Blog de Roberto Mata

“Me da miedo perder el otro ojo”; por Roberto Mata

“El martes dos de mayo terminé de rotular en vinil rojo las tapas de los radiadores de una moto en San Diego. Lo hicimos entre mi hermano Jhocer y yo. Cobramos treinta y seis mil bolívares en efectivo. En el morral de preescolar de mi hijo llevaba una pistola de calor, una paleta de fieltro,

Por Roberto Mata | 13 de julio, 2017
Johan Arias retratado por Roberto Mata

Johan Arias retratado por Roberto Mata

“El martes dos de mayo terminé de rotular en vinil rojo las tapas de los radiadores de una moto en San Diego. Lo hicimos entre mi hermano Jhocer y yo. Cobramos treinta y seis mil bolívares en efectivo. En el morral de preescolar de mi hijo llevaba una pistola de calor, una paleta de fieltro, un exacto, una extensión, un envase con alcohol y una media para limpiar: mis herramientas de trabajo.

El día anterior, en la marcha al Palacio de Justicia, me había conseguido a un cliente y me hizo el encargo. Estaba corto de dinero y necesitaba hacer el trabajo.

De regreso a la casa en la camioneta de pasajeros, nos paró la GNB en la autopista Valencia-Campo de Carabobo, y un oficial nos advirtió que más adelante estaban quemando carros y cauchos: no había paso. El chofer dio la vuelta y dijo ‘hasta aquí llego yo’.

Un grupo de siete pasajeros decidimos seguir caminando por la autopista echando cuentos, mientras de lejos veíamos el gas lacrimógeno. Solo faltaban dos kilómetros para llegar a Los Caobos, mi casa.

Nos conseguimos un piquete de la GNB y un guardia sin casco ni máscara nos dijo: ‘mosca por ahí que la autopista está peligrosa’.

Le explicamos lo de la camioneta de pasajeros y continuamos por todo el medio de la vía para que no nos vincularan con la protesta. Había candela, humo y escombros hasta que llegamos a unos cuarenta oficiales de la PNB, con escudos, motos y máscaras. También muchos disparos, piedras y bombas.

—¡Corran ¿qué hacen por aquí guarimberos?!

—Hermano, venimos de trabajar.

—¡Fuera de aquí, ustedes lo que merecen es que les echen plomo, por eso es que los matan!

—¡Corran!

—Déjennos pasar, que venimos de trabajar.

—¡Van a tener que correr!

—¿Por qué vamos a tener que correr?

—¿Ah, no van a correr? ¿Ustedes son arrechos?

El PNB dejó de disparar al aire. Me apuntó. Me disparó. Sentí un corrientazo en todo el cuerpo y un silbido. Era la una de la tarde.

Corrimos mientras le decía a Jhocer: ‘Me dieron, no pares’.

Nos separamos de las otras personas hasta que un muchacho en una moto nos rescató. Perdí el morral.

Me saqué un perdigón de plomo del brazo porque no había entrado completo. En la moto nos fuimos los tres y llegamos a mi casa, pero no quería que mis niños y mi esposa me vieran así. Mi cuerpo estaba lleno de sangre y de puntos rojos. Fui a casa de mi mamá, donde una doctora cubana de un CDI me puso Betadine y una solución oftalmológica en el ojo derecho. Tenía un perdigón adentro.

‘No puedo hacer más nada, tienes que ir a un centro de asistencia’.

Me puse muy nervioso. Pensé que perdería el ojo.

Tenía cincuenta y cuatro perdigones en el cuerpo en total, doce en la cara, y uno en el ojo.

El Hospital Central de Valencia estaba lleno de GNB y la orden era limpiar la heridas y luego los médicos debían entregar a los pacientes para que se los llevaran detenidos. ¿Quién iba a creer que yo rotulo motos de motocross, tengo un puesto de perros calientes, dos hijos, no estaba manifestando y venía de trabajar?

No me atreví a ir.

Un amigo médico, en su casa, me sacó con un bisturí diecisiete perdigones. Aunque le tengo miedo a las inyecciones, me dejé anestesiar. A las once de la noche, gracias a un vecino, salimos a un hospital de campaña de la Cruz Roja en la avenida Bolívar de Valencia. Una doctora me estaba esperando, pero no había paso. No llegamos. Alcantarillas levantadas, piquetes de la GNB, cauchos quemándose, vías bloqueadas. Volvimos a salir a las seis de la mañana del miércoles. Me atendieron, me limpiaron, y un cirujano me dijo: ‘Tienes que ir urgente a un retinólogo, a un especialista, el ojo se está drenando’.

Veía como si lo hiciera a través de una bolsa amarilla.

De allí fui a una consulta privada, luego al Instituto Docente de Urología, donde me dijeron: ‘Esto es de cirugía. Baja para que te den un presupuesto’.

2.150.000 bolívares, a pesar de la exoneración de los honorarios médicos.

No hay nada que pueda vender que me permita cubrir ese monto. No tengo seguro medico.

Ya veía solo hasta la mitad. Hacia arriba veía negro.

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Me acosté, porque el médico me dijo que descansara.

Cuando desperté sólo veía una pequeña franja en la parte de abajo. El resto negro.

En la noche perdí la visión por el ojo derecho.

Me lancé al piso. Me deprimí. Tuvo que venir mi mamá a consolarme. Tenía un presupuesto para la cirugía y ese mismo día había dejado de ver.

El viernes empecé una campaña por Twitter pero logré respuestas muy vagas de algunos políticos. Me ofrecían medicamentos y yo necesitaba cirugía. Una doctora del hospital Pérez Carreño, desde al anonimato, se ofreció a atenderme. El lunes fui a Caracas. Fuimos, porque para todo me ha acompañado mi esposa Desiree. Nos quedamos en casa de un pariente en El Observatorio, donde los tiros no nos dejaron dormir. No estamos acostumbrados a eso.

El martes, en cirugía menor, me sacaron el perdigón y me cosieron cuatro puntos. La doctora me ofreció hacerme la cirugía grande en el hospital. Había pasado una semana desde el disparo. La operación se fijó para el viernes 19 de mayo.

Hice un bingo por la casa para reunir y comprar lo que me pidieron: un silicón de 370.000 bolívares y tres inyecciones de esteroides para bajar la inflamación días antes de la cirugía, por 48.000 bolívares. Los vecinos respondieron, pude comprar todo.

El 16 de mayo me avisaron que el equipo que se usa en la operación se echó a perder. Sigue malo todavía.

El verdadero problema y la razón de la operación era evitar la pérdida del ojo porque se me estaba secando y se me iba a desfigurar el rostro. Ha perdido tamaño.

He estado conversando con una fundación de oftalmólogos en Caracas para ayudar a los que no podemos. No cobran honorarios pero sí los gastos clínicos. Tengo que hacer un bingo más grande porque en estos días además me toca la lista de útiles escolares, uniformes y zapatos de mis hijos (13 y 9).

Ahora choco con los marcos de las puertas, con la gente en la calle. Si me lanzan algo, no lo puedo atajar y cuando me saludan no logro dar la mano correctamente. No puedo estar al mediodía en la calle bajo el sol, porque me duele el ojo, aunque no veo nada por él. Mi esposa quiere que vaya a un psicólogo porque lloro por las noches.

Yo soy padre de familia y seguramente el que me disparó también. Ellos no piensan igual que uno.

En el hospital dijeron que no voy a recuperar la visión, pero yo tengo fe. La última marcha a la que asistí fue la del primero de mayo. Me da miedo perder el otro ojo. Si el precio por la libertad de Venezuela, es un ojo de la cara, yo ya lo pagué”.

***

Jhoan Manuel Arias Santana, 35, diseñador gráfico y perro calentero.

Texto y fotografía: Roberto Mata.

***

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“Nunca olvidaré la cara de mi hijo en la camilla”; por Roberto Mata

—No vengas a la marcha. Ya tú no estás para estar corriendo, mami. —¿Tú crees que yo soy viejita, Paul? Yo corro, Paul, yo corro. “El 18 de mayo, no sé bien por qué, no fui, no lo acompañé. Lo despedí en la puerta, le di la bendición y le hice la señal de la

Por Roberto Mata | 8 de julio, 2017
Marlene Camacho retratada por Roberto Mata

Marlene Camacho retratada por Roberto Mata

—No vengas a la marcha. Ya tú no estás para estar corriendo, mami.

—¿Tú crees que yo soy viejita, Paul? Yo corro, Paul, yo corro.

“El 18 de mayo, no sé bien por qué, no fui, no lo acompañé. Lo despedí en la puerta, le di la bendición y le hice la señal de la cruz. Fue primero al hospital, después a la universidad y de allí a la protesta. Después iría a su trabajo en el Centro Comercial El Doral. Me dijo que no fuera porque él regresaba temprano. Su tía, mi cuñada, que siempre va a las marchas, tampoco fue. Lo llamé a la una y cuarto de la tarde para saber si venía a almorzar. No me contestó. No le había pasado nada todavía, pero no atendió.

Los amigos de mi hijo me dicen mami.

Un poco antes de las cuatro de la tarde tocaron el timbre de la casa. Me había quedado dormida sin hacer el rosario de las tres con la madre Francisca que pasan por el canal 11, y mi celular estaba descargado.

—¡Vístete rápido, mami! Paul necesita sangre. Lo atropelló un carro.

Me puse como loca. Me cambié en la sala de la casa. Si me tenían que sacar toda la sangre, que lo hicieran: lo único que me importaba era Paul. En el carro iba con la esperanza de que me iban a tomar la vía. Aún no me habían dicho que mi hijo ya no vivía. Cuando llegué al hospital y logré entrar, las doctoras no me dijeron nada, solo me abrazaron.

Maldije. Grité y grité. Golpeé en el pecho a uno de los milicianos que custodiaban el hospital.

Yo no era yo.

Rabia, impotencia, ira.

Yo no soy así.

Nunca olvidaré la cara de mi hijo en la camilla.

No sé qué me pasó ese día. Bueno, sí sé: ahí estaba mi hijo.

Cuando me abrazaban me decían: ‘Yo sé lo que se siente’.

Para sentir lo que yo siento, hay que pasar por lo que estoy pasando. Esto solo lo puede explicar una madre a la que le hayan arrebatado un hijo. No tiene comparación con nada. El mundo se acabó.

Paul era esgrimista, músico (timbales, caja, güiro, guitarra) zurdo, scout, estudiaba quinto año de medicina. Reparaba celulares y los vendía, se trasnochaba viendo películas, era enamoradizo, le gustaba el pelo largo y tenía el nombre de su sobrina tatuado en el brazo derecho: Catalina.

¿Qué no hacía mi bebé?

No le pude avisar a su hermano. Lo hizo su compadre. Llegó a tiempo para el entierro y se quedó nueve días conmigo. Ya se fue.

Paul publicó en su Instagram el 8 de mayo una foto donde sale rescatando a un niño asfixiado por las bombas lacrimógenas de un maternal.

Carlos Javier (36), su hermano, es periodista y vive en Madrid.

Le escribió:

—Cada uno en sus frentes. Ese es el tuyo.

Paul respondió:

—¡Amén, hermano, así es, te amo!

No he contado los días, no sé cuántos días han pasado. Solo sé que cada día me hace más falta. Mi casa huele a Paul, todo es Paul. Dormía conmigo desde que me separé del papá. Su hermanito, como se decían ellos, se fue a España hace un año. Éramos solo él y yo. Se graduaba el año que viene y quería hacer el posgrado en cirugía plástica. Me iba a arreglar completica, de arriba a abajo. Yo estaba pensando en anillo, toga y birrete.

Me dijeron que ese día él trató de proteger a dos de sus compañeras de @PrimerosAuxiliosLUZ. Estaban sentados descansando en la isla de la avenida, se levantó con los brazos abiertos sin entender lo que pasaba. Una camioneta se lo llevó por delante. Le pasó por encima y lo arrastró. A ellas no les pasó nada.

A mí no me preocupaba que él fuera voluntario en las marchas, porque yo iba y lo veía de lejos. No había tenido ni un rasguño.

La justicia del hombre en este mundo no sirve, estemos claros, pero de la justicia divina no se salva nadie.

—Papi, ¿cuando tú te gradúes te vas a ir de Venezuela? Porque mira como están las cosas. No vayas a dejar de irte por mí.

—Mami, ¿estás loca? Yo no me voy, así que nos vamos a quedar los dos.

Se quedó en Venezuela y se me fue.

Omar Barrios se llama el que lo arrolló. Lo vi de frente el día que hicieron la reconstrucción de los hechos. Ni me pidieron ni me querían decir que fuera. Que era muy fuerte para mí. Estuve desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde esperando que llegaran los del CICPC bajo un sol muy fuerte. Sin desayuno, almuerzo ni cena. Llevaron la camioneta con la que lo hizo. Le dije a mi abogada que quería hablar con él, que le quería decir que me daba lástima. Pero no me lo permitió.

‘Señor dame paz, necesito estar tranquila’ y así agarré fuerzas para poder estar allí.

Escuché cuando la novia, Liz Mary Hernández, le dijo: ‘Ahí está la mamá del muchacho‘. Cuando él me vio le dije:

—Mírame bien la cara, no se te olvide mi cara.

No aguantó la mirada y bajó la cara.

Yo también me pongo en los zapatos de su madre.

Ahora la Avenida Fuerzas Armadas se llama Paul René Moreno Camacho. Tenía 24 años y creo que es la víctima número 54. ¿Cuántas madres están sufriendo hoy al ver a su hijo salir?

Tyron, el Pitbull, dejó de ladrar. Los perros saben cuando algo pasa. Lavé la ropa de Paul que me entregaron y la tendí en el patio. Se volvió como loco. Eso me partió el alma.

El cuarto de Paul está cerrado todavía. La llave se quedó por dentro”.

***

Texto y fotografía: Roberto Mata

Marlene Camacho, 63, secretaria comercial. Madre de Paul Moreno.

 

***

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“Igual estoy preso en la calle”; por Roberto Mata

“Subimos a Caracas el 18 de abril en la noche, para poder marchar el 19. Lo hicimos para evitar que la GNB nos detuviera el autobús en la autopista. Nos quedamos casa de un amigo en San Martín. Éramos seis vecinos de La Paz en Catia La Mar. Amigos de infancia. Amaneció tranquilo. Nos íbamos

Por Roberto Mata | 1 de julio, 2017
Manuel Velasquez retrato por Roberto Mata

Manuel Velásquez retrato por Roberto Mata

“Subimos a Caracas el 18 de abril en la noche, para poder marchar el 19. Lo hicimos para evitar que la GNB nos detuviera el autobús en la autopista. Nos quedamos casa de un amigo en San Martín. Éramos seis vecinos de La Paz en Catia La Mar. Amigos de infancia.

Amaneció tranquilo. Nos íbamos a sumar a la concentración en El Paraíso. Solo había que cruzar el puente San Juan. Otras personas lo estaban haciendo y nos incorporamos. Eran las nueve de la mañana y un pelotón de la GNB con escudos estaba del otro lado. Nunca llegamos a la concentración.

Nos rodearon. Nos detuvieron. Éramos veinte, entre hombres y mujeres. Nos separaron. A los hombres nos llevaron a la entrada de un edificio. Hicieron una pared con los escudos y nos obligaron a arrodillar.

—¿A dónde van? ¿Qué hay en esos morrales?

—Ropa, máscaras, banderas.

Revisaron todo. Golpearon a uno de mis amigos y nos alteramos. La gente se acercaba a ver qué pasaba.

Nos llevaron a otro edificio e hicieron una pared más grande con los escudos para que nadie pudiera ver.

—¡Guarimberos! ¿Ustedes por qué están marchando? ¡Cuerda de mamagüevos!

—Nosotros estamos marchando porque no nos gusta lo que está pasando en Venezuela.

Siento que he perdido mi juventud. Tengo una hija de un año y dos meses y no puedo vivir con ella porque no puedo pagar un alquiler.

La gente comenzó a lanzarles piedras y a grabar con sus celulares. Nos llevaron al Destacamento 433 en El Paraíso. Nos hicieron desnudar en el patio. Revisaron los morrales de nuevo. Nos rociaron agua y vinagre. Nunca supe para qué, aunque creo que era porque sabían que no nos iban a dejar bañar por los siguientes días. Estábamos los seis amigos y dos más de Caracas, ya vestidos de nuevo, en un cuarto pequeño junto a los retratos del alto mando de la GNB. Allí nos esposaron. Pensaba que estaba detenido para evitar que la gente marchara, pero en ese momento pensé: estoy preso.

Desde los edificios cercanos caceroleaban y pedían a gritos que nos soltaran.

Nos llevaron para tomarnos una foto junto a las pruebas de nuestra detención ya colocadas en una mesa. Los morrales, la ropa, las máscaras, las banderas y atrás un letrero grande de la GNB.

En la misma mesa pusieron bombas molotov, droga, tabacos de marihuana, cuchillos, piedras, metras.

—¡Eso no es de nosotros! ¡A mí no me vas a tomar fotos con eso!

Intentaron pegarnos.

Un teniente se acercó, oyó nuestra explicación y ordenó quitar las cosas que no eran nuestras. Nos tomaron la foto.

Estuvimos sentados en el piso de un cuarto de cuatro metros cuadrados durante cinco días. Los primeros dos sin comer. A nuestros familiares les dijeron que no estábamos allí. Al cuarto día, recibí tres cascazos y golpes con el rolo, sin razón. No me dejaron ir al baño, no dormí en toda la noche aguantando y me hice pipí encima. Así fui a tribunales el quinto día a que me presentaran, sucio.

María Fernanda Torres del Foro Penal, fue el nombre que nos gritaron. ¡Esa es la abogada!, dijo desde lejos el padre de uno de mis amigos cuando entramos a tribunales.

De los ocho que estábamos juntos, a uno lo dejaron ir pronto porque la presión en las redes sociales fue muy fuerte. Era un entrenador de natación. La frase, se va uno y se quedan siete, la entendí después. Todavía no nos habían acusado de nada pero ya sabían que nos íbamos a quedar siete.

La juez dijo:

‘Serán detenidos por tener actitud nerviosa frente a la GNB, hasta que traigan fiadores’.

El expediente de la GNB decía:

‘Incitación al saqueo de una panadería y quema de una patrulla durante la noche’.

La abogada nos dijo: ‘Esto va a tomar una semana’.

A las dos de la mañana nos pasaron al calabozo en el mismo destacamento. Ya estábamos sentenciados. Despertamos a veinte privados de libertad. Hurto, narcotráfico, invasores, robo, asesinato y otros manifestantes como nosotros en doce metros cuadrados. Una puerta con barrotes, una ventana muy alta, cuatro chinchorros y ningún bombillo o electricidad. Con cuchillos amarrados a las muñecas nos arrinconaron y nos cayeron a preguntas.

—¿Por qué cayeron?

—¿Quién ha sido policía?

—¿Quién ha sido vigilante?

—¿Quién le ha echado paja a alguien?

‘Brujas’ se les dice a quienes respondan que sí a alguna de esas preguntas. Les toca limpiar el excremento y recibir golpes o puñaladas cuando los malandros se quieren desahogar. Había tres brujas desde que entré hasta que salí. Las mismas.

Mi mamá me había llevado una almohada nueva al tribunal. Desde un chinchorro me la pidieron y la entregué. Nunca la estrené. Pasé la noche en cuclillas. Al amanecer nos explicaron las reglas: los interiores no se tocan. Nada se puede perder. Está bien si quieres compartir tus cosas, nada es obligado.

Aprendí a ir al baño delante de 26 personas.

Nos informaron que los domingos era día de visita y que había una ducha. Logré bañarme por primera vez para ver a mi mamá. Ella estaba destruida pero me daba apoyo. No paraba de llorar, preocupada por mis estudios y el trabajo. Me llevó comida y chucherías.

Esa noche se perdió un chocolate y se armó una pelea. Me fracturé dos dedos de la mano derecha y me desmayé. Mis amigos me pusieron una cuchara con tela para sostener los dedos. La mano se hinchó y se puso morada.

Los heridos se deben curar solos en el calabozo.

Creo que no les convenía tenerme así y que la prensa se enterara. Me llevaron al Hospital Pérez Carreño, esposado. Entré apenado y nadie me quería atender, hasta que una doctora se apiadó. Me hizo las placas sin las esposas.

—A ti hay que operarte de inmediato, pero no tenemos insumos. Te voy a dar cita para dentro de un mes y así te doy tiempo de conseguir Povidine, gasa, alambres de Kirschner de 2.8 milímetros, desinflamatorio.

Me puso una férula.

Una ampolla que tenía en la planta del pie se infectó y se me hizo un hueco de dos centímetros que no me permitía apoyarlo. Me gané entonces uno de los chinchorros. Llegué a pasar hasta tres días acostado, leyendo a Paulo Coelho, desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Dos libros por semana. De noche no podía por falta de luz.

Comiendo mi almuerzo, escondido en el arroz y envuelto en Envoplast, llegó un mensaje: hoy salen dos.

Salí el 19 de mayo a las nueve de la noche, después de firmar con la izquierda un acta que decía no haber sido agredido ni física ni verbalmente por la GNB. Mis fiadores son dos tíos. La juez demoró un mes en emitir la fianza. Ya estuve preso y le perdí el miedo al gobierno. Igual estoy preso en la calle.

Se perdió lo que cargaba cuando me detuvieron: el celular y la máscara de gas que me prestó un latonero que vive cerca de mi casa. Dejé todo lo que tenía en el calabozo. A esa hora había tanquetas, motos y gas lacrimógeno en El Paraíso. Mi mamá y yo logramos conseguir un taxi hasta Catia La Mar. Al llegar lo primero que hice fue abrazar a mi abuela.

Debo presentarme en Tribunales el 23 de cada mes durante ocho meses. Me toman una foto cada vez que voy y no me dan constancia de haber ido. Perdí el semestre en la universidad por inasistencia. Llevaba todas las materias por encima de catorce puntos. No pude operarme la mano a pesar de que mi mamá consiguió todo. No lo permitieron, porque cuando salí, ya los huesos se habían pegado mal. No la puedo cerrar y mi letra es ahora como la de un niño. Me botaron del trabajo (supervisor de un restaurante de comida rápida en el Aeropuerto Simón Bolívar). Si salgo del país y no me presento, no podría volver a entrar a Venezuela.

Tengo 17 tatuajes. El primero me lo hice en honor a mi papá, dice: Manuel. Murió de cáncer hace nueve años, un día del padre”.

***

Texto y fotografía: Roberto Mata

Manuel Velásquez, 28, técnico en informática, estudiante de Gestión Ambiental en la Universidad Bolivariana de Venezuela.

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“Esto no es oposición contra el gobierno: es el país contra la dictadura”; por Roberto Mata

“De mi casa me trajeron un solo zapato a la clínica: el derecho. El izquierdo no lo voy a usar por tres largos meses. El año pasado, con mi primer buen sueldo, me compré unos botines Kickers. Los perdí. La bala le abrió dos huecos. Un policía que los vio en la clínica me dijo:

Por Roberto Mata | 24 de junio, 2017
Marcel Áñez retratado por Roberto Mata

Marcel Áñez retratado por Roberto Mata

“De mi casa me trajeron un solo zapato a la clínica: el derecho. El izquierdo no lo voy a usar por tres largos meses.

El año pasado, con mi primer buen sueldo, me compré unos botines Kickers. Los perdí. La bala le abrió dos huecos. Un policía que los vio en la clínica me dijo: “Chamo, eso es una 9 milímetros”.

Estaba yendo a las marchas sin celular porque me lo habían robado, así que cuando me gané el premio (II Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas), mi novia me insistió en que me comprara uno. También unos lentes que necesitaba. Tengo astigmatismo y miopía. Veo mal de lejos. En eso usé el dinero del premio. No quedó para más nada.

El 19 de junio la máscara estuvo dando problemas. Me la quitaba a cada rato. Llovió. No había conseguido a mi grupo, a mis amigos. Pensé en irme muchas veces. Las cosas no estaban saliendo bien, pero decidí quedarme hasta las cinco de la tarde. Me pegaron el tiro a las cuatro.

Creía que una bala era algo frío, pequeño, que te traspasa. Pero no, un balazo es un coñazo. Un coñazo brutal. Tres pasos y me tiré en el piso. La hermandad que existe entre nosotros hizo que me levantaran muy rápido y me montaran en una moto. El tiro fue en el tobillo. Entró y salió sin tocar ningún hueso. Increíble.

He recibido bombas y metras, perdigones no sé, porque tengo todas estas marcas que no sé de qué son.

Cuando llegué a la Plaza Altamira llamé a mi novia y le dije que estaba en una ambulancia y que había recibido perdigones, para no preocuparla.

No podía caminar.

Escribo desde los trece años. He ganado premios con cuentos y uno de ensayo sobre la Carta de Jamaica en un concurso del Centro Nacional de la Historia. Este año gané el segundo lugar en el II Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas y mi tema era el lenguaje, aunque no me siento poeta.

Escribo por compromiso conmigo mismo. Marcho por compromiso conmigo mismo. ¿Cuál es mi papel y qué es lo que me corresponde? Estar allí el lunes. Ese era el espacio que yo naturalmente debía ocupar. Ese día murió un muchacho [Fabián Urbina]. Cualquiera de los que estábamos allí ha podido morir. Hubo siete heridos. Yo no tuve miedo y por eso me pasó lo que me pasó.

Veo convicción ahí adelante. Al frente. Del otro lado, no estoy claro de qué es lo que veo. Estuve cuando niño, el 13 de abril [2002] hasta las tres de la mañana esperando que Chávez volviera a Miraflores y allí había convicción. Gente defendiendo a su presidente con palos de escoba. Mi familia dejó de ser chavista hace muchos años. Yo nunca lo fui porque era solo un niño, y esa convicción ya no la hay.

¿El que disparó? El que disparó tiene novia y le escribe, duerme en un lugar, tiene medias y zapatos, puede tener hijos, oír música, hacer un deporte. Se cepilla con un cepillo de dientes todas las mañanas. Tiene una vida.

Él tomó la decisión desde que salió con la pistola. Hay una determinación de su parte. Eso conlleva responsabilidades e implicaciones. Va a decir en el juicio que disparó por miedo, pero yo estaba allí: fue un acto de poder.

No me importa por qué disparó, lo que me preocupa es que no se arrepienta de lo que hizo.

No me siento superior a él, pero no me hace falta disparar. No ganaría nada. Por el contrario, perdería mucho. Esto no es oposición contra el gobierno: es el país contra la dictadura. Soy parte de una generación que se siente con fuerza. Si no nos quieren dar el espacio que nos merecemos, nos lo vamos a ganar.

No llevo chaleco ni escudo para protestar. Uso un suéter. Los lentes los guardo porque son nuevos. No me gustan los teléfonos inteligentes. Escribo a mano y quiero comprar una máquina de escribir. Desconfío de la tecnología. El poema con el que me gané el premio lo escribí en papelitos amarillos, ‘Post It’, y los iba pegando en la oficina. Yo no tengo dinero para comprar un pasaje. Voy a pasar mucho tiempo sentado y tengo una tesis por hacer”.

***

Texto y fotografía de Roberto Mata

Marcel Áñez, 28, escritor y estudiante del último semestre de Sociología en la UCV.

Segundo lugar II Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas. 2017

Segundo lugar Primer Concurso de Ensayo Histórico del Centro Nacional de Historia. 2015.

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“Me dieron en la cara”; por Roberto Mata

“Siempre sentí que era invencible. Que nunca me iba a pasar nada. A otro lo agarra la guardia, a mí no. A otro le pegan perdigonazos, a mí no. Hasta que me pasó. Hasta que te pasa. Desde que comenzaron las protestas, he estado adelante, mucho más cerca de lo que estuve el miércoles 14

Por Roberto Mata | 22 de junio, 2017
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Daniela Santana Ferris retratada por Roberto Mata

“Siempre sentí que era invencible. Que nunca me iba a pasar nada. A otro lo agarra la guardia, a mí no. A otro le pegan perdigonazos, a mí no. Hasta que me pasó. Hasta que te pasa.

Desde que comenzaron las protestas, he estado adelante, mucho más cerca de lo que estuve el miércoles 14 de junio. Estaba con una prima, buscando los cartuchos de las bombas lacrimógenas para hacer una protesta creativa: semilleros con tréboles de cuatro hojas.

Sembrar vida.

Había gente, pero no demasiada. Nos encontramos a otro primo y no quisimos bajar a la autopista. Nos quedamos en la Plaza Altamira. De pronto todo el mundo empezó a correr. Ella cruzó a la izquierda, mi primo siguió derecho y yo seguí subiendo. Escuchaba los disparos. Nos abrieron la puerta de un edificio. Estaba ayudando a que todos entráramos en medio de una nube blanca de bombas.

¡Apúrense, pasen!

Me volteé hacia donde estaban los guardias para ver si entraba o seguía corriendo, cuando vi a dos PNB en la mitad de la avenida, a dos canales de distancia. Escuché la detonación. Vi las chispas. El que iba atrás fue quien disparó. Me tapé la cara con el brazo para protegerme los ojos. No sentí nada. Quizás fue la adrenalina. Intenté entrar al edificio cuando me di cuenta de que algo chorreaba por mi cara.

‘¡Me dieron, me dieron en la cara, déjenme pasar!’

selfieNo le quería avisar a mi papá hasta saber bien qué tenía. Me hice un selfie para ver. Ocho perdigones en la cara, cuatro en el brazo y dos en el casco. Después me atendieron los Cruz Verde. Me limpiaron y curaron en la Clínica El Ávila. Entonces llegó mi papá. No me reclamó.

Tengo pasaporte venezolano y de la comunidad europea, pero este es mi país. Aquí está toda mi familia. Se han ido muy pocos. Somos 27 primos y por lo menos 20 estamos acá. Mi abuelo, el arquitecto Julián Ferris, diseñó el edificio de la Corte Suprema de Justicia [Tribunal Supremo de Justicia]. Esto es lo de uno, es sentido de pertenencia.

He peleado con mi papá: ¿Cuál es el límite? ¿Qué tiene que pasar para que uno decida irse? Y ahora me pasa esto. Por mí hubiera vuelto a marchar ya. No lo hago porque estoy de reposo, pero pronto lo vuelvo a hacer. Respeto al que se va porque es una decisión importante y difícil pero también lo es para quien se queda.

Tenía once años cuando Chávez llegó al poder. Los niños no hablábamos de política. Sabía el nombre del presidente porque me lo habían dado en Sociales. Estoy luchando por una Venezuela que no conozco: trabajar, pedir un crédito, comprar un apartamento. Pagar un carro en cuotas. Viajar con tu sueldo. Mis abuelos me cuentan cómo era.

Tengo dos meses que no trabajo: ¿quién va a comprar pulseras, zarcillos y collares con esta situación?

¿Tú crees que a mí no me da miedo ir a marchar? Marcho porque lo que tengo no me gusta y lucho por algo mejor. Es mi deber. Luchas o te vas. Primero usaba casco de bicicleta, pero al ver cómo le dan a la gente en la cabeza, pasé a uno de moto. No salgo de la casa sin pañuelo, Maalox y el casco. Tengo 70 días protestando y me he conseguido muy pocas amigas del colegio. ¿Dónde están? Me afecta la indiferencia de algunos. Veo gente marchando de la que me he alejado: ahora lo hacen luego de haberse enriquecido.

No creo en enchufado arrepentido.

Si me quedan algunas marcas en la cara le contaré a mis hijos que son heridas de guerra”.

***

Daniela Santana Ferris, 30, orfebre.

Texto y fotografía de Roberto Mata.

***

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“Todos estamos amenazados”; por Roberto Mata

“Falta una semana, faltan cinco días, faltan tres días. El 5 de mayo, despedí a mi hijo en Maiquetía. Alegría y tristeza, pero más alegría que tristeza. Gracias a Dios, dije. Yo he visto cómo se llevan a los jóvenes. Los arrastran. Los torturan. Los matan. Me ponía en el lugar de esas madres, y

Por Roberto Mata | 19 de junio, 2017
Mariana Hernaiz retratada por Roberto Mata

Mariana Hernáiz retratada por Roberto Mata

“Falta una semana, faltan cinco días, faltan tres días. El 5 de mayo, despedí a mi hijo en Maiquetía. Alegría y tristeza, pero más alegría que tristeza. Gracias a Dios, dije.

Yo he visto cómo se llevan a los jóvenes. Los arrastran. Los torturan. Los matan. Me ponía en el lugar de esas madres, y pensaba lo destrozadas que debían estar. Rezaba por ellas. Sentí temor por él y esperé ese día. A mí no me daba miedo que se lo llevaran de una protesta, porque no lo dejaba ir solo, pero es joven, tiene tatuajes, túneles. Es cineasta y eso es suficiente para que lo detengan. Un poco más de un mes después me mataron al perro dentro de casa. Si él hubiera estado aquí, se lo habrían llevado. Tuve razón. Fue un presentimiento de madre. De haber estado ese día en la casa, esto habría terminado con otro muerto, porque no iba a dejar que se lo llevaran.

Martes 13 de junio, 6:00 pm

Yasmín, mi cuñada, estaba en la torre de al lado, en casa de una vecina cuidándola porque está delicada con una flebitis. Las cacerolas de los vecinos que vigilan desde sus apartamentos, anunciaron que estaban entrando y eso activó a otros vecinos que colocaron las sirenas que tienen grabadas en sus equipos de sonido. Nuestro protocolo de seguridad funcionó.

Veinte minutos después cortaron la luz en todos los edificios. Estaban adentro.

Yasmín tuvo que abrirle la puerta a funcionarios no identificados, en medio de la oscuridad y con linternas:

 –¿Cuántas personas hay en este apartamento?

–Cuatro personas y una está enferma.

–¿Nombre?

–Yasmín.

–Ahh, tú eres la vieja sinvergüenza que guarda terroristas y cosas en su casa.

–Yo hago labor comunitaria, soy junta de condominio.

–¿Cédula?

–Tenemos que ir a mi casa. Yo no tengo la cédula acá.

–Entonces te estás escondiendo aquí.

–Hermano, te acabo de decir lo que estoy haciendo acá. Estoy cuidado a una señora convaleciente.

–Vámonos.

Le tomaron fotos con el celular y ella cooperó haciendo lo que le pedían: ver a la cámara. Fueron por las escaleras de una torre a la otra porque ya habían estropeado los ascensores. Les advirtió que había mascotas en el apartamento y que por favor le permitieran avisarme para que las recogiera. Yasmín estaba preocupada porque sabía cómo era Cross.

–Soy yo, Mariana, vengo con unos funcionarios. Agarra los perros.

Al abrir y luego de que algunos funcionarios entraron, Cross se salió y fue a buscarle juego a los que quedaron afuera. Uno de ellos lo apartó. Yasmín trató de acercarse para agarrarlo pero en ese momento el funcionario le disparó en la cabeza. Fue un ruido ensordecedor. Cross se desplomó.

Yasmín no es mi cuñada, es mi hermana. Me divorcié de su hermano y gané una familia. Vivimos juntas desde hace casi 10 años. Después de que se fueron mis hijos, nos quedamos solas con dos gatos y cuatro perros, ahora tres. Cross era de la familia.

Ella lo cargó y lo metió en el cuarto de mi hijo. Cuando abrí la puerta, se salió y se metió en el mío. Lo cargué y me descontrolé.

 –Me mataste a mi perro, ¿por qué tenías que dispararle?

–Te advertí que lo agarraras.

–Te advertí que no te iba a hacer nada. Que no te iba a morder, que no te iba a atacar.

Nos insultaron y se fueron. Cross no lloraba pero le costaba respirar. Jadeaba. Le desprendieron parte de la cara. El ojo quedó en el pasillo. Sangraba mucho.

Conmigo se tranquilizaba. A los demás les gruñía. Estaba sufriendo.

Cortaron las guayas de doce ascensores. Cayeron hasta el fondo, destrozados. Dañaron las bombas de agua. Rompieron las carteleras. Se llevaron las llaves que estaban en los condominios y en las conserjerías. Los controles remotos de los estacionamientos. Antes de que llegaran a nuestro apartamento pude escuchar que gritaban:

–¡Están por el sótano!

Y alguien respondía

–¡Cállate, pajúo! ¡Eres un pajúo!

Hubo vecinos que entregaron a muchachos que son amigos de sus hijos, muchachos que hemos visto crecer desde niños.

Yo dejo todo en manos de Dios.

A mis hijos, ambos en Nueva York, no quería decirles lo que íbamos a hacer con Cross. No quería causarles ese dolor. Que lo iban a operar y que había esperanzas fue mi último mensaje. Al día siguiente se enteraron por las redes sociales.

–¡Mamá, ¿por qué no me dijiste la verdad? Yo puse en Twitter que lo iban a operar y que teníamos esperanzas, mamá.

No había posibilidad de que Cross se salvara, y para evitar la agonía y el sufrimiento, decidimos dar término a su vida. Nos despedimos de él. Lo sedaron y luego lo pusieron a dormir.

En las redes nos agredieron por haber creado falsas expectativas. Tuve que explicar las razones por las que no les había dicho la verdad a mis hijos, exigir respeto por el dolor ajeno, que no se metieran con ellos. Aproveché y bloqueé a los que nos atacaron. No perdí tiempo discutiendo.

Necesito alejarme un tiempo. Dormir, descansar. No estoy bien. Llevo semanas brincando a las dos de la mañana porque se activan las alarmas y hay que correr a la azotea del edificio. En dos días he dormido solo una hora. Mi cuerpo y mi mente necesitan paz, tranquilidad, apartarse de todo, irme de Caracas.

Desde el 19 de abril, acá no hay vida. Todas las noches pasa algo. Cierro los ojos y escucho las sirenas, las cacerolas, los disparos, las tanquetas, la reja que tumban, la gente gritando. El 24 de abril nos tumbaron la reja, ese fue el primer aviso de que querían entrar. No es fácil recuperarse. En mi edificio está todo destruido. Mi cuñada está amenazada, los perros de Los Verdes están amenazados. Todos estamos amenazados”.

*

Mariana Hernáiz, 52, auxiliar de preescolar.

Texto y fotografía de Roberto Mata.

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“Me gritaron: a este país lo jodieron los extranjeros”; por Roberto Mata

“Fui con mi esposa al CCCT a solucionar un problema del celular, para luego ir al plantón del 5 de junio. Paré mi moto en las afueras del centro comercial, frente a la Carlota. Caminamos hacia la autopista para ver qué pasaba. Eran las once de la mañana. Había poca gente. No había plantón, tampoco

Por Roberto Mata | 10 de junio, 2017
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Pierre Dumont retratado por Roberto Mata

“Fui con mi esposa al CCCT a solucionar un problema del celular, para luego ir al plantón del 5 de junio. Paré mi moto en las afueras del centro comercial, frente a la Carlota. Caminamos hacia la autopista para ver qué pasaba. Eran las once de la mañana. Había poca gente. No había plantón, tampoco GNB.

De la nada llegaron por lo menos 20 motos de la GNB con parrilleros. La gente comenzó a correr y bum bum bum. Traté de irme y le quité el candado a la moto, pero me di cuenta de que si me iba, me dispararían. Corrimos para protegernos, y en medio del humo vi como le dieron una patada a la moto, con rabia, pero sin fuerza. La moto no se cayó. Luego uno se montó y entre cinco o seis guardias la empujaron y la metieron en La Carlota. Yo estaba a unos cuarenta metros de ellos cuando se la llevaron.

Cuando bajó el humo, decidí ir a buscarla en la garita de La Carlota, solo y con las manos en alto. Los manifestantes estaban escondidos y les pedí que dejaran de lanzar piedras después de que me pegaron una en el casco.

-Buenos días, vengo a recuperar mi moto. La moto que se llevaron es mía.

-¡Guarimbero! ¿Qué hacía usted allí?

-Yo estaba allí, así como usted está aquí. ¿Acaso no puedo estar allí?

-¡Guarimbero! Váyase, acá lo que va a recibir es piedra.

Me golpearon con el escudo y me quitaron el casco y los lentes de natación que cargo cuando creo que va a haber gas. Decidí convertirme en un saco de arena, sin levantar los brazos ni protegerme la cara. Esa es la actitud corporal en la lucha no violenta. Funciona hasta con los perros.

-¿Por qué me pegas? ¿Acaso yo te pegué?, le pregunté.

Me pidieron la llave de la moto. Les dije que no se las iba a dar.  

Pasaron otros GNB en moto disparando gases lacrimógenos y mi esposa comenzó a desesperarse. El mismo GNB que me ofrecía piedras me dijo:

-Tranquilos, quédense aquí, que acá no les va a pasar nada.

Él adentro, nosotros afuera.

Decidí irme y conseguí dos PoliChacao en bicicleta. Les informé que me habían robado la moto. Tomaron la denuncia y me dijeron:

-Ciudadano, lo mejor que usted puede hacer es volver y reclamar su moto, porque está allí adentro.

Volví.

-Buenos días… Hola… Hola… Epa…

Los guardias se escondían y no se dejaban ver.

-¡Váyase, guarimbero, acá no hay ninguna moto!

De repente llegó otro y dijo:

-Yo soy Guardia Nacional, y le informo que este no es un lugar de retención. Su moto está en la zona 43, en Tazón.

-Es imposible, no han pasado ni diez minutos de que metieron mi moto aquí.

Me fui sin saber qué hacer. Sin embargo, intenté una tercera vez.

-Mi moto está aquí, ustedes la tienen y están filmados. Todo el mundo los vio, yo los vi. Además, me quitaron el casco. Tengo los documentos y sé que está aquí. Es propiedad privada y me la tienen que devolver. Quiero mi moto.

-¡Guarimbero! ¡Guarimbero! ¡Guarimbero! Lo que quieren es mandar en este país.

-¿Saben qué? Soy extranjero, y en treinta y un años en Venezuela nunca he visto tanta violencia. Jamás había estado en una situación como esta, ni había visto un comportamiento de la GNB así. Me voy a quejar a mi embajada.

Haber dicho eso fue como haber lanzado una bomba lacrimógena en esa garita. Se produjo una explosión de ira. Del fondo apareció otro GNB, que había estado escuchando pero que no se dejaba ver.

-¡Extranjero de mierda, hijo de puta, vete a tu país. A este país lo jodieron los extranjeros!

Lo dijo muchas veces. Sentí que me odiaban. Me fui de allí en un taxi a la Fiscalía por recomendación de un grupo de periodistas.

A mí esto me duele mucho. Mi vida está volcada a este país. Mi esposa y mis hijos son venezolanos. Amo la gente, los paisajes, la música, las artes. Yo voy a Bélgica y no pertenezco a ese mundo. No los entiendo y no me entienden. La afectividad del venezolano está más cerca de la piel, más cerca de ti, no tiene intermediario. Es un sentimiento más profundo. Tengo una misión en Venezuela: montar una fundación para el monitoreo del desove de tortugas marinas en Paria y educar a los niños y pescadores de la zona en ese tema.

Ya he aguantado muchos gases. La gente se asfixia pero yo camino a mi paso. No corro ni me tiro al Guaire. Si me van a matar, me matarán. Practico natación, por eso aguanto. Hay que seguir.”

***

Pierre Dumont, 58, Psicólogo, empresario, casado con venezolana y dos hijos venezolanos. Llegó a Venezuela el 29 de abril de 1986, sin ningún plan.

Texto y fotografía de Roberto Mata para Prodavinci

***

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“Creo que Dios me abandonó ese día”; por Roberto Mata

“Iba hacia Caracas en un taxi. Cuando prendí el teléfono, a la altura de Boca de Uchire, me enteré por las redes sociales lo que había pasado con César. Le dije al taxista: ‘¡Devuélvase, mi hijo está herido!’. Los escuderos me contaron que ese sábado 27 de mayo en las manifestaciones en El Peñón del

Por Roberto Mata | 6 de junio, 2017
Zulymar Villegas retratado por Roberto Mata

Zulymar Villegas retratada por Roberto Mata

“Iba hacia Caracas en un taxi. Cuando prendí el teléfono, a la altura de Boca de Uchire, me enteré por las redes sociales lo que había pasado con César. Le dije al taxista: ‘¡Devuélvase, mi hijo está herido!’.

Los escuderos me contaron que ese sábado 27 de mayo en las manifestaciones en El Peñón del Faro, Lechería, había un policía sospechoso entre los guardias. César se separó del escudero y con las manos en alto le dijo:

—¿Me vas a matar? ¡Mátame, pues!

Fue un disparo certero. No fue mala suerte. Fue a él.

Dio dos pasos hacia atrás. Los compañeros lo atajaron y lo montaron en una moto.

¡No me dejen morir! ¡Llamen a mi mamá!

Entrando a la ambulancia le dijo a uno de los muchachos: ‘Dile a mi mamá que yo la amaba y que muero luchando por una Venezuela mejor para ella y mis hermanos’. Me imagino que él sentía que se iba a morir. Por desgracia, quien disparó, tiene su mismo apellido: Pereira.

Más de una vez le hice un show y lo saqué de una reunión política o de una manifestación. ‘César, mira todos los chamos que han matado… ¿Y si te llega a pasar algo a ti? Y si tú me amas tanto como siempre dices, ¿acaso no vas a pensar en mí?’

De niño, al salir del colegio se iba a trabajar en un mercado chino, embolsando las compras por las propinas. Tenía clientes fijos, así los llamaba. Si él no estaba en la caja, hacían la compra en otro momento. Tanto quiso trabajar, que le tuve que sacar un permiso en la LOPNA. Era parrandero y me decía mentiras para ir a rumbear. Si se quedaba en casa de algún amigo haciendo un trabajo de la universidad, me mandaba fotos de como si ya estuviera acostado. Eran fotos viejas, las repetía y yo lo cachaba. Era un muchacho de veinte años.

Tenía miedo de que le pasara algo, pero era muy terco y rebelde. Se sentía líder, daba ánimo al que se quería retirar y siempre quería estar adelante. Tenía labia y carisma. Envolvía a la gente. Estaba brava y no quería hablar con él hasta que me prometiera que se se iba a salir de las protestas.

En la terapia intensiva, César estaba al lado de Oscar Fuentes, herido con un tiro en la cabeza días antes protestando, atendidos por la misma doctora y conectado a un respirador. César podía respirar solo, pero no sobrevivió.

Creo que Dios me abandonó ese día.

En el IUTURLA, donde estudiaba Publicidad y Mercadeo, había un homenaje para César el día del entierro. Caminábamos acompañando el féretro y la GNB no nos dejó llegar. Íbamos solo con un muerto, mi hijo. No permití la confrontación, ni insultos, ni ponernos a su nivel y nos devolvimos.

A César lo lloraron otras mamás, y otros hermanos, y otras tías, y otros abuelos. Gente. Gente que yo no conocía. No tuve celos. Fue un orgullo ver cómo lo querían tanto. Quería ser el alcalde de Lechería.

Al día siguiente del entierro, estuve en el lugar donde pasó todo. Los muchachos me cubrieron la cara con una camisa para que no me reconocieran y me pusieron casco y guantes. Deseaban protegerme. Ya habían perdido a un compañero, dijeron. Quise sentir lo que vivió mi hijo. Conocer a su grupo. Al escudero, a los que lo recogieron y montaron en la moto. Quise involucrarme. Imaginar cómo había pasado todo, cómo mataron a mi hijo. Hicieron una barricada. Le recé. Le prendí una vela. Me fui a la misa de las seis de la tarde. No me quedé para el enfrentamiento”.

***

Zulymar Villegas, 40, comerciante, madre de César Pereira.

Texto y fotografía de Roberto Mata para Prodavinci

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“Me entregaron la ropa primero y supe que era un tiro”; por Roberto Mata

“Armando fue en la mañana a la Universidad Central de Venezuela a meter sus papeles para estudiar medicina. Quería ser anestesiólogo y tener seis hijos. Ese día, 3 de mayo, suspendieron las clases en el conservatorio, en El Paraíso, donde estudiaba viola. Decidió irse a la protesta con su hermano mayor, Alejandro (21), donde se

Por Roberto Mata | 3 de junio, 2017
Mónica Carillo D'Lacoste retratada por Roberto Mata

Mónica Carillo D’Lacoste retratada por Roberto Mata

“Armando fue en la mañana a la Universidad Central de Venezuela a meter sus papeles para estudiar medicina. Quería ser anestesiólogo y tener seis hijos. Ese día, 3 de mayo, suspendieron las clases en el conservatorio, en El Paraíso, donde estudiaba viola. Decidió irse a la protesta con su hermano mayor, Alejandro (21), donde se encontraría con su padre. Había cumplido dieciocho años dos meses atrás.

Antes de eso, no se lo permitimos. Decía que quería un país que se pareciera, aunque fuera un poco, al que le habíamos contado haber vivido.

En la tarde, recibí una llamada de mi esposo:

—Mónica, te voy a buscar, a Armando se lo llevaron al Hospital Domingo Luciani.

Soy médico. Y Armando estaba manifestando en Las Mercedes. Sabía que de estar herido lo habrían llevado a la Policlínica Las Mercedes o al CDI.

Cuando le vi la cara al médico, no hubo necesidad de que me dijera nada. Es la misma cara que me ha tocado poner muchas veces. Es algo que se aprende con los años de servicio. Solo pedí verlo. Me entregaron la ropa primero y supe que era un tiro. Lo destapé, estaba envuelto. No tenía dolor en la cara. Era un rostro en paz.

Armando me cuidaba, me llamaba varias veces al día. Me sobreprotegía. Me peleaba la fumadera, me pedía que me abrochara la camisa, no me dejaba cortarme el pelo, me celaba. Me abrazaba. Mi esposo lo enseñó a ser cariñoso. Era arquero, jugaba futbolito. Era miembro de la Orquesta Simón Bolívar, bailaba salsa casino, ayudaba a reparar cosas en la casa con su papá, estudiaba inglés, era muy organizado con su tiempo. Se graduó de bachiller en 2016 con promedio de 18,63. Le hacía la tarea a los amigos.

Todavía no me he sentado a llorar, ni a pegar gritos, ni a tirar vainas. Lloro de a poquito, calladita, sola en la noche, sin que mi esposo me oiga. No sé por qué. No quiero que mi hijo ni mi mamá me vean llorando.

Alejandro y Armando iban a las marchas juntos y compartían cuarto. A pesar de tener uno para cada uno, nunca quisieron separarse. Cuando montaron a Armando en la ambulancia, no dejaron que se montara con él. Alejandro me pidió dormir en mi cuarto en un colchón al lado de la cama. Ha dormido con nosotros en la cama. ¿Cómo le decimos que no?

No tengo preguntas a quien disparó. Solo le diría que estoy segura de que más nunca va a poder dormir en paz. Son personas que cumplen órdenes, pero las ejecutan con mucho gusto. Están de acuerdo con esas órdenes. Quizás la orden no era matar, pero todo el que dispara puede matar.

Creo en Dios, soy católica. Mi esposo es ateo. Armando era creyente. Quizás Diosito lo necesitaba a su lado.

El día del entierro fui vestida con pantalón anaranjado y camisa amarilla. Le pedí a la gente no se vistiera de negro porque el luto va por dentro. Armando era muy alegre y lo honré de esa manera. Lo enterramos con su ropa y zapatos preferidos. Son de color verde. La viola, Pepita, no se entierra. Está en casa.

Sobre su tumba no han sembrado grama todavía. El camión de la grama tiene sus días. Juan Pernalete, Miguel Castillo y Armando Cañizales están juntos en el cementerio, uno al lado del otro.

Hace pocos días, agarraron a un infiltrado en una protesta y gritaron todo lo que le querían hacer en nombre de los muertos en las protestas. El asunto se estaba saliendo de control. Me tuve que meter y hablarle directo al que estaba más alterado:

‘¡Estás frente a la mamá de uno de esos muertos y no vas a hacer nada incorrecto. Nada fuera de la ley. Te vas a mantener de este lado de la historia!’

Se quitó la capucha, me pidió disculpas y me abrazó”.

***

Mónica Carillo D’Lacoste, 50, Médico Pediatra, Hospital Periférico de Catia. Madre de Armando Cañizales.

***

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“No te esfuerces mucho que te lo vamos a volver a tumbar”; por Roberto Mata

2 de mayo “Cerca de las dos de la tarde, me llamó el gerente general para pedir permiso y retirar al personal de la planta. En ese momento estaban saqueando camiones en la autopista (Valencia – Campo de Carabobo), justo al frente. De los doscientos treinta y cinco empleados, se fueron doscientos treinta y uno.

Por Roberto Mata | 1 de junio, 2017
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Betty Amadio retratada por Roberto Mata

2 de mayo

“Cerca de las dos de la tarde, me llamó el gerente general para pedir permiso y retirar al personal de la planta. En ese momento estaban saqueando camiones en la autopista (Valencia – Campo de Carabobo), justo al frente.

De los doscientos treinta y cinco empleados, se fueron doscientos treinta y uno. Quedaron dos horneros. Uno de mantenimiento, un vigilante interno y un servicio privado de seguridad.

A las dos y media de la tarde el gerente volvió a llamar: ‘Se corre el rumor de que del barrio cercano van a venir a saquear Productos Amadio’.

Mi hermano en la finca, fuera de cobertura. Mi primo en otra finca, fuera de cobertura también. Sin otra opción, sola, tuve que asumir el mando. Hice unas llamadas y logré hablar con la GNB, al mismo tiempo que trataban de controlar saqueos a comercios chinos en Naguanagua. Me dijeron que estarían pendientes, que no me preocupara.

Llamé al vigilante, ‘González, no oponga resistencia, no arriesgue su vida. Si la gente trata de entrar, les dice dónde está la cava de producto terminado, la de las mortadelas, para que vayan directo y las abre’.

En ese momento había ochenta y cinco mil kilos de producto. Producimos veinte mil kilos diarios (seiscientas toneladas mensuales) pero por las protestas de esos días, los distribuidores no habían querido exponerse al saqueo de camiones y se había acumulado la producción.

Pensé sacar todo y ponerlo en unas mesas. Para mí un saqueo es un pueblo con hambre y me pareció que lo prudente era no arriesgar la empresa ni los empleados y que se llevaran la comida. Pero no logré comunicarme con mi primo ni con mi hermano y las decisiones son familiares.

Pensé en mandar un motorizado al barrio y decirles que les estábamos regalando todo para así evitar el mal rato. Solo fue una idea. No lo hice. Lo vi desde lo humanitario. Saciar el hambre y proteger mis instalaciones. Era solo abrir dos santamarías.

‘¡Señora Betty, viene la gente, viene la gente!’

A las nueve de la noche entraron. González les dejó pasar y fueron directo a la planta. De allí se llevaron materia prima de las cavas congeladoras, producto cárnico no terminado, no apto para el consumo todavía. Jamones y mortadelas en moldes que debían entrar al horno, crudos.

Hubo una epidemia de diarrea en la zona después de los saqueos.

Treinta minutos después vino la GNB y la gente por donde entró, salió. Situación controlada.

A las once de la noche, la gente volvió. El de mantenimiento y el vigilante escondidos. ‘Sra. Betty, ayúdeme a salir de aquí’, me escribía el de mantenimiento por mensajes de texto.

Entraron por un boquete que abrieron en el baño de los trabajadores, porque esa pared da al barrio.

Yo me moría por estar allí y no en casa.

Hicieron destrozos. No pudieron abrir la cava de producto terminado. Moldes regados, perniles en el piso, maquinaria rota. A las oficinas solo les rompieron algunos vidrios.

3 de mayo

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Betty Amadio retratada por Roberto Mata

Toda la mañana estuvimos evaluando los daños, recogiendo y limpiando. Yo pensé que los saqueos eran así, un día y ya.

Mientras tapábamos el boquete del baño, hombres, mujeres y niños se asomaban y decían ‘tranquila, que eso lo volvemos a abrir ahorita, no te esfuerces mucho que te lo vamos a volver a tumbar’.

Mi hermana, suspicaz, decidió sacar algunos CPU de las oficinas por si llegaba a pasar algo más, de manera preventiva.

A las tres de la tarde entraron mil personas. Cabecillas, mujeres, señoras, señores, niños. Chocaban unos con otros al pasar las cortinas plásticas que están en las cavas para evitar que el frío salga. Los niños salían abrazados a un jamón y las madres lo celebraban. Un trofeo, el haberlo sacado de acá.

La GNB mandó dos tanquetas, pero antes de eso se llevaron botas, cuchillos, partes de los molinos, computadoras, todos los productos terminados, pocetas, lavamanos, todo el servicio médico de los trabajadores, las cocinas y sillas del comedor, uniformes, fécula de yuca, harina de trigo, pimienta, sal, repuestos, las tripas rotuladas de las mortadelas, bloques, cemento, teléfonos, guantes, cubiertos, el contenido de los lockers de los trabajadores, los cauchos y baterías de todos los carros, camiones, jaulas ganaderas, camiones cavas, y la ambulancia de la compañía.

No se llevaron la camilla.

La GNB logró sacar a la gente y se retiró. Dijeron tener otras situaciones que atender.

Volvieron a entrar.

Arremetieron contra las oficinas, rompieron todas las ventanas, las puertas, los portarretratos, las fotos de los nietos. Se llevaron el maletín de mi papá, que desde su muerte hace dos años, me acompaña al lado de su escritorio, que es el mío ahora. Eso me hizo llorar.

Dejaron chancletas, chancleticas, chancletotas regadas por todos lados. Se las habían quitado para ponerse las botas y no resbalarse en el desastre que habían hecho.

4 de mayo

Los vigilantes privados se llevaron lo que no se había llevado la gente.

El setenta por ciento de nuestra producción es para zonas populares. Quienes nos saquearon comían nuestra mortadela. Ahora no hay.

Si mi papá hubiera estado acá, me habría dicho ‘esto no es nada comparado con lo que yo viví en la guerra’ (Segunda Guerra Mundial). Me hubiera dado fuerzas.

Mi papá, Tomasso Amadio, llegó de Italia por el Puerto de La Guaira en el año 1950 con 20 años y un pasaporte de campesino, que no lo era. Terminó en Valencia trabajando de albañil hasta que logró un empleo en una carnicería, depostando. Se convirtió en el encargado, luego en el dueño, y finalmente cumplió su sueño: montar una fábrica de embutidos.

Yo creo en los decretos. Cuando me secuestraron (2003) yo dije el día que me iban a liberar y así fue, 40 días exactos.

No hay nada más peligroso que un italiano con un proyecto bajo el  brazo y así crecí yo. Mi papá estaba agradecido de estar del lado de los que pueden dar y no de los que tienen que pedir. Su lema era: trabajo, trabajo y más trabajo.

Ahora me toca demostrar si aprendí o no.

Tenemos una póliza de seguro, pero no paga hasta que estemos operativos nuevamente. Así son las letras chiquitas de los seguros.

Decreto que el jueves 13 de julio de 2017, día del cincuenta aniversario de Productos Amadio, comenzará la producción de nuevo”.

***

Betty Amadio, 47, Médico Veterinario de la Universidad Central de Venezuela.

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“Me hace falta su desorden”; por Roberto Mata

“—¿Tú eres la hermana de Miguel Castillo? —Sí, ¿qué pasa? —Lo hirieron y lo están llevando a la Policlínica Las Mercedes. Nunca supe quién me llamó. Era una muchacha que estaba en la manifestación. En la clínica no me decían nada ni me dejaban entrar. A mis tíos tampoco. Yo no era el familiar más

Por Roberto Mata | 25 de mayo, 2017
Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

“—¿Tú eres la hermana de Miguel Castillo?

—Sí, ¿qué pasa?

—Lo hirieron y lo están llevando a la Policlínica Las Mercedes.

Nunca supe quién me llamó. Era una muchacha que estaba en la manifestación.

En la clínica no me decían nada ni me dejaban entrar. A mis tíos tampoco. Yo no era el familiar más directo y mi mamá estaba en camino, un asunto de protocolo. Cuando ella llegó y la dejaron pasar, un médico la agarró los brazos por si se desmayaba y le dijo: ‘Él murió’.

Yo estaba afuera, rodeada de camarógrafos y ella se asomó por un ventanal.

Pude leer sus labios. ‘Murió’. E hizo el gesto de la mano de manera horizontal de izquierda a derecha a la altura del cuello. Ninguno de los periodistas vio ese momento, y yo quería equivocarme, anunciar su muerte y luego decir que era un error, que me había equivocado. Estaba en shock. Estaba y no estaba.

Éramos tres. Miguel, de 27 años, era el chiquito, yo la del medio, con 33 y Juan, mi hermano mayor, de 35, que vive en Chile desde hace año y medio. Cuando Juan se fue le dijo a Miguel: ‘Te prometo que te voy a cuidar toda la vida’. Juan era el héroe de Miguel, la figura paterna. El rol a seguir. Estudió la misma carrera (Comunicación Social), y decía que quería hacer familia como su hermano mayor. Juan se enteró de que mataron a mi hermano por las redes.

‘Le fallé a Miguel. No me he debido ir nunca’, me dijo llorando por teléfono.

La casa ahora nos queda grande. Estamos mi mamá, mi abuela y yo. Mi abuela no entiende. Tiene 90 años. Juan ya volvió a Chile, con su esposa y su bebé. Miguel ocupaba tanto en casa, la bulla, las puertas batidas. Me hace falta su desorden y el reguero de ropa por todos lados.

Lo mataron el miércoles 10 de mayo, y el miércoles 3 de mayo había cargado del piso a un muchacho que dijo: ‘¡Me dieron, me dieron!’, igual que él una semana después. Al quitarle la máscara reconoció a un compañero de futbolito de la Concha Acústica de Bello Monte. Era Armando Cañizales, de 18 años, tocaba viola en el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela.

Protestaba cuando podía faltar al trabajo, no siempre. Con máscara, casco y sin escudo pero con un brazo muy potente por el béisbol y el softball. Quería que jóvenes de bajos recursos obtuvieran becas de estudio. Manifestaba por convicción, para tener lo que no había logrado tener hasta ese momento, una Venezuela libre. Su sueño era ser comentarista deportivo. Tenía en mente un posgrado en el área en Argentina.

Miguel y yo éramos compinches, gemelos de alma. Era su alcahueta, me contaba todo, aunque lo regañara. Le ordené su cuarto y me quedé con dos franelas, de esas que nunca se quitaba. Los perros de mi casa lloran todas las noches, el veterinario me dijo que les diera algo de su ropa, de su olor, que así se van a tranquilizar.

Yo soñé con él:

—¿Negrito, cómo fue?

—Tranquila, bebé. Fue un solo dolor, cuando entró y ya. Deja la lloradera”.

***

Luisa Castillo, 33, profesora de preescolar en el Colegio San Ignacio de Loyola, donde estudió y se graduó Miguel también.

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“Estoy llorando seco”; por Roberto Mata

“Sentí un tumulto en la calle frente a la ventana de mi cuarto. Estaba descansando porque había estado de guardia. Me asomé y gritaron: ‘¡Muévete, Héctor, muévete! El Gordo está muy mal!’. Eran como setenta personas, gente llorando. Se habían enterado por el grupo de Whatsapp de la comida: a El Gordo le habían dado

Por Roberto Mata | 19 de mayo, 2017
Héctor Lugo retratado por Roberto Mata

Héctor Lugo retratado por Roberto Mata

“Sentí un tumulto en la calle frente a la ventana de mi cuarto. Estaba descansando porque había estado de guardia. Me asomé y gritaron: ‘¡Muévete, Héctor, muévete! El Gordo está muy mal!’. Eran como setenta personas, gente llorando. Se habían enterado por el grupo de Whatsapp de la comida: a El Gordo le habían dado un tiro. No me dejaron manejar mi propio carro para ir a la clínica, entonces entendí que era algo grave, muy grave.

Ese día llegué de la guardia a las dos de la tarde y Hecder (20) estaba en mi cuarto, en la computadora y chateando. A las tres lo llamaron los amigos.

—Bendición, papá. Ya vengo.

—¿Para dónde vas tú? Eso está feo en la calle.

—No te preocupes, papá. Voy aquí mismo y vengo.

A mí no me deja dormir lo que vi en el video, los muchachos tratando de rescatarlo mientras estaba herido en el piso porque ya le habían disparado a la cabeza. La GNB reprime más la marcha y les lanza bombas, cerca de su cuerpo casi muerto. Entonces aparece un guardia y le dispara a quemarropa en el abdomen, eso es lo que de verdad no me deja dormir.

Cuando llegué a la clínica, me asomé por una rendija mientras lo estaban entubando y lo vi muy mal. Tuvo pérdida de masa encefálica, me dijeron los especialistas que lo atendieron: ‘le vamos a ser sinceros doctor porque usted es médico y no podemos mentirle: su hijo del uno al diez, tiene posibilidad tres de vivir’. Pasó la noche en trauma shock, nos dejaron estar con él, salíamos solo de a raticos.

A las nueve de la mañana del cinco de mayo, estaba dando declaraciones cuando me interrumpieron: ‘Señor Héctor, señor Héctor, venga urgente’. A Hecder le había dado un paro. Falleció. No terminé de declarar. El dolor era muy fuerte. Yo tenía dos hijos, ahora me queda solo una de veinticinco que estudia Psicología y Hecder se convirtió en el número treinta y seis de los que han matado durante las protestas.

Necesito que se haga justicia.

Yo siempre escucho en los canales oficiales de televisión que ‘sean de donde sean los muertos, los casos serán investigados y los culpables puestos a la orden del Ministerio Público para que sean juzgados’. Entonces, a mí me extraña que eso no haya pasado con el asesinato de mi hijo. El fiscal, que estuvo en el sitio y recogió todas las evidencias, me dice que el componente de la GNB que actuó ese día no se ha puesto a derecho.

Me pregunto si el guardia que le disparó a la cabeza fue el mismo que luego lo vino a rematar, o si fueron dos distintos. Eran solo treinta funcionarios los que actuaron ese día. Nombre y apellido, eso es lo que yo quiero. Confío en que, cuando se sepan quiénes fueron los asesinos y los juzguen, los otros guardias se darán cuenta de que lo están haciendo mal y disminuya la ofensiva contra la población.

Lo cuidaba mucho y le pedía que no fuera a marchar, porque sabía que había mucha violencia. Pero se fue sin decirme. De haber sabido que estaba en la marcha, voy, lo busco y lo saco a punta de correa. Quería estudiar Ingeniería Civil o Criminología. Se estaba preparando para ser admitido en cualquiera de las dos. Se levantaba temprano, hacía pesas todos los días, trotaba y después me ayudaba con una casa que estoy construyendo. Así como le gustaba comprar ropa, la regalaba: era normal que ayudara a los amigos que no tenían ropa para ir a una fiesta.

Primera vez en la vida que voy a un psicólogo. Tengo sentimiento de culpa. No tuve suficiente autoridad para no dejarlo ir ni me fui con él. Yo sí sabía que en la calle la vaina estaba fea. Tenía que ponerme firme. Tenía un mal presentimiento, pero él tenía su convicción. He llorado tanto que ya no tengo ni lágrimas. Me estoy reventando por dentro. Si tuviera lágrimas me podría desahogar, pero estoy llorando seco.

Mi esposa y mis hijas son cristianas y eso les da fortaleza, pero yo me encierro en el cuarto a recordarlo. El psicólogo me dice que debo adaptarme, que la muerte de mi hijo no la repara nadie, que no me puedo echar a morir porque es injusto con los que están vivos y que le pida a Dios que llegue la justicia. Sé que voy a estar más tranquilo si condenan a los culpables… por lo menos un poco.

Compartíamos mi cuarto. Yo trabajo por guardias nocturnas y prefiero el aire acondicionado, pero mi esposa sufre de frío. Él y yo dormíamos juntos. Su cuarto era solo para guardar peroles.

La alcaldía de San Diego asumió todos los gastos de la clínica y, como soy jubilado de CORPOELEC, el seguro cubrió la funeraria y el entierro. Aunque soy empleado activo del Ministerio del Poder Popular para la Salud, no tengo seguro.

Yo estudié y saqué mi profesión durante el chavismo. Fui chavista, pero en el momento en que enterraron a mi hijo enterré al chavismo. Ahora me ven como a un traidor, pero como no es a ellos a quienes le mataron un hijo. El oficialismo no se ha acercado porque lo mataron en una manifestación de la oposición. No han sido ni diplomáticos. ¿Qué esperanza puedo tener si la misma gente en la que yo creía, me mató un hijo? Una parte de mi familia es chavista y estábamos divididos, ahora estamos unidos todos en el luto. Yo necesito que el presidente lea esto.

A mí me va a hacer falta mi hijo”.

***

Texto y fotografía: Roberto Mata

Héctor Lugo, (50) Técnico en Química, Técnico en Plantas Termoeléctricas, Médico Integral Comunitario, Médico General Integral en el CDI sector 7, Los Guayos, Edo. Carabobo. Padre de Hecder Lugo Pérez.

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“¿Te duele mucho el pecho?”; por Roberto Mata

I “Mis hijos (26) y (21) viven afuera. Sintieron que no tenían opciones aquí. Yo marcho y protesto para que ellos quieran regresar, no solo de visita. He participado en las manifestaciones desde que empezaron en abril. No he faltado a ninguna. Esa es mi contribución y sé que suma. Hice click con el movimiento

Por Roberto Mata | 15 de mayo, 2017
Nelson Dudier retratado por Roberto Mata

Nelson Dudier retratado por Roberto Mata

I

“Mis hijos (26) y (21) viven afuera. Sintieron que no tenían opciones aquí. Yo marcho y protesto para que ellos quieran regresar, no solo de visita. He participado en las manifestaciones desde que empezaron en abril. No he faltado a ninguna. Esa es mi contribución y sé que suma. Hice click con el movimiento estudiantil, especialmente con los de la UCV @creoenlaucv y eso me motivó mucho. Muchachos que podrían ser hijos míos. Los acompaño, les tomo fotos y aunque nos separamos cuando empieza el bululú, al final de la tarde siempre les mando las imágenes del día. Me cuidan, me tratan con cariño y me tutean, aunque no todos. Creo que algunos quizás me ven como un papá.

El 3 de mayo fue igual. Nos reunimos en la plaza Altamira y de allí fuimos al distribuidor de Altamira, líderes adelante, movimiento estudiantil detrás. Bajamos a la autopista, seguimos hacia El Rosal donde empezó la guerra de bombas y yo como siempre para atrás, corriendo. Misión cumplida. Había hecho presencia, labor de bulto.

Retirándome, junto a muchas otras personas, desde el aeropuerto de La Carlota (Base Aérea General Francisco de Miranda) nos empezaron a disparar bombas y tuve que correr hacia Altamira. En el puente del distribuidor, muy cansado, vi cómo llegó un contingente motorizado de la Guardia Nacional Bolivariana disparando lacrimógenas por el Liceo Gustavo Herrera. Estaba en el medio de una emboscada. Corrí de nuevo. Decidí meterme a la urbanización La Floresta, tapándome la cara, tosiendo, llorando, ahogado. Todos huimos de la cada vez más agresiva represión.

Estas bombas que están lanzando ahora me trancan el pecho, me dan un ardor, pensé, es como un fuego. Las anteriores daban picazón: estas duelen. Frente a la Clínica La Floresta dudé en entrar. ‘Esto se me quita cuando esté lejos de las bombas y respire mejor’, pensé. Seguí caminando, sudando, muy cansado. Cien bolívares pagué a una camionetica que iba a Petare para que me dejara en Parque Cristal, donde estaba mi carro. Ya no podía caminar ni esas dos cuadras. Conecté mi celular ya sin pila y de inmediato, un mensaje desde Buenos Aires. Mi hija Andrea.

¿Cómo estás, papá? ¿Ya saliste de la marcha? ¿Estás bien?

Bien.

En el código padre e hija, ella entendió. Algo pasaba. Ante la sospecha, activó toda la red familiar.

¿Te duele mucho el pecho? ¿Tragaste muchas bombas lacrimógenas o es otra cosa?

Después de esa pregunta se cayó Whatsapp a nivel mundial y no le pude responder a mi esposa lo que sentía.

Manejando a mi casa comenzó a dolerme el brazo, me costaba conseguir una posición para ponerlo sin dolor. Sudaba y trataba de hacer ejercicios de respiración. Había tráfico.

II

Nelson Dudier retratado por Roberto Mata

Nelson Dudier retratado por Roberto Mata

Usted tiene un infarto en desarrollo. Aquí no lo podemos atender. Vaya a una clínica con servicio de cardiología.

Me fui con mi hermano y el diagnóstico de infarto a otra clínica. El día antes de morir, a mi suegra le dolía el brazo, a mí también. Estaba asustado. ¿Cuánto tiempo me queda?, fue mi pensamiento durante todo el camino. El ardor que sentía en el pecho y el brazo era un infarto. El no saberlo me ayudó a sobrevivir. Cuando me enteré, me angustié mucho. Solo quería llegar a que me atendieran. He podido caer en la autopista, pensé. Un viejo que se muere huyendo de la guardia y la gente le pasa por encima. ¿Cuánto tiempo les hubiera tomado saber quién era? ¿Cómo contactar a mi familia?.

Cateterismo, stent y dos días hospitalizado. Frustración e indicación de un reposo inteligente. Tengo que averiguar bien qué significa eso cuando vaya a la consulta.

Tengo sentimientos encontrados, porque mis hijos nos enamoran para que nos vayamos. Queremos estar con ellos, pero el arraigo país es muy fuerte. De solo pensarlo duele”.

Nelson Dudier, 52, educador, miembro activo de Fundación Una Mano Amiga. @FundacionUMA

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“Mamá, Pedro es a quien arrolló dos veces la tanqueta”; por Roberto Mata

“A las 4 y 45 p.m llamaron de la Clínica El Ávila. –¿Usted es familiar de Pedro Yammine? –Sí, la mamá. –Pedro está herido acá en la clínica. Necesitamos que un representante venga. –¿Cómo está mi hijo? –Necesitamos que venga Pedro había estado en la casa media hora antes para buscar agua. Yo le pedí

Por Roberto Mata | 9 de mayo, 2017
María Auxiliadora Escobar de Yammine retratada por Roberto Mata

María Auxiliadora Escobar de Yammine retratada por Roberto Mata ©

“A las 4 y 45 p.m llamaron de la Clínica El Ávila.

–¿Usted es familiar de Pedro Yammine?

–Sí, la mamá.

–Pedro está herido acá en la clínica. Necesitamos que un representante venga.

–¿Cómo está mi hijo?

–Necesitamos que venga

Pedro había estado en la casa media hora antes para buscar agua. Yo le pedí que subiera, que se quedara, pero me dijo que tenía que seguir. La protesta había sido reprimida y desplazada de la autopista Francisco Fajardo hasta Altamira y se fue. Era 3 de mayo. Vivimos a tres cuadras de la Torre Británica, en Bello Campo. Demasiadas bombas, demasiados disparos, demasiado gas, demasiado todo.

Esa mañana desayunó su menú favorito: huevos, arepa y jugo. Se lo hago yo. Él cocina pero no perdona que no le haga el desayuno.

Salió a la una de la tarde a protestar, como ha hecho en casi todas las marchas. Es fotógrafo, pero nunca hace fotos de las manifestaciones, sólo hace fotos para enaltecer la belleza del país. Acaba de hacer un curso de fotografía submarina para mostrar los corales de Venezuela, eso me dice siempre.

Colgué el teléfono. Temblaba. No conseguía las llaves. No encontraba cómo ir.

Un vecino me llevó. Nos tomó hora y media recorrer dos kilómetros. A Pedro lo llevaron en moto dos hermanos. Tenía siete costillas fracturadas, ambos omóplatos, aire en su cuerpo, fuera de los pulmones y varias cortadas y raspones. Llegó consciente. La enfermera le preguntó qué había almorzado. El respondió: gases lacrimógenos.

Tiene 22 años, no es bachiller aunque quiere serlo, es ambidiestro, se hace llamar Pedreishon solo para burlarse de mí. Vive para la fotografía. Es muy querido por sus amigos. Protege a todos. Sufre de un déficit de atención importante y es miope, muy miope. Entonces yo le he dicho:

–¿Y si en medio de la protesta qué pasa si se te caen los lentes? ¿Qué vas a hacer, Pedro?

–Yo defiendo los lentes con mi vida, mamá.

Esa noche, más tarde, mi hija me contó:

–Mamá, Pedro es a quien arrolló dos veces la tanqueta. Lo reconocí en el video.

No sabía qué era lo que le había pasado, yo creía que lo había atropellado una moto.

No he visto el vídeo, mi esposo tampoco. No podemos.

María Auxiliadora Escobar de Yammine retratada por Roberto Mata

María Auxiliadora Escobar de Yammine retratada por Roberto Mata ©

Mi hijo estuvo anestesiado durante dos días. No se movía, tenía los ojos cerrados, estaba hinchado, respiraba conectado a una máquina, y yo le dije: ‘Levántate, fotógrafo, la fotografía te espera’. Lo hice así, sin llorar, porque sé que no le gusta que llore. Él movió los labios, me oyó. Entonces tuve esperanzas de que se salvara.

El médico que lo recibió, compañero de buceo de Pedro por casualidad, cree en la ciencia pero acepta el milagro. Porque los pulmones de Pedro son un milagro. Sobrevivió la noche del 3 de mayo. Esa es la única explicación.

Me dicen que la tanqueta se lo llevó por delante estando de espaldas, la primera vez. No sé qué pasó después.

Pedro es una víctima pero yo no tengo espacio para el rencor. Solo quiero a mi Pedro alegre de nuevo conmigo.

Pedro es y no es Pedro. Su nombre original es Michel. Pedro y su hermana son adoptados. Los tuve en el 96, pero Michel nació en 1994. Los hijos no sólo se tienen de sangre, también se tienen de corazón y son igual de hijos. Los míos los tuve de corazón.

En el Instituto Nacional de Asistencia al Menor (INAM), salió del grupo de niños, me agarró la mano y dijo: ‘esta es mi mamá’. No tuve chance de escogerlo, él me escogió a mí. Vino acompañado de su hermana de seis meses. Soy una mamá vieja, estudié educación bilingüe en Boston, allí conocí a mi esposo que es venezolano, porque soy de Barranquilla. No tengo acento, los costeños no tenemos acento.

Pedro Michel Yammine retratado por Roberto Mata

Pedro Michel Yammine retratado por Roberto Mata ©

Pedro repitió muchas veces lo que tanto le había pedido Pedro Yammine, su padre, si le llegaba a pasar algo: Pedro Michel Yammine, Clínica El Ávila, Seguros Qualitas, la cédula, el teléfono de casa, los celulares. En la clínica no nos han hablado de costos a la familia Yammine y los médicos tratantes desde el primer momento decidieron no pasar honorarios por atenderlo. El apoyo ha sido total, incluida la Alcaldía de Chacao.

Está en terapia intensiva. Ya no está entubado pero tiene un drenaje en el pulmón izquierdo. Respira por sí mismo pero no sé cuándo me lo entreguen. No tenemos habitación asignada y yo me debo ir a dormir a casa cada noche, cuando lo que quiero es estar con él. Soy la que le da la comida y come, tiene mucho apetito. Nos espera año y medio de rehabilitación, me han dicho.

A la clínica entró con los lentes rotos y apretados con la mano derecha. Cuando finalmente perdió la consciencia, sus lentes se extraviaron y hasta hoy vio borroso. La madre de un compañero del colegio le mandó a hacer unos lentes nuevos”.

María Auxiliadora Escobar de Yammine, 66, egresada de Filología e Idiomas de la Universidad del Atlántico [Barranquilla, Colombia], máster en Educación Bilingüe de la Universidad de Boston [Boston, EUA] y madre de Pedro Michel Yammine.

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La fotografía de Pedro Yammine fue autorizado por él y su madre.

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“¿Es normal que no sienta las piernas?”; por Roberto Mata

“Fui con mi novia y mis suegros a la marcha del 19 de abril. Estábamos en la autopista Francisco Fajardo, a 300 metros de la primera fila de la manifestación. Los gases no llegaban hasta nosotros. De repente, todo el mundo comenzó a devolverse. La represión de la Guardia Nacional Bolivariana nos alcanzó y comenzó

Por Roberto Mata | 7 de mayo, 2017
Andrés Guinand retratado por Roberto Mata

Andrés Guinand retratado por Roberto Mata

“Fui con mi novia y mis suegros a la marcha del 19 de abril. Estábamos en la autopista Francisco Fajardo, a 300 metros de la primera fila de la manifestación. Los gases no llegaban hasta nosotros.

De repente, todo el mundo comenzó a devolverse. La represión de la Guardia Nacional Bolivariana nos alcanzó y comenzó el pandemonio. Mi novia y yo nos lanzamos desde una altura de dos metros y medio, al terreno entre El Guaire y la autopista y nos separamos de mis suegros. Allí nos dispararon gases lacrimógenos por detrás y por delante. Quedamos atrapados junto a otras personas, algunas sin poder respirar, tiradas en el piso. La mejor opción, sin duda, fue cruzar El Guaire. Ya otros con el agua a la cintura lo estaban haciendo. Del otro lado todo lucía más tranquilo.

El Guaire no huele a nada. El agua se siente como un río cualquiera, aunque hay basura en el fondo. El miedo era a una cabilla o algo que me pudiera clavar. Llegamos a la otra orilla y mi novia se cayó un par de veces tratando de salir, por lo empinado del terraplén. Vi como una persona se quitó los zapatos y logró subir en medias. Los siete que estábamos allí hicimos lo mismo e intentamos subir.

Sentí un golpe, un pitido me dejó sordo por unos segundos y me caí hacia el terraplén. ¡Me dieron!, logré gritar. Me dispararon una bomba lacrimógena cilíndrica en la cabeza. Rebotó en la espalda de mi novia y cayó al agua. No hubo gas.

Mi novia y William, desconocido hasta ese momento y de quién no sé nada aún, me sentaron y me sostuvieron porque me estaba deslizando hacia el río. Me pidieron que me parara. ‘¡Párate que vamos a sacarte de aquí!’. Me di cuenta de que lograba mover las piernas dentro del agua, pero sin sentirlas. No las podía coordinar. Imposible pararme.

Fotografía cortesía de David Dittmar / PTP Documental

Fotografía cortesía de David Dittmar / PTP Documental

Mientras Wilbany y Darwin, paramédicos de Vías Rápidas, me vendaban la cabeza, colocaban el collarín, me montaban en la camilla y entre muchas personas de la marcha halaban la cuerda a la cuenta de tres, la GNB volvió a atacarnos con lacrimógenas, dos veces más. Por suerte cayeron en el terraplén y de allí fueron pateadas al agua por los paramédicos.

—¿Es normal que no sienta las piernas?
—Te voy a ser sincero: no es normal que no sientas las piernas.

Me subieron a la avenida Río de Janeiro en Bello Monte y de allí me llevaron en ambulancia a un centro de salud privado.

‘La bomba penetró, tienes fractura de cráneo, te aplasta el cerebro y te vamos a operar’

Con un taladro me hicieron unos huecos en el cráneo, los unieron, y me quitaron y descartaron ese pedazo de cráneo del tamaño de una pelota de golf. El riesgo de una infección por haber cruzado el Guaire era la mayor preocupación de los médicos.

En seis meses, cuando el cerebro esté completamente desinflamado, me harán una tomografía e imprimirán en un material especial la forma del pedazo faltante y me operarán para volverla a colocar.

Mientras me falte parte del cráneo, no puedo recibir ningún golpe.

Me duele la cabeza todo el tiempo. Es una punzada permanente. Ando mareado y no puedo hacer actividades que me exijan concentración. Si me pongo a leer, llega un momento que debo cerrar los ojos y recuperarme por veinte minutos. La pierna izquierda tiene una sensibilidad media y mi cerebro está inflamado. Estoy lento.

Yo no quiero meter a todos los guardias en el mismo saco, quiero creer que uno disparó y que otro le dijo: ‘a ese le diste en la cabeza, casi lo matas en el Guaire, ten más cuidado’.

Me queda la duda de para qué se dispara una bomba a una gente huyendo en el río, donde el gas no hace efecto.

¿Qué buscaban?

Yo no puedo marchar, pero a pesar de que unos días antes mi tío abuelo (80) también recibió una bomba en la cabeza, toda mi familia lo sigue haciendo, ahora con casco”.

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Andrés Guinand, 28, arquitecto.

Andrés Guinand retratado por Roberto Mata

Andrés Guinand retratado por Roberto Mata

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