Blog de Rafael Rojas

La sucesión ecuatoriana y el futuro del bolivarianismo; por Rafael Rojas

Casi todas las teorizaciones del populismo latinoamericano establecen como uno de sus componentes básicos la apelación a liderazgos no institucionales o autoritarios. Se trata tanto de una constante en la historia política —Perón, Vargas, Chávez…— como de una técnica de poder que Fidel Castro heredó en forma de “reelección indefinida” a otros líderes de la

Por Rafael Rojas | 17 de abril, 2017
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De izquierda a derecha: Lenin Moreno, Evo Morales, Daniel Ortega y Nicolás Maduro

Casi todas las teorizaciones del populismo latinoamericano establecen como uno de sus componentes básicos la apelación a liderazgos no institucionales o autoritarios. Se trata tanto de una constante en la historia política —Perón, Vargas, Chávez…— como de una técnica de poder que Fidel Castro heredó en forma de “reelección indefinida” a otros líderes de la llamada “izquierda bolivariana” del siglo XXI como Daniel Ortega y Evo Morales.

En estos días se ha comprobado que los gobiernos del bloque bolivariano están dispuestos a todo —a renunciar, si es preciso, a sus propias normas constitucionales— con tal de preservar a uno de los suyos al mando. A imagen y semejanza de sus propios estados, la diplomacia bolivariana se personaliza y la lealtad acaba por ser un sentimiento no dirigido a la Constitución, al partido o al país sino al caudillo, en este caso, Nicolás Maduro.

Cuando hace unos días, Raúl Castro levantó la mano a Maduro en La Habana —el mismo gesto que tantas veces repitió con Fidel y Chávez y que intentó una vez con Obama— se evidenció ese sentido estrecho de la lealtad. ¿Cómo se puede demandar la no intervención en asuntos internos frente a las críticas —que son sólo eso, críticas no vinculantes— de tantos gobiernos latinoamericanos —no únicamente de “derecha” — a la situación venezolana si la diplomacia bolivariana es burda geopolítica personalizada?

A algunos podrán resultar vanas ilusiones, pero en medio de la decadencia del bolivarianismo, la sucesión presidencial en Ecuador es esperanzadora. La izquierda ecuatoriana está intentando lo que ya lograron en Brasil y Uruguay, Argentina y Chile, es decir, la permanencia de un proyecto de gobierno más allá de los periodos presidenciales del primer líder. Con frecuencia se dice que en Brasil ese proyecto fracasó, pero habría que recordar que Dilma Rousseff gobernó un periodo completo después de los dos de Lula da Silva.

La propia interpretación del colapso del segundo gobierno de Dilma o del rezago electoral del candidato kirchenista Daniel Scioli, como “derrotas” y no como reveses democráticos, es una personalización autoritaria del liderazgo. No ha faltado quien escriba, en periódicos latinoamericanos que hablan en nombre de la “democracia”, que el error de Lula y de Cristina fue no haber entronizado la reelección indefinida como Fidel y Chávez en Cuba y en Venezuela, respectivamente.

El flamante gobierno de Lenin Moreno tiene en sus manos la posibilidad de marcar la diferencia dentro del bloque bolivariano. De entrada, ese nuevo gobierno se enfrenta a una oposición mucho más sólida y extendida que la que objetó a Rafael Correa. La pregunta es si lo hará o, más bien, si se lo permitirán quienes llevan las riendas del poder geopolítico subregional: Cuba y Venezuela. En los últimos meses hemos visto desplomarse toda esperanza de que La Habana actuase con mayor realismo y respeto a la soberanía de un aliado sumido en una crisis irreversible.

Trump se va a la guerra; por Rafael Rojas

Tal y como se esperaba, el presidente Donald J. Trump ha decidido entrar en el conflicto sirio. El gobierno de Barack Obama se resistió durante años a agregarle otra guerra más a Estados Unidos, con la esperanza de que el choque entre las tropas de Bashar al Assad y los rebeldes llegara a una precaria

Por Rafael Rojas | 10 de abril, 2017

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Tal y como se esperaba, el presidente Donald J. Trump ha decidido entrar en el conflicto sirio. El gobierno de Barack Obama se resistió durante años a agregarle otra guerra más a Estados Unidos, con la esperanza de que el choque entre las tropas de Bashar al Assad y los rebeldes llegara a una precaria estabilidad, bajo la intervención indirecta de Occidente y el involucramiento de Rusia. Después de los bombardeos de los últimos días, será difícil que el conflicto sirio no escale niveles de alta peligrosidad.

Se repite, en Estados Unidos, la sensación de los primeros años de la presidencia de George W. Bush. La guerra se perfila como el fenómeno que puede ayudar a Trump a hacerse definitivamente presidenciable y dejar atrás la alargada sombra de impopularidad que marca su elección y los primeros meses de su mandato. La guerra puede ayudar a Trump, incluso, a reelegirse en tres años, lo que para sus muchos detractores supone una verdadera pesadilla.

Quienes han alertado sobre el carácter impredecible de un político como Trump acertaron a medias. Trump es difícil de adivinar, pero no tanto. Con el ataque a la base aérea siria, el nuevo gobernante republicano recurre al socorrido expediente de la guerra para normalizar su anómala presidencia. La promesa de un aislacionismo heterodoxo, que mejoraría las relaciones con Rusia, se desvanece, y Estados Unidos se suma a un complejo enfrentamiento regional, a tres bandas, que involucra a Assad, los rebeldes e Isis.

Siria fue, tal vez, el tema en que Hillary Clinton tomó las mayores distancias con respecto a la administración de Barack Obama. No es raro que la ex candidata haya sido una de las primeras en respaldar la decisión de Trump de bombardear la base siria. Ese posicionamiento, a la vez que consolida a Trump, deshace un tanto la imagen, alimentada por Vladimir Putin desde Moscú, de que las tensiones con Rusia son una herencia incómoda de Obama, que puede ser abandonada por la nueva administración.

La política exterior conducida por John Kerry, en el segundo periodo de Obama, se diferenció de la de Hillary Clinton en algunos aspectos. Uno de ellos fue el acuerdo con Rusia a propósito de Siria, en el entendido de que la única o la mayor amenaza a Estados Unidos y a Occidente no provenía de Damasco o del Kremlin sino de Isis. Aquel acuerdo prometía debilitar un “mal mayor”, reforzando temporalmente un “mal menor”. Más o menos la lógica que justificó la alianza de Estados Unidos y Gran Bretaña con la URSS durante la Segunda Guerra Mundial.

Ahora Trump deshace el acuerdo Kerry-Lavrov y se lanza a una guerra en dos frentes: contra el gobierno de Assad y contra Isis. Lógicamente el gobierno sirio aprovecha la incursión para acusar a Washington de complicidad con el Estado Islámico ¿Cuál será la reacción de Moscú, más allá de las protestas iniciales? Probablemente no lo veamos de golpe sino paso a paso. En todo caso es de esperar que esa versión contemporánea del pacto Molotov-Ribbentrop, que ha sido la prolongada luna de miel entre Putin y Trump, llegue abruptamente a su fin.

La política exterior de Trump acabará siendo muy parecida a la de algunos de sus predecesores republicanos. Con la diferencia de que el actual mandatario no seguirá los protocolos mínimos del multilateralismo que respetaron presidentes como Ronald Reagan y los dos Bush. El unilateralismo se afianzará como nunca en la estrategia internacional de Estados Unidos, con el agravante de que, esta vez, el liderazgo de ese país, carece de ascendente sobre la Unión Europea y las grandes potencias asiáticas.

De los libros al ágora; por Rafael Rojas

Tiene razón Adam Gopnik cuando, en su obituario de Robert Silvers en The New Yorker, dice que The New York Review of Books, la legendaria publicación que fundó y dirigió desde 1963, es la mejor “escuela de liberal arts” de Estados Unidos. En las páginas del NYRB se ha aprendido más de literatura que en

Por Rafael Rojas | 25 de marzo, 2017
Fotografía de Annie Schlechter para New York Review of Books

Fotografía de Annie Schlechter para New York Review of Books

Tiene razón Adam Gopnik cuando, en su obituario de Robert Silvers en The New Yorker, dice que The New York Review of Books, la legendaria publicación que fundó y dirigió desde 1963, es la mejor “escuela de liberal arts” de Estados Unidos. En las páginas del NYRB se ha aprendido más de literatura que en cualquier departamento de letras de una universidad Ivy League de la Costa Este. En buena medida, la idea de la literatura que defendió Silvers es un tipo de arte capaz de abrirse totalmente al debate público, desafiando los escrúpulos académicos del claustro o las poses aristocráticas del purismo letrado.

En esa idea de la literatura como arte público, Silvers siguió la tradición de algunos de los mayores críticos literarios de Nueva York, como Edmund Wilson, Lionel Trilling o Irving Howe. La premisa fundamental de NYRB ha sido la coexistencia, en el mismo espacio editorial, de la dimensión estética de la literatura y las artes y el intervencionismo público de los intelectuales sobre los grandes problemas de la sociedad contemporánea. Sólo así se explica que desde los años 60, Silvers lograra abrir la revista a voces de la Nueva Izquierda (Norman Mailer, Susan Sontag o Paul Goodman) sin cerrarla a críticos de la Unión Soviética como Hannah Arendt o Alfred Kazin o abiertamente anticomunistas como Vladimir Nabokov y Mary McCarthy.

Sin ese pluralismo político de base difícilmente Silvers habría logrado mantener la altísima calidad intelectual de la publicación. Si, como la mayoría de las revistas de entonces, NYRB hubiera optado por una vía sectaria, en aquellos años ideológicamente binarios, se habría enajenado el apoyo de los mejores escritores, inscritos en uno u otro polo de la Guerra Fría. La calidad estilística y filosófica, de escritura y pensamiento —Alfonso Reyes decía que, para escribir bien, los intelectuales deben aprender “pensar con las manos”— hizo menos intolerantes a los más ortodoxos.

Desde los 60, NYRB optó por una ruta editorial, que sintetiza a cabalidad la frágil apuesta por una izquierda democrática en Occidente. Junto con un vehemente posicionamiento contra la guerra de Vietnam y la mayor parte de la política mundial de Estados Unidos en la Guerra Fría, incluyendo, en el arco de esa crítica, el apoyo de Washington a las dictaduras militares latinoamericanas, el embargo contra Cuba o la hostilización del sandinismo en Nicaragua, la revista se solidarizó con la disidencia intelectual de la URSS y los socialismos reales de Europa del Este.

Brodsky, Solzhenitsyn y Havel fueron firmas habituales en The New York Review of Books. Cuando comienza el acoso contra el poeta cubano Heberto Padilla, en 1968, que culmina en su arresto en 1971, Bob Silvers, que viajó a La Habana, no dudó en ofrecer las páginas de NYRB para reproducir poemas del cubano y respaldar las demandas de liberación del poeta impulsadas por lo mejor de la izquierda occidental. En 1989, mientras caía el Muro de Berlín, Silvers publicó en NYRB la carta abierta de Reinaldo Arenas y Orlando Jiménez Leal a Fidel Castro, en la que demandaban un plebiscito, en Cuba, similar al que había tenido lugar en el Chile de Pinochet.

En un conocido ensayo, Gabriel Zaid describía la formación de las guerrillas latinoamericanas como un viaje de “los libros al poder”. En The New York Review of Books, Bob Silvers esbozó otro camino para la cultura y la política: de los libros a la esfera pública. Pocas revistas han defendido con tanta resolución la utilidad pública de la literatura, en un mundo que, apenas en dos décadas, pasó de la subordinación de la cultura a la ideología, propia de la Guerra Fría, al colapso de la era Gutenberg en la revolución digital.

Obama en Cuba: un año después; por Rafael Rojas

A un año del viaje de Barack Obama a Cuba, con Donald Trump en la Casa Blanca y en medio de la evidente reacción contrarreformista y represiva de La Habana, los extremos cubanos restan importancia a ese histórico acontecimiento. El oficialismo insular dice que la pasada administración hizo poco por desmantelar el embargo comercial —que

Por Rafael Rojas | 23 de marzo, 2017
De izquierda a derecha:

De izquierda a derecha: Barack Obama, Donald Trump y Raúl Castro

A un año del viaje de Barack Obama a Cuba, con Donald Trump en la Casa Blanca y en medio de la evidente reacción contrarreformista y represiva de La Habana, los extremos cubanos restan importancia a ese histórico acontecimiento. El oficialismo insular dice que la pasada administración hizo poco por desmantelar el embargo comercial —que a tono con la era de la “postverdad” llama “bloqueo”— o que Obama puso rostro amable al intervencionismo de Washington. El exilio tradicional y sectores de la oposición interna coinciden con Trump en que Obama cedió mucho a cambio de nada.

Ambas percepciones se equivocan al subestimar la trascendencia del cambio en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba que operó el gobierno de Obama. A unos y otros les resulta imperceptible el efecto de ese cambio porque lo buscan en el lugar equivocado. En el conflicto cubano predomina un enfoque inmediatista, que aspira a la ganancia máxima en el plazo más corto. Pero en el siglo XXI, las relaciones internacionales no se rigen por esa lógica. El objetivo del cambio de política hacia Cuba no era reforzar ni derrocar el régimen sino facilitar su transición democrática.

El viaje de Obama formó parte de una sostenida aplicación de medidas y acciones ejecutivas, entre 2014 y 2016, destinadas a normalizar diplomáticamente los vínculos entre la Unión Americana y la nación caribeña. La racionalidad que siguió la administración demócrata podría enmarcarse en una variante radical de la “coexistencia pacífica” con China y la Unión Soviética en el último tramo de la Guerra Fría. Obama y su equipo se convencieron de que dos vecinos estratégicos, como Estados Unidos y Cuba, debían relacionarse con apego a las normas de la diplomacia global, con independencia de quien gobernara en La Habana o en Washington.

Ese desplazamiento —que no desaparición— del diferendo dentro del vínculo bilateral tiene, además de múltiples ventajas prácticas (aumento de remesas, regularidad del flujo migratorio y los contactos familiares, colaboración en áreas de interés común, protocolos de seguridad regional, mejores condiciones para acceder a créditos e inversiones, intercambio cultural y académico…) un significado profundo para la historia de Cuba y de América Latina. Reabrir las embajadas en La Habana y Washington fue una decisión de un valor extraordinario, que difícilmente pueda ser revertida, incluso por un presidente tan torpe como Trump.

La normalidad diplomática ayuda a colocar la solución del problema cubano donde debe estar: en la transformación pacífica de las instituciones, las leyes y los liderazgos de ese país caribeño por obra de sus propios ciudadanos. No quiere esto decir que la comunidad internacional y, especialmente, América Latina, deban desentenderse de la falta de democracia en Cuba. Pero la política de Obama ha contribuido a poner las cosas en su sitio y a distinguir las demandas internacionales de respeto a los derechos humanos de las prioridades de la Casa Blanca.

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Derek Walcott: el otro Calibán; por Rafael Rojas

Ha muerto el poeta Derek Walcott y uno piensa que para alguien hecho de crepúsculo antillano la muerte debió ser como una copa de ron J. Bally en el Café Martinique de Castries, San Lucía, la isla en que nació hace 87 años. El crepúsculo era una imagen central en la poética de Walcott: su

Por Rafael Rojas | 20 de marzo, 2017
ULF ANDERSEN para GETTY IMAGES

Fotografía de Ulf Andersen para Getty Images

Ha muerto el poeta Derek Walcott y uno piensa que para alguien hecho de crepúsculo antillano la muerte debió ser como una copa de ron J. Bally en el Café Martinique de Castries, San Lucía, la isla en que nació hace 87 años. El crepúsculo era una imagen central en la poética de Walcott: su Caribe era crepuscular porque representaba siempre lo que había sucedido (la colonia y la esclavitud, la independencia y la revolución, la pobreza y la opulencia) y no lo que estaba sucediendo o lo que estaba por suceder.

Nacido en el Caribe británico, Walcott pensó el mar y las islas antillanas en clave griega. Uno de sus poemarios más conocidos, Omeros (1990), es una larga composición épica que recuerda la Ilíada y la Odisea. Constantemente, en sus lecturas de británicos y franceses, buscaba la huella griega, como si siguiera las pistas de otro Mediterráneo, instalado en la corriente del Golfo de México. Como el europeo, ese Mediterráneo también era crepuscular: en sus costas, todo había sucedido ya, toda la historia, real o imaginaria, se había cumplido.

En los ensayos de La voz del crepúsculo (1998), especialmente en “La musa de la historia” y “Las Antillas: fragmentos de una memoria épica”, se plasma esa idea antiprofética de la cultura caribeña. Los mitos que nutren el mundo antillano no tienen que ver tanto con la promesa como con el paso doloroso de la historia. Haberlo experimentado todo, incluso los mayores experimentos de “descolonización” (el socialismo cubano), hace del caribeño un sujeto de vuelta de todas las utopías del siglo XX.

Derek Walcott fue el anti-Calibán o una especie de Calibán que desafía la hegemónica de Roberto Fernández Retamar y otros ideólogos del poder caribeño. El error de ese calibanismo, según Walcott, consistía en asumir que la “memoria se limita al sufrimiento de la víctima”. Esa visión de Calibán como “discípulo furioso”, que “debe insultar al amo o al héroe en la lengua de éstos” recaía en la “maldición de la venganza”, en el “dolor fonético” y en el “dominio del lenguaje del torturador por la víctima”. Y eso, concluía, no era “victoria” sino “servidumbre”.

De ahí que el Caribe de Walcott fuera Aimé Césaire pero también Saint-John Perse: “Perse y Césaire, hombres de diferente raza y extracción social, uno patricio y otro conservador, uno proletario y otro revolucionario, uno clásico y otro romántico, Próspero y Calibán, opuestos que encuentran fácilmente el equilibrio, pero sobre el eje de una sensibilidad compartida que, poseedora de la presencia de una tradición visible o privada de ella, es la sensibilidad del viaje hacia el Nuevo Mundo”.

Ese Caribe en el que la memoria crepuscular abandona finalmente todo el sectarismo del poder es también el de la poesía anglófona de Robert Lowell y Robert Frost, Philip Larkin y Ted Hughes. Walcott atisbaba aquel Caribe en Islas en el Golfo o Islas a la deriva, la primera novela póstuma de Ernest Hemingway, cuyo protagonista, Thomas Hudson, se inspiraba remotamente en el pintor naturalista norteamericano Winslow Homer, que retrató playas y tormentas en las Bahamas y Cuba.

Ese Hudson hastiado de la historia es tanto un arquetipo de la región como el historiador marxista trinitario C. L. R. James, quien luego de haber narrado como nadie la Revolución Haitiana, en el clásico The Black Jacobins (1938), escribió un homenaje al criquet, el deporte victoriano practicado por los negros de las Antillas británicas, en su libro Beyond a Boundary (1963). Dice Walcott que en el criquet James había encontrado la “calma”. Una calma que no era “neutralidad” sino el “meridiano entre dos océanos y dos culturas”, pues, como en el criquet, “la conducta decorosa es lo primero que ha de exigirse tanto a los hombres como a los estados”.

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La tenaza turca; por Rafael Rojas

Con la activación del terrorismo en el siglo XXI hemos visto perfeccionarse un tipo de diplomacia extrema en la política internacional. Dado que la “guerra contra el terror”, en Estados Unidos y Europa, ha demostrado su capacidad de amenaza a las libertades públicas que sostienen la democracia, el extremismo juega a incentivar la reacción conservadora

Por Rafael Rojas | 16 de marzo, 2017
De izquierda a derecha:

De izquierda a derecha: Mark Rutte, Recep Tayyip Erdogan y Geert Wilders

Con la activación del terrorismo en el siglo XXI hemos visto perfeccionarse un tipo de diplomacia extrema en la política internacional. Dado que la “guerra contra el terror”, en Estados Unidos y Europa, ha demostrado su capacidad de amenaza a las libertades públicas que sostienen la democracia, el extremismo juega a incentivar la reacción conservadora de las derechas. A principios de la década pasada Al Qaeda probó la fórmula durante el gobierno de George W. Bush, quien se reeligió en 2004 gracias al “peligro terrorista”, y el Estado Islámico ha buscado lo mismo en Europa en años recientes.

Hay una semejanza sustancial entre esas operaciones y el intervencionismo ruso en el proceso electoral estadounidense. Más allá de las sintonías autoritarias que puedan existir entre Vladimir Putin y Donald Trump, lo que Moscú buscó fue favorecer una corriente unilateralista del Partido Republicano que, en resumidas cuentas, puede ser más peligrosa para la paz mundial que Hillary Clinton. El cálculo que sustenta ese juego arriesgado es que a más autoritarismo en las potencias hegemónicas menos normatividad global en derechos humanos y, por tanto, más impunidad para rivales geopolíticos de Estados Unidos y Europa.

La reciente crisis entre Turquía y Holanda puede leerse con la misma lupa. El presidente Recep Tayyip Erdogan ha asumido las elecciones holandesas como un campo de batalla propio. Ha enviado a dos ministros a hacer campaña electoral dentro del país europeo, provocando, naturalmente, que el gobierno holandés tome medidas de restricción migratoria contra los funcionarios. A las elecciones holandesas, Erdogan ha engarzado el plebiscito sobre el presidencialismo en Turquía, previsto para el 15 abril. Los intereses de Ankara mezclan deliberadamente ambos escenarios electorales.

La mayor presión de la tenaza turca es contra el primer ministro Mark Rutte, un liberal-conservador que en las elecciones en curso representa la alternativa más sólida frente a Geert Wilders, un populista xenófobo y anti-inmigrante. Erdogan ha llamado a Rutte “nazi” y “fascista” y le ha recordado la matanza de 8000 bosnios en Srebrenica. De manera que la crisis diplomática entre Turquía y Holanda parece favorecer a Wilders, quien se presenta como un líder más firme ante a la “amenaza islamista”.

La ruptura diplomática entre Holanda y Turquía tiene toda la pinta de una fabricación turca. ¿Era indispensable Holanda como plaza para el proselitismo en favor del plebiscito presidencialista en Turquía? No. Erdogan buscaba una reacción de parte de La Haya que permitiera, a su vez, una declaración como la de su canciller, Mevlut Cavusoglu, quien afirmó que esa ciudad no era la pretendida “capital de la democracia” sino la “capital del fascismo”. Erdogan no ha hackeado al equipo de campaña de Rutte, como hizo Putin con los demócratas de Estados Unidos, pero juega en favor del triunfo de Wilders. Y si éste gana, veremos algo más parecido a un “fascismo holandés”.

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La revolución de febrero y el error de Clemenceau; por Rafael Rojas

En las páginas introductorias a su monumental Historia de la Revolución Rusa (1932), León Trotski enmienda la plana al primer ministro francés Georges Clemenceau, quien decía que “las revoluciones había que tomarlas o desecharlas en bloque”. Trotski objetaba que la frase no pasaba de ser un “ingenioso subterfugio”, ya que “¿cómo es posible abrazar o

Por Rafael Rojas | 13 de marzo, 2017

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En las páginas introductorias a su monumental Historia de la Revolución Rusa (1932), León Trotski enmienda la plana al primer ministro francés Georges Clemenceau, quien decía que “las revoluciones había que tomarlas o desecharlas en bloque”. Trotski objetaba que la frase no pasaba de ser un “ingenioso subterfugio”, ya que “¿cómo es posible abrazar o repudiar como un todo orgánico aquello que tiene su esencia en la escisión?” Según Trotski, lector de los grandes historiadores franceses del siglo XIX, el error de Clemenceau era producto de la “confusión en que se halla el descendiente ante sus sombras”.

Es saludable releer al Trotski historiador en estos días, que comienza a escribirse sobre el centenario de las dos revoluciones rusas de 1917, la de febrero y la de octubre, que, a su juicio, conformaban un mismo drama en dos actos. Asombra escuchar a clásicos de la historiografía, como Richard Pipes, quien recientemente ha afirmado que “nada hubo de positivo” en aquella revolución, o a comentaristas, de un polo u otro de la ideología, que despachan la de febrero como una “contrarrevolución” y la de octubre como “un golpe de Estado”.

El libro de Trotski sigue siendo lectura recomendable hoy porque tiene más de un punto de contacto con la mejor tradición historiográfica, marxista o liberal, sobre el 17 ruso. En contra de la historia oficial estalinista que ya comenzaba a construirse a fines de los años 20 y principios de los 30, cuando escribió su libro en una isla turca, Trotski pensaba que ambas, la de febrero y la de octubre, eran “revoluciones”, aunque sus objetivos fueran contradictorios. De hecho, el líder bolchevique llegaba a reconocer que, a diferencia de otras revoluciones “democráticas” –el término que usaba-, la rusa de febrero era la que más libertades había ofrecido al movimiento obrero.

Por supuesto que Trotski era sumamente crítico con los líderes de aquella revolución: el príncipe Lvov, Alexander Kerensky, Vasily Maklakov, Pavel Miliukov y los “kadetes”, como eran conocidos los miembros del Partido Constitucional Democrático, que intentaron el tránsito de la monarquía absoluta a un régimen constitucional y parlamentario. Aquellos miembros del gobierno provisional, a su juicio, hicieron lo imposible por retrasar las reformas sociales que demandaban los obreros, los soldados y los campesinos, pero, ciertamente, ampliaron los derechos de asociación y expresión que necesitaban los socialistas y comunistas.

“El punto de partida de la Revolución rusa fue la revolución democrática. Pero planteó en términos nuevos el problema de la democracia política”, dice Trotski, insinuando una comparación con las revoluciones inglesa y francesa de los siglos XVII y XVIII. Y agrega que las nuevas libertades públicas ganadas por el régimen parlamentario de febrero fueron mejor aprovechadas por los bolcheviques que por cualquier otra corriente política. La zona politizada de la burguesía rusa era minoritaria, mientras que el movimiento obrero contaba con una amplia capa ilustrada, de clase media, que actuó con astucia.

Marxista al fin, Trotski pensaba que las revoluciones no podían pensarse en blanco y negro, desde un maniqueísmo histórico. Sus observaciones sobre los elementos “positivos” de la Revolución de Febrero son tan aleccionadoras como los juicios más equilibrados de historiadores actuales de la Revolución de Octubre, como Robert Service, Orlando Figes y Sean McMeekin, que han cuestionado el consenso revisionista sobre la continuidad entre bolchevismo y estalinismo, sostenido por Robert Conquest, Richard Pipes, Sheila Fitzpatrick y otros académicos de la Guerra Fría.

El anti-trumpismo tardío de Raúl Castro; por Rafael Rojas

El presidente cubano llegó a Caracas resuelto a suscribir punto por punto el retardado posicionamiento de los gobiernos bolivarianos contra Donald Trump. Alabó a Hugo Chávez y a Nicolás Maduro, defendió al vicepresidente Tareck El Aissami de las acusaciones de narcotráfico del Departamento del Tesoro y criticó, por primera vez en un foro internacional, el

Por Rafael Rojas | 9 de marzo, 2017
De izquierda a derecha: Raúl Castro y Donald Trump

De izquierda a derecha: Raúl Castro y Donald Trump

El presidente cubano llegó a Caracas resuelto a suscribir punto por punto el retardado posicionamiento de los gobiernos bolivarianos contra Donald Trump. Alabó a Hugo Chávez y a Nicolás Maduro, defendió al vicepresidente Tareck El Aissami de las acusaciones de narcotráfico del Departamento del Tesoro y criticó, por primera vez en un foro internacional, el muro en la frontera mexicana que planea la Casa Blanca.

Cuando Castro mencionó el muro y objetó la política antiinmigrante de Trump, fue la única vez que los asistentes a la cumbre del ALBA lo interrumpieron con un aplauso. Todo lo demás fue la enésima reiteración del abecedario de su hermano, Fidel Castro, en el periodo de la “batalla de ideas”: mucho “bolivarianismo”, mucho Foro de Sao Paulo y mucho respaldo a “Evo, Dilma, Lula y Cristina”, aunque estos tres últimos nombres, que dijo así, sin sus apellidos, sean los de tres exgobernantes de la región.

El discurso de Raúl Castro en Caracas fue una réplica del lenguaje de la diplomacia ideológica fidelista, que él mismo pareció descontinuar entre 2012 y 2016. Quien habló en la última reunión del ALBA es un mandatario muy diferente al que habló en la Cumbre de las Américas en Panamá en 2015, donde defendió al presidente Barack Obama frente a sus pares bolivarianos, o al que intervino en las cumbres de la CELAC en La Habana, San José, Quito y Punta Cana.

El repliegue diplomático de Cuba ayuda a comprender, una vez más, las expectativas favorables que el supuesto aislacionismo de Trump despertó en el eje bolivariano. Unas expectativas que, seguramente, La Habana y Caracas compartieron con Moscú durante más de un año. Si las revelaciones de Adam Davidson en el New Yorker son correctas, no sólo el equipo de Trump tuvo una comunicación fluida con agentes rusos durante la campaña, sino que el propio candidato hizo jugosos negocios en Azerbaiyán e Irán que debieron provocar la simpatía del Kremlin.

El tono de la cumbre del ALBA, en Caracas, denota la frustración con el giro conservador que intenta dar la política exterior de Trump, tal y como se vio en el pasado discurso presidencial ante el Capitolio. El canciller ruso Serguei Lavrov también trasmitió ese desencanto, aunque mantuvo el cortejo de la administración republicana con la crítica a la oposición demócrata y a los medios liberales porque, a su juicio, emprenden una cacería de brujas “macartista” —el mismo término que ha usado Trump contra Obama—.

La pregunta que podría hacerse es si el gobierno cubano recae en el sectarismo bolivariano porque no tiene otra opción frente Trump. Y lo cierto es que las opciones sobran. Cuba podría aplicar un enfoque más plural y realista a sus relaciones con América Latina, como el que insinuó entre 2012 y 2016, sin perder por ello el subsidio petrolero venezolano y el apoyo del bloque bolivariano. Si Raúl Castro apela ahora a la retórica anti-Trump no es por antiimperialismo, sino falta de imaginación diplomática.

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El racismo rutinario; por Rafael Rojas

Frente al ascenso del racismo que vivimos a nivel global, lo menos pertinente es asumirnos libres de todo prejuicio racial. El prejuicio racial, como siempre, pensó León Poliakov, el gran historiador del antisemitismo, es algo tan firmemente incrustado en la mentalidad, por siglos y siglos de reproducción de uno u otro poder, que sólo se

Por Rafael Rojas | 6 de marzo, 2017
Participantes de una marcha a través de Alabama a favor de los derechos de los votantes afroamericanos. En el tercer intento, el Dr. Martin Luther King lideró la marcha desde Selma, Alabama hasta Montgomery, capital del estado. / Fotografía de Getty Images

Participantes de una marcha a través de Alabama a favor de los derechos de los votantes afroamericanos. En el tercer intento, el Dr. Martin Luther King lideró la marcha desde Selma, Alabama hasta Montgomery, capital del estado. / Fotografía de Getty Images

Frente al ascenso del racismo que vivimos a nivel global, lo menos pertinente es asumirnos libres de todo prejuicio racial. El prejuicio racial, como siempre, pensó León Poliakov, el gran historiador del antisemitismo, es algo tan firmemente incrustado en la mentalidad, por siglos y siglos de reproducción de uno u otro poder, que sólo se puede combatir desde el reconocimiento de su omnipresencia. Nada más racista que los decretos del fin del racismo, postulados por el socialismo real del periodo soviético, las filosofías del mestizaje en Brasil, México o Cuba o el republicanismo naive de Estados Unidos.

La reacción, primero filosófica y luego ideológica, contra la corrección política y la legislación multicultural que se abrieron paso en Occidente, sobre todo, en los años 90, ya comienza a cosechar sus primeros frutos políticos. La llegada al poder de líderes nacionalistas en Europa del Este, como Orbán, Tudor o Siderov, o como Donald Trump en Estados Unidos y, probablemente, Geert Wilders en Holanda, coloca al mundo ante una eventual reversa del paradigma de la diversidad. Si Marine Le Pen no se inmutó al comparar la inmigración musulmana con la ocupación nazi, Trump hizo campaña presidencial con el estereotipo de los mexicanos como “drogadictos, criminales y violadores”.

Por lo menos el multiculturalismo, fuera de sus variantes más triunfalistas, parte de la premisa de que el racismo es un mal cotidiano que debe corregirse. Hay una racionalidad contractual en esa filosofía, que, como en Hobbes o en Locke, nos recuerda que en cualquier momento, de no respetar ciertas normas del habla y el trato, caemos en el estado de naturaleza de la lucha de razas. Michel Foucault lo apunta en su Genealogía del racismo (1976), cuando señala que una vez que entramos en la guerra de razas, se pierde la distinción entre dominantes y dominados y el otro aparece siempre como enemigo.

Tanto la crítica neoconservadora al multiculturalismo, al estilo de Samuel P. Huntington, como la neomarxista, a la manera de Slavoj Zizek, tienen el inconveniente de subestimar la enorme capacidad de mutación del racismo.

Ambas críticas insisten en la hipocresía de los discursos de la diversidad, pero, a cambio, no ofrecen ningún paliativo contra la práctica cotidiana de la discriminación racial. Ni el liberalismo, con su doctrina de los derechos naturales del hombre, ni el republicanismo, con su quimera de una ciudadanía post-étnica, sirven de mucho para enfrentar la rutinización del racismo.

Tampoco los discursos de la identidad nacional ofrecen alternativas. Ya sea sobre la base de la homogeneidad étnica, como en Europa, o del mestizaje, como en América Latina, el nacionalismo, cualquier nacionalismo, tiende a normalizar la dominación racial. En nombre del nacionalismo se cierran fronteras, pero también se venera a padres o a caudillos de la nación, que son los primeros interesados en mantener el poder biopolítico de una élite blanca. Hay racismo, también, como advertía Frantz Fanon, en la demagogia anticolonial.

Una zona del antirracismo europeo y norteamericano pierde esto de vista, cuando respalda nacionalismos que consideran “subalternos”, en América Latina, y que en vez de reducir el racismo, lo han dotado de nuevas formas. La lección de Michel Foucault sigue siendo válida: el derecho, las leyes y las convenciones no escritas deben transformarse en armas del antirracismo. Y para ello se requiere dejar atrás cualquier prurito liberal, republicano o socialista y comprender la diversidad racial como parte del bien común.

Tambores de guerra; por Rafael Rojas

Desde 2011 el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), ha venido reportando la disminución del gasto militar en Estados Unidos. La primera administración de Barack Obama mantuvo la tendencia al aumento en el presupuesto de defensa, que heredó del periodo de George W. Bush. Pero la segunda, a partir de 2012,

Por Rafael Rojas | 2 de marzo, 2017
Fotografía de Kevork Djansezian para AP

Donald Trump habla durante un evento de campaña abordo del acorazado USS Iowa en Los Ángeles. 13 de septiembre de 2016

Desde 2011 el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), ha venido reportando la disminución del gasto militar en Estados Unidos. La primera administración de Barack Obama mantuvo la tendencia al aumento en el presupuesto de defensa, que heredó del periodo de George W. Bush. Pero la segunda, a partir de 2012, lo redujo anualmente hasta dejarlo en una porción del PIB muy parecida a las de los últimos años del gobierno de Bill Clinton, a fines de los 90.

Ahora Donald Trump ha anunciado un incremento en el gasto militar cercano al 10%, lo que equivale a unos 54 mil millones de dólares al año. Con ese aumento, el presupuesto de defensa de la primera potencia mundial se colocará cómodamente por encima de los 600.000 millones de dólares. Esa cifra estratosférica corresponderá a cerca del 50% del porcentaje mundial, por lo que Estados Unidos estaría asumiendo la mitad del gasto militar global en el siglo XXI.

Los asesores de Trump debieron leer el informe del SIPRI de 2016, en el que se alertaba sobre el crecimiento del presupuesto de guerra en China y Rusia. Estos dos países comienzan a rebasar las cifras del gasto militar de toda la Unión Europea, con un crecimiento de 7% y hasta 8% anual. Incluso Alemania, que como Estados Unidos venía disminuyendo el gasto a principios de esta década, se ha sumado a la corriente de ascenso a nivel mundial. En términos de gasto militar, el mundo empieza a revivir la alocada carrera armamentista de la Guerra Fría.

El mismo informe del SIPRI de 2016, en Estocolmo, llamaba la atención sobre el hecho de que, aunque Rusia está muy por debajo de Estados Unidos en números totales del gasto militar, los índices de su producción y exportación de armas son muy superiores a los de la Unión Europea y casi equivalentes a los de América del Norte. Rusia produce el 25% de las armas del mundo y las vende crecientemente a China, el tercer productor mundial. La región que recibe las mayores transferencias de armas es la más superpoblada de Asia: especialmente la India y China.

El escenario no podría ser más peligroso: el mundo del siglo XXI, y, sobre todo, los Estados Unidos de Donald J. Trump, parecen inclinarse más por la guerra que por la diplomacia. En una puerilidad macabra, el nuevo presidente ha justificado el aumento en el presupuesto militar con la evocación de una infancia en la que “Estados Unidos ganaba todas las guerras”. Trump nació en 1946, por lo que probablemente se refiera a la guerra de Corea, ya que a la de Vietnam, difícilmente, podría considerársele una victoria.

“Ahora nunca ganamos guerras, tenemos que empezar a ganar guerras de nuevo”, ha dicho el mandatario. En su primer mensaje ante el congreso ha reiterado la apuesta por el rearme y ha hecho énfasis en que el aumento del presupuesto militar se producirá a costa del gasto social. Es como decirle a los ciudadanos de Estados Unidos que para sentirse más protegidos es indispensable el deterioro de la salud, la educación y el medio ambiente.

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Relativizando a Trump; Rafael Rojas

La extraña corriente de simpatía por Donald Trump, en la opinión pública global, que ha unido a Vladimir Putin y Benjamin Netanyahu, Marine Le Pen y Nicolás Maduro —quien hace unas semanas se quejaba de la “campaña de odio” contra el magnate de Nueva York en la prensa internacional—, comienza a materializar sus alianzas. En

Por Rafael Rojas | 11 de febrero, 2017
De izquierda a derecha: Marine le Pen, Vladimir Putin, Donald Trump, Nicolás Maduro y Bashar al-Ásad

De izquierda a derecha: Marine Le Pen, Vladimir Putin, Donald Trump, Nicolás Maduro y Bashar Al Assad

La extraña corriente de simpatía por Donald Trump, en la opinión pública global, que ha unido a Vladimir Putin y Benjamin Netanyahu, Marine Le Pen y Nicolás Maduro —quien hace unas semanas se quejaba de la “campaña de odio” contra el magnate de Nueva York en la prensa internacional—, comienza a materializar sus alianzas. En algunas zonas de la política global, como la de los nuevos autoritarismos del siglo XXI, se pasa del apoyo, disimulado o abierto, a una relativización del mal, que deliberadamente ignora el daño que ya hace el nuevo gobierno de Estados Unidos a México y otros países del mundo.

El presidente sirio Bashar al Assad, que ha sido denunciado recientemente por Amnistía Internacional por el ahorcamiento de 13 mil personas en los últimos años, ofrece a Rusia facilidades para acceder al petróleo de Siria, a la vez que respalda a Trump en el veto migratorio contra siete países musulmanes, incluido el suyo. Dice Assad que el freno de la inmigración “indeseada” es una decisión soberana de Estados Unidos y asegura que la intención del nuevo mandatario de concentrarse, prioritariamente, en el combate al Estado Islámico, es “prometedora”.

El respaldo de Assad a Trump es una extensión de su mentor Putin. En ambos casos, lo mismo que en los de Netanyahu y Maduro, interviene la esperanza de que el aislacionismo de la Casa Blanca reste estímulos al escrutinio internacional en materia de derechos humanos. El propio Trump ya empieza a armarse un expediente como violador de derechos humanos de inmigrantes del Medio Oriente y de residentes mexicanos y centroamericanos en Estados Unidos. La vieja fantasía de los dictadores del mundo se ha realizado: tener a uno de los suyos en la Oficina Oval.

Es lógico que el ayatola Alí Jamanei concluya que con Trump emerge “el verdadero rostro de Estados Unidos” o que Julian Assange asegure que si Barack Obama era “el lobo disfrazado de oveja”, Trump es el “lobo vestido de lobo”. Toda la red de gobiernos y líderes, reacios, de una u otra forma, a la universalización de los derechos humanos, celebra que un presidente de Estados Unidos carezca absolutamente de autoridad en el tema de la democracia. A Obama tampoco le reconocían autoridad alguna, pero su entendimiento con los organismos internacionales que documentan la violación de libertades básicas en el mundo, lo hacía execrable.

La deferencia con Trump de algunos de esos líderes y gobiernos funciona como instinto de protección. La impunidad internacional se ve favorecida por una presidencia de Estados Unidos, como la actual, que a la vez que activa todo el antiamericanismo archivado en la mentalidad nacionalista y autoritaria, reincide en la equivocada identificación entre país y gobierno, sociedad y Estado. Un error que vuelve contradictoria la complicidad con el nuevo mandatario y sus políticas: si Trump es el “verdadero rostro” de Estados Unidos por qué esperar de él un mejor trato.

En nuestro contexto más inmediato, esas ambivalencias proceden por medio de una relativización del mal, en la que salen a flote todos los estereotipos y falacias imaginables. Trump no estaría tan mal porque, en resumidas cuentas, al mundo, y especialmente a América Latina, siempre le ha ido fatal con Estados Unidos. O porque hay problemas más graves que Trump, como la pobreza, la desigualdad y la corrupción de los gobernantes locales.

Quienes relativizan a Trump caen en la misma incongruencia de quienes proponen escoger entre males: el holocausto o el gulag, los drones de Estados Unidos o los bombardeos rusos, el expansionismo israelí o el terror de Hamás y Hezbolá.

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Gringofobia y antiyanquismo; por Rafael Rojas

Qué mejores tiempos que estos, cuando un presidente de Estados Unidos insiste e insiste en que México “saca ventaja” de su gran vecino del Norte, para leer En busca del señor Jenkins (CIDE/ Debate, 2016), la espléndida biografía del empresario estadounidense, William O. Jenkins, escrita por el historiador Andrew Paxman. Cuando un magnate que odia

Por Rafael Rojas | 6 de febrero, 2017
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Fotografía de William Anstead Jenkins

Qué mejores tiempos que estos, cuando un presidente de Estados Unidos insiste e insiste en que México “saca ventaja” de su gran vecino del Norte, para leer En busca del señor Jenkins (CIDE/ Debate, 2016), la espléndida biografía del empresario estadounidense, William O. Jenkins, escrita por el historiador Andrew Paxman. Cuando un magnate que odia a México llega a la Casa Blanca, la vida de otro, que se hizo rico en México, es contada en todos sus matices y todas sus facetas.

William O. Jenkins provenía de una familia luterana de Bedford, Tennessee. En sus estudios juveniles en el colegio Peoples and Morgan y en la Universidad de Vandervilt, a fines del siglo XIX, se interesó en la historia de algunos norteamericanos en México. Le fascinaba el caso del filibustero William Walker, quien intentó crear una república independiente en Baja California y Sonora, en los años 1850, y luego conquistó Nicaragua, país que llegó a presidir por un año. O el del confederado Isham Harris, gobernador de su estado natal, que se puso a las órdenes de Maximiliano para combatir al ejército juarista. O el de Henry Cooper, senador por Tennessee, que creó un emporio minero en Chihuahua, en el Porfiriato temprano.

Con esos referentes, Jenkins llegó a México a principios del siglo XX y se instaló en Puebla, luego de una breve estancia en Texas. En Puebla, trabajó en los ferrocarriles y montó una empresa textil que para el momento del estallido de la Revolución se había convertido en uno de los principales negocios de su tipo en el estado. Su salto a la opulencia, narrado con maestría por Paxman, se produjo en 1917, cuando siendo agente consular de Estados Unidos, fue víctima de un secuestro —para muchos, en realidad, un autoplagio—, por el que el gobierno de Venustiano Carranza pagó un generoso rescate.

Paxman se inclina más por el secuestro que por el autoplagio, sin hacer afirmaciones definitorias sobre un hecho todavía controversial, atiborrado de pruebas circunstanciales. Pero de lo que no duda el historiador es que a partir de entonces Jenkins comenzó a figurar como estereotipo del gringo capitalista y depredador. Una imagen que fue afianzándose en las décadas siguientes, a medida que la riqueza del empresario crecía con el negocio azucarero poblano y su amistad como los hermanos Ávila Camacho, especialmente con Maximino, gobernador del estado, que lo protegió de la ojeriza de Lázaro Cárdenas.

Ni las cuantiosas inversiones en beneficencia, ni la gran apuesta por el cine mexicano, en su época dorada, salvaron a Jenkins de una impopularidad fundada, en buena medida, en sus lazos venales con el PRI. Era aquella gringofobia, como bien expone Paxman, un sentimiento ambivalente, en el que el nacionalismo mexicano daba muestras de la flexibilidad fronteriza que lo define. Siempre hubo dos leyendas sobre Jenkins en México, una negra y la otra rosa, que muchas veces fueron de la mano. El magnate era un símbolo de la explotación pero también de la promesa de un México industrial y moderno.

El libro de Paxman describe la gringofobia mexicana como algo diferente al antiyanquismo de la zona caribeña y centroamericana. En Cuba, por ejemplo, la cultura popular no es antiestadounidense, como tampoco lo es el nuevo empresariado que comienza a vertebrarse en la isla. Pero el desprecio por Estados Unidos que se cultiva dentro de la burocracia ideológica cubana, formada en la escuela soviética, raras veces se encuentra en el pueblo o las élites mexicanas. La irónica gringofobia mexicana no forma parte de eso que conocemos como “antimperialismo”.

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La geopolítica de izquierda; por Rafael Rojas

Los grandes proyectos de la izquierda latinoamericana en el siglo XX —la Revolución Mexicana, el varguismo y el peronismo, la Revolución Cubana, el gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende, la Revolución Sandinista—, dejaron un saldo geopolítico disparejo. Todos, de una u otra forma, aplicaron la doctrina realista de las relaciones internacionales e intentaron equilibrar

Por Rafael Rojas | 2 de febrero, 2017

De izquierda a derecha los expresidentes Hugo Chávez, Fidel Castro y Lula Da Silva

Los grandes proyectos de la izquierda latinoamericana en el siglo XX —la Revolución Mexicana, el varguismo y el peronismo, la Revolución Cubana, el gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende, la Revolución Sandinista—, dejaron un saldo geopolítico disparejo. Todos, de una u otra forma, aplicaron la doctrina realista de las relaciones internacionales e intentaron equilibrar la hegemonía de Estados Unidos, acercándose a otros poderes mundiales.

Con la Revolución Cubana, en el arranque de la Guerra Fría, aquel realismo fue rebasado por medio, ya no de una aproximación sino de una alianza orgánica con el bloque soviético, rival de Estados Unidos y las democracias occidentales. El socialismo cubano fue el único de aquellos proyectos que dio ese salto, ya que Allende y los sandinistas, por ejemplo, que llegaron al poder con la ayuda de Cuba, intentaron preservar una red internacional más amplia.

No quiere esto decir que Fidel Castro y el Gobierno cubano carecieran del realismo de los mexicanos, los chilenos y los nicaragüenses —el propio Castro recomendó a los sandinistas no “ir tan rápido”—. El proyecto cubano también fue realista, como evidencian sus entendimientos con el franquismo, la dictadura militar argentina o algún que otro gobierno neoliberal. Pero se trató de un realismo subordinado a la reproducción de un enclave ideológico.

En el nacionalismo revolucionario mexicano o en el populismo peronista argentino, los principios se subordinaban al interés nacional. Tras la expropiación petrolera de Shell y Standard Oil, Lázaro Cárdenas agenció la normalización diplomática con Gran Bretaña y Estados Unidos. En Cuba se eligió otro camino, el de la inscripción en la órbita adversaria. Allí el pragmatismo alentó la adaptación a los intereses de una comunidad específica, la URSS y los socialismos reales de Europa del Este, que no siempre respondían a las necesidades domésticas de Cuba.

En la primera década del siglo XXI, cuando los dos principales proyectos políticos de la izquierda, el de Hugo Chávez en Venezuela y el de Lula da Silva en Brasil, se perfilaron, volvió a reproducirse la tensión interna de la geopolítica regional. Chávez, de la mano de Castro, intentó conectar a los gobiernos del ALBA con una variopinta red contrahegemónica —Rusia, Irán, Libia, Corea del Norte…—, mientras Lula mantenía buenos vínculos con George W. Bush y Barack Obama e impulsaba los BRICS, tal vez la iniciativa más emblemática de la colaboración Sur-Sur en el siglo XXI.

El dilema de la geopolítica de la izquierda latinoamericana no es entre idealismo y realismo —los más ideológicos también son pragmáticos—, sino entre finalidades divergentes de la política exterior. La izquierda bolivariana ha construido redes internacionales para reproducir el autoritarismo doméstico y no para diversificar destinos comerciales o fuentes de inversión y crédito o para aprovechar los vínculos estratégicos con Europa y Asia.

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Contra Trump, los derechos humanos; por Rafael Rojas

Comienza a vertebrarse en Estados Unidos un movimiento civil anti-Trump que promete rebasar en poco tiempo experiencias previas, como Occupy Wall Street o la campaña electoral de Bernie Sanders. Es muy pronto para saber cuál será el rendimiento de esa movilización pero vale la pena destacar la irreductible diversidad de su arranque: mujeres, comunidades latinas

Por Rafael Rojas | 31 de enero, 2017
Fotografía de Chistopher Gregory para Getty Images

Fotografía de Chistopher Gregory para Getty Images

Comienza a vertebrarse en Estados Unidos un movimiento civil anti-Trump que promete rebasar en poco tiempo experiencias previas, como Occupy Wall Street o la campaña electoral de Bernie Sanders. Es muy pronto para saber cuál será el rendimiento de esa movilización pero vale la pena destacar la irreductible diversidad de su arranque: mujeres, comunidades latinas y afroestadounidenses, trabajadores, estudiantes, alcaldías de ciudades santuarios, ambientalistas, estrellas de Hollywood, bases demócratas…

Estados Unidos siempre ha sido percibido, desde los tiempos de Alexis de Tocqueville, como un imperio y una democracia. En América Latina, con frecuencia, el segundo componente de la fórmula, que tiene que ver con el dinamismo de esa sociedad civil, pero también con sus viejas tradiciones republicanas y federalistas y con la fuerza del estado de derecho, se subestima. En el nacionalismo latinoamericano, de derecha o de izquierda, muchas veces Estados Unidos es una entidad perversa, donde todo, el capitalismo y el imperialismo, la democracia y la república, forman parte de un mismo entramado que hay que negar.

Ese error ha llevado por años a muchos intelectuales y políticos de la región a repetir la falsedad de que en Estados Unidos hay un único partido disfrazado de dos, que son lo mismo demócratas y republicanos, Clinton, Bush u Obama. La última sucesión presidencial ha sido una prueba al canto de esa falacia. Más allá de que Barack Obama y Donald Trump sean presidentes excepcionales —el primero por mover la agenda demócrata más a la izquierda y el segundo por cortejar la derecha radical, siendo un outsider—, ambos personifican proyectos divergentes de una misma nación.

Trump no es “el sistema”, como sostienen tantos en América Latina, insinuando que la oposición a las políticas racistas y aislacionistas del magnate de Nueva York debe implicar la ruptura con Estados Unidos, su democracia y su cultura. Quienes así piensan reproducen la vieja mentalidad nacionalista latinoamericana, que, en buena medida, está emparentada con ese imperialismo norteamericano que desemboca en Trump. No sólo eso: confundir la defensa de la soberanía con el desprecio a Estados Unidos corre el riesgo de desconocer la poderosa conexión comercial, migratoria y cultural entre las dos Américas y de enajenar, desde este lado, la alianza con el movimiento anti-Trump.

De ser así, se estaría repitiendo el mismo error que cometió la izquierda ortodoxa pro-soviética de la Guerra Fría, en América Latina, cuando desconfiaba del 68, la movilización por la paz en Viet Nam, el hipismo y el feminismo o etiquetaba a no pocos intelectuales liberales de Estados Unidos, como Norman Mailer, Susan Sontag o Gore Vidal, dentro del “diversionismo ideológico pequeño-burgués”. La izquierda latinoamericana actual sigue teniendo mucho que aprender del antiautoritarismo y la capacidad de resistencia cívica de la izquierda norteamericana.

La tardía y poco convincente reacción contra Trump de gran parte de la opinión pública latinoamericana, a excepción de un segmento de la intelectualidad mexicana, tiene que ver con esos equívocos y, también, con la reconfiguración ideológica de la derecha y la izquierda después de la caída del Muro de Berlín. Mientras la derecha se volvía neoliberal, la izquierda se hacía neopopulista. La percepción de Estados Unidos como una democracia se enturbió en ambos polos: para unos era la panacea del mercado, para otros el imperio del mal. El movimiento anti-Trump puede contribuir a reafirmar de la vigencia de la filosofía de los derechos humanos en las Américas.

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Latinoamérica desunida frente a Trump; por Rafael Rojas

A la pasada quinta cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), celebrada en Santo Domingo, sólo asistieron ocho presidentes: Raúl Castro, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega, Salvador Sánchez Cerén, David Granger, mandatario de Guyana, Jocelerme Privert, de Haití, además del venezolano Nicolás Maduro, que llegó el último día, y el

Por Rafael Rojas | 26 de enero, 2017
Republican U.S. Presidential nominee Donald Trump attends a campaign event at the Greater Columbus Convention Center in Columbus, Ohio August 1, 2016. REUTERS/Eric Thayer

Fotografía de Eric Thayer para REUTERS

A la pasada quinta cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), celebrada en Santo Domingo, sólo asistieron ocho presidentes: Raúl Castro, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega, Salvador Sánchez Cerén, David Granger, mandatario de Guyana, Jocelerme Privert, de Haití, además del venezolano Nicolás Maduro, que llegó el último día, y el anfitrión Danilo Medina. Como se aprecia a simple vista, la mayoría de los participantes pertenece al bloque de la Alianza Bolivariana (ALBA).

La CELAC tuvo un origen plural hace unos seis años años, cuando el presidente de México Felipe Calderón completó, en Playa del Carmen, el proceso de ampliación del Grupo de Río, iniciado por Lula da Silva en Brasil. Sin embargo, tal y como sucedería en Unasur, el bloque bolivariano, primero con Hugo Chávez y luego con Maduro, Morales y Correa intentó hegemonizar el foro, generando conflictos internos como los que se vieron en la IV cumbre de Quito, donde el presidente venezolano hostilizó verbalmente a la delegación argentina encabezada por la Vicepresidenta Gabriela Michetti.

Unos y otros repiten que el objetivo de la CELAC es lograr la “unidad en la diversidad”. Pero, ¿a qué diversidad pueden aspirar gobiernos cuyos medios califican como “golpistas” o “reaccionarios” a los gobiernos que no comparten la agenda geopolítica del ALBA? Esa diplomacia sectaria es el origen inequívoco de la crisis del integracionismo que se vive actualmente en América Latina y el Caribe. Una crisis que se manifiesta en la ausencia de tantos presidentes en Santo Domingo —muchos más de los que faltan a las muy criticadas cumbres iberoamericanas—, pero también en el diseño de la agenda.

La documentación disponible de la pasada cumbre dominicana permite concluir que se privilegiaron temas abstractos como el “desarrollo sustentable” junto a otros demasiado específicos como la soberanía de las Malvinas o la devolución de Guantánamo a Cuba. Varias cuestiones tratadas, como las de la pobreza, el narcotráfico, la migración o la igualdad de la mujer, son mucho más tangibles en la realidad actual latinoamericana. Tanto como otros tópicos, evidentemente relegados, como la corrupción, el autoritarismo, la inseguridad o la sistemática violación de derechos humanos en algunos países.

Con Donald Trump estrenándose en la Casa Blanca, con un programa de gobierno claramente dirigido a revertir algunos de los ejes del marco interamericano —libre comercio, migración legal y segura, colaboración para el desarrollo, derechos humanos—, la comunidad latinoamericana y caribeña carece de un foro consensuado, desde el cual contraponer un modelo de relación alternativa con Estados Unidos. Fuera de alguna retórica igual de aislacionista, que quisiera borrar a Washington del mapa, no se escuchó en Santo Domingo un liderazgo consciente de la gravedad de las acciones que está emprendiendo Trump contra América Latina y el Caribe.