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Venezuela: la literatura y el registro del autoritarismo; por Ricardo Ramírez

Por lo menos desde los años setenta, la literatura ha llevado el registro de la violencia en Venezuela. Hablamos de un registro contenido en poemas, cuentos, novelas, piezas dramáticas y, más recientemente, desde la crónica. Si nos remontamos al siglo XIX, por ejemplo, los ejemplos pueden ser incontables, en especial desde los testimonios en la

Por Ricardo Ramírez Requena | 12 de agosto, 2017
Fotografía de Maura Morandi

Fotografía de Maura Morandi

Por lo menos desde los años setenta, la literatura ha llevado el registro de la violencia en Venezuela. Hablamos de un registro contenido en poemas, cuentos, novelas, piezas dramáticas y, más recientemente, desde la crónica.

Si nos remontamos al siglo XIX, por ejemplo, los ejemplos pueden ser incontables, en especial desde los testimonios en la prensa nacional, clandestina o no. Con la llegada de la paz gomecista, las cosas cambiaron: el auge y conciencia de lo social, vinculado en muchos casos a las teorías políticas de izquierda, orientaron su atención hacia los avatares del ciudadano común y sus vínculos con elementos esenciales: el hambre, la explotación del capital, las enfermedades. Todo esto como reflejo del abandono (esa forma de violencia) de las masas por parte de los responsables de las políticas de Estado.

La temática es variada y desde los setenta hace énfasis en el crecimiento desbordado de los barrios, en la vida en las abarrotadas cárceles, en la violencia desatada por la guerra de las drogas y el protagonismo del delincuente, quien luego mutará hacia nuevas denominaciones: capo, pran, etc.

El registro avanza con cada década posterior: los ochenta, los noventa. Israel Centeno y José Roberto Duque son dos nombres esenciales, en especial en las primeras etapas de sus obras (la de Centeno se crece con los años). Hay entonces, sí, un registro de la violencia pero, ¿lo hay del autoritarismo? ¿De la dictadura o lo dictatorial?

Desde Pérez Jiménez no recogimos nada, a razón de los años de la democracia. Pero es quizás en los últimos años que podemos empezar a contar un testimonio de lo autoritario y, particularmente, de lo dictatorial.

Los escritores dan las palabras necesarias para expresar lo que sentimos y que no sabemos cómo expresar del todo. Y el autoritarismo, eso que habíamos dejado atrás desde hacía décadas y que volvió, parece, para instalarse nuevamente entre nosotros. Y todo autoritarismo es un gargajo consecuente en la cara. Le hace el camino a lo dictatorial y a lo tiránico. Mancha, además, el idioma, la palabra, pervirtiéndola.

¿Cómo registramos lo autoritario, desde el campo literario? La respuesta de los escritores ha sido contundente y marcada a través de los años por una visión profunda de los acontecimientos que vivimos. La poesía lo sabe. Los poetas lo saben. Más de un libro de Yolanda Pantin lo atestigua (País es solo el más emblemático); Demolición de los días, de Alexis Romero también. La continuidad de las publicaciones de Igor Barreto, además de la larga obra de Jacqueline Goldberg o Harry Almela.

Hay un registro de lo autoritario desde la palabra, casi desde el comienzo de este siglo. Recordemos que el orden de escritura no es siempre el de la publicación: estos registros se han desarrollado a la largo del tiempo y muestran carne dolida por estos tiempos nefastos. La poesía, más que la narrativa ficcional, ha vinculado el proceso político que ha significado el chavismo con aquello presente en nuestro imaginario más profundo y en nuestro inconsciente. Ha hecho su labor. La narrativa lo ha hecho con nuestra historia (Suniaga, Vegas, etc).

Debemos esperar a esta década que ya avanza hacia su final para encontrar textos en donde la crítica del autoritarismo esté presente de manera enfática: autores como Gisela Kozak, por ejemplo, o Alberto Barrera Tyzska. ¿No es demasiado tarde? ¿O simplemente olvidamos que la literatura y su proceso creativo llevan sus tiempos, su orden, su proceso particular, muy diferente del que puede observarse en otros registros de la memoria?

¿Nos prepara el registro de lo autoritario para el registro de lo dictatorial? Las dudas, los aciertos de las obras escritas y publicadas durante los últimos años nos dan un muestrario bastante claro de lo que somos: nostalgia de tiempos mejores, de un país desaparecido, de ese crepúsculo sensual y triste que antecedió la llegada de la noche, crítica despiadada del ser nacional, la vuelta perenne al campo para reconocernos nuevamente, el fracaso de la modernidad en nosotros, el Centauro permanente avanzando entre haciendas calcinadas, el barrio y su exaltación o desprecio, la derrota de la clase media. La lista es larga y sin final y de cada fragmento de esta lista hay un poema, un cuento, una novela, una obra de teatro.

El proceso escritural en Venezuela no ha tenido decaída hasta ahora. El de la publicación sí: ese movimiento editorial que pudimos evidenciar en numerosos libros en la década pasada, encontró un freno. Gracias a la apuesta de casas editoriales en Venezuela, empezando por los grandes grupos editoriales como Santillana, Random House Mondadori, Planeta, Norma, entre otros, por solo mencionar las casas extranjeras, pero también resaltando el papel de editorial Alfa, cabeza de punta en cuanto a la publicación de lo más granado en el país, pudimos conocer obras que tenían tiempo engavetadas, nuevas firmas, autores muy jóvenes: desde Manuel Caballero, hasta Lucas García París.

Hablamos de un espacio para publicar como no se veía en mucho tiempo. Qué ha quedado como trascendental de esa década, en términos de calidad, es algo que todavía estamos evaluando. Lo cierto es que nuestra década, esta que comenzamos hace siete años, se vuelve más pobre en cuanto a la cantidad de títulos en el mercado. Es compresible: la situación económica, la falta de papel y de tinta, cartulinas y planchas, así como la monstruosa devaluación y la galopante inflación, que han mermado significativamente la oferta, invita a los editores a cuidar lo que publican.

Hay algo en lo que la mayoría de los mismos están de acuerdo: apostar por firmas consolidadas, reconocidas; preparar ediciones conmemorativas de grandes autores fallecidos, lo que significa rescatar un legado literario significativo. Otras buscan publicar en el país a firmas extranjeras reconocidas, para ayudar a paliar la exigua de importación de libros.

La apuesta por nuevos autores se ha reducido hasta casi la desaparición; fuera de editoriales como Todtmann editores, y unas pocas más, no son muchas las editoriales que arriesgan por lo nuevo. Ese papel lo vemos en portales en la red, como, digopalabra, por ejemplo, que lleva Oriette DÁngelo desde Chicago.

La gran labor editorial, en especial en cuanto a revistas, parece tocarle ahora a los venezolanos en el extranjero. Son los que pueden conseguir un financiamiento, o manejar números potables de inflación en los países donde viven. Es posible que estemos en un momento importante: el de una revista con fuerza, que permita la circulación de numerosos textos de autores venezolanos en el extranjero. Es una labor pendiente, por venir.

El registro de este tiempo que estamos viviendo se está haciendo ahora y podemos leerlo en twitter, Instagram, Facebook. Podemos, también, testimoniar el trabajo en silencio de otros autores; y también podemos registrar el triunfo mudo del terror: son muchos escritores quienes se quedaron sin palabras para testimoniar este tiempo infeliz. Un silencio llena su boca y sus manos. Pero en algún momento, escribirá. En dos, cinco, diez años. Y vendrán sus palabras para recordarnos lo acontecido. Por ahora, podemos ver mucho de ese registro en autores como Miguel Ángel Campos, Miguel Gomes, Manuel Silva Ferrer, Antonio López Ortega, Roldán Esteva-Grillet, desde el campo del ensayo en particular. También un acercamiento a la realidad venezolana, subterránea, desde la ciencia ficción, la influencia del video juego, el cómic, la novela gráfica.

El registro de estos tiempos recientes nos recuerda la subversión que significa también toda palabra. Nada más conservador que el idioma, y nada más rebelde. Las palabras son peligrosas. Peligrosísimas. Y dan el golpe de campana de una época.

Sobre los desatinos del llamado “espíritu nacional”; por Ricardo Ramírez

Palabras como colectivo o masa, recorren el siglo XX. En términos políticos, pueden tener derivaciones complicadas. O terribles. Desde principios del siglo XX, intelectuales como Julian Benda se dedicaron a denunciar el desprecio por los valores universales y la exaltación de elementos locales o particulares de las naciones. Es decir: hablamos de un debate importante

Por Ricardo Ramírez Requena | 7 de agosto, 2017
Manifestación nazi en Nuremberg / Fotografía de AP

Manifestación nazi en Nuremberg / Fotografía de AP

Palabras como colectivo o masa, recorren el siglo XX. En términos políticos, pueden tener derivaciones complicadas. O terribles. Desde principios del siglo XX, intelectuales como Julian Benda se dedicaron a denunciar el desprecio por los valores universales y la exaltación de elementos locales o particulares de las naciones.

Es decir: hablamos de un debate importante sobre el legado y los valores de la Ilustración en contraste con las exaltaciones nacionalistas que el siglo XIX, luego de beber someramente en el Romanticismo, abrazó. El surgimiento del nacionalismo vinculado con el Volksgeist, el espíritu nacional (planteado por Herder), dio un vuelto a los conflictos políticos en Europa.

El surgimiento de naciones como Italia, pero en particular de Alemania (una nación que no conoce fronteras, como dijo alguna vez Thomas Mann), aceleró el proceso que condujo a la I Guerra Mundial. La confrontación entre los estados atlánticos y aquellos vinculados con Europa Central, generó una de las carnicerías más desastrosas de la historia. Es difícil confrontar, aun hoy, en tiempos de globalización (o precisamente a razón de ello), al genio nacional o espíritu del pueblo.

En Hispanoamérica, ese espíritu nacional está demasiado presente y nuestro país no es la excepción. Los vínculos con las tradiciones de la tierra, hábitos, costumbres que permanecen en el tiempo de manera constante se perciben como vitales para la mayoría de los hombres. Son espacios cotidianos de la existencia. Aquello que podemos llamar los valores de la Ilustración, los derechos del hombre y del ciudadano, todavía son percibidos como demasiado recientes por millones de personas. Primero está lo que vivimos día a día desde hace decenas o cientos de años y será más adelante cuando podremos pensar en esos valores universales que pueden entenderse como un vestuario nuevo que aprieta, incomoda.

Nuestro mundo sigue moviéndose en esos trazos. Más allá del mundo bipolar entre los Estados Unidos y la Unión Soviética en el siglo pasado, el debate entre nacionalismo y cosmopolitismo sigue vigente. Ha logrado además extensiones y variaciones: el regreso de tendencias abiertamente xenofóbicas en Europa y Estados Unidos lo evidencia.

En La derrota del pensamiento, de Alain Finkielkraut (Anagrama, 1987), podemos encontrarnos con una exploración profunda y sentida del desprecio por los valores universales en Europa. Valores como el bien, la verdad, la belleza. Finkielkraut lamenta el predominio de relativismos posmodernos. Desprecia profundamente el concepto de Herder, que pone zancadillas al pensamiento ilustrado.

Desde siempre, o para ser más exacto desde Platón hasta Voltaire, la diversidad humana había comparecido ante el tribunal de los valores; apareció Herder e hizo condenar por el tribunal de la diversidad todos los valores universales.

Finkielkraut lamenta que un concepto como el Volksgeist, aunado al auge del romanticismo y su derivación nacionalista, condenara a Europa. No es el único que lo piensa. Auden, Eliot, Valéry, entre otros, también lo hacen. Citamos nuevamente a Finkielkraut para mostrar por qué pensaban así:

Con el romanticismo alemán, todo se invierte: como depositarios privilegiados del Volksgeist, juristas y escritores combaten en primer lugar las ideas de razón universal o de ley ideal. Para ellos, el término cultura ya no se remite al intento de hacer retroceder el prejuicio y la ignorancia, sino a la expresión, en su singularidad irreductible, del alma única del pueblo del que son guardianes.

Hablamos entonces de una mutación del término cultura, de su significado último. Hablamos de un cambio, ese que significó el siglo XVIII; un siglo al que debemos leer más detenidamente en estos tiempos: salimos de ahí. Reaccionarios, revolucionarios, ilustrados: todos. Y todos enarbolando la bandera de los antiguos valores universales o, por el otro lado, de los antiguos valores de la tierra.

¿A quién creer? ¿Por cuáles caminos andar?

La Segunda Guerra Mundial sigue siendo un antes y un después del mundo moderno, mucho más que la Primera. Hablamos de la fusión de lo ideológico con lo nacionalista, en cualquiera de sus vertientes. Los enemigos o amigos, eran naciones, identificados a partir de una lengua en específico, en la mayoría de los casos. Eso sucede con Alemania, Japón, Italia, pero también con Inglaterra, Estados Unidos, Francia o Rusia. Hablamos del mediodía de este planteamiento que señalamos desde el principio de este artículo: ilustrados o nacionalistas.

Para ello, nos atrevemos a recurrir al poeta, escritor, periodista e intelectual alemán, Hans Magnus Enzensberger. En un ensayo escrito ya hace unos veinte años, a finales de los noventa, nos dice en su estilo directo y sin contemplaciones cómo el siglo XX, en pocas décadas, ha cambiado tanto y cómo lo que hoy nos parece normal hace menos de cincuenta años no lo fue. Como ejemplo, cita reportajes de conflictos en Colombia o Luanda, donde lo que se indica puede sorprender enormemente, por las escenas descritas y las situaciones terribles que se detallan.

Pero entonces Enzensberger recuerda que los testimonios de Europa al finalizar la Segunda Guerra, eran bastantes similares. Pocos recuerdan que hace sesenta años nadie daba un céntimo por el futuro de un continente destruido de cabo a rabo. Europa estaba en el piso. Nadie pensaba que podría levantarse en menos de veinte años y recobrar su poderío veinte años después. Enzensberger busca dar en la llaga: el afán de superioridad europeo frente a los conflictos del mundo allende las fronteras de la Unión Europea. Sus mezquindades. Sus desgracias. Hay, en Enzensberger, la intención de mostrar lo bárbaro contenido en lo europeo, solo que ahora se encuentra barnizado.

Durante los primeros años de la posguerra por doquier salieron a relucir las consecuencias tardías de la dictadura fascista. Y aunque esto es básicamente aplicable a Alemania, también se daba en otras partes. (En todos los países ocupados hubo colaboracionistas). He aquí por qué los afectados resultan ser los peores testigos. Se refugian tras una amnesia colectiva y no solo ignoran la realidad, sino que incluso la niegan.

Lo terrible de la guerra, son los detalles que nadie quiere recordar. Lo más miserable de nosotros mismos. Enzensberger refiere a la periodista norteamericana Martha Gellhorn, quien llega a Renania en abril de 1945 y se muestra irritada y consternada por las declaraciones de los entrevistados:

Nadie es nazi. Nadie lo ha sido jamás. Quizás hubo alguno en el pueblo vecino, y sí, en efecto, aquella ciudad a veinte kilómetros había sido un auténtico semillero del nacionalsocialismo. De hecho, y en confianza, aquí hubo muchísimos comunistas. Siempre nos habían tenido por rojos. ¿Los judíos, dice? Pues, a decir verdad, por aquí nunca hubo muchos. Quizás dos, ¿o fueron seis? Se los llevaron. Durante ocho semanas incluso tuve escondido a un judío en mi casa.

Este testimonio recogido por Gellhorn nos muestra que el espíritu del pueblo, el genio de los pueblos, puede ser también cínico y mendaz. No es puro, ni exacto, y es culpable de grandes catástrofes a lo largo de toda la modernidad. Pero también nos debe hacer recordar que aquello que la Ilustración recogió como herencia de los Antiguos, esa valoración casi científica de la verdad y de la belleza, también está contaminada siempre por lo ideológico. Nos movemos entre ambas tendencias, sin saber realmente si nos definen. Lo cierto es que recorren la historia y nosotros somos sus protagonistas.

En estos tiempos en que el Volksgeist puede ser una bufonada esgrimida una vez más por un Estado que quiere dominarlo todo a partir de la manipulación nacionalista, de la tierra, de la tradición (nunca hay una sola tradición; hay, sí, una tradición que, desde lo político, muchas veces pretendemos imponer a otras. La militar, por ejemplo) y en que la sociedad venezolana parece todavía extraviada y huérfana precisamente de esos altos valores universales de los Antiguos, es bueno recordar la experiencia de otras naciones y de otros tiempos.

Volver a nuestros dioses más profundos; por Ricardo Ramírez

Vivimos en un tiempo sin respeto por la muerte y su carácter sagrado. Simplemente, no tiene lugar central que ocupar. Nuestro duelo son algunos días de permiso laboral para llorar a los nuestros, y luego un regreso a la oficina sin lágrimas. Es una de las evidencias más concretas de nuestro desprecio por lo sagrado.

Por Prodavinci | 29 de julio, 2017
Las órdenes de la noche (1997), Anselm Kiefer

Las órdenes de la noche (1997), de Anselm Kiefer

Vivimos en un tiempo sin respeto por la muerte y su carácter sagrado. Simplemente, no tiene lugar central que ocupar. Nuestro duelo son algunos días de permiso laboral para llorar a los nuestros, y luego un regreso a la oficina sin lágrimas. Es una de las evidencias más concretas de nuestro desprecio por lo sagrado. Aunque no puede calcularse en términos de tiempo ningún duelo, ciertamente se necesita mucho más que el corto tiempo que nos otorgamos.

No interesa exaltar aquí a la muerte: nos desborda desde siempre. Pero sí devolverle su lugar. No reconocer a la muerte es no respetarla. Ese irrespeto nos lleva a los asesinatos masivos, al disparo en la cien por divertimento, a no sentir temor ante ella. Hablamos de temor sagrado. De esa sacralidad exiliada entre nosotros.

La muerte está firmemente asociada con lo trágico. Solemos hablar de esto muy a la ligera. Lo trágico es siempre terrible. En La muerte de la tragedia, George Steiner nos dice dos cosas claras como el agua: que las tragedias terminan mal y que son irreparables. Podemos pensar que no hay nada más terrible, pero quizás estamos equivocados, sí lo hay: no poder expresar lo trágico en nosotros. Ese grito silencioso que no acaba de salir de nuestras gargantas. Podemos pensar, entonces, que nuestra complicada relación con la muerte, está relacionada con nuestra incapacidad de enunciarla.

Pocos libros trabajan más acertadamente al duelo por la muerte, a su tragedia, que Esquilo, un pequeño ensayo del escritor albanés, Ismaíl Kadaré (Siruela, 2006). En ese texto, Kadaré explora la tradición mediterránea del duelo, en especial aquella cercana a Grecia, Macedonia y por supuesto, Albania. Su recorrido por la huella de lo trágico entre estos pueblos es memorable, así como su lúcida aproximación a Esquilo. Kadaré comienza su ensayo con una exploración de dos ceremonias centrales en la vida de los hombres:

Por tratarse de las ceremonias más conmovedoras y a la vez más difundidas entre las gentes, los rituales nupciales y funerarios se constituyeron simultáneamente en la primera escuela de educación estética. En ninguna otra clase de rito puede producirse una turbación espiritual interior de todos los participantes como en una boda o en un entierro. La alegría, el arrepentimiento, el pesar, el rapto de la novia, el enardecimiento, la venganza por el muerto, el furor, estaban todos allí, reunidos en una reducida superficie, casi, casi en un escenario.

Es sencillo lo que Kadaré propone: la cultura propia de los pueblos como la base de construcciones culturales complejas. Define a las naciones y les otorga alma y cuerpo. Pero hay algo más profundo en lo que expone. Primero, la correspondencia entre vida y muerte, su balance: la boda como muerte y comienzo; el deceso como muerte y comienzo. Segundo, la multiplicidad de expresiones emocionales que se despliegan infinitamente alrededor de estos dos ritos. Sabemos que los dos grandes temas de la literatura son el amor y la muerte. Aquí están en sus momentos más elevados: el rito nupcial y el rito funerario. Tercero, la importancia del rito en sí. Algo desaparecido entre nosotros, hijos de los modernos. Algo despreciado y solo conservado, pero sin trascendencia mayor entre la formación cultural de los hombres de nuestro tiempo, en la religión (el catolicismo ha querido reivindicar en sus pastorales la Confirmación como rito de paso en la juventud; el judaísmo conserva su fuerza en el Bar Mitzvá).

Kadaré se dedica a desarrollar con énfasis estos tres elementos a lo largo de su ensayo. Lo que disparan o generan.

Resaltaremos dos: el rapto y la venganza. En Venezuela, el rapto ha caído en desuso: simplemente ocurre la boda o el amancebamiento como proceso social natural. Hay una fuerza poderosa en el rapto: una forma de violencia que desata fuegos superiores en la pareja y en lo que pueda rodearla. Hay un algo primitivo que queda fuera de nosotros, que sale y ocupa la escena.

En nuestro país reemplazamos el rapto por la fuga del novio, quien desaparece antes o después de la boda, pero en especial, antes o después del primer embarazo.

Todo rapto es valentía y define un antes y un después: es una decisión viril, una acción poderosa. La fuga es cobardía y también define un antes y un después: una emoción despreciada, un algo trágico que nunca ocurrió.

La venganza es nuestra bandera. En un país donde la justicia se ha corrompido, la venganza es nuestro contacto primitivo, primario, bíblico, más elemental. Abarca la boda y el sepelio, sin ser celebración ni exaltación de la vida. La venganza cercena. Es una valentía estéril en nuestros tiempos.

Los ritos, en términos culturales, nos llevan de ser partícipes a espectadores. Vivimos en un tiempo en que ese ser partícipe pasa exclusivamente por ser espectador: solo siendo testigos, solo desde la vicaría, vivimos la existencia.

Extirpado el rito entre nosotros, no es mucho lo que nos queda para participar. Sin rito no hay experiencia de la tragedia. Desde el ser solo espectador, solo vivimos el drama.

La experiencia del rito puede devolvernos a la vida desde la experiencia de la muerte. Nos da perspectiva y balance desde lo sagrado. Nos permitiría participar y ser espectadores, es decir, ser comunidad, país, sociedad armonizada. Hablamos de algo que trasciende hábitos y costumbres.

Kadaré nos recuerda algo en este ensayo extraordinario: que el rapto forma parte de nosotros. Que las cosas que más queremos alcanzar, poseer, deben pelearse y defenderse. Que se debe dar el todo por lo que más se ama y desea. También nos recuerda que la venganza está ahí siempre, acompañada de la alegría, la dicha, el llanto y la desesperación.

Debemos volver a nuestras emociones más profundas, a esos dioses profundos de los que hablaba Montejo. Para volver al camino, debemos asumir nuestros duelos.

Un rito podría ayudarnos. Quizás ahí tengamos una clave para despertar a lo trágico, y que sintamos entre nosotros la piedad más antigua. Y devuelva a la muerte a su lugar correspondiente, a sus límites, y no a la inundación de cadáveres que hacen fila, firmemente entre nosotros, desde hace tantos años.

La tragedia es irreparable y siempre termina mal, sí. Pero cerrar los ojos ante lo trágico en nuestras existencias, por más que queramos, no resuelve nada. Cerrar los ojos no aleja al dolor. Aceptar el dolor para nombrarlo es darle el espacio que le corresponde, al lado de la vida. Para ello, la palabra siempre ha estado a la altura de las circunstancias. Es caleidoscópica, abierta, en ella todo cabe. Como nos dice el poeta polaco Adam Zagajewski en su obra En la belleza ajena:

Una de las propiedades más insólitas de la lengua es su capacidad de enunciar —aunque sólo de manera aproximada, alusiva— que el mundo está edificado al borde de un precipicio, que no es sólido ni seguro, que no tiene fondo ni base.

Quizás cuando aceptemos la necesidad de un rito para la muerte, que pase por lo trágico, podamos reconocernos verdaderamente en el dolor que nos inunda desde hace tiempo. Quizás entonces podamos enunciarlo.

Sobre la muerte del Centauro; por Ricardo Ramírez Requena

Aquel caballo que mi padre era Y que después no fue, ¿por dónde se halla? Eugenio Montejo. El caballo, como símbolo, no ha dejado de acompañarnos desde nuestros días fundacionales. Nos acompaña en el Escudo Nacional, recorre los días de la independencia (pocas imágenes más explotadas que las de aquellos hombres que cruzaron los Andes),

Por Prodavinci | 22 de julio, 2017
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Batalla de Carabobo. Pintura de Martín Tovar y Tovar

Aquel caballo que mi padre era

Y que después no fue, ¿por dónde se halla?

Eugenio Montejo.

El caballo, como símbolo, no ha dejado de acompañarnos desde nuestros días fundacionales. Nos acompaña en el Escudo Nacional, recorre los días de la independencia (pocas imágenes más explotadas que las de aquellos hombres que cruzaron los Andes), hace un peso significativo, enfático en las batallas sangrientas de esos años (Carabobo, “Vuelvan Caras”), y establece su señorío en los años de la Guerra Federal. El caballo es una referencia nacional hasta la última batalla ganada por Gómez, y continúa en nuestro imaginario dentro del hipismo y en la música popular hasta nuestros días.

Hablar del caballo es hablar de guerra, y fuga durante todo el siglo XIX y como imagen simbólica durante el siglo XX. ¿Pero qué lugar podemos darle en el siglo XXI?

En nuestro país el caballo viene aparejado con su jinete, como símbolo de la libertad criolla: aquella que no conoce límites. Nuestra idea de libertad hace migas con la anarquía. Su referente central es el llano: espacio lleno de hybris, poco olímpico, tierra de desmesura. Nuestra idea fundacional se cifra en esa desmesura, concentrada en una imagen más elaborada del caballo: la del Centauro.

Fusión entre hombre y caballo, fusión entre razón y animalidad, nuestra idea del Centauro es aquella que cuesta más definir: una sin líneas que la contengan, difusa, hecha de la velocidad del corcel perdiéndose hacia el infinito.

Como parte de nuestro imaginario fundacional, el Centauro se construye desde lo romántico y desde lo romántico, nacionalista, militar, se recuerda. Su imagen es esa: un pasado glorioso, que curiosamente nos impide avanzar.

Somos un caballo detenido en una imagen. Al detener esa imagen, destruimos lo sagrado en ella. ¿O es al revés? ¿No será que liberándola, al dejar esa imagen, al entender que debemos dejar al caballo libre perderse en el horizonte, sin vuelta atrás, por fin retomaremos la libertad?

¿No vivimos ya los tiempos en que debemos dejar ir al Centauro?

No lo hemos hecho nunca, y quizás en ello se cifre nuestra tragedia.

II

El caballo ha estado siempre presente en nuestra poesía. Es célebre la recopilación El caballo en la poesía venezolana, hecha ya hace algunos años. La poesía de Luis Alberto Crespo y Yolanda Pantin ha celebrado su figura. Pero quisiera centrarme en la de Igor Barreto y uno de sus mejores libros, El duelo, publicado por la Sociedad de amigos del Santo Sepulcro, en 2010. En este libro, Barreto explora la muerte del caballo, ese quiebre de lo sagrado en su animalidad, esa pérdida irreparable para el hombre de esa animalidad. Porque el caballo, para nosotros, es siempre lo otro. Ese otro lado que nos define y nos llama, que nos marca trágicamente. Es nuestra nobleza, nuestra muerte y nuestra fuga.

Nos dice Barreto:

Los caballos

Solo poseen

Emociones elementales.

 

La invariable

Conducta

Del animal presa.

 

Como el gallo

De los bosques

Que vuela en una rama

 

Para protegerse,

Así el caballo

También se arroja

 

En una carrera

Desmedida

A campo abierto

Esa fuga, para protegerse, parece acompañarnos como país. Esa vuelta al pasado, como fuga, y ese querer siempre avanzar hacia el futuro sin pensarlo mucho, también como fuga. Somos un pueblo siempre incómodo con su presente. Un presente que nunca lo satisface, que nunca lo complace, que nunca lo llena. Vivimos atrapados entre una imagen falsa del pasado, que nos negamos a dejar ir (y que hemos convertido además, desde hace más de un siglo, en política de Estado) y una idea del futuro como horizonte sin fin, que solo nos pone como límite el viento en el rostro mientras avanzamos desbocados.

No mirar nuestro presente viene aparejado con nuestra incapacidad de lidiar con la muerte, con la idea de fin a partir de la muerte, que nos invita a una exaltación última de la vida, en donde todo debe consumirse, beberse, comerse de inmediato, pues no entendemos los órdenes del día.

Veamos otro poema:

Un caballo

Teme

A su propio silencio

 

Que yo juzgo

Trascendente

 

Pero que otro

Desconoce

 

Y con violencia

Lo hace suyo.

 

El que viene

A matar

 

Ve en el caballo

Solo su peso

 

Y aquella mudez

Sin nombre

 

Entre

La maleza

 

Bajo la sombra

De unos árboles

 

También sin nombre.

 ¿No somos acaso este poema?, ¿No tememos a nuestro propio silencio, silencio que el otro trata de apropiarse siempre con violencia? ¿No nos define como sociedad? ¿No somos acaso una comunidad que desconfía del silencio o para quien este siempre constituye una sospecha? ¿No es nuestro ruido permanente la imagen del disimulo?

Conectemos estas imágenes con otra: la del caballo domado a partir del miedo. Silencio, violencia, miedo. Tres poderosas fuerzas que nos marcan: la ausencia de la primera; la exaltación de la segunda; la marca a hierro candente de la tercera.

Vivimos en una sociedad en donde el miedo siempre nos ha dominado a partir de la violencia, y que nos ha llevado a un silencio al que tememos. Una serpiente que se muerde la cola.

Todo esto nos lleva a otra historia, que nos podría ayudar a entender nuestro presente en el siglo XXI.

III

Creo que el caballo, en este siglo que comienza, ha muerto. Pero a pesar de su muerte, nos negamos a aceptar el fin del Centauro.

Vuelvo a un poema de Barreto:

DESTINO:

Los caballos

No cruzan un río

Cuando mueren.

Su memoria desaparece

En el instante

Del destello

Del golpe

En su cráneo.

 

Más adelante, nos sigue diciendo:

Aun así, el caballo

No condenará a nadie.

La belleza muere

Simplemente

Y en otro cuerpo

Será encontrada.

Silenciosos caballos

Privados de la queja

Y la plegaria.

Pero su miedo

Tendrá fin,

Y desaparecerá para siempre.

 ¿Somos un pueblo que no acepta la muerte del caballo entre nosotros? ¿Que no acepta que la belleza puede estar en otra parte y que su muerte es el fin del miedo?

Negar la muerte del caballo y continuar la exaltación del Centauro significa la petrificación del miedo, y la incapacidad real de lidiar con la muerte. Hablamos de una lidia que acepte la muerte como parte natural de la vida, en su sentido más sagrado, para que de esta manera la violencia no continúe mancillándola. La aceptación de la muerte como parte de la vida podría ser el cese de una violencia. Y quizás, del miedo.

Pero nos negamos: seguimos construyendo el discurso del Centauro, sin saber que montamos un caballo muerto, que no avanza y que es una imagen que no se mueve.

IV

Aceptar la muerte del caballo, es aceptar el duelo. La llegada del fin. El duelo nada soluciona. Es darle espacio y tiempo al dolor de la muerte. Es entender la despedida.

Dejar de ser Centauros, y comenzar a ser hombres nuevamente, quizás sea la clave para aceptar nuestra tragedia, y una manera más sensata de comenzar a ser un país nuevamente.

No había otra cosa

Que una música resonando

Entre caballos.

 

Nos dice Barreto.

Ser esa música, podría ayudarnos a dejar de ser patria y a comenzar a ser comunidad.

Ser esa música.

Y entonces resonar sin miedo.