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Mariano Picón Salas en Chile: 1923-1936; por Ricardo Ramírez

Partí, es cierto, sin ninguna vocación de héroe, quizá defendiendo egoístamente lo más personal e intransferible. Mariano Picón Salas. En 1923, Mariano Picón Salas parte para Chile, a un largo exilio de 13 años. Tiene apenas 24 años, y cuando regrese al país, en 1936, luego de la muerte de Juan Vicente Gómez, tendrá 37,

Por Ricardo Ramírez Requena | 23 de septiembre, 2017

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Partí, es cierto, sin ninguna vocación de héroe, quizá defendiendo egoístamente lo más personal e intransferible.

Mariano Picón Salas.

En 1923, Mariano Picón Salas parte para Chile, a un largo exilio de 13 años. Tiene apenas 24 años, y cuando regrese al país, en 1936, luego de la muerte de Juan Vicente Gómez, tendrá 37, un título universitario, experiencia laboral y profesoral, y un matrimonio.

Es en Chile en donde ocurren sus años de formación intelectual y de vida, en un país muy alejado de las realidades del suyo en esos tiempos. El país del que se aleja Picón Salas es un país sembrado de gomecismo hasta los tuétanos, donde la cárcel parece ser el camino de la mayor parte de los estudiantes que quisieran ver realizadas las ideas progresistas que viven con ardor en sus cabezas.

En Regreso de tres mundos (Otero ediciones, 2015), podemos recorrer el periplo vital de Picón Salas en sus años de formación: sus primeros estudios, la llegada a Caracas y su estadía breve en años, y su partida hacia Chile, en un exilio voluntario pero también, según sus reflexiones, inevitable.

El panorama no puede ser más desolador. Picón Salas parte hacia el sur cinco años antes del año 28, con el resonar que significó la participación altiva de los estudiantes contra el régimen de Gómez, y la esperanza de un cambio de gobierno que se diluyó como sal en el agua. El ambiente intelectual en Venezuela no es, para nuestro autor, el más elevado e idóneo. Su estadía en Caracas, a donde llega desde su Mérida natal en 1919, llena de momentos dorados de juventud, se va oscureciendo ante la imposibilidad de un futuro. Nos dice Picón Salas:

Pero todo ser puro en aquella Venezuela en que triunfaban los más audaces y cínicos (ya lo observé cuando hice entrega de las cartas de recomendación) tenía que preguntarte si valía la pena cumplir la vigilia de Parsifal en busca del vaso sagrado. ¡Cuántas generaciones se frustraron persiguiendo esa copa divina que debía contener sólo unas gotas de libertad; las necesarias para producir la alegría del pueblo en servidumbre! Al final de toda ascesis, de este pulimento del alma para su tarea superior, nos esperaban –como a las mejores y dignas gentes del país– las cárceles de Juan Vicente Gómez.

La visión de la vida intelectual y de la posibilidad de desarrollarla es oscura. Picón Salas ve la mediocridad reinante en la capital, llena de poetas borrachines, de gente vendida al gomecismo, o de algunos otros que han preferido el silencio creador, sin esperanzas mayores de publicar, mientras se van consumiendo como un cáncer.

No ve Salas con buen ánimo a los “viejos escritores” y sus tertulias, mucho menos la pobreza reinante entre todo individuo dedicado a la cultura. Frustración histórica, es una frase frecuente en su pluma al recordar esos años. Apenas el solaz del gozo sexual con las muchachas y las clases con Razetti, levantan alabanzas mayores.

Impotencia, imposibilidad, escepticismo, descreimiento, son palabras que aparecen en la mente del lector al leer algunas páginas de sus memorias. Poco tiempo después, se regresa a Mérida, a ayudar a su familia en sus tierras, pero esta aventura terminaría en fracaso: se produce el quiebre de su padre y la ruina de su familia. Ante un escenario como este, se ve resuelto a abandonar el país:

También nosotros nos marchamos buscando un poco de sombra en la desazón de nuestro destino. No somos precisamente héroes, pero quisiéramos hacer algo o partir muy lejos.

Chile

El ideal para partir de Picón Salas es romántico. Sueña con la realización intelectual y artística, y con la posibilidad de un futuro de triunfo (más que de fama). Piensa que su permanencia en Venezuela significaría una vida de “señorito que no sufre por la comida ni por la ropa limpia” y, como rechazo a ese futuro, se imbuye del ideal del inmigrante de todos los tiempos: “vencer la adversidad con el trabajo de mis manos, con la energía y la constancia que extrajera del alma”.

Su llegada ocurre en Valparaíso, luego de viajar en un barco acompañado de gallegos y asturianos. Estos están llenos de optimismo, el optimismo y la esperanza que sostienen los que sueñan y creen en un futuro promisorio y cierto en tierras diferentes a las suyas. Consigue trabajo en una casa “de minutas”, dedicado a la compra y venta de muebles y objetos. No es un lugar agradable. Duerme en el mismo establecimiento, para resguardarlo de posibles ladrones. En Valparaíso comienza, casi inmediatamente, a relacionarse con grupos políticos anarquistas. Comienza, también, a escribir artículos que salen publicados en una revista, Claridad, de Santiago. El hecho de que le aceptaran los artículos lo estimula y lo hace cuestionarse esos días de trabajar en la tienda. En otro periódico, La estrella, le publican una nota sobre Eduardo Barrios. El autor le escribe agradeciéndole el texto y lo invita a su casa.

Muy pronto, Mariano Picón Salas se ve tomando el tren a Santiago, olvidando nuevamente esa vida mediocre y procurando seguir el camino de sus sueños de escritor. Vive la exaltación agradecida de quien experimenta la oportunidad en tierra foránea. Su exaltación y agradecimiento, su idealización incluso, es enorme. Chile significa para Picón Salas algo que no consiguió en Venezuela: un sentido de la medida, del orden inglés, de paz constitucional y jurídica.

También, el ejemplo de Andrés Bello termina siendo proverbial. Nuestro autor procura algo que suele ser despreciado: un espacio donde priva el sentido común. Chile lo fue para Bello. También lo será para Picón. (Otras experiencias venezolanas en Chile, como la de Juan Sánchez Peláez, Guillermo Sucre o Francisco Massiani, fueron diferentes. Ya eran otros tiempos y había otras exaltaciones). Nos dice don Mariano:

Contra la reticencia venezolana –legado de las dictaduras–, que nos acostumbró apenas a insinuar las cosas o a velar con un rictus las palabras que no queríamos decir, aquí se habla a pulmón libre, y se enfrentan en la discusión los más diversos juicios.

Picón vive en Chile, además, un momento grandioso para la educación en América Latina: la huella de Vasconcelos, el énfasis en la proliferación de colegios, en especial en el Sur del continente, que lo auparon más adelante a creer en la posibilidad de un futuro para la región, en especial para Chile. Con esta vivencia está la de la fiesta y las muchachas, la camaradería, la noche. Nuestro autor, eso sí, no se engaña: vive en la pobreza y la soledad, y sabe que su camino apenas se está gestando.

Pronto consigue un trabajo esperado: inspector de estudiantes en el Instituto Nacional de Santiago. En paralelo, se inscribe en los cursos de Historia de la Facultad de Filosofía y Educación. Aprende el oficio de investigar, de documentarse, de estudiar. Decide emprender la carrera de Pedagogía en Historia. Luego será profesor universitario durante algunos años.

Hay dos elementos que conforman la experiencia vital de Picón Salas en Chile: La educación sentimental y la educación política. Pocas cosas definen más a un hombre en la juventud. Sus entradas en el libro sobre el amor y la revolución son exploraciones ensayísticas en las que priva la celebración y la exaltación de la pasión y el amor (hijo de Stendhal, hijo de Francia en este sentido, hablamos de un hombre de un epicureísmo permanente), así como la crítica y el cuestionamiento de lo dogmático y agresivo en las ideas revolucionarias. Devoto de Spinoza y de Kant, observa al marxismo leninismo siempre con sospecha. No puede concebir un sistema que privilegie tanto los elementos materiales de la existencia.

No se trataba de defender el capitalismo, sino de buscar para el hombre una liberación más radical que la de la ley de bronce del salario. Y ninguna dictadura, aunque se llame la bendita y transitoria de los proletarios, puede establecer la libertad por la contradicción intrínseca de los términos.

Hay una crítica, desde la denuncia y desde el escepticismo, del “endemoniado” dostoievkiano:

La característica del “endemoniado” es su sequedad de corazón, su nomadismo o destierro afectivo que petrifica en una sola idea o pasión simplificada lo que en el hombre normal y ecuánime se reparte en afectos o solicitaciones vitales. Siente que el mundo lo castigó o no supo adaptarse a él, y verterá su insatisfacción en la venganza.

Chile hace de Picón Salas, el hombre templado que será el resto de su vida. Su visión de la política, en la soledad del exilio, le permite la reflexión y distancia necesaria para poder pensar los avatares políticos de su tiempo. Lo que reflexiona Picón sobre el “endemoniado”, parece un retrato del ideal revolucionario que cruzará todo el siglo XX, no solo en Venezuela o América Latina, sino en el mundo entero. Con ese temple, regresará a costas venezolanas, para pensar en la construcción de un país. Un hombre ya curado de impaciencias.

El regreso

Picón vuelve a Venezuela en 1936, luego de la muerte de Juan Vicente Gómez. Durante años se mantiene en comunicación, a través de numerosas cartas, con diferentes intelectuales y políticos venezolanos, en especial con Rómulo Betancourt.

¿Por qué vuelve un hombre ya instalado en otro país que lo acogió tan generosamente, donde realiza su trabajo intelectual lleno de tranquilidad? ¿Para qué vuelve un expatriado? Son preguntas que válidas de hacer. Su regreso fue providencial. Es encargado de negocios en Checoslovaquia, entre otros cargos diplomáticos, y director de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación. Funda la Revista Nacional de Cultura en 1940 y trabaja como conferencista y profesor en diferentes universidades estadounidenses. Publica varios títulos importantes, destacando entre ellos Formación y proceso de la literatura venezolana, De la conquista a la independencia, y Viaje al amanecer.

Pero también vive los avatares de la transición gomecista y de un país al que le costaba tomar el ritmo del cambio. O iba muy rápido (el afán de los partidos políticos por generar cambios de manera vertiginosa) o muy lento (el proceso de democratización real que demanda el país, y que los gobiernos de López Contreras o Medina Angarita parecían no leer de manera idónea). En este vaivén se mueve don Mariano, quien percibe un país que no termina de despertar y está lleno de resentimientos y dolores acumulados. Además, un país que ve con desconfianza a los que regresan:

A todos los que regresan –desde el glorioso ejemplo de Miranda hasta el mínimo de los viajeros de 1936– se les cobra un obligado peazgo sentimental.

La visión crítica de Picón Salas no deja de estar presente. Recorre sus artículos y discursos. Lo mueve en paralelo a su preocupación permanente por lograr que el país pueda entrar definitivamente al siglo XX. Dentro de esas preocupaciones está la paralización que el gomecismo logró en la población venezolana. Y cómo esta población percibe, incluso, los cambios que se presentan en los años subsiguientes a la muerte del dictador.

Hubo los que se acostumbraron a la dictadura que les ahorraba toda preocupación de pensar y que cuando se portaban mansos los aseguraba el empleo, y hubo después-al morir el tirano-los ofuscados vengadores y los que propiciaban el cambio y la agitación permanente para que las cosas se moldearan de acuerdos con sus ideologías.

El panorama del regreso, para Mariano Picón Salas y muchos más, es difícil. Algunos, prefirieron tomar, de tanto en tanto, una delegación diplomática para paliar la imposibilidad de acostumbrarse a los asuntos del país, o nuevamente el exilio, con la llegada de Pérez Jiménez, en el año 48.

Hablar de regresos, muchas veces, es más difícil que hablar de las partidas. Picón Salas dejó atrás una vida hecha, soñada desde joven, por el regreso a un país que apenas comenzaba a despuntar. No fue una decisión sencilla, ese regreso. El legado de Picón Salas, en obras y acciones, nos dice que valió la pena.

A propósito de Diario de sombra (extractos 2004-2005), de Antonio López Ortega; por Ricardo Ramírez

El ejercicio del diario puede leerse, en este comienzo de siglo, como un legado luminoso de la modernidad. El registro íntimo, constante, de lecturas, experiencias de vida, viajes, dinámicas emocionales e intelectuales, no ha dejado de estar presente desde hace por lo menos cuatro siglos, pero en especial, durante todo el siglo XX. El diario

Por Ricardo Ramírez Requena | 2 de septiembre, 2017

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El ejercicio del diario puede leerse, en este comienzo de siglo, como un legado luminoso de la modernidad. El registro íntimo, constante, de lecturas, experiencias de vida, viajes, dinámicas emocionales e intelectuales, no ha dejado de estar presente desde hace por lo menos cuatro siglos, pero en especial, durante todo el siglo XX.

El diario del escritor nos presenta textos de un valor incalculable, sean estos publicados de manera póstuma o en vida. Podemos pensar en el diario como un género cada vez más valorado durante las últimas décadas y, más aún, como un testimonio vital de la labor intelectual y creativa de numerosos autores, indispensables para entender los vaivenes del pensamiento occidental, tales como Sándor Márai, John Cheever , Susan Sontag, Wyslawa Szymborska,  o Paul Leautaud (póstumos), que ha enriquecido nuestra percepción de sus vidas y de sus obras.

La tradición del diario ha encontrado piso firme en la literatura inglesa, francesa y alemana, en donde el género es una herencia que hoy rescatamos como lo más logrado de muchos escritores. Musil, Canetti, Jünger, Gide, Green, entre tantos autores que han cultivado esta forma escritural, nos han presentado textos de una elevada factura, que nada tienen que envidiar a otras obras de los mismos autores.

En América Latina, el diario de Ricardo Piglia ha significado un extraordinario descubrimiento, todavía en proceso de edición y publicación. Pero quizás, la publicación de los diarios de Julio Ramón Ribeiro, La tentación del fracaso, signifique la nota más alta en nuestra región.

En Venezuela, además de Miranda y Blanco Fombona, el diario ha tenido presencia entre nosotros de manera casi secreta, boca a boca. También podemos pensar en los diarios escritores en el país por autores extranjeros, como el polémico diario de Ángel Rama, publicado ya hace algunos años. Entre nosotros, Alejandro Oliveros es quien más lo ha cultivado en los últimos treinta años (sus varios diarios, en diferentes editoriales: Universidad de Carabobo, UCV, Monte Ávila, Fundación para la Cultura Urbana, entre otras).

Pero los diarios de Rafael Castillo Zapata, Victoria de Stefano y Armando Rojas Guardia brillan ahora desde el secreto que nos presentan en sus páginas. Son obras valiosas que nos muestran la historia mínima del país, su registro íntimo, personal, gozoso y doloroso. Hablamos de textos de un extraordinario valor, en donde la profundidad de la lectura intelectual y su valoración crítica (Castillo Zapata), las dinámicas de la vida en familia y la labor escritural (De Stefano) y los balances existenciales a partir de experiencias vitales (Rojas Guardia) nos deslumbran y muestran los lados secretos, oblicuos y de una condición marcada por la honestidad, de cada uno de estos autores.

No obstante, apenas estamos reconociendo el valor del diario entre nosotros dentro de la industria editorial. Hay más diarios, de estos autores y de otros más (el diario del librero Andrés Boersner es un secreto a voces, por ejemplo).

En el diario todo cabe: anotaciones, citas, poemas, extractos narrativos, confesiones, demandas, la intimidad más descarnada, la mayor fragilidad. Hay un camino largo entre su escritura y su publicación, en especial cuando ocurre en vida del autor: el pudor siempre está presente. No hay diario publicado en estas condiciones que no presente una edición cuidadosa por parte del autor. Por este motivo, un diario es siempre un secreto revelado apenas. Como los mejores cuentos, lo extraordinario de los buenos diarios es el iceberg que sabemos hay debajo de lo que leemos (Hemingway dixit).

En este contexto, la publicación de Diario de sombra (extractos 2004-2005), es un acierto editorial. Desde un principio el autor nos advierte de la condición de extractos por parte del diario en el tiempo seleccionado para la publicación. Además, destaca la ausencia de lo más íntimo y cotidiano del autor (la familia, por ejemplo, tan presente en los diarios de Alejandro Oliveros, en especial su hija Constanza), su día a día, detalles más precisos de su actividad laboral, sus recorridos diarios hacia la oficina y su regreso, qué comió.

El diario tiene un extraño dictum: el autor del mismo pasa a ser una forma de personaje para el lector, y su vida, sus pensamientos, son registrados e interpretados en los siguientes términos: él es el protagonista de una historia que el lector va recorriendo y de esa manera, se apodera de ella.

Un diario publicado en vida siempre demandará más por parte del lector, pero eso es parte de su seducción: siempre hay algo que el diarista decide no publicar. Por eso, quizás, es que el lector de diarios siempre quiere leer más: otros años, otras experiencias. Tanto Alejandro Oliveros como Rafael Castillo Zapata, hasta ahora, han respondido acertadamente a las demandas de los lectores. Sus vidas son también sus experiencias como lectores y como intelectuales, y el lector se conecta con esas dinámicas como un alumno en un aula de clase.

Antonio López Ortega es un hombre múltiple: su condición de gerente cultural, destacando desde hace más de treinta años en estas labores, además de su condición de editor, promotor cultural e intelectual público parece que ha puesto su obra como narrador (son varios libros de cuentos en su haber) en un lugar aparte. ¿Lo hemos leído apropiadamente en los últimos años? ¿Leímos la recopilación de su narrativa en la década pasada, publicada por Mondadori? ¿Ha podido más su destacada actividad como promotor de otros escritores, ensayistas y poetas?

Lo cierto es que la obra narrativa y ensayística (la primera más que la segunda) ha sido constante a lo largo de los años, aunque pareciera que a la sombra de la actividad pública, abierta al acontecer cultural del país. Podemos pensar que la primera publicación de sus diarios nos puede llevar a su obra ficcional, artística, entre nosotros.

Impacta la vuelta a esos años cruciales de la vida de los venezolanos (¿Cuántos no lo han sido desde el comienzo de este siglo?): 2004-2005. Año de referéndum revocatorio, de la pérdida de la Asamblea Nacional, de la consolidación final del chavismo entre nosotros. Diario de sombra es un diario político, en términos del registro de un país que se partió en dos a partir de estos dos años registrados en cada entrada del diario.

Es un diario político, y además profundamente pesimista, uno que va recorriendo la caída en cámara lenta en el abismo. Comienza en Grenoble, Francia, donde el autor se encuentra por actividades culturales, y sigue en París. Noviembre 23, es el comienzo del diario. Aunque es poco lo que recorremos de 2004, es también amplio y angustioso el dar cuenta del autor. La presencia de la cultura francesa, el encuentro con otros escritores, la discusión sobre lo pasa en Venezuela, llena las primeras fechas. La feliz noticia del premio Octavio Paz de Ensayo y Poesía para Eugenio Montejo, continúa las entradas (la alegría y el reconocimiento del trabajo intelectual y creativo de los otros es recurrente en este diario, algo extraño entre nosotros: el agradecimiento).

Luego, leemos lo que marca la pauta del diario en adelante: el cuestionamiento intelectual del chavismo, la confrontación a poetas e intelectuales que lo apoyan (el caso de Ramón Palomares, por ejemplo). Esto ocurre, en la mayoría de los casos, a partir de la transcripción completa o parcial de artículos periodísticos en medios venezolanos, intercambio de correos (con Elisa Lerner, por ejemplo), conversaciones telefónicas (con Tulio Hernández) o encuentro de amigos escritores en el extranjero o dentro del país (Gustavo Guerrero, Elizabeth Burgos, entre otros).

López Ortega valora mucho la valentía, la honestidad intelectual a toda prueba. Lo hace con la transcripción de artículos periodísticos, entrevistas y ensayos de Fernando Yurman, Luis Pedro España, Guillermo Sucre, Susan Sontag, Miguel Ángel Campos, Colette Capriles, Armando Romero, Nelson Rivera, Huber Matos, Ramón Díaz Sánchez, Omar Noria, Marcos Aguinis, Milagros Socorro, Fernando Rodríguez. Citaremos el calibre de algunos de estos textos citados por López Ortega con dos ejemplos. El primero, los textos “Incrédulos, fugitivos”, publicado por Miguel Ángel Campos en la antigua revista Veintiuno, en diciembre de 2004:

Es fácil darse cuenta cómo en Venezuela ha faltado como antídoto una buena dosis de desprecio del poder. Nadie parece haber escapado a su tentación,  a su prestigio de halagos de media calle: desde los intelectuales que esperan en la antesala de los jefes de rebenque, hasta ese abrirse paso imprudente de quien no sabe ponerse en su lugar y que en su imposibilidad termina haciendo el elogio de fuerzas bastardas.

El segundo, una entrevista de Nelson Rivera a Colette Capriles. Nos dice esta última:

…nuestra cultura está construida en la medida en que tuvimos una democracia que yo llamo distribuidora o de bienestar, o utilitaria, que es el nombre que le da Juan Carlos Rey. Aquí la democracia se ha considerado sólo en la medida en que da resultados. El Pacto de Punto Fijo lo establece así, porque permitía conjurar los peligros que se abalanzaban sobre la democracia, tanto de derecha como de izquierda. Nunca se valoró a la democracia por sí misma. No tenemos valores democráticos; somos completamente utilitarios. Esto explica la adhesión que podemos tener hacia quien más nos ofrezca. Nos subastamos como cultura y eso es grave, porque muestra con el dedo, acusadoramente, el vacío discursivo.

Son dos textos fuertes, sin contemplaciones, que buscan evidenciar una lectura poderosa de la condición del intelectual en Venezuela y del mismo, en el marco de la democracia. Sus fallas, errores. Pero también, hay que decirlo, su capacidad y lucidez para articular y leer las realidades incómodas del ser nacional.

López Ortega también reserva entradas y páginas a intelectuales del chavismo que lo atacan o simplemente atacan a la oposición: Néstor Francia, José Vicente Rangel, Miguel Márquez, Juan Calzadilla Arreaza.

Leer Diario de sombra es la posibilidad de ver la tragedia comenzar a gestarse; tener conciencia de la labor cierta y constante de muchos pensadores en Venezuela al advertir nuestro extravío desde hace muchos años, pero también, la ausencia del eco por parte de muchos dirigentes políticos, en cualquiera de sus orientaciones políticas.

Entre la comodidad de la intelectualidad en Venezuela, fruto no solo del rentismo, sino desde años anteriores y la valentía de algunos de estos intelectuales en decir lo que nadie quiere escuchar, se mueve el diario de López Ortega. Un diario que es el registro de lo más bajo y lo más honesto de nosotros mismos. En el medio, los viajes a Margarita del autor buscando sosiego, la posibilidad de la escritura en el desmadre del país, la posibilidad del pensar y registrar todo derrumbe.

El registro cotidiano de lo trágico entre nosotros, contenido en los diarios, va de la mano con la impotencia por el silencio ante tantas advertencias.

Queda la constancia, el testimonio, la escritura.

Venezuela: la literatura y el registro del autoritarismo; por Ricardo Ramírez

Por lo menos desde los años setenta, la literatura ha llevado el registro de la violencia en Venezuela. Hablamos de un registro contenido en poemas, cuentos, novelas, piezas dramáticas y, más recientemente, desde la crónica. Si nos remontamos al siglo XIX, por ejemplo, los ejemplos pueden ser incontables, en especial desde los testimonios en la

Por Ricardo Ramírez Requena | 12 de agosto, 2017
Fotografía de Maura Morandi

Fotografía de Maura Morandi

Por lo menos desde los años setenta, la literatura ha llevado el registro de la violencia en Venezuela. Hablamos de un registro contenido en poemas, cuentos, novelas, piezas dramáticas y, más recientemente, desde la crónica.

Si nos remontamos al siglo XIX, por ejemplo, los ejemplos pueden ser incontables, en especial desde los testimonios en la prensa nacional, clandestina o no. Con la llegada de la paz gomecista, las cosas cambiaron: el auge y conciencia de lo social, vinculado en muchos casos a las teorías políticas de izquierda, orientaron su atención hacia los avatares del ciudadano común y sus vínculos con elementos esenciales: el hambre, la explotación del capital, las enfermedades. Todo esto como reflejo del abandono (esa forma de violencia) de las masas por parte de los responsables de las políticas de Estado.

La temática es variada y desde los setenta hace énfasis en el crecimiento desbordado de los barrios, en la vida en las abarrotadas cárceles, en la violencia desatada por la guerra de las drogas y el protagonismo del delincuente, quien luego mutará hacia nuevas denominaciones: capo, pran, etc.

El registro avanza con cada década posterior: los ochenta, los noventa. Israel Centeno y José Roberto Duque son dos nombres esenciales, en especial en las primeras etapas de sus obras (la de Centeno se crece con los años). Hay entonces, sí, un registro de la violencia pero, ¿lo hay del autoritarismo? ¿De la dictadura o lo dictatorial?

Desde Pérez Jiménez no recogimos nada, a razón de los años de la democracia. Pero es quizás en los últimos años que podemos empezar a contar un testimonio de lo autoritario y, particularmente, de lo dictatorial.

Los escritores dan las palabras necesarias para expresar lo que sentimos y que no sabemos cómo expresar del todo. Y el autoritarismo, eso que habíamos dejado atrás desde hacía décadas y que volvió, parece, para instalarse nuevamente entre nosotros. Y todo autoritarismo es un gargajo consecuente en la cara. Le hace el camino a lo dictatorial y a lo tiránico. Mancha, además, el idioma, la palabra, pervirtiéndola.

¿Cómo registramos lo autoritario, desde el campo literario? La respuesta de los escritores ha sido contundente y marcada a través de los años por una visión profunda de los acontecimientos que vivimos. La poesía lo sabe. Los poetas lo saben. Más de un libro de Yolanda Pantin lo atestigua (País es solo el más emblemático); Demolición de los días, de Alexis Romero también. La continuidad de las publicaciones de Igor Barreto, además de la larga obra de Jacqueline Goldberg o Harry Almela.

Hay un registro de lo autoritario desde la palabra, casi desde el comienzo de este siglo. Recordemos que el orden de escritura no es siempre el de la publicación: estos registros se han desarrollado a la largo del tiempo y muestran carne dolida por estos tiempos nefastos. La poesía, más que la narrativa ficcional, ha vinculado el proceso político que ha significado el chavismo con aquello presente en nuestro imaginario más profundo y en nuestro inconsciente. Ha hecho su labor. La narrativa lo ha hecho con nuestra historia (Suniaga, Vegas, etc).

Debemos esperar a esta década que ya avanza hacia su final para encontrar textos en donde la crítica del autoritarismo esté presente de manera enfática: autores como Gisela Kozak, por ejemplo, o Alberto Barrera Tyzska. ¿No es demasiado tarde? ¿O simplemente olvidamos que la literatura y su proceso creativo llevan sus tiempos, su orden, su proceso particular, muy diferente del que puede observarse en otros registros de la memoria?

¿Nos prepara el registro de lo autoritario para el registro de lo dictatorial? Las dudas, los aciertos de las obras escritas y publicadas durante los últimos años nos dan un muestrario bastante claro de lo que somos: nostalgia de tiempos mejores, de un país desaparecido, de ese crepúsculo sensual y triste que antecedió la llegada de la noche, crítica despiadada del ser nacional, la vuelta perenne al campo para reconocernos nuevamente, el fracaso de la modernidad en nosotros, el Centauro permanente avanzando entre haciendas calcinadas, el barrio y su exaltación o desprecio, la derrota de la clase media. La lista es larga y sin final y de cada fragmento de esta lista hay un poema, un cuento, una novela, una obra de teatro.

El proceso escritural en Venezuela no ha tenido decaída hasta ahora. El de la publicación sí: ese movimiento editorial que pudimos evidenciar en numerosos libros en la década pasada, encontró un freno. Gracias a la apuesta de casas editoriales en Venezuela, empezando por los grandes grupos editoriales como Santillana, Random House Mondadori, Planeta, Norma, entre otros, por solo mencionar las casas extranjeras, pero también resaltando el papel de editorial Alfa, cabeza de punta en cuanto a la publicación de lo más granado en el país, pudimos conocer obras que tenían tiempo engavetadas, nuevas firmas, autores muy jóvenes: desde Manuel Caballero, hasta Lucas García París.

Hablamos de un espacio para publicar como no se veía en mucho tiempo. Qué ha quedado como trascendental de esa década, en términos de calidad, es algo que todavía estamos evaluando. Lo cierto es que nuestra década, esta que comenzamos hace siete años, se vuelve más pobre en cuanto a la cantidad de títulos en el mercado. Es compresible: la situación económica, la falta de papel y de tinta, cartulinas y planchas, así como la monstruosa devaluación y la galopante inflación, que han mermado significativamente la oferta, invita a los editores a cuidar lo que publican.

Hay algo en lo que la mayoría de los mismos están de acuerdo: apostar por firmas consolidadas, reconocidas; preparar ediciones conmemorativas de grandes autores fallecidos, lo que significa rescatar un legado literario significativo. Otras buscan publicar en el país a firmas extranjeras reconocidas, para ayudar a paliar la exigua de importación de libros.

La apuesta por nuevos autores se ha reducido hasta casi la desaparición; fuera de editoriales como Todtmann editores, y unas pocas más, no son muchas las editoriales que arriesgan por lo nuevo. Ese papel lo vemos en portales en la red, como, digopalabra, por ejemplo, que lleva Oriette DÁngelo desde Chicago.

La gran labor editorial, en especial en cuanto a revistas, parece tocarle ahora a los venezolanos en el extranjero. Son los que pueden conseguir un financiamiento, o manejar números potables de inflación en los países donde viven. Es posible que estemos en un momento importante: el de una revista con fuerza, que permita la circulación de numerosos textos de autores venezolanos en el extranjero. Es una labor pendiente, por venir.

El registro de este tiempo que estamos viviendo se está haciendo ahora y podemos leerlo en twitter, Instagram, Facebook. Podemos, también, testimoniar el trabajo en silencio de otros autores; y también podemos registrar el triunfo mudo del terror: son muchos escritores quienes se quedaron sin palabras para testimoniar este tiempo infeliz. Un silencio llena su boca y sus manos. Pero en algún momento, escribirá. En dos, cinco, diez años. Y vendrán sus palabras para recordarnos lo acontecido. Por ahora, podemos ver mucho de ese registro en autores como Miguel Ángel Campos, Miguel Gomes, Manuel Silva Ferrer, Antonio López Ortega, Roldán Esteva-Grillet, desde el campo del ensayo en particular. También un acercamiento a la realidad venezolana, subterránea, desde la ciencia ficción, la influencia del video juego, el cómic, la novela gráfica.

El registro de estos tiempos recientes nos recuerda la subversión que significa también toda palabra. Nada más conservador que el idioma, y nada más rebelde. Las palabras son peligrosas. Peligrosísimas. Y dan el golpe de campana de una época.

Sobre los desatinos del llamado “espíritu nacional”; por Ricardo Ramírez

Palabras como colectivo o masa, recorren el siglo XX. En términos políticos, pueden tener derivaciones complicadas. O terribles. Desde principios del siglo XX, intelectuales como Julian Benda se dedicaron a denunciar el desprecio por los valores universales y la exaltación de elementos locales o particulares de las naciones. Es decir: hablamos de un debate importante

Por Ricardo Ramírez Requena | 7 de agosto, 2017
Manifestación nazi en Nuremberg / Fotografía de AP

Manifestación nazi en Nuremberg / Fotografía de AP

Palabras como colectivo o masa, recorren el siglo XX. En términos políticos, pueden tener derivaciones complicadas. O terribles. Desde principios del siglo XX, intelectuales como Julian Benda se dedicaron a denunciar el desprecio por los valores universales y la exaltación de elementos locales o particulares de las naciones.

Es decir: hablamos de un debate importante sobre el legado y los valores de la Ilustración en contraste con las exaltaciones nacionalistas que el siglo XIX, luego de beber someramente en el Romanticismo, abrazó. El surgimiento del nacionalismo vinculado con el Volksgeist, el espíritu nacional (planteado por Herder), dio un vuelto a los conflictos políticos en Europa.

El surgimiento de naciones como Italia, pero en particular de Alemania (una nación que no conoce fronteras, como dijo alguna vez Thomas Mann), aceleró el proceso que condujo a la I Guerra Mundial. La confrontación entre los estados atlánticos y aquellos vinculados con Europa Central, generó una de las carnicerías más desastrosas de la historia. Es difícil confrontar, aun hoy, en tiempos de globalización (o precisamente a razón de ello), al genio nacional o espíritu del pueblo.

En Hispanoamérica, ese espíritu nacional está demasiado presente y nuestro país no es la excepción. Los vínculos con las tradiciones de la tierra, hábitos, costumbres que permanecen en el tiempo de manera constante se perciben como vitales para la mayoría de los hombres. Son espacios cotidianos de la existencia. Aquello que podemos llamar los valores de la Ilustración, los derechos del hombre y del ciudadano, todavía son percibidos como demasiado recientes por millones de personas. Primero está lo que vivimos día a día desde hace decenas o cientos de años y será más adelante cuando podremos pensar en esos valores universales que pueden entenderse como un vestuario nuevo que aprieta, incomoda.

Nuestro mundo sigue moviéndose en esos trazos. Más allá del mundo bipolar entre los Estados Unidos y la Unión Soviética en el siglo pasado, el debate entre nacionalismo y cosmopolitismo sigue vigente. Ha logrado además extensiones y variaciones: el regreso de tendencias abiertamente xenofóbicas en Europa y Estados Unidos lo evidencia.

En La derrota del pensamiento, de Alain Finkielkraut (Anagrama, 1987), podemos encontrarnos con una exploración profunda y sentida del desprecio por los valores universales en Europa. Valores como el bien, la verdad, la belleza. Finkielkraut lamenta el predominio de relativismos posmodernos. Desprecia profundamente el concepto de Herder, que pone zancadillas al pensamiento ilustrado.

Desde siempre, o para ser más exacto desde Platón hasta Voltaire, la diversidad humana había comparecido ante el tribunal de los valores; apareció Herder e hizo condenar por el tribunal de la diversidad todos los valores universales.

Finkielkraut lamenta que un concepto como el Volksgeist, aunado al auge del romanticismo y su derivación nacionalista, condenara a Europa. No es el único que lo piensa. Auden, Eliot, Valéry, entre otros, también lo hacen. Citamos nuevamente a Finkielkraut para mostrar por qué pensaban así:

Con el romanticismo alemán, todo se invierte: como depositarios privilegiados del Volksgeist, juristas y escritores combaten en primer lugar las ideas de razón universal o de ley ideal. Para ellos, el término cultura ya no se remite al intento de hacer retroceder el prejuicio y la ignorancia, sino a la expresión, en su singularidad irreductible, del alma única del pueblo del que son guardianes.

Hablamos entonces de una mutación del término cultura, de su significado último. Hablamos de un cambio, ese que significó el siglo XVIII; un siglo al que debemos leer más detenidamente en estos tiempos: salimos de ahí. Reaccionarios, revolucionarios, ilustrados: todos. Y todos enarbolando la bandera de los antiguos valores universales o, por el otro lado, de los antiguos valores de la tierra.

¿A quién creer? ¿Por cuáles caminos andar?

La Segunda Guerra Mundial sigue siendo un antes y un después del mundo moderno, mucho más que la Primera. Hablamos de la fusión de lo ideológico con lo nacionalista, en cualquiera de sus vertientes. Los enemigos o amigos, eran naciones, identificados a partir de una lengua en específico, en la mayoría de los casos. Eso sucede con Alemania, Japón, Italia, pero también con Inglaterra, Estados Unidos, Francia o Rusia. Hablamos del mediodía de este planteamiento que señalamos desde el principio de este artículo: ilustrados o nacionalistas.

Para ello, nos atrevemos a recurrir al poeta, escritor, periodista e intelectual alemán, Hans Magnus Enzensberger. En un ensayo escrito ya hace unos veinte años, a finales de los noventa, nos dice en su estilo directo y sin contemplaciones cómo el siglo XX, en pocas décadas, ha cambiado tanto y cómo lo que hoy nos parece normal hace menos de cincuenta años no lo fue. Como ejemplo, cita reportajes de conflictos en Colombia o Luanda, donde lo que se indica puede sorprender enormemente, por las escenas descritas y las situaciones terribles que se detallan.

Pero entonces Enzensberger recuerda que los testimonios de Europa al finalizar la Segunda Guerra, eran bastantes similares. Pocos recuerdan que hace sesenta años nadie daba un céntimo por el futuro de un continente destruido de cabo a rabo. Europa estaba en el piso. Nadie pensaba que podría levantarse en menos de veinte años y recobrar su poderío veinte años después. Enzensberger busca dar en la llaga: el afán de superioridad europeo frente a los conflictos del mundo allende las fronteras de la Unión Europea. Sus mezquindades. Sus desgracias. Hay, en Enzensberger, la intención de mostrar lo bárbaro contenido en lo europeo, solo que ahora se encuentra barnizado.

Durante los primeros años de la posguerra por doquier salieron a relucir las consecuencias tardías de la dictadura fascista. Y aunque esto es básicamente aplicable a Alemania, también se daba en otras partes. (En todos los países ocupados hubo colaboracionistas). He aquí por qué los afectados resultan ser los peores testigos. Se refugian tras una amnesia colectiva y no solo ignoran la realidad, sino que incluso la niegan.

Lo terrible de la guerra, son los detalles que nadie quiere recordar. Lo más miserable de nosotros mismos. Enzensberger refiere a la periodista norteamericana Martha Gellhorn, quien llega a Renania en abril de 1945 y se muestra irritada y consternada por las declaraciones de los entrevistados:

Nadie es nazi. Nadie lo ha sido jamás. Quizás hubo alguno en el pueblo vecino, y sí, en efecto, aquella ciudad a veinte kilómetros había sido un auténtico semillero del nacionalsocialismo. De hecho, y en confianza, aquí hubo muchísimos comunistas. Siempre nos habían tenido por rojos. ¿Los judíos, dice? Pues, a decir verdad, por aquí nunca hubo muchos. Quizás dos, ¿o fueron seis? Se los llevaron. Durante ocho semanas incluso tuve escondido a un judío en mi casa.

Este testimonio recogido por Gellhorn nos muestra que el espíritu del pueblo, el genio de los pueblos, puede ser también cínico y mendaz. No es puro, ni exacto, y es culpable de grandes catástrofes a lo largo de toda la modernidad. Pero también nos debe hacer recordar que aquello que la Ilustración recogió como herencia de los Antiguos, esa valoración casi científica de la verdad y de la belleza, también está contaminada siempre por lo ideológico. Nos movemos entre ambas tendencias, sin saber realmente si nos definen. Lo cierto es que recorren la historia y nosotros somos sus protagonistas.

En estos tiempos en que el Volksgeist puede ser una bufonada esgrimida una vez más por un Estado que quiere dominarlo todo a partir de la manipulación nacionalista, de la tierra, de la tradición (nunca hay una sola tradición; hay, sí, una tradición que, desde lo político, muchas veces pretendemos imponer a otras. La militar, por ejemplo) y en que la sociedad venezolana parece todavía extraviada y huérfana precisamente de esos altos valores universales de los Antiguos, es bueno recordar la experiencia de otras naciones y de otros tiempos.

Volver a nuestros dioses más profundos; por Ricardo Ramírez

Vivimos en un tiempo sin respeto por la muerte y su carácter sagrado. Simplemente, no tiene lugar central que ocupar. Nuestro duelo son algunos días de permiso laboral para llorar a los nuestros, y luego un regreso a la oficina sin lágrimas. Es una de las evidencias más concretas de nuestro desprecio por lo sagrado.

Por Prodavinci | 29 de julio, 2017
Las órdenes de la noche (1997), Anselm Kiefer

Las órdenes de la noche (1997), de Anselm Kiefer

Vivimos en un tiempo sin respeto por la muerte y su carácter sagrado. Simplemente, no tiene lugar central que ocupar. Nuestro duelo son algunos días de permiso laboral para llorar a los nuestros, y luego un regreso a la oficina sin lágrimas. Es una de las evidencias más concretas de nuestro desprecio por lo sagrado. Aunque no puede calcularse en términos de tiempo ningún duelo, ciertamente se necesita mucho más que el corto tiempo que nos otorgamos.

No interesa exaltar aquí a la muerte: nos desborda desde siempre. Pero sí devolverle su lugar. No reconocer a la muerte es no respetarla. Ese irrespeto nos lleva a los asesinatos masivos, al disparo en la cien por divertimento, a no sentir temor ante ella. Hablamos de temor sagrado. De esa sacralidad exiliada entre nosotros.

La muerte está firmemente asociada con lo trágico. Solemos hablar de esto muy a la ligera. Lo trágico es siempre terrible. En La muerte de la tragedia, George Steiner nos dice dos cosas claras como el agua: que las tragedias terminan mal y que son irreparables. Podemos pensar que no hay nada más terrible, pero quizás estamos equivocados, sí lo hay: no poder expresar lo trágico en nosotros. Ese grito silencioso que no acaba de salir de nuestras gargantas. Podemos pensar, entonces, que nuestra complicada relación con la muerte, está relacionada con nuestra incapacidad de enunciarla.

Pocos libros trabajan más acertadamente al duelo por la muerte, a su tragedia, que Esquilo, un pequeño ensayo del escritor albanés, Ismaíl Kadaré (Siruela, 2006). En ese texto, Kadaré explora la tradición mediterránea del duelo, en especial aquella cercana a Grecia, Macedonia y por supuesto, Albania. Su recorrido por la huella de lo trágico entre estos pueblos es memorable, así como su lúcida aproximación a Esquilo. Kadaré comienza su ensayo con una exploración de dos ceremonias centrales en la vida de los hombres:

Por tratarse de las ceremonias más conmovedoras y a la vez más difundidas entre las gentes, los rituales nupciales y funerarios se constituyeron simultáneamente en la primera escuela de educación estética. En ninguna otra clase de rito puede producirse una turbación espiritual interior de todos los participantes como en una boda o en un entierro. La alegría, el arrepentimiento, el pesar, el rapto de la novia, el enardecimiento, la venganza por el muerto, el furor, estaban todos allí, reunidos en una reducida superficie, casi, casi en un escenario.

Es sencillo lo que Kadaré propone: la cultura propia de los pueblos como la base de construcciones culturales complejas. Define a las naciones y les otorga alma y cuerpo. Pero hay algo más profundo en lo que expone. Primero, la correspondencia entre vida y muerte, su balance: la boda como muerte y comienzo; el deceso como muerte y comienzo. Segundo, la multiplicidad de expresiones emocionales que se despliegan infinitamente alrededor de estos dos ritos. Sabemos que los dos grandes temas de la literatura son el amor y la muerte. Aquí están en sus momentos más elevados: el rito nupcial y el rito funerario. Tercero, la importancia del rito en sí. Algo desaparecido entre nosotros, hijos de los modernos. Algo despreciado y solo conservado, pero sin trascendencia mayor entre la formación cultural de los hombres de nuestro tiempo, en la religión (el catolicismo ha querido reivindicar en sus pastorales la Confirmación como rito de paso en la juventud; el judaísmo conserva su fuerza en el Bar Mitzvá).

Kadaré se dedica a desarrollar con énfasis estos tres elementos a lo largo de su ensayo. Lo que disparan o generan.

Resaltaremos dos: el rapto y la venganza. En Venezuela, el rapto ha caído en desuso: simplemente ocurre la boda o el amancebamiento como proceso social natural. Hay una fuerza poderosa en el rapto: una forma de violencia que desata fuegos superiores en la pareja y en lo que pueda rodearla. Hay un algo primitivo que queda fuera de nosotros, que sale y ocupa la escena.

En nuestro país reemplazamos el rapto por la fuga del novio, quien desaparece antes o después de la boda, pero en especial, antes o después del primer embarazo.

Todo rapto es valentía y define un antes y un después: es una decisión viril, una acción poderosa. La fuga es cobardía y también define un antes y un después: una emoción despreciada, un algo trágico que nunca ocurrió.

La venganza es nuestra bandera. En un país donde la justicia se ha corrompido, la venganza es nuestro contacto primitivo, primario, bíblico, más elemental. Abarca la boda y el sepelio, sin ser celebración ni exaltación de la vida. La venganza cercena. Es una valentía estéril en nuestros tiempos.

Los ritos, en términos culturales, nos llevan de ser partícipes a espectadores. Vivimos en un tiempo en que ese ser partícipe pasa exclusivamente por ser espectador: solo siendo testigos, solo desde la vicaría, vivimos la existencia.

Extirpado el rito entre nosotros, no es mucho lo que nos queda para participar. Sin rito no hay experiencia de la tragedia. Desde el ser solo espectador, solo vivimos el drama.

La experiencia del rito puede devolvernos a la vida desde la experiencia de la muerte. Nos da perspectiva y balance desde lo sagrado. Nos permitiría participar y ser espectadores, es decir, ser comunidad, país, sociedad armonizada. Hablamos de algo que trasciende hábitos y costumbres.

Kadaré nos recuerda algo en este ensayo extraordinario: que el rapto forma parte de nosotros. Que las cosas que más queremos alcanzar, poseer, deben pelearse y defenderse. Que se debe dar el todo por lo que más se ama y desea. También nos recuerda que la venganza está ahí siempre, acompañada de la alegría, la dicha, el llanto y la desesperación.

Debemos volver a nuestras emociones más profundas, a esos dioses profundos de los que hablaba Montejo. Para volver al camino, debemos asumir nuestros duelos.

Un rito podría ayudarnos. Quizás ahí tengamos una clave para despertar a lo trágico, y que sintamos entre nosotros la piedad más antigua. Y devuelva a la muerte a su lugar correspondiente, a sus límites, y no a la inundación de cadáveres que hacen fila, firmemente entre nosotros, desde hace tantos años.

La tragedia es irreparable y siempre termina mal, sí. Pero cerrar los ojos ante lo trágico en nuestras existencias, por más que queramos, no resuelve nada. Cerrar los ojos no aleja al dolor. Aceptar el dolor para nombrarlo es darle el espacio que le corresponde, al lado de la vida. Para ello, la palabra siempre ha estado a la altura de las circunstancias. Es caleidoscópica, abierta, en ella todo cabe. Como nos dice el poeta polaco Adam Zagajewski en su obra En la belleza ajena:

Una de las propiedades más insólitas de la lengua es su capacidad de enunciar —aunque sólo de manera aproximada, alusiva— que el mundo está edificado al borde de un precipicio, que no es sólido ni seguro, que no tiene fondo ni base.

Quizás cuando aceptemos la necesidad de un rito para la muerte, que pase por lo trágico, podamos reconocernos verdaderamente en el dolor que nos inunda desde hace tiempo. Quizás entonces podamos enunciarlo.

Sobre la muerte del Centauro; por Ricardo Ramírez Requena

Aquel caballo que mi padre era Y que después no fue, ¿por dónde se halla? Eugenio Montejo. El caballo, como símbolo, no ha dejado de acompañarnos desde nuestros días fundacionales. Nos acompaña en el Escudo Nacional, recorre los días de la independencia (pocas imágenes más explotadas que las de aquellos hombres que cruzaron los Andes),

Por Prodavinci | 22 de julio, 2017
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Batalla de Carabobo. Pintura de Martín Tovar y Tovar

Aquel caballo que mi padre era

Y que después no fue, ¿por dónde se halla?

Eugenio Montejo.

El caballo, como símbolo, no ha dejado de acompañarnos desde nuestros días fundacionales. Nos acompaña en el Escudo Nacional, recorre los días de la independencia (pocas imágenes más explotadas que las de aquellos hombres que cruzaron los Andes), hace un peso significativo, enfático en las batallas sangrientas de esos años (Carabobo, “Vuelvan Caras”), y establece su señorío en los años de la Guerra Federal. El caballo es una referencia nacional hasta la última batalla ganada por Gómez, y continúa en nuestro imaginario dentro del hipismo y en la música popular hasta nuestros días.

Hablar del caballo es hablar de guerra, y fuga durante todo el siglo XIX y como imagen simbólica durante el siglo XX. ¿Pero qué lugar podemos darle en el siglo XXI?

En nuestro país el caballo viene aparejado con su jinete, como símbolo de la libertad criolla: aquella que no conoce límites. Nuestra idea de libertad hace migas con la anarquía. Su referente central es el llano: espacio lleno de hybris, poco olímpico, tierra de desmesura. Nuestra idea fundacional se cifra en esa desmesura, concentrada en una imagen más elaborada del caballo: la del Centauro.

Fusión entre hombre y caballo, fusión entre razón y animalidad, nuestra idea del Centauro es aquella que cuesta más definir: una sin líneas que la contengan, difusa, hecha de la velocidad del corcel perdiéndose hacia el infinito.

Como parte de nuestro imaginario fundacional, el Centauro se construye desde lo romántico y desde lo romántico, nacionalista, militar, se recuerda. Su imagen es esa: un pasado glorioso, que curiosamente nos impide avanzar.

Somos un caballo detenido en una imagen. Al detener esa imagen, destruimos lo sagrado en ella. ¿O es al revés? ¿No será que liberándola, al dejar esa imagen, al entender que debemos dejar al caballo libre perderse en el horizonte, sin vuelta atrás, por fin retomaremos la libertad?

¿No vivimos ya los tiempos en que debemos dejar ir al Centauro?

No lo hemos hecho nunca, y quizás en ello se cifre nuestra tragedia.

II

El caballo ha estado siempre presente en nuestra poesía. Es célebre la recopilación El caballo en la poesía venezolana, hecha ya hace algunos años. La poesía de Luis Alberto Crespo y Yolanda Pantin ha celebrado su figura. Pero quisiera centrarme en la de Igor Barreto y uno de sus mejores libros, El duelo, publicado por la Sociedad de amigos del Santo Sepulcro, en 2010. En este libro, Barreto explora la muerte del caballo, ese quiebre de lo sagrado en su animalidad, esa pérdida irreparable para el hombre de esa animalidad. Porque el caballo, para nosotros, es siempre lo otro. Ese otro lado que nos define y nos llama, que nos marca trágicamente. Es nuestra nobleza, nuestra muerte y nuestra fuga.

Nos dice Barreto:

Los caballos

Solo poseen

Emociones elementales.

 

La invariable

Conducta

Del animal presa.

 

Como el gallo

De los bosques

Que vuela en una rama

 

Para protegerse,

Así el caballo

También se arroja

 

En una carrera

Desmedida

A campo abierto

Esa fuga, para protegerse, parece acompañarnos como país. Esa vuelta al pasado, como fuga, y ese querer siempre avanzar hacia el futuro sin pensarlo mucho, también como fuga. Somos un pueblo siempre incómodo con su presente. Un presente que nunca lo satisface, que nunca lo complace, que nunca lo llena. Vivimos atrapados entre una imagen falsa del pasado, que nos negamos a dejar ir (y que hemos convertido además, desde hace más de un siglo, en política de Estado) y una idea del futuro como horizonte sin fin, que solo nos pone como límite el viento en el rostro mientras avanzamos desbocados.

No mirar nuestro presente viene aparejado con nuestra incapacidad de lidiar con la muerte, con la idea de fin a partir de la muerte, que nos invita a una exaltación última de la vida, en donde todo debe consumirse, beberse, comerse de inmediato, pues no entendemos los órdenes del día.

Veamos otro poema:

Un caballo

Teme

A su propio silencio

 

Que yo juzgo

Trascendente

 

Pero que otro

Desconoce

 

Y con violencia

Lo hace suyo.

 

El que viene

A matar

 

Ve en el caballo

Solo su peso

 

Y aquella mudez

Sin nombre

 

Entre

La maleza

 

Bajo la sombra

De unos árboles

 

También sin nombre.

 ¿No somos acaso este poema?, ¿No tememos a nuestro propio silencio, silencio que el otro trata de apropiarse siempre con violencia? ¿No nos define como sociedad? ¿No somos acaso una comunidad que desconfía del silencio o para quien este siempre constituye una sospecha? ¿No es nuestro ruido permanente la imagen del disimulo?

Conectemos estas imágenes con otra: la del caballo domado a partir del miedo. Silencio, violencia, miedo. Tres poderosas fuerzas que nos marcan: la ausencia de la primera; la exaltación de la segunda; la marca a hierro candente de la tercera.

Vivimos en una sociedad en donde el miedo siempre nos ha dominado a partir de la violencia, y que nos ha llevado a un silencio al que tememos. Una serpiente que se muerde la cola.

Todo esto nos lleva a otra historia, que nos podría ayudar a entender nuestro presente en el siglo XXI.

III

Creo que el caballo, en este siglo que comienza, ha muerto. Pero a pesar de su muerte, nos negamos a aceptar el fin del Centauro.

Vuelvo a un poema de Barreto:

DESTINO:

Los caballos

No cruzan un río

Cuando mueren.

Su memoria desaparece

En el instante

Del destello

Del golpe

En su cráneo.

 

Más adelante, nos sigue diciendo:

Aun así, el caballo

No condenará a nadie.

La belleza muere

Simplemente

Y en otro cuerpo

Será encontrada.

Silenciosos caballos

Privados de la queja

Y la plegaria.

Pero su miedo

Tendrá fin,

Y desaparecerá para siempre.

 ¿Somos un pueblo que no acepta la muerte del caballo entre nosotros? ¿Que no acepta que la belleza puede estar en otra parte y que su muerte es el fin del miedo?

Negar la muerte del caballo y continuar la exaltación del Centauro significa la petrificación del miedo, y la incapacidad real de lidiar con la muerte. Hablamos de una lidia que acepte la muerte como parte natural de la vida, en su sentido más sagrado, para que de esta manera la violencia no continúe mancillándola. La aceptación de la muerte como parte de la vida podría ser el cese de una violencia. Y quizás, del miedo.

Pero nos negamos: seguimos construyendo el discurso del Centauro, sin saber que montamos un caballo muerto, que no avanza y que es una imagen que no se mueve.

IV

Aceptar la muerte del caballo, es aceptar el duelo. La llegada del fin. El duelo nada soluciona. Es darle espacio y tiempo al dolor de la muerte. Es entender la despedida.

Dejar de ser Centauros, y comenzar a ser hombres nuevamente, quizás sea la clave para aceptar nuestra tragedia, y una manera más sensata de comenzar a ser un país nuevamente.

No había otra cosa

Que una música resonando

Entre caballos.

 

Nos dice Barreto.

Ser esa música, podría ayudarnos a dejar de ser patria y a comenzar a ser comunidad.

Ser esa música.

Y entonces resonar sin miedo.