Blog de Rafael Rojas

Venezuela y la izquierda Latinoamérica; por Rafael Rojas

Frente al giro que ha dado la situación venezolana con la prolongada movilización popular contra el gobierno de Nicolás Maduro y la convocatoria oficial a una Asamblea Nacional Constituyente, la izquierda latinoamericana partidaria del “socialismo del siglo xxi” se ha bifurcado, de un modo muy parecido a como lo hizo la vieja izquierda revolucionaria hacia

Por Rafael Rojas | 24 de junio, 2017
Los presidentes Nicolás Maduro y Raúl Castro en Cuba. Fotografía de AFP

Los presidentes Nicolás Maduro y Raúl Castro en Cuba. Fotografía de AFP

Frente al giro que ha dado la situación venezolana con la prolongada movilización popular contra el gobierno de Nicolás Maduro y la convocatoria oficial a una Asamblea Nacional Constituyente, la izquierda latinoamericana partidaria del “socialismo del siglo xxi” se ha bifurcado, de un modo muy parecido a como lo hizo la vieja izquierda revolucionaria hacia 1971, cuando el gobierno de Fidel Castro arrestó al poeta Heberto Padilla y lo obligó a hacer una confesión pública ante los escritores y artistas cubanos. Entonces lo que estaba en juego era si aquella izquierda aceptaba la sovietización del socialismo cubano. Hoy lo que se debate es, en buena medida, si se acepta la definitiva cubanización del chavismo.

Desde mediados de los 2000, cuando Hugo Chávez lanzó el proyecto del “socialismo del siglo XXI”, en diálogo permanente con Fidel Castro, la opinión pública regional comenzó a reproducir el tópico de que Venezuela iba hacia el modelo cubano. Chávez, Fidel y algunos de sus subordinados, como el entonces vicepresidente Carlos Lage y el canciller Felipe Pérez Roque, aseguraban que Venezuela y Cuba se encaminaban a algún tipo de integración o a ser “un mismo país con dos presidentes”, como llegó a declarar Lage. Entre 2006 y 2007, cuando llegaron al poder Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador, y se formó la Alianza Bolivariana, los medios cubanos y venezolanos se dieron a la tarea de presentar el ascenso de las nuevas izquierdas como un triunfo del modelo cubano.

Pero apenas dos años después, con las nuevas constituciones boliviana y ecuatoriana aprobadas, se hizo evidente que si había algo afín en ese triángulo diverso que conformaban Venezuela, Ecuador y Bolivia —democracia participativa, mecanismos plebiscitarios, derechos de tercera y cuarta generación, autonomía de pueblos originarios…—, en nada tenía que ver con el sistema político cubano propiamente dicho. Los tres gobiernos bolivarianos eran aliados de la Cuba de Raúl Castro —ya Fidel por aquellos años estaba retirado—, pero sus órdenes constitucionales y su institucionalidad política eran claramente distintos al cubano. En ninguno de esos países se estableció un régimen de partido comunista único, estatalización de la economía y la sociedad civil y control gubernamental absoluto de los medios de comunicación.

A pesar de la evidencia, tanto en la izquierda como en la derecha latinoamericanas, amplios sectores confundieron la geopolítica con la ideología y asumieron que los “socialismos del siglo XXI”, en efecto, se movían hacia el modelo cubano. La propaganda “bolivariana” de medios como Telesur, Granma y Cubadebate contribuyó decididamente a ese equívoco, que llegó a tener amplia resonancia en medios intelectuales y académicos de las ciencias sociales, como el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), donde la historia de las ideas de América Latina es reemplazada por una sucesión de íconos, acríticamente superpuestos, entre Simón Bolívar y Hugo Chávez y José Martí y Fidel Castro.

Ahora, con la disolución de facto de la Asamblea Nacional venezolana, que implicó la transferencia de funciones legislativas al Tribunal Supremo de Justicia y el anuncio de un nuevo proceso constituyente, que pondrá fin a la constitucionalidad chavista, respaldado resueltamente por La Habana, queda claro que el sistema político venezolano no reproducía, en sus líneas fundamentales, al cubano. La verdadera reproducción comienza a partir de este verano, al proponerse la nueva Asamblea sin el aval plebiscitario del pueblo, como soberano originario, tal y como hizo Chávez en 1999, y al proceder a una elección de representantes por “sectores”, y no por medio del sufragio universal, directo y secreto de la ciudadanía, tal y como funciona el sistema electoral y representativo cubano.

Los argumentos de los defensores de esa opción del gobierno de Nicolás Maduro, dentro de la izquierda latinoamericana, comparten la misma duplicidad del discurso tradicional a favor, primero, de la Revolución Cubana y, luego, del régimen político que se derivó de la misma y que subsiste hasta hoy. Digo duplicidad porque se trata de un discurso que opera en dos niveles: uno inmediato, político, mayormente defensivo —Cuba es agredida por el imperio, por lo que hay que solidarizarse con ella—, y otro, más ideológico y programático, que sostiene que ante esa situación de acoso, la salida debe ser siempre la más “radical” en términos “socialistas”, esto es, la concentración de todo el poder para administrar el país sobre bases no capitalistas y no democráticas.

¿Guerra o democracia?

Dos intelectuales argentinos, el sociólogo y politólogo Atilio Borón y el economista Claudio Katz, son, tal vez, quienes han formulado más claramente ese doble sentido del respaldo a Maduro. En un artículo reproducido por Cubadebate, la página electrónica del Partido Comunista de Cuba, Borón se mueve en el primer nivel del discurso, sosteniendo que el conflicto venezolano no tiene su origen en una disputa entre dos poderes legítimamente elegidos, el ejecutivo de Nicolás Maduro, y el legislativo de un parlamento mayoritariamente opositor; sino en la agresión imperialista de Estados Unidos, de la que forma parte toda la oposición. El conflicto venezolano es, por tanto, una guerra económica, política, civil o “no convencional”, en la que hay que tomar partido:

“La única actitud sensata y racional que le resta al gobierno del presidente Nicolás Maduro es proceder a la enérgica defensa del orden institucional vigente y movilizar sin dilaciones al conjunto de sus fuerzas armadas para aplastar la contrarrevolución y restaurar la normalidad de la vida social. Venezuela es objeto no sólo de una guerra económica, una brutal ofensiva diplomática y mediática sino que, ahora, de una guerra no convencional que ha cobrado más de medio centenar de muertos y producido ingentes daños materiales. ‘Plan contra plan’, decía Martí. Y si una fuerza social declara una guerra contra el gobierno se requiere de éste una respuesta militar. El tiempo de las palabras ya se agotó y sus resultados están a la vista”.

Katz, por su parte, hace explícito el segundo plano de la argumentación, es decir, la idea de que una situación de guerra civil o, más precisamente, de guerra antimperialista, es la coyuntura idónea para avanzar hacia una reconstitución del régimen chavista por la vía del anticapitalismo radical. En una entrevista con la página electrónica Rebelión, el economista sugiere esa ruta y, de paso, cuestiona la falsa alternativa que, según él, han planteado hasta ahora las izquierdas latinoamericanas en el poder que no se suman a un verdadero proyecto anticapitalista. “A diferencia de Celaya, Dilma o Lugo”, dice Katz, “Maduro no se entrega” y esa “decisión de resistir explica el odio de los poderosos de la región”. Sus analogías históricas remiten a Salvador Allende en septiembre de 1973 y su referente teórico es nada menos que Antonio Gramsci.

“Pero estamos en medio de la batalla y no está escrito el resultado final. Hubo una interesante reactivación de los mecanismos para paliar el desabastecimiento y se adoptó la excelente iniciativa de retirar al país de la oea. La única forma de vencer a la derecha es transformar en hechos el discurso socialista. En las situaciones límites y frente al abismo el proyecto bolivariano puede renacer con un perfil más radical… La aplicación de Gramsci a Venezuela implicaría hoy asumir decisiones revolucionarias. El líder comunista convocaba a adoptar esas decisiones sin ninguna vacilación. Por eso ponderó la acción de los bolcheviques como una “revolución contra el Capital”, en el sentido de procesos que vulneran todas las prescripciones previas. Subrayó la inexistencia de un curso predeterminado de la historia. Aplastar el sabotaje de los capitalistas con el poder comunal sería el equivalente a la acción de los soviets que reivindicaba Gramsci”.

Frente a posiciones como las de Katz y Borón se moviliza otro flanco de la izquierda socialista latinoamericana, que demanda lealtad al legado de la constitucionalidad chavista y, sobre todo, al modelo de la democracia participativa, suscrito en las constituciones venezolana de 1999, boliviana de 2008 y ecuatoriana de 2009. Tal vez, la figura central, dentro de Venezuela, de ese posicionamiento es la fiscal general Luisa Ortega Díaz, quien ha mostrado abiertamente su inconformidad con la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente y las bases comiciales del proceso. La Fiscal ha llegado a interponer un recurso de inconstitucionalidad contra el gobierno de Maduro porque, si bien reconoce su derecho a la iniciativa del constituyente, no respeta la soberanía originaria al no someter la convocatoria a referéndum popular. La respuesta del gobierno a la interpelación de la fiscal es, además de los calificativos de “traidora” y “terrorista”, la amenaza de que al instalarse la nueva Asamblea será destituida de su cargo.

La emergencia permanente

Una posición similar a la de Ortega sostienen intelectuales de la izquierda chavista, como el sociólogo Edgardo Lander, profesor de la Universidad Central de Venezuela y autor del importante libro Neoliberalismo, sociedad civil y democracia (1995), que adelantó muchos de los debates de la izquierda latinoamericana en las dos últimas décadas. En una conversación con la Red Filosófica de Uruguay, en abril, Lander observaba que el cierre de vías institucionales para resolver el conflicto —desconocimiento de la Asamblea Nacional por el ejecutivo, permanencia del mismo Consejo Nacional Electoral, cancelación del referéndum revocatorio, posposición de elecciones regionales y locales…—, ha producido un ascenso de la represión y la violencia, tanto desde el gobierno como desde las protestas populares. Decía Lander que la lógica de Maduro, luego del triunfo de la oposición en las elecciones legislativas de 2015, fue la concentración del poder:

“Entonces estamos en una situación en la que hay una concentración total de poder en el Ejecutivo, no hay Asamblea Legislativa, Maduro tiene ya más de un año gobernando por decreto de emergencia autorrenovado, cuando debe ser ratificado por la Asamblea. Estamos muy lejos de algo que pueda llamarse práctica democrática. En ese contexto, las respuestas que se dan son cada vez más violentas, de los medios y de la oposición, y la reacción del gobierno, ya incapacitado de hacer otra cosa, es la represión de las manifestaciones, los presos políticos. Se utilizan todos los instrumentos del poder en función de preservarse en el poder”.

La socióloga argentina Maristella Svampa, estudiosa de los movimientos sociales latinoamericanos y de los procesos de descolonización de la izquierda bolivariana, especialmente del caso boliviano, coincide con Lander en su diagnóstico de la situación en Venezuela. En un artículo que firmó con Roberto Gargarella, un importante constitucionalista argentino, que ha estudiado en detalle las experiencias más recientes de la izquierda sudamericana, Svampa retomaba los planteamientos de Lander. El artículo de Gargarella y Svampa apareció en Página 12, el diario de la izquierda argentina, con el título “El desafío de la izquierda, no callar”, y provocó sendas respuestas de Atilio Borón y Modesto Emilio Guerrero. En su texto decían Svampa y Gargarella:

“Esta dinámica que arrancó a partir del desconocimiento por parte del Ejecutivo de otras ramas del poder (la Asamblea Legislativa) donde la oposición hoy cuenta con la mayoría, luego del triunfo en las elecciones de diciembre de 2015, se fue agravando y potenciando exponencialmente con el posterior bloqueo y postergación del referéndum revocatorio —una herramienta democratizadora introducida por la propia Constitución chavista—, la postergación de las elecciones a gobernador el pasado año, hasta llegar el reciente y fallido autogolpe del Ejecutivo. Todo ello generó un nuevo escenario político, marcado por la violencia y la ingobernabilidad, cuyas consecuencias dramáticas aparecen ilustradas en el incremento diario de víctimas que arrojan los enfrentamientos entre la oposición y las fuerzas gubernamentales, en un marco de represión institucional cada vez mayor”.

La respuesta de Borón a Gargarella y Svampa y, a través de estos, a Lander, titulada “Venezuela: no callar, pero para decir la verdad”, se centraba en la que llamaba una “ausencia” analítica de los académicos argentinos: “el gobierno de Estados Unidos”. Sin ese actor, colocado en primer plano, no había manera de dar con la “realidad” y la “verdad” de Venezuela. Todo lo que había decidido el gobierno de Maduro, desde diciembre de 2015, para contrarrestar la existencia de un poder legislativo de mayoría opositora, legítimamente electo de acuerdo con las normas de la República Bolivariana de 1999, formaba parte de una estrategia de defensa de la soberanía de Venezuela frente al imperialismo norteamericano. De manera que el autoritarismo, que el propio Borón reconocía, era lícito si lo que estaba en juego era la permanencia en el poder de un gobierno “revolucionario”, que se asume como sinónimo de la nación y la patria. Los opositores a ese gobierno, por muy pacíficos y constitucionales que sean, son, por tanto, apátridas y enemigos, traidores y terroristas, como la fiscal Ortega Díaz.

El argumento geopolítico

De Argentina, el debate se movió rápidamente a foros latinoamericanos de la izquierda intelectual como la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA, por sus siglas en inglés), que celebró su último congreso en Lima, Perú. En abril, el grupo de Estudios Venezolanos de LASA, formado por Margarita López Maya, Lara Putnam, Iria Puyosa y Juan Pablo Lupi, entre otros, denunció la “acción autoritaria” de la transferencia de funciones legislativas al Tribunal Supremo de Justicia, basada en las sentencias 155 y 156, y demandó la “liberación de presos políticos” y la “recuperación del calendario electoral”, así como la “destitución de los magistrados del TSJ”.

El posicionamiento de los académicos venezolanos fue respaldado por decenas de adhesiones y dio forma a una Declaración sobre Venezuela, firmada por varios miembros del Comité Ejecutivo de LASA, lo que provocó la reacción del sector madurista, fundamentalmente cubano, de la asociación. En su respuesta, “LASA no es la OEA”, reproducida por Cubadebate, los oficialistas cubanos reprochaban que la crítica estuviera prioritariamente dirigida al gobierno de Maduro y no tomara en cuenta actitudes de la oposición, cuyo “único propósito era el derrocamiento” del gobierno. La “oposición venezolana está bien lejos de practicar consecuentemente su supuesta defensa de la democracia”, decían los académicos, militantes en su mayoría del Partido Comunista único, que rige en la isla, y denunciaban a LASA por haber invitado al Secretario General de la OEA, Luis Almagro, a su congreso en Lima.

A fines de mayo, mientras avanzaba el proyecto de una nueva Asamblea Nacional Constituyente, sobre bases “sectoriales” y “comunales”, y arreciaba la violencia en las calles, arrojando más de 70 muertos desde el inicio de las protestas, un grupo de intelectuales de izquierda lanzaron un Llamado internacional urgente a detener la escalada de violencia. Mirar a Venezuela, más allá de la polarización. El documento, promovido por Svampa y Gargarella y firmado, entre otros, por referentes de la izquierda como Boaventura de Sousa Santos, Aníbal Quijano, Walter Mignolo, Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo, admitía en uno de sus pasajes la responsabilidad del sector más violento de la derecha venezolana en la crisis:

“Como intelectuales de izquierda, tampoco desconocemos la realidad geopolítica regional y global. Queda claro que existen sectores extremistas de la oposición (la cual es muy amplia y heterogénea), que también buscan una salida violenta. Para éstos se trata de exterminar, de una vez por todas, el imaginario popular asociado a ideas tan peligrosas como la organización popular, la democracia participativa, la transformación profunda de la sociedad en favor del mundo subalterno. Estos grupos más extremos de la derecha han contado, por lo menos desde el golpe de Estado del año 2002, con apoyo político y financiero del Departamento de Estado norteamericano”.

Pero agregaban:

“Dicho esto, no creemos, como afirman ciertos sectores de la izquierda latinoamericana, que hoy se trate de salir a defender a ‘un gobierno popular anti-imperialista’. Este apoyo incondicional de ciertos activistas e intelectuales no sólo revela una ceguera ideológica sino que es perjudicial, pues contribuye lamentablemente a la consolidación de un régimen autoritario. La identificación del cambio, aun de la crítica al capitalismo, no puede provenir de la mano de proyectos antidemocráticos, los cuales pueden terminar por justificar una intervención externa, ‘en nombre de la democracia’. Desde nuestra óptica, la defensa en contra de toda injerencia extranjera debe basarse en más democracia, no en más autoritarismo”.

Esta vez, la respuesta provino de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad, con un documento titulado Con la Revolución Bolivariana por siempre. El texto reproducía, casi textualmente, intervenciones previas de Borón y Katz —con las mismas citas de Gramsci—, y en síntesis sostenía que en Venezuela había un golpe de Estado en curso, como los que habían derrocado a Manuel Celaya en Honduras, Fernando Lugo en Paraguay y Dilma Rousseff en Brasil —y antes a Salvador Allende y a Joao Goulart y a Jacobo Arbenz—, perpetrado por el imperialismo y su avanzada venezolana, en la que se incluía a toda la oposición, por heterogénea que fuera.

El dilema en Venezuela no era entre un poder ejecutivo que desconoce un parlamento legítimo y gobierna con facultades extraordinarias, y una oposición que se lanza a las calles por falta de vías institucionales para ejercer su legitimidad; sino entre Imperio y Revolución, tal y como siempre ha entendido esa izquierda la cuestión cubana.

Recordemos que en la primavera de 2003, cuando el gobierno de Fidel Castro fusiló a tres jóvenes que intentaron emigrar a Estados Unidos y encarceló a 75 opositores pacíficos, provocando el repudio de algunos intelectuales de la izquierda occidental como Noam Chomsky, José Saramago y, en cierta medida, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez y Mario Benedetti, dicha red difundió una carta titulada Mensaje a los amigos que están lejos, firmada por los mismos que hoy, desde la isla, suscriben el apoyo incondicional a Nicolás Maduro. En aquella carta se leía:

“Nuestro pequeño país está hoy más amenazado que nunca antes por la superpotencia que pretende imponer una dictadura fascista a escala planetaria. Para defenderse, Cuba se ha visto obligada a tomar medidas enérgicas que naturalmente no deseaba. No se le debe juzgar por esas medidas arrancándolas de su contexto”.

Ahora, en el documento citado, dicen:

“Por supuesto que hay un proceso de militarización y una escalada de violencia, pero lejos de ser el resultado de factores internos, esta militarización es permanentemente inducida por la agresión imperialista en todos sus niveles (diplomático, político, económico, militar, mediático, financiero). ¿O debemos enumerar acaso los golpes de Estado en Honduras, Paraguay y Brasil que anteceden la presente arremetida? De nada valen las groseras teorías de los dos demonios para analizar las causas de la violencia venezolana: ¿o qué significa entonces el ‘origen complejo y compartido de la violencia’ señalado por la solicitada? O la identificación, aparentemente simétrica, de ‘extremistas’ de derecha y totalitarios de izquierda, que redunda al finalizar el texto en el señalamiento de un único e inaudito responsable de la violencia: ¡el Estado y el gobierno bolivariano! ¡Justo quienes insisten en una estrategia de paz! ¿Qué deberían haber hecho, según estos intelectuales, Fidel Castro y los revolucionarios cubanos ante la invasión de Playa Girón? ¿Sentarse a parlamentar con diplomáticos inexistentes mientras las bombas atronaban en Bahía de Cochinos? ¿Enfrentar con papeletas electorales los fusiles de los mercenarios? ¿Peticionar cautamente ante la OEA?”.

El documento también contiene múltiples críticas a lo que los firmantes llaman “fetichización” de las instituciones de la democracia liberal. Sintomático uso del conocido concepto de Karl Marx por parte de intelectuales con un pensamiento más que fetichista, icónico y maniqueo, que divide obsesivamente el mundo entre el bien revolucionario y el mal imperial. Lógicamente, en ese tipo de racionalidad no caben las instituciones de la democracia liberal porque de lo que se trata es, precisamente, de la destrucción de una plataforma jurídica y política —representación, elecciones, referéndums, plebiscitos—, sin la cual es inconcebible cualquier democracia, incluida la participativa que introdujeron las constituciones bolivarianas del siglo XXI.

El sistema cubano como último recurso

Lo que sucede en América Latina, según los adherentes al manifiesto de la Red en Defensa de la Humanidad (Roberto Fernández Retamar, Silvio Rodríguez, Pablo González Casanova, Víctor Flores Olea…), es un Girón cotidiano, es decir, un conflicto potencialmente militar provocado por Estados Unidos, que justifica el despotismo y la represión. Aun admitiendo los errores de la oposición venezolana o el intervencionismo de Estados Unidos en la región, que desde un punto de vista estrictamente geopolítico no sólo debería incluir las sanciones de la administración de Barack Obama contra Venezuela sino su entendimiento con el gobierno de Raúl Castro, la reapertura de embajadas y las medidas de flexibilización del embargo comercial, la ausencia total de crítica ante el comportamiento del gobierno de Nicolás Maduro implica un respaldo a la violencia de Estado en Venezuela.

Un respaldo que no es coyuntural sino que responde al proyecto explícito de avanzar hacia un socialismo, de tipo cubano, en América Latina. La nueva Asamblea Constituyente venezolana, al proceder a la elección de sus representantes por la vía “sectorial” y “comunal”, y no por medio del sufragio universal directo y secreto, reproduce un elemento clave del sistema político de la isla. Cuba es el único país del hemisferio donde la población no elige de manera directa al jefe de Estado, ya que son los miembros del parlamento, designados por comisiones de candidatura integradas por representantes de los sectores del país —obreros, campesinos, mujeres, estudiantes…—, debidamente agrupados en organizaciones gubernamentales, los que votan por el titular del poder ejecutivo. De acuerdo con ese método, que comenzó en 1976, Fidel Castro se reeligió siete veces y Raúl Castro va por su tercer periodo.

El modelo cubano no aparece, por tanto, como ideal de régimen socialista sino como último recurso para el manejo represivo de la política nacional venezolana. El gobierno de Nicolás Maduro opta por la vía cubana en medio de una crisis de legitimidad que no puede enfrentar desde normas democráticas, ya que se arriesgaría a perder el poder. Cuba ofrece el método idóneo para perpetuar el mando, sin necesidad de recurrir a la práctica electoral propiamente democrática ni a mecanismos plebiscitarios, que nunca son convocados en la isla. Los intelectuales que respaldan esa deriva autoritaria sólo pueden recurrir a una duplicidad que presenta el paradigma de la “democracia verdadera” —el socialismo cubano— como necesidad perentoria en una situación de emergencia.

La ideología, en la izquierda autoritaria, acaba subordinada a la geopolítica. Lo “democrático”, en ese imaginario, deja de ser una síntesis de valores igualitarios y justicieros y se convierte en un dispositivo meramente instrumental para mantener o aumentar el poder. Los académicos e intelectuales que se piensan como actores “orgánicos” de esos procesos, apelando a Antonio Gramsci, entienden y practican su organicidad, no con respecto a la ciudadanía o la sociedad civil, sino en lealtad y adhesión al Estado. Son voceros de poderes concretos, el gobierno cubano o el gobierno venezolano, que, además de ejercer la represión sistemática en ambos países, intentan monopolizar el lugar de la izquierda en América Latina, con el fin de inclinar a todos los países de la región hacia la dictadura.

La vieja escuela putinista; por Rafael Rojas

No tiene desperdicio la entrevista que Vladimir Putin concedió a la periodista Megyn Kelly para la NBC. Recordemos que esta periodista, cuando era presentadora de Fox News, fue ofendida por Donald Trump en uno de los debates presidenciales y, tras el incidente, se convirtió en una crítica del machismo del entonces candidato y ahora presidente

Por Rafael Rojas | 9 de junio, 2017
Fotografía de Alexei Druzhinin, Sputnik, Kremlin Pool Photo via AP

Fotografía de Alexei Druzhinin, Sputnik, Kremlin Pool Photo vía AP

No tiene desperdicio la entrevista que Vladimir Putin concedió a la periodista Megyn Kelly para la NBC. Recordemos que esta periodista, cuando era presentadora de Fox News, fue ofendida por Donald Trump en uno de los debates presidenciales y, tras el incidente, se convirtió en una crítica del machismo del entonces candidato y ahora presidente de Estados Unidos. Pero en los últimos meses, Kelly ha coincidido con Putin en diversos foros internacionales y ha logrado entrevistarlo para los grandes medios norteamericanos.

En sus respuestas a Kelly, el mandatario ruso demuestra un conocimiento preciso y un interés exhaustivo en asuntos de la política interna de Estados Unidos. Pero a cada pregunta de la periodista sobre el hackeo electrónico de las elecciones, sobre Michael Flynn, sobre Jared Kushner, sobre Jeff Sessions o sobre su propio embajador en Washington, Serguei Kisliak, Putin responde con evasivas o negaciones. Para empezar, dice no conocer con qué miembros de la campaña de Trump se reunió su embajador en Estados Unidos, lo cual es inverosímil.

Putin explota al máximo ese hieratismo, esa opacidad, que ya forma parte de la marca geopolítica de Rusia en el siglo XX. Sabe perfectamente que la trama rusa ha colocado a Trump al borde del colapso de su gabinete y, eventualmente, de un proceso de destitución, pero aparenta ser ajeno al proceso. Las fotos de una cena en la que compartió mesa, codo a codo, con el exasesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, han dado la vuelta al mundo, y aún así niega haber conocido al general.

El gesto recuerda la escena del debate en Naciones Unidas sobre la instalación de misiles en Cuba, cuando el embajador Adlai Stevenson mostraba las fotos aéreas de los cohetes, mientras el representante soviético, Valerian Zorin, negaba tajantemente que la URSS tuviera armas nucleares en Cuba. Putin dice no conocer a Flynn ni a Kushner, el mediático yerno del presidente, que propuso una línea secreta directa con el Kremlin a solicitud de diplomáticos rusos en Washington.

Esa mezcla de ironía y cinismo, en el ejercicio de las relaciones internacionales, hace de Putin un discípulo aventajado de Stalin y los líderes soviéticos. Ahora se ve con claridad que toda la operación rusa en el último proceso electoral en Estados Unidos y en los primeros meses de la presidencia de Donald Trump ha sido un juego muy hábil, para impedir la reelección de Hillary Clinton y, a la vez, dejar al nuevo mandatario en una posición desventajosa.

Putin y su aparato de inteligencia diseñaron un típico escenario en que cualquier opción es beneficiosa. Con un Trump sólido podía haber mejores relaciones entre Estados Unidos y Rusia, lo que haría avanzar objetivos comunes como el debilitamiento de la Unión Europea o el fin del Acuerdo Transpacífico. Pero con un Trump débil, la ganancia también es neta: pérdida de liderazgo global de Washington y aumento de la hegemonía de Rusia, sobre todo, en el Medio Oriente y Europa del Este.

Trump y la reacción; por Rafael Rojas

En Estados Unidos ha existido siempre un tipo de conservadurismo, como el que estudia Jesús Velasco, pero poco campo para la reacción. En la historia de esa nación, nunca los reaccionarios llegaron a detentar la hegemonía. Durante el siglo XIX, los estadounidenses defendieron la república y el liberalismo en contra del monarquismo y el conservadurismo

Por Rafael Rojas | 3 de junio, 2017
Fotografía de Saul Loeb para AFP

Fotografía de Saul Loeb para AFP

En Estados Unidos ha existido siempre un tipo de conservadurismo, como el que estudia Jesús Velasco, pero poco campo para la reacción. En la historia de esa nación, nunca los reaccionarios llegaron a detentar la hegemonía. Durante el siglo XIX, los estadounidenses defendieron la república y el liberalismo en contra del monarquismo y el conservadurismo de las potencias europeas. Por supuesto que Estados Unidos representaba también la esclavitud y el expansionismo a costa de sus vecinos del sur, pero en el conflicto atlántico defendía posiciones de avanzada.

En el siglo XX, los norteamericanos perfeccionaron el expansionismo, sobre todo, en Centroamérica y el Caribe, aunque desde posiciones prodemocráticas con respecto a Europa. Desde Woodrow Wilson hasta John F. Kennedy, Estados Unidos cumplió un rol de contención de los imperialismos y totalitarismos europeos. Esto comenzó a cambiar en la baja Guerra Fría, de los años 70 para acá, cuando Washington asumió las posturas más extremas del anticomunismo, que creyó ver triunfar con la caída del Muro Berlín. Pero nada, en los últimos 40 años, es comparable al retroceso que, en términos de liderazgo mundial, está produciendo Donald Trump desde la Casa Blanca.

La primera gira internacional del presidente, diseñada para limar asperezas con sus pares europeos, terminó empeorando las cosas. Theresa May quedó molesta por la filtración del material de inteligencia relacionado con los atentados de Manchester. Angela Merkel, que se había reunido con Barack Obama, en la mañana en Berlín, llegó con mala cara al encuentro de la OTAN, en Bruselas, y pocos días después hizo la insólita declaración de que Europa ya no puede seguir confiando en Estados Unidos y debe trazar su propio camino.

El clímax de este desencuentro en el Atlántico llegó con el anuncio del retiro de Estados Unidos del acuerdo de París sobre el cambio climático, realizado hace dos días por el presidente. Las reacciones de los principales líderes europeos, incluyendo a Theresa May, han sido elocuentes y han reforzado en Merkel y, sobre todo, en Emmanuel Macron, la decisión de avanzar hacia un rediseño del pacto europeo que no descanse sobre la expectativa de buen entendimiento con Washington. La desconfianza que se abre entre Europa y Estados Unidos es más profunda o va más allá de la simple sospecha de que hay sintonías o arreglos ocultos entre Trump y Putin.

A la Casa Blanca ha llegado una derecha que siente repulsión por el libre comercio, la globalización, los nuevos derechos del siglo XXI, la protección del medio ambiente y, por si fuera poco, la defensa común del Atlántico norte. Una derecha que, en una carambola de la historia que habrá que explicar, coincide con los nuevos autoritarismos del siglo XXI —el ruso, el sirio, el turco, el venezolano, el nicaragüense— y con los dos únicos totalitarismos de la Guerra Fría que quedan en el planeta —el norcoreano y el cubano—, en un rechazo visceral a la reconfiguración del mundo que siguió al fin de la URSS y el colapso del socialismo real en Europa del Este.

Nada más revelador de esta convergencia que el hecho de que Estados Unidos comparta, únicamente, con Siria y Nicaragua su oposición al acuerdo de París, o que en ninguno de los medios de la izquierda oficial venezolana o cubana se haya leído, en estos días, una crítica consistente del abandono, por parte de Washington, del principal protocolo de concertación de políticas contra el calentamiento global. En el siglo XXI, Trump coloca a Estados Unidos en el lugar que el siglo XIX reservaba a las monarquías conservadoras.

Noriega: dictadura e invasión; por Rafael Rojas

Ha muerto Manuel Antonio Noriega, general que en los años 80 controló el gobierno de Panamá, y el repaso histórico de su figura reaviva el debate sobre el autoritarismo centroamericano y caribeño en la Guerra Fría. Hablamos de una región de América Latina, marcada por el choque entre el intervencionismo norteamericano y el nacionalismo revolucionario,

Por Rafael Rojas | 2 de junio, 2017

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Ha muerto Manuel Antonio Noriega, general que en los años 80 controló el gobierno de Panamá, y el repaso histórico de su figura reaviva el debate sobre el autoritarismo centroamericano y caribeño en la Guerra Fría. Hablamos de una región de América Latina, marcada por el choque entre el intervencionismo norteamericano y el nacionalismo revolucionario, pero también por una extraña intersección de ambos, que hizo que algunos caudillos pasaran rápidamente del entendimiento al conflicto con Washington.

Antes que Noriega, Rafael Trujillo en República Dominicana o Fulgencio Batista en Cuba fueron dictadores primero mimados y luego aborrecidos por Estados Unidos. Washington apoyó a Trujillo durante los años 30 y 40, pero a mediados de los 50, especialmente tras el asesinato en Nueva York de Jesús Galíndez, el intelectual antitrujillista de origen vasco, el Departamento de Estado y la CIA rompieron con Trujillo y contribuyeron a su ejecución en 1961.

Batista también fue un importante aliado de Estados Unidos en la región hasta 1958. En la geopolítica centroamericana y caribeña, Batista formaba parte de una alianza regional de dictadores anticomunistas (Trujillo, Pérez Jiménez, Rojas Pinilla, Somoza) que comenzó a deshacerse con la caída de Rojas Pinilla en 1957 y de Pérez Jiménez en 1958. Ya para este año, Washington miraba con mayor simpatía a gobiernos democráticos como el de Rómulo Betancourt en Venezuela.

Tras su derrocamiento, en diciembre de 1958, Batista se refugió con su amigo Trujillo en República Dominicana y luego se trasladó a Portugal y a España, donde lo protegieron los dictadores Antonio de Oliveira Salazar, Marcelo Caetano y Francisco Franco. Hasta su muerte en 1973, Batista nunca pudo establecer residencia en Estados Unidos, donde vivieron sus hijos y donde tenía propiedades en Daytona Beach.

La historia de Noriega sigue un ciclo parecido, pero más dramático aún. Desde los 70, el oficial panameño colaboraba con la CIA en actividades de contrainsurgencia en Nicaragua y El Salvador, en la persecución de comunistas centroamericanos y en la naciente lucha contra el narcotráfico. Pero cuando se hizo de todo el poder en Panamá comenzó a operar el tráfico de drogas por su cuenta, y se alió a Pablo Escobar en Colombia, a los sandinistas en Nicaragua y al gobierno de Fidel Castro, a quien visitó varias veces a mediados de los 80.

El giro de Estados Unidos contra Noriega se verificó entre 1986 y 1988, durante el tránsito del gobierno de Ronald Reagan al de George Bush. En diciembre del 89, una terrible invasión derrocó al general, quien se refugió por unos días en la Nunciatura apostólica, para luego entregarse a la DEA y ofrecer información a cambio de su vida. Noriega fue, sin dudas, un caudillo autoritario, que ejecutó y desapareció opositores. Pero la invasión, última en su tipo, también fue letal: la Iglesia Católica y asociaciones de derechos humanos calculan entre 600 y miles de víctimas civiles.

Otro que no renuncia; por Rafael Rojas

El presidente brasileño, Michel Temer, que era investigado por corrupción desde antes del juicio político contra su antecesora, Dilma Rousseff, está envuelto en otra denuncia de soborno, según reporta O Globo. La noticia conmociona a la opinión pública brasileña, pero no genera mayores disrupciones. Una parte considerable de la ciudadanía de ese gran país sabe

Por Rafael Rojas | 25 de mayo, 2017
Fotografía de AFP

Fotografía de AFP

El presidente brasileño, Michel Temer, que era investigado por corrupción desde antes del juicio político contra su antecesora, Dilma Rousseff, está envuelto en otra denuncia de soborno, según reporta O Globo. La noticia conmociona a la opinión pública brasileña, pero no genera mayores disrupciones. Una parte considerable de la ciudadanía de ese gran país sabe que, prácticamente, toda la clase política está implicada en redes de corrupción. De ahí que las crecientes demandas de renuncia a Temer tengan poco impacto.

La respuesta del presidente a esas demandas trasmite una seguridad insólita, desafiante: “No renunciaré, que me derriben”. Si el presidente, que carece de vicepresidente, renuncia, quien le sigue en la línea de sucesión es el líder de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia. Pero Maia, como su predecesor Eduardo Cunha, también ha sido acusado de corrupción y lavado de dinero por el Procurador General de la República Rodrigo Janot. Esa deslegitimación generalizada, paradójicamente, se vuelve un arma de Temer: la ausencia de credibilidad cierra las vías de sucesión y protege al mandatario.

Frente al callejón sin salida, una opción sería adelantar las elecciones presidenciales del próximo año. Pero para llegar ahí no basta la exigencia del sector partidista de la izquierda: se precisa de una movilización popular pacífica y sostenida, que tal vez los movimientos sociales y el PT no sean capaces de encabezar. En caso de que lo consigan, veremos a esa misma izquierda regional, que hoy profesa una lealtad dogmática a Nicolás Maduro y que criminaliza las protestas sociales en Venezuela, salir en defensa de los manifestantes brasileños. Y entonces tendrán razón, como ahora la tienen quienes se solidarizan con la ciudadanía venezolana, a la que el régimen madurista ha cerrado todas las vías democráticas de solución del conflicto.

El caso brasileño confirma que la peor combinación que aqueja la vida política latinoamericana es la del autoritarismo y la corrupción. Una síntesis perversa, que lo mismo amenaza a las derechas que a las izquierdas en el poder. A estas alturas, poco sentido tiene localizar el origen de ambos males en alguna tara de la cultura política regional y no admitir que tanto la fragilidad de la democracia como el afianzamiento de intereses particulares en la política nacional responden a un insuficiente desarrollo de las instituciones del estado de derecho y a una falta de protección de la autonomía del poder judicial.

Justamente, en Brasil, hemos visto, junto a la emergencia de una trama de corrupción sumamente extendida, la resistencia de un sector del poder judicial, decidido a revelar a todos los implicados. El autoritarismo de Temer, o su decisión de aferrarse al poder, aparecen como recursos de la impunidad contra el ejercicio autónomo del aparato de justicia. Como en la mayoría de los países latinoamericanos, en Brasil la corrupción conspira contra la solidez del orden democrático.

El poder constituyente y el origen de la dictadura; por Rafael Rojas

En los años 90 el marxista italiano Antonio Negri escribió un libro, El poder constituyente (1992), que logró alguna resonancia en círculos de la izquierda latinoamericana. Negri recapitulaba las teorías constitucionales de Maquiavelo y Rousseau, Jellinek y Schmitt, y exploraba el papel de las revoluciones en la refundación jurídica de las naciones. Pero Negri, en

Por Rafael Rojas | 5 de mayo, 2017

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En los años 90 el marxista italiano Antonio Negri escribió un libro, El poder constituyente (1992), que logró alguna resonancia en círculos de la izquierda latinoamericana. Negri recapitulaba las teorías constitucionales de Maquiavelo y Rousseau, Jellinek y Schmitt, y exploraba el papel de las revoluciones en la refundación jurídica de las naciones.

Pero Negri, en un giro teórico acorde al contexto de la post-Guerra Fría, insistía en que no sólo las revoluciones liberales (británica, norteamericana o francesa) sino también las comunistas, especialmente la bolchevique, habían activado sus propios procesos constituyentes.

Hugo Chávez entró en contacto con las ideas de Negri desde la cárcel, tras su fallido golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez en 1992. Y en cuanto llegó a la presidencia en 1998 propuso activar el mecanismo para rebasar la Carta Magna de la Cuarta República de 1961, que juzgaba “moribunda”. Dado que el poder constituyente reconocía la soberanía originaria del pueblo, el nuevo presidente convocó a una consulta nacional sobre el propio proceso constitucional y luego sometió el nuevo texto a referéndum popular.

La Constitución de 1999 honró ese origen, estableciendo el derecho a referéndum y el poder constituyente del pueblo. Ahora el gobierno de Nicolás Maduro, luego de negarse a aceptar la convocatoria a referéndum revocatorio y posponer las elecciones locales y regionales, apela a los artículos 347 y 348 para anunciar la instalación de una nueva Asamblea Constituyente. Está dentro de las atribuciones del presidente lanzar la convocatoria, pero los procedimientos de consulta, referéndum y elección por sufragio universal, directo y secreto de los asambleístas, al parecer, serán desechados.

Lo que busca Maduro es un parlamento de partidarios del gobierno, como la Asamblea Nacional del Poder Popular en Cuba. Pero, ¿por qué necesita reformar la Constitución de 1999 para gobernar? Sencillamente, porque aquella Constitución, la chavista, es democrática y garantiza el gobierno representativo, la división de poderes y la competencia electoral, tres premisas que son, ahora mismo, obstáculos para el régimen madurista. Con esta nueva iniciativa, el gobierno venezolano da la razón a quienes en los últimos años han señalado que a Maduro no le interesa resolver el conflicto de poderes con la oposición legislativa, ni convocar las elecciones previstas por la ley, sino, simplemente, preservar el mando.

Luego de intentar transferir la función parlamentaria al Tribunal Supremo de Justicia, el madurismo tensa aún más la cuerda y aspira a una Constitución ad hoc, negación palmaria de la Carta del 99, que legó Hugo Chávez. En esa nueva Constitución estaría representado el propio madurismo, por lo que la crisis política venezolana no tendría solución y la posibilidad de una guerra civil seguiría nublando el futuro inmediato del país suramericano.

La sucesión ecuatoriana y el futuro del bolivarianismo; por Rafael Rojas

Casi todas las teorizaciones del populismo latinoamericano establecen como uno de sus componentes básicos la apelación a liderazgos no institucionales o autoritarios. Se trata tanto de una constante en la historia política —Perón, Vargas, Chávez…— como de una técnica de poder que Fidel Castro heredó en forma de “reelección indefinida” a otros líderes de la

Por Rafael Rojas | 17 de abril, 2017
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De izquierda a derecha: Lenin Moreno, Evo Morales, Daniel Ortega y Nicolás Maduro

Casi todas las teorizaciones del populismo latinoamericano establecen como uno de sus componentes básicos la apelación a liderazgos no institucionales o autoritarios. Se trata tanto de una constante en la historia política —Perón, Vargas, Chávez…— como de una técnica de poder que Fidel Castro heredó en forma de “reelección indefinida” a otros líderes de la llamada “izquierda bolivariana” del siglo XXI como Daniel Ortega y Evo Morales.

En estos días se ha comprobado que los gobiernos del bloque bolivariano están dispuestos a todo —a renunciar, si es preciso, a sus propias normas constitucionales— con tal de preservar a uno de los suyos al mando. A imagen y semejanza de sus propios estados, la diplomacia bolivariana se personaliza y la lealtad acaba por ser un sentimiento no dirigido a la Constitución, al partido o al país sino al caudillo, en este caso, Nicolás Maduro.

Cuando hace unos días, Raúl Castro levantó la mano a Maduro en La Habana —el mismo gesto que tantas veces repitió con Fidel y Chávez y que intentó una vez con Obama— se evidenció ese sentido estrecho de la lealtad. ¿Cómo se puede demandar la no intervención en asuntos internos frente a las críticas —que son sólo eso, críticas no vinculantes— de tantos gobiernos latinoamericanos —no únicamente de “derecha” — a la situación venezolana si la diplomacia bolivariana es burda geopolítica personalizada?

A algunos podrán resultar vanas ilusiones, pero en medio de la decadencia del bolivarianismo, la sucesión presidencial en Ecuador es esperanzadora. La izquierda ecuatoriana está intentando lo que ya lograron en Brasil y Uruguay, Argentina y Chile, es decir, la permanencia de un proyecto de gobierno más allá de los periodos presidenciales del primer líder. Con frecuencia se dice que en Brasil ese proyecto fracasó, pero habría que recordar que Dilma Rousseff gobernó un periodo completo después de los dos de Lula da Silva.

La propia interpretación del colapso del segundo gobierno de Dilma o del rezago electoral del candidato kirchenista Daniel Scioli, como “derrotas” y no como reveses democráticos, es una personalización autoritaria del liderazgo. No ha faltado quien escriba, en periódicos latinoamericanos que hablan en nombre de la “democracia”, que el error de Lula y de Cristina fue no haber entronizado la reelección indefinida como Fidel y Chávez en Cuba y en Venezuela, respectivamente.

El flamante gobierno de Lenin Moreno tiene en sus manos la posibilidad de marcar la diferencia dentro del bloque bolivariano. De entrada, ese nuevo gobierno se enfrenta a una oposición mucho más sólida y extendida que la que objetó a Rafael Correa. La pregunta es si lo hará o, más bien, si se lo permitirán quienes llevan las riendas del poder geopolítico subregional: Cuba y Venezuela. En los últimos meses hemos visto desplomarse toda esperanza de que La Habana actuase con mayor realismo y respeto a la soberanía de un aliado sumido en una crisis irreversible.

Trump se va a la guerra; por Rafael Rojas

Tal y como se esperaba, el presidente Donald J. Trump ha decidido entrar en el conflicto sirio. El gobierno de Barack Obama se resistió durante años a agregarle otra guerra más a Estados Unidos, con la esperanza de que el choque entre las tropas de Bashar al Assad y los rebeldes llegara a una precaria

Por Rafael Rojas | 10 de abril, 2017

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Tal y como se esperaba, el presidente Donald J. Trump ha decidido entrar en el conflicto sirio. El gobierno de Barack Obama se resistió durante años a agregarle otra guerra más a Estados Unidos, con la esperanza de que el choque entre las tropas de Bashar al Assad y los rebeldes llegara a una precaria estabilidad, bajo la intervención indirecta de Occidente y el involucramiento de Rusia. Después de los bombardeos de los últimos días, será difícil que el conflicto sirio no escale niveles de alta peligrosidad.

Se repite, en Estados Unidos, la sensación de los primeros años de la presidencia de George W. Bush. La guerra se perfila como el fenómeno que puede ayudar a Trump a hacerse definitivamente presidenciable y dejar atrás la alargada sombra de impopularidad que marca su elección y los primeros meses de su mandato. La guerra puede ayudar a Trump, incluso, a reelegirse en tres años, lo que para sus muchos detractores supone una verdadera pesadilla.

Quienes han alertado sobre el carácter impredecible de un político como Trump acertaron a medias. Trump es difícil de adivinar, pero no tanto. Con el ataque a la base aérea siria, el nuevo gobernante republicano recurre al socorrido expediente de la guerra para normalizar su anómala presidencia. La promesa de un aislacionismo heterodoxo, que mejoraría las relaciones con Rusia, se desvanece, y Estados Unidos se suma a un complejo enfrentamiento regional, a tres bandas, que involucra a Assad, los rebeldes e Isis.

Siria fue, tal vez, el tema en que Hillary Clinton tomó las mayores distancias con respecto a la administración de Barack Obama. No es raro que la ex candidata haya sido una de las primeras en respaldar la decisión de Trump de bombardear la base siria. Ese posicionamiento, a la vez que consolida a Trump, deshace un tanto la imagen, alimentada por Vladimir Putin desde Moscú, de que las tensiones con Rusia son una herencia incómoda de Obama, que puede ser abandonada por la nueva administración.

La política exterior conducida por John Kerry, en el segundo periodo de Obama, se diferenció de la de Hillary Clinton en algunos aspectos. Uno de ellos fue el acuerdo con Rusia a propósito de Siria, en el entendido de que la única o la mayor amenaza a Estados Unidos y a Occidente no provenía de Damasco o del Kremlin sino de Isis. Aquel acuerdo prometía debilitar un “mal mayor”, reforzando temporalmente un “mal menor”. Más o menos la lógica que justificó la alianza de Estados Unidos y Gran Bretaña con la URSS durante la Segunda Guerra Mundial.

Ahora Trump deshace el acuerdo Kerry-Lavrov y se lanza a una guerra en dos frentes: contra el gobierno de Assad y contra Isis. Lógicamente el gobierno sirio aprovecha la incursión para acusar a Washington de complicidad con el Estado Islámico ¿Cuál será la reacción de Moscú, más allá de las protestas iniciales? Probablemente no lo veamos de golpe sino paso a paso. En todo caso es de esperar que esa versión contemporánea del pacto Molotov-Ribbentrop, que ha sido la prolongada luna de miel entre Putin y Trump, llegue abruptamente a su fin.

La política exterior de Trump acabará siendo muy parecida a la de algunos de sus predecesores republicanos. Con la diferencia de que el actual mandatario no seguirá los protocolos mínimos del multilateralismo que respetaron presidentes como Ronald Reagan y los dos Bush. El unilateralismo se afianzará como nunca en la estrategia internacional de Estados Unidos, con el agravante de que, esta vez, el liderazgo de ese país, carece de ascendente sobre la Unión Europea y las grandes potencias asiáticas.

De los libros al ágora; por Rafael Rojas

Tiene razón Adam Gopnik cuando, en su obituario de Robert Silvers en The New Yorker, dice que The New York Review of Books, la legendaria publicación que fundó y dirigió desde 1963, es la mejor “escuela de liberal arts” de Estados Unidos. En las páginas del NYRB se ha aprendido más de literatura que en

Por Rafael Rojas | 25 de marzo, 2017
Fotografía de Annie Schlechter para New York Review of Books

Fotografía de Annie Schlechter para New York Review of Books

Tiene razón Adam Gopnik cuando, en su obituario de Robert Silvers en The New Yorker, dice que The New York Review of Books, la legendaria publicación que fundó y dirigió desde 1963, es la mejor “escuela de liberal arts” de Estados Unidos. En las páginas del NYRB se ha aprendido más de literatura que en cualquier departamento de letras de una universidad Ivy League de la Costa Este. En buena medida, la idea de la literatura que defendió Silvers es un tipo de arte capaz de abrirse totalmente al debate público, desafiando los escrúpulos académicos del claustro o las poses aristocráticas del purismo letrado.

En esa idea de la literatura como arte público, Silvers siguió la tradición de algunos de los mayores críticos literarios de Nueva York, como Edmund Wilson, Lionel Trilling o Irving Howe. La premisa fundamental de NYRB ha sido la coexistencia, en el mismo espacio editorial, de la dimensión estética de la literatura y las artes y el intervencionismo público de los intelectuales sobre los grandes problemas de la sociedad contemporánea. Sólo así se explica que desde los años 60, Silvers lograra abrir la revista a voces de la Nueva Izquierda (Norman Mailer, Susan Sontag o Paul Goodman) sin cerrarla a críticos de la Unión Soviética como Hannah Arendt o Alfred Kazin o abiertamente anticomunistas como Vladimir Nabokov y Mary McCarthy.

Sin ese pluralismo político de base difícilmente Silvers habría logrado mantener la altísima calidad intelectual de la publicación. Si, como la mayoría de las revistas de entonces, NYRB hubiera optado por una vía sectaria, en aquellos años ideológicamente binarios, se habría enajenado el apoyo de los mejores escritores, inscritos en uno u otro polo de la Guerra Fría. La calidad estilística y filosófica, de escritura y pensamiento —Alfonso Reyes decía que, para escribir bien, los intelectuales deben aprender “pensar con las manos”— hizo menos intolerantes a los más ortodoxos.

Desde los 60, NYRB optó por una ruta editorial, que sintetiza a cabalidad la frágil apuesta por una izquierda democrática en Occidente. Junto con un vehemente posicionamiento contra la guerra de Vietnam y la mayor parte de la política mundial de Estados Unidos en la Guerra Fría, incluyendo, en el arco de esa crítica, el apoyo de Washington a las dictaduras militares latinoamericanas, el embargo contra Cuba o la hostilización del sandinismo en Nicaragua, la revista se solidarizó con la disidencia intelectual de la URSS y los socialismos reales de Europa del Este.

Brodsky, Solzhenitsyn y Havel fueron firmas habituales en The New York Review of Books. Cuando comienza el acoso contra el poeta cubano Heberto Padilla, en 1968, que culmina en su arresto en 1971, Bob Silvers, que viajó a La Habana, no dudó en ofrecer las páginas de NYRB para reproducir poemas del cubano y respaldar las demandas de liberación del poeta impulsadas por lo mejor de la izquierda occidental. En 1989, mientras caía el Muro de Berlín, Silvers publicó en NYRB la carta abierta de Reinaldo Arenas y Orlando Jiménez Leal a Fidel Castro, en la que demandaban un plebiscito, en Cuba, similar al que había tenido lugar en el Chile de Pinochet.

En un conocido ensayo, Gabriel Zaid describía la formación de las guerrillas latinoamericanas como un viaje de “los libros al poder”. En The New York Review of Books, Bob Silvers esbozó otro camino para la cultura y la política: de los libros a la esfera pública. Pocas revistas han defendido con tanta resolución la utilidad pública de la literatura, en un mundo que, apenas en dos décadas, pasó de la subordinación de la cultura a la ideología, propia de la Guerra Fría, al colapso de la era Gutenberg en la revolución digital.

Obama en Cuba: un año después; por Rafael Rojas

A un año del viaje de Barack Obama a Cuba, con Donald Trump en la Casa Blanca y en medio de la evidente reacción contrarreformista y represiva de La Habana, los extremos cubanos restan importancia a ese histórico acontecimiento. El oficialismo insular dice que la pasada administración hizo poco por desmantelar el embargo comercial —que

Por Rafael Rojas | 23 de marzo, 2017
De izquierda a derecha:

De izquierda a derecha: Barack Obama, Donald Trump y Raúl Castro

A un año del viaje de Barack Obama a Cuba, con Donald Trump en la Casa Blanca y en medio de la evidente reacción contrarreformista y represiva de La Habana, los extremos cubanos restan importancia a ese histórico acontecimiento. El oficialismo insular dice que la pasada administración hizo poco por desmantelar el embargo comercial —que a tono con la era de la “postverdad” llama “bloqueo”— o que Obama puso rostro amable al intervencionismo de Washington. El exilio tradicional y sectores de la oposición interna coinciden con Trump en que Obama cedió mucho a cambio de nada.

Ambas percepciones se equivocan al subestimar la trascendencia del cambio en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba que operó el gobierno de Obama. A unos y otros les resulta imperceptible el efecto de ese cambio porque lo buscan en el lugar equivocado. En el conflicto cubano predomina un enfoque inmediatista, que aspira a la ganancia máxima en el plazo más corto. Pero en el siglo XXI, las relaciones internacionales no se rigen por esa lógica. El objetivo del cambio de política hacia Cuba no era reforzar ni derrocar el régimen sino facilitar su transición democrática.

El viaje de Obama formó parte de una sostenida aplicación de medidas y acciones ejecutivas, entre 2014 y 2016, destinadas a normalizar diplomáticamente los vínculos entre la Unión Americana y la nación caribeña. La racionalidad que siguió la administración demócrata podría enmarcarse en una variante radical de la “coexistencia pacífica” con China y la Unión Soviética en el último tramo de la Guerra Fría. Obama y su equipo se convencieron de que dos vecinos estratégicos, como Estados Unidos y Cuba, debían relacionarse con apego a las normas de la diplomacia global, con independencia de quien gobernara en La Habana o en Washington.

Ese desplazamiento —que no desaparición— del diferendo dentro del vínculo bilateral tiene, además de múltiples ventajas prácticas (aumento de remesas, regularidad del flujo migratorio y los contactos familiares, colaboración en áreas de interés común, protocolos de seguridad regional, mejores condiciones para acceder a créditos e inversiones, intercambio cultural y académico…) un significado profundo para la historia de Cuba y de América Latina. Reabrir las embajadas en La Habana y Washington fue una decisión de un valor extraordinario, que difícilmente pueda ser revertida, incluso por un presidente tan torpe como Trump.

La normalidad diplomática ayuda a colocar la solución del problema cubano donde debe estar: en la transformación pacífica de las instituciones, las leyes y los liderazgos de ese país caribeño por obra de sus propios ciudadanos. No quiere esto decir que la comunidad internacional y, especialmente, América Latina, deban desentenderse de la falta de democracia en Cuba. Pero la política de Obama ha contribuido a poner las cosas en su sitio y a distinguir las demandas internacionales de respeto a los derechos humanos de las prioridades de la Casa Blanca.

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Derek Walcott: el otro Calibán; por Rafael Rojas

Ha muerto el poeta Derek Walcott y uno piensa que para alguien hecho de crepúsculo antillano la muerte debió ser como una copa de ron J. Bally en el Café Martinique de Castries, San Lucía, la isla en que nació hace 87 años. El crepúsculo era una imagen central en la poética de Walcott: su

Por Rafael Rojas | 20 de marzo, 2017
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Fotografía de Ulf Andersen para Getty Images

Ha muerto el poeta Derek Walcott y uno piensa que para alguien hecho de crepúsculo antillano la muerte debió ser como una copa de ron J. Bally en el Café Martinique de Castries, San Lucía, la isla en que nació hace 87 años. El crepúsculo era una imagen central en la poética de Walcott: su Caribe era crepuscular porque representaba siempre lo que había sucedido (la colonia y la esclavitud, la independencia y la revolución, la pobreza y la opulencia) y no lo que estaba sucediendo o lo que estaba por suceder.

Nacido en el Caribe británico, Walcott pensó el mar y las islas antillanas en clave griega. Uno de sus poemarios más conocidos, Omeros (1990), es una larga composición épica que recuerda la Ilíada y la Odisea. Constantemente, en sus lecturas de británicos y franceses, buscaba la huella griega, como si siguiera las pistas de otro Mediterráneo, instalado en la corriente del Golfo de México. Como el europeo, ese Mediterráneo también era crepuscular: en sus costas, todo había sucedido ya, toda la historia, real o imaginaria, se había cumplido.

En los ensayos de La voz del crepúsculo (1998), especialmente en “La musa de la historia” y “Las Antillas: fragmentos de una memoria épica”, se plasma esa idea antiprofética de la cultura caribeña. Los mitos que nutren el mundo antillano no tienen que ver tanto con la promesa como con el paso doloroso de la historia. Haberlo experimentado todo, incluso los mayores experimentos de “descolonización” (el socialismo cubano), hace del caribeño un sujeto de vuelta de todas las utopías del siglo XX.

Derek Walcott fue el anti-Calibán o una especie de Calibán que desafía la hegemónica de Roberto Fernández Retamar y otros ideólogos del poder caribeño. El error de ese calibanismo, según Walcott, consistía en asumir que la “memoria se limita al sufrimiento de la víctima”. Esa visión de Calibán como “discípulo furioso”, que “debe insultar al amo o al héroe en la lengua de éstos” recaía en la “maldición de la venganza”, en el “dolor fonético” y en el “dominio del lenguaje del torturador por la víctima”. Y eso, concluía, no era “victoria” sino “servidumbre”.

De ahí que el Caribe de Walcott fuera Aimé Césaire pero también Saint-John Perse: “Perse y Césaire, hombres de diferente raza y extracción social, uno patricio y otro conservador, uno proletario y otro revolucionario, uno clásico y otro romántico, Próspero y Calibán, opuestos que encuentran fácilmente el equilibrio, pero sobre el eje de una sensibilidad compartida que, poseedora de la presencia de una tradición visible o privada de ella, es la sensibilidad del viaje hacia el Nuevo Mundo”.

Ese Caribe en el que la memoria crepuscular abandona finalmente todo el sectarismo del poder es también el de la poesía anglófona de Robert Lowell y Robert Frost, Philip Larkin y Ted Hughes. Walcott atisbaba aquel Caribe en Islas en el Golfo o Islas a la deriva, la primera novela póstuma de Ernest Hemingway, cuyo protagonista, Thomas Hudson, se inspiraba remotamente en el pintor naturalista norteamericano Winslow Homer, que retrató playas y tormentas en las Bahamas y Cuba.

Ese Hudson hastiado de la historia es tanto un arquetipo de la región como el historiador marxista trinitario C. L. R. James, quien luego de haber narrado como nadie la Revolución Haitiana, en el clásico The Black Jacobins (1938), escribió un homenaje al criquet, el deporte victoriano practicado por los negros de las Antillas británicas, en su libro Beyond a Boundary (1963). Dice Walcott que en el criquet James había encontrado la “calma”. Una calma que no era “neutralidad” sino el “meridiano entre dos océanos y dos culturas”, pues, como en el criquet, “la conducta decorosa es lo primero que ha de exigirse tanto a los hombres como a los estados”.

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La tenaza turca; por Rafael Rojas

Con la activación del terrorismo en el siglo XXI hemos visto perfeccionarse un tipo de diplomacia extrema en la política internacional. Dado que la “guerra contra el terror”, en Estados Unidos y Europa, ha demostrado su capacidad de amenaza a las libertades públicas que sostienen la democracia, el extremismo juega a incentivar la reacción conservadora

Por Rafael Rojas | 16 de marzo, 2017
De izquierda a derecha:

De izquierda a derecha: Mark Rutte, Recep Tayyip Erdogan y Geert Wilders

Con la activación del terrorismo en el siglo XXI hemos visto perfeccionarse un tipo de diplomacia extrema en la política internacional. Dado que la “guerra contra el terror”, en Estados Unidos y Europa, ha demostrado su capacidad de amenaza a las libertades públicas que sostienen la democracia, el extremismo juega a incentivar la reacción conservadora de las derechas. A principios de la década pasada Al Qaeda probó la fórmula durante el gobierno de George W. Bush, quien se reeligió en 2004 gracias al “peligro terrorista”, y el Estado Islámico ha buscado lo mismo en Europa en años recientes.

Hay una semejanza sustancial entre esas operaciones y el intervencionismo ruso en el proceso electoral estadounidense. Más allá de las sintonías autoritarias que puedan existir entre Vladimir Putin y Donald Trump, lo que Moscú buscó fue favorecer una corriente unilateralista del Partido Republicano que, en resumidas cuentas, puede ser más peligrosa para la paz mundial que Hillary Clinton. El cálculo que sustenta ese juego arriesgado es que a más autoritarismo en las potencias hegemónicas menos normatividad global en derechos humanos y, por tanto, más impunidad para rivales geopolíticos de Estados Unidos y Europa.

La reciente crisis entre Turquía y Holanda puede leerse con la misma lupa. El presidente Recep Tayyip Erdogan ha asumido las elecciones holandesas como un campo de batalla propio. Ha enviado a dos ministros a hacer campaña electoral dentro del país europeo, provocando, naturalmente, que el gobierno holandés tome medidas de restricción migratoria contra los funcionarios. A las elecciones holandesas, Erdogan ha engarzado el plebiscito sobre el presidencialismo en Turquía, previsto para el 15 abril. Los intereses de Ankara mezclan deliberadamente ambos escenarios electorales.

La mayor presión de la tenaza turca es contra el primer ministro Mark Rutte, un liberal-conservador que en las elecciones en curso representa la alternativa más sólida frente a Geert Wilders, un populista xenófobo y anti-inmigrante. Erdogan ha llamado a Rutte “nazi” y “fascista” y le ha recordado la matanza de 8000 bosnios en Srebrenica. De manera que la crisis diplomática entre Turquía y Holanda parece favorecer a Wilders, quien se presenta como un líder más firme ante a la “amenaza islamista”.

La ruptura diplomática entre Holanda y Turquía tiene toda la pinta de una fabricación turca. ¿Era indispensable Holanda como plaza para el proselitismo en favor del plebiscito presidencialista en Turquía? No. Erdogan buscaba una reacción de parte de La Haya que permitiera, a su vez, una declaración como la de su canciller, Mevlut Cavusoglu, quien afirmó que esa ciudad no era la pretendida “capital de la democracia” sino la “capital del fascismo”. Erdogan no ha hackeado al equipo de campaña de Rutte, como hizo Putin con los demócratas de Estados Unidos, pero juega en favor del triunfo de Wilders. Y si éste gana, veremos algo más parecido a un “fascismo holandés”.

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La revolución de febrero y el error de Clemenceau; por Rafael Rojas

En las páginas introductorias a su monumental Historia de la Revolución Rusa (1932), León Trotski enmienda la plana al primer ministro francés Georges Clemenceau, quien decía que “las revoluciones había que tomarlas o desecharlas en bloque”. Trotski objetaba que la frase no pasaba de ser un “ingenioso subterfugio”, ya que “¿cómo es posible abrazar o

Por Rafael Rojas | 13 de marzo, 2017

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En las páginas introductorias a su monumental Historia de la Revolución Rusa (1932), León Trotski enmienda la plana al primer ministro francés Georges Clemenceau, quien decía que “las revoluciones había que tomarlas o desecharlas en bloque”. Trotski objetaba que la frase no pasaba de ser un “ingenioso subterfugio”, ya que “¿cómo es posible abrazar o repudiar como un todo orgánico aquello que tiene su esencia en la escisión?” Según Trotski, lector de los grandes historiadores franceses del siglo XIX, el error de Clemenceau era producto de la “confusión en que se halla el descendiente ante sus sombras”.

Es saludable releer al Trotski historiador en estos días, que comienza a escribirse sobre el centenario de las dos revoluciones rusas de 1917, la de febrero y la de octubre, que, a su juicio, conformaban un mismo drama en dos actos. Asombra escuchar a clásicos de la historiografía, como Richard Pipes, quien recientemente ha afirmado que “nada hubo de positivo” en aquella revolución, o a comentaristas, de un polo u otro de la ideología, que despachan la de febrero como una “contrarrevolución” y la de octubre como “un golpe de Estado”.

El libro de Trotski sigue siendo lectura recomendable hoy porque tiene más de un punto de contacto con la mejor tradición historiográfica, marxista o liberal, sobre el 17 ruso. En contra de la historia oficial estalinista que ya comenzaba a construirse a fines de los años 20 y principios de los 30, cuando escribió su libro en una isla turca, Trotski pensaba que ambas, la de febrero y la de octubre, eran “revoluciones”, aunque sus objetivos fueran contradictorios. De hecho, el líder bolchevique llegaba a reconocer que, a diferencia de otras revoluciones “democráticas” –el término que usaba-, la rusa de febrero era la que más libertades había ofrecido al movimiento obrero.

Por supuesto que Trotski era sumamente crítico con los líderes de aquella revolución: el príncipe Lvov, Alexander Kerensky, Vasily Maklakov, Pavel Miliukov y los “kadetes”, como eran conocidos los miembros del Partido Constitucional Democrático, que intentaron el tránsito de la monarquía absoluta a un régimen constitucional y parlamentario. Aquellos miembros del gobierno provisional, a su juicio, hicieron lo imposible por retrasar las reformas sociales que demandaban los obreros, los soldados y los campesinos, pero, ciertamente, ampliaron los derechos de asociación y expresión que necesitaban los socialistas y comunistas.

“El punto de partida de la Revolución rusa fue la revolución democrática. Pero planteó en términos nuevos el problema de la democracia política”, dice Trotski, insinuando una comparación con las revoluciones inglesa y francesa de los siglos XVII y XVIII. Y agrega que las nuevas libertades públicas ganadas por el régimen parlamentario de febrero fueron mejor aprovechadas por los bolcheviques que por cualquier otra corriente política. La zona politizada de la burguesía rusa era minoritaria, mientras que el movimiento obrero contaba con una amplia capa ilustrada, de clase media, que actuó con astucia.

Marxista al fin, Trotski pensaba que las revoluciones no podían pensarse en blanco y negro, desde un maniqueísmo histórico. Sus observaciones sobre los elementos “positivos” de la Revolución de Febrero son tan aleccionadoras como los juicios más equilibrados de historiadores actuales de la Revolución de Octubre, como Robert Service, Orlando Figes y Sean McMeekin, que han cuestionado el consenso revisionista sobre la continuidad entre bolchevismo y estalinismo, sostenido por Robert Conquest, Richard Pipes, Sheila Fitzpatrick y otros académicos de la Guerra Fría.

El anti-trumpismo tardío de Raúl Castro; por Rafael Rojas

El presidente cubano llegó a Caracas resuelto a suscribir punto por punto el retardado posicionamiento de los gobiernos bolivarianos contra Donald Trump. Alabó a Hugo Chávez y a Nicolás Maduro, defendió al vicepresidente Tareck El Aissami de las acusaciones de narcotráfico del Departamento del Tesoro y criticó, por primera vez en un foro internacional, el

Por Rafael Rojas | 9 de marzo, 2017
De izquierda a derecha: Raúl Castro y Donald Trump

De izquierda a derecha: Raúl Castro y Donald Trump

El presidente cubano llegó a Caracas resuelto a suscribir punto por punto el retardado posicionamiento de los gobiernos bolivarianos contra Donald Trump. Alabó a Hugo Chávez y a Nicolás Maduro, defendió al vicepresidente Tareck El Aissami de las acusaciones de narcotráfico del Departamento del Tesoro y criticó, por primera vez en un foro internacional, el muro en la frontera mexicana que planea la Casa Blanca.

Cuando Castro mencionó el muro y objetó la política antiinmigrante de Trump, fue la única vez que los asistentes a la cumbre del ALBA lo interrumpieron con un aplauso. Todo lo demás fue la enésima reiteración del abecedario de su hermano, Fidel Castro, en el periodo de la “batalla de ideas”: mucho “bolivarianismo”, mucho Foro de Sao Paulo y mucho respaldo a “Evo, Dilma, Lula y Cristina”, aunque estos tres últimos nombres, que dijo así, sin sus apellidos, sean los de tres exgobernantes de la región.

El discurso de Raúl Castro en Caracas fue una réplica del lenguaje de la diplomacia ideológica fidelista, que él mismo pareció descontinuar entre 2012 y 2016. Quien habló en la última reunión del ALBA es un mandatario muy diferente al que habló en la Cumbre de las Américas en Panamá en 2015, donde defendió al presidente Barack Obama frente a sus pares bolivarianos, o al que intervino en las cumbres de la CELAC en La Habana, San José, Quito y Punta Cana.

El repliegue diplomático de Cuba ayuda a comprender, una vez más, las expectativas favorables que el supuesto aislacionismo de Trump despertó en el eje bolivariano. Unas expectativas que, seguramente, La Habana y Caracas compartieron con Moscú durante más de un año. Si las revelaciones de Adam Davidson en el New Yorker son correctas, no sólo el equipo de Trump tuvo una comunicación fluida con agentes rusos durante la campaña, sino que el propio candidato hizo jugosos negocios en Azerbaiyán e Irán que debieron provocar la simpatía del Kremlin.

El tono de la cumbre del ALBA, en Caracas, denota la frustración con el giro conservador que intenta dar la política exterior de Trump, tal y como se vio en el pasado discurso presidencial ante el Capitolio. El canciller ruso Serguei Lavrov también trasmitió ese desencanto, aunque mantuvo el cortejo de la administración republicana con la crítica a la oposición demócrata y a los medios liberales porque, a su juicio, emprenden una cacería de brujas “macartista” —el mismo término que ha usado Trump contra Obama—.

La pregunta que podría hacerse es si el gobierno cubano recae en el sectarismo bolivariano porque no tiene otra opción frente Trump. Y lo cierto es que las opciones sobran. Cuba podría aplicar un enfoque más plural y realista a sus relaciones con América Latina, como el que insinuó entre 2012 y 2016, sin perder por ello el subsidio petrolero venezolano y el apoyo del bloque bolivariano. Si Raúl Castro apela ahora a la retórica anti-Trump no es por antiimperialismo, sino falta de imaginación diplomática.

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El racismo rutinario; por Rafael Rojas

Frente al ascenso del racismo que vivimos a nivel global, lo menos pertinente es asumirnos libres de todo prejuicio racial. El prejuicio racial, como siempre, pensó León Poliakov, el gran historiador del antisemitismo, es algo tan firmemente incrustado en la mentalidad, por siglos y siglos de reproducción de uno u otro poder, que sólo se

Por Rafael Rojas | 6 de marzo, 2017
Participantes de una marcha a través de Alabama a favor de los derechos de los votantes afroamericanos. En el tercer intento, el Dr. Martin Luther King lideró la marcha desde Selma, Alabama hasta Montgomery, capital del estado. / Fotografía de Getty Images

Participantes de una marcha a través de Alabama a favor de los derechos de los votantes afroamericanos. En el tercer intento, el Dr. Martin Luther King lideró la marcha desde Selma, Alabama hasta Montgomery, capital del estado. / Fotografía de Getty Images

Frente al ascenso del racismo que vivimos a nivel global, lo menos pertinente es asumirnos libres de todo prejuicio racial. El prejuicio racial, como siempre, pensó León Poliakov, el gran historiador del antisemitismo, es algo tan firmemente incrustado en la mentalidad, por siglos y siglos de reproducción de uno u otro poder, que sólo se puede combatir desde el reconocimiento de su omnipresencia. Nada más racista que los decretos del fin del racismo, postulados por el socialismo real del periodo soviético, las filosofías del mestizaje en Brasil, México o Cuba o el republicanismo naive de Estados Unidos.

La reacción, primero filosófica y luego ideológica, contra la corrección política y la legislación multicultural que se abrieron paso en Occidente, sobre todo, en los años 90, ya comienza a cosechar sus primeros frutos políticos. La llegada al poder de líderes nacionalistas en Europa del Este, como Orbán, Tudor o Siderov, o como Donald Trump en Estados Unidos y, probablemente, Geert Wilders en Holanda, coloca al mundo ante una eventual reversa del paradigma de la diversidad. Si Marine Le Pen no se inmutó al comparar la inmigración musulmana con la ocupación nazi, Trump hizo campaña presidencial con el estereotipo de los mexicanos como “drogadictos, criminales y violadores”.

Por lo menos el multiculturalismo, fuera de sus variantes más triunfalistas, parte de la premisa de que el racismo es un mal cotidiano que debe corregirse. Hay una racionalidad contractual en esa filosofía, que, como en Hobbes o en Locke, nos recuerda que en cualquier momento, de no respetar ciertas normas del habla y el trato, caemos en el estado de naturaleza de la lucha de razas. Michel Foucault lo apunta en su Genealogía del racismo (1976), cuando señala que una vez que entramos en la guerra de razas, se pierde la distinción entre dominantes y dominados y el otro aparece siempre como enemigo.

Tanto la crítica neoconservadora al multiculturalismo, al estilo de Samuel P. Huntington, como la neomarxista, a la manera de Slavoj Zizek, tienen el inconveniente de subestimar la enorme capacidad de mutación del racismo.

Ambas críticas insisten en la hipocresía de los discursos de la diversidad, pero, a cambio, no ofrecen ningún paliativo contra la práctica cotidiana de la discriminación racial. Ni el liberalismo, con su doctrina de los derechos naturales del hombre, ni el republicanismo, con su quimera de una ciudadanía post-étnica, sirven de mucho para enfrentar la rutinización del racismo.

Tampoco los discursos de la identidad nacional ofrecen alternativas. Ya sea sobre la base de la homogeneidad étnica, como en Europa, o del mestizaje, como en América Latina, el nacionalismo, cualquier nacionalismo, tiende a normalizar la dominación racial. En nombre del nacionalismo se cierran fronteras, pero también se venera a padres o a caudillos de la nación, que son los primeros interesados en mantener el poder biopolítico de una élite blanca. Hay racismo, también, como advertía Frantz Fanon, en la demagogia anticolonial.

Una zona del antirracismo europeo y norteamericano pierde esto de vista, cuando respalda nacionalismos que consideran “subalternos”, en América Latina, y que en vez de reducir el racismo, lo han dotado de nuevas formas. La lección de Michel Foucault sigue siendo válida: el derecho, las leyes y las convenciones no escritas deben transformarse en armas del antirracismo. Y para ello se requiere dejar atrás cualquier prurito liberal, republicano o socialista y comprender la diversidad racial como parte del bien común.