Blog de Oscar Medida

No me cites; por Oscar Medina // #NadieSupo

Un chantaje, eso era. “Te publico la novela que estás escribiendo si me haces un libro de perfiles de las siete personas más poderosas del país en este momento”, le dijo el editor. Ella debió haberlo taladrado con esos ojos fieros que tiene. El problema era que se conocían demasiado, que la paga que le

Por Oscar Medina | 16 de septiembre, 2017

Fotografía de Roberto Astumi.

Un chantaje, eso era. “Te publico la novela que estás escribiendo si me haces un libro de perfiles de las siete personas más poderosas del país en este momento”, le dijo el editor. Ella debió haberlo taladrado con esos ojos fieros que tiene. El problema era que se conocían demasiado, que la paga que le ofrecían era buena de verdad y que, a fin de cuentas, ella quería lo que todo escritor inédito persigue: el respaldo de una editorial de renombre.

—Eres un hijo de puta

—Trato hecho entonces

—Al menos espero que publiques los dos al mismo tiempo

—Eso lo podemos discutir luego. Anda a trabajar.

Julio Meneses siempre supo que Romina Mendoza Chalbaud era la indicada para hacer ese libro. A los 25 años había sido la jefa de redacción de una gran revista de crónicas que rápidamente se convirtió en referencia en toda Latinoamérica. A los 28 ya colaboraba regularmente con publicaciones como El País Semanal y Paris Match y era toda una celebridad entre las estrellas de la crónica en español. La única, de hecho, nacida en Venezuela. Pero además estaban sus apellidos: una conjunción que le haría más fácil que a nadie el acceso a los personajes elegidos como protagonistas del libro al que Meneses apostaba para apuntalar las ventas en este país ávido de regodearse en las intimidades del poder.

Obsesiva como es, durante ocho meses Romina solo tuvo vida para dos cosas: el libro, durante el día; y su novela, en la que avanzaba poco a poco durante las noches.

Los personajes cedieron, sin mayores reparos, a su buena fama y a sus conexiones sociales. Animados por el ego de ser biografiados por la extraordinaria pluma de Romina, le abrieron las puertas de sus oficinas, de sus casas, de sus empresas, de sus camerinos y hasta llegaron a contarle cosas de las que después se arrepentirían. Todos, menos uno.

El banquero Luis Carlos Conde le atendió el teléfono una vez. Y para hacerle las cosas difíciles, le dijo que solo podría recibirla en su oficina de Nueva York. La editorial aceptó costear el viaje, pero la secretaria de Conde le informó acerca del súbito cambio de planes: en Panamá. No, en Madrid. No, en Caracas. Y los meses pasaron sin concretar una nueva fecha para la entrevista.

Durante ese tiempo, claro, Romina pulió una y otra vez los textos hasta sacarle el brillo que se ajustaba a la medida de su obsesión. Y también reunió una enorme cantidad de información sobre el banquero en conversaciones con quienes le conocieron desde sus primeras incursiones en el negocio financiero. Pero algo faltaba. El dossier de Conde estaba incompleto: era un expediente muy limpio.

Conde empezó como corredor de bolsa a principios de la década de los años ochenta. En aquel tiempo el mercado de valores despuntaba como una mina de oro en el corazón de Caracas y los jóvenes brokers no ocultaban la bonanza. Conde, de aspecto impecable, sobresalía en aquella casta de afortunados porque siempre parecía estar tres o cuatro pasos más allá. Algunas de las más grandes y espectaculares movidas del mercado accionario tuvieron su firma y su carrera dibujaba un perfil ascendente: fundó su propia casa de bolsa, asesoró al gobierno en grandes emisiones de papeles del Estado y fundó un banco pequeño que fue creciendo y absorbiendo a otras entidades menores hasta convertirse en la institución más grande y moderna del sistema bancario nacional: el Conde Bank de Venezuela.

Las indagaciones de Romina la pasearon a través de esa historia de éxitos concatenados. De sus negocios. De su matrimonio perfecto. De sus aficiones al polo, a la pesca deportiva. De su primera avioneta. De su segundo jet. De su filantropía. De su colección de arte africano. De su amistad con los Clinton. De sus fundaciones. De su tercer jet. Lo que tenía en sus manos era el relato de un triunfador para quien no parecía haber límites, ni frenos, ni retos imposibles. Pero le incomodaba esa trayectoria sin mácula, sin deslices personales, sin chismes sucios. Nadie recordaba nada particular que arrojara alguna pequeña sombra sobre la luminosa gesta de Conde.

Buen hijo, buen padre, buen esposo, buen ciudadano. Ni siquiera su madre, que accedió a conversar con ella brevemente, pudo rememorar alguna travesura de la niñez.

Por supuesto que Romina tenía ya material suficiente como para redactar el perfil de Luis Carlos Conde. De hecho, había adelantado bastante anticipando la presión de Meneses al aproximarse a la fecha límite de entrega. Y al otro lado del teléfono apareció el banquero.

—No sé cómo lograste eso, pero hay demasiada gente intercediendo para que te de esa entrevista. Falta nada más que me llame el Presidente…

—Solo hago mi trabajo lo mejor que puedo

—Claro, claro… Mañana a las 9:30. Supongo que sabes dónde es mi casa…

—Sí, gracias. A las 9:30…

—Pero con una condición: la entrevista es off the record. No podrás citarme. Ni una palabra

Lo pensó bien y decidió jugársela. Solo por precaución, para tener un respaldo. En su bolso metió un cuaderno Moleskine de tapa negra. En una hoja aparte, una lista de hechos, detalles y fechas que debía preguntar para contrastar con la información recolectada previamente. Su grabadora digital de uso regular y una muy pequeña, como de espía, que encendió y ocultó antes de entrar a la casa de Conde.

En la grabadora hay un solo track de dos horas y doce minutos. Le he dado play dos veces y he pasado cuatro horas y veinticuatro minutos escuchando ese sonido monótono, como de aire, que es la grabación de nada. En la primera página del cuaderno está escrito, con la letra de Romina, el nombre del entrevistado: Luis Carlos Conde. Las páginas están completas. Pero en blanco. Meneses recibió un mensaje de Romina a las 12:46: “Saliendo de la casa de Conde”. Yo recibí uno igual a las 12:47.

Han pasado dos días. “Conde me dijo que no podría citar ni una palabra, que esa entrevista no estaba sucediendo”, fue lo último que me contó Romina. Y no habló más. Veinte minutos después, seguía muda. En silencio, mirando al techo de la habitación. Sus padres me pidieron que me fuera. Meneses me pidió completar el borrador de la primera versión del perfil del banquero escrito por Romina. El libro ya está en imprenta. Han pasado dos semanas.

Romina sigue mirando al techo.

Podría jurarlo; por Oscar Medina // #NadieSupo

La oficina de Gilberto Franco es sobrecogedora. Es el efecto de esas fotografías en la pared. Todos están muertos. O desaparecidos. O las dos cosas. Es un lugar en el que reír es imposible. Un espacio colmado por la tristeza. Los ojos de papel parece que siguen los movimientos de Franco cada vez que se

Por Oscar Medina | 26 de agosto, 2017
Fotografía de Diego Vallenilla.

Fotografía de Diego Vallenilla.

La oficina de Gilberto Franco es sobrecogedora. Es el efecto de esas fotografías en la pared. Todos están muertos. O desaparecidos. O las dos cosas. Es un lugar en el que reír es imposible. Un espacio colmado por la tristeza.

Los ojos de papel parece que siguen los movimientos de Franco cada vez que se levanta para sacar carpetas del archivo. A esta señora la encontraron a la orilla de una carretera: la mataron a golpes, a pedradas, a palazos. Los padres de este muchacho recibieron un dedo como fe de vida. Les pidieron 500 millones, pero solo pudieron reunir 300. Los secuestradores se llevaron el dinero, pero ha pasado un año y no lo han soltado. Tampoco han vuelto a contactarlos. A este otro no lo ven desde hace dos. Un informante que anda huyendo de esa mafia asegura que lo arrojaron vivo a un pozo con un caimán. Que primero le cortaron las manos y se las lanzaron. Que luego le cortaron los pies. Y después lo tiraron. El tipo dice que el muchacho se negó a pagarles una plata. A esa jovencita, esa, la del pelo negro, se la llevaron con él. Fue mala suerte. Ese día le estaba dando la cola. Se les atravesaron dos camionetas. Se bajaron cinco tipos encapuchados con armas largas.

Gilberto Franco habla con voz quebrada. Siempre. Como si se le estuviera yendo. Tiene la mirada acuosa. Los ojos nadando en un pozo de lágrimas contenidas. Cuando comenzó en esto, lloraba con frecuencia. Ya no. Ahora recibe los casos, los compila, hace carpetas, escucha a los familiares de las víctimas, se molesta, declara en la radio, declara en los periódicos, lleva papeles a la Fiscalía, redacta cartas para el gobernador, para el presidente. Pero nada más puede hacer: tiene 70 años. Es un viejo solo luchando contra un poder que le supera.

Todo este horror sucede en el estado de los Chávez. Allí, hace tres años, Franco fundó el Comité por la Vida, una ONG sin más recursos que la voluntad de pedir justicia.

Franco genera una impresión extraña. Uno no logra atajar los rasgos de su rostro, de su fisonomía. Aparenta menos edad. Las manos le tiemblan un poco. La piel es oscura de sol. El detalle más llamativo son sus medias: de un color chillón que contrasta con su sobriedad. Habla encadenando una historia con otra, saltando entre páginas, aportando detalles de lo que le dijo tal o cual policía, de lo que han hecho los familiares, de lo que se dice en el lugar donde desapareció este que se llama Argimiro Méndez, al que vieron por última vez cuando lo metían a empujones en un carro muy grande.

Franco es un personaje borroso. De esos que miras pero no puedes enfocar bien. Parece que en cualquier momento, él mismo va a desaparecer quizás arrastrado por esas fuerzas a las que se empeña en molestar cada vez que tiene a un periodista en frente dispuesto a ventilar sus denuncias.

Hoy, en su oficina, como todos los días, le acompaña un escolta. La Corte Interamericana exigió protección para él y le han designado a un funcionario con toda la pinta de que jamás arriesgará su vida por este viejo héroe. El policía ni habla. Está en un rincón simulando que lee un grueso Larousse. De vez en cuando se asoma a la ventana pero sin mucha convicción. Y reanuda su búsqueda de palabras en el diccionario.

Hace cuarenta minutos que estoy aquí y ya me quiero ir. Franco me ha contado los detalles de una trama enrevesada en la que se cruzan directivos del sindicato de la construcción, jefes policiales, alcaldes y hasta el secretario de la gobernación. Una enorme red de chantajes y extorsión. Un gran negocio.

Le hago unas fotos junto a la pared. Otra vez lo miran los que no están. Le insisto en que me de las copias de algunos expedientes. Se demora añadiendo detalles. Me quiero ir. Invento una cita. Y finalmente Franco camina hacia la fotocopiadora, en un cuartico un poco más allá. No lo veo pero le escucho hablar. También se escucha el ruido de la máquina. Y de pronto el sonido de trueno metálico. Dos, tres veces. La ventana se rompe, caen vidrios. Me lanzo debajo del escritorio y desde ahí veo las últimas sacudidas del cuerpo del policía. Huele a sangre. Sobreviene el silencio. Largo silencio. Grito llamando a Franco. Silencio. Espero que en cualquier momento rompan la puerta. Pero los minutos pasan. Silencio. Cuando las piernas me responden, salgo y busco a Franco, pero no lo encuentro. Las copias están ahí, a un lado de la máquina. Engrapadas. Gilberto Franco no está. No hay puertas traseras, no hay más salidas. Franco ha desaparecido. Podría jurar que los ojos de la pared miran hacia otro lado que no es este.

Podría jurarlo, pero nadie me va a creer.  

Una historia así; por Oscar Medina #NadieSupo

Joaquín Pérez no era nadie hasta que le mataron a sus dos hijos. Corrijo: no era nadie conocido. Era un anónimo cualquiera, un tipo tratando de sacudirse la pobreza en un barrio de San Cristóbal, uno de esos que se ven allá a lo lejos al salir por la puerta principal del Sambil. ¿Qué hago

Por Oscar Medina | 12 de agosto, 2017

Fotografía de Alejandro Cegarra

Joaquín Pérez no era nadie hasta que le mataron a sus dos hijos. Corrijo: no era nadie conocido. Era un anónimo cualquiera, un tipo tratando de sacudirse la pobreza en un barrio de San Cristóbal, uno de esos que se ven allá a lo lejos al salir por la puerta principal del Sambil.

¿Qué hago yo aquí?, pensé cuando tuve conciencia del riesgo. Estaba en ese carro destartalado, justo detrás del chofer. A mi lado estaba Joaquín y en la ventana opuesta el fotógrafo del periódico. El chofer estaba condenado a muerte. Había denunciado a los miembros de una red de extorsión: de esos que cobran vacuna a los taxistas y el día que no cumplen les pasan una factura de plomo. El copiloto era un escolta: un policía asignado para cuidar la vida de este otro pobre hombre a quien llamaremos Antonio. Un policía sin uniforme, con un revolver calibre 38: ¿esa vaina es un escolta? Un policía que prefería vigilar desde la esquina de la calle ciega donde vivía Antonio.

Un tipo listo para salir corriendo.

Antonio pasaba la mayor parte de su tiempo en casa. Tan temerario no era. Pero hoy, azuzado por Joaquín, decidió hacernos de chofer para llevarnos arriba y abajo a conocer a otras familias desmembradas por el sicariato en esta ciudad donde hay tantos a quienes debes temer: a la policía municipal, a la del estado, a la judicial, a la Guardia Nacional, a los paramilitares, a los de la guerrilla, a los narcos y a todos los pistoleros que trabajan para unos y otros. En ese enredo, es difícil saber quién ordenó el balazo.

Joaquín sí lo sabía. Su hijo mayor se ganaba la vida como taxista. Y como taxista se ganó la muerte el día que no pudo pagar la vacuna. Su hijo del medio también se dedicó al oficio. Y al cabo de un año Joaquín se quedó solo con una niña flaquita y vivaracha de ojos enormes.

Pudo transformar su dolor y su rabia en una fuerza constructiva: reunió a otra gente tan víctimas como él y conformó una asociación para pedir justicia ante instituciones sordas. Instituciones cómplices, de manos atadas. Tenían un ritual: una vez al mes se juntaban en el cementerio a rezar por sus muertos, a darse ánimos, a consolarse en colectivo.

Joaquín conocía la identidad del asesino: un malandrito al que apodaban El Chapi. Cuando El Chapi mató a su hijo mayor –ocho balazos en el cuerpo y uno más en la cara- hubo testigos de esos que oficialmente no vieron nada. Pero Joaquín no era nadie para enfrentarlo y no hubo manera de que el caso se investigara con seriedad. Un día lo vio venir por una calle del barrio. Sonriente, acompañado por otros tres. El Chapi se detuvo y Joaquín lo miró a los ojos. “Allá arriba dejé a tu hijo”. Cinco balas en la cabeza. Muerte con mensaje: otro que no cumplió.

Esa y otras historias las publiqué en su momento intentando recoger con palabras el terror del sicariato desatado en San Cristóbal, la lucha de las familias, el dolor de las ausencias.

Lo que no conté vino después.

Para Joaquín no fue suficiente el consuelo de la asociación, ni el ritual del cementerio. Se transformó en otro. Se forjó una imagen de hombre valiente. Habló con gente, buscó la forma, reunió un dinero y transó un precio por El Chapi.

Se lo arrojaron a los pies. Atado de manos, golpeado con saña: era mucho lo que debía. Lo volvió a mirar directo a los ojos antes de darle tres, cuatro, cinco golpes con una tabla. Dejó que se recuperara. Y cuando El Chapi quizás empezaba a pensar que eso era todo, Joaquín le vació una 9 milímetros en la cabeza.

También hubo testigos de esos que no vieron nada.

Joaquín me llamó un día desde Colombia. Contó los detalles con voz calmada. Estaba tranquilo, me dijo que ahora sí podía dormir bien, que un día de estos volvería y nos tomaríamos un par de cervezas.

¿Qué coño puede hacer uno con una historia así?

Carmela y la culpa; por Oscar Medina #NadieSupo

La mirada de la señora: ojos secos de todo, resignados la mayor parte del tiempo. Inolvidable pero difícil de describir: una tristeza profunda, de años. Y de repente se abrían. No eran enormes, pero se abrían, las cejas les dejaban ganar espacio y lo que expresaban era temor. Pavor. Un miedo genuino: “No lo vaya

Por Oscar Medina | 29 de julio, 2017
Fotografía de Omar Salas

Fotografía de Omar Salas

La mirada de la señora: ojos secos de todo, resignados la mayor parte del tiempo. Inolvidable pero difícil de describir: una tristeza profunda, de años. Y de repente se abrían. No eran enormes, pero se abrían, las cejas les dejaban ganar espacio y lo que expresaban era temor. Pavor. Un miedo genuino: “No lo vaya a nombrar, por favor, que ese muchacho es muy peligroso”. Y contaba cosas que no debían escribirse.

Decía, por ejemplo, que Manuel vive en su barrio, cerca de su casa. Que con frecuencia paraba su moto y se tomaba una cerveza mirando a su puerta. Que en esos momentos ella se escondía en el baño: a rezar.

A pedirle al cielo que se lo llevara, que la olvidara, que la dejara en paz.

Y rezaba esperando las balas: las que romperían la cerradura y las otras, esas que la dejarían a ella tendida, casi flotando en el charco de su sangre sobre las baldosas. Y sopesaba los estragos: “¿Se imagina eso? ¿Quién va a limpiar ese desastre si no yo?”.  Pobre Carmela, hasta en la peor pesadilla quería ocuparse de hacer su trabajo: dejar todo bien limpio.

Al rato escuchaba la lata vacía golpear la reja de la ventana de su casita. Y el estruendo de la moto dando vueltas, girando sobre la rueda trasera y el olor a humo y a caucho quemado.

Con el paso del tiempo el acoso había disminuido la intensidad. Pero Carmela seguía saliendo muy temprano del barrio a su trabajo como señora de servicio en una casa del este caraqueño y procuraba llegar antes de que saliera la luna y los diablos se soltaran. A Carmela nunca la robaron en el barrio por una razón elemental: no tiene nada que le puedan robar. Lo único valioso que había en su hogar era la moto de su hijo y eso se perdió en alguna maraña policial.

Igual que su hijo.

Hace casi cinco años que desapareció. De su cartera saca dos carnets para probar que su muchacho no andaba en malos pasos, que estudiaba, que trabajaba, que buscaba superarse. “Le faltaban unos meses para terminar, pero el último carnet se lo llevó en su bolso, por eso no lo tengo”.

Ese día Jairo estaba en la universidad. Lo sabe porque hablaron por teléfono a media mañana y le contó que estaba a punto de salir de clases. Jairo no era de esos que amanecen en la calle. Por eso le extrañó que no llegara. Por eso le sobresaltó ver que ya caía la tarde. Por eso supo que algo malo le había ocurrido cuando le llamó cientos de veces hasta que su contestadora se llenó de mensajes. Por eso mismo salió a preguntar por él: a indolentes agentes policiales, a paupérrimos hospitales, a la morgue. Nada.

Y nada es lo que sabe de él cinco años más tarde.

Jairo, Manuel y otro amigo caminaban ese día frente a un centro comercial del oeste caraqueño. Allí fueron abordados por tres policías de civil que pidieron apoyo a dos uniformados para meterlos a empujones en un carro. Un carro verde. Un Corolla verde. Eso pudo saberlo porque de los tres, uno no hizo el viaje: Manuel.

Manuel ha dado su testimonio de forma oficial solo una vez. Y tampoco ha sido tan oficial: se lo dijo al fiscal que medio ha investigado el caso. Un caso sin juicio, sin pesquisa. Un caso al que han decidido dejar que se disuelva en el tiempo. Pero Carmela y la madre del otro joven han puesto empeño en que no se olvide. Por eso está aquí, abriendo sus ojos y contando detalles que no debería contar porque cree que el papel de un periódico puede servir de algo.

“Ese muchacho transea con policías. Es secuestrador y ladrón y les paga vacuna. Por eso no le hacen nada”.

A Jairo lo ha buscado por donde ha podido: ha abierto bolsas de basura, ha visto muertos en calles, en matorrales, en la morgue. Lo ha buscado entre el reguero diario de cadáveres de la ciudad. Así son las madres de desaparecidos: quieren encontrar algo, salir de ese duelo en suspensión aunque sea ante el cadáver del hijo.

Entonces sí, hay algo peor que la muerte.

Carmela no se quedó en silencio. Habló muchas veces, dijo muchas cosas, apareció fotografiada en numerosas reseñas de prensa que guardó en una carpeta, buscó ayuda.

Y volvió a hablar. Ahora conmigo. Y me pidió que no mencionara a Manuel. Pero es que la indignación empuja a cometer errores. A creer, como ella, que denunciar en una página de diario en verdad es ayudar. Y escribí el nombre de Manuel. Varias veces.

Ahora leo otra cosa: la vieja Carmela fue asesinada ayer en la tarde. El desastre de sangre lo lavarán la lluvia y los perros callejeros. El de la culpa no: ese queda aquí por siempre.

El Estado salvaje: gas contra todos; por Oscar Medina

Ricarda de Lourdes González. Hay que grabarse ese nombre. Con dolor. Con rabia. No sabemos nada d ella, de su historia personal, de sus afectos. Una venezolana más que vio cambiar a este país hasta convertirse en la vergüenza que es hoy. Ahora la lloran sus familiares. Sus vecinos. Las amistades que aun tenía. O nadie.

Por Oscar Medina | 11 de abril, 2017
Cuerpos de seguridad lanzan bombas lacrimógenas a los manifestantes opositores en la marcha del #10Abr. Fotografía de Iñaki Zugasti

Cuerpos de seguridad lanzan bombas lacrimógenas a los manifestantes opositores en la marcha del #10Abr. Fotografía de Iñaki Zugasti

Ricarda de Lourdes González. Hay que grabarse ese nombre. Con dolor. Con rabia. No sabemos nada d ella, de su historia personal, de sus afectos. Una venezolana más que vio cambiar a este país hasta convertirse en la vergüenza que es hoy. Ahora la lloran sus familiares. Sus vecinos. Las amistades que aun tenía. O nadie. Porque estamos todos tan ocupados. Porque no era una celebridad. Porque la suya quizás haya sido una vida común y corriente, como la de cualquiera de nosotros. Ahora Ricarda de Lourdes González es la señora que murió en Caracas como consecuencia de los gases lacrimógenos lanzados a mansalva en Bello Monte.

Ella, de 87 años, es la primera víctima mortal de este aquelarre tóxico oficiado por los jefes y peones de la Policía Nacional Bolivariana y la Guardia Nacional. A Ricarda la mataron: no hay otra forma de asumir esta tragedia.

Cualquiera que alguna vez haya sentido el efecto de las lacrimógenas colarse por las ventanas de su vivienda puede tener una idea de lo que experimentó Ricarda. Esa angustia creciente a medida que se irritan los ojos, las mucosas. La desesperación de la piquiña en la nariz, la sensación de ahogo, de que hay que salir, de que hay que irse. Pero, ¿para dónde? ¿Para dónde podía correr Ricarda si el humo estaba por todas partes? ¿Cómo reaccionar rápidamente, tumbarse al suelo o huir con las limitaciones de sus 87 años?

La estrategia de represión nunca toma eso en cuenta: solo ve la odiada manifestación al frente, el desafío de quienes quieren llegar a un lugar para expresar su descontento. Están programados solo para repeler, para aplastar, para golpear, para ahogar a esos a quienes ven como enemigos. Lo que hay alrededor no cuenta. No hay casas, no hay edificios, no hay centros de salud, no hay ancianos, no hay niños, ni perros, ni gatos. Nada ni nadie más importa: hay que gasearlo todo para que no avancen. Si pudieran disparar balas en medio de ese frenesí lo harían, es posible que lo hagan pronto de manera sistemática. Porque la rabia de la calle no parece que amainará con promesas apaciguadoras.

Y los peones de casco y uniforme seguirán cumpliendo órdenes. Y sobrepasándolas porque la adrenalina, el miedo y el odio inculcado cuentan. Ya lo estamos viendo en Caracas. A la diputada Delsa Solórzano la golpearon de frente con una bomba. La vieron caer. La vieron desmayarse. Una patrulla de PoliBaruta la llevó a la Policlínica Las Mercedes. Allí la atendieron. Y mientras se recuperaba y empezaba a recibir la visita de sus compañeros parlamentarios algunos miembros de la Guardia Nacional decidieron demostrar la materia de la que están hechos, lo que se esconde bajo los uniformes: “La Guardia Nacional de Venezuela llegó a la Policlínica Las Mercedes y empezó a disparar bombas dentro de la clínica”, cuenta Solórzano en un audio que circuló ayer en la tarde entre periodistas: “Y decían ‘eso es para que sigan atendiendo a diputados allá adentro’. Lo más grave de todo esto no es cuanto me afecto eso a mí, a mi salud, sino que había un bebé dentro de la clínica que tuvieron que sacarlo para asistirlo en otro centro de salud porque se vio fuertemente afectado por el efecto de las bombas lacrimógenas que disparó la Guardia Nacional dentro de la clínica”.

A ese bebé también lo vimos todos: en fotos, atendido por los médicos en medio de una nube de gas. A ese bebé pudo haberle sucedido lo mismo que a Ricarda. Ese pequeño pudo haber muerto por ese maldito afán de hacerle daño a los diputados, a los enemigos con quienes hay que actuar de manera tan implacable sin importar las circunstancias: son cucarachas, hay que gasearlos aunque estén en un recinto hospitalario. Ese niño o cualquiera de las otras personas que se encontraban en la emergencia pudieron haber muerto. Gracias a dios no fue así. Y Solórzano terminó arrancándose la vía de la vena y salió del lugar para que dejara de ser objetivo de la Guardia.

La borrachera represiva del gobierno no pone límites. Los peones deshumanizados van con todo y contra todo. Las bombas que lanzan también tienen la intención de golpear. En Chacaíto y en Altamira impactaron en las cabezas de dos jóvenes, uno de ellos fue internado de emergencia en un hospital con un severo traumatismo en el cráneo. El reportero Román Camacho terminó con una fractura en la pierna: le dispararon una lacrimógena directo al cuerpo. Otro manifestante –no identificado- resultó con los dedos de una mano fracturados: la bomba iba a su rostro y logró cubrirse. En Las Mercedes los manifestantes vieron con pavor –y hay registro en video- bombas que caían desde el helicóptero de la policía que sobrevolaba el lugar.

Ayer los ciudadanos fueron atacados con saña. Con odio. Sin justificación alguna. Y el ataque comenzó cuando apenas estaban reunidos en el lugar de la convocatoria, en Chacaíto. La orden no fue contener, fue impedir. No fue evitar desmanes, fue provocarlos, causar víctimas. El salvajismo de la represión va en escalada, pero la rabia también. Descanse en paz Ricarda, los días que vienen auguran cosas peores.

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