Blog de Pedro Plaza Salvati

La primera reina internacional de belleza de Venezuela (una historia personal); por Pedro Plaza Salvati

El pasado 25 de junio se cumplieron treinta años del fallecimiento de Olga Salvati, la primera venezolana ganadora de un certamen de belleza internacional. Olga, mi madre, se hizo acreedora de la elección de Miss Atlántida el 28 de diciembre de 1936 en el Teatro Nacional de Costa Rica. Uno de los muchos titulares de

Por Pedro Plaza Salvati | 15 de julio, 2017
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Fotografía de Pedro Plaza Salvati

El pasado 25 de junio se cumplieron treinta años del fallecimiento de Olga Salvati, la primera venezolana ganadora de un certamen de belleza internacional. Olga, mi madre, se hizo acreedora de la elección de Miss Atlántida el 28 de diciembre de 1936 en el Teatro Nacional de Costa Rica. Uno de los muchos titulares de primera página de los diarios de ese país que amanecieron trasnochados con su coronación decía: “Con desbordante entusiasmo fue electa anoche Reina Atlántida Miss Venezuela Olga Salvati”. Ella se impuso entre diez países que competían por el trono: México, Colombia, Honduras, Cuba, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Zona del Canal, Costa Rica y Venezuela.

Ese mismo año Olga, con solo quince años, había sido electa Miss Caracas en el Club Florida. Andrés Eloy Blanco y Tito Salas formaron parte del jurado, lo que indica el grado de apreciación estética que se le confería en la época a estos concursos: un gran poeta y un gran pintor entre los jueces. Cincuenta años más tarde, justo cuando yo apenas salía de la universidad y tenía mi primer trabajo de corta duración en la Cancillería, ella fue presa de una aneurisma y se desplomó ante mi vista y la de mi hermana Francis.

Decir Miss Caracas, tal vez por el centralismo de la época, era como decir Miss Venezuela en ese entonces. Ella fue la pionera casi veinte años antes de que Susana Duijm se convirtiera en la primera venezolana (y latinoamericana) en ganar el concurso Miss Mundo. Dos coincidencias temporales me parecen significativas: Susana Duijm nació el 11 de agosto de 1936 y murió el 18 de junio de 2016. Nació el mismo año que mi mamá ganó el concurso Miss Atlántida y murió en un mes de junio como mi madre.Y por si fuera poco, Susana Duijm falleció víctima de un accidente cerebrovascular del que la aneurisma es una de sus fatales expresiones. Extrañas coincidencias entre estas reinas venezolanas.

Mi madre viajó a Costa Rica en 1936 acompañada de mi abuelo cuando recién se inauguraba la aviación comercial. Papá viejo, como le decíamos a Manuel Salvati, era un hombre de principios y convicciones y, además, era escritor. En su vida publicó, entre otros libros, La Grandeza moral del General Urdaneta y Anotaciones históricas sobre la masonería en Carúpano desde 1814 hasta 1918. Hace un tiempo encontré en Internet un ejemplar de este último libro digitalizado por The Library of The University of North Carolina. Como mi abuelo escribía me propuse que, si algún día llegaba a publicar un libro, utilizaría mi segundo apellido como sello de identidad.

Fotografía cortesía de Plaza Salvati

Fotografía cortesía de Plaza Salvati

El expresidente de Costa Rica Julio Acosta García (1920-1924) dio inicio al certamen con un discurso. El programa incluía ejecuciones musicales. En el jurado había un miembro de cada país competidor y Venezuela estuvo representada por el abogado, historiador, escritor, diplomático y político, Mario Briceño Iragorry, que a su vez cumplía las funciones de Embajador de Venezuela en Costa Rica. El triunfo de Olga, trasmitido por las radioemisoras costarricenses, fue seguido como un acontecimiento de repercusión nacional. Los ejemplares de la prensa de la época en torno al evento se agotaban rápidamente ya que era la única forma de tener una foto e información tanto de la ganadora como de las competidoras. El concurso parecía prevalecer sobre las noticias de acontecimientos mundiales, tales como el desarrollo de la guerra civil española. La belleza le ganaba en centimetraje al conflicto.

La votación fue reñida esa noche josefina de 1936 y, tras largas rondas, culminó cerca de las dos de la mañana. El pueblo desvelado, según reporta la prensa, siguió con atención el desarrollo de los acontecimientos a través de las emisoras Alma Tica y La Voz de la Víctor. Al finalizar se celebró un baile de homenaje a Miss Atlántida en el Gran Hotel de Costa Rica y los días siguientes estuvieron signados por una apretada agenda de agasajos y celebraciones. Una de ellas fue muy especial porque se trataba de recibir el año nuevo en el propio teatro que coronó a Olga Salvati y en el que estuvo presente la primera dama de Costa Rica, doña Julia Hernández de Cortés y, aunque tal vez brevemente, su esposo, el Presidente León Cortés.

Antes de que Olga y Papá viejo regresaran al país, el general Eleazar López Contreras había enviado un telegrama de felicitaciones y, con la corona en mano, después de su arribo en suelo patrio también fue homenajeada. Y no solo le rindieron tributos formales sino que en los meses siguientes se armó una larga lista de pretendientes, entre ellos Isaías Medina Angarita, que se postraba ebrio enfrente de su casa para declararle su amor. Muchos fueron los aspirantes entre los que eligió al persistente y carismático Carlos Plaza Márquez, mi papá. Carlos era un hombre fiel, inmejorable esposo y padre de voto. Él falleció el 19 de abril de 2009, fecha patriótica, y sobrevivió veintidós años luego de aquella fatídica semana en la que mi madre permaneció en Terapia Intensiva en el Urológico de San Román. Carlos Plaza Márquez fue Campeón Mundial de Tiro Skeet en 1961 al derribar 199 platillos de 200 en Oslo, Noruega. Ella era la reina de belleza y él el campeón.

Fotografía cortesía de Plaza Salvati

Fotografía cortesía de Plaza Salvati

Hace unos días saqué la cuenta y me percaté de que se cumplían 30 años de la muerte de Olga Salvati. Por ese motivo me entusiasmé a escribir esta nota (seguramente ella la hubiese desaprobado) que primero compuse enteramente en una distante tercera persona, como para resguardar la objetividad, pero no me resultó natural el tono por lo que me di licencia para incorporar también la primera persona. Mi madre no llegó a conocer ni a mi hija Ariana ni a mi hijo Guillermo. Yo era el último hermano y fui víctima de la cronología de una muerte relativamente temprana. Con la familia ella tuvo todas las satisfacciones posibles y también pudo, aunque a una edad relativamente tardía, dedicarse a la pintura y a la escritura de poemas una vez que la casa se fue quedando sola. En cuanto al pasado de ese certamen de belleza ella se comportaba, con su inmensa humildad, como si fuese algo que nunca había ocurrido o como una jugarreta de la memoria.

Sin embargo, y a pesar de su actitud, la elección de mi madre como la primera miss internacional que tuvo un país que se forjaría una tradición de relevancia mundial, fue un evento importante, no solo por lo que pude constatar en los archivos de la Biblioteca Nacional de Costa Rica, sino también por un recuerdo de un programa especial de Venevisión realizado en la casa. Amador Bendayán quería presentar a la verdadera primera miss internacional que tuvo Venezuela y ella se había negado a ir al estudio. Entonces las cámaras poblaron la casa acompañada de la familia. Ella hablaba siempre con la humildad incrustada en el pecho. Así era mi madre. Ah, casi se me olvida: era el centro de la familia: todos acudíamos a ella por un sabio consejo y era capaz de mantener en equilibrio los planetas que giraban como una constelación alrededor de su cálida mano de madre. Se pueden imaginar cómo se desbalanceó el universo luego de que ella falleciera. Hace treinta años.

Matar un ruiseñor y la reacción de Borges; por Pedro Plaza Salvati

Estupefacto ante la escena protagonizada por el Coronel Vladimir Lugo de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, cuando le exigía una explicación sobre la presencia militar en la sede del Poder Legislativo, no pude dejar de asociar el hecho con un pasaje de Matar un ruiseñor, la clásica

Por Pedro Plaza Salvati | 29 de junio, 2017

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Estupefacto ante la escena protagonizada por el Coronel Vladimir Lugo de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, cuando le exigía una explicación sobre la presencia militar en la sede del Poder Legislativo, no pude dejar de asociar el hecho con un pasaje de Matar un ruiseñor, la clásica novela de Harper Lee, una de las primeras y de las más leídas en relación al tema de la discriminación racial en los Estados Unidos. Me recordó, específicamente, la escena de la película basada en la obra, en la que a Gregory Peck, personificando al abogado Atticus Finch, lo escupen en la cara. Se me quedó grabada en la memoria cuando, de pequeño, la vi por primera vez. No podía comprender bien que a un hombre al que le escupieran a la cara no tuviese ninguna reacción física de defensa o retaliación.

Atticus es viudo y tiene a su cargo dos hijos: Jem, el niño, y Scout, la niña. Es un hombre de claras convicciones morales y acepta algo inusual para la época: la defensa de Tom Robinson, un hombre de raza negra acusado de violar a una mujer blanca de nombre Mayella Ewell. La novela se desarrolla en Alabama a principios de los años treinta durante la Gran Depresión y está narrada desde el punto de vista de Scout. Ella, con solo seis años, tiene mucha sensibilidad pero es a la vez impulsiva y a menudo se cae a golpes con sus compañeros del colegio. Luego de una de esas peleas Atticus le dice:

—No quiero que pelees. Nunca quiero que pelees. Te prohíbo que pelees.

A pesar de que es claro que el juez y todos los presentes en el juicio saben que Tom Robinson es inocente, el jurado lo declara culpable por los prejuicios raciales. El verdadero violador había sido el padre de la víctima, Bob Ewell, un borracho del pueblo. Y aunque hayan condenado a Robinson a prisión y lo hubieran matado ese mismo día en extrañas circunstancias cuando lo trasladaban a un calabozo, Ewell se siente humillado por la descollante defensa de Atticus (al que llama nigger-lover), y que lo evidencia ante todo el pueblo como el verdadero abusador de su propia hija.

Cuando Atticus se dirige a dar la mala noticia a la esposa de Robinson de que acababan de matar a su marido, se aparece Ewell, pide que Atticus salga de la casa y cuando lo tiene enfrente le escupe la cara. En la película podemos ver cómo Gregory Peck se le queda viendo, lleva la mano hacia el traje (como para sacar un arma) pero toma más bien un pañuelo con el que se limpia la cara. No dice nada y se monta en el carro ante la mirada de su hijo Jem que presencia todo con perplejidad. ¿De qué clase de estatura moral estaba hecho este abogado Atticus para no responder físicamente a semejante humillación? En una parte del libro recuerdo que Atticus explica que era preferible que se dejara escupir a que le diera una nueva paliza a Mayella Ewell. Pero más que todo podemos interpretar que actuaba cónsono son sus principios (“No quiero que pelees. Nunca quiero que pelees. Te prohíbo que pelees”).

El Coronel Lugo, al estilo caribeño y no del sur racista de la época en Estados Unidos, pero sembrado del mismo sentido de odio y superioridad, insulta a gritos al presidente de un Poder Público, lo empuja por el pecho y por la espalda, de una manera degradante y seguramente, como indicó José I. Hernández, “compromete la responsabilidad penal personal del agente y la responsabilidad institucional”. ¿Es esto más o menos humillante que si le hubiera escupido en la cara? Borges le dice a Lugo:

—Yo soy el presidente de la Asamblea.

—Y yo soy el Comandante de la unidad. Usted puede ser el presidente de la Asamblea, pero yo soy el Comandante de una unidad militar —responde Lugo sacudiendo con violencia su brazo de arriba abajo.

—¿Y tú crees que gritándome?…

—Le agradezco que se retire. Usted puede ser presidente de lo que sea. Le agradezco se retire. Ya hablé con usted. No, no, no importa. ¡Yo manejo mi conflicto como me dé la gana!

Primero lo empuja por el pecho. Borges se voltea evitando el forcejeo. Y cuando le da la espalda para salir —como ha sido la actuación de los guardias nacionales durante la represión (atacar por la espalda, a quemarropa, contaminando los cartuchos con metras y tuercas, ejecutando lanzamientos prohibidos en línea recta de proyectiles lacrimógenos)— lo empuja como si lanzara un chorro de agua a un manifestante desde una ballena. Borges se voltea con asombro, no reacciona, no se limpia la saliva metafórica de los empujones y sale del recinto.

Al mismo tiempo que asociaba la reacción de Borges con la reacción de Atticus, ambos abogados por cierto, uno un personaje de ficción el otro real, no puedo dejar de pensar en el significado del título de la novela, porque eso es lo que las fuerzas del orden público en Venezuela han estado haciendo cuando se cumplen 90 días de protestas: matando ruiseñores. En un momento en que comen juntos Atticus le dice a Scout que no hay nada más sagrado que un pájaro ruiseñor, que vive para dar alegrías a los humanos, que es un pecado acabar con su vida. El ruiseñor es un ave que se distingue por encima de las demás, por su gran registro de silbidos y tonalidades, cantos variables, melodiosos, desconcertantes y que hasta tiene el hábito de cantar inclusive cuando las otras aves han callado. Tom Robinson es un ruiseñor al que condenan injustamente y luego asesinan. En el fondo la novela trata sobre la pérdida de la inocencia y la justicia racial. Y uno piensa en los jóvenes que han muerto por Venezuela, esa bandada de ruiseñores, con su inocencia y su canto, en busca de una justicia (Yo soy libertador) que se traduzca en el fin de la dictadura.

Ese mismo día las opiniones en las redes se encontraban divididas: unos se sentían humillados y comentaban que Borges no “tuvo las esféricas” de mostrar una posición más airada y firme, y otros decían que había hecho lo correcto al no reaccionar con mayor fuerza. Eso es materia de interpretaciones pero lo que sí es un hecho es que Borges, al no reaccionar, colocó aún más en evidencia cómo la dictadura ha puesto la bota militar sobre todas la instituciones. Esa escena simboliza el dilema de Venezuela de los últimos dieciocho años. Borges se convirtió en tendencia mundial en Twitter esa misma noche y hasta fue entrevistado, como primera noticia-análisis al día siguiente, por la quintaesencia de los periodistas de guerra de los Estados Unidos: Christiane Amanpour. ¿Habría esta importante entrevista ocurrido si Borges hubiera alzado la voz, manoteado y hasta irse a los golpes con alguien de un rango y calificación moral y jerárquica infinitamente inferior a la del presidente de la Asamblea?

Por otro lado, María Gabriela Chávez, escribe y opina en Twitter en relación al hecho Borges-Lugo: Pa’ que respete, pues!!! Avalar la actitud y el uso de la violencia de un coronel desconociendo e irrespetando a una de las cabezas de los Poderes Públicos, significa directamente que para la hija de Chávez, haciendo honra a la herencia del padre, considera que lo militar está siempre por encima de lo civil y, en el fondo, no respeta la separación de poderes ni ningún sentido de justicia, se coloca ella y todos los defensores de la cúpula chavista actual al mismo nivel que los racistas sureños que lincharon al pobre ruiseñor de Tom Robinson.

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El irrenunciable espíritu de libertad de Leonardo Padura; por Pedro Plaza Salvati

Coincidencias (antes del teatro) En momentos en que los venezolanos se han propuesto recobrar su libertad perdida, Leonardo Padura afirma que el tema central de su obra es precisamente la búsqueda de la libertad. Este autor, Premio de Literatura Princesa de Asturias 2015, utiliza con frecuencia la estructura de un policial (o más bien falso

Por Pedro Plaza Salvati | 10 de junio, 2017
Fotografía de EFE

Fotografía de EFE

Coincidencias (antes del teatro)

En momentos en que los venezolanos se han propuesto recobrar su libertad perdida, Leonardo Padura afirma que el tema central de su obra es precisamente la búsqueda de la libertad. Este autor, Premio de Literatura Princesa de Asturias 2015, utiliza con frecuencia la estructura de un policial (o más bien falso policial), para retratar el estado social y espiritual de su país: “Mi mirada de la realidad cubana está mediatizada por el personaje Mario Conde, él es el encargado de dar la visión de la realidad cubana”.

Sus novelas están cargadas de paralelos con la historia universal que utiliza de manera erudita, pero no de difícil comprensión, para ilustrar la miseria material y política en Cuba, como un efecto espejo de dictaduras y sistemas opresivos que han existido en otros lugares y épocas. En El hombre que amaba los perros, por ejemplo, que en principio trata sobre la vida de León Trotsky y la de Ramón Mercader, el hombre que asesinó a Trotsky en México por encomienda de Stalin y que pasó los últimos años de su vida en La Habana, el trasfondo es sin duda retratar la vida en Cuba. Muchos de los dilemas existenciales en esta y en otras de sus novelas, cabe destacar, son similares a los de la vida actual de los venezolanos:

“Muchos de ellos sabían a qué desarraigos y riesgos de sufrir nostalgia crónica se lanzaban, a cuántos sacrificios y tensiones cotidianas se someterían, pero decidieron asumir el reto y pusieron proa a Miami, México, París o Madrid, donde arduamente comenzaron a reconstruir sus existencias a la edad en que, por lo general, ya estas suelen estar constituidas. Los que por convicción, espíritu de resistencia, necesidad de pertenencia o por simple tozudez, desidia o miedo a lo desconocido optamos por quedarnos, más que construir algo, nos dedicamos a esperar la llegada de tiempos mejores, mientras tratábamos de poner puntales para evitar el derrumbe”.

Padura, que sueña con que Cuba sea un país normal, se abstiene de declarar de manera directa sobre la situación política. A través de su depurada pluma, sin embargo, devela de manera descarnada la vida bajo el sistema cubano:

“Asediados por el hambre, los apagones, la devaluación de los salarios, y la paralización del transporte —entre otros muchos males— Ana y yo vivimos un período de éxtasis. Nuestras respectivas delgadeces, potenciadas por los largos desplazamientos que hacíamos en las bicicletas chinas que nos habían vendido en nuestros centros de trabajo, nos convirtieron en seres casi etéreos, una nueva especie de mutantes”.

En el teatro bajo la lluvia.

La conversación está pautada para lunes 29 de mayo en el histórico y hermoso Teatro Nacional. A pesar de una lluvia continua al borde de la tempestad que castiga (o bendice según el punto de vista) a la ciudad, un nutrido público se hace presente, desde jóvenes universitarios hasta personas mayores. Muchos de ellos cargaban en sus manos diversos títulos del escritor con la esperanza de llevarse consigo la firma de aquel hombre de apariencia sencilla, que decidió quedarse a vivir en su natal barrio Mantilla y desarrollar su obra desde ese bunker habanero.

Comienza el acto y cuatro autoridades dan la bienvenida, entre las que se encuentra la Vice- Presidente de la República, Ana Helena Chacón, hija a su vez de Luis Manuel Chacón, Presidente de la Asociación de Amigos de la Academia (de la Lengua). El padre de la Vice-Presidente agradece el patrocinio a las entidades y empresas que hicieron posible el evento y, muy especialmente a Sagrario Pérez Soto, activista y promotora de las artes y de la cultura.

La conversación se instaura bajo el cielo raso del teatro y la pintura Alegoría de las artes. El año de inauguración del teatro, 1897, está anclado en el techo encima del escenario, casualmente el mismo año en que España otorga la Carta Autonómica a Cuba. El interlocutor de Padura es el escritor Rodolfo Arias Formoso, quien confiesa no ser un experto en Padura pero que admite haberse sumergido en su obra, lo que demostró haber hecho con profundidad y certeza, identificando tanto la arquitectura de las principales obras como los matices centrales de cada una de ellas y hasta el humor que Padura más bien llama ironía.

Arias dice que luego de vivir cuatro años en República Dominicana entendió y se volvió adicto al béisbol y hasta le llegó a preguntar, haciendo una lúcida analogía, si el suspenso que crea en torno al desenlace de hechos novelescos (¿cuándo coño es que Mercader por fin mata a Trotsky?), se deba a su fanatismo por el béisbol. Padura confiesa que muchas veces en sus obras viene lanzando a 90 millas por horas pero cuando se aproxima algún tipo de desenlace ralentiza los lanzamientos como a 60 millas por hora. Fueron muchas las preguntas sustentadas en explicaciones a veces complejas por parte de Arias pero con la función de que se comprendiera por dónde venían las curvas o rectas que le lanzaba al cubano. Aborda el tema del uso de adjetivos, de la arquitectura narrativa, de las técnicas de escritura, de los quiebres temporales, de los paralelismos entre épocas cronológicamente muy distantes y que se emparentan como sello de marca Padura en varios de sus libros. Por momentos, inclusive, el enfoque de las preguntas pareciera haberlo puesto en aprietos, algo que solo se podía notar sutilmente dentro de la simpatía y naturalidad cubana enfatizada visualmente con la elegante guayabera blanca que portaba, con pequeños suspiros y tímidos movimientos de acomodo en la silla como en preparación para batear la pregunta y que no lo pocharan luego de tres bolas y dos strikes.

Regreso a Ítaca

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

 Constantino Cavafis

La proyección en el antiguo cine Magaly, en remodelación, de Regreso a Ítaca (2014) del director Laurent Cantet, Premio a la mejor película del festival de Biarritz, cuyo guion fue escrito por Padura, corresponde a la actividad del 30 de mayo, acompañada de una conversación entre el escritor y uno de los actores del film, Jorge Perugorría. Perugorría se hizo conocido por la aclamada película Fresa y Chocolate, que trata sobre el tema de la homosexualidad en Cuba.

La trama de Regreso a Ítaca es sencilla en apariencia pero a medida que transcurren las horas en el tiempo narrativo desde antes que caiga el sol hasta el amanecer, los dramas de cada uno de los personajes se van develando como tragedias individuales: todos convergen y son producto de la transformación de sus vidas a partir de la Revolución cubana (aunque nunca se usa esa palabra; Revolución). Se reúnen cinco amigos cincuentones en la terraza de un edificio de la Habana, con la vista al malecón. Al fondo los desvencijados techos dan una sensación de escenario teatral. El motivo del regreso de Amadeo a Cuba, luego de vivir 16 años en España, es reincidente de La novela de mi vida, otra obra de Padura, es decir: el reencuentro con la Isla tras años de ausencia.

Durante la presentación en el Teatro Nacional, el día anterior a la proyección de la película, Padura mencionaba con picardía que de lo que más conoce en la vida, aparte del béisbol, es sobre la construcción de diálogos. Y aunque los primeros minutos de la película parecieran un tanto caóticos y bordean en el aturdimiento y rechazo inicial del espectador hacia alguno de los personajes (como cuando uno se tropieza con un escándalo al abrir de golpe la puerta de una fiesta o un bar), los mismos van sufriendo una metamorfosis conducida por las conversaciones que se aposentan y se modulan. El trasfondo de los diálogos versa sobre los recuerdos y la traición a los sueños de una vida mejor, los dramas y miserias individuales de una generación perdida y sin esperanzas.

Una escena:

—Yo no tengo que explicar ni timbales… ¿Tú sabes por qué quiero volver, mi socio? Pues porque me da la gana… ¡Me da la gana! —Y grita—:¡¡Me da mi realísima gana!! —Los otros se paralizan con esta afirmación y Amadeo continúa, categórico —: Alguna vez en la vida uno tiene que hacer lo que le dé la gana y no lo que manden a hacer, lo que lo obliguen a hacer…o no hacer las cosas que uno quiere porque tiene miedo…

—Vamos a hablar en serio… Mi socio, si te quedas aquí, ¿de qué coño piensas vivir?

—De cualquier cosa —responde Amadeo sin pensarlo mucho.

—¿Vas a criar puercos? —sigue Rafa, que hace un gesto hacia la azotea de los matarifes—¿O te vas a meter en un taller clandestino a fabricar baterías con Aldo? Mírale las manos cómo las tiene, todas quemadas por el ácido.

Otra escena:

—Está claro que yo no vivo de mi salario —comienza la mujer—, porque con lo que me pagan como oftalmóloga no me alcanza ni para empezar. Vivo del dinero que me mandan mis hijos desde Miami, y de los jabones, las jabas de malanga y los pollos que me regalan los pacientes…

Vivir y escribir en la Habana

En la fila para ingresar al Centro de Cine, ubicado a pocos metros de uno de los costados del Zoológico Simón Bolívar, y muy cerca de la Casa Amarilla, el 31 de mayo una muchacha comenta que está enamorada del protagonista de la película Fresa y Chocolate pero que como han pasado los años y el actor no ha sido inmune al paso del tiempo, cuando él hable cerrará sus ojos y escuchará su voz.

La presentación de “Vivir y escribir en la Habana”, sin embargo, no contaría con la presencia de Perugorría sino de la directora del documental, Lucía López Coll, que a su vez es antóloga de relatos policiales iberoamericanos y esposa de Leonardo Padura. Padura, cabe notar, dedica insistentemente y de distintas maneras sus libros a la compañera de su vida, a su gran amor. Adios, Hemingway, se la dedica de la siguiente manera: “Esta novela, como las ya venidas y creo que todas las por venir, es para Lucía, con amor y escualidez”.

El hecho de que su esposa haya sido la directora del documental permite que se muestre el lado más humano del escritor, en su casa Villa Alicia, donde nació y todavía vive, en el barrio Mantilla. El documental lo muestra en sus rutinas: en la cocina preparando café, mirando la luz del trópico que lo abraza desde la ventana, o dedicado a la escritura con un cigarrillo en la mano al momento que con sus lentes dirige la mirada a la pantalla. Padura sale de su casa y camina por las calles de lo que parece un humilde barrio de clase media en Cuba, del que no lo saca ni la fama ni su reconocimiento internacional, anclado como un buque de luz en “el embravecido mar de la imaginación” del Caribe. Llama la atención que Padura camina como cualquier habitante de la isla, en una suerte de anonimato; no se le acerca nadie a saludarlo y tampoco saluda a nadie. Tal vez los cubanos muestran igual indiferencia que la de los neoyorquinos con los famosos, pero claro está, por distintas razones: sus preocupaciones son otras, mucho más mundanas y básicas.

La conversación la modera el reconocido escritor Carlos Cortés, invitado internacional en Venezuela a la FILCAR de Margarita este año, unos días antes de que el país se rebelara de nuevo, como en continuación a las protestas del 2014, pero esta vez al parecer de manera definitiva ante el colapso de la democracia. Padura, en la conversación manifiesta que Cuba fue el único país comunista en no caer luego de los países al este de Europa en gran parte debido al calor. El calor hace que la gente entre en modo de siesta. En una rara declaración en el 2014 dijo: “En Cuba no se ha permitido que se creen las condiciones. No existe un proyecto político en Cuba que se pueda oponer al gobierno, la propia disidencia está muy dividida, muy penetrada por la inteligencia cubana… Los niveles de violencia de la sociedad cubana nunca han sido tan altos como los de Venezuela y Ucrania. Al no pasarse de un punto específico, creo que eso ha impedido manifestaciones de este tipo, aunque haya personas que puedan estar más o menos descontentas”.

La primera pregunta la dirige Cortés a la realizadora del documental. Luego Padura aclara que entre los tres habían acordado que la primera pregunta sería para Lucía porque a ella no le gusta hablar en público, la consume la timidez y el miedo escénico. Superada la prueba de fuego de la primera (y única) pregunta a ella, la conversación se centra entre Padura y Cortés. De hecho, a decir verdad, la directora había hablado a través del documental; no tenía por qué agregar palabras. Y resultó admirable que no cayera en lo empalagoso o la parcialidad ante el perfil de su marido que se presenta de manera objetiva y muy bien lograda, y en el que opinan tanto personas de la calle como algunas celebridades de las artes en Cuba. El espectador puede ver en el documental que los libros de Leonardo Padura son tan populares en su país natal que cuando al fin llegan se producen conatos de desorden público. Los libros desaparecen en cuestión de horas. En el documental se presentan unos libreros tan asediados por los lectores que tienen un letrero que cuelgan con frecuencia, y a veces por bastante tiempo: NO HAY LIBROS DE PADURA.

Pero como dijo Cortés: Esta noche sí hay Padura. Con la cortesía que engalana su apellido le hizo diversas preguntas sobre vivir y escribir en La Habana, desde la vitalidad cubana que se permea en la literatura hasta sí se sentía vigilado en Cuba, una ciudad que Cortés consideró una suerte de alucinación barroca cuando la visitó. A esto último Padura respondió que él en Cuba, aparte de los espasmódicos momentos cuando llegan sus libros y comienzan a ser devorados por lectores tiburones, se siente más bien olvidado: “Últimamente me siento invisible”. Lo que recuerda la novela Invisible de Paul Auster, y el ensayo de Padura: “Yo quisiera ser Paul Auster”. El escritor cubano dice que en Cuba casi nunca asiste a una charla ni es invitado a ningún evento en lo que se supondría su casi obligatoria presencia. Dice que cuando ganó el Premio Princesa de Asturias hubo solo una escueta mención en un noticiero, que luego se daría más información que, por supuesto, nunca llegó a darse; porque si una censura existe en Cuba es en la televisión, afirma.

Uno de los aspectos que resultan más evidentes del documental, y que también se ve reflejado en Regreso a Ítaca, es lo difícil que fueron los años noventa, en los que Cuba entró en una situación de colapso económico luego del fin del sistema comunista en la Unión Soviética y la terminación de la asistencia a la isla. Las condiciones de vida eran francamente desesperantes, de miseria extrema, y es en estos años que Mario Conde cuenta con prolífica y obsesiva determinación la historia de lo que ocurre a través de las novelas. Y agrega Padura que las novelas y cuentos en Cuba son la verdadera crónica de esa época (contrario a la convención de los géneros literarios) dado que el periodismo no refleja ni siquiera de manera cercana, por la censura y la parcialidad, la realidad de cuba. Comenta que en años futuros cuando se desee saber sobre la pavorosa década de los noventa se deberán buscar las novelas y cuentos, no lo que dicen los periódicos (y viene a la mente el arribo al poder de Hugo Chávez en 1999 y de cómo empezó a mejorar la situación de la isla…)

Carpentier y Padura

La última noche Padura centra su discurso en la Academia de la Lengua sobre el escritor que habría de marcar su obra, tanto en la construcción de la llamada novela histórica (que el combina magistralmente con la policial) como en algunos temas que subyacen en la literatura de Alejo Carpentier, nacido en Suiza pero considerado como escritor cubano y que vivió en Venezuela desde 1945 hasta 1959. Padura dice de Carpentier que es “un autor preocupado por las estructuras y la minuciosidad”, un estilo que pudiera acuñársele a la literatura del propio Padura.

La sede de la academia está muy cerca del teatro en un antiguo edificio de espacios generosos. Como en todas las actividades de la semana, este cuarto día, 01 de junio, se conglomera un nutrido público que cruza el portal de entrada de la academia en cuyos muros reposan, afuera en la Avenida Central, vendedores de bisutería de pies descalzos, pintores, músicos de distintos géneros y donde, con frecuencia, se puede ver a Paquito el del barrio, un gallo que aprendió a reposar sin caerse sobre el hombro o la cabeza de Martín de la Trinidad Herrera. Mientras Padura lee su ensayo, que duró, como había prometido unos cuarenta y cinco minutos, se dejaban colar unas notas de trompeta provenientes del mundo externo y que por momentos parecían sincronizadas con la refinada musicalidad cubana de su dicción.

La presentación previa la hace quien fungiría hasta esa misma noche como la primera mujer presidente de la Academia de la Lengua, Estrella Cartín. Y así lo dice la página oficial de la RAE: “dejará su puesto el próximo 2 de junio de 2017, fecha en que será relevada”. Para esta estudiosa nacida en 1929 resultó una emoción intensa que su última noche fuese en compañía de un escritor de la talla de Leonardo Padura. Seguro las buenas intenciones y el azar se conjugaron ya que el escritor cubano provenía del ya renombrado festival literario Centroamérica Cuenta en Managua.

Padura, con el cariño característico del trato isleño, agradece a “Estrellita” y a Sagrario Pérez Soto por haber hecho posibles estos cuatro días maravillosos y afirma que le gustaría regresar. Y como se encontraba en un ambiente académico, centró su discurso en El siglo de las luces de Alejo Carpentier. Padura es sin duda una autoridad en la materia luego de escribir un ensayo de unas seiscientas páginas sobre este autor que tanto ha influenciado su obra.

El siglo de las luces, a fin de cuentas, pregona sobre la utopía de las revoluciones (en este caso referido a la revolución francesa y la revuelta de negros de Haití) que, buscando la igualdad y la libertad, terminan traicionando sus propios principios. Carpentier, al que se le acuña el tema de lo Real Maravilloso, es presentado por Padura con un texto que tituló “Revolución, utopía y libertad en El Siglo de las luces”.

La novela que Carpentier termina de escribir en 1958 (estando todavía en Caracas) pero que publica en 1962, se interpreta a fin de cuentas como una búsqueda a la libertad individual, un signo inequívoco de la literatura de Padura. Las revoluciones cuando traicionan a sus ideales pasan por varias etapas, según se identifican en la obra de Carpentier:

1. posposición de la libertad por lo colectivo;

2. utilización de la violencia como forma de consolidar la revolución;

3. implementación de medidas y contramedidas que liquidan los cambios. Eclosión de los ideales revolucionarios. La instauración del miedo (y aquí Padura hace una paréntesis para decir que es el mismo miedo que se conecta con lo narrado en Regreso a Ítaca)

4. la corrupción del poder.

Por otra parte, cuando se analiza la vida de Carpentier resulta, al menos lamentable, la contradicción y ¿desfachatez? de escribir una obra compleja y trascendente donde se pregona la libertad por encima de todas las cosas, identificar el proceso mediante el cual las revoluciones traicionan sus propios ideales, pero que en su vida personal Carpentier haya avalado regímenes de fuerza (de derecha y de izquierda). Por un lado, cuando vivió en Venezuela tuvo cercanía con el dictador Marcos Pérez Jiménez. Hasta juntos se les puede ver en una fotografía saliendo de la inauguración de la Concha Acústica de Bello Monte mientras trabajaba como un importante ejecutivo de la firma publicitaria ARS y llevaba una cómoda vida burguesa. Cabrera Infante, entre otras muchas duras afirmaciones sobre Carpentier dijo: “Era un hombre cauto hasta la cobardía y desconfiado hasta la soledad”. Y, por el otro lado, justo cuando se instala la democracia en Venezuela, decide irse a Cuba donde se gesta una revolución (que traiciona sus ideales) y a la cual sirve en funciones públicas. Carpentier es constantemente alabado por Fidel Castro y muere siendo embajador de Cuba en París en el año de 1980.

A diferencia de Carpentier, Padura, que vive con modestia y en una extraña invisibilidad en Cuba, pareciera ser fiel a sus ideales y su forma de pensar. Así lo dijo el día anterior en el Centro de Cine “Yo no tengo doble discurso: digo lo mismo aquí y en Cuba”. Carpentier no actuó en su vida real como lo hace Padura, que concluye el discurso sobre su maestro literario con esta frase:

“La revolución es una cárcel. La negación por antonomasia de la libertad”.

Rodrigo Soto: El destilador de palabras; por Pedro Plaza Salvati

Entrevista exclusiva a propósito de la presentación en España de su novela El río que me habita

Por Pedro Plaza Salvati | 27 de mayo, 2017

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Rodrigo Soto es un destilador de palabras. La primera vez que supe de él fue a través de una fotografía que todavía guardo en la memoria. Soto está en el patio de una lavandería casera y, de las cuerdas que utiliza para guindar la ropa, cuelgan hojas impresas de un manuscrito. En esa toma se dispone a colocar en un gancho una de esas hojas, con los brazos alzados tal vez para representar el esfuerzo que acarrea el oficio de la escritura. Al mismo tiempo me pareció una metáfora visual equivalente a la famosa gaveta en la que un escritor debe dejar reposar un tiempo su obra para luego recortar lo que sobra, redunda o retiene la impecabilidad de un texto. Ese afán por la pulcritud narrativa se puede ver reflejado en la obra de Rodrigo Soto.

El punto de partida de una imagen me llevó a la lectura de El nudo (Editorial Periférica, España), la que escogí al azar entre una nutrida obra de este autor costarricense. Se trata de una adictiva novela. Cuando un narrador lo atrapa a uno con su prosa es como si le hiciera “un nudo” al lector; logra su cometido en una historia que gira, como trasfondo, en torno a las decisiones que se toman en la vida, sus implicaciones y consecuencias, y que se configura a través de la vida de cinco adolescentes cuyos rumbos cambian a partir de un inocente viaje de playa y el encuentro de un alijo de cocaína.

Rodrigo, ganador dos veces del Premio Nacional de Cuento en Costa Rica y Finalista del Certamen de Cuento Casa de las Américas, es un narrador de cepa. Y como buen narrador no solo destila las palabras sino que le inquieta y experimenta con los puntos de vista. El nudo inicia, por ejemplo, haciendo cómplice al lector: “Aquí sucede lo que yo escribo, pero sin tu ayuda nunca llegaremos al final, y ese desgarbado, miserable harapiento que se dispone a cruzar la calle con las primeras insinuaciones del día —apenas la sospecha, la premonición de un amanecer—nunca podrá hacerlo.” En Gina (Uruk Editores, Figuras en el espejo, Costa Rica) una novela corta también publicada en España, tiene la habilidad de desdoblarse y contar con naturalidad desde el punto de vista femenino: “Juro que durante años me propuse ser una buena esposa. Quiero decir: una esposa leal, buena nota, valiente: tampoco una imbécil ni una víctima modelo”. La onda expansiva de Soto va desde un libro de poesía, Damocles y otros poemas (Editorial de la Universidad de Costa Rica), hasta A la hora del crepúsculo, una obra de teatro en la que Joaquín, hijo del último dictador de Costa Rica, culmina su vida en fracaso, miseria y demencia.

Retengo también en la memoria la presentación de En la oscurana (Ediciones Lanzallamas, Costa Rica), en el Espacio Cultural Carmen Naranjo en la Estación de Tren del Atlántico, una nutrida novela que versa sobre un ficticio movimiento independentista y el asesinato de una turista holandesa a manos de unos adolescentes. En el epígrafe de esta obra Soto incluye una cita de Lo infraordinario de George Perec, al que le profesa una devoción que raya en la otredad y que podemos comprobar con su correo electrónico personal: perecgeorges@gmail.com.

De lo vasto de En la Oscurana al inicio de su fructífera carrera como escritor con La estrategia de la araña (Editorial Germinal, Costa Rica), una intensa, laberíntica y experimental novela corta donde existe un narrador en primera persona, Ricardo Morúa, un escritor que traza un paralelismo entre la construcción de un manuscrito y la labor de una araña en su habitación: “…una telaraña se comienza a dibujar salida de la nada, del abdomen del bicho al que miro deslizarse en el vacío, tender cabos, elaborar sustancias, erigir su estrategia”.

Rodrigo Soto pareciera contar con la estrategia de la versatilidad para, luego de una veintena de libros publicados, entregarnos su Ciudad Real, un mundo al que le atraviesa un río que lleva en su interior, un río tan Grande como su ambición creativa.

—El río que me habita (Ediciones Huso, España), que presentarás en España en varias ciudades en el mes de junio, es una obra fragmentaria, coral, de tiempo no lineal, donde predomina abiertamente la primera persona del singular con sus distintos tonos y matices, pero que también incorpora la forma epistolar y la primera persona del plural desde el ángulo de unos locutores de radio (Historia Local III). Esta novela retrata la vida en torno a una Ciudad Real que se erige como un mundo propio con conexiones, algunas subterráneas, otras visibles en la superficie. ¿Consideras que todo lo que has escrito hasta el presente viene a redundar o resultó en una suerte de preparación para, tal vez en el tope de tu madurez como narrador, crear El río que me habita?

—Supongo que, en efecto, los libros que escribí antes son una preparación para este, aunque en sentido estricto no tengan mucho que ver con él. Hasta ahora, mis novelas y mis cuentos abordaban realidades que me eran más cercanas en todos los sentidos: geográficamente, temporalmente, socialmente… En este caso, sin embargo, encontré caminos para apartarme de mi experiencia vital más inmediata, y fabular mundos que, sin ser completamente ajenos (porque en definitiva nada lo es) se nutren de otras vidas, de otras fuentes…

—En el capítulo cuatro,“Celajes frente al río”, conocemos el origen del nombre de Ciudad Real. Este narrador, obsesionado con las ideas de Napoleón, cuenta sus memorias desde la vejez y consciente de su cercanía al reposo en el camposanto de Ciudad Real. El Presidente decide condecorarlo por haber sofocado una rebelión y le ofrece bautizar con su nombre a Puerto Escondido. Pero él prefiere rendirle honores a su abuelo y a su madre, rebautizando a Puerto Escondido con el nombre del lugar en España donde nacieron ellos: Ciudad Real. Dentro del escenario guerrerista de ese capítulo, este episodio adquiere una dimensión poética. En esta ciudad española (la real) está presente El Quijote en muchos de sus rincones. ¿Haces un doble juego acá?

—El doble juego con el nombre de Ciudad Real va más bien por el lado de la anfibología. Ciudad Real es, obviamente, una construcción imaginaria, pero al estar jalonada por fragmentos de diversas realidades (entre otras, mi mundo onírico), me pareció una paradoja atractiva que se llamase Ciudad Real. Por otro lado, el personaje del militar al que haces referencia está tratado con cierta ironía. Su obsesión por Napoleón termina siendo un poco ridícula, al menos a mis ojos.

—Ciudad Real tiene las mismas iniciales de Costa Rica. Puerto Humo se parece tanto a Puerto Limón. Y cuando mencionas varias veces el Paseo de los Mangos hay un Parque Central adyacente (San José), ello sin nombrar paralelismos con la historia patria, el genocidio con los indígenas, la construcción del ferrocarril, las plantaciones bananeras, la lucha comunista, la presencia de lagartos,ríos, puertos, pueblos, los  morenos, mulatos, blancos, negros, extranjeros, sirenas, las lluvias y temporales constantes que dictan la vida de los habitantes, como lo que relatas en tu novela breve En el país de la lluvia (Uruk Editores, Figuras en el espejo, Costa Rica) y para usted de contarlos puntos conectivos. En La estrategia de la araña tu narrador dice “La realidad está escrita en letras cursivas”. ¿Qué significa esta afirmación desde el punto de vista de tu obra en general y de esta novela en específico? ¿Cuál es para ti la línea divisoria entre no ficción y ficción? ¿Ciudad Real o Ciudad Imaginaria?

—La Estrategia de la Araña es una novela casi adolescente, la publiqué a mis 20 o 21 años y, como debe ser, responde a mis inquietudes de aquél momento. “La realidad está escrita en cursivas” refiere ala sospecha de que las cosas que vivimos y percibimos, el mundo todo, tiene un significado más allá de lo evidente, un significado secreto, por así decirlo, que solo ciertas personas o en algunos momentos logramos percibir o descifrar. Muchas veces he tenido ese sentimiento. Ahora bien, los paralelismos entre hechos históricos de Costa Rica (y de otros países centroamericanos y latinoamericanos) con los que dan forma al universo de Ciudad Real (y de El río que me habita) no son casuales, pero tampoco tienen la pretensión de ser puramente referenciales, es decir, aluden a hechos y realidades históricas, pero no refieren directamente a ninguna. Me interesa la relación de los personajes con su circunstancia geográfica, histórica y personal,más que la fidelidad a la historia de un lugar concreto.

—En el capítulo “Guerreros y Tejedoras”se intercala constantemente la narración en tercera persona a partir de Toni, un defensor del medio ambiente que se cuestiona con frecuencia “¿Qué es lo que hace que la vida merezca la pena vivirla?”, y que se traslada a Ciudad Real para impedir la construcción de una represa en torno al río Grande y, por otra parte, la forma epistolar entre dos hermanas estadounidenses, Emma y Beckie. Esto transcurre a grosso modo entre 1965 y 1967. En la historia epistolar se devela una tensión entre lo que sería el descubrimiento de un paraíso por parte de una extranjera así como la revelación de todo lo que no le gusta: la lentitud de las cosas, lo engorroso que resulta cualquier trámite, la contaminación de los ríos, el servicio de correo (de aquella época), la construcción de un basurero en un cerro y su posible destrucción y hasta los sinvergüenzas del banco.  ¿Crees que estas tensiones están todavía presentes en la Costa Rica moderna? Para Rodrigo Soto: ¿Qué es lo que hace que la vida merezca la pena vivirla?

—En El río que me habita no pretendo hablar específicamente de Costa Rica, aunque también pretendo hablar de Costa Rica. La realidad a la que refieren los hechos narrados está en muchos países, aunque sin duda muchos aspectos de Ciudad Real refieren a Latinoamérica y, más específicamente, a Centroamérica. En este libro me interesaba asumir la posición de quien mira todo desde la periferia, por eso Ciudad Real es una ciudad de provincias. Ahora bien, si me preguntas si esas características en cuestión (lentitud, burocracia, etc.) están presentes en la Costa Rica de hoy, la respuesta es que por supuesto es así. Y en cuanto a tu pregunta: ¿qué es lo que para mí hace que merezca la pena vivir la vida?, te responderé con lo que reflexiona uno de los personajes de la novela “El fuego cuando te quema”, del escritor costarricense Alí Víquez. Tras muchos debates y deliberaciones (se trata de una novela ideológica), el personaje llega a la conclusión de que, aunque no haya certeza ni evidencia alguna acerca de la trascendencia del alma, la mejor y única prueba del sentido de la vida, radica en el hecho de que, si antes de nacer tuviéramos la oportunidad de elegir entre nacer o no hacerlo, sabiendo de antemano lo que nos espera en el futuro, muchos, quizás todos, elegiríamos vivir. Creo que en este pensamiento se encierra una verdad profunda, aunque no pueda reducirse a un razonamiento cartesiano.

—El primer capítulo es una brevísima obertura centrada en el Colibrí;un ave que para sostenerse en un punto fijo debe aletear alrededor de 70 veces por segundo con unos 1.200 latidos por minuto (unas cinco veces más que el máximo de un ser humano). El Colibrí siempre está al borde de morir si su corazón llegase a latir un poco más rápido. ¿Qué simbolismo tiene el Colibrí para Ciudad Real?

—Diría que para Ciudad Real, ninguno. Lo que me parece hermoso de esa obertura o proemio es el hecho de que los colibríes canten al alba para ayudar al sol pueda emerger y la claridad se instale. Hay algo hermoso y poético (también patético) en la insignificancia de un colibrí que pretende que su canto hace salir al sol cada mañana. En ocasiones pienso que esta es una pretensión similar a la de los inventores de historias: escribimos para que el sol pueda salir cada mañana.

—En “Sirenas y Centauros”, el capítulo más rico en personajes que se intercalan a un ritmo constante, se perfila un mundo que bordea en lo fantástico. Hay dos chicas, Maga ¿honor a Cortázar? y Mila, que se bañan desnudas en los ríos y que parecen ser inmunes a los lagartos. Ellas atraen con su encanto a los viajeros pasantes que se lanzan al río exponiendo sus vidas. En este capítulo, además de estas encantadoras criaturas, está Cecilia, una farmaceuta a la que le gusta comer tierra y que se muda a Ciudad Real luego de su divorcio. Desarrolla una amistad con Aura, que le enseña a hacer medicamentos caseros y tiene la esperanza de que esta asociación se convierta en un negocio próspero. La violencia emerge: un día Cecilia es violada por tres hombres. Por otra parte, Adolfo Serrano, otro personaje, asesina a sus padres con un machete. Su sentencia es perdonada mucho antes de que culmine pero esto no lo libra de la culpa. También nos encontramos con Miguel,que se dedica a cazar indios y se queda prendado con Lucila Meneses, que aparece varias veces de forma tangencial a lo largo de la novela.Hacia el final casi todos están en aprietos: Maga rompe con Mila por una relación que tuvo con un forastero; Miguel sufre un accidente con una trampa que le montan los indios y queda herido a la merced de la selva, Serrano se desvanece en el túnel de un cerro en el que trabaja, Cecilia es aplastada por un talud. ¿Hablamos acaso acá de una suerte de realismo mágico en un mundo centroamericano o costarricense?

—Las historias que integran esta primera parte de la novela tienen tesituras y registros diferentes. La historia de Maga y Mila –homenaje a Cortázar, ciertamente-, tienen un registro fantástico, pero también recrea una leyenda viva en diversas regiones de Centroamérica, y quizás de Latinoamérica: la creencia en las sirenas que raptan a los hombres a la orilla de los ríos. Las demás historias de esta sección tienen un registro más “realista”, por así decirlo, aunque todas exploran lo monstruoso y la desmesura. De ahí el título de esta parte. Al mismo tiempo, tratándose de la primera parte de la novela, para mí era importante trazar, o al menos esbozar, el horizonte temporal en el cual se desarrollarían todas las historias que atraviesan el libro, de ahí que las historias remonten progresivamente el tiempo. Si te fijas, la primera historia tiene lugar en la contemporaneidad –incluso en una suerte de futuro próximo-, en tanto la última del conjunto, la del cazador de indios (mestizo él mismo), nos sitúa en el último tercio del siglo XIX.

—En la llamada Historia Local I creo que lograste un relato magistral. Una historia fascinante llena de datos, que pueden ser o no ser reales, pero que le da un tono como de cuento-ensayo. Diosdado Márquez Valerio, un historiador que guarda la memoria de lo que acontece en Ciudad Real y que muere en el anonimato. El punto de vista se centra en su mejor y quizás único amigo que dice al referirse al entierro de Diosdado: “Ese día reviví con más intensidad que nunca la desdicha de haber nacido en Ciudad Real, que despedía de forma tan misérrima al prócer y pionero de su historia local”. ¿Quisiste acá retratar algún rasgo en cuanto al olvido de los muertos cuando ya no son útiles como idiosincrasia de algunos pueblos o de algún país en particular?

—Diosdado Márquez Valerio es el arquetipo del historiador del pueblo y su historia habla de la soledad y el aislamiento. La tragedia de Diosdado es que ni siquiera tiene que morir para caer en el olvido. Vive en él. Pero toda su historia está atravesada por una tensión entre la memoria y el olvido. Como recordarás, durante todo el relato, el narrador, su discípulo y amigo, insiste en que Diosdado ha olvidado un dato al parecer insignificante de una conversación escuchada en su niñez. Cuando finalmente recuerda aquello que había olvidado, sufre una crisis emocional. La narración no nos revela la respuesta, los lectores deben interpretar el contenido de lo que él acaba de recordar…

Por otro lado, la historia de la Colonia Fraternidad está vagamente inspirada en la de una colonia francesa que se instaló brevemente en una región muy apartada de la costa pacífica de Costa Rica. Al parecer, esa colonia corrió una suerte similar a la que se describe en el libro.

—Las cuatro historias: I,II,III, IV son excepcionales. La Historia Local II, la de Sofonías Sánchez y su orquesta es un relato que podría ser de cualquier país latinoamericano: un músico que conoce el éxito y termina vendiendo órganos Wurlitzer. Mathew Campbell es un negro, flaco, serio, que se obsesiona en construir con sus propias manos un barco sobre un cerro que lo imposibilitaría de ser llevado al mar una vez terminado. Muere literalmente ejecutando su oficio, con la cordura estropeada al punto que lo abandona su mujer y los hijos que deja desperdigados. Estos cuatro relatos son autónomos pero a la vez están conectados con el ensamblaje general de la novela. Carlos Cortés ha dicho sobre El nudo: “El nudo no se lee como una novela, aunque lo sea, sino como un cuento, con la tensión que ofrece la narrativa breve y sin traicionar sus ambiciones de fuga, de ir más allá, que es el sino imposible de la novela. El fantasma de la forma”. ¿Cuál ha sido tu principal preocupación como narrador; el fondo de lo relatado o la forma?

—Sofonías Sánchez es para mí un personaje entrañable. Disfruté mucho con su escritura, pues representa como bien dices una época de Latinoamérica. Por otro lado, la escritura de las historias, de los hilos narrativos que conforman El río que me habita, precedió a su ensamblaje. Antes de la versión publicada, hubo otras en donde las mismas historias se presentaban en otro orden y enlazadas mediante otros artilugios. Si bien los hilos que conforman El río que me habita no pueden considerarse cuentos desde ningún punto de vista, es claro que el libro está constituido por un conjunto de historias o hilos narrativos relativamente independientes entre sí. Creo que el arte narrativo se nutre y dialoga con otras artes y oficios. Dos de ellos son la hilandería y el tejido. Entiendo El río que me habita como un tapiz narrativo.

—En simultáneo o en paralelo a tu carrera de escritor has tenido una amplia trayectoria en el campo audiovisual orientada más que todo al documental. Hay una foto de una entrevista que te hizo La Nación en el 2007 en la que estás retratado encima de la basura en el botadero cuyo irónico nombre es Río Azul (ese seguro no habita en ti). Esa imagen marca un fuerte punto de vista y el mensaje de que el escritor procesa los desechos: “Rodrigo es un artista que no le teme al mal olor de nuestra basura psíquica, emocional, social o histórica. Con ella construye sus historias y sus personajes”. Sin embargo, a pesar de esa foto y la del colgadero de hojas que me llevó a El nudo, me parece que lo cinematográfico no marca tu obra como escritor. ¿Estoy en lo correcto?

—Guardo un buen recuerdo de la entrevista a la que haces referencia, en el botadero de basura. Yo mismo elegí ese sitio para realizar la entrevista. En efecto, creo que una de las funciones de las artes (no solo de la literatura) es precisamente trabajar con la basura, hacerla visible, sacarnos de la zona de confort en donde habitualmente nos situamos y traer de vuelta todo aquello que pretendemos desechar u olvidar. Por otro lado, creo que mi forma de entender y practicar el oficio de narrador no tiene mucha relación con mi trabajo audiovisual, más bien ha sido un aspecto de mi “modus vivendi”, una forma de ganarme la vida, pues no soy un escritor vinculado a la academia. Sin embargo, como espectador, las películas (de cine y de televisión) han nutrido mi visión del mundo y, desde luego, fueron muy importantes para ayudarme a comprender en qué consiste una historia, de qué están hechas las historias.

—Patrick Deville, en su libro Pura vida, dice que luego de recorrer Centroamérica: “…se me hizo patente que, durante los dos últimos siglos, aquella zona del mundo no había sido más parca en héroes, traidores y cobardes”. No me deja de llamar la atención que Juan Rafael Mora,declarado por la Asamblea Nacional en el 2010 como “Héroe y Libertador Nacional” murió fusilado al poco tiempo de derrotar a los filibusteros en la Campaña Nacional de 1856-1857. Igual suerte corrió Francisco Morazán, en otras circunstancias, con su empeño en crear una República Centroamericana. En “Celajes frente al río”el personaje principal de una de las dos historias socava una rebelión y con un grupo de soldados bajo su mando manda a fusilar al jefe de la insurrección, que a la vez había sido como su hermano de la infancia. En este bien logrado capítulo, ¿tratas de reflejar un poco lo que dice Deville; entre traiciones y fusilamientos nos veremos?

—No aludo a esa realidad en concreto. La traición y la cobardía, el desinterés y el altruismo, hacen parte de la condición humana y se manifiestan en todas las épocas históricas y en las circunstancias más diversas, incluso en vidas pequeñas como la mía. No es necesario buscar la historia de “grandes hombres” o de “grandes mujeres” para encontrar esas facetas. Están aquí, con nosotros, todos los días. Por otro lado, la historia de Juan Rafael Mora que mencionas, es sin duda fascinante y relativamente desconocida. Tiene ese final trágico y absurdo que refieres. No obstante, aunque me la piden en mi país, no soy especialmente propenso a rendirle culto a los héroes nacionales.

Mockie, hijo de Mathew Campbell (Historia local III), es un personaje entrañable con el que el lector se encariña. Él valora la libertad por encima de todas las cosas pero su ansia deriva en irresponsabilidad paterna y soledad en su vejez. Él se hace cuestionamientos existenciales si se quiere cándidos: “…pues como dice el dicho ‘uno propone y Dios dispone’”… “Entre precisas y enredos se nos va la vida, hasta que un buen día despertamos con la pregunta en la boca: ‘Muy bien, Mockie Campbell, ¿qué es lo que has hecho?’” En tu página de escritor,www.mundicia.com dices: “La vida me ha enseñado lo acertado del refrán que dice: ‘Haz planes si quieres hacer reír a Dios’. Por ello, en general no hago demasiados planes para el futuro”. ¿Libertad para elegir o elegir para ser libres? ¿Cuánto de Mockie hay en Rodrigo? ¿Está Mockie a su vez emparentado con Toni en cuánto a las preguntas existenciales se refiere?

—Como escritor que eres, sabes bien que en cualquier personaje que seas capaz de concebir, hay algo tuyo. La creación de los personajes sigue siendo para mí uno de los aspectos más fascinantes y enigmáticos dela creación literaria. En algún momento de mi vida, acuñé lo que entre broma y serio he llamado la “teoría de Frankestein”, para significar que todos los personajes están hechos a la manera de Frankestein, o que el monstruo creado por Mary Shelley es, en realidad, una metáfora de todos los personajes literarios, que también son construidos con pedazos de personas que uno conoció, recuerdos y experiencias propias, seres imaginarios, todo revuelto y bien mezclado. Sin embargo, los personajes de El río que me habita no surgieron de esa forma. Mokie Campbell tiene tanto de mí como Cecilia Solano, la farmacéutica que de niña se aficiona a comer tierra, o como el judío converso que llega a América por equivocación, de la última parte de la novela.

Pero hay otra cosa, tal vez más importante: todos los seres humanos, instruidos o no instruidos, letrados o no letrados, nos preguntamos cosas profundas acerca de nuestra condición, acerca del sentido de la vida y de la razón por la que estamos aquí. El silencio, la música, la risa, pueden ser, y suelen ser, formas de filosofía. Hay que saber escuchar y respetar las distintas formas de preguntarse. Con frecuencia aprendo cosas importantes de personas que llamaríamos sencillas. Mockie Campbell es un homenaje a ellas. Puede que su lenguaje no sea sofisticado, pero tampoco es ridículo, como lo es en ocasiones el del General Briceño, su contrapunto en esta sección.

—Permíteme que regrese a Mockie. Ese relato me hizo un nudo en la garganta. Hay una escena que se me antoja como el clímax de la novela, aunque andamos ya por la página 236 y todavía queda por delante el capítulo“Las flechas de oro”, que es como un salto atrás en tiempo, entre indios y conquistadores. Mockie, que había sido albañil y maestro de obra, estuvo a cargo de la edificación del mausoleo del general Briceño. Cuando se concluyó la construcción de la represa a la que Toni se oponía, no se pudo salvar el cementerio del pueblo. Hubo entonces que trasladar a los muertos a un cementerio nuevo: “Cuando el agua me llegaba a la rodilla fui a darme una vuelta. Caminé entre las tumbas ya sin flores, viendo como quedaba aquello tan solo. Para peor de males estábamos de temporal, el cielo gris y cargado… Del cementerio, lo último que quedó a la vista fue la cruz de la capilla y el cucurucho de la pirámide de Briceño, pero una mañana despertamos y ya solo estaba el lago y nada más”.  Mockie luego se dice a sí mismo que si fuese uno de esos muertos hubiera salido a protestar: “Si los vivos no protestan, que protesten los muertos. Que lo despierten a uno del sueño eterno para cambiarlo de casa debe ser una contrariedad”. Entonces Mockie se imagina esa protesta recorriendo las calles y avenidas, con carteles y gritos, donde no podía faltar su amigo entrañable de la infancia Chicho, activista del partido comunista.  Esas dos escenas: el agua que cubre el cementerio y las protestas de los muertos por su traslado de morada me parecen el punto de mayor clímax de la novela que, a ese punto, se acerca a su conclusión. ¿Estarías de acuerdo en considerar a Las flechas de oro como una suerte de capítulo-epílogo?

—La construcción de El río que me habita me tomó siete años, aunque la escritura de los materiales, propiamente, dos o tres. Después de diversas tentativas encontré esta fórmula en donde un pequeño grupo de historias se presentan en secciones o partes relativamente autónomas del libro. Las flechas de oro podría ser la primera o la última sección pues, insisto, todas son relativamente autónomas, aunque dialogan entre sí. Quizás, la única característica especial de Las flechas de oro, es que de todo el libro es la más unitaria, de hecho, la única que no podría descomponerse en las historias que la integran sin perder su sentido.

Déjameagregar algo acerca de Las flechas de oro: no es solo una historia sobre conquistadores e indios, pues también nos trasporta a finales del siglo XIX, cuando se construye el ferrocarril y se consuma el saqueo de la riqueza arqueológica del río Grande. Aquí reaparece el registro fantástico que encontramos al inicio, en la historia de las sirenas Maga y Mila, con la venganza del “duwak” o espíritu del indio cuyo cuerpo ha dormido por siglos en su tumba y esdespertado por el codicioso arqueólogo que trabaja para la compañía que construye el ferrocarril.

Me agrada mucho lo que dices de la escena en que el cementerio de la ciudad queda sumergido bajo las aguas, tras la construcción de la represa. Para mí, es una escena con una fuerza poética casi trágica, aunque muy contenida. Desde el inicio sabía que una parte de Ciudad Real quedaría sumergida bajo las aguas, pero no sabía en cuál de las narraciones se relataría esto. Que fuera en la de Mockie Campbell y se relate desde el cementerio, me pareció irresistible.

Lo francés está presente en tu novela: La Colonia Fraternidad, erigida por franceses que perecen en Punta Llorona por un maremoto; las ideas de Napoleón Bonaparte que influyen en el militar. ¿Cuáles son tus influencias culturales y literarias? ¿Cuáles son las ideas que obsesionan a Sotópolis?; como Carlos Cortés se refiere a tu imaginario literario.

—De las literaturas europeas, la francesa es, junto con la española, la que más he frecuentado. Camus fue una lectura muy importante en mi primera juventud, igual que todos los grandes escritores latinoamericanos del boom, con la excepción de Borges, cuya narrativa cerebral y de asuntos librescos me admira pero no me deja frío. También me nutrí de otros latinoamericanos que no cupieron en el canasto del boom, como Jorge Amado, Manuel Scorza y Andrés Caicedo. Entre los norteamericanos, leí con devoción, sobre todo, a Henry Miller, ese maravilloso impostor, y a J.D. Sallinger. Naturalmente, después han venido muchos más, entre los cuales debo mencionar a Milan Kundera. Y muchas, debo decirlo así, no para ser políticamente correcto, sino para dejar constancia de mi deuda y gratitud con unas cuantas escritoras: la señora Yourcenar, Virginia Woolf, Clarice Linspector, Rosa Montero, Belén Gopegui… Pero no se trata de hacer un listado interminable. En cada momento de la vida he buscado buena compañía para nutrirme, al menos eso he pretendido. Sin embargo, no soy un ratón de biblioteca, un estudioso de la literatura y ni siquiera un buen lector. Creo que una parte de mi fascinación juvenil por Miller se debe al hecho de que soy, por así decirlo, un vitalista antes que un hombre de letras. Creo que la literatura es, o al menos debería de ser, un pretexto para iluminar la vida, como un potente reflector. Me interesa la vida más que los libros.

—Has tenido la habilidad de crear un mundo propio sobre y alrededor del cual me imagino, a futuro, podrás continuar creando historias. ¿Has pensando en seguir contando en otra novela la historia de tu Ciudad Real y del río que te habita?

—Poco después de aparecer publicado en España El río que me habita, decidí continuar tejiendo alrededor del mundo de Ciudad Rea. Es lo que estoy haciendo ahora. Me quedé con muchas historias y personajes en el tintero. Algunas las historias incluidas en El río que me habita, las imaginé en la década de mis veinte años, y no pude escribirlas sino treinta años después. Hay otras historias que simplemente no pude escribir, pero confío en poder hacerlo ahora. Creo que al crear un mundo autónomo como el de Ciudad Real y el río Grande, asoma una posibilidad maravillosa, que es la de mostrar cómo las circunstancias que marcan a los personajes de una época histórica, son el resultado de las fantasías, los delirios y las decisiones que tomaron los personajes de un momento histórico previo. Estamos entretejidos, entrelazados, no solo con nuestros contemporáneos, sino también con quienes nos anteceden y con quienes nos sucederán en el tiempo.

La despedida de Colbert; por Pedro Plaza Salvati

Una larga fila se armaba frente al teatro Ed Sullivan antes de la hora pautada. Pensaba en ese instante en que nos incorporamos luego de tomar un expreso doble, si tendría la oportunidad de hacerle la pregunta sobre la situación en Venezuela. Se suponía que era primavera pero la temperatura estaba fría, hacía viento y

Por Pedro Plaza Salvati | 13 de mayo, 2017
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Stephen Colbert, presentador de The Late Show with Stephen Colbert en el canal CBS

Una larga fila se armaba frente al teatro Ed Sullivan antes de la hora pautada. Pensaba en ese instante en que nos incorporamos luego de tomar un expreso doble, si tendría la oportunidad de hacerle la pregunta sobre la situación en Venezuela. Se suponía que era primavera pero la temperatura estaba fría, hacía viento y caía una lluvia indecisa. Las entradas eran gratuitas, aunque difíciles de conseguir, y no sé si por esa precisa razón el personal de seguridad que condujo un chequeo estilo aeroportuario no fue amable. Tuve que colocar las monedas dentro de una pequeña cesta blanca y luego de pasar el detector metálico me las echaron encima de la mano y algunas se cayeron al piso. Para colmo, el guardia ni siquiera se disculpó en el país del I’m sorry.

Entramos al teatro. La fila se dividió en tres sub-filas. Aunque me disponía a apreciar el ingenio y virtuosismo escénico de Stephen Colbert, había una clara sensación de estar a punto de experimentar una atracción de parque temático.Tenían varias pantallas que mostraban sketches memorables de algunos programas, lo que hacía la espera más llevadera. Había unas figuras de cartón que representaban en dimensión humana al host que sustituyó a David Letterman en el Late Show de la CBS, como para que las personas pudiesen tomarse una foto junto al cartón. Recuerdo que una vez presencié lo mismo en Washington con una figura de Obama. Era otra época, había hope, recién se inauguraba como Presidente y Yes, we can.

La hora para el encuentro de filmación indicaba Check-In Deadline 4:00 pm, como un boleto de abordaje. Nuestros Fans tickets tenían la leyenda Priority, pero se trataba de una prioridad que no se manifestó en ningún sentido o forma. Pensaba de nuevo si tendría la oportunidad de hacerle la pregunta sobre mi país mientras afuera del teatro se formaba otra cola que, posiblemente, correspondía a los que tomarían asiento en la mezanina. Los muchachos que ordenaban la fila, con una simpatía un tanto impostada y cargada de hartazgo, nos permitieron ir al baño en secuencia: fila uno, fila dos, fila tres. Nos advirtieron varias veces de que no tomáramos fotos para evitar ser desalojados de la sala. También nos reiteraron que podríamos hacerle preguntas a Stephen pero que tratáramos de que no fuesen tan personales o desagradables.

Stephen Tyron Colbert ha sido el anfitrión del Late Show desde el 8 de septiembre de 2015, luego de que Letterman anunciara su retiro en una serie de shows que se transformaron en una procesión pre-mortem. Hasta Bush, padre e hijo, Clinton y Obama enviaron mensajes: “la peor pesadilla de los ex-presidentes había concluido”. Nadie supo las verdaderas razones de su retiro. En una entrevista Letterman afirmó: “Estoy obstinado de que me pregunten qué voy a hacer luego de que me retire: ¡no tengo la menor idea de lo que voy a hacer!”Al show de Letterman nunca pude asistir. Cuando uno llamaba para tratar de obtener entradas, la persona que atendía contestaba que para poder optar a ellas había que responder algunas preguntas de lo que había ocurrido en el show el día anterior: Are you ready? Por supuesto que este filtro nunca lo pasé. El retiro del legendario animador se trataba de un hecho paradójicamente prematuro dado que se encontraba, luego de 33 años de conducir este tipo de programas, en plena forma. Así lo demostraba su agudeza mental preservada y las carreras que hacía al inicio del show como una sombra veloz en la penumbra para coger un tren a la medianoche en Grand Central. Pero es asombroso que a solo diez meses de su retiro, David, “El hombre de la carta”, se muestra irreconocible en una foto que circuló en los medios de comunicación con una barba blanca y mucho menos cabello, mientras corría en la isla de St. Barts. Parecía un San Nicolás en el trópico. Dicen que el retiro acelera la decadencia; al menos en su aspecto físico Letterman es una prueba de ello aunque nos regale una sonrisa espléndida en la foto de su carrera caribeña.

Llega el momento de ingresar a la sala y, ya sentados, tuvimos que aguardar otro un buen rato dado que los organizadores de la fila debían hacer pasar al público que estaba todavía afuera del teatro. Me imagino la escena repetida del control de seguridad con el tipo que me lanzó las monedas y el mismo protocolo de acceso al baño, fila uno, fila dos, fila tres. Son las cinco de la tarde y llevamos dos horas de espera. Todo tiene un precio;There ain’t no such thing as a free lunch: aguardar en la calle, los controles de seguridad, la espera en el Lobby, el trato militarizado de los arregla filas, el orden vacuno en el que nos llevaban por lotes al baño. A esto se agregaba el frío de la sala que ya se me metía por los huesos, más bien lo que tenía era un ataque de Cold-bert.

Cuando estaba a punto de sucumbir a la hipotermia aparece sobre el escenario Paul Mecurio. Paul Mecurio es un comediante graduado de la Escuela de Leyes de Georgetown University y trabajó en varios bancos de inversión antes de encontrar su verdadera vocación. Jay Leno, el antiguo presentador de The Tonite Show de la NBC, le dio el empujón para que dejara su profesión y se entregara de lleno al mundo del Comedy. Mecurio es ahora lo que se llama el Warm upguy de Colbert. Lo cierto es que es muy talentoso y ofreció un espléndido show previo antes del show verdadero cuyo fin, sin duda, era animar y calentar a la audiencia para que tuviese la actitud y ánimo adecuado ante la aparición del famosísimo Colbert. Entre chiste y chiste, en una sesión extendida de comedia con intercambios con la audiencia (a algunos inclusive los llevó al escenario), nos indicaba con entusiasmo lo que teníamos que aupar, gritar, etcétera, cuando Colbert apareciera: ¡Stephen!¡Stephen!¡Stephen!, por ejemplo. Se hacía más evidente que teníamos que jugar una parte activa en el desarrollo del show. Como veo poca televisión, yo creía que los vítores, aplausos y alegrías de la audiencia cuando aparece uno de estos showmen eran espontáneos: una verdadera admiración. No me imaginaba, inocente yo, el grado de entrenamiento previo.

Al terminar Mecurio aparece Jon Batiste, que tiene una maestría en música de Julliard School, con su banda Stay Human, algo así como Mantente Humano, nombre de un grupo que aplicaría muy bien en estos días de turbulencia venezolana como mensaje a la Guardia Nacional Socialista Bolivariana (GNB) con sus desmanes en territorio nacional. Colbert y Batiste se conocieron durante una actuación en el antiguo show de Comedy Central, The Colbert Report, en el que Colbert tomaba como víctima continua y persistente al famoso-odiado-amado Bill O’Reilly, despedido recientemente de la cadena Fox News por acoso sexual. Colbert la tenía agarrada con O’Reilly así como ahora le tocaba el turno a Trump. En ese programa que lo llevó a la fama representaba a un personaje de ficción llamado Stephen Colbert que hace el papel de Stephen Colbert; una suerte de auto-ficción: “un hombre bien intencionado, mal informado, un idiota de alto estatus”dedicado a la sátira política.

La banda en vivo desplegaba una destreza mayor a la que se aprecia en televisión. Stay Human toca varias piezas y se mezcla con el público a los que le regala varios solos que suben los decibeles energéticos ya de por sí elevados previamente por Mecurio. Jon Batiste substituyó al legendario Paul Schaffer, curiosamente también abogado como Mecurio (en los Estados Unidos siempre es recomendable tener un abogado cerca de uno). Desde 1982 acompañó a Letterman con su grupo llamado The most dangerous band in the world. Schaffer es otro que andaba medio deprimido con su retiro y en esos días, como un resurgimiento, acababa de sacar un disco y organizó una gira con su banda. En una entrevista con la muy neoyorquina cadena televisiva NY1, Schaffer dijo: “Al principio pensé que ya era tiempo de relajarse. Inhalé profundo y ya me sentía aburrido y un poco deprimido. Y entonces era muy claro que tenía que seguir haciendo música”.

Finalmente, luego de casi tres horas de espera, si se cuenta a partir del momento en que llegamos a la fila a las tres de la tarde hasta las actuaciones de Mecurio y Batiste, aparece el gran Colbert. Conduce una suerte de sesión previa en la que acepta preguntas de la audiencia. Comienza a responderlas con agilidad mental y sarcasmo. Un hombre levanta la mano y pregunta: Is a hot dog a sandwich? A lo que el host le responde: “¿Está usted consciente de que tal vez esta será la única oportunidad en su vida en la que podrá preguntarme algo y me va a hacer semejante pregunta?”. Colbert nos asegura que, como público, somos muy importantes y que formamos parte integral del programa.

Yo levanté mi mano para ejecutar la misión que me había propuesto. Según había leído el estimado de espectadores de Colbert era de unos tres millones incluyendo, con total seguridad, a Donald Trump; que estaría probablemente jugando con el control remoto y disparando tuits como un gatillo alegre.Le quería preguntar qué opinaba de la situación de Venezuela y si pensaba hablar de ella en alguno de sus shows, con la intención de que el tema Venezuela saliera a la luz en su mente y así poner un grano de arena en difundir por todos los medios la desgracia/catástrofe venezolana. Pero mi mano alzada en medio de la temperatura polar del estudio de la CBS no fue escogida, tal vez porque había quedado sentado en una esquina cerca de la salida de emergencia y no era tan visible a pesar de mis esfuerzos de estirar y animar el brazo lo que más pude.

El show comienza con su pegajosa introducción y con tomas de New York City en miniatura pero en movimiento. Luego de recibir los aplausos y la euforia es casi imposible divisar a Colbert debido a cuatro gigantescas cámaras que lo asechan en tarima y que me recordaron a los Tiranosaurios Rex de Jurassic Park. Lograba ver solo pequeñas partes de su humanidad, en mayor o menor grado, dependiendo del desplazamiento sobre el escenario de los T-Rex. Algo que me impresionó de entrada es que Colbert en persona es exactamente el mismo que en televisión. Además de llevar su invariable traje azul y lentes, no se percibe la diferencia que a veces se planta ante uno entre la ficción televisiva o cinematográfica y la realidad. Ese no era el caso. Ante la visión de más o menos 25% de su humanidad por efecto de las cámaras, me vi obligado a dirigir la mirada a los televisores que tienen a disposición de la audiencia.

Mi alegría fue genuina cuando desplegó una seguidilla de bromas y sátiras sobre el desarrollador inmobiliario devenido en Presidente. El Late Show se había transformado desde hacía rato en un campo de guerra contra Trump:Late Night War, se podría decir.En otro programa Colbert diría: “Trump tiene los códigos nucleares, yo tengo los chistes”. Y fue una metralla, una tras otra, como un ataque en una guerra a un enemigo del pueblo o de la inteligencia humana. Colbert se dedicó a imitar la voz de Trump leyendo sus inverosímiles tuits. Me regocijaba de poder disfrutar de la libertad de expresión en un país en el que se puede criticar tan duramente a un Presidente en Televisión Nacional y pensaba en la triste auto-cesura de los canales de televisión venezolanos, los diez años del cierre de RCTV, y de la hegemonía comunicacional propagandística del régimen devenido en dictadura.

Colbert recuerda que Trump cumple 100 días en la Presidencia y se lanza un monólogo de 12 minutos y 19 segundos. Afirma que el Presidente No. 45 no ha podido lograr nada de lo que se ha propuesto (el show es previo a la desafortunada aprobación en la Cámara de Representantes del Rechazo y Reemplazo del Obamacare). Y afirma que a Trump se le puede reconocer un logro: “Firmó una ley que hace más fácil comprar armas a personas con problemas mentales y cazar a los osos que están hibernando”. Y él, como comediante, agradece lo que ha hecho Trump por Colbert en estos 100 días, en referencia a sus continuas burlas: “¡Muchas gracias por su servicio, Mr. President!”, y le da el saludo militar.Coloca, entre varios, el siguiente tuit que lee imitando la voz de Trump:

The Wall is a very important too in stopping drugs from pouring into our country and poisoning our youth (and many others) if.

¿ Cuando Trump comienza a hablar tiene alguna idea de cómo van a terminar sus frases?, se pregunta Colbert. El tuit concluye con un “if” que plantea una oración que sigue pero que continua ¡tres horas más tarde! con otro tuit:

…the Wall is not built, which it will be, the drug situation will NEVER be the way it should be! #BuildThe Wall.

Y Stephen Colbert se cuestiona: ¡¿Cómo va Trump a #BuildThe Wall si le toma más de tres horas para #BuildTheSentence?!

Luego de la pausa comercial anunciada procede a entrevistar a Allison Janney, la actriz de The West Wing y luego a la COO, Jefe de Operaciones de Facebook, Sheryl Sandberg. En el 2012 la revista Time la nombró como una de las 100 personas más influyentes en el mundo y su fortuna personal se estima por encima de 1 billón de dólares. Pero no está ahí para hablar de Facebook o de tecnología sino sobre la muerte de su esposo en el 2015 y el libro que acababa de escribir Option B: Facing Adversity, Building Resilience and Finding Joy. Su esposo, Dave Goldberg, falleció luego de un accidente en una cinta de correr mientras se encontraban de vacaciones en México: se golpeó la cabeza y murió tras la contusión en el cerebro que le ocasionó una pérdida masiva de sangre. La ejecutiva de Facebook habla de la necesidad de apreciar los momentos buenos de la vida a pesar del luto. Colbert se siente identificado con el tema ya que a los diez años de edad perdió a su padre y a dos de sus hermanos en el accidente aéreo de Eastern Airlines, vuelo 212, que se estrelló en Carolina del Norte. Y admite que solo cuando alcanzó los 35 años fue que pudo aceptar lo que había ocurrido y entender que hay que ver siempre ver el lado positivo de las cosas que suceden. Stephen, el hijo menor de una familia de once hermanos, finalmente encontraba alegría a partir del dolor; como su invitada de Facebook. Y yo pensaba que lo que ocurría en Venezuela, la ruina y la tragedia, debe tener, más pronto que temprano, un motivo de alegría:el fin de la pesadilla y la reconstrucción de un país.

Entre una entrevista y otra se sienta una persona al lado de Colbert para revisar cómo quedó el segmento anterior. En uno de esos momentos el host informa al público que tiene que repetir una frase del monólogo ya que una palabra no quedó bien pronunciada. Y entonces pienso qué buena memoria tiene cuando me doy cuenta, doblemente inocente yo (primero por lo de los aplausos y vítores entrenados) de que todo lo que hablaba estaba escrito en un Telepromter. Yo estaba convencido de que lo que comentaba era producto de su ingenio, memoria, práctica o talento. De hecho, Colbert se jacta, pude averiguar luego, de que en The Colbert Report todo era improvisado; no había Teleprompter.

El show concluye con la presentación musical del cantante country Mary Stuart. Los que están en la primera fila deben moverse hacia atrás del escenario, tal vez por el ángulo de filmación. El sonido y la banda son buenos a pesar de los bostezos que me produce la música country. Colbert se desplaza a uno de los pasillos internos del teatro donde está un grupo de gente con unas pancartas. Termina de tocar el grupo.

Encienden las luces y se acaba la filmación del show de Stephen Colbert.

En ese instante un silencio cubrió la sala y la gente se dispuso a salir mientras un raro vacío se instauró en el ambiente. Entre el frío y el efecto de la cafeína tenía muchas ganas de ir al baño. Pero los guardias de seguridad los habían clausurado, como para que todo el mundo saliera rápido y desalojara el teatro, situación similar a uno de los Fire Drills o simulacros de incendio a los que nos sometían en los dormitorios de la universidad en la madrugada. Los guardias se plantaron firme a pesar y a conciencia de que una de las empresas más difíciles en Manhattan es conseguir y poder utilizar un baño.

Crucé la calle hacia un Starbucks, hice otra cola para el baño, y luego pedí un café a ver si me libraba del frío que arrastraba del estudio de CBS. Eran las ocho de la noche. Meditaba sobre mi pregunta que no pude formular, el destino de Venezuela y la impostura del show. Unos minutos atrás me había quedado petrificado esperando que Stephen Colbert regresara a despedirse, a darle las gracias al público por estar presente, por colaborar y ratificar lo importante que era la audiencia; parte integral del show. Pero ello no ocurrió, Stephen simplemente se desvaneció. Despedirse y dar las gracias al público no le hubiera tomado más allá de un minuto. Y pensaba de que era aún más cierto el dicho yanqui de que un almuerzo gratis no existe. Me quedé viendo hacia la calle, enfrente el teatro Ed Sullivan, un poco desencajado por lo que habían sido las últimas cinco horas y pensando si me despedía de una entelequia (“cosa, persona o situación perfecta ideal que solo existe en la imaginación”).

 

Crónica de un regreso a Caracas V: La ruina; por Pedro Plaza Salvati

El lugar de la oscuridad Una fila interminable brota hacia la calle. La ansiedad se encaja en las miradas de cientos de personas que a mitad de mañana, por necesidad o sin alternativa, llevan horas estancadas en su metro cuadrado de acera frente al Centro Comercial Los Ruices. Este centro es contiguo a VTV, el

Por Pedro Plaza Salvati | 13 de abril, 2017
Fotografía de Diego Vallenilla / Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

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El lugar de la oscuridad

Una fila interminable brota hacia la calle. La ansiedad se encaja en las miradas de cientos de personas que a mitad de mañana, por necesidad o sin alternativa, llevan horas estancadas en su metro cuadrado de acera frente al Centro Comercial Los Ruices. Este centro es contiguo a VTV, el canal que aplica una constante lobotomía al televidente. Dos empleados portan el logotipo “V” en sus camisas y en sus gorras. Se colean y se adelantan sin vergüenza a las personas que están en la fila desde hace varias horas y los supervisores lo permiten. La gente les grita sucios, arrastrados, malditos: ¡hagan la cola como todos los demás!; voces y brazos se elevan. Los empleados del canal del Estado aguantan el chaparrón como una lluvia de granizo justiciero o una merecida penitencia. Hacia mi derecha se acercan tres hombres: el del medio lleva un bastón y es invidente, otro lo sostiene de un brazo y un guardia del centro comercial lo hala toscamente por la hombrera de la camisa como cuando se lleva a alguien detenido. ¿Qué habrá hecho?, me pregunto. A los pocos pasos me doy cuenta de que lo están arrastrando hacia el camino de salida a la calle. Su prisión no está en su mundo de oscuridad sino más bien en lo que lleva en las manos: dos paquetes de papel toilette Sutil y dos paquetes de harina de maíz Juana.

No soy malo: lo que estoy es pelando

Me detengo en una arepera aledaña a la Avenida Francisco de Miranda para comprar un agua mineral. Cuando estoy pidiendo una voz se dirige hacia mí: “Cómprame una arepa”. Volteo la cara y veo a un muchacho que parece un universitario. Tiene su ropa sucia y manchada de calle y un morral multicolor cargado de negrura. En su mano un vaso de agua que bebe como administrando la escasez; lo único que había logrado que le regalaran en el negocio. En segundos pensé que si el muchacho portase ropa limpia y no estuviera tan sucio, pudiera ser un estudiante de cualquier universidad venezolana con la ilusión de una vida por delante, de una carrera, de una familia, no un habitante de la calle. Pero está solitario, más bien desamparado y delante de él lo que tiene es un menú que no puede pagar. Saco de la cartera la tarjeta de débito y le pido a la cajera que le despache la arepa (la cajera me dice que vea el monto en el recibo de papel, que no me podía dar la copia del cliente por la escasez de papel). El muchacho hambriento me da las gracias y me dice: “Yo no soy malo: lo que estoy es pelando”.

La continuidad de los billetes

En diciembre pasado, en el último regreso a Caracas, viví un punto álgido de la crisis cuando Maduro ordenó retirar los billetes de cien bolívares para luego retractarse ante la inminencia de un estallido social. Tres meses más tarde saco 50.000 de la cuenta para tener efectivo durante este viaje que, dividido entre 4.000 (valor aproximado del dólar paralelo o negro del momento), representa apenas unos 12 dólares. El cajero del banco me entrega los $12 en 500 billetes: 200 billetes de cien y 300 billetes de veinte. Le pregunto por los billetes de nueva denominación y me responde: “Esto es lo que hay…”. Empiezo a guardar los 500 billetes en los bolsillos de la chaqueta. En esos días de marzo el clima estaba inusualmente fresco y ameritaba por suerte llevar una chaqueta. También guardo billetes en los bolsillos del pantalón y dentro del interior sujetados por la banda elástica. Salgo del banco en estado de alerta máxima, como un terrorista cargado de explosivos.

Perder la razón

Un día al salir de la estación del metro de Chacao me encuentro de frente con el hombre que cuidaba carros y que ahora se ha convertido en un indigente. Su figura parecía la de un zamuro. Me reconoce porque antes conversaba con él, hace un tiempo, cuando todavía no había perdido el juicio y no andaba con sus pocas y únicas pertenencias a cuestas, que a veces deja escondidas detrás de un matorral o en una casa abandonada por sus dueños que se han ido del país y que no pueden venderla. Pero detrás de ese hombre derribado, abatido, mental pero no físicamente, está una voz limpia y suave que empieza a decir incoherencias, pero que antes de decir incoherencias, “Vengo de la oficina del doctor tal que queda el tal sitio”, me comenta que le faltan 350 bolívares para completar para el pan. De inmediato saco 20 billetes de veinte bolívares y le doy 400 bolívares que sostiene firme en la mano junto a otros tres billetes verdes de cincuenta que traía. Caminamos por la Francisco de Miranda como si fuéramos colegas de trabajo y a medida que proseguían las incoherencias, “Es que la gente no conocía este sistema económico”, con su voz pausada y fina, la gente se nos queda viendo, como una pareja dispareja. Escuchaba lo que decía y le llevaba la corriente de la mejor manera posible. Desde que llegué a Caracas andaba en estado de alerta pero de pronto no tenía ningún tipo de miedo o temor, como si estuviese extrañamente protegido por ese hombre que habita en la calle, que ha perdido la razón, no sé por qué me sentía imbatible, invencible. Seguíamos nuestro paso en parsimonia hasta la esquina de la panadería Pepín, momento en el que me dice “Aquí es donde yo compro el pan”, como si de un buen burgués francés se tratara, llegando a su barrio exclusivo a comprar su pan canilla. “¡Nos estamos viendo!” le digo, y el entrar al establecimiento se salta la gigantesca fila y nadie le dice nada.

Mataron al Canilla

Como si no fuese suficiente con la escasez de alimentos el gobierno arremete contra las panaderías. Bajo el argumento de una supuesta protección a los derechos de los consumidores se despliegan alrededor de 10.000 inspectores con el fin de “garantizar” el suministro del pan canilla, interviniendo de manera directa en los procesos de producción y distribución, es decir, en términos prácticos: el inicio de la escasez y muerte del pan canilla. Dentro de las medidas anunciadas por el Vice-Presidente, las panaderías deben destinar obligatoriamente 90% de la harina de trigo a producir pan canilla y otras formas de pan a precios regulados y otorgan “libertad” de utilizar el 10% restante de la harina, distribuida a precios regulados por el gobierno, para los productos que el panadero desee.  De paso, la desaparición de la harina precocida había hecho que los venezolanos compraran más pan como opción a la arepa.

Fue así como llegó la expropiación a las puertas de la panadería de Eduardo dos Santos, dueño de Maison Bakery, que se convirtió en el primer establecimiento de pan intervenido por el gobierno. Ubiquémonos: el local queda en la Esquina de Cuartel Viejo, muy cerca del Palacio de Miraflores. Dos Santos tiene 25 años al frente de su negocio, un negocio que creó, junto con otro socio, con la esperanza de una vida mejor luego de emigrar de Portugal. Al comerciante de 52 años lo acusaron de acaparar más de 300 sacos entregados por el Estado. El miércoles 15 de marzo llegaron integrantes de un colectivo y sacaron a Dos Santos de su negocio, le quitaron las llaves de su esfuerzo de 25 años, cambiaron las cerraduras y, según declaró él mismo a la prensa, le dijeron: “arráncate de aquí”. A los dos días del hecho la panadería mostraba otro nombre,“Minka”, y había una representación del Simón Bolívar deformado por la necrofilia, así como retratos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Luego los colectivos que pasaron a operar el negocio colocaron un cartel en la Santamaría que decía:

Se les informa a los transeúntes y a la Comunidad que esta Panadería se encuentra bajo proceso de intervención, por tales motivos solo se les estará produciendo Pan Salado para ser distribuido a los CLAPS de la parroquia Altagracia por orden del Estado Mayor de Caracas. Pedimos su colaboración, comprensión y apoyo. Comunidades al mando: volveremos x todos los caminos.

Se conoció a través de varios mensajes de Twitter y de fotografías difundidas que el líder del colectivo que tomó la panadería, José Solórzano, vocero de “los productores libres del pan”, es el mismo que se puede ver, más joven, en otra foto en el 2004 cuando un grupo de chavistas derribaron y partieron en dos la estatua de Colón en Plaza Venezuela. Aparece Solórzano colocándole la soga de horca en el cuello a la estatua de Colón, así como ahora colocaba la soga de horca al negocio del que ni él ni los colectivos tenían la menor idea de cómo operar. Estatua derribada, panadería derribada: la destrucción como leitmotiv de la Revolución Bolivariana. Y me recordaba de las palabras de Cabrujas: “Provengo de un pueblo de grandes ‘derrumbadores’, un pueblo demolicionista que hizo del escombro su emblema”.

El 21 de marzo se registró una protesta contundente y concurrida de los vecinos de la Avenida Baralt frente a Maison Bakery (recordemos su cercanía con Miraflores) para expresar su repudio a la expropiación y posterior venta exclusiva de pan a los CLAPs. La protesta pacífica hizo que colectivos motorizados armados hicieran acto de presencia y se colaran a la fuerza en algunos de los edificios aledaños donde viven los que protestaban. Hubo tumultos, golpizas, incluyendo “coñazos a la jeva”, según se desprende de los videos, y llegó la Guardia Nacional. La nutrida multitud gritaba “¡Las calles son del pueblo, no de la oligarquía!”, lo que quiere decir a todas luces que los colectivos y la Guardia Nacional eran ahora vistos como “la oligarquía”.

En esos días, la Crónica Negra de Últimas Noticas reporta que un delincuente altamente buscado en la zona limítrofe de La Guajira venezolana fue abatido por funcionarios policiales. Al delincuente lo llamaban “Papi Canilla”.

Vida y muerte en la cola

La acera se mancha de sangre. Hay una algarabía in crescendo y, de pronto, una funcionaria de Protección Civil lleva en sus manos a un bebé cubierto de un paño y le sigue detrás otro hombre que empuja una camilla donde está echada una mujer. Una mujer que repentinamente dio a luz haciendo fila en el Hipermercado Lahu en Coro. De tanto esperar en la fila rompió agua con el desenlace repentino que trajo el niño al mundo. La información la confirma Vanesa Flores, dirigente de Un Nuevo Tiempo en Falcón, en su cuenta de Twitter. Un reportero gráfico, Billy Castro, sube el video del momento del parto y le agrega el hashtag HechoEnSocialismo, la misma marca que el gobierno metido a empresario-comerciante-expropiador ruinoso estampa en algunos productos como Los Andes o Fama de América, esa frase-emblema. Y me imagino la historia de este niño signada por las circunstancias, dentro de unos años cuando le pregunten: ¿Y tú dónde naciste?, a lo que irremisiblemente tendría que responder: “En la cola de un supermercado para comprar comida”. Un niño #HechoEnSocialismo un viernes 10 de marzo de 2017.

Se observa la presencia de la Policía Nacional Bolivariana. La entrada del supermercado Luz en Chacao está delimitada por cintas plásticas amarillas como cuando ocurre un crimen. Miguel Edicto Torres, de 79 años, hace fila desde temprano para comprar comida y, en medio del ajetreo y la espera, de manera inesperada y repentina, como cuando la mujer dio a luz a su hijo en Falcón, fallece de un infarto. En las imágenes del incidente se puede observar su cuerpo cubierto por unas bolsas plásticas negras de basura, como si fuese algo normal y digno cubrir a un hombre muerto con unas bolsas de basura, ahora que irónicamente tanta gente comía de la basura. Su cuerpo sin vida echado en la entrada del automercado que, como paradoja, se llama Luz. Uno de sus brazos sobresale del manto negro de bolsas y se ve que tiene una camisa de rayas rojas y blancas. Un hombre muerto de 79 años es cubierto por bolsas de basura, como una metáfora de lo reducido que se había vuelto el valor de una vida en la República Bolivariana.

Más allá de la triste escena narrada anteriormente, la gente no se mueve de la fila a pesar de que el cadáver está en la entrada del establecimiento. Hombres y mujeres, muchos de la tercera edad, permanecen estoicos, como soldados que deben convivir con los cadáveres de sus compañeros y amigos en una guerra, fallecidos súbitamente por una bala o una esquirla de una granada. Sería un atrevimiento hacer juicios de valor. Hambre es hambre. La gente tenía en promedio cuatro horas de espera en el automercado Luz cuando Edicto se desplomó. En un video reproducido en las redes, en la cuenta Twitter de Lysaura Fuentes, periodista de sucesos con diplomado en Criminalística del Ministerio Público, varias personas  señalan el cadáver y una voz cuenta lo acontecido: “Esto es por culpa de una cola, por dos kilos de harina… se ha muerto por hacer una fila… dos personas en el día de hoy: uno aquí en Chacao y otro en Las Mercedes… después de cuatro horas en la cola mira cómo quedó: en el piso… gracias ti: Presidente Maduro”.

En innumerables ocasiones en este viaje presencié el agite de colas gigantescas. Casi siempre los protagonistas eran extraños a la zona donde aparecía un alimento. Conatos de golpizas, grupos de bachaqueros se reunían en pequeños círculos en las filas, planificando cómo sería su estrategia de compra-venta. Había conmoción cuando llegaba, por ejemplo, el arroz o la pasta. La cola donde vi que había mayor exaltación fue en la que se aseguraba que llegaría Harina Pan (que no pasó de ser un hecho futuro a mis ojos).

¿Cómo era posible que en Venezuela se había llegado a tal punto en el que era posible un titular de una noticia publicada por El Nacional el 25 de marzo?:

Mataron a sordomudo en cola de supermercado

“José Antonio Rodríguez, de 20 años de edad, recibió un disparo en el cuello el jueves (23 de marzo) a las 8:00 a.m. en el sector Las Flores del casco central de Santa Teresa del Tuy al forcejear con dos hombres que le robaron el dinero que tenía para comprar comida. El joven, que era sordomudo, estaba en la cola frente a un supermercado desde las 4:00 a.m”.

Donde no se quema la basura

Camino desde Chacaíto hacia Sabana Grande, cerca del lugar donde el domingo 19 de marzo un niño de 10 años y una niña de 15 años asesinaron salvajemente a puñaladas a dos sargentos del Ejército cuando salían de una tasca: Yohan Miguel Borrero Escalona, de 26 años de edad y  Andrés José Ortiz, de 23 años. La basura quemada aparece en distintos sitios del recorrido, en la calle, en el borde de la acera con la calle, cerca de la entrada del metro, en distintos lugares. Las fallas generalizadas en la recolección de basura, sobre todo en el Municipio Libertador, obliga a que las personas la tengan que quemar en plena calle. “La comunidad se ha visto obligada a tomar esta medida, aunque reconoce los daños ambientales que ocasiona, debido a los retrasos en el servicio de recolección por parte de la empresa Supra”, se lee en una nota de El Universal. La página oficial de esta compañía dice: “Supra-Caracas es una empresa prestadora del servicio de aseo urbano, recolección de residuos sólidos, barrido, limpieza y lavado de áreas públicas del revolucionario Distrito Capital suministrándole soluciones integrales en materia medioambiental. Fundada en agosto del año 2011, por disposición del Comandante en Jefe, nuestro presidente Hugo Rafael Chávez Frías”. Se reporta que en varias urbanizaciones el camión de recolección no había pasado en tres semanas y en parroquias como San Bernardino y El Valle los contenedores están desbordados.

En muchos lugares donde no se quema la basura es común ver a la gente comer desechos de las bolsas negras. Están juntos, padre, madre e hijos, sentados en círculo alrededor de la basura. Los observo mientras cenan en la penumbra que genera un poste de luz caído que parece más bien deprimido. A medida que transcurrían los días la escena se volvía frecuente: ver personas buscando alimentos dentro de las bolsas de basura. Una amiga me dice que su familia tiene el cuidado de colocar los restos de su comida dentro de pequeñas bolsas que a su vez colocan dentro de la bolsa negra grande. Lo hacen para facilitarle la búsqueda a los que hurgan por alimentos, hombres, mujeres y niños, para que no se contaminen las sobras con el resto de la basura. Y entonces surge el espíritu de solidaridad y compasión, el nuevo venezolano que emerge con un nuevo temple, con valores distintos, muy diferentes a los de la Venezuela de la abundancia pero, eso sí, con mucho menos peso corporal.

Ruperta soy yo

Una de los hechos que más me afectó en este regreso a Caracas es lo culpable que me sentí cuando me detenía a comer algo en un lugar de tránsito. Ver las caras de las personas, las miradas de resignación, algunas de que casi te puedo saltar encima, hacía que el comer una simple hamburguesa de pollo se convirtiera en un símbolo de estatus. Ya no importa si alguien carga un reloj de marca (a los delincuentes sí, por supuesto), lo que quiero decir es que la verdadera señal de poder adquisitivo hoy en día en Venezuela es el poder pagar una comida. Lo que debe ser un derecho y un acto normal en casi cualquier país se convierte en una ostentación. En los mediodías nunca había visto a tanta gente, empleados de oficinas, comer dulces, helados, ingerir algo barato con calorías como estrategia de sobrevivencia. Dejé de comer en la calle o, al menos, en lugares donde pasaba la gente.

Ruperta, la elefanta del zoológico de Caricuao se ha convertido en un símbolo del país. La desnutrición se debe a que solo recibe como alimentos auyama y lechoza, así como tantos venezolanos que solo pueden comer una fruta o una yuca que puede ser amarga y que hacia finales de marzo, según Provea, ha causado la muerte de veinte 20 personas. Recuerdo, con el humor “amargo” del Chuiguire Bipolar, cuando difunde la noticia ficticia , pero no tan distante de la realidad de los venezolanos: “El joven Manuel Díaz, que a mediados del año pasado fuera noticia por su alergia al mango (uno de los pocos alimentos diarios de muchas personas; por ello se vuelve una escena común en Caracas ver a gente lanzando piedras para tumbar mangos, como se hace en los llanos) volvió a dar de qué hablar el día de hoy, pues estando completa y absolutamente cansado de toda la situación por la que atraviesa el país, intentó quitarse la vida comiendo yuca; sin embargo, el tiro le salió por la culata, ya que lo que le vendieron como yuca amarga terminó siendo yuca dulce”. Ya no con humor ácido y muy en serio, el New York Times en su pasada edición del 25 de diciembre, un día después de navidad, informa de la muerte de un joven venezolano por comer yuca amarga: His name was Kevin Lara Lugo, and he died on his 16th birthday. Los padres de Kevin tenían días de comer poco pero caminaron a un lugar, en medio de la desesperación, donde consiguieron la yuca para celebrar el cumpleaños de su hijo con un pastel, un pastel de yuca, de yuca amarga, tan amarga como la cotidianidad que vivimos. Los venezolanos somos en estos tiempos como la elefanta del zoológico de Caricuao. Ruperta pesa ahora unas cuatro toneladas cuando su peso normal debería estar entre cinco y seis toneladas. La Encuesta sobre Condiciones de Vida (Encovi), realizada entre varias universidades país (UCAB, UCV, USB), concluye que para el 2016: 74.3% de los entrevistados manifestaron haber perdido 8.7 Kg en promedio. El 86.3% come solo una o dos veces al día. El 81.8% de los hogares venezolanos se encuentran en estado de pobreza.

Reponer la venda

Desciendo a la estación de metro. Compro un boleto de Bs 4 de una sola vía. El de ida y vuelta cuesta Bs 8. Convertido a 4.000, un billete de metro cuesta 0,001 dólares y el de ida y vuelta 0,002 dólares. El costo parece una broma de mal gusto. Ni con un céntimo gringo se podría físicamente comprar un boleto de metro. Pago con dos billetes de dos bolívares. Introduzco el ticket amarillo irónicamente de la misma dimensión y diseño que el del metro de París. Desciendo a la estación y la gente hace fila siguiendo las flechas que marcan el punto de abordaje de los trenes. Por algún motivo, en apariencia incoherente, me recuerdo de la máscara de calavera negra tipo Halloween utilizadas por miembros de la Dirección General de Contrainteligencia Militar en un operativo de las OLP, Operación de Liberación del Pueblo, en El Valle, pero es mi imaginación que dispara esta imagen, tal vez pensando que una criatura así podría emerger desde lo oscuros túneles del metro. Todo se ve tranquilo. Un amigo me cuenta: el metro de Caracas es gratis, gratis porque hasta en algunas estaciones han reventado los torniquetes de acceso de lo deteriorado que está. Pero también pienso: ¿qué más gratis que el costo irrisorio de $ 0,001?  En este retorno a Caracas utilicé el metro en diversas ocasiones. Los vagones no están en mal estado, alguien me comentó que eran vagones “nuevos”, y así deben serlos porque antes existían puertas de separación. Ahora parecía un solo gran vagón conectado interiormente por sub-vagones. Los trenes iban repletos. La gente parecía susceptible a los roces y acercamientos y presencié un par de conatos de pelea entre adolescentes. En esos viajes subterráneos pude ver a un niño llanero que podía tener unos siete años que tocaba maracas y pedía dinero. Había vendedores de chupetas y dulces, recitadores del apocalipsis, suplicantes de dinero.  Entre todos, quien más me llamó la atención fue un señor con verbo delicado y un pie con una venda del que sobresalía un pie anormalmente inflamado. Y decía: “Deme algo para cambiar la venda, se lo agradezco, no sabe cuánto lo necesito”. La gente le daba algunos billetes devaluados y el hombre sonreía, aseguraba que se multiplicaría en bienestar para ellos y agregaba: “Ya me falta menos para reponer la venda, ya me falta menos”.

Se acabó la gasolina y Expo Potencia

Así como en diciembre me tocó vivir la crisis de los billetes en este viaje me correspondió presenciar la crisis de la gasolina. Salimos luego de una noche literaria con la escritora Victoria de Estefano en la Librería El Buscón de Paseo Las Mercedes, y nos topamos con una cola gigante en la bomba de Las Mercedes. Luego de una larga espera llenamos el tanque por solo Bs 35 y con gasolina de 91 porque no había de 95 octanos. De nuevo hago el cálculo y habíamos llenado el tanque con $0.009. El amanecer del día siguiente trajo filas de carros que sobresalían de las bombas. Era cierta la noticia: ¡se acabó la gasolina! Se acabó la gasolina en Caracas y en muchas ciudades del interior. Los ánimos estaban caldeados, la ciudad se transformó en un enjambre de carros paralizados y gente enojada, ya se hablaba de un nuevo estallido. A la escasez de medicina, alimentos, efectivo y para usted de contar, se sumaba la emblemática gasolina. Las refinerías venezolanas generan alrededor de 21.15% del combustible que se consume en el país y el resto se tiene que importar; una potencia petrolera con las mayores reservas de petróleo del mundo que debe importar casi el 80% de su gasolina. Esa misma semana el gobierno tiene el cinismo de inaugurar una feria en el Poliedro de Caracas, amparada por una descomunal propaganda, donde se pretendía presentar los avances de los llamados quince motores de la economía, el desarrollo de las empresas del Estado y algunas del sector privado, bajo la exposición Expo Venezuela Potencia 2017. El mismo cinismo con el que se pretende vender las bolsas CLAP, cuyos productos mayoritariamente son importados y se habla del lema Hacia la soberanía alimentaria. Ni gasolina ni alimentos. Un país de ficción chavista que se construye en base al engaño y la mentira.

Hazte un selfie

En la zona de embarque de Maiquetía descubro una maqueta con una reproducción del famoso mural de Cruz-Diez de los adioses de Maiquetía, el de los corazones partidos, de las familias fragmentadas. Detrás del recuadro cinético, al fondo, dos fotografías gigantes de túneles de embarque. No me había fijado en ese stand que el IAIM ofrece al visitante para hacerse un selfie. ¿No era redundante para empezar? ¿Por qué no tener de fondo un paisaje de Canaima, de Los Andes, Margarita o Los Roques? Me quedo pensando y me imagino haciéndome un selfie, pero no estoy solo: en mi imaginación me encuentro con Ruperta, con el estudiante arruinado que me pidió que le comprara una arepa, con el indigente con el que caminé por la Francisco de Miranda para comprar el pan, con el señor Miguel Edicto Torres ahora resucitado y con su camisa de rayas rojas y blanca, con la mujer que dio a luz en Coro en la cola de un supermercado y que carga a su hijo, con el invidente que llevaban forcejeado en el Centro Comercial Los Ruices con sus dos paquetes de papel Sutil y harina Juana, con los dos militares asesinados por dos menores de edad en el Boulevard de Sabana Grande pero ahora revividos, con el señor Eduardo dos Santos que le expropiaron su Maison Bakery, con el hombre que pedía dinero en el metro para comprarse una venda para su pie inflamado, con el niño Kevin resucitado luego de morir al comerse un pastel de yuca amarga en su cumpleaños, estoy también con la familia que cenaba alrededor de las bolsas de basura bajo la tenue luz de un poste deprimido. Todos están conmigo, estamos listos para el selfie con el mural de Cruz Diez y los túneles de embarque de fondo. Les pido que sonrían para la foto del recuerdo pero la alegría no se les dibuja en el rostro, la elefanta no tiene energía para levantar la trompa, entonces les pido que digan “Ruina”. Y todos sacan la fuerza quién sabe de dónde y exclaman ¡¡¡RUIIIIINAAAAAAAAA!!!, se oye estruendoso en el aeropuerto y los pasajeros voltean a ver. Hago click y tomo la foto. Salgo de mi alucinación y me propongo contar la historia de esta fotografía.

Aún no estoy muerto; por Pedro Plaza Salvati

1 El hombre parece transfigurado por el peso de unos años repentinos que no se corresponden con el tiempo cronológico. Se le ve mucho más envejecido de lo que supone su edad y más tratándose de una persona con una extrema capacidad de trabajo. El televidente no sale de su asombro cuando lo ve caminar

Por Pedro Plaza Salvati | 4 de febrero, 2017
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Phil Collins. Fotografía de Drew Gurian para AP

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El hombre parece transfigurado por el peso de unos años repentinos que no se corresponden con el tiempo cronológico. Se le ve mucho más envejecido de lo que supone su edad y más tratándose de una persona con una extrema capacidad de trabajo. El televidente no sale de su asombro cuando lo ve caminar en el patio de su casa en Miami, de medio lado, con la ayuda de un bastón, junto a su entrevistador, Jim Axelroad, del prestigioso programa CBS Sunday. Los acompaña un perrito en su andar paulatino al lado de la piscina. Se le nota con sobrepeso y tiene dificultad para oír.

Dentro de su casa, ya sentado y visiblemente agotado, hace un esfuerzo importante para responder a las preguntas. Habla con abrumadora sinceridad, como alguien que ha pasado por todos los infiernos. Por momentos echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y regala una sonrisa a la cámara. Su aspecto es un tanto desgarbado, con su camisa de cuadros como del oeste americano (fue el mayor coleccionista privado en el mundo de objetos de la batalla de El Álamo, una afición que nació en su infancia por su admiración por el héroe David Crockett).“Cuando te has casado tres veces, tienes cinco hijos que no viven contigo, y te has divorciado tres veces, comienzas a preguntarte si eres tú quien tiene un problema. No siempre la culpa puede ser de otro”, le dice a Axelroad, que pareciera conferirle un trato condescendiente.

Como parte de un calvario interno ha pasado los últimos tiempos mirando hacia atrás, desafiando a los recuerdos, para escribir su autobiografía. Al mismo tiempo intenta ir hacia adelante con una gira de resucitación que lleva el mismo nombre de sus memorias: Not dead yet, en cuyo prólogo nos dice: “Aun no estoy sordo. Aun no estoy muerto… Me llamo Phil Collins y soy batería, y sé que no soy indestructible. Esta es mi historia”.

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Recuerdo todavía el tour llamado Both sides of the world, fresco en la memoria, cómo deleitó al público con un portentoso y largo concierto de veinticuatro canciones, con su insaciable energía y talento, el 28 de abril de 1995 en La Rinconada, detrás de la cúpula del Poliedro, al aire libre y bajo las estrellas. El inicio de la fama de Phil Collins, que ha vendido más de 250 millones de discos, se remonta al momento crucial cuando respondió a un aviso de prensa en 1970 en el que se buscaba un baterista con sensibilidad para la música acústica. La cita fue en la casa del padre de Peter Gabriel.

Un año más tarde salía al mercado Nursery Crime, que marca el debut de Phil Collins como baterista de Genesis. Gabriel, el de las actuaciones teatrales e inigualable voz (valga mi parcialidad en la polémica Collins vs. Gabriel), anuncia cinco años más tarde su retiro de la banda, con aquellas memorables palabras que hirieron de muerte a sus seguidores: “Sentí que me estaba convirtiendo en un estereotipo, una suerte de estrella de rock que buscaba gratificación de su ego. No me gustaba la situación y no me sentía libre”. Collins, que venía haciendo los coros, sustituye a Gabriel y continúa, por los momentos, desempeñándose como baterista. El Genesis de Phil Collins como líder vocalista (la voz era similar a la de Gabriel aunque se notaba la diferencia), continúa siendo de corte experimental por un tiempo, pero luego se concentra en producciones más comerciales. Muchos seguidores de Gabriel, que ofreció míticos conciertos en Caracas el 9 de octubre de 1993 y el 19 de marzo de 2009, culpan a Collins de esta metamorfosis.

Al mismo tiempo, y en paralelo a los últimos años de vida de Genesis antes de disolverse en 1996 (aunque siempre está presente el tema de los reencuentros del grupo), Collins lanzaría al mercado exitosos álbumes como solista, una carrera en solitario que mantendría hasta el año 2005. En su libro de memorias de 452 páginas, tan expansivo como ha sido su vida, nos dice:

“Mi oído aguanta bien, lo cual es un gran alivio. Todo el mundo se lo está pasando de maravilla. ¿De verdad voy a retirarme, a mi edad? (al concluir la gira —First Final Farewell Tour— tengo unos cincuenta y cuatro años bien llevados). Pero mi decisión es inquebrantable. Dije que esto sería el final. Tengo que ceñirme a mi palabra… Estoy contando los días, cerrar la puerta a una vida sobre los escenarios, volver y dedicarme a un trabajo que llevo anhelando toda la vida pero nunca he podido disfrutar: el de ser un buen padre”

Esta radical decisión refleja un eje narrativo del libro: la incapacidad de Collins de conciliar o poder llevar de manera simultánea su extrema adicción y entrega al trabajo como músico y al hecho de ser un hombre de familia. No puede ubicarse en el centro, encontrar el equilibrio, solo aferrarse a los extremos. Al poco tiempo de su regreso a casa, en el 2006, comienzan los problemas maritales y en el 2008 se divorcia de su tercera esposa.

En la medida que los cincuenta años de tocar la batería le fueron pasando factura, Collins se iba desprendiendo del instrumento. Sus males se multiplicaron: dolor de oído, problemas serios en las vértebras, una lesión en el cuello que le impide inclusive sostener las baquetas, los nervios de los codos desencajados, el uso de esteroides, alcoholismo y la caída en un estado depresivo agudo.

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Nelson Sardá es uno de los mejores y más reconocidos bateristas de Venezuela. Aparte de ser productor musical e ingeniero de sonido graduado de la Universidad de Miami, toca la batería y ha grabado discos en sus géneros preferidos: Jazz, Latin, World, Ska, Pop, con renombradas figuras nacionales e internacionales. Le pregunto:

—Nelson, ¿cuántos años has tocado la batería?

—Llevo tocando batería desde 1973, es decir, 44 años.

—¿Tienes alguna lesión, si se quiere crónica o degenerativa, producto de tu trabajo?

—Sí, sufro de tinnitus (tonos permanentes de frecuencias medias altas) y es debido a mi exposición a altos niveles de presión sonora en los conciertos de los años 80 y 90 y es una condición crónica.

—¿Algún problema de audición?

—Aparte de una leve pérdida en el oído izquierdo en 8.000 hertz, no tengo problemas de audición. De hecho, estoy por encima del promedio para mi edad (55 años). En parte es porque tomé previsiones al respecto, aunque quizás un poco tardías, como usar tapones y adaptarme a sistemas de monitoreo a bajo nivel sonoro.

—Me imagino que conoces el caso de Phil Collins. Cincuenta años tocando batería y su imposibilidad de lograr un equilibrio en su vida familiar lo ha llevado a una situación extrema, al punto de tratar de matarse. ¿Qué opinas de su caso en particular?

—El caso de Phil Collins es dramático pero no es extraño ya que muchos artistas famosos sufren de depresión, recordemos a Robin Williams, por ejemplo. Eso quizás se deba más al manejo de la fama. Sin embargo, su deterioro físico, aparte del alcohol, no creo que se deba al hecho de ser baterista aunque su pérdida auditiva sí puede tener relación con ello. A mí me extraña que no haya tomado prevenciones al respecto, más aún considerando que un artista de su talla ha tenido la mejor tecnología a su disposición.

—¿Cómo crees que te sentirías si por alguna imposibilidad física dejaras de tocar la batería, o te retiraras de golpe del mundo de la música solo para dedicarte a una familia?

—En ese sentido tengo una experiencia por un accidente en mi dedo anular izquierdo. Tuve que someterme a tres operaciones, lo que me llevó en ciertos momentos al borde de terminar mi carrera como baterista. Afortunadamente el dedo se pudo reconstruir aunque no quedó igual que antes y tuve que adaptar mi técnica a mi nueva situación. Gracias a Dios y a la vida, también soy ingeniero y productor musical, cosa que contrarrestaría un poco el impacto en caso de que por algún motivo no pudiese tocar más la batería. Sin embargo, debo admitir que la sensación de riesgo fue muy fuerte y traumática por lo que puedo entender el que haya personas que entren en una depresión por un motivo similar, como fue el caso de Keith Emerson. (Según se desprende de varias fuentes, Keith Emerson, el talentoso músico, miembros de uno de las grandes bandas de los años setenta, Emerson, Lake & Palmer, se quitó la vida en su casa el 10 de marzo de 2016. Se habla de una severa depresión motivada por problemas degenerativos en los nervios de una mano, lo que le habría impedido continuar tocando los teclados).

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En un reportaje de Rolling Stones de Noviembre de 2010, Phil Collins afirma haber vivido vidas pasadas (un tema que lo persigue desde antes, como confiesa en el libro), haber tenido experiencias paranormales y admite, lo más triste y asombroso, pensamientos suicidas.

“Algunas veces pienso que voy a sacar al personaje Phil Collins fuera de la historia. Phil Collins desaparecerá o será asesinado en alguna habitación de hotel y la gente se preguntará: ¿qué le pasó a Phil Collins?…Claro, yo no me volaría la cabeza. Tomaría una sobredosis o algo parecido que no hiriera tanto a mis hijos”

Irónicamente el título de su famosa canción Sussudio (que no significa nada, aparentemente), pareciera juguetear con esta noción; al menos por su sonido en español.

En el programa CBS Sunday, Phil Collins intenta infructuosamente tocar en un piano de su casa de Miami la exitosa pieza Against all odds, ganadora de un Grammy, nominada al Oscar y que llegó al Número 1 del Billboard en Estados Unidos. Axelfold, incrédulo, le pregunta:

—¿No puedes tocar Contra todas las probabilidades? Mírame ahora — (ironía la del título).

—No… Me la puedo aprender —contesta Collins con humor —: pero no… no la puedo tocar.

El talentoso músico británico relata al periodista una situación limítrofe que vivió en la que casi pierde la vida:

—¿Qué tan grave fue? —pregunta Axelfold.

—Oh, el doctor dijo que estaba a las puertas de la muerte —responde Collins.

—¿Cómo? ¿A las puertas de la muerte?

—Sí, eso fue lo que dijo el doctor. Me encontraba en la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital en Lausana. Mi páncreas se había jodido. Algunos órganos se estaban apagando. Y el doctor le dijo a Lindsay, que es mi asistente: ¿los papeles del señor Collins están en orden? Se lo pregunto porque creemos que no sobrevivirá.

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¿Por qué una persona que parece tenerlo todo se torna tan infeliz? ¿Qué complejidad de la condición humana hace que no se pueda conciliar trabajo y familia? ¿Se trata de un desbalance químico, una cuestión de personalidad, o más bien la unión de ambos factores? ¿A qué podemos entonces atribuir el hecho de que personas que aparentemente lo tienen todo intenten quitarse la vida? Para darnos luces sobre este espinoso tema, consulté al Doctor Manuel Gómez Rojas, Médico Psiquiatra del Centro Médico de Caracas, formado en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad de Londres, quien nos comenta:

“El suicidio es para los psiquiatras el cáncer de la especialidad. Ante la pregunta del porqué una persona que parece tenerlo todo intenta o llega a suicidarse, nos lleva a considerar el suicidio en varios aspectos. El primero y más importante es como consecuencia a una enfermedad terrible que es la depresión. El depresivo vive en un oscuro túnel, solo y sin respuestas y ve como única solución llegar a su final que es la muerte. No podemos olvidarnos del factor genético y/o cultural como causa de una depresión. Otro aspecto a considerar es el suicidio filosófico, personas que parecen estar en el más allá de la concepción humanística y que avanzan ante un mundo que pareciera estar en otra dimensión. Cuando un paciente depresivo desarrolla un pensamiento obsesivo o intrusivo de suicidio, sabemos que estamos ante una situación muy seria y a veces inevitable. Nunca tomamos a la ligera la ideación suicida. Cuando somos capaces de meternos en el drama del deprimido comprendemos, aunque no justificamos, el acto suicida. La otra consideración patológica es el suicidio como parte de una enfermedad psicótica, como la esquizofrenia, donde los elementos persecutorios a veces se transforman en comandos de muerte propia o de los demás, a veces los esquizofrénicos se suicidan en esos momentos de mejoría cuando se dan cuenta de su enfermedad, un poco como sucede con los depresivos que se suicidan cuando al darle antidepresivos o bien adquieren la fortaleza para realizar el acto o tienen una desinhibición producto del medicamento antidepresivo, por eso extremamos el cuido al comenzar la medicación”.

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En enero de 2016 Phil Collins anuncia, como en la letra de la canción Llévame a casa (Dios he sido un prisionero toda mi vida), que Orianne Cevey y él han decidido regresar a la vida en pareja junto a sus dos hijos. Luego de haberle costado 25 millones de libras esterlinas (unos 31 millones de dólares) el arreglo de divorcio con su tercera esposa en el 2008, uno de los más costosos de la industria, adquiere la casa de Miami donde se desarrolla la entrevista para el programa CBS Sunday. La recién recuperada estabilidad familiar le da el impulso para volver al escenario con su hijo tocando la batería.

Aunque todavía se ve demacrado por años de penurias emocionales, 2016 es el año del regreso, de susurrarle al mudo: Aún no he muerto. Collins está preparado para dar un concierto (algo que no ha hecho en años) en el Jackie Gleason de Miami. Dice en su autobiografía:

“Primera vez que actúo en público junto a uno de mis hijos, Nicholas (encargado de la batería), que tiene catorce años…El éxito es enorme, mucho mejor (y mucho más divertido) de lo que me esperaba….Después del concierto me quedo solo en el camerino, me siento ahí, absorbiéndolo todo, recordando los aplausos, pensando: ‘Cuanto lo echaba de menos’… Y, sin embargo, descubro, aquí en Miami, en marzo de 2016, que la música hace todo lo contrario de lo que ha hecho durante años. En lugar de separarme de mis hijos me está uniendo a ellos”

El Not Dead Yet Tour llevará a Phil Collins el próximo mes de junio de 2017 a Londres, Colonia, París, Dublín y de vuelta a Londres. Hay puertas que resulta mejor no cerrarlas.

Crónica de un regreso a Caracas IV: más allá del absurdo; por Pedro Plaza Salvati

Se pulen faros A los seis meses de la fractura de la cabeza de radio que sufrí en el regreso anterior a Caracas, me encontraba de nuevo pisando el aeropuerto de Maiquetía en la época decembrina. Mientras esperábamos a que nos buscaran, un hombre parecía haber impuesto un cerco territorial en el área donde se

Por Pedro Plaza Salvati | 29 de diciembre, 2016
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Fotografía de la serie Hasta en la sopa, de Diego Vallenilla. Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

Se pulen faros

A los seis meses de la fractura de la cabeza de radio que sufrí en el regreso anterior a Caracas, me encontraba de nuevo pisando el aeropuerto de Maiquetía en la época decembrina. Mientras esperábamos a que nos buscaran, un hombre parecía haber impuesto un cerco territorial en el área donde se recoge a los pasajeros. Se movía como un trompo o como si le hubieran inyectado algún tipo de acelerador químico. No permitía que nadie montara en paz las maletas en los carros o taxi. Dos guardias nacionales observan a poca distancia sin intervenir en la dinámica monopolizada. Cuando se acerca la persona que viene a buscarnos le pedimos que ingrese al estacionamiento, que nosotros caminamos hacia arriba, que es preferible pagar el ticket para poder montar las maletas con tranquilidad dentro del carro.

La entrada a Caracas siempre sorprende cada vez que se produce el reencuentro. Uno no deja de percatarse del acentuado deterioro de las fachadas del paisaje urbanístico. Ese deterioro hace que la belleza del Ávila contraste cada vez más con la ciudad. Los letreros de Cacique tienen copado el panorama. En otras vías habré de observar, con el trascurrir de los días, además de la masiva publicidad del ron, anuncios más pequeños adheridos como garrapatas a los postes de luz, tales como el del libro Virgen a los treinta II o la presentación del show de Emilio Lovera: Emilio y el malandro asustao. Me llama la atención un grafiti con los ojos de Chávez: “Ay Nicolás, veo escasez”, como si esos ojos de ultratumba pudieran darse cuenta de la situación crítica de desabastecimiento de comida, medicinas y casi que de cualquier tipo de bien.

Al llegar a nuestro destino, nos dirigimos a un pequeño supermercado y luego a una panadería. Oigo a un hombre en la caja registradora que comenta: “Si pregunto el precio me molesto, si no pregunto el precio igual me molesto”. Luego de esperar con paciencia para pagar, me llama la atención un letrero encima de la caja registradora: “El cigarrillo da mal aliento, pérdida de muelas y cáncer de boca”. ¿No debería ser el orden justamente inverso?: cáncer de boca, pérdida de muelas y mal aliento. Orden invertido, como parecían mostrarse las prioridades del país.

Cerca de donde nos quedamos veo a un hombre con un letrero colgado del cuello: “Se pulen faros”. ¿Se pulen faros?, me digo a mí mismo, sin comprender la utilidad de pulir el faro de un carro: ¿Será la luz acaso más potente luego de la limpieza? El asunto casi se torna abstracto en mi cabeza. Al mismo tiempo lo interpreto como un retrato de las dificultades económicas por las que atraviesa el venezolano. Otro encuentro que me sorprende es el de un bailarín descalzo con un pantalón rojo y con el torso desnudo que hace movimientos de ballet en una calle de alta circulación. Detrás de él lo acompaña otro bailarín con una caja para recoger dinero con una inscripción que dice: “Escuela de danza”. Así como el pule-faros o el bailarín callejero, tanta gente se ve obligada a desplegar la creatividad para ganarse unos billetes devaluados. Hablando de billetes devaluados, en un Farmatodo veo una fotografía de Osmel Souza en la portada de una revista en la que afirma que quisiera ver su rostro en un billete venezolano. Un billete Miss Venezuela.

Tienes el VS dañado

A los dos días de nuestra llegada mi suegra se fracturó la cadera. Lo que había sido un arribo sin mayores incidentes entrelazaba mi fractura de la cabeza de radio en mayo con la fractura de la cabeza del fémur de mi suegra ahora en diciembre. Una fractura por viaje en el núcleo familiar, por lo visto. Y recuerdo lo que pensaba cuando me encontraba ya montado en el avión de regreso en el viaje anterior, luego de superar innumerables escollos para poder abordarlo, me imaginaba qué clase de país iba a encontrar cuando regresara. El país se seguía desdibujando, cada vez más dejábamos de ser lo que éramos, y no se trababa de una nostalgia utópica sino de reconocer que estábamos signados por tiempos de oscuridad en casi todos los ámbitos de la vida.

El viejo vehículo que conservamos, y que nos recuerda que tenemos una vida acá a la que deseamos regresar, tenía el aire acondicionado descompuesto. Así que padecimos del calor en medio de portentosos aguaceros hasta que logramos ponerle media carga de gas, que costó unas siete veces más de la que colocamos en mayo. Pero ese problema no era nada comparado con los extraños giros de cadera (para estar en sintonía con lo que le ocurrió a mi suegra), que daba el carro cada vez que pisaba el freno: se coleaba de un lado.

Luego de una búsqueda de talleres especializados llegué a uno que acertó el diagnóstico: “malas noticias”, me dicen, “tienes el VS dañado”. Y yo disimulaba, con lo poco que sé de mecánica: “¡No puede ser: el VS; qué mala suerte!” Como la pieza de reemplazo costaba una fortuna, la opción fue eliminar la bomba: una suerte de corazón que genera impulsos electromagnéticos y manda el líquido de la liga a los frenos del caucho. Mientras procedían en una suerte de cirugía de bypass, hambriento, me dispuse a almorzar.

Era viernes 2 de diciembre y se habían caído todos los puntos de venta del país. Tenía muy poco efectivo y no podía pagar el almuerzo con billetes. La chequera resultaba más bien un estorbo, casi nadie aceptaba cheques por los límites impuestos, además de que se decía que un cheque cualquiera siempre podía rebotar por defectos de firma. Recorrí varios establecimientos con mi tarjeta de crédito y débito y fue imposible realizar transacción alguna. En los negocios había notas que decían “Aceptamos solo transferencias”. Enviar una transferencia para comprar una hamburguesa de pollo. La tarde de ese mismo día se corría el rumor de que habían ocurrido fallas técnicas en la plataforma tecnológica de Credicard, que maneja Visa y Mastecard en Venezuela. El hecho concreto fue que no pude almorzar. Mientras, el carro seguía en la sala de operaciones con la ejecución del bypass, el ambiente en las calles era de conmoción, rabia, furia, tristeza y resignación.

Los pacificadores

Cuando conducía el viejo vehículo con aire acondicionado reparado y la liga de freno que ya le llegaba a la rueda derecha, al pasar de una estación de radio a la otra, en una de las tantas emisoras del Estado, la 94.5, se hablaba de la paz como si se tratara de una emisora religiosa. Llego a oír: “Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados los hijos de Dios. Jesús de Nazaret”. Esto quería decir en lenguaje codificado pero evidente, en pocas palabras, que los representantes del gobierno y de la MUD son los pacificadores que serán bienaventurados como los hijos de Dios.

Tengo un amigo cuyo negocio, como tantos otros, se encuentra al borde de la quiebra. Al conversar sobre la fallida marcha del 3 de noviembre se dibujaba en sus pupilas dilatadas la decepción y el desaliento. Pero no entremos en ese estado de limbo-incredulidad-desesperanza e incomprensión que atrapó a la gente luego de que se sentaran a negociar ambas partes bajo el amparo de una nocturnidad dominguera.

Caracas no suena

Enciendo la televisión y en algunos canales del Estado veo un inamovible cintillo #SomosChávezyFidel. A fines de noviembre había sido cancelado el evento musical Suena Caracas, organizado por la Alcaldía de Libertador. El mismo se postergó dentro del marco del duelo oficial decretado por el fallecimiento del líder cubano, como si se tratara de un prócer venezolano y no de un jefe de estado foráneo que trató de invadir a Venezuela en varias oportunidades en los años sesenta. Suena Caracas fue realizado unas semanas más tarde, signado por otra clase de luto: el luto por la empeorada situación económica y las siempre crecientes víctimas del hampa.

Un país que no sonaba. Porque a partir de las siete u ocho de la noche la ciudad de Caracas, como casi todo el territorio nacional, se apaga ante el asedio del hampa y de los criminales, transfigurando la festiva idiosincrasia del venezolano. En la radio había oído que en noviembre ingresaron 450 cadáveres en la Morgue de Bello Monte. No debería sorprender la cifra considerando que se trata del primer o segundo país más peligroso del mundo, que coloca al ciudadano común en un constante estado de alerta. Antes, los cafés, restaurantes, gimnasios, negocios en general cerraban mucho más tarde. El alma alegre y alebrestada presa por el terror del hampa. El silencio se apodera de todo. Cerca de las diez de la noche apenas alcanzo a oír el salvaje aullido de dos gatos peleando.

La solidaridad

En medio del ambiente torvo de la calle, paradójicamente, se consolidan sentimientos de solidaridad entre las personas de cualquier estrato social. Cuando las sociedades van mutando debido a cambios de paradigmas, se producen nuevos o reafirmados trazos definitorios de la personalidad de un pueblo. El cúmulo de sufrimiento a lo largo de los años pareciera habernos hecho más sensibles a las demás personas (y esto podría ser uno de los resultados positivos de lo vivido), como para tomar bocanadas de aire en medio lo que Tulio Hernández llama “el abrazo de la boa constrictor”; lo que ha sido el largo proceso de dominación chavista.

Esta actitud es evidente cuando casi todo el mundo trata, de una manera u otra, de ayudar a resolver un problema o asunto de otro y, además, para colmo de lo admirable, con buena cara. Buena cara ante tanta penuria. En un país donde todo se le dificulta al ciudadano, la solidaridad de los unos con los otros ayuda a capear el temporal. Este sentimiento no tiene nada que ver con actitudes decretadas, de tono impositivo, como las vallas con ocho corazones que rezan Venezuela Indestructible, promovida por el oficialismo. U otro anuncio: Los venezolanos no somos flojos. Somos fuerza emprendedora #AquínosehablamaldeVenezuela. La verdad me sorprendió este último letrero porque nunca consideré que los venezolanos fuésemos flojos. Es como sacar un lema que diga: “Los venezolanos no somos introvertidos”.

Es de notar que, así como la solidaridad estaba emergiendo como un rasgo positivo que signa al venezolano de los tiempos difíciles, otro resultado positivo es que también ha surgido una movida cultural significativa. Y es que la gente entre tanto ahogo y desespero debe expresarse: bien sea a través de las artes, corriendo maratones, haciendo yoga, manualidades o subiendo al Ávila. No deja de llamar la atención el documental que se exhibía en los cines: CAP: 2 intentos (el futuro lo escribes tú), de Carlos Oteyza.

La agresividad que se percibe en la calle es más bien selectiva: con cuidado de no meterse con otra persona por las consecuencias que puede tener un intercambio de palabras para reclamar algo. Hay “culillo”, de cierta manera. Por algo los 450 muertos en la morgue de Bello Monte en el mes de noviembre, sin contar las cifras a nivel nacional. Un transeúnte al cruzar un semáforo con el segundero ya en rojo, 3, 2, 1, le hace señas a un pequeño carro de vidrios oscuros para que se detenga. Del carro emana, quién sabe de dónde, una voz que habla desde un altoparlante oculto y le dice al hombre: “¡Quédate quieto!… ¡Quédate quieto!”. Un carro que parece un sarcófago y que hace advertencias, un carro que habla y que amenaza. El hombre, por supuesto, dejó de gesticular de inmediato y terminó de cruzar derechito.

El cuatro de diciembre asesinaron a Renny Xavier Teixeira Rodríguez, de 25 años, hijo del dueño del legendario establecimiento Rey David, que se encontraba de visita en el país en la época navideña, así como le ocurrió a Mónica Spear un fatídico seis de enero de 2015. Hay arraigos que matan. Todo depende del destino y del azar. Los casos emblemáticos suenan en los medios de comunicación, pero por cada uno de ellos hay miles de venezolanos anónimos asesinados para robarles un celular, por oponerse a un robo, porque se miró a los ojos del asaltante o simplemente por capricho. La vida vale un capricho.

Fiesta navideña

Luego de que pasaron los aguaceros iniciales de recibimiento, las mañanas se tornaban esplendorosas. La aparente contradicción del Ávila, el cielo azul decembrino, con la ciudad abatida por las dificultades. Y de pronto, por unos pocos días, empiezo a sentir que hay un leve amago o conato de Navidad. Para ello una muestra: el 10 de diciembre la Alcaldía de Chacao anuncia que habrá una parranda navideña. Cierran la calle Páez desde alrededor del mediodía. Los muchachos montan bicicletas y patinan en las calles. Una serie de atracciones sucede una a la otra: espectáculo de magia, competencias de canto entre niños con el venezolanísimo Burrito sabanero, payasos, música electrónica con un Dj al atardecer y, el punto culminante, cuando ya se encontraba encendida la cruz del Ávila como guía en la proa de un barco a la deriva, dos horas de descarga gaitera. Un repertorio inagotable de furruco, tambora, cuatro y charrasca. La gente bailaba en las calles, por un momento parecía una Venezuela normal y a la vez una Venezuela posible.

Rebasar el punto de quiebre

Al día siguiente, el 11 de diciembre, el Presidente Maduro firma un decreto ordenando el retiro de todos los billetes de 100 bolívares, que representan alrededor del 70% del circulante del país, y otorga 72 horas a los venezolanos para depositar el efectivo en los bancos privados, luego de lo cual habría un período de diez días (acortado a cinco en medio de la improvisación y el sadismo) para depositarlos en el Banco Central. Maduro monta una escena teatral (¿para distraer sobre el fracaso del diálogo?) intentando justificar la medida y dice que incautaron en la frontera un cargamento de billetes montante a 50 millones 301 mil 400 bolívares, que convertido al valor del dólar paralelo de ese día, representa como mucho la suma de unos $16.000. La ha sido medida ampliamente reseñada en los medios de comunicación nacionales e internacionales.

Las colas en los bancos, cercana la fecha al pago de la quincena una semana antes de Navidad, se tornaron gigantescas. Era común ver a personas con maletines, bolsas de todo tipo, hasta maletas enteras de efectivo esperando horas interminables, humillados, para depositar en sus cuentas bancarias los billetes de 100 bolívares que guardaban. Era insólito que antes de esta medida había colas extensas en los cajeros pero para retirar efectivo. Ahora los cajeros estaban holgados, en ocasiones vacíos, la gran masa hacía filas para el procedimiento inverso: depositar en las taquillas de los bancos y poder deshacerse de los billetes de 100. Se dieron casos tan descabellados como gente que depositó sus fondos, luego de una penosa cola, para luego dirigirse al cajero a sacar efectivo y estos le daban los mismos billetes de muerte decretada. Era también inaudito que la gente anduviera por las calles mostrando los billetes sin temor a ser asaltada: los malandros sabían que ese dinero en pocas horas no valdría nada. Emergió también la figura del bachaquero de billetes: aparecían en las colas con los billetes de 50, que sí mantendrían vigencia, y ofrecían a la gente cambiárselos por un monto inferior.

El martes 13, como una fecha premonitoria de males económicos peores por venir, se presagiaba un sacudón financiero, se hablaba de un corralito: ¿por qué sacar los billetes de circulación cuando no habían llegado al país los de mayor denominación? ¿Qué sentido tenía sustraer alrededor del 70% de la liquidez e inhabilitar a los ciudadanos de los medios necesarios, ya de por sí precarios, para realizar sus transacciones? Y lo peor de todo, los más pobres, aquellos que no tenían cuenta bancaria, eran los más afectados. De pronto en una de las tantas colas oigo gritar a un hombre, un obrero de la construcción: “¿Y cuándo coño es que vamos pa’ Miraflores?”

Más allá del absurdo

Ya para el sábado 17 de diciembre las tensiones estaban a tope. Esa fecha, que coincidía con la muerte de Simón Bolívar, se decretaba la muerte del bolívar como moneda. Ese mismo día voy a escuchar una charla sobre Borges por parte del maestro Eduardo Liendo, en compañía de Ricardo Ramírez, en la librería Lugar Común de Las Mercedes. Compartiendo un café con él antes del inicio me comenta: “Lo que ocurre en Venezuela va más allá del absurdo”. Todavía reflexiono sobre sus palabras y me pregunto qué lugar será ese más allá del absurdo. Debe ser un sitio en el que ocurren hechos como el que un encuentro clásico del béisbol entre Leones del Caracas y Navegantes del Magallanes pautado para el primero de diciembre fuese suspendido por falta de agua. Los jugadores del Magallanes al ver que no había agua para bañarse luego del juego, recogieron sus cosas y dejaron plantados a los melenudos. Tan más allá del absurdo como encontrar a un vendedor de bolsas negras en un automercado en Santa Eduviges, apenas uno cruza la salida, que vocifera: “Llévese la bolsa negra, para que nadie vea lo que se lleva”.

Llego temprano y me pongo a conversar con un vigilante de Paseo Las Mercedes que me dice que no sabe cómo va a llegar a su casa en Charallave, que no le alcanza lo que tiene en efectivo. El hombre me comenta que presenció el día anterior cuando un pasajero le pegó un tiro en la cabeza al recolector de un autobús porque no quería aceptar los billetes de cien. Me dice que la gente está pasando mucha hambre. Me comenta que es común ver a personas desmayarse de debilidad en el ferrocarril al Tuy debido a la pobre nutrición. Que muchas veces él no come para que sus hijos puedan comer. Y que como estaban en época navideña su hijo le dijo:

—Papi, cómprame un carrito pero que sea barato para que podamos tener comida en enero.

“¿Tú sabes lo que significa que un hijo le diga eso a un padre?… Se le arruga el corazón a uno”, me dice. Y agrega que muchas veces los niños en su casa juegan:

—Tengo hambre.

—Yo también.

—¿Y de quién es la culpa? —a lo que los niños responden en coro—:

—¡¡¡De Maduuuuroooo!!!

Al concluir la charla sobre Borges decido tomar otro café para recobrar el brío antes de iniciar la caminata, en vista de que no tenía suficiente efectivo para pagar un taxi. No tuve tanta suerte como con el primer café. El punto de venta, por una transacción de 400 bolívares, no pasaba. Lo intentaron cuatro veces y fue inútil. Mientras esperaba oía lo que decían los muchachos que despachaban el café: que había un paro de transporte en la práctica, que los autobuses no querían hacer las rutas y que ellos habían secuestrado un autobús para que los trajera a Caracas, que todos pagaron su pasaje pero obligaron al conductor a que los llevara. Relata que acababan de matar a dos choferes de camioneta. Uno de ellos, el que se veía más humilde, dice: “Mi pana, aquí lo que hay es que llegar de madrugada a Miraflores y meterle una bazuca”. El pueblo perdía el miedo. Al lado de ellos, un caballero atorrante, que no dejaba de hablar y que pensé que podía tratarse de una de las muchas personas que carecen de medicinas psicotrópicas por la escasez aguda, proclama: “Yo estoy listo, yo tengo 3.000 tiros de fusil guardados. Yo estoy listo para caerme a plomo”. Me pareció un invento, un hablador de tonterías la verdad, pero reflejaba el estado de ánimo que se formaba en el país.

La calle del hambre

Salgo y camino en sentido inverso por la Avenida Principal de Las Mercedes hacía Chacaíto para luego dirigirme a Chacao y veo:

niños hurgando la basura en las calles,

hombres hurgando la basura en las calles,

mujeres hurgando la basura en las calles,

un país con hambre.

El Nacional había publicado a página entera, unos días antes, el 4 de diciembre, una secuencia que parecía infantil, con dibujos, gráficos y estadísticas, cuyo encabezado era: Depresión en la granja revolucionaria, en alusión irónica a la obra de George Orwell. Se explica de manera gráfica y animada las razones por las que en Venezuela se come menos, la caída estrepitosa en el consumo de proteínas de todo tipo (pollos, huevos, cerdos, ganado vacuno, leche): “El inventario nacional perdió 11.8 millones de animales desde octubre de 2015”, es decir, en solo un año de caída en picada.

Camino y me asaltan imágenes recientes: se me viene a la mente la de un mendigo que parece un borracho francés y que vi echado al lado de una línea de taxi, como un pasajero en una espera eterna. Se me viene la imagen de un hombre que antes cuidaba los carros en una iglesia y que siempre hablaba de política con las personas a las que cuidaba el carro, ahora se la pasa caminado a la deriva, con una manta que parece una ruana, cargando una caja llena de peroles, hablando solo, durmiendo en la calle, parece un espanto. Se me viene a la mente la imagen de una familia sacando restos de comida descompuesta de una bolsa de basura, comiendo en estado de desesperación. Se me viene a la mente la mujer echada en el piso con su bebé enfrente de un café. Se me viene a la mente el letrerito colgado afuera de un pequeño negocio en Paseo Las Mercedes y que acababa de ver: “El ladrón de chocolates”, que se antojaba como el título de un cuento. En el mismo está la foto de un hombre robando chocolates tomada por las cámaras del establecimiento: “Nombre: Richard. C.I. xx.xxx.xxx Día: 31 de agosto. Hora: 1:10 pm. Robo: caja de chocolates Saint Moritz”. Se me viene a la mente la imagen de muchas personas que estimo y que han perdido peso, se encuentran delgadas, demacradas y envejecidas: “La dieta de Maduro”, dicen con humor y resignación.

El recorrido desde Paseo Las Mercedes hacia Chacaíto a pie es deprimente. Además de los que hurgan las bolsas de basura, veo a algunas personas caminar cabizbajas, desoladas, abatidas. Veo a mendigos y adolescentes durmiendo en las calles, junto a las ruinas de muchos negocios que antes fueron boyantes y ahora son casas abandonadas, como mansiones embrujadas por el Socialismo del Siglo XXI, en una avenida que era antes un emblema de prosperidad. Yo llevaba una bolsa con un libro y la gente se le quedaba viendo a la bolsa, ya sabemos: “Llévese la bolsa negra, para que nadie vea lo que se lleva”. Pero era un libro inofensivo y eso se podía ver en la bolsa translúcida. ¿A quién le iba interesar comerse un libro?

Siento que algo está a punto de estallar.

Esa misma noche Maduro retrocede y anuncia que la validez de los billetes de 100 se extiende hasta el 2 de enero. No estaba equivocado en cuanto al aire de tensión que sentía en la calle. Y como muestra de los resultados de la irresponsable improvisación del gobierno: los saqueos y destrucción de cientos de negocios en el estado Bolívar, la cantidad de muertos que dejó la furia generada por la sustracción del efectivo, unido a la escasez rampante en el país.

Trueque fallido

Es domingo, el día antes de partir, y quiero comprar El Nacional y El Universal. Me entero que once diarios impresos dejarán de circular en la temporada navideña para poder ahorrar papel periódico. Tenemos los billetes contados, hay que administrarlos. Se me ocurre la idea, forzado por las circunstancias, de ofrecerle a un kiosquero dos botellas de litro y medio de agua mineral Minalba a cambio de dos periódicos. Pero no quiso aceptar el intercambio.

La persona que vino a recogernos cuando llegamos no puede llevarnos en esta oportunidad porque trabaja en un banco y a los empleados los tienen ocupados en el operativo de los billetes. Como afirmó Laureano Márquez: “Los venezolanos están en un constante secuestro exprés”.

Debemos entonces tomar un taxi y tenemos el efectivo contadísimo. Nos dijeron que aceptaban transferencias pero si se hace una hora o media hora antes de la hora en que va a ser recogido el pasajero. Me imaginé el Internet lentísimo de madrugada, como era lo habitual, tal vez sin funcionar, algún problema con la transferencia y perdiendo nosotros el vuelo. Así que guardamos esos billetes de 50, que como mucho equivalían a 3 dólares americanos, a pesar de que el fajo visualmente era significativo. Ese era nuestro salvoconducto.

Es de madrugada. Tenemos nuestros 3 dólares en efectivo guardados como un tesoro en billetes de 50 y algo para comprar agua. El taxi nos deja en el aeropuerto. Hacemos la fila de migración. Al entrar, hay siete unidades disponibles para la revisión del equipaje pero tienen solo una operativa. Como es habitual, las autoridades haciéndole las cosas difícil al ciudadano a todo nivel y hasta el último momento. Nos tomó una hora hacer el chequeo de seguridad del equipaje de mano. Recorrimos todas las máquinas dispensadoras de agua del aeropuerto. Las que estaban funcionando irónicamente solo aceptaban billetes de 100. Las máquinas no habían sido programadas aún de acuerdo a las nuevas circunstancias. Sentado, sediento, a la espera de la llamada para abordar, me sentía cada vez más sumergido en ese extraño lugar más allá del absurdo.

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‘Todo el tiempo del mundo’. A propósito de E.L. Doctorow; por Pedro Plaza Salvati

Su mirada decía tanto que al día de hoy la recuerdo con nitidez: cálida, penetrante y desprotegida, como la de un niño ansioso por descubrir el significado de la vida. Recuerdo que fue un mes de noviembre en el Kimmel Center de NYU, con el paisaje nocturno de Nueva York detrás de los ventanales de

Por Pedro Plaza Salvati | 12 de diciembre, 2016
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Fotografía de Mary Altaffer para AP.

Su mirada decía tanto que al día de hoy la recuerdo con nitidez: cálida, penetrante y desprotegida, como la de un niño ansioso por descubrir el significado de la vida. Recuerdo que fue un mes de noviembre en el Kimmel Center de NYU, con el paisaje nocturno de Nueva York detrás de los ventanales de cristal, el Empire State Building perdido en la lontananza, como parecía perderse la mirada de Doctorow.

Edgar Lawrence Doctorow llegó caminando con la ayuda de un bastón para presentar su último libro de cuentos Todo el tiempo del mundo. Se dirige al público y nos dice, a manera de broma: “El dolor de espalda de Faulkner se debía a la escritura, lo mismo que el mío, por eso ahora uso bastón; a causa de la escritura”. La presentación se suscribió a la lectura del cuento que da título a la obra: All the time in the world.

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Al elegir leer ese relato de dieciocho páginas en su versión en inglés, E.L. Doctorow podía haber presentido que no le quedaba Todo el tiempo del mundo… al menos en esta dimensión. ¿Será por ese motivo que le dijo al público refiriéndose a la lectura, como una advertencia, I hope you can take it (espero que puedan soportarlo)?

El cuento referido se encuentra en una recopilación en español de las “narraciones breves” de este insigne novelista estadounidense nacido en el Bronx. En las palabras de arranque de Cuentos completos en español (Malpaso Ediciones, Septiembre 2015), la primera que recoge todos sus relatos en cualquier idioma, Eduardo Lago habla de la “elusiva magia inherente a la manera de fabular de Doctorow, cuyos entes narrativos nunca parecen tener del todo claro lo que son”. De hecho, ese carácter híbrido de muchos de sus relatos, que parecen novelas en gestión, ha sido blanco de la crítica norteamericana que aspira más a conservar los rasgos y estándares que definen al cuento como forma narrativa. Sus cuentos, de hecho, parecieran ser más bien análogos a su ficción de largo aliento. Y algunas de sus historias asemejan sketches de una novela en formación o inclusive de novelas abandonadas. No debe ser casual que se incluyera en esta edición la novela corta Vida de los poetas. Lo cierto es que muchas de las historias de E.L. Doctorow lo distinguen como un excelso narrador, una gran cuentista-novelista.

Doctorow es el autor de obras que ya se consideran clásicos de la literatura norteamericana contemporánea, tales como Ragtime (a la que él llamaba “simulacro de crónica histórica”), El libro de Daniel y Billy Bathgate. Pero son novelas tales como El lago, La ciudad de Dios y Homer & Langley (en el que juega hábilmente con los límites entre ficción y no ficción) las que muestran a Doctorow en su descarnada profundidad de razonamiento y capacidad de producir una obra estética de abismos narrativos, penetración psicológica en la mente de sus personajes y retratos desoladores de la sociedad estadounidense. Doctorow dice que a él mismo se le ha impuesto la etiqueta de “novelista político-histórico-posmoderno-de género-neoyorkino-judío”. Y agrega que “una narración histórica hecha de mentiras es más perspicaz, más aguda y más útil que una respetuosa de los hechos”.

E.L. Doctorow es uno de los grandes narradores de nuestro tiempo y muchos de sus cuentos son magistrales, aunque su forma se cimiente en la ficción de largo aliento. Cuando terminaba de ordenar y revisar el orden de los relatos de Cuentos completos (cuya secuencia solo él entendía, según admite el compilador, Eduardo Lago) falleció. El cuento Todo el tiempo del mundo es desolador, inquietante, lleno de golpes psicológicos, densidad reflexiva y desamparo. Doctorow admite que si algo emparenta a sus historias es la segregación de sus protagonistas que, por una razón u otra, están en conflicto con el mundo prevaleciente. John Updike llegó a referirse a la obra de Doctorow como “sadismo narrativo”. El inicio de Todo el tiempo del mundo demuestra su virtuosismo:

“Una cosa he observado: lo deprisa que levantan esos edificios. Se llevan los escombros en carretillas, cuadriculan la excavación, colocan el encofrado y arriba con él. Placas de hormigón en el suelo y, de noche, lámparas de trabajo suspendidas como estrellas. Cuando una bandera corona todo como si fueran a zarpar hacia algún lado, instalan el ascensor, tienden el cableado, las tuberías, acoplan el paramento de granito y ponen las ventanas a través de las cuales ves que han enlucido las paredes interiores de los apartamentos y no te das cuenta y hay ya un toldo hasta el bordillo de la acera, un portero y, arriba, justo enfrente de mi ventana, un dormitorio totalmente amueblado y una chica desnuda bailando”.

Todo el tiempo del mundo está centrado en un personaje, en óptima condición física, que se dedica a correr por Nueva York. En ese paso por distintos escenarios citadinos observa cosas que aparecen y reaparecen, que le llaman la atención, lo obsesionan y hacen del relato un mundo de conexiones codificadas: paraguas, viejas encorvadas con sus carritos de compra y sus ayudantes negras, el material carcinogénico que inhala al correr, los teléfonos móviles, los perros y quienes los llevan, chicas bailarinas desnudas, los repartidores chinos en bicicleta, las referencias a Mongolia a partir de la repetida visita al Museo de Historia Natural, los monjes budistas, Times Square (cuya luminosidad parece más intensa que la de la luz natural), y algo que siempre ha deseado: la especificidad. “Corro porque no sé qué otra cosa hacer. Perdí la fe en el lugar donde estoy hace tiempo”, y lo hace en compañía de lo que llama su “gramático” que vive con él en su cerebro (¿un especialista en gramática o una voz psicótica?), y que a la vez discierne sobre asuntos como la diferencia entre metáfora, sinécdoque o metonimia. En las situaciones en las que el personaje central no conversa con “el gramático”, pulsa la tecla de llamada rápida de su móvil y habla, por ejemplo, con su madre:

—Tienes todo el tiempo del mundo, dice ella

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que pase algo.

O con su psicoterapeuta:

—Vuelvo a tener esa sensación.

—Era de esperar… está estancado. Salga y diviértase. Tiene todo el tiempo del mundo.

—¿Hasta cuándo?

—¿Qué?

—Ha dicho que tengo todo el tiempo del mundo. ¿Hasta cuándo?

—Hasta que pase algo.

Con un sacerdote:

—Bendígame, padre, porque he pecado.

—Lo siento, ese es el único consuelo que no ofrecemos.

—¿Y entonces qué consuelo ofrecen?

—La ilusión corpórea. Una identidad de género.

—¿Qué es la ilusión corpórea?

—Un eufemismo para la repugnante creencia de que habita un cuerpo.

—Un momento. ¿Eso es un consuelo? ¿Que un sacerdote me diga que soy una ilusión de mí mismo?

Previamente a este diálogo, el personaje profiere frases que arrojan pistas sobre la dimensión ¿metafísica o del mundo de los sueños? en la que se encuentra: “Creo que estoy jubilado pero tengo la sensación de ser demasiado joven para haberme jubilado (…) Es como si viviera en el exilio. Estoy solo. No tengo a nadie” (algo común en Nueva York, una ciudad donde según las estadísticas al menos la mitad de la población vive sola)…“Sé con toda certeza que soy un deportado. Estoy donde no me corresponde”.

Aunque esta no sea la función de un cuento, Todo el tiempo del mundo nos permite reflexionar desde múltiples planos. Se puede cuestionar uno mismo, al lector se le puede preguntar, a la luz de la vida que le queda en esta vida, como la luz que nos queda en la vida de todos nosotros, sobre el futuro: ¿Qué va a hacer con su vida de ahora en adelante? ¿Cree usted, como la madre, el psicoterapeuta, o el sacerdote, que tiene todo el tiempo del mundo? ¿Qué hacer con nuestro tiempo en esta vida corpórea que todavía tenemos?

E.L. Doctorow falleció el 21 de julio de 2015, a poco menos de cuatro años de la   lectura neoyorkina tras los ventanales de cristal, con el Empire State Building perdido en la lontananza, como parecía perderse la mirada de Doctorow.

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Pelear con las palabras; por Pedro Plaza Salvati

A Eduardo Halfon Tenenbaum lo conocí por azar. Una pequeña nota de El Tiempo anunciaba su presentación en la librería Tornamesa en la zona de Chapinero, dentro del marco de Bogotá contada, la misma iniciativa editorial en la que también Alberto Barrera Tyzska fue invitado a colaborar con un relato que inicia con una solitaria

Por Pedro Plaza Salvati | 19 de noviembre, 2016
Eduardo Halfon Tenenbaum

Eduardo Halfon Tenenbaum

A Eduardo Halfon Tenenbaum lo conocí por azar. Una pequeña nota de El Tiempo anunciaba su presentación en la librería Tornamesa en la zona de Chapinero, dentro del marco de Bogotá contada, la misma iniciativa editorial en la que también Alberto Barrera Tyzska fue invitado a colaborar con un relato que inicia con una solitaria frase en mayúsculas: VINE A BOGOTÁ A MATAR A ALGUIEN.

Pero Halfon no fue a Bogotá a matar a nadie sino, como El boxeador polaco (uno de los relatos centrales de su obra), para hacer uso de sus palabras en el cuadrilátero de la literatura. Halfon forma parte de aquel grupo escogido por un jurado conformado por Héctor Abad Faciolince, Piedad Bonnet y Oscar Collazos, Bogotá 39 del Hay Festival de 2007, en el que fueron también seleccionados los venezolanos Rodrigo Blanco Calderón y Slavko Zupcic como talentos literarios destacados de Latinoamérica menores de 39 años.

Me animé a conocer la librería Tornamesa y a escuchar la charla de este autor, desconocido para mí. La conversación con el escritor colombiano Antonio García Ángel (otro de los elegidos del grupo Bogotá 39) fue amena y me pareció interesante la propuesta de Halfon de contar su historia en libros dispersos pero enhebrados, por lo que me hice de un ejemplar de Signor Hoffman. Hablamos algo, lo protocolar en este tipo de eventos, y me dijo que había sido invitado a la Feria del Libro de Costa Rica, pero que como su esposa estaba a punto de dar a luz a su primer hijo, no podía aceptar la invitación.

Una pocas semanas más tarde me sorprendió ver el nombre de Eduardo Halfon como uno de los invitados internacionales en el programa de la XVII Feria Internacional del Libro de Costa Rica. Me imaginé entonces que Halfon habría hecho los cálculos exactos de cuándo nacería su primogénito, cálculos que debían ser precisos considerando que es ingeniero y por su confesada propensión a contar (numéricamente) todo desde pequeño, según explicó en Bogotá. O, simplemente, se podía haber entusiasmado por la edición de El boxeador polaco por parte de Editorial Germinal de Costa Rica.

El hecho de que iba a tener la oportunidad de reencontrarme en tan poco tiempo con este escritor guatemalteco nacido en 1971 pero que ha vivido gran parte de su vida en los Estados Unidos, me motivó a iniciar la lectura de Signor Hoffman (Libros del Asteroide), entre tantas que uno tiene pendiente; libros que reposan como reptiles esperando en boca de caño para ser leídos. Esta breve obra conformada por seis relatos, donde se mezcla lo autobiográfico con la ficción, fue un descubrimiento. Se trata de un conjunto de cuentos en los que predomina un leguaje depurado a través de la concreción de las frases, con una característica rítmica que hace que se imprima un tono hipnótico a la narrativa en la que se repiten dos o tres veces afirmaciones o preguntas: “…acaso por su manera tan violenta de conducir, acaso por la mezcla del hachís y el calor dentro del Citroën y la descarga de adrenalina que acababa de sufrir, acaso por algo mucho más efímero y oscuro…” (Monasterio). Despliega, además, profundidad de ideas en lo relativo al tema de la identidad, la religión, la memoria del holocausto y el desarraigo.

Halfon ha construido un conjunto de libros que se interconectan, todos breves, a partir de El boxeador polaco, en el que personajes y episodios aparecen en uno o en otro, así como se entrelazan temas que caracterizan su creación artística. De pronto en la novela corta Monasterio (Libros del Asteroide) surge un capítulo copiado casi entero de El boxeador polaco (aunque se pudiera esperar que se narrara lo mismo desde otro punto de vista); ese boxeador que los nazis no habían ejecutado por el espectáculo que les brindaba y que ayudó a su abuelo judío (porque Halfon también tiene un abuelo libanés) a que no lo ejecutaran cuando llegó a Auschwitz, al enseñarle ese boxeador al abuelo qué decir y qué no decir cuando lo interrogaran a la mañana siguiente: a pelear con las palabras.

El narrador de este proyecto de libro en construcción, fragmentado en varios libros, se identifica como Eduardo Halfon. Y como confiesa en Mañana nunca hablamos (Editorial Pre-Textos), su narrativa está basada “desde la perspectiva de mi recuerdo”, pero a la vez está enriquecida por la ficción: una ficción que nos puede presentar a un personaje llamado Eduardo Halfon que fuma como un demente mientras él se confiesa no fumador. Se trata de guiños con el lector que puede llegar a pensar que lo narrado ocurre en realidad a Eduardo Halfon el autor y no a Eduardo Halfon el narrador; que son dos halfones diferentes. Por ello se cae constantemente en el terreno de la impostura.

El sábado (Shabat o día de reposo en el judaísmo) 03 de septiembre de 2016, Halfon está de panelista y sirve de intérprete de la poeta estadounidense Mary Jo Bang, en una conversación titulada: “Las paradojas de la literatura: ¿más lectores y menos escritores? ¿Menos lectores y más escritores?”. Admite ante el público que pasa trabajo al traducir, se le nota incómodo.

Termina la charla. Saludo protocolar. Me dice que durmió mal, que ya no duerme bien en los hoteles, que debe ser la edad, que qué gusto el reencuentro ahora en San José luego de Bogotá, que dónde está el baño, que si va a hacer calor en el segundo piso en la charla de Alberto Salcedo Ramos. La temperatura en San José es normalmente templada pero ese día parecía Tel Aviv, y el encuentro recién concluido con la poeta estadounidense se desarrolló bajo una carpa blanca como las del desierto, y la gente movía a mucha velocidad los abanicos que regalaba la Librería Internacional con su marca impresa.

Halfon afirma que cuando escribe en español piensa en inglés. Como si se tratara de una traducción simultánea de sí mismo… que su estilo nace a partir de un maestro en Guatemala que le ensenó a escribir línea por línea, luego de retirarse de la Ingeniería. Comenta que antes de los 28 años no había leído literatura, y que fue luego de un viaje de retorno a Guatemala en el que se matriculó en filosofía y letras, cuando comenzó a leer. Y que de tanto leer, nació la necesidad de escribir, como un efecto de rebasamiento de sí mismo.

A Halfon le comento que este año visité la casa de Marjorie Elliot en Harlem para escuchar jazz y conocer a este personaje y que escribí una crónica de la experiencia para Prodavinci. Le expresé que podrá imaginar mi impresión cuando leí su cuento Sobrevivir los domingos, que trata de su trayecto para llegar hasta la casa de Marjorie Elliot; esta insigne mujer del jazz y de la vida que perdió tres hijos (dos fallecidos y uno extraviado para siempre),

En Mañana nunca hablamos Halfon se centra en los primeros diez años de su vida, de la Guatemala de un violento terremoto, de la inseguridad, del secuestro de su abuelo paterno libanés, de las asonadas militares, la de aquel momento cumbre en el que un tanque aparece frente a su escuela y que trae como consecuencia que su familia decida emigrar a Miami. Ese momento de desprendimiento debe haber marcado el desarraigo que dice caracterizar a su persona y a su obra. En ello podría haber coincidencia entre la diáspora venezolana y la que generan los regímenes autoritarios en el continente. Su familia se fue a Miami, como muchas familias venezolanas que han partido no solo a esa ciudad, sino a tantos otros destinos.

En su relato Epístrofe hay una cita que me llamó la atención: “Se oían los rugidos políticos del barítono venezolano, quien como buen venezolano, necesariamente debe cacaraquear todo el tiempo sobre Chávez”. Yo a veces pienso que debemos aburrir a los extranjeros con nuestra cantaleta sobre lo que ha sido, digámoslo, un “holocausto light”: el chavismo. Al mismo tiempo, un venezolano no puede salir del país sin que se vea afectado por el asecho de preguntas de personas ansiosas de conocer nuestra experiencia o pesadilla, por lo que el cacaraqueo parece inevitable. En poco menos de un año, dos novelas que anclan su tema en la realidad venezolana, han ganado premios internacionales importantes: Patria o Muerte, de Alberto Barrera Tyszka, Premio Tusquets de Novela y The Night, de Rodrigo Blanco Calderón, premio Rive Gauche en Francia. Cabría preguntarnos si nuestra cháchara es catarsis y a la vez fuente de creación literaria

En los cuentos de Halfon hay viajes frecuentes, estadías frecuentes en hoteles, personajes que no pueden dormir bien en los hoteles (como me había dicho que le había ocurrido en San José), y situaciones fronterizas, como aquella entre Belice y Guatemala en el cuento Arena blanca, piedra negra.  El personaje de Monasterio, el propio Halfon de nombre, luego de viajar a Israel para asistir a la boda de su hermana, decide no acudir a la ceremonia por el rechazo que le causa el encuentro con la cultura y el país done hay un muro al que los israelíes refieren como “valla de seguridad, o cerca de separación, o cerca antiterrorista” y que, al contrario, los palestinos llaman “el muro de la segregación racial, o el muro de la vergüenza o el muro del apartheid”.

En Bogotá mencionó que requería silencio absoluto para poder escribir. Que cuando naciera su hijo le iba a tener que pedir a su pareja que dejaran la casa algunas horas del día para poder concentrarse en la escritura. En Monasterio, el narrador que es Eduardo Halfon dice: “Siempre duermo mal en los hoteles. Le pedí al recepcionista, como hago siempre, una habitación en el último piso, que no diera a una calle ruidosa, lo más alejada posible del ascensor, y sin puerta interna que comunicara a la habitación contigua”. Duerme mal en la novela, duerme mal en San José.

En sus libros nos topamos con confesiones y opiniones controversiales. Por ejemplo, cuando dice en Signor Hoffman: “No sé por qué siempre me resulta difícil convencer a las personas, incluso convencerme a mí mismo, de que soy guatemalteco. Supongo que esperan ver a alguien más moreno y chaparro, más parecido a ellos, con un español más tropical. Yo tampoco pierdo cualquier oportunidad para distanciarme del país, tanto literal como literariamente”. O en el caso del judaísmo, cuando en Monasterio nos topamos con una frase demoledora: “…que ese discurso del judaísmo no como religión sino como genética, sonaba igual al discurso de Hitler”. ¿Requiere la buena literatura despojarse de prejuicios y “sacar para afuera” las verdades personales; para que la obra sea interesante y original?

En una escena de Monasterio, Tamara, la aeromoza de Lufthansa que se encuentra en el aeropuerto, en aquel horno que comenta que es Tel Aviv, y con quién había tenido un encuentro en el relato Fumata Blanca, increpa al personaje Halfon de la siguiente manera: “Entonces, me incitó Tamara, ¿en tu sueño niegas ser judío, niegas tus raíces, tu tradición, tu herencia, niegas todo con tal de salvarte?”.  Lo cierto es que Halfon niega el judaísmo, niega ser guatemalteco, pero en la base central de sus historias está casi siempre presente Guatemala y el judaísmo, cuando no se trata de un texto metaliterario, como El angel literario (Anagrama) o el relato Lejano.

El abuelo polaco es, sin embargo, motivo central de su obra. Aparece en distintos textos. Adolfo, Adolfo Wiernik, así se llama un amigo costarricense, me cuenta que él también tuvo un abuelo polaco que nació en Grajewo pero que pasó su infancia en Byalistok. Fue capturado a una edad muy joven. Estuvo en varios campos de concentración pero fue liberado en Auschwitz. Adolfo es una persona de mentalidad abierta; para empezar: ¿Cómo se le ocurrió a su padre ponerle el nombre de Adolfo? El punto es que Adolfo me cuenta que su abuelo portaba con orgullo el número sobre el brazo, y que lo sentaba de niño sobre sus piernas y le preguntaba: ¿Quieres que te hable de la guerra? Me dice que su abuelo, Faivel Wiernik Gringas, mostraba su brazo con su número por todo San José como un mensaje codificado a las demás personas: “He pasado por el infierno así que no me jodas”. Muy al contrario, el abuelo-personaje de Halfon no quería que se supiera la verdad de su número estampado sobre el brazo, que hasta llegó a decirle de niño que era un número telefónico, y que no fue sino muy de mayor que se decidió a contarle la realidad de lo ocurrido, acompañado de un buen whisky:

“Sabíamos que la gente que iba al Bloque Once de Auschwitz nunca regresaba. Me dejaron tirado en el suelo de un calabozo del Bloque Once de Auschwitz…Estaba muy oscuro en el calabozo, como para no perderse en esa misma oscuridad. Y un hombre sentado a mi lado empezó a hablarme en polaco. Él era un judío de Lódź, los dos éramos judíos de Lódź. Él era un boxeador de Lódź. Un boxeador polaco. Y hablamos toda la noche en polaco…Me dijo en polaco que al día siguiente me harían un juicio y me dijo en polaco qué cosas sí decir durante ese juicio y qué cosas no decir durante ese juicio… Al día siguiente, dos alemanes me sacaron del calabozo, me llevaron con un joven judío que me tatuó este número en el brazo y después me dejaron en una oficina donde se llevó a cabo mi juicio, ante una señorita, y yo me salvé diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que dijera. Entiende. Usé sus palabras y sus palabras me salvaron la vida y yo nunca supe el nombre del boxeador polaco ni le conocí el rostro. A lo mejor murió fusilado”.

Esta historia conmovedora cae en el terreno de la impostura, cuando el propio Halfon, narra en el relato Discurso de Póvoa, que una mañana abre el suplemento dominical de un periódico guatemalteco y, antes de tomar el primer sorbo de café, ve la foto de su abuelo en una entrevista en la que cuenta que se salvó en Auschwitz debido a sus habilidades como carpintero… ¿Quién miente a fin de cuentas?: el abuelo, Halfon el narrador o Halfon el personaje. En una entrevista con El País, Halfon afirmó: “Para mí ir a Auschwitz no tenía nada que ver con mi abuelo, con el dolor, era ver una reconstrucción, entonces cuando escribo sobre esto hay un elemento de humor, de sátira. Mi abuelo es un pretexto para entrar en el tema de la identidad”

Y allí está, Halfon admite en Discurso de Póvoa: “La literatura no es más que un buen truco”.

La cola: el reino de las voces; por Pedro Plaza Salvati

—¿Quién está de último en la cola? —Yo, eso creo, pero había una mujer de chaqueta azul que dijo que regresaría. —¿Entonces estoy detrás de ella? —Me imagino. Te puedes quedar aquí mientras tanto. —¿Has estado mucho tiempo en la cola? —… —¿Sabes cuántas están dando por persona? —Solo Dios sabe…ni siquiera he preguntado. —Me

Por Pedro Plaza Salvati | 28 de julio, 2016

La cola el reino de las voces; por Pedro Plaza Salvati

—¿Quién está de último en la cola?
—Yo, eso creo, pero había una mujer de chaqueta azul que dijo que regresaría.
—¿Entonces estoy detrás de ella?
—Me imagino. Te puedes quedar aquí mientras tanto.
—¿Has estado mucho tiempo en la cola?
—…
—¿Sabes cuántas están dando por persona?
—Solo Dios sabe…ni siquiera he preguntado.
—Me dijeron que dos.
—¿Sólo dos?
—Primero eran cuatro, luego dos.
—Mira: ella es la señora que te mencioné.
—Yo estaba detrás del ciudadano acá.
—Entonces le sigo en la cola. ¿Les importa si voy un momento a hacer algo? ¿Me cuidan el puesto? No me tardo mucho.

La conversación anterior bien podría ser tomada como un extracto de diálogo entre venezolanos sometidos a las colas durante horas para obtener, con suerte, algunos productos básicos. Sin embargo, corresponde al inicio de The Queue (1985) o La cola, del autor ruso Vladimir Sorokin; el mismo al que le fueron destruidos y arrojados ejemplares de otra novela suya, Manteca de cerdo azul, a un inmenso inodoro de cartón en pleno centro de Moscú por parte de las juventudes de Vladimir Putin, por satirizar a Joseph Stalin y Nikita Kruschev en una supuesta relación homosexual.

Refiriéndose a Stalin, en una nota tipo epílogo, Sorokin menciona: “La Cola de todas las Colas fue cuando se le rindió tributo a Stalin luego de su muerte, cuando el corazón de El Padre de la Gente y Gran Empírico de las Masas dejó de latir. Su cuerpo fue exhibido durante tres días y Rusia nunca había visto una cola tan larga”; lo que nos trae el recuerdo de la cola interminable cuando se exhibió el cuerpo del Comandante Supremo durante varios días en la Academia Militar.

La cola es la primera novela de Sorokin y está construida sólo con diálogos. El reto principal para el lector es detectar qué voz corresponde a cada personaje, ya que nunca se aclara quién dijo qué.

—Vamos a estar en esta cola todo el día.
—No nos hemos movido ni una pulgada
—No creo que podamos regresar a casa hoy. ¡Esto es un chiste!
—Yo he estado ya en tres colas distintas sin suerte alguna.

Bien podríamos suponer que la sucesión de guiones (— — —…) que acompaña a cada frase, representa de forma gráfica a la cola que hacen los miles de ciudadanos rusos, día y noche, entre los que están los personajes principales de la novela, Vadim y Lena, cuyos cuerpos son marcados por números.

La cola transcurre durante un caluroso verano ruso y se hace las veinticuatro horas del día. Las altas temperaturas familiarizan la narrativa con el padecimiento en las colas venezolanas de gente sometida a la dictadura del sol. Cuando llega la noche, los ciudadanos rusos se ponen de acuerdo para no perder el orden. De esta forma intentan regresar a la mañana siguiente a la misma posición que tenían en la cola, luego de dormir en un parque, en la propia calle o en una acera. En la noche no hay diálogos y el autor deja varias páginas del libro en blanco para representar el silencio (               ) hasta que amanece. Amanecer con la angustia de retomar la cola; la cola es también así el escenario donde se producen confrontaciones:

—¿Por qué me empuja?
—Están ordenando la cola y llamándonos por número y nombre. Es para ver quiénes se quedaron durante la noche. ¿No se da cuenta?
—Por lo menos debe disculparse por haberme empujado.
—¿Disculparme?
—Es un asunto de consciencia.
—Muérdase la lengua y cállese.
—Estúpida, puta, ¡cállese usted!

En nuestras latitudes tropicales, y a causa del régimen socialchavista, las confrontaciones son mucho más violentas. Por ejemplo: el 19 de julio de 2015 una niña de tres años recibió un impacto de bala en una trifulca por venta de arroz en la Avenida Fuerzas Armadas. Dos días antes, la agencia AP hace un extenso reportaje titulado: Vida en Venezuela transcurre en largas filas, e inicia con el asesinato de un hombre de 25 años que se negó a entregar su celular en una cola mientras era asaltado. Se oyeron ocho disparos y cayó cerca de la entrada de la farmacia: “Impasibles, los clientes en la fila conservaban sus puestos mientras los pistoleros hurgaban los bolsillos de la víctima. Contemplaban los hilos de sangre de la cabeza del joven que chorreaban por los surcos de la acera. Y cuando llegaba su turno, cada uno compraba dos tubos de dentífrico que el programa de racionamiento les autorizó”.

Los diálogos de la cola en la Rusia comunista se emparentan con los de la Venezuela chavista:

—Hay que estar pilas.
—La gente se aprovecha, compadre.
—Es por la necesidad, si te pones a ver.
—La necesidad, mi pana, tiene cara de perro.
—¡Mira, mira! El camión se va, el camión con la leche.
—Vamos a entrar a ese mercado del coño, así sea por la fuerza.
—¡Sí!, vamos: no nos queda de otra. ¡A coñazo limpio si es necesario! Eso o nos morimos de hambre.
—¡Dale! ¡Dale! Corre güevón, antes de que se acabe.

Sorokin afirma en el epílogo: “El primer gobierno proletariado del mundo nos llevó de la cuna a la tumba. Y junto con ellos las formas socialistas: educación y atención médica gratuita, la irrelevancia del dinero y el sistema entero de distribución de bienes; éste último se volvió particularmente una agonía para el ciudadano y lo que logró fue estimular el mercado negro”. En La cola se hace evidente que los bachaqueros también existieron en la Rusia comunista. El siguiente diálogo lo demuestra.

—¿Qué es esto?
—¡Nos mueven para atrás!
—¿Qué pasa?
—No logro ver nada.
—¿Qué es lo que ocurre?
—¡Oh, no! ¡Otra vez!
—Miren qué descaro: se están coleando.
—Señora, señora: ¡No los deje pasar!
—¡Qué descaro!
—A ellos sí les dejan llevarse veinte de cada producto.
—¡Maldición! Hemos estado horas en esta cola como unos auténticos idiotas.

En la escena anterior los ciudadanos tienen que retroceder forzosamente, pisándose y dándose empujones, cuando los oficiales que ordenan la cola y que hablan sólo por parlantes y en mayúsculas, dejan pasar impunemente a grupos que se colean para comprar productos y luego revenderlos en el mercado negro.

Sorokin, al mismo tiempo, habla de la cola como un monstruo de miles de cabezas que se convirtió en el emblema del socialismo. La cola se transformó más bien en el Cuerpo Colectivo de una nación. Durante la era de Nikita Kruschnev el ritual de estar en una cola adquirió rasgos de idiosincrasia, al “librarse la gente de individualismos”. En aquellos momentos se trataba de un fenómeno puramente soviético que se ve ahora replicado, décadas más tarde, en todas las ciudades y pueblos de Venezuela: El Cuerpo Colectivo de miles de venezolanos humillados y convertidos en cientos de miles de guiones (— — —…) anónimos. Y agrega: “La gente hacía cola para todo: para comprar pan, tickets para el Lago de los Cisnes, adquirir muebles, en apartamentos comunales para el uso del baño, en las prisiones sobrepobladas para dormir en las camas. De acuerdo a estadísticas los soviéticos pasaban un tercio de cada día haciendo cola”.

—Mira, ¡una cola!
—¿Qué estarán dando?
—Vamos a meternos. Luego averiguamos.

Un artículo reciente de Aporrea, afín al gobierno, señala que Venezuela hoy en día se divide en dos tipos de ciudadanos: los que hacen colas, que son la mayoría, y los pocos privilegiados que no las hacen. “No cabe duda que hacer largas colas para comprar comida nos restan horas, días y años de vida” (como a los precursores soviéticos). El artículo del 17 de julio de AP antes citado dice: “La magnitud del derrumbe económico que vive ese país suramericano se refleja en el tiempo que la mayoría de sus ciudadanos pasan esperando en línea para comprar comida: 35 horas al mes”.

La cola, paradójicamente, también es una circunstancia que propicia amistades y hasta escenas de sexo que aparecen en la novela. De hecho, Sorokin se atreve a afirmar que cuando ocurrió el colapso de la cola en Rusia se perdió un importante “ritual terapéutico” que se había transformado en una necesidad diaria; como las drogas para un adicto. Vadim conoce a una Lyuda que lo invita a su pequeño pero acogedor apartamento mientras la cola prosigue. Luego de una noche intensa de sexo, seguida de otra serie de páginas dejadas intencionalmente en blanco al momento en que cae la noche (               ) Vadim se levanta exaltado pensando en la cola, ya que debe regresar a su lugar con su número marcado en su cuerpo: mil novecientos noventa… Lyuda le dice que no se preocupe, que ella lo va a dejar pasar en cualquier establecimiento para que compre lo que quiera… ¿Pero cómo?, le pregunta Vadim. Ella entonces le confiesa en la intimidad postcoital que es Jefe de Departamento en las tiendas Moskva. Vadim, preocupado, le dice. ¿Y las demás personas que están en la cola? Lyuda le contesta:

—Déjalos que hagan la cola. Tendrán que esperar al menos un par de días más.
—¿Cómo?… ¿Tú tienes algo que ver con la cola?
—¡Qué lento eres para captar! Sí, sí: somos nosotros los que vendemos.
—¡Entonces eras tú la que estaba con esas muchachas!
—Claro, solo que hoy me retiré más temprano.
—¡Dios mío!… ¿Quiere decir que no estarán vendiendo nada en los próximos dos días?
—Exacto. Los productos llegaran a la tienda pasado mañana… Deja a los de la cola que se cocinen en su propio jugo.

El autor ruso comenta que su madre bromeaba y le decía que hacer la cola era como ir al trabajo. Pero ello, hoy en día, en Venezuela, está muy lejos de ser una broma, aunque se haya convertido, en realidad, en “un trabajo”; una forma de vida donde confluyen las voces de los ciudadanos humillados que padecen hambre y necesidades.

Nota: los diálogos citados de la obra en inglés The Queue, de Vladimir Sorokin, fueron traducidos por el autor de este artículo.

Crónica de un regreso a Caracas III: La fractura; por Pedro Plaza Salvati

Me encontraba en Concresa con el propósito de hacer una diligencia bancaria. Como el uso de electricidad estaba restringido en el centro comercial, apenas tomé el ticket que me dispensó la máquina, pude darme cuenta de que el estacionamiento parecía una caverna prehistórica en la que solo se veían los reflejos de las luces de

Por Pedro Plaza Salvati | 18 de junio, 2016

Crónica de un regreso a Caracas III La fractura; por Pedro Plaza Salvati

Me encontraba en Concresa con el propósito de hacer una diligencia bancaria. Como el uso de electricidad estaba restringido en el centro comercial, apenas tomé el ticket que me dispensó la máquina, pude darme cuenta de que el estacionamiento parecía una caverna prehistórica en la que solo se veían los reflejos de las luces de los carros. En la entrada había un trecho en descenso o inclinación de pocos metros al aire libre y decidí estacionarme en ese privilegiado tramo iluminado. Para evitar bloquear la circulación debía pegar por completo el carro a la pared, lo que me obligaba a tener que salir por la puerta del acompañante. La estrecha distancia entre las piernas y el volante de la Vitara, hizo imposible que alzara las piernas.

Decidí maniobrar extendiendo la parte superior del cuerpo hacia el lado del asiento del acompañante. Tenía las manos puestas sobre la puerta que trato de abrir, pero pasa un bólido a toda velocidad, que acababa de dar un acelerón luego de tomar el ticket como lo había hecho yo, por lo que la cierro de inmediato. Estoy todavía con la mitad de las piernas dentro del espacio del chofer, el resto del cuerpo alargado sobre el área del acompañante, soy cono una ” Lʺ en noventa grados. Hago de nuevo el intento, abro la puerta, pero esta vez tomo un impulso parecido a cuando hacía saltos largos en las competencias deportivas con el equipo Quirope del Instituto Escuela, para terminar de zafarme las piernas del hueco del conductor y poder finalmente escaparme del vehículo.

Al siguiente segundo me encuentro volando en caída libre con la cabeza hacia el pavimento inclinado en descenso, incapaz de controlar el cuerpo con el impulso tipo Juego Olímpico que había decidido ejercer. Es cierto que uno puede pensar en fracciones de segundo, porque cuando ya veía mi cara estallada en el piso, en una inusualmente potente velocidad para lo corto del trayecto, decidí poner el brazo izquierdo contra el suelo como parachoques.

Cuando tenía quince años, en una finca en Guárico, la misma en que la que una banda de criminales victimó a mi hermano mayor el año pasado, montado a toda velocidad en un caballo de los que usan los peones para arrear ganado (qué imprudencia para un muchacho citadino), me golpeé el codo derecho contra un árbol y caí de espaldas. Casi fallezco si no hubiera sido por las desesperadas cachetadas de otro de mis hermanos que me devolvió los ojos a su lugar como una máquina tragamonedas de casino. Estuve inconsciente tres días y tuve que llevar un clavo gigantesco en el brazo derecho por un buen tiempo.

Al caer ahora, no sé cuántos años más tarde, acuso recibo del segundo golpe histórico en un codo, esta vez el izquierdo, como para igualar los impactos en ambas articulaciones. Un carro que va entrando se detiene en seco cuando, me imagino desde su punto de vista, ve a un hombre cayendo en picada desde la camioneta hacia el pavimento, lanzándose desde un trampolín. Mi esposa me empieza a decir frases de consuelo porque, me habría de admitir luego, que estaba tan pálido como Juan Eleazar Figallo en la emisión estelar de Globovisión. Pensé que me iba a desmayar.

El venezolano, a pesar de la crisis humanitaria que vive, no pierde su espíritu solidario. Enseguida llegaron varios hombres a tratar de ayudar. Al fondo oía una voz que le decía a mi esposa: “Dale agüita, mamitaʺ. Esta vez, a diferencia de la caída del caballo y de mi blanca palidez, no perdí el conocimiento. Permanezco un buen rato en el piso mientras se empiezan a oír las cornetas incesantes de los carros que ya formaban cola para ingresar al tenebroso y oscurecido estacionamiento y lo asimilo como un mandato para ponerme de pie. Entre los hombres y mi esposa logran levantarme y me siento, ya en una posición normal, en el puesto del copiloto. Seguía oyendo la imploración: “Dale agüita, mamitaʺ. Afortunadamente cargábamos una botella de agua mineral Minalba de tan escasa presencia en los negocios, así que le hice caso al insistente caballero buena gente y pasado de confianza. En un momento de completa incoherencia le digo a mi esposa: ʺvamos a buscar las tarjetas de crédito”, que es a lo que habíamos ido.

Cuando uno vive en un país extranjero y regresa a la patria con la que se mantiene un vínculo, como un cordón umbilical de cable submarino, quiere resolver la mayor cantidad de asuntos pendientes, visitar amigos y familiares. Pero dada la dinámica actual en la que se ha sumido la compleja y penitente vida cotidiana del venezolano, la más mínima gestión se ve afectada por innumerables obstáculos: se debe ser selectivo y decidir lo prioritario por encima de lo urgente. Como el banco había tomado la decisión, me imagino que por cuestiones de seguridad, de no enviar los plásticos a la dirección del portador, había que retirarlos en la sede donde fue abierta la cuenta. En ese momento, por ironía, no tenía idea de cuánto o qué tan rápido iba a requerir el uso de las tarjetas.

No estaba sangrando pero empezaba a sentir un dolor de moderado a intenso, y me di cuenta de que no podía flexionar ni extender el brazo. Así que decidimos salir de inmediato. Cuando avanzamos, ya ella conduciendo y yo de copiloto, entramos al estacionamiento que estaba en completa oscuridad. Parecía una mina en construcción con luces de mineros chilenos provenientes de sus linternas. De pronto estábamos atrapados porque no conseguíamos el ticket y tuvimos que estacionarnos, colocando las luces intermitentes como un aviso de peligro en una carretera nocturna, para que mi esposa llevara los papeles del carro, pagara la multa y saliéramos de la caverna. Mientras ella cancelaba pensé que si el gobierno chavista no fuese tan incompetente, no habría esta crisis de electricidad en la que los empleados públicos trabajan prácticamente solo dos mañanas de la semana, ni los centros comerciales se vieran obligados a usar electricidad solo a partir de las doce del mediodía. Es decir, si el estacionamiento hubiese estado iluminado, por ende, no hubiese buscado estacionarme en aquel tramo con luz natural y no me hubiera accidentado, porque hubiera podido bajarme del carro como una persona normal, por la puerta del conductor, en un puesto normal. ¿Sería entonces este accidente culpa indirecta del gobierno por no proveer a los ciudadanos de los servicios básicos?, pensaba mientras veía con sospecha a las personas/sombras que pasaban a mi lado como en una noche cerrada en el llano. No me hubiera sorprendido de haber oído un aullido.

Apenas salimos llamé a un amigo traumatólogo que me respondió de inmediato y me dijo que lo esperara en su consultorio o que entrara por Emergencia, opción esta última que adopté en vista del incremento del dolor, de la inflamación, y de la incapacidad de movilizar el brazo. Atravesamos Santa Cruz del Este en dirección hacia la autopista y me impresionó la magnitud de la cola que mordía las calles del barrio y que parecía un ciempiés gigante que llegaba hasta la puerta del Central Madeirense del Centro La Pirámide. “¿Qué producto habría llegado?…” A medida que nos alejábamos me pareció oír un disparo. Tal vez fue solo mi imaginación por el trauma del golpe; haber oído a la distancia ese sonido seco y característico de un fusil de asalto.

La crisis de los centros hospitalarios del país y la escasez de medicinas se me cernían como una nube negra mientras la inflamación aumentaba y avanzábamos hacia La Trinidad. Estacionamos al aire libre enfrente a la cola gigantesca de un Locatel. Veíamos salir a gente con bolsas de compotas. Nos dirigimos a Admisión.  El médico llegó luego a una sala de emergencia que parecía la de una clínica gringa. La crisis también afectaba a las clínicas privadas pero parecía que algo había hecho bien este centro que carecía de poco y que contaba, además, con un personal motivado y profesional a todo nivel. Unos días más tarde, un amigo habría de decirme que esa clínica tomaba las previsiones de comprar insumos proyectados para los siguientes dos años. Tal vez solo tuve suerte de que los inventarios tenían un buen nivel.

Me sentía afortunado de haber llegado, casi que al azar, a ese oasis en medio de una monstruosa crisis hospitalaria en el país. De hecho, había leído que a principios de abril el centro clínico donde vine a parar, había cerrado temporalmente varios de los servicios médicos que ofrece por falta de agua. Qué distinto hubiera sido haber tenido que ir a un hospital público, con equipos dañados, donde no hay ni alcohol, jabón o unos simples guantes, antibióticos o comida para los pacientes, o en la mayoría de las clínicas privadas afectadas por la crisis de insumos y la diáspora del talento médico. Mientras escribo recuerdo el triste y crudo reportaje de The New York Times del 15 de mayo: “Niños que mueren, sin medicinas: una mirada a los hospitales que colapsan”. Hay que tener estómago para ver las once fotografías que acompañan un bien sustentado artículo de Nicholas Casey y que le dieron la vuelta al mundo.

“Tienes una fractura de la cúpula radial”, me dijo el doctor cuya especialización la había realizado en Inglaterra, en esos tiempos en que los galenos se iban al extranjero sólo para mejorar sus conocimientos y luego regresar a Venezuela a aplicar lo aprendido. Este especialista en miembros superiores me explicó que la operación era inevitable: no podía ni extender ni flexionar el brazo y mucho menos rotarlo. Entre resignado y aturdido, pasé el resto del día en Emergencia, oyendo las conversaciones de los residentes que me sonaban incomprensibles por la jerga médica. También hablaron de mi caso, aparentemente no era tan frecuente ese tipo de fractura y conversaban sobre el procedimiento que haría el médico cirujano. Y, casi sin derecho a protesta, comenzó el protocolo pre-operatorio.

Pensaba en cuánto iba a costarme la gracia de salir volando por el asiento del copiloto. Tuve la suerte de que un amigo, que raramente me escribe, me ofrece ese mismo día comprarme unos dólares un poco por encima del cambio paralelo. Me quedé atónito, era como si él supiera lo que había ocurrido mientras las tarjetas de crédito reposaban inactivas en el banco en Concresa y que, además, los límites no habrían alcanzado, en conjunto, para cubrir el total de la cuenta. Yacía entonces sobre la camilla realizando una operación de compra-venta de monedas en el mercado paralelo; una situación anormal producto del control de cambio.

Oía lamentos y gritos de cubículos aledaños. De pronto me cuestionaba el sentido de la vida; ¿por qué sufrir? ¿Por qué había tenido tan mala suerte de venir a Venezuela unos días para que me viniera a ocurrir este accidente? ¿Sería todo producto de la agitación que lo coge a uno en Caracas por la pechera como un matón? Entrada la noche, me dicen que el hospital fue cercado por la policía. En un cubículo cercano al mío se instalaron dos policías mientras un hombre pegaba estruendosos alaridos de dolor. Así estuve hasta las once de la noche cuando me trasladaron a una habitación.

Los pasillos del sexto piso parecían abandonados. Casi que se podía oír el sonido de la silla de ruedas que me llevaba hasta la habitación. Cuando entramos un silencio absoluto se apoderó de la misma. Le dije a mi esposa que debíamos estar al lado de una montaña. Era demasiado silencio; como el toque de queda que, por la inseguridad, se ha impuesto en casi todo el país: a medida que avanzan las horas de la tarde los minutos se van tragando los ruidos, las voces, las señales de vida. Cuando la manivela marca las siete de la noche, en casi todas las urbanizaciones y barrios del territorio nacional, no se oye ni un grillo. Tal vez el silencio fue más sorprendente por el contraste de la algarabía de la moderna sala de emergencia en la que había pasado unas diez horas. Me colocaron antibióticos y algo para el dolor.

A la mañana siguiente, la primera ronda de enfermeras me trajo de nuevo a la realidad. Me preocupó que se fue la luz pero duró sólo unos minutos en reponerse. Abrimos las cortinas y amanecía. Ahora se oía el zumbido de los carros. Para mi sorpresa, la habitación daba hacia la Avenida de El Hatillo, con sus múltiples canales y denso tráfico característico. Al fondo, el Ávila como una postal. Estaba asombrado por la quietud de la noche. Estando enfrente de una avenida principal, sólo podía atribuir aquel silencio al toque de queda.

El proceso de la operación, con anestesia general, duró casi nueve horas incluyendo la pre-cirugía, que se tardó mucho porque estaban reparando una máquina para esterilizar el instrumental o algo así entendí de las conversaciones de pasillo, y una extendida recuperación post-operatoria en espera del arribo de la máquina portátil de rayos X y del simpático camillero. Cuando me llevaron hacia la habitación eran pasadas las nueve de la noche. Mi esposa aguardaba en una sala en penumbra y veía un juego de básquet de la final del campeonato entre Cocodrilos de Caracas vs. Bucaneros de La Guaira. Me abrazó y subimos a la habitación, recorrimos los pasillos íngrimos y se impuso, de nuevo, el silencio. Encendí el control del televisor con la mano derecha, la única que puedo utilizar ahora para escribir esta crónica.

Estuve unos días con yeso y luego me empezó a acompañar, día y noche, una férula que permite el ajuste en grados para lograr de nuevo la flexión y extensión natural, contribuye a la recuperación y, pareciendo un brazo de Robocop, lo protege de cualquier accidente hasta que se fijen definitivamente los dos tornillos y la placa de titanio con la que restauraron el codo, hasta que haga callo.

Cuando la gente me empezó a preguntar en los días posteriores qué había pasado, en vista de lo complicado que resultó explicar el accidente (¿cómo alguien se puede caer así de un carro?), y del tiempo que me tomaba relatar lo ocurrido para que la persona graficara en su mente la secuencia, decidí simplificar la historia con una pizca de ficción: “me caí de una bicicletaʺ. Esa mentira piadosa me ahorraba una tediosa explicación.

 

♦♦♦

Mi avión había aterrizado en Maiquetía el 25 de abril y, al día siguiente de llegar, tuve la suerte de acercarme a la Plaza Brion de Chacaíto para estampar mi firma para solicitar el Referendo Revocatorio contra Nicolás Maduro. Distintas agrupaciones políticas se disputaban a los firmantes que abarrotaron la plaza. Escogimos la fila más corta. El partido político no importaba. Fue un acto liberador. No podía creer que, apenas llegando, ayudaría a que resurgiera la democracia en mi país. Mi última visita había sido en diciembre del 2015 y había votado en las elecciones parlamentarias. Me sentía privilegiado de haber podido vivir esa fecha en la que las fuerzas que oponen a los que arruinaron a una nación, obtuvieran una aplastante victoria con una mayoría calificada, ahora despojada a través de artilugios. La victoria, que tantas esperanzas nos dio al conquistar uno de los tres poderes autónomos, de elección popular, se ha visto truncada por las maniobras de un Tribunal Supremo de Justicia exprés que ha resultado un guillotinador de la democracia en complicidad o recibiendo órdenes del ejecutivo, desvaneciendo la separación de poderes. La Asamblea ha sido reducida a un foro de discusión política.

Al estampar mi firma para revocar al chavismo del gobierno e iniciar nuevas elecciones, pensé que tal vez en una semana me llamarían para validar mi firma. Luego vino la otra operación antes que la mía, la de mi esposa, que acarreó un cambio de fechas de regreso, y que intentamos gestionar en las oficinas de la línea aérea donde, con toda sinceridad nos dijeron que “la oficina de Venezuela está bloqueadaʺ. Buscábamos la exoneración de la penalidad y del cambio de tarifa por las razones médicas de fuerza mayor. Pero, ¿qué consideración puede tener esa línea con un país que le adeuda 326 millones de dólares? Como es el caso rutinario de la era Chávez-Maduro, los que pagan los platos rotos de sus pésimas políticas son los ciudadanos de un país fracturado.

♦♦♦

A los pocos días de haber llegado a Caracas, recibimos la noticia de que ella tenía un pólipo que había que extraerle. Mi esposa se había sometido a una operación ambulatoria y el médico dio con el hallazgo del pólipo que ahora no presentaba ningún peligro pero que, dentro de unos años podría darle un susto. De manera que unos días antes de mi accidente, la mañana de un viernes, ella también se sometió con éxito a una operación con anestesia local. Para mayor ironía, el resultado de la biopsia se lo informa el doctor, por teléfono, el mismo día de mi accidente. Ella le dice a su médico que no puede creer la mala suerte, mi caída, a lo que le contesta que de ninguna manera: son cosas que pasan y que el resultado de la biopsia era completamente favorable. Eran excelentes noticias.

Su primera intervención quirúrgica ambulatoria la atribuyó al estrés, la angustia, cuando uno se reencuentra con los seres queridos, el deseo de dejar a su mamá lo mejor acomodada posible. Nunca antes habíamos tenido la sensación, o más bien la certeza, de un colapso generalizado. En oportunidades anteriores, cuando uno se reencontraba con amigos, era motivo de alegría. Ahora, casi unánimemente, me decían:”¿Qué haces tú aquí?, mi pana: debes tener una razón muy sólida para venir al país en estos momentosʺ. Una de mis hermanas me aseguró que sólo rezaba para que llegara el día en que nos fuéramos. Un amigo con cierto humor negro me dice: ʺ¿Te volviste loco? Acá nos vamos a empezar a comer entre nosotros. Si te descuidas te pego un mordisco en la barriga”. Cuando viajamos al país, nuestras maletas eran las clásicas maletas del viajero venezolano del Socialismo del Siglo XXI: café, leche en polvo, pasta, arroz, atún en lata, repelente de mosquitos (el que llevamos en la tapa decía que era un tres en uno: contra Dengue, Chikungunya y Zika), papel higiénico, granos y muchas medicinas.

El desabastecimiento ha llegado a un extremo tal que el panorama de la ciudad, a medida que uno la atraviesa, se curte de gente haciendo filas en mercados, abastos, panaderías y farmacias. Cada vez que llega un producto, si se tiene la suerte de que corresponda con el día asignado de compra según la terminación de la cédula, la gente corre para apostarse durante horas y salir luego con una bolsa plástica que sería, de paso, objeto de miradas desesperadas y algunas mal intencionadas. La gente corre no por el deseo del consumo de libre elección, como las antiguas propagandas de Graffiti tan populares en su época con la voz de Cesar Miguel Rondón y la música de Carrozas de fuego al fondo: “Corre…corre…por tiempo limitado…compra tres y paga dos”. Ahora la música podría ser más bien una Sinfonía para el hambre y la escasez o el Réquiem de la abundancia… Eso le preocupaba mucho a ella: dejar a su mamá lo mejor acomodada posible en medio de la crisis de alimentos, medicinas, agua, electricidad e inseguridad. La fractura, la rotura violenta del país, al punto al que se había llegado, se tornaba en una gran humillación.

♦♦♦

Transcurrido casi un mes desde que estampamos nuestras firmas para activar el referendo revocatorio, el CNE no había convocado a los ciudadanos para validarlas, algo que debería haber tomado como mucho una semana en anunciarse. Así como el chavismo me había arrebatado la alegría de haber electo en diciembre a un poder autónomo con mayoría calificada al neutralizar todas sus acciones a través del manipulado TSJ, ahora me quitaba la satisfacción de validar mi firma. Nuestro regreso, tras agónicas gestiones, fue cambiado para el 26 de mayo.  El CNE anuncia, posteriormente, que a partir del 10 de junio se puede consultar en su página web el lugar de validación de las firmas, para encontrarme con la siguiente leyenda: “Esta cédula de identidad no se encuentra en la base de datos…”. Mi firma, como la de aproximadamente 600.000 ciudadanos, según la prensa, había sido borrada, desaparecida, succionada por triquiñuelas y subterfugios. Mi caminata entonces hasta la Plaza Brion de Chacaíto, cuando estampé mi firma y recogieron mi huella dactilar, fue una alucinación, un sueño.

Llegamos al mostrador de la aerolínea en Maiquetía. Llevo un cabestrillo sencillo, un informe y el permiso para viajar del médico que me operó. La funcionaria lo revisa y me dice: ʺ Usted no puede viajar. Tiene sólo siete días de operado. Según las políticas de la línea aérea un pasajero sólo puede viajar si tiene diez días de operado”. Sentí que el mundo se me venía abajo, que iba a caer tendido en el piso. Por un segundo pensé, como cuando vi el pavimento y puse el codo izquierdo, que mi vida entera se iba a estrellar: no podía ser lo que me estaba pasando, tanta mala suerte. Entonces sólo alcancé a decirle a la malhumorada funcionaria de la línea aérea: ʺNo nos haga esto, por favor”. Fue una súplica que no encontró eco porque me reiteró que no podía viajar. En ese preciso momento tomé la maleta con la mano derecha y la alcé hacia el aire y le dije:”¡Esto fue una simple fractura montando bicicleta. Soy deportista. No me puede impedir viajar por una simple fractura. ¡Tengo el informe médico!ʺ.

Acto seguido llegó la Supervisora también con cara de malhumorada y me ratifica que no puedo viajar. Vuelvo a alzar la maleta con la mano derecha y repito el discurso de la caída en bicicleta. Veo que se impresiona y entonces da la orden de que se indique que viajo bajo permiso del médico, que la aerolínea se libra de toda responsabilidad. La funcionaria me informa que tengo que ir cerca de la puerta de embarque número 14 para sacar una fotocopia del permiso médico, para entregárselo en la puerta de embarque. Ian McEwan, en su novela Solar, dice: “La memoria es blanda como la cera y pronto su invención germinó en su mente como cualquier recuerdo verídico, a la vez vago y claro”. Así que ya empezaba a estar convencido de mi invención, de tanto repetirlo, que en efecto había sido una caída de bicicleta.

Entramos a aduana y los funcionarios de la GNB, que fueron amables, parecían una cohorte recién graduada de cadetes entrenados con fines específicos para los nuevos tiempos. Superado este escollo, presentamos nuestros pasaportes a la funcionaria del SAIME que, aun siendo igualmente amable, nos hace una serie de preguntas inusuales —impropias si se quiere— cuando uno está de salida de su propio país: “…hacia dónde viajan… ¿cuándo regresan?…”. Y de pronto sentí que todo se ha hecho tan imposible en Venezuela, que hemos llegado a un nivel tal de descalabro, que la vida misma se ha convertido en una suerte de prohibición de salida del país.

Sacamos la fotocopia en un pequeño local cerca de la puerta 14. Compramos un par de latas de Pirulin (siempre la nostalgia) y nos dirigimos a nuestra puerta. La misma funcionaria, ahora muy sonreída, estaba recibiendo las tarjetas de embarque. Pasamos entre los primeros pasajeros por mi “movilidad reducida”, luego de mi accidente en bicicleta. Le entregamos la fotocopia del permiso de viaje del médico, como niños escolares que entregan una tarea, y se torna extrañada, lo lee con detenimiento. De pronto se da cuenta y exclama: “!Se me había olvidado!”.

No fue sino con más de una hora de retraso que pudimos despegar por la revisión de los equipajes por parte de la Guardia Nacional Bolivariana, según informó el capitán. Entonces cogimos vuelo bajo un día soleado y despejado por completo, el codo operado apoyado en una pequeña almohada en un asiento de ventana. El mar de un lado, el Ávila del otro, como inocentes ante todo lo que sucedía y está por suceder. Me imaginé qué clase de país, ya casi desdibujado, iba a encontrar cuando regresara. Luego pensé que Venezuela había sufrido una fractura de codo: aquel que une el brazo con el antebrazo, que la cúpula radial de la articulación había quedado hecha pedazos y que, no por uno sino por varios golpes sostenidos en el tiempo, simplemente por desidia o incompetencia, el codo/país no había sido operado y me inquietó concluir que, tras un largo período de dolor y sufrimiento, tal vez habría que amputar el brazo para que el cuerpo sane.

La lección de vida de Marjorie Elliot para Venezuela; por Pedro Plaza Salvati

En el apartamento 3F del 555 Edegecome Avenue en Harlem, cada domingo, a las cuatro de la tarde, se realiza un recital de jazz. Esta es la dirección de Marjorie Elliot, una destacada pianista y profesora de música que, por veinticuatro años, con lluvia, nieve, en días festivos, o bajo cualquier circunstancia, abre las puertas

Por Pedro Plaza Salvati | 11 de junio, 2016
La lección de vida de Marjorie Elliot para Venezuela; por Pedro Plaza Salvati 640

Marjorie Eliot fotografiada por David Handschuh. NYDN/New York Daily News.

En el apartamento 3F del 555 Edegecome Avenue en Harlem, cada domingo, a las cuatro de la tarde, se realiza un recital de jazz. Esta es la dirección de Marjorie Elliot, una destacada pianista y profesora de música que, por veinticuatro años, con lluvia, nieve, en días festivos, o bajo cualquier circunstancia, abre las puertas de su casa, de forma gratuita, en una zona que se considera el extremo norte de Harlem.

Al entrar al edificio, el lobby da un aire de señorío antiguo, como muestra de un esplendor extinguido. Basta sólo obviar el deterioro de algunos detalles arquitectónicos y decorativos para imaginárselo en su mejor momento. Una señora pregunta, como una contraseña de tiempos de La prohibición: “¿Está usted aquí por el jazz?ʺ. Con cada escalón de ascenso se acerca el sonido de las notas que emanan del lugar donde se congregan los músicos y el hijo vivo de Marjorie, Rudel Drears, cantante y también pianista. Primer y segundo piso: el nítido resplandor auditivo de la ejecución se entrevera con algunos rayos de sol que caen como armonías a través de las ventanas.

Al llegar al tercer piso se impone el silencio de los presentes y la música se apodera de los espacios: la musculatura de la batería, la personalidad incisiva de la trompeta, el sonido misterioso del contrabajo, la amplitud del piano que todo lo cubre o las distintas voces que se alternan en cada pieza; una ejecución diestra y a veces sentimental.

Al mirar hacia el piso de la puerta del apartamento contiguo al de Marjorie Elliot, se puede ver un tapete que dice Go Away (¡Lárguense!). Esto hace pensar, más allá del gozo o privilegio de poder asistir a esta particular experiencia, que muchos de los vecinos pudieran no estar de acuerdo con el jazz open house, luego de más de dos décadas de sesiones dominicales ininterrumpidas. Una pareja con su hija pequeña se escabulle justo a las cuatro, en un escape forzoso, resignado y habitual, con lo ceños fruncidos pasan entre la gente.

El apartamento se abarrota con el público que toma lugar en las cincuenta sillas disponibles y que son colocadas en las dos áreas de entrada de cada una de las dos puertas de ingreso, sala, comedor y hasta en la cocina. Hay, además, gente de pie adentro y afuera, y algunos se sientan en el piso de los pasillos del tercer piso: si no se puede ver al menos se puede oír; no importa haber llegado “tardeʺ para ubicarse dentro del apartamento antiguo, sobrio y modesto. El regocijo hace sobreponer una incomodidad transitoria.

La acogida de Marjorie Elliot es afectuosa. Con su carismática actitud, su candor materno, da la bienvenida a decenas de extraños. Más cool imposible: una persona que ha vivido toda una vida abre las puertas de su apartamento para que sea ʺinvadido” cada semana por consecuentes y, sobre todo por extraños; un acto de generoso y atípico desprendimiento. ʺUstedes son mi familia… Ustedes vienen a escuchar jazz pero también vienen para encontrar serenidad y consueloʺ.

Marjorie habla de consuelos por las pérdidas que ha sufrido. Su hijo Phil murió a la edad de 32 años, en el 1992, por problemas en los riñones. Esa muerte dio pie al inicio de las sesiones de jazz dominicales. Una forma poco usual de enfrentar el luto por la pérdida: dando a los demás en vez de esperar recibir, y a la vez, manteniendo la práctica de aquello que apasiona. El refugio de las personas en épocas de extrema dificultad bien pudiera anclarse en cultivar aquello que nos edifica como seres humanos: un oficio, un hobby, una dedicación plena a algo específico que va más allá de la lógica, como un punto de apoyo en el centro del abatimiento y la adversidad. Así se evita perder de vista el sentido de la vida, cegarse por lo inmediato aun en medio de la penuria. Como el relato de Primo Levi, Si esto es un hombre, en el que uno de los ejes centrales narrativos es la fuerza y determinación que el ser humano puede extraer en la peor de las adversidades, inclusive en un campo de concentración.

Michael, otro hijo de Elliot, en el 2006, a la edad de 47 años, colapsó producto de una meningitis. La muerte de un segundo hijo no la detuvo de ofrecer el domingo de jazz. ¿Acaso el dolor no puede convivir con la alegría del espíritu? “Lo hago para celebrar a mis hijosʺ, dice Marjorie cuando se le pregunta la razón de su tan desinteresado ofrecimiento.

El programa, en el intermedio, incluye un obsequio a los presentes: una barrita de granola y un vaso de jugo, para que luego se pueda continuar apreciando la calidad de los ejecutantes, la melancolía de algunas piezas, en ocasiones atadas a ese pasado de sufrimiento por la esclavitud, debajo de unos bombillos pintados de rojo, medio desconchados, como si en lugar de tratarse de una residencia fuese más bien un club de jazz, la casa que fue el hogar de sus hijos fallecidos.

En un artículo del New York Times del 18 de febrero de 2011, la delgada y célebre Marjorie Elliiot, desde su apartamento, habla de Shaun Elliot, extraviado el 9 de febrero de ese mismo año, luego de tomar el autobús M101 en la Avenida Amsterdam con la calle 160. En el reportaje se puede ver el volante con la foto de Shaun que ella sostiene sobre sus piernas, diagnosticado con una enfermedad mental cuya especificidad no deseaba manifestar Marjorie al periodista. Shaun estaba medicado luego de permanecer en tres hospitales psiquiátricos, evolucionando favorablemente y vivía con su madre cuando desapareció.

Phill, Michael, Shaun; dos fallecidos y uno desaparecido.  Los tres alientan su pasión por la música. Así como en los momentos de aguda enfermedad de sus hijos solo le pedía a Dios poder estar tomada de la mano de Phill y Michael en el momento que partieran, lo que más clama, cinco años más tarde, es poder ver de nuevo a Shaun.

El concierto cierra, como una ceremonia, con la clásica pieza When the saints go marching in (Cuando los santos van marchando), del gran Louis Armstrong, como si todos los presentes fuesen santos que alivian su dolor y que se van ahora marchando por las calles de Nueva York. Todo el mundo se pone de pie y canta como una gran familia ese himno musical:

Cuando nuestros líderes aprendan a llorar
Cuando nuestros líderes aprendan a llorar
Oh señor, yo quiero estar en ese número
Cuando los santos van marchando

Marjorie Elliot se despide de los asistentes con sonrisas, abrazos, besos, agradecimientos, mientras entrega, a alguna que otra persona, el volante con la foto de Shaun que lleva la leyenda escrita: ʺSi lo llegas a ver llama a Marjorie (212) 781-6595 o al Prescinto 33 de la policía (212) 927-3200ʺ.

Marjorie no pierde la esperanza.

Los zapatos de Nacho y la emulación pecuniaria; por Pedro Plaza Salvati

“¿Con qué moral me hablan de socialismo con aviones privados, con pent-houses en Brickell en Miami, con casas en Aruba y en República Dominicana? Eso no me lo contó nadie a mí: eso lo he visto con mis propios ojos. Yo he compartido con ellos. Ellos saben que yo sé quiénes son”, nos dice Miguel

Por Pedro Plaza Salvati | 3 de marzo, 2016

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“¿Con qué moral me hablan de socialismo con aviones privados, con pent-houses en Brickell en Miami, con casas en Aruba y en República Dominicana? Eso no me lo contó nadie a mí: eso lo he visto con mis propios ojos. Yo he compartido con ellos. Ellos saben que yo sé quiénes son”, nos dice Miguel Ignacio Mendoza Donatti mejor conocido como Nacho, el popular músico venezolano, en su discurso del Día de la Juventud en la Asamblea Nacional el pasado 12 de febrero de 2016; palabras que evocan al consumo ostensible y la emulación pecuniaria.

Emular significa “imitar las acciones de otro con el fin de igualarlas o incluso excederlas”. Pecuniario es aquello “perteneciente o relativo al dinero”. Si juntamos ambas palabras, la emulación pecuniaria sería el intento de tratar de igualarse a otros (generalmente a las élites), mediante el uso ostensivo del dinero, de lo bienes y propiedades acumuladas, con el fin de escalar en la estratificación social. Este concepto fue concebido por Thorstein Veblen en su obra La teoría de la clase ociosa, que Jorge Luis Borges incluyó en su Biblioteca personal.

Veblen, un sociólogo y economista estadounidense hablaba, entre otras ideas, de la formación de la clase ociosa, de los privilegiados, de los que son capaces de acumular riquezas y lujos y de ostentar comportamientos acordes con su estatus económico para mostrar lo que han amasado y, de esta manera, elevar la estima de la sociedad. Los gobernantes, afirma, son parte la clase ociosa. La clase gobernante u ociosa es lo contrario de la clase media que se edifica a través del trabajo, sin embargo, busca al mismo tiempo la forma de escalar escaños sociales mediante la imitación del comportamiento de la clase alta y la acumulación de bienes que deben ser exhibidos y ostentados. Es lo que dice Nacho que han estado haciendo los chavistas; escalando desde los niveles más bajos a lo más alto del escalafón pecuniario, pero no por méritos propios.

En el fondo, el fenómeno del chavismo ha sido la suplantación de una clase dominante por otra mediante argucias dogmáticas, habilidades oratorias e imposiciones castrenses con las que, como nuevos ricos voraces, copian e imitan a las clases previamente adineradas (ahora los adinerados son ellos). “Son exactamente todo lo que critican. Hablan de burguesía y nadie está en una posición más alta que la de ellos, económicamente hablando”, agrega Nacho.

Un punto cumbre del discurso fue cuando afirmó haber visto a chavistas con zapatos de mil quinientos dólares, admite que él también se los compró alguna vez pero sentencia: “La diferencia es que yo me los gané cantando”. Esa frase, que pudiera ser la más brillante del sorpresivamente lúcido y frontal discurso sintetiza, el statu quo bolivariano del Socialismo del Siglo XXI. Por su poder meteórico y metafórico provocó un estruendoso aplauso de los diputados que se levantaron de sus asientos al unísono. Standing ovation. Se les veía con cara de satisfacción, alegría, desquite, consentimiento, euforia controlada, abundaban las muecas y miradas de aprobación unánime de lo que acaba de decir el cantante.

Luego de ver varios videos musicales de Chino y Nacho, se puede llegar a pensar, aunque acá caeríamos en el campo especulativo, de que tal vez los zapatos a los que se refiere Nacho pueden ser los que aparecen en el video Me voy enamorando con ese inicio dramático en la UCV (sin gas lacrimógeno de por medio), contentivo del poderoso mensaje de que el amor es el mejor antídoto contra una enfermedad como el cáncer. Al momento de la redacción de este artículo, el video musical ha sido visto unas trescientas millones de veces, o lo que es lo mismo, casi diez veces la población de Venezuela. Ello debe dar una idea de la magnitud de la importancia de que Nacho hubiese sido el orador de orden del Día de la Juventud en el hemiciclo.

Entre los presentes en la Asamblea, diputados y público, nadie parecía desaprobar, para sus adentros, el hecho de que Nacho se gastara mil quinientos dólares en unos zapatos. Pensando en lo que podía ser un zapato de mil quinientos dólares, google nos da algunas opciones: los del diseñador Giuseppe Zanotti, un Michel Domit o los más tradicionales Gucci, entre otros. Aunque pudiese ser un punto controvertido en relación a un gasto dispendioso de un artista, lo que realmente resalta de las palabras de Nacho es la libertad de elegir lo que uno desee producto de un trabajo honesto y milenario: cantar. Los diputados y el público aplaudían porque el trasfondo claro y directo era que los chavistas conocidos de Nacho, a los que se refirió sin identificarlos, no se habían comprado los zapatos por medio de un oficio, sino producto de un dinero habido de manera fácil y rápida simplemente por simpatizar (de verdad o de impostura) con el régimen. Lo que permite también incorporar un inciso reflexivo sobre la idiosincrasia del venezolano.

Es bien sabido la propensión que puede tener la gente hacia las marcas. Poseer una prenda de vestir de marca, en la cultura general, representa un muestra de estatus, algo así como batuquear a los demás en sus caras que se dispone de tal o cual ingreso que le permite adquirir costosos zapatos, pantalones, relojes, lentes, camisas o gorras. Emulación pecuniaria, en otras palabras. Veblen nos dice en su libro: “En cuanto la posesión de propiedad llega a ser la base de la estimación popular, se convierte también en requisito de esa complacencia que denominamos el propio respeto”. Y agrega que la clase que no ha logrado acumular bienes para exhibirlos como signos de estatus, cae en una suerte de infelicidad al ser degradados por los que más tienen: “Sólo individuos de temperamento poco común pueden conservar, a la larga, su propia estimación frente al desprecio de sus semejantes”.

El portador de una prenda de marca, así como el que conduce un BMW, un Audi o una supercamioneta, se siente superior. Y se siente superior a pesar de que en lo personal pueda padecer de halitosis o de un coeficiente intelectual bajo, por ejemplo. Se cree, de manera equivocada, que la marca hace al hombre o a la mujer. Por supuesto, que no todo el mundo piensa de esa manera en Venezuela; las generalizaciones son siempre acomodaticias.

Ciertamente el dinero ayuda a evitar padecimientos, enfermedades, facilita a acceder a una educación superior, viajar y tener mayor confort en la vida, pero: ¿hace el dinero superior a un ser humano por sobre otro? ¿Tienes razón Veblen? Acaso el que posee más dinero es más importante y ocupa una posición superior en la especie humana. Ello, en el fondo, presupone una distorsión de la visión de la vida, del hombre y de su lugar en el universo. Porque, en realidad, es preferible tener al lado a una persona inteligente y honesta aunque sea humilde que a un tarado corrupto pero con billete que despacha una vergonzosa conducta de nuevo rico.

En el caso de Venezuela, al contrario de otros países, la emulación pecuniaria, en general, se ha podido ver exacerbada por las riquezas materiales generadas gracias al hecho de ser un país petrolero. Ello derivaría en una mentalidad propensa al consumo ostensible. La emulación pecuniaria, en nuestro caso, estaría íntimamente ligada a su vez al mal holandés, aquel referido al súbito pero sustancial aumento de ingresos de un país y las serias distorsiones que esto genera.

Algunos textos que tratan de explicar la enfermedad holandesa incluyen ejemplos como la entrada de tesoros de América a España durante el siglo XVI, el descubrimiento del oro en Australia en la década de 1850 y hasta el ingreso por los altos precios del petróleo en Venezuela en la década de 1970, los tiempos del “Ta’ barato  dame dos”. Es decir: nuestra situación resulta en un caso de estudio sobre el comportamiento de las personas y las sociedades cuando logran enriquecerse repentinamente.

La actitud de emular el comportamiento de los ricos no es nuevo ni se trata de un fenómeno exclusivo de esta era. Sin embargo, el detalle ahora radica en que al desmantelar todos los mecanismos de chequeos y controles en el manejo de los fondos públicos, han hecho lo que les da la gana con casi un billón de dólares que han ingresado al país durante la era Chávez-Maduro, una fortuna que no se han visto reflejada en obras, ni en mejoras de la infraestructura, ni en educación, ni en sistema de salud ni en una mejor calidad de vida.

¿Dónde está, entonces, esa cantidad gigantesca de dinero? Duele pensar que una buena parte se haya invertido en zapatos de mil quinientos dólares.

Un mensaje para Umberto Eco; por Pedro Plaza Salvati

Un martes, 8 de noviembre de 2011, conocí a Umberto Eco. Me encontraba bajo el amparo de una beca de la Universidad de Nueva York completando un programa de escritura de dos años. Una de las materias electivas que pude tomar fue la del profesor David Samuels en la escuela de periodismo. Se llamaba The

Por Pedro Plaza Salvati | 23 de febrero, 2016
Un mensaje para Umberto Eco; por Pedro Plaza Salvati 640

Umberto Eco, fotografiado por Bernardo Pérez.

Un martes, 8 de noviembre de 2011, conocí a Umberto Eco. Me encontraba bajo el amparo de una beca de la Universidad de Nueva York completando un programa de escritura de dos años. Una de las materias electivas que pude tomar fue la del profesor David Samuels en la escuela de periodismo. Se llamaba The storytellers (Los contadores de historias). Samuels es un talentoso narrador especializado en la no ficción, un editor-colaborador de Harper’s y colaborador de The New Yorker. Sus métodos de enseñanza son brillantes y excéntricos. Su vestimenta en clase dependía, en ocasiones, de la historia a la que estaba dedicado, y no era inusual verlo con un traje formal un día o vestido de metalero a la siguiente semana. La única vez que no lo vimos en clase estaba en una gira de conciertos siguiéndole la pista a Kanye West para una historia, American Mozart, que terminó publicando en The Atlantic.

Nos reuníamos todos los martes y ese día de otoño iba a escuchar a Umberto Eco. Le dije a Samuels que me iba a retirar más temprano, que me excusara. Lo veo de golpe con la mirada hipnotizada. Sale del trance y me responde:

— Dile a Eco, por favor, que lo estuve esperando una hora ayer en el Waldorf Astoria, en el lugar pautado en el Lobby, pero que no apareció.

—… Claro, por supuesto, profesor Samuels, le daré su mensaje —fue mi respuesta ingenua y espontánea.

En el metro le daba vueltas a cómo iba a lograr hablarle al gigante italiano de las letras, a uno de los pensadores más importantes de los últimos tiempos. Acepté la encomienda a lo Western Union sin saber en qué me estaba metiendo. Sin embargo, el ticket que sostenía en la mano, el de Friends de la New York Public Library (NYPL), que me había costado $15 a precio de amigo, revestía ahora una importancia mayor: no sería un alma anónima más dentro de la audiencia.

Umberto Eco más allá del bien y del mal; por Boris Muñoz 320Desciendo del metro D en Bryant Park y me dirijo a la entrada del Schartzamn Building, sede principal de la Biblioteca Pública de Nueva York. Entro al recinto y tomo asiento mientras seguía elucubrando sobre las maneras posibles de cumplir con el mandato. Veo que a pocas sillas de mí está sentado el escritor mexicano Alvaro Enrigue, que había recibido ese año una suerte de beca o Fellows de la propia Biblioteca de Nueva York.

La conversación está pautada entre Umberto Eco y Paul Holdengraber, director de la serie LIVE de la NYPL, y el tema estaría centrado, aunque no exclusivamente, en el último libro publicado por Eco para ese momento, El cementerio de Praga. Ya me veía hundido si no lograba darle el mensaje a Eco en la abarrotada sala que esperaba ansiosa la conversación con el intelectual.

Son las 7:00 pm y comienza el evento. Eco tiene un marcado acento italiano en inglés. Su aspecto es afable (hablo intencionalmente en presente ahora que Eco no está entre nosotros). Ostenta la simpatía que uno atribuye siempre a los italianos. La misión que me había encargado Samuels dificultaba mi concentración en la charla. Me daba cuenta de mi abstracción cuando salía de ella y hasta sentí incomodidad de que el profesor me hubiese saboteado el goce de la conferencia.

Se me ocurrió que podría comunicarle el recado durante el segmento de preguntas, que normalmente se realiza en las charlas de la NYPL, a riesgo de ser criticado por no formular una verdadera pregunta. Mi atención oscilaba y, cuando estaba totalmente absorto en mi elucubración por lo marcado del acento italiano, tenía la sensación de que alguien hablaba de carros de carrera, de un asesinato en Sicilia, del calcio (fútbol) o de cómo cocinar la pasta al dente. Luego regresaba mi atención para captar píldoras de lo que decía, como cuando manifestó que “una irritación” fue la semilla que germinó el libro El cementerio de Praga. Qué interesante, me dije a mí mismo: una novela que nace a partir de una irritación. La charla es amena y el público ríe con las ocurrencias de Eco.

Sólo odias algo de lo que puedes estar atraído, afirma. A mí no me interesan los elefantes, por lo tanto no puedo odiarlos. Eco lanza este tipo de frases que deja silencios seguidos de risas. Continúo dándole vueltas en mi cabeza a cómo hacer llegar el recado hasta que veo una pila de libros, que no había advertido, sobre una mesa. Parecían, de hecho, lápidas amontonadas de un cementerio.

Umberto Eco se despide; por Marcelino Bisbal 320Antes de asistir al evento estaba claro de que no pensaba comprar el libro, sólo quería escuchar hablar a Eco. Pero sobre esa mesa estaba la solución a mi dilema, el dilema Samuels. De pronto se me hizo todo cristalino, no había otra alternativa sino comprar el libro, sacrificarme por el bien superior. Por ello tuve que pagar al precio marcado de venta, en lugar de haberlo adquirido a los precios de descuento que se consiguen en Strand, la megalibrería de Nueva York.

Eco es muy expresivo con las manos, como el estereotipo del buen italiano, o más bien como si estuviera haciendo traducción simultánea con gestos de sí mismo. Lo que resulta contradictorio o, más bien atractivo, es que está hablando de temas filosóficos, de escritura, de cuestiones existenciales mientras gesticula como un hombre exaltado de la calle. Sus manos son parte de su semiótica, si se quiere. Impresiona la vitalidad que muestra para un hombre que en cuestión de un par de meses cumpliría ochenta años. Me concentro y escucho que dice que hoy en día internet es una fuente confiable para investigar, como por ejemplo al momento de escribir una novela, pero que, al menos, se debe verificar en cinco fuentes distintas. Si hay discrepancias se debe indagar de otras fuentes de información.

Termina la conversación. No hay sesión de preguntas y se arma una larga fila para la firma de libros. Me encuentro con una amiga escritora colombiana. Hacemos la fila juntos. Vamos poco a poco hasta que llegamos y le digo, tú primero, por caballerosidad y porque sabía que lo mío iba a ser más complejo. Mi amiga me pide que le tome una foto mientras le firman el libro. Toca mi tuno y coloco mi ejemplar de 437 páginas adquirido con el efectivo que por suerte tenía en la cartera. Estampa su firma y le digo: I have a message from David Samuels. Eco se queda perplejo. Vuelvo a repetir la frase y se acerca una mujer que seguramente era su editora en inglés o su asistente americana. Les explico a ambos que soy amigo de David Samuels, que él sabía que venía hoy al evento y que me pidió que les dijera lo que me había dicho que les dijera. Eco finalmente comprende y me dice, en su inglés italianizado, al tiempo que mueve con intensidad las manos en el aire: “¡Pero si estuvimos esperándolo en el lobby del hotel!”.

Con Umberto Eco en Caracas; por Tulio Hernández 320Luego de proseguir unos segundos más con la conversación, entre los tres, llegamos a la conclusión de que mientras Eco estaba sentado en algún lugar del lobby del Waldorf Astoria, Samuels tenía que haber estado sentado en otra sección. Ambos pensaron que el uno había embarcado al otro. “Dígale por favor que llame para hacer otra cita”, me dijo Eco que le dijera a Samuels.

Salí de la biblioteca con la satisfacción de haber cumplido y sin mucha idea de qué iba The Prague cemetery, en el cual deslicé mi ticket del evento y que veo en este momento de nuevo, cuatro años más tarde, como un recuerdo, ahora que ha partido el gran hombre universal.