Blog de Rafael Rojas

Cuba: ¿salida o voz?; por Rafael Rojas

A una semana de culminar su mandato, el presidente Barack Obama ha tomado la medida más problemática, desde el punto de vista humanitario, de la nueva política hacia Cuba: la eliminación del protocolo migratorio de “Pies secos, pies mojados”, establecido por Bill Clinton tras la crisis de los balseros de 1994, y de las facilidades

Por Rafael Rojas | 16 de enero, 2017
Fotografía de Getty Images

Fotografía de Getty Images

A una semana de culminar su mandato, el presidente Barack Obama ha tomado la medida más problemática, desde el punto de vista humanitario, de la nueva política hacia Cuba: la eliminación del protocolo migratorio de “Pies secos, pies mojados”, establecido por Bill Clinton tras la crisis de los balseros de 1994, y de las facilidades de naturalización, en Estados Unidos, para médicos y profesionales cubanos. Aunque la Ley de Ajuste de 1966, que asegura la regularización migratoria de refugiados de la isla, sigue en vigor, esta medida significa un intento de cortar el creciente flujo de emigración ilegal desde Cuba, por vía marítima, a través del estrecho de la Florida, o terrestre, por la frontera mexicana.

En los últimos años, la derogación de la Ley de Ajuste se convirtió en una demanda compartida por el gobierno cubano y una parte del liderazgo del exilio. Para unos, dicha ley es el principal aliento a la emigración ilegal, como si la gente emigrara por puro espejismo o por sentirse satisfecha en su lugar de residencia. Para otros, se trata de una válvula de escape que priva a la isla de un segmento inconforme de la ciudadanía, que eventualmente podría presionar en favor de la democracia. Ambas posiciones tienen algo de razón, pero me temo que la mayoría de los cubanos, dentro y fuera de la isla, son favorables a la permanencia de esa legislación.

La emigración ilegal por cualquiera de las dos vías es de alto riesgo —miles de cubanos han muerto en el mar en las tres últimas décadas— y, en el caso de la ruta centroamericana y mexicana, desde Ecuador hasta California, Arizona, Nuevo México o Texas, genera múltiples conflictos fronterizos. En los últimos años, algunos de esos conflictos han provocado tensiones diplomáticas entre Colombia y Panamá y, sobre todo, entre Costa Rica y Nicaragua, al cerrar el gobierno de Daniel Ortega, en acuerdo con el de Raúl Castro, el paso a los cubanos que seguían camino hacia Estados Unidos.

La nueva disposición de Obama busca poner fin a esa desgracia, pero produce otra, más inmediata, entre los cientos de cubanos que ya están en la ruta centroamericana, y emplaza frontalmente al potencial migratorio de la isla, sobre todo joven, que las propias autoridades cubanas calculan en cerca de un millón de personas. Las últimas encuestas realizadas en Florida International University (FIU), en Miami, revelan que así como el número de cubanos favorables a la normalización diplomática crece, una mayoría sigue estando en favor de la vigencia de la Ley de Ajuste.

Como en 1994, cuando estalló la crisis de los balseros, el dilema conecta con la conocida tesis de Albert O. Hirschman sobre “salida, voz y lealtad” en sociedades cerradas. Es cierto que la salida desvía o difiere la voz —no la silencia—, pero también es cierto que fractura la lealtad. Para muchos cubanos la salida sigue siendo la mejor opción de obtener un trabajo acorde con su formación profesional y de ejercer las libertades públicas que no poseen en la isla. Un impacto negativo de esta medida es que puede contribuir a la criminalización de la diáspora que tradicionalmente ha sostenido el Gobierno cubano.

Aun así, visto en perspectiva, este último capítulo cubano de la administración Obama es otra manera de trasladar la iniciativa de los cambios al interior de la isla. Quien deberá recibir a 35 mil deportados, bajo la observación de organismos internacionales de derechos humanos, y responder ante el elevado potencial migratorio de la juventud será quien debió hacerlo desde un inicio: el Gobierno cubano. Y quienes, a falta de salidas, tendrán que levantar la voz y demandar los derechos que les sustrae un régimen obsoleto serán los propios ciudadanos de la isla.

Dos libros de cabecera de Vladimir Putin; por Rafael Rojas

A juzgar por la reciente intervención del jefe de Inteligencia de Estados Unidos, James Clapper, ante el Congreso de ese país, la corriente de simpatía con Donald Trump en el Kremlin es mucho más profunda de lo que se estimaba en medios occidentales y latinoamericanos. Existe en esta parte del mundo una visión exótica de

Por Rafael Rojas | 9 de enero, 2017
Fotografía de Adam Berry para Getty Images

Fotografía de Adam Berry para Getty Images

A juzgar por la reciente intervención del jefe de Inteligencia de Estados Unidos, James Clapper, ante el Congreso de ese país, la corriente de simpatía con Donald Trump en el Kremlin es mucho más profunda de lo que se estimaba en medios occidentales y latinoamericanos. Existe en esta parte del mundo una visión exótica de Rusia, que es un correlato del orientalismo estudiado por Edward Said, y que, muchas veces, impide tomar en serio el lugar que buscan los líderes de esa nación en el mundo.

En entrevista reciente para Russia Today, uno de los principales ideólogos de la geopolítica antiglobalizadora, el historiador y economista canadiense Michael Chossudovsky, que sostiene que Al Qaeda e Isis son creaciones de Estados Unidos y, por tanto, hay que oponerse a la política antiterrorista de Washington, dijo que con Donald Trump en la Casa Blanca aparecía, por primera vez desde la caída del Muro de Berlín, la posibilidad de que Rusia volviera a posicionarse como líder global.

Las sintonías entre Putin y Trump son múltiples, a nivel doméstico e internacional. Ambos rechazan el libre comercio, la Unión Europea, las coaliciones antiterroristas en el Medio Oriente, la OTAN, el protagonismo de la ONU o las instituciones globales de derechos humanos. Ambos son reacios, también, al escrutinio de la opinión pública, la división de poderes, el parlamentarismo, la autonomía de la sociedad civil, el orden multicultural y los derechos de las minorías.

Con frecuencia se asocia esa voluntad de poder mundial, desde alguna modalidad autoritaria de gobierno, con una vuelta a la Guerra Fría. Pero lo cierto es que Vladimir Putin no es leninista, estalinista o, tan siquiera, marxista, ni tiene el menor interés en reconstruir un proyecto político como el de la Unión Soviética. Putin es la expresión más depurada del estadista post-soviético en Europa del Este, que entiende el socialismo real como una fase superada de la larga tradición imperial rusa, cuyas fuentes doctrinales se encuentran en el nacionalismo eslavo y no en alguna versión del marxismo.

Timothy Snyder observaba no hace mucho en el New York Times algo que los comentaristas de la cuestión rusa pasan por alto. El pensador ruso al que más honores ha rendido Putin no es Vladimir Lenin sino Ivan Ilyin, un hegeliano de derecha, expulsado de Rusia por Lenin, en 1922, en el ominoso Preussen, el “barco de los filósofos”, donde los bolcheviques embarcaron rumbo a Alemania a cientos de pensadores contrarios al comunismo, como Nikolai Berdyaev, Sergei Bulgakov y Mijaíl Osorgin.

Ilyin, un intelectual conservador, eslavófilo y monarquista, desarrolló buena parte de su obra en el Instituto Científico Ruso de Berlín en los años 20, mostrando admiración por Mussolini y el fascismo italiano, aunque rompió con Hitler y el nazismo alemán a mediados de los 30, probablemente a causa del antisemitismo, que no compartía, y se trasladó a Ginebra. Fue en esta ciudad, entre los años 30 y 50, que Ivan Ilyin escribió sus mayores tratados sobre la reconstrucción nacional rusa, a partir de una moderna monarquía cristiana-ortodoxa y eslava, opuesta a la democracia liberal occidental.

Dos libros de Ilyin trasmiten claramente ese proyecto: Foundations of Struggle for National Russia (1938) y About the Future Russia (1948). Durante sus dos primeros gobiernos, entre 2000 y 2008, Vladimir Putin comenzó a citar a Ilyin en sus discursos y, tras delegar el poder en Dmitri Medvédev, siendo Primer Ministro, en 2009, agenció el regreso de los restos del filósofo de Ginebra y el traslado de sus papeles, de la Universidad de Michigan, al Ministerio de Cultura de Rusia en Moscú.

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Silencios de la izquierda latinoamericana; por Rafael Rojas

Existen muchas izquierdas en América Latina, pero hay una, la que más aspira a hegemonizar ideológicamente la región, cuyos compromisos geopolíticos la obligan a callar sobre algunos de los más graves problemas globales. Esa izquierda continúa la tradición cubana de la Guerra Fría, que anuló toda crítica sobre la Unión Soviética y los regímenes del

Por Rafael Rojas | 29 de diciembre, 2016
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De izquierda a derecha: Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Rafael Correa, Michelle Bachelet y Evo Morales.

Existen muchas izquierdas en América Latina, pero hay una, la que más aspira a hegemonizar ideológicamente la región, cuyos compromisos geopolíticos la obligan a callar sobre algunos de los más graves problemas globales. Esa izquierda continúa la tradición cubana de la Guerra Fría, que anuló toda crítica sobre la Unión Soviética y los regímenes del socialismo real.

Si entre 1962 y 1968, el Che Guevara y Fidel Castro cuestionaron públicamente la política económica y las prioridades internacionales de Moscú, a partir de la invasión soviética a Checoslovaquia y, sobre todo, del ingreso de Cuba al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) en 1971, los medios cubanos prohibieron cualquier reparo a sus aliados. Lo mismo sucedería con China, país que por su entendimiento con Washington en los 70 y 80, fue muy cuestionado, pero que a partir de los 90, cuando se convierte en benefactor de la economía cubana, se vuelve intocable.

El aliado geopolítico como objeto de veneración mediática, en Cuba, se repitió con los gobiernos “bolivarianos” en lo que va del siglo XXI. Nunca se ha publicado una crítica a Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Rafael Correa, Evo Morales o Daniel Ortega en un medio oficial cubano. Y nunca se ha publicado, tampoco, una crítica, por cuidadosa que pueda ser, a Fidel y Raúl Castro en cualquiera de los medios del bloque chavista. Lo hemos confirmado en las últimas semanas, cuando nadie, en esa izquierda, ha vinculado a Fidel Castro con el deterioro económico de Cuba —que sólo se atribuye al “bloqueo”— o con el encarcelamiento de decenas de miles de personas por desafección política.

No sólo eso: el duelo por la muerte de Fidel Castro, en medios de la izquierda latinoamericana, se ha traducido en un mayor silenciamiento de la creciente represión que tiene lugar en la Isla. ¿Dónde se puede leer una buena crónica del arresto, de más de un mes, sin debido proceso, del caricaturista Danilo Maldonado (El Sexto) porque escribió la frase “Se fue” en los bajos del hotel Habana Libre? ¿Por qué se han vuelto invisibles las detenciones de decenas de opositores pacíficos cada fin de semana, sometidos a abusos, violaciones de sus viviendas y de su correspondencia?

La geopolítica dicta los límites de la expresión de la izquierda latinoamericana, no sólo en relación con Cuba o con Venezuela, también con Rusia y China, Irán y Siria. El autoritarismo de Bashar al Assad, el intervencionismo militar ruso en Siria, el machismo y la homofobia del régimen iraní, el capitalismo ecocida y sin libertad de sindicación en China no son temas de alarma para una izquierda que sólo parece tener ojos para un poder global: Estados Unidos.

Esa miopía explica que, como hemos señalado en esta columna, Donald Trump no haya aparecido como una amenaza para la región en Granma, Cubadebate o Telesur o que la posibilidad de un hackeo ruso de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, favorable a la derecha republicana, se vea como algo natural o como un acto de justicia divina que paga a Washington con la misma moneda.

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¿Coletazo de Obama?; por Rafael Rojas

El presidente Barack Obama está de salida. En tres semanas Donald J. Trump asumirá la presidencia de Estados Unidos y se mudará a la Casa Blanca. Fuera de los quince días de vacaciones en Hawái, con su familia, al mandatario saliente se le va el poco tiempo que le queda en organizar la transición de

Por Rafael Rojas | 28 de diciembre, 2016
Fotografía de Evan Vucci para Pool

Fotografía de Evan Vucci para Pool

El presidente Barack Obama está de salida. En tres semanas Donald J. Trump asumirá la presidencia de Estados Unidos y se mudará a la Casa Blanca. Fuera de los quince días de vacaciones en Hawái, con su familia, al mandatario saliente se le va el poco tiempo que le queda en organizar la transición de poderes y en idear alguna respuesta al presunto hackeo ruso de las pasadas elecciones o alguna reacción diplomática a los atentados del Estado Islámico o a la caída de Aleppo a manos de las fuerzas conjuntas de Vladimir Putin y Bashar al Assad.

Aún así, ese Obama menguante es pretexto suficiente para vestirse de perfecto enemigo del gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. Tras la crisis generada por el retiro de los billetes de 100 bolívares, que ha provocado semanas de protestas y saqueos en diversas ciudades venezolanas, los medios de comunicación del bloque bolivariano armaron el relato del “coletazo de Obama”. Según esa versión, la Casa Blanca está detrás del retraso en la llegada de billetes —¡procedentes de Rusia!— y de todas las protestas espontáneas de los últimos días, que ni siquiera han sido encabezadas por la oposición venezolana.

Como bien ha descrito Ángel Alayón en The New York Times, el colapso monetario venezolano es resultado de una política financiera que ha desatado una inflación imparable y una economía zombie, en la última década. Entre 2008 y 2015, dice Alayón, el bolívar sufrió un ascenso inflacionario de 2257 por ciento. El billete de cien bolívares, que confiscó Maduro, acaparaba más del 70% del circulante. Era de esperar que con los almacenes desiertos y la falta de efectivo, la ciudadanía saliera a las calles a mostrar su inconformidad. La responsabilidad directa recae en el gobierno de Nicolás Maduro, no en el de Barack Obama.

A pesar de tanta evidencia no son pocos los medios latinoamericano que reproducen la fantasía del “coletazo de Obama”. Esa estrategia, de factura castrista, sigue siendo rentable en amplios sectores de la región que reciclan la vieja mentalidad nacionalista, incapaz de ver el origen de la crisis en el fracaso de un modelo económico y en la conducción autoritaria y cortoplacista de los recursos nacionales. La economía venezolana está sometida a control de cambio desde 2003, por lo que las decisiones monetarias de Caracas son más autónomas que las de otros gobiernos latinoamericanos o caribeños.

La tesis de que Obama y Estados Unidos son los autores de la bancarrota venezolana choca con la realidad de que es muy poco lo que puede hacer Washington para afectar la economía de esa nación suramericana. El colmo es que Estados Unidos no sólo se mantiene como uno de los principales compradores de petróleo venezolano, después de China y muy por encima de la “amiga Rusia”, sino que en los últimos años Caracas ha importado combustible de Estados Unidos a precios módicos. Si Obama hubiera querido dar un verdadero coletazo habría suspendido esas transacciones y no habría ordenado a John Kerry tratar de mantener a flote el vínculo bilateral.

La función política del terror; por Rafael Rojas

El terrorismo, como la guerra, es la continuación de la política por medios letales. Lo hemos visto en estos días en Alemania, donde un atentado contra un mercado navideño en Berlín, que dejó 12 muertos y 48 heridos, está produciendo un automático efecto en la política interna de ese país. El principal sospechoso de la

Por Rafael Rojas | 27 de diciembre, 2016
Policías trabajan junto al camión que arrolló a los visitantes de un mercado navideño en el centro de Berlín / Fotografía de EFE

Policías trabajan junto al camión que arrolló a los visitantes de un mercado navideño en el centro de Berlín. Fotografía de EFE

El terrorismo, como la guerra, es la continuación de la política por medios letales. Lo hemos visto en estos días en Alemania, donde un atentado contra un mercado navideño en Berlín, que dejó 12 muertos y 48 heridos, está produciendo un automático efecto en la política interna de ese país. El principal sospechoso de la masacre, según los medios más acreditados de Alemania, es el joven tunecino Anis Amri, involucrado en organizaciones islamistas durante la “primavera árabe” y era investigado por las autoridades alemanas desde hacía años.

Como en Niza o en Orlando, la idea del “lobo solitario”, que tan rápidamente se difundió en medios que rechazan la política antiterrorista de Occidente, comienza a ser descartada. Las redes del Estado Islámico, que han llevado sus métodos de reclutamiento a un nivel inédito de sofisticación psicológica, hacen contacto con cada uno de esos atentados. Su objetivo no es, únicamente, cobrar vidas de cristianos, judíos o musulmanes “infieles” sino movilizar, dentro de Europa y Estados Unidos, políticas favorables a la construcción del nuevo califato.

Como en Francia, 2017 será año de elecciones en Alemania. Pero a diferencia de su vecino, el campo electoral alemán no está propiamente fragmentado entre una derecha nacionalista y xenófoba y una izquierda multicultural y cosmopolita. En Alemania, es el principal partido de derecha, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), encabezada por Angela Merkel, el que ha promovido la política más resueltamente pro-inmigrante de Europa. El partido hegemónico de la izquierda, la Socialdemocracia, encabezado por Sigmar Gabriel, coincide con la canciller en las líneas centrales de la estrategia hacia los refugiados.

Sin embargo, partidos de la extrema derecha, racista y chovinista, como la Alternativa para Alemania (AFD), encabezado por Markus Pretzell y Frauke Petry, el cual pugna por convertirse en la tercera fuerza política del país, intentan capitalizar el atentado en favor de un cierre de fronteras, similar al que promueven otras corrientes conservadoras y populistas de Europa, Gran Bretaña y Estados Unidos. Los nacionalistas alemanes han endilgado los muertos de Berlín a la canciller Merkel y, como sugiere el corresponsal de El País en esa ciudad, Luis Doncel, se posicionan como los principales beneficiarios del yihadismo en Alemania.

Angela Merkel y Francois Hollande han sido, hasta ahora, los principales factores de contención de la ola de derecha populista que invade Europa oriental y central y el resto del Occidente desarrollado. En el escenario electoral francés se observa tanto un ascenso de la extrema derecha de Marine Le Pen como del conservadurismo moderado de Francois Fillon. Si la candidatura del socialista Manuel Valls no se consolida, probablemente se produzca un giro conservador en París, en el que no habría que descartar un Brexit francés, como el que ya propone Le Pen.

El atentado yihadista en Alemania busca el calculado efecto de una reacción conservadora que impida la reelección de Merkel. El terror alienta el extremismo nacionalista en Occidente porque sabe que las sociedades secularizadas, que optan por el cierre de fronteras, el reforzamiento de la seguridad nacional y la limitación de derechos civiles, colapsan. Bajo la presión terrorista, la derecha occidental puede acabar con la Unión Europea, con los tratados de libre comercio y reconducir el mundo a un estado de división y desconfianza, peor que el de los años anteriores y posteriores a la Primera Guerra Mundial.

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Trump, Putin y América Latina; por Rafael Rojas

El gabinete de Donald Trump va tomando forma como un extracto de militares y empresarios de la derecha norteamericana. Tres generales —James Mattis, John Kelly y Michael Flynn—, se ocuparán de la defensa y la seguridad del país. Banqueros, inversionistas y magnates, como William Ross, Steven Mnuchin, exgerente de Goldman Sachs, y Rex Tillerson, director

Por Rafael Rojas | 16 de diciembre, 2016
De izquierda a derecha: Donald Trump, presidente de Estados Unidos a partir de enero 2017 y Vladimir Putin, presidente de Rusia

De izquierda a derecha: Donald Trump, presidente de Estados Unidos a partir de enero 2017 y Vladimir Putin, presidente de Rusia

El gabinete de Donald Trump va tomando forma como un extracto de militares y empresarios de la derecha norteamericana. Tres generales —James Mattis, John Kelly y Michael Flynn—, se ocuparán de la defensa y la seguridad del país.

Banqueros, inversionistas y magnates, como William Ross, Steven Mnuchin, exgerente de Goldman Sachs, y Rex Tillerson, director del gigante petrolero Exxon Mobil, amigo y socio de Vladimir Putin, condecorado en Moscú con la Orden de la Amistad en 2013, se harán cargo del comercio y las relaciones internacionales del nuevo gobierno.

A pocas horas de que Trump anunciara a Tillerson como su secretario de Estado, el asesor de Putin, Yuri Ushakov, y el canciller Sergei Lavrov celebraron el pragmatismo del presidente electo y auguraron años de esplendor inédito en las relaciones entre Washington y Moscú. Trump hizo el anuncio del nombramiento de Tillerson a la vez que se revelaba que un informe de la CIA sostenía que Rusia había hackeado las pasadas elecciones para desfavorecer a Hillary Clinton. Por si fuera poco, en los mismos días, Trump amenazó con privilegiar a Taiwán y abandonar la política de una “sola China” que ha garantizado, por décadas, el vínculo entre Washington y Beijing.

Algo de esa mezcla explosiva de convergencia con Rusia y tensión con China se ha observado en la sostenida retórica de Donald Trump contra el acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), al que también se opone Putin. Aunque China se mantuvo a la expectativa desde que el proyecto se echó a andar, en la pasada reunión de Lima, Perú, la delegación del país asiático sugirió que, en caso de que Estados Unidos salga del acuerdo, Beijing podría asumir el liderazgo del proyecto.

¿Qué esperar de América Latina en este imprevisto escenario de una alianza entre Washington y Moscú contra China? Lo primero que podría suceder es que aquellos países con mayores intereses chinos –el Cono Sur, Perú y, en menor medida, México—, refuercen sus vínculos comerciales y financieros con el gigante asiático. En cambio, países donde no pesan tanto las inversiones chinas, pero que priorizan el nexo geopolítico y la colaboración militar con Moscú, como los gobernados por el bloque bolivariano, se verían ante la disyuntiva de mantener su trato privilegiado con Rusia, mientras Putin se entiende con su enemigo histórico, Estados Unidos.

¿Cómo justificarían su entendimiento con Rusia las izquierdas bolivarianas, si se confirma que Trump debe su triunfo a la intervención del Kremlin en las pasadas elecciones? El bajísimo perfil que los principales medios de comunicación de ese bloque —Granma, Cubadebate, Telesur…— han dado al escándalo del hackeo ruso y, en general, a la candidatura y la elección de Trump, parecería apuntar a una lógica hiperrealista, sobre todo, en La Habana y Caracas, La Paz y Quito. Si Trump, de la mano de Putin, les ofrece un buen trato, los “antimperialistas” gobiernos del ALBA se disponen a aceptarlo. “Business is business”.

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Los que renuncian y los que se aferran; por Rafael Rojas

Es estereotipado y de mal gusto hacer paralelos sobre la alta calidad democrática del Occidente desarrollado y la persistencia de autoritarismo en la cultura política latinoamericana. La conducción corrupta y autoritaria de la política se manifiesta en cualquier lugar del mundo y la recurrencia a la misma, en América Latina, tiene que ver cada vez

Por Rafael Rojas | 13 de diciembre, 2016
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De izquierda a derecha: David Cameron, Matteo Renzi, Fernando de la Rúa y Alberto Fujimori.

Es estereotipado y de mal gusto hacer paralelos sobre la alta calidad democrática del Occidente desarrollado y la persistencia de autoritarismo en la cultura política latinoamericana. La conducción corrupta y autoritaria de la política se manifiesta en cualquier lugar del mundo y la recurrencia a la misma, en América Latina, tiene que ver cada vez más con fallas institucionales que con predisposiciones culturales. Al fin y al cabo, la forma de gobierno predominante en la región, desde hace más de tres décadas, es la democracia, y las corrientes antisistémicas, incluso dentro de la izquierda más radical, no son mayoritarias o hegemónicas.

No deja de ser contrastante, sin embargo, la práctica de la renuncia presidencial dentro de algunos regímenes parlamentarios de Europa, frente al empecinado reeleccionismo de algunos líderes latinoamericanos. En lo que va de año, dos mandatarios europeos han dimitido luego de que plebiscitos convocados por ellos mismos, les resultaran desfavorables. Después del triunfo del No en la consulta sobre el Brexit, el primer ministro David Cameron, que llevaba apenas un año de reelegirse al frente del gobierno, renunció. Hace unos días fue el turno del jefe del gobierno italiano, Matteo Renzi, quien dimitió luego del resultado del referéndum de reforma constitucional y la aprobación del nuevo presupuesto del parlamento.

¿Cuándo se produjo la última renuncia de un presidente latinoamericano? Las que vienen a la mente, de Alberto Fujimori en el año 2000 o de Fernando de la Rúa en 2001, fueron, como en la década anterior, salidas antes de ser derrocados o destituidos. Las de Jean Bertrand Aristide en Haití en 2004 o las de Gonzalo Sánchez de Losada o Carlos Mesa en Bolivia, en 2003 y 2005, también fueron colapsos de gobiernos, no dimisiones deliberadas. Cameron y Renzi, además de políticos muy jóvenes, 50 años el primero y 40 el segundo, salieron con una relativa popularidad.

Esas renuncias podrían indicar que el régimen parlamentario en Europa goza de buena salud. Pero lo mismo podría decirse del presidencialismo en América Latina, aunque haciendo la salvedad de que el reeleccionismo más desenfrenado, sobre todo en los países gobernados por las izquierdas neopopulistas, distorsiona elementos del propio régimen presidencial. La reelección indefinida, instalada constitucionalmente en países como Venezuela y Nicaragua, y con corrientes favorables en Ecuador y Bolivia, es la mejor muestra de esa perversión del presidencialismo.

En el actual debate sobre el legado de Fidel Castro, buena parte de la opinión pública de izquierda, en América Latina, no considera como algo negativo la permanencia del líder cubano en el poder por 47 años consecutivos. Esa idea de que la “grandeza” del líder hacía necesaria la reelección permanente se transfirió, en la izquierda autoritaria de la región, de Fidel Castro a Hugo Chávez y de éste a Ortega, Morales y Correa. Esa izquierda no renuncia a encontrar a otro Fidel Castro en cada país latinoamericano y caribeño.

La reelección ronda varias coyunturas políticas de la región. En Brasil trata de reelegirse Lula, en Chile Ricardo Lagos, en Bolivia Evo Morales, en Paraguay Horacio Cartes y en Ecuador, a pesar de declarar lo contrario, Rafael Correa. El caso paraguayo es del mayor interés. A pesar de contar con una Constitución aprobada luego de la larga dictadura de Alfredo Stroessner, que limita la reelección, el actual presidente y su opositor, Fernando Lugo, están presionando en favor de la permanencia o la vuelta al poder.

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Después del duelo; por Rafael Rojas

Quienes festejan o lloran la muerte de Fidel Castro viven dos latitudes de un mismo duelo. Para unos se trata de un acto de justicia, que juzga crímenes del pasado. Para otros es el paso previo a la resurrección, a la mutación del muerto en una entidad ideológica, eterna o inmortal, que seguirá legitimando al

Por Rafael Rojas | 2 de diciembre, 2016
Fotografía de la serie Tiempos habanísticos, de Daniel Loaiza

Fotografía de la serie Tiempos habanísticos, de Daniel Loaiza. Si desea ver la fotogalería completa haga click en la imagen

Quienes festejan o lloran la muerte de Fidel Castro viven dos latitudes de un mismo duelo. Para unos se trata de un acto de justicia, que juzga crímenes del pasado. Para otros es el paso previo a la resurrección, a la mutación del muerto en una entidad ideológica, eterna o inmortal, que seguirá legitimando al régimen de la isla y a sus aliados en el mundo. Es lo que hemos escuchado, en estos días, en la Plaza de la Revolución de La Habana: la promesa de un fidelismo eterno.

Pero después del duelo viene la realidad: Cuba sobrevivió a Castro, la historia del país apurará su entrada al siglo XXI y quienes le darán forma no serán únicamente los guardianes del legado. La muerte biológica de Fidel es, en buena medida, la muerte política de la élite del poder que él construyó, a base de lealtad a su persona. A partir de ahora deberá acelerarse una recomposición de la clase política cubana que, de no hacerse con un mínimo de apertura o flexibilidad, podría derivar en violencia.

El primer instinto de la vieja generación será imponer la “unidad” desde las estructuras del ejército y el partido. Pero en la Cuba actual no sólo cuentan las instituciones: son indispensables los liderazgos. Después de Fidel y Raúl no hay otro político con el tipo de legitimidad histórica que hasta ahora ha requerido la conducción del país. Las reglas internas de acceso al poder deberán rediseñarse de acuerdo con criterios no fundados en la autoridad moral de haber intervenido en la gesta revolucionaria.

La nueva generación de políticos cubanos, en el gobierno y la oposición, tiene la responsabilidad de rebasar el duelo y ofrecer a la ciudadanía una modalidad de gobierno más acorde con las sociedades complejas del siglo XXI. Ya no se trata de “resistir al imperio” o “luchar contra el bloqueo” sino de gobernar una población heterogénea, nacida después de 1959, con un potencial migratorio de cientos de miles de jóvenes al año y una creciente diáspora de más de dos millones.

Hasta ahora, en Cuba, la política económica y las relaciones internacionales se han subordinado a la reproducción de un régimen totalitario. En los últimos años, la propia dirigencia de la isla tuvo que reconocer que el saldo fue desfavorable para la economía, ya que hereda un país improductivo y dependiente, tecnológicamente atrasado, donde crecen la desigualdad y la pobreza. Los jóvenes políticos cubanos tienen el deber de alterar la ecuación y poner la política exterior y el modelo económico en función de una nueva democracia soberana en el Caribe.

Más allá de los discursos continuistas de huérfanos o aliados demagógicos, que aprovechan el duelo para perpetuarse en sus respectivas naciones, eso es lo que espera y desea la mayoría de la población insular y de la comunidad internacional. El mundo lleva años preparándose para una Cuba posterior a Fidel Castro. Esa Cuba ya comenzó a construirse, dentro y fuera de la isla. Quienes logren dar forma a ese cambio serán los estadistas cubanos del siglo XXI.

La izquierda autoritaria después de Obama; por Rafael Rojas

Habría que retener algunas escenas de estos días, en la política latinoamericana, para el momento en que se desaten las inevitables tensiones entre Estados Unidos y América Latina, bajo la presidencia de Donald Trump. Muchos mandatarios de la región, de una u otra izquierda, de centro o derecha, felicitaron al presidente electo la semana pasada.

Por Rafael Rojas | 17 de noviembre, 2016

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Habría que retener algunas escenas de estos días, en la política latinoamericana, para el momento en que se desaten las inevitables tensiones entre Estados Unidos y América Latina, bajo la presidencia de Donald Trump.

Muchos mandatarios de la región, de una u otra izquierda, de centro o derecha, felicitaron al presidente electo la semana pasada. Pero la mayoría lo hizo a través de sus cuentas de Twitter o en declaraciones a medios nacionales y extranjeros.

Incluso aquellos que, como Rafael Correa y Evo Morales, arguyeron diferencias con Trump, saludaron diplomáticamente su triunfo. Correa elogió a Hillary Clinton y recordó con gratitud sus años como estudiante en Estados Unidos, durante la administración de su esposo, pero invitó a Trump a mantener puentes abiertos con los gobiernos latinoamericanos. Morales fue más tajante: dijo que con cualquiera de los dos a América Latina le iría mal y que Bolivia estaba mejor sin embajador.

Un punto del mensaje de Correa merece mayor atención. El presidente ecuatoriano suscribió la tesis, expuesta entre otros por Ignacio Ramonet, de que el triunfo de Trump, como el del Brexit, confirma el fracaso de la globalización. En otro momento, Correa presentó la elección de Trump como una rebelión electoral del pueblo contra una élite corrupta. Tan sólo el papel del Partido Republicano o que Hillary ganara el voto popular refuta esa interpretación.

Otro líder de la izquierda neopopulista no pudo evitar la sintonía con Trump cuando afirmó que “lo maravilloso de esta elección es que el pueblo de Estados Unidos votó de acuerdo a lo que está sintiendo económicamente”. Y agregó este sintomático paralelo: “Fíjense que a nosotros se nos acusaba de proteccionistas…, y en el país y en la economía más importante del mundo, acaba de ganar alguien que hace del proteccionismo, de sus trabajadores, de sus empresas y de su mercado interno, una bandera”.

Decíamos que la mayoría de los presidentes latinoamericanos felicitó a Trump a través de los medios de comunicación o las redes sociales. Muy pocos lo hicieron de manera directa: Enrique Peña Nieto, Mauricio Macri y, significativamente, Raúl Castro y Daniel Ortega. A diferencia de la mayoría de los medios de comunicación latinoamericanos, que durante la campaña cuestionaron a Trump, la prensa oficial cubana fue más dura con Barack Obama y Hillary Clinton, a quienes acusó de querer derrocar al Gobierno de la isla con métodos suaves.

No habría que olvidar que Castro y Ortega son aliados leales de Vladimir Putin y que éste es, luego de Theresa May y Boris Johnson, uno de los líderes globales que mayor entusiasmo ha mostrado con la elección de Trump. El futuro de la izquierda autoritaria y neopopulista, en América Latina, parece garantizado, ya sea porque Trump ofrezca “mejores negocios” bilaterales o porque regrese a la política confrontacional de los republicanos, que siempre ayuda a justificar la ausencia de democracia.

La batalla por el sentido de América; por Rafael Rojas

Donald Trump irrumpió en estas elecciones presidenciales como un desafío a toda la clase política norteamericana, a su composición social, a su estilo de gobierno y a su imagen del país. Pero un vistazo al mapa electoral, en el que la costa oeste, desde California hasta el estado de Washington, y toda la zona del

Por Rafael Rojas | 9 de noviembre, 2016
Fotografía de Phil Long / AP Photo

Fotografía de Phil Long / AP Photo

Donald Trump irrumpió en estas elecciones presidenciales como un desafío a toda la clase política norteamericana, a su composición social, a su estilo de gobierno y a su imagen del país.

Pero un vistazo al mapa electoral, en el que la costa oeste, desde California hasta el estado de Washington, y toda la zona del nordeste, entre Minnesota y Maine, se veían en azul hasta la noche de ayer, mientras buena parte del centro rural permanecía en rojo, confirmó que la polaridad tradicional entre republicanos y demócratas, que vimos en la contienda del 2000 entre Al Gore y George W. Bush o en la del 2008 entre John McCain y Barack Obama, se repitió.

Aunque muchos jerarcas del partido le retiraron públicamente su voto, las bases electorales republicanas se movilizaron en favor del magnate de Nueva York. No de otra manera se explica su ascenso en las encuestas luego del verano de 2016. Algún peso pudieron tener el viaje a México o el escándalo de la reapertura y cierre de la investigación del FBI sobre los e mails de Hillary Clinton durante la guerra en Libia. Pero lo cierto es que el repunte de Trump estuvo directamente relacionado con la puesta en marcha de la maquinaria electoral republicana.

La derrota de Hillary Clinton también debe atribuirse a su partido y no únicamente a las evidentes limitaciones de su candidatura. Las debilidades de la exsenadora y exsecretaria de Estado quedaron expuestas en la campaña. La deuda de su fracaso con la cúpula y las bases del partido demócrata, es enorme y, muy probablemente, se refleje en el futuro de esa organización como fuerza opositora. Por lo pronto, el nuevo gobierno republicano llega a la Casa Blanca con un congreso mayoritariamente favorable y un legado de incomunicación entre los poderes por las acciones ejecutivas de Obama.

En la búsqueda del voto liberal o conservador de la juventud de Estados Unidos, blanca, hispana, asiática o afroamericana, fue que se manifestó más claramente que estas elecciones eran una disputa por el sentido de la nación. Trump llegó a ser visto como una amenaza entre jóvenes de una u otra orientación. Sus ataques verbales contra México, su racismo y su xenofobia, su machismo y su misoginia, su populismo y su chovinismo, le restaron apoyos en el sector más ilustrado de las nuevas generaciones. Pero otra parte de esa juventud sintió más el peso del hartazgo con ocho años de gobierno demócrata.

A diferencia de Obama o de su esposo, Bill Clinton, Hillary llegó vulnerable a la campaña. A nivel legislativo, el resultado también le fue desfavorable: la Cámara de Representantes siguió estando controlada por una mayoría republicana y los demócratas en el Senado no pudieron ganar los nueve escaños que necesitaban para disputar la hegemonía a su rival. Hasta ayer en la noche, sólo en Illinois, Pennsylvania y Wisconsin, la elección para el Senado parecía favorecer claramente a los demócratas. Mejor parece haberles ido en las elecciones para gobernador: en tres estados, Indiana, North Carolina y West Virginia, los demócratas iban a la delantera.

Hillary Clinton tenía la ventaja, sobre Obama, de contar con una imagen más moderada. Pero esa moderación se dilapidó en un careo obsesivo con Donald Trump, que empañó la oferta clara de propuestas atractivas para las mayorías desfavorecidas. En esta batalla por el sentido de América, el desencanto con el sistema y la alianza con el sector más conservador del país, produjo este fracaso que podría operar un giro dramático en las claves domésticas y globales de la política de Estados Unidos en el siglo XXI.

La lucha por el poder en China; por Rafael Rojas

Con frecuencia se dice que en China se ha consolidado una economía de mercado bajo un régimen comunista. La idea que reproduce la mayoría de los medios occidentales es que ese comunismo capitalista es una mezcla perfecta entre los dos sistemas enfrentados en la Guerra Fría. El régimen chino, sin embargo, es todavía más complejo

Por Rafael Rojas | 5 de noviembre, 2016
Presidente de China Xi Jinping. Fotografía de Lintao Zhang para Getty Images

El Presidente de China Xi Jinping. Fotografía de Lintao Zhang para Getty Images

Con frecuencia se dice que en China se ha consolidado una economía de mercado bajo un régimen comunista. La idea que reproduce la mayoría de los medios occidentales es que ese comunismo capitalista es una mezcla perfecta entre los dos sistemas enfrentados en la Guerra Fría. El régimen chino, sin embargo, es todavía más complejo que eso: no es una economía de mercado como cualquier otra de Occidente y tampoco es un régimen de partido comunista único como el que existió en la URSS o Europa del Este.

La reforma económica china comenzó, en tiempos de Deng Xiaoping, entre los años 70 y 80, por medio de la desregulación y la descentralización de la agricultura y la industria y la apertura al comercio occidental que reforzó el modelo manufacturero. Pero entre los años 90 y 2000, bajo el liderazgo de Jiang Zemin, se produjo una privatización acelerada, por la cual miles de jerarcas del partido se convirtieron en empresarios que controlaban los sectores estratégicos de la economía. Aquella burocracia capitalista se abrió a la inversión extranjera y liberalizó las finanzas, al punto de producir el país más integrado a la globalización del siglo XXI, después de Estados Unidos.

El sistema político chino no es un unipartidismo como el de los socialismos reales de la Guerra Fría, que se desplomaron en 1989. Debajo de la hegemonía del masivo Partido Comunista de China (PCCh), con 90 millones de militantes, subsisten ocho partidos minoritarios y regionales, además de múltiples asociaciones sociales, subordinadas al Estado. Pero las dimensiones territoriales y demográficas de China producen una diversidad de intereses que encuentran en la cúpula empresarial y política del Partido Comunista su espacio de negociación y conflicto.

Esas tensiones cíclicas en la cúpula se han confirmado, en los últimos días, con el más reciente pleno de los comunistas chinos, que prepara la celebración del congreso de la institución el año próximo, donde se decidirá si el actual líder, Xi Jinping, es reelegido por otro periodo de cinco años. Desde los años 90, la sucesión de la jefatura política china se ha acomodado a dos periodos de cinco años por mandato. Con ese fin, 400 dirigentes, que concentran todo el poder económico y político del enorme país, se reunieron a puertas cerradas en Pekín y trazaron la hoja de ruta para la élite china en los próximos años.

En esa reunión Xi Jinping fue declarado hexin o núcleo de la dirigencia china, un título informal que en el pasado sólo se reservó a Mao y a Deng. Algunas facciones dentro del partido, con sus representantes en el cónclave, como el Grupo de Shangai y la Liga de Jóvenes Comunistas, presionaron, sin embargo, en favor de una mayor distribución del poder. Tal y como esperaban algunos analistas, el reforzamiento del poder de Xi ha derivado en denuncias de complots y conspiraciones en su contra, que involucran a sectores de la dirigencia con la deslealtad y el nepotismo.

En las últimas horas, la agencia china Xinhua reprodujo declaraciones del líder que acusaban a antiguos jefes de facciones, como los exministros Zhou Yongkang y Bo Xilai y los generales Guo Boxiong y Xu Caihou, procesados por delitos económicos y políticos, de ser los artífices de un plan para desplazarlo del poder dentro del Comité Central. Los medios de comunicación oficiales relacionan a esos jerarcas, que formaron parte del gobierno del predecesor de Xi Jinping, Hu Jintao, con una trama de corrupción que, en China, como en otros regímenes comunistas del pasado, casi siempre encubre una encarnizada lucha por el mando.

Cuando la reelección no es noticia; por Rafael Rojas

En unos días Daniel Ortega será reelegido como presidente de Nicaragua. El hecho no es noticia o lo es antes de que suceda porque Ortega va a la contienda sin candidaturas opositoras de peso. Será la séptima vez que el ex comandante sandinista se presenta a una elecciones presidenciales en Nicaragua, la cuarta que gana

Por Rafael Rojas | 4 de noviembre, 2016

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En unos días Daniel Ortega será reelegido como presidente de Nicaragua. El hecho no es noticia o lo es antes de que suceda porque Ortega va a la contienda sin candidaturas opositoras de peso. Será la séptima vez que el ex comandante sandinista se presenta a una elecciones presidenciales en Nicaragua, la cuarta que gana y su tercer gobierno consecutivo, en lo que va del presente siglo, que lo mantendrá al mando del país centroamericano hasta el año 2021.

Ortega lleva como candidata a la vicepresidencia a su esposa Rosario Murillo, que es una suerte de ministro sin cartera del actual gabinete. La oposición y la prensa independiente de Nicaragua han denunciado reiteradamente la desaforada acumulación de poder económico y político en manos de Murillo, en los últimos años. Desde la condición de vocera del gobierno, la esposa del mandatario ha creado un aparato comunicacional y de cabildeo que le asegura una enorme ascendencia sobre el partido oficial, el Frente Sandinista.

Ortega llega a las elecciones con su esposa como compañera de fórmula y una oposición descabezada. Apenas comenzaba la campaña, la representación legal del Partido Liberal Independiente, la principal fuerza opositora, fue suspendida por la Corte Suprema de Nicaragua. Poco después, 28 diputados de ese partido fueron destituidos de la Asamblea Nacional, en una maniobra de control del poder legislativo muy parecida a las que se acostumbran en otros autoritarismos del siglo XXI, como el ruso o el venezolano.

Ortega pertenece a un tipo de político latinoamericano, formado bajo el modelo de liderazgo de Fidel Castro o Hugo Chávez, que entiende el poder como adicción. Quince, veinte o treinta años de gobierno consecutivo son pocos en esa idea de la política. Y si es preciso el retiro, en algún momento, mejor tener garantizada una vía cercana o dinástica de sucesión. Pocos ponen en duda que Murillo sería la eventual candidata presidencial del sandinismo dentro de cinco años.

El autoritarismo sandinista no necesita ser competitivo, como el de Chávez o Putin. No se arriesga tanto. De ahí que antes de la reelección, que en Nicaragua es indefinida desde 2014, el gobierno se haya asegurado de mermar la capacidad legislativa y judicial de la oposición. Ortega y Murillo no sólo controlan la Asamblea y la Corte Suprema de la nación centroamericana, también el Consejo Supremo Electoral (CSE), la institución que conducirá el proceso el próximo fin de semana.

El CSE está compuesto por diez magistrados, siete son sandinistas y partidarios de Ortega y Murillo, dos pertenecen al Partido Liberal Constitucionalista del ex presidente Arnoldo Alemán, que pactó desde hace años una alianza con el partido oficial, y uno, el presidente Roberto José Rivas Reyes, originalmente fue propuesto por la Iglesia, pero está obligado a responder a la mayoría oficialista. En la Nicaragua de Daniel Ortega, como en el México de Porfirio Díaz: la reelección no es noticia.

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Una casa para Lichi; por Rafael Rojas

Hemos visto en estos días, En un rincón del alma (2016), el emocionante documental de Jorge Dalton, talentoso cineasta salvadoreño, hijo del poeta Roque Dalton, sobre nuestro querido e inolvidable amigo Eliseo Alberto Diego (Lichi), presentado en la Casa de América de Madrid el pasado 17 de octubre. Comprobamos que el duelo sigue tan vivo

Por Rafael Rojas | 22 de octubre, 2016

Una casa para Lichi por Rafael Rojas

Hemos visto en estos días, En un rincón del alma (2016), el emocionante documental de Jorge Dalton, talentoso cineasta salvadoreño, hijo del poeta Roque Dalton, sobre nuestro querido e inolvidable amigo Eliseo Alberto Diego (Lichi), presentado en la Casa de América de Madrid el pasado 17 de octubre. Comprobamos que el duelo sigue tan vivo como aquel último día de julio de 2011, sencillamente porque todos, o los más cercanos, seguimos sintiendo a Lichi aquí, muy cerca, del otro lado del teléfono o a unas cuadras en la colonia Del Valle.

El documental de Dalton está pensado como una conversación de Lichi con el público. El escritor, sentado en una esquina de su estudio en la calle de Tlacoquemécatl, sin otra presencia que medie entre su voz y el público, habla para nosotros. A través de ese monólogo, que a veces se interrumpe con breves alusiones al documentalista, Dalton ha logrado revivir la cautivante oralidad de Eliseo Alberto. A pesar de la gravedad del tema —la fractura de la cultura cubana y el totalitarismo político en la Isla—, esa mezcla de ingenio, lucidez y humor que era la conservación de Diego queda retratada en el film.

La pieza de Dalton arranca superponiendo imágenes de las casas habaneras donde residió el escritor: la quinta Villa Berta, en Arroyo Naranjo, donde vivieron sus padres, el poeta Eliseo Diego y su esposa, Bella García Marruz, y sus tres hijos, Rapi, Lichi y Fefé, y la casa de E entre 23 y 21, que pasó de padre a hijo en los 90. Finalmente, las imágenes desembocan en la última casa que habitó el autor de Informe contra mí mismo(1997), en la calle de Tlacoquemécatl, en la Ciudad de México, desde cuya biblioteca habla a sus amigos.

Lo que cuenta Lichi en “En un rincón del alma” es una historia familiar y personal de la Revolución Cubana. Una historia desde la emoción, no desde la pasión o la razón que, a su entender, han dividido y confrontado a los cubanos durante seis décadas consecutivas. Si la razón ha destruido el pasado de una ciudad y ha creado un régimen de exclusión de unos cubanos por otros, la pasión los ha llevado a la guerra y la represión, al silenciamiento y el escarnio. Una historia del drama de la isla, basado en la emoción, permite restablecer el tejido la memoria antes de pasar a la inevitable reconstrucción política del país.

La memoria del escritor, con sus casas a cuesta, como el judío errante de Marc Chagall o la novela Una casa para Mister Biswas de V. S. Naipaul, conduce la conversación por las grandes desgarraduras de la historia cubana reciente: los fusilamientos, la sovietización, las UMAP, Mariel, la homofobia, la diáspora… Pienso entonces, que esas casas, como cápsulas de la memoria, explican también el gusto de Eliseo Alberto por los pequeños espacios simbólicos que habitan sus novelas: el circo de La eternidad por fin comienza un lunes, el zoológico de La fábula de José, la playa de Caracol Beach, la imprenta o el teatro de Esther en alguna parte y la revista juvenil de El retablo del Conde Eros.

El Nobel de Dylan y la querella de trovadores y poetas; por Rafael Rojas

La concesión del premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, esperada desde hace años, ha provocado diversas reacciones en medios literarios y digitales. La de quienes se alegran porque son fans de Dylan o porque piensan que la distinción se abre al reconocimiento de una literatura más allá de la literatura misma. Y la de

Por Rafael Rojas | 17 de octubre, 2016
Bob Dylan, Englaterra, 1966.

Bob Dylan, Inglaterra, 1966. Fotografía de Jean-Marie Perier

La concesión del premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, esperada desde hace años, ha provocado diversas reacciones en medios literarios y digitales. La de quienes se alegran porque son fans de Dylan o porque piensan que la distinción se abre al reconocimiento de una literatura más allá de la literatura misma. Y la de los que piensan que premiar a Dylan fue la manera más fácil de evitar un Nobel al narrador Philip Roth o al poeta John Ashbery, dando por sentado que este año tocaba a Estados Unidos.

En uno de los artículos que circularon en las redes, de Karina Sainz Borgo, se sostenía que el galardón a Dylan suplantaba el de Roth porque distinguía a otro judío que fue ícono de la izquierda de los 60, pero que, a diferencia del autor de Pastoral americana (1997), se replegó del posicionamiento público en las últimas décadas, sin dejar de producir una música atenta al sonido y el sentido de las palabras. Premiar a Roth, en cambio, habría sido reconocer a uno de los mayores críticos de la corrección política, el puritanismo sexual y la hipocresía diplomática en Estados Unidos.

En otro artículo, que circuló por algún rincón de la red, alguien decía que sumar a Dylan a la lista de los Nobeles era un paso más en el camino de la hegemonía del imperialismo cultural yanqui. Todo imperialismo, decía el twittero, posee un proyecto de cultura pop y el norteamericano, con Dylan ahora, como antes con Elvis, aspira a barrer la diversidad musical y literaria del planeta. En la misma cuerda, aunque matizando el argumento, se alistaron los que decían que si daban el Nobel a Dylan también deberían otorgarlo a Leonard Cohen o Joan Manuel Serrat.

El debate me recordó episodios personales en La Habana de los años 80, cuando una nueva generación de trovadores (Santiago Feliú, Carlos Varela, Gerardo Alfonso, Frank Delgado…) se ganaba la simpatía de la juventud universitaria, a la que yo pertenecía. Recuerdo que por entonces, alguien, tal vez la poeta Reina María Rodríguez o el periodista Bladimir Zamora, propuso un debate en la Casa de las Américas entre trovadores y poetas, sobre las formas escritas o cantadas de la poesía.

Creo ver al poeta y ensayista Rolando Prats Páez reprocharle al trovador Santiago Feliú sus letras incomprensibles, que el verso “se le caen los dientes a mi barba”, con que arrancaba una de sus canciones, era de mal gusto y erróneo. Feliú, que era tartamudo, no respondió a Prats, pero alguien lo hizo por él invocando una frase de Eliseo Diego a propósito de Silvio Rodríguez. Éste, según Diego, era un poeta que, frente a otros de su misma generación, tenía la ventaja de “cantar sus poemas”. El público se polarizó más de lo que estaba antes de llegar a Casa de las Américas.

El debate sobre el Nobel de Dylan tiene esa cualidad irreductible. Nadie convencerá a nadie. Quienes descreen de la Academia Sueca porque nunca premió a Borges o a Nabokov, seguirán descreyendo. Quienes confunden la poesía con la trova y piensan que Dylan es mejor poeta que Ashbery o prefieren las canciones de Silvio Rodríguez a los poemas de W. H. Auden, seguirán celebrando el veredicto de Estocolmo, que convertirán en antecedente de su causa contra la buena literatura.

Porque, por más que adoremos a Dylan, desde “Don’t Think Twice, It’s All Right” hasta “Moonlight”, preferiríamos que el Nobel del músico no ocupara el lugar que corresponde a Roth o a Ashbery, el poeta de “los ardientes horizontes pavimentados de oro”. Ashbery, quien ha dicho que el poema debe ser escuchado mentalmente antes de ser escrito y que piensa que todo, desde comerse un melón hasta quedar parado en medio de la calle, sin sentido, es poesía.

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Cuando “No” significa “Sí”; por Rafael Rojas

En los últimos días, casi todos los medios de comunicación de la izquierda latinoamericana —desde los más ponderados hasta los más extremistas— han editorializado el resultado del plebiscito del pasado domingo, en Colombia, como un “no a la paz” o un “sí a la guerra”. Página 12, en Argentina, por ejemplo, dijo: “Ganó el no

Por Rafael Rojas | 6 de octubre, 2016
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Fotografía de AP

En los últimos días, casi todos los medios de comunicación de la izquierda latinoamericana —desde los más ponderados hasta los más extremistas— han editorializado el resultado del plebiscito del pasado domingo, en Colombia, como un “no a la paz” o un “sí a la guerra”. Página 12, en Argentina, por ejemplo, dijo: “Ganó el no a la paz en Colombia”, y La Jornada, en México, mucho más tajante, concluyó: “Colombia dice sí a la guerra”.

Lo cierto es que una lectura mínimamente cuidadosa del resultado del plebiscito y de los posicionamientos de los principales contendientes, informa que la voluntad mayoritaria de cada mitad —el 49% del Sí y el 50% del No— y de la gran masa del abstencionismo —62% del electorado— es favorable a la paz. Lo que divide a Colombia, como apuntábamos en esta columna hace meses, no es la rígida alternativa entre guerra y paz sino las diversas maneras de conducir el dilema entre justicia y transición, luego de un conflicto tan sangriento y prolongado.

Como Héctor Abad Faciolince o Mario Vargas Llosa, soy de la opinión que un triunfo del Sí habría facilitado el avance de la justicia transicional en Colombia, que es el enfoque más adecuado para procesar los costos de la guerra en ese país suramericano. El malestar de amplios sectores de la sociedad civil y de la clase política colombianas —especialmente de la comunidad de víctimas y del partido Centro Democrático de Álvaro Uribe y Oscar Iván Zuluaga— pudo canalizarse por fuera del plebiscito y lograr una renegociación del acuerdo de La Habana.

Ahora esa renegociación deberá hacerse luego de la derrota de la consulta promovida por el gobierno de Juan Manuel Santos. Tanto el presidente como sus opositores, los líderes de las FARC o los de las asociaciones de víctimas de la guerra, han insistido en las últimas horas en que si el acuerdo firmado en Cartagena era entre dos —el gobierno y las FARC— después del 2 de octubre deberá ser entre cuatro: el gobierno, la oposición, las FARC y sus víctimas.

Si esa nueva negociación se pone en marcha cuanto antes, superando la apoteosis de la polarización que generó el plebiscito, tal vez pueda lograrse un acuerdo de paz mejorado, antes de las elecciones presidenciales de 2018. Aún cuando ese acuerdo no se someta a una consulta vinculante, como el pasado plebiscito, es posible que se traduzca en una política de Estado con mayor eficacia y perdurabilidad que la que ofrecía el pacto de La Habana.

Por lo pronto, deberá pasar el frenesí del triunfo y el mal sabor de la derrota, para que las cuatro partes involucradas rehagan el diálogo. Poco ayudan, a esa impostergable renegociación, el revanchismo de unos y el resentimiento de otros. Quienes en La Habana o Caracas intentan sacar ventajas mediáticas del proceso de paz, para dotarse de la legitimidad que les falta, o quienes en Bogotá o Miami hacen del plebiscito una pieza más de su maquinaria electoral, serían igualmente responsables de obstruir el avance de la justicia y la reconciliación en la Colombia del siglo XXI.

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