “botar los dados”. Y eso se traduce en represalias. Para evitar todo esto, los infractores se convierten en pastores de camisa manga larga, corbata y asumen la obligación de recitar cualquier Salmo ante la petición de un preso.

Marco tenía la “rutina manchada” por haber compartido celda con los policías. Y tuvo que hablarle claro al resto de los presos: “Si quieren comparto calabozo con ustedes. Estoy aquí por terrorismo, no por delito común”. Fue la única forma que encontró para respetar.

Durante las noches no había espacio para que pudiesen dormir todos. Había unos treinta reos despiertos esperando el turno para acostarse mientras cantaban reguetón o hacían prácticas religiosas. Nunca había silencio. Y cuando lo había era el momento más peligroso: podía ser un intento de fuga o un pase de factura a un reo.

A Marco lo trasladaban esposado. En ocasiones unían sus manos a sus pies por medio de una cadena. Si no le agradaba al policía, le ajustaba las esposas hasta dejarle las manos moradas. En ocasiones llegó a los tribunales junto a un preso común de la cárcel El Rodeo.

— ¿Qué pasó, convive? ¿Cuál es la causa?

— Hurto, ¿y tú?

— Terrorismo.

Así rompía el hielo y sobrevivía. Logró que lo respetaran, que le tomaran cariño y que le tuvieran miedo.

El único día que pasa rápido durante la reclusión es el día de la visita. Durante el resto del tiempo, una hora o cinco son lo mismo. Marco hoy sufre de estrés postraumático, pesadillas y deseos suicidas.

5

Marco conoció a Leopoldo López el día que lo esposaron junto a él, a tres meses de estar detenido. Los sacaron a cada uno de un calabozo en tribunales y antes de subir a la audiencia, por seguridad, les colocaron las esposas.

— Tranquilo, chamo, vamos a salir de esto.

— Sí… me imagino.

Sólo lo había visto por televisión. Nunca tuvo la paciencia para escucharlo completo.

Miércoles 23 de julio de 2014. A Christian Holdack y Marco Coello los trasladaron esposados desde PoliChacao a los tribunales. Los llevaron al piso cinco y ahí los separaron. Su mayor temor era ser trasladados a otro penal. A las once de la noche, la juez Susana Barreiros abrazó a Marco y lloró con él después de otorgarle la libertad bajo medida cautelar.

No fue fácil para Marco aceptar lo que le decía la juez. Cuando lo logró, quiso cambiar su salida por la de Holdack, a quien veía muy mal. La juez no aceptó.

Salió de los tribunales por una escalera que desconocía, acostumbrado a entrar y salir por los sótanos. Llevaba las manos atrás, aunque ya no tenía las esposas colocadas. Descubrió que ahora le tenía miedo al espacio abierto y a la noche. Un vigilante del edificio al verlo paralizado, le dijo: “Marco estás libre, ¡vete!”.

Desde un teléfono prestado llamó a Armando y a Dorys para que lo fueran a buscar.

Esa noche, después de celebrar con todo el que se acercó a su casa, se acostó en la cama de su cuarto intacto, sin boleta de excarcelación ni cédula de identidad. Lo hizo en el borde, como si todavía estuviese en Chacao y compartiéndola con otro detenido. Le costó dormir pensando que él había salido y Holdack no.

A partir de ese momento Marco se presentó en tribunales los días lunes, miércoles y viernes, durante los 408 días que estuvo bajo medida cautelar. Escuchó a los 142 testigos de la Fiscalía decir “Ellos quemaron las patrullas del CICPC”. En ocasiones la resignación le permitió quedarse dormido durante las audiencias.

Regresó a PoliChacao a despedirse de sus compañeros, en especial de Demian y Christian, a recoger algunas cosas y a regalar otras.

Durante ese tiempo se graduó de bachiller por parasistema, se inscribió en el Registro Electoral, consiguió un trabajo como mensajero de confianza, tuvo novia y volvió a jugar fútbol con Urbano Sánchez, aquel amigo con quien fue el 12 de febrero a marchar.

Miércoles 26 agosto de 2015. El tribunal de control le admitió el 80% del acervo probatorio a la defensa de Marco Coello. Por un recurso en la legislación venezolana que se conoce como “la comunidad de la prueba”, esas pruebas pasan a ser admitidas en el proceso y benefician o perjudican a todos los imputados por igual. En ellas estaban las razones por las cuales debían ser absueltos los cinco imputados Ángel González, Demian Martín, Christian Holdack y Marco Coello como autores materiales, y Leopoldo López como determinador.

En la legislación venezolana hacen falta ambas partes, autor material y determinador. Y en el juicio se evacuaron todas las pruebas de los 142 testigos promovidos por el Ministerio Público, la parte acusadora.

El miércoles 26 de agosto era el día para que la defensa presentara las pruebas documentales: experticias, videos, fotos. La juez Susana Barreiros prescindió de la evacuación de esas pruebas y llamó a conclusiones. A pesar de ser admitidas por el Ministerio Público, cerró el periodo probatorio. Barreiros violó el derecho de la defensa.

En el tribunal se sentaban los abogados Dorys Morillo de Coello y Carlos García Guevara, con Marco a un lado. Dorys nunca se comunicaba directamente con él. Lo hacía a través de García Guevara, pero ese día Marco se volteó y le dijo: “Mamá, me están condenando”.

Esa noche Armando Coello llamó a sus sobrinos, quienes siempre han sido su apoyo, y les dijo: “Nunca me voy a perdonar haber tenido los recursos y no haberme llevado a mi hijo antes”.

Lunes 31 de agosto de 2015. “Tuvimos la oportunidad y no la utilizamos. Esta noche me quedo preso”, le dijo Marco a su padre.

Aquella tarde sus abogados lograron desmontar las pruebas y desarticular la estrategia de la Fiscalía en su contra, a cargo de la fiscal segunda Narda Sanabria Bernathe, con competencia plena, y el fiscal Franklin Nieves. La audiencia tuvo que ser diferida para el viernes 4 de septiembre.

Hablaron poco en el camino a casa y Marco le afirmó a sus padres que no se había quedado preso ese día, pero que el viernes lo dejarían con seguridad.

Armando no tenía Plan B. Había tenido fe hasta ese día.

Pensaba que la defensa ganaría. Estaba blindado el caso. En eso confiaban él, Dorys, el resto de los abogados y Marco.

Esa noche la familia Coello Morillo no durmió.

Martes 1 de septiembre de 2015. Hay un rumor en el tribunal. “Se quedan dos: Leopoldo López y otro”.

Viernes 4 de septiembre de 2015. Al igual que en las audiencias anteriores, al tribunal no se puede ingresar con teléfonos, bolígrafos, tabletas, yuntas en las camisas ni libros. Los maletines y los lentes son revisados por el SEBIN y sólo aceptan llevar relojes de aguja.

El imputado Marco Coello Morillo no se presentó a la audiencia final.

— ¿Con quién se quedó él anoche? —le preguntó la juez Susana Barreiros a la doctora Dorys Morillo de Coello.

— Marco estuvo con su papá

— ¿Me da por favor nuevamente sus números telefónicos?

Dorys se los dio.

— Y le dan unas gotas de valeriana a la doctora Dorys, que está muy angustiada —dijo la jueza, tomando a Dorys por un brazo y animándola a que estuviese más tranquila.

Leopoldo López le preguntó discretamente a Dorys:

— ¿Ustedes no viven juntos?

— Sí, pero en ocasiones ellos hacen planes juntos.

Dorys sacó un rosario y le pidió a Dios que le protegiera a su hijo.

La juez Susana Barreiros, después del almuerzo dijo:

“Siendo hoy día viernes 4 de septiembre a las tres de la tarde, este tribunal ha constatado la ausencia del imputado Marco Coello Morillo y una vez chequeado el registro migratorio se ha comprobado que salió el día jueves 3 en horas de la tarde en un vuelo de American Airlines a la ciudad de Miami. Por lo tanto, desde este momento se separa a Marco Aurelio Coello Morillo de la causa y se pide a su defensa se retire del estrado”

Leopoldo López abrazó a Dorys y le dijo:  “Yo a su edad hubiese hecho lo mismo”.

Dorys se quitó la toga y pidió permiso para quedarse como público. La juez se lo permitió. El trato entre ellas siempre fue respetuoso. Barreiros es menor que la hija mayor de Dorys. En más de una oportunidad salió del despacho a recibirla, a darle los buenos días, a pedir un café “para la doctora”. Incluso la fiscal Narda Sanabria llegó a reconocer que Dorys, a pesar de ser la madre del imputado, era un abogado profesional.

6

“¿Son familia del escritor Paulo Coelho?”. Ésa fue la pregunta más compleja que les hicieron en la inmigración de Estados Unidos. Armando lo afirmó bromeando y ofreció libros de regalo al funcionario de inmigración en el Aeropuerto Internacional de Miami. Colocaron sus huellas dactilares y fueron bienvenidos.

Marco llegó a Florida un día antes de la audiencia final, sin pagarle a nadie y sin hablar inglés.

Su familia los esperaba afuera.

Dorys en Caracas, sin saber dónde se encontraban su esposo y su hijo, no estaba preocupada, a pesar de la comunicación cortada. Sabía que estaban juntos porque faltaba el carro de la casa y la moto de Marco seguía en el estacionamiento.  Eso le dio tranquilidad

El martes 8 de septiembre introdujeron la solicitud de asilo para Marco. A los seis días lo llamaron para tomar sus huellas.

Marco no tiene alerta de Interpol.

7

El miércoles 21 de octubre de 2015, 49 días después de que se fueran de Venezuela su esposo y su hijo, Dorys abandonó su casa. A las 4:45 de la mañana fumó el último cigarro en el jardín y sin voltear se fue al aeropuerto para reencontrarse con su familia en Florida.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

Fotografía de Roberto Mata ©2016 // Para ver toda la galería de imágenes haga click acá.

A Maiquetía la llevaron unos amigos cercanos. Antes le tocó cerrar varios capítulos: vender el carro y la moto, vaciar la nevera, repartir la despensa, recoger los álbumes de fotos, conseguir inquilinos, dejar la grama cortada. Mientras tanto, Guarimba, la perra de Marco, ya iba en camino a su dueño.

Marco no puede volver. Armando no puede volver. Dorys no puede volver.

En Miami, Marco tendrá una entrevista con un oficial de inmigración entrenado especialmente en la Ley de Asilo para comprobar si ha sufrido daño significativo por raza, religión, nacionalidad, opinión política o ser miembro de un grupo particular. Estará acompañado por su abogada Elizabeth Blandón y su primo, abogado e intérprete, Richard Ríos.

Otorgar el asilo es una decisión del oficial y, en caso de que sea afirmativa, la respuesta llega por correo. Tenían la esperanza de que la entrevista sería en cuestión de días. Ya han pasado ocho meses.

#Confesiones // “Mi papá siempre quiso más a sus otros dos hijos que a mí”; por Roberto Mata

Esta serie de Roberto Mata (titulada #Confesiones y que es parte de la investigación creativa fotográfica/periodística que ha adelantado en su cuenta en Instagram) se compone de confesiones que retratados resguardados en el anonimato le hacen al fotógrafo. De esta manera, las singularidades que definen al retrato de una persona no residen en las facciones del

Por Roberto Mata | 31 de marzo, 2016

Esta serie de Roberto Mata (titulada #Confesiones y que es parte de la investigación creativa fotográfica/periodística que ha adelantado en su cuenta en Instagram) se compone de confesiones que retratados resguardados en el anonimato le hacen al fotógrafo. De esta manera, las singularidades que definen al retrato de una persona no residen en las facciones del rostro sino en el secreto que confiesan antes de permitir que su persona sea registrada a través de una técnica de no-retrato, de ocultamiento del rostro pero revelación de algo mucho más íntimo y secreto. A continuación podrá leer la nueva entrega de esta serie exclusiva para Prodavinci.

#Confesiones

Retrato realizado por Roberto Mata.

“Mi papá siempre quiso más a sus otros dos hijos que a mí.

Eran más inteligentes, intelectuales y les iba muy bien en el colegio. A mí me iba pésimo. Él medía a sus hijos sólo por las notas. Siempre me recalcó lo inteligente que eran ellos y para lo poco que servía yo. Nunca hice nada bueno para él.

Ahora está enfermo y depende de mí, aunque él preferiría que lo cuidaran mis hermanos.

Yo para él soy una persona bruta, a pesar de que hablo cuatro idiomas e hice un máster. Todavía lo veo como una niña de diez años con el corazón roto. Nunca tuve su aprobación y la sigo esperando. A mi mamá la afecta como es él conmigo, pero lo protege y me pide que lo ignore, que entienda que ésa es su manera.

De mi padre tengo la responsabilidad que se tiene ante el compromiso y también soy tan dura conmigo misma como lo es él conmigo.

Soy educadora y hago un esfuerzo enorme por no repetir lo que recibí.

En el colegio fui mediocre, en la universidad fui la mejor de la facultad y mis profesores me daban trabajo en sus oficinas.

Una vez hicimos un viaje familiar a París. Yo hablo francés y estaba conversando con el taxista sobre la dirección a la que íbamos y mi papá le dijo a mi hermano que verificara si yo daba la dirección correctamente. Mi hermano le respondió: ‘Papi, yo no hablo una pizca de francés y mi hermana hizo un máster en francés’.

No me gusta que me tomen fotos porque se supone que dañé las fotos familiares por muecas que hice a la cámara a los cinco años. En mi matrimonio no hubo fotógrafo. No hay fotos mías.

Un día me dijo: ‘Tú vas a ser pobre toda la vida. Tu vida va a ser un desastre y tus hijos un fiasco, como tú’. Cuando mi hijo obtuvo bajas calificaciones en el colegio me lo recordó. Le dije: ‘Ni soy pobre, ni mi vida es un desastre ni mis hijos son un fiasco. Con mis hijos no te metas, este ciclo se acaba conmigo´.

Se va a morir sin disculparse”.

♦♦♦

“Mi hija es gay. Me lo dijo por mensaje de texto”; por Roberto Mata #Confesiones 640X60
#Confesiones “No sabían que yo puedo ser más malandro que nadie”; por Roberto Mata 540x60
#Confesiones 496a
#Confesiones “Cuando alguien tiene una pistola frente a ti, tu vida no vale nada”; por Roberto Mata 640X60

La escuela de Jairo Ruza vista por Roberto Mata: “Lo que quiero es alejarlos del mal camino”

En julio de 2015 el fotógrafo Roberto Mata visitó la Escuela de Boxeo Ruza y realizó esta galería de retratos junto con sus testimonios. A propósito de la crónica Petare y un torneo de boxeo que empezó en los puños de una niña, de Lau Solórzano, republicamos esta fotogalería. Además, puede ver una galería de Ricardo Jiménez que acompaña al relato haciendo click acá.

Por Roberto Mata | 7 de marzo, 2016
JairoBoxeo-1129

Jairo Ruza, de 43 años, retratado por Roberto Mata © 2015

Jairo Ruza, de 43 años, es de Arapuey, Mérida. Los setenta y nueve escalones de una escalera irregular que lleva a los niños a la de Escuela Jairo Ruza ubicada en Petare son de boxeo y, también, de oportunidad.

“Yo no fui gran cosa en el boxeo. No tuve el apoyo de mi padre: él solo me inscribió para que resolviera un problema que había tenido con un muchacho de la comunidad y luego me abandonó.

Estuve desde los 11 hasta los 18 años en el Gimnasio Ramón “Mocho” Navas, en Palo Verde, con el profesor Harrison, y me retiré. No figuré. Volví años después para tomar un curso como entrenador. Decidí que quería enseñar a los niños.

Estuve varios años en múltiples gimnasios, pero con pocos muchachos.

El primer cálculo para montar una escuela en la platabanda de mi casa estuvo errado: pensé que con treinta mil bolívares lo lograría, pero costó cuatrocientos veinte mil. Y no estuvo del todo lista, faltaron unos detalles. Pero el 15 de noviembre de 2014, con la ayuda de buenos amigos, logré abrir una escuela completamente gratuita y acondicionada para los niños del sector. Cuatro sacos, una pera loca, dos peras fijas, veinticinco pares de guantes, catorce cuerdas para saltar, un ring y un reloj profesional para medir el tiempo de los combates.

Somos tres instructores y ya hace falta otro. No nos damos abasto. Doy clases privadas en Chuao hasta las doce del mediodía y después me voy directo a entrenar a mis niños.

Cada alumno tiene una carpeta, una ficha y un récord de combate. He suspendido a muchachos por indisciplina. La constancia es indispensable para ser alguien en la vida. Muy pocos logran ser campeones mundiales. Es muy difícil. Para eso deben estar bien alimentados, recibir educación en la casa, tener a sus padres vivos y presentes. A estos les falta de todo.

#Crónica Petare y un torneo de boxeo que empezó en los puños de una niña; por Lau Solórzano 640X602

Quisiera tener a uno de estos jóvenes en la Selección Nacional, pero en el fondo lo que quiero es alejarlo del mal camino. Ésa es mi responsabilidad, aunque no me corresponda a mí sino al Estado.

Cada día es “Buenos días”, “Buenas tardes”, “Buenas noches”. No es sólo boxeo lo que les enseño: también es educación. Tengo cincuenta niños en la escuela, repartidos en tres turnos. Los alejo de los vicios, de las drogas, del alcohol, de las pistolas. He hablado con las personas de malos hábitos que hacen vida en la zona para que se alejen y entiendan que tengo muchachos y que los estoy formando.

La negociación ha dado resultado: no se acercan.

Los padres vienen muy poco, pero no se niegan a que los lleve a competir en otras ciudades, donde siempre destacamos. He logrado que niños en mi esque por vivir en sectores diferentes y en constante conflicto, pueden estar juntos por lo menos en mi escuela. En la calle en cambio, no pueden dejarse ver en compañía. Los grandes tienen roces entre ellos y no permiten que los niños se hagan amigos”.

♦♦♦

RosaEmiliaBoxeo-1015

Rosa Emilia Noguera González tiene 9 años y está en cuarto grado de Educación Básica. Le pidió a su madre hacer boxeo y la inscribió. Al llegar de la escuela, hace la tarea, se acuesta a dormir un rato, luego se levanta, se cepilla los dientes y practica dos horas. No se cansa. Se va a la cama a las ocho de la noche. Es la única en su escuela que boxea. “Lo hago para ser alguien en la vida”.// Fotografía de Roberto Mata © 2015

LuisArgenisBoxeo-1024

Luis Argenis Ruza Marín tiene 11 años y está en quinto grado de Educación Básica. Desde los 6 años practica boxeo, pero sin regularidad porque los gimnasios siempre le han quedado lejos. Ahora el gimnasio queda en el techo de su casa y su padre es el director. Ha tenido ocho combates, ha ganado cuatro y ha perdido el mismo número. “Yo confío en mí mismo. Entreno fuerte y duro. Me siento bien. El boxeo tiene algo que me llama pero no sé bien cómo decirlo. Quiero ser profesional, uno de los grandes, para sacar a mi papá y a mi mamá del barrio… ponerme el cinturón en Las Vegas”. // Fotografía de Roberto Mata © 2015

EudyJoanBoxeo-1008

Eudy Joan Cortéz Gutierrez tiene 11 años y pasó a sexto grado de Educación Básica con A. Entrena tres horas diarias, desde las cinco de la tarde hasta las ocho de la noche, pero primero hace la tarea para que su mamá lo deje ir a la escuela de boxeo sin problema. “El profesor nos ha dicho que debemos trabajar fuerte para ganar los combates. Soy bueno con el upper y el gancho, pero cuando me empujan me da miedo porque me puedo caer: tengo que plantarme fuerte. Quiero estudiar Medicina. No le tengo miedo a la sangre. Sé que si no entreno no soy nadie”. // Fotografía de Roberto Mata © 2015

 

KeivinBoxeo-1087

Keivin Lugo tiene 13 años y está cursando noveno grado. “El boxeo para mí es muy importante porque me cambió el mundo. El boxeo ahora es mi casa. He ganado dos combates y perdí uno porque cuando vi al público me puse nervioso. Nunca en mi vida me había puesto nervioso”.// Fotografía de Roberto Mata © 2015

DerwinBoxeo-1094

Derwin Flores tiene 21 años y es plomero. Quiere ser boxeador profesional y dejar la plomería. Tiene dos hijos que son su orgullo. “He ganado bronce en Nacionales y he sido campeón estatal. El sueño es hacer carrera, como Leonardo Padilla, que empezó acá como nosotros. En esta vida todo se puede, todo es posible”. // Fotografía de Roberto Mata © 2015

[Fotogalería]  La Escuela de Boxeo Ruza en el lente de Ricardo Jiménez 640X60

“Mi hija es gay. Me lo dijo por mensaje de texto”; por Roberto Mata // #Confesiones

Esta serie de Roberto Mata, titulada #Confesiones y que es parte de la investigación creativa fotográfica/periodística que ha adelantado en su cuenta en Instagram, se compone de confesiones que retratados resguardados en el anonimato le confiesan al fotógrafo. De esta manera, las singularidades que definen al retrato de una persona no reside en las facciones del

Por Roberto Mata | 21 de enero, 2016

Esta serie de Roberto Mata, titulada #Confesiones y que es parte de la investigación creativa fotográfica/periodística que ha adelantado en su cuenta en Instagram, se compone de confesiones que retratados resguardados en el anonimato le confiesan al fotógrafo. De esta manera, las singularidades que definen al retrato de una persona no reside en las facciones del rostro sino en el secreto que confiesan antes de permitir que su persona sea registrada a través de una técnica de no-retrato, de ocultamiento del rostro pero revelación de algo mucho más íntimo y secreto. A continuación podrá leer la séptima entrega de esta serie exclusiva para Prodavinci.

Secreto enero 15-

Retrato realizado por Roberto Mata.

“Mi hija es gay. Me lo dijo por mensaje de texto.

Para una madre es difícil aceptarlo. Quisieras estar equivocada, preferirías que no te lo dijeran. Me lo escribió.

Busqué a un culpable y me vi en el espejo, pero después comprendí que no había sido mi falta. Le advertí que debía enfrentar la vida y que sería criticada y juzgada. El rechazo y la burla me duelen. Yo no la rechazo. No es lo que me enseñaron. Yo tengo amigos gays y los acepto, ¿por qué mi hija debería ser la excepción? No la juzgo.

Hoy conocí a mi nieta y le di la mano a la pareja de mi hija. En la habitación del hospital vi todo rosado. Me enamoré del momento. No me importó nada: sólo mi hija y mi nieta.

Ellas quisieron tener un bebé y la única manera que encontraron fue utilizar al cuñado de mi hija, que es ahora tío y padre de mi nieta. Entregó su cuerpo a cambio de un bebé.

De mis dos hijas, estaba segura de cuál no debía esperar un nieto. Me equivoqué.

Espero que la nueva familia política la quiera y sepa llevar una relación armónica en pareja. En el fondo, aunque diga que acepto y quiero a mi hija como es, no quiero eso para ella. No quiero que le gusten las mujeres. Por lo pronto, viene unos días a estar conmigo en casa, estoy segura que va a ser buena madre.

Ella es la niña, su pareja es el niño”.

♦♦♦

#Confesiones “Cuando alguien tiene una pistola frente a ti, tu vida no vale nada”; por Roberto Mata 640X60

#Confesiones 496a

#Confesiones “No sabían que yo puedo ser más malandro que nadie”; por Roberto Mata 540x60

Mis hijos; por Roberto Mata

Tengo dos hijos, uno de sangre y uno de piel. Hasta hoy. El chiquito, I, piensa y responde rápido. Mucho más rápido que lo que toma convencerlo para que se bañe. Cree que el jabón debería pasar sólo por su cuerpo, sin su intervención. No come ningún tipo de frutas ni vegetales. Nunca prueba un jugo

Por Roberto Mata | 23 de noviembre, 2015
MisHijos-9024

“Mis hijos”. Fotografía de Roberto Mata

Tengo dos hijos, uno de sangre y uno de piel. Hasta hoy.

El chiquito, I, piensa y responde rápido. Mucho más rápido que lo que toma convencerlo para que se bañe. Cree que el jabón debería pasar sólo por su cuerpo, sin su intervención. No come ningún tipo de frutas ni vegetales. Nunca prueba un jugo natural: todo lo que toma suena antes de abrirlo. Detesta a One Direction. Le gusta salvar perros callejeros y enfermos. Lleva tres sacapuntas al colegio para poder prestar dos. Canta en el coro, abajo a la derecha. En su vida ha tendido una cama y la ropa sucia es un rastro que no lleva a ningún tesoro. Le afecta la injusticia. Come pan dulce, grandes trozos de carne, pollo teriyaki, pizza margarita sin nada verde encima ni muy rojo y caraotas negras con sal o azúcar, porque a veces se confunde. Es experto en un montón de videojuegos y asegura que de otros, hasta que alguien le demuestre lo contrario. Le gusta el cine con cotufas, que lo siente a manejar en mis piernas en un carro automático, poner la luz de cruce, ser alumno del mes, la bicicleta con cambios y repetir los chistes. Ése es I, el de sangre.

El grande, ME, tiene 19 de promedio en el colegio, novia, maneja, toca batería, habla tres idiomas, pesca sin marearse, boxea pero no se enfrenta, tiene frenillos (aunque ésa no es la manera cool de decir brackets), razona como pocos, no baila y no quiere aprender. Me ríe mis chistes malos y los defiende. Me explica todo (por ejemplo: la película Interestelar). También le gusta el cine, con cotufas, las mismas. Es terco. Es terco, de nuevo. Prepara ceviche. Su escritorio de tareas es un quirófano: el orden y la limpieza son su método. Es el maestro de los videojuegos de I. En realidad es el maestro de I. Ha decidido esperar un año antes de entrar a la universidad porque entiende lo importante de la decisión, preferiblemente acertada. Tiene algo: logra convertirse en la debilidad de muchos. Le interesa todo. Tiene muchas cosas y  entre esas cosas tiene dengue. Ése es ME, el de piel.

Ellos son mis dos hijos: ocho años de diferencia, autónomos, únicos e indivisibles.

Un zancudo decidido eligió a ME y sus plaquetas fueron al parque a jugar en el tobogán. Bajaron de donde suelen estar a 154, a 103, a 60, a 21. La primera transfusión de plaquetas generó una reacción de esperanza y también una reacción alérgica. Tembló hasta que la cama de la clínica sonó de tanto vibrar. Se acurrucó. Lo abracé para absorber su temblor y aliviarlo. Fue inútil, aunque temblamos juntos. Todo pasó en el piso 2, en la habitación 214, al final del pasillo a la derecha.

Un nuevo conteo. En realidad una resta “plaquetaria”. Bajaron a 15.

Llené una planilla de enfermedades indecorosas y selección múltiple. Y en el mismo piso 2, en las antípodas de la habitación, me senté en una poltrona como nunca he tenido. Una aguja #14 —como un removedor de café afilado— me extrajo la sangre. Separó las plaquetas y devolvió la sangre. Un toma y dame en mi torrente por más de dos horas, conectado a una máquina y a un técnico y a su oportuno destornillador de estrías “porque no hay repuestos”.

Al controlar la fiebre, transfundimos mis plaquetas a su sangre, sin reacción alérgica. Su organismo las aceptó y las plaquetas hicieron la escalada a 40.

No han hecho cumbre aún, pero mis dos hijos ahora son de sangre.

Vencidas; por Roberto Mata

La doctora le dijo a la familia: “No se la lleven. No va a llegar ni al ascensor. Vamos a cuidarla y no dejaremos que sufra”. Ella insistió en volver a casa. La salida del hospital fue durante la madrugada. Hubo que despertar a un enfermero que ofreció resistencia para permitirle la salida, aunque el

Por Roberto Mata | 15 de octubre, 2015
MEZAxRobertoMata-7046

Enrique y Elizabeth Meza Granados retratados por Roberto Mata

La doctora le dijo a la familia: “No se la lleven. No va a llegar ni al ascensor. Vamos a cuidarla y no dejaremos que sufra”. Ella insistió en volver a casa.

La salida del hospital fue durante la madrugada. Hubo que despertar a un enfermero que ofreció resistencia para permitirle la salida, aunque el alta ya había sido firmada. Frente a la ambulancia, a punto de que Elizabeth abordara, le quitó la vía intravenosa por donde recibía el suero y ante los padres aseguró: “No la va a necesitar, señor. Se va a morir en el camino”.

A Elizabeth Meza le gustaba hacer panadería en el horno de su casa para vender a los vecinos, hasta que un día no pudo hacerlo más debido a un fuerte dolor en el brazo derecho. Sus padres la llevaron al traumatólogo local, quien luego de una evaluación inicial les dijo: “Esto no es conmigo. La voy a remitir a un especialista en Caracas”.

Llevar a Caracas a su hija para determinar qué tenía y curarla se convirtió en la única misión de Enrique y Elizabeth, padres de seis, tres hombres y tres mujeres, entre ellos la penúltima Elizabeth. Ambos pusieron una pausa a sus vidas.

El intento de tratarla por la vía privada no pasó de un par de consultas ni alcanzó para una biopsia. El patrimonio familiar se agotó en poco tiempo, así que la única opción fue la salud pública. Lograron ser remitidos al Hospital Padre Machado, en Caracas.

Los doctores diagnosticaron osteosarcoma, un tumor de células malignas que se origina en el tejido óseo y que en el brazo lucía como un músculo atlético y desarrollado. El médico a cargo del caso ordenó un tratamiento de quimioterapia y les dio dos opciones: operar para colocar una prótesis que permitiera preservar el brazo o amputarlo.

No había prótesis posible. Cualquier solicitud que implicara dólares estaba fuera de alcance. El cirujano oncólogo tratante no quería cortar el brazo de Elizabeth y se decantó por una alternativa que no había sido planteada hasta ese momento: tomar parte del peroné de su pierna izquierda y colocarlo en el brazo. Un injerto óseo. No hubo que amputar.

Las noches después de la operación de la pierna y del brazo fueron frías y largas. Elsibeth, hermana de Elizabeth, de 28 años y especialista en manualidades de piñatería, la acompañó cada noche y cada día. Nunca logró dormir bien.

Durante la estadía de Elizabeth en el hospital la muerte se convirtió en costumbre para todos. Suele llegar durante la noche. Cuando fallece un paciente en el Hospital Oncológico Padre Machado se sabe por dos razones: el llanto de los familiares y el ruido que hace la camilla que se utiliza para retirar los cuerpos. Tiene las ruedas flojas.

Si la muerte ocurría en alguna habitación cercana, Elsibeth volteaba a Elizabeth y le ponía música en el teléfono para que no escuchara. Nunca comentaban nada. Lo hacían juntas y de forma automática. Algunos ancianos se van estando solos, ya abandonados por sus hijos. En esos casos, las ruedas de la camilla se encargan de dar el parte: no hay quien llore.

A Elizabeth le practicaron una cirugía, recibió alrededor de 260 dosis de quimioterapia y acumuló cerca de 20 kilos de placas y tomografías.

Su historia médica era tan grande que no se podía cargar el expediente con una mano. Estaba lista y le darían de alta después de unos días de recuperación tras las últimas quimioterapias. Pero una noche se desmayó estando en el baño y sintió que se quedaba sin aire.

Había logrado superar un osteosarcoma pero ninguno de los médicos especialistas que la trataron detectó a tiempo una rareza oncológica: un tumor en el corazón.

Enrique, su padre, fue el encargado de informarla sobre el nuevo diagnóstico. Le dijo que tenía un tumor en el corazón, que eso causaba el dolor en el pecho y el ahogo que la asfixiaba. Le dijo que comenzaría un nuevo tratamiento de quimioterapias y, por primera vez en la vida, le mintió: le dijo que se recuperaría. Se lo dijo con amor en el rostro y dolor en el cuerpo. No mencionó que ya no había nada que hacer, que el médico le había explicado que podía morir en cualquier momento a partir del instante de pronunciar esas mismas palabras.

La respuesta de Elizabeth desarmó al padre.

— No permitan que me vaya estando acá.

Para la familia fue imposible conseguir una ambulancia gratuita en Caracas para trasladar hasta Falcón a un paciente que requería oxígeno y el acompañamiento de un médico y un paramédico. Estephany, la hermana menor, lo logró moviendo contactos en Punto Fijo.

Desde allá llegó una camioneta blanca pick-up convertida en ambulancia. Sin oxígeno. Sin paramédico. Sin médico. Sin aire acondicionado. Tenía rotos los cristales de las ventanas y las puertas amarradas con alambres. Era la mejor opción disponible para el regreso.

Uno de los choferes le dijo: “Elizabeth, si te pones mal paso directo al hospital y no paro en tu casa”. Elizabeth habló durante todo el recorrido. No requirió oxígeno y se bajó caminando, sin aceptar la camilla y con la peluca puesta, a pesar del calor que le daba.

Los dos choferes recorrieron los 550 kilómetros que separan a Caracas de Punto Fijo en cinco horas.

Elizabeth llegó a cargar a su perra Wendy Josefina, una poodle de 12 años. Regresaba a casa después de dos años. También escuchó “Payaso”, interpretada por Luciano Pavarotti. Pintó y dibujó. Le hubiera encantado hacer panadería. Lloró.

Durante dos meses su hermana Eisbeth se encargó de suministrarle las drogas para controlar el dolor. Pasó la mayor parte del tiempo dormida, hasta que un día pidió que no la doparan. Quiso ver cómo era estar despierta.

El dolor pudo más.

Algunas noches gritaba mientras dormía. La familia encontraba consuelo en la explicación que les habían dado en el hospital: los gritos eran una señal que indicaba que el cerebro estaba dejando de funcionar. Los médicos le pidieron a la familia no interpretarlo como dolor. Les dijeron lo que iba a suceder paso a paso. El guión se cumplió a cabalidad.

— Papi, tengo miedo. ¿Qué va pasar?

Fue lo último que dijo.

MEZAxRobertoMata-7060

Elizabeth. Fotografía de Roberto Mata

Abdón, de 25 años, es el único de los hermanos varones que aun vive en casa. Fue diagnosticado autista y presenta trastornos de conducta.

La extraña. Le escribe mensajes por WhatsApp. No recibe respuesta. Como todos, sólo quiere saber si está bien… si está en paz.

Enrique, el padre, temía haber dejado de creer en Dios. Y para salir de la duda acudió a la iglesia a hablar, a que lo escucharan llorar, pero el cura sólo mostró interés por sus pecados. Ahora afirma que la Iglesia no le importa. Siente culpa por la muerte de su hija y sabe que de no levantar cabeza durará poco por el estado de abandono en el que vive.

Eisbeth le perdió el miedo a la muerte. Ya se llevó lo que más le importaba: su hermana. La ve en la calle, en el autobús, siente que la toca. Son espejismos.

Elizabeth, la madre, extrañó a su padre durante la enfermedad y muerte de su hija, un reconocido médico que vive en los andes venezolanos. Un papá lejano después de haberse divorciado y formar nueva familia. También un abuelo que perdió a una de sus nietas sin haberla conocido. No ayudó.  No hizo alguna llamada a Caracas para facilitar algo ni estuvo para un abrazo cuando hizo falta. Elizabeth no cultiva el rencor.

Cuando fue al cementerio lo hizo con la luz de la tarde y sola. Nadie quiso acompañarla. Se perdió al no conseguir la tumba de su hija. Recordaba que era la primera en la hilera, hasta que entendió que el cementerio había crecido durante esos meses y que ya existían cuatro nuevas filas.

La muerte ha ganado terreno.

La familia donó los tratamientos de quimioterapia, pero luego se enteraron de que nunca fueron utilizados. Una enfermera les explicó la razón.

— Esas quimioterapias están reetiquetadas. Estaban vencidas y les pusieron etiquetas nuevas como si estuviesen vigentes. No sirven. No sirvieron.

La casa de Fran; por Roberto Mata // #TodoPasaEnCasa

“En mi casa ha pasado de todo: lo he visto todo.” “Al amanecer, en ocasiones hasta las ocho de la mañana, cuando quiero que se acabe la fiesta y necesito que los últimos invitados se retiren, comienzo a bajar la música hasta llegar al silencio. Escondo el hielo, desaparezco las botellas y digo de forma

Por Roberto Mata | 5 de septiembre, 2015
CasaBeaufrand-1

Fotografía de Roberto Mata

“En mi casa ha pasado de todo: lo he visto todo.”

Al amanecer, en ocasiones hasta las ocho de la mañana, cuando quiero que se acabe la fiesta y necesito que los últimos invitados se retiren, comienzo a bajar la música hasta llegar al silencio. Escondo el hielo, desaparezco las botellas y digo de forma elegante que es la hora del desayuno pero que yo me voy a dormir.  Y finalmente se van. Ha habido casos en los que ha amanecido alguno en una bañera o he tenido que sacar a una emocionada pareja de un clóset.

En ocasiones me he preocupado porque algunos la están pasando tan bien que no tienen ningún interés en volver a sus propias casas. Quieren quedarse a dormir, a vivir e incluso han querido comprarme el apartamento.

Soy un bon vivant y remodelé esta casa a la medida de mis necesidades. Celebro, comparto y festejo permanentemente, por eso la cocina se proyecta hacia la casa y después de cierta hora se transforma en bar. La hice como un escenario para lucir y lucirme en las reuniones que suelo hacer para amigos y conocidos.

Como fotógrafo que soy, edito mi espacio, pongo y quito elementos. Me rodeo de objetos que significan mi transcurrir por la vida: arte, diseño, muebles usados y comprados en ventas y libros. Todo lo hago circular, lo regalo, lo intercambio, lo vendo. La casa está en constante cambio: es un espacio vivo y necesito que se sienta así y que los objetos que me acompañen sean producto de una permanente selección. No me gusta acumular nada.

Mi ambiente es libre, quiero vivir mi época a plenitud. Creo en la diversidad, en intelectuales, artistas, modelos, actores, deportistas, misses… almas libres. Me interesa reunir a la gente que abre caminos, a la gente que va por más, a seres sensibles que proponen ideas, que aportan. A todos ellos les abro la puerta.

La ciudad está en mi casa. No toda. Una selección. Hasta 400 personas ha habido una noche en sólo 230 metros cuadrados, con la esperada queja de los vecinos y patrulla policial incluida. Esa vez las celebridades de la noche firmaron autógrafos a los funcionarios que vinieron y quedaron felices por el hallazgo: sólo hubo que bajar decibeles a la música. Nada grave.

Las fiestas de mi casa, dependiendo de los invitados, son un performance: un baile colectivo, un dúo de flamenco creativo, un juego en un espacio creativo para ser libres.

Trato de que no haya algún coleado en las fiestas, pero cuando sucede éste debe mostrar una inteligencia inmediata: es el filtro mínimo. Junto a mi buen amigo Boris Izaguirre, fui un gran coleado en muchas fiestas de los años ochenta y ahora vivo en carne propia a la generación de relevo.

En la actualidad me siento un pasajero del Titanic en sus últimos momentos. Uno optimista. Uno que cree que es el último y no le va a pasar nada. No he agarrado el bote salvavidas que podría llevarme a Miami. Mis amigos se están yendo y yo sigo celebrando la vida en Caracas, una ciudad tan cuesta arriba a veces. Si me llegase a hundir, sería bien vestido… y con un gin tónic”.

Fran Beaufrand, 1960, Maracaibo. Fotógrafo.

CasaBeaufrand-2

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-3

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-4

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-5

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-6

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-7

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-8

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-9

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-10

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-11

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-12

CasaBeaufrand-13

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-14

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-15

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-16

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-17

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-18

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-19

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-20

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-21

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-22

Fotografía de Roberto Mata

CasaBeaufrand-23

Fotografía de Roberto Mata

La casa en Los Roques; por Roberto Mata // #TodoPasaEnCasa

Ochocientos diecinueve pasos mide el patio de la casa de Elías y Lote. El resto es mar. En tres oportunidades ese mar ha amenazado con llevárselo todo: por huracanes o cualquier acción de la naturaleza, que no pide permiso. No están aislados, a pesar de que son los únicos que viven en Francisquí abajo. Siempre

Por Roberto Mata | 17 de julio, 2015
Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Ochocientos diecinueve pasos mide el patio de la casa de Elías y Lote. El resto es mar.

En tres oportunidades ese mar ha amenazado con llevárselo todo: por huracanes o cualquier acción de la naturaleza, que no pide permiso.

No están aislados, a pesar de que son los únicos que viven en Francisquí abajo. Siempre hay visita: alguien pasa a saludar y hay que atenderlo.

José Elías Pernales, con 51 años y nacido en Caracas, en Coche, tiene 25 años viviendo en Los Roques. Lieselotte “Lote” Vieweg, con 50 y nacida en Barquisimeto, lo ha hecho durante los últimos 15. Durante este tiempo los ha acompañado una pareja de canarios de mangle que entran y salen por cualquier orificio de la casa. Los canarios ya han tenido crías. Elías y Lote no.

En el barco Normandía transportaron, desde La Guaira, la madera para construir la casa: tres metros cúbicos de pino nacional para columnas y vigas. La compraron en Filas de Mariche y la construyeron con amigos de Mérida. El resto lo sacaron de un pequeño galpón que ya existía.

Para vivir en Los Roques hay que asumir una estrecha e íntima relación con la naturaleza, además de saber hacer y ser de todo: pintor, electricista, carpintero, plomero… y lo que no se sepa, estar dispuesto a resolverlo. Es una decisión de vida que, vista desde afuera por quien no entiende la dimensión del compromiso, es idealizada llamándola “el paraíso”.

En abril de este año, el mar comenzó a socavar las bases de la casa y a hundirla. El acecho del agua había comenzado desde febrero, pero no de forma constante. Le dieron largas. Un día, con el agua golpeando las paredes, Elías y Lote tomaron la decisión de desarmarla y volverla a armar a 200 metros de distancia del lugar que estaba a punto de desaparecer. Fue la tercera vez que les tocó tomar la misma decisión.

Un socio y amigo constructor asumió la obra y, junto a 16 obreros traídos desde Margarita, desmantelaron la morada en dos días, desde las 6 de la mañana hasta las 9 de la noche. Sólo un pequeño jardín con tres cactus se quedó sin mudar. La volvieron a armar en cinco días. Mientras tanto, todo el mundo durmió en carpas y los enseres permanecieron resguardados en pequeños ranchos y cavas que pidieron prestadas en las posadas del Gran Roque.

Cada pedazo de madera fue identificado con un número y una letra. También con la posición donde debía ser colocada posteriormente. No existía plano alguno. Varias tablas se confundieron en el camino.

Pescadores y vecinos de Los Roques les insisten en que se muden, que la isla tarde o temprano desaparecerá. Pero Elías y Lote no se quieren ir. Es allí donde quieren estar, lejos del agite urbano, hasta que la naturaleza los venza y no exista más arena. Ese día cerrarán el “ciclo Los Roques”.

Viven de dar clases de kitesurf y de rentar cualquier cosa que flote sin motor. Les gusta tener pocos alumnos y trabajar con calma. Sentir paz. Con las tablas de windsurf, ya pasadas de moda, hacen paredes, tabiques, bancos, mesas, techos…

“Extrañar” es un verbo que por consideración no se usa mucho frente a ellos, pero si se llega a mencionar, recuerdan que extrañan un plato de ensalada fresca, un buen trozo de carne y una ducha que alcance hasta para usar champú. “El agua en Los Roques es oro”.

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

“La competencia entre camioneros es muy fuerte…'”; por Roberto Mata // #India

En India se maneja por la izquierda, dice la norma. Los conductores de camiones la aceptan y la acatan, muchas veces a través de estrechas rutas donde otros caminan, manejan motos y bicicletas, llevan pasto con camellos de mirada apacible, transportan gente en jeeps detenidos en el tiempo y autobuses repletos que conforman núcleos sociales

Por Roberto Mata | 11 de julio, 2015
Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

En India se maneja por la izquierda, dice la norma. Los conductores de camiones la aceptan y la acatan, muchas veces a través de estrechas rutas donde otros caminan, manejan motos y bicicletas, llevan pasto con camellos de mirada apacible, transportan gente en jeeps detenidos en el tiempo y autobuses repletos que conforman núcleos sociales temporales. Todos con gran autonomía de vuelo, sin respetar el particular criterio del espacio personal de cada vehículo. Un derecho de cada conductor, aunque no establecido en la constitución, es “la vuelta en u”. Cuando y donde provoque, sin necesidad de aviso. Aún así se ven muy pocos accidentes. 60 rupias ($ 1) es el precio del litro de gasoil. La velocidad máxima según la carga es de 40 kph. Los camiones no tienen aire acondicionado aunque sí muchos adornos. Los indios decoran y se decoran. Los nuevos paradores para camioneros han sustituido el pozo de agua para bañarse con tobo por duchas y el campo abierto por letrinas. Hasta la una de la mañana y desde las ocho, ofrecen comida: pan, lentejas y yogur por 120 rupias ($ 2), durante la madrugada sólo té y café. Recostarse en las camas de malla metálica para recuperar las horas de carretera, es gratis. La capacidad de carga de un camión es determinante pero su corneta lo es más. La mayoría tiene un letrero que dice “por favor toque corneta” y lo hace constantemente. Necesitan mantener alerta a todos. La competencia entre camioneros es muy fuerte. 500 rupias indias ($ 8) por tonelada es el costo del flete de un trayecto de 100 km. Para competir bajan el precio hasta 350 y para que haya beneficio deben sobrecargar los camiones de 20 a 40 toneladas. Lo hacen de noche, cuando hay menos vigilancia y no son multados. India que es un país en evidente desarrollo y de crecimiento económico estimado en 7,2% para el 2015, ha logrado una primera autopista de 230 km (Jaipur – Agra) totalmente cerrada, sólo para vehículos. No hay vacas ni perros en ella.