Blog de Rafael Rojas

Relativizando a Trump; Rafael Rojas

La extraña corriente de simpatía por Donald Trump, en la opinión pública global, que ha unido a Vladimir Putin y Benjamin Netanyahu, Marine Le Pen y Nicolás Maduro —quien hace unas semanas se quejaba de la “campaña de odio” contra el magnate de Nueva York en la prensa internacional—, comienza a materializar sus alianzas. En

Por Rafael Rojas | 11 de febrero, 2017
De izquierda a derecha: Marine le Pen, Vladimir Putin, Donald Trump, Nicolás Maduro y Bashar al-Ásad

De izquierda a derecha: Marine Le Pen, Vladimir Putin, Donald Trump, Nicolás Maduro y Bashar Al Assad

La extraña corriente de simpatía por Donald Trump, en la opinión pública global, que ha unido a Vladimir Putin y Benjamin Netanyahu, Marine Le Pen y Nicolás Maduro —quien hace unas semanas se quejaba de la “campaña de odio” contra el magnate de Nueva York en la prensa internacional—, comienza a materializar sus alianzas. En algunas zonas de la política global, como la de los nuevos autoritarismos del siglo XXI, se pasa del apoyo, disimulado o abierto, a una relativización del mal, que deliberadamente ignora el daño que ya hace el nuevo gobierno de Estados Unidos a México y otros países del mundo.

El presidente sirio Bashar al Assad, que ha sido denunciado recientemente por Amnistía Internacional por el ahorcamiento de 13 mil personas en los últimos años, ofrece a Rusia facilidades para acceder al petróleo de Siria, a la vez que respalda a Trump en el veto migratorio contra siete países musulmanes, incluido el suyo. Dice Assad que el freno de la inmigración “indeseada” es una decisión soberana de Estados Unidos y asegura que la intención del nuevo mandatario de concentrarse, prioritariamente, en el combate al Estado Islámico, es “prometedora”.

El respaldo de Assad a Trump es una extensión de su mentor Putin. En ambos casos, lo mismo que en los de Netanyahu y Maduro, interviene la esperanza de que el aislacionismo de la Casa Blanca reste estímulos al escrutinio internacional en materia de derechos humanos. El propio Trump ya empieza a armarse un expediente como violador de derechos humanos de inmigrantes del Medio Oriente y de residentes mexicanos y centroamericanos en Estados Unidos. La vieja fantasía de los dictadores del mundo se ha realizado: tener a uno de los suyos en la Oficina Oval.

Es lógico que el ayatola Alí Jamanei concluya que con Trump emerge “el verdadero rostro de Estados Unidos” o que Julian Assange asegure que si Barack Obama era “el lobo disfrazado de oveja”, Trump es el “lobo vestido de lobo”. Toda la red de gobiernos y líderes, reacios, de una u otra forma, a la universalización de los derechos humanos, celebra que un presidente de Estados Unidos carezca absolutamente de autoridad en el tema de la democracia. A Obama tampoco le reconocían autoridad alguna, pero su entendimiento con los organismos internacionales que documentan la violación de libertades básicas en el mundo, lo hacía execrable.

La deferencia con Trump de algunos de esos líderes y gobiernos funciona como instinto de protección. La impunidad internacional se ve favorecida por una presidencia de Estados Unidos, como la actual, que a la vez que activa todo el antiamericanismo archivado en la mentalidad nacionalista y autoritaria, reincide en la equivocada identificación entre país y gobierno, sociedad y Estado. Un error que vuelve contradictoria la complicidad con el nuevo mandatario y sus políticas: si Trump es el “verdadero rostro” de Estados Unidos por qué esperar de él un mejor trato.

En nuestro contexto más inmediato, esas ambivalencias proceden por medio de una relativización del mal, en la que salen a flote todos los estereotipos y falacias imaginables. Trump no estaría tan mal porque, en resumidas cuentas, al mundo, y especialmente a América Latina, siempre le ha ido fatal con Estados Unidos. O porque hay problemas más graves que Trump, como la pobreza, la desigualdad y la corrupción de los gobernantes locales.

Quienes relativizan a Trump caen en la misma incongruencia de quienes proponen escoger entre males: el holocausto o el gulag, los drones de Estados Unidos o los bombardeos rusos, el expansionismo israelí o el terror de Hamás y Hezbolá.

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Gringofobia y antiyanquismo; por Rafael Rojas

Qué mejores tiempos que estos, cuando un presidente de Estados Unidos insiste e insiste en que México “saca ventaja” de su gran vecino del Norte, para leer En busca del señor Jenkins (CIDE/ Debate, 2016), la espléndida biografía del empresario estadounidense, William O. Jenkins, escrita por el historiador Andrew Paxman. Cuando un magnate que odia

Por Rafael Rojas | 6 de febrero, 2017
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Fotografía de William Anstead Jenkins

Qué mejores tiempos que estos, cuando un presidente de Estados Unidos insiste e insiste en que México “saca ventaja” de su gran vecino del Norte, para leer En busca del señor Jenkins (CIDE/ Debate, 2016), la espléndida biografía del empresario estadounidense, William O. Jenkins, escrita por el historiador Andrew Paxman. Cuando un magnate que odia a México llega a la Casa Blanca, la vida de otro, que se hizo rico en México, es contada en todos sus matices y todas sus facetas.

William O. Jenkins provenía de una familia luterana de Bedford, Tennessee. En sus estudios juveniles en el colegio Peoples and Morgan y en la Universidad de Vandervilt, a fines del siglo XIX, se interesó en la historia de algunos norteamericanos en México. Le fascinaba el caso del filibustero William Walker, quien intentó crear una república independiente en Baja California y Sonora, en los años 1850, y luego conquistó Nicaragua, país que llegó a presidir por un año. O el del confederado Isham Harris, gobernador de su estado natal, que se puso a las órdenes de Maximiliano para combatir al ejército juarista. O el de Henry Cooper, senador por Tennessee, que creó un emporio minero en Chihuahua, en el Porfiriato temprano.

Con esos referentes, Jenkins llegó a México a principios del siglo XX y se instaló en Puebla, luego de una breve estancia en Texas. En Puebla, trabajó en los ferrocarriles y montó una empresa textil que para el momento del estallido de la Revolución se había convertido en uno de los principales negocios de su tipo en el estado. Su salto a la opulencia, narrado con maestría por Paxman, se produjo en 1917, cuando siendo agente consular de Estados Unidos, fue víctima de un secuestro —para muchos, en realidad, un autoplagio—, por el que el gobierno de Venustiano Carranza pagó un generoso rescate.

Paxman se inclina más por el secuestro que por el autoplagio, sin hacer afirmaciones definitorias sobre un hecho todavía controversial, atiborrado de pruebas circunstanciales. Pero de lo que no duda el historiador es que a partir de entonces Jenkins comenzó a figurar como estereotipo del gringo capitalista y depredador. Una imagen que fue afianzándose en las décadas siguientes, a medida que la riqueza del empresario crecía con el negocio azucarero poblano y su amistad como los hermanos Ávila Camacho, especialmente con Maximino, gobernador del estado, que lo protegió de la ojeriza de Lázaro Cárdenas.

Ni las cuantiosas inversiones en beneficencia, ni la gran apuesta por el cine mexicano, en su época dorada, salvaron a Jenkins de una impopularidad fundada, en buena medida, en sus lazos venales con el PRI. Era aquella gringofobia, como bien expone Paxman, un sentimiento ambivalente, en el que el nacionalismo mexicano daba muestras de la flexibilidad fronteriza que lo define. Siempre hubo dos leyendas sobre Jenkins en México, una negra y la otra rosa, que muchas veces fueron de la mano. El magnate era un símbolo de la explotación pero también de la promesa de un México industrial y moderno.

El libro de Paxman describe la gringofobia mexicana como algo diferente al antiyanquismo de la zona caribeña y centroamericana. En Cuba, por ejemplo, la cultura popular no es antiestadounidense, como tampoco lo es el nuevo empresariado que comienza a vertebrarse en la isla. Pero el desprecio por Estados Unidos que se cultiva dentro de la burocracia ideológica cubana, formada en la escuela soviética, raras veces se encuentra en el pueblo o las élites mexicanas. La irónica gringofobia mexicana no forma parte de eso que conocemos como “antimperialismo”.

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La geopolítica de izquierda; por Rafael Rojas

Los grandes proyectos de la izquierda latinoamericana en el siglo XX —la Revolución Mexicana, el varguismo y el peronismo, la Revolución Cubana, el gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende, la Revolución Sandinista—, dejaron un saldo geopolítico disparejo. Todos, de una u otra forma, aplicaron la doctrina realista de las relaciones internacionales e intentaron equilibrar

Por Rafael Rojas | 2 de febrero, 2017

De izquierda a derecha los expresidentes Hugo Chávez, Fidel Castro y Lula Da Silva

Los grandes proyectos de la izquierda latinoamericana en el siglo XX —la Revolución Mexicana, el varguismo y el peronismo, la Revolución Cubana, el gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende, la Revolución Sandinista—, dejaron un saldo geopolítico disparejo. Todos, de una u otra forma, aplicaron la doctrina realista de las relaciones internacionales e intentaron equilibrar la hegemonía de Estados Unidos, acercándose a otros poderes mundiales.

Con la Revolución Cubana, en el arranque de la Guerra Fría, aquel realismo fue rebasado por medio, ya no de una aproximación sino de una alianza orgánica con el bloque soviético, rival de Estados Unidos y las democracias occidentales. El socialismo cubano fue el único de aquellos proyectos que dio ese salto, ya que Allende y los sandinistas, por ejemplo, que llegaron al poder con la ayuda de Cuba, intentaron preservar una red internacional más amplia.

No quiere esto decir que Fidel Castro y el Gobierno cubano carecieran del realismo de los mexicanos, los chilenos y los nicaragüenses —el propio Castro recomendó a los sandinistas no “ir tan rápido”—. El proyecto cubano también fue realista, como evidencian sus entendimientos con el franquismo, la dictadura militar argentina o algún que otro gobierno neoliberal. Pero se trató de un realismo subordinado a la reproducción de un enclave ideológico.

En el nacionalismo revolucionario mexicano o en el populismo peronista argentino, los principios se subordinaban al interés nacional. Tras la expropiación petrolera de Shell y Standard Oil, Lázaro Cárdenas agenció la normalización diplomática con Gran Bretaña y Estados Unidos. En Cuba se eligió otro camino, el de la inscripción en la órbita adversaria. Allí el pragmatismo alentó la adaptación a los intereses de una comunidad específica, la URSS y los socialismos reales de Europa del Este, que no siempre respondían a las necesidades domésticas de Cuba.

En la primera década del siglo XXI, cuando los dos principales proyectos políticos de la izquierda, el de Hugo Chávez en Venezuela y el de Lula da Silva en Brasil, se perfilaron, volvió a reproducirse la tensión interna de la geopolítica regional. Chávez, de la mano de Castro, intentó conectar a los gobiernos del ALBA con una variopinta red contrahegemónica —Rusia, Irán, Libia, Corea del Norte…—, mientras Lula mantenía buenos vínculos con George W. Bush y Barack Obama e impulsaba los BRICS, tal vez la iniciativa más emblemática de la colaboración Sur-Sur en el siglo XXI.

El dilema de la geopolítica de la izquierda latinoamericana no es entre idealismo y realismo —los más ideológicos también son pragmáticos—, sino entre finalidades divergentes de la política exterior. La izquierda bolivariana ha construido redes internacionales para reproducir el autoritarismo doméstico y no para diversificar destinos comerciales o fuentes de inversión y crédito o para aprovechar los vínculos estratégicos con Europa y Asia.

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Contra Trump, los derechos humanos; por Rafael Rojas

Comienza a vertebrarse en Estados Unidos un movimiento civil anti-Trump que promete rebasar en poco tiempo experiencias previas, como Occupy Wall Street o la campaña electoral de Bernie Sanders. Es muy pronto para saber cuál será el rendimiento de esa movilización pero vale la pena destacar la irreductible diversidad de su arranque: mujeres, comunidades latinas

Por Rafael Rojas | 31 de enero, 2017
Fotografía de Chistopher Gregory para Getty Images

Fotografía de Chistopher Gregory para Getty Images

Comienza a vertebrarse en Estados Unidos un movimiento civil anti-Trump que promete rebasar en poco tiempo experiencias previas, como Occupy Wall Street o la campaña electoral de Bernie Sanders. Es muy pronto para saber cuál será el rendimiento de esa movilización pero vale la pena destacar la irreductible diversidad de su arranque: mujeres, comunidades latinas y afroestadounidenses, trabajadores, estudiantes, alcaldías de ciudades santuarios, ambientalistas, estrellas de Hollywood, bases demócratas…

Estados Unidos siempre ha sido percibido, desde los tiempos de Alexis de Tocqueville, como un imperio y una democracia. En América Latina, con frecuencia, el segundo componente de la fórmula, que tiene que ver con el dinamismo de esa sociedad civil, pero también con sus viejas tradiciones republicanas y federalistas y con la fuerza del estado de derecho, se subestima. En el nacionalismo latinoamericano, de derecha o de izquierda, muchas veces Estados Unidos es una entidad perversa, donde todo, el capitalismo y el imperialismo, la democracia y la república, forman parte de un mismo entramado que hay que negar.

Ese error ha llevado por años a muchos intelectuales y políticos de la región a repetir la falsedad de que en Estados Unidos hay un único partido disfrazado de dos, que son lo mismo demócratas y republicanos, Clinton, Bush u Obama. La última sucesión presidencial ha sido una prueba al canto de esa falacia. Más allá de que Barack Obama y Donald Trump sean presidentes excepcionales —el primero por mover la agenda demócrata más a la izquierda y el segundo por cortejar la derecha radical, siendo un outsider—, ambos personifican proyectos divergentes de una misma nación.

Trump no es “el sistema”, como sostienen tantos en América Latina, insinuando que la oposición a las políticas racistas y aislacionistas del magnate de Nueva York debe implicar la ruptura con Estados Unidos, su democracia y su cultura. Quienes así piensan reproducen la vieja mentalidad nacionalista latinoamericana, que, en buena medida, está emparentada con ese imperialismo norteamericano que desemboca en Trump. No sólo eso: confundir la defensa de la soberanía con el desprecio a Estados Unidos corre el riesgo de desconocer la poderosa conexión comercial, migratoria y cultural entre las dos Américas y de enajenar, desde este lado, la alianza con el movimiento anti-Trump.

De ser así, se estaría repitiendo el mismo error que cometió la izquierda ortodoxa pro-soviética de la Guerra Fría, en América Latina, cuando desconfiaba del 68, la movilización por la paz en Viet Nam, el hipismo y el feminismo o etiquetaba a no pocos intelectuales liberales de Estados Unidos, como Norman Mailer, Susan Sontag o Gore Vidal, dentro del “diversionismo ideológico pequeño-burgués”. La izquierda latinoamericana actual sigue teniendo mucho que aprender del antiautoritarismo y la capacidad de resistencia cívica de la izquierda norteamericana.

La tardía y poco convincente reacción contra Trump de gran parte de la opinión pública latinoamericana, a excepción de un segmento de la intelectualidad mexicana, tiene que ver con esos equívocos y, también, con la reconfiguración ideológica de la derecha y la izquierda después de la caída del Muro de Berlín. Mientras la derecha se volvía neoliberal, la izquierda se hacía neopopulista. La percepción de Estados Unidos como una democracia se enturbió en ambos polos: para unos era la panacea del mercado, para otros el imperio del mal. El movimiento anti-Trump puede contribuir a reafirmar de la vigencia de la filosofía de los derechos humanos en las Américas.

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Latinoamérica desunida frente a Trump; por Rafael Rojas

A la pasada quinta cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), celebrada en Santo Domingo, sólo asistieron ocho presidentes: Raúl Castro, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega, Salvador Sánchez Cerén, David Granger, mandatario de Guyana, Jocelerme Privert, de Haití, además del venezolano Nicolás Maduro, que llegó el último día, y el

Por Rafael Rojas | 26 de enero, 2017
Republican U.S. Presidential nominee Donald Trump attends a campaign event at the Greater Columbus Convention Center in Columbus, Ohio August 1, 2016. REUTERS/Eric Thayer

Fotografía de Eric Thayer para REUTERS

A la pasada quinta cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), celebrada en Santo Domingo, sólo asistieron ocho presidentes: Raúl Castro, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega, Salvador Sánchez Cerén, David Granger, mandatario de Guyana, Jocelerme Privert, de Haití, además del venezolano Nicolás Maduro, que llegó el último día, y el anfitrión Danilo Medina. Como se aprecia a simple vista, la mayoría de los participantes pertenece al bloque de la Alianza Bolivariana (ALBA).

La CELAC tuvo un origen plural hace unos seis años años, cuando el presidente de México Felipe Calderón completó, en Playa del Carmen, el proceso de ampliación del Grupo de Río, iniciado por Lula da Silva en Brasil. Sin embargo, tal y como sucedería en Unasur, el bloque bolivariano, primero con Hugo Chávez y luego con Maduro, Morales y Correa intentó hegemonizar el foro, generando conflictos internos como los que se vieron en la IV cumbre de Quito, donde el presidente venezolano hostilizó verbalmente a la delegación argentina encabezada por la Vicepresidenta Gabriela Michetti.

Unos y otros repiten que el objetivo de la CELAC es lograr la “unidad en la diversidad”. Pero, ¿a qué diversidad pueden aspirar gobiernos cuyos medios califican como “golpistas” o “reaccionarios” a los gobiernos que no comparten la agenda geopolítica del ALBA? Esa diplomacia sectaria es el origen inequívoco de la crisis del integracionismo que se vive actualmente en América Latina y el Caribe. Una crisis que se manifiesta en la ausencia de tantos presidentes en Santo Domingo —muchos más de los que faltan a las muy criticadas cumbres iberoamericanas—, pero también en el diseño de la agenda.

La documentación disponible de la pasada cumbre dominicana permite concluir que se privilegiaron temas abstractos como el “desarrollo sustentable” junto a otros demasiado específicos como la soberanía de las Malvinas o la devolución de Guantánamo a Cuba. Varias cuestiones tratadas, como las de la pobreza, el narcotráfico, la migración o la igualdad de la mujer, son mucho más tangibles en la realidad actual latinoamericana. Tanto como otros tópicos, evidentemente relegados, como la corrupción, el autoritarismo, la inseguridad o la sistemática violación de derechos humanos en algunos países.

Con Donald Trump estrenándose en la Casa Blanca, con un programa de gobierno claramente dirigido a revertir algunos de los ejes del marco interamericano —libre comercio, migración legal y segura, colaboración para el desarrollo, derechos humanos—, la comunidad latinoamericana y caribeña carece de un foro consensuado, desde el cual contraponer un modelo de relación alternativa con Estados Unidos. Fuera de alguna retórica igual de aislacionista, que quisiera borrar a Washington del mapa, no se escuchó en Santo Domingo un liderazgo consciente de la gravedad de las acciones que está emprendiendo Trump contra América Latina y el Caribe.

¿Alguien dijo “multipolaridad”?; por Rafael Rojas

El sociólogo brasileño Emir Sader es uno de los teóricos que con más insistencia ha sostenido en los últimos meses que el triunfo de Donald Trump favorece el tránsito de la “globalización neoliberal” al “mundo multipolar”. Cuando se opera intelectualmente con tantos clichés, afincados más en el partidismo político que en el discernimiento conceptual, es

Por Rafael Rojas | 23 de enero, 2017
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Fotografía de AP

El sociólogo brasileño Emir Sader es uno de los teóricos que con más insistencia ha sostenido en los últimos meses que el triunfo de Donald Trump favorece el tránsito de la “globalización neoliberal” al “mundo multipolar”. Cuando se opera intelectualmente con tantos clichés, afincados más en el partidismo político que en el discernimiento conceptual, es difícil avanzar en el análisis objetivo del presente y, sobre todo, en la comprensión histórica del pasado inmediato.

Para empezar, la idea de que lo que ha sucedido en el mundo desde el fin de la URSS es una “globalización neoliberal”, que tantos repiten, es superficial y ahistórica. En los últimos 25 años, algunas de las políticas económicas más desreguladoras y privatizadoras de los 80, con Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña, se contuvieron. El gasto público en Estados Unidos, por ejemplo, pasó de un 32% del PIB en tiempos de Bill Clinton a más de 40% con Barack Obama, especialmente en salud y educación, mientras que el gasto en defensa se redujo a menos del 15%.

La crisis financiera de 2008, como han reconocido tantos economistas —Paul Krugman, Joseph Stiglitz, Thomas Piketty…—, tuvo que ver con la intersección de dos esferas en las que aquella contención difícilmente podía manifestarse: el sistema bancario y el mercado inmobiliario. Sin embargo, la salida de la crisis sólo fue posible por medio de la intervención de los bancos centrales, otra muestra de discontinuidad con las políticas monetaristas de los años 80 y 90.

En los últimos 25 años, esa “globalización neoliberal” ha sido lo suficientemente heterodoxa como para producir el ascenso de China a segunda potencia económica mundial, el triunfo de la izquierda en casi todos los países latinoamericanos, el relanzamiento de la hegemonía rusa y una alianza tan emblemática de un mundo multipolar como los BRICS, impulsada por el gobierno de Lula en Brasil. El poder global de Estados Unidos se ha visto limitado, como nunca desde la Segunda Guerra Mundial, en buena medida, gracias a que la Unión Europea se opuso al unilateralismo de George W. Bush e inclinó a Barack Obama a negociar la política hacia el Medio Oriente.

El ascenso del populismo de derecha en Europa central, el Brexit y la presidencia de Trump tienen que ver con una reacción contra ese creciente multilateralismo del siglo XXI. Lo que ha sucedido tras la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS es interpretado por Trump y el conservadurismo que lo apoya en Europa como una pérdida del liderazgo mundial de Estados Unidos. La misma lectura, por cierto, que hace Vladimir Putin en Rusia: ambos quieren hacer a sus naciones “grandes de nuevo”.

Esas reacciones no son en favor sino en contra de la multipolaridad, ya que ésta depende de fuertes alianzas regionales y de entendimientos comerciales y diplomáticos en el Atlántico y el Pacífico, que esos líderes quieren dinamitar. Los teóricos del “socialismo del siglo XXI” son tan antiglobalizadores que confunden multipolaridad con aislacionismo o unilateralismo. Y la confusión se basa en la esperanza inútil de que el giro proteccionista de Trump permita un incremento del poder de Rusia.

Al final, en términos estrictamente geopolíticos, el malestar con Obama y las expectativas con Trump, en esa zona de la izquierda latinoamericana, se deben a un profundo rechazo a la universalidad de los derechos humanos, unido a una añoranza incorregible por la era soviética. No cabe duda de que, fuera del mejor momento de Lula en Brasil, la izquierda gobernante en América Latina no ha rebasado la ortodoxia geopolítica que le heredó el socialismo real cubano.

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Cuba: ¿salida o voz?; por Rafael Rojas

A una semana de culminar su mandato, el presidente Barack Obama ha tomado la medida más problemática, desde el punto de vista humanitario, de la nueva política hacia Cuba: la eliminación del protocolo migratorio de “Pies secos, pies mojados”, establecido por Bill Clinton tras la crisis de los balseros de 1994, y de las facilidades

Por Rafael Rojas | 16 de enero, 2017
Fotografía de Getty Images

Fotografía de Getty Images

A una semana de culminar su mandato, el presidente Barack Obama ha tomado la medida más problemática, desde el punto de vista humanitario, de la nueva política hacia Cuba: la eliminación del protocolo migratorio de “Pies secos, pies mojados”, establecido por Bill Clinton tras la crisis de los balseros de 1994, y de las facilidades de naturalización, en Estados Unidos, para médicos y profesionales cubanos. Aunque la Ley de Ajuste de 1966, que asegura la regularización migratoria de refugiados de la isla, sigue en vigor, esta medida significa un intento de cortar el creciente flujo de emigración ilegal desde Cuba, por vía marítima, a través del estrecho de la Florida, o terrestre, por la frontera mexicana.

En los últimos años, la derogación de la Ley de Ajuste se convirtió en una demanda compartida por el gobierno cubano y una parte del liderazgo del exilio. Para unos, dicha ley es el principal aliento a la emigración ilegal, como si la gente emigrara por puro espejismo o por sentirse satisfecha en su lugar de residencia. Para otros, se trata de una válvula de escape que priva a la isla de un segmento inconforme de la ciudadanía, que eventualmente podría presionar en favor de la democracia. Ambas posiciones tienen algo de razón, pero me temo que la mayoría de los cubanos, dentro y fuera de la isla, son favorables a la permanencia de esa legislación.

La emigración ilegal por cualquiera de las dos vías es de alto riesgo —miles de cubanos han muerto en el mar en las tres últimas décadas— y, en el caso de la ruta centroamericana y mexicana, desde Ecuador hasta California, Arizona, Nuevo México o Texas, genera múltiples conflictos fronterizos. En los últimos años, algunos de esos conflictos han provocado tensiones diplomáticas entre Colombia y Panamá y, sobre todo, entre Costa Rica y Nicaragua, al cerrar el gobierno de Daniel Ortega, en acuerdo con el de Raúl Castro, el paso a los cubanos que seguían camino hacia Estados Unidos.

La nueva disposición de Obama busca poner fin a esa desgracia, pero produce otra, más inmediata, entre los cientos de cubanos que ya están en la ruta centroamericana, y emplaza frontalmente al potencial migratorio de la isla, sobre todo joven, que las propias autoridades cubanas calculan en cerca de un millón de personas. Las últimas encuestas realizadas en Florida International University (FIU), en Miami, revelan que así como el número de cubanos favorables a la normalización diplomática crece, una mayoría sigue estando en favor de la vigencia de la Ley de Ajuste.

Como en 1994, cuando estalló la crisis de los balseros, el dilema conecta con la conocida tesis de Albert O. Hirschman sobre “salida, voz y lealtad” en sociedades cerradas. Es cierto que la salida desvía o difiere la voz —no la silencia—, pero también es cierto que fractura la lealtad. Para muchos cubanos la salida sigue siendo la mejor opción de obtener un trabajo acorde con su formación profesional y de ejercer las libertades públicas que no poseen en la isla. Un impacto negativo de esta medida es que puede contribuir a la criminalización de la diáspora que tradicionalmente ha sostenido el Gobierno cubano.

Aun así, visto en perspectiva, este último capítulo cubano de la administración Obama es otra manera de trasladar la iniciativa de los cambios al interior de la isla. Quien deberá recibir a 35 mil deportados, bajo la observación de organismos internacionales de derechos humanos, y responder ante el elevado potencial migratorio de la juventud será quien debió hacerlo desde un inicio: el Gobierno cubano. Y quienes, a falta de salidas, tendrán que levantar la voz y demandar los derechos que les sustrae un régimen obsoleto serán los propios ciudadanos de la isla.

Dos libros de cabecera de Vladimir Putin; por Rafael Rojas

A juzgar por la reciente intervención del jefe de Inteligencia de Estados Unidos, James Clapper, ante el Congreso de ese país, la corriente de simpatía con Donald Trump en el Kremlin es mucho más profunda de lo que se estimaba en medios occidentales y latinoamericanos. Existe en esta parte del mundo una visión exótica de

Por Rafael Rojas | 9 de enero, 2017
Fotografía de Adam Berry para Getty Images

Fotografía de Adam Berry para Getty Images

A juzgar por la reciente intervención del jefe de Inteligencia de Estados Unidos, James Clapper, ante el Congreso de ese país, la corriente de simpatía con Donald Trump en el Kremlin es mucho más profunda de lo que se estimaba en medios occidentales y latinoamericanos. Existe en esta parte del mundo una visión exótica de Rusia, que es un correlato del orientalismo estudiado por Edward Said, y que, muchas veces, impide tomar en serio el lugar que buscan los líderes de esa nación en el mundo.

En entrevista reciente para Russia Today, uno de los principales ideólogos de la geopolítica antiglobalizadora, el historiador y economista canadiense Michael Chossudovsky, que sostiene que Al Qaeda e Isis son creaciones de Estados Unidos y, por tanto, hay que oponerse a la política antiterrorista de Washington, dijo que con Donald Trump en la Casa Blanca aparecía, por primera vez desde la caída del Muro de Berlín, la posibilidad de que Rusia volviera a posicionarse como líder global.

Las sintonías entre Putin y Trump son múltiples, a nivel doméstico e internacional. Ambos rechazan el libre comercio, la Unión Europea, las coaliciones antiterroristas en el Medio Oriente, la OTAN, el protagonismo de la ONU o las instituciones globales de derechos humanos. Ambos son reacios, también, al escrutinio de la opinión pública, la división de poderes, el parlamentarismo, la autonomía de la sociedad civil, el orden multicultural y los derechos de las minorías.

Con frecuencia se asocia esa voluntad de poder mundial, desde alguna modalidad autoritaria de gobierno, con una vuelta a la Guerra Fría. Pero lo cierto es que Vladimir Putin no es leninista, estalinista o, tan siquiera, marxista, ni tiene el menor interés en reconstruir un proyecto político como el de la Unión Soviética. Putin es la expresión más depurada del estadista post-soviético en Europa del Este, que entiende el socialismo real como una fase superada de la larga tradición imperial rusa, cuyas fuentes doctrinales se encuentran en el nacionalismo eslavo y no en alguna versión del marxismo.

Timothy Snyder observaba no hace mucho en el New York Times algo que los comentaristas de la cuestión rusa pasan por alto. El pensador ruso al que más honores ha rendido Putin no es Vladimir Lenin sino Ivan Ilyin, un hegeliano de derecha, expulsado de Rusia por Lenin, en 1922, en el ominoso Preussen, el “barco de los filósofos”, donde los bolcheviques embarcaron rumbo a Alemania a cientos de pensadores contrarios al comunismo, como Nikolai Berdyaev, Sergei Bulgakov y Mijaíl Osorgin.

Ilyin, un intelectual conservador, eslavófilo y monarquista, desarrolló buena parte de su obra en el Instituto Científico Ruso de Berlín en los años 20, mostrando admiración por Mussolini y el fascismo italiano, aunque rompió con Hitler y el nazismo alemán a mediados de los 30, probablemente a causa del antisemitismo, que no compartía, y se trasladó a Ginebra. Fue en esta ciudad, entre los años 30 y 50, que Ivan Ilyin escribió sus mayores tratados sobre la reconstrucción nacional rusa, a partir de una moderna monarquía cristiana-ortodoxa y eslava, opuesta a la democracia liberal occidental.

Dos libros de Ilyin trasmiten claramente ese proyecto: Foundations of Struggle for National Russia (1938) y About the Future Russia (1948). Durante sus dos primeros gobiernos, entre 2000 y 2008, Vladimir Putin comenzó a citar a Ilyin en sus discursos y, tras delegar el poder en Dmitri Medvédev, siendo Primer Ministro, en 2009, agenció el regreso de los restos del filósofo de Ginebra y el traslado de sus papeles, de la Universidad de Michigan, al Ministerio de Cultura de Rusia en Moscú.

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Silencios de la izquierda latinoamericana; por Rafael Rojas

Existen muchas izquierdas en América Latina, pero hay una, la que más aspira a hegemonizar ideológicamente la región, cuyos compromisos geopolíticos la obligan a callar sobre algunos de los más graves problemas globales. Esa izquierda continúa la tradición cubana de la Guerra Fría, que anuló toda crítica sobre la Unión Soviética y los regímenes del

Por Rafael Rojas | 29 de diciembre, 2016
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De izquierda a derecha: Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Rafael Correa, Michelle Bachelet y Evo Morales.

Existen muchas izquierdas en América Latina, pero hay una, la que más aspira a hegemonizar ideológicamente la región, cuyos compromisos geopolíticos la obligan a callar sobre algunos de los más graves problemas globales. Esa izquierda continúa la tradición cubana de la Guerra Fría, que anuló toda crítica sobre la Unión Soviética y los regímenes del socialismo real.

Si entre 1962 y 1968, el Che Guevara y Fidel Castro cuestionaron públicamente la política económica y las prioridades internacionales de Moscú, a partir de la invasión soviética a Checoslovaquia y, sobre todo, del ingreso de Cuba al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) en 1971, los medios cubanos prohibieron cualquier reparo a sus aliados. Lo mismo sucedería con China, país que por su entendimiento con Washington en los 70 y 80, fue muy cuestionado, pero que a partir de los 90, cuando se convierte en benefactor de la economía cubana, se vuelve intocable.

El aliado geopolítico como objeto de veneración mediática, en Cuba, se repitió con los gobiernos “bolivarianos” en lo que va del siglo XXI. Nunca se ha publicado una crítica a Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Rafael Correa, Evo Morales o Daniel Ortega en un medio oficial cubano. Y nunca se ha publicado, tampoco, una crítica, por cuidadosa que pueda ser, a Fidel y Raúl Castro en cualquiera de los medios del bloque chavista. Lo hemos confirmado en las últimas semanas, cuando nadie, en esa izquierda, ha vinculado a Fidel Castro con el deterioro económico de Cuba —que sólo se atribuye al “bloqueo”— o con el encarcelamiento de decenas de miles de personas por desafección política.

No sólo eso: el duelo por la muerte de Fidel Castro, en medios de la izquierda latinoamericana, se ha traducido en un mayor silenciamiento de la creciente represión que tiene lugar en la Isla. ¿Dónde se puede leer una buena crónica del arresto, de más de un mes, sin debido proceso, del caricaturista Danilo Maldonado (El Sexto) porque escribió la frase “Se fue” en los bajos del hotel Habana Libre? ¿Por qué se han vuelto invisibles las detenciones de decenas de opositores pacíficos cada fin de semana, sometidos a abusos, violaciones de sus viviendas y de su correspondencia?

La geopolítica dicta los límites de la expresión de la izquierda latinoamericana, no sólo en relación con Cuba o con Venezuela, también con Rusia y China, Irán y Siria. El autoritarismo de Bashar al Assad, el intervencionismo militar ruso en Siria, el machismo y la homofobia del régimen iraní, el capitalismo ecocida y sin libertad de sindicación en China no son temas de alarma para una izquierda que sólo parece tener ojos para un poder global: Estados Unidos.

Esa miopía explica que, como hemos señalado en esta columna, Donald Trump no haya aparecido como una amenaza para la región en Granma, Cubadebate o Telesur o que la posibilidad de un hackeo ruso de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, favorable a la derecha republicana, se vea como algo natural o como un acto de justicia divina que paga a Washington con la misma moneda.

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¿Coletazo de Obama?; por Rafael Rojas

El presidente Barack Obama está de salida. En tres semanas Donald J. Trump asumirá la presidencia de Estados Unidos y se mudará a la Casa Blanca. Fuera de los quince días de vacaciones en Hawái, con su familia, al mandatario saliente se le va el poco tiempo que le queda en organizar la transición de

Por Rafael Rojas | 28 de diciembre, 2016
Fotografía de Evan Vucci para Pool

Fotografía de Evan Vucci para Pool

El presidente Barack Obama está de salida. En tres semanas Donald J. Trump asumirá la presidencia de Estados Unidos y se mudará a la Casa Blanca. Fuera de los quince días de vacaciones en Hawái, con su familia, al mandatario saliente se le va el poco tiempo que le queda en organizar la transición de poderes y en idear alguna respuesta al presunto hackeo ruso de las pasadas elecciones o alguna reacción diplomática a los atentados del Estado Islámico o a la caída de Aleppo a manos de las fuerzas conjuntas de Vladimir Putin y Bashar al Assad.

Aún así, ese Obama menguante es pretexto suficiente para vestirse de perfecto enemigo del gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. Tras la crisis generada por el retiro de los billetes de 100 bolívares, que ha provocado semanas de protestas y saqueos en diversas ciudades venezolanas, los medios de comunicación del bloque bolivariano armaron el relato del “coletazo de Obama”. Según esa versión, la Casa Blanca está detrás del retraso en la llegada de billetes —¡procedentes de Rusia!— y de todas las protestas espontáneas de los últimos días, que ni siquiera han sido encabezadas por la oposición venezolana.

Como bien ha descrito Ángel Alayón en The New York Times, el colapso monetario venezolano es resultado de una política financiera que ha desatado una inflación imparable y una economía zombie, en la última década. Entre 2008 y 2015, dice Alayón, el bolívar sufrió un ascenso inflacionario de 2257 por ciento. El billete de cien bolívares, que confiscó Maduro, acaparaba más del 70% del circulante. Era de esperar que con los almacenes desiertos y la falta de efectivo, la ciudadanía saliera a las calles a mostrar su inconformidad. La responsabilidad directa recae en el gobierno de Nicolás Maduro, no en el de Barack Obama.

A pesar de tanta evidencia no son pocos los medios latinoamericano que reproducen la fantasía del “coletazo de Obama”. Esa estrategia, de factura castrista, sigue siendo rentable en amplios sectores de la región que reciclan la vieja mentalidad nacionalista, incapaz de ver el origen de la crisis en el fracaso de un modelo económico y en la conducción autoritaria y cortoplacista de los recursos nacionales. La economía venezolana está sometida a control de cambio desde 2003, por lo que las decisiones monetarias de Caracas son más autónomas que las de otros gobiernos latinoamericanos o caribeños.

La tesis de que Obama y Estados Unidos son los autores de la bancarrota venezolana choca con la realidad de que es muy poco lo que puede hacer Washington para afectar la economía de esa nación suramericana. El colmo es que Estados Unidos no sólo se mantiene como uno de los principales compradores de petróleo venezolano, después de China y muy por encima de la “amiga Rusia”, sino que en los últimos años Caracas ha importado combustible de Estados Unidos a precios módicos. Si Obama hubiera querido dar un verdadero coletazo habría suspendido esas transacciones y no habría ordenado a John Kerry tratar de mantener a flote el vínculo bilateral.

La función política del terror; por Rafael Rojas

El terrorismo, como la guerra, es la continuación de la política por medios letales. Lo hemos visto en estos días en Alemania, donde un atentado contra un mercado navideño en Berlín, que dejó 12 muertos y 48 heridos, está produciendo un automático efecto en la política interna de ese país. El principal sospechoso de la

Por Rafael Rojas | 27 de diciembre, 2016
Policías trabajan junto al camión que arrolló a los visitantes de un mercado navideño en el centro de Berlín / Fotografía de EFE

Policías trabajan junto al camión que arrolló a los visitantes de un mercado navideño en el centro de Berlín. Fotografía de EFE

El terrorismo, como la guerra, es la continuación de la política por medios letales. Lo hemos visto en estos días en Alemania, donde un atentado contra un mercado navideño en Berlín, que dejó 12 muertos y 48 heridos, está produciendo un automático efecto en la política interna de ese país. El principal sospechoso de la masacre, según los medios más acreditados de Alemania, es el joven tunecino Anis Amri, involucrado en organizaciones islamistas durante la “primavera árabe” y era investigado por las autoridades alemanas desde hacía años.

Como en Niza o en Orlando, la idea del “lobo solitario”, que tan rápidamente se difundió en medios que rechazan la política antiterrorista de Occidente, comienza a ser descartada. Las redes del Estado Islámico, que han llevado sus métodos de reclutamiento a un nivel inédito de sofisticación psicológica, hacen contacto con cada uno de esos atentados. Su objetivo no es, únicamente, cobrar vidas de cristianos, judíos o musulmanes “infieles” sino movilizar, dentro de Europa y Estados Unidos, políticas favorables a la construcción del nuevo califato.

Como en Francia, 2017 será año de elecciones en Alemania. Pero a diferencia de su vecino, el campo electoral alemán no está propiamente fragmentado entre una derecha nacionalista y xenófoba y una izquierda multicultural y cosmopolita. En Alemania, es el principal partido de derecha, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), encabezada por Angela Merkel, el que ha promovido la política más resueltamente pro-inmigrante de Europa. El partido hegemónico de la izquierda, la Socialdemocracia, encabezado por Sigmar Gabriel, coincide con la canciller en las líneas centrales de la estrategia hacia los refugiados.

Sin embargo, partidos de la extrema derecha, racista y chovinista, como la Alternativa para Alemania (AFD), encabezado por Markus Pretzell y Frauke Petry, el cual pugna por convertirse en la tercera fuerza política del país, intentan capitalizar el atentado en favor de un cierre de fronteras, similar al que promueven otras corrientes conservadoras y populistas de Europa, Gran Bretaña y Estados Unidos. Los nacionalistas alemanes han endilgado los muertos de Berlín a la canciller Merkel y, como sugiere el corresponsal de El País en esa ciudad, Luis Doncel, se posicionan como los principales beneficiarios del yihadismo en Alemania.

Angela Merkel y Francois Hollande han sido, hasta ahora, los principales factores de contención de la ola de derecha populista que invade Europa oriental y central y el resto del Occidente desarrollado. En el escenario electoral francés se observa tanto un ascenso de la extrema derecha de Marine Le Pen como del conservadurismo moderado de Francois Fillon. Si la candidatura del socialista Manuel Valls no se consolida, probablemente se produzca un giro conservador en París, en el que no habría que descartar un Brexit francés, como el que ya propone Le Pen.

El atentado yihadista en Alemania busca el calculado efecto de una reacción conservadora que impida la reelección de Merkel. El terror alienta el extremismo nacionalista en Occidente porque sabe que las sociedades secularizadas, que optan por el cierre de fronteras, el reforzamiento de la seguridad nacional y la limitación de derechos civiles, colapsan. Bajo la presión terrorista, la derecha occidental puede acabar con la Unión Europea, con los tratados de libre comercio y reconducir el mundo a un estado de división y desconfianza, peor que el de los años anteriores y posteriores a la Primera Guerra Mundial.

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Trump, Putin y América Latina; por Rafael Rojas

El gabinete de Donald Trump va tomando forma como un extracto de militares y empresarios de la derecha norteamericana. Tres generales —James Mattis, John Kelly y Michael Flynn—, se ocuparán de la defensa y la seguridad del país. Banqueros, inversionistas y magnates, como William Ross, Steven Mnuchin, exgerente de Goldman Sachs, y Rex Tillerson, director

Por Rafael Rojas | 16 de diciembre, 2016
De izquierda a derecha: Donald Trump, presidente de Estados Unidos a partir de enero 2017 y Vladimir Putin, presidente de Rusia

De izquierda a derecha: Donald Trump, presidente de Estados Unidos a partir de enero 2017 y Vladimir Putin, presidente de Rusia

El gabinete de Donald Trump va tomando forma como un extracto de militares y empresarios de la derecha norteamericana. Tres generales —James Mattis, John Kelly y Michael Flynn—, se ocuparán de la defensa y la seguridad del país.

Banqueros, inversionistas y magnates, como William Ross, Steven Mnuchin, exgerente de Goldman Sachs, y Rex Tillerson, director del gigante petrolero Exxon Mobil, amigo y socio de Vladimir Putin, condecorado en Moscú con la Orden de la Amistad en 2013, se harán cargo del comercio y las relaciones internacionales del nuevo gobierno.

A pocas horas de que Trump anunciara a Tillerson como su secretario de Estado, el asesor de Putin, Yuri Ushakov, y el canciller Sergei Lavrov celebraron el pragmatismo del presidente electo y auguraron años de esplendor inédito en las relaciones entre Washington y Moscú. Trump hizo el anuncio del nombramiento de Tillerson a la vez que se revelaba que un informe de la CIA sostenía que Rusia había hackeado las pasadas elecciones para desfavorecer a Hillary Clinton. Por si fuera poco, en los mismos días, Trump amenazó con privilegiar a Taiwán y abandonar la política de una “sola China” que ha garantizado, por décadas, el vínculo entre Washington y Beijing.

Algo de esa mezcla explosiva de convergencia con Rusia y tensión con China se ha observado en la sostenida retórica de Donald Trump contra el acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), al que también se opone Putin. Aunque China se mantuvo a la expectativa desde que el proyecto se echó a andar, en la pasada reunión de Lima, Perú, la delegación del país asiático sugirió que, en caso de que Estados Unidos salga del acuerdo, Beijing podría asumir el liderazgo del proyecto.

¿Qué esperar de América Latina en este imprevisto escenario de una alianza entre Washington y Moscú contra China? Lo primero que podría suceder es que aquellos países con mayores intereses chinos –el Cono Sur, Perú y, en menor medida, México—, refuercen sus vínculos comerciales y financieros con el gigante asiático. En cambio, países donde no pesan tanto las inversiones chinas, pero que priorizan el nexo geopolítico y la colaboración militar con Moscú, como los gobernados por el bloque bolivariano, se verían ante la disyuntiva de mantener su trato privilegiado con Rusia, mientras Putin se entiende con su enemigo histórico, Estados Unidos.

¿Cómo justificarían su entendimiento con Rusia las izquierdas bolivarianas, si se confirma que Trump debe su triunfo a la intervención del Kremlin en las pasadas elecciones? El bajísimo perfil que los principales medios de comunicación de ese bloque —Granma, Cubadebate, Telesur…— han dado al escándalo del hackeo ruso y, en general, a la candidatura y la elección de Trump, parecería apuntar a una lógica hiperrealista, sobre todo, en La Habana y Caracas, La Paz y Quito. Si Trump, de la mano de Putin, les ofrece un buen trato, los “antimperialistas” gobiernos del ALBA se disponen a aceptarlo. “Business is business”.

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Los que renuncian y los que se aferran; por Rafael Rojas

Es estereotipado y de mal gusto hacer paralelos sobre la alta calidad democrática del Occidente desarrollado y la persistencia de autoritarismo en la cultura política latinoamericana. La conducción corrupta y autoritaria de la política se manifiesta en cualquier lugar del mundo y la recurrencia a la misma, en América Latina, tiene que ver cada vez

Por Rafael Rojas | 13 de diciembre, 2016
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De izquierda a derecha: David Cameron, Matteo Renzi, Fernando de la Rúa y Alberto Fujimori.

Es estereotipado y de mal gusto hacer paralelos sobre la alta calidad democrática del Occidente desarrollado y la persistencia de autoritarismo en la cultura política latinoamericana. La conducción corrupta y autoritaria de la política se manifiesta en cualquier lugar del mundo y la recurrencia a la misma, en América Latina, tiene que ver cada vez más con fallas institucionales que con predisposiciones culturales. Al fin y al cabo, la forma de gobierno predominante en la región, desde hace más de tres décadas, es la democracia, y las corrientes antisistémicas, incluso dentro de la izquierda más radical, no son mayoritarias o hegemónicas.

No deja de ser contrastante, sin embargo, la práctica de la renuncia presidencial dentro de algunos regímenes parlamentarios de Europa, frente al empecinado reeleccionismo de algunos líderes latinoamericanos. En lo que va de año, dos mandatarios europeos han dimitido luego de que plebiscitos convocados por ellos mismos, les resultaran desfavorables. Después del triunfo del No en la consulta sobre el Brexit, el primer ministro David Cameron, que llevaba apenas un año de reelegirse al frente del gobierno, renunció. Hace unos días fue el turno del jefe del gobierno italiano, Matteo Renzi, quien dimitió luego del resultado del referéndum de reforma constitucional y la aprobación del nuevo presupuesto del parlamento.

¿Cuándo se produjo la última renuncia de un presidente latinoamericano? Las que vienen a la mente, de Alberto Fujimori en el año 2000 o de Fernando de la Rúa en 2001, fueron, como en la década anterior, salidas antes de ser derrocados o destituidos. Las de Jean Bertrand Aristide en Haití en 2004 o las de Gonzalo Sánchez de Losada o Carlos Mesa en Bolivia, en 2003 y 2005, también fueron colapsos de gobiernos, no dimisiones deliberadas. Cameron y Renzi, además de políticos muy jóvenes, 50 años el primero y 40 el segundo, salieron con una relativa popularidad.

Esas renuncias podrían indicar que el régimen parlamentario en Europa goza de buena salud. Pero lo mismo podría decirse del presidencialismo en América Latina, aunque haciendo la salvedad de que el reeleccionismo más desenfrenado, sobre todo en los países gobernados por las izquierdas neopopulistas, distorsiona elementos del propio régimen presidencial. La reelección indefinida, instalada constitucionalmente en países como Venezuela y Nicaragua, y con corrientes favorables en Ecuador y Bolivia, es la mejor muestra de esa perversión del presidencialismo.

En el actual debate sobre el legado de Fidel Castro, buena parte de la opinión pública de izquierda, en América Latina, no considera como algo negativo la permanencia del líder cubano en el poder por 47 años consecutivos. Esa idea de que la “grandeza” del líder hacía necesaria la reelección permanente se transfirió, en la izquierda autoritaria de la región, de Fidel Castro a Hugo Chávez y de éste a Ortega, Morales y Correa. Esa izquierda no renuncia a encontrar a otro Fidel Castro en cada país latinoamericano y caribeño.

La reelección ronda varias coyunturas políticas de la región. En Brasil trata de reelegirse Lula, en Chile Ricardo Lagos, en Bolivia Evo Morales, en Paraguay Horacio Cartes y en Ecuador, a pesar de declarar lo contrario, Rafael Correa. El caso paraguayo es del mayor interés. A pesar de contar con una Constitución aprobada luego de la larga dictadura de Alfredo Stroessner, que limita la reelección, el actual presidente y su opositor, Fernando Lugo, están presionando en favor de la permanencia o la vuelta al poder.

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Después del duelo; por Rafael Rojas

Quienes festejan o lloran la muerte de Fidel Castro viven dos latitudes de un mismo duelo. Para unos se trata de un acto de justicia, que juzga crímenes del pasado. Para otros es el paso previo a la resurrección, a la mutación del muerto en una entidad ideológica, eterna o inmortal, que seguirá legitimando al

Por Rafael Rojas | 2 de diciembre, 2016
Fotografía de la serie Tiempos habanísticos, de Daniel Loaiza

Fotografía de la serie Tiempos habanísticos, de Daniel Loaiza. Si desea ver la fotogalería completa haga click en la imagen

Quienes festejan o lloran la muerte de Fidel Castro viven dos latitudes de un mismo duelo. Para unos se trata de un acto de justicia, que juzga crímenes del pasado. Para otros es el paso previo a la resurrección, a la mutación del muerto en una entidad ideológica, eterna o inmortal, que seguirá legitimando al régimen de la isla y a sus aliados en el mundo. Es lo que hemos escuchado, en estos días, en la Plaza de la Revolución de La Habana: la promesa de un fidelismo eterno.

Pero después del duelo viene la realidad: Cuba sobrevivió a Castro, la historia del país apurará su entrada al siglo XXI y quienes le darán forma no serán únicamente los guardianes del legado. La muerte biológica de Fidel es, en buena medida, la muerte política de la élite del poder que él construyó, a base de lealtad a su persona. A partir de ahora deberá acelerarse una recomposición de la clase política cubana que, de no hacerse con un mínimo de apertura o flexibilidad, podría derivar en violencia.

El primer instinto de la vieja generación será imponer la “unidad” desde las estructuras del ejército y el partido. Pero en la Cuba actual no sólo cuentan las instituciones: son indispensables los liderazgos. Después de Fidel y Raúl no hay otro político con el tipo de legitimidad histórica que hasta ahora ha requerido la conducción del país. Las reglas internas de acceso al poder deberán rediseñarse de acuerdo con criterios no fundados en la autoridad moral de haber intervenido en la gesta revolucionaria.

La nueva generación de políticos cubanos, en el gobierno y la oposición, tiene la responsabilidad de rebasar el duelo y ofrecer a la ciudadanía una modalidad de gobierno más acorde con las sociedades complejas del siglo XXI. Ya no se trata de “resistir al imperio” o “luchar contra el bloqueo” sino de gobernar una población heterogénea, nacida después de 1959, con un potencial migratorio de cientos de miles de jóvenes al año y una creciente diáspora de más de dos millones.

Hasta ahora, en Cuba, la política económica y las relaciones internacionales se han subordinado a la reproducción de un régimen totalitario. En los últimos años, la propia dirigencia de la isla tuvo que reconocer que el saldo fue desfavorable para la economía, ya que hereda un país improductivo y dependiente, tecnológicamente atrasado, donde crecen la desigualdad y la pobreza. Los jóvenes políticos cubanos tienen el deber de alterar la ecuación y poner la política exterior y el modelo económico en función de una nueva democracia soberana en el Caribe.

Más allá de los discursos continuistas de huérfanos o aliados demagógicos, que aprovechan el duelo para perpetuarse en sus respectivas naciones, eso es lo que espera y desea la mayoría de la población insular y de la comunidad internacional. El mundo lleva años preparándose para una Cuba posterior a Fidel Castro. Esa Cuba ya comenzó a construirse, dentro y fuera de la isla. Quienes logren dar forma a ese cambio serán los estadistas cubanos del siglo XXI.

La izquierda autoritaria después de Obama; por Rafael Rojas

Habría que retener algunas escenas de estos días, en la política latinoamericana, para el momento en que se desaten las inevitables tensiones entre Estados Unidos y América Latina, bajo la presidencia de Donald Trump. Muchos mandatarios de la región, de una u otra izquierda, de centro o derecha, felicitaron al presidente electo la semana pasada.

Por Rafael Rojas | 17 de noviembre, 2016

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Habría que retener algunas escenas de estos días, en la política latinoamericana, para el momento en que se desaten las inevitables tensiones entre Estados Unidos y América Latina, bajo la presidencia de Donald Trump.

Muchos mandatarios de la región, de una u otra izquierda, de centro o derecha, felicitaron al presidente electo la semana pasada. Pero la mayoría lo hizo a través de sus cuentas de Twitter o en declaraciones a medios nacionales y extranjeros.

Incluso aquellos que, como Rafael Correa y Evo Morales, arguyeron diferencias con Trump, saludaron diplomáticamente su triunfo. Correa elogió a Hillary Clinton y recordó con gratitud sus años como estudiante en Estados Unidos, durante la administración de su esposo, pero invitó a Trump a mantener puentes abiertos con los gobiernos latinoamericanos. Morales fue más tajante: dijo que con cualquiera de los dos a América Latina le iría mal y que Bolivia estaba mejor sin embajador.

Un punto del mensaje de Correa merece mayor atención. El presidente ecuatoriano suscribió la tesis, expuesta entre otros por Ignacio Ramonet, de que el triunfo de Trump, como el del Brexit, confirma el fracaso de la globalización. En otro momento, Correa presentó la elección de Trump como una rebelión electoral del pueblo contra una élite corrupta. Tan sólo el papel del Partido Republicano o que Hillary ganara el voto popular refuta esa interpretación.

Otro líder de la izquierda neopopulista no pudo evitar la sintonía con Trump cuando afirmó que “lo maravilloso de esta elección es que el pueblo de Estados Unidos votó de acuerdo a lo que está sintiendo económicamente”. Y agregó este sintomático paralelo: “Fíjense que a nosotros se nos acusaba de proteccionistas…, y en el país y en la economía más importante del mundo, acaba de ganar alguien que hace del proteccionismo, de sus trabajadores, de sus empresas y de su mercado interno, una bandera”.

Decíamos que la mayoría de los presidentes latinoamericanos felicitó a Trump a través de los medios de comunicación o las redes sociales. Muy pocos lo hicieron de manera directa: Enrique Peña Nieto, Mauricio Macri y, significativamente, Raúl Castro y Daniel Ortega. A diferencia de la mayoría de los medios de comunicación latinoamericanos, que durante la campaña cuestionaron a Trump, la prensa oficial cubana fue más dura con Barack Obama y Hillary Clinton, a quienes acusó de querer derrocar al Gobierno de la isla con métodos suaves.

No habría que olvidar que Castro y Ortega son aliados leales de Vladimir Putin y que éste es, luego de Theresa May y Boris Johnson, uno de los líderes globales que mayor entusiasmo ha mostrado con la elección de Trump. El futuro de la izquierda autoritaria y neopopulista, en América Latina, parece garantizado, ya sea porque Trump ofrezca “mejores negocios” bilaterales o porque regrese a la política confrontacional de los republicanos, que siempre ayuda a justificar la ausencia de democracia.