Blog de Rafael Cadenas

Si el desengaño, ese sol; por Rafael Cadenas

Busco un país inocente. Ungaretti Un viejo samurái lamenta haberse dedicado a la guerra, en vez de vivir. * Flor del sendero De pronto mientras caminamos hablando, irrumpe y nos rescata. * Lo que salvas de los escombros es la mirada. No importa la intemperie si te vuelves espejo. Se habita con el desnudo no

Por Rafael Cadenas | 11 de julio, 2017
30-luisa-richter-aventura-1991-reverso-2

Reverso de obra de Luisa Richter




Busco un país
inocente.
Ungaretti

Un viejo samurái
lamenta haberse dedicado
a la guerra, en vez de vivir.

*

Flor del sendero

De pronto mientras caminamos
hablando, irrumpe
y nos rescata.

*

Lo que salvas de los escombros
es la mirada.

No importa la intemperie
si te vuelves espejo.

Se habita
con el desnudo no saber.

*

¿Por qué no viste el pájaro
que volaba
en tus ojos?

*

Nos incumbe desaprender
paso a paso,
decir con exactitud,
dejarnos en el camino
y seguir, indecibles
sin rango
ni relieve
ni énfasis.

*

Despertar

Sin ti se está crispado
como niño solo.

Tal vez para hacerle sitio
te tiene en pie la vida.

*

Si el desengaño, ese sol,
no te despierta,
te inmovilizas, repetido
y tu camino deja de esperarte.

*

Crees
que andas
solo.
Olvidaste
que respiras.

*

¿Estás presente en este momento?
Soltamos, pero las ataduras se prenden
del cuello aunque suspendimos
el tiempo, dios del espanto.

*

Te has dejado llevar.
Tal vez otro camino
te esperó en vano.

Eres una contramarcha
sonriente.

*

Siempre has esperado vivir
y lo que has hecho
ha sido desde un mirador.

Vigía a cargo de percepciones,
descuidas tu quehacer,
te distraes contigo.

No obstante te absuelves.

*

Lo que no digo me persigue,
se instala en el día,
lo corroe.

Ácido que iba a ser tinta
me azuza hacia adentro
donde se hastían mudeces.

*

Sin canon

Vives
dejándote ir.
Has cedido tanto terreno
que no te sientes.
Buscas en el ayer
tu viejo diseño
y no lo puedes recuperar
ni lo cambiarías por el ahora
donde te plantas
ajeno.

*

Los alquimistas

Viven enzarzados en discusiones sobre la mejor forma de producir la piedra. Se dan a inacabables pesquisas, consultan libros en latín, en árabe, en griego y aún en chino. Pasan sus días encerrados frente al atanor, mezclando peregrinas sustancias, sin vislumbrar un signo favorable. Quedan exhaustos pero son persistentes; al siguiente día vuelven a su fantasmagórica tarea. En el fondo saben de qué se trata, pero prefieren llevar a cabo un interminable rodeo. Es como si la piedra que ellos podrían obtener de súbito, dando un salto, reclamara este paciente ejercicio.

 

Tomado de En torno a Basho y otros asuntos, Rafael Cadenas, Colección La Cruz del Sur, Editorial Pre-Textos, España, 2016. Curaduría a cargo de Josefina Núñez.

No puede vivir sin enemigos; por Rafael Cadenas

Historias chinas Amados súbditos —ha dicho el Emperador—, ante todo defiendo la unidad de mi reino. Una sola manera de pensar es lo único que la garantiza. Mi misión es protegerlos de la nefasta diversidad. Por eso he proscrito la discrepancia. Ustedes y yo formamos un solo cuerpo que puede parecer monstruoso, pero nadie podrá

Por Rafael Cadenas | 30 de marzo, 2017
29-kairos

Relieve que representa a Kairos

Historias chinas

Amados súbditos —ha dicho el Emperador—, ante todo defiendo la unidad de mi reino. Una sola manera de pensar es lo único que la garantiza. Mi misión es protegerlos de la nefasta diversidad. Por eso he proscrito la discrepancia. Ustedes y yo formamos un solo cuerpo que puede parecer monstruoso, pero nadie podrá vencerlo.

Es para salvarlos de influencias de los malos espíritus que he resuelto privarlos de su libertad, para que así aprendan a amarla, pues este es mi objetivo, en el futuro. Esta medida, aunque de momento parezca absurda, los hará libres.

Sé que a los más mi decisión no les preocupa, porque les quito un peso insoportable de sus hombros. Sólo algunos letrados echan de menos la libertad, pero eso es un asunto desatendible.

Otra notificación: Entre mis súbditos hay fanáticos que me siguen al pie de la letra. Ellos quieren ensangrentar mi reino, que es como enrojecer el cielo, pero les he dicho que esperen, pues todo tiene su kairos, su momento, su sazón, como nos enseña El Libro de las mutaciones. Semejante impaciencia era esperable, pero estoy a la mira. Si se exceden, sé cómo desbravar rebeldes: con retirarles mi favor, basta.

Un rasgo que señala al Emperador es que no puede vivir sin enemigos. Los ha exterminado a todos mediante un método muy eficaz: suele fijarles un plazo para que se suiciden voluntariamente. Pero no se sacia. Necesita otros nuevos. Consíganlos —exclama— y sus ministros se afanan en encontrárselos. Tarea imposible, porque ya no quedan. Como creen que alguien puede acusarlos, entran en pánico, y éste los lleva a buscarlos entre sus más leales servidores. Sus servidores temen que la ira del Emperador pueda volverse contra sí mismo y lo despedace.

El Emperador imparte sus órdenes como el dios de esos horribles cristianos: mediante el modo imperativo; lo que inquieta a su corte, dado que apunta a una identificación peligrosa. Constrúyase ese puente —grita— y ocurra o no el hecho, sus dóciles funcionarios aplauden hasta quedar extenuados.

Se ha sabido años después que la construcción fue interrumpida.

Las órdenes del Emperador truenan según su antojo a cualquier hora. Como duerme poco, casi siempre son de madrugada. De ahí que tampoco deje dormir a sus ministros, lo que le ha granjeado su oculto malquerer, pero nadie protesta. ¿Quién puede oponerse al elegido de la historia? Para colmo, los aduladores lo han convencido de que él podría conquistar el mundo, desorbitación que puede dar al traste con el poder.

El hijo dilecto del cielo ha decretado el amor. Piensa imponerlo por la fuerza. Ámense, es la orden en uno de sus edictos. Sólo así escaparán al castigo cuya aterradora variedad vuelve afectuosos a los más reacios: picota, estiramiento, decapitación. Para unir a sus súbditos está dispuesto a todo, pero lo más desalentador es que éstos, en lo tocante a su crueldad, no sólo transigen: lo convierten en ídolo.

A los letrados taoístas —afirma— les ha dado por combatir mi reino, porque creen, sin fundamento, que tengo una propensión irresistible a guerrear. En rigor, mis decretos se enderezan a preservar la paz entre mis súbditos separando los malos de los leales, y con las naciones, combatiendo las que no compartan mi visión. Esta política está en consonancia con las leyes del cielo. En mi dominio no existe oposición, fue eliminada para asegurar precisamente la convivencia. Por eso, esta saludable medida ha tenido un apoyo espontáneo debido al temor general.

Sólo esa minoría que no comprende mi lucha por el bien, se empecina en lanzarme ataques malévolos, pero yerra. Terminará por ayudarme a imponer la verdad.

Aunque en chino no existen tiempos verbales, como en esas odiosas lenguas occidentales, el hijo del cielo piensa sobre todo en el futuro. Gracias a la opulencia de su reino, aspira a colonizar otras naciones, con el fin humanitario de llevarles la felicidad de que goza la suya. Piensa convencerlos de su verdad mediante la fuerza. Para lograrlo cuenta con un ejército de arqueros tan diestros como los mongoles. Estos, debe recordarse, parecían invencibles, y sin embargo sucumbieron, pues todo poder aunque suele protegerse más de lo necesario, es efímero. El Emperador lo sabe, pero afecta ignorarlo; si no ¿Cómo podría vivir? Esquivar el sinsentido, que conduce a la nada, es una razón de estado.

Los letrados han propuesto que se retire del diccionario la palabra enemigo, pero ni los sacerdotes estuvieron de acuerdo. Ellos la necesitan para espantar los demonios de la heterodoxia.

¿De qué iban a vivir los exorcistas? Los generales ni consideraron el asunto. Su existencia depende de tan venenosa palabreja. Si no hay enemigos es necesario crearlos con relatos sobre amenazas inverosímiles. De eso se ocuparían los escritores y poetas cortesanos. Si no resultan creíbles, el encargo pasará a manos de los cronistas que lo aderezarán con datos verídicos, pero interpretándolos sesgadamente para poner el pasado al servicio del Emperador.

El Emperador hasta asegura que puede salvar la humanidad como ha hecho con su país, pero tal exorbitancia es tan inédita en sus anales que apenas los súbditos más devotos le creen, o tal vez solo fingen creerlo.

***

Transcripción del manuscrito. Curaduría a cargo de Josefina Núñez

Somos peligrosos; por Rafael Cadenas

Prodavinci se honra en felicitar a su colaborador, el poeta Rafael Cadenas, pilar del espíritu y las letras venezolanas, por el Premio de Literatura 2017, otorgado por la Feria Internacional del Libro del Caribe.

Por Rafael Cadenas | 16 de marzo, 2017
28-viagens_de_gulliver_008

Gulliver among the Lilliputians (1856), de J. J. Grandville

El diálogo según un dictador

Versión originaria: Cuando yo dialogo no quiero que me interrumpan.

Versión segunda: Yo dialogo, pero advierto que no cedo en mi posición.

Versión tercera: En diálogo: los que me contradigan deben reconocer de antemano su error.

Versión cuarta: Después de mucho cavilar, en mi humilde opinión, dictamino que el diálogo es innecesario.

 

Notificación

A los que traten mal

a los prisioneros

se les avisa

que serán declarados

criminales

por desprestigiar

la guerra.

 

Exhortación

El presidente ordena: debemos amarnos como

hermanos.

Para cumplir con tan piadoso propósito he

decidido aumentar al máximo el número de

soldados de mi ejército.

De «Crónicas chinas»

 

Vanidad

El insignificante emperador de Liliput

se llamaba a sí mismo,

sin mostrar ninguna prueba,

«terror y delicia del Universo»,

a pesar de haber conocido

a un destacado agente

del Imperio

que decía llamarse Gulliver.

 

Kennedy en Boston

En este restaurant está el sitio, el booth

donde solía reunirse con sus amigos

para platicar

sobre el futuro, con la certeza

de tenerlo en sus manos

antes de tomar el camino de Washington

y de la bala que lo detuvo para siempre.

 

No está de más tener cuidado

Lawrence M. Krauss dice que el Homo sapiens

fue la primera criatura en 4000 millones de años

en este planeta que desarrolló una explícita

espiritualidad. Tan explícita fue que él acabó

con sus predecesores que tuvieron la mala suerte

de topárselo. Homo neanderthalensis fue al

parecer su última víctima. En otras palabras:

somos peligrosos.

 

Homo sapiens novus

Según las últimas investigaciones de los

paleoantropólogos, el hombre nuevo de la

revolución tiene 150.000 años.

 

Contradicción

Cristóbal Colón

busca

entre escombros

su estatua.

Los que la derribaron

aún hablan español.

***

Transcripción del manuscrito. Curaduría a cargo de Josefina Núñez

La estafa verbal es un rasgo de nuestra época; por Rafael Cadenas

UN ABOGADO DE BUENAS CAUSAS Aquel caballero de las letras que se llamó Pedro Salinas también nos dejó páginas atribuladas sobre la urgencia de proteger la lengua: son las de su más hermosa defensa. Salinas percibía el peligro, la veía amenazada por muchos lados, la sentía zozobrar en medio de la mayor indiferencia. Corría la

Por Rafael Cadenas | 21 de febrero, 2017
Cold Stream, 1966. Por Cy Twombly

Cold Stream (1966), de Cy Twombly

UN ABOGADO DE BUENAS CAUSAS

Aquel caballero de las letras que se llamó Pedro Salinas también nos dejó páginas atribuladas sobre la urgencia de proteger la lengua: son las de su más hermosa defensa.

Salinas percibía el peligro, la veía amenazada por muchos lados, la sentía zozobrar en medio de la mayor indiferencia.

Corría la misma suerte de las otras causas que claman por la salvación, los otros regalos de la cultura que necesitan nuestro auxilio, que deben guardarse de las asechanzas modernas.

Con brío hidalgo, con paciencia de amante, con finura extremada va enhebrando razones, como buen defensor.

Su prosa es ella misma dechado de lo que propone.

Tanto peligran hoy los tesoros —algunos ya han sido irreparablemente vulnerados— que se necesitan defensores capaces de afrontar las agresiones, la socavación subrepticia o desembozada, la acelerada corrosión, la plaga que los va minando. Hombres como Salinas son los que pide a voces esta época insubstancial. A ellos los guarda la empresa enorme, desoída y sola de reparar las brechas infligidas a la cultura, curarla, restablecerla, alimentarla, pues es a ella que el mundo actual ha dado la espalda; y recordemos, para seguir nuestro hilo, que en la base de la cultura está la lengua.

No creo exagerar. Seamos sinceros: a este mundo solo le preocupan los llamados problemas prácticos. ¡Como si fuera posible separarlos de los “otros”, de los que presuntamente no lo son! Se estanca o retrocede en lo humano al par que progresa materialmente, atosigado por toda clase de desmesuras, por el morbo del egocentrismo, por el frenesí nacionalista, otra forma del mismo morbo, que es inseparable de la guerra; por el afán de lucro, constitutivamente insaciable; por la hipertrofia de la política, que se enseñorea de todos los escenarios, enmaraña todas las actividades, e impide la visión directa de los problemas; por la amenaza ecológica, la amenaza atómica, la amenaza del crecimiento de la población.

¿Qué puede significar la cultura vista contra este trasfondo?

Se tiene por adorno o por deber con el que es de rigor cumplir en el mejor de los casos, por actividad complementaria, y aquí estriba la tragedia. Todo se ha puesto al revés. Lo esencial ha pasado a un último plano. Lo que es medio se ha convertido en fin. Tal trastrueque lo ha confundido todo y está en el fondo de la precaria situación humana, del difícil paso en que nos encontramos.

Uno de mis desasosiegos, el que está centrado en la lengua, encuentra, pues, voz en Salinas así como en Nietzsche, a quien luego me referiré, y en Kraus.

También Salinas siente, al hablar de la lengua, que el problema no es lingüístico. La quiebra del lenguaje rebasa su propio campo, y es este aspecto el que me interesa recalcar a fin de sacar el tema de sus límites acostumbrados, con ánimo de que se le dé la atención que pide, por ser asunto vitalísimo para la sociedad, puesto que tiene que ver con el vivir. ¿Para qué todo lo que abarca el rótulo de progreso, si al encontrarnos con nuestros prójimos no podemos hablar, por indigencia lingüística? ¿Puede el dinero cubrir fallas de esta índole? ¿Sabe cuán ridículo luce el que atropella el idioma?

Como Kraus, Salinas vio uno de los peligros que se ciernen sobre los seres humanos por esta deficiencia:

“Acaso sienten hoy muchos hombres que se les ha empujado al margen del derrumbadero en que hoy está el mundo por el uso vicioso de las palabras, por las falacias deliberadas de políticos que envolvían designios viles en palabras nobles… Ojalá sea cierto que las gentes han descubierto ya, ¡y a qué costo!, que con las palabras oídas sin discernimiento, comprendidas a medias, vistas solo por un lado, se les atrae a la muerte, como atrae al pájaro, por el diestro manejo del espejuelo, el cazador”[1]

¿No estamos presenciando constantemente todavía los estragos de tantos totalitarismos, de tantas democracias de papel, de tantos sistemas que profanan el lenguaje acomodándolo para embaucar? La estafa verbal es un rasgo de nuestra época. En muchos políticos el lenguaje hasta se automatiza, funciona sin conexión vital con el hablante, como si a este lo usara un ideolecto estereotipado.

Salinas no se cansa de encarecer la importancia de la lengua. Ella es el tesoro misterioso en el que si las manos se hunden no salen sin premio. Por eso nos invita a un trato “atento, delicado y sin prisa con las aguas hondas”.[2] de nuestra lengua materna.

Más adelante compara el mecanismo del lenguaje con el de un piano:

“Permítanme ustedes que me sirva de esta imagen para insistir en la importancia incalculable de conocer el propio lenguaje. ¿Qué haría frente a un teclado de piano una persona que conociese solo los rudimentos de la música? Sacarle unos sonidos mecánicamente, sin personalizarse en ello, la tocata de todos; en cambio, el buen conocedor de las teclas, de sus recursos inagotables, las hará cantar músicas nuevas, con acento propio. Así el hombre frente al lenguaje: todos lo usamos, sí, todos tenemos un cierto saber de este prodigioso teclado verbal. Pero sentiremos mejor lo que sentimos, pensaremos mejor lo que pensamos, cuanto más profunda y delicadamente conozcamos sus fuerzas, sus primores, sus infinitas aptitudes para expresarnos. La idea esencial, para lo que solicito la atención de ustedes con todas las palabras anteriores, la formuló ya el filólogo alemán Von der Gabelentz de este modo: ‘La lengua no sirve solamente al hombre para expresar alguna cosa sino también para expresarse a sí mismo'”.[3]

De ahí que todo ser humano para ser completo, para conocerse y darse a conocer, debe poseer su lengua. Hablar y comprender se hermanan. Ahondando más, Salinas señala el papel del lenguaje en modelarnos, en formarnos, lo cual nos dice “la enorme responsabilidad de una sociedad humana que deja al individuo en estado de incultura lingüística”.[4]

Aquí Salinas, se torna acusador. El Estado, la sociedad no han visto la gravedad del problema, ¿o no han querido verla, sabedores de que un pueblo en posesión de su lengua es menos fácil de manipular? Es posible que fuerzas diabólicas operen en esa dirección, soterradamente, substraídas a la conciencia.

Conforme a lo que expresa Salinas, podría hablarse de un derecho que no figura en ninguna ley, el derecho al lenguaje, el derecho de cada hombre a recibirlo de la sociedad, y no como gracia; ella debe garantizarlo a sabiendas de que así también se afianza como tal. Habría pues que incluirlo en el ya bastante extenso catálogo de los derechos negados, aunque toda una retórica sobre la cultura nos hiera los oídos. Si bien descreo que haya mentes dedicadas a escamotear deliberadamente ese derecho, pues tendrían que ser tortuosas en demasía, siento que en el mundo trabajan corrientes muy oscuras que minan los cimientos sobre los cuales se ha construido la cultura a través de los siglos.

Salinas dejó vibrando en el aire su dardo y vuelve al enfoque individual:

“¿No nos causa pena, a veces, oír hablar a alguien que pugna, en vano, por dar con las palabras, que al querer explicarse, vivirse, ante nosotros, avanza a trompicones, dándose golpazos, de impropiedad en impropiedad, y solo entrega al final una deforme semejanza de lo que hubiera querido decirnos? Esa persona sufre como una rebaja de su dignidad humana. No nos hiere su deficiencia por vanas razones de bien hablar, por ausencia de formas bellas, por torpeza técnica, no. Nos duele mucho más adentro, nos duele en lo humano; porque ese hombre denota con sus tanteos, sus empujones a ciegas por las nieblas de su oscura conciencia de la lengua, que no llega a ser completamente, que no sabemos encontrarlo. Hay muchos, muchísimos inválidos del habla, hay muchos cojos, mancos, tullidos de la expresión”[5]

Con la decadencia de la lengua, al decir de Salinas, viene la decadencia espiritual de un pueblo, pues solo mediante la lengua cobra vida, se trasfunde a él su historia, su tradición, su destino.

Pienso en Venezuela. ¿No está por el suelo nuestra lengua? ¿Conserva sus raíces nuestro pueblo? ¿No está roto? ¿Qué le queda? Le han arrebatado mucho de lo que tenía. Flota en ciudades que van perdiendo su faz, desconectado, sin rumbo, lejos de sus veneros.

Uno de mis temores es que la lengua escrita y la lengua hablada, que han de mantenerse próximas, puedan ir distanciándose hasta llegar a la separación, fenómeno que ha ocurrido en ciertas culturas. Cavafy, por ejemplo, tuvo que decidir cuál de los griegos iba a utilizar. Tal vez esté adelantándome, pero el hecho de que lo haga expresa mi inquietud.

¿Es posible actuar en el campo del lenguaje, influir en su marcha, intervenir?

Para Salinas el poeta es el que usa el lenguaje “en su máxima altura y para un fin de mayor alcance”,[6] pero él entiende por poeta, al autor de obras en prosa o verso siempre que denoten fuerza creadora de orden superior. Como los alemanes, no distingue entre ambas formas, lo cual es honroso para él. Siendo un poeta se quita su investidura —legada sobre todo por la tradición romántica— para hermanarse con el prosista. Los usos, “todos y nadie”, como dice Ortega, crean la lengua, pero el poeta la levanta, la hace expresar lo que ella puede y se la devuelve a quienes la han hecho, limpia, salvada, perdurable; lo cual nos está diciendo que es posible actuar sobre ella.

Esta posibilidad derriba la objeción usual de que nada se puede hacer ya que las lenguas siguen un curso independiente de los hombres; creencia, por lo demás, muy debatible. Según Amado Alonso, los hablantes pueden intervenir en el destino de una lengua. “Una lengua ha sido lo que sus hablantes hicieron de ella, es lo que están haciendo, será lo que hagan de ella”.[7]

Sin embargo, se es poco consciente al respecto. Aun los que la usan bien no saben cómo ser activos en este terreno, cómo preservar lo mejor que yace en los depósitos de la lengua, cómo unir la tradición a lo moderno, cómo movilizar lo que no está muerto sino abandonado, cómo animar lo inerte con el soplo de nuestro hoy. Pues creo que es posible recuperar gran parte del legado, poniendo en circulación cuanto sea rescatable de lo que la incultura ha ido condenando al desuso.

El otro movimiento, el de incorporar las de reciente acuñación, no necesita valedores. Aquí sólo el buen gusto puede servir de guía.

¿Será menester aclarar que no se trata de volvernos arcaicos, seguir a los clásicos en lo irrescatable, detener lo necesario?

¡Qué alivio y qué peso sentimos ante las palabras de Amado Alonso! Casi nos gritan que podemos influir no solo para mal, y al mismo tiempo nos señalan una tarea enorme, exonerándonos de una penosa situación, la de que el ir contra la corriente es perder el tiempo.

Tras los pasos de Amado Alonso, Salinas se pregunta si el hombre y la sociedad no tienen deberes imperativos con su idioma, si es lícito que un país sea indiferente ante su habla, si hemos de abstenernos de actuar. Su respuesta es terminante: “no es permisible a una comunidad civilizada dejar su lengua desarbolada, al garete, sin velas, sin capitanes, sin rumbo”.[8]

¿Cómo intervenir? Ya no puede ser como en la época en que las academias se encargaban de legislar autoritariamente sobre el uso de la lengua. Hay que buscar nuevas formas. Salinas excluye todo lo que implique coacción. “El impulso al bien hablar es menester que brote de la convicción de la persona misma, de la sin par importancia que para su vida total tiene el buen estado del idioma”.[9]

Esto nos lleva derechamente a donde siempre vamos a dar, sea cual sea el asunto que consideremos: el problema agudísimo de la educación, cuyo centro debe ser la lengua.

Muy lejos estamos de esta exigencia. No solo no la entendemos: entre nosotros está relegada, no se enseña realmente y parecería que la asignatura se mantuviera solo por cumplir. Es tan inútil, por el modo ineficaz de darla, como la “enseñanza” del inglés.

Para Salinas la enseñanza de la lengua deberá fundamentarse en procurar que el hombre la viva de modo consciente, descubriéndole sus significaciones. Es preciso “despertarle la sensibilidad para su idioma, abrirle los ojos a las potencialidades que lleva dentro, persuadiéndole, por el estudio ejemplar, de que será más hombre y mejor hombre si usa con mayor exactitud y finura ese prodigioso instrumento de expresar su ser y convivir con sus projimos”.[10]

Es un asunto pues de conciencia, sensibilidad, estudio. Creo que estas palabras compendian bien la tarea. Nos señalan también su altura.

¿Quién hará todo esto? es la pregunta que brota seguidamente. La escuela, el liceo, la universidad, el periódico, la literatura, la radio, la televisión, estoy tentado a responder. Pero seamos realistas. Las escuelas, liceos y universidades hace tiempo dejaron de considerar la lengua asunto primordial. El periódico suele estar lleno de errores, si bien su nivel es superior al de la lengua hablada, y los artículos llamados de opinión, que por lo general están mejor escritos, solamente los lee un porcentaje mínimo de la población. El libro de valor literario llega a un círculo todavía menor. Solo quedan la radio y la televisión, medios de cultura oral que penetran inevitablemente hasta en los últimos rincones, horadando todas las murallas y que serían los únicos capaces de iniciar una labor recuperadora del lenguaje, para lo cual necesitarían un personal muy idóneo. ¿Podrían realizarla algún día o son incompatibles espiritualmente con la tarea? Creo que técnicamente ambos medios son aptos. Si no, habría que dejarla en manos de los solitarios señores que custodian la república de las letras, vale decir, limitarla, pues el alcance que ellos tienen es solo a largo plazo.

Antes de seguir adelante quisiera hacer una aclaración. Mi experiencia al frente de cursos de literatura me dice que cuando toco el tema de la lengua, surge un malentendido. No faltan estudiantes que confundan mi posición. Piensan que abogo por lo que ellos creen que significa hablar bien y no con lo que tengo en mente: algo que pudiera expresarse como conciencia de la lengua, sensibilidad ante la lengua, estudio amoroso de la lengua. Se suele hacer patente una reacción, un malestar, una incomodidad. Los estudiantes se sienten aludidos. Se ponen en guardia. No quieren que se toque ese punto; no resulta grato, no es popular.

Tengo la impresión de que entre nosotros se tiende a simpatizar demagógicamente, por ignorancia o bajo el efecto de un chantaje difuso que está en el aire, con esa indigencia de nuestro pueblo por el hecho de venir de él, como si solo eso bastase para aceptarla. Un pueblo al que, para colmo, no se le ha dado lo que le corresponde legítimamente: el idioma; algo más importante que la casa, pues es nuestra casa interior. Un pueblo en el que todavía existe un subido analfabetismo, sin contar el de los que han aprendido a leer y no leen, y el más grave, por ser menos reconocible y reconocido, de los que han pasado por la escuela, el liceo y la universidad y nunca han aprendido a leer.

O bien se tiende igualmente a simpatizar, sin alarma, con la jerigonza de los jóvenes que por carecer de lenguaje, tienen que fabricar un deplorable sustituto que delata otra ruina.

Un culto falso, complaciente y destructivo al pueblo y a los jóvenes disculpa, cohonesta o sobredora sus fallas, afirmándolas, cuando lo curativo es señalárselas sin miramientos. (…)

Quisiera aclarar de una vez por todas qué entiendo por bien hablar. El sentido de esta expresión se sitúa absolutamente fuera del terreno del purismo, la pedantería, el engolamiento, la afectación o el adorno. Al contrario, la sencillez constituye uno de sus rasgos, tal vez el principal. La muy conocida admonición de maese Pedro podría servirle de lema: “Llaneza muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala”. Lo esencial es tener el sentido de la lengua, tener conciencia de lo que se dice, emplear con propiedad las palabras, cualidades que muchas veces he visto más presentes en personas analfabetas o iletradas que en otras de nivel social presuntamente mayor, lo que apunta hacia una relación muy importante: la del lenguaje con la personalidad.

Estas notas conformarían para mí lo medular. Después podemos, si lo deseamos, trasgredir a sabiendas las normas del juego. Aquí también podría regir, adaptándola al caso, la frase de San Agustín: Ama tu lengua y después haz lo que quieras.

Salinas añade luego a sus defensas, de paso, la del conversar, cuya decadencia es imputable a las mismas desgracias que, según él, han reemplazado a las gracias: la prisa, el éxito, la eficacia. En un mundo presidido por tales deidades, ¿cómo podría brotar esa flor del ocio, ese “manjar del alma”, como la llama Gracián? También la carta y la lectura naufragan destruidas por el practicismo que hoy por hoy aridece al mundo.

El lenguaje va quedando reducido actualmente a una de sus funciones, a la más rudimentaria, la instrumental para el intercambio más ligero. La expresiva, vale decir, la que tiene que ver precisamente con el alma, sufre, por desuso, una atrofia alarmante. ¿Cómo se puede conversar si el idioma padece una merma de su dimensión anímica?

Las fuerzas que se han alzado contra el hombre y que están fuera y dentro de él, son las mismas que atentan contra el lenguaje. Recordemos que su derrumbe arrastraría “el alma humana, libre, espontánea, dejando salir a flote un coro de reacciones mecánicas regimentadas, de muñecos vacíos, ya felices, porque como no tienen nada qué decir, no hay por qué molestarse con las complicaciones del decir”.[11]

Salinas vuelve a insistir en la inusitada afirmación de que los países “o tienen ya una política del lenguaje, llámenla como la llamen, o necesitan con suma urgencia adoptar una”.[12] Dado que el nuestro no tiene ninguna, a no ser la de permitirlo todo, pero algún día habrá de prestarle suma atención si no quiere perecer culturalmente, ¿cómo entonces poner por obra esta tarea de salvación perentoria, ineludible, enorme? En el mismo Salinas está un punto de partida: “No busca esa política formar hablistas correctos, conversadores ingeniosos, escritores certeros, no. Su meta es moldear conciencias humanas capaces de dar el máximo rendimiento de su potencia espiritual a la sociedad en que viven”[13]. Esta política tiene carácter liberador; desunce al hombre de una grave sujeción que el propio Estado suele pasar por alto, “la de su alma trabada en las torpezas de un idioma mal conocido”[14] haciéndose así doblemente acusable. Ya dijimos que no se preocupa por hacer efectivo el derecho de todos los hombres a su lengua ni por contrarrestar eficazmente la inopia lingüística hasta hacerla desaparecer en la medida que sea posible.

En otras palabras, esa política trataría de dotar de conciencia —yo no emplearía la palabra moldear— a través del lenguaje. Porque creo que conciencia del lenguaje es ya en gran medida conciencia, y se me antoja que si esta idea no está implícita en Salinas, tiene afinidad con su pensamiento. Pero ¿qué podría hacerse en esta dirección.

Solo veo un camino: la lectura. La lectura hecha con atención hacia la manera de expresarse de los buenos autores. Pasar de lo que se dice a la manera de decirlo, deteniéndose ahí, constituye un movimiento decisivo, un cambio que descubre un continente: el continente, la forma; abre el camino de la apreciación propiamente literaria y hace nacer el regusto del lenguaje, un placer que nos acompañará toda nuestra vida. El cómo es importante; el cómo es la literatura.

Sin este pequeño paso, pequeño pero crucial, no brotará el goce de las letras. Faltará el sentido de lo literario. ¿No es eso lo que se echa de menos en los lectores de revistas, noveluchas de violencia, “best sellers”, esos alfabetizados en cuyas manos nadie colocó nunca un buen libro o en cuyas manos nunca se sostuvo? Forman la legión de los consumidores de “literatura” fabricada en serie, legión tan numerosa que torna inútil todo intento de contrarrestar el turbión de la industria que les suministra su alimento. ¿Quién ha abonado el terreno para que prenda esta perdición? ¿Será en parte una fatalidad dictada por la naturaleza? ¿Existen seres impermeables a la cultura, el buen gusto, a la calidad en arte? Parece que ha sido así a lo largo de la historia, pero el signo de nuestra época es la multiplicación. Ya ni sabemos precisar cuáles, entre los bienes y los males, se acrecientan en mayor medida. Así, de libros absolutamente insignificantes se tiran millones de ejemplares para satisfacer no sé qué necesidad humana, que la propaganda contribuye a fomentar, los cuales van a parar a los ojos incautos de pseudolectores, de seres ingenuos que seguramente estarán condenados durante toda su vida a leer esa clase de publicaciones creyendo que leen literatura. Se habrán privado de saborear un buen libro. Ignoraron siempre que no todos los que presentan la apariencia de libros lo son.

Lo lastimoso es que tal vez muchos de ellos se acercaron al fraude con el respeto que impone la letra impresa. La reverencia frente al libro, presente en los hombres, no se quebranta frente al que no lo es. El disfraz encubre la estafa. Sus víctimas han vivido sin el disfrute de la literatura porque nunca descubrieron el de la lengua, nunca volvieron los ojos hacia la palabra, nunca aprendieron a distinguir una frase bien dicha de otra chapucera. Cabe aquí anotar uno de mis desconciertos a propósito de lo poco que se lee. ¿No se le ocurre a los que hablan sobre el usado tópico, que no puede haber gusto por la lectura sin sentido del lenguaje? Este, en mi sentir, es previo, aunque luego se afine a través de la lectura. Pero tampoco puede surgir en el aire —salvo en sociedades donde el aire lingüístico sea de singular riqueza—; necesita apoyarse en la literatura, que es lenguaje en mayor grado. Tendrían, pues, que ir a compás la actividad que tiende a despertar ese sentido, y sirviéndole de soporte, nutriéndolo, la literatura, en amorosa convivencia. Todo lo cual nos lleva al terreno de la educación y la reeducación.

1. Pedro Salinas. Op. cit. p. 285.

2. Ibid. p. 287. Para Paund la literatura tiene la función de mantener en buen estado el lenguaje, pues “el individuo no puede pensar y comunicar su pensamiento, el gobernante y el legislador no pueden actuar eficazmente o formular sus leyes, sin palabras, y la solidez y validez de esas palabras está al cuidado de los condenados y despreciados literatti“. El arte de la poesía. Editorial Joaquín Mortiz. México, 1970. pp. 34-35. Y Eliot dice que “el poeta como poeta tiene solo indirectamente una obligación frente a su pueblo; su obligación directa es con su lengua; conservarla primero, y ampliarla y perfeccionarla en segundo término”. Sobre la poesía y los poetas. Sur Buenos Aires, 1959. p. 13. También Herman Hesse, en el cuento “Trágico” de su libro Ensueños nos dejó un testimonio de su angustia ante el deterioro del idioma alemán. El protagonista es un modesto cajista al que los errores que ve en el periódico donde trabaja llevan a la desesperación.

3. Ibid. p. 290.

4. Ibid. p. 291.

5. Ibid. p. 291. Hay “fallas” de otro orden, como el balbuceo causado por una emoción, el cual ya pertenece al terreno de la psique. Por lo general es así como esta se expresa en ciertos momentos, que suelen ser muy reveladores. Aquí se trata de algo distinto a la deficiencia que señala Salinas.

Cito a continuación algunos pasajes de Sabor y saber de la lengua, hermoso ensayo, de María Fernanda Palacios. “Cuando la palabra se quiebra, se interrumpe, se trastorna, aparece el alma. Como en los aforismos, que huyen del pensamiento discursivo y conceptual, para instaurar la emoción en el pensamiento, el sentir, en lugar de la eficacia expresiva… Ya en El grado cero de la escritura, Barthes habló de cómo “la unidad de la lengua está sin cesar fascinada por zonas de infra o ultralenguaje”. Aludiendo así, oscuramente, a esa zona a la que después dedicó sus últimos trabajos. Esa zona es la parte impensable del pensamiento ya que carece de un garante imaginario que la maneje (un personaje o personalidad, un amo que pretenda dominarla o interpretarla). Por el contrario, en esa zona la palabra que se anuncia es la del actor que somos, allí hablan las máscaras, mejor dicho, habla la profundidad de la máscara, eso que no tiene dueño ni ‘mango’ por donde agarrarlo. El ingenio de la lengua y no su juicio: el ‘nonsense’, el entrelíneas y el entredientes de toda comunicación (tachaduras, omisiones, tartamudeos, enmiendas, estornudos). Todo cuanto en la lengua ‘hace figura’ más allá de los límites razonables, racionales y necesarios de la comunicación… Es decir, todo lo que da gusto y sustancia a una conversación, todo lo que da sabor y saber a una escritura y a una amistad, todo lo que da trabajo a un psicoanalista. El cuerpo de la lengua sería esta sustancia equívoca, resbalosa que los lenguajes con pretensiones de eficacia y univocidad censuran, desechan o reprimen y que por el contrario, la literatura acoge, cultiva y reconoce”.

6. Ibid. p. 300.

7. Ibid. p. 308.

8 Ibid. p. 308-309.

9 Ibid. p. 303.

10 Ibid. p. 313.

11 Ibid. p. 326.

12 Ibid. p. 326.

13 Ibid. p. 327.

14 Ibid. p. 327.

En torno al lenguaje, Colección Letras de Venezuela, 82. Dirección de cultura, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1985. Curaduría: Josefina Núñez

♦♦♦

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

El problema del idioma tiene carácter espiritual; por Rafael Cadenas

KARL KRAUS (Segunda parte) La imprecisión del vocabulario era una de las causas mayores de los males, no solo del lenguaje sino del mundo, pues, insisto, nadie como Kraus ha visto la inseparabilidad entre el universo del discurso y el humano. “Cuando las palabras se desvían de su sentido —decía él—, comienza a reinar la

Por Rafael Cadenas | 30 de diciembre, 2016

rafael-cadenas

KARL KRAUS
(Segunda parte)

La imprecisión del vocabulario era una de las causas mayores de los males, no solo del lenguaje sino del mundo, pues, insisto, nadie como Kraus ha visto la inseparabilidad entre el universo del discurso y el humano.

“Cuando las palabras se desvían de su sentido decía él, comienza a reinar la impostura. Entonces la neurosis no está lejos. Todos dejan de creer en las palabras que emplean: el gobierno, los periódicos mienten, pero nadie es tonto y de ello resulta una descomposición de todo valor moral”.[8]

¿A quién se le puede escapar la vigencia permanente de estas palabras? ¿No estamos hoy cerca del newspeak, puesto que vemos usar las palabras que hace tiempo perdieron su sentido y se han vuelto engañabobos? ¿Es difícil darse cuenta de que muchas significan todo lo contrario de lo que quieren decir?

Paz suele significar guerra latente, preparación para la guerra o simplemente guerra; democracia, dominio de una minoría, a pesar de las retóricas que encubren la carencia de democracia profunda; justicia, algo que se cumple mínimamente, dado que se torna imposible cuando entran en juego intereses poderosos; derecho, simple forma de invocación; patria, estribillo predilecto de quienes más la usan para medrar. La enumeración podría seguir. Oquedad, escamoteo del sentido, prestidigitación verbal inficionan la atmósfera lingüística de nuestra época.

Capítulo aparte merecerían los eufemismos destinados a no llamar las cosas por su nombre así como el lenguaje pomposo, anacrónico, grandilocuente de los discursos conmemorativos que, al parecer, ya solo quedan como patrimonio de Latinoamérica; pero no deseo detenerme en detalles que el lector puede suplir.

En Kraus el problema del idioma tiene carácter espiritual. Su deterioro remite a otro mayor. Existe una crisis de fondo de la cual es trasunto la que vive la lengua.

Siempre se ha asociado la palabra al logos, al espíritu, y en Kraus esta asociación es evidente. Yo la veo vinculada también al alma. Kraus se sitúa en la línea del logos.

A qué extremos llevaba él su posición, lo revela una anécdota. En los primeros días de la guerra ruso-japonesa, cuando Shangai fue incendiado, Kraus le dice a un amigo:

“Sé que todo esto —se refería a su lucha con un problema de comas— parece absurdo, ahora cuando la casa está ardiendo. Pero en tanto sea posible, es preciso que lo haga, pues si aquellos que tenían el deber hubieran velado siempre porque todas las comas estuvieran en el buen lugar, Shangai no ardería en este momento”.[9]

¿Exageración? Más bien una manera extremada de hacer sentir una singular angustia. Aunque la anécdota pudiera delatar un exceso, no me escandaliza. Se trata de una hipérbole que quiere enfatizar la importancia omnipresente del lenguaje. Como siempre, cuando queremos que resalte un aspecto de la realidad, recargamos demasiado las tintas.

La crítica a la sociedad en Kraus no fue solo política. Consideraba que a esta “le incumbían los problemas de superficie, en tanto que las raíces de la crisis contemporánea descansaban en una enfermedad del espíritu”.[10] Quien se penetre de esta idea creo que puede ahondar en los problemas del mundo actual en forma nueva. Podría ver lo político ya no desde lo político, lo cual constituye una limitación, sino desde otra instancia. Sería un cambio de nivel muy trascendente.

Su actitud respecto al lenguaje se ha descrito como misticismo erótico” afín al hasidismo.[11]

 Es evidente que Kraus volcó su eros en el lenguaje, —que para él se vincula con la mujer— y el lenguaje está lleno de misterio. Su origen ha derrotado las mentes más penetrantes; resulta inasible. Su arquitectura nos maravilla.

Kraus se considera a sí mismo, humildemente, como un simple “constructor de frases”.[12] De ahí, tal vez, su adhesión al aforismo, forma también un tanto desdeñada por los prosistas que tienen la parole facile. En este modo de expresión breve, concentrada, buida, Kraus figura entre los maestros.

Recordemos otra humildad suya en medio de tanto vocerío ultramoderno:

Solo soy uno de esos epígonos
que viven en la vieja casa de la lengua.[13]

Me he detenido en Kraus porque en él se juntan dos obsesiones mías: la crítica a nuestra civilización y el culto a la lengua, así como una nota más específica: la visión de la crisis moderna a través de la decadencia del lenguaje. No conozco otro autor que haya visto esta relación ni insistido tanto en señalarla; ni que haya hecho una crítica de la sociedad a partir del lenguaje usado por ella. La crítica de Kraus hacía “la manera en que la gente usaba el lenguaje en su sociedad era, pues, crítica implícita de esa sociedad”.[14]

Estamos acostumbrados a detenernos en el qué, pero no en el cómo; en lo que se dice, pero no en el modo; en el sentido, pero no en la forma. A pesar de que proclamamos la indisolubilidad de ambos factores, olvidamos uno de ellos, aquél a través del cual se transmite el significado y se trasluce mucho más aún: la textura, el trasfondo, el bagaje cultural, la intención soterrada, las carencias o abundancias del habla, todo lo que no se dice pero se revela. Porque el lenguaje quiere ocultar y siempre termina delatando lo inocultable.

Con Kraus entramos a otra dimensión del lenguaje. Una dimensión que dista tanto del censurar anacrónico cuanto del análisis lingüístico puro. Una dimensión en la que ya no interesa señalar presuntos defectos con la única mira de lograr la corrección ni escudriñar en pos de fenómenos. Kraus va más allá, lo mueve un interés más trascendente: ver el lenguaje como la zona de la existencia donde transparecen los rasgos que esta posee, y las fallas lingüísticas como síntomas de una descomposición que a su vez, refluyendo, la acrecen.

En todo círculo vicioso es difícil distinguir el factor originante, pero ya dije que en Kraus no había duda: el desastre procede del mal uso de la lengua, por ser esta la matriz de la cultura, la armazón que nos constituye, el principio de orden que nos da forma. Conviene aclarar que mal uso no debe entenderse en este caso como simple transgresión. Se vincula más bien con falta de conciencia de la lengua.

Siempre me ha parecido un error quedarse en la simple consideración de los defectos, vicios, barbarismos que pueden aquejar una lengua. Es como si ella pudiera resquebrajarse sin afectar toda la existencia. Si hay fisuras graves en una lengua, seguramente todo lo demás falla.

Cabe aquí una advertencia. Debemos guardarnos, al señalar la importancia que tiene la lengua, de erigir en panacea su buen funcionamiento. Este no va a traer la solución de los problemas, pero creo que un individuo, una sociedad pueden pensar mejor cuando para ellos no existe la barrera de un pobre conocimiento de su lengua. Aprenderla bien sería un primer paso. Un primer paso que se prolonga, que no termina nunca y que puede convertirse en goce.

Kraus era un hombre de combate. Luchó toda su vida en defensa del individuo, la cultura, la interioridad, la justicia, la veracidad y tantos otros valores que siguen hoy en peligro. Por eso conserva una vigencia que la historia se ha encargado, y parece que continuará encargándose, de preservar.

En esa lucha se valió de un instrumento que nadie antes había usado como él lo hizo: la lengua, manejándola magistralmente y desenmascarando a quienes tuvieron el poco acierto de polemizar con él. Como este aspecto es el que siempre me ha atraído más, el que más ha coincidido con una de mis preocupaciones, me marcaba límites que no he querido traspasar. Para respetarlo tuve que resistir la tentación de adentrarme en toda su obra, lo que me habría desviado de mi propósito, que es el de dar una voz de alarma; pero de todas maneras, estas páginas tienen también espíritu de homenaje.

8. [Ibid. p. 307. Quand les mots sont détournés de leur sens propre, disait —il, l’imposture commence a regner. La névrose alors n’est pais loin. Null ne croit plus aux mots qu’ill emploie: le gouvernement, les jorneaux mentent, mais personne n’est dupe et il en resulte une decomposition de toute valeur morale.]

9. [Ibid. p. 309. “Je sais, tout cela parait absurde, à présent que la maison est en feu! mais aussi longtemps que cela restera possible de quelque manière, il faut que je le fasse, car si ceux qui en ont le devoir avait toujours veillé à ce que toutes les virgules soient à la bonne place, Shanghai ne brûlerait peut-être pas en ce moment.]

10. [Janik y Toulmin. La Viena de Wittgenstein. Edit. Taurus. pp. 86-87.]

11. [Ibid. p. 112.]

12. [Rafael Gutiérrez Girardot. En torno a la literatura alemana actual. Cuadernos Taurus. p. 39.]

13. [Ich bin nur einer von den Epigonen / die in dem alten Haus der Sprache Wohnen. Citado por Walter Muschg en la Literatura expresionista alemana, de Trackl a Brecht, Editorial Seix Barral, S.A. Barcelona. 1972. p. 175.]

14. [Janik y Toulmin. Op. Cit. p. 112.]

En torno al lenguaje, Colección Letras de Venezuela, 82. Dirección de cultura, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1985. Curaduría: Josefina Núñez

♦♦♦

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

El cuerpo está hecho de memoria; por Rafael Cadenas

La quiebra del lenguaje (Tercera parte) El lenguaje es inseparable del mundo del hombre. Más que al campo de la lingüística pertenece, por su lado más hondo, al del espíritu y al del alma. En otras palabras, no puede hablarse separadamente de un deterioro del lenguaje. Tal deterioro remite a otro, al del hombre, y

Por Rafael Cadenas | 17 de octubre, 2016
Anish Kapoor 3

Svayambh (2007), de Anish Kapoor

La quiebra del lenguaje

(Tercera parte)

El lenguaje es inseparable del mundo del hombre. Más que al campo de la lingüística pertenece, por su lado más hondo, al del espíritu y al del alma. En otras palabras, no puede hablarse separadamente de un deterioro del lenguaje. Tal deterioro remite a otro, al del hombre, y ambos van juntos, ambos se entrecruzan, ambos se potencian entre sí. Por eso en la defensa del hombre ha de incluirse la del idioma, y la de este no reducirse a sus fronteras específicas.

De la incapacidad para ver esta relación procede ese restringir toda preocupación por la lengua al terreno cercado de una especialidad muy técnica.

En realidad, el lenguaje siempre se trasciende a sí mismo. Lo que le pasa es síntoma que apunta a una causa ajena a él, y a su vez, actúa sobre la esfera no lingüística. ¿No es él la nota humana por excelencia? ¿No forma como la otra cara de cada ser? ¿No es el fundamento del mundo del hombre, de la cultura? Sin embargo, no suele volverse sobre sí mismo en ademán de auscultación. Es un instrumento que se usa y nos usa sin que pongamos en él los ojos para ver su estado, en sesgo de autoconciencia.

El mundo moderno ha entronizado un desdén hacia todo lo tocante a la lengua todavía mayor al que la historia nos acostumbró a aceptar. No deja de ser extraño que esto ocurra en la época de mayor auge de la lingüística. La inesperada paradoja se me antoja significativa; tal vez nos está diciendo que a la lingüística la atraen más sus teorizaciones que el destino de la lengua, y por eso, en vez de cuidarla, la convierte en objeto de laboratorio, la vivisecciona. Ciertamente, su enfoque fenomenológico, imparcial, aséptico, revela una falta de sentir que se traduce en una especie de impasibilidad complaciente ante deformaciones y fealdades idiomáticas por el solo hecho de que existen. Así, la lingüística, respaldada por su prestigio de ciencia —sabemos que esta palabra es mágica— ha estimulado la tendencia general de permitirlo todo.

Hemos pasado de une extremo a otro: de la actitud envarada de los académicos puristas del siglo pasado, condenadores vehementes de defectos que muchas veces no eran tales, a la óptica de la lingüística cuya posición se parece mucho a la complicidad. Hasta creo que puede ver imperturbablemente cómo se desmorona un idioma. La rigidez fue reemplazada por la licencia; la manía purista cedió el puesto a la impasibilidad científica; la obsesión por lo correcto dio paso a una aceptación de todos los descarríos. Los académicos pretendían cuidar celosamente el caudal legado; los lingüistas lo observan para registrar sus cambios, estudiar su anatomía, teorizar impecablemente, sin pronunciarse, pues su ciencia es solo descriptiva. Aquellos eran fiscales ceñudos, estos son observadores que van con la corriente del uso, sea cual sea. Decretan la pasividad.

¿No estaremos hoy en condiciones de buscar un equilibrio entre ambos extremos?

Tal vez sea este el momento de sustraerse a ambas posiciones. Ni actitud de dómines que se dan mezquinamente a cazar faltas menudas ni actitud de científicos que no toman partido y en cuyas manos se diluye toda diferenciación. Habría que buscar otro punto de mira.

Pedro Salinas señala que las academias se arrogaron una autoridad despótica, y al desprestigiarse estas y cobrar auge la concepción positivista de las lenguas que las ve como «organismos naturales de evolución fatal e independiente del ánimo del hombre, se vino al otro extremo del péndulo: la reducción del trabajo del ser humano sobre el idioma a un simple registrar de fenómenos indominables, y el abandono de toda tentativa de influir en los destinos de la lengua por considerarlo como un desmán contra una supuesta ley natural. De la autocracia se pasó a la anarquía. O algo peor, a lo que yo denominaría el panglosismo».7 Que, acoto, lleva a una laissez faire. De la rigidez académica hemos dado en un libertinaje lingüístico peligroso que los especialistas no pueden afrontar, pues están desarmados por su propia postura, esa de insensible neutralidad que ve como simple fenómeno de laboratorio todo uso que aparezca; y lo de laboratorio es casi literal: a veces dotados de aparatos, que de paso les atrae las simpatías del Estado al darle a su disciplina ese color de ciencia que tanto le gusta, andan recogiendo y estudiando rasgos, cambios, diferencias; pero una falla los limita. El sentir, en ellos, está debilitado; no pueden estimar. Como investigadores, no como hombres, deben dar de lado el instinto de valoración, pues así lo exige su propia especialidad; esta les arrebata lo que no requiere, lo cual no dejará de ser conflictivo para muchos de ellos. En algunos, no obstante, existe una verdadera preocupación por lo que le ocurre al lenguaje.

Ver como «desmán contra una supuesta ley natural» toda intervención me parece una observación capital que resume la objeción más frecuente a toda iniciativa respecto al lenguaje. Como la lengua la hace la gente —el pueblo, precisan algunos— hay que dejarla seguir su curso. En otras palabras, quienes presuntamente la han hecho pueden deshacerla, aunque la cultura se derrumbe. Es como si los obreros que han levantado un edificio comenzaran a derribarlo sin saber lo que hacen y nadie tratara de impedirlo. Los especialistas del lenguaje se atienen a lo de voz del pueblo, voz de Dios, o a la versión moderna de la misma tontería: el pueblo nunca se equivoca. Claro que se equivoca, y mucho, y en todo, no solo en materia de lenguaje. Esta beatería no difiere, en el fondo, de un fetichismo popularista, que esta vez aparece, inesperadamente, en una facción de estudiosos profesores universitarios. Con todo, por su excelente conocimiento del lenguaje, los profesionales de la lingüística pueden contribuir, como guías, en su enseñanza y en la investigación.

Debo añadir que no es la transformación de la lengua lo que me parece mal. ¿Quién podría estar contra ese proceso? Lo que considero grave es que la olvidemos y, por olvidarla, surja en su lugar otra, de emergencia, inventada, hecha con retazos del inglés; de la jerga juvenil, procedente a su vez, en parte, de la que usa el hampa; de los clichés que implantan los medios de comunicación. Esta sustitución, que ya nos es dable entrever, cortaría nuestro contacto con todo lo que la tradición guarda en sus arcas, con todo lo perdurable creado en nuestra lengua. Alego, sobre todo, a favor de su vieja riqueza, sin que ello signifique oposición a lo nuevo. Mucho de lo que brota tiene validez, mas para que se inserte sin causar daño en el lenguaje, este ha de tener cuerpo y el cuerpo está hecho de memoria. Es el ayer vivo de la lengua lo que no debe perderse. Cuando una comunidad conoce bien su lengua y está en condiciones de apreciarla y quererla, puede recibir sin riesgo todos los aportes. De otro modo, es posible no que esta cambie, si no que se la cambien, sin que se dé cuenta, fuerzas muy ciegas.

7 Pedro Salinas, El defensor. Alianza Editorial. Madrid, 1967. p. 312.

(Fin de la tercera parte.)

 KARL KRAUS

Es imposible, y seguramente ocioso, decidir cuál de las dos crisis, si la del mundo moderno o la del lenguaje, tiene prelación. Para Karl Kraus parece ser esta la que antecede. Digamos, para no meternos en contrapuntos infértiles, que van juntas, apoyándose, sosteniéndose, alimentándose una a otra.

En un momento de su vida —¿cómo no iba a serlo si la historia lo había puesto entre Hitler y Stalin?— Kraus acudió a refugiarse donde solía, «en la casa segura del lenguaje» (ins sichere Haus der Sprache) pero «no sin señalar que hasta el lenguaje estaba enfermo y polucionado, ganado también él, para la podredumbre general».1

Que haya sido Kraus un crítico de esta civilización y que el soporte de esa crítica fuese el lenguaje, ya se me antoja muy revelador.

¿No se refleja el descenso espiritual de nuestro mundo, su carencia de alma, en el lenguaje mismo, en el modo de usarlo?

En su libro «Hein und die Folgen» está la idea fundamental de Kraus «según la cual la corrupción lingüística era la causa de la degradación de los pensamientos y las conciencias, y que las personas que escribían y hablaban mal debían también pensar y actuar mal. La fraseología, según él, parecía impedirles darse cuenta de su decadencia espiritual».2

Si nos guiamos por estas palabras de Kohn no cabe duda de que en el proceso de descomposición que sufre el mundo moderno, Kraus le da la primacía a la corrupción de la lengua. Ignoro quién podrá dictar un fallo al respecto, pero la originalidad de Kraus estriba en haber optado decididamente por el aspecto que todos los pensadores y escritores han relegado, y haberlo hecho con una vehemencia que no solemos ver en la defensa de causas tan incompresiblemente desdeñadas como esta del lenguaje. Debo confesar de una vez que el punto de vista de Kraus ejerce una especie de fascinación sobre mí. Desde hace tiempo nació y crece en mí la sospecha de que al hablar de los problemas del mundo moderno, hemos olvidado un dato: el lenguaje, y que ese dato es más importante de lo que se ha creído, pero tal vez se trate de un dato que se oculta misteriosamente, se sustrae a las miradas más sagaces, se pierde entre el conjunto de las causas porque seguramente para verlo se requieren ojos más naturales, aptos para percibir lo evidente, que a veces se vuelve lo menos advertible.

Al nazismo, y sirva este hecho de referencia ejemplar, Kraus lo combatió a través de la lengua alemana, penetrando en la fraseología de sus propagandistas para desenmascararla. Pero Kraus rebasa los linderos de esa batalla para librar, siempre desde la lengua, su lucha mayor contra esta civilización y en defensa del individuo, de la interioridad, de la belleza. Su preocupación por la lengua es inseparable de esta lucha.

Para Kraus «la civilización actual es una vasta conspiración contra todo asomo de vida interior».3 Sabía temprano lo que se ha agudizado, lo que se ha extremado hasta la desesperación, hasta límites que resultan insufribles aun para personas con menor sensibilidad lingüística que Kraus.

¿Cómo realizaba su labor de desenmascaramiento? Kraus consideraba que el descuido en la escogencia de las palabras no era, en rigor, sino «la seña tangible de una mentira o una tontería oculta, la prueba de que algo estaba podrido en la base».4

¿Cuántas veces no hemos tenido igual sentir ante tantos escritos donde campea la inexactitud, tal vez el signo más revelador de embaucamiento o estulticia?

 Kraus partía de la idea, para la cual aspiro una atención que nunca se le ha dado, de que «toda depravación de la palabra permite reconocer la depravación del mundo».5

Otra frase definitiva de Kraus viene aquí a punto para indicarnos las ideas de fondo que le sirven de base. «Es en sus palabras y no en sus actos donde yo he detectado el espectro de una época».6 Aparte de la precisión y del carácter lapidario de la frase, lo que más llama la atención en ella es la trastocadota originalidad de darle, yendo contra la corriente, mayor peso a lo que casi nunca se toma en cuenta a la hora de hacer alguna valoración. ¡Y qué lejos de la crítica académica se sitúa la de Kraus! Es la de un artista lingüísticamente hiperestésico y la de un pensador alarmado ante los horrores de nuestra época.

Con ánimo de abundar en el aspecto que más me interesa subrayar, traigo estas palabras sorprendentes de Erich Heller sobre Kraus: «Él descubrió los vínculos entre un falso imperfecto de subjuntivo y una mentalidad abyecta, entre una falsa sintaxis y la estructura deficiente de una sociedad, entre la gran frase hueca y el asesinato organizado».7

En esta relación tan escandalosamente inadvertida a través de la historia vale la pena detenerse, sobre todo en nuestra época de creciente barbarización, que menosprecia aún más el problema de la lengua.

La imprecisión del vocabulario era una de las causas mayores de los males no solo del lenguaje sino del mundo, pues, insisto, nadie como Kraus ha visto la inseparabilidad entre el universo del discurso y el humano. «Cuando las palabras se desvían de su sentido, decía él, comienza a reinar la impostura. Entonces la neurosis no está lejos. Todos dejan de creer en las palabras que emplean: el gobierno, los periódicos mienten, pero nadie es tonto y de ello resulta una descomposición de todo valor moral».8

1 C. Kohn. Karl Kraus – Didier. París. 1962. P. 71. Non sans remarquer que même le langage était malade et pollué, gagné, lui aussi, par la pourriture generale.

A propósito de la lengua como refugio, cabe citar aquí un poema de Iván Turgéniev, «El idioma ruso».

«En los días de incertidumbre, en las horas negras y de augurios sombríos sobre el porvenir de la patria, solo en ti encuentro apoyo y sostén, ¡oh majestuosa, incorruptible y libérrima lengua rusa!

Si no fuera por ti, ¿cómo no abandonarse a la desesperación, en presencia de lo que nos ocurre? ¡No, no es posible creer que tal idioma no le haya sido dado a un gran pueblo!».

(De Senilia. Zig-zag. 1944)

 2 Op. Cit. pp.129-130 selon laquelle la corruption linguistique était la cause secrète de la degration des pensées et des consciences, et que les gens que ecrivaient et parlaient mal, devait finalement penser mal et agir mal. La phraséologie semblait, selon lui, les empécher de s’apercevoir de leur dechéance spirituelle.

3 Ibid. p. 285. La civilization actuelle est une vaste conspiration contre toute espèce de vie interieure.

4 Ibid. p. 306. n’était pas en realité que le signe tangible d’un mensonge ou d’une sotisse cachée, la preuve que quelque chose était corrompu a la base.

5 Ibid. p. 309. Toute dépravation du mot permet de reconnaître la dépravation du monde.

6 Ibid. p. 325. C’est dans ses paroles et non dans ses actes, que j’ai décelé l’espectre de l’époque.

7 Ibid. p. 311. Il a deconvert les liens entre un faux imporfait du subjonctif et une mentalité abjecte, entre une fausse syntaxe et la structure déficiente d’une société, entre la grande phrase creuse et le meurtre organisé.

8 Ibid. p. 307. Quand les mots sont détournés de leur sens propre, disait —il, l’imposture commence a regner. La névrose alors n’est pais loin. Null ne croit plus aux mots qu’ill emploie: le gouvernement, les jorneaux mentent, mais personne n’est dupe et il en resulte une decomposition de toute valeur morale.

(Fin de la primera parte)

En torno al lenguaje, Colección Letras de Venezuela, 82. Dirección de cultura, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1985. Curaduría: Josefina Núñez

♦♦♦

Madoz 640x60

El-amor-a-la-lengua-por-Rafael-Cadenas 640

El hombre masa no tiene lenguaje, usa el que le imponen; por Rafael Cadenas

La quiebra del lenguaje (Segunda parte) Para mí es evidente que Venezuela está aquejada de un grave descenso lingüístico cuyas consecuencias, aunque no sean fácilmente visibles, se me antojan incalculables. Resulta difícil percibir, sobre todo, las que sin estar a la vista, son las más importantes, pues tienen que ver con el mundo interior. Tal

Por Rafael Cadenas | 30 de septiembre, 2016
Chema Madoz

Fotografía de Chema Madoz

La quiebra del lenguaje

(Segunda parte)

Para mí es evidente que Venezuela está aquejada de un grave descenso lingüístico cuyas consecuencias, aunque no sean fácilmente visibles, se me antojan incalculables. Resulta difícil percibir, sobre todo, las que sin estar a la vista, son las más importantes, pues tienen que ver con el mundo interior.

Tal vez otros países donde se habla español no le vayan en zaga a Venezuela en esto, pero solo conozco, o vivo más que conozco —¡y con qué desazón!— lo que aquí ocurre. Eso que nos afecta a todos, como oyentes, como hablantes, nos demos cuenta o no. En realidad, desconocemos sus repercusiones más hondas, más sutiles y más ocultas. En este campo sentimos, pero no advertimos mucho. Solo sabemos que el lenguaje actúa sobre el tenor de nuestro vivir, y ya eso es suficiente para apreciar su gravitante poder.

La situación no deja de ser peligrosa; un idioma puede decaer, empobrecerse, morir, sin embargo, nada se hace para afrontarla. Aquí también señorea sin mayores obstáculos la corriente de la descomposición. La sociedad ignora el problema; el Estado es pasivo; los institutos de educación fallan escandalosamente en la tarea que con respecto a la lengua les corresponde: la de enseñarla, la de trabajarla con el español de los estudiantes a fin de que mejore, y el principal medio de comunicación, la televisión, por un lado contribuye a difundir un español que cabe llamar standard, bastante insípido y no sin traslados literales, sobre todo del inglés, por otro lado, se aplica a fomentar, imponer y consolidar deformaciones o vulgaridades, siendo tal vez este lado el más eficaz. No he mencionado la radio porque si bien se oye mucho, dudo de su existencia; si admitiéramos que existe tendríamos que considerarla incomparablemente peor que la televisión. El principal mérito de la radio parece ser el de volver estridente la vulgaridad, aporte por lo demás superfluo en nuestro medio.

Trataré de ser objetivo: en la televisión hay excelentes programas tanto importados como hechos en el país —aquellos abundan más que estos— pero son precisamente lo que cuentan con menos televidentes. En razón de su calidad no pueden competir, son derrotados por los que el público frecuenta más, en parte porque la misma televisión lo ha acostumbrado a ellos. Es decir, después de habituarlo a productos de baja calidad, —como las telenovelas, esas escuelas de histerismo, desfachatada vulgaridad y pésimo lenguaje— tienen que seguir suministrándoselo. He oído decir que el lenguaje de las telenovelas es el que usan los venezolanos, que los libretistas llevan a la pantalla el que oyen en su ambiente y los directores y actores se encargan de la «manera» de hablarlo. Si es así, las telenovelas constituyen la prueba más contundente de que en punto a idioma sí se encuentra Venezuela en un estado de indigencia. [4]

Los periódicos contribuyen un poco más a sostener la lengua, pero habría que reprocharles la grave negligencia que se nota en el material procedente del extranjero, que se nos sirve en un español tras el cual percibimos sin esfuerzo los giros ingleses. Es, a veces, un inglés mal trajeado a lo español por traductores a los que la construcción propia de nuestra lengua les es o se les ha vuelto extraña y por periodistas que desconocen la frase española y por ello no pueden detectar el contrabando o periodistas a quienes simplemente les importa poco que nuestra lengua desaparezca, lo cual a la larga es posible. Las deformaciones pueden ir poco a poco —o tal vez rápidamente, nada es hoy lento— cambiando su faz, hasta volvérsela irreconocible.

Cabe afirmar, sin injusticia, que los medios de comunicación, son indolentes ante el idioma. A la televisión —vuelvo sobre este medio por ser el de mayor alcance y por considerar irremediable la radio— puede exigírsele, al menos, que mantenga un nivel de expresión aceptable, que no contribuya a desfigurar el idioma y que no recoja lo peor, pues suele darle profusa circulación a injustificables monedas lingüísticas.

La televisión magnetiza, su influencia no admite comparación con ninguna otra. Creo que la televisión, el automóvil y la propaganda le dan su nota más característica a nuestra época. De ahí que me haya demorado en este punto y no quisiera abandonarlo sin referirme a la propaganda, especialmente la televisiva. Cada planta golpea sobre un público inerme, incitándolo —a gritos o con tonadillas para embobecer— a comprar, comprar, comprar, lo que sea, limpiadores, detergentes, cigarrillos, automóviles, máquinas de afeitar, champúes, margarinas, leches condensadas, discos, jabones, o anunciándole los maravillosos espectáculos que le tiene preparados o entonando loas, en impar ejercicio de autoexaltación, a la calidad de sus programas, lo que no puede menos de tener un efecto que seguramente va más allá del estímulo al consumismo, el fomento de la masificación o el pábulo a la simple tontería. Pienso hasta en un efecto neurológico, difícil de rastrear. Tal vez lo más dañoso sea ese su desconsiderado golpeteo, esa su endemoniada repetición, su abusiva frecuencia que al decir de los expertos, no tiene parangón en los otros países. (…)

Sobre los institutos de educación haré, más adelante, en otro capítulo, algunas consideraciones.

La situación de deterioro que he descrito de manera muy sucinta tiene graves consecuencias para el venezolano. El desconocimiento de su lengua lo limita como ser humano en todo sentido. Lo traba; le impide pensar, dado que sin lenguaje esta función se torna imposible; lo priva de la herencia cultural de la humanidad y especialmente la que pertenece a su ámbito lingüístico; lo convierte en presa de embaucadores, pues la ignorancia lo torna inerme ante ellos y no lo deja detectar la mentira en el lenguaje; lo transforma fácilmente en hombre masa, ya que una conciencia del lenguaje es una de las mejores defensas frente a las fuerzas que presionan contra la individualidad. ¿Para qué seguir enumerando limitaciones? Sería nunca acabar. Ya se sabe que la lengua es como la armazón de toda la cultura.

Tampoco es mi intención inquirir sobre los factores que pueden haber ocasionado este deterioro, o adentrarme en ellos. Soy poco dado a este tipo de indagaciones. Me interesa el hecho actual. Por lo demás, casi todos están a la vista: la ruptura violenta con España, que alejó a Venezuela de su matriz lingüística, lo cual, idiomáticamente, no podía ser enriquecedor para ninguna de las partes; las guerras y dictaduras del siglo XIX y comienzos del XX, que impidieron un desarrollo normal de la educación y la cultura, pero no el de un primitivismo que todavía nos afecta: los caudillos locales han sido reemplazados por esos «patriotas» que «se meten» a la política con el fin de conseguir un cargo público, no para servir —esta idea corresponde a una constitución humana y social que ellos no tienen— sino para enriquecerse, lo que ha hecho de nuestra democracia un régimen insolvente, encubridor y hueco; las deficiencias en la enseñanza de nuestro idioma por las escuelas y liceos; el espíritu de masa que mira con desconfianza toda expresión que se separe del patrón general; hasta el machismo, para el cual hablar bien es sospechoso —de ahí que fomente el cultivo del mal lenguaje—, pero, sobre todo, la absoluta indiferencia por parte del Estado y de la sociedad: el asunto no figura en el catálogo de las prioridades; ni siquiera es visto como problema; les debe de parecer insignificante al lado de los «verdaderos problemas», sin pensar en que tal vez estos dependan, en cierto modo, de aquel.

«!Al diablo con el lenguaje! hay cosas más importantes que atender», parecería ser el lema imperante en el país (no sé si las «cosas más importantes» son en realidad atendidas). Aquí impera desde siempre la pasividad inconmovible. Tal sería la raíz del mal. El descenso idiomático se produce como secuela natural de esta actitud.

Por eso parece no importar mucho que los medios de comunicación propaguen usos de mala ley o que en las escuelas y liceos no se enseñe el idioma que probablemente hablamos o que las universidades venezolanas gradúen profesionales que no llegaron a conocerlo o que un lenguaje defectuoso no sea un obstáculo para ningún político o que los jóvenes hayan ido sucumbiendo a una especie de mutilación verbal al adoptar una jerga que solo contribuye a que su mundo se encoja. En fin, me detengo: temo perderme en la enorme red de factores que han influido en nuestro lenguaje actual. Solo he mencionado algunos y seguramente cada lector podrá agregar otros, pero deseo, sí, expresar de una vez una impresión muy firme en mí: esta situación de deterioro de nuestro lenguaje forma parte del deterioro general que padece la sociedad venezolana y no debiera considerarse, como suele hacerse, de manera aislada. ¿Cómo iba a quedar exento el lenguaje si es parte esencial del hombre? No pueden separarse; están unidos inextricablemente; el destino de uno afecta al otro y entre ellos se establece una constante interrelación que, al parecer, tiene la particularidad de estar a la vista y ser fácilmente pasada por alto.

Si la educación está en baja; si la corrupción se instala en el Estado y la sociedad sin que estos reaccionen vigorosamente, si dirigentes del país, se dedican a robarlo; si la justicia es burlada con facilidad por los poderosos; si nuestras pocas tradiciones desaparecen arrasadas por un desarrollo unidimensional, el único que conocemos; si en el ambiente físico campea la fealdad, el descuido, la dejadez, el abandono, la polución; si la tecnología impone su dominio acosando o desplazando la formación humanística; si los medios de comunicación están más al servicio de intereses parciales que de la comunidad, y en general la atmósfera del país es de descomposición, ¿va el lenguaje a permanecer indemne?

El-amor-a-la-lengua-por-Rafael-Cadenas 640

Aunque parezca no haber relación entre todo esto y el lenguaje, no puedo dejar de conectarlos. Es fácil ver cómo los aspectos que he mencionado se vinculan entre sí, pero no tan fácil ver la relación de estos, y los que se me escapan, con el lenguaje. Lo que ocurre en la sociedad tiene que reflejarse en él, e inversamente, lo que le pasa al lenguaje tiene a su vez efectos en la sociedad. Con frecuencia se olvida también que este gravita más de lo imaginable sobre hechos que aparentemente no tienen conexión con él y a los cuales se les suele dar explicaciones de otra índole.

Creo que esto lo comprenderemos mejor en términos de cultura. ¿Puede ella existir sin una formación lingüística? ¡Y cuánto no depende, en el terreno económico o social o político, de lo que llamamos cultura! La formación lingüística a que me refiero incluye, desde luego, a la que es espontánea, la que se adquiere en el ambiente, sin más, cuando el lenguaje no se ha degradado, y la cual se entrecruza, en toda sociedad, con lo que se apoya en la transmisión escrita de carácter culto. (…)

Recordemos, por ejemplo, que hablar y pensar son funciones que se vinculan de modo indisoluble; no pueden existir la una sin la otra. Además el lenguaje no solo le da su rasgo más característico al hombre: también lo configura. «El mundo va conformándose para el hombre según la imagen del lenguaje, y cada nueva precisión idiomática es al mismo tiempo un aumento, un enriquecimiento de su mundo. Esto no se refiere solo al mundo externo, sino también al interno, espiritual y anímico. Así como el mundo externo va estructurándose en el niño al aprender este a designarlo, a captarlo idiomáticamente, así también se estructura y se forma su fuero íntimo por medio de la expresión idiomática. Alegría y dolor, amor y paciencia, aburrimiento y expectativa, franqueza y orgullo, etc.: todo ello va configurándose bajo la conducción de las palabras que el lenguaje pone a disposición del hombre. Y con tal proceso se va formando su naturaleza interior. Lo cual sin duda no significa que el lenguaje produzca los sentimientos sacándolos sencillamente de la nada. Algo de vida anímica debe preexistir. Pero ese algo es todavía informe e inaprensible y solo adquiere su forma y con ello su verdadera realidad al fundirse en los moldes idiomáticos prefigurados o, mejor dicho, al unirse a tales formas prefiguradas. Y puesto que cada lengua, como hemos visto, va acuñando esta actitud de un modo específico en cada caso, también el hombre se va formando dentro del lenguaje de un modo específico en cada caso».[6]  Podría afirmarse que, en gran medida, el hombre es hechura del lenguaje. Este le sirve no solo como medio principal de comunicación, para pensar y expresar sus ideas y sentimientos, sino que también lo forma. Está unido en lo más hondo a su ser; es parte suya esencial, propia, constitutiva. En cierto modo conocemos a las personas por su manera de usar el lenguaje. Este nos revela más que cualquier otro rasgo.

Hay otro aspecto que no debe formar parte de los que omito forzosamente en razón de lo extenso del tema: un descenso del lenguaje debilita y hasta puede cortar nuestros vínculos con el pasado, quitarnos el suelo histórico al que pertenecemos, pues hablar una lengua es una filiación a un territorio cultural específico. La desmemoria que se observa en el mundo moderno quizá tenga que ver con ese descenso, ya que el lenguaje es vía cardinal de comunicación no solo en el presente, sino también con el pasado. Cuando hablamos, en nuestras palabras resuenan siglos; cuando leemos libros de épocas remotas nos topamos palabras que aún decimos. Se trata de un hilo que viene del ayer, y está entrelazado con el de la historia.

Permítaseme una referencia personal dentro del ámbito lingüístico a que pertenezco. Me emociona pensar que las palabras que yo pronuncio son las mismas que pronunciaba, por ejemplo, Cervantes, o encontrar en sus obras las palabras de mi infancia oídas tantas veces en bocas de mis abuelos o mis padres o compañeros de escuela o de juegos. El lenguaje está cargado hasta los bordes de tiempo. Nos sumerge en el pretérito o nos lo trae a nuestro hoy. Rezuma formas de vida por todos sus poros y él mismo es forma.

Supongamos que nuestro lenguaje actual vaya distanciándose cada vez más de aquel en que están escritas las obras clásicas de la literatura, o aun, me aventuro sin titubear, las modernas, y alguien que no sea un lector intente leerlas ¿no sentirá que están en una lengua extraña, casi muerta? Es lo más probable, y ¡qué descorazonador! Porque esas obras están en una lengua más viva, más abundante y más rica que la usada por nosotros en la vida corriente.

El asusto es vasto. Desborda los modestos límites que se le suelen asignar. Habría que verlo en relación al hombre moderno que le ha dado la espalda a todo lo que no cabe en el limitado círculo de sus intereses, y con el lenguaje ha hecho lo mismo que con otros valores: lo ha puesto en trágico olvido. Es una miseria más que faltaría por añadir a las que le han señalado pensadores como Spengler, Ortega, Jung y muchos otros. ¿Añadir? ¿No se nos habrá escapado su verdadero rango? ¿No será esta omisión un signo que revela una incapacidad para estimar debidamente el puesto de la lengua en el mundo del hombre?

Siempre me ha sorprendido que la mayoría de los pensadores que se han dado a la faena de ahondar en los más diversos aspectos del hombre de nuestra época dejen de lado la cuestión del lenguaje, el cual debe estar detrás de todas las crisis que lo afectan, condicionándolas o sufriendo sus efectos, en estrechísima correlación, en franco o subterráneo nexo, en sutil o marcado compás. En rigor, lo que ellos defienden es el individuo, que está amenazado sobre todo por la masificación, y aunque el lenguaje es parte importante de esta situación dramática, no lo toman en cuenta o lo tocan muy de paso. Para mí, al menos, es evidente que alguien consciente de lo que son las palabras estará en mejores condiciones para resistir todas las formas de manipulación que atentan contra su individualidad; es improbable que no pueda detectar las imposturas al uso; difícilmente caerá en la trampa del gregarismo. El hombre masa no tiene lenguaje; usa el que le imponen. Cuando comienza a tenerlo, es decir, cuando pone atención a las palabras y va dejando de usarlas mecánicamente, ya está en camino de zafarse de la hipnosis a que estaba condenado. Seguramente que las fuerzas manipuladoras saben que la conciencia del lenguaje es un bastión del individuo; y ya que hablamos de este, me atreveré a dar otro paso: creo que así como la educación lingüística —que no se debe confundir con el estudio de la lingüística— es condición para el conocimiento de los demás, también lo es del propio, sin el cual no puede hablarse de individuo. La educación lingüística a que me refiero, es por lo menos, entre otras cosas, una educación en exactitud, necesaria en el proceso de autoconocimiento.

[4] Por su popularidad, la novela es un género importante. Con calidad, sería un gran instrumento de cultura Ocurre todo lo contrario. A más de reafirmar y expandir la pobreza de lenguaje existente, afianza ideas y prejuicios que carecen de vigencia y que una gran parte del mismo público que las ve, dejó atrás hace tiempo. En lugar de impulsarlo hacia nuevas posibilidades, lo empantana aún más. Parecen elaboradas adrede para hacer retroceder o estancar al público. En esto reside, a mi ver, su mayor inmoralidad. Hay excepciones, desde luego, pero muy pocas, lo cual es de lamentar.
[6]  Otto Friedrich Bollnow, Lenguaje y educación. Sur. Buenos Aires, 1974.

(Fin de la segunda parte)

En torno al lenguaje, Colección Letras de Venezuela, 82. Dirección de Cultura, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1985. Curaduría: Josefina Núñez

♦♦♦

Anish-Kapoor-3-e1476666146846

El amor a la lengua; por Rafael Cadenas

  Introducción Quisiera que este trabajo fuese testimonio de un recio amor, el amor a la lengua. Un sentimiento que fue, al principio, inconsciente, de lector ávido; casi desatendido luego entre los trajines de una actividad de la que me retiré hace ya muchos años y reconocido finalmente tras varias crisis, pues nada es psíquicamente

Por Rafael Cadenas | 7 de septiembre, 2016

El amor a la lengua por Rafael Cadenas 

Introducción

Quisiera que este trabajo fuese testimonio de un recio amor, el amor a la lengua. Un sentimiento que fue, al principio, inconsciente, de lector ávido; casi desatendido luego entre los trajines de una actividad de la que me retiré hace ya muchos años y reconocido finalmente tras varias crisis, pues nada es psíquicamente fácil, y que posee, sin embargo, el carácter de lo que siendo firme, solo los años nos dejan ver. Se asemeja a un afecto del que poco a poco nos damos cuenta, que va insinuándose lentamente hasta cobrar imperio. […] Hoy veo todo envuelto por el misterio y no solo la dimensión que trataba de destacar (Literatura y vida, Realidad y literatura) ¿Qué diferencia existe, por ejemplo, entre un árbol, un deseo, una palabra? Todo, absolutamente todo, forma parte de la realidad, que es, en última instancia, desconocida. Pero siendo desconocida, nos constituye, es nuestro fondo, por lo que también le pertenecemos, lo cual nos confiere una dignidad que no percibimos ni tampoco solemos honrar, pues ¿cuándo la tenemos presente con fuerza decisiva?

Si un árbol es un milagro, no lo es menos un deseo, una palabra. ¿Por qué habríamos de otorgarle un puesto mayor al árbol? ¿Porque no está contaminado por el yo? ¿Porque es trasunto de lo desconocido? ¿Quién nos autorizó para establecer divisiones? ¿No es falta de humildad hacer afirmaciones sobre lo que es o no real?

Todo pertenece a una misma dimensión, todo o nada. Así comencé a recuperar lo que la poderosa dialéctica de los místicos me había arrebatado.

De paso: ellos, que propugnan el silencio, no parecen contar entre sus muchas abstenciones, las verbales.

Es extraño que para acallar la mente haya que usar tantas palabras.

Digo esto con el mayor respeto, pues mi deuda con los místicos es inmensurable.

Pero también tengo otra deuda con la palabra. A ella le debo deleites de lector, que están entre los mejores conque me ha regalado la vida, y los más frecuentes, dado que soy más lector que escritor. […] Había que enderezar la balanza, buscar el punto intermedio, evitar el otro extremo, el de la deificación de la palabra. Este sigue siendo un peligro para quienes ponen en ella su vida.

Al escribir estas páginas he preferido, en parte, dejar hablar algunos lectores, —pues expresan con gran intensidad una tribulación que no puede dejar de sentir ningún hombre para quien la cultura sea una realidad honda— y ser yo un puente entre ellos y el lector. (…) Al hilo de sus consideraciones expreso las mías. Así también, a más de poner juntas, en manos de lectores interesados, armas que suelen andar dispersas, me siento menos solo. […] La masificación ha instaurado el «reino de la cantidad». Aquí descreo de aquella ley que ve el ascenso cualitativo como producto del número. Tras cada problema actual está, incrementándolo, el crecimiento de la población, y en el campo de la cultura sus efectos han sido devastadores. La educación sobre todo, ha sufrido grandes estragos. Tiende a colectivizarse, a volverse mecánica, a transformarse en una actividad sin alma, a tal grado que me pregunto si deberíamos seguir usando la palabra educación para designar lo que se hace hoy en los institutos de enseñanza. ¿A qué se reducen sino a impartir, mal, conocimientos con miras a la sobrevivencia? En su libro Sobre el porvenir de nuestras escuelas ya Nietzsche establecía una diferencia entre «instituciones para la cultura e instituciones para las necesidades de la vida», la vida práctica, las cuales nada tienen en común, y aclara que todas las existentes para su época pertenecen al segundo tipo. Yo no me atrevo a imaginar lo que diría hoy Nietzsche. El discípulo de Burckhardt piensa en términos exigentísimos de cultura. Habla desde una cumbre cuya altura nos dice cuánto hemos descendido. El abismo que separa esta obra de la época en que vivimos es tal que hasta ingenuo nos parece su autor, y confieso que su opinión suscita en mí una dolorosa sonrisa.

Lo que Nietzsche reclamaba, ya había dejado de cumplirlo el sigo XIX. En el XX se acentúa el descenso, aunque cuantitativamente la educación alcance niveles nunca vistos en la historia, pues la preocupación por la calidad, que debía ser la nota dominante, casi ha desaparecido. Su majestad el número ha tomado el poder.

El mundo no suele hacerle mucho caso a ningún pensador. Sigue su curso impelido por fuerzas que nada tienen que ver con la conciencia y que la condenan más bien a un papel marginal. Hasta podría preverse lo que va a ocurrir con los deseos de los pensadores: sabemos que no se realizarán.

Debo aclarar también, aunque no me parezca indispensable, que estas páginas no invitan, como contrapartida, a la retórica, a un hablar atildado o a engolar la expresión. Al contrario, si de algo adolece el español que se usa en ciertas esferas es de falta de sencillez. Me refiero a la sencillez clásica que estaba vinculada a un vivir que no se había desprendido de los quehaceres humanos, nutrida por veneros de un idioma al que no había invadido el rodeo, «la abstractividad», el eufemismo que inficionan el español moderno y que delatan una tendencia a huir de la realidad.

Tampoco se trata de expresarse sin dificultad. La dificultad ya indica conciencia del lenguaje, y desconfío de muchas solturas. A veces la fluidez, la facilidad de palabra, solo trasunta una constante repetición. El decir del alma, el más hondo, no suele ser fácil, y el espíritu está reñido muchas veces con la brillantez; busca más bien veracidad, exactitud, fidelidad.

Por último, necesito añadir que no he escrito estas páginas en postura de quien sabe sino de quien siente. Padezco el tema y me parece que la dificultad expresiva del pueblo al que pertenezco es también la mía, que no puedo desconectarme de lo que está tras ella. A pesar de las diferencias de formación, el fondo es quizá el mismo. Deseo creer que nuestras mudeces se asemejan, y que son significativas. ¿Cómo podría hablar, pues, desde una suficiencia? En materia de lenguaje soy también menesteroso. Es precisamente mi lucha con el lenguaje lo que me ha hecho observador atento de los problemas que aquí toco. Observador, no juez.

Madoz 640x60

La quiebra del lenguaje

De una manera general se puede decir que el venezolano de hoy conoce muy poco su propia lengua. No tiene conciencia del instrumento que utiliza para expresarse. En su lenguaje, admitámoslo sin muchas vueltas, se advierte una pobreza alarmante. El número de palabras que usa es escaso, está lejos de un nivel aceptable y en los casos extremos apenas rebasa los límites del español básico; por lo general no lee ni redacta bien. Infortunadamente también ignora que la propia lengua puede y debe estudiarse a lo largo de la vida; para él es solo una tediosa materia de los programas de la escuela y el bachillerato de la cual se siente al fin libre. […] Lo cierto es que el lenguaje no ocupa ningún puesto en la gama de sus intereses. (1)

Me he referido, sin precisar, a la deplorable situación del lenguaje entre nosotros, dado que no es mi propósito señalar pormenorizadamente las fallas más usuales en que se incurre. (2) Son ya muy conocidas y además innumerables como para incluirlas  en un ensayo que solo quiere alertar sobre el peligro en que se encuentra nuestro español, con miras a preservarlo, a evitar que vaya a volatilizársenos también esta riqueza. El empobrecimiento en que ha ido cayendo, pues empobrecimiento es la palabra que mejor compendia el estado en que se encuentra, puede llevarlo a una inopia irreversible, sin posibilidad de recuperación. (3)

Esta es una de las carencias más notorias, pero menos señaladas, entre las que afectan a nuestro pueblo. ¿Por qué se suele pasarlo por alto? ¿A qué se debe semejante omisión? ¿Por qué se habla de otras carencias, y casi nunca de ésta tan vinculada al vivir del individuo y de la comunidad que no puede menos de incidir en él? Se trata de una extraña subestimación, pero no deseo tantear en pos de explicaciones. Prefiero dejar las preguntas en el aire.

(1) Aludo claro está a un sector de la población, no a toda. En Venezuela, como en la mayoría  de los países, existen muchos niveles y diferencias. Mis afirmaciones no deben tomarse a la letra. Con todo, aun el lenguaje de personas a quienes la lectura no les es extraña y cuyo español no puede considerarse deficiente, muestra poca variedad, ha ido perdiendo sabor, se siente desangelado. […] En España parece que tampoco andan bien las cosas. Con el título de «Poco se puede hacer por el idioma», El Diario de Caracas publica la siguiente información: «Los miembros de la RAE están descorazonados, pero no vencidos. La degradación del idioma español pese a la lucha constante de sus cuarenta y seis miembros, es un hecho. Alfonso Zamora Vicente, secretario permanente de la institución, declaró en reciente entrevista, que la ‘gente no tiene cultura’. Y no se quedó allí, atribuyó buena parte del problema a los medios de comunicación que ‘están en manos de idiotas’ y al sistema de educación, ‘un desastre total’, afirmó». 21-1-84.

(2) Sus fallas requerirían un estudio especial. Podrían mencionarse, sin embargo, entre las más comunes, el abuso de ciertas expresiones innecesarias como a nivel de; disparates como el vaso con agua que nos sirven los mozos de cafés, restoranes y bares para corregir nuestro antiguo y clásico vaso de agua; horrendos anglicismos que se introducen a través de los doblajes de la televisión y las traducciones de la prensa, como ¿qué tan lejos queda, qué tan pronto, qué tanto la conocía?, por ¿a qué distancia, cuándo, hasta qué punto? o ¿cómo le gusta? en vez de ¿cómo le parece? o ese olvídalo en lugar de déjalo y muchísimas otras locuciones extrañas a nuestra lengua, eufemismos destinados a escamotear la realidad, como soluciones habitacionales para designar lo que siempre se ha llamado casa o apartamento (no sé quién podría vivir en una solución habitacional); neologismos que no se justifican, pero con los que se busca causar efecto y que generalmente sustituyen a las palabras que son matrices, porque ya estas no suenan bien para los oídos remilgados de una época que emascula el idioma.

Consideración especial merece el ridículo de que, el cual suele usarse cuando no es necesario y no usarse cuando el régimen del verbo lo exige, y al cual han sucumbido presidentes, ministros, rectores, vicerrectores, comentaristas deportivos, estudiantes, intelectuales y hasta académicos de varias academias. Algunos comentaristas de béisbol baten todas las marcas. Se puede decir que a las divisiones que ya existen en Venezuela hay que añadir la muy significativa de los que usan correctamente el de que y la de aquellos que por ignorancia o desatención al idioma, lo usan a cada paso.

Esta deformación, que antes ocurría con verbos como pensar, creer, considerar, parecer, decir y otros parecidos, tiende a extenderse e invadir como plaga, e inesperadamente, a muchos otros. A casi todos. O, me temo, a todos.  Pese a que son pocos los verbos que requieren la preposición de antes de la palabra que, el vicio se esparce y afirma. Lo más desalentador es que incurran en él personas que no pueden ser tachadas de ignorancia.

El uso excesivo de las groserías también empobrece mucho el idioma. En Venezuela algunas son como sinónimos universales. Reemplazan cualquier otra palabra.

(3) Más grave que las fallas o el mal empleo del idioma es su empobrecimiento. El olvido de la lengua, lo escaso del léxico, el poco o ningún uso de sinónimos, la falta de vínculos con el pasado de la lengua, la rutina en la construcción de las frases, a la que se deben muchas facilidades de expresión (el caso de espectacular para calificar casi todo, acotación de la curaduría) son algunas de las notas de este empobrecimiento que muchos, sobre todo en el campo de la lingüística, no admiten: prefieren llamarlo cambio. La pregunta que cabe hacer es en qué dirección ocurre éste. No todo cambio es enriquecedor. Por ejemplo, puede haber neologismos que extravíen aún más al ser humano.

(Fin de la Primera Parte)

♦♦♦

 
En torno al lenguaje, Colección Letras de Venezuela, 82. Dirección de cultura, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1985. Curaduría: Josefina Núñez

 

Anish-Kapoor-3-e1476666146846

 

La razón no puede con la totalidad; por Rafael Cadenas

El poeta moderno habla desde la inseguridad. No tiene más asidero que la vida. Seguramente una voz queda le dice en los adentros: la época de las causas terminó. Ya no puedes aferrarte a religiones, ideologías, movimientos, ni siquiera literarios. Se acabaron las banderas. Pero este desengaño lo libera para luchar en otra clave por

Por Rafael Cadenas | 17 de agosto, 2016
21.Chema Madoz

Fotografía de Chema Madoz.

El poeta moderno habla desde la inseguridad. No tiene más asidero que la vida. Seguramente una voz queda le dice en los adentros: la época de las causas terminó. Ya no puedes aferrarte a religiones, ideologías, movimientos, ni siquiera literarios. Se acabaron las banderas. Pero este desengaño lo libera para luchar en otra clave por lo que religiones, ideologías, movimientos dicen defender: lo religioso, lo humano, lo valedero.

Esa voz, que parece la del nihilismo, podría ser más bien la voz de la vida que desea recuperarnos.

La historia misma nos lleva, o nos trae, a la escritura fragmentaria. ¿No sentimos que los libros precisamente de quien tanto ha reflexionado sobre aquélla, los de Nietzche, son como cuadernos de notas?

La fragmentación del mundo tal vez conduce al fragmento, o a todo lo contrario, a la obra ordenadora. En este momento me inclino hacia esa forma de expresión, la que brota sin pretensiones al hilo de los días.

Los días del humanismo están contados. Todavía le queda el amparo de las universidades —no de todas— donde debe justificarse, demostrar que es necesario, rendir tributo a la sociedad utilitaria. Ha de presentar examen, ponerse el ropaje de la ciencia, que a su vez tiene que rendir cuentas ante la técnica, mostrar sus títulos. Todo esto sin avergonzarse. Los “humanistas” no tienen pudor. Son incapaces de defender sus fueros sin arrodillarse ante la sociedad moderna para que los acepte, para que les permita vivir.

Me siento lejos de todo esteticismo. Hace tiempo dejé de darle primacía al arte sobre la vida. Una flor es para mí más misteriosa que “la ausente de todos los ramos”.

La ciencia no puede decirnos qué es la realidad; sólo alcanza a ponerle nombres. Su terreno es el cómo. Cómo es, cómo funciona, cómo opera; pero una parte, no el todo. El universo se nos escapa. De ahí que el conocimiento sea siempre de la parte. Esto lo saben los científicos mejor que yo. Así volvemos al asombro.

“Para crear un mundo real, los hombres han dado nombres a lo desconocido. De este modo, lo desconocido se ha convertido en realidad para ellos… Sin embargo, ¿Podemos decir que un nombre sea verdadera realidad? Creo que no” (Malewitsch, citado por Olga Bernal en Lenguaje y ficción en las novelas de Beckett). ¿Cómo puede entonces la poesía mostrarnos con palabras lo que las palabras encubren? Este sería el challenge. Volverlas reveladoras.

La poesía está en el extremo opuesto de los sistemas. Ellos son hoy fantasmas de la historia que deambulan buscando seres sin cautela. No sé quién puede tener tan poco seso como para encasquetarse un sistema. Hay que huir de toda persona que promete salvación. El misionerismo no podría contar sus víctimas.

A quienes nos cuesta la expresión, a quienes no usamos con soltura el idioma, a quienes las palabras se nos dan tasadamente, sin largueza, nos alivia lo que dice Bollnow de Rilke. Su lenguaje no nace de la superabundancia. Muestra exigua riqueza léxica. Más bien ahonda en ciertas palabras preferidas.

La facundia, la facilidad de palabra, la verbosidad abundosa constituyen a veces un peligro, cuando no van acompañadas por una vigilancia aguda; revelan una seguridad sospechosa; en todo caso tienen poco que ver con el espíritu, que es sobrio, y con el alma, que no suele correr.

Rilke vivió en una época de movimientos literarios, que aún fascinan a muchos poetas. Sin embargo, no lo sedujo ningún ismo. Tal vez supo a tiempo que las escuelas, los grupos, las corrientes pertenecían al pasado; que nuestra época era de voces individuales.

Estoy lejos del poema como cosa de arte (Kunst Ding) que a veces se asemeja a un artilugio. Me interesa más expresarme que componer, y uno puede expresarse en tantas formas. En una simple frase.

El poema es una forma, un molde, un artificio.

¿Cómo hablar  con naturalidad dentro de ese marco cada vez más estricto, dentro de esa pauta hoy tan compleja?

El poeta tiene que aprender un modo peculiarísimo de expresión, volverse especialista; ocultar lo que está reñido con mi modo de ser.

No quiero apartarme de la voz con que vivo.

Trascender no es tender las manos hacia un dios que habita fuera de la realidad sensible “sino un ir al encuentro de lo divino dentro de este mundo” (Ludwig Schajowicz, Mito y existencia). Lo divino quizá sea ese mismo mundo tal cual, pero después de ser dejado solo en su esplendor. Antes, sin embargo, habría que sentir el misterio.

Según Otto (Walter) el griego dice “¿cómo rindo el más digno homenaje a lo más venerable? Y el cristiano, heredero de Oriente, ¿cómo alcanzo yo la salud?”, la salvación (Schajowicz). Pedir, los cristianos al uso sólo saben pedir. Nunca dan las gracias; excepto cuando sus peticiones son satisfechas.

Me resulta trabajoso escribir, carezco de soltura, las palabras no acuden con facilidad a mi bolígrafo; pero no quisiera que fuese de otro modo: desconfío de la brillantez.

No hago diferencia entre vida, realidad, misterio, religión, ser, alma, poesía. Son palabras para designar lo indesignable. Lo poético es la vivencia de todo eso, el sentir lo que esas palabras tratan de decir.

Soy poco dado a criticar personas; mucho menos a un escritor. La indigencia del mundo es tal que a cualquiera que ame las letras hay que darle la mano. Es un soldado más.

Esto lo extiendo a todo el que le importe verdaderamente la cultura, pues creer que la barbarie acecha sólo delata una peligrosa obnubilación.

Hace ya mucho tiempo instaló sus tiendas en nuestras ciudades, tomó lugares decisivos, ha ido acrecentando sus conquistas. Está a puno de desalojar de sus reductos a la minoría.

“Al hombre le cuesta aceptar que el universo sea un enigma” (Schajowicz) y aún más que en última instancia él y las cosas también lo sean.

Está acostumbrado al conocimiento cuya jurisdicción es reducida: sólo puede decirnos cómo “funciona” la parte de la naturaleza que ha logrado conocer. La razón no puede con la totalidad; tiene que ocultar su puesto con la debida modestia. Con todo, ella también le pertenece, también forma parte del mismo enigma.

Anotaciones, Rafael Cadenas, Fundarte, 1983, Caracas. Curaduría a cargo de Josefina Núñez.

Buscar los anteojos que uno lleva puestos; por Rafael Cadenas

En clave de Zen ¿Conque así es? El maestro zen Hakuin llevaba una vida muy pura, en opinión de sus vecinos. Cerca de él vivía una hermosa muchacha japonesa cuyos padres poseían un almacén. De pronto ellos se dieron cuenta de que se encontraba en estado. Esto los enfureció. La muchacha se negó a decir

Por Rafael Cadenas | 27 de julio, 2016

Buscar los anteojos que uno lleva puestos; por Rafael Cadenas

En clave de Zen

¿Conque así es?

El maestro zen Hakuin llevaba una vida muy pura, en opinión de sus vecinos.

Cerca de él vivía una hermosa muchacha japonesa cuyos padres poseían un almacén. De pronto ellos se dieron cuenta de que se encontraba en estado. Esto los enfureció. La muchacha se negó a decir quién era el padre, pero al fin, después de mucho forcejeo, mencionó a Hakuin. Llenos de indignación, los padres de la muchacha fueron a ver al maestro. ¿Conque así es? fue todo lo este dijo al enterarse.

Nació una niña, y los padres se la llevaron a Hakuin, quien por entonces ya había perdido su reputación. Pero esto no lo preocupó; en cambio se encargó de la niña y la cuidó con gran dedicación. En la vecindad conseguía leche para ella y todo lo demás que la niñita necesitaba.

Un año después la madre, incapaz de seguir mintiendo, le dijo a sus padres la verdad: el padre de la niña era un joven que trabajaba en la pescadería.

La madre y el padre de la muchacha fueron a ver a Hakuin para pedirle perdón, darle excusas y llevarse la niña.

Al entregársela todo lo que dijo Hakuin fue: ¿Conque así es?

Una taza de té

Nan-in, maestro japonés de la época Meiji (1868-1912) recibió a un profesor universitario que deseaba saber lo que era el Zen.

Nan-in le ofreció té. Llenó la taza de su visitante y siguió sirviéndole. El profesor observó cómo se derramaba hasta que no pudo frenarse y exclamó. La taza está rebosada. No le cabe más.

Como esta taza, dijo Nan-in, usted está lleno de sus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo puedo mostrarle el Zen si usted no vacía su taza?

La luna no se puede robar

Ryokan, un maestro Zen, vivía de la manera más sencilla en una choza al pie de una montaña Una noche entró a su choza un ladrón, sólo para descubrir que en ella no había nada que robar.

Ryokan regresó y lo descubrió. Usted seguramente ha venido de muy lejos a visitarme –le dijo– y no debe irse con las manos vacías. Tome la ropa que tengo puesta, se la regalo. El ladrón desconcertado, tomó la ropa y escapó sigilosamente

Ryokan se sentó desnudo a ver la Luna. Pobre hombre –murmuró– cómo quisiera regalarle esta hermosa Luna.

Una voz

Al morir Bankei, un ciego que lo conocía le dijo a un amigo: Como no puedo ver el rostro de una persona, juzgo de su carácter por el sonido de su voz. Generalmente, cuando oigo a alguien felicitar a otro por un éxito, también oigo, un tono secreto de envidia.

Cuando expresa condolencia, oigo placer y satisfacción, como si el que se conduele estuviera contento porque algo qué ganar queda en el mundo.

Pero la voz de Bankei, lo digo desde mi experiencia, siempre era sincera. Cuando expresaba felicidad, yo sólo oía felicidad, y cuando expresaba tristeza, tristeza era todo lo que yo oía.

La edición de Sutras

Tetsugen, un adepto del Zen en Japón, decidió publicar en su idioma los Sutras (escrituras búdicas) que entonces sólo se conseguían en chino.

Los libros habían de imprimirse con bloques de madera en una edición de siete mil ejemplares, empresa tremenda.

Tetsugen se dio a viajar y recoger donaciones con este propósito.

Algunos simpatizantes le dieron hasta cien monedas de oro, pero las más veces recibía sólo pequeñas contribuciones. Diez años después, Tetsugen tuvo dinero suficiente para comenzar su tarea. Pero ocurrió que por ese tiempo el río Uji se desbordó y fue la causa de que se desatara una fuerte hambruna. Tetsugen echó mano de los fondos recogidos para editar los libros y los usó para salvar del hambre a la gente. Después comenzó de nuevo a recolectar dinero.

Varios años más tarde se extendió una epidemia por la misma región. Tetsugen dio una vez más, para ayudar a su pueblo, el dinero recogido.

Por tercera vez se puso a la tarea de reunir dinero, y después de veinte años vio realizado su deseo. Los bloques de imprimir con que se hizo la primera edición de los Sutras pueden verse hoy en Kioto: los japoneses le dicen a sus niños que Tetsugen hizo tres ediciones de los Sutras, y que las dos primeras, aunque invisibles, son superiores a la última.

Una nota Zen

Después de visitar al Emperador, Kakna desapareció y nadie volvió a saber de él. Fue el primer japonés que estudió Zen en China, pero como no dio muestra de él, salvo una nota, no se le recuerda.

Kakna visitó China y recibió la verdadera enseñanza. Vivía en una montaña, meditando constantemente. Cuando la gente le pedía que hablara, decía unas pocas frases y se iba a otro lugar de la montaña donde era más difícil encontrarlo.

El emperador oyó hablar de Kakna cuando éste regresó al Japón, y le pidió que le enseñara el Zen, para edificación suya y de sus súbditos.

Kakna se mantuvo en silencio ante el Emperador. Luego sacó una flauta de su túnica, emitió una breve nota y haciendo una reverencia cortés, desapareció.

Algo más de Zen

El Zen es una vía de liberación en la que no interesa lo que es bueno sino lo que es. Allan Watts.

El Zen no tiene nada que ver con ideas. D. T. Suzuki.

El Zen es como buscar los anteojos que uno lleva puestos. Dicho Zen.

Tener Zen es estar en un estado de pura sensación. Es estar libre del dominio de los conceptos, ver a través de ellos. Esto no significa rechazo del pensamiento conceptual. Pensamientos y palabras se encuentran en el mundo y son tan naturales como las flores. Alan Keightley.

Lo propio del sabio es actuar, pero no competir. Lao Tse.

Piensa con todo el cuerpo. Taisen Deshimaru.

¿Cómo puede uno pensar y batear al mismo tiempo? Yogi Berra.

No podemos alcanzar la gracia con aparatos. J. B. Priestley.

Muchos hombres se dedican a la pesca durante toda la vida sin percatarse de que no son peces lo que buscan. H. D. Thoreau.

Ninguna mente se ocupa mucho del presente; rememoración y anticipación llenan casi todos nuestros momentos. Samuel Johnson.

Darse cuenta de que el tiempo no tiene importancia es la puerta de entrada a la sabiduría. Bertrand Russell.

La vida sólo es. Tienes que fluir con ella. Entrégate al momento. Deja que ocurra. Jerry Brown.

Estamos implicados en una existencia que rebasa el entendimiento y el asunto más importante es nuestra vida diaria. John Cage.

Ningún concepto es portador de vida. Carl. G. Jung.

¡Mira! ¡Mira! Si miras atentamente las cosas olvidarás que vas a morir. Montgomery Clift.

Me gusta la realidad. Sabe a pan. Jean Anouilh.

Debemos enfrentar la realidad en forma ligeramente divertida; si no, entonces no hemos entendido. Lawrence Durrell.

La verdad toca a tu puerta y dices:”Vete, estoy buscando la verdad”, y ella se va. Robert Pirsig.

Cree en los que andan buscando la verdad; duda de aquellos que la encuentran. André Gide.

Si comprendes que fundamentalmente no hay nada que buscar, asunto arreglado. Rinzai.

La búsqueda de felicidad es una de las principales fuentes de infelicidad. Erich Hoffer.

Sabemos mucho y sentimos muy poco. Bertrand Russell.

Todos los problemas desaparecen cuando uno está en la dimensión no verbal de la conciencia. Ludwig Wittgenstein.

“¿Tuvo una infancia feliz?” es una pregunta errónea. Cuando niño, yo no sabía lo que era la felicidad o si era feliz o no. Estaba demasiado ocupado siendo. Alister Reid.

La madreselva en mi ventana me satisface más que la metafísica de los libros. Walt Whitman.

El verdadero valor de un ser humano puede medirse por el grado de liberación del yo que haya alcanzado. Albert Einstein.

Lo más aterrorizante es que uno se acepte completamente. Carl G. Jung.

Hacía cada cosa como si hiciera eso nada más. Charles Dickens.

Lo místico no está en cómo es el mundo, sino en que es. Ludwig Wittgenstein.

Las computadoras son inútiles. Sólo pueden darnos respuestas. Picasso.

Más Zen

¿Si no puedes encontrar la verdad donde estás, dónde más esperas encontrarla? Dogen.

Al caminar, sólo camina. Al sentarte, sólo siéntate. Sobre todo, no vaciles. Gun-Men.

Cada salida es una entrada a otro lugar. Tom Stoppard.

¿Cómo lo agarraré? No lo agarres. Eso que queda cuando cesa todo agarrar es el self. Panchadasé.

Los que quieren menos cosas están cerca de los dioses. Sócrates.

Pensar es más interesante que conocer, pero menos que mirar. Goethe.

Un día borré todas las nociones de mi mente. Abandoné todo deseo. Descarté todas las palabras con las que pensaba y permanecí en estado de quietud. Me sentí un poco raro –como si yo fuera introducido dentro de algo, o como si estuviera tocando algún poder desconocido para mí… y !Ztt! entré. Perdí los límites de mi cuerpo. Tenía mi piel, claro, pero sentí que yo estaba en el centro del cosmos. Hablé, pero mis palabras habían perdido su significado. Vi gentes que venían hacia mí, pero todas eran el mismo hombre. ¡Todas eran yo mismo! Nunca había conocido este mundo. Había creído que fui creado, pero ahora debo cambiar de opinión: nunca fui creado; yo era el cosmos; ningún señor Sasaki individual existía. Sokei-an Sasaki.

Un solo mundo real es suficiente. Santayana.

Las cosas tienen su ser y su naturaleza mediante la dependencia mutua y son nada en sí mismas. Nagarjuna.

Me asombra la gente que quiere “conocer” el universo cuando ya es bastante difícil que uno encuentre su camino en Chinatown. Woody Allen.

Cuando alguien pregunta, por ejemplo, si la posición del electrón permanece igual, debemos decir “no”, cuando preguntamos si la posición del electrón cambia con el tiempo, debemos decir “no”; cuando preguntamos si el electrón está “quieto”, debemos decir “no”; cuando preguntamos si está en movimiento, debemos decir “no”. O. Robert Oppenheimer.

Nuestra dificultad es la tendencia a creer que la mente es como un hombrecito dentro de nosotros. Ludwig Wittgenstein.

¿Conócete a ti mismo? Si yo me conociera escaparía corriendo. Goethe.

Mi enseñanza es sobre lo que trasciende tanto al yo como al otro. Permítanme demostrarles esto: mientras todos están vueltos hacia mí para oírme, afuera pueden haber gorriones que gorjean, llamadas de voces humanas o el rumor del viento. Pero sin que traten conscientemente de oírlos, esos sonidos les llegan claramente como para distinguirlos y reconocerlos. No son ustedes [oyendo] lo que oyen, de modo que no es asunto del yo. Pero como nadie más realiza por ustedes ese acto de oír, no podrían llamarlo el otro! Cuando ustedes oyen en esta forma con la no nacida mente de Buda, trascienden todo lo que sea. Bankei.

Cuando hagas tu elección en la vida, no te olvides de vivir. Samuel Johnson.

La finalidad de la vida es vivir, y vivir significa estar jubilosamente, embriagadamente, serenamente, divinamente consciente. Henry Miller.

Cuando yo bailo, bailo; cuando duermo, duermo; si, y cuando camino solo por un hermoso huerto, si mis pensamientos se van por un momento hacia asuntos distantes, en otro momento los conduzco de nuevo a la caminata, al huerto, a la dulzura de esta soledad, a mí mismo. Montaigne.

Tan pronto salió el toro fui hacia él, y al tercer pase oí los gritos de la multitud al mismo tiempo que se ponía de pie ¿Qué había hecho yo? De pronto me olvidé del público, de los otros toreros, de mí y hasta del toro, comencé a torear como la había hecho tantas veces solo de noche en los corrales y pasturas… Se dijo que mis pases con la capa y mi trabajo con la muleta esa tarde fueron una revelación del arte de torear. No lo sé. Yo simplemente toree sin ningún pensamiento fuera de mi fe en lo que estaba haciendo. Con el último toro logré por primera vez en mi vida entregarme en cuerpo y alma a la pura alegría de torear. Juan Belmonte.

Yo soy el que soy. Koan del Viejo Testamento.

 

El taller de al lado. Traducciones. bid &co.editor, Venezuela, 2005. Curaduría a cargo de Josefina Núñez.

Vernos sin mentirnos; por Rafael Cadenas

Las traducciones de D. H. Lawrence que he realizado, fueron publicadas a través de los años, en diferentes medios. Corresponden a una selección de Mira, lo hemos logrado y Pensamientos. Estos poemas nos invitan a la autenticidad, a vernos sin mentirnos, honestamente, a percatarnos de nuestros automatismos, a romper con el encierro egoico, a sentir

Por Rafael Cadenas | 14 de junio, 2016
Vernos sin mentirnos; por Rafael Cadenas 640

Mask (1929) de Henry Moore.

Las traducciones de D. H. Lawrence que he realizado, fueron publicadas a través de los años, en diferentes medios. Corresponden a una selección de Mira, lo hemos logrado y Pensamientos.

Estos poemas nos invitan a la autenticidad, a vernos sin mentirnos, honestamente, a percatarnos de nuestros automatismos, a romper con el encierro egoico, a sentir el misterio del que formamos parte. Me parecen portadores de salud. Deberían ser tomados en serio.

Prefacio

Estos poemas se llaman Pansies (Pensamientos) porque son Pensées más que cualquier otra cosa. Pascal o La Bruyère escribieron sus Pensées en prosa, pero siempre he creído que un pensamiento real, no una argumentación, sólo puede existir en verso o en alguna forma poética. Hay un elemento didáctico en los pensamientos en prosa que los hace repugnantes y ligeramente intimidatorios. Quien tiene mujer e hijos ha dado rehenes a la fortuna. Este es un pensamiento bien expresado; pero inmediatamente irrita por su segura afirmatividad. Se aplica demasiado directa a la realidad práctica de la vida. Si fuera presentado en poesía resultaría prácticamente menos regañón. No queremos que nos regañen.

Así pues desearía que estos Pansies fuesen recibidos como pensamientos más que como cualquier otra cosa; pensamientos fortuitos que son verdaderos e inoportunos cuando el humor y la circunstancia cambian. Me gustaría que fuesen tan fugaces como las propias flores que llamamos pensamientos (pansies), que se marchitan tan pronto y cuya variedad de aspecto es tan fascinante mientras duran. Y las flores, me parece, no son meramente bonitas-bonitas. Llevan en su fragancia la terrenalidad del humus y de la tierra corruptiva de donde brotan. Y los pensamientos, con sus caras rayadas, nos recuerdan tantas otras cosas que ya no son pensamientos.

En todo caso, ofrezco un manojo de pensamientos, no una corona de inmortelles siemprevivas. No quiero flores eternas, y no quiero ofrecérselas a nadie. Una flor pasa, y eso es tal vez lo mejor de ella. Si podemos asistirla en su frugalidad, su aliento, su aspecto tal vez mefistofélico, tal vez de Ofelia pálida, la impresión que da, el gesto de su cabal florecer y la manera como se despide de nosotros –eso era la flor, la tuvimos, y ninguna inmortelle puede darnos algo que se le compare. Así pasa con los pensamientos poemas (pansy poems); son el aliento de un instante, y un instante eterno contradice el próximo instante eterno. Pero no los claven. Así no los conservarán más.

D. H. Lawrence, Bandoi, marzo 1929

 

EMOCIONES CEREBRALES

Estoy harto de las emociones cerebrales de la gente
nacidas en sus mentes y forzadas por la voluntad
a sus pobres cuerpos en desorden.

Gentes sintiendo cosas que piensan sentir, que tienen la intención
de sentir,
ellas quieren sentir,
precisamente porque no lo sienten.

Pues claro, si uno en realidad siente algo
no necesita afirmar que lo siente.

 

TRAGEDIA

La tragedia me parece un gran ruido
más fuerte de lo que conviene.

La tragedia se me hace como un hombre
enamorado de su propia derrota.
Que es sólo una manera inelegante de enamorarse de sí mismo.

No me importan mucho las aflicciones e infortunios
de Lear y Macbeth y Hamlet y Timón:
les importaban tan excesivamente ellos mismos.

Y cuando pienso en la gran tragedia de nuestra civilización
material mecánica
aplastando la vida humana natural
a veces me siento derrotado; y entonces de nuevo sé
que mi propia pequeña derrota no me hará ningún bien a mí ni a
nadie.

 

NULO

Sé que no soy nada.
La vida ha ido más debajo de mi límite de baja marea.
Me doy cuenta de que no siento nada, ni en la aurora.
La aurora asciende con un resplandor y un azul, y yo digo: ¡Qué bella!
Pero soy un embustero, no siento ninguna belleza; un comentario
mental, un cliché.

Mi conciencia toda es cliché
y yo soy nadie.
Existo como organismo
y nulidad.

Pero no puedo hacer nada al respecto
salvo admitirlo y dejar eso a la luna.

Se dice que hay pausas creadoras,
pausas como la muerte, vacías y muertas como la muerte misma.
Y en estas tremendas pausas tiene lugar el cambio.
Tal vez es así.

La tragedia ha terminado, ha dejado de ser trágica, la
última pausa se cierne sobre nosotros.
¡Pausa, hermanos, pausa!

 

ESTAR VIVO

La única razón para vivir es estar completamente vivo
y usted no puede estarlo si lo aplasta un temor secreto,
y está tiranizado por la amenaza: ¡consiga dinero, o coma
inmundicia!
y forzado a hacer mil cosas más mezquinas que su naturaleza,
y forzado a aferrarse a posesiones con la esperanza de que lo harán
sentirse a salvo,
y forzado a vigilar a quien se le acerque, por temor de ser
embaucado.

Sin un poco de confianza mutua no podemos vivir.
Al final, enloquecemos.
El castigo por el miedo y la mezquindad es ser más mezquinos de
lo que somos.
Ser más mezquinos de lo que somos es el castigo por el miedo y la
mezquindad.

Para estar vivo, usted tiene que sentir un generoso flujo,
y bajo un sistema competitivo eso es imposible, realmente.

El mundo está en espera de un nuevo gran movimiento de
generosidad
o una gran ola de muerte.
Debemos cambiar el sistema, y hacer libre el vivir para todos los
hombres,
o veremos morir a los hombres y moriremos nosotros también.

 

EL ESPÍRITU COMBATIVO

En realidad, somos mejores de lo que sabemos.
Seguimos a rastras una interminable tradición de combate,
triunfo, conquista,
y sentimos que debemos mantenerla, seguir combatiendo,
triunfando, conquistando,
cuando en realidad la idea de esta infinita lucha imbécil
nos mata, nos da una náusea mortal.
Estamos hartos de combate.
Sentimos que si todo el sistema de combativa competitividad no
revienta pronto
reventaremos nosotros.
Queremos un mundo nuevo de salvaje paz, donde el vivir sea libre.

No esta paz de hiena amansada donde ningún hombre se atreve a
decirle a otro que es ladrón
y sin embargo cada hombre es empujado a robar a cada hombre;
esta linda paz en la que cada hombre tiene que luchar, y luchar
sucio,
para lograr un medio de vida en el vil combate
que llamamos libre competencia y empresa individual
y justa oportunidad.

¿Por qué tenemos que luchar por un medio de vida?
Un medio de vida debería ser tan libre para un hombre como para
un pájaro,
aunque la mayoría de los pájaros tienen que pagar, con sus vidas,
donde están los hombres.

¿Por qué debemos animarnos con la mezquina emulación?
Si nos animamos debería ser por algo que queremos hacer
y sentimos que es digno de hacerse.
Los esfuerzos de los hombres, como los esfuerzos de los pájaros de
primavera,
serían encantadores si surgieran del hombre mismo, puro
impulso espontáneo para hacer algo, para producir
aunque sea una olla.

Veo al latonero, sentado día tras día en un banco
reparando y soldando las ollas de toda la aldea
y feliz como un aguzanieves junto a un estanque,
como también a los pescadores sentados remendando sus redes,
felices como también eran los reyes, que ciertamente ya no lo son.
El trabajo es la clave en la vida de un hombre.
Pero debe ser trabajo libre, no sólo hecho por dinero
sino por diversión.

¿Por qué debemos competir unos con otros?
En realidad, cuando el latonero se ve tan feliz en su labor
inmediatamente quiero ponerme a hacer algo alegre también.
Una actividad libre y gozosa alienta otra.
Los hombres no son realmente mezquinos.
Los vuelve mezquinos el miedo y el sistema de rebatiña.
Los jóvenes saben bien estas cosas.
¿Por qué no se preparan para reaccionar frente a ellas?
Entonces serían felices. Pues somos mucho mejores de
lo que nos permite el sistema.

 

UN HOMBRE

Lo que más me importa en un hombre
es aquella inquebrantable chispa interior
donde es él mismo
intrépidamente.

Y todo lo que quiero es ver la chispa centelleando
vívida y limpia.

Pero ¡ay! nuestra civilización
la aplasta sin piedad
y deja la viviente arcilla del hombre.

Porque cuando la chispa es destruida en él
no puede evitar ser un esclavo, un esclavo con salario,
un esclavo del dinero.

 

INMORTALIDAD

Sólo es inmoral
estar muerto-vivo,
con el sol extinto en nosotros
y atareados apagando el sol
en otros hombres.

 

IMAGEN DE HOMBRE

¡Lástima que cuando un hombre se ve en un espejo
no se ladra a sí mismo, como hace un perro
o se eriza de furiosa indignación, como un gato!

¡Lástima que se vea tan maravilloso,
un poquito menos que los ángeles
y tan interesante!

 

COBARDES

En toda la creación, sólo el hombre se acobarda y le teme a la
vida.
Sólo a él lo aterra su propio posible esplendor y deleite.
Sólo él se angustia hasta la agonía ante la necesidad de ser algo
mejor de lo que es,
pobre gusano mental.

Aunque tal vez al mamut le crecieron muchos colmillos dientes
y al gigante alce extinto los cuernos,
por miedo de un desconocido enemigo;
quizá ellos también murieron de miedo,
como le sucederá probablemente al hombre.

 

LA VIEJA, VIEJA HISTORIA DE LA LIBERTAD

Los hombres luchan por la libertad, y la ganan con duros golpes.
Sus hijos, criados en la felicidad, se la dejan arrebatar, pobres
idiotas.
Y sus nietos vuelven a ser esclavos.

 

LOS DESARRAIGADOS

Quienes se quejan de su soledad deben haber perdido algo,
perdido alguna conexión viviente con el cosmos, fuera de ellos,
perdido su fluir vital.
Como planta a la que han cortado las raíces.
Y están llorando como plantas a las que han cortado raíz.
Pero la presencia de otras personas no les dará una nueva conexión
con las raíces.
Sólo les hará olvidar.
Deberían lenta y laboriosamente, en soledad, echar nuevas raíces
en lo desconocido, y arraigarse.

 

GRADOS DE INICIACIÓN

Ningún hombre, a menos que haya muerto, y aprendido a estar solo
entrará en contacto.

 

VIDA PLENA

Un hombre no puede vivir plenamente si no muere y deja de
preocuparse.
Deja de preocuparse.

 

INEXISTENCIA

No existimos si no estamos profunda y sensualmente en contacto
con aquello que puede ser tocado pero no conocido.

 

OMNISCIENTE

Todo lo que sabemos es nada, somos simples papeleras atestadas
a menos que entremos en contacto con lo que se ríe de todo lo que
sabemos.

 

DIOS Y EL ESPÍRITU SANTO

No hay pecado contra Dios, ¿qué le importa a Dios el pecado?
Pero existe el pecado contra el Espíritu Santo, pues el Espíritu
Santo está con nosotros
en la carne, es parte de nuestra conciencia.

El Espíritu Santo es la parte más profunda de nuestra propia
conciencia
donde nos conocemos como lo que somos
y conocemos nuestra dependencia del más allá creador.

De modo que si vamos contra nuestra más profunda conciencia
naturalmente destruimos en nosotros nuestro yo más esencial,
y una vez destruido, no hay remedio, ninguna salvación,
nos anulamos.

 

CURACIÓN

Yo no soy un mecanismo, un conjunto de varias partes
y no es porque el mecanismo funcione mal que estoy enfermo.
Lo estoy por heridas hechas al alma, al profundo yo emocional
y esas heridas requieren mucho mucho tiempo; sólo el tiempo
puede ayudar

y paciencia, y cierto difícil arrepentimiento,
largo y difícil arrepentimiento, darse cuenta del error
de la vida y liberarse uno mismo
de la interminable repetición del error
que la humanidad ha decidido santificar.

 

REVERENCIA ABSOLUTA

No siento reverencia absoluta hacia nadie o hacia nada humano
ni hacia personas, cosas o ideas, ideales, religiones e instituciones,
hacia estas cosas siento sólo respeto, y un tinte de reverencia
cuando veo en ellas un palpitar de vida.

Pero hacia algo jamás visto, desconocido, creador,
de lo que provengo
siento absoluta reverencia. Y callemos.

 

FE

Por siempre sin nombre,
por siempre desconocido,
por siempre inconcebido,
por siempre irrepresentado,
mas por siempre sentido en el alma.

 

REVOLUCIÓN EN CUANTO TAL

Es bastante curioso que las revoluciones sean hechas por autómatas.
Los hombres en verdad vivientes nunca las hacen,
no pueden, la vida significa demasiado para ellos.

 

LA MÁS PROFUNDA SENSUALIDAD

La más profunda de todas las sensualidades
es el sentido de la verdad
y la segunda experiencia sensual más profunda
es el sentido de la justicia.

 

VENENO

Lo que ha matado a la humanidad –porque el grueso de la
humanidad está muerto–
es la mentira;
la mentirosa afectación de parecer sentir lo que no sentimos.

 

MANDAMIENTOS

Cuando Jesús nos mandó a amar a nuestro prójimo
nos forzó a vivir una gran mentira, o a desobedecer,
pues no podemos amar a nadie, prójimo o no, mediante una
orden,
y el amor falso ha podrido nuestra médula.

 

BÚSQUESA DE LA VERDAD

No busques nada, nada
que no sea la verdad.
Quédate muy quieto y trata de llegar a la verdad.

Y la primera pregunta que debes hacerte es:
¿hasta qué punto soy yo un gran mentiroso?

 

MENTIRAS SOBRE EL AMOR

Todos somos mentirosos, porque
la verdad de ayer se vuelve mentira mañana,
mientras que las letras son fijas
y vivimos según la letra de la verdad.

El amor que siento por mi amigo, este año
es diferente del que sentía el año pasado.
Si no fuese así, sería mentira.
Pero repetimos ¡amor! ¡amor!
como si fuera una moneda de valor estable,
en vez de una flor que muere y da nacimiento a un nuevo capullo.

 

EL DESCENSO

Ellos temen descender de nuestro idiota cielo de lata
porque no saben qué encontrarán cuando bajen.

No necesitan preocuparse, los más de ellos nunca bajan en
absoluto,
tienen que mantenerse arriba,
y aquellos que sí descienden han de sufrir un cambio de sentido
hacia algo nuevo y extraño.

Volverse perceptivos como lo son las hojas
y finos como son finas las flores
y fieros como es fiero el fuego
y sutiles, plateados, tintineantes y rumorosos
como el agua de lluvia
y ser no obstante hombres,
pero que han renacido de la rigidez de las ideas fijas,
resurrectos de la muerte del movimiento y la emoción mecánicos.

 

OLVIDAR

Poder olvidar es poder ceder
ante Dios que mora en el olvido profundo.
Sólo en el puro olvido estamos con Dios.
Pues cuando sabemos completamente, hemos dejado de saber.

 

SABER TODO

El hombre no sabe nada
hasta que no sabe cómo no saber.

Y el más grande de los maestros te dirá:
El final de todo conocimiento es el olvido.
Dulce, oscuro olvido, cuando
hasta yo mismo ceso, y soy consumado.

El taller de al lado. Traducciones, bid & co. Editor, 2005. Venezuela. Curaduría: Josefina Núñez

Creo que el mundo actual no es terreno propicio para revoluciones; por Rafael Cadenas

Claudia Sierich: El 27 de agosto (1999) concluyó la octava edición de la Semana Internacional de la Poesía, tú fuiste el homenajeado. ¿Qué fue lo que más disfrutaste, qué nos queda de esa semana de encuentros? Disfruté todo, como siempre. Yo no falto a las semanas de la poesía, porque son una oportunidad para oír

Por Rafael Cadenas | 17 de mayo, 2016

Cadenas

Claudia Sierich: El 27 de agosto (1999) concluyó la octava edición de la Semana Internacional de la Poesía, tú fuiste el homenajeado. ¿Qué fue lo que más disfrutaste, qué nos queda de esa semana de encuentros?
Disfruté todo, como siempre. Yo no falto a las semanas de la poesía, porque son una oportunidad para oír y conocer a los poetas invitados. Uno puede enterarse vívidamente de lo que se está haciendo en otros países. Lástima que algunos poetas venezolanos no asistieran. La Casa de la Poesía, que ha contribuido a afirmar una naciente tradición entre nosotros, la tradición de la lectura pública de poesía, requiere mucho apoyo. Mediante actividades como esta aprendemos, uno está siempre aprendiendo, no importa la edad que tenga; ellas forman parte de la otra universidad, la invisible.

Muchos poetas y ensayistas se dedican también a la traducción, tú también lo haces y me gustaría saber qué significa para ti traducir, especialmente cuando se trata de traducir poesía.
En realidad no traduzco mucho. Cuando lo hago, pienso sobre todo en la necesidad de dar a conocer algo que, siendo importante, no está en nuestra lengua. Eso fue lo que me movió a traducir, por ejemplo, las conversaciones de Walt Whitman, no todas, claro, que no se conocían en español. Incluso en Estados Unidos no se han vuelto a editar. El amigo de Whitman, Horace Traubel, anotaba lo que él le decía. Era una labor periodística parecida a la de Boswell con Johnson y Eckermann con Goethe, sólo que las obras de estos dos autores son clásicas.

Sería casi un acto de traducir también este de escuchar, recrear, anotar.
Sí, porque interpretar se asemeja a traducir. Los tres «entrevistadores» poseían una memoria extraordinaria. La selección que hice resultó un libro muy fresco que enriquece la imagen de Whitman. En cuanto a Lawrence, escogí los poemas que más me interesaron de su libro Pansies (Pensamientos) que me sigue pareciendo, ¿cómo te diría?, muy terapéutico por lo que tiene de llamado a la veracidad con uno mismo. Después en la edición de La liebre libre que puso a corretear a Harry Almela, añadí poemas de otro libro. El de Nijinsky, también una breve selección, está agotado hace tiempo.

Has dicho que Los cuadernos del destierro es el germen de lo que has escrito después
Si, pues ese libro es un conjunto de poemas en prosa y gran parte de lo que he escrito después sigue dentro de esa forma, sobre la cual hay todavía cierta confusión. Se tiende a considerar poema en prosa a cualquier prosa poética. Conozco antologías de poemas en prosa donde uno casi no los encuentra.

En uno de tus versos libres en Amante asomas casi en un solo aliento «amar, escribir y observar». ¿Podría decirse que son sinónimos para ti, en tu vida?
Todo eso está unido, lo que pasa es que siempre estamos dividiendo las cosas. Hacemos muchas que en realidad son actos amorosos. Cosas sencillas de la vida cotidiana están animadas por una energía que se puede llamar amor, pero es mejor no darle nombre. Yo evito esa palabra porque está desgastada. Lo mismo ha ocurrido con otras, también grandes, que yacen hoy vacías en el repertorio de la trivialidad.

¿Qué relación guardas con lo escrito por ti, hoy?
Casi no tengo relación con lo que he escrito. Cuando publico un libro me olvido de él, salvo si hay que preparar otra edición o una lectura pública o una selección para ser traducida. Hay textos en los que ya no me reconozco, pero eso es inevitable porque uno va cambiando.

¿Te consideras pesimista?
Ni pesimista ni optimista. Más bien apegado, ceñido a la realidad, que siempre es fantástica, aunque raramente se ve así. Esta sensación, por cierto, acompañó siempre a Borges.

Rilke una vez dijo, que «la obra de arte es el resultado de haber estado en peligro, de haber ido hasta el extremo de una experiencia que ningún hombre puede sobrepasar». ¿Has estado en peligro tú, en ese peligro?
El alma siempre está en peligro. Pero no quisiera ampliar esta afirmación. Prefiero dejarla así, escueta. Quiero decirte un sentir que siempre llevo: vivir y hacer lo que hacemos los seres humanos, sabiéndonos efímeros, mueve a pensar que existe más allá del yo una fuerza sostenedora, tal vez lo que Shaw llama la «life force». Antes creía que ese vivir y hacer podían considerarse una especie de gesta humilde, pero no, me parece más bien algo transpersonal. El pobre yo no puede lidiar con el hecho de que somos mortales.

¿Qué es felicidad para ti?
Felicidad es otra de esas palabras que evito. Tal vez porque no sé lo que significa. Vivir, ese hecho misterioso que se llama vivir, es para mí suficiente y trato de que sea en el ahora, lo cual no se debe confundir con lo que se ha llamado presentimiento, que es más bien la idea de vivir para el placer. No se trata de eso, sino de estar presente, abierto, atento frente a la realidad, ante lo que ocurre. Amante, expresa lo que trato de decirte, que es central para mí. Algo parecido sostuve al comenzar la Semana de la Poesía, y una reseña en un periódico que aprecio, dijo que «había que entregarse a lo que hacemos como lo hizo Jesús» o algo así, cuando en realidad yo no mencioné esa gran figura histórico-mítica, el dios de Occidente, la tierra donde el sol se pone, que no le ha hecho mucho caso por cierto. La preocupación por la felicidad es propia de los adultos «Cuando niños —dice Alister Reid en mi traducción de frases afines al zen— yo no sabía lo que era la felicidad o si era feliz o no. Estaba demasiado ocupado siendo».

«El lenguaje es la morada del ser. En su casa vive el hombre. Los pensadores y los poetas son sus guardianes», escribe Heidegger en su Carta sobre el humanismo. Tú como uno de esos guardianes has dicho en tus Anotaciones, que «la quiebra de la lengua es la quiebra de la cultura, de la sociedad, del espíritu». Y en otra parte, que «un pueblo sin conciencia de la lengua termina repitiendo los eslogans de los embaucadores, es decir, muere como pueblo». Por otro lado Mao, muy indicativamente dice que «la pluma sirve para rasgar el alma». Háblame de eso. Y también de qué significado cobran estos pensamientos hoy para nosotros los venezolanos.
El mundo del hombre es lingüístico evidentemente, pero ese mundo se encuentra dentro de una realidad más vasta. En él es esencial el lenguaje, ni se puede concebir al hombre sin palabra; y su gran privilegio es el de poder darse cuenta del ser, porque las plantas y los animales sencillamente viven, pero sin conciencia o con mente muy rudimentaria. El hombre tiene, pues, un rango muy especial dentro de «la gran cadena del ser». Para los griegos él era el animal locuente, el animal parlante, pero el concepto de ser va mucho más allá de la palabra y más allá del hombre; el ser es omnipresente, inapresable, inconcebible. Ser es una de esas palabras creadas para designar lo que no tiene ni puede tener nombre. Es como el Tao.

Para nosotros sería importante acercarnos a este planteamiento, porque contribuiría a suavizar la preponderancia del yo, que en algunos casos llega al infantilismo.

La palabra también se relaciona con eso que llamamos poder. Me gustaría preguntarte sobre el poder entre las antípodas de psicopatía y oportunidad?
Cioran lo considera «la gran maldición de la humanidad». Detrás está el ego con su afán de afirmarse, dominar, disfrutar. Hay algo enfermo en ese empeño. Muchas de las grandes personalidades de la historia han sido psicópatas, y esto no se quiere ver. Cuando se habla de poder se piensa sólo en el campo de la política donde es más notorio, pero en todas partes asoma su fea cara porque está radicado en el ser humano, sea cual sea su papel. Sólo una reflexión a fondo puede librarlo de este morbo. ¿Habrá políticos curados? Es posible, serían aquellos en quienes la idea de servicio ocupa el centro de su vida, que son los menos. Los más «entran en la política» afiliándose a un partido en busca de algún beneficio personal.

El nacionalismo, que detesto, es como una extensión del ego. Yo creo que la humanidad tiende, hasta por razones de sobrevivencia, hacia una federación mundial que acabará con la idea actual de nación, que como todo producto histórico es perecedero. Uno seguirá queriendo el pedazo de planeta donde ha nacido, pero será algo diferente.

Una de las sorpresas de este siglo es que los marxistas, siendo internacionalistas en su doctrina, se volvieron nacionalistas. En una de tus preguntas mencionas a Mao, el último emperador de China, endiosado en vida, pero habría que buscar la verdad. Creo que lo de las cien flores fue una engañifa; la revolución cultural, una guerra civil, un horror, y de su vida se han dicho fealdades. Yo no entiendo —tardé cincuenta años en no entenderlo— cómo regímenes que prometen liberar al hombre comienzan por privarlo de libertad. Me quedo con Lao Tse y Chuang Zu, grandes dialécticos, tal vez más importantes que Heráclito, de quien además sólo nos han llegado fragmentos.

¿Qué es ser revolucionario para ti?
Es asunto interior; tiene que ver con ese vivir del cual te hablaba, ese vivir en el ahora, ese vivir sin el lastre de tantas ideas recibidas que no han sido examinadas. La palabra «awareness», darse cuenta, resume bastante lo que trato de decir. Tal vez esto suene raro, pero creo que el mundo actual no es terreno propicio para revoluciones. El hombre de este siglo ha visto varias y se necesita ser ciego para no ver que han fracasado y que hay más bien que buscar otra cosa que yo no sabría decir qué es. Las revoluciones tienen la mala costumbre de terminar en dictaduras.

Tiene que ver con dónde sucede la revolución. Tú la sitúas en el fuero interno y otros la sitúan…
En el plano social y político, pero la clave, lo esencial está en el individuo. Lo importante es lo que pasa en él, y eso se refleja en la sociedad. Por supuesto la reforma social o política son importantes. Sería absurdo oponerse a cambios necesarios.

Las revoluciones también uniforman a la gente. El individuo no tiene cabida allí. Piensa por ejemplo, en China hoy. Ese es un colectivismo espeluznante. A mí sus logros, auque impresionantes, no me deslumbran. Esa no es una sociedad democrática. Dejémonos de tonterías, esa es una dictadura con soporte militar. Políticamente no es un buen ejemplo para nuestro país, como no lo son los países árabes. Régimen democrático es aquel que no sólo acepta los disidentes, sino que los protege, y ampara su derecho a disentir. Es torpe el gobierno que no ve la importancia de la crítica que se le hace.

¿Qué valor tienen entonces el silencio y la renuncia a actuar, a la hora de participar en la realidad que nos circunda? Especialmente en este tiempo de agitación e hipnosis generalizada en que vivimos.
Como dice Camus, de ese modo al menos no agravamos los males existentes, como lo recordé en otra entrevista. Lo que dice el escritor francés sabe a taoísmo.

En nuestra vida nos encontramos con libros que no olvidamos, que nos cambian, marcan cesura, cesura que tú has causado en muchos de tus lectores. Me gustaría que comentaras algo sobre tus lecturas.
Como lector irremediable al fin, son muchos los libros que han influido en mí. Si te menciono alguno, sería injusto con otros. En estos días, como tenía que hablar en Barquisimeto sobre la generación del 98, estuve releyendo a Unamuno, Ortega y Azaña, quien pese a su condición de político y Presidente de la República fue un gran escritor. Sus diarios podrían ser aleccionadores hoy, siempre que exista disposición para aprender. En sus páginas lo vemos forcejeando con la ultraderecha y la ultraizquierda, que contribuyó al fracaso de la República, como lo hizo después en Chile. En España se desató la locura de la guerra, y los españoles se dieron con entusiasmo a entrematarse, la vieja afición de los humanos.

Rafael, muchas gracias por esta conversación.

Conversación con Rafael Cadenas en su casa, Claudia Sierich, septiembre 1999. Curaduría a cargo de Josefina Núñez.

¿Quién va a creer hoy en caudillos, héroes, salvadores?; por Rafael Cadenas

María Ramírez Ribes: ¿Crees que el amor está desprestigiado en nuestra época? Tú sabes que no soy muy dado a usar esa palabra porque se ha abusado mucho de ella, lo cual ha traído su desvalorización. Se suele emplear con tanta ligereza, sin precisar su significado, que cada vez se vuelve más nebuloso. Lo mismo

Por Rafael Cadenas | 20 de abril, 2016
Eros y Psique

Eros y Psique

María Ramírez Ribes: ¿Crees que el amor está desprestigiado en nuestra época?
Tú sabes que no soy muy dado a usar esa palabra porque se ha abusado mucho de ella, lo cual ha traído su desvalorización. Se suele emplear con tanta ligereza, sin precisar su significado, que cada vez se vuelve más nebuloso. Lo mismo ocurre con otras grandes palabras. Yo invitaría a quienes la traen siempre en la boca a que se inspeccionen bien, pues es fácil caer en el autoengaño. Me parece que los seres humanos no poseen la capacidad amorosa que creen o desearían tener. Está limitada por el propio interés. Hay pues que contentarse con que en ellos haya consideración, respeto y afecto hacia el prójimo. Ya esto es bastante y sirve de contrapeso al odio. Son raros los que se entregan. Tal vez sería más sano, en vez de hablar mucho de amor, observar la violencia de que somos capaces. Ciñéndome a tu pregunta, creo que el amor no puede sufrir desprestigio porque está más allá de nuestras calificaciones, pero la palabra amor sí, de tan traída y llevada sin hondura.

¿Qué papel juega Eros en el mundo actual?
Yo comparto el planteamiento de Adolf Guggenbühl, analista junguiano. En su libro Eros en muletas (Eros on crutches), que por su importancia debería estar en español, trata el fenómeno de la psicopatía, tan extendido hoy en el mundo. El psicópata, según Guggenbühl, es una especie muy particular de inválido: en él no existe Eros, no funciona este arquetipo, al que le asigna por cierto un significado muy amplio. Eros puede manifestarse en innumerables formas, en cualquier afición, aun en la más sencilla. La presencia de Eros en la vida de una persona significa salud psicológica, ese es su papel. El autor también quiere, y esto es muy importante, que el lector, aunque no sea psicópata, vea su dosis de psicopatía, lo que no es fácil porque afecta su imagen.

¿Dónde reside el espacio de lo sagrado hoy?
En todas partes porque todo está envuelto por el misterio. Fíjate en lo que pasa. La gente va a los templos de las distintas religiones y casi siempre sale tal como entró, no ha ocurrido nada importante. Las religiones parecen condenadas a perder su sentido originario e ir convirtiéndose en cáscaras secas. Mira lo que sucede en la India, país tenido por dechado espiritual –eso siempre lo he dudado, aunque me interesa el hinduismo clásico y el budismo– y en Pakistán donde la gente reza a cada rato. Ambas naciones están eufóricas con el letal juguete que lograron construir, no sin ayuda de las naciones desarrolladas, que las condenan hipócritamente, no sé con qué autoridad. Es que la imbecilidad humana no tiene límites. Mira lo que está pasando en Irlanda; a estas alturas protestantes y católicos todavía se detestan, no pueden desprenderse de un odio ridículo puesto que ambos son o se consideran cristianos. Lo mismo ocurre entre judíos y mahometanos. Es decir, no ha habido cambio interno. ¿Cuándo cesará toda esta estupidez, esta insania religiosa o pseudorreligiosa, este fanatismo que es la negación de lo verdaderamente religioso?

En tu libro En torno al lenguaje, por ejemplo, o en Realidad y literatura, tú te has ocupado mucho del papel que juega la palabra como encubridora y como develadora. ¿Podrías darme algún ejemplo de un autor o de un texto en donde la palabra ayude a develar y otro en donde más bien encubra la realidad?
Hay muchas formas de encubrir la realidad mediante el uso deshonesto de las palabras. Por ejemplo, cuando se emplean sin exactitud o para mentir o con el fin de obtener algún provecho. Esto, me doy cuenta justamente ahora, tiene que ver con la psicopatía, que suele manifestarse mucho en el habla. Una forma de vestir la realidad que se ha ido extendiendo bastante es el eufemismo. Se cree que él puede transformarla o disfrazarla mágicamente. Lo «políticamente correcto», invento norteamericano, ha exacerbado su uso. Hay eufemismos que ya entraron en el lenguaje habitual volviéndolo ridículamente empalagoso, alejándolo de la verdad, como el de llamar invidente al ciego o gente de la tercera edad a la que ha entrado en la vejez o solución habitacional a una simple casa o apartamento; pero a Borges nunca se le hubiera ocurrido llamarse invidente, sólo es real la edad que se tiene y ninguna solución puede ser habitacional. Este tema ha sido muy bien tratado por Robert Hughes en su libro La cultura de la queja editado en Anagrama.

Memorial, hasta un cierto punto, agrupa la temática y las expresiones que han caracterizado tu obra. Ahí está también la plenitud de esa vida que “aprende a no pedir nada” y que “vuelve novedad lo que toca, como mano de niño”. ¿Cómo llegar a «tener ojos, no puntos de vista»? ¿Lo has logrado tú?
Creo que sí y no es nada del otro mundo, pero la frase no es mía, sino del personaje de Castaneda, cosa que descubrí después; por eso está en bastardillas. Significa, a mi parecer, no que prescindamos de los puntos de vista, siempre los habrá, sino que estemos dispuestos a abandonarlos cuando lo imponga la realidad, cuando la veamos. Lo importante es no aferrarnos a nuestros pareceres cuando nuestros ojos nos dicen otra cosa. Hay gente de opiniones inamovibles que además tiende a defenderlas autoritariamente. Constituye el mejor suelo para los fanatismos de toda laya. El punto de vista puede ser móvil, pero, ojo: esto no tiene nada que ver con el oportunismo. Es triste, y más si se ufana de ello, que una persona piense a los sesenta años como pensaba a los veinte. Eso es anquilosamiento, no fidelidad; quiere decir que no ha habido mutación.

Al ser humano como le aterra soltar su lastre –prejuicios, creencias, doctrinas–; teme quedarse en el vacío, sin nada, cuando en realidad le queda nada menos que la vida tal cual en toda su desnudez y mucha más libertad para pensar, porque con toda la pesada carga que lleva y conlleva no puede hacerlo con lucidez. Ha de despojarse de ella para estar abierto.

En este mundo posmoderno que todo lo cuestiona y todo lo tolera, ¿cómo establecer la línea entre la realidad y la ficción?
Ojalá fuera así, pero es sólo una minoría la que cuestiona, aunque la tolerancia sí se ha ampliado bastante. La mayoría sigue prisionera de su propio bagaje incuestionado. Son pocos comparativamente los que reflexionan sobre sí mismos y menos aún los que lo hacen con imparcialidad porque el ego, que es siempre parcial, lo impide. Verse tal como se es me parece una revolución, que puede traer un cambio de mentalidad, pues viene de adentro, no le quita prestado a nadie, es pura observación.

¿Quién va a creer hoy en caudillos, héroes, salvadores? Basta echarle una ojeada a la historia para recordar que les salen muy caros a los pueblos. El costo en vidas humanas que acarrean es inmenso, y ninguna idea vale más que una de ellas. Para transformar un país no es necesaria la violencia.

Eso se hace con educación, con desprendimiento, con visión, mediante reformas, pero ¿qué ocurre?, que a la mayoría de los políticos los mueve el ego, no el alma, y al emplear esta palabra me refiero a sentires hondos. Algo parecido pasa con las naciones: cada una piensa en su interés y no en el planeta, que está amenazado precisamente por el egotismo nacional.

A los dirigentes de este país que tengan sensibilidad les recomiendo el libro Discursos políticos de Václav Havel, en la serie Austral. Voy a citarte algunas de sus palabras: «Sin una renovación global en la esfera de la conciencia, nada cambiará en el ámbito de la existencia del hombre, y la marcha de ese mundo hacia la catástrofe ecológica, social, demográfica, o de la civilización en su totalidad, será irreversible… Estamos muy lejos de la ‘familia del hombre’, incluso, más bien nos vamos alejando que acercando a ese ideal. Los intereses personales, egoístas, estatales, nacionales, de grupo y, si quieren, comerciales continúan predominando de un modo alarmante sobre los intereses realmente generales y globales. Seguimos sujetos a la impresión nociva y totalmente altanera de que el hombre es la cumbre de la creación y no sólo una parte de ella, y que todo le está permitido… Seguimos destruyendo el planeta que nos ha sido confiado y su entorno… En otras palabras, continuamos siendo incapaces de sobreponer la moral a la política, la economía y la ciencia» Esta es una pequeña muestra del pensamiento de Havel. Él es el único político del que he leído una reflexión sobre el poder, el único que habla del alma, el único que escribe sobre sí mismo de manera implacablemente descarnada. ¿No podríamos importarlo?

En Realidad y literatura retomando a Keats tú relacionas esa atención cuya fuerza hace callar el pensamiento con la palabra amor que, dices, “no puede brotar sin que antes se hayan derrumbado las barreras del yo”. ¿Podrías ampliar esta afirmación?
El yo es un impedimento, pero no tendría sentido luchar contra él, pues ¿quién llevaría a cabo esa lucha? Sería el mismo yo, desde luego. A menos que se piense en un yo superior, pero ésta sería una idea más, sin ninguna realidad, lo que además puede conducir a una inflación peligrosa. Sólo cabe observarnos en nuestro vivir y convivir, estar atentos a nuestras reacciones. Tal vez esto vaya debilitando las barreras.

En tus Reflexiones sobre la Ciudad Moderna hablas del “eclipse del alma” frente a lo utilitario. ¿Es posible revitalizar el alma frente al pragmatismo de lo cotidiano?

¿No crees que incluso dentro de esa cotidianidad pragmática tiene cabida la poesía?
Nosotros no podemos actuar sobre ella, es ella la que actúa sobre nosotros, y yo veo con mucha naturalidad, sin desdén, lo que llamas «el pragmatismo de lo cotidiano». Este viene a ser lo que hacemos todos los días y está cubierto por la costumbre, ese poderoso velo que nos hace olvidar el misterio que todo lo impregna, incluso la llamada vida corriente. Me pregunto cuál es el sentido de esta expresión. ¿Es que hay otra vida distinta a la corriente? La vida es una. Sólo hay que quitar ese velo para verla en su verdadera dimensión haciéndose de unos ojos nuevos. Tampoco tenemos por qué separar de ella a la poesía. Todo está entrelazado, pero nos gusta tanto dividir.

En Dichos afirmas «Cada instante es un regalo. Esto nos debería volver humildes y hacernos dar las gracias. ¿A quién?» ¿Te has respondido en algún momento esa pregunta?
Sí, se trata de eso desconocido, sin nombre, de donde todo brota y a donde todo vuelve. Como ves, esta no es una respuesta porque no puede haberla. Es sólo una invitación al silencio.

Entrevista de María Ramírez Ribes, 1998. Curaduría a cargo de Josefina Núñez

 

Lo que sabemos es siempre penúltimo; por Rafael Cadenas

Juan Carlos Santaella: Rafael, quisiera iniciar este diálogo con una anécdota bien particular. Estando yo en Salamanca, España, fui invitado por esa universidad a leer algunos poemas de poetas venezolanos contemporáneos. A mí se me ocurrió, en medio de un gran auditorio integrado por estudiantes y profesores de literatura, leer tu largo y ya emblemático

Por Rafael Cadenas | 22 de marzo, 2016
16.20x26-Art-Canvas-Prints-World-Famous-Artists-Oil-Painting-Giclee-Edouard-font-b-Manet-b-font

Stéphane Mallarmé (1876), de Edouard Manet. París, Musée d’Orsay.

Juan Carlos Santaella: Rafael, quisiera iniciar este diálogo con una anécdota bien particular. Estando yo en Salamanca, España, fui invitado por esa universidad a leer algunos poemas de poetas venezolanos contemporáneos. A mí se me ocurrió, en medio de un gran auditorio integrado por estudiantes y profesores de literatura, leer tu largo y ya emblemático poema Derrota. Para mi asombro y consternación, el efecto que produjo en el público fue realmente impactante. Durante el tiempo que duró la lectura no se escuchó ningún ruido, ni siquiera la respiración de nadie. Después de concluida la lectura, la reacción del público me llamó en forma poderosa la atención. Era como si algo extraño y catártico se hubiera apoderado del auditorio, hasta el punto que Jesús Díaz, el novelista cubano, el cual permaneció atónito y embrujado escuchando Derrota, se acercó luego para decirme que él jamás había escuchado un poema de semejante poder subyugante y aterrador. Tal vez sea un tanto reiterativo, pero ¿qué piensas de ese poema, tantas veces leído y estudiado, después de treinta y cuatro años de su primera publicación (1963)?
El efecto se debe tal vez a que todo hombre, en el fondo, es un derrotado, aún, o más aún, el triunfador, el winner, como les gusta decir a los norteamericanos, pues a éste le cuesta más verse. El poema se conecta con el lado depresivo de la gente, que es mayor de lo que se cree. Ha “derrotado” en difusión –está traducido a varios idiomas, incluso al alemán– todo lo demás que he escrito, que es poco y no tiene su emocionalidad confesional. Derrota pertenece a un momento de mi vida, que ya es otra, otra misma.

En una sociedad como la nuestra cada vez más repleta de conocimientos, de teorías, de hiperinformaciones, de saturaciones culturales, de excesivos manejos verbales, ¿cómo te hallas dentro de ella, de qué manera puedes, como escritor y como poeta, sostenerte en medio de tanta basura electrónica, en medio de tanto ritual tecnológico, en medio, finalmente, de esa estruendosa inflación semántica que caracteriza a nuestro tiempo?
La vivo y la sufro, como todo el mundo. Me come bastante el pedazo de tiempo que me toca, y el fruto es magro: hay exceso de información y terminamos desinformados, pues al cabo no existe certeza, todo queda en un limbo. Se requiere un esfuerzo enorme para discernir en esa maraña la verdad de la mentira. Ocurre, digamos, un hecho en la frontera y aparecen varias versiones, todas interesadas; al final no sabemos qué diablos pasa y todo se olvida. Sin embargo, pretendemos conocer lo que pasó hace mil o quinientos años. Por eso la historia tiene mucho de literatura fantástica y los historiadores se parecen a los novelistas.

Ya que ha hecho su aparición la palabra verdad, no puedo dejar de señalarle algo que me asombra: lo poco que ella le interesa a la gente.

¿Crees en los “milenarismos”, vale decir, toda esa actitud un poco neurasténica que se ha desarrollado con el advenimiento de un próximo milenio? El fin de un siglo con todas sus mitologías y desvarío, no deja de mostrar un aspecto algo cómico y dramático a la vez, por aquello de la proliferación de sectas y búsquedas frenéticas en un marco de dudosa exaltación espiritual. ¿Cómo percibes este singular momento?
El tiempo es una convención que trazamos en lo eterno, pero mucha gente cree que el primer día del próximo milenio será diferente al último día del actual. En realidad no podemos conocer el futuro, sí apenas hacer conjeturas; tampoco, cabalmente, el pasado, y el presente se nos escapa por entre las redes que el pensamiento le tiende. En otras palabras, estamos en cierto modo condenados a la ignorancia, lo que debía hacernos más humildes. Tal vez al decir esto, estoy proyectando la mía que es mucha. Por supuesto, sería absurdo negar el conocimiento, sólo trato de indicar sus límites. Lo que sabemos es siempre penúltimo. No obstante, la ciencia y la técnica me parecen prodigiosas, y es hipócrita denostarlas, puesto que las utilizamos diariamente. Un fax me maravilla, por ejemplo. Pero ambas pertenecen a la civilización, fundamentalmente, no a la cultura que es alma, hondura, sensibilidad. Lo grave es que no siempre es la cultura la que las usa; al revés, tienden a minarla. Karl Kraus pensaba que ésta debe regir la civilización, pero que hoy ocurre lo contrario.

Además el próximo milenio comenzó hace tiempo, con el uso del átomo, el viaje a la luna, los descubrimientos de la física, el desarrollo de las comunicaciones, el derrumbe del comunismo, para mencionar sólo algunos de los acontecimientos que nos ha tocado presenciar y de los cuales muchas personas no se han enterado.

En el terreno espiritual existe hoy una mezcla que descamina a millares de seres. Como se observa en las librerías, al lado de corrientes de pensamiento serias, abundan demasiadas tonterías pseudomísticas que sólo crean más ilusión en los ilusos con promisiones de todo género. Pero no hay tierras prometidas, la única es el presente.

¿Qué rol le toca jugar hoy al escritor, cuando observamos que poco a poco él ha perdido un cierto poder en la sociedad? ¿Es un momento, acaso, para el cultivo inevitable de la soledad, retirarnos a nuestros propios dominios interiores?
El escritor tuvo mucho peso tal vez hasta el siglo pasado; todavía conserva un poco de su aura, a veces recibe homenajes, premios, becas, mas no es oído, salvo por la minoría que lo lee, significante, pero minoría al fin. De ahí su poco alcance, sobre todo en sociedades donde la cultura no tiene mayor desarrollo. Su labor es crítica, despertadora, formativa. Si hay un escritor conformista, está entre las rarezas de este mundo. Se le remunera mal, especialmente en países como el nuestro donde parece que la cultura se tiene como adorno y no por cosa esencial.

Como las gratificaciones externas son para él secundarias, pues le importa ante todo su trabajo, no le es difícil replegarse. Te voy a copiar unas palabras de Jacob Burckhardt citadas por Alfonso Reyes en el prólogo de Reflexiones sobre la historia universal:

“Sobre la gente de mi índole no se pueden construir los estados. En adelante, mientras dure mi vida, prefiero ser un hombre de bien, solícito para los semejantes y buena persona privada… No puedo cambiar mi destino, y antes de que irrumpa la barbarie universal (que parece inminente), continuaré mi aristocrático y deleitoso trabajo de cultura, para servir al menos de algo el día de la inevitable restauración…”. «”Fuera de los deberes inapelables, no quiero más experiencias con mi tiempo, si no es la de salvaguardar cuanto me sea dable el patrimonio de la vieja cultura europea”.

De paso: les recomiendo a los lectores el prólogo de Reyes, está entre lo mejor que escribió.

¿Qué piensas del silencio? Alguien decía cierta vez que él se entendía mucho menos cuando hablaba que cuando callaba, lo cual demuestra, una vez más, que lo único que hacemos cotidianamente es malversar las palabras.
La palabra brota sobre un trasfondo de silencio, lo que indica que éste es el fundamento y aquella lo propiamente humano. El silencio está más allá, es cósmico. No me refiero, claro, al simple callar que generalmente está lleno de ruido y la música de nuestro hablar interior.

Hablando de palabras y de silencios, ¿qué piensas de la música? ¿Qué poder tiene la música que las palabras no pueden colmar? ¿Es capaz ella de estremecerte? ¿Qué espacio ocupa en tu vida?
La disfruto cuando nos encontramos, pero a mí la lectura más que la creación, me absorbe mucho; me deja poco espacio para lo demás.

En un poema le pido a Dionisos el don del estremecimiento, que no es frecuente en los seres humanos. Muchas de sus manifestaciones “emocionales” son falsas. Por eso es saludable estar atento a nuestras reacciones y preguntarnos si son genuinas o no. “Los sentimientos que no tengo no diré que los tengo”, afirma Lawrence en uno de los poemas que traduje, poema muy terapéutico porque invita a la autenticidad.

Regresando un poco al oficio de escribir, se especula mucho con respecto a la virtual desaparición del libro. En los últimos años ha surgido una especie de profetas que vaticinan malos momentos para el libro. Es indudable que estamos pasando de una cultura tipográfica a una cultura electrónica, lo cual acarrea grandes cambios para el libro en tanto objeto físico. ¿Crees que el “libro electrónico” sustituirá al libro tal y como lo conocemos ahora?
Jamás. Es cierto que estamos entrando en una civilización electrónica, pero no sé quién será capaz de leer La Odisea, La Divina Comedia o el Quijote en una pantalla. Más bien hoy se publican demasiados libros.

¿Te gustan los diccionarios?
Sí, mucho, son cofres llenos de joyas que escudriño con delectación. Aunque no soy rico en palabras, sé que ellas están ahí, disponibles, para el que las quiera enamorar.

Hace algún tiempo escribiste un libro de mucho éxito titulado En torno al lenguaje, cuyas reflexiones tocan muy de cerca aspectos fundamentales como la enseñanza de la literatura, entre otros aspectos. ¿Se puede, en realidad, enseñar literatura?
Se puede aprender. Ello depende del profesor y del alumno. Lo decisivo es que aquel tenga tal gusto por la literatura que pueda transmitírselo a éste, contagiarlo de manera permanente. Primero el sabor, después el saber, como diría María Fernanda Palacios.

Por lo demás sigo pensando en el buen lenguaje como fortaleza frente a la incultura, tal vez la principal fortaleza, por lo que debemos procurar que no caiga.

De la poesía recuerdo una frase atribuida a Heidegger que decía, poco más o menos, que para qué poetas en estos tiempos de miseria. Comprendiéndola en su lógico contexto, esa misma expresión tal vez pudiera revelarnos algo de esta época obscenamente pragmática, imbuida de un atroz racionalismo económico. ¿Tendrá vigencia, asimismo, aquella frase de José Martí que dice “hágase primero el pan y después el verso”?
La frase es de Hölderlin. Se encuentra en su poema “Pan y vino”. Parte del verso dice: “Para qué poetas en tiempos de indigencia” (wozu Dichter in dürftiger zeit). Se refiere, claro, a indigencia espiritual, que Hölderlin veía sobre todo en el eclipse de lo sagrado, que ya comenzaba en su época. Él echaba de menos la religiosidad pagana; su poema está dirigido a Dionisos, el “dios tonante al que le debemos la alegría del vino”, que por cierto nada tiene que ver con el alcoholismo, pues el beber dionisíaco tiene un sentido religioso, y a ese dios los poetas le “ofrecen himnos graves”; compara a éstos con sus sacerdotes, pero luego ocurre un giro: “en la espera se avecina –dice– el dios sirio”, lo cual nos recuerda también el drama de Nietzsche dividido entre Dionisos y Cristo. Alguien que conoce muy bien a Hölderlin me dice que la famosa pregunta es retórica. Habría, pues, que averiguar un poco más sobre su sentido. Tú sabes que sobre este poeta, poco conocido en vida, se ha escrito ya casi tanto como sobre Goethe. Su bibliografía es abrumadora.

Me parece oportuno recordar dos aspectos más del pensamiento de Hölderlin. Él “se lamenta –dice uno de sus traductores, José Miguel Mínguez– de la incapacidad de los hombres para sentir lo divino”, lo cual tiene más vigencia hoy, y se rebela contra el peso de lo colectivo que subyuga al ser humano. Esto último nos importa especialmente porque ese peso es enorme en nuestro país. Ojalá que la gente aquí fuera más individual, no individualista; es decir, que tenga una manera propia de pensar y de ser, pero sin cerrarse, con la apertura que nos caracteriza frente a todo. No es preciso ser del Caracas o del Magallanes, hay seis equipos más.

Respecto a tu otra pregunta: por supuesto, sin pan no hay verso, como dice nuestro Martí.

A los escritores les cuesta, por lo común, tener opiniones económicas y políticas. Sin embargo es imposible sustraerse a estos inevitables dominios, máxime si en esta época la economía parece estar definiéndolo todo. ¿Cómo ves el fenómeno del neoliberalismo y su aplicación a un país como el nuestro? 
Sería mucha pretensión mía meterme en un terreno que no conozco. Lo que sí está a la vista hoy es que la economía lo señorea todo y los valores éticos se encuentran en baja. Volviendo a Hölderlin, ¿sabes que tenía muy buena opinión del comercio? Lo consideraba un factor de comunicación entre los hombres muy importante distanciándose así de los románticos que siempre han menospreciado esa actividad.

¿Qué opinión te merecen nuestros políticos?
Casi todos los que han gobernado, de los que han tenido cargos altos o menores en el ya largo período democrático, deberían sentirse avergonzados, autocriticarse por lo que han hecho y por lo que han dejado de hacer. Basta recordar que despilfarraron una suma descomunal de dinero de la nación, crearon una hipertrofia burocrática difícil de deshacer, transformaron la política en vía de aprovechamiento personal, desmesuraron el Estado, se convirtieron en la principal fuente de corrupción –el morbo que mina al país– entre otras proezas. Hay un hecho revelador: resulta difícil conseguir alguno que sea pobre. Pero yo no pretendo hacer un balance, no podría en una respuesta necesariamente breve.

Uno hasta se pregunta si ha habido gobierno, y no porque desee una dictadura, sino porque piensa que la democracia puede y debe ser fuerte, y aquí lo ha sido sólo con los débiles. También es lícito dudar de que exista Estado, a pesar de sus enormes dimensiones, puesto que la justicia no funciona.

Al político le interesa sobre todo el poder, para según él hacer esto y lo otro, pero lo que es medio suele convertirse en fin. Burckhardt –tengo que citarlo de nuevo– tiene una frase sencillísima y tajante que es como el resumen de su concepción de la historia, sobre la que algo sabía: “El poder es malo”.

Claro que la enfermedad del poder no ataca sólo al político. Se encuentra latente o manifiesto por doquier, en cualquier hijo de vecino, en un portero, en un policía, en una secretaria, en un funcionario, en una oficina, en una junta de condominio; hasta en la pareja o en la familia muestra su faz.

La ecología se ha convertido en una obsesión casi patológica. Más que ecólogos tenemos, como dice Fernando Savater, “ecológatras”, es decir, seres que practican una especie de terrorismo “verde”, llegando al extremo de acosar, denunciar y perseguir a cualquiera que pode una matica o simplemente se le ocurra pisar el césped. ¿Son los ecologistas personas un tanto desequilibradas?
Ningún exceso es bueno, pero la ecología es importantísima. Contrarresta el trato despiadado, inconsciente, suicida que el hombre endiosado le da a la naturaleza. Aquí la prensa trae con frecuencia información sobre los atentados que se cometen contra el medio, los cuales quedan, desde luego, sin sanción. Todavía no he visto a nadie preso por haberle causado algún daño. Si muchos delincuentes quedan impunes, menos se va a castigar a quien cometa un desmán contra el ambiente, pues eso no se considera delito.

En mi infancia, cuando viajaba con mi padre, yo veía muchísimos ríos. ¿Cuántos quedan hoy? Pocos, y el agua es más importante que el petróleo, pero, ¿protegemos un río como lo haríamos con un pozo de petróleo? No, lo convertimos en cloaca ante la indiferencia tanto oficial como de la gente. Este es sólo un ejemplo, te podría dar muchos otros. Piensa en nuestras ciudades, que crecen a la buena del diablo, donde priva la codicia corruptora sobre el interés humano; piensa en la gasolina que consumimos, con su dosis de plomo para envenenarnos; piensa en el sucio que dejamos por todas partes. El medio es como nuestra segunda casa. O tal vez la primera, puesto que aquélla se asienta en él. ¿Por qué somos tan indolentes? ¿Por qué los ríos de Suecia son cristalinos y los nuestros no? ¿Por qué llevamos siglos destruyéndonos? Algunos ecologistas pueden ser exagerados, pero eso es preferible a la tanatomanía de tantos venezolanos.

Yo vivo cerca de El Hatillo. En esta zona los edificios y las urbanizaciones están brotando si planificación. ¿Hay negocios detrás de esta proliferación anárquica? El transporte es pésimo, quizá porque existe sólo una línea; las colas son cada vez más grandes. Las autoridades parecen no preocuparse por la calidad de vida, ni los habitantes, pues aceptan todo sin chistar.

¿Cómo te explicas el amor?
¿Se puede explicar? Yo me he prometido no hablar de él porque se inflingen muchas falsedades, muchos lugares comunes, muchas tonterías psicologísticas casi siempre expresadas con gran seguridad, cuando en realidad se trata de algo muy hondo y que no se puede ver desde la razón como se suele. No desazona que se hable de él tan racionalmente, sobre todo en los medios. Aunque no se puede negar su omnipresencia, también se observa en el mundo una gran destructividad. Es como si a mucha gente no le bastara la vida. Droga, alcoholismo, violencia, terrorismo, delincuencia, corrupción, en una palabra: psicopatía, que es déficit de Eros, según Adolf Guggenoühl en su libro Eros on crutches (Eros en muletas). Eros, a su parecer, tiene un significado muy amplio, no se refiere sólo a la relación de pareja, se puede manifestar en innumerables formas, en cualquier actividad. Cree también que somos –con excepción de algunos seres, añadiría yo– eróticamente limitados, lo que nos haría más realistas y nos evitaría pensar en sociedades donde todo sea amor. Como seres humanos, amamos sin duda, pero al mismo tiempo llevamos un monstruo adentro que debemos ver cuando asoma las orejas, conocer, vigilar. Somos animales controlados por nuestro policía interno.

¿Estarías de acuerdo en que el Sida está modificando los patrones clásicos de la sexualidad, hasta el punto de estar aproximándonos a un estado de absoluta indiferencia sexual y, por lo mismo, de apatía y desublimación de lo erótico?
No creo que llegue a tanto, pero sí está influyendo. Ha creado restricciones, y no es para menos porque aterra, y sorprende que haya surgido en esta época y no antes. Es todavía un misterio. Por supuesto, se presta para ser visto como castigo tal como ocurrió con las viejas enfermedades venéreas. El puritanismo tiene ahí donde clavar sus uñas. La culpa, como siempre, se hace recaer sobre los dioses más reprimidos.

A veces tengo la impresión, Rafael, que nuestra época se está volviendo profundamente conservadora y hasta reaccionaria. La juventud me sorprende por sus actitudes retrógradas, por su falta de coraje, por su indiferencia ante lo que le rodea. ¿Será, acaso, el miedo, la desesperanza, el escepticismo, los factores que inciden en esta aterradora conducta?
Lo revolucionario es el estudio, no lanzar piedras. ¿Hasta cuándo se va a seguir con esos primitivismos, con fantasías heroicas, con mesianismos? Muchos de nuestros revolucionarios se quedaron en los años sesenta. Claro que la apatía de una parte de la juventud es explicable. En un mundo donde se advierte una carencia de sentido, no es fácil para un joven, por sus propios pasos, encontrar alguno. Algo que me intriga en esa juventud es su falta de curiosidad. Parece que no la sienten por nada, que no les interesa enterarse de nada, que para ellos el conocimiento no vale nada.

¿Qué piensas del suicidio?
Es un crimen, y el victimario, que es también la víctima, recibe la sanción máxima. Este acto no va sólo contra el que lo comete, afecta a otros, a veces es una venganza. Hay también suicidios lentos. El beber del alcohólico, por ejemplo, es una autoagresión, un crimen contra su cuerpo y su psique. ¡Cómo maltrata lo que no es suyo, lo que es de la naturaleza, lo que es sagrado, lo que le pertenece al misterio! Atenta, además, contra los que son parte suya, les crea una ambivalencia que está cerca de la locura o la neurosis, los enferma. Disculpa esta pequeña andanada que está a pique de sonar como sermón, por lo que debo aclararte que no estoy contra el beber sano, contra el padre Dionisos. Pero ese beber no está al alcance del alcohólico. Lo grave es que todo intento amoroso por detenerlo en su caer, sólo provoca su rechazo.

¿Volverías a escribir un poema de las magnitudes interiores y generacionales de Derrota?
Quién sabe. Lo que no quisiera es encontrarme en un estado parecido al que lo produjo. Además desde hace tiempo no escribo poesía, si alguna vez lo hice. Ella exige una dedicación que no le he dado. Le he sido infiel, y ella, ofendida, me paga con la misma moneda. La he cambiado por aforismos, notas, charlas, clases, lecturas, filosofías, entrevistas. Ojalá pudiera convencerla de que se pueden tener muchos amores sin dejar de quererla.

¿Qué te disgusta de los intelectuales? En el diccionario filosófico que redactó Fernando Savater, la voz “intelectuales” sólo dice: “véase Estupidez”.
Antes de consultar el diccionario de Savater, te habría contestado con una sola frase: no sé por qué Savater se trata tan mal. Después leí lo que él dice y me pareció estupendo. Voy a citarte una parte. Como en el intelectual también puede anidar la estupidez, le propone “hacerse chequeos periódicos para descubrir a tiempo la incubación” del flagelo, algunos de cuyos signos serían:

“espíritu de seriedad, sentirse poseído por una alta misión, miedo a los otros, acompañado de loco afán de gustar a todos, impaciencia ante la realidad… mayor respeto a los títulos académicos que a la sensatez o fuerza racional de los argumentos, olvido de los límites (de la acción, de la razón, de la discusión) etcétera. Un buen test para detectarla: poder contestar a la pregunta sobre qué hemos hecho frente a los terribles males del mundo con la cuerda modestia de Albert Camus: Para empezar, no agravarlos. Si eso nos parece poco, mal síntoma”.

Nada tiene de raro, pues, que en esta entrevista te haya dicho alguna estupidez; pero siempre estoy dispuesto a los chequeos que aconseja Savater, a revisarme, porque a veces no es fácil verla. Uno puede estar cometiendo alguna y no se da cuenta.

Entrevista de Juan Carlos Santaella a Rafael Cadenas, parte de esta entrevista fue publicada en El Universal, c. 1997. Curaduría: Josefina Núñez.

‘Sólo de la humanidad en masa puede venir la luz’; por Rafael Cadenas

Las opiniones y notas de Walt Whitman que integran la presente selección proceden de cuatro libros: With Walt Whitman in Canden, de Horace Traubel; Walt Whitman’s Canden Conversations, de Walter Teller; Notes and Fragments, editado por Richard Bucke y Walt Whitman’s Workshop, publicado por Clifton Joseph Furness.

Por Rafael Cadenas | 10 de marzo, 2016
15. Kiefer_A_Las-celebres-ordenes-de-la-noche

Las célebres órdenes de la noche (1997), acrílico y emulsión sobre lienzo, de Anselm Kiefer.

La selección nos acerca a la personalidad de Whitman e incluso complementa su obra. Es el Whitman que no podía entregársenos en su poesía ni en sus otros escritos, el Whitman de todos los días, el que conversa con su amigo más íntimo. Oyéndolo, pues de eso se trata, de una lectura para oír, nos enteramos de sus gustos, sus preferencias literarias, sus opiniones sobre escritores y poetas, sus críticas a la política norteamericana, muy actuales por cierto y extensivas a otros países.

Me gusta el espíritu científico; el distanciamiento, el estar seguro pero no demasiado seguro, la disposición para abandonar ideas cuando la evidencia está contra ellas: esto es en esencia hermoso, mantiene abierto el camino, le da siempre a la vida, al pensamiento, al afecto, a todo el hombre, una oportunidad para probar nuevamente después de un error, después de una conjetura errada.

Hablar de estilo en esa forma (como lo hace Arnold), dije yo (Traubel), me hace pensar en algo que dijo Lincoln sobre la política –que su política era no tener política. Eso es exactamente, exclamo Whitman, muy contento: el estilo es no tener estilo.

¿Hay algo mejor en este mundo, en alguna parte, que la alegría, la simple alegría? ¿Alguna religión mejor? ¿Algún arte, mejor que la simple alegría?

¡Sea natural, sea natural, sea natural! Sea un tonto completo, sea sabio si tiene que serlo (si no puede evitarlo), sea cualquier cosa pero sea natural: casi cualquier escritor que esté dispuesto a ser él mismo, llegará a valer algo, porque todos valemos algo, casi lo mismo, en el fondo. El problema es principalmente que los escritores dejan de ser hombres: los escritores reflejan escritores y nuevamente los escritores reflejan escritores, hasta que el hombre se agota, se acaba.

Cuando veo con cuánto empeño se esfuerza la gente en decir cosas brillantes o ingeniosas, me parece conveniente recordarle de vez en cuando los simples hechos –los simples divinos hechos.

Casi todos los hombres se amarran duro ellos mismos y después se preguntan por qué no son libres.

“Lo que es bueno para ti, oh naturaleza, es bueno para mí” (Repitiendo a Epicteto).

Edad

A medida que envejezco veo cada vez más la futilidad de hacer cálculos. Rehúso tener ilusiones. Traté de no adquirir el hábito de esperar ciertas cosas en ciertos momentos, de planear para mañanas, los eternos mañanas, que nunca llegan como lo dispusimos.

Ambición

El trabajo sobre el libro (Hojas de hierba) me hace bien, me estimula, me sostiene. Creo que moriría si no tuviera que hacer el libro. Es necesario tener una ambición –propósito–, algo que se tiene que hacer absolutamente, personalmente.

Iglesia y clero

Los clérigos están prácticamente acabados, las estrellas en sus cursos están contra ellos; aunque luchen, sea cual sea el frente que mantengan, el universo está en contra de sus imposibles explicaciones; sus métodos han fenecido para siempre.

El mundo no soporta más el sermoneo ni la necesidad de este: las edades claramente predicadoras casi han concluido. No lo lamento.

La iglesia no es lugar para un hombre después de que éste ha logrado su crecimiento.

Cada vez que critico a un hombre o un libro siento como si hubiera hecho algo malo. La crítica puede estar justificada en letra y espíritu, sin embargo me siento culpable, me siento como un hombre que debe ir a la cárcel… Me es odioso pensar que cualquier hombre no pueda escribir los mejores libros, cualquier hombre. Cuando veo que no lo hace, me siento decepcionado y digo cosas. ¡Qué suerte tiene el hombre que no dice cosas!

Cartas

La gente se sienta a escribir cartas como los autores profesionales se ponen a trabajar: no tienen nada que decir, pero dicen mucho acerca de no decir nada.

Yo no gasto mucho de mi tiempo lamentándome por esto o aquello: no obstante algunas veces lamento que nunca fui a Europa, otras veces lamento que nunca aprendí a leer alemán o francés. Sin duda todo está justamente bien tal como está: todo ocurrió de acuerdo con lo que se describe como “las ordenanzas de Dios”: no hay azar en ello. Tal vez el zafarme de mis formas acostumbradas me hubiera modificado –convertido en un viajero, convertido en un lingüista–. Eso hubiera podido perjudicar las Hojas: mi destino parece haber sido vivir toda mi vida aquí en América, sin interrupciones desfavorables.

… una de mis doctrinas principales, es que nunca debemos dejarnos absorber tanto por ocupaciones ornamentales como para perder conexión con la vida. Algunos hombres llevan vidas profesionales, algunos simplemente viven. Yo prefiero simplemente vivir. Nunca quiero que se me imagine sosteniendo que cualquier logro estético aislado puede compensar por la pérdida de camaradería del mundo, la vida de camaradería, la vida apropiada de uno en la multitud, que es entre todos los ideales humanos el más deseable, el único que definitivamente ha de desearse y perpetuarse.

Yo realicé muchísimo… trabajo en los hospitales. Fue en un sentido lo más próximo a trabajo en mi vida. Los libros son muy buenos, pero esta clase de trabajo es mucho mejor –así como la vida es siempre mejor que los libros, como la vida en la vida es siempre superior a la vida en un libro.

Supongo que el mejor plan es no tener plan –mantenerse fluido, dejar que las influencias nos posean, suceda lo que suceda–; claro que uno quiere saber en general adónde va, pero dudo que tratar de vivir la vida sobre alguna base matemática pueda ayudar a un hombre a realizarse.

Lo que siempre sostengo es: no se sometan a provocaciones, irritaciones, negras fantasías del día superficial; vayan inmutablemente adelante, adelante, a lo que es necesario que hagan: el resto se cuidará por sí solo.

Literatura

… lo grandioso no me atrae; me disgusta el simple arte de efecto, el arte por el arte, así como la literatura por la literatura; la objeto, no por razones de mojigatería, sino porque la literatura creada conforme a ese principio (y también el arte) nos separa de la humanidad, cuando sólo de la humanidad en masa puede venir la luz.

Los cuentistas, por lo general, no me atraen… ¿Qué puede uno sacar de ellos? ¿Cuál es su futura significación? ¿Tienen alguna? ¿No llegan y se van? ¿No se agitan apenas sobre la superficie, mariposean alrededor en frágiles recipientes literarios por un rato y luego se despiden con una inclinación?

Amor y amistad

Todo hombre tiene que aprender su mejor método propio: mi método es ir lentamente, muy lentamente (extra slow). Todo gran trabajo es trabajo cauteloso; se hace con los ojos puestos en todos los horizontes del espíritu. Cuando falta tal gravedad nos volvemos simples aficionados, no se logra decir ni hacer las cosas grandes.

Habla Walt Whitman, Selección, traducción y presentación Rafael Cadenas. Pre-Textos/Poéticas. España, 2008. Curaduría: Josefina Núñez