Blog de Pedro Plaza Salvati

Muerte en la diáspora; por Pedro Plaza Salvati

Oigo el himno y luego comienza el noticiario. La segunda información del día relata la muerte de un deportista venezolano. Teletica muestra en un video a David Yánez calentando antes de iniciar la carrera. El pobre David no sabía la suerte que le esperaba minutos más tarde. La presentadora menciona que habrá una entrevista con

Por Pedro Plaza Salvati | 11 de noviembre, 2017

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Oigo el himno y luego comienza el noticiario. La segunda información del día relata la muerte de un deportista venezolano. Teletica muestra en un video a David Yánez calentando antes de iniciar la carrera. El pobre David no sabía la suerte que le esperaba minutos más tarde. La presentadora menciona que habrá una entrevista con el abogado de la víctima. Se da inicio a la entrevista y, Luis Cubillo, el abogado, afirma que el conductor estaba completamente ebrio y que se dio inicio al proceso de medidas cautelares. Comenta que la fiscal ha sido muy diligente y lo que tendría que imponer el juez es la prisión preventiva de seis meses. Aspira a que no ocurra como el caso de los cuatro ciclistas que murieron atropellados a principios de año y que conmocionó a la opinión pública.

En la entrevista está también presente Laurens Molina, un atleta paraolímpico que ganó la maratón de Los Ángeles. Debido a una deformación congénita, ya que no tenía huesos desde la rodilla hasta los pies al momento de nacer, los médicos se vieron obligados a amputarle las piernas. Ello no impidió que Laurens Molina cosechara múltiples logros a lo largo de una carrera dedicada al deporte y a la competencia, tanto así, que se ha convertido en un motivador que da charlas de superación personal. Este destacado atleta fue el mismo que alojó en su casa a David, le dio techo y alimentación mientras el corredor venezolano procuraba ganar competencias.

Tanto Cubillo como Molina, dos costarricenses, afirman en televisión: ustedes saben cómo está la situación en Venezuela. David ya le había comprado un maletín a su hijo porque se le había extraviado en la escuela en Venezuela y no tenía cómo reponerlo. Se lo iba a enviar esta semana. Y afirman que la organización se desentendió de ir más allá de las obligaciones formales. Que los hermanos de David están por llegar y que serán hospedados en casa de Laurens Molina hasta que puedan terminar los trámites de repatriación del cadáver.

Veo en primera página del periódico (amarillista) La Teja, la leyenda sobre el accidente: “Su última carrera”.

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David Yánez Pacheco participaba en la Esencial Costa Rica Media Maratón y fue atropellado por un vehículo a alta velocidad que se dio a la fuga (fue alcanzado luego por la Policía de Tránsito). En una reseña aparece un Nissan negro, modelo B13, placas 687598, con el parabrisas estallado del lado del conductor. El reporte indica que David murió en el Hospital Calderón Guardia a las 6:59 a.m. de ese fatídico domingo 22 de octubre. En una foto publicada en los medios aparece el corredor con el número 7 colgado sobre su pecho y una nota: “David Yánez Pacheco se refrescaba con agua poco antes de que la fatalidad lo alcanzara”. Pienso en los destinos y los giros de la vida. Llevar en la camiseta el número 7 y venir a morir el séptimo día de la semana… Pienso no solo en las tragedias que enlutan las vías en Costa Rica, ciclistas y transeúntes atropellados con frecuencia, sino en las calamidades del exilio. No es la primera vez que escucho el caso de un venezolano que trata de forjarse un futuro mejor fuera de las fronteras para luego a perder la vida en ese lugar de sueños y aspiraciones. La crisis humanitaria, económica, política, social y moral lleva a que muchos compatriotas, la mayoría en contra de su voluntad, dejen el país como los que huyen de una guerra y luego, en ese lugar que eligen, les ocurre alguna tragedia. Como una cuenta regresiva:

Santiago de Chile, noviembre, 2017: Joven venezolana es asesinada a puñaladas por su pareja luego de una discusión. Una nota de prensa dice: “La terrible situación de crisis en Venezuela ha hecho que muchos jóvenes emigren buscando un futuro con mejores oportunidades. Entre estos soñadores se encontraba una joven de 26 años de edad que la tarde del sábado fue asesinada por su pareja”.

México, Playa del Carmen, septiembre, 2017: Ricardo Sosa, un bailarín venezolano muere de dos disparos en la espalda en un centro nocturno. De acuerdo al portal Noticaribe, Sosa había huido de Venezuela debido a la inseguridad.

Panamá, agosto, 2017: Oscar José Rengifo, un venezolano de 31 años de edad, fue asesinado de varias puñaladas luego de robarle su televisor y otros objetos de valor.

Bogotá, junio 2017: Leonard Jesús Alarcón, de 22 años, un músico venezolano que llegó a Colombia buscando una vida mejor, según indica la prensa, muere apuñalado en el pecho al tratar de evitar una riña a la salida de un bar en el sur de Bogotá. Alarcón no solo amaba la música sino que también se dedicaba a hacer tatuajes y su consigna en las redes sociales era, irónicamente, “La muerte no es el límite”.

Chile, julio, 2017: Joscar Antonio de Jesús Landaeta Zabala, de 25 años de edad, al día siguiente de llegar a Santiago de Chile en la búsqueda de un sueño, muere de un paro respiratorio. Según familiares, en ese momento tenían previsto cremar el cuerpo porque no contaban con el dinero para repatriar el cadáver.

Argentina, mayo, 2017: María Laura Perozo Hernández muere luego de llegar a Buenos Aires, “lugar al que había emigrado en busca de mejores oportunidades”. Las autoridades argentinas intentan dar con el paradero de los padres. En junio circula en los medios un llamado de Noemí Fernández y Martín Perozo, los padres, apelando a la solidaridad de los venezolanos para poder traer el cuerpo de su hija a Maracaibo.

Medellín, abril, 2017: Andrés, un adolescente de 16 años, “prefirió lanzarse del séptimo piso de un edificio antes que regresar a Venezuela, su tierra natal, y volver a vivir la crisis que atraviesa su país, del que huyó con su madre en agosto del año pasado”, reporta la prensa. La madre del joven tenía que regresar a la frontera para para evitar un estatus migratorio ilegal en Colombia. Ninoska García afirmó que su hijo tenía autismo y cuando le contó que debía regresar a Venezuela entró en crisis y en una severa depresión. La Alcaldía de la Estrella asumió los costos del entierro y se ofreció a cubrir los gastos de repatriación.

Lima, marzo, 2017: el venezolano-libanés Kamal Loutfe Youseff Saad fallece en un supermercado tras sufrir un infarto. Una nota televisiva relata: “Llegó hace ocho meses huyendo de la crisis política que atraviesa Venezuela. Su objetivo principal era darle un mejor futuro a su esposa y a sus dos hijos de 10 y 15 años, un futuro que se vio truncado cuando el personal de un conocido supermercado en el Rimac no lo auxilió cuando sufría un infarto”.

Panamá: febrero, 2017: Luis Portillo, un venezolano de 26 años, falleció en un accidente de tránsito en la Avenida La Amistad.

Alberta, Canadá, enero, 2017: Dos mujeres, identificadas por la Policía Montada de Canadá como inmigrantes de origen venezolano, fallecen en un accidente de tránsito junto a sus parejas, dos hombres que sobrevivieron y que solicitaron mantener el anonimato de las fallecidas.

¿Habrían estos venezolanos, por solo indicar algunos de los casos más notorios reseñados en los medios y que no incluye aquellas muertes “más silentes” también producto de la diáspora, corrido con otra suerte de haberse quedado en su país natal?

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Una nota de La Nación de Costa Rica indica:

“Conseguir, al menos, el segundo lugar de la media maratón San José, para obtener el premio de $500 y así enviar algo de dinero a su hijo de 13 años, era el objetivo del atleta venezolano de 35 años, David Yáñez Pacheco”. Otro medio impreso agrega: “Yáñez es parte de un grupo de corredores venezolanos que salieron de ese país en busca de una mejor situación económica. Desde el año pasado había destacado en las competencias nacionales. Los corredores venezolanos entrenan dos veces al día, tienen muchas ansias de ganar porque necesitan el dinero para ahorrar y forjarse un mejor futuro”.

David se había levantado muy temprano ese día y había llegado junto a su amigos, el venezolano Ángelo Olivo y el atleta paraolímpico Laurens Molina, entrevistado por Teletica al día siguiente del accidente. Yánez competía en categoría Elite cuando le correspondía la Master B, y lo hacía porque el premio era superior. Los tres amigos habían hecho acto de presencia llenos de entusiasmo por la carrera. Ángel y David habían participado durante quince años en competencias en Venezuela, Colombia, República Dominicana y Panamá. Cuenta Olivo a La Nación que durante la carrera se había extrañado de que luego de un cierto momento no vio más a su compañero: “¿Dónde viene David?”, se preguntaba, mientras se esforzaba por mantenerse como puntero. Se entera del accidente al llegar a la meta, y para mayor ironía de todo ese extraño día de luto, Olivo obtiene el primer lugar de Esencial Costa Rica Media Maratón 2017, así lo confirma el cuadro de ganadores: Ángelo Olivo Bonilla, con un tiempo de 1:10:20.

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Los hermanos de David Yánez, una familia de Tinaquillo, Cojedes, aparecen en Teletica. Los Tribunales de Justicia en la Avenida 8 de fondo mientras declaran aplomados pero con mucha rabia al mismo tiempo. Dennys Yánez fue directa y cruda: “No vine acá a pedir ni crema dental ni a pedir víveres ni vine a pedir dinero porque no lo necesito… Mi país puede estar pasando lo que está pasando, pero no es momento para cuestionar políticas”. Jesús Yánez dice que no puede ser que el conductor esté libre luego de cometer al menos tres fallas graves: “Con dinero no vamos a revivir a David, el dinero no es la felicidad, el conductor ebrio que atropelló a mi hermano cometió un delito y tiene que responder por el acto que cometió. Nos sentimos mal al saber que ya hoy el sospechoso esté en su casa”. De hecho, unas semanas más tarde se confirma la premonición del abogado Luis Cubillo con la nota informativa del 7 de noviembre de La Nación: “Tribunal ratifica libertad al chofer que mató al atleta venezolano. Jueces dijeron que tiene arraigo, trabajo y familia”.

Los hermanos Yánez también afirmaron que no habían logrado hablar personalmente con el cónsul de Venezuela en el país. Ellos esperaban que alguien del consulado los hubiera acompañado en los trámites, por lo que manifiestan sentirse indignados. Una nota de prensa agrega:

“Laurens Molina ha corrido con los gastos de todo, ayudando a esta familia y desprendiéndose de todo lo que tiene, para que puedan llevar el cuerpo de David hasta su natal Venezuela, ya que en Costa Rica el propio consulado venezolano les ha propuesto mandar el cuerpo vía marítima, algo que no es viable para la familia pues eso tardaría al menos unos 15 días”.

Con un acto religioso en una iglesia en Pavas despidieron el cuerpo de David Yánez Pacheco para que un avión de carga lo trasladara a Venezuela el jueves 26 de octubre y poder darle sepelio el sábado. Ese mismo sábado 28 de octubre, mientras era sepultado el cuerpo de David, en San José se desarrollaba una carrera/marcha en el parque La Sabana en su honor para recaudar fondos para el hijo de David. En el anuncio de este evento aparece una foto de David corriendo, lo que más le gustaba hacer, su pasión, su modo de vida, y un encabezado: “Donativos de amor: David Yánez”. Solidaridad costarricense.

Un periódico local presenta un extenso reportaje sobre lo ocurrido y titula: “Crisis venezolana: drama golpea a Tiquicia”. Se muestran varias fotos de David con su amigo, Ángelo Olivo, el ganador de la carrera, con su madre, con otros compatriotas, inclusive hay una foto donde se encuentra en un supermercado con un pote de leche en la mano y sonriendo a la cámara por la felicidad de poder escoger cualquier marca de leche; una foto que dibuja la escasez y la penuria del drama venezolano. Debajo de esa fotografía una nota del reportero: “David estaba muy cómodo en Costa Rica donde podía conseguir todo lo que necesitaba en cualquier supermercado”.

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El martes 21 de noviembre, Prodavinci realizará un evento en el teatro Chacao en el que Yorelis Acosta, Asdrúbal Oliveros, Michael Penfold y Ángel Alayón compartirán sus visiones sobre la situación en Venezuela y las perspectivas para el año 2018. Haga click acá para entrar en Ticketmundo y comprar las entradas.

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El astronauta que creció en Venezuela; por Pedro Plaza Salvati

¿Quién hubiera imaginado que el astronauta con más misiones al espacio vivió parte de su infancia en Venezuela? ¿Quién hubiera podido suponer que el cielo estrellado de Altragracia de Orituco, a la edad de cuatro años, sería el escenario para cimentar su atracción precoz hacia el espacio?; que Venezuela constituiría una de las fuerzas que

Por Pedro Plaza Salvati | 7 de octubre, 2017
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Fotografía de la NASA

¿Quién hubiera imaginado que el astronauta con más misiones al espacio vivió parte de su infancia en Venezuela? ¿Quién hubiera podido suponer que el cielo estrellado de Altragracia de Orituco, a la edad de cuatro años, sería el escenario para cimentar su atracción precoz hacia el espacio?; que Venezuela constituiría una de las fuerzas que estimularon su imaginación y formaron su identidad. A escondidas de sus padres en las noches guariqueñas junto a Maruja, su hermana, se trepaba al techo de la casa cargado de toronjas con azúcar para mirar el firmamento: “nunca había visto un cielo tan bello”.  Desde San Juan de los Morros partía de la mano de su padre en innumerables viajes de cacería y en la noches “el cielo se cubría de estrellas infinitamente más numerosas que en cualquier otro lugar”.

Franklin Chang Díaz, el astronauta costarricense, relata a manera de autobiografía su vínculo con Venezuela en su libro Los primeros años: mis primeras aventuras en el planeta Tierra (Editorial de Costa Rica, 2017), presentado el martes 26 de septiembre en el Foyer del Teatro Nacional. Al leer estas páginas escritas de manera sencilla nos enteramos que su infancia transcurrió entre dos países: “Casi inmediatamente después de llegar al mundo, comencé una vida de transición y vaivén entre dos universos: uno en Costa Rica, en el hogar de mis abuelos maternos, y otro en Venezuela con mis padres y hermanas”.

Los años venezolanos de la familia Chang-Díaz transcurrieron en lugares tan disímiles como Macuto, Altagracia de Orituco, Caracas (Bello Monte), San Juan de Los Morros y en la Isla de Toas en el Golfo de Maracaibo. Ramón Ángel Chang Morales, padre del soñador del espacio, logró que lo contrataran en distintos proyectos y desempeñó cargos tales como operador de maquinaria en la construcción de un embalse y una urbanización en Tanaguarena, jefe de  maquinaria pesada en el proyecto de la carretera Altagracia-Guatopo-Santa Teresa del Tuy, gerente de talleres en el Ministerio de Obras públicas, sub-director de operaciones de una de las plantas de la Compañía Venezolana de Cementos en el Golfo de Maracaibo y,director de maquinaria pesada en la construcción de la represa de Guanapito.

Fue así como desde 1945 hasta 1962 el padre de Franklin Chang supo valorar a Venezuela como una fuente de abundancia donde podía generar el ingreso que le proporcionaría a su familia una vida holgada en su Costa Rica natal. Aquella era la época del “sueño venezolano”, el país progresaba y marcaba un ritmo pujante en Latinoamérica (paradójicamente de la mano de una dictadura). De acuerdo al World Economic Forum en 1950, el mismo año de nacimiento de Franklin Chang Díaz, Venezuelaera la cuarta economía más rica del mundo. Y como lo relata el autor: “Ese país sudamericano se había convertido en el destino de muchos costarricenses de aquella época. Su nueva riqueza petrolera había iniciado un período de alta expansión en infraestructura que retaba la capacidad de oferta nacional en personal calificado”.

Franklin, llamado así por la admiración que su padre tenía por Franklin Delano Roosevelt, forjador del llamado New Deal en los Estados Unidos y que sentó un precedente importante para la instauración de las Garantías Sociales en Costa Rica en los años cuarenta, llegó a Venezuela, por primera vez, a la edad de dos años. En la presentación del libro, Franklin Chang relata que en la época no había vuelos directos a Caracas y que era necesario hacer escala en Panamá o Colombia:“Cuando viajaba a Venezuela lo hacía en aviones DC-3. Pedía ver la cabina del piloto y me quedaba maravillado.” Estudiaría y viviría varios años en el país y, luego de regresar a su Costa Rica natal, viajaba en las navidades para visitar a sus padres, como una vez lo haría a la Isla de Toas, sobre la que comenta: “En la lejanía, a través del inmenso golfo, se veían las luces de Maracaibo y, más lejos aún, los destellos del Relámpago del Catatumbo, las descargas eléctricas que por condiciones idóneas de las montañas del sur se repiten con la regularidad de un faro marino”.

El inicio de los años sesenta marcó el regreso definitivo de la familia Chang a Costa Rica y el fin de esos años dorados. Un hecho, en apariencia contradictorio, que signó este reacomodo fue la transición de la dictadura a la democracia, período que, como se sabe, no estuvo exento de inestabilidad política producto de los alzamientos subversivos inspirados en la revolución cubana. En una cita que podría ser leída como de una actualidad revivida, el autor afirma: “La situación política de Venezuela se había vuelto cada vez más difícil. Durante nuestros últimos años en Altagracia habíamos podido presenciar demostraciones estudiantiles, balaceras y tiroteos entre agitadores y policías”.

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Franklin Chang dejaría su Costa Rica natal a los diecisiete años, sin saber inglés y con el sueño si se quiere temerario de llegar a ser astronauta. Gracias a una beca se gradúa de Ingeniero Mecánico de la Universidad de Connecticut y obtiene un doctorado en el MIT con especialización en física aplicada del plasma. A la fecha es una de las doce personas de origen hispano en lograr el sueño de convertirse en astronauta. En el Teatro Nacional comentó: “Convertirme en astronauta fue una cadena de acontecimientos, no una línea recta. El fracaso es la única forma de lograr lo que uno se propone y, entre los fracasos, se logran los pequeños triunfos. Nada hasta el momento en que me fui a Estados Unidos me había demostrado que no iba a poder lograrlo”. Un sueño que, como lo dice en el libro y lo confirma en persona, tuvo que ver con Venezuela: “En Altagracia de Orituco se esbozó esa llamita. Viendo las estrellas junto a mi hermana desde el techo de la casa. Fue el momento cuando verdaderamente empecé a soñar”, dijo ante un público atento de escuchar su historia personal.

Al terminar su doctorado, la NASA abre el programa de reclutamiento tras una década de estar cerrado y uno de los requisitos era que los postulantes debían tener la nacionalidad estadounidense: Careers with NASA are generally limited to United States Citizens. Franklin Chang obtiene la ciudadanía en 1977 y tres años más tarde es elegido candidato como parte de un reducido grupo de diecinueve personas entre unos cuatro mil postulantes. Se convierte en astronauta de manera oficial en agosto de 1981. Fue el único hispano escogido en ese momento y el primer latinoamericano en llegar a ser astronauta.

Franklin Chang comparte el récord de siete misiones a bordo de un transbordador espacial. El costarricense,elegido al Salón de la Fama de la NASA, ostenta un cúmulo de 1.601 horas en el espacio con 19 horas y 31 minutos de caminatas espaciales. Su primera misión fue en el año de 1986 en el Transbordador Espacial Columbia y su última misión en el 2002 a bordo del Transbordador Espacial Endeavour.

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En su segunda misión que tuvo una duración de 119 horas y 41 minutos con 79 órbitas de la Tierra en el Transbordador Espacial Atlantis, se produce una conversación tierra-espacio entre el Premio Nobel de la Paz, Oscar Arias,y Franklin Chang, transmitida en cadena nacional. El video de la conversación se encuentra en YouTube y a Chang se le puede ver sonreído y emocionado con sus compañeros de vuelo. La sobriedad del despacho presidencial contrasta con la visión de los astronautas desde el espacio. Parte del intercambio de palabras transcurre así:

Oscar Arias: Muy interesante todo… ¿Qué es lo que esperan realmente lograr en las investigaciones que harán con respecto al Planeta Júpiter?

Franklin Chang: El estudio de los planetas es fundamental para nosotros para entender nuestro propio planeta… En realidad Júpiter no es solamente un planeta sino actualmente un sistema solar en miniatura. Tiene una gran cantidad de satélites que giran a su alrededor y el estudio de esos cuerpos nos va a enseñar mucho no solamente sobre la tierra y Júpiter mismo sino también sobre el sistema solar en sí.

Oscar Arias: Fundamentalmente me imagino que la investigación es en torno a la atmósfera y los dieciséis satélites de Júpiter y ¿qué otras cosas?

Franklin Chang: Se supone que el planeta Júpiter contiene varios materiales de carácter orgánico sometidos a gran cantidad de radiación donde tal vez ciertos aminoácidos, ciertos tipos de cadenas orgánicas puedan unirse y fundamentalmente iniciar los primeros pasos para el desarrollo de lo que sería tal vez “vida”. Claro, no esperamos encontrar ningún tipo de vida a nivel ni siquiera microscópico en el planeta Júpiter, pero siempre estamos buscando la respuesta a la pregunta de cómo se originó la vida en el Universo.

Oscar Arias: Sumamente complejo. En la mente de un político cuesta mucho entender todo lo que usted me está contando pero, en fin, es una experiencia maravillosa para nosotros poderte saludar y realmente creo que te convertís en un ejemplo para la juventud costarricense y del mundo latinoamericano en general. Lo que has logrado es un paradigma para nuestra juventud que necesariamente tiene que ver en vos un símbolo de lo que puede llegar ser cada uno de nuestros jóvenes en la pequeña Costa Rica.

En los comentarios escritos sobre el video se lee el siguiente de hace pocas semanas y cuyo autor se identifica como Audio Leal W.:

“Desde niño siempre le admiré. Casualmente en mi país dos canales (Venevisión y Televen) transmitieron en directo el lanzamiento de esta misión, ya que por las diferencia de horas, su despegue coincidió en horas de la emisión meridiana de noticias y por ello pude verlo en vivo. Un orgullo para Latinoamérica el Dr. Chang Díaz. Saludos desde Venezuela.”

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Franklin Chang es un hombre inquieto y, como tal, no se ha quedado tranquilo viviendo de sus glorias pasadas. En el año 2005 se separa de la NASA para formar su propia empresa Ad Astra Rocket Company, cuyas palabras en latín significan “hacia las estrellas”. Esta compañía tiene sede en Houston y en Guanacaste. Chang trabaja en un motor que utiliza plasma, la cuarta materia de la que están hechos el sol y las estrellas y motivo de su especialización en el doctorado. Ello como parte de la búsqueda para el control de la fusión termonuclear: el proceso donde se origina el sol y las estrellas como una fuente de poder en la Tierra. Las pruebas se realizan, como dijo en el teatro, a unos cinco millones de grados centígrados. Chang sueña con llevar a los humanos al planeta Marte a una velocidad diez veces superior a la que actualmente se utiliza para viajar al espacio, sin tanto desgaste corporal y cree, como ha dicho en una entrevista, en la democratización del espacio, es decir, que de llegar a ser posible, él aspira a que sea un sueño realizable para muchas personas. Un espacio exclusivo para los pudientes no le interesa. Este pensamiento de Chang seguro que no agradaría a Richard Branson, el billonario creador de Virgin Galatic que habla de colonizar a Marte y dividirlo en “Marte Este” y “Marte Oeste”,compartirlo, como los conquistadores europeos de América en su época, con el también billonario Elon Musk, fundador de Space X.

Como parte de sus emprendimientos, en agosto de este año un autobús transportado por un tráiler recorrió las carreteras del país.En la cuenta de Twitter de @FranklinChangD se pueden ver varios de los videos. Se trata del primer autobús eléctrico de hidrógeno en Centro América y que hizo su llegada estelar por el Puerto de Limón. Ad Astra Rocket desarrolló este prototipo y convirtió a Costa Rica en el segundo país en Latinoamérica en contar con la tecnología del uso del hidrógeno como fuente de combustible. En la presentación del libro Chang confiesa que desea ver a Costa Rica como el primer país en utilizar solo electricidad e hidrógeno como fuente de combustible, que sea una nación “libre de petróleo”. Y agrega que así como Costa Rica se convirtió en el primer país en abolir el ejército (1948), desearía verlo como el primero el lograr este propósito referido. El nombre del vehículo, que ya se empieza a conocer como “el autobús de Franklin Chang” lleva el nombre de “Nyuti”, que en leguaje indígena chorotega de Guanacaste significa “Estrella”. La atracción siempre por las estrellas; esas estrellas que tanto cautivaron a Chang en Venezuela como en ningún lugar.

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El Foyer del Teatro Nacional es el escenario en el que se lleva a cabo la tertulia con el astronauta. La arquitectura y el decorado de otras épocas contrastan con los temas del espacio. Está acompañado de su madre, María Eugenia Díaz Romero, sentada en primera fila,y que aparece con frecuencia en la biografía. Franklin Chang, con humor, le hace consultas delante del público:“¿Cierto madre?”, al referirse sobre todo a sus travesuras de pequeño. Franklin Chang se muestra sonriente, preserva un aire y actitud juvenil. Se percibe como una persona accesible y humilde.

Tuve la oportunidad de hacerle la siguiente pregunta:

P: Don Franklin, en el libro usted indica que su interés no reside en conocer quién creó el universo sino en entender su funcionamiento. ¿Cómo puede un astronauta estar en el espacio, regresar a Tierra, y llevar una vida normal? Uno no puede imaginarse estar en el espacio, es algo demasiado vasto para asimilarlo. Yo supongo que el regresar debe causar un impacto de consideración: ¿tuvo usted alguna crisis de tipo existencial sobre el mundo, Dios, el Universo? ¿Cómo hizo para adaptarse?

R: Nadie que va al espacio puede ver el mundo de la misma manera luego de regresar. Cuando uno está en el espacio se tiene una sensación de poder, si se quiere, muy grande, porque el planeta está allí mismo, uno lo puede ver completo, entonces eso lo pone a uno a pensar y verlo de una manera distinta. También hay que tener en cuenta el hecho de que uno está en una nave y que a pocos metros, traspasando las paredes de solo centímetros, está el vacío. Eso proporciona otra perspectiva. Entonces, en efecto, mi interés es entender cómo funciona el Universo. Mi mente trabaja como la de un científico. Las preguntas sobre Dios y quién creó el Universo prefiero dejárselas a las personas que más saben sobre eso, a los expertos. Es cierto, uno tiene que ponerse límites porque si no se puede caer, claro está, en alguna crisis de tipo existencial.

Uno de los compañeros de colegio de Franklin Chang, de profesión psicólogo, también se encuentra en el evento y le pregunta cómo logró combinar su adaptación a la vida simultánea en dos países tan distintos desde todo punto de vista como Costa Rica y Estados Unidos. A lo que Chang respondió: “cuando uno está en el espacio se empieza a ver las distancias muy cercanas. Antes uno pensaba que Estados Unidos era algo lejano pero, desde el espacio, uno se da cuenta de que la distancia entre Estados Unidos y Costa Rica es muy pequeña. En avión desde Liberia (Guanacaste) me toma tres horas llegar a Houston y, en realidad, llegar a San José dura más tiempo por las presas (colas).

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En una nota final del libro, el autor comenta que su aspiración es que la obra sea una trilogía. De hecho, la narrativa de Los primeros años concluye cuando, luego de conseguir un trabajo en el Banco Nacional de Costa Rica para ayudarse económicamente, encontró una ventana de escape para trasladarse a Hartford, Connecticut e iniciar el largo camino para convertirse en astronauta. Para ello contaba con unos familiares que lo recibirían, unos pocos dólares en la billetera y un pasaje de ida: “Mi papá me quemó el puente de regreso al darme ese pasaje solo de ida”, afirma ante la audiencia. Al terminar las páginas, Chang, a los diecisiete años, se dispone a realizar su sueño en territorio estadounidense, así como su padre pudo realizar el suyo, a su manera, en suelo venezolano.

A través de distintos pasajes del libro se trasmite el cariño de Chang con Venezuela: “Era una niñez de gran libertad. Tanto en Caracas como en San Juan de los Morros y en otros lugares donde vivimos”. Para su padre fue una“época de oro y juventud que jamás sería igualada en los años venideros”. Al mismo tiempo, habla reiteradamente de la inestabilidad política, huelgas laborales, interrupciones de colegios y escuelas, disturbios violentos en las calles, que incentivaron el hecho de que el padre decidiera regresar definitivamente a Costa Rica. Y cita una muchedumbre que una vez pasó por su casa y gritaba:

“Dame La f! ¡Dame la I! ¡Dame la D!¡Dame la E!¡Dame la L! ¡¿ Qué dice?! ¡FIDEL! Esa letanía de cánticos iba y venía y a veces percutían los disparos y la multitud corría a refugiarse a las casas. Esa fue mi última experiencia de niño en ese bello país”

John Ashbery y Paul Auster: 4 3 2 1…; por Pedro Plaza Salvati

En los países con cuatro estaciones el mes de septiembre simboliza, para muchos, el inicio de una nueva vida. Hace siete años, el 12 de septiembre de 2010, a solo pocos días de llegar a Nueva York, asistí a una conversación entre el poeta laureado John Ashbery y el novelista Paul Auster. El Festival del

Por Pedro Plaza Salvati | 9 de septiembre, 2017
De izquierda a derecha: John Ashbery yPaul Auster

De izquierda a derecha: John Ashbery y Paul Auster

En los países con cuatro estaciones el mes de septiembre simboliza, para muchos, el inicio de una nueva vida. Hace siete años, el 12 de septiembre de 2010, a solo pocos días de llegar a Nueva York, asistí a una conversación entre el poeta laureado John Ashbery y el novelista Paul Auster. El Festival del Libro de Brooklyn es escenario cada año de un reconocimiento especial a autores que representan lo mejor del espíritu de ese distrito neoyorquino. Ashbery recibía dicha distinción que también ha recaído en autores como Jonathan Lethem, Jhumpa Lahiri o el propio Auster.

John Ashbery murió el pasado domingo 3 de septiembre a la edad de 90 años. No deja de llamarme la atención que haya fallecido en el mismo mes del año en que tuve la oportunidad de escucharlo, ese mes de septiembre que se percibe como sinónimo de esperanza. Uno siempre trata de entender las casualidades y el significado de las mismas (uno de los temas centrales de la obra de Auster) y con frecuencia parecen inasibles. Muerte y vida, siempre cómplices de las jugadas más inesperadas.

Yo, para ese entonces, no había leído a Ashbery. Un grupo de amigos entusiastas nos dispusimos a asistir a esa conversación motivados, más que todo, por conocer a Paul Auster, debo admitirlo, valga nuestra ignorancia por delante. Aunque estábamos conscientes de que el novelista empezaba a repetirse en sucesivas novelas y que con ello trajo algo de decepción, tal vez al ser devorado por las apetencias de la industria editorial, no cabe duda que para ese momento seguíamos cautivados con sus obras esenciales, a pesar de que algunos de sus nuevos libros nos defraudaban. Podrá uno imaginarse la impresión que tuve cuando se aproximaba un hombre en una de las aceras de los edificios del centro de Brooklyn donde se desarrollaba el festival, y que ese hombre con chaqueta azul oscura, camisa azul clara, con un andar casual como si se dispusiera a tomar una cerveza en el bar del barrio, era el propio Paul Auster. Ese encuentro (¿al azar?) ocurrió unas pocas horas antes de la conversación pautada con Ashbery. Me parecía como sacado de El libro de la ilusiones. Y de pronto “Auster”, paradójicamente por lo cercano que estaba, físicamente hablando, me sonaba a un nombre distante: ¿Era Auster o Austerlitz?, este último el personaje que da título a la novela de W.G. Sebald, el hombre al que de niño le roban su patria, su nombre, su idioma y no puede sentirse bien en este mundo. Divago durante segundos mientras cruzaba una mirada con el autor de La invención de la soledad.

Al momento que se da inicio al encuentro a casa llena en el St. Francis Auditorium recuerdo que el novelista le comenta al poeta que ellos tienen algo en común: ambos vivieron en Francia. Y le pregunta: ¿Fuiste a Francia porque te querías ir de “America”, porque querías estar en París o por ambos motivos? No puedo recordar nada de lo que de respondía Ashbery porque mi mente tendía a divagar cuando lo escuchaba, me trasmitía tristeza y desgano. No era una cuestión de edad sino tal vez de una personalidad signada por falta de entusiasmo o por la timidez. Esa actitud que mostraba ante el público contribuyó a que la atención se centrara no en su homenajeada persona sino en la figura de Auster que hablaba con vigor y con un marcado acento brooklyniano (ese acento urbano que suena grave y con una determinada pronunciación de vocales y de las terminaciones de algunas palabras).

Al concluir la conversación ambos autores ocuparon mesas separadas pero contiguas para la firma de libros. Me dio un poco de vergüenza ajena que, siendo Ashbery el personaje central del evento, una gigantesca fila se había postrado ante el autor de La trilogía de Nueva York. Me sentí contento pero apenado cuando llegó mi turno y Paul Auster estampó su firma en mi libro porque al lado de él Ashbery parecía un solitario pajarito desamparado (ya se habían retirado los que habían ido por su firma), un hombre que hasta hace pocos días fue el poeta estadounidense vivo más laureado. Me preguntaba el motivo de semejante desproporcionalidad. También me percaté de que la mirada del poeta parecía perpleja: sus ojos eran como luces de faro encendidas de un automóvil, un tanto inexpresivos.

Uno meses más tarde habría de reencontrarme con el gran poeta pero como debe ser, a través de uno sus textos, el más reconocido de todos, considerado una obra maestra. Su extenso poema Autorretrato en espejo convexo había obtenido los premios Pulitzer, National Book y National Book Critics. Se trata de una representación muy personal de una de las obras del pintor Parmigianino realizada en 1524. Es un poema en prosa extensamente descriptivo del cuadro en el que está presente lo fragmentario con frecuentes desvaríos, tan disperso como puede ser la vida misma. La obra de Ashbery, comentan los expertos, está cargada de poemas basados en la dislocación del sentido, anécdotas fracturadas, meras descripciones, ello a la vez signado por la ausencia de búsqueda de un significado que aglutine los poemas o provea un hilo conductor. El propio autor decía que su poesía puede ser oída de fondo cuando se está haciendo otra actividad o pensando en otras cosas, que no hay que poner realmente atención y que se da por satisfecho si intermitentemente se enfoca la mente en el poema.

Al estar Autorretrato en espejo convexo inspirado en una pintura entra en la “categoría” de lo que se conoce como écfrasis; la descripción poética de una obra pictórica. A medida que nos adentramos en el poema nos percatamos que la habitación donde escribe Ashbery (¿su estudio en Chelsea, Manhattan?) equivale al estudio donde Parmigianino realizó su obra pictórica; texto y pintura se integran. El poema se puede interpretar también como una crónica del cuadro vista desde la fascinación que mantuvo durante décadas hasta que se sintió listo para semejante exploración poética. Así resulta esta escritura en una suerte de flujo de consciencia o un espejo de lo que entra en la mente, vertido sobre el papel, a partir de la observación minuciosa de una obra de arte: “A veces tiene sentido, a veces no, como la vida de las personas”, afirmó Ashbery en una entrevista en relación al poema. El autorretrato del pintor acaba siendo, a fin de cuentas, el autorretrato del poeta: Como hizo el Parmigianino, la mano derecha / mayor que la cabeza, tendida hacia el que mira / retirándose con suavidad, como queriendo proteger / aquello que revela…

Mientras Ashbery fallecía un 3 de septiembre de 2017 a la mañana siguiente de ese día, Paul Auster presentaba en Madrid su última novela 4 3 2 1, cuyo título de buenas a primeras pareciera ser un conteo final, una obra de casi mil páginas que más bien invoca cuatro historias distintas que explican por qué el nativo de Brooklyn terminó siendo escritor (como leemos en las reseñas). En todas esas historias el azar juega un papel determinante salvo en una: la que tiene que ver con la muerte. Auster se entera de la muerte de Ashbery al día siguiente de haber ocurrido, cuando estaba a punto de presentar su nuevo libro en una mañana madrileña del 4 de septiembre de 2017 (¿habrá estado consciente de que eran casi exactamente siete años de aquella otra mañana en el festival del libro de Brooklyn, un 12 de septiembre?). Y comenta:

“He leído la noticia de su muerte en el periódico al levantarme. Ha sido un amanecer triste para mí. Todas las muertes son una tragedia, pero hay un tiempo más triste que otro para morir. Cuando regrese a Nueva York, lo releeré de nuevo. Era un gran amigo y un gran poeta. Hizo un enorme aporte a la literatura norteamericana”.

El espejo no convexo sino plano donde vemos reflejado el presente, al mismo tiempo, me parece también un continuo juego de casualidades “austerianas”: las fechas en torno a hechos de la vida y muerte.

‘Los días animales’ de Keila Vall de la Ville; por Pedro Plaza Salvati

Los días animales bien pudiera ser el título de una novela de la convulsionada Venezuela de los últimos tiempos. Sin embargo, salvo unas escasas líneas alusivas a la inseguridad que azota a Caracas, lo que hace salvaje a esta obra es el sexo, las drogas y, por sobre todo, la escalada de montaña. Son días

Por Pedro Plaza Salvati | 26 de agosto, 2017
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Keila Vall de la Vill retratada por Violette Bule

Los días animales bien pudiera ser el título de una novela de la convulsionada Venezuela de los últimos tiempos. Sin embargo, salvo unas escasas líneas alusivas a la inseguridad que azota a Caracas, lo que hace salvaje a esta obra es el sexo, las drogas y, por sobre todo, la escalada de montaña. Son días animales los que viven Julia y Rafael, adictos al alpinismo: “Dicen que lo extremo va todo junto, las ganas de sexo, la altura, la violencia” (p.69).

Julia es hija de padres divorciados y le toca vivir el cáncer de su madre, su agonía progresiva como los pasos lentos de un ascenso en el que el oxígeno se va extinguiendo. La relación madre-hija es de rebeldía y, al mismo tiempo, está signada por el amor y la devoción que hace que Julia se aferre a ella en su declive: “La pérdida de la vista por tajos, en un golpe de estado nocturno, aun así ocurría a plena luz del sol; el derrumbe fuera de ritmo, aquel descompás” (p. 25). La muerte como escalada fúnebre, pero también como parte del entendimiento de la estructura de los seres vivos y sus procesos vitales.

Julia es bióloga de profesión. Y detrás de la bióloga está una autora, Keila Vall de la Ville, que no teme los retos y que, en la vida real, es antropóloga. La bióloga pareciera ser el alter ego de la antropóloga, aunque claro está, la ficción prevalece en una novela sembrada de verosimilitud y de buen tono narrativo que construye un imaginario y que enhebra conexiones antropológicas para proyectar una visión del mundo. Así encontramos en ese universo palabras como evolución, ecosistema, origen de las especies, camaleón, telarañas pegostosas, planta carnívora, bosque tropical, reptil, células, animales de la misma especie, caníbal, genéticamente y, last but not least Big Bang eterno.

La prosa de esta novela goza de una musicalidad acertada con un constante y consecuente ritmo de frases cortas. Esas frases, a menudo, nos traen imágenes y significados que reflejan la densidad mental de la autora. Se nota que este es un proyecto construido a lo largo de los años. Acá no hay carreras. No hay apuros. Se nota la paciencia de la escaladora en fabricar una novela sólida. Pisa con cuidado los puntos de apoyo de la pared. Se toma de las manos con firmeza. A ratos la roca gigante, la acción y el tono se unen en un único gran esfuerzo. Por momentos esa prosa se acorta y delata el talante poético de la narradora:

“Eres musgo fosforescente y luego eucalipto. Eres sed, pies entumecidos, hormigueo en la piel enrojecida y latidos en la cabeza. Eres más sed y post posición de la sed. Eres momento suspendido. Eres paciencia. Cuando bajas eres cascada. Un pie en cada piedra. Eres saltamontes” (p. 47).

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Los días animales (Oscar Todtmann Editores, 2016) cuenta las obsesiones de Julia por la montaña y por Rafael. Dos obsesiones peligrosas, sin duda. Un amor masoquista que cumple aquella premisa adolescente de que mientras peor se trate a una pareja más enamorada estará de quien la maltrata. Porque Rafael llega al punto, en uno de los picos narrativos, que trata de matarla con sus manos fuertes de escalador. Como nos dice Carson McCullers en La balada del café triste: “El amado podrá ser un traidor, un imbécil o un degenerado, y el amante ve sus defectos como todo el mundo, pero su amor no se altera en lo más mínimo por eso”. Su relación con él se puede interpretar como otro tipo de cáncer en paralelo al de la madre. El cáncer de la madre es la metáfora del cáncer del enamoramiento nocivo y viceversa.

Luego del episodio del intento de asesinato, al superar el terror, Julia logra que Rafael se aleje pero ella, no obstante, lo busca de nuevo. A veces el amor es irracional y autodestructivo. Rafael llama a Julia siempre en masculino: “Pájaro” (símbolo de libertad, conquista). Pájaro lo persigue a él al extremo de que, acercándonos al final de la novela Pájaro viaja hasta Nepal, lugar en el que Rafael se ha establecido y se encuentra haciendo de las suyas con un estilo de vida anárquico e irresponsable. Una búsqueda antropológica de un amor en vías de extinción. Y lo persigue sin tener mayores pistas de su paradero y con la certeza de que se acuesta con otras mujeres.

Esto último plantea una paradoja moral en el sentido de que Julia, aunque no puede cortar el cordón umbilical que la mantiene atraída a Rafael, sostiene aventuras amorosas a lo largo de una novela cargada de escenas eróticas, salvajes y efímeras. Estos encuentros furtivos son como el avance de un tramo de escalada de montaña que se deja atrás. Necesidad satisfecha: Move forward, keep climbing. Julia no deja de ocultar su deseo por Fabián desde la hamaca en la que duerme, de irse al río con él; nos retrata la imagen en la que sueña con un desconocido que la acaricia; tiene relaciones con el chileno al que llamaban El Nerd en Beerkly; con Leo en el páramo; con Ben el canadiense en Perú; con El Gallego… Es la paradoja de la obsesión por un hombre y, al mismo tiempo, ella no tiene escrúpulos en mantener otros encuentros sexuales, quizás como una forma de venganza o más bien como producto del deseo inevitable de auto-satisfacción del personaje creado por la autora.

El viaje físico se ancla como esencia motora de la obra. El viaje físico y alucinógeno como huida, los encuentros carnales como huida, la escalada de la montaña como huida. Esta novela nos lleva a lugares tan disímiles como La Guairita, El Capitán, Sierra Nevada del Cocuy, Ritacuba Blanco, Salto Ángel, Yosemite, Red Rocks, Pico Bolívar, Huaraz y, para culminar, al Himalaya. En este último destino Julia no escala sino que se dedica a dar con el paradero de Rafael. ¿Se trata en el fondo de un perdón —por haberla tratado de matar—, de un sometimiento o de un amor ciego? Con frecuencia vomita y no sabemos la razón, solo podemos conjeturar. Se trata de una búsqueda a todas luces insensata. Cuando al fin encuentra a Rafael, tras largas peripecias, se acuesta con él, secuestrada por un impulso salvaje. Pero una vez satisfecha con el encuentro, lo deja, como se puede abandonar una osamenta que testimonia la existencia de un hombre neandertal y se marcha a Goa, al sur de la India, un lugar de playa y rumba. Búsqueda y huida. Días animales.

Esta novela se inscribe y se emparenta en la tradición de Solo faces (1979) de James Salter, en la que el mundo de la escalada de montaña construye un universo. Salter, este notable autor, quien fuera también piloto de la Fuerza Aérea estadounidense con más de cien misiones en distintas guerras y que se retiró del mundo militar para dedicarse a la escritura, fue practicante del alpinismo. Esto le permitió convivir con otros escaladores a los que se dedicaba a observar en los difíciles ascensos para fabricar una novela sobre este deporte de riesgo. Ese pareciera ser el mismo caso de Keila Vall de la Ville. Y aunque Javier Cercas nos diga que “un escritor no escribe nunca acerca de lo que conoce, sino precisamente de lo que ignora”, la autora demuestra con firmeza su conocimiento de las técnicas de escalada que sabiamente combina y alterna con la tortuosa relación entre Rafael y Julia, el dilema de la muerte de la madre y los encuentros sexuales. Con ello logra que la minuciosidad en las descripciones de esta afición que requiere mucho entrenamiento, entrega, técnica, persistencia y sacrificio, no llegue a sobrecoger hasta el abismo. Supo llevar la narrativa de escalada al borde pero sin empujar al lector al precipicio y ello requiere de tino, equilibrio y sentido de totalidad. Además de que la novela cobra tres giros vertiginosos importantes: cuando Rafael casi la mata, al momento en que Julia lo va a buscar a Nepal, y cuando ella se larga a Goa como parte de los últimos momentos simbólicamente signados por un eclipse de sol en Palolem. Como dice Salter sobre la montaña: “Si has realmente escalado, nunca te das por vencido. Hay algo inexplicable que hace que continúes”. Detrás de la mente de la narradora se vislumbra esa reciedumbre de carácter para escalar las palabras en el difícil arte de la escritura.

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Entrevista a Luis Chaves, el poeta actual más reconocido de Costa Rica; por Pedro Plaza Salvati

La primera vez que conversé con Luis Chaves fue en su casa en Zapote. Sus amigos se reunían para festejar que había sido aceptado por el prestigioso Programa de Artistas en Berlín del Servicio Alemán de Intercambio Académico, del que escritores de la talla de Jeffrey Eugenides han formado parte. Esa misma noche, en otro

Por Pedro Plaza Salvati | 19 de agosto, 2017
Fotografía de Esteban Chinchilla

Fotografía de Carsten Meltendorf

La primera vez que conversé con Luis Chaves fue en su casa en Zapote. Sus amigos se reunían para festejar que había sido aceptado por el prestigioso Programa de Artistas en Berlín del Servicio Alemán de Intercambio Académico, del que escritores de la talla de Jeffrey Eugenides han formado parte. Esa misma noche, en otro lado de la ciudad, Martín Caparrós presentaba Amor y Anarquía (Editorial Germinal), que culminó en una “golpiza” en la que el escritor argentino trató de separar a los que se fueron a las manos. En mi memoria se quedó esa imagen: Caparrós, alto, con su flamante bigote y sus brazos extendidos en cruz aguantando a cada uno de los contendores. Un insulto-amenaza de uno de los protagonistas del altercado (más empujones que golpes) hizo que Caparrós abandonara sus labores de paz y se esfumara de la escena. No solo el fútbol desata este tipo de pasiones. Un amigo me invita a largarnos del escenario bélico-literario y trasladarnos a casa de Chaves en modo celebratorio por la beca berlinesa.

Al llegar las sonrisas abundaban, las birras circulaban, había una atmósfera de exaltación y esperanza. La noticia de la residencia en Berlín era equivalente en literatura, valga la ficción por delante, al momento cuando Keylor Navas fue seleccionado para jugar en el Real Madrid. Tanto Luis Chaves como su familia, Mariajo, acompañados de LaMayor y de LaMenor, fueron excelentes anfitriones. Yo aparecía en su casa con el aval de mi amigo que es como ir acompañado de una certificación ISO 9000 andante. Luis, muy cálido en su trato, me hacía preguntas y me observaba como un psicoanalista puede detallar a un paciente. Recuerdo con asombro que, transcurridos unos cuantos minutos, los que se pelearon en la presentación de Caparrós habían hecho acto de presencia en la velada. Ambos se comportaban de manera civilizada, como si nada hubiera ocurrido o como si el pasado inmediato fuese solo una alucinación. En un momento dado de la noche extendida los presentes se congregaron en círculo en el jardín de la casa y algunos dijeron unas palabras. Yo, la verdad, me sentía afortunado, como si de una manera fast-track, espontánea y por azar, hubiese traspasado alguna línea fronteriza.

Luis Chaves es cronista, narrador y poeta. Osvaldo Sauna, uno de los poetas más conocidos de Costa Rica, en las palabras de presentación de Chan Marshall (Editorial Germinal) dijo: “En aquellos primeros versos ya se notaba esa originalidad que hoy lo caracteriza y lo convierte, para mí, en el poeta más sui generis de este país. Ya desde su primer poemario, El Anónimo, nos muestra su desapego a cualquier tipo de ortodoxia”. Luis Chaves es, en efecto, el poeta de Costa Rica con mayor proyección internacional aunque, en esta entrevista, el enfoque recaerá más que todo sobre su faceta de cronista, con motivo del lanzamiento de su último libro Vamos a tocar el agua, precisamente sobre su experiencia en Berlín, y bajo el amparo de la naciente editorial Los tres editores, en manos de las acuciosas y exigentes mentes de Alberto Calvo, Gustavo Chaves y Jochen Vivallo, enumerados acá en orden alfabético. Una nota de los editores al final del libro dice: “Vamos a tocar el agua se terminó de imprimir en junio del 2017 en San José, Costa Rica, a pesar de las lluvias, las presas y uno que otro ataque de pánico”.

A lo interno de Costa Rica es el poeta más leído y con más seguidores. Gustavo Chaves (ningún parentesco), narrador, poeta, crítico literario, traductor y editor, nos dice:

“Cualquier lector mínimamente atento recuerda no solo los poemas de Chaves que le gustan, sino el libro específico en el que aparecieron, y es apabullante ver lo anormal que resulta esto en relación con la obra de casi cualquier otro poeta de Costa Rica”.

Entre los reconocimientos que ha recibido están el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, 1988, por su obra Los animales que imaginamos, el Premio Fray Luis de León, 2005, por Chan Marshall, y el Premio Nacional de Poesía, 2011, por La máquina de hacer niebla. Su obra ha sido traducida al italiano, alemán, esloveno y en inglés sus poemas han aparecido en la legendaria revista Poetry y en el diario británico The Guardian. La editorial Seix Barral de Argentina publicó su texto narrativo Salvapantallas (inicialmente editado por Ediciones Lanzallamas), así como Falso documental, un compendio de su poesía. Además de la experiencia en Berlín, Chaves fue seleccionado para una residencia de seis meses en el Instituto de Estudios Avanzados de Nantes, Francia, de la que acaba de aterrizar de vuelta en Costa Rica, junto a Mariajo, La Mayor y LaMenor; una familia molecular (como él mismo la llama) de la que no se desprende. Resulta imposible no darse cuenta de su llegada cuando nos topamos con un Twitter que dice: “La vida me dio una máquina lavaplatos por seis meses para luego arrebatármela. Preferiría nunca haberla tenido”.

Antes de entrar de lleno en Vamos a tocar el agua, quisiera hacerte unas preguntas previas. En 300 páginas (Ediciones Lanzallamas) dices que los poemas de Raymond Carver son el andamiaje de sus cuentos. ¿Son tus poemas, Luis, el andamiaje de tus crónicas?

Por eso hay que cuidarse de lo que uno dice, ahora no sé qué responder. Sí y no. Mejor dicho, a veces. Con el tiempo me he dado cuenta de que en ciertos momentos escribo, cómo decirlo, por módulos. Fragmentos que muevo de un lado a otro. Frases o pequeños conjuntos que aparecen en un poema y también en una crónica. Por ejemplo, en la novela Salvapantallas hay textos que primero se publicaron como poesía. Pero también está el trasiego en la dirección inversa, en este momento estoy escribiendo una novelita de la que, diría que azarosamente, he “copypasteado” frases para poemas. Pero nada de esto tiene mucha importancia, a lo sumo un valor anecdótico, personal. Lo que me parece ver detrás, o debajo, es algo tal vez más importante, la neblina que cubre las fronteras entre géneros literarios.

En la misma obra antes referida comentas: “Como no tengo facilidad para la ficción, me limito siempre a merodear experiencias personales: hablo de lo mío porque es la única forma que conozco para hablar de otras cosas”. Esa afirmación me parece clave porque hay un hilo conductor creativo entre tus crónicas, poemas, textos-híbridos y hasta en Twitter. A la vez ese enfoque personal nos habla de la universalidad del hombre a través de la clase media costarricense. ¿Es ese tu gran propósito?

No soy ni el único ni el primero que ha dicho eso. También es cierto que el tiempo sigue su curso y lo que se dijo hace varios años viene luego a enfrentarte. Justamente para salir de lugares cómodos es que uno se empieza a mover hacia terrenos brumosos. Hoy me interesa ese otro territorio. Y lo estoy explorando. Se sabe que cada quien escribe desde sus límites, reconociéndolos, poniéndoles nombre. Ahora, como esto no es una ciencia exacta, nada está escrito en piedra, existe la posibilidad de volver sobre lo que antes considerábamos poco factible. Sobre todo para uno mismo, para no perder ese misterio que fue el que, para empezar, nos atrajo hacia la escritura. También habría que señalar que todo es ficción y que incluso esa escritura que toma como punto de partida lo que está más a mano también incorpora alteraciones que la van llevando hacia el orden de “lo imaginado”.

En el contexto latinoamericano Costa Rica es uno de los países con una clase media más sólida (sabemos que los índices de pobreza rondan alrededor del veinte por ciento). Con frecuencia hablas sin inhibiciones de un rencor de clase media y admites: “De los abuelos viene leer la intención de las nubes / el rencor de clase / la propensión al cáncer gástrico”. ¿Por qué el rencor de clase en uno de los países que mejor lo ha hecho en el contexto latinoamericano?

Bueno, no es tan dramático como me parece percibirlo en tu pregunta. Hay una dosis de provocación en esos versos. La conciencia de clase es un tema sobre el que vuelvo siempre. Costa Rica es eso que decís, es cierto. También es un país sin conciencia de clase, eso no lo invento yo, lo señaló hace muchos años Carlos Monge (educador, ensayista, historiador, geógrafo y filósofo costarricense). Entonces me interesa, en ciertos momentos, porque también huyo de cualquier escritura que suene “social” o “bienpensante”, ponerme del lado del sol de mediodía, del lado incómodo: recordemos quiénes somos, de dónde venimos. No hablo de revanchismo ni, para nada, de ideologías escleróticas, hablo en contra de mí mismo, primero que todo, la primera bala es para mí.

Yo observo que en Costa Rica en un mismo barrio conviven clase baja (inclusive tugurios), clase media y clase alta de una manera muy civilizada y pacífica. Esto es un hecho civilizatorio digno de admiración. Pareciera que existe una fuente magnética igualadora, por eso su aeropuerto se llama Juan Santamaría y no Juanito Mora. Esa fuerza igualadora creo que es la misma a la que te refieres en relación a la enfermedad de tu madre: “Cada tres semanas en la seguridad social de Costa Rica, una de las grandes ideas de un país confuso, el cáncer como ecualizador de la lucha de clases: campesinos, obreros, clase media asalariada y librecontratista, la acomodada y la oligarquía en el mismo edificio”. ¿Crees que en Costa Rica existe actualmente una lucha de clases?

Vuelvo sobre la pregunta anterior, hay una intención de puya, de meter un trompo en la bolsa, de incomodar un poco poniendo el espejo antes de que nos dé tiempo de peinarnos. Lo natural, en mi debatible opinión, lo natural y saludable es tener una posición crítica con tu país. Es como con la familia. Mi familia no es lo peor, pero tampoco es lo mejor. Debajo del alero de todas esas características positivas que mencionas, uno se da cuenta desde temprano que es mal visto usar ese otro término en CR, “lucha de clases”. Más ganas da de usarlo, por supuesto. Pero va impulsado por esa otra razón que te comentaba, sacarnos un poco de nuestro eje, del discurso conservador y “bienpensante” que hoy, siguiendo el péndulo mundial, se está convirtiendo en uno agresivo e intolerante con la diferencia, con el otro.

Hablemos de música, si te parece bien. La música tiene un rol importante en tu escritura: “A la música más que a la literatura le debo imágenes indelebles, grabadas con láser en el córtex cerebral”. Hablas de cuando compusiste un libro mientras oías compulsivamente un disco de Nina Simone. Mencionas que cuando escribías Chan Marshall, en el que le rindes tributo a la cantante Cat Power, oías obsesivamente su música cuando escribías el poemario. En otro lugar afirmas: “Para mí que terminé escribiendo porque no pude hacer música y encuentro más poesía en ese género que en gran parte de la literatura”. ¿Qué opinión te merece el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan?

Sobre todo me parece genial por la reacción de quienes se sintieron ofendidos. Se ve que mucha gente le presta atención a la Academia Sueca. Me gustó aún más su manera de recibirlo, casi con indiferencia al inicio, luego como otra contingencia, sin los aspavientos de quienes lo han rechazado. Todo muy dylanesco, poniendo todo en proporción, limándole la pirotecnia. Qué bien me cae.

Y de la música qué te puedo decir que no se haya dicho ya. Es superior. Hablo de la música en general, la culta y la popular, si nos atrevemos a usar esas categorías. Música y matemáticas, dijo alguien. Ahí está todo.

En el poemario Iglú (Editorial Germinal) te preguntas: “Hay que decidirse: verso o prosa. ¿Qué te gusta más?”. Colum McCann ha dicho en su último libro, Letter to a youg writer, que “La prosa debe ser escrita como poesía. Cada palabra cuenta”. En tu caso yo creo que has logrado algo muy difícil: a un lector de poesía se le hace fácil el acceso a tu prosa y a un lector de narrativa tu poesía. ¿Te consideras un transgresor de los géneros literarios; un escrito transgenérico? ¿Decantas el lenguaje hasta la mayor sencillez posible?

No me considero transgresor para ni en nada. Todo está hecho y lo sabemos. En todo caso, esto que señalas creo que es el resultado de mis limitaciones. Soy bastante básico, de poca distancia filosófica, estoy más bien del lado pragmático pero no por decisión si no por incapacidad de estar en ese otro lado. Sí creo que los dos lenguajes se complementan, se alimentan. No me imagino a un poeta que no lea narrativa ni a un narrador que no lea poesía. ¿Por qué habría que hacerlo?

Creo que uno de los rasgos definitorios de tu escritura es el humor. En medio de tus reflexiones, la mayoría de ellas cimentadas en la cotidianidad y el planeta tierra, haces que uno suelte una carcajada. Un ejemplo, cuando hablas “del astronauta ese que, de tan inmaculado, más parece un Escrivá de Balaguer con casco de motociclista”, aludiendo a Franklin Chang, el astronauta tico con siete misiones al espacio. Una buena carcajada, una buena metáfora deja más huella en el lector que una tediosa explicación. ¿Es humor o sátira? ¿Es intencional o espontáneo?

Elegiste una que me trajo problemas. Hay personajes intocables. Pero bueno, está escrito, hice un chiste que no era solo un chiste, el contexto es más amplio, usé el humor para vestir al enojo. Era un momento crucial para el país (el referéndum del Tratado de Libre Comercio) y una “junta de notables” se manifestó con un plato de babas que, por lo menos en mi caso, encendió la mecha del cabreo. Pero no fue nada personal, se trata de un científico de primer orden, admirable, tal vez no tendría que haber sido elegido para esa consulta política. En fin, volviendo a lo del humor, creo que ahí me cuesta separarme de algo mío. No me interesa la chota (burla) ni el chiste serrucha pisos, me voy del lado de la ironía y/o sarcasmo como forma de expresión en momentos clave. Prefiero eso a la pose sentenciosa o, el dedo acusador, la altura moralizante.

En Salvapantallas comentas que en el 2003 fuiste a Buenos Aires a la boda de una amiga con un boleto por un mes y te quedaste tres años. En La embajada paralela, un texto que aparece en 300 páginas, relatas tu despedida de Buenos Aires. En “Buenos Aires Rewind” hay muchos símiles con la evolución de ese año Berlinés, como el de esos momentos mágicos en el que de pronto te atrapa la certeza de dejar de sentirte extranjero o, al menos, llegas a considerarte como parte del barrio. Esos dos textos parecieran una anticipación de Vamos a tocar el agua. El viaje como impulso de escape pero siempre terminas regresando. Buenos Aires (tres años), Berlín (un año), Nantes (seis meses). Dicen que la única forma de regresar al país de uno es escapando por un tiempo. ¿Te han alejado los viajes o acercado más de tu Costa Rica natal?

Para nada me han alejado, todo lo contrario. He logrado identificar con mayor nitidez qué es lo mío de este lugar, qué es lo que me gusta, separarlo de lo que detesto pero no para quedarme “solo con lo que prefiero”, que sería una posición acomodaticia, si no para hacer de tripas corazón: esto es lo que hay, para bien y para mal. O dicho de otra forma, más real: esto es lo que soy, para bien y para mal.

Los psicólogos dicen que hay tres eventos que pueden generar el mayor estrés en una persona: la muerte de un familiar, un divorcio o una mudanza. Vamos a tocar el agua está dividida, en cuatro partes que corresponden a la cronología de las cuatro estaciones. En Invierno inicias la noche de año nuevo (todavía en Costa Rica) con una familia en crisis por la proximidad del cambio y la relativa reciente noticia sobre la enfermedad de tu madre. La irritación a flor de piel. “Como cualquier familia que se asoma al abismo, éramos enemigos”. El relato sobre el cáncer de colon de tu madre es conmovedor. Tanto ella como tú, estaban conscientes de que tenías que proseguir con tu vida. Una línea me impactó mucho, cuando te pregunta, casi como una despedida: “¿Fui una buena madre?” Aunque uno haga lo correcto no puede dejar de sentir culpa. Mientras estás en Berlín prosigue la enfermedad de tu madre, muere ahogado uno de tus mejores amigos, y la tía Yuri, que sobrevive un infarto, muere quemada. ¿Cómo procesaste estos hechos desde la lejanía? ¿Sigues asomado al abismo?

 

Varios de esos pasajes que mencionas se incorporaron después al libro, en el año posterior al viaje cuando la lejanía espacial activó un viaje interior, una exploración no en lo anecdótico y epidérmico sino en el universo interior, el de los recuerdos (se sabe que las cosas son como una las recuerda, no como realmente pasaron). El pasaje de la enfermedad de mi madre lo incluí en esa segunda etapa de escritura del libro. Y lo terminé cuando ya mi madre había fallecido. Siempre es un tema difícil por razones que todos podemos entender. Dentro de lo que pude, o por lo menos la intención fue mantener una distancia con los hechos, dar no solemnidad sino dignidad a la situación. Sobre el pasaje de “la tía Yuri”, te digo que es la muestra de un cuento que estaba escribiendo, es ficción completa injertada dentro de la otra crónica. Mejor dicho, ¡esa tragedia no es mía!

Hablas de tu dificultad para entrarle al idioma: “Las clases semanales de alemán a domicilio (parte de la beca) que recibo con Mariajo son una especie de humillación”. Acá me gustaría enlazar tu apreciación con una experiencia desde otro ángulo pero en la que convergen las opiniones. Juan Villoro estudió, por razones que él mismo no se explica, en el colegio Alexander von Humboldt de Ciudad de México. El alemán fue su primer idioma escrito y, a pesar de que lo hablaba, dice que solo sentía repudio hacia la lengua germánica: “Fue tal mi rechazo a la lengua alemana que a los catorce años, ya fuera del Colegio, me propuse olvidarla, con aniquilación fanática”. ¿Cómo te explicas un punto de encuentro hacia una lengua desde el ángulo del que la aprende y desde el punto de vista del que la habla con conocimiento?

Tendrá sus razones el maestro Villoro, gran escritor, para dedicarse con tanto esmero a olvidar una lengua aprendida. Las sabrá su psicoanalista, si lo tiene o lo tuvo. En mi experiencia, desde el día uno recordé al personaje de DeLillo que sentía que cuando hablaba alemán en sus clases el sonido que salía de su boca era el mismo que haría la Naturaleza si se quebraran sus leyes: un árbol que se retorciera para hablar. Era claro que había llegado 40 años tarde al idioma que tanto alabó el señor Borges.

Algo que te perturbó fue la incapacidad de los alemanes para hacer una excepción: “Entonces yo me odiaba, odiaba a mi esposa porque era lo más cercano, pero odiaba también, y sobre todo, a Alemania, sus reglas y a sus ciudadanos imposibilitados genéticamente para hacer excepciones, una excepción –yo, que vengo de la cultura de despreciar las leyes–, una puta excepción para que mi hija se incorporara al mundo en el que vivían todos los de su edad”. Villoro, en la crónica Berlín: un mapa para perderse, habla del surrealismo alemán (ese caos lleno de reglas). ¿Te llegaron a parecer tantas reglas una forma de caos? ¿Crees que uno necesita un mapa para perderse en Berlín?

El pasaje citado también necesita contexto, se trata del caso específico de una dificultad administrativo-cultural que se prolongó casi al suplicio y la reacción inevitable desde el punto de vista de alguien que viene precisamente de “la cultura de despreciar las leyes”. Ahora, sería injusto de mi parte decir que me molestó siempre ese orden de la cultura alemana. Para dar un ejemplo sencillo: o me podría quejar de un lugar donde sé que mis hijas pueden cruzar tranquilamente en las esquinas porque los carros se detienen frente a los peatones (todo lo contrario a nuestra cultura, donde el peatón es el último eslabón de la cadena alimenticia).

Estando de paso por Hamburgo en un barco en el río Elba, tus hijas dicen: “Ma, vamos a tocar el agua”. ¿Por qué elegiste esa frase como título del libro?

La frase la escuchamos tres adultos que estábamos ahí, mi esposa, nuestro anfitrión (el poeta chileno Tomás Cohen) y yo. Creo que los tres supimos de inmediato que aquella frase simple y sin cálculo, de una espontaneidad incuestionable, tenía, en aquel lugar y en aquel momento, una intensidad lírica. Ahora, la frase estaba en el texto desde el inicio pero la decisión de utilizarla como título fue de los editores, Jochen Vivallo, Alberto Calvo y G.A. Chaves. El crédito es de ellos.

Estos editores son de lujo, me parece. ¿Llevan tus crónicas una pizca de ficción? ¿Importa más la impresión final de la realidad que la verificación exhaustiva de datos?

Claro que sí. Como te comentaba, las cosas son como una las recuerda (o las cuenta) no como de verdad sucedieron.

Comentas que asistes a un partido de fútbol. Has escrito muchas crónicas deportivas y creo que eres un obsesionado del fútbol (como la inmensa mayoría de los costarricenses). Y comentas: “El himno del club que, si no lo compuso Rammstein, se le parece mucho. Un himno heavy metal”. ¿Te gusta Rammstein? ¿Crees que algunas de las letras de Rammstein, detrás de la aparente crueldad, están cargadas de poesía? ¿Cómo fue tu encuentro con la música en Alemania y tuvo esta alguna influencia en los ambientes o tonos creados en tu escritura?

No me gusta el heavy metal, mucho menos todos los géneros tributarios. Para nada. Sin ánimo de ofender, lo digo solamente porque me lo preguntas, me parece música para adolescentes. Lo más pesado que escucho es AC/DC. No tuve casi contacto con música alemana contemporánea. En cambio, están todos sus compositores clásicos.

Me haces sentir adolescente. A mí me encanta Rammstein. Con el paso de ese año “sabático” mencionas algunas de tus lecturas, entre ellas White Noise de Don DeLillo, Fortress of Solitude de Jonathan Lethem, y Desgracia de Coetzee. Creo que en algún momento pudiste llegar a sentir tus primeros meses como una desgracia. Luego llegan varias transformaciones y adaptaciones que coinciden, de alguna manera, con el cambio de las estaciones. ¿Qué te dejaron esas lecturas en Berlín?

Los libros siempre son parte de la vida, hablo de quienes nos gusta la lectura por supuesto. Uno recuerda ciertos libros no sólo por su estilo y/o historias / temas si no por los lugares a donde te acompañaron. Recuerdo dónde leí tal libro o aquel otro. Entonces, esa crónica / relato de Berlín era el lugar perfecto para hablar de algunas de las lecturas que tuvieron más peso en esos doce meses.

Para finalizar, en Vamos a tocar el agua dices: “No obstante, hay algo positivo en llamarle éxito o logro a una capitulación: la sospecha de que el carácter no se forja ni en el fracaso ni en el triunfo, sino en la mediocridad. Dicho de otra forma y en tono celebratorio: Alemania no me ha hecho cambiar”. ¿Qué quiere decir esto proviniendo del poeta actual de Costa Rica con mayor reconocimiento internacional, un autor de culto al que muchos escritores locales tratan de copiar e imitar en su manera de abordar la poesía y la prosa?

Bueno, ¡eso es “fake news”, Pedro! No es así y tampoco importaría. Escribir no es una competencia (aunque los premios den un poco de combustible, ese combustible es para el día a día, para pagar cuentas, etc, no tienen nada que ver con una “calidad literaria”, un premio no te hace mejor escritor, esa tiene que ser la primera regla mental si uno se presenta a concurso). En fin, tema aparte, la reflexión que señalas, si no es exagerado llamarle reflexión, no es solo un chiste. Mejor dicho, disfraza una verdad. ¿No pensamos todos que un día nos van a desenmascarar? ¿Qué un día se va a desplomar nuestro castillo de naipes? ¿Qué todo lo hacemos a medias y mal? Y si no todos lo pensamos, ¿no deberíamos hacerlo todos?

No es que hay dos congresos; por Pedro Plaza Salvati

En estos días convulso-constitucionales o más bien anti-constitucionales para el país me retumba una frase que nos hacían repetir hasta la intimidación en el Curso Universitario de Locución de la UCV: “No es que hay dos congresos”. En mi caso personal nunca llegué a ejercer como locutor pero el curso me dejó una mayor conciencia

Por Pedro Plaza Salvati | 5 de agosto, 2017

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En estos días convulso-constitucionales o más bien anti-constitucionales para el país me retumba una frase que nos hacían repetir hasta la intimidación en el Curso Universitario de Locución de la UCV: “No es que hay dos congresos”. En mi caso personal nunca llegué a ejercer como locutor pero el curso me dejó una mayor conciencia de la dicción y algunos mantras que resulta imposible expropiarlos de la cabeza. Mantras como el de los dos congresos que pronunciábamos en voz alta al profesor Manuel Sainz, quien fuera presentador ancla del noticiero de Venevisión durante muchos años.

El método de enseñanza de Sainz era el de un perfeccionista o más bien el de un autócrata de la dicción. Este experto locutor pedía que nos esforzáramos en repetir hasta la esquizofrenia las palabras de Simón Bolívar en el discurso ante la Sociedad Patriótica el 3 de julio de 1811. Todos lo intentábamos, pero como casi ninguno pronunciaba correctamente la frase de arranque del discurso, Sainz se exaltaba al extremo de mostrar un rostro amenazador mientras la tez de su piel se tornaba roja rabiosa. Con cada “No es que hay dos congresos” mal dicho (sutilezas que solo él entendía), daba un paso firme con la mirada fija y se aproximaba al alumno. Esto ocurría los sábados de cada semana y para colmo del desquicio, Sainz llegaba en una moto de alta cilindrada, es atleta, corredor empedernido y se comentaba que era karateca.

Sus frases favoritas eran la patriótica ya referida y “Verde que te quiero verde”. Resultaba contradictorio que este talentoso hombre de los medios mostrase en televisión un rostro como el de quien no quiebra un plato y en clase se comportara como un dictador. El mensaje era claro: o aprendes a pronunciar o te traumatizo. El método Sainz (suena a marca registrada) hacía que deseáramos verlo verde que te quiero verde, porque repetíamos y repetíamos “No es que hay dos congresos”, y nadie parecía hacerlo bien. Y supongo que yo era uno de los que peor pronunciaba porque un día se acercó, paso a paso, hasta romper por completo mi círculo energético personal. Recuerdo con total claridad su contacto visual a solo centímetros de mi cara: “No, así no es: ¡No es que hay dos congresos!, vamos, repite”. Parecía un comandante de tropa enervado con su mediocre (yo) aspirante a locutor.

Al borde de la neurastenia nos mantuvo el profesor durante los meses que duró el curso, algo parecido a como hemos estado los venezolanos en estos tiempos de Constituyente, fraudulenta de origen y fraudulenta en sus métodos electorales. El profesor te pedía que repitieras la maldita frase de los dos congresos y provocaba responderle-gritarle Yes, Sir! como en una película gringa de soldados, o más bien meterle un puño en el estómago, cosa que nunca llegué a hacer en resguardo de los principios de civilización y a pesar de haberla pasado tan mal y de llegar a sentirme como una cucaracha afónica.

De pronto me recordé esta semana de la frase de Sainz, que era la frase de Bolívar, y que tenía engavetada en la memoria por un buen tiempo. El Libertador, vale la pena destacar, con su discurso y con la gente en la calle, precipitó que el legítimo Congreso decretara su independencia de España a solo dos días del Discurso en la Sociedad Patriótica, famosas palabras entre las que decía (valga la pena su interpretación aplicada a los días que vivimos):

¿Cómo fomentarán el cisma los que más conocen la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva y para animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad; unirnos para reposar, y para dormir en los brazos de la apatía, ayer fue una mengua, hoy es una traición.

 En la primera frase Bolívar aclara que no hay dos congresos, hay uno solo, el congreso legítimamente establecido que es el que debe declarar la independencia de España y resguardar los principales derechos como la eliminación de la tortura, la libertad de prensa, la abolición de la esclavitud y la autodeterminación. Digamos que más o menos los mismos principios por los que han luchado los venezolanos en los últimos años. Consideremos a la esclavitud en su sentido metafórico de los tiempos cabello-maduristas en  los que se somete a la población de un país por otras vías que constituyen una forma moderna de esclavitud: carnet de la patria, bolsas CLAP, Misión Vivienda, control de cambio, escasez de alimentos y medicinas, entre tantos otros chantajes. Y cómo no evocar la frase de Bolívar, aplicada a la diáspora venezolana, y disculpen la digresión: “Huid de un país donde uno solo ejerce todos los poderes: es un país de esclavos”.

Son épocas muy distintas, claro está, aquel momento en que se luchaba por la independencia de una potencia extranjera. En el caso actual venezolano se trata de la lucha contra la tiranía de un grupo minoritario que somete a casi la totalidad de una población a través del control de las armas. Bolívar clamaba la legitimidad del congreso establecido, muy al contrario de lo que hacen los pseudo-bolivarianos radicales-militaristas que pretenden imponer dos congresos (adictos a establecer autoridades paralelas cuando las democráticamente electas no le favorecen), o más bien suprimir al congreso -Asamblea Legislativa- electo por el pueblo mediante elecciones democráticas y que de manera abrumadora obtuvo una mayoría calificada.

Todo está llenos de simbolismos y de ecos del pasado. Al ir hacia atrás, con todo y lo inédito de la situación de crisis venezolana, podemos entender con mayor sentido de universalidad las desgracias del presente. Aunque debemos admitir que el caso venezolano es bastante particular e inédito, no lo son así los sentimientos de vileza humana de la minoría gobernante. Que quede claro que no estoy haciendo una analogía entre el profesor Sainz, una buena persona a pesar de sus métodos que en el fondo buscan la excelencia en la práctica de una disciplina, con la malandra oligarquía. La memoria me hizo una jugarreta y se despertó la frase obsesiva del curso. Lo que sí es cierto es que en este momento me gustaría que Manuel Sainz se le acercara a Nicolás Maduro, paso a paso, cara a cara, y le obligara a repetir a pocos centímetros de su bigote de tirano, a pronunciar con claridad y con impecable dicción, como un mensajero de Simón Bolívar: ¡No es que hay dos congresos!

Las calamidades del exilio: El regreso de Hisham Matar; por Pedro Plaza Salvati

“Estaba de regreso en un lugar conocido, un lugar de sombras donde la única manera de conectarse con lo que había sucedido era a través de la imaginación”, dice el escritor Hisham Matar al momento de su regreso a Libia, luego de treinta y tres años de ausencia. The return (2016) es una obra ganadora

Por Pedro Plaza Salvati | 24 de julio, 2017

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“Estaba de regreso en un lugar conocido, un lugar de sombras donde la única manera de conectarse con lo que había sucedido era a través de la imaginación”, dice el escritor Hisham Matar al momento de su regreso a Libia, luego de treinta y tres años de ausencia. The return (2016) es una obra ganadora del Premio Pulitzer en la categoría de biografía o autobiografía que toma la forma de una novela de no ficción. Matar ha pasado casi toda su vida dedicado a la insaciable búsqueda de la verdad sobre el destino de Jaballa Matar, padre del autor, un empresario devenido en prominente opositor al régimen de Muhammar Gadafi.

Jaballa Matar se vio forzado a irse a Egipto en 1979, momento en que el escritor apenas tenía ocho años y, a pesar de que la familia se sentía segura en ese nuevo hogar en el Cairo, el servicio secreto egipcio secuestra al padre en su residencia de exilio en marzo de 1990 y lo entrega a Gadafi. Una de las cartas del padre, enviada a la familia posterior a este evento, afirmaba que a veces transcurría un año completo sin poder ver la luz del sol en su celda aislada. Y Hisham Matar piensa: “Cuando se hace desaparecer a un hombre lo silencias pero también se estrechan las mentes de aquellos que quedan. Cuando Gadafi se llevó a mi padre me puso a mí en un espacio mental no mayor que la celda de mi padre”. A lo largo de la narrativa las pistas indican, sin certitud, que el padre fue ejecutado durante un episodio de notoria crueldad en la historia de Libia ocurrido en la prisión Abu Salim, Trípoli, en donde masacraron a 1.270 prisioneros: un acto de exterminio a opositores al gobierno dictatorial de Gadafi, que gobernó el país con mano dura durante 42 años.

Un joven capitán llamado Muammar Gadafi lidera en 1969 un golpe de estado que depone a Idris I, primer y único rey de Libia, que a su vez había dirigido al país desde 1951, luego del desenlace de la ocupación italiana y la independencia de Libia, tras la unificación de tres regímenes en una monarquía federal. La revolución de Gadafi abolió la antigua constitución y estableció un estado socialista. La educación pública se hizo gratuita y se instauró un sistema de salud social. Nacionalizó las empresas y prácticamente la propiedad privada fue abolida. Una casa pasó a pertenecer a la persona que vivía en ella y no a su legítimo dueño. Se prohibieron actividades de disidencia y, en general, se implantó un sistema orientado a la adoración al líder gobernante. El régimen se entromete constantemente en la vida cívica. Gadafi controla el poder judicial, censura a la libertad de expresión. Durante cuatro décadas los periodistas fueron encarcelados, censurados y a veces asesinados. En los años ochenta los opositores eran ahorcados en plazas públicas y estadios. Los Comités Revolucionarios se crearon para neutralizar a la disidencia y eran los encargados de colgar de la soga a los estudiantes rebeldes enfrente de sus propias universidades. Libros, instrumentos de música y grupos musicales pasaron a ser considerados anti-revolucionarios e imperialistas. Y dice Matar: “El dictador, como un enloquecido amante celoso, infiltró todos los aspectos de la vida pública y privada”.

***

Hisham Matar nació en Nueva York mientras su padre ocupaba un puesto en las Naciones Unidas. A las personas que habían ejercido cargos importantes en el reinado de Idris I, pero que se mostraban proclives a servir a la revolución como lo fue inicialmente el caso del padre, las sacaban de circulación con cargos menores o administrativos en el extranjero mientras sometían a prueba su lealtad. Al inicio de la revolución el padre tenía fe y esperanza en los propósitos de Gadafi, pero luego se va desencantado y renuncia en 1973 al puesto en la ONU.

Hisham Matar ha vivido en el desarraigo: Trípoli, El Cairo, Roma, París, Londres y de vuelta a su natal Nueva York. Sobre esta última ciudad dice que le agrada la indiferencia neoyorquina porque esa indiferencia, donde casi todo el mundo es extranjero de una manera u otra, lo hace sentir que pertenece a algún lugar. Al convertirse en un opositor de Qadafi, dando declaraciones y entrevistas críticas al régimen, le advierten que no viaje a Egipto a visitar a su familia, lo que derivó, según él, en un segundo exilio. Antes de Nueva York, luego de vivir por más de un cuarto de siglo en Londres, no dejaba de sentir la sensación de transitoriedad. Nunca llega a considerar que pertenece a Inglaterra, con todo y el enamoramiento con algunos lugares, como la campiña inglesa, y de ufanarse de conocer la ciudad mejor que muchos londinenses. Se hace constantemente la pregunta:

“¿Qué hacer cuando no te puedes ir y tampoco puedes regresar?”. Matar comenta que las personas que dejan su país por circunstancias políticas deben aprender a tolerar la vida lejos de las cosas que aman. Lo persigue el fantasma de la incertidumbre y se vuelve un activista de su causa: “Desconocer cuando mi padre dejó de existir ha complicado los límites entre la vida y la muerte… Mi padre está vivo y muerto al mismo tiempo. No tengo una gramática que pueda definir este estado. Él está en el pasado, presente y futuro”. A lo largo de los años dirige más de 300 cartas, sin respuesta alguna, a las autoridades libias.

Matar escribe también innumerables artículos relacionados a la desaparición de su padre y logra un encuentro con el hijo de Gadafi. Las desesperantes reuniones con Seif el-Islam son narradas de manera brillante al punto de que el lector puede sentirse impaciente, ansioso y exasperado como el propio Matar ante el contacto con el ufanado y supuestamente líder renovador que era el hijo de Gadafi. Como Matar se había convertido en un escritor conocido, emprendió una campaña que hizo mucho ruido en el Reino Unido de Tony Blair (que contradictoramente se había aliado con Gadafi en el 2004 y abrió las puertas a la inversión de aquellos libios ricos ligados a la dictadura). Lo que ocurre con el hijo de Gadafi es una serie de encuentros y desencuentros durante meses y no llega a obtener una respuesta concreta o esclarecedora sobre lo que ocurrió a su padre. El libro deja ver cómo le dieron larga por mucho tiempo y hasta le tendieron varias trampas en las que no cayó, todo ello con la intención de desviar su reclamo, su petición. Matar se quiere matar, valga el juego de palabras, cuando confiesa que un día pensó en lanzarse desde el Pont d’Arcole en París. La desesperación continuada y crónica de no conocer si su padre podía estar vivo o muerto le hacía sentir un impulso de quitarse la vida.

A los pocos meses de que el régimen de Gadaffi es depuesto y el dictador es ajusticiado en manos de los insurgentes en las calles de Sirte un 20 de octubre de 2011, Matar decide emprender un viaje junto a su madre y Diana, su esposa californiana, a Ajdabiya, pueblo natal del padre, en Benghazi. Ello con la intención de reencontrarse con su país, tras décadas de nostalgia y, a la vez, indagar de fuente primaria con familiares, amigos y posibles testigos que pudieran decirle algo sobre la suerte de su padre. Sostiene largas conversaciones con su tío Mahmoud, que estuvo en la prisión de Abu Salim 21 años junto a otro tío y dos primos de los ciento treinta que tiene en territorio libio. Entre otros horrores el tío le cuenta que en la prisión había cornetas en lugares que los reclusos no podían acceder y colocaban repetidamente los discursos de Gadafi al punto de la locura.

Estando de vuelta en Libia en el 2012, viendo hacia el futuro inmediato, Matar dice que era increíble pensar que, producto del caos y la anarquía emergente del conflicto entre grupos que se disputaban el poder luego de la caída de Gadafi, que se podía haber vivido en mejores condiciones bajo la dictadura. La nueva situación emergente de guerra civil era mucho peor: “En todos los lugares donde antes estaba la cara de Gadafi ahora hay imágenes de los mártires”. Se encuentra con un país signado por la extrañeza y admite que, cuando se está en el exilio, se tiende a idealizar a ese país de origen que se ha perdido. Cuando uno regresa todavía se pueden apreciar muchas cosas, como la luz, la geografía, pero se da uno cuenta del grado de devastación y de que se retorna a un lugar que dejó de ser el lugar que se imaginaba. Esa devastación en este caso fue producto de las secuelas de del régimen totalitario de Gadafi y de la situación agravada que ya empezaba a marcarse tras su caída del poder. Y se dice a sí mismo:

“El mundo parece un lugar diseñado más para los perpetradores que para aquellos que buscan justicia”.

El libro habla de la disolución de las familias, esparcidas por el mundo cuando se instala una cruel dictadura, que aspiran a que tal vez algún día puedan llegar a vivir en el mismo país. Afirma que desde que su familia abandonó Libia, ha pasado toda su vida esperando. Y agrega: “Las revoluciones tienen su momentum y una vez que te lanzas a la corriente es muy difícil esquivar los rápidos. Las revoluciones no son puertas sólidas que atraviesan las naciones sino una tormenta que arrasa con todo”.

La primera reina internacional de belleza de Venezuela (una historia personal); por Pedro Plaza Salvati

El pasado 25 de junio se cumplieron treinta años del fallecimiento de Olga Salvati, la primera venezolana ganadora de un certamen de belleza internacional. Olga, mi madre, se hizo acreedora de la elección de Miss Atlántida el 28 de diciembre de 1936 en el Teatro Nacional de Costa Rica. Uno de los muchos titulares de

Por Pedro Plaza Salvati | 15 de julio, 2017
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Fotografía de Pedro Plaza Salvati

El pasado 25 de junio se cumplieron treinta años del fallecimiento de Olga Salvati, la primera venezolana ganadora de un certamen de belleza internacional. Olga, mi madre, se hizo acreedora de la elección de Miss Atlántida el 28 de diciembre de 1936 en el Teatro Nacional de Costa Rica. Uno de los muchos titulares de primera página de los diarios de ese país que amanecieron trasnochados con su coronación decía: “Con desbordante entusiasmo fue electa anoche Reina Atlántida Miss Venezuela Olga Salvati”. Ella se impuso entre diez países que competían por el trono: México, Colombia, Honduras, Cuba, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Zona del Canal, Costa Rica y Venezuela.

Ese mismo año Olga, con solo quince años, había sido electa Miss Caracas en el Club Florida. Andrés Eloy Blanco y Tito Salas formaron parte del jurado, lo que indica el grado de apreciación estética que se le confería en la época a estos concursos: un gran poeta y un gran pintor entre los jueces. Cincuenta años más tarde, justo cuando yo apenas salía de la universidad y tenía mi primer trabajo de corta duración en la Cancillería, ella fue presa de una aneurisma y se desplomó ante mi vista y la de mi hermana Francis.

Decir Miss Caracas, tal vez por el centralismo de la época, era como decir Miss Venezuela en ese entonces. Ella fue la pionera casi veinte años antes de que Susana Duijm se convirtiera en la primera venezolana (y latinoamericana) en ganar el concurso Miss Mundo. Dos coincidencias temporales me parecen significativas: Susana Duijm nació el 11 de agosto de 1936 y murió el 18 de junio de 2016. Nació el mismo año que mi mamá ganó el concurso Miss Atlántida y murió en un mes de junio como mi madre.Y por si fuera poco, Susana Duijm falleció víctima de un accidente cerebrovascular del que la aneurisma es una de sus fatales expresiones. Extrañas coincidencias entre estas reinas venezolanas.

Mi madre viajó a Costa Rica en 1936 acompañada de mi abuelo cuando recién se inauguraba la aviación comercial. Papá viejo, como le decíamos a Manuel Salvati, era un hombre de principios y convicciones y, además, era escritor. En su vida publicó, entre otros libros, La Grandeza moral del General Urdaneta y Anotaciones históricas sobre la masonería en Carúpano desde 1814 hasta 1918. Hace un tiempo encontré en Internet un ejemplar de este último libro digitalizado por The Library of The University of North Carolina. Como mi abuelo escribía me propuse que, si algún día llegaba a publicar un libro, utilizaría mi segundo apellido como sello de identidad.

Fotografía cortesía de Plaza Salvati

Fotografía cortesía de Plaza Salvati

El expresidente de Costa Rica Julio Acosta García (1920-1924) dio inicio al certamen con un discurso. El programa incluía ejecuciones musicales. En el jurado había un miembro de cada país competidor y Venezuela estuvo representada por el abogado, historiador, escritor, diplomático y político, Mario Briceño Iragorry, que a su vez cumplía las funciones de Embajador de Venezuela en Costa Rica. El triunfo de Olga, trasmitido por las radioemisoras costarricenses, fue seguido como un acontecimiento de repercusión nacional. Los ejemplares de la prensa de la época en torno al evento se agotaban rápidamente ya que era la única forma de tener una foto e información tanto de la ganadora como de las competidoras. El concurso parecía prevalecer sobre las noticias de acontecimientos mundiales, tales como el desarrollo de la guerra civil española. La belleza le ganaba en centimetraje al conflicto.

La votación fue reñida esa noche josefina de 1936 y, tras largas rondas, culminó cerca de las dos de la mañana. El pueblo desvelado, según reporta la prensa, siguió con atención el desarrollo de los acontecimientos a través de las emisoras Alma Tica y La Voz de la Víctor. Al finalizar se celebró un baile de homenaje a Miss Atlántida en el Gran Hotel de Costa Rica y los días siguientes estuvieron signados por una apretada agenda de agasajos y celebraciones. Una de ellas fue muy especial porque se trataba de recibir el año nuevo en el propio teatro que coronó a Olga Salvati y en el que estuvo presente la primera dama de Costa Rica, doña Julia Hernández de Cortés y, aunque tal vez brevemente, su esposo, el Presidente León Cortés.

Antes de que Olga y Papá viejo regresaran al país, el general Eleazar López Contreras había enviado un telegrama de felicitaciones y, con la corona en mano, después de su arribo en suelo patrio también fue homenajeada. Y no solo le rindieron tributos formales sino que en los meses siguientes se armó una larga lista de pretendientes, entre ellos Isaías Medina Angarita, que se postraba ebrio enfrente de su casa para declararle su amor. Muchos fueron los aspirantes entre los que eligió al persistente y carismático Carlos Plaza Márquez, mi papá. Carlos era un hombre fiel, inmejorable esposo y padre de voto. Él falleció el 19 de abril de 2009, fecha patriótica, y sobrevivió veintidós años luego de aquella fatídica semana en la que mi madre permaneció en Terapia Intensiva en el Urológico de San Román. Carlos Plaza Márquez fue Campeón Mundial de Tiro Skeet en 1961 al derribar 199 platillos de 200 en Oslo, Noruega. Ella era la reina de belleza y él el campeón.

Fotografía cortesía de Plaza Salvati

Fotografía cortesía de Plaza Salvati

Hace unos días saqué la cuenta y me percaté de que se cumplían 30 años de la muerte de Olga Salvati. Por ese motivo me entusiasmé a escribir esta nota (seguramente ella la hubiese desaprobado) que primero compuse enteramente en una distante tercera persona, como para resguardar la objetividad, pero no me resultó natural el tono por lo que me di licencia para incorporar también la primera persona. Mi madre no llegó a conocer ni a mi hija Ariana ni a mi hijo Guillermo. Yo era el último hermano y fui víctima de la cronología de una muerte relativamente temprana. Con la familia ella tuvo todas las satisfacciones posibles y también pudo, aunque a una edad relativamente tardía, dedicarse a la pintura y a la escritura de poemas una vez que la casa se fue quedando sola. En cuanto al pasado de ese certamen de belleza ella se comportaba, con su inmensa humildad, como si fuese algo que nunca había ocurrido o como una jugarreta de la memoria.

Sin embargo, y a pesar de su actitud, la elección de mi madre como la primera miss internacional que tuvo un país que se forjaría una tradición de relevancia mundial, fue un evento importante, no solo por lo que pude constatar en los archivos de la Biblioteca Nacional de Costa Rica, sino también por un recuerdo de un programa especial de Venevisión realizado en la casa. Amador Bendayán quería presentar a la verdadera primera miss internacional que tuvo Venezuela y ella se había negado a ir al estudio. Entonces las cámaras poblaron la casa acompañada de la familia. Ella hablaba siempre con la humildad incrustada en el pecho. Así era mi madre. Ah, casi se me olvida: era el centro de la familia: todos acudíamos a ella por un sabio consejo y era capaz de mantener en equilibrio los planetas que giraban como una constelación alrededor de su cálida mano de madre. Se pueden imaginar cómo se desbalanceó el universo luego de que ella falleciera. Hace treinta años.

Matar un ruiseñor y la reacción de Borges; por Pedro Plaza Salvati

Estupefacto ante la escena protagonizada por el Coronel Vladimir Lugo de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, cuando le exigía una explicación sobre la presencia militar en la sede del Poder Legislativo, no pude dejar de asociar el hecho con un pasaje de Matar un ruiseñor, la clásica

Por Pedro Plaza Salvati | 29 de junio, 2017

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Estupefacto ante la escena protagonizada por el Coronel Vladimir Lugo de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, cuando le exigía una explicación sobre la presencia militar en la sede del Poder Legislativo, no pude dejar de asociar el hecho con un pasaje de Matar un ruiseñor, la clásica novela de Harper Lee, una de las primeras y de las más leídas en relación al tema de la discriminación racial en los Estados Unidos. Me recordó, específicamente, la escena de la película basada en la obra, en la que a Gregory Peck, personificando al abogado Atticus Finch, lo escupen en la cara. Se me quedó grabada en la memoria cuando, de pequeño, la vi por primera vez. No podía comprender bien que a un hombre al que le escupieran a la cara no tuviese ninguna reacción física de defensa o retaliación.

Atticus es viudo y tiene a su cargo dos hijos: Jem, el niño, y Scout, la niña. Es un hombre de claras convicciones morales y acepta algo inusual para la época: la defensa de Tom Robinson, un hombre de raza negra acusado de violar a una mujer blanca de nombre Mayella Ewell. La novela se desarrolla en Alabama a principios de los años treinta durante la Gran Depresión y está narrada desde el punto de vista de Scout. Ella, con solo seis años, tiene mucha sensibilidad pero es a la vez impulsiva y a menudo se cae a golpes con sus compañeros del colegio. Luego de una de esas peleas Atticus le dice:

—No quiero que pelees. Nunca quiero que pelees. Te prohíbo que pelees.

A pesar de que es claro que el juez y todos los presentes en el juicio saben que Tom Robinson es inocente, el jurado lo declara culpable por los prejuicios raciales. El verdadero violador había sido el padre de la víctima, Bob Ewell, un borracho del pueblo. Y aunque hayan condenado a Robinson a prisión y lo hubieran matado ese mismo día en extrañas circunstancias cuando lo trasladaban a un calabozo, Ewell se siente humillado por la descollante defensa de Atticus (al que llama nigger-lover), y que lo evidencia ante todo el pueblo como el verdadero abusador de su propia hija.

Cuando Atticus se dirige a dar la mala noticia a la esposa de Robinson de que acababan de matar a su marido, se aparece Ewell, pide que Atticus salga de la casa y cuando lo tiene enfrente le escupe la cara. En la película podemos ver cómo Gregory Peck se le queda viendo, lleva la mano hacia el traje (como para sacar un arma) pero toma más bien un pañuelo con el que se limpia la cara. No dice nada y se monta en el carro ante la mirada de su hijo Jem que presencia todo con perplejidad. ¿De qué clase de estatura moral estaba hecho este abogado Atticus para no responder físicamente a semejante humillación? En una parte del libro recuerdo que Atticus explica que era preferible que se dejara escupir a que le diera una nueva paliza a Mayella Ewell. Pero más que todo podemos interpretar que actuaba cónsono son sus principios (“No quiero que pelees. Nunca quiero que pelees. Te prohíbo que pelees”).

El Coronel Lugo, al estilo caribeño y no del sur racista de la época en Estados Unidos, pero sembrado del mismo sentido de odio y superioridad, insulta a gritos al presidente de un Poder Público, lo empuja por el pecho y por la espalda, de una manera degradante y seguramente, como indicó José I. Hernández, “compromete la responsabilidad penal personal del agente y la responsabilidad institucional”. ¿Es esto más o menos humillante que si le hubiera escupido en la cara? Borges le dice a Lugo:

—Yo soy el presidente de la Asamblea.

—Y yo soy el Comandante de la unidad. Usted puede ser el presidente de la Asamblea, pero yo soy el Comandante de una unidad militar —responde Lugo sacudiendo con violencia su brazo de arriba abajo.

—¿Y tú crees que gritándome?…

—Le agradezco que se retire. Usted puede ser presidente de lo que sea. Le agradezco se retire. Ya hablé con usted. No, no, no importa. ¡Yo manejo mi conflicto como me dé la gana!

Primero lo empuja por el pecho. Borges se voltea evitando el forcejeo. Y cuando le da la espalda para salir —como ha sido la actuación de los guardias nacionales durante la represión (atacar por la espalda, a quemarropa, contaminando los cartuchos con metras y tuercas, ejecutando lanzamientos prohibidos en línea recta de proyectiles lacrimógenos)— lo empuja como si lanzara un chorro de agua a un manifestante desde una ballena. Borges se voltea con asombro, no reacciona, no se limpia la saliva metafórica de los empujones y sale del recinto.

Al mismo tiempo que asociaba la reacción de Borges con la reacción de Atticus, ambos abogados por cierto, uno un personaje de ficción el otro real, no puedo dejar de pensar en el significado del título de la novela, porque eso es lo que las fuerzas del orden público en Venezuela han estado haciendo cuando se cumplen 90 días de protestas: matando ruiseñores. En un momento en que comen juntos Atticus le dice a Scout que no hay nada más sagrado que un pájaro ruiseñor, que vive para dar alegrías a los humanos, que es un pecado acabar con su vida. El ruiseñor es un ave que se distingue por encima de las demás, por su gran registro de silbidos y tonalidades, cantos variables, melodiosos, desconcertantes y que hasta tiene el hábito de cantar inclusive cuando las otras aves han callado. Tom Robinson es un ruiseñor al que condenan injustamente y luego asesinan. En el fondo la novela trata sobre la pérdida de la inocencia y la justicia racial. Y uno piensa en los jóvenes que han muerto por Venezuela, esa bandada de ruiseñores, con su inocencia y su canto, en busca de una justicia (Yo soy libertador) que se traduzca en el fin de la dictadura.

Ese mismo día las opiniones en las redes se encontraban divididas: unos se sentían humillados y comentaban que Borges no “tuvo las esféricas” de mostrar una posición más airada y firme, y otros decían que había hecho lo correcto al no reaccionar con mayor fuerza. Eso es materia de interpretaciones pero lo que sí es un hecho es que Borges, al no reaccionar, colocó aún más en evidencia cómo la dictadura ha puesto la bota militar sobre todas la instituciones. Esa escena simboliza el dilema de Venezuela de los últimos dieciocho años. Borges se convirtió en tendencia mundial en Twitter esa misma noche y hasta fue entrevistado, como primera noticia-análisis al día siguiente, por la quintaesencia de los periodistas de guerra de los Estados Unidos: Christiane Amanpour. ¿Habría esta importante entrevista ocurrido si Borges hubiera alzado la voz, manoteado y hasta irse a los golpes con alguien de un rango y calificación moral y jerárquica infinitamente inferior a la del presidente de la Asamblea?

Por otro lado, María Gabriela Chávez, escribe y opina en Twitter en relación al hecho Borges-Lugo: Pa’ que respete, pues!!! Avalar la actitud y el uso de la violencia de un coronel desconociendo e irrespetando a una de las cabezas de los Poderes Públicos, significa directamente que para la hija de Chávez, haciendo honra a la herencia del padre, considera que lo militar está siempre por encima de lo civil y, en el fondo, no respeta la separación de poderes ni ningún sentido de justicia, se coloca ella y todos los defensores de la cúpula chavista actual al mismo nivel que los racistas sureños que lincharon al pobre ruiseñor de Tom Robinson.

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El irrenunciable espíritu de libertad de Leonardo Padura; por Pedro Plaza Salvati

Coincidencias (antes del teatro) En momentos en que los venezolanos se han propuesto recobrar su libertad perdida, Leonardo Padura afirma que el tema central de su obra es precisamente la búsqueda de la libertad. Este autor, Premio de Literatura Princesa de Asturias 2015, utiliza con frecuencia la estructura de un policial (o más bien falso

Por Pedro Plaza Salvati | 10 de junio, 2017
Fotografía de EFE

Fotografía de EFE

Coincidencias (antes del teatro)

En momentos en que los venezolanos se han propuesto recobrar su libertad perdida, Leonardo Padura afirma que el tema central de su obra es precisamente la búsqueda de la libertad. Este autor, Premio de Literatura Princesa de Asturias 2015, utiliza con frecuencia la estructura de un policial (o más bien falso policial), para retratar el estado social y espiritual de su país: “Mi mirada de la realidad cubana está mediatizada por el personaje Mario Conde, él es el encargado de dar la visión de la realidad cubana”.

Sus novelas están cargadas de paralelos con la historia universal que utiliza de manera erudita, pero no de difícil comprensión, para ilustrar la miseria material y política en Cuba, como un efecto espejo de dictaduras y sistemas opresivos que han existido en otros lugares y épocas. En El hombre que amaba los perros, por ejemplo, que en principio trata sobre la vida de León Trotsky y la de Ramón Mercader, el hombre que asesinó a Trotsky en México por encomienda de Stalin y que pasó los últimos años de su vida en La Habana, el trasfondo es sin duda retratar la vida en Cuba. Muchos de los dilemas existenciales en esta y en otras de sus novelas, cabe destacar, son similares a los de la vida actual de los venezolanos:

“Muchos de ellos sabían a qué desarraigos y riesgos de sufrir nostalgia crónica se lanzaban, a cuántos sacrificios y tensiones cotidianas se someterían, pero decidieron asumir el reto y pusieron proa a Miami, México, París o Madrid, donde arduamente comenzaron a reconstruir sus existencias a la edad en que, por lo general, ya estas suelen estar constituidas. Los que por convicción, espíritu de resistencia, necesidad de pertenencia o por simple tozudez, desidia o miedo a lo desconocido optamos por quedarnos, más que construir algo, nos dedicamos a esperar la llegada de tiempos mejores, mientras tratábamos de poner puntales para evitar el derrumbe”.

Padura, que sueña con que Cuba sea un país normal, se abstiene de declarar de manera directa sobre la situación política. A través de su depurada pluma, sin embargo, devela de manera descarnada la vida bajo el sistema cubano:

“Asediados por el hambre, los apagones, la devaluación de los salarios, y la paralización del transporte —entre otros muchos males— Ana y yo vivimos un período de éxtasis. Nuestras respectivas delgadeces, potenciadas por los largos desplazamientos que hacíamos en las bicicletas chinas que nos habían vendido en nuestros centros de trabajo, nos convirtieron en seres casi etéreos, una nueva especie de mutantes”.

En el teatro bajo la lluvia.

La conversación está pautada para lunes 29 de mayo en el histórico y hermoso Teatro Nacional. A pesar de una lluvia continua al borde de la tempestad que castiga (o bendice según el punto de vista) a la ciudad, un nutrido público se hace presente, desde jóvenes universitarios hasta personas mayores. Muchos de ellos cargaban en sus manos diversos títulos del escritor con la esperanza de llevarse consigo la firma de aquel hombre de apariencia sencilla, que decidió quedarse a vivir en su natal barrio Mantilla y desarrollar su obra desde ese bunker habanero.

Comienza el acto y cuatro autoridades dan la bienvenida, entre las que se encuentra la Vice- Presidente de la República, Ana Helena Chacón, hija a su vez de Luis Manuel Chacón, Presidente de la Asociación de Amigos de la Academia (de la Lengua). El padre de la Vice-Presidente agradece el patrocinio a las entidades y empresas que hicieron posible el evento y, muy especialmente a Sagrario Pérez Soto, activista y promotora de las artes y de la cultura.

La conversación se instaura bajo el cielo raso del teatro y la pintura Alegoría de las artes. El año de inauguración del teatro, 1897, está anclado en el techo encima del escenario, casualmente el mismo año en que España otorga la Carta Autonómica a Cuba. El interlocutor de Padura es el escritor Rodolfo Arias Formoso, quien confiesa no ser un experto en Padura pero que admite haberse sumergido en su obra, lo que demostró haber hecho con profundidad y certeza, identificando tanto la arquitectura de las principales obras como los matices centrales de cada una de ellas y hasta el humor que Padura más bien llama ironía.

Arias dice que luego de vivir cuatro años en República Dominicana entendió y se volvió adicto al béisbol y hasta le llegó a preguntar, haciendo una lúcida analogía, si el suspenso que crea en torno al desenlace de hechos novelescos (¿cuándo coño es que Mercader por fin mata a Trotsky?), se deba a su fanatismo por el béisbol. Padura confiesa que muchas veces en sus obras viene lanzando a 90 millas por horas pero cuando se aproxima algún tipo de desenlace ralentiza los lanzamientos como a 60 millas por hora. Fueron muchas las preguntas sustentadas en explicaciones a veces complejas por parte de Arias pero con la función de que se comprendiera por dónde venían las curvas o rectas que le lanzaba al cubano. Aborda el tema del uso de adjetivos, de la arquitectura narrativa, de las técnicas de escritura, de los quiebres temporales, de los paralelismos entre épocas cronológicamente muy distantes y que se emparentan como sello de marca Padura en varios de sus libros. Por momentos, inclusive, el enfoque de las preguntas pareciera haberlo puesto en aprietos, algo que solo se podía notar sutilmente dentro de la simpatía y naturalidad cubana enfatizada visualmente con la elegante guayabera blanca que portaba, con pequeños suspiros y tímidos movimientos de acomodo en la silla como en preparación para batear la pregunta y que no lo pocharan luego de tres bolas y dos strikes.

Regreso a Ítaca

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

 Constantino Cavafis

La proyección en el antiguo cine Magaly, en remodelación, de Regreso a Ítaca (2014) del director Laurent Cantet, Premio a la mejor película del festival de Biarritz, cuyo guion fue escrito por Padura, corresponde a la actividad del 30 de mayo, acompañada de una conversación entre el escritor y uno de los actores del film, Jorge Perugorría. Perugorría se hizo conocido por la aclamada película Fresa y Chocolate, que trata sobre el tema de la homosexualidad en Cuba.

La trama de Regreso a Ítaca es sencilla en apariencia pero a medida que transcurren las horas en el tiempo narrativo desde antes que caiga el sol hasta el amanecer, los dramas de cada uno de los personajes se van develando como tragedias individuales: todos convergen y son producto de la transformación de sus vidas a partir de la Revolución cubana (aunque nunca se usa esa palabra; Revolución). Se reúnen cinco amigos cincuentones en la terraza de un edificio de la Habana, con la vista al malecón. Al fondo los desvencijados techos dan una sensación de escenario teatral. El motivo del regreso de Amadeo a Cuba, luego de vivir 16 años en España, es reincidente de La novela de mi vida, otra obra de Padura, es decir: el reencuentro con la Isla tras años de ausencia.

Durante la presentación en el Teatro Nacional, el día anterior a la proyección de la película, Padura mencionaba con picardía que de lo que más conoce en la vida, aparte del béisbol, es sobre la construcción de diálogos. Y aunque los primeros minutos de la película parecieran un tanto caóticos y bordean en el aturdimiento y rechazo inicial del espectador hacia alguno de los personajes (como cuando uno se tropieza con un escándalo al abrir de golpe la puerta de una fiesta o un bar), los mismos van sufriendo una metamorfosis conducida por las conversaciones que se aposentan y se modulan. El trasfondo de los diálogos versa sobre los recuerdos y la traición a los sueños de una vida mejor, los dramas y miserias individuales de una generación perdida y sin esperanzas.

Una escena:

—Yo no tengo que explicar ni timbales… ¿Tú sabes por qué quiero volver, mi socio? Pues porque me da la gana… ¡Me da la gana! —Y grita—:¡¡Me da mi realísima gana!! —Los otros se paralizan con esta afirmación y Amadeo continúa, categórico —: Alguna vez en la vida uno tiene que hacer lo que le dé la gana y no lo que manden a hacer, lo que lo obliguen a hacer…o no hacer las cosas que uno quiere porque tiene miedo…

—Vamos a hablar en serio… Mi socio, si te quedas aquí, ¿de qué coño piensas vivir?

—De cualquier cosa —responde Amadeo sin pensarlo mucho.

—¿Vas a criar puercos? —sigue Rafa, que hace un gesto hacia la azotea de los matarifes—¿O te vas a meter en un taller clandestino a fabricar baterías con Aldo? Mírale las manos cómo las tiene, todas quemadas por el ácido.

Otra escena:

—Está claro que yo no vivo de mi salario —comienza la mujer—, porque con lo que me pagan como oftalmóloga no me alcanza ni para empezar. Vivo del dinero que me mandan mis hijos desde Miami, y de los jabones, las jabas de malanga y los pollos que me regalan los pacientes…

Vivir y escribir en la Habana

En la fila para ingresar al Centro de Cine, ubicado a pocos metros de uno de los costados del Zoológico Simón Bolívar, y muy cerca de la Casa Amarilla, el 31 de mayo una muchacha comenta que está enamorada del protagonista de la película Fresa y Chocolate pero que como han pasado los años y el actor no ha sido inmune al paso del tiempo, cuando él hable cerrará sus ojos y escuchará su voz.

La presentación de “Vivir y escribir en la Habana”, sin embargo, no contaría con la presencia de Perugorría sino de la directora del documental, Lucía López Coll, que a su vez es antóloga de relatos policiales iberoamericanos y esposa de Leonardo Padura. Padura, cabe notar, dedica insistentemente y de distintas maneras sus libros a la compañera de su vida, a su gran amor. Adios, Hemingway, se la dedica de la siguiente manera: “Esta novela, como las ya venidas y creo que todas las por venir, es para Lucía, con amor y escualidez”.

El hecho de que su esposa haya sido la directora del documental permite que se muestre el lado más humano del escritor, en su casa Villa Alicia, donde nació y todavía vive, en el barrio Mantilla. El documental lo muestra en sus rutinas: en la cocina preparando café, mirando la luz del trópico que lo abraza desde la ventana, o dedicado a la escritura con un cigarrillo en la mano al momento que con sus lentes dirige la mirada a la pantalla. Padura sale de su casa y camina por las calles de lo que parece un humilde barrio de clase media en Cuba, del que no lo saca ni la fama ni su reconocimiento internacional, anclado como un buque de luz en “el embravecido mar de la imaginación” del Caribe. Llama la atención que Padura camina como cualquier habitante de la isla, en una suerte de anonimato; no se le acerca nadie a saludarlo y tampoco saluda a nadie. Tal vez los cubanos muestran igual indiferencia que la de los neoyorquinos con los famosos, pero claro está, por distintas razones: sus preocupaciones son otras, mucho más mundanas y básicas.

La conversación la modera el reconocido escritor Carlos Cortés, invitado internacional en Venezuela a la FILCAR de Margarita este año, unos días antes de que el país se rebelara de nuevo, como en continuación a las protestas del 2014, pero esta vez al parecer de manera definitiva ante el colapso de la democracia. Padura, en la conversación manifiesta que Cuba fue el único país comunista en no caer luego de los países al este de Europa en gran parte debido al calor. El calor hace que la gente entre en modo de siesta. En una rara declaración en el 2014 dijo: “En Cuba no se ha permitido que se creen las condiciones. No existe un proyecto político en Cuba que se pueda oponer al gobierno, la propia disidencia está muy dividida, muy penetrada por la inteligencia cubana… Los niveles de violencia de la sociedad cubana nunca han sido tan altos como los de Venezuela y Ucrania. Al no pasarse de un punto específico, creo que eso ha impedido manifestaciones de este tipo, aunque haya personas que puedan estar más o menos descontentas”.

La primera pregunta la dirige Cortés a la realizadora del documental. Luego Padura aclara que entre los tres habían acordado que la primera pregunta sería para Lucía porque a ella no le gusta hablar en público, la consume la timidez y el miedo escénico. Superada la prueba de fuego de la primera (y única) pregunta a ella, la conversación se centra entre Padura y Cortés. De hecho, a decir verdad, la directora había hablado a través del documental; no tenía por qué agregar palabras. Y resultó admirable que no cayera en lo empalagoso o la parcialidad ante el perfil de su marido que se presenta de manera objetiva y muy bien lograda, y en el que opinan tanto personas de la calle como algunas celebridades de las artes en Cuba. El espectador puede ver en el documental que los libros de Leonardo Padura son tan populares en su país natal que cuando al fin llegan se producen conatos de desorden público. Los libros desaparecen en cuestión de horas. En el documental se presentan unos libreros tan asediados por los lectores que tienen un letrero que cuelgan con frecuencia, y a veces por bastante tiempo: NO HAY LIBROS DE PADURA.

Pero como dijo Cortés: Esta noche sí hay Padura. Con la cortesía que engalana su apellido le hizo diversas preguntas sobre vivir y escribir en La Habana, desde la vitalidad cubana que se permea en la literatura hasta sí se sentía vigilado en Cuba, una ciudad que Cortés consideró una suerte de alucinación barroca cuando la visitó. A esto último Padura respondió que él en Cuba, aparte de los espasmódicos momentos cuando llegan sus libros y comienzan a ser devorados por lectores tiburones, se siente más bien olvidado: “Últimamente me siento invisible”. Lo que recuerda la novela Invisible de Paul Auster, y el ensayo de Padura: “Yo quisiera ser Paul Auster”. El escritor cubano dice que en Cuba casi nunca asiste a una charla ni es invitado a ningún evento en lo que se supondría su casi obligatoria presencia. Dice que cuando ganó el Premio Princesa de Asturias hubo solo una escueta mención en un noticiero, que luego se daría más información que, por supuesto, nunca llegó a darse; porque si una censura existe en Cuba es en la televisión, afirma.

Uno de los aspectos que resultan más evidentes del documental, y que también se ve reflejado en Regreso a Ítaca, es lo difícil que fueron los años noventa, en los que Cuba entró en una situación de colapso económico luego del fin del sistema comunista en la Unión Soviética y la terminación de la asistencia a la isla. Las condiciones de vida eran francamente desesperantes, de miseria extrema, y es en estos años que Mario Conde cuenta con prolífica y obsesiva determinación la historia de lo que ocurre a través de las novelas. Y agrega Padura que las novelas y cuentos en Cuba son la verdadera crónica de esa época (contrario a la convención de los géneros literarios) dado que el periodismo no refleja ni siquiera de manera cercana, por la censura y la parcialidad, la realidad de cuba. Comenta que en años futuros cuando se desee saber sobre la pavorosa década de los noventa se deberán buscar las novelas y cuentos, no lo que dicen los periódicos (y viene a la mente el arribo al poder de Hugo Chávez en 1999 y de cómo empezó a mejorar la situación de la isla…)

Carpentier y Padura

La última noche Padura centra su discurso en la Academia de la Lengua sobre el escritor que habría de marcar su obra, tanto en la construcción de la llamada novela histórica (que el combina magistralmente con la policial) como en algunos temas que subyacen en la literatura de Alejo Carpentier, nacido en Suiza pero considerado como escritor cubano y que vivió en Venezuela desde 1945 hasta 1959. Padura dice de Carpentier que es “un autor preocupado por las estructuras y la minuciosidad”, un estilo que pudiera acuñársele a la literatura del propio Padura.

La sede de la academia está muy cerca del teatro en un antiguo edificio de espacios generosos. Como en todas las actividades de la semana, este cuarto día, 01 de junio, se conglomera un nutrido público que cruza el portal de entrada de la academia en cuyos muros reposan, afuera en la Avenida Central, vendedores de bisutería de pies descalzos, pintores, músicos de distintos géneros y donde, con frecuencia, se puede ver a Paquito el del barrio, un gallo que aprendió a reposar sin caerse sobre el hombro o la cabeza de Martín de la Trinidad Herrera. Mientras Padura lee su ensayo, que duró, como había prometido unos cuarenta y cinco minutos, se dejaban colar unas notas de trompeta provenientes del mundo externo y que por momentos parecían sincronizadas con la refinada musicalidad cubana de su dicción.

La presentación previa la hace quien fungiría hasta esa misma noche como la primera mujer presidente de la Academia de la Lengua, Estrella Cartín. Y así lo dice la página oficial de la RAE: “dejará su puesto el próximo 2 de junio de 2017, fecha en que será relevada”. Para esta estudiosa nacida en 1929 resultó una emoción intensa que su última noche fuese en compañía de un escritor de la talla de Leonardo Padura. Seguro las buenas intenciones y el azar se conjugaron ya que el escritor cubano provenía del ya renombrado festival literario Centroamérica Cuenta en Managua.

Padura, con el cariño característico del trato isleño, agradece a “Estrellita” y a Sagrario Pérez Soto por haber hecho posibles estos cuatro días maravillosos y afirma que le gustaría regresar. Y como se encontraba en un ambiente académico, centró su discurso en El siglo de las luces de Alejo Carpentier. Padura es sin duda una autoridad en la materia luego de escribir un ensayo de unas seiscientas páginas sobre este autor que tanto ha influenciado su obra.

El siglo de las luces, a fin de cuentas, pregona sobre la utopía de las revoluciones (en este caso referido a la revolución francesa y la revuelta de negros de Haití) que, buscando la igualdad y la libertad, terminan traicionando sus propios principios. Carpentier, al que se le acuña el tema de lo Real Maravilloso, es presentado por Padura con un texto que tituló “Revolución, utopía y libertad en El Siglo de las luces”.

La novela que Carpentier termina de escribir en 1958 (estando todavía en Caracas) pero que publica en 1962, se interpreta a fin de cuentas como una búsqueda a la libertad individual, un signo inequívoco de la literatura de Padura. Las revoluciones cuando traicionan a sus ideales pasan por varias etapas, según se identifican en la obra de Carpentier:

1. posposición de la libertad por lo colectivo;

2. utilización de la violencia como forma de consolidar la revolución;

3. implementación de medidas y contramedidas que liquidan los cambios. Eclosión de los ideales revolucionarios. La instauración del miedo (y aquí Padura hace una paréntesis para decir que es el mismo miedo que se conecta con lo narrado en Regreso a Ítaca)

4. la corrupción del poder.

Por otra parte, cuando se analiza la vida de Carpentier resulta, al menos lamentable, la contradicción y ¿desfachatez? de escribir una obra compleja y trascendente donde se pregona la libertad por encima de todas las cosas, identificar el proceso mediante el cual las revoluciones traicionan sus propios ideales, pero que en su vida personal Carpentier haya avalado regímenes de fuerza (de derecha y de izquierda). Por un lado, cuando vivió en Venezuela tuvo cercanía con el dictador Marcos Pérez Jiménez. Hasta juntos se les puede ver en una fotografía saliendo de la inauguración de la Concha Acústica de Bello Monte mientras trabajaba como un importante ejecutivo de la firma publicitaria ARS y llevaba una cómoda vida burguesa. Cabrera Infante, entre otras muchas duras afirmaciones sobre Carpentier dijo: “Era un hombre cauto hasta la cobardía y desconfiado hasta la soledad”. Y, por el otro lado, justo cuando se instala la democracia en Venezuela, decide irse a Cuba donde se gesta una revolución (que traiciona sus ideales) y a la cual sirve en funciones públicas. Carpentier es constantemente alabado por Fidel Castro y muere siendo embajador de Cuba en París en el año de 1980.

A diferencia de Carpentier, Padura, que vive con modestia y en una extraña invisibilidad en Cuba, pareciera ser fiel a sus ideales y su forma de pensar. Así lo dijo el día anterior en el Centro de Cine “Yo no tengo doble discurso: digo lo mismo aquí y en Cuba”. Carpentier no actuó en su vida real como lo hace Padura, que concluye el discurso sobre su maestro literario con esta frase:

“La revolución es una cárcel. La negación por antonomasia de la libertad”.

Rodrigo Soto: El destilador de palabras; por Pedro Plaza Salvati

Entrevista exclusiva a propósito de la presentación en España de su novela El río que me habita

Por Pedro Plaza Salvati | 27 de mayo, 2017

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Rodrigo Soto es un destilador de palabras. La primera vez que supe de él fue a través de una fotografía que todavía guardo en la memoria. Soto está en el patio de una lavandería casera y, de las cuerdas que utiliza para guindar la ropa, cuelgan hojas impresas de un manuscrito. En esa toma se dispone a colocar en un gancho una de esas hojas, con los brazos alzados tal vez para representar el esfuerzo que acarrea el oficio de la escritura. Al mismo tiempo me pareció una metáfora visual equivalente a la famosa gaveta en la que un escritor debe dejar reposar un tiempo su obra para luego recortar lo que sobra, redunda o retiene la impecabilidad de un texto. Ese afán por la pulcritud narrativa se puede ver reflejado en la obra de Rodrigo Soto.

El punto de partida de una imagen me llevó a la lectura de El nudo (Editorial Periférica, España), la que escogí al azar entre una nutrida obra de este autor costarricense. Se trata de una adictiva novela. Cuando un narrador lo atrapa a uno con su prosa es como si le hiciera “un nudo” al lector; logra su cometido en una historia que gira, como trasfondo, en torno a las decisiones que se toman en la vida, sus implicaciones y consecuencias, y que se configura a través de la vida de cinco adolescentes cuyos rumbos cambian a partir de un inocente viaje de playa y el encuentro de un alijo de cocaína.

Rodrigo, ganador dos veces del Premio Nacional de Cuento en Costa Rica y Finalista del Certamen de Cuento Casa de las Américas, es un narrador de cepa. Y como buen narrador no solo destila las palabras sino que le inquieta y experimenta con los puntos de vista. El nudo inicia, por ejemplo, haciendo cómplice al lector: “Aquí sucede lo que yo escribo, pero sin tu ayuda nunca llegaremos al final, y ese desgarbado, miserable harapiento que se dispone a cruzar la calle con las primeras insinuaciones del día —apenas la sospecha, la premonición de un amanecer—nunca podrá hacerlo.” En Gina (Uruk Editores, Figuras en el espejo, Costa Rica) una novela corta también publicada en España, tiene la habilidad de desdoblarse y contar con naturalidad desde el punto de vista femenino: “Juro que durante años me propuse ser una buena esposa. Quiero decir: una esposa leal, buena nota, valiente: tampoco una imbécil ni una víctima modelo”. La onda expansiva de Soto va desde un libro de poesía, Damocles y otros poemas (Editorial de la Universidad de Costa Rica), hasta A la hora del crepúsculo, una obra de teatro en la que Joaquín, hijo del último dictador de Costa Rica, culmina su vida en fracaso, miseria y demencia.

Retengo también en la memoria la presentación de En la oscurana (Ediciones Lanzallamas, Costa Rica), en el Espacio Cultural Carmen Naranjo en la Estación de Tren del Atlántico, una nutrida novela que versa sobre un ficticio movimiento independentista y el asesinato de una turista holandesa a manos de unos adolescentes. En el epígrafe de esta obra Soto incluye una cita de Lo infraordinario de George Perec, al que le profesa una devoción que raya en la otredad y que podemos comprobar con su correo electrónico personal: perecgeorges@gmail.com.

De lo vasto de En la Oscurana al inicio de su fructífera carrera como escritor con La estrategia de la araña (Editorial Germinal, Costa Rica), una intensa, laberíntica y experimental novela corta donde existe un narrador en primera persona, Ricardo Morúa, un escritor que traza un paralelismo entre la construcción de un manuscrito y la labor de una araña en su habitación: “…una telaraña se comienza a dibujar salida de la nada, del abdomen del bicho al que miro deslizarse en el vacío, tender cabos, elaborar sustancias, erigir su estrategia”.

Rodrigo Soto pareciera contar con la estrategia de la versatilidad para, luego de una veintena de libros publicados, entregarnos su Ciudad Real, un mundo al que le atraviesa un río que lleva en su interior, un río tan Grande como su ambición creativa.

—El río que me habita (Ediciones Huso, España), que presentarás en España en varias ciudades en el mes de junio, es una obra fragmentaria, coral, de tiempo no lineal, donde predomina abiertamente la primera persona del singular con sus distintos tonos y matices, pero que también incorpora la forma epistolar y la primera persona del plural desde el ángulo de unos locutores de radio (Historia Local III). Esta novela retrata la vida en torno a una Ciudad Real que se erige como un mundo propio con conexiones, algunas subterráneas, otras visibles en la superficie. ¿Consideras que todo lo que has escrito hasta el presente viene a redundar o resultó en una suerte de preparación para, tal vez en el tope de tu madurez como narrador, crear El río que me habita?

—Supongo que, en efecto, los libros que escribí antes son una preparación para este, aunque en sentido estricto no tengan mucho que ver con él. Hasta ahora, mis novelas y mis cuentos abordaban realidades que me eran más cercanas en todos los sentidos: geográficamente, temporalmente, socialmente… En este caso, sin embargo, encontré caminos para apartarme de mi experiencia vital más inmediata, y fabular mundos que, sin ser completamente ajenos (porque en definitiva nada lo es) se nutren de otras vidas, de otras fuentes…

—En el capítulo cuatro,“Celajes frente al río”, conocemos el origen del nombre de Ciudad Real. Este narrador, obsesionado con las ideas de Napoleón, cuenta sus memorias desde la vejez y consciente de su cercanía al reposo en el camposanto de Ciudad Real. El Presidente decide condecorarlo por haber sofocado una rebelión y le ofrece bautizar con su nombre a Puerto Escondido. Pero él prefiere rendirle honores a su abuelo y a su madre, rebautizando a Puerto Escondido con el nombre del lugar en España donde nacieron ellos: Ciudad Real. Dentro del escenario guerrerista de ese capítulo, este episodio adquiere una dimensión poética. En esta ciudad española (la real) está presente El Quijote en muchos de sus rincones. ¿Haces un doble juego acá?

—El doble juego con el nombre de Ciudad Real va más bien por el lado de la anfibología. Ciudad Real es, obviamente, una construcción imaginaria, pero al estar jalonada por fragmentos de diversas realidades (entre otras, mi mundo onírico), me pareció una paradoja atractiva que se llamase Ciudad Real. Por otro lado, el personaje del militar al que haces referencia está tratado con cierta ironía. Su obsesión por Napoleón termina siendo un poco ridícula, al menos a mis ojos.

—Ciudad Real tiene las mismas iniciales de Costa Rica. Puerto Humo se parece tanto a Puerto Limón. Y cuando mencionas varias veces el Paseo de los Mangos hay un Parque Central adyacente (San José), ello sin nombrar paralelismos con la historia patria, el genocidio con los indígenas, la construcción del ferrocarril, las plantaciones bananeras, la lucha comunista, la presencia de lagartos,ríos, puertos, pueblos, los  morenos, mulatos, blancos, negros, extranjeros, sirenas, las lluvias y temporales constantes que dictan la vida de los habitantes, como lo que relatas en tu novela breve En el país de la lluvia (Uruk Editores, Figuras en el espejo, Costa Rica) y para usted de contarlos puntos conectivos. En La estrategia de la araña tu narrador dice “La realidad está escrita en letras cursivas”. ¿Qué significa esta afirmación desde el punto de vista de tu obra en general y de esta novela en específico? ¿Cuál es para ti la línea divisoria entre no ficción y ficción? ¿Ciudad Real o Ciudad Imaginaria?

—La Estrategia de la Araña es una novela casi adolescente, la publiqué a mis 20 o 21 años y, como debe ser, responde a mis inquietudes de aquél momento. “La realidad está escrita en cursivas” refiere ala sospecha de que las cosas que vivimos y percibimos, el mundo todo, tiene un significado más allá de lo evidente, un significado secreto, por así decirlo, que solo ciertas personas o en algunos momentos logramos percibir o descifrar. Muchas veces he tenido ese sentimiento. Ahora bien, los paralelismos entre hechos históricos de Costa Rica (y de otros países centroamericanos y latinoamericanos) con los que dan forma al universo de Ciudad Real (y de El río que me habita) no son casuales, pero tampoco tienen la pretensión de ser puramente referenciales, es decir, aluden a hechos y realidades históricas, pero no refieren directamente a ninguna. Me interesa la relación de los personajes con su circunstancia geográfica, histórica y personal,más que la fidelidad a la historia de un lugar concreto.

—En el capítulo “Guerreros y Tejedoras”se intercala constantemente la narración en tercera persona a partir de Toni, un defensor del medio ambiente que se cuestiona con frecuencia “¿Qué es lo que hace que la vida merezca la pena vivirla?”, y que se traslada a Ciudad Real para impedir la construcción de una represa en torno al río Grande y, por otra parte, la forma epistolar entre dos hermanas estadounidenses, Emma y Beckie. Esto transcurre a grosso modo entre 1965 y 1967. En la historia epistolar se devela una tensión entre lo que sería el descubrimiento de un paraíso por parte de una extranjera así como la revelación de todo lo que no le gusta: la lentitud de las cosas, lo engorroso que resulta cualquier trámite, la contaminación de los ríos, el servicio de correo (de aquella época), la construcción de un basurero en un cerro y su posible destrucción y hasta los sinvergüenzas del banco.  ¿Crees que estas tensiones están todavía presentes en la Costa Rica moderna? Para Rodrigo Soto: ¿Qué es lo que hace que la vida merezca la pena vivirla?

—En El río que me habita no pretendo hablar específicamente de Costa Rica, aunque también pretendo hablar de Costa Rica. La realidad a la que refieren los hechos narrados está en muchos países, aunque sin duda muchos aspectos de Ciudad Real refieren a Latinoamérica y, más específicamente, a Centroamérica. En este libro me interesaba asumir la posición de quien mira todo desde la periferia, por eso Ciudad Real es una ciudad de provincias. Ahora bien, si me preguntas si esas características en cuestión (lentitud, burocracia, etc.) están presentes en la Costa Rica de hoy, la respuesta es que por supuesto es así. Y en cuanto a tu pregunta: ¿qué es lo que para mí hace que merezca la pena vivir la vida?, te responderé con lo que reflexiona uno de los personajes de la novela “El fuego cuando te quema”, del escritor costarricense Alí Víquez. Tras muchos debates y deliberaciones (se trata de una novela ideológica), el personaje llega a la conclusión de que, aunque no haya certeza ni evidencia alguna acerca de la trascendencia del alma, la mejor y única prueba del sentido de la vida, radica en el hecho de que, si antes de nacer tuviéramos la oportunidad de elegir entre nacer o no hacerlo, sabiendo de antemano lo que nos espera en el futuro, muchos, quizás todos, elegiríamos vivir. Creo que en este pensamiento se encierra una verdad profunda, aunque no pueda reducirse a un razonamiento cartesiano.

—El primer capítulo es una brevísima obertura centrada en el Colibrí;un ave que para sostenerse en un punto fijo debe aletear alrededor de 70 veces por segundo con unos 1.200 latidos por minuto (unas cinco veces más que el máximo de un ser humano). El Colibrí siempre está al borde de morir si su corazón llegase a latir un poco más rápido. ¿Qué simbolismo tiene el Colibrí para Ciudad Real?

—Diría que para Ciudad Real, ninguno. Lo que me parece hermoso de esa obertura o proemio es el hecho de que los colibríes canten al alba para ayudar al sol pueda emerger y la claridad se instale. Hay algo hermoso y poético (también patético) en la insignificancia de un colibrí que pretende que su canto hace salir al sol cada mañana. En ocasiones pienso que esta es una pretensión similar a la de los inventores de historias: escribimos para que el sol pueda salir cada mañana.

—En “Sirenas y Centauros”, el capítulo más rico en personajes que se intercalan a un ritmo constante, se perfila un mundo que bordea en lo fantástico. Hay dos chicas, Maga ¿honor a Cortázar? y Mila, que se bañan desnudas en los ríos y que parecen ser inmunes a los lagartos. Ellas atraen con su encanto a los viajeros pasantes que se lanzan al río exponiendo sus vidas. En este capítulo, además de estas encantadoras criaturas, está Cecilia, una farmaceuta a la que le gusta comer tierra y que se muda a Ciudad Real luego de su divorcio. Desarrolla una amistad con Aura, que le enseña a hacer medicamentos caseros y tiene la esperanza de que esta asociación se convierta en un negocio próspero. La violencia emerge: un día Cecilia es violada por tres hombres. Por otra parte, Adolfo Serrano, otro personaje, asesina a sus padres con un machete. Su sentencia es perdonada mucho antes de que culmine pero esto no lo libra de la culpa. También nos encontramos con Miguel,que se dedica a cazar indios y se queda prendado con Lucila Meneses, que aparece varias veces de forma tangencial a lo largo de la novela.Hacia el final casi todos están en aprietos: Maga rompe con Mila por una relación que tuvo con un forastero; Miguel sufre un accidente con una trampa que le montan los indios y queda herido a la merced de la selva, Serrano se desvanece en el túnel de un cerro en el que trabaja, Cecilia es aplastada por un talud. ¿Hablamos acaso acá de una suerte de realismo mágico en un mundo centroamericano o costarricense?

—Las historias que integran esta primera parte de la novela tienen tesituras y registros diferentes. La historia de Maga y Mila –homenaje a Cortázar, ciertamente-, tienen un registro fantástico, pero también recrea una leyenda viva en diversas regiones de Centroamérica, y quizás de Latinoamérica: la creencia en las sirenas que raptan a los hombres a la orilla de los ríos. Las demás historias de esta sección tienen un registro más “realista”, por así decirlo, aunque todas exploran lo monstruoso y la desmesura. De ahí el título de esta parte. Al mismo tiempo, tratándose de la primera parte de la novela, para mí era importante trazar, o al menos esbozar, el horizonte temporal en el cual se desarrollarían todas las historias que atraviesan el libro, de ahí que las historias remonten progresivamente el tiempo. Si te fijas, la primera historia tiene lugar en la contemporaneidad –incluso en una suerte de futuro próximo-, en tanto la última del conjunto, la del cazador de indios (mestizo él mismo), nos sitúa en el último tercio del siglo XIX.

—En la llamada Historia Local I creo que lograste un relato magistral. Una historia fascinante llena de datos, que pueden ser o no ser reales, pero que le da un tono como de cuento-ensayo. Diosdado Márquez Valerio, un historiador que guarda la memoria de lo que acontece en Ciudad Real y que muere en el anonimato. El punto de vista se centra en su mejor y quizás único amigo que dice al referirse al entierro de Diosdado: “Ese día reviví con más intensidad que nunca la desdicha de haber nacido en Ciudad Real, que despedía de forma tan misérrima al prócer y pionero de su historia local”. ¿Quisiste acá retratar algún rasgo en cuanto al olvido de los muertos cuando ya no son útiles como idiosincrasia de algunos pueblos o de algún país en particular?

—Diosdado Márquez Valerio es el arquetipo del historiador del pueblo y su historia habla de la soledad y el aislamiento. La tragedia de Diosdado es que ni siquiera tiene que morir para caer en el olvido. Vive en él. Pero toda su historia está atravesada por una tensión entre la memoria y el olvido. Como recordarás, durante todo el relato, el narrador, su discípulo y amigo, insiste en que Diosdado ha olvidado un dato al parecer insignificante de una conversación escuchada en su niñez. Cuando finalmente recuerda aquello que había olvidado, sufre una crisis emocional. La narración no nos revela la respuesta, los lectores deben interpretar el contenido de lo que él acaba de recordar…

Por otro lado, la historia de la Colonia Fraternidad está vagamente inspirada en la de una colonia francesa que se instaló brevemente en una región muy apartada de la costa pacífica de Costa Rica. Al parecer, esa colonia corrió una suerte similar a la que se describe en el libro.

—Las cuatro historias: I,II,III, IV son excepcionales. La Historia Local II, la de Sofonías Sánchez y su orquesta es un relato que podría ser de cualquier país latinoamericano: un músico que conoce el éxito y termina vendiendo órganos Wurlitzer. Mathew Campbell es un negro, flaco, serio, que se obsesiona en construir con sus propias manos un barco sobre un cerro que lo imposibilitaría de ser llevado al mar una vez terminado. Muere literalmente ejecutando su oficio, con la cordura estropeada al punto que lo abandona su mujer y los hijos que deja desperdigados. Estos cuatro relatos son autónomos pero a la vez están conectados con el ensamblaje general de la novela. Carlos Cortés ha dicho sobre El nudo: “El nudo no se lee como una novela, aunque lo sea, sino como un cuento, con la tensión que ofrece la narrativa breve y sin traicionar sus ambiciones de fuga, de ir más allá, que es el sino imposible de la novela. El fantasma de la forma”. ¿Cuál ha sido tu principal preocupación como narrador; el fondo de lo relatado o la forma?

—Sofonías Sánchez es para mí un personaje entrañable. Disfruté mucho con su escritura, pues representa como bien dices una época de Latinoamérica. Por otro lado, la escritura de las historias, de los hilos narrativos que conforman El río que me habita, precedió a su ensamblaje. Antes de la versión publicada, hubo otras en donde las mismas historias se presentaban en otro orden y enlazadas mediante otros artilugios. Si bien los hilos que conforman El río que me habita no pueden considerarse cuentos desde ningún punto de vista, es claro que el libro está constituido por un conjunto de historias o hilos narrativos relativamente independientes entre sí. Creo que el arte narrativo se nutre y dialoga con otras artes y oficios. Dos de ellos son la hilandería y el tejido. Entiendo El río que me habita como un tapiz narrativo.

—En simultáneo o en paralelo a tu carrera de escritor has tenido una amplia trayectoria en el campo audiovisual orientada más que todo al documental. Hay una foto de una entrevista que te hizo La Nación en el 2007 en la que estás retratado encima de la basura en el botadero cuyo irónico nombre es Río Azul (ese seguro no habita en ti). Esa imagen marca un fuerte punto de vista y el mensaje de que el escritor procesa los desechos: “Rodrigo es un artista que no le teme al mal olor de nuestra basura psíquica, emocional, social o histórica. Con ella construye sus historias y sus personajes”. Sin embargo, a pesar de esa foto y la del colgadero de hojas que me llevó a El nudo, me parece que lo cinematográfico no marca tu obra como escritor. ¿Estoy en lo correcto?

—Guardo un buen recuerdo de la entrevista a la que haces referencia, en el botadero de basura. Yo mismo elegí ese sitio para realizar la entrevista. En efecto, creo que una de las funciones de las artes (no solo de la literatura) es precisamente trabajar con la basura, hacerla visible, sacarnos de la zona de confort en donde habitualmente nos situamos y traer de vuelta todo aquello que pretendemos desechar u olvidar. Por otro lado, creo que mi forma de entender y practicar el oficio de narrador no tiene mucha relación con mi trabajo audiovisual, más bien ha sido un aspecto de mi “modus vivendi”, una forma de ganarme la vida, pues no soy un escritor vinculado a la academia. Sin embargo, como espectador, las películas (de cine y de televisión) han nutrido mi visión del mundo y, desde luego, fueron muy importantes para ayudarme a comprender en qué consiste una historia, de qué están hechas las historias.

—Patrick Deville, en su libro Pura vida, dice que luego de recorrer Centroamérica: “…se me hizo patente que, durante los dos últimos siglos, aquella zona del mundo no había sido más parca en héroes, traidores y cobardes”. No me deja de llamar la atención que Juan Rafael Mora,declarado por la Asamblea Nacional en el 2010 como “Héroe y Libertador Nacional” murió fusilado al poco tiempo de derrotar a los filibusteros en la Campaña Nacional de 1856-1857. Igual suerte corrió Francisco Morazán, en otras circunstancias, con su empeño en crear una República Centroamericana. En “Celajes frente al río”el personaje principal de una de las dos historias socava una rebelión y con un grupo de soldados bajo su mando manda a fusilar al jefe de la insurrección, que a la vez había sido como su hermano de la infancia. En este bien logrado capítulo, ¿tratas de reflejar un poco lo que dice Deville; entre traiciones y fusilamientos nos veremos?

—No aludo a esa realidad en concreto. La traición y la cobardía, el desinterés y el altruismo, hacen parte de la condición humana y se manifiestan en todas las épocas históricas y en las circunstancias más diversas, incluso en vidas pequeñas como la mía. No es necesario buscar la historia de “grandes hombres” o de “grandes mujeres” para encontrar esas facetas. Están aquí, con nosotros, todos los días. Por otro lado, la historia de Juan Rafael Mora que mencionas, es sin duda fascinante y relativamente desconocida. Tiene ese final trágico y absurdo que refieres. No obstante, aunque me la piden en mi país, no soy especialmente propenso a rendirle culto a los héroes nacionales.

Mockie, hijo de Mathew Campbell (Historia local III), es un personaje entrañable con el que el lector se encariña. Él valora la libertad por encima de todas las cosas pero su ansia deriva en irresponsabilidad paterna y soledad en su vejez. Él se hace cuestionamientos existenciales si se quiere cándidos: “…pues como dice el dicho ‘uno propone y Dios dispone’”… “Entre precisas y enredos se nos va la vida, hasta que un buen día despertamos con la pregunta en la boca: ‘Muy bien, Mockie Campbell, ¿qué es lo que has hecho?’” En tu página de escritor,www.mundicia.com dices: “La vida me ha enseñado lo acertado del refrán que dice: ‘Haz planes si quieres hacer reír a Dios’. Por ello, en general no hago demasiados planes para el futuro”. ¿Libertad para elegir o elegir para ser libres? ¿Cuánto de Mockie hay en Rodrigo? ¿Está Mockie a su vez emparentado con Toni en cuánto a las preguntas existenciales se refiere?

—Como escritor que eres, sabes bien que en cualquier personaje que seas capaz de concebir, hay algo tuyo. La creación de los personajes sigue siendo para mí uno de los aspectos más fascinantes y enigmáticos dela creación literaria. En algún momento de mi vida, acuñé lo que entre broma y serio he llamado la “teoría de Frankestein”, para significar que todos los personajes están hechos a la manera de Frankestein, o que el monstruo creado por Mary Shelley es, en realidad, una metáfora de todos los personajes literarios, que también son construidos con pedazos de personas que uno conoció, recuerdos y experiencias propias, seres imaginarios, todo revuelto y bien mezclado. Sin embargo, los personajes de El río que me habita no surgieron de esa forma. Mokie Campbell tiene tanto de mí como Cecilia Solano, la farmacéutica que de niña se aficiona a comer tierra, o como el judío converso que llega a América por equivocación, de la última parte de la novela.

Pero hay otra cosa, tal vez más importante: todos los seres humanos, instruidos o no instruidos, letrados o no letrados, nos preguntamos cosas profundas acerca de nuestra condición, acerca del sentido de la vida y de la razón por la que estamos aquí. El silencio, la música, la risa, pueden ser, y suelen ser, formas de filosofía. Hay que saber escuchar y respetar las distintas formas de preguntarse. Con frecuencia aprendo cosas importantes de personas que llamaríamos sencillas. Mockie Campbell es un homenaje a ellas. Puede que su lenguaje no sea sofisticado, pero tampoco es ridículo, como lo es en ocasiones el del General Briceño, su contrapunto en esta sección.

—Permíteme que regrese a Mockie. Ese relato me hizo un nudo en la garganta. Hay una escena que se me antoja como el clímax de la novela, aunque andamos ya por la página 236 y todavía queda por delante el capítulo“Las flechas de oro”, que es como un salto atrás en tiempo, entre indios y conquistadores. Mockie, que había sido albañil y maestro de obra, estuvo a cargo de la edificación del mausoleo del general Briceño. Cuando se concluyó la construcción de la represa a la que Toni se oponía, no se pudo salvar el cementerio del pueblo. Hubo entonces que trasladar a los muertos a un cementerio nuevo: “Cuando el agua me llegaba a la rodilla fui a darme una vuelta. Caminé entre las tumbas ya sin flores, viendo como quedaba aquello tan solo. Para peor de males estábamos de temporal, el cielo gris y cargado… Del cementerio, lo último que quedó a la vista fue la cruz de la capilla y el cucurucho de la pirámide de Briceño, pero una mañana despertamos y ya solo estaba el lago y nada más”.  Mockie luego se dice a sí mismo que si fuese uno de esos muertos hubiera salido a protestar: “Si los vivos no protestan, que protesten los muertos. Que lo despierten a uno del sueño eterno para cambiarlo de casa debe ser una contrariedad”. Entonces Mockie se imagina esa protesta recorriendo las calles y avenidas, con carteles y gritos, donde no podía faltar su amigo entrañable de la infancia Chicho, activista del partido comunista.  Esas dos escenas: el agua que cubre el cementerio y las protestas de los muertos por su traslado de morada me parecen el punto de mayor clímax de la novela que, a ese punto, se acerca a su conclusión. ¿Estarías de acuerdo en considerar a Las flechas de oro como una suerte de capítulo-epílogo?

—La construcción de El río que me habita me tomó siete años, aunque la escritura de los materiales, propiamente, dos o tres. Después de diversas tentativas encontré esta fórmula en donde un pequeño grupo de historias se presentan en secciones o partes relativamente autónomas del libro. Las flechas de oro podría ser la primera o la última sección pues, insisto, todas son relativamente autónomas, aunque dialogan entre sí. Quizás, la única característica especial de Las flechas de oro, es que de todo el libro es la más unitaria, de hecho, la única que no podría descomponerse en las historias que la integran sin perder su sentido.

Déjameagregar algo acerca de Las flechas de oro: no es solo una historia sobre conquistadores e indios, pues también nos trasporta a finales del siglo XIX, cuando se construye el ferrocarril y se consuma el saqueo de la riqueza arqueológica del río Grande. Aquí reaparece el registro fantástico que encontramos al inicio, en la historia de las sirenas Maga y Mila, con la venganza del “duwak” o espíritu del indio cuyo cuerpo ha dormido por siglos en su tumba y esdespertado por el codicioso arqueólogo que trabaja para la compañía que construye el ferrocarril.

Me agrada mucho lo que dices de la escena en que el cementerio de la ciudad queda sumergido bajo las aguas, tras la construcción de la represa. Para mí, es una escena con una fuerza poética casi trágica, aunque muy contenida. Desde el inicio sabía que una parte de Ciudad Real quedaría sumergida bajo las aguas, pero no sabía en cuál de las narraciones se relataría esto. Que fuera en la de Mockie Campbell y se relate desde el cementerio, me pareció irresistible.

Lo francés está presente en tu novela: La Colonia Fraternidad, erigida por franceses que perecen en Punta Llorona por un maremoto; las ideas de Napoleón Bonaparte que influyen en el militar. ¿Cuáles son tus influencias culturales y literarias? ¿Cuáles son las ideas que obsesionan a Sotópolis?; como Carlos Cortés se refiere a tu imaginario literario.

—De las literaturas europeas, la francesa es, junto con la española, la que más he frecuentado. Camus fue una lectura muy importante en mi primera juventud, igual que todos los grandes escritores latinoamericanos del boom, con la excepción de Borges, cuya narrativa cerebral y de asuntos librescos me admira pero no me deja frío. También me nutrí de otros latinoamericanos que no cupieron en el canasto del boom, como Jorge Amado, Manuel Scorza y Andrés Caicedo. Entre los norteamericanos, leí con devoción, sobre todo, a Henry Miller, ese maravilloso impostor, y a J.D. Sallinger. Naturalmente, después han venido muchos más, entre los cuales debo mencionar a Milan Kundera. Y muchas, debo decirlo así, no para ser políticamente correcto, sino para dejar constancia de mi deuda y gratitud con unas cuantas escritoras: la señora Yourcenar, Virginia Woolf, Clarice Linspector, Rosa Montero, Belén Gopegui… Pero no se trata de hacer un listado interminable. En cada momento de la vida he buscado buena compañía para nutrirme, al menos eso he pretendido. Sin embargo, no soy un ratón de biblioteca, un estudioso de la literatura y ni siquiera un buen lector. Creo que una parte de mi fascinación juvenil por Miller se debe al hecho de que soy, por así decirlo, un vitalista antes que un hombre de letras. Creo que la literatura es, o al menos debería de ser, un pretexto para iluminar la vida, como un potente reflector. Me interesa la vida más que los libros.

—Has tenido la habilidad de crear un mundo propio sobre y alrededor del cual me imagino, a futuro, podrás continuar creando historias. ¿Has pensando en seguir contando en otra novela la historia de tu Ciudad Real y del río que te habita?

—Poco después de aparecer publicado en España El río que me habita, decidí continuar tejiendo alrededor del mundo de Ciudad Rea. Es lo que estoy haciendo ahora. Me quedé con muchas historias y personajes en el tintero. Algunas las historias incluidas en El río que me habita, las imaginé en la década de mis veinte años, y no pude escribirlas sino treinta años después. Hay otras historias que simplemente no pude escribir, pero confío en poder hacerlo ahora. Creo que al crear un mundo autónomo como el de Ciudad Real y el río Grande, asoma una posibilidad maravillosa, que es la de mostrar cómo las circunstancias que marcan a los personajes de una época histórica, son el resultado de las fantasías, los delirios y las decisiones que tomaron los personajes de un momento histórico previo. Estamos entretejidos, entrelazados, no solo con nuestros contemporáneos, sino también con quienes nos anteceden y con quienes nos sucederán en el tiempo.

La despedida de Colbert; por Pedro Plaza Salvati

Una larga fila se armaba frente al teatro Ed Sullivan antes de la hora pautada. Pensaba en ese instante en que nos incorporamos luego de tomar un expreso doble, si tendría la oportunidad de hacerle la pregunta sobre la situación en Venezuela. Se suponía que era primavera pero la temperatura estaba fría, hacía viento y

Por Pedro Plaza Salvati | 13 de mayo, 2017
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Stephen Colbert, presentador de The Late Show with Stephen Colbert en el canal CBS

Una larga fila se armaba frente al teatro Ed Sullivan antes de la hora pautada. Pensaba en ese instante en que nos incorporamos luego de tomar un expreso doble, si tendría la oportunidad de hacerle la pregunta sobre la situación en Venezuela. Se suponía que era primavera pero la temperatura estaba fría, hacía viento y caía una lluvia indecisa. Las entradas eran gratuitas, aunque difíciles de conseguir, y no sé si por esa precisa razón el personal de seguridad que condujo un chequeo estilo aeroportuario no fue amable. Tuve que colocar las monedas dentro de una pequeña cesta blanca y luego de pasar el detector metálico me las echaron encima de la mano y algunas se cayeron al piso. Para colmo, el guardia ni siquiera se disculpó en el país del I’m sorry.

Entramos al teatro. La fila se dividió en tres sub-filas. Aunque me disponía a apreciar el ingenio y virtuosismo escénico de Stephen Colbert, había una clara sensación de estar a punto de experimentar una atracción de parque temático.Tenían varias pantallas que mostraban sketches memorables de algunos programas, lo que hacía la espera más llevadera. Había unas figuras de cartón que representaban en dimensión humana al host que sustituyó a David Letterman en el Late Show de la CBS, como para que las personas pudiesen tomarse una foto junto al cartón. Recuerdo que una vez presencié lo mismo en Washington con una figura de Obama. Era otra época, había hope, recién se inauguraba como Presidente y Yes, we can.

La hora para el encuentro de filmación indicaba Check-In Deadline 4:00 pm, como un boleto de abordaje. Nuestros Fans tickets tenían la leyenda Priority, pero se trataba de una prioridad que no se manifestó en ningún sentido o forma. Pensaba de nuevo si tendría la oportunidad de hacerle la pregunta sobre mi país mientras afuera del teatro se formaba otra cola que, posiblemente, correspondía a los que tomarían asiento en la mezanina. Los muchachos que ordenaban la fila, con una simpatía un tanto impostada y cargada de hartazgo, nos permitieron ir al baño en secuencia: fila uno, fila dos, fila tres. Nos advirtieron varias veces de que no tomáramos fotos para evitar ser desalojados de la sala. También nos reiteraron que podríamos hacerle preguntas a Stephen pero que tratáramos de que no fuesen tan personales o desagradables.

Stephen Tyron Colbert ha sido el anfitrión del Late Show desde el 8 de septiembre de 2015, luego de que Letterman anunciara su retiro en una serie de shows que se transformaron en una procesión pre-mortem. Hasta Bush, padre e hijo, Clinton y Obama enviaron mensajes: “la peor pesadilla de los ex-presidentes había concluido”. Nadie supo las verdaderas razones de su retiro. En una entrevista Letterman afirmó: “Estoy obstinado de que me pregunten qué voy a hacer luego de que me retire: ¡no tengo la menor idea de lo que voy a hacer!”Al show de Letterman nunca pude asistir. Cuando uno llamaba para tratar de obtener entradas, la persona que atendía contestaba que para poder optar a ellas había que responder algunas preguntas de lo que había ocurrido en el show el día anterior: Are you ready? Por supuesto que este filtro nunca lo pasé. El retiro del legendario animador se trataba de un hecho paradójicamente prematuro dado que se encontraba, luego de 33 años de conducir este tipo de programas, en plena forma. Así lo demostraba su agudeza mental preservada y las carreras que hacía al inicio del show como una sombra veloz en la penumbra para coger un tren a la medianoche en Grand Central. Pero es asombroso que a solo diez meses de su retiro, David, “El hombre de la carta”, se muestra irreconocible en una foto que circuló en los medios de comunicación con una barba blanca y mucho menos cabello, mientras corría en la isla de St. Barts. Parecía un San Nicolás en el trópico. Dicen que el retiro acelera la decadencia; al menos en su aspecto físico Letterman es una prueba de ello aunque nos regale una sonrisa espléndida en la foto de su carrera caribeña.

Llega el momento de ingresar a la sala y, ya sentados, tuvimos que aguardar otro un buen rato dado que los organizadores de la fila debían hacer pasar al público que estaba todavía afuera del teatro. Me imagino la escena repetida del control de seguridad con el tipo que me lanzó las monedas y el mismo protocolo de acceso al baño, fila uno, fila dos, fila tres. Son las cinco de la tarde y llevamos dos horas de espera. Todo tiene un precio;There ain’t no such thing as a free lunch: aguardar en la calle, los controles de seguridad, la espera en el Lobby, el trato militarizado de los arregla filas, el orden vacuno en el que nos llevaban por lotes al baño. A esto se agregaba el frío de la sala que ya se me metía por los huesos, más bien lo que tenía era un ataque de Cold-bert.

Cuando estaba a punto de sucumbir a la hipotermia aparece sobre el escenario Paul Mecurio. Paul Mecurio es un comediante graduado de la Escuela de Leyes de Georgetown University y trabajó en varios bancos de inversión antes de encontrar su verdadera vocación. Jay Leno, el antiguo presentador de The Tonite Show de la NBC, le dio el empujón para que dejara su profesión y se entregara de lleno al mundo del Comedy. Mecurio es ahora lo que se llama el Warm upguy de Colbert. Lo cierto es que es muy talentoso y ofreció un espléndido show previo antes del show verdadero cuyo fin, sin duda, era animar y calentar a la audiencia para que tuviese la actitud y ánimo adecuado ante la aparición del famosísimo Colbert. Entre chiste y chiste, en una sesión extendida de comedia con intercambios con la audiencia (a algunos inclusive los llevó al escenario), nos indicaba con entusiasmo lo que teníamos que aupar, gritar, etcétera, cuando Colbert apareciera: ¡Stephen!¡Stephen!¡Stephen!, por ejemplo. Se hacía más evidente que teníamos que jugar una parte activa en el desarrollo del show. Como veo poca televisión, yo creía que los vítores, aplausos y alegrías de la audiencia cuando aparece uno de estos showmen eran espontáneos: una verdadera admiración. No me imaginaba, inocente yo, el grado de entrenamiento previo.

Al terminar Mecurio aparece Jon Batiste, que tiene una maestría en música de Julliard School, con su banda Stay Human, algo así como Mantente Humano, nombre de un grupo que aplicaría muy bien en estos días de turbulencia venezolana como mensaje a la Guardia Nacional Socialista Bolivariana (GNB) con sus desmanes en territorio nacional. Colbert y Batiste se conocieron durante una actuación en el antiguo show de Comedy Central, The Colbert Report, en el que Colbert tomaba como víctima continua y persistente al famoso-odiado-amado Bill O’Reilly, despedido recientemente de la cadena Fox News por acoso sexual. Colbert la tenía agarrada con O’Reilly así como ahora le tocaba el turno a Trump. En ese programa que lo llevó a la fama representaba a un personaje de ficción llamado Stephen Colbert que hace el papel de Stephen Colbert; una suerte de auto-ficción: “un hombre bien intencionado, mal informado, un idiota de alto estatus”dedicado a la sátira política.

La banda en vivo desplegaba una destreza mayor a la que se aprecia en televisión. Stay Human toca varias piezas y se mezcla con el público a los que le regala varios solos que suben los decibeles energéticos ya de por sí elevados previamente por Mecurio. Jon Batiste substituyó al legendario Paul Schaffer, curiosamente también abogado como Mecurio (en los Estados Unidos siempre es recomendable tener un abogado cerca de uno). Desde 1982 acompañó a Letterman con su grupo llamado The most dangerous band in the world. Schaffer es otro que andaba medio deprimido con su retiro y en esos días, como un resurgimiento, acababa de sacar un disco y organizó una gira con su banda. En una entrevista con la muy neoyorquina cadena televisiva NY1, Schaffer dijo: “Al principio pensé que ya era tiempo de relajarse. Inhalé profundo y ya me sentía aburrido y un poco deprimido. Y entonces era muy claro que tenía que seguir haciendo música”.

Finalmente, luego de casi tres horas de espera, si se cuenta a partir del momento en que llegamos a la fila a las tres de la tarde hasta las actuaciones de Mecurio y Batiste, aparece el gran Colbert. Conduce una suerte de sesión previa en la que acepta preguntas de la audiencia. Comienza a responderlas con agilidad mental y sarcasmo. Un hombre levanta la mano y pregunta: Is a hot dog a sandwich? A lo que el host le responde: “¿Está usted consciente de que tal vez esta será la única oportunidad en su vida en la que podrá preguntarme algo y me va a hacer semejante pregunta?”. Colbert nos asegura que, como público, somos muy importantes y que formamos parte integral del programa.

Yo levanté mi mano para ejecutar la misión que me había propuesto. Según había leído el estimado de espectadores de Colbert era de unos tres millones incluyendo, con total seguridad, a Donald Trump; que estaría probablemente jugando con el control remoto y disparando tuits como un gatillo alegre.Le quería preguntar qué opinaba de la situación de Venezuela y si pensaba hablar de ella en alguno de sus shows, con la intención de que el tema Venezuela saliera a la luz en su mente y así poner un grano de arena en difundir por todos los medios la desgracia/catástrofe venezolana. Pero mi mano alzada en medio de la temperatura polar del estudio de la CBS no fue escogida, tal vez porque había quedado sentado en una esquina cerca de la salida de emergencia y no era tan visible a pesar de mis esfuerzos de estirar y animar el brazo lo que más pude.

El show comienza con su pegajosa introducción y con tomas de New York City en miniatura pero en movimiento. Luego de recibir los aplausos y la euforia es casi imposible divisar a Colbert debido a cuatro gigantescas cámaras que lo asechan en tarima y que me recordaron a los Tiranosaurios Rex de Jurassic Park. Lograba ver solo pequeñas partes de su humanidad, en mayor o menor grado, dependiendo del desplazamiento sobre el escenario de los T-Rex. Algo que me impresionó de entrada es que Colbert en persona es exactamente el mismo que en televisión. Además de llevar su invariable traje azul y lentes, no se percibe la diferencia que a veces se planta ante uno entre la ficción televisiva o cinematográfica y la realidad. Ese no era el caso. Ante la visión de más o menos 25% de su humanidad por efecto de las cámaras, me vi obligado a dirigir la mirada a los televisores que tienen a disposición de la audiencia.

Mi alegría fue genuina cuando desplegó una seguidilla de bromas y sátiras sobre el desarrollador inmobiliario devenido en Presidente. El Late Show se había transformado desde hacía rato en un campo de guerra contra Trump:Late Night War, se podría decir.En otro programa Colbert diría: “Trump tiene los códigos nucleares, yo tengo los chistes”. Y fue una metralla, una tras otra, como un ataque en una guerra a un enemigo del pueblo o de la inteligencia humana. Colbert se dedicó a imitar la voz de Trump leyendo sus inverosímiles tuits. Me regocijaba de poder disfrutar de la libertad de expresión en un país en el que se puede criticar tan duramente a un Presidente en Televisión Nacional y pensaba en la triste auto-cesura de los canales de televisión venezolanos, los diez años del cierre de RCTV, y de la hegemonía comunicacional propagandística del régimen devenido en dictadura.

Colbert recuerda que Trump cumple 100 días en la Presidencia y se lanza un monólogo de 12 minutos y 19 segundos. Afirma que el Presidente No. 45 no ha podido lograr nada de lo que se ha propuesto (el show es previo a la desafortunada aprobación en la Cámara de Representantes del Rechazo y Reemplazo del Obamacare). Y afirma que a Trump se le puede reconocer un logro: “Firmó una ley que hace más fácil comprar armas a personas con problemas mentales y cazar a los osos que están hibernando”. Y él, como comediante, agradece lo que ha hecho Trump por Colbert en estos 100 días, en referencia a sus continuas burlas: “¡Muchas gracias por su servicio, Mr. President!”, y le da el saludo militar.Coloca, entre varios, el siguiente tuit que lee imitando la voz de Trump:

The Wall is a very important too in stopping drugs from pouring into our country and poisoning our youth (and many others) if.

¿ Cuando Trump comienza a hablar tiene alguna idea de cómo van a terminar sus frases?, se pregunta Colbert. El tuit concluye con un “if” que plantea una oración que sigue pero que continua ¡tres horas más tarde! con otro tuit:

…the Wall is not built, which it will be, the drug situation will NEVER be the way it should be! #BuildThe Wall.

Y Stephen Colbert se cuestiona: ¡¿Cómo va Trump a #BuildThe Wall si le toma más de tres horas para #BuildTheSentence?!

Luego de la pausa comercial anunciada procede a entrevistar a Allison Janney, la actriz de The West Wing y luego a la COO, Jefe de Operaciones de Facebook, Sheryl Sandberg. En el 2012 la revista Time la nombró como una de las 100 personas más influyentes en el mundo y su fortuna personal se estima por encima de 1 billón de dólares. Pero no está ahí para hablar de Facebook o de tecnología sino sobre la muerte de su esposo en el 2015 y el libro que acababa de escribir Option B: Facing Adversity, Building Resilience and Finding Joy. Su esposo, Dave Goldberg, falleció luego de un accidente en una cinta de correr mientras se encontraban de vacaciones en México: se golpeó la cabeza y murió tras la contusión en el cerebro que le ocasionó una pérdida masiva de sangre. La ejecutiva de Facebook habla de la necesidad de apreciar los momentos buenos de la vida a pesar del luto. Colbert se siente identificado con el tema ya que a los diez años de edad perdió a su padre y a dos de sus hermanos en el accidente aéreo de Eastern Airlines, vuelo 212, que se estrelló en Carolina del Norte. Y admite que solo cuando alcanzó los 35 años fue que pudo aceptar lo que había ocurrido y entender que hay que ver siempre ver el lado positivo de las cosas que suceden. Stephen, el hijo menor de una familia de once hermanos, finalmente encontraba alegría a partir del dolor; como su invitada de Facebook. Y yo pensaba que lo que ocurría en Venezuela, la ruina y la tragedia, debe tener, más pronto que temprano, un motivo de alegría:el fin de la pesadilla y la reconstrucción de un país.

Entre una entrevista y otra se sienta una persona al lado de Colbert para revisar cómo quedó el segmento anterior. En uno de esos momentos el host informa al público que tiene que repetir una frase del monólogo ya que una palabra no quedó bien pronunciada. Y entonces pienso qué buena memoria tiene cuando me doy cuenta, doblemente inocente yo (primero por lo de los aplausos y vítores entrenados) de que todo lo que hablaba estaba escrito en un Telepromter. Yo estaba convencido de que lo que comentaba era producto de su ingenio, memoria, práctica o talento. De hecho, Colbert se jacta, pude averiguar luego, de que en The Colbert Report todo era improvisado; no había Teleprompter.

El show concluye con la presentación musical del cantante country Mary Stuart. Los que están en la primera fila deben moverse hacia atrás del escenario, tal vez por el ángulo de filmación. El sonido y la banda son buenos a pesar de los bostezos que me produce la música country. Colbert se desplaza a uno de los pasillos internos del teatro donde está un grupo de gente con unas pancartas. Termina de tocar el grupo.

Encienden las luces y se acaba la filmación del show de Stephen Colbert.

En ese instante un silencio cubrió la sala y la gente se dispuso a salir mientras un raro vacío se instauró en el ambiente. Entre el frío y el efecto de la cafeína tenía muchas ganas de ir al baño. Pero los guardias de seguridad los habían clausurado, como para que todo el mundo saliera rápido y desalojara el teatro, situación similar a uno de los Fire Drills o simulacros de incendio a los que nos sometían en los dormitorios de la universidad en la madrugada. Los guardias se plantaron firme a pesar y a conciencia de que una de las empresas más difíciles en Manhattan es conseguir y poder utilizar un baño.

Crucé la calle hacia un Starbucks, hice otra cola para el baño, y luego pedí un café a ver si me libraba del frío que arrastraba del estudio de CBS. Eran las ocho de la noche. Meditaba sobre mi pregunta que no pude formular, el destino de Venezuela y la impostura del show. Unos minutos atrás me había quedado petrificado esperando que Stephen Colbert regresara a despedirse, a darle las gracias al público por estar presente, por colaborar y ratificar lo importante que era la audiencia; parte integral del show. Pero ello no ocurrió, Stephen simplemente se desvaneció. Despedirse y dar las gracias al público no le hubiera tomado más allá de un minuto. Y pensaba de que era aún más cierto el dicho yanqui de que un almuerzo gratis no existe. Me quedé viendo hacia la calle, enfrente el teatro Ed Sullivan, un poco desencajado por lo que habían sido las últimas cinco horas y pensando si me despedía de una entelequia (“cosa, persona o situación perfecta ideal que solo existe en la imaginación”).

 

Crónica de un regreso a Caracas V: La ruina; por Pedro Plaza Salvati

El lugar de la oscuridad Una fila interminable brota hacia la calle. La ansiedad se encaja en las miradas de cientos de personas que a mitad de mañana, por necesidad o sin alternativa, llevan horas estancadas en su metro cuadrado de acera frente al Centro Comercial Los Ruices. Este centro es contiguo a VTV, el

Por Pedro Plaza Salvati | 13 de abril, 2017
Fotografía de Diego Vallenilla / Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

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El lugar de la oscuridad

Una fila interminable brota hacia la calle. La ansiedad se encaja en las miradas de cientos de personas que a mitad de mañana, por necesidad o sin alternativa, llevan horas estancadas en su metro cuadrado de acera frente al Centro Comercial Los Ruices. Este centro es contiguo a VTV, el canal que aplica una constante lobotomía al televidente. Dos empleados portan el logotipo “V” en sus camisas y en sus gorras. Se colean y se adelantan sin vergüenza a las personas que están en la fila desde hace varias horas y los supervisores lo permiten. La gente les grita sucios, arrastrados, malditos: ¡hagan la cola como todos los demás!; voces y brazos se elevan. Los empleados del canal del Estado aguantan el chaparrón como una lluvia de granizo justiciero o una merecida penitencia. Hacia mi derecha se acercan tres hombres: el del medio lleva un bastón y es invidente, otro lo sostiene de un brazo y un guardia del centro comercial lo hala toscamente por la hombrera de la camisa como cuando se lleva a alguien detenido. ¿Qué habrá hecho?, me pregunto. A los pocos pasos me doy cuenta de que lo están arrastrando hacia el camino de salida a la calle. Su prisión no está en su mundo de oscuridad sino más bien en lo que lleva en las manos: dos paquetes de papel toilette Sutil y dos paquetes de harina de maíz Juana.

No soy malo: lo que estoy es pelando

Me detengo en una arepera aledaña a la Avenida Francisco de Miranda para comprar un agua mineral. Cuando estoy pidiendo una voz se dirige hacia mí: “Cómprame una arepa”. Volteo la cara y veo a un muchacho que parece un universitario. Tiene su ropa sucia y manchada de calle y un morral multicolor cargado de negrura. En su mano un vaso de agua que bebe como administrando la escasez; lo único que había logrado que le regalaran en el negocio. En segundos pensé que si el muchacho portase ropa limpia y no estuviera tan sucio, pudiera ser un estudiante de cualquier universidad venezolana con la ilusión de una vida por delante, de una carrera, de una familia, no un habitante de la calle. Pero está solitario, más bien desamparado y delante de él lo que tiene es un menú que no puede pagar. Saco de la cartera la tarjeta de débito y le pido a la cajera que le despache la arepa (la cajera me dice que vea el monto en el recibo de papel, que no me podía dar la copia del cliente por la escasez de papel). El muchacho hambriento me da las gracias y me dice: “Yo no soy malo: lo que estoy es pelando”.

La continuidad de los billetes

En diciembre pasado, en el último regreso a Caracas, viví un punto álgido de la crisis cuando Maduro ordenó retirar los billetes de cien bolívares para luego retractarse ante la inminencia de un estallido social. Tres meses más tarde saco 50.000 de la cuenta para tener efectivo durante este viaje que, dividido entre 4.000 (valor aproximado del dólar paralelo o negro del momento), representa apenas unos 12 dólares. El cajero del banco me entrega los $12 en 500 billetes: 200 billetes de cien y 300 billetes de veinte. Le pregunto por los billetes de nueva denominación y me responde: “Esto es lo que hay…”. Empiezo a guardar los 500 billetes en los bolsillos de la chaqueta. En esos días de marzo el clima estaba inusualmente fresco y ameritaba por suerte llevar una chaqueta. También guardo billetes en los bolsillos del pantalón y dentro del interior sujetados por la banda elástica. Salgo del banco en estado de alerta máxima, como un terrorista cargado de explosivos.

Perder la razón

Un día al salir de la estación del metro de Chacao me encuentro de frente con el hombre que cuidaba carros y que ahora se ha convertido en un indigente. Su figura parecía la de un zamuro. Me reconoce porque antes conversaba con él, hace un tiempo, cuando todavía no había perdido el juicio y no andaba con sus pocas y únicas pertenencias a cuestas, que a veces deja escondidas detrás de un matorral o en una casa abandonada por sus dueños que se han ido del país y que no pueden venderla. Pero detrás de ese hombre derribado, abatido, mental pero no físicamente, está una voz limpia y suave que empieza a decir incoherencias, pero que antes de decir incoherencias, “Vengo de la oficina del doctor tal que queda el tal sitio”, me comenta que le faltan 350 bolívares para completar para el pan. De inmediato saco 20 billetes de veinte bolívares y le doy 400 bolívares que sostiene firme en la mano junto a otros tres billetes verdes de cincuenta que traía. Caminamos por la Francisco de Miranda como si fuéramos colegas de trabajo y a medida que proseguían las incoherencias, “Es que la gente no conocía este sistema económico”, con su voz pausada y fina, la gente se nos queda viendo, como una pareja dispareja. Escuchaba lo que decía y le llevaba la corriente de la mejor manera posible. Desde que llegué a Caracas andaba en estado de alerta pero de pronto no tenía ningún tipo de miedo o temor, como si estuviese extrañamente protegido por ese hombre que habita en la calle, que ha perdido la razón, no sé por qué me sentía imbatible, invencible. Seguíamos nuestro paso en parsimonia hasta la esquina de la panadería Pepín, momento en el que me dice “Aquí es donde yo compro el pan”, como si de un buen burgués francés se tratara, llegando a su barrio exclusivo a comprar su pan canilla. “¡Nos estamos viendo!” le digo, y el entrar al establecimiento se salta la gigantesca fila y nadie le dice nada.

Mataron al Canilla

Como si no fuese suficiente con la escasez de alimentos el gobierno arremete contra las panaderías. Bajo el argumento de una supuesta protección a los derechos de los consumidores se despliegan alrededor de 10.000 inspectores con el fin de “garantizar” el suministro del pan canilla, interviniendo de manera directa en los procesos de producción y distribución, es decir, en términos prácticos: el inicio de la escasez y muerte del pan canilla. Dentro de las medidas anunciadas por el Vice-Presidente, las panaderías deben destinar obligatoriamente 90% de la harina de trigo a producir pan canilla y otras formas de pan a precios regulados y otorgan “libertad” de utilizar el 10% restante de la harina, distribuida a precios regulados por el gobierno, para los productos que el panadero desee.  De paso, la desaparición de la harina precocida había hecho que los venezolanos compraran más pan como opción a la arepa.

Fue así como llegó la expropiación a las puertas de la panadería de Eduardo dos Santos, dueño de Maison Bakery, que se convirtió en el primer establecimiento de pan intervenido por el gobierno. Ubiquémonos: el local queda en la Esquina de Cuartel Viejo, muy cerca del Palacio de Miraflores. Dos Santos tiene 25 años al frente de su negocio, un negocio que creó, junto con otro socio, con la esperanza de una vida mejor luego de emigrar de Portugal. Al comerciante de 52 años lo acusaron de acaparar más de 300 sacos entregados por el Estado. El miércoles 15 de marzo llegaron integrantes de un colectivo y sacaron a Dos Santos de su negocio, le quitaron las llaves de su esfuerzo de 25 años, cambiaron las cerraduras y, según declaró él mismo a la prensa, le dijeron: “arráncate de aquí”. A los dos días del hecho la panadería mostraba otro nombre,“Minka”, y había una representación del Simón Bolívar deformado por la necrofilia, así como retratos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Luego los colectivos que pasaron a operar el negocio colocaron un cartel en la Santamaría que decía:

Se les informa a los transeúntes y a la Comunidad que esta Panadería se encuentra bajo proceso de intervención, por tales motivos solo se les estará produciendo Pan Salado para ser distribuido a los CLAPS de la parroquia Altagracia por orden del Estado Mayor de Caracas. Pedimos su colaboración, comprensión y apoyo. Comunidades al mando: volveremos x todos los caminos.

Se conoció a través de varios mensajes de Twitter y de fotografías difundidas que el líder del colectivo que tomó la panadería, José Solórzano, vocero de “los productores libres del pan”, es el mismo que se puede ver, más joven, en otra foto en el 2004 cuando un grupo de chavistas derribaron y partieron en dos la estatua de Colón en Plaza Venezuela. Aparece Solórzano colocándole la soga de horca en el cuello a la estatua de Colón, así como ahora colocaba la soga de horca al negocio del que ni él ni los colectivos tenían la menor idea de cómo operar. Estatua derribada, panadería derribada: la destrucción como leitmotiv de la Revolución Bolivariana. Y me recordaba de las palabras de Cabrujas: “Provengo de un pueblo de grandes ‘derrumbadores’, un pueblo demolicionista que hizo del escombro su emblema”.

El 21 de marzo se registró una protesta contundente y concurrida de los vecinos de la Avenida Baralt frente a Maison Bakery (recordemos su cercanía con Miraflores) para expresar su repudio a la expropiación y posterior venta exclusiva de pan a los CLAPs. La protesta pacífica hizo que colectivos motorizados armados hicieran acto de presencia y se colaran a la fuerza en algunos de los edificios aledaños donde viven los que protestaban. Hubo tumultos, golpizas, incluyendo “coñazos a la jeva”, según se desprende de los videos, y llegó la Guardia Nacional. La nutrida multitud gritaba “¡Las calles son del pueblo, no de la oligarquía!”, lo que quiere decir a todas luces que los colectivos y la Guardia Nacional eran ahora vistos como “la oligarquía”.

En esos días, la Crónica Negra de Últimas Noticas reporta que un delincuente altamente buscado en la zona limítrofe de La Guajira venezolana fue abatido por funcionarios policiales. Al delincuente lo llamaban “Papi Canilla”.

Vida y muerte en la cola

La acera se mancha de sangre. Hay una algarabía in crescendo y, de pronto, una funcionaria de Protección Civil lleva en sus manos a un bebé cubierto de un paño y le sigue detrás otro hombre que empuja una camilla donde está echada una mujer. Una mujer que repentinamente dio a luz haciendo fila en el Hipermercado Lahu en Coro. De tanto esperar en la fila rompió agua con el desenlace repentino que trajo el niño al mundo. La información la confirma Vanesa Flores, dirigente de Un Nuevo Tiempo en Falcón, en su cuenta de Twitter. Un reportero gráfico, Billy Castro, sube el video del momento del parto y le agrega el hashtag HechoEnSocialismo, la misma marca que el gobierno metido a empresario-comerciante-expropiador ruinoso estampa en algunos productos como Los Andes o Fama de América, esa frase-emblema. Y me imagino la historia de este niño signada por las circunstancias, dentro de unos años cuando le pregunten: ¿Y tú dónde naciste?, a lo que irremisiblemente tendría que responder: “En la cola de un supermercado para comprar comida”. Un niño #HechoEnSocialismo un viernes 10 de marzo de 2017.

Se observa la presencia de la Policía Nacional Bolivariana. La entrada del supermercado Luz en Chacao está delimitada por cintas plásticas amarillas como cuando ocurre un crimen. Miguel Edicto Torres, de 79 años, hace fila desde temprano para comprar comida y, en medio del ajetreo y la espera, de manera inesperada y repentina, como cuando la mujer dio a luz a su hijo en Falcón, fallece de un infarto. En las imágenes del incidente se puede observar su cuerpo cubierto por unas bolsas plásticas negras de basura, como si fuese algo normal y digno cubrir a un hombre muerto con unas bolsas de basura, ahora que irónicamente tanta gente comía de la basura. Su cuerpo sin vida echado en la entrada del automercado que, como paradoja, se llama Luz. Uno de sus brazos sobresale del manto negro de bolsas y se ve que tiene una camisa de rayas rojas y blancas. Un hombre muerto de 79 años es cubierto por bolsas de basura, como una metáfora de lo reducido que se había vuelto el valor de una vida en la República Bolivariana.

Más allá de la triste escena narrada anteriormente, la gente no se mueve de la fila a pesar de que el cadáver está en la entrada del establecimiento. Hombres y mujeres, muchos de la tercera edad, permanecen estoicos, como soldados que deben convivir con los cadáveres de sus compañeros y amigos en una guerra, fallecidos súbitamente por una bala o una esquirla de una granada. Sería un atrevimiento hacer juicios de valor. Hambre es hambre. La gente tenía en promedio cuatro horas de espera en el automercado Luz cuando Edicto se desplomó. En un video reproducido en las redes, en la cuenta Twitter de Lysaura Fuentes, periodista de sucesos con diplomado en Criminalística del Ministerio Público, varias personas  señalan el cadáver y una voz cuenta lo acontecido: “Esto es por culpa de una cola, por dos kilos de harina… se ha muerto por hacer una fila… dos personas en el día de hoy: uno aquí en Chacao y otro en Las Mercedes… después de cuatro horas en la cola mira cómo quedó: en el piso… gracias ti: Presidente Maduro”.

En innumerables ocasiones en este viaje presencié el agite de colas gigantescas. Casi siempre los protagonistas eran extraños a la zona donde aparecía un alimento. Conatos de golpizas, grupos de bachaqueros se reunían en pequeños círculos en las filas, planificando cómo sería su estrategia de compra-venta. Había conmoción cuando llegaba, por ejemplo, el arroz o la pasta. La cola donde vi que había mayor exaltación fue en la que se aseguraba que llegaría Harina Pan (que no pasó de ser un hecho futuro a mis ojos).

¿Cómo era posible que en Venezuela se había llegado a tal punto en el que era posible un titular de una noticia publicada por El Nacional el 25 de marzo?:

Mataron a sordomudo en cola de supermercado

“José Antonio Rodríguez, de 20 años de edad, recibió un disparo en el cuello el jueves (23 de marzo) a las 8:00 a.m. en el sector Las Flores del casco central de Santa Teresa del Tuy al forcejear con dos hombres que le robaron el dinero que tenía para comprar comida. El joven, que era sordomudo, estaba en la cola frente a un supermercado desde las 4:00 a.m”.

Donde no se quema la basura

Camino desde Chacaíto hacia Sabana Grande, cerca del lugar donde el domingo 19 de marzo un niño de 10 años y una niña de 15 años asesinaron salvajemente a puñaladas a dos sargentos del Ejército cuando salían de una tasca: Yohan Miguel Borrero Escalona, de 26 años de edad y  Andrés José Ortiz, de 23 años. La basura quemada aparece en distintos sitios del recorrido, en la calle, en el borde de la acera con la calle, cerca de la entrada del metro, en distintos lugares. Las fallas generalizadas en la recolección de basura, sobre todo en el Municipio Libertador, obliga a que las personas la tengan que quemar en plena calle. “La comunidad se ha visto obligada a tomar esta medida, aunque reconoce los daños ambientales que ocasiona, debido a los retrasos en el servicio de recolección por parte de la empresa Supra”, se lee en una nota de El Universal. La página oficial de esta compañía dice: “Supra-Caracas es una empresa prestadora del servicio de aseo urbano, recolección de residuos sólidos, barrido, limpieza y lavado de áreas públicas del revolucionario Distrito Capital suministrándole soluciones integrales en materia medioambiental. Fundada en agosto del año 2011, por disposición del Comandante en Jefe, nuestro presidente Hugo Rafael Chávez Frías”. Se reporta que en varias urbanizaciones el camión de recolección no había pasado en tres semanas y en parroquias como San Bernardino y El Valle los contenedores están desbordados.

En muchos lugares donde no se quema la basura es común ver a la gente comer desechos de las bolsas negras. Están juntos, padre, madre e hijos, sentados en círculo alrededor de la basura. Los observo mientras cenan en la penumbra que genera un poste de luz caído que parece más bien deprimido. A medida que transcurrían los días la escena se volvía frecuente: ver personas buscando alimentos dentro de las bolsas de basura. Una amiga me dice que su familia tiene el cuidado de colocar los restos de su comida dentro de pequeñas bolsas que a su vez colocan dentro de la bolsa negra grande. Lo hacen para facilitarle la búsqueda a los que hurgan por alimentos, hombres, mujeres y niños, para que no se contaminen las sobras con el resto de la basura. Y entonces surge el espíritu de solidaridad y compasión, el nuevo venezolano que emerge con un nuevo temple, con valores distintos, muy diferentes a los de la Venezuela de la abundancia pero, eso sí, con mucho menos peso corporal.

Ruperta soy yo

Una de los hechos que más me afectó en este regreso a Caracas es lo culpable que me sentí cuando me detenía a comer algo en un lugar de tránsito. Ver las caras de las personas, las miradas de resignación, algunas de que casi te puedo saltar encima, hacía que el comer una simple hamburguesa de pollo se convirtiera en un símbolo de estatus. Ya no importa si alguien carga un reloj de marca (a los delincuentes sí, por supuesto), lo que quiero decir es que la verdadera señal de poder adquisitivo hoy en día en Venezuela es el poder pagar una comida. Lo que debe ser un derecho y un acto normal en casi cualquier país se convierte en una ostentación. En los mediodías nunca había visto a tanta gente, empleados de oficinas, comer dulces, helados, ingerir algo barato con calorías como estrategia de sobrevivencia. Dejé de comer en la calle o, al menos, en lugares donde pasaba la gente.

Ruperta, la elefanta del zoológico de Caricuao se ha convertido en un símbolo del país. La desnutrición se debe a que solo recibe como alimentos auyama y lechoza, así como tantos venezolanos que solo pueden comer una fruta o una yuca que puede ser amarga y que hacia finales de marzo, según Provea, ha causado la muerte de veinte 20 personas. Recuerdo, con el humor “amargo” del Chuiguire Bipolar, cuando difunde la noticia ficticia , pero no tan distante de la realidad de los venezolanos: “El joven Manuel Díaz, que a mediados del año pasado fuera noticia por su alergia al mango (uno de los pocos alimentos diarios de muchas personas; por ello se vuelve una escena común en Caracas ver a gente lanzando piedras para tumbar mangos, como se hace en los llanos) volvió a dar de qué hablar el día de hoy, pues estando completa y absolutamente cansado de toda la situación por la que atraviesa el país, intentó quitarse la vida comiendo yuca; sin embargo, el tiro le salió por la culata, ya que lo que le vendieron como yuca amarga terminó siendo yuca dulce”. Ya no con humor ácido y muy en serio, el New York Times en su pasada edición del 25 de diciembre, un día después de navidad, informa de la muerte de un joven venezolano por comer yuca amarga: His name was Kevin Lara Lugo, and he died on his 16th birthday. Los padres de Kevin tenían días de comer poco pero caminaron a un lugar, en medio de la desesperación, donde consiguieron la yuca para celebrar el cumpleaños de su hijo con un pastel, un pastel de yuca, de yuca amarga, tan amarga como la cotidianidad que vivimos. Los venezolanos somos en estos tiempos como la elefanta del zoológico de Caricuao. Ruperta pesa ahora unas cuatro toneladas cuando su peso normal debería estar entre cinco y seis toneladas. La Encuesta sobre Condiciones de Vida (Encovi), realizada entre varias universidades país (UCAB, UCV, USB), concluye que para el 2016: 74.3% de los entrevistados manifestaron haber perdido 8.7 Kg en promedio. El 86.3% come solo una o dos veces al día. El 81.8% de los hogares venezolanos se encuentran en estado de pobreza.

Reponer la venda

Desciendo a la estación de metro. Compro un boleto de Bs 4 de una sola vía. El de ida y vuelta cuesta Bs 8. Convertido a 4.000, un billete de metro cuesta 0,001 dólares y el de ida y vuelta 0,002 dólares. El costo parece una broma de mal gusto. Ni con un céntimo gringo se podría físicamente comprar un boleto de metro. Pago con dos billetes de dos bolívares. Introduzco el ticket amarillo irónicamente de la misma dimensión y diseño que el del metro de París. Desciendo a la estación y la gente hace fila siguiendo las flechas que marcan el punto de abordaje de los trenes. Por algún motivo, en apariencia incoherente, me recuerdo de la máscara de calavera negra tipo Halloween utilizadas por miembros de la Dirección General de Contrainteligencia Militar en un operativo de las OLP, Operación de Liberación del Pueblo, en El Valle, pero es mi imaginación que dispara esta imagen, tal vez pensando que una criatura así podría emerger desde lo oscuros túneles del metro. Todo se ve tranquilo. Un amigo me cuenta: el metro de Caracas es gratis, gratis porque hasta en algunas estaciones han reventado los torniquetes de acceso de lo deteriorado que está. Pero también pienso: ¿qué más gratis que el costo irrisorio de $ 0,001?  En este retorno a Caracas utilicé el metro en diversas ocasiones. Los vagones no están en mal estado, alguien me comentó que eran vagones “nuevos”, y así deben serlos porque antes existían puertas de separación. Ahora parecía un solo gran vagón conectado interiormente por sub-vagones. Los trenes iban repletos. La gente parecía susceptible a los roces y acercamientos y presencié un par de conatos de pelea entre adolescentes. En esos viajes subterráneos pude ver a un niño llanero que podía tener unos siete años que tocaba maracas y pedía dinero. Había vendedores de chupetas y dulces, recitadores del apocalipsis, suplicantes de dinero.  Entre todos, quien más me llamó la atención fue un señor con verbo delicado y un pie con una venda del que sobresalía un pie anormalmente inflamado. Y decía: “Deme algo para cambiar la venda, se lo agradezco, no sabe cuánto lo necesito”. La gente le daba algunos billetes devaluados y el hombre sonreía, aseguraba que se multiplicaría en bienestar para ellos y agregaba: “Ya me falta menos para reponer la venda, ya me falta menos”.

Se acabó la gasolina y Expo Potencia

Así como en diciembre me tocó vivir la crisis de los billetes en este viaje me correspondió presenciar la crisis de la gasolina. Salimos luego de una noche literaria con la escritora Victoria de Estefano en la Librería El Buscón de Paseo Las Mercedes, y nos topamos con una cola gigante en la bomba de Las Mercedes. Luego de una larga espera llenamos el tanque por solo Bs 35 y con gasolina de 91 porque no había de 95 octanos. De nuevo hago el cálculo y habíamos llenado el tanque con $0.009. El amanecer del día siguiente trajo filas de carros que sobresalían de las bombas. Era cierta la noticia: ¡se acabó la gasolina! Se acabó la gasolina en Caracas y en muchas ciudades del interior. Los ánimos estaban caldeados, la ciudad se transformó en un enjambre de carros paralizados y gente enojada, ya se hablaba de un nuevo estallido. A la escasez de medicina, alimentos, efectivo y para usted de contar, se sumaba la emblemática gasolina. Las refinerías venezolanas generan alrededor de 21.15% del combustible que se consume en el país y el resto se tiene que importar; una potencia petrolera con las mayores reservas de petróleo del mundo que debe importar casi el 80% de su gasolina. Esa misma semana el gobierno tiene el cinismo de inaugurar una feria en el Poliedro de Caracas, amparada por una descomunal propaganda, donde se pretendía presentar los avances de los llamados quince motores de la economía, el desarrollo de las empresas del Estado y algunas del sector privado, bajo la exposición Expo Venezuela Potencia 2017. El mismo cinismo con el que se pretende vender las bolsas CLAP, cuyos productos mayoritariamente son importados y se habla del lema Hacia la soberanía alimentaria. Ni gasolina ni alimentos. Un país de ficción chavista que se construye en base al engaño y la mentira.

Hazte un selfie

En la zona de embarque de Maiquetía descubro una maqueta con una reproducción del famoso mural de Cruz-Diez de los adioses de Maiquetía, el de los corazones partidos, de las familias fragmentadas. Detrás del recuadro cinético, al fondo, dos fotografías gigantes de túneles de embarque. No me había fijado en ese stand que el IAIM ofrece al visitante para hacerse un selfie. ¿No era redundante para empezar? ¿Por qué no tener de fondo un paisaje de Canaima, de Los Andes, Margarita o Los Roques? Me quedo pensando y me imagino haciéndome un selfie, pero no estoy solo: en mi imaginación me encuentro con Ruperta, con el estudiante arruinado que me pidió que le comprara una arepa, con el indigente con el que caminé por la Francisco de Miranda para comprar el pan, con el señor Miguel Edicto Torres ahora resucitado y con su camisa de rayas rojas y blanca, con la mujer que dio a luz en Coro en la cola de un supermercado y que carga a su hijo, con el invidente que llevaban forcejeado en el Centro Comercial Los Ruices con sus dos paquetes de papel Sutil y harina Juana, con los dos militares asesinados por dos menores de edad en el Boulevard de Sabana Grande pero ahora revividos, con el señor Eduardo dos Santos que le expropiaron su Maison Bakery, con el hombre que pedía dinero en el metro para comprarse una venda para su pie inflamado, con el niño Kevin resucitado luego de morir al comerse un pastel de yuca amarga en su cumpleaños, estoy también con la familia que cenaba alrededor de las bolsas de basura bajo la tenue luz de un poste deprimido. Todos están conmigo, estamos listos para el selfie con el mural de Cruz Diez y los túneles de embarque de fondo. Les pido que sonrían para la foto del recuerdo pero la alegría no se les dibuja en el rostro, la elefanta no tiene energía para levantar la trompa, entonces les pido que digan “Ruina”. Y todos sacan la fuerza quién sabe de dónde y exclaman ¡¡¡RUIIIIINAAAAAAAAA!!!, se oye estruendoso en el aeropuerto y los pasajeros voltean a ver. Hago click y tomo la foto. Salgo de mi alucinación y me propongo contar la historia de esta fotografía.

Aún no estoy muerto; por Pedro Plaza Salvati

1 El hombre parece transfigurado por el peso de unos años repentinos que no se corresponden con el tiempo cronológico. Se le ve mucho más envejecido de lo que supone su edad y más tratándose de una persona con una extrema capacidad de trabajo. El televidente no sale de su asombro cuando lo ve caminar

Por Pedro Plaza Salvati | 4 de febrero, 2017
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Phil Collins. Fotografía de Drew Gurian para AP

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El hombre parece transfigurado por el peso de unos años repentinos que no se corresponden con el tiempo cronológico. Se le ve mucho más envejecido de lo que supone su edad y más tratándose de una persona con una extrema capacidad de trabajo. El televidente no sale de su asombro cuando lo ve caminar en el patio de su casa en Miami, de medio lado, con la ayuda de un bastón, junto a su entrevistador, Jim Axelroad, del prestigioso programa CBS Sunday. Los acompaña un perrito en su andar paulatino al lado de la piscina. Se le nota con sobrepeso y tiene dificultad para oír.

Dentro de su casa, ya sentado y visiblemente agotado, hace un esfuerzo importante para responder a las preguntas. Habla con abrumadora sinceridad, como alguien que ha pasado por todos los infiernos. Por momentos echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y regala una sonrisa a la cámara. Su aspecto es un tanto desgarbado, con su camisa de cuadros como del oeste americano (fue el mayor coleccionista privado en el mundo de objetos de la batalla de El Álamo, una afición que nació en su infancia por su admiración por el héroe David Crockett).“Cuando te has casado tres veces, tienes cinco hijos que no viven contigo, y te has divorciado tres veces, comienzas a preguntarte si eres tú quien tiene un problema. No siempre la culpa puede ser de otro”, le dice a Axelroad, que pareciera conferirle un trato condescendiente.

Como parte de un calvario interno ha pasado los últimos tiempos mirando hacia atrás, desafiando a los recuerdos, para escribir su autobiografía. Al mismo tiempo intenta ir hacia adelante con una gira de resucitación que lleva el mismo nombre de sus memorias: Not dead yet, en cuyo prólogo nos dice: “Aun no estoy sordo. Aun no estoy muerto… Me llamo Phil Collins y soy batería, y sé que no soy indestructible. Esta es mi historia”.

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Recuerdo todavía el tour llamado Both sides of the world, fresco en la memoria, cómo deleitó al público con un portentoso y largo concierto de veinticuatro canciones, con su insaciable energía y talento, el 28 de abril de 1995 en La Rinconada, detrás de la cúpula del Poliedro, al aire libre y bajo las estrellas. El inicio de la fama de Phil Collins, que ha vendido más de 250 millones de discos, se remonta al momento crucial cuando respondió a un aviso de prensa en 1970 en el que se buscaba un baterista con sensibilidad para la música acústica. La cita fue en la casa del padre de Peter Gabriel.

Un año más tarde salía al mercado Nursery Crime, que marca el debut de Phil Collins como baterista de Genesis. Gabriel, el de las actuaciones teatrales e inigualable voz (valga mi parcialidad en la polémica Collins vs. Gabriel), anuncia cinco años más tarde su retiro de la banda, con aquellas memorables palabras que hirieron de muerte a sus seguidores: “Sentí que me estaba convirtiendo en un estereotipo, una suerte de estrella de rock que buscaba gratificación de su ego. No me gustaba la situación y no me sentía libre”. Collins, que venía haciendo los coros, sustituye a Gabriel y continúa, por los momentos, desempeñándose como baterista. El Genesis de Phil Collins como líder vocalista (la voz era similar a la de Gabriel aunque se notaba la diferencia), continúa siendo de corte experimental por un tiempo, pero luego se concentra en producciones más comerciales. Muchos seguidores de Gabriel, que ofreció míticos conciertos en Caracas el 9 de octubre de 1993 y el 19 de marzo de 2009, culpan a Collins de esta metamorfosis.

Al mismo tiempo, y en paralelo a los últimos años de vida de Genesis antes de disolverse en 1996 (aunque siempre está presente el tema de los reencuentros del grupo), Collins lanzaría al mercado exitosos álbumes como solista, una carrera en solitario que mantendría hasta el año 2005. En su libro de memorias de 452 páginas, tan expansivo como ha sido su vida, nos dice:

“Mi oído aguanta bien, lo cual es un gran alivio. Todo el mundo se lo está pasando de maravilla. ¿De verdad voy a retirarme, a mi edad? (al concluir la gira —First Final Farewell Tour— tengo unos cincuenta y cuatro años bien llevados). Pero mi decisión es inquebrantable. Dije que esto sería el final. Tengo que ceñirme a mi palabra… Estoy contando los días, cerrar la puerta a una vida sobre los escenarios, volver y dedicarme a un trabajo que llevo anhelando toda la vida pero nunca he podido disfrutar: el de ser un buen padre”

Esta radical decisión refleja un eje narrativo del libro: la incapacidad de Collins de conciliar o poder llevar de manera simultánea su extrema adicción y entrega al trabajo como músico y al hecho de ser un hombre de familia. No puede ubicarse en el centro, encontrar el equilibrio, solo aferrarse a los extremos. Al poco tiempo de su regreso a casa, en el 2006, comienzan los problemas maritales y en el 2008 se divorcia de su tercera esposa.

En la medida que los cincuenta años de tocar la batería le fueron pasando factura, Collins se iba desprendiendo del instrumento. Sus males se multiplicaron: dolor de oído, problemas serios en las vértebras, una lesión en el cuello que le impide inclusive sostener las baquetas, los nervios de los codos desencajados, el uso de esteroides, alcoholismo y la caída en un estado depresivo agudo.

3

Nelson Sardá es uno de los mejores y más reconocidos bateristas de Venezuela. Aparte de ser productor musical e ingeniero de sonido graduado de la Universidad de Miami, toca la batería y ha grabado discos en sus géneros preferidos: Jazz, Latin, World, Ska, Pop, con renombradas figuras nacionales e internacionales. Le pregunto:

—Nelson, ¿cuántos años has tocado la batería?

—Llevo tocando batería desde 1973, es decir, 44 años.

—¿Tienes alguna lesión, si se quiere crónica o degenerativa, producto de tu trabajo?

—Sí, sufro de tinnitus (tonos permanentes de frecuencias medias altas) y es debido a mi exposición a altos niveles de presión sonora en los conciertos de los años 80 y 90 y es una condición crónica.

—¿Algún problema de audición?

—Aparte de una leve pérdida en el oído izquierdo en 8.000 hertz, no tengo problemas de audición. De hecho, estoy por encima del promedio para mi edad (55 años). En parte es porque tomé previsiones al respecto, aunque quizás un poco tardías, como usar tapones y adaptarme a sistemas de monitoreo a bajo nivel sonoro.

—Me imagino que conoces el caso de Phil Collins. Cincuenta años tocando batería y su imposibilidad de lograr un equilibrio en su vida familiar lo ha llevado a una situación extrema, al punto de tratar de matarse. ¿Qué opinas de su caso en particular?

—El caso de Phil Collins es dramático pero no es extraño ya que muchos artistas famosos sufren de depresión, recordemos a Robin Williams, por ejemplo. Eso quizás se deba más al manejo de la fama. Sin embargo, su deterioro físico, aparte del alcohol, no creo que se deba al hecho de ser baterista aunque su pérdida auditiva sí puede tener relación con ello. A mí me extraña que no haya tomado prevenciones al respecto, más aún considerando que un artista de su talla ha tenido la mejor tecnología a su disposición.

—¿Cómo crees que te sentirías si por alguna imposibilidad física dejaras de tocar la batería, o te retiraras de golpe del mundo de la música solo para dedicarte a una familia?

—En ese sentido tengo una experiencia por un accidente en mi dedo anular izquierdo. Tuve que someterme a tres operaciones, lo que me llevó en ciertos momentos al borde de terminar mi carrera como baterista. Afortunadamente el dedo se pudo reconstruir aunque no quedó igual que antes y tuve que adaptar mi técnica a mi nueva situación. Gracias a Dios y a la vida, también soy ingeniero y productor musical, cosa que contrarrestaría un poco el impacto en caso de que por algún motivo no pudiese tocar más la batería. Sin embargo, debo admitir que la sensación de riesgo fue muy fuerte y traumática por lo que puedo entender el que haya personas que entren en una depresión por un motivo similar, como fue el caso de Keith Emerson. (Según se desprende de varias fuentes, Keith Emerson, el talentoso músico, miembros de uno de las grandes bandas de los años setenta, Emerson, Lake & Palmer, se quitó la vida en su casa el 10 de marzo de 2016. Se habla de una severa depresión motivada por problemas degenerativos en los nervios de una mano, lo que le habría impedido continuar tocando los teclados).

4

En un reportaje de Rolling Stones de Noviembre de 2010, Phil Collins afirma haber vivido vidas pasadas (un tema que lo persigue desde antes, como confiesa en el libro), haber tenido experiencias paranormales y admite, lo más triste y asombroso, pensamientos suicidas.

“Algunas veces pienso que voy a sacar al personaje Phil Collins fuera de la historia. Phil Collins desaparecerá o será asesinado en alguna habitación de hotel y la gente se preguntará: ¿qué le pasó a Phil Collins?…Claro, yo no me volaría la cabeza. Tomaría una sobredosis o algo parecido que no hiriera tanto a mis hijos”

Irónicamente el título de su famosa canción Sussudio (que no significa nada, aparentemente), pareciera juguetear con esta noción; al menos por su sonido en español.

En el programa CBS Sunday, Phil Collins intenta infructuosamente tocar en un piano de su casa de Miami la exitosa pieza Against all odds, ganadora de un Grammy, nominada al Oscar y que llegó al Número 1 del Billboard en Estados Unidos. Axelfold, incrédulo, le pregunta:

—¿No puedes tocar Contra todas las probabilidades? Mírame ahora — (ironía la del título).

—No… Me la puedo aprender —contesta Collins con humor —: pero no… no la puedo tocar.

El talentoso músico británico relata al periodista una situación limítrofe que vivió en la que casi pierde la vida:

—¿Qué tan grave fue? —pregunta Axelfold.

—Oh, el doctor dijo que estaba a las puertas de la muerte —responde Collins.

—¿Cómo? ¿A las puertas de la muerte?

—Sí, eso fue lo que dijo el doctor. Me encontraba en la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital en Lausana. Mi páncreas se había jodido. Algunos órganos se estaban apagando. Y el doctor le dijo a Lindsay, que es mi asistente: ¿los papeles del señor Collins están en orden? Se lo pregunto porque creemos que no sobrevivirá.

5

¿Por qué una persona que parece tenerlo todo se torna tan infeliz? ¿Qué complejidad de la condición humana hace que no se pueda conciliar trabajo y familia? ¿Se trata de un desbalance químico, una cuestión de personalidad, o más bien la unión de ambos factores? ¿A qué podemos entonces atribuir el hecho de que personas que aparentemente lo tienen todo intenten quitarse la vida? Para darnos luces sobre este espinoso tema, consulté al Doctor Manuel Gómez Rojas, Médico Psiquiatra del Centro Médico de Caracas, formado en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad de Londres, quien nos comenta:

“El suicidio es para los psiquiatras el cáncer de la especialidad. Ante la pregunta del porqué una persona que parece tenerlo todo intenta o llega a suicidarse, nos lleva a considerar el suicidio en varios aspectos. El primero y más importante es como consecuencia a una enfermedad terrible que es la depresión. El depresivo vive en un oscuro túnel, solo y sin respuestas y ve como única solución llegar a su final que es la muerte. No podemos olvidarnos del factor genético y/o cultural como causa de una depresión. Otro aspecto a considerar es el suicidio filosófico, personas que parecen estar en el más allá de la concepción humanística y que avanzan ante un mundo que pareciera estar en otra dimensión. Cuando un paciente depresivo desarrolla un pensamiento obsesivo o intrusivo de suicidio, sabemos que estamos ante una situación muy seria y a veces inevitable. Nunca tomamos a la ligera la ideación suicida. Cuando somos capaces de meternos en el drama del deprimido comprendemos, aunque no justificamos, el acto suicida. La otra consideración patológica es el suicidio como parte de una enfermedad psicótica, como la esquizofrenia, donde los elementos persecutorios a veces se transforman en comandos de muerte propia o de los demás, a veces los esquizofrénicos se suicidan en esos momentos de mejoría cuando se dan cuenta de su enfermedad, un poco como sucede con los depresivos que se suicidan cuando al darle antidepresivos o bien adquieren la fortaleza para realizar el acto o tienen una desinhibición producto del medicamento antidepresivo, por eso extremamos el cuido al comenzar la medicación”.

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En enero de 2016 Phil Collins anuncia, como en la letra de la canción Llévame a casa (Dios he sido un prisionero toda mi vida), que Orianne Cevey y él han decidido regresar a la vida en pareja junto a sus dos hijos. Luego de haberle costado 25 millones de libras esterlinas (unos 31 millones de dólares) el arreglo de divorcio con su tercera esposa en el 2008, uno de los más costosos de la industria, adquiere la casa de Miami donde se desarrolla la entrevista para el programa CBS Sunday. La recién recuperada estabilidad familiar le da el impulso para volver al escenario con su hijo tocando la batería.

Aunque todavía se ve demacrado por años de penurias emocionales, 2016 es el año del regreso, de susurrarle al mudo: Aún no he muerto. Collins está preparado para dar un concierto (algo que no ha hecho en años) en el Jackie Gleason de Miami. Dice en su autobiografía:

“Primera vez que actúo en público junto a uno de mis hijos, Nicholas (encargado de la batería), que tiene catorce años…El éxito es enorme, mucho mejor (y mucho más divertido) de lo que me esperaba….Después del concierto me quedo solo en el camerino, me siento ahí, absorbiéndolo todo, recordando los aplausos, pensando: ‘Cuanto lo echaba de menos’… Y, sin embargo, descubro, aquí en Miami, en marzo de 2016, que la música hace todo lo contrario de lo que ha hecho durante años. En lugar de separarme de mis hijos me está uniendo a ellos”

El Not Dead Yet Tour llevará a Phil Collins el próximo mes de junio de 2017 a Londres, Colonia, París, Dublín y de vuelta a Londres. Hay puertas que resulta mejor no cerrarlas.

Crónica de un regreso a Caracas IV: más allá del absurdo; por Pedro Plaza Salvati

Se pulen faros A los seis meses de la fractura de la cabeza de radio que sufrí en el regreso anterior a Caracas, me encontraba de nuevo pisando el aeropuerto de Maiquetía en la época decembrina. Mientras esperábamos a que nos buscaran, un hombre parecía haber impuesto un cerco territorial en el área donde se

Por Pedro Plaza Salvati | 29 de diciembre, 2016
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Fotografía de la serie Hasta en la sopa, de Diego Vallenilla. Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

Se pulen faros

A los seis meses de la fractura de la cabeza de radio que sufrí en el regreso anterior a Caracas, me encontraba de nuevo pisando el aeropuerto de Maiquetía en la época decembrina. Mientras esperábamos a que nos buscaran, un hombre parecía haber impuesto un cerco territorial en el área donde se recoge a los pasajeros. Se movía como un trompo o como si le hubieran inyectado algún tipo de acelerador químico. No permitía que nadie montara en paz las maletas en los carros o taxi. Dos guardias nacionales observan a poca distancia sin intervenir en la dinámica monopolizada. Cuando se acerca la persona que viene a buscarnos le pedimos que ingrese al estacionamiento, que nosotros caminamos hacia arriba, que es preferible pagar el ticket para poder montar las maletas con tranquilidad dentro del carro.

La entrada a Caracas siempre sorprende cada vez que se produce el reencuentro. Uno no deja de percatarse del acentuado deterioro de las fachadas del paisaje urbanístico. Ese deterioro hace que la belleza del Ávila contraste cada vez más con la ciudad. Los letreros de Cacique tienen copado el panorama. En otras vías habré de observar, con el trascurrir de los días, además de la masiva publicidad del ron, anuncios más pequeños adheridos como garrapatas a los postes de luz, tales como el del libro Virgen a los treinta II o la presentación del show de Emilio Lovera: Emilio y el malandro asustao. Me llama la atención un grafiti con los ojos de Chávez: “Ay Nicolás, veo escasez”, como si esos ojos de ultratumba pudieran darse cuenta de la situación crítica de desabastecimiento de comida, medicinas y casi que de cualquier tipo de bien.

Al llegar a nuestro destino, nos dirigimos a un pequeño supermercado y luego a una panadería. Oigo a un hombre en la caja registradora que comenta: “Si pregunto el precio me molesto, si no pregunto el precio igual me molesto”. Luego de esperar con paciencia para pagar, me llama la atención un letrero encima de la caja registradora: “El cigarrillo da mal aliento, pérdida de muelas y cáncer de boca”. ¿No debería ser el orden justamente inverso?: cáncer de boca, pérdida de muelas y mal aliento. Orden invertido, como parecían mostrarse las prioridades del país.

Cerca de donde nos quedamos veo a un hombre con un letrero colgado del cuello: “Se pulen faros”. ¿Se pulen faros?, me digo a mí mismo, sin comprender la utilidad de pulir el faro de un carro: ¿Será la luz acaso más potente luego de la limpieza? El asunto casi se torna abstracto en mi cabeza. Al mismo tiempo lo interpreto como un retrato de las dificultades económicas por las que atraviesa el venezolano. Otro encuentro que me sorprende es el de un bailarín descalzo con un pantalón rojo y con el torso desnudo que hace movimientos de ballet en una calle de alta circulación. Detrás de él lo acompaña otro bailarín con una caja para recoger dinero con una inscripción que dice: “Escuela de danza”. Así como el pule-faros o el bailarín callejero, tanta gente se ve obligada a desplegar la creatividad para ganarse unos billetes devaluados. Hablando de billetes devaluados, en un Farmatodo veo una fotografía de Osmel Souza en la portada de una revista en la que afirma que quisiera ver su rostro en un billete venezolano. Un billete Miss Venezuela.

Tienes el VS dañado

A los dos días de nuestra llegada mi suegra se fracturó la cadera. Lo que había sido un arribo sin mayores incidentes entrelazaba mi fractura de la cabeza de radio en mayo con la fractura de la cabeza del fémur de mi suegra ahora en diciembre. Una fractura por viaje en el núcleo familiar, por lo visto. Y recuerdo lo que pensaba cuando me encontraba ya montado en el avión de regreso en el viaje anterior, luego de superar innumerables escollos para poder abordarlo, me imaginaba qué clase de país iba a encontrar cuando regresara. El país se seguía desdibujando, cada vez más dejábamos de ser lo que éramos, y no se trababa de una nostalgia utópica sino de reconocer que estábamos signados por tiempos de oscuridad en casi todos los ámbitos de la vida.

El viejo vehículo que conservamos, y que nos recuerda que tenemos una vida acá a la que deseamos regresar, tenía el aire acondicionado descompuesto. Así que padecimos del calor en medio de portentosos aguaceros hasta que logramos ponerle media carga de gas, que costó unas siete veces más de la que colocamos en mayo. Pero ese problema no era nada comparado con los extraños giros de cadera (para estar en sintonía con lo que le ocurrió a mi suegra), que daba el carro cada vez que pisaba el freno: se coleaba de un lado.

Luego de una búsqueda de talleres especializados llegué a uno que acertó el diagnóstico: “malas noticias”, me dicen, “tienes el VS dañado”. Y yo disimulaba, con lo poco que sé de mecánica: “¡No puede ser: el VS; qué mala suerte!” Como la pieza de reemplazo costaba una fortuna, la opción fue eliminar la bomba: una suerte de corazón que genera impulsos electromagnéticos y manda el líquido de la liga a los frenos del caucho. Mientras procedían en una suerte de cirugía de bypass, hambriento, me dispuse a almorzar.

Era viernes 2 de diciembre y se habían caído todos los puntos de venta del país. Tenía muy poco efectivo y no podía pagar el almuerzo con billetes. La chequera resultaba más bien un estorbo, casi nadie aceptaba cheques por los límites impuestos, además de que se decía que un cheque cualquiera siempre podía rebotar por defectos de firma. Recorrí varios establecimientos con mi tarjeta de crédito y débito y fue imposible realizar transacción alguna. En los negocios había notas que decían “Aceptamos solo transferencias”. Enviar una transferencia para comprar una hamburguesa de pollo. La tarde de ese mismo día se corría el rumor de que habían ocurrido fallas técnicas en la plataforma tecnológica de Credicard, que maneja Visa y Mastecard en Venezuela. El hecho concreto fue que no pude almorzar. Mientras, el carro seguía en la sala de operaciones con la ejecución del bypass, el ambiente en las calles era de conmoción, rabia, furia, tristeza y resignación.

Los pacificadores

Cuando conducía el viejo vehículo con aire acondicionado reparado y la liga de freno que ya le llegaba a la rueda derecha, al pasar de una estación de radio a la otra, en una de las tantas emisoras del Estado, la 94.5, se hablaba de la paz como si se tratara de una emisora religiosa. Llego a oír: “Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados los hijos de Dios. Jesús de Nazaret”. Esto quería decir en lenguaje codificado pero evidente, en pocas palabras, que los representantes del gobierno y de la MUD son los pacificadores que serán bienaventurados como los hijos de Dios.

Tengo un amigo cuyo negocio, como tantos otros, se encuentra al borde de la quiebra. Al conversar sobre la fallida marcha del 3 de noviembre se dibujaba en sus pupilas dilatadas la decepción y el desaliento. Pero no entremos en ese estado de limbo-incredulidad-desesperanza e incomprensión que atrapó a la gente luego de que se sentaran a negociar ambas partes bajo el amparo de una nocturnidad dominguera.

Caracas no suena

Enciendo la televisión y en algunos canales del Estado veo un inamovible cintillo #SomosChávezyFidel. A fines de noviembre había sido cancelado el evento musical Suena Caracas, organizado por la Alcaldía de Libertador. El mismo se postergó dentro del marco del duelo oficial decretado por el fallecimiento del líder cubano, como si se tratara de un prócer venezolano y no de un jefe de estado foráneo que trató de invadir a Venezuela en varias oportunidades en los años sesenta. Suena Caracas fue realizado unas semanas más tarde, signado por otra clase de luto: el luto por la empeorada situación económica y las siempre crecientes víctimas del hampa.

Un país que no sonaba. Porque a partir de las siete u ocho de la noche la ciudad de Caracas, como casi todo el territorio nacional, se apaga ante el asedio del hampa y de los criminales, transfigurando la festiva idiosincrasia del venezolano. En la radio había oído que en noviembre ingresaron 450 cadáveres en la Morgue de Bello Monte. No debería sorprender la cifra considerando que se trata del primer o segundo país más peligroso del mundo, que coloca al ciudadano común en un constante estado de alerta. Antes, los cafés, restaurantes, gimnasios, negocios en general cerraban mucho más tarde. El alma alegre y alebrestada presa por el terror del hampa. El silencio se apodera de todo. Cerca de las diez de la noche apenas alcanzo a oír el salvaje aullido de dos gatos peleando.

La solidaridad

En medio del ambiente torvo de la calle, paradójicamente, se consolidan sentimientos de solidaridad entre las personas de cualquier estrato social. Cuando las sociedades van mutando debido a cambios de paradigmas, se producen nuevos o reafirmados trazos definitorios de la personalidad de un pueblo. El cúmulo de sufrimiento a lo largo de los años pareciera habernos hecho más sensibles a las demás personas (y esto podría ser uno de los resultados positivos de lo vivido), como para tomar bocanadas de aire en medio lo que Tulio Hernández llama “el abrazo de la boa constrictor”; lo que ha sido el largo proceso de dominación chavista.

Esta actitud es evidente cuando casi todo el mundo trata, de una manera u otra, de ayudar a resolver un problema o asunto de otro y, además, para colmo de lo admirable, con buena cara. Buena cara ante tanta penuria. En un país donde todo se le dificulta al ciudadano, la solidaridad de los unos con los otros ayuda a capear el temporal. Este sentimiento no tiene nada que ver con actitudes decretadas, de tono impositivo, como las vallas con ocho corazones que rezan Venezuela Indestructible, promovida por el oficialismo. U otro anuncio: Los venezolanos no somos flojos. Somos fuerza emprendedora #AquínosehablamaldeVenezuela. La verdad me sorprendió este último letrero porque nunca consideré que los venezolanos fuésemos flojos. Es como sacar un lema que diga: “Los venezolanos no somos introvertidos”.

Es de notar que, así como la solidaridad estaba emergiendo como un rasgo positivo que signa al venezolano de los tiempos difíciles, otro resultado positivo es que también ha surgido una movida cultural significativa. Y es que la gente entre tanto ahogo y desespero debe expresarse: bien sea a través de las artes, corriendo maratones, haciendo yoga, manualidades o subiendo al Ávila. No deja de llamar la atención el documental que se exhibía en los cines: CAP: 2 intentos (el futuro lo escribes tú), de Carlos Oteyza.

La agresividad que se percibe en la calle es más bien selectiva: con cuidado de no meterse con otra persona por las consecuencias que puede tener un intercambio de palabras para reclamar algo. Hay “culillo”, de cierta manera. Por algo los 450 muertos en la morgue de Bello Monte en el mes de noviembre, sin contar las cifras a nivel nacional. Un transeúnte al cruzar un semáforo con el segundero ya en rojo, 3, 2, 1, le hace señas a un pequeño carro de vidrios oscuros para que se detenga. Del carro emana, quién sabe de dónde, una voz que habla desde un altoparlante oculto y le dice al hombre: “¡Quédate quieto!… ¡Quédate quieto!”. Un carro que parece un sarcófago y que hace advertencias, un carro que habla y que amenaza. El hombre, por supuesto, dejó de gesticular de inmediato y terminó de cruzar derechito.

El cuatro de diciembre asesinaron a Renny Xavier Teixeira Rodríguez, de 25 años, hijo del dueño del legendario establecimiento Rey David, que se encontraba de visita en el país en la época navideña, así como le ocurrió a Mónica Spear un fatídico seis de enero de 2015. Hay arraigos que matan. Todo depende del destino y del azar. Los casos emblemáticos suenan en los medios de comunicación, pero por cada uno de ellos hay miles de venezolanos anónimos asesinados para robarles un celular, por oponerse a un robo, porque se miró a los ojos del asaltante o simplemente por capricho. La vida vale un capricho.

Fiesta navideña

Luego de que pasaron los aguaceros iniciales de recibimiento, las mañanas se tornaban esplendorosas. La aparente contradicción del Ávila, el cielo azul decembrino, con la ciudad abatida por las dificultades. Y de pronto, por unos pocos días, empiezo a sentir que hay un leve amago o conato de Navidad. Para ello una muestra: el 10 de diciembre la Alcaldía de Chacao anuncia que habrá una parranda navideña. Cierran la calle Páez desde alrededor del mediodía. Los muchachos montan bicicletas y patinan en las calles. Una serie de atracciones sucede una a la otra: espectáculo de magia, competencias de canto entre niños con el venezolanísimo Burrito sabanero, payasos, música electrónica con un Dj al atardecer y, el punto culminante, cuando ya se encontraba encendida la cruz del Ávila como guía en la proa de un barco a la deriva, dos horas de descarga gaitera. Un repertorio inagotable de furruco, tambora, cuatro y charrasca. La gente bailaba en las calles, por un momento parecía una Venezuela normal y a la vez una Venezuela posible.

Rebasar el punto de quiebre

Al día siguiente, el 11 de diciembre, el Presidente Maduro firma un decreto ordenando el retiro de todos los billetes de 100 bolívares, que representan alrededor del 70% del circulante del país, y otorga 72 horas a los venezolanos para depositar el efectivo en los bancos privados, luego de lo cual habría un período de diez días (acortado a cinco en medio de la improvisación y el sadismo) para depositarlos en el Banco Central. Maduro monta una escena teatral (¿para distraer sobre el fracaso del diálogo?) intentando justificar la medida y dice que incautaron en la frontera un cargamento de billetes montante a 50 millones 301 mil 400 bolívares, que convertido al valor del dólar paralelo de ese día, representa como mucho la suma de unos $16.000. La ha sido medida ampliamente reseñada en los medios de comunicación nacionales e internacionales.

Las colas en los bancos, cercana la fecha al pago de la quincena una semana antes de Navidad, se tornaron gigantescas. Era común ver a personas con maletines, bolsas de todo tipo, hasta maletas enteras de efectivo esperando horas interminables, humillados, para depositar en sus cuentas bancarias los billetes de 100 bolívares que guardaban. Era insólito que antes de esta medida había colas extensas en los cajeros pero para retirar efectivo. Ahora los cajeros estaban holgados, en ocasiones vacíos, la gran masa hacía filas para el procedimiento inverso: depositar en las taquillas de los bancos y poder deshacerse de los billetes de 100. Se dieron casos tan descabellados como gente que depositó sus fondos, luego de una penosa cola, para luego dirigirse al cajero a sacar efectivo y estos le daban los mismos billetes de muerte decretada. Era también inaudito que la gente anduviera por las calles mostrando los billetes sin temor a ser asaltada: los malandros sabían que ese dinero en pocas horas no valdría nada. Emergió también la figura del bachaquero de billetes: aparecían en las colas con los billetes de 50, que sí mantendrían vigencia, y ofrecían a la gente cambiárselos por un monto inferior.

El martes 13, como una fecha premonitoria de males económicos peores por venir, se presagiaba un sacudón financiero, se hablaba de un corralito: ¿por qué sacar los billetes de circulación cuando no habían llegado al país los de mayor denominación? ¿Qué sentido tenía sustraer alrededor del 70% de la liquidez e inhabilitar a los ciudadanos de los medios necesarios, ya de por sí precarios, para realizar sus transacciones? Y lo peor de todo, los más pobres, aquellos que no tenían cuenta bancaria, eran los más afectados. De pronto en una de las tantas colas oigo gritar a un hombre, un obrero de la construcción: “¿Y cuándo coño es que vamos pa’ Miraflores?”

Más allá del absurdo

Ya para el sábado 17 de diciembre las tensiones estaban a tope. Esa fecha, que coincidía con la muerte de Simón Bolívar, se decretaba la muerte del bolívar como moneda. Ese mismo día voy a escuchar una charla sobre Borges por parte del maestro Eduardo Liendo, en compañía de Ricardo Ramírez, en la librería Lugar Común de Las Mercedes. Compartiendo un café con él antes del inicio me comenta: “Lo que ocurre en Venezuela va más allá del absurdo”. Todavía reflexiono sobre sus palabras y me pregunto qué lugar será ese más allá del absurdo. Debe ser un sitio en el que ocurren hechos como el que un encuentro clásico del béisbol entre Leones del Caracas y Navegantes del Magallanes pautado para el primero de diciembre fuese suspendido por falta de agua. Los jugadores del Magallanes al ver que no había agua para bañarse luego del juego, recogieron sus cosas y dejaron plantados a los melenudos. Tan más allá del absurdo como encontrar a un vendedor de bolsas negras en un automercado en Santa Eduviges, apenas uno cruza la salida, que vocifera: “Llévese la bolsa negra, para que nadie vea lo que se lleva”.

Llego temprano y me pongo a conversar con un vigilante de Paseo Las Mercedes que me dice que no sabe cómo va a llegar a su casa en Charallave, que no le alcanza lo que tiene en efectivo. El hombre me comenta que presenció el día anterior cuando un pasajero le pegó un tiro en la cabeza al recolector de un autobús porque no quería aceptar los billetes de cien. Me dice que la gente está pasando mucha hambre. Me comenta que es común ver a personas desmayarse de debilidad en el ferrocarril al Tuy debido a la pobre nutrición. Que muchas veces él no come para que sus hijos puedan comer. Y que como estaban en época navideña su hijo le dijo:

—Papi, cómprame un carrito pero que sea barato para que podamos tener comida en enero.

“¿Tú sabes lo que significa que un hijo le diga eso a un padre?… Se le arruga el corazón a uno”, me dice. Y agrega que muchas veces los niños en su casa juegan:

—Tengo hambre.

—Yo también.

—¿Y de quién es la culpa? —a lo que los niños responden en coro—:

—¡¡¡De Maduuuuroooo!!!

Al concluir la charla sobre Borges decido tomar otro café para recobrar el brío antes de iniciar la caminata, en vista de que no tenía suficiente efectivo para pagar un taxi. No tuve tanta suerte como con el primer café. El punto de venta, por una transacción de 400 bolívares, no pasaba. Lo intentaron cuatro veces y fue inútil. Mientras esperaba oía lo que decían los muchachos que despachaban el café: que había un paro de transporte en la práctica, que los autobuses no querían hacer las rutas y que ellos habían secuestrado un autobús para que los trajera a Caracas, que todos pagaron su pasaje pero obligaron al conductor a que los llevara. Relata que acababan de matar a dos choferes de camioneta. Uno de ellos, el que se veía más humilde, dice: “Mi pana, aquí lo que hay es que llegar de madrugada a Miraflores y meterle una bazuca”. El pueblo perdía el miedo. Al lado de ellos, un caballero atorrante, que no dejaba de hablar y que pensé que podía tratarse de una de las muchas personas que carecen de medicinas psicotrópicas por la escasez aguda, proclama: “Yo estoy listo, yo tengo 3.000 tiros de fusil guardados. Yo estoy listo para caerme a plomo”. Me pareció un invento, un hablador de tonterías la verdad, pero reflejaba el estado de ánimo que se formaba en el país.

La calle del hambre

Salgo y camino en sentido inverso por la Avenida Principal de Las Mercedes hacía Chacaíto para luego dirigirme a Chacao y veo:

niños hurgando la basura en las calles,

hombres hurgando la basura en las calles,

mujeres hurgando la basura en las calles,

un país con hambre.

El Nacional había publicado a página entera, unos días antes, el 4 de diciembre, una secuencia que parecía infantil, con dibujos, gráficos y estadísticas, cuyo encabezado era: Depresión en la granja revolucionaria, en alusión irónica a la obra de George Orwell. Se explica de manera gráfica y animada las razones por las que en Venezuela se come menos, la caída estrepitosa en el consumo de proteínas de todo tipo (pollos, huevos, cerdos, ganado vacuno, leche): “El inventario nacional perdió 11.8 millones de animales desde octubre de 2015”, es decir, en solo un año de caída en picada.

Camino y me asaltan imágenes recientes: se me viene a la mente la de un mendigo que parece un borracho francés y que vi echado al lado de una línea de taxi, como un pasajero en una espera eterna. Se me viene la imagen de un hombre que antes cuidaba los carros en una iglesia y que siempre hablaba de política con las personas a las que cuidaba el carro, ahora se la pasa caminado a la deriva, con una manta que parece una ruana, cargando una caja llena de peroles, hablando solo, durmiendo en la calle, parece un espanto. Se me viene a la mente la imagen de una familia sacando restos de comida descompuesta de una bolsa de basura, comiendo en estado de desesperación. Se me viene a la mente la mujer echada en el piso con su bebé enfrente de un café. Se me viene a la mente el letrerito colgado afuera de un pequeño negocio en Paseo Las Mercedes y que acababa de ver: “El ladrón de chocolates”, que se antojaba como el título de un cuento. En el mismo está la foto de un hombre robando chocolates tomada por las cámaras del establecimiento: “Nombre: Richard. C.I. xx.xxx.xxx Día: 31 de agosto. Hora: 1:10 pm. Robo: caja de chocolates Saint Moritz”. Se me viene a la mente la imagen de muchas personas que estimo y que han perdido peso, se encuentran delgadas, demacradas y envejecidas: “La dieta de Maduro”, dicen con humor y resignación.

El recorrido desde Paseo Las Mercedes hacia Chacaíto a pie es deprimente. Además de los que hurgan las bolsas de basura, veo a algunas personas caminar cabizbajas, desoladas, abatidas. Veo a mendigos y adolescentes durmiendo en las calles, junto a las ruinas de muchos negocios que antes fueron boyantes y ahora son casas abandonadas, como mansiones embrujadas por el Socialismo del Siglo XXI, en una avenida que era antes un emblema de prosperidad. Yo llevaba una bolsa con un libro y la gente se le quedaba viendo a la bolsa, ya sabemos: “Llévese la bolsa negra, para que nadie vea lo que se lleva”. Pero era un libro inofensivo y eso se podía ver en la bolsa translúcida. ¿A quién le iba interesar comerse un libro?

Siento que algo está a punto de estallar.

Esa misma noche Maduro retrocede y anuncia que la validez de los billetes de 100 se extiende hasta el 2 de enero. No estaba equivocado en cuanto al aire de tensión que sentía en la calle. Y como muestra de los resultados de la irresponsable improvisación del gobierno: los saqueos y destrucción de cientos de negocios en el estado Bolívar, la cantidad de muertos que dejó la furia generada por la sustracción del efectivo, unido a la escasez rampante en el país.

Trueque fallido

Es domingo, el día antes de partir, y quiero comprar El Nacional y El Universal. Me entero que once diarios impresos dejarán de circular en la temporada navideña para poder ahorrar papel periódico. Tenemos los billetes contados, hay que administrarlos. Se me ocurre la idea, forzado por las circunstancias, de ofrecerle a un kiosquero dos botellas de litro y medio de agua mineral Minalba a cambio de dos periódicos. Pero no quiso aceptar el intercambio.

La persona que vino a recogernos cuando llegamos no puede llevarnos en esta oportunidad porque trabaja en un banco y a los empleados los tienen ocupados en el operativo de los billetes. Como afirmó Laureano Márquez: “Los venezolanos están en un constante secuestro exprés”.

Debemos entonces tomar un taxi y tenemos el efectivo contadísimo. Nos dijeron que aceptaban transferencias pero si se hace una hora o media hora antes de la hora en que va a ser recogido el pasajero. Me imaginé el Internet lentísimo de madrugada, como era lo habitual, tal vez sin funcionar, algún problema con la transferencia y perdiendo nosotros el vuelo. Así que guardamos esos billetes de 50, que como mucho equivalían a 3 dólares americanos, a pesar de que el fajo visualmente era significativo. Ese era nuestro salvoconducto.

Es de madrugada. Tenemos nuestros 3 dólares en efectivo guardados como un tesoro en billetes de 50 y algo para comprar agua. El taxi nos deja en el aeropuerto. Hacemos la fila de migración. Al entrar, hay siete unidades disponibles para la revisión del equipaje pero tienen solo una operativa. Como es habitual, las autoridades haciéndole las cosas difícil al ciudadano a todo nivel y hasta el último momento. Nos tomó una hora hacer el chequeo de seguridad del equipaje de mano. Recorrimos todas las máquinas dispensadoras de agua del aeropuerto. Las que estaban funcionando irónicamente solo aceptaban billetes de 100. Las máquinas no habían sido programadas aún de acuerdo a las nuevas circunstancias. Sentado, sediento, a la espera de la llamada para abordar, me sentía cada vez más sumergido en ese extraño lugar más allá del absurdo.

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